La solidaridad no es una cuestión de “todos”

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En éste país atravesado por la línea del Ecuador con su gente acostumbrada a mirar desde lejos desastres naturales o desastres provocados por el modo de vida capitalista, acontecimientos que se han vuelto cotidianos, alimentados por el morbo del show  como si fueran películas de horror acaecidos en otras latitudes de la tierra, nadie esperaba algo semejante en este país, cuyos gobernantes no se diferencian de ningún otro sobre la faz de la tierra, con las mismas promesas, con los mismo ataques, con el mismo Estado y con el mismo cinismo, no hace mucho se decía que bajo el socialismo del siglo XXI se tenía uno de los mejores mundos posibles. Claro está que esos mundos posibles al cual permanentemente aludía el régimen actual, se refería, ciertamente a dos caras de la misma moneda, por un lado a las infinitas satisfacciones de la burguesía local y por otro, a la situación de la clase obrera  de éste país, que igual que sus hermanos de clase, padecen los mismos sufrimientos y ataques en todos los países del mundo.

En este mundo enajenado por los principios de la ganancia, la competencia, la vanidad, la falsa moral, los hombres se han procurado una distorsión con el entendimiento, asumiendo una serie de comportamientos ajenos a la verdad, entre ellos la falsa concepción de la naturaleza, por un lado, sobrestimando que nunca pasará nada porque siempre habrá la protección de las acciones divinas y por otro, más terrible que lo primero, es creer que la naturaleza sólo debe servir para extraer de manera irracional todo lo que se quiera y como se pueda, ésta última visión propia de la sociedad capitalista, viene teniendo graves consecuencias con la alteración del medio ambiente, espacio único en que vive y se desenvuelve  el conjunto de las especies, incluyendo, por supuesta, la humana, y no contentos con esto, la incesante avalancha de la alteración de la propia naturaleza humana en que el reino de la propiedad privada, la ganancia, la competencia intenta implantarse de una vez y para siempre con comportamientos ajenos a la cooperación humana. Pese a machacarse con insistencia desde que amanece hasta que anochece, que el hombre es así y no tiene otro modo que ser así, el conjunto de la burguesía, termina sorprendida, cuando la parsimonia, el juego macabro del cada cual a lo suyo, se ve desbordado por otras manifestaciones ajenas a ésta clase, acostumbrada a la perpetuidad egoísta de sus propios intereses, reculando de manera hipócrita y a regañadientes aceptando que la “gente” ha sido “solidaria”.

Es así que, ante el fatídico terremoto de 7.8 grados en la escala de Richter ocurrido en Ecuador el 16 de abril del año 2016, a las 18:58, provocaba de inmediato cortes de energía eléctrica, suspensión de todo tipo de comunicaciones, gente aterrorizada en las calles sin conocer dónde mismo estaba ubicado el epicentro. Con el restablecimiento de las comunicaciones bien entrada la madrugada, se tenía las primeras noticias de los efectos que había provocado ligeramente en ciudades como Guayaquil y Quito, y según los meteorólogos locales, el epicentro se localizaba en la ciudad de Esmeraldas, a los pocos minutos este dato era desmentido por el Servicio Geológico de los EEUU, comunicando que el epicentro se localizaba en la provincia de Manabí, en el balneario de Pedernales. Según avanzaron las horas, el desastre resultaba de dimensiones dantescas, a la par, el Estado restringía la información con filtros que debían ser aprobados por la Secretaria de Comunicaciones, y que no se haga caso a las redes sociales, que eso, no era información oficial. ¿Qué es lo que el Estado no quiere que se sepa hasta ahora? Simplemente que un Estado al servicio de una clase, se había descuidado de la prevención. Para ningún meteorólogo es desconocido que Ecuador, Perú, Chile, Colombia se asientan sobre la capa tectónica Sudamericana que está en constante contacto con la conocida falla de Nazca, que es igual de peligrosa que la falla de San Andrés en California. Si hiciéramos una comparación entre estas dos partes geográficas, veríamos que la infraestructura de California está mejor diseñada que las ciudades Sudamericanas, pero ojo, el que haya mejor infraestructura en California, no es porque en esos lugares haya una burguesía mejor dotada de espíritu preventivo y humanitario, sino, porque están obligados a implementar las mejores técnicas de construcción que les garantice la producción, sobre todo industrial al servicio de la ganancia. Igual ocurría en estos sectores que han terminado devastados, ¿De qué vivían? Del turismo tropical, del cual por cierto, se ufanaba el Sr. Presidente Correa que era el tercer rubro significativo de ingresos a favor del Estado, pero para ello no se necesitaba de torres de marfil, simplemente, chabolas mal hechas, con tal que entre plata, la infraestructura valía un carajo, en otras palabras, con una burguesía práctica con la ganancia y sin importarle para nada la vida de los hombres, en última instancia, el fin justificaba los medios; pero esa forma de pensar y construir un mundo a imagen y semejanza de la burguesía, ha provocado, según los datos oficiales un promedio de 700 muertos certificados, 1700 desaparecidos (muertos que quedarán sepultados en los escombros), unos 8000 heridos; más de 30 000 damnificados; 70% de destrucción de la ciudad de Portoviejo, un tanto parecido en la ciudad de Manta, y un 90% de destrucción en poblaciones como Pedernales, Canoa, San Vicente, Jama, etc.

