El capitalismo y sus guerras siembran en caos en todos los continentes

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Hace 100 años –en agosto de 1914– estalló la Primera Guerra mundial. El balance de la matanza planetaria fue oficialmente de 10 millones de muertos y 8 millones de inválidos. Firmada la “paz”, la burguesía juró, la mano en el corazón, que se trataba del “fin de todas las guerras”. Mentiras, evidentemente. No fue sino la primera conflagración que expresaba la barbarie que marca la decadencia del capitalismo. La historia de siglo XX está caracterizada por enfrentamientos imperialistas constantes y mortíferos. A la Primera Guerra Mundial le seguirá la Segunda, de ésta pasaremos a la Guerra Fría, y de la Guerra Fría a múltiples brotes de combate que golpean, desde los 90’s, a partes cada vez más extensas del planeta. Este último periodo, si no tiene el aspecto espectacular del enfrentamiento entre dos bloques, entre dos superpotencias, no solo pone en peligro la sobrevivencia de la humanidad en dicha dinámica –de forma más sutil e insidiosa– sino que puede conducir, no a una guerra mundial, sino a la generalización de la guerra y la barbarie. La guerra en Ucrania, que marca el retorno de la guerra en Europa, corazón histórico del capitalismo, es un paso cualitativo en dicha dirección[1].

El regreso de la guerra en Europa

Después de la Segunda Guerra Mundial y sus 50 millones de muertos, Europa ya se había vuelto una zona desgarrada por la brutalidad de los bloques militares de Este y Oeste. Durante este largo periodo de la Guerra Fría, las masacres tenían lugar en la periferia del capitalismo mediante actores interpuestos entre Estados Unidos y Rusia en primer lugar. El episodio sangrante de la guerra en Vietnam fue una ilustración dramática. Después de la caída del muro de Berlín, se abre un nuevo periodo.

En 1991, encabezando una poderosa coalición recalcitrante, Estados Unidos tomó como pretexto la invasión de Kuwait por el ejército iraquí para declarar la guerra. El fin principal: parar la tendencia a la disolución del viejo bloque imperialista por medio de una demostración de su fuerza militar, reafirmando su liderazgo planetario. Se trataba entonces de instalar el llamado “nuevo orden mundial”. Al costo de un desastre material y humano (más de 500,000 muertos), de bombardeos aéreos masivos y de la explosión de bombas de vació que hacen estallar los pulmones, esta pretendida “guerra quirúrgica”, “civilizatoria”, debía aportar “paz y prosperidad”. Pero esta mentira iba a ser rápidamente desmentida. De hecho inmediatamente, de forma casi simultánea, una nueva guerra estalla a las puertas de la misma Europa, a unas cuantas horas de Paris, en ex Yugoslavia; una guerra atroz marcada por múltiples fosas comunes (con la complicidad de los casco azules franceses en Srebrenica, ¡dejando masacrar entre 6,000 y 8,000 Bosnios!).

Hoy en día, la gangrena militarista vuelve a salir, una vez más, a las puertas de Europa. En Ucrania, es la burguesía que se desgarra abiertamente. Las milicias armadas, más o menos bien controladas por los Estados ruso y ucraniano, se enfrentan tomando a la población del Este de Ucrania como rehenes. Este conflicto, sobre la base de nacionalismos cultivados desde décadas, es bien la obra de carroñeros. Pero estos a su vez se apoyan en el padrinazgo discreto de las grandes potencias: Estados Unidos, Rusia, Francia y bueno número de países de Europa occidental.

La situación dramática en Ucrania marca claramente el paso cualitativo del sistema agonizante en su proceso de descomposición. El hecho que todos concurran en impulsar el conflicto por intereses divergentes, y en Europa, lugar de las explosiones mundiales en el último siglo, traduce el nivel de desagregación del sistema.

