Emigración económica y refugiados de guerra en la historia del capitalismo

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En el verano de 2015 un enorme aluvión de refugiados llega a Europa procedente de un cinturón de caos que rodea este supuesto continente privilegiado: el arco que va desde Afganistán a Libia, pasando por Irak, Siria, Palestina, Ucrania, Somalia, Sudán, Chad, República Centroafricana, Mali etc., sumido en un océano espantoso de guerras, caos, sumergido en un agujero negro donde cualquier forma de vida humana está en riesgo. En noviembre de 2015, los atentados de París trajeron una muestra bárbara de esa locura a la ciudad considerada la joya turística del mundo.

Estos hechos muestran la validez del análisis que Rosa Luxemburg desarrolló un siglo antes (1915) ante el salvajismo inaudito de la Primera Guerra Mundial. Entonces decía: “El mundo “civilizado” que contempló con calma la masacre de decenas de miles de héroes a manos de este imperialismo, cuando el desierto de Kalahari se conmovió con el grito de los sedientos y los estertores de los moribundos, cuando diez años más tarde, en Putumayo, cuarenta mil seres humanos fueron torturados a muerte por una pandilla de piratas europeos, y lo que quedaba de todo un pueblo fue golpeado hasta la locura, cuando la antigua civilización china fue entregada a la destrucción y anarquía, a sangre y fuego, de la soldadesca europea (…) lanzó un grito horrorizado cuando Bélgica, esa joyita invalorable de la cultura europea, cuando los venerables monumentos artísticos del norte de Francia, cayeron hechos pedazos por el ataque avasallante de una fuerza ciega y destructora”[1].

Hoy podemos decir lo mismo: la barbarie incalificable que provoca la tensión imperialista de los que principales responsables son las grandes potencias capitalistas (USA, Alemania, Francia, Rusia, China, etc.) vuelve como un boomerang a los centros del capitalismo mundial transportando el caos y la barbarie que se ha extendido por numerosas zonas del planeta.

Nuestra organización está denunciando las dos caras de este boomerang: la ola de refugiados y la agudización de la guerra imperialista. En los dos artículos que aquí resumimos abordamos la primera de ellas.

Pero para evitar la tremenda confusión que organizan los medios, es necesario hacer una precisión sobre lo que es emigración económica y lo que son refugiados de guerra. Aunque la voracidad capitalista le lleva a aprovechar a precio irrisorio el trabajo de algunas capas de refugiados (Alemania da la “bienvenida” a algunos refugiados bien preparados que pueden trabajar por salarios de hambre), los refugiados de guerra no son lo mismo que la emigración económica. La emigración económica formó a la clase obrera desde el siglo XVII, los refugiados de guerra que toman una proporción gigantesca en la decadencia capitalista expresan el callejón sin salida en que se hunde este sistema a partir del siglo XX.

Primera Parte
De la emigración económica a la proliferación de refugiados

Desde hace miles de años, las personas se han visto obligadas a huir de la guerra, de la persecución, del hambre y las catástrofes naturales como la sequía, las inundaciones, las erupciones volcánicas, etc. Pero, estos movimientos no eran un fenómeno permanente y afectaban, normalmente, sólo a una pequeña parte de la población sedentaria. Con el inicio de la agricultura, la cultura de las plantas y la domesticación de los animales, la humanidad desarrolló durante miles de años un modo de vida sedentario. Bajo el feudalismo, los agricultores estaban vinculados a la tierra, y seguían siendo siervos, desde el nacimiento a la muerte, en la tierra que pertenecía a su señor. Pero, con la aparición del capitalismo, alrededor de los siglos XIV y XV, las condiciones cambiaron rápidamente.

Desde su período de ascenso…

El capitalismo se ha extendido mediante la conquista, utilizando una intensa y masiva violencia a través del globo. Desde el inicio, en Europa, donde el proceso de cercamiento de los terrenos comunales obligó a los agricultores que vivían en la autarquía a abandonar la tierra comunal para aglutinarse en las ciudades a la búsqueda de un empleo en las fábricas. Marx describió la acumulación primitiva como el proceso de “separación radical del productor con los medios de producción… Grandes masas de hombres han sido ya despojados de sus medios de subsistencia y azuzados a “venderse a sí mismos” en el mercado de trabajo”[2].

