La izquierda comunista y la continuidad del marxismo

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La izquierda comunista y la continuidad del marxismo
Artículo publicado en Tribuna Proletaria (Rusia)

1. Desde la derrota de la oleada revolucionaria internacional de 1917-23 pocos términos han sido tan deformados o mal empleados como socialismo, comunismo, y marxismo. La idea de que los regímenes estalinistas del antiguo bloque de los países del Este, o países como China, Cuba y Corea del Norte actualmente, sean expresiones de comunismo o marxismo es en realidad la Gran Mentira del siglo XX, una mentira perpetuada deliberadamente por todas las facciones de la clase dominante, desde la extrema derecha a la extrema izquierda. Durante la guerra mundial imperialista de 1939-45, el mito de la “defensa de la patria socialista” fue utilizado conjuntamente con el “antifascismo” y la “defensa de la democracia” para movilizar a los trabajadores tanto fuera como dentro de Rusia para la más grande masacre en la historia de la humanidad.

Durante el período de 1945-89, dominado por las rivalidades entre los dos gigantescos bloques imperialistas bajo el liderazgo estadounidense y ruso, la mentira se utilizó más extensivamente: en el Este, para justificar las ambiciones imperialistas del capital ruso; en el oeste, como cobertura para el conflicto imperialista (“defensa de la democracia contra el totalitarismo soviético”) y como medio para envenenar la conciencia de la clase obrera. Se exhibían los campos de trabajo rusos (el famoso GULAG) y se le preguntaba a la población occidental: Sí eso es el socialismo ¿no preferirías tener capitalismo a pesar de todos sus errores? –

Este tema se volvió aún más ensordecedor cuando se dijo que el colapso del bloque de los países del Este significaría la “muerte del comunismo”, la “bancarrota del marxismo”, e inclusive el fin de la clase trabajadora misma. Por su parte, la “extrema” izquierda del capitalismo le agregó más molienda a este molino burgués. Los trotskistas en particular, que siguieron encontrando “fundamentos proletarios” en el edificio estalinista a pesar de sus graves “deformaciones burocráticas”.

2. Este enorme montón de distorsiones ideológicas también ha servido para obscurecer la continuidad real y el desarrollo del marxismo en el siglo XX. Los falsos defensores del marxismo – los estalinistas, los trotskistas, todo tipo de “marxólogos” académicos, modernizadores y filósofos – han ocupado el centro de atención, mientras sus verdaderos defensores han sido desterrados a un segundo plano, descartados como sectas irrelevantes, y o como supuestos fósiles de un mundo perdido, cuando no han sido directamente reprimidos y silenciados. Para reconstruir la continuidad auténtica del marxismo en este siglo, es necesario, por lo tanto, comenzar con una definición de lo que es el marxismo. Desde su primera gran declaración en el Manifiesto Comunista de 1848, el marxismo se autodefinió no como un producto de “pensadores” aislados o genios, sino como la expresión teórica del movimiento real del proletariado.

Como tal, solo puede ser una teoría de combate, la cual prueba su adhesión a la causa de la clase explotada por la defensa intransigente de los intereses inmediatos e históricos de ésta. Esta defensa, aunque basada en una capacidad para permanecer fiel a principios fundamentales e inalterables tales como el internacionalismo proletario, también involucra el enriquecimiento de la teoría marxista en relación directa y viviente con la experiencia de la clase trabajadora. Además, como el producto de una clase que personifica trabajo colectivo y lucha, el marxismo mismo sólo puede desarrollarse a través de colectivos organizados – a través de fracciones y partidos revolucionarios. De esta manera el Manifiesto Comunista apareció como el programa de la primera organización marxista en la historia – la Liga de los Comunistas.