El desarrollo de cada cual para sí…

Después de la caída del muro de Berlín y la implosión de la URSS, la disciplina de los bloques se corrompió, abriendo una verdadera caja de Pandora. En efecto, a pesar de los efectos políticos y las ilusiones de corta duración que tuvo la primera guerra del Golfo, Estados Unidos fueron obligados a continuar interviniendo en todos sitios de manera cada vez más frecuente y solitaria: cómo las intervenciones en Somalia, Bosnia, Kosovo, Afganistán e Irak.

Esta política imperialista, símbolo de un impase histórico, es claramente un fracaso. Cada nueva demostración de fuerza de esta súper potencia declinante se traduce por una tendencia a demostrar su incapacidad para controlar las zonas de guerra en donde ha intervenido. Ante el declive del Gran Padrino, el desorden y los apetitos imperialistas de todas las naciones –grandes o pequeñas– no pueden sino crecer, acompañados por la exacerbación nacionalista, conflictos religiosos e interétnicos.

Las fuerzas centrífugas alimentadas por apetitos crecientes han generado pues conflictos marcados por la realidad de la descomposición social, que ayudando a la desagregación de los Estados, favoreciendo a los peores caudillos de la guerra y las aventuras mafiosas del tráfico de todo tipo, en donde el precio pagado es la muerte y la destrucción. En la segunda mitad de 1980, una serie de atentados mortíferos ya había tocado el corazón de las metrópolis europeas, como así fue en París, Londres o Madrid. Estos atentados no eran simples recursos de grupos o actores aislados, sino actos de Estados constituidos. En ese sentido, ello se ha traducido en actos de guerra, en los que el atentado del 11 de septiembre del 2001 en Nueva York fue una de sus expresiones máximas. Las peores expresiones de barbarie, durante mucho tiempo expulsadas hacia la periferia, tienden a volver a tocar el centro del capitalismo, hacia los territorios en donde solo el proletariado puede constituir un freno por su presencia y su potencial civilizador.

... y sobre la barbarie

Cada días, refugiados vienen de países en guerra, muriendo en el intento de atravesar el Mediterráneo. Arreados como ganado, en barcos de la muerte, por traficantes sin escrúpulos, tratan, desesperadamente, de escapar de lo indecible. El número de refugiados demandando asilo y de personas desplazadas al interior de sus países, sobrepasan oficialmente, según la HCR[2], los cincuenta millones por primera vez después de la Segunda Guerra Mundial. La sola guerra de Siria, al final del año pasado, engendró 2,5 millones de refugiados y 6,5 millones de desplazados. Y todos los continentes están implicados.

Lejos de debilitar el capitalismo en decadencia, la descomposición ha reforzado ampliamente sus inclinaciones imperialistas y su aspecto irracional, abriendo paso a las fracciones menos lúcidas de la burguesía que se nutren de la putrefacción de la sociedad y del nihilismo que ella induce. El nacimiento de grupos islámicos de Al-Qaeda, del Estado islámico de Irak y el Levante (EIIL) o Boko Haram, son el resultado de esta dinámica de regresión intelectual y moral, de una desculturización inaudita. El 21 de junio pasado, Daesh anunciaba el restablecimiento de un “Califato” en los territorios bajo su control, y además, proclamaba la introducción de un nuevo sucesor de Mahoma. Mientras tanto Boko Haram, organización de mismo carácter, hacía desaparecer varios centenares de mujeres jóvenes.

Estas organizaciones oscurantistas no obedecen a nadie, están únicamente guiadas, por sus locuras místicas y sórdidos intereses mafiosos. En Siria e Irak, en zonas controladas por el “Estado islámico”, no es viable ningún Estado nacional. Al contrario, existe una tendencia a la desagregación de los Estados sirio, libanes e iraquí.

Esta aterradora barbarie sin límites, que encarnan particularmente los yihadistas, sirve hoy en día como pretexto para justificar las cruzadas militares y los bombardeos aéreos occidentales que garantizan la “seguridad”. Para las grandes potencias imperialistas, esto permite provocar terror a la población y presentarse ante la clase obrera, sin mucho esfuerzo, como “agentes pacificadores”.