Esta separación del campesinado del suelo, y de todos sus medios de producción, significó el desarraigo de millones de personas. Porque el capitalismo necesita “la abolición de todas las leyes que impiden a los trabajadores desplazarse de una esfera de la producción a otra y de una producción a otra”[3].

Al mismo tiempo, que el capitalismo en Europa obligaba a los agricultores a vender su fuerza de trabajo, comenzó a extender su reino colonial en el mundo entero. Y, durante siglos, los cazadores de esclavos secuestraron a millones de personas, principalmente en África, con el fin de proporcionar la mano de obra barata necesaria para las plantaciones y las minas, ante todo en América. Cuando el esclavismo acabó, muchos esclavos que trabajaban en las plantaciones fueron reemplazados por trabajadores contratados. Durante toda su expansión, el capitalismo ha desarraigado y desplazados a muchísimas personas, ya sea forzándolas a dejar su tierra, vendiendo su fuerza de trabajo al capitalismo, ya sea secuestrando la fuerza de trabajo y transformándoles en esclavos intercambiados en otro continente. De la misma manera que el capitalismo necesita de una movilidad muy grande, incluso infinita para sus productos, y del libre acceso al mercado, el impone al mismo tiempo la movilidad más amplia en el acceso a la mano de obra. El capitalismo debe poder movilizar la fuerza de trabajo mundial sin restricciones para poder utilizar todas las fuerzas productivas del planeta (en los límites impuestos por un sistema de producción de plusvalía). “Estas fuerzas de trabajo, sin embargo, se encuentran la mayor parte del tiempo ligadas a las tradiciones rígidas de las formas de producción pre-capitalistas; el capitalismo debe primero “liberarlas” antes de poder enrolarlas en el ejército activo del capital. El proceso de emancipación de las fuerzas de trabajo de las condiciones sociales primitivas y su integración en el sistema asalariado capitalista es uno de los fundamentos históricos indispensables para el capitalismo”[4].

La movilidad tiene un significado especial en el capitalismo: “El capitalismo crea necesariamente la movilidad en el seno de la población, lo que no era un requisito en los sistemas económicos precedentes, y que habría sido imposible poner en marcha a gran escala”[5].

El proletariado se ve obligado, de este modo, a desplazarse sin cesar, siempre a la búsqueda de una ocasión, de un lugar donde vender su fuerza de trabajo. Ser asalariado implica verse obligado a desplazarse ya sea en largas que en cortas distancias e incluso desplazarse hacia otros países y continentes. En todos los lugares donde un obrero puede vender su fuerza de trabajo. Ya sea bajo formas violentas o por “simple” coerción económica, el capitalismo, desde sus inicios, ha explotado la fuerza de trabajo en el conjunto del planeta, ha sido global. En otros términos: la clase obrera, por la naturaleza de las condiciones del capitalismo, es una clase de migrantes y es, por esto, que los obreros no tienen patria. No obstante, las distancias que debe recorrer un obrero migrante dependen de la situación económica y de otros factores como el hambre, la represión o la guerra.

A lo largo del siglo XIX, en la fase ascendente del capitalismo, esta migración tenía lugar hacia las zonas de expansión económica. La migración y la urbanización iban de la par. En numerosas ciudades europeas, en el curso de los años que van de 1840 a 1880, la población se duplicó en 30-40 años; en sólo algunas décadas o incluso meses, pequeñas villas concentradas alrededor de las minas de carbón, de hierro o de nuevas fábricas se hincharon para convertirse en enormes ciudades.

… Hasta el siglo XX

Al mismo tiempo, mientras que el capitalismo se encuentra permanentemente plagado de crisis económicas, un “excedente” de fuerza de trabajo incrementa la masa de parados a la búsqueda de un empleo. En la fase ascendente, las crisis del capitalismo eran esencialmente cíclicas. Cuando la economía entraba en crisis, muchos trabajadores podían emigrar y cuando una nueva fase de expansión llegaba la industria necesitaba trabajadores suplementarios. Millones de obreros podían emigrar libremente, sin mayores restricciones (en primer lugar, porque el capitalismo se encontraba todavía en expansión), especialmente en los Estados Unidos. Entre 1820 y 1914, cerca de 25 millones y medio de personas procedentes de Europa emigraron a los Estados Unidos. En total, cerca de 50 millones de personas dejaron el continente europeo. Pero estas oleadas de migraciones, esencialmente económicas, se desaceleraron considerablemente con la Primera Guerra Mundial, con la modificación de las condiciones históricas globales, en particular durante la crisis económica (que hasta entonces eran coyunturales) que se convirtió no sólo en duradera sino en permanente. Masiva y casi sin límites, la migración fue progresivamente seleccionada, filtrada, cada vez más difícil, haciéndose ilegal. Desde la Primera Guerra Mundial se abrió un período de controles cada vez más estrictos en las fronteras para los migrantes económicos.

