A propósito del film Joyeux Noël: las fraternizaciones contra la guerra no fueron algo de película

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El artículo que sigue fue publicado en francés en 2006, en el contexto del éxito de la película francesa “Joyeux Noël” (Feliz Navidad). La razón de traducirlo ahora es el hecho de que la Tregua de Navidad de 1914 se ha convertido últimamente en una especie de “celebrity” conmemorativo de los 100 años del evento y del estallido de la Primera Guerra Mundial: la Tregua tiene su propia website, los supermercados Sainsbury's en Reino Unido la utilizan como reclamo publicitario, o la asociación europea de fútbol (UEFA) ha levantado un monumento para “rendir homenaje a los soldados que, hace un siglo, expresaron su humanidad en un partido de fútbol escribiendo un capítulo en la construcción de la unidad europea y que son un ejemplo a seguir por las jóvenes generaciones de hoy”.
 Por supuesto, la clase dominante presenta los hechos a su manera, como una victoria de la “humanidad”, pero sin ninguna perspectiva: la guerra “inevitablemente” siguió su curso, y la idea de que simples soldados pudieran tomar su vida en sus propias manos y poner fin a la guerra derrocando al conjunto del sistema capitalista que la engendró es borrada de la historia. Se nos invita a recordar la Tregua de Navidad para mejor hacernos olvidar el potencial revolucionario de la fraternización.

 “La guerra del 14-18 como nunca vista en el cine”. De este modo comienza la crítica, cuanto menos exagerada, de la revista Historia en relación a la película Joyeux Noël de Christian Carion, estrenada el pasado 9 de noviembre, y seleccionada para representar a Francia en los Oscar de 2006.

¿Qué puede tener tan estupendo este film para merecer tanto entusiasmo?

El cineasta aborda una “noche especial” dentro de una vasta carnicería, la del 24 de diciembre de 1914, la primera Nochebuena desde el comienzo de la guerra en agosto. Esa noche, como dice Carion en la novela inspirada en su película, “lo impensable se produjo”. Pese a la obligación que tenían de matarse unos a otros, pese al odio al “boche” o al “französe”[1] aprendido 10 años antes en las aulas de las escuelas primarias ya con la guerra en el horizonte, los soldados de un bando y otro dejan a un lado sus fusiles, cantan juntos algunos villancicos navideños, para después, también espontáneamente, abandonar sus trincheras para estrecharse las manos y compartir vino, schnapps, pan y cigarrillos. Al día siguiente se organizan incluso partidos de fútbol, según los archivos militares. Son estos momentos de fraternización de diciembre de 1914 los que relata el film.

Evidentemente, la burguesía no permite la publicación de cualquier película -y menos su candidatura a un Oscar-, sobre todo cuando se trata de un tema tan delicado como las fraternización de la “Gran Guerra”. Si está incluso dispuesta a premiarla es que la versión de Carion le conviene.

 Si bien es cierto que las escenas del film donde los soldados fraternizan no pueden más que provocarnos vivas emociones, el significado, o más bien la ausencia de este, dado a estos eventos es un auténtico jarro de agua fría sobre el espectador y una falsificación histórica.

Finalmente, la Tregua de Navidad es presentada como un bonito y emotivo paréntesis sin continuación, que deberá rápidamente terminar para volver al “business as usual” de la guerra. Los diálogos entre los oficiales franceses, británicos y alemanes son instructivos al respecto:

  • “El resultado de la guerra probablemente no se decidirá esta noche... ¡Nadie nos reprochará haber dejado los fusiles una Nochebuena!
  • ¡No se preocupe! La cosa no irá más allá de esta noche, Horstmayer [oficial alemán] quiere “tranquilizar” al oficial francés...”

Y en el epílogo de la novela su puede leer a modo de conclusión: “Por supuesto la guerra continuó (…) En las navidades de 1915 los estados mayores habían aprendido la lección y no se dejaron coger desprevenidos: ordenaron bombardear los sectores del frente considerados demasiado tranquilos. No hubo más fraternizaciones como las de 1914”. Y se acabó, fin de la historia. Retomando las palabras d'Audebert (oficial francés): “el paréntesis se cierra”.

 La prensa, especialmente la inglesa, estuvo al corriente de las fraternizaciones de navidad sin ocultarlo; al contrario, lo mostrarán en sus columnas con un tratamiento similar al que se puede encontrar hoy día en la película Joyeux Noël. Así, se podía leer en el Manchester Guardian del 7 de enero de 1915: “Pero finalmente volvieron a sus trincheras, podría añadir un perspicaz e inhumano observador caído de otro planeta, y continuaron matando y muriendo brutalmente. Es evidente que esos bienintencionados sentimientos no llevan a ninguna parte. A lo que nosotros podríamos replicar que aún queda mucho por hacer: es necesario aún liberar a Bélgica del horrible yugo que pesa sobre ella, así como enseñarle a Alemania que la cultura no puede ser impuesta a golpe de espada”.

«Queda mucho por hacer, así que dejémonos de bromas y volvamos a nuestras respectivas trincheras», es exactamente lo que Carion dice a los soldados de su película, a imagen de uno de los personajes principales, el soldado alemán Nikolaus, que rechaza la deserción que le propone su amada porque, a fin de cuentas, “¡Yo también soy un soldado! ¡Tengo un deber, unas obligaciones como el resto!”.

Es ahí, en ese moralismo barato, donde el film degenera en pura ficción, en una fantasía de la clase dominante que reescribe la historia a su conveniencia y secuestra de esta forma la memoria de la clase obrera.

