La revolución no puede triunfar sin extenderse al conjunto del planeta

Versión para impresiónEnviar por email

Ante esta degeneración muchos trabajadores creen, aceptando las mentiras de la burguesía, que la Revolución rusa estaba «podrida desde dentro», que los bolcheviques se aprovecharon de los trabajadores rusos para encumbrarse en el poder ([1]). Al retratar así Octubre, la burguesía no hace más que aplicar a la revolución rusa, el cliché de lo que siempre ha sido su propia política: el engaño, el embaucamiento de masas. Sin embargo, el curso de los acontecimientos posteriores a la insurrección de Octubre, está regido por las “leyes históricas” de las revoluciones proletarias y no por las del maquiavelismo político clásico de la burguesía: “La revolución rusa no hizo más que confirmar lo que constituye la lección básica de toda gran revolución, la ley de su existencia,
o la revolución avanza a un ritmo rápido, tempestuoso y decidido, derriba todos los obstáculos con mano de hierro y se da objetivos cada vez más avanzados o pronto retrocede de su débil punto de partida y resulta liquidada por la contrarrevolución”
([2]).

Si el formidable caudal de experien­cias de febrero a octubre de 1917, muestra a los trabajadores que es posible derribar el Estado burgués, la tragedia de la degeneración de esta revolución nos enseña otra lección igualmente valiosa: la revolución proletaria sólo puede subsis­tir extendiéndose al conjunto del planeta.


[1]) Desgraciadamente, como consecuencia de la terrible decepción que supuso el fracaso de la revolución, también entre los revolucionarios se han desarrollado teorías como las de los consejistas que presentan la Revolución rusa como una simple revolución burguesa y al Partido bolchevique como un partido burgués. O, como es el caso de los bordiguistas, que definen una doble naturaleza (burguesa y proletaria) de la Revolución rusa. Hemos criticado estos errores en los artículos de la Revista internacional nº 12 y 13: «Octubre de 1917: principio de la revolución proletaria».

[2]) Rosa Luxemburgo, La Revolución rusa.