El desarrollo del movimiento, de febrero a octubre del 17

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A la vanguardia de este movimiento inter­nacional que acabará con la guerra y abrirá la posibilidad de la revolución mundial, los obreros rusos desde finales de 1915 protagonizan huelgas económicas que son duramente reprimidas. Sin embargo, el movimiento crece: el 9 de enero de 1916 –aniversario del principio de la Revolución de 1905– es conmemorado por los obreros con huelgas masivas. Nuevas huelgas estallan a lo largo del año acompañadas por mítines, discu­siones, reivindicaciones, choques con la policía.

La Revolución rusa, punta del movimiento internacional del proletariado contra la guerra mundial

«A fines de 1916, los precios empiezan a subir vertiginosamente. A la inflación y a la desorganización de los transportes viene a unirse la gran escasez de mercancías. El consumo de la población se reduce durante este período a más de la mitad. Con el mes de octubre las luchas entran en una fase decisiva. Todas las manifestaciones de descontento se manco­munan: Petrogrado toma carrera para lanzarse al salto de febrero. En todas las fábricas se celebran mítines. Temas: la cuestión de las subsistencias, la carestía de la vida, la guerra, el gobierno. Circulan hojas bolcheviques. Se plantean huelgas políticas. Se improvisan manifestaciones a la salida de las fábricas y talleres. Aquí y allá obsérvanse casos de fraternización de los obreros de las fábricas con los soldados. Estalla una tumultuosa huelga de protesta contra el consejo de guerra formado contra los marinos revolucionarios de la escuadra del Báltico... Los obreros tienen cada vez más la sensación de que no hay modo de volverse atrás. En cada fábrica se forma un núcleo activo que tiene casi siempre por eje a los bolcheviques. Durante las dos primeras semanas de febrero las huelgas y los mítines se suceden sin interrupción. La policía al aparecer el día 8 en las puertas de la fábrica Putilov es recibida por una lluvia de pedazos de hierro y escoria. El 19 se agolpa delante de los negocios de comestibles una gran muchedumbre, formada principalmente por mujeres, pidiendo pan a gritos. Al día siguiente fueron saqueadas las panaderías en distintos puntos de la ciudad. Eran ya los albores de la insurrección» ([1]).

Un movimiento de masas

Acabamos de ver las etapas sucesivas de un pro­ceso social que hoy a muchos obreros se les antoja utópico: la transformación de los traba­jadores de una masa atomizada, apática, dividida, en una clase unida que actúa como un sólo hombre y se vuelve capaz para lanzarse al combate revolucionario, como lo demuestran los 5 dias que van desde el 22 al 27 de febrero de 1917.

«Los trabajadores se presentan por la mañana en las fábricas, pero se niegan a entrar en el trabajo, organizan mítines y a la salida se dirigen en manifestación al centro de la ciudad. Nuevas barriadas y nuevos grupos de la población se adhieren al movimiento. El grito de “¡Pan!” desaparece o es absorbido por los de “abajo la guerra” o “abajo la burocracia”. La Perspectiva Nevski contempla un continuo desfilar de manifestaciones... El 23 de febrero se inicia bajo la bandera del Día de la mujer la insurrección de las masas obreras de Petro­grado. El primer peldaño de la insurrección es la huelga. A lo largo de 3 días esta va ganando terreno y se convierte en general. La huelga, que va tomando cada vez más decididamente un carácter ofensivo, se combina con manifesta­ciones callejeras, que ponen en contacto a la masa revolucionaria con las tropas... La masa ya no quiere retroceder, resiste con furor optimista, no abandona el campo ni aún después de las descargas de la policía. ¡No dispares contra tus hermanos y hermanas! ¡Unete a nosotros!, gritan los obreros y las obreras. En las calles, en las plazas, en los puentes y en las puertas de los cuarteles, se desarrolla una pugna ininterrumpida, a veces dramática y a veces imperceptible, en torno al alma del soldado. Los obreros no se rinden, no retroceden, quieren conseguir lo que les pertenece, aunque sea bajo una lluvia de plomo y con ellos están las obreras, las esposas, las madres, las hermanas, las novias. ¿No es ésta, acaso, la hora aquella de que tan a menudo se hablaba, cuchicheando en los rincones: “y sí nos uniéramos todos?» ([2]).

Las clases dirigentes no se lo pueden creer, piensan que se trata de una revuelta que desa­parecerá con un buen escarmiento. El fracaso estre­pitoso de las acciones terroristas de pequeños cuerpos de élite mandados por coroneles de la gen­dar­mería evidencia las firmes raíces del movi­miento:

«La revolución les parece indefensa a los coroneles, parece que bastaría entrar sable en mano en ese caos para destruirlo todo sin dejar rastro. Pero es un torpe error de visión. Bajo este caos se está operando una irresistible cristalización de las masas sobre nuevos ejes» ([3]).

