Introducción a la 1ªedición en francés

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Si desde el punto de vista comunista puede plantearse alguna pregunta sobre las luchas de “liberación nacional”, esta es sin duda ¿Por qué y en qué circunstancias pudo el proletariado apoyarlas? y no ¿Por qué el proletariado no debe participar en ellas?

Había mistificación no sólo en sus respuestas sino ya en las preguntas mismas que se planteaba.
(Marx-Engels: “La Ideología Alemana”)

Si desde el punto de vista comunista puede plantearse alguna pregunta sobre las luchas de “liberación nacional”, esta es sin duda ¿Por qué y en qué circunstancias pudo el proletariado apoyarlas? y no ¿Por qué el proletariado no debe participar en ellas?

El Internacionalismo ha sido indiscutiblemente una de las piedras angulares del Comunismo. Desde 1848 quedó bien sentado en el movimiento obrero que los obreros no tienen patria. La frase final del Manifiesto Comunista, proletarios del mundo, uníos, se convirtió en un verdadero grito de guerra que han ido retomando las generaciones obreras en sus sucesivos combates. La Nación fue, por su parte, el marco por excelencia en el que se fue desarrollando la sociedad capitalista, hasta el punto de que la lucha revolucionaria de la burguesía contra el feudalismo se ha confundido a menudo con la lucha nacional. Y si el capitalismo encontró el marco más apropiado para su desarrollo en las naciones, el Comunismo, al contrario,  sólo podrá instaurarse a escala mundial. La Revolución Proletaria destruirá  las naciones.

Por todo ello, el apoyo del proletariado a la lucha nacional aparece de entrada como una anomalía que solo tuvo sentido en circunstancias muy especiales de su movimiento histórico, en los tiempos en que habían aún revoluciones burguesas y en los que la revolución proletaria no estaba aun en el orden del día de la agenda histórica.

El que los revolucionarios tengan que responder una y otra vez a la segunda pregunta y no a la primera da una idea clara de cómo siguen envenenando el ambiente las patrañas de más de medio siglo de la contrarrevolución, de la que el proletariado está ahora saliendo.

A caballo entre el siglo XIX y el XX, la cuestión nacional dio lugar en la Segunda Internacional a debates muy vivos entre los revolucionarios. Unos, como Rosa Luxemburgo, estaban contra el apoyo del proletariado a ese tipo de luchas, considerándolas como escollos a su toma de conciencia o como momentos de un conflicto imperialista o de su preparación. Otros, como Lenin, estaban a favor del “derecho de las naciones a disponer de si mismas” y justificaban el apoyo del proletariado a algunas luchas nacionales planteando que éstas eran un debilitamiento de los regímenes más reaccionarios, como el de Rusia, y, más en general, un debilitamiento de las metrópolis imperialistas. Sin embargo, ambos sectores revolucionarios coincidían en que el apoyo del proletariado a las luchas nacionales era algo condicional y limitado a determinadas circunstancias y que la Nación era por excelencia un marco burgués que el proletariado tenía que destruir.

Por ejemplo, Lenin, tras quien se escudan hoy todos los defensores de las luchas de “liberación nacional”, escribía en 1903: “la socialdemocracia, en tanto que partido del proletariado, se da como tarea positiva y principal, la lucha por la libre disposición no de pueblos y naciones, sino del proletariado de cada nacionalidad. Debemos tender siempre e incondicionalmente hacía la unión más estrecha del proletariado de todas las nacionalidades, y sólo en los casos particulares, excepcionales será en los que podamos exponer y apoyar activamente reivindicaciones por la creación de un nuevo estado de clase o por la sustitución de la unidad política total del Estado por una unión federal menos fuerte” (Iskra nº 44).