3. En el siglo XIX, cuando el capitalismo era todavía un sistema en expansión, ascendente, la burguesía tenía menos necesidad de esconder la naturaleza explotadora de su dominio pretendiendo que negro era blanco y que el capitalismo era en realidad socialismo. Perversiones ideológicas de este tipo son sobre todo típicas de la decadencia histórica del capitalismo, y se expresan más claramente por los esfuerzos de la burguesía para utilizar el mismo “marxismo” como una herramienta de mistificación. Pero aún en la fase ascendente del capitalismo, la presión implacable de la ideología dominante, tomó frecuentemente la forma de versiones falsas del socialismo que se colaron de contrabando en el movimiento obrero. Fue por esta razón que el Manifiesto Comunista se vio obligado a distinguirse del socialismo “feudal”, “burgués” y “pequeño burgués” y que la fracción marxista de la Primera Internacional tuvo que dar una batalla en dos frentes, por un lado contra el Bakuninismo y por el otro, contra el “socialismo de estado” Lasalleano .

4. Los partidos de la Segunda Internacional se fundaron sobre la base del marxismo, y en este sentido representaban un paso considerable con respecto a la Primera Internacional, la cual había sido una coalición de diferentes tendencias dentro del movimiento obrero. Sin embargo, como existieron en un período de enorme crecimiento capitalista, fueron particularmente vulnerables a las presiones que las empujaban a la integración en el sistema capitalista. Estas presiones se expresaron a través del desarrollo de las corrientes reformistas que habían comenzado a plantear que debían ser “revisadas” las predicciones del marxismo con referencia a la caída inevitable del capitalismo y que sería posible evolucionar pacíficamente hacia el socialismo sin ninguna interrupción revolucionaria.

Durante este período – particularmente a finales de 1890 y principio de 1900 – la continuidad del marxismo fue defendida por las corrientes de “izquierda” que eran las mas intransigentes en la defensa de los principios básicos marxistas, y las primeras en ver las nuevas condiciones que surgían para la lucha proletaria mientras el capitalismo alcanzaba los límites de su era ascendente. Los nombres que personifican el ala izquierda de la social democracia son bien conocidos – Lenin en Rusia, Luxemburgo en Alemania, Pannekoek en Holanda, Bordiga en Italia – pero también es importante recordar que ninguno de estos militantes trabajó de manera aislada. Cada vez más, mientras la gangrena del oportunismo se esparcía por la Internacional, ellos se vieron obligados a trabajar como fracciones organizadas –los Bolcheviques en Rusia, el grupo Tribuna en Holanda, y así sucesivamente, cada uno dentro de sus partidos respectivos e internacionalmente.

5. La guerra imperialista de 1914 y la Revolución Rusa de 1917 confirmaron la visión marxista de que el capitalismo entraría inevitablemente en su “época de revolución social”, y precipitaron una separación fundamental en el movimiento obrero. Por primera vez, organizaciones que se reclamaban de Marx y Engels se encontraron a si mismas en lados distintos de las barricadas: los partidos oficiales social demócratas, la mayoría de los cuales habían caído en las manos de antiguos “reformistas”, apoyaron la guerra imperialista invocando a los escritos de Marx de un período anterior, y denunciaron la revolución de Octubre argumentando que Rusia todavía tenía que pasar por una fase burguesa de desarrollo. Pero al hacer esto, pasaron irrevocablemente al campo de la burguesía, convirtiéndose en banderines de enganche para la guerra en 1914 y en perros sangrientos de la contrarrevolución en 1918, como uno de ellos, el alemán Noske, se calificaba a sí mismo.

Esto demostró definitivamente que la adhesión al marxismo no se basa en declaraciones piadosas o etiquetas partidarias, sino en una práctica viva. Únicamente las corrientes del ala izquierda de la 2ª Internacional, fueron capaces de izar la bandera del internacionalismo proletario contra el holocausto imperialista, quienes se reunieron en la defensa de la revolución proletaria en Rusia, y quienes encabezaron las huelgas y alzamientos que estallaron en numerosos países desde el comienzo de la guerra. Fueron estas mismas corrientes las que proporcionaron el núcleo de la nueva Internacional Comunista fundada en 1919.