Una vez rotas las primeras cadenas, los obreros no quieren retroceder y para caminar sobre tierra firme retoman la experiencia de 1905 creando los Soviets, organizaciones unitarias del conjunto de la clase. Sin embargo, los Soviets son inme­dia­tamente copados por los partidos menche­vique y social-revolucionario, antiguos partidos obreros pa­sados al campo burgués por su parti­ci­pación en la guerra, y permiten formar un Gobier­no pro­vi­­sional donde están los «grandes persona­jes» de siempre: Miliukov, Rodzianov, Kerenski...

La primera obsesión de ese gobierno es convencer a los obreros de que deben «volver a la normalidad», «abandonar los sueños» y transformarse en la masa sumisa, pasiva, atomi­zada, que la burguesía necesita para mantener sus negocios y continuar la guerra. Los obreros no tragan. Quieren vivir y desarrollar la nueva polí­tica: la que ejercen ellos mismos, uniendo en un lazo inseparable la lucha por sus intereses inmediatos con la lucha por el interés general del conjunto de la humanidad. Así, ante la insistencia de burgueses y socialtraidores de que «lo que toca es trabajar y no reivindicar, porque ahora tenemos libertad política», los obreros reivin­dican la jornada de 8 horas para tener «libertad» para reunirse, discutir, leer, estar con los suyos:

« ... una oleada de huelgas recomenzó después de la caída del absolutismo. En cada fábrica o taller, sin esperar a los acuerdos firmados en las alturas, se presentaron reivindicaciones sobre los salarios y la jornada de trabajo. Los conflictos se agravaban de día en día y se complicaban en una atmósfera de lucha» ([4]).

El 18 de abril, Miliukov, ministro liberal del partido kadete del gobierno provisional, publica una nota reafirmando el compromiso de Rusia con los aliados en la continuación de la guerra impe­rialista, lo cual es una verdadera provo­cación. Los obreros y los soldados responden inmediatamente: surgen manifestaciones espon­táneas, se celebran asambleas masivas en los barrios, los regimientos, las fábricas:

« ... la agi­tación que se había promovido en la ciudad no cedía, se reunían muchedumbres, los mítines continuaban, se discutía en todas las esquinas, en los tranvías los viajeros se dividían en partidarios y adversarios de Miliukov... La agitación no se limitaba a Petrogrado. En Moscú, los obreros que abandonaban sus máqui­nas y los soldados que salían de sus cuarteles inva­dieron las calles con sus protestas tumul­tuosas» ([5]).

El 20 de abril una gigantesca manifestación fuerza la dimisión de Miliukov, la burguesía debe retroceder en sus planes guerreros. Mayo registra una frenética actividad de organización. Hay menos manifestaciones y menos huelgas, pero eso no expresa un reflujo del movimiento, más bien al contrario, manifiesta su avance y desarrollo, porque los obreros se consagran a un aspecto de su combate hasta entonces poco desarrollado: su organización masiva. Los So­viets se extienden a los rincones más recónditos de Rusia, a su alrededor aparece una multitud de órganos de masa: Comités de fábrica, Comités campesinos, Soviets de barrio, Comités de soldados. A través de ellos las masas se agrupan, discuten, piensan, deciden. Bajo su cálido aliento se despiertan los grupos de trabajadores más atrasados:

«... La servidumbre, tratada antes como bestias y a la que casi no pagaban nada, adquirió noción de su propia dignidad. Un par de zapatos costaba más de 100 rublos y como el sueldo medio no pasaba de 35 al mes, las criadas se negaban a estar en las colas y gastar el calzado. (...) Hasta los cocheros tenían su sindi­cato y su representante en el Soviet de Petro­grado. Los criados y camareros se organizaron y renunciaron a las propinas» ([6]).

Los obreros y soldados empiezan a cansarse de las eternas promesas del Gobierno provisional y del apoyo que le dan los socialistas menche­viques y socialista revolucionario. Comprueban cómo crecen las colas, el paro, el hambre. Ven que ante la guerra y la cuestión campesina los de arriba sólo ofrecen discursos ampulosos. Se están hartando de la política burguesa y empiezan a vislumbrar las consecuencias últimas de su propia política: la reivindicación de

“¡Todo el ­po­der para los soviets!”

se transfor­ma en la aspiración de amplias masas obreras ([7]).

Junio, traduciendo todo lo anterior, es un mes de intensa agitación política que culmina con las manifestaciones armadas de los obreros y soldados de Petrogrado el 4 y el 5 de julio:

«... El primer plano lo ocupan los obreros de las fábricas. Allí donde los dirigentes titubean o se resisten, la juventud obrera obliga al vocal de turno del Comité de fábrica a hacer sonar la sirena para dar la señal de paralizar el trabajo. Por todas partes se celebran mítines, se eligen dirigentes de la manifestación y delegados encargados de presentar las reivindicaciones... De Krondstadt, de Novi-Peterhof, de Krasnoie Selo, del fuerte de Krasnaya Gorka, de toda la periferia próxima, por mar, por tierra, avanzan marinos y soldados, con bandas de músicos, con armas, con cartelones bolcheviques» ([8]).