Éste mismo modo de pensar propio de la sociedad burguesa, sólo para hablar de los últimos cinco años, podríamos constatar que los muertos, heridos, desaparecidos, en Irak, Afganistán, Siria, Ucrania, y para no ir tan lejos, México y Centro América, resultan de dimensiones dantescas, también. La diferencia es que, en el primer caso, son los estragos de la naturaleza provocando tanta desolación y destrucción, y en el otro caso, es el modo de vida capitalista que constantemente lo provoca, por lo tanto, a pesar de ser impredecible la naturaleza, al menos la ciencia y la tecnología tienen la capacidad de preverlos, y anticiparse de algún modo a las consecuencias que pudieran haber; y en el caso de la sociedad capitalista, resulta más grave todavía, es que la humanidad y en especial el proletariado mundial vive a diario los desastres del desmoronamiento de la sociedad burguesa que son más peligrosos que los terremotos, como los últimos atentados terroristas en Paris y en Bruselas, con una constante amenaza volviendo el miedo, la sospecha y la zozobra como forma “normal” a la cual los hombres debieran adaptarse. Tanto, en un caso como en el otro, las manifestaciones colectivas, diríamos que son parecidas, en un primer momento, el miedo y a reglón seguido, la solidaridad. A la vez que se han dado estos dos hechos propios del instinto social como expresión de precautelar la propia especie, también el Estado burgués no se queda atrás, y a renglón seguido viene la avalancha del veneno de la unidad nacional, que “todos” somos “todos”, que se tomará venganza contra el enemigo o que es la venganza de dios contra los mortales hombres, etc. Este discurso, evidentemente, está cargado de intencionalidades, porque para eso, la burguesía, en cambio sí tiene lucidez para prever, es que sabe que en los momentos críticos en que pende de un hilo la vida, el proletariado es susceptible de despertar y juntarse para dar respuestas independientemente del Estado, por lo tanto tiene que recurrir a estas maniobras para no verse desbordada por aquello que es el terror de la burguesía: el proletariado organizado en todos los países.                