6. 1919 fue el punto culminante de la ola revolucionaria de la posguerra, y las posiciones de la Internacional Comunista en su congreso fundador expresaron las posiciones más avanzadas del movimiento proletario: por una ruptura total con los traidores social-patriotas, por los métodos de acción masiva demandados por el nuevo período de decadencia capitalista, por la destrucción del estado capitalista y por la dictadura internacional de los Soviets obreros. Esta claridad programática reflejaba el enorme ímpetu de la ola revolucionaria, pero también había sido preparada mediante las contribuciones políticas y teóricas de las fracciones de izquierda dentro de los viejos partidos: así, en contra de la visión legalista y gradualista del camino al poder de Kautsky, Luxemburgo y Pannekoek habían elaborado la concepción de la huelga de masas como terreno de la revolución; en contra del cretinismo parlamentario de Kautsky, Pannekoek, Bujarin y Lenin habían revivido y refinado la insistencia de Marx en la necesidad de destruir el estado burgués y crear el “estado de la Comuna”. Estos desarrollos teóricos iban a convertirse en materia de políticas prácticas cuando naciera la hora de la revolución.

7. El retroceso de la ola revolucionaria y el aislamiento de la revolución Rusa dio lugar a un proceso de degeneración dentro de la Internacional Comunista y del poder soviético en Rusia. El partido bolchevique se había fusionado más y más con un aparato de estado burocrático el cual creció en proporción inversa a los propios órganos de poder y participación del proletariado – los Soviets, comités de fábricas y guardias rojos. Dentro de la Internacional, los intentos de ganar apoyo de las masas en una fase de retroceso de estas, engendró “soluciones” oportunistas – incrementando el énfasis en el trabajo en el parlamento y sindicatos, el llamamiento a los “pueblos del Este” a levantarse contra el imperialismo, y sobre todo, la política del Frente Único la cual tiró a la basura la claridad ganada con tanto empeño acerca de la naturaleza capitalista del social patriotismo de los social patriotas.

Pero justo cuando el crecimiento del oportunismo en la Segunda Internacional provocaba una respuesta proletaria en la forma de corrientes de izquierda, también la marea del oportunismo en la Tercera Internacional era resistida por las corrientes de la izquierda comunista – muchos de cuyos voceros, tales como Pannekoek y Bordiga, ya se habían probado a si mismos como los mejores defensores del marxismo en la vieja Internacional. La izquierda comunista era esencialmente una corriente internacional y tenía expresiones en muchos países, desde Bulgaria hasta Gran Bretaña y desde Estados Unidos hasta Sudáfrica. Pero sus representantes más importantes se encontraban precisamente en esos países donde la tradición marxista estaba en su punto más sólido: Alemania, Italia y Rusia.

8. En Alemania, la profundidad de la tradición marxista unida al enorme ímpetu del movimiento del momento de las masas proletarias, ya había engendrado, en la cresta de la ola revolucionaria, algunas de las más avanzadas posiciones políticas, particularmente sobre las cuestiones parlamentarias y sindicales. Pero el comunismo de izquierda como tal apareció como respuesta a los primeros signos de oportunismo en el Partido Comunista Alemán y la Internacional, y fue encabezado por el Partido Comunista Obrero Alemán “KAPD”, formado en 1920 cuando la oposición dentro del KPD fue expulsada por una maniobra inescrupulosa. A pesar de ser criticado por el liderazgo de la Internacional Comunista como “infantil” y “anarquista-sindicalista”, el rechazo del KAPD de las antiguas tácticas parlamentarias y sindicalistas estaba basado en un análisis marxista profundo de la decadencia del capitalismo, que hacía estas tácticas obsoletas y demandaba nuevas formas de organización de clase – los comités de fábrica y los consejos obreros; lo mismo puede decirse de su claro rechazo de la vieja concepción de “partido de masas” de la socialdemocracia, a favor de la noción del partido como un núcleo programáticamente claro – una noción heredada directamente del bolchevismo. La defensa intransigente del KAPD de estas adquisiciones en contra de un retorno a las viejas tácticas socialdemócratas lo colocó en el centro de una corriente internacional que tuvo expresiones en numerosos países, particularmente en Holanda, cuyo movimiento revolucionario estaba estrechamente ligado a Alemania a través del trabajo de Pannekoek y Gorter.