Sin embargo, las jornadas de Julio se saldan con un amargo fracaso para los trabajadores. La situación no está todavía madura para la toma del poder pues los soldados no se solidarizan de manera plena con los obreros; los campesinos están llenos de ilusiones respecto a los Social-revolucionarios y el propio movimiento en provincias está retrasado respecto a la capital.

En los dos meses posteriores –agosto y sep­tiembre–, aguzados por la amargura de la derrota y forzados por la violencia de la represión bur­guesa, los obreros van a resolver prácticamente estos obstáculos, no a través de un plan de acción preconcebido sino como producto de un océano de iniciativas, de combates, de discusiones en los Soviets, etc., que van materializando la toma de conciencia del movimiento. Así, la acción de obreros y soldados acaba fundiéndose plena­mente:

« ... Aparece un fenómeno de ósmosis, especialmente en Petrogrado. Cuando la agita­ción se adueña del barrio obrero de Vyborg, los regimientos acuartelados en la capital entran en efervescencia y viceversa. Los obreros y los soldados se habitúan a salir a la calle para manifestar allí sus sentimientos. La calle les pertenece. Ninguna fuerza, ningún poder, puede en esos momentos, prohibirles agitar sus reivindicaciones o cantar a pleno pulmón himnos revolucionarios» ([9]).

Tras la derrota de julio, la burguesía cree que, por fin, puede acabar con la pesadilla. Para ello, repartiéndose la faena entre el bloque «demo­crático» de Kerenski y el bloque abiertamente reaccionario de Kornilov –generalísimo de los ejércitos–, organiza el golpe militar de este último, que reúne a los regimientos de cosacos, caucá­sicos etc., que todavía parecen ser fieles al poder burgués e intenta lanzarlos contra Petrogrado.

Pero la intentona fracasa estrepitosamente. La mano masiva de los obreros y los soldados, su firme organización en un Comité de defensa de la Revolución –que bajo el control del Soviet de Petrogrado se transformará en el Comité militar revolucionario, órgano de la insurrección de Octubre- hace que las tropas de Kornilov o bien queden inmovilizadas y se rindan, o bien, lo que sucede en la mayoría de los casos, deserten y se unan a los obreros y soldados.

« ... El complot había sido tramado por aquellos círculos que ni sabían ni estaban acostumbrados a hacer nada sin la gente de abajo, sin la fuerza obrera, sin la carne de cañón, sin asistentes, criados, escribientes, chóferes, mozos de cuerda, cocineras, lavan­deras, guardagujas, telegra­fistas, palafreneros y cocheros. Todos esos pequeños tornillos huma­nos, innumerables, invisibles, necesarios, esta­ban de parte de los Soviets y en contra de Kornilov.

«El ideal de la educación militar consiste en que el soldado obre a los ojos de sus superiores lo mismo que a sus espaldas. Ahora bien, los soldados y marinos rusos de 1917, que no obedecían las órdenes oficiales ni aún en presencia de sus superiores, cogían al vuelo las órdenes de la revolución e incluso, con más fre­cuencia aún, las cumplían por propia iniciativa antes de que llegaran hasta ellos. Para las masas se trataba, no de defender al gobierno, sino a la revolución. De aquí la abnegación y la decisión con la que luchaban. La resistencia contra la sublevación surgía de los railes, de las piedras, del aire. Los ferroviarios de la estación de Luga se negaron a poner en marcha los trenes mili­tares. Las tropas cosacas se vieron al instante rodeadas por soldados armados de la guarnición de Luga, compuesta por 20 000 hombres. No hubo combate, pero sí algo más peligroso: contacto, interpenetración» ([10]).

Un movimiento consciente

Los burgueses conciben las revoluciones obreras como un acto de demencia colectiva, un caos espan­toso que acaba espantosamente. La ideo­logía burguesa no puede admitir que los explo­tados puedan actuar por su propia cuenta. Acción colectiva y solidaria, acción consciente de la mayoría trabajadora, son nociones que el pensamiento burgués considera una utopía anti-natural (lo «natural» para la burguesía es la guerra de todos contra todos y la manipulación por las élites de grandes masas humanas).

« ... En todas las revoluciones precedentes se habían batido en las barricadas los obreros, los artesanos, a veces los estudiantes y los soldados revolucionarios. Después de lo cual, se hacía cargo del poder la respetable burguesía que había estado prudentemente mirando la revolución por los cristales de su ventana, mientras los demás luchaban. Pero la revolución de febrero se distinguía de todas las que le habían precedido por el nivel político de la clase obrera y, como consecuencia, por la creación, en el momento mismo del triunfo, de un nuevo órgano del poder revolucionario: el Soviet, apoyado en la fuerza armada de las masas» ([11]).