Las fraternizaciones de navidad de 1914 nunca fueron esa especie de “milagro sin perspectiva”, o “un paréntesis antes del siguiente acto de un terrible drama”, retomando la expresión del historiador Malcolm Brown, coautor con Marco Ferro de “Frères de tranchées”, disponible en las librerías poco antes de la salida del film de Carion.

Bien al contrario, antes de diciembre del 14 y mucho después, a lo largo de toda la guerra, los actos de fraternización se repiten en todos los frentes: en el oeste entre soldados alemanes y británicos o franceses; en el este entre soldados rusos y alemanes o austro-húngaros; en el frente austro-italiano entre soldados austriacos e italianos. Por todas partes, las mismas escenas de soldados compartiendo bebida, comida y cigarrillos van de trinchera en trinchera, los mismos intentos de intercambiar algunas palabras (algunos se lamentan de no hablar la lengua del de enfrente). Los soldados a menudo evitan el masacrarse unos a otros (lo que los historiadores mismos han llamado el “vivir y deja vivir”). Los casos de fraternización son a veces tan claros que los oficiales se ven obligados a pedir a la artillería enemiga atacar a sus propios soldados para forzarles volver a sus propias trincheras.

La idea según la cual las fraternizaciones “no tenían perspectivas” implica otra mentira añadida: la de decir que el fenómeno fue “raro y limitado”. La “no perspectiva” quiere decir también “sin esperanza” de poner fin a la carnicería. El film, apoyado por una retahíla de historiadores burgueses, busca en efecto vaciar de todo contenido político los hechos. Como lo hace Marc Ferro diciendo: “Fue un grito de desesperación dirigido contra las ofensivas inútiles por unos soldados que no podían más... Pero no se trató de un paso hacia el cuestionamiento de la guerra», y sobre todo, “no tenían ningún contenido revolucionario”.

Si existiera un premio Nobel a la hipocresía, el señor Ferro sería un serio candidato. Está más que claro que cuando soldados con órdenes de masacrarse plantan sus fusiles y se estrechan la mano, cuestionan de facto la guerra.

“Estas fraternizaciones no tienen significado político”. Nada más lejos de la realidad. Fueron la expresión de la naturaleza internacional de la clase obrera, del hecho que no tiene ningún interés por hacerse masacrar por los intereses de sus explotadores y la patria de estos. Las fraternizaciones ya desde 1914, y posteriormente los motines de 1917 (ver Révolution Internationale nº 285, diciembre 1998), son la expresión de la revuelta creciente de la clase trabajadora, tanto en el frente como en la retaguardia, por los sufrimientos impuestos por la guerra, cuyo cénit será la revolución rusa de 1917. No faltan los ejemplos de lo que anunciaban las fraternizaciones. Así, el cabo Barthas informa que en diciembre de 1915, en el sector de Neuville-Saint-Vaast, las trincheras se encontraban inundadas, y soldados franceses y alemanes las abandonan y comienza a fraternizar. Algo más tarde, tras un discurso, un soldado alemán rompe su fusil en un gesto de rabia, con el resultado, escribe Barthas, “de un estallido de aplausos de ambos lados y el canto de La Internacional. Igualmente, un soldado francés informa en enero de 1917: “Los boches nos hacen señas con sus fusiles diciendo que no quieren dispararnos más; si se les obliga levantarán las culatas de los fusiles al aire” (un gesto que significa amotinarse). En el mismo testimonio de Barthas, esta vez en los Vosgos en septiembre de 1917: “hay uno [un soldado alemán] que ha cogido su fusil y ha levantado la culata al aire, y a continuación ha apuntado con su fusil, pero dándonos la espalda y apuntando hacia atrás. Fue algo muy explícito, queriéndonos decir que lo que haría falta sería disparar, pero contra los que les mandaban”.

 El movimiento obrero rápidamente supo valorar el significado de las fraternizaciones. El mismo Lenin en un artículo en Pravda del 28 de abril del 17 lo expresa magistralmente: “Los capitalistas tratan de ridiculizar las fraternizaciones... sin embargo los trabajadores, los semi-proletarios y los campesinos pobres que, guiados por el instinto de las clases oprimidas, marchan por el camino trazado por los obreros conscientes, ven las fraternizaciones con la mayor de las simpatías; es evidente que las fraternizaciones son una vía hacia la paz.

Es evidente que este camino no va en el sentido de los gobiernos capitalistas, sino bien al contrario, ya que refuerza, consolida el sentimiento de confianza fraternal que une a los trabajadores de diferentes países. Comienza a minar la maldita disciplina de los cuarteles-prisión... Es evidente que las fraternizaciones constituyen la iniciativa revolucionaria de las masas, un despertar de la conciencia y el coraje de las masas oprimidas; dicho de otro modo, son uno de los eslabones de la cadena que conduce a la revolución socialista proletaria.

¡Vivan las fraternizaciones: viva la revolución socialista proletaria mundial!”

Es esta la realidad que oculta el film Joyeux Noël. Muestra las fraternizaciones de 1914 escamoteando su contenido y lo que prefiguran: el estallido de la revolución proletaria de 1917 en Rusia. Este tipo de películas, bajo la apariencia de bienintencionados sentimientos humanistas y pacifistas “trata de ridiculizar las fraternizaciones” para secuestrar y alterar la memoria de la clase obrera y su perspectiva revolucionaria.

Azel, 2 de enero del 2006

[1] Respectivamente, nombres despectivos que daban en Francia a los alemanes y en Alemania a los franceses.