Esto no significa que la izquierda comunista en Alemania a principios de la década de los 20 no tuviera debilidades importantes. Su tendencia a ver el declive del capitalismo en la forma de una “crisis mortal” final en vez de un largo y extenso proceso, le hizo difícil ver el retroceso de la ola revolucionaria y le expuso al peligro del voluntarismo; ligado a esto estaban las debilidades sobre la cuestión organizacional, lo que le condujo a una ruptura prematura con la Internacional Comunista e intentar el esfuerzo funesto de convocar una nueva Internacional en 1922. Estas grietas en su armadura le iban a dificultar resistir el curso de la contrarrevolución que se estableció en 1922 y tuvo como resultado un proceso desastroso de fragmentación, teorizado en muchos casos por la ideología del “consejismo” que negaba la necesidad de una organización política distinta.

9. En Italia, por el otro lado, la izquierda comunista – que había ocupado inicialmente una posición mayoritaria dentro del Partido Comunista de Italia – fue particularmente clara sobre la cuestión de la organización y le permitió no sólo llevar una valerosa batalla contra el oportunismo dentro de la Internacional en declive, sino además engendrar una fracción comunista que fuese capaz de sobrevivir el desastre del movimiento revolucionario y desarrollar la teoría marxista durante la noche de la contrarrevolución. Pero a principios de los años 20, sus argumentos a favor del abstencionismo ante la participación en parlamentos burgueses, en contra de fusionar la vanguardia comunista con grandes partidos centristas para dar una ilusión de “influencia de masas”, en contra de los eslóganes de Frente Unido y “gobierno de los trabajadores”, se basaron también en una profunda comprensión del método marxista.

Lo mismo se aplica a su análisis del nuevo fenómeno del fascismo y su rechazo consecuente de cualquier frente anti-fascista dentro de los partidos de la burguesía “democrática”. El nombre de Bordiga se asocia irrevocablemente con esta fase en la historia de la izquierda comunista italiana, pero a pesar de la enorme importancia de esta contribución militante, la izquierda italiana no se puede reducir sólo a Bordiga, de la misma forma que el bolchevismo no se podía reducir a Lenin: ambos fueron productos orgánicos del movimiento político proletario.

10. El aislamiento de la revolución en Rusia había desembocado, como hemos dicho, en un divorcio creciente entre la clase trabajadora y una máquina estatal cada vez más burocrática – siendo la expresión más trágica de este divorcio la represión de la revuelta de obreros y marineros de Kronstadt por el propio partido bolchevique proletario, el cual estaba cada vez más atrapado en los engranajes del estado.

Pero precisamente porque era un partido verdaderamente proletario, el bolchevismo también produjo numerosas reacciones internas en contra de su propia degeneración. Lenin mismo – quien en 1917 había sido el más claro vocero del ala izquierda del partido – hizo algunas críticas pertinentes a la caída del partido en el burocratismo, particularmente hacia el fin de su vida; y por el mismo período, Trotski se convirtió en el principal representante de una oposición de izquierda que buscaba restaurar las normas de la democracia proletaria en el partido, y que continuó combatiendo las expresiones más notables de la contrarrevolución estalinista, particularmente la teoría del “socialismo en un solo país”. Pero en su gran mayoría, puesto que el bolchevismo había socavado su propio papel como una vanguardia proletaria al fusionarse con el estado, las corrientes de izquierda más importantes dentro del partido tendían a ser lideradas por figuras menos reconocidas quienes fueron capaces de mantenerse más cerca de la clase que de la máquina del estado.

Ya en 1919, el grupo Centralismo Democrático, liderado por Ossinky, Smirnov y Sapranov, había comenzado a alertar contra el “marchitamiento” de los Soviets y la desviación cada vez mayor de los principios de la Comuna de Paris. Criticas similares fueron hechas en 1921 por el grupo Oposición Obrera, dirigido por Kollontai y Shliapnikov, aunque éste último demostró ser menos riguroso y estable que el grupo Centralismo Democrático, que continuó desempeñando un papel importante en la década de los 20, y desarrolló un enfoque similar al de la izquierda italiana. En 1923, el Grupo Obrero, encabezado por Miasnikov emitió su manifiesto y tuvo una importante intervención en las huelgas obreras de aquel año. Su posición y análisis estaban muy cercanos a aquellos del KAPD.