Esta naturaleza totalmente nueva de la Revolución de Octubre corresponde al ser mismo del proletariado, clase explotada y revolucionaria a la vez, que sólo puede liberarse si es capaz de actuar de manera colectiva y consciente.

En la Revolución Rusa no es el simple pro­ducto pasivo de unas condiciones objetivas espan­tosas. Es también el producto de una toma de conciencia colectiva. Bajo la forma de lecciones, de reflexiones, de consignas, de recuerdos, po­demos ver en ella la huella de las experiencias del proletariado, de la Comuna de París de 1871, de la revolución de 1905, de las batallas de la Liga de los comunistas, de la Primera y Segunda Interna­cionales, de la Izquierda de Zimmerwald, de los bolcheviques. La revolución rusa es sin duda una respuesta a la guerra, el hambre y la barbarie agónica del zarismo, pero es una respuesta ­consciente, guiada por la continuidad histórica y mundial del movimiento proletario.

Esto se manifiesta concretamente en la enorme experiencia de los obreros rusos que habían vivido las grandes luchas de 1898, 1902, la Revolución de 1905 y las batallas de 1912-14, a la vez que habían hecho surgir de sus entrañas el partido bolchevique, en el ala izquierda de Segunda Inter­nacional.

«... Era necesario contar no con una masa como otra cualquiera, sino con la masas de los obreros petersburgueses y de los obreros rusos en general, que había pasado por la experiencia de la revolución de 1905, por la insurrección de Moscú del mes de diciembre del mismo año, y era necesario que en el seno de esa masa hubiera obreros que hubiesen reflexionado sobre la experiencia de 1905, que se asimilaran la perspectiva de la revolución, que meditaran docenas de veces acerca de la cuestión del ejército» ([12]).

Más de 70 años antes de la Revolución de 1917, Marx y Engels escribían que:

« ... la revo­lu­ción no sólo es necesaria porque la clase dominante no puede ser derrocada de otra manera, sino también porque únicamente por medio de una revolución logrará la clase que derriba ­salir del cieno en el que está hundida y volverse capaz de fundar la sociedad sobre nuevas bases» ([13]).

La Revolución rusa confirma plenamente esta posi­ción: el movimiento mismo aporta los mate­riales para la autoeducación de las masas:

«Toda revolución instruye, y lo hace rápi­damente. En ello está su fuerza. Cada semana aportaba a las masas algo nuevo. Dos meses equivalían a una época. A fin de febrero la insurrección. A fin de abril, las manifestaciones armadas de los obreros y soldados de Petro­grado. Al iniciarse julio nueva manifestación, con proporciones mucho más vastas y con consignas más resueltas. A fin de agosto, la tentativa de golpe de Estado de Kornilov, descartado por las masas. A fin de octubre, conquista del poder por los bolcheviques. Bajo estos acontecimientos, que sorprenden por la regularidad de su ritmo, se operan profundos procesos moleculares, que funden a los elementos heterogéneos de la masa obrera en un todo político» ([14]).

«Toda Rusia aprendía a leer y efectivamente leía libros de economía, de política, de historia, leía porque la gente quería saber... La sed de instrucción tanto tiempo frenada abrióse paso al mismo tiempo que la revolución con fuerza espontánea. En los primeros seis meses de la Revolución tan sólo del Instituto Smolny se enviaban a todos los confines del país toneladas, camiones y trenes de publicaciones. Rusia se tragaba el material impreso con la misma insaciabilidad que la arena absorbe el agua... Luego la palabra. Rusia viose inundada de tal torrente de discursos que, en comparación, la “avalancha de locuacidad francesa”, de que habla Carlyle, no pasa de ser un arroyuelo. Conferencias, controversias, discursos en los teatros, circos, escuelas, clubs, cuarteles, salas de los Soviets. Mítines en las trincheras del frente, en las plazuelas aldeanas, en los patios de las fábricas. ¡Qué asombroso espectáculo ofrece la fábrica Putilov cuando de sus muros salen en compacto torrente 40 000 obreros para oir a los socialdemócratas, eseristas, anarquistas, o quien sea, hable de lo que hable y por mucho tiempo que hable!. Durante meses enteros, cada encrucijada de Petrogrado y de otras ciudades rusas era una constante tribuna pública. Surgían discusiones y mítines espontáneos en los trenes, en los tranvías, en todas partes... Las tentativas de limitar el tiempo de los oradores fracasaban estrepitosamente en todos los mítines y cada cual tenía la plena posibilidad de expresar todos sus sentimientos e ideas» ([15]).