Reacción general

Ni bien la gente se enteraba de la gravedad del terremoto, en ciudades como Quito, Guayaquil, Cuenca, y otras, salía en grandes cantidades llevando agua, colchones, enlatados, concentrándose en parques, colegio o escuelas; el problema era a quién entregar para que lleven esas ayudas, por lo que en los primeros días, la propia gente, en sus propios vehículos iban a dejar a los sobrevivientes la solidaridad, y al volver, regresaban con la noticia de que la destrucción y la muerte era casi total; los medios de comunicación a la par iban dando a conocer, efectivamente la magnitud del desastre. La solidaridad que es un comportamiento propio de la voluntad humana, contrastaba con el comportamiento timorato de la alta y pequeña burguesía, llamando “donación” sus contribuciones. No se puede decir que la expresión de solidaridad hubiera sido solo de una clase, se ha expresado en todos los sectores de la sociedad, sin embargo, si se puede distinguir entre el acto altruista de quienes saben lo que es el trabajo, de quienes ocultan intereses burgués entreverándose con “todos”. Había gente que quería ayudar, no sabía porque, pero quería ayudar desinteresadamente, en cambio otros a la usanza de Robín Hood, con una teatralidad espantosa, que no importaba de dónde provenían las ayudas, que “todos” eran “todos”, que todos eran hermanos; se trataba del espíritu pequeñoburgués que como buenos samaritanos se desgarraban las vestiduras con ese falso sentimiento que les permitiese sacar una tajada en las elecciones burguesas del próximo año. A la vez que se veía estos nobles sentimientos, también se constataba la otra cara de la medalla: vandalismo, robos, incluso se han reportado violaciones, es como si en este terremoto y en los terremotos capitalistas, de pronto hicieran despertar al sector lumpenizado que sin ningún espíritu de nada, semejan depredadores al asecho de cualquier víctima. Indudablemente, esas manifestaciones son los efectos, y una alerta al proletariado, de la descomposición capitalista. Pero no sólo éste sector hubo de dejar entrever el nivel tan bajo al que han caído, sino, la propia burguesía; ante el lamentable hecho de desolación, sin ningún escrúpulo, la cadena de supermercados TÍA, filial de la mega empresa Supermaxi del Ecuador, tenía el descaro de aprovecharse de la grave situación tratando de pescar a río revuelto promocionando un kit de “solidaridad” por el valor de 10 dólares; el reclamo moral de miles de hombres por redes sociales y en las propias dependencias de esta propiedad burguesa, hizo que salieran a desmentir que había sido un mal entendido y que fue un “error sin mala intención”.  

Evidentemente los muertos se cuentan por cientos, la destrucción, al menos por estos lados, no tiene precedentes. De algún modo se puede ver el espíritu del proletariado y por lo cual, podemos aseverar que aún no está derrotado, son manifestaciones propias de nuestra clase, pero también se puede ver el nivel de enajenación por el cual atraviesa, como si esto hubiera sido un castigo divino, se ha invocado oraciones, cadenas, súplicas a Dios, Marx ya lo había dicho que la religión resultaba ser una especie de narcótico envileciendo la conciencia de la clase obrera, eso resulta impresionante; por lo tanto advierte el peligro que eso representa para el proletariado, si perdiera por completo el espíritu de indignación y asumiera la resignación como única alternativa a su dura situación histórica como clase explotada, la humanidad, estaría perdida.

Los primeros ataques

Al tercer día, el ejército, supuestamente tenía todo bajo control. La gente y las instituciones de ayuda social que no han descansado en receptar toneladas de ayuda, estaban impedidos de ingresar a la denominada “zona Cero”, y el ejército como entidad intermediaria, se encargó los primeros días en receptar la ayuda nacional y extranjera para los damnificados, dejando esta tarea en los posteriores días al Ministerio de Inclusión Económica Social develando la inoperancia de éste y de todos los organismos estatales que son entidades que por todos los medios deben sostener al Estado moribundo a como dé lugar, sin importarles los traumas psicológicos del desastre, pérdidas humanas, pérdidas materiales, volviéndose un sainete sólo de cifras que el estado supuestamente está entregando; cuando en realidad, son los aportes solidarios de miles de trabajadores que pese a sus reducidos salarios, no han tenido empacho en aportar sin que nadie les pida comportarse de esa manera. Éste hecho, ha provocado una crítica moral al régimen burgués actual,  efectivamente, mientras se sostiene con ingentes cantidades de dinero a entidades prostituidas del Estado, el Sr. Correa gritar a voz en cuello que el Estado no tiene dinero para la restauración de las zonas afectadas y que la ciudadanía (detrás de ese discurso se esconde el ataque a los trabajadores) no tiene de otra que ajustarse el cinturón.   