Pero a Lenin le ocurrió lo que en general les ocurre a los grandes revolucionarios tras su muerte y es que la burguesía se apresura a utilizar sus errores para quitarle hierro a su pensamiento y reducirlo a un nuevo catecismo con el cual drogar y engañar a las masas obreras. Lo mismo hizo la Social Democracia alemana con respecto a la obra de Marx y Engels para justificar su propia evolución reformista. Utilizó algunos de los pasajes en los que hablaban erróneamente de un paso pacífico y parlamentario al socialismo, e ignoró sin embargo la multitud de textos fundamentales donde dejaban clara la necesidad de destruir violentamente el Estado burgués. De la misma forma, hoy los llamados “leninistas” (estalinistas, trotskistas y maoístas), para embellecer su política nacionalista y de participación en las guerras imperialistas, “olvidan” las excelentes tomas de postura de Lenin contra la guerra imperialista, contra la Defensa Nacional y a favor del internacionalismo y hablan sólo de su apoyo al “derecho de los pueblos a disponer de si mismos”, convirtiéndolo así en un vulgar apóstol de la Nación. El estalinista Ho Chi Minh llegó a decir: “Me hice comunista el día que entendí que Lenin era un gran patriota”.

Por todo ello, la actividad de los comunistas en el momento actual no puede limitarse a denunciar las falsificaciones que hacen Izquierda e “izquierdistas” del pensamiento de los revolucionarios del pasado, tienen que empeñarse al mismo tiempo en una crítica sin concesiones de los errores que estos cometieron. Así pues el folleto que presentamos tiene una doble finalidad:

  1. Definir la posición clásica del marxismo sobre la cuestión nacional, liberándola de falsificaciones trotskistas y estalinistas y
  2. Ver sus errores y limitaciones a la luz de la experiencia histórica de la lucha de clases y clarificar cuál debe ser la posici5n actual de los comunistas sobre el tema nacional.

El medio siglo de enfrentamientos imperialistas que hemos sufrido ha puesto en entredicho la postura de Lenin (“las guerras nacionales no son solo probables sino inevitables en la época del imperialismo ... una guerra nacional puede transformarse en imperialista y viceversa” -de su “Respuesta al Folleto de Junius”) y ha confirmado totalmente la tesis de Rosa Luxemburgo (“al estar el mundo repartido entre unas cuantas grandes potencias imperialistas cualquier guerra, aunque al principio fuera nacional, se transforma en guerra imperialista ... en la época del imperialismo ya no pueden existir guerras nacionales. Los intereses nacionales no son más que una mistificación cuyo objetivo es situar a las masas populares trabajadoras al servicio de su enemigo mortal: el imperialismo” -de “La Crisis de la Socialdemocracia”).

Nosotros en este folleto aportaremos una serie de ejemplos históricos que confirman ampliamente la validez de las posiciones de Rosa Luxemburgo y añadiremos a ellos lo que hoy está pasando en África. Este continente, después de haber sido transformado como dice Marx en “El Capital”, en un coto de caza comercial de la piel negra, ha devenido en los últimos años campo privilegiado de los enfrentamientos imperialistas. El Sahara, el Chad, Guinea,… son hoy escenario de sangrientos ajustes de cuentas imperialistas so pretexto de defender a los “pueblos oprimidos”. En el Este, el bloque occidental presiona sobre la Etiopía pro-rusa utilizando la bandera de los “intereses del pueblo eritreo”, utilizada antes por Rusia cuando Etiopía estaba en el bloque rival. En el África Austral los Estados Unidos obligan a los gobiernos racistas de la zona a tener en cuenta los “intereses de los pueblos de color” para evitar que las guerrillas que los controlan caigan en el campo ruso, como pasó con Mozambique y Angola. Este último país es una ilustración perfecta del carácter imperialista de toda lucha de “liberación nacional”. Ante el hundimiento del colonialismo portugués sendos bloques imperialistas prestaron su “ayuda desinteresada” a los movimientos guerrilleros que se peleaban a muerte: UNITA, FLNA y MPLA. Al final ambos decidieron intervenir directamente. Rusia utilizando a las tropas cubanas y Estados Unidos al ejército sudafricano.