La «democracia» burguesa habla mucho de «libertad de expresión» cuando la experiencia nos dice que todo en ella es manipulación, teatro y lavado de cerebro; la auténtica libertad de expre­sión es la que conquistan las masas obreras con su acción revolucionaria:

«En cada fábrica, en cada taller, en cada compañía, en cada café, en cada cantón, incluso en la aldea desierta, el pensamiento revolucionario realizaba una labor callada y molecular. Por doquier surgían intér­pretes de los acontecimientos, obreros a los cuales podía preguntarse la verdad de lo suce­dido y de quienes podía esperarse las consignas necesarias. Su instinto de clase se hallaba agu­dizado por el criterio político y, aunque no desa­rrollaran de modo consecuente todas sus ideas, su pensamiento trabajaba invariablemente en una misma dirección. Estos elementos de expe­riencia, de crítica, de iniciativa, de abne­gación, iban impregnando a las masas y cons­tituían la mecá­nica interna, inaccesible a la mira­da super­ficial, y sin embargo decisiva, del movi­miento revolucionario como proceso consciente» ([16]).

Esta reflexión, esta toma de conciencia, ponía al desnudo...

« ... toda la injusticia material y moral inflingida a los trabajadores, la explotación inhu­mana, los salarios de miseria, el trabajo ago­tador, el daño desconsiderado a su salud, los sis­temas de castigo refinado y el desprecio y la ofensa a su dignidad humana por los capitalistas y patronos, esta red de condiciones de trabajo ruinosas y vergonzosas que los tiene atrapados, este infierno entero que representa el destino ­dia­rio del proletario bajo el yugo capita­lista» ([17]).

Por eso mismo, la Revolución rusa presenta una unidad permanente, inseparable, entre la lucha política y la lucha económica:

«Cada ola de acción política deja detrás suyo un limo fértil de donde surgen inmediatamente mil brotes nue­vos: las reivindicaciones económicas. E inver­samente, la guerra económica incesante que los obreros libran contra el capital mantiene despierta la energía combativa incluso en las horas de tranquilidad política; de alguna ma­nera constituye una reserva permanente de ener­gía de la que la lucha política extrae siempre fuerzas frescas. Al mismo tiempo el trabajo infa­tigable de corrosión reivindicativa desen­cadena aquí y allá conflictos agudos a partir de los cua­les estallan bruscamente batallas políticas» ([18]).

Este desarrollo de la conciencia llevó en junio-julio los obreros a la convicción de que no debían malgastar energías y dispersarse en mil conflictos económicos parciales, de que debían concentrar sus fuerzas en la lucha política revolucionaria. Esto no suponía negar la lucha reivindicativa sino, muy al contrario, asumir sus consecuencias políticas:

«Los obreros y los soldados entendían que los problemas de salarios, del precio del pan, de si había que morir en el frente sin saber por qué, estaban subordinados al problema de saber quién dirigía el país en lo sucesivo: la burguesía o los Soviets» ([19]).

«Esta toma de conciencia de las masas obreras culmina con la insurrección de Octubre cuyo am­biente previo describe admirablemente Trotski: «Las masas sentían la necesidad de hallarse juntas; cada cual quería someter a prueba sus juicios a través de los demás, y todos obser­vaban, atenta e intensamente, cómo una misma idea giraba en su conciencia, con sus distintos rasgos y matices. Multitudes inmensas acudían a los circos y demás grandes locales, donde hablaban los bolcheviques más populares, aportando las últimas deducciones y los últimos llamamientos... Pero en este último período que precedió al golpe decisivo era incompara­blemente más efectiva la agitación molecular que llevaban a cabo los obreros, marinos y soldados anónimos que hacían proselitismo mediante una labor de propaganda individual, destruyendo las últimas dudas, venciendo las postreras vacila­ciones. Aquellos meses de febril vida política habían creado numerosos cuadros de militantes de fila, educando a centenares y miles de trabajadores que estaban acostumbrados a observar la política desde abajo y no desde arriba... La masa ya no toleraba en sus filas a los vacilantes, a los neutrales; afanábase por atraer, por persuadir, por conquistar a todo el mundo. Fábricas y regimientos mandaban delegados al frente. Las trincheras se ponían en relación con los obreros y campesinos del frente interior inmediato. En las ciudades del frente se celebraban innumerables mítines y conferencias en que soldados y marinos coordinaban su acción con obreros y campesinos» ([20]).

«Mientras la sociedad oficial, toda esa superestructura de las clases dirigentes, vivía en la inercia y el automatismo, nutriéndose de las reminiscencias de ideas caducas y permanecía sorda a las exigencias inexorables del progreso, dejándose seducir por fantasmas y no previendo nada, en las masas obreras se estaba operando un proceso autónomo y profundo, caracterizado, no sólo por el incremento del odio a los diri­gentes, sino por la apreciación crítica de su impotencia y la acumulación de experiencia y de conciencia creadora, proceso que tuvo su remate y apogeo en la insurrección revolucionaria y en su triunfo» ([21]).