La decadencia del sistema produce un número sin fin de refugiados de guerra

Sin embargo, debemos distinguir entre migraciones económicas y las que se producen por motivos de guerra: cada refugiado es un migrante pero cada migrante no es un refugiado. Un migrante es alguien que deja su región a la búsqueda de un trabajo. Un refugiado es alguien para el cual la vida se encuentra amenazada inmediatamente y que se desplaza para encontrar un lugar donde se sentirá más seguro.

Las guerras y los pogromos no son un fenómeno nuevo. Toda guerra implica violencia, obligando a las personas a huir de los lugares de combate para seguir con vida. De este modo, los refugiados de guerra existen desde que existen guerras y los refugiados de guerra aparecieron mucho antes de que el capitalismo obligase a los obreros a migrar económicamente. Sin embargo, la guerra ha cambiado cuantitativa y cualitativamente con la Primera Guerra Mundial. Hasta entonces, el número de refugiados de guerra era relativamente bajo. El número de víctimas de pogromos, como contra los judíos (en Rusia o en otros lugares) era igualmente bastante reducido. En los siglos precedentes, el problema de los refugiados era un problema temporal y limitado. Desde el inicio del siglo XX, con el desarrollo de la decadencia del capitalismo, en cada guerra mundial y, desde 1989, con la multiplicación de las guerras “locales” y “regionales” sin fin, la cuestión de los refugiados de guerra adquirió otra dimensión. El número de los refugiados y de los migrantes económicos depende, de este modo, de las condiciones históricas, de los tirones de las crisis económicas y del punto en el que la guerra se está extendiendo.

Hemos previsto publicar una serie de artículos sobre la cuestión de los refugiados y sobre la migración desde diferentes perspectivas. Ya hemos publicado un artículo sobre la migración y tenemos el proyecto de volver sobre esta cuestión de una manera más detallada. Empezamos la serie con el desarrollo de la espiral de la violencia en el siglo XX y sus consecuencias, que se tradujeron por una huida hacia delante en la guerra, examinando más precisamente las diferentes fases que van de la Primera Guerra Mundial, y todo lo que esto implicaba. Después examinaremos el período que va de la Guerra Fría a nuestros días. En otro artículo, examinaremos más de cerca la política de la clase dirigente y cuáles son las consecuencias para la lucha de la clase obrera.

2ª Parte
Genocidios y refugiados, el principal producto de la guerra imperialista

“Una cosa es cierta, la guerra mundial representa un trastrocamiento para el mundo (…) tras la erupción del volcán imperialista, el ritmo de la evolución ha recibido un impulso tan violento que, a su lado, los conflictos que surgirán en el seno de la sociedad y al lado de las tareas que esperan al proletariado socialista en lo inmediato, toda la historia del movimiento obrero parece no haber sido hasta aquí sino una época paradisiaca” (Rosa Luxemburg, Folleto de Junius, 1916).

El brutal y violento impulso del capitalismo decadente evocado por Rosa Luxemburg se verifica, de modo especial, por la suerte trágica de las poblaciones civiles del siglo XX sometidas a unos hechos de una amplitud sin precedentes: encerrados en los campos de refugiados, de deportados y de liquidación masiva. El efecto combinado de las guerras, de la crisis económica y de las condiciones de opresión en la decadencia capitalista ha liberado un engranaje irracional, una violencia ciega compuesta de pogromismo, de “limpiezas étnicas” y de militarización a ultranza. ¡El siglo XX es uno de los más bárbaros de la historia!