Todos esos grupos no solamente emergieron del partido bolchevique; ellos continuaron combatiendo dentro del partido por un retorno a los principios originales de la revolución. Pero mientras las fuerzas de la contrarrevolución burguesa ganaban terreno dentro del partido, el asunto clave vino a ser la capacidad de las diversas oposiciones de ver la naturaleza real de esta contrarrevolución y romper con cualquier lealtad sentimental a sus expresiones organizadas. Esto evidenció la divergencia fundamental entre Trotski y la izquierda comunista rusa: mientras el primero iba a permanecer toda su vida atado a la noción de la defensa de la Unión Soviética e inclusive a mantener la naturaleza proletaria de los partidos estalinistas, los comunistas de izquierda vieron que el triunfo del estalinismo – incluyendo sus giros de “izquierda”, que confundieron a muchos de los seguidores de Trotski – significó el triunfo de la clase enemiga e implicaba la necesidad de una nueva revolución.

Sin embargo, muchos de los mejores elementos en la oposición trotskista – los así llamados “irreconciliables”– se pasaron a las posiciones de la izquierda comunista a finales de los años 20 y principios de los años 30. Pero el terror estalinista los eliminó en su práctica totalidad durante los años 30.

11. En palabras de Víctor Serge, los años 1930 fueron la “medianoche en el siglo”. Las últimas brasas de la ola revolucionaria – el paro general en Gran Bretaña en 1926, la revuelta de Shangai de 1927 – ya se habían extinguido. Los partidos comunistas se habían convertido en partidos de defensa nacional; el terror fascista y estalinista alcanzaron su punto más feroz precisamente en aquellos países donde el movimiento revolucionario había alcanzado su punto más alto; y todo el mundo capitalista se estaba preparando para otro holocausto imperialista. En estas condiciones, las minorías revolucionarias sobrevivientes tenían que encarar el exilio, la represión y un aislamiento cada vez mayor. Como la clase como un todo sucumbió a la desmoralización y a las ideologías de guerra de la burguesía, los revolucionarios no podían esperar tener un impacto extenso en las luchas inmediatas de la clase.

La incapacidad de Trotski para entender esta situación desfavorable lo llevó a él y al grupo que gravitaba a su alrededor, la oposición de izquierda, en una dirección cada vez más oportunista – el “giro francés” hacia los partidos social demócratas, la capitulación ante el antifascismo, etc. – con la vana esperanza de “conquistar las masas”. El resultado final de este curso, para el trotskismo más que para Trotski mismo, fue su integración dentro de la máquina de guerra durante los años 40. Desde entonces el trotskismo, como la socialdemocracia y el estalinismo, ha pasado a formar parte del aparato político del capitalismo, y pese a todas sus pretensiones, no tiene nada que ver con la continuidad del marxismo.

12. En contraste con esta trayectoria, la fracción de la izquierda italiana definió correctamente alrededor de la revista Bilan las tareas de la hora: primero, no traicionar los principios elementales del internacionalismo de cara a la marcha hacia la guerra; segundo, elaborar un “balance” del fracaso de la ola revolucionaria y de la revolución rusa en particular, y elaborar las lecciones apropiadas para que pudieran servir de base teórica para los partidos que emergerían de un futuro renacimiento de la lucha de clase.

La guerra en España particularmente fue una prueba bastante dura para los revolucionarios de entonces, muchos de los cuales capitularon ante los cantos de sirena del antifascismo y no llegaron a ver que la guerra era imperialista en ambos lados, un ensayo general para la guerra mundial que se anunciaba. Bilan sin embargo se mantuvo firme, llamando a la lucha de clase contra de las fracciones fascista y republicana de la burguesía, tal como Lenin había hecho, denunciando a ambos bandos, durante la Primera Guerra Mundial.