El proletariado, única clase revolucionaria

Mientras la política burguesa es realizada siempre en provecho de una minoría de la sociedad que es la clase dominante, la política del proletariado solo puede hacerse con la participación masiva de todos los explotados y no persigue un beneficio particular sino el de toda la humanidad.

«El proletariado ya no puede emanciparse de la clase que le explota y oprime sin emancipar, al mismo tiempo y para siempre, a la sociedad entera de la explotación» ([22]).

La lucha revolucionaria del proletariado constituye la única esperanza de liberación para todas las masas que hoy malviven en una situa­ción espantosa en 3/4 partes del planeta. La Revolución rusa lo puso de manifiesto: los obre­ros lograron ganar a su causa a los soldados (cam­pe­sinos en uniforme en su mayoría) y a toda la población campesina. El proletariado confir­maba así que la revolución no sólo es una res­puesta en defensa de sus propios intereses, sino también la única salida posible para acabar con la guerra y con las relaciones sociales de la explotación y de la opresión capitalistas en general.

La voluntad obrera de dar una perspectiva a las demás clases oprimidas fue hábilmente explo­tada por los partidos menchevique y socialista revolucionario que pretendían, en nombre de la alianza con los campesinos y los soldados, hacer renunciar al proletariado a su lucha autónoma de clase y a la revolución socialista. Este plantea­miento parece, a primera vista, de lo más «lógico»: si queremos ganar a las otras clases hay que plegarse a sus reivindicaciones, hay que buscar un mínimo común denominador en torno al cual todas se puedan unir.

Sin embargo,

«las capas medias –el pequeño industrial, el pequeño comerciante, el artesano, el campesino–, todas ellas luchan contra la burguesía para salvar de la ruina su existencia como tales capas medias. No son revolucionarias sino conservadoras. Más todavía, son reac­cionarias, porque pretenden volver atrás la rueda de la historia» ([23]).

En una la alianza interclasista, el proletariado tiene todas las de perder: no gana a las otras clases oprimidas sino que las empuja a los brazos del capital y el mismo debilita su unidad y su conciencia de forma decisiva; no lleva adelante sus propias reivindicaciones sino que las diluye y niega; no avanza en el camino del socialismo sino que se atasca y ahoga en el pantano del capitalismo decadente. En realidad, ni siquiera ayuda a las capas pequeño burguesas y cam­pesinas sino que contribuye a su sacrificio en el altar de los intereses del capital, porque las reivindicaciones «populares» son el disfraz que utiliza la burguesía para hacer pasar de contra­bando sus propios intereses. En el «pueblo» no está representado el interés de las «clases labo­riosas», sino el interés explotador, nacional, im­pe­rialista, del conjunto de la burguesía.

«La alian­za de los mencheviques y los social­revolucionarios no significaba la colaboración del proletariado con los campesinos, sino, por el contrario, la coalición gubernamental de unos partidos que habían roto con el proletariado y los campesinos en aras del bloque con las clases poseedoras» ([24]).

Si el proletariado quiere ganar a su causa a las capas no explotadoras debe afirmar de manera aún más clara y rotunda sus propias reivin­dicaciones, su propio ser, su autonomía de clase. Debe ganar a las otras capas no explotadoras en aquello en que pueden ser revolucionarias.

«Son revolucionarias únicamente cuando tienen ante sí la perspectiva de su tránsito inminente al proletariado, defendiendo así no sus intereses presentes sino sus intereses futuros, cuando abandonan sus propios puntos de vista para adoptar los del proletariado» ([25]).

Centrando su lucha en poner fin a la guerra imperialista; buscando dar una perspectiva de solución al problema agrario ([26]) creando los soviets como organización de todos los explo­tados; y, sobre todo, planteando la alternativa de una nueva sociedad frente a la bancarrota y el caos de la sociedad capitalista, el proletariado en Rusia se colocó a la vanguardia de todas las clases explotadas y supo darles una perspectiva a la cual unirse y luchar.

La afirmación autónoma del proletariado no lo aísla de las demás capas oprimidas, al contrario, le permite aislar al Estado burgués de éstas. Ante el impacto en los soldados y los campesinos de la campaña de la burguesía rusa sobre el «egoísmo» de los obreros con su reivindicación de la jornada de 8 horas, estos

«... comprendieron el peligro y le cerraron el paso muy hábilmente. Para ello les bastaba contar la verdad, citar las cifras de los beneficios de guerra, mostrar a los soldados las fábricas y los talleres con el estruendo de las máquinas, las llamas infernales de los hornos, frente permanente en el cual los obreros dejaban incontables víctimas. A iniciativa de los obreros se organi­zaban visitas regulares a las fábricas. El soldado miraba y escuchaba, el obrero enseñaba y explicaba. Las visitas terminaban con la fraternización solemne» ([27]).