Ciertamente, la solidaridad se ha expresado como un acto voluntario sin restricción en las entrañas de muchos trabajadores, sin ningún tipo de tacañería cosa que en la burguesía si ha ocurrido, y para que se sepa que han donado unos cuantos cartones de atún, el marketing no puede quedar de lado. Y, con esa misma palabra de “solidaridad”, el Sr. Correa ha dictaminado el primer ataque a los trabajadores, con el alza del IVA al 14% y una serie de medidas a la reducción de las utilidades salariales. Junto a las víctimas del terremoto, a reglón seguido se ha señalado a la siguiente víctima: la clase obrera obligada a la sobreexplotación con más horas de trabajo, reducciones salariales y una presión angustiante por parte del Estado de que “si no quieren trabajar, hay otros que si lo quieren hacer”; mientras el ataque es evidente al proletariado, también es evidente que la clase burguesa no será afectada ni un solo milímetro, porque según el propio régimen, serán los encargado de la reactivación económica, lo que no ha dicho el Sr. Correa es que esa reactivación, debe pasar inexorablemente explotando a los trabajadores. Con estos ataques, los actos de solidaridad se han transformado en un ataque cínico y sin escrúpulos a los trabajadores, además de manipular el acto de solidaridad del proletariado. Y, para que quede claro lo que le espera a la clase obrera de éste país, el Sr. Correa anunciado el endeudamiento del Estado para la reconstrucción, que según él, son de por lo menos 3 mil millones de dólares. Por lo tanto, para los trabajadores, el futuro bajo el reino de la burguesía se ve demasiado oscuro para que pueda soportarlo. Entonces ¿Qué hacer? 

Perspectivas para la clase obrera

Este hecho natural ocurrido en el Ecuador con repercusiones sociales y que en apariencia no tendría nada que aportar a la lucha del proletariado, precisamente, deja varias lecciones al respecto:

  1. La solidaridad, es algo que los revolucionarios deberíamos profundizar, en primer lugar ¿De qué se trata? ¿Acaso todo acto de buena voluntad es un acto de solidaridad? ¿La solidaridad proletaria es lo mismo que el sentido cristiano del buen samaritano? De todas maneras, en los últimos años que hemos asistido a una serie de manifestaciones sociales y también naturales, hemos visto ríos multitudinarios de gentes que se solidarizan, que entregan algo de manera voluntaria, pero algo parece que faltara en ese noble acto, porque al poco tiempo, es como si la gente se olvidara de esos hechos y vuelven al ritmo normal que la sociedad burguesa les impone, es decir, la solidaridad, da la sensación que está muy íntima a la consciencia aunque en un primer momento, sólo se expresa como una reacción, algo así como un acto instintivo, con ciertos chispazos que al poco tiempo desaparecen.  
  2. La burguesía por todos los medios nunca pagará los platos rotos, ni de los desastres naturales, ni de los desastres que ella provoca con las guerras y sus crisis económicas. Por lo tanto, el proletariado, no tiene de otra que reactivar sus propios mecanismos de auto organización, sin embargo, no podemos desconocer las enormes dificultades por las cuales atraviesa.
  3. Frente a los desastre naturales, como los desastres de las guerras, el efecto de la migración resulta inapelable. Éste es otro fenómeno que se debe profundizar, los efectos de la migración, ¿Cómo serán aprovechados por la burguesía, alimentando ferozmente el nacionalismo, aprovechando la fuerza laboral de los migrantes y creando hostilidad entre unos y otros trabajadores?
  4. La descomposición capitalista pone en evidencia que la sociedad humana no tiene futuro, sólo el proletariado podría ser capaz de dar perspectivas a la humanidad, pese a sus dificultades de consciencia, las manifestaciones de solidaridad, el reclamo moral, cada vez se extienden al conjunto del Estado que se ha vuelto un sainete  prostituido que a mucha gente le provoca asco. Demostrando que en el seno del proletariado cohabita una resistencia y probablemente en otros sectores no explotadores como productos de las áreas extracapitalistas que el capitalismo no ha podido aún incidir y es, éste factor que los revolucionarios deberíamos tomar en cuenta para la maduración de la conciencia proletaria. Evidentemente, la solidaridad es una antítesis de la sociedad burguesa y por lo tanto, en el capitalismo no es de “todos”, es una manifestación que aparece con el proletariado y que podría ser de la humanidad en una sociedad Comunista.      
  5. ¿Qué hacer? En ésta etapa compleja que ha entrado la sociedad burguesa, la CCI está obligada a profundizar los entendimientos, comprender sus propias dificultades, identificar coherentemente las perspectivas del proletariado mundial, el papel de los revolucionarios en una etapa que dista mucho a los momentos históricos de nuestras anteriores generaciones de revolucionarios.  

Internacionalismo, sección de la CCI en Ecuador.  

23 de abril del 2016.