Eso y nada más son hoy las “justas luchas de emancipación nacional” en África. Como en todas partes, no son más que maniobras en el tablero de la lucha imperialista mundial, en el cual los “pueblos” son simples peones y víctimas. Esto les resulta cada vez más difícil de ocultar a las fracciones de izquierda del Capital -estalinistas, trotskistas y maoístas. Su tesis clásica de que habría un bando imperialista y otro “antiimperialista” se viene abajo ante las puñaladas traperas que tanto Rusia como China han dado a más de una lucha de “liberación nacional” (Eritrea, Bengala, Somalia, Biafra,...). Ahora bien, esas fracciones siempre tienen alguna “teoría” para hacer callar las objeciones de sus propios correligionarios, les basta con decir que tal lucha nacional, que choca con los intereses del “campo socialista”, “le hace el juego” al imperialismo y viceversa.

Las corrientes que reconocen a los países “socialistas” como imperialistas, al igual que las otras, se ven forzadas a las mayores acrobacias dialécticas para encontrar algo de “progresista” en las luchas de “liberación nacional”. El colmo es que haya grupos, como el Partido Comunista Internacional, que acusen a los revolucionarios de traicionar el internacionalismo proletario porque no apoyan las “luchas nacionales” dirigidas contra el imperialismo de su propio país. Así, este grupo nos acusa de chauvinistas por no haber apoyado a los ex gendarmes katangueños en su guerra con el régimen de Mobutu, bastión de los imperialismos francés, belga y norteamericano en la región. ¡ De modo que apoyar a los gendarmes de Moisés Thomsbe, que hace 10 años fueron la punta de lanza del imperialismo yanqui en el Zaire, sería “internacionalismo proletario”¡

Para dar argumentos a su postura, estas corrientes se escudan tras las consignas utilizadas por los revolucionarios en Primera Guerra Mundial. El derrotismo revolucionario y el enemigo principal está en nuestro propio país, son llevadas hasta el absurdo, olvidando que eran fórmulas de agitación que contenían ciertas ambigüedades, como vamos a ver.

Lenin escribía: “En una guerra reaccionaria, la clase revolucionaria debe desear la derrota de su gobierno. Tiene que comprender el lazo entre los fracasos militares de éste y las facilidades para derribarlo que de ello ‘resultan’” (en “El Socialismo y la Guerra”). En esta frase hay una idea justa, que la clase obrera debe oponerse a los objetivos de su propio capital nacional, pero se presta a interpretaciones abusivas y erróneas. En efecto, no se trata de jugar a la defensiva “deseando” el fracaso de su propio capital nacional sino de plantearse una postura de ofensiva desde el punto de vista de los intereses de la clase obrera mundial. De lo contrario llegaríamos a un “nacionalismo al revés” consistente en apoyar al bando imperialista rival de nuestro propio capital nacional, lo cual acabaría atando al proletariado a los conflictos capitalistas, de la misma forma que lo hace el patriotismo.