«El Ejército estaba incurablemente enfermo y sólo era útil para decidir la suerte de la revolución; pero para la guerra era como si no existiese» ([28]).

Esa «enfermedad incurable» del Ejército era el producto de la lucha autónoma de la clase obrera. Del mismo modo, frente al problema agrario, que el capitalismo decadente no sólo es incapaz de resolverlo sino que no cesa de agra­varlo, el proletariado lo encaró resueltamente: todos los días salían de las ciudades industriales legiones de agitadores, delegaciones de Comités de fábrica, de Soviets, para discutir con los campesinos, para animarles a la lucha, para organizar a los obreros agrícolas y a los agricultores pobres. Los Soviets y los Comités de fábrica tomaron numerosas Resoluciones declarando su solidaridad con los campesinos y proponiendo medidas concretas de solución del problema agrario:

«La conferencia de comités de fábrica de Petrogrado consagra su atención al problema agrario y redacta un manifiesto dirigido a los campesinos: el proletariado se siente, no solo como clase particular, sino como caudillo del pueblo» ([29]).

Los soviets

Mientras que la política de la burguesía concibe a la mayoría como una masa a manipular para que plebiscite lo que han cocido los poderes del Estado, la política obrera se plantea como la obra libre y consciente de la gran mayoría para sus propios intereses.

«Los soviets, consejos de diputados o dele­gados de las asambleas obreras, aparecieron espontáneamente por primera vez en la gran huelga de masas que sacudió Rusia en 1905. Eran la emanación directa de miles de asambleas de trabajadores, en las fábricas y los barrios, que se multiplicaron por todas partes, en la mayor explosión de vida obrera que hasta entonces se había producido en la historia. Como si retomaran la lucha allí donde sus antepasados de la Comuna de Paris en 1871 lo habían dejado, los obreros generalizaron en la práctica la forma de organización que los comuneros habían inten­tado: asambleas soberanas, centralización me­diante delegados elegibles y revocables» ([30]).

Desde que en febrero los obreros derribaron el Zarismo, en Petrogrado, en Moscú, en Jarkov, en Helsingfors, en todas las ciudades industriales se constituyeron rápidamente Soviets de dele­gados obreros, a los que se unieron los delegados de los soldados y, posteriormente de los campe­sinos. Alrededor de los Soviets, el proletariado y las masas explotadas constituyeron una red infinita de organizaciones de lucha, basadas en las asambleas, en la libre discusión y decisión de todos los explotados: Soviets de barrio, Consejos de fábrica, Comités de soldados, Comités campesinos...

«La red de consejos obreros y de soldados locales en toda Rusia formaba la columna vertebral de la revolución. Con su ayuda se había extendido la revolución como una enredadera por todo el país, su sola existencia tenía que dificultar enormemente todo intento de reacción» ([31]).

La «democracia» burguesa reduce la «partici­pación» de las masas a dar cada 4 años el voto a un señor que hace con él lo que necesita la burguesía; frente a ella, los Soviets constituyen la participación permanente, directa, de las masas obreras que en asambleas gigantescas discuten y deciden sobre todos los asuntos de la sociedad. Los delegados son elegidos y revocables en todo momento y acuden a los Congresos con mandatos definidos.

La «democracia» burguesa concibe la «participación» según la farsa del individuo libre que decide solo ante la urna. Es, pues, la consagración de la atomización, el individua­lismo, el todos contra todos, el enmascaramiento de la división en clases, lo que favorece a la clase minoritaria y explotadora. En cambio, los Soviets se basan en la discusión y la decisión colectivas, cada cual puede sentir el aliento y la fuerza del conjunto y sobre esa base desarro­llar todas sus capacidades reforzando a su vez al colectivo. Los Soviets parten de la organización autónoma de la clase trabajadora para, desde esa plataforma, luchar por la abolición de las clases.

Los obreros, soldados y campesinos consi­deraban los Soviets como su organización.

«No sólo los obreros y los soldados, sino toda la masa heterogénea de pequeñas gentes de la ciudad, artesanos, vendedores ambulantes, pequeños funcionarios, cocheros, porteros, criados, eran hostiles al Gobierno provisional y buscaban un poder más allegado a ellos más accesible. Cada día era mayor el número de campesinos que acudían al Palacio de Táurida –primera sede de los Soviets, más tarde se trasladaron al Instituto Smolny. Las masas se derramaban por los Soviets como sí entrasen por la puerta triunfal de la revolución. Todo lo que quedaba fuera de los soviets diríase que quedaba al margen de la Revolución y pertenecía a otro mundo. Y así era en realidad, al margen de los soviets estaba el mundo de los propietarios» ([32]).