Al mismo tiempo, las contribuciones teóricas hechas por esta corriente – que más tarde asumieron fracciones en Bélgica, Francia y México – fueron inmensas y en verdad irremplazables. En su análisis de la degeneración de la revolución rusa – que nunca le llevó a cuestionar el carácter proletario de 1917; en sus investigaciones sobre los problemas de un futuro período de transición; en su trabajo sobre la crisis económica y las bases de la decadencia del capitalismo; en su rechazo al apoyo de la Internacional Comunista a las luchas de “liberación nacional”; en su elaboración de la teoría del partido y la fracción; en sus polémicas incesantes pero fraternales con otras corrientes políticas proletarias; en esta y muchas otras áreas, la fracción de la izquierda italiana llevó a cabo sin duda su tarea de sentar las bases programáticas para las organizaciones proletarias del futuro.

13. La fragmentación de los grupos de la izquierda comunista en Alemania fue completada por el terror nazi, aún cuando algunas actividades revolucionarias clandestinas seguían llevándose a cabo bajo el régimen de Hitler. Durante los años 30, la defensa de las posiciones revolucionarias de la izquierda alemana fue llevada a cabo en su mayoría en Holanda, particularmente por medio del trabajo del Grupo de Comunistas Internacionales, pero también en Estados Unidos con el grupo liderado por Paul Mattick. Como Bilan, la izquierda holandesa permaneció fiel al internacionalismo de cara a todas las guerras imperialistas locales que preparó el camino a la masacre global, resistiendo las tentaciones de “defender a la democracia”.

Continuó profundizando su entendimiento de la cuestión de los sindicatos, de las nuevas formas de organización de los trabajadores en la época de decadencia capitalista, de las raíces materiales de la crisis capitalista, de la tendencia hacia el capitalismo de estado. También mantuvo una intervención importante en la lucha de clases, particularmente en el movimiento de los desempleados. Pero la izquierda holandesa, traumatizada por la derrota de la revolución rusa, cayó más y más en la negación consejista de la organización política – negando de esta manera todo papel a la organización de los revolucionarios. Junto con esto, rechazaba totalmente el bolchevismo y la revolución rusa, descartada como burguesa desde el principio. Estas teorizaciones fueron la semilla de su futura muerte. Aunque la izquierda comunista en Holanda continuó aún bajo la ocupación nazi y dio lugar a una organización importante después de la guerra – el Spartacusbund, que inicialmente retrocedió hacia las posiciones pro-partido del KAPD – las concesiones de la izquierda holandesa al anarquismo en la cuestión organizacional le hizo cada vez más difícil mantener cualquier tipo de continuidad organizada en años posteriores. Hoy estamos muy cerca de la extinción completa de esta corriente.

14. La izquierda italiana, por otro lado, aunque mantuvo la continuidad organizacional no dejó de pagar un tributo a la contrarrevolución. Justo antes de la guerra, la fracción italiana fue llevada a la dislocación por la “teoría de la economía de guerra” la cual negaba la inminencia de la guerra mundial, sin embargo, su trabajo logró ser continuado, particularmente, a través de la aparición de una fracción francesa en medio del conflicto imperialista. Hacia el final de la guerra, el estallido de importantes luchas proletarias en Italia creó más confusión en las filas de la fracción, cuando la mayoría regresa a Italia para formar, junto con Bordiga quien había estado inactivo políticamente desde finales de los años 20, el Partido Comunista Internacionalista de Italia, quien a pesar de oponerse a la guerra imperialista estaba formado sobre bases programáticas confusas y con un análisis equivocado del período, estimado como de un ascenso en el combate revolucionario.

A esta orientación política se le opuso la mayoría de la fracción francesa, la cual vio rápidamente que el período que se abría era de contrarrevolución triunfante, y consecuentemente que las tareas de la fracción no habían sido completadas. La izquierda comunista de Francia así continuó trabajando en el espíritu de Bilan, y aunque no descuidaba su responsabilidad de intervenir en las luchas inmediatas de la clase, enfocaba sus energías en el trabajo de una clarificación política y teórica, e hizo un número de avances importantes, particularmente sobre la cuestión del capitalismo de Estado, el período de transición, los sindicatos y el partido. Mientras mantenía la rigurosidad del método marxista típico de la izquierda italiana, también fue capaz de integrar algunas de las mejores contribuciones de la izquierda germano-holandesa en el conjunto de su blindaje programático.