1914: una nueva época de violencia contra las poblaciones

El año 1914 y su histeria chovinista abren una espiral de violencia sin precedentes. Si en las sociedades del pasado las guerras conducían a masacres con frecuencia locales y a la opresión, no provocaban nunca grandes éxodos masivos, el acorralamiento de las poblaciones y la paranoia conducen a buscar, a cualquier precio, un control absoluto de estas últimas por parte de los Estados. La guerra moderna se convierte en total. Moviliza, en adelante y durante años, el conjunto de la población y la máquina económica al completo de los países beligerantes, reduciendo a la nada décadas de trabajo humano, segando decenas de millones de vidas, condenando al hambre a cientos de millones de seres humanos. Sus efectos no se limitan más a simpes conquistas, con sus procesiones de violaciones y de pillajes, sino a destrucciones gigantescas a escala mundial. Al desarraigo, por el éxodo rural provocado por las relaciones sociales capitalistas, la guerra total añade la movilización y la inmersión brutal de toda la sociedad civil al servicio del frente o, directamente, en las trincheras. Se trata de un verdadero salto cualitativo. Las poblaciones, de las que la mayor parte de la juventud se encontraban desplazada a la fuerza como soldados, se veían obligadas a enfrentarse en un baño de sangre. Los civiles en la retaguardia se desangraban, en nombre del esfuerzo de guerra, y los prisioneros de las naciones enemigas eran almacenados como ganado en los primeros campos de concentración. No existían aún, durante la Gran Guerra, campos de exterminio pero podemos, sin embargo, hablar ya de confinamientos y deportaciones. Cualquier extranjero se convierte automáticamente en sospechoso. En el Reino Unido, por ejemplo, los extranjeros son ubicados en las pistas de carreras de Newbury o en la Isla de Man. En Alemania, los prisioneros y los civiles son encerrados en los campos de Erfurt, de Munster o de Darmstadt. En Francia, 70 campos de internamiento están en funcionamiento de 1914 a 1920 en el litoral Oeste (en la bahía de Brest) y en los departamentos del sur del Hexágono. Se trataba, en un inicio, de edificios ya existentes o de perímetros vigilados y rodeados de alambradas de púas. La transferencia de un campo a otro se hacía en vagones de tren de ganado y toda revuelta era reprimida con violencia. Es inútil precisar que numerosos militantes comunistas se encontraba internado en ellos, como también lo fueron, por ejemplo, mujeres “comprometidas con el enemigo” y otros “indeseables”. Un campo como el de Pontmain permitía encerrar a los turcos, los austro-húngaros o los alemanes (los más numerosos). Se trata de una prefiguración del universo concentracionario que iba a establecerse en los años 30 y llegaría al paroxismo en la Segunda Guerra Mundial. Mientras, que se animaban prejuicios xenófobos, los indígenas de las regiones lejanas eran al mismo tiempo trasladados a Europa, como reclutas enrolados a la fuerza y utilizados como carne de cañón. A partir de 1917-18, bajo las órdenes de Clemenceau en Francia, 190.000 magrebíes serán enviados al frente. 170.000 hombres de África del Oeste, los célebres “exploradores senegaleses”, serán movilizados en su mayor parte por la fuerza, los chinos serán también movilizados por Francia y los británicos. Inglaterra enviará a la guerra africanos e hindúes (un millón y medio sólo en el subcontinente indio). Los beligerantes, como lo muestran igualmente las “salvajes divisiones” del Cáucaso del ejército ruso, fabricaran carne de cañón especializada, a los que debe añadirse los conejillos de indias para las empresas militares más peligrosas. Además de los soldados desplazados más de 12 millones de europeos se verán obligados a huir de la guerra para convertirse en “refugiados”.

El genocidio de los armenios y el destino de las minorías

Fueron las poblaciones armenias las que sufrirán una de las tragedias más importantes de la guerra, un hecho que es considerado como el primer auténtico genocidio del siglo XX. En el curso del siglo XIX, la voluntad de emancipación de los armenios (como la de los griegos) fue uno de los principales motivos de persecución por parte del Imperio Otomano. Un movimiento político, el de los “jóvenes turcos”, que se vinculó a un poderoso nacionalismo e ideología panturca fue quien preparó esta terrible catástrofe. Convertidos, los armenios, en chivos expiatorios durante la guerra, especialmente en el momento de la derrota contra los rusos, fueron presa fácil de una masacre planificada y programada de antemano desde abril de 1915 al otoño de 1916. Tras haber arrestado inicialmente a intelectuales, posteriormente, el resto de la población armenia fue sistemáticamente deportada y diezmada en masa por el Estado turco. Las mujeres y los niños fueron transportados en barcos y ahogados a lo largo de las costas o vendidos como esclavos. El ferrocarril y la línea hacia Bagdad iban a ser utilizados para la deportación masiva hacia el desierto o a los campos, algunos de los cuales iban a ser utilizados para el exterminio de la población. Un número considerable de armenios iban a morir sedientos en el desierto de Mesopotamia. Los que pudieron escapar a la masacre acabarían convertidos en miserables refugiados, hay que contar, entre ellos, a miles de huérfanos. Constituyeron una verdadera diáspora (un número importante acabaron en los Estados Unidos donde aún hoy existe una significativa comunidad). Hay que entender que todo esto fue rápidamente olvidado por las “grandes democracias”. ¡Cuándo hubo más de un millón de armenios asesinados!