Nada podía hacerse en toda Rusia sin los soviets: las delegaciones de las escuadras del Báltico y del Mar Negro, declaran el 16 de marzo que sólo obedecerán las órdenes del Gobierno provisional que estén de acuerdo con las deci­siones de los soviets. El 172º Regimiento es aún más explícito:

«El ejército y la población solo deben someterse a las decisiones del Soviet. Las ordenanzas del Gobierno que contravienen las decisiones de los soviets no están sujetas a ejecución» ([33]).

Guchkov, gran capitalista y minis­tro del Gobierno provisional declara:

«Por des­gracia, el gobierno no dispone de poder efectivo; las tropas, los ferrocarriles, el correo, el telé­grafo, todo está en manos del Soviet y puede afir­marse que el Gobierno Provisional sólo existe en la medida que el Soviet permite que exista» ([34]).

La clase obrera, como clase que aspira a la transformación revolucionaria y consciente del mundo, necesita un órgano que le permita expre­sar todas sus tendencias, todos sus pensamientos, todas sus capacidades; un órgano extremada­mente dinámico que sintetice en cada momento la evolución y el avance de las masas; un órgano que no caiga en el conservadurismo y la buro­cracia, que le permita rechazar y combatir toda tentativa de confiscar el poder directo de la mayoría. Un órgano de trabajo, donde se decidan las cosas de manera rápida y ágil, aunque a la vez de manera consciente y colectiva, de tal forma que todos se sientan implicados en su aplicación.

«Los Soviets no se resignaron a ninguna teoría sobre la división de poderes e intervinieron en la dirección de las fuerzas armadas, en los con­flictos económicos, en los problemas de abaste­cimiento y del transporte, como también en los asuntos judiciales. Los soviets decretaron, bajo la presión de los obreros, la jornada de 8 horas, eliminando a los administradores demasiado reaccionarios, destituyendo a los comisarios más insoportables del Gobierno provisional, interviniendo también periódicos hostiles» ([35]).

Hemos visto cómo la clase obrera fue capaz de unirse, de expresar toda su energía creadora, de actuar de manera organizada y consciente, de, a fin de cuentas, alzarse ante una sociedad como la clase revolucionaria que tiene como misión instaurar la nueva sociedad, sin clases y sin Esta­do. Pero, para ello la clase obrera debía destruir el poder de la clase enemiga: el Estado burgués, encarnado por el Gobierno provisional; e imponer su propio poder: el poder de los soviets.

 

[1]) Trotski, Historia de la Revolución rusa, tomo I, capítulo «El proletariado y los campesinos».

[2])Trotski, op. cit., tomo I, capítulo «Cinco días»

[3]) Trotski, idem.

[4]) Ana M. Pankratova, Los Consejos de fábrica en la Rusia de 1917, capítulo «Los Comités de fábrica obra de la Revolución».

[5])Trotski, op.cit., mismo capítulo.

[6])J. Reed, Diez días que estremecieron al mundo.

[7])Dos meses antes, en abril, cuando está reivindicación fue propuesta por Lenin en sus famosas Tesis, fue rechazada en el seno mismo del partido bolchevique como utópica, abstracta, etc.

[8]) Trotski, op.cit.

[9]) G. Soria, Los 300 días de la Revolución rusa.

[10]) Trotski, op. cit.

[11]) Idem.

[12]) Idem.

[13]) Marx y Engels, La ideología alemana.

[14]) Trotski, op.cit.

[15]) J. Reed, op.cit.

[16]) Trotski, op.cit.

[17]) Rosa Luxemburgo, En la hora revolucionaria.

[18]) Rosa Luxemburgo, Huelga de masas, partido y sindicatos.

[19]) Trotski, op.cit.

[20]) Trotski, ídem.

[21]) Trotski, ídem.

[22]) Engels, «Prólogo» de 1883 al Manifiesto comunista.

[23]) Marx, Engels, El Manifiesto comunista.

[24]) Trotski, op.cit.

[25]) Marx, Engels, op.cit.

[26]) No se trata de discutir en el marco de este artículo si la solución que los bolcheviques y los soviets acabaron dando a la cuestión agraria -el reparto de las tierras- fue justa. Como lo criticó Rosa Luxemburgo, la experiencia demostró que no lo era. Pero eso no debe ocultar lo esencial: que el proletariado y los bolcheviques plantearon seriamente la necesidad de una solución desde el enfoque del poder proletario y desde el enfoque de la batalla por la revolución socialista.

[27]) Trotski, op.cit.

[28]) Trotski, ídem.

[29]) Trotski, ídem

[30]) Révolution internationale, órgano de la CCI en Francia, nº 190, artículo «El proletariado deberá imponer su dictadura para llevar la humanidad a su emancipación».

[31]) O. Anweiler, Los Soviets en Rusia.

[32]) Trotski, op. cit.

[33]) Trotski, ídem.

[34]) Trotski, ídem.

[35]) Trotski, ídem.