Pero tanto en el Cercano y en Medio Oriente, el EIIL fue armado por Estados Unidos y fracciones de la burguesía de Arabia Saudita, sin hablar de la complicidad de Turquía y Siria. Esta organización radical islámica ha escapado al control de sus progenitores. Actualmente se encuentra sitiando la ciudad de Kobane en Siria, a unos cuantos kilómetros de la frontera turca, en una región dominantemente kurda. Contrariamente a la primera guerra del Golfo, las grandes potencias, con EEUU como cabeza, corren tras los acontecimientos, actuando sin ninguna visión política a largo plazo, reaccionando en función de los imperativos militares inmediatos. Una coalición heterogénea de 22 Estados, con intereses propios diversos, han tomado esta decisión de bombardear la ciudad tomada por Daesh. EEUU, jefe de fila de esta seudo-coalición, es hoy en día incapaz tanto de mandar tropas sobre el terreno como de obligar a Turquía a intervenir militarmente en Kobane, por el miedo que tiene de los kurdos del PKK y del PYD.

Todos los puntos calientes del planeta se han vuelto incandescentes. Por todos lados, las grandes potencias están, cada vez más, ciegamente arrastradas en esta escalada de violencia. En Malí, el ejército francés está encenagado. Las negociaciones de “paz” entre el gobierno de Malí y los grupos armados están en un callejón sin salida. La guerra en la zanja subsahariana es permanente. Al norte de Camerún y de Nigeria, frente a Boko Haram, se multiplican las luchas armadas, las guerrillas y los atentados. En todos los continentes, especialmente si tomamos en cuenta el reforzamiento del poderío de China en Asia, las mismas costumbres y los peores métodos mafiosos se han extendido a la totalidad del planeta.

Guerras imperialistas aún más irracionales

En el siglo XIX, en la época del florecimiento del capitalismo, tanto las guerras para constituir un Estado nacional, como las guerras coloniales o de conquista imperialista tenían una cierta racionalidad política y económica. El capitalismo encontraba en la guerra un medio indispensable para desarrollarse. Debía conquistar el mundo; su potencia económica y militar le ha permitido obtener estos resultados en “barro y sangre” (Marx).

Con la Primera Guerra mundial, todo cambió radicalmente. Los principales países participantes salen de la guerra, generalmente, muy debilitados de estos pocos años de guerra total. Hoy en día, en la fase de descomposición del sistema, un curso loco, una danza macabra embarca al mundo y la humanidad hacía su extensión. La autodestrucción se convierte en la línea general de las zonas en guerra.

Si no existe una solución inmediata contra esta dinámica infernal, existe no obstante una solución revolucionaria para el futuro. Y ésta es a la que hay que contribuir con paciencia. Esta sociedad se ha vuelto obsoleta. La sobrevivencia del capitalismo no solo es un obstáculo para el desarrollo de la civilización, sino que además es un obstáculo para su supervivencia. Hace un siglo, fue la revolución comunista en Rusia y el empuje revolucionario en Alemania, Austria y Hungría, lo que dio fin a la primera carnicería mundial imperialista. En el periodo histórico actual, es de nuevo la lucha del proletariado internacional, y solo ella,  que podrá detener el deterioro y la delicuescencia de esta sociedad en descomposición.

Antonin, 5 de noviembre del 2014

[1] Para caracterizar esta forma que toman las guerras, menos espectaculares pero más violentas, profundas y destructivas, animamos al lector a consultar dos documentos: Tesis sobre la Descomposición, http://es.internationalism.org/node/2123 y Militarismo y Descomposición, http://es.internationalism.org/revistainternacional/201410/4046/militarismo-y-descomposicion

[2] HCR: siglas en inglés del Alto Comisariado para los Refugiados, organismo de la ONU.