El derrumbe de los últimos grandes imperios, durante esta terrible guerra, iba a generar una multitud de tensiones nacionalistas, con consecuencias igualmente desastrosas para otras muchas minorías. La formación de los Estados-naciones, que finaliza antes de la Primera Guerra Mundial, fue acompañada enseguida por una fragmentación de los viejos imperios moribundos. Fue, en especial, el caso de los Imperios Austro-Húngaro y otomano con poblaciones distribuidas en auténticos mosaicos de colores y rodeadas por buitres hambrientos, las potencias imperialistas europeas. Luchando por su propia supervivencia, estos imperios en ruinas, en un último sobresalto, trataron de fortificar sus fronteras, desplegaron alianzas militares desesperadas y procedieron a intercambiar poblaciones, intentos de asimilación forzada generando divisiones crecientes y “limpiezas étnicas”. El conflicto greco-turco, frecuentemente presentada como la consecuencia de una reacción “espontánea” por parte de las multitudes turcas, fue orquestado perfectamente por el nuevo Estado naciente y su moderno dirigente Mustapha Kemal Atatürk. Iba a fundar una nación turca y llevar a cabo una larga y mortífera guerra contra los griegos. Durante este conflicto los griegos llevaron a cabo auténticos pillajes, grupos de civiles organizados en bandas incendiaban los pueblos turcos y cometieron toda suerte de atrocidades contra sus habitantes. Por su parte, de 1920 a 1921, las fuerzas turcas cometieron igualmente todo tipo de atrocidades y masacres de una gran crueldad contra los griegos y contra los armenios. Desde el inicio se asistió a un traslado de poblaciones de los griegos de Turquía y a la inversa (1.300.000 griegos de Turquía contra 385.000 turcos de Grecia). En 1923, el Tratado de Lausana causó este tipo de prácticas violentas por medio de un conjunto de procedimientos administrativos. Miles de griegos y de turcos fueron expulsados, por medio de este intercambio oficial, y un buen número de ellos murieron en pleno éxodo.

De un modo más general, en estas condiciones, estos desplazamientos y una concentración de poblaciones debilitadas y hambrientas en todo el continente, no es sorprendente que los focos de infecciones patógenas se multiplicasen. La Europa Central y Oriental fue rápidamente afectada por el tifus. De un modo más espectacular, el mundo iba a ser maldecido por la “gripe española”, que se propagó rápidamente gracias a la confusión ocasionada por la guerra, causando de 40 a 50 millones de muertos. El peor recuerdo anterior había sido el cólera del siglo XIX. Había que remontarse a la Edad Media, con la gran peste sobre Occidente, para encontrase con epidemias de esta amplitud (el 30 % de la población fue diezmada).

Esta realidad bárbara no había podido originarse si la clase obrera no se hubiese visto por encerrada el nacionalismo y emborrachada por el patriotismo. Y, sin embargo, frente a estas condiciones el proletariado alzó su cabeza y demostró que sólo su fuerza podía acabar con la carnicería, deteniendo la máquina de guerra. Gracias a los motines de 1917 y a la oleada revolucionaria que empezó en Rusia, a las sublevaciones obreras en Alemania (revueltas de los marinos en Kiel en 1918 e insurrecciones en las grandes ciudades, como en Berlín) los principales países beligerantes se vieron obligados a firmar el armisticio. Había, pues, que acabar con el conflicto debido a la amenaza de una revolución mundial inminente.