15. En 1952, sin embargo, erróneamente convencida de la inminencia de una tercera guerra mundial, la Izquierda Comunista de Francia se disolvió. En el mismo año, el PCI en Italia fue agrietado por la división entre la tendencia “bordiguista” y la tendencia liderada por Onarato Damen, un militante que había permanecido activo políticamente en Italia durante el período fascista. La tendencia “bordiguista” fue más clara en su entendimiento de la naturaleza reaccionaria del período, pero sus esfuerzos para mantenerse firme en su defensa del marxismo la llevó a caer en el dogmatismo. Su (nueva!) teoría de la “invariabilidad del marxismo” le llevó a ignorar cada vez más los avances hechos por la fracción italiana en los años 30 y retroceder a la “ortodoxia” de la Internacional Comunista en muchos aspectos. Los diversos grupos bordiguistas de hoy (al menos tres de los cuales se llaman a si mismos el “Partido Comunista Internacional”) son descendientes directos de esta tendencia.

La tendencia de Damen fue mucho más clara en cuestiones básicas de política como el papel del partido, los sindicatos, liberación nacional y capitalismo de Estado, pero nunca se planteó analizar los orígenes de los errores cometidos en la formación original del PCI. Durante los años 1950 y 1960, estos grupos se estancaron políticamente, con la corriente bordiguista en particular “protegiéndose” detrás del muro del sectarismo. La burguesía había llegado tan cerca cómo le fue posible de eliminar todas las expresiones organizadas de marxismo, rompiendo el hilo vital que ligaba a las organizaciones revolucionarias del presente, con las grandes tradiciones del movimiento obrero.

16. Al final de la década de los 60, sin embargo, el proletariado reapareció en el escenario de la historia con la huelga general en Francia en mayo del 68, y la posterior explosión de combates obreros alrededor del mundo. Este resurgimiento dio nacimiento a una nueva generación de elementos politizados, buscando la claridad de las posiciones comunistas, dio nueva vida a los grupos revolucionarios existentes y finalmente produjo nuevas organizaciones que buscaban renovar la herencia de la izquierda comunista. Inicialmente, este nuevo entorno político, reaccionando en contra de la imagen “autoritaria” del bolchevismo, fue impregnado profundamente por la ideología consejista, pero cuando maduró, fue capaz de despojarse de sus prejuicios anti–organizacionales y ver su continuidad con toda la tradición marxista.

No es accidental que hoy en día la mayoría de los grupos en los entornos revolucionarios sean descendientes de la corriente de la izquierda italiana, la cual hace un gran énfasis en la cuestión de la organización y la necesidad de preservar una tradición revolucionaria intacta. Tanto los grupos bordiguistas y el Buró Internacional para el Partido Revolucionario (BIPR) son los herederos del Partido Comunista Internacionalista de Italia, mientras que la Corriente Comunista Internacional es en gran medida descendiente de la Izquierda Comunista de Francia.

17. El resurgimiento proletario de finales de los años 60 ha seguido un camino tortuoso, yendo a través de movimientos de avances y retrocesos, encontrando muchos obstáculos en el camino, pero ninguno más grande que las enormes campañas burguesas sobre la muerte del comunismo, parte de la cual ha involucrado ataques directos contra la izquierda comunista, falsamente injuriada como la fuente de la corriente “negacionista” que niega la existencia de las cámaras de gas nazi.

Las dificultades de este proceso han sembrado muchos obstáculos en el camino del mismo medio revolucionario, retardando su crecimiento y retrasando su unificación. Pero a pesar de estas debilidades, el movimiento de Izquierda Comunista actual es la única continuación viviente del marxismo auténtico, el único “puente” posible hacia la formación del futuro partido comunista mundial. Es de vital importancia que los nuevos elementos militantes que, a pesar de todo, continúan desarrollándose por todo el mundo en este período, se relacionen con los grupos de izquierda comunista, debatan con ellos, y en última instancia, unan sus fuerzas con ellos; al hacer esto estarán haciendo su propia contribución a la construcción del partido revolucionario, sin el cual no puede haber revolución tirunfante.

Corriente Comunista Internacional, septiembre 1998