Este planteamiento de “nacionalismo al contrario”, del que fueron víctimas muchos revolucionarios empeñados en combatir la histeria chauvinista de su propio Capital nacional, llevó a revolucionarios como Rosa Luxemburgo o Lenin a graves errores. Así, Rosa afirmaba en su folleto “La Crisis de la Socialdemocracia” que “El verdadero deber de la socialdemocracia hacia la Patria es mostrar los intereses ocultos de esta guerra imperialista, romper con la red de mentiras patrióticas y diplomáticas que ocultan este atentado contra la Patria ... oponerse en fin al programa imperialista de guerra y defender el programa verdaderamente nacional de los patriotas y demócratas de 1848, defender la consigna de la grande e indivisible República Alemana. Tal es la bandera que debería haber desplegado ante el país, que habría sido verdaderamente nacional, verdaderamente liberadora y que habría respondido a las mejoras tradiciones de Alemania y de la política internacional de clase”. Pero Lenin, quien criticando justamente este pasaje había afirmado: “los errores de dichos razonamientos son evidentes en cuanto le propone a la clase de vanguardia que mire hacia el pasado y no hacia el porvenir”, caía en los mismos cuando afirmaba: “Nos invade el sentimiento de orgullo nacional, porque la nación rusa ha creado también una clase revolucionaria, ha demostrado también que es capaz de dar a la humanidad ejemplos formidables en la lucha por la libertad y el socialismo... Y nosotros, obreros rusos, impregnados del sentimiento de orgullo nacional, queremos a toda costa una Rusia libre e independiente, autónoma, democrática, republicana, orgullosa, que base las relaciones con sus vecinos en el principio humano de la igualdad y no en el principio feudal de los privilegios. Precisamente porque la queremos así, decimos: en la Europa del siglo XX no se puede defender la Patria de otro modo que luchando por todos los medios revolucionarios contra la monarquía, los terratenientes y los capitalistas de la propia patria, es decir, contra los peores enemigos de nuestra patria ... En cambio, nuestros chauvinistas patrios, como Plejanov y compañía,  resultarán traidores no sólo a su Patria, a la Rusia libre y democrática, sino también a la fraternidad proletaria de todos los pueblos de Rusia, es decir, a la causa del socialismo” (“El orgullo nacional de los Rusos”).

Estas citas demuestran cómo los mejores internacionalistas de la época cedieron en determinados momentos a la enorme presión nacionalista de sus burguesías. Por eso es necesario, para inspirarse en su obra, criticar implacablemente todos los errores, vacilaciones y ambigüedades que contenga.

A pesar de todos sus errores, la política que defendió Lenin contra la Primera Guerra Mundial fue esencialmente justa. En cambio sus epígonos de hoy, fieles a la letra de sus expresiones, propugnan una política totalmente absurda. Así, según sus sucesores, durante la guerra de “independencia” de Biafra –apoyada por Estados Unidos y Francia– contra Nigeria –respaldada por Rusia e Inglaterra:

  • los miembros de una organización revolucionaria, habitantes de Inglaterra, tendrían que haber apoyado a Biafra para hacerle la contra a su país
  •  y los miembros de esa organización, en Francia, siguiendo el mismo criterio, tendrían que haber apoyado a Nigeria.

Del mismo modo, durante la guerra del Zaire los miembros de una organización comunista en Francia o en Bélgica tendrían que haber apoyado a Thomsbe y los integrantes de esa organización en Rusia deberían respaldar a Mobutu.

He ahí las enrevesadas “tácticas” que propugnan los que olvidan que luchar desde una postura de clase contra la propia burguesía no significa nunca apoyar a la burguesía de enfrente, que fraternizar con las tropas del “enemigo” no quiere decir alistarse en su ejército, que denunciar primero los prejuicios patrioteros de los obreros del propio país no puede desembocar en exaltar después al imperialismo rival. Resumiendo, semejantes políticas ruidosamente “radicales” no hacen sino revalorizar a contrapié las patrañas nacionalistas.

Además, la manera con la que miran a los “pueblos en lucha del Tercer Mundo” es increíblemente racista. Lo que rechazan totalmente para los proletarios europeos –una explotación en aumento, un mayor encuadramiento por el Capitalismo de estado, los campos de concentración...– lo consideran “tácticamente” bueno para los “pueblos de color”.

El internacionalismo solo puede significar hoy en día lucha intransigente contra todo “movimiento nacional” sea grande, pequeño, “oprimido” u “opresor”. Como dijo Lenin en “El Socialismo y la Guerra”: “Invocar hoy la actitud de Marx respecto a la guerras de la época de la burguesía progresista y olvidar las palabras de Marx “los obreros no tienen patria”, palabras que se refieren precisamente a la época de la burguesía reaccionaria, a la época de la revolución socialista, es deformar cínicamente el pensamiento de Marx y sustituir el punto de vista socialista por el punto de vista burgués”.