La contrarrevolución: una auténtica caza del hombre
y la apertura de una cadena de pogromos

La clase dominante tenía sólo una obsesión cara a las deserciones, a las desmovilizaciones y, sobre todo, frente al riesgo de la conflagración social: aplastar los focos de la revolución comunista. Para aplastar al proletariado una nueva oleada de violencia iba a desencadenarse por todas partes. Un profundo odio iba a empujar la reacción que cercaría la Rusia bolchevique a través de tropas de la Entente. La terrible guerra civil de los “ejércitos blancos” había sido lanzada. Los ejércitos de los Estados capitalistas de Europa, Estados Unidos y Japón a través de su guerra contra la clase obrera en Rusia. Todo esto causó un número ingente de víctimas. Al mismo tiempo, un bloqueo iba a provocar amplias hambrunas en Rusia. El proletariado se había convertido en el enemigo común de todas las potencias capitalistas. Ante la amenaza proletaria, había que “cooperar”. Pero, al contrario que en los países vencedores, la burguesía y sobre todo la pequeña burguesía de los países vencidos, como Alemania, iban a desarrollar un profundo sentimiento, el de haber recibido una “puñalada por la espalda”, de haber sido “humillados” por el “enemigo interior”. Las drásticas condiciones del Tratado de Versalles iban a precipitar la búsqueda de chivos expiatorios, lo que condujo al desarrollo del antisemitismo y el desencadenamiento de una auténtica caza al hombre contra los comunistas, convertidos en responsables de todos los males (como la caza abierta a los espartakistas). El punto culminante fue el de la Comuna de Berlín en 1919 y la sucesión de masacres de un salvajismo extremo: “Bien cubiertos, los carniceros empezaron a trabajar. Mientras bloques enteros de casas se derrumbaban bajo el fuego de la artillería y los morteros, enterrando a familias enteras bajo los escombros, otros proletarios cayeron ante sus casas, en los patios de la escuela, en los establos, golpeados con culatas de fusil, atravesados por las bayonetas, a menudo denunciados por informantes anónimos. Fusilados solos o en pareja, en grupos de tres o más; o asesinados por un disparo en la nuca, en plena noche, en orillas del Spree. Durante semanas, el río arrojó cadáveres sobre las orillas”[6].

Las sucesivas derrotas obreras iban a encontrarse marcadas por el asesinato de las grandes figuras del movimiento obrero, de las que las más celebres fueron Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht. En los años 20, la feroz represión contra toda forma de oposición se desplegó más fácilmente debido a la contrarrevolución estalinista, por las expulsiones y la muerte, la creación de sus campos de trabajo y de internamiento, los gulags, que dará caza a los revolucionarios y aprisionará de un modo cada vez más sistemático a los grupos y obreros sospechosos de “sedición”.

En el cuadro de la decadencia capitalista y el del contexto de la contra-revolución, el odio al comunismo y su asimilación con el judío apátrida iban a contribuir a un cambio cualitativo en los pogromos antisemitas. En el siglo XIX, se produjeron toda una serie de pogromos contra los judíos, especialmente en Rusia, tras la anexión de Polinia. Los brotes de violencia eran recurrentes en Odesa, contra los judíos, durante toda la primera mitad del siglo XIX. Entre 1881 y 1884, violentos pogromos condujeron a masacres. Las poblaciones locales fueron incitadas y envalentonadas por las autoridades para entregarse a pillajes, violaciones y asesinatos. En 1903, una terrible oleada de pogromos golpeó la ciudad de Kishinev, los judíos fueron acusados, de forma completamente obscurantista e irracional, “de practicar crímenes rituales”. De 1879 a 1914 cerca de 2 millones de judíos se convirtieron en refugiados. Al inicio de los años 20, una nueva oleada de pogromos iba a afectar a Europa. Durante la guerra civil en Rusia, decenas de miles de judíos fueron masacrados por parte de “los ejércitos blancos”, especialmente en Ucrania y Biolorrusia, fundamentalmente por las tropas de Denikin[7]. Durante este período, los pogromos en el ex Imperio Ruso iban a causar entre 60.000 y 150.000 muertos[8]

La derrota del proletariado en Alemania iba a generar tensiones crecientes hacia los judíos, como en todas partes de Europa, empujando los primeros éxodos. El programa del NSDAP (el Partido Nazi) es del 24 de febrero de 1920 y se podía permitir señalar que: “Para ser ciudadano hay que tener sangre alemana, la sangre importa poco. Ningún judío puede entonces ser ciudadano”.

El rol central del Estado: hacia un control totalitario de las poblaciones

Con la preparación y la entrada en la guerra, una nueva era se había abierto: la del capitalismo en decadencia y su tendencia universal hacia el capitalismo de Estado. En adelante, cada Estado se veía movido a ejercer un control burocrático sobre el conjunto de la vida social. A través del endurecimiento de las fronteras, los controles y los abusos contra las poblaciones exiliadas y refugiadas se multiplicaron en nombre de los intereses militares o de la seguridad de los Estados. Contrariamente al período que precedió a la Primera Guerra Mundial, las migraciones serán en adelante motivo de restricciones. A partir de este momento se implementarán las principales medidas administrativas anti inmigrantes. Los desplazamientos de población durante la guerra condujeron a los Estados a establecer auténticos controles policiales de las identidades y a sospechar y fichar sistemáticamente de los extranjeros. En Francia, por ejemplo, “la creación de un carné de identidad tuvo lugar en 1917, una auténtica inversión de las costumbres administrativas y policiales. Nuestras mentalidades, hoy, han integrado esta estampa individual de la que sus orígenes policiales no son percibidas ya. No es por tanto algo neutro el que la institución del carné de identidad haya en primer lugar afectado a los extranjeros, para vigilarles y en pleno estado de guerra”[9]. De modo inmediato, los ejércitos percibían los movimientos de civiles (espontáneos o provocados) como una amenaza real, una “obstrucción” para la actividad de las tropas y la logística militar. Los Estados, desde el inicio, trataban de dar órdenes de evacuación, instrumentalizando a veces el destino de los civiles o de los refugiados para servirse de ellos como armas de guerra. Como fue el caso del conflicto greco-turco. La “solución” que tendió a desarrollarse, y a imponerse cada vez más fue la multiplicación de los campos de confinamiento, como lo hemos visto más arriba. Mientras que los refugiados han debido de huir de las zonas de combates (como fue el caso de los belgas en 1914 de cara al “invasor”) a pesar de que se pudieron beneficiar de la solidaridad y del trabajo de las asociaciones, muchos civiles estaban bajo el control directo de las autoridades y terminaban su doloroso éxodo en los campos. Los prisioneros se repartían por nacionalidades o “peligrosidad” de un modo masivo. Estas son las decisiones de los Estados defendiendo sus sórdidos intereses capitalistas, con los más “democráticos” a la cabeza, que fueron los auténticos carniceros de las poblaciones civiles transformadas en rehenes.

 

Al día de la siguiente de la guerra, después de la derrota física e ideológica del proletariado, un nuevo paso en la venganza iba a abrir un período preparando un nuevo conflicto aún más bárbaro y asesino. En un campo en ruinas, los Estados en Europa se encontraban en una situación difícil debido a la importante destrucción de su fuerza de trabajo. Los acuerdos iban, entonces, a favorecer la emigración económica. En los años 20, por ejemplo, Francia reclutó inmigrantes italianos, polacos y checoslovacos, lo que supuso un preludio a las nuevas campañas xenófobas que se iban a suceder tras la crisis económica y la terrible depresión, justo antes del curso abierto hacia una nueva guerra mundial.

WH, 28 de junio de 2015

La apertura de un segundo holocausto mundial iba a llevar a la barbarie a cotas inauditas para las poblaciones civiles y los refugiados. En una segunda parte abordaremos esta tragedia.

[2] Karl Marx, El Capital, volumen I, capítulo XXVI, “El secreto de la acumulación primitiva”.

[3] Karl Marx, El Capital, volumen III, capítulo X.

[4]Rosa Luxemburg, La acumulación del capital, capítulo XXVI.

[5]Lenin, El desarrollo del capitalismo en Rusia, La “misión” del capitalismo.

[6] Fröhlich , Lindau, Schreiner, Walcher, Révolution et contre-révolution en Allemagne1918-1920, Ed. Science marxiste.

[7]Debido a estos pogromos, nuestro camarada MC, por ejemplo, tuvo que exiliarse con una parte de su familia, refugiándose en Palestina (ver Revista Internacional nos 65 y n°66. 2º y 3º trimestre de 1991).

[8]Según Le livre des pogroms, antichambre d'un génocide, coordinado por Lidia Miliakova.

[9] P.J Deschodt y F. Huguenin, La République xénophobe, Ed. JC Lattès.