Sangrientos atentados en París – El terrorismo, una manifestación de la putrefacción de la sociedad burguesa

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Cabu, Charb, Tignous, Wolinski, estos cuatro nombres entre la veintena de muertos registrados en el balance de los asesinatos de Paris 7 y 9 de enero son un símbolo. Son a los que atacaron primero. ¿Y por qué razón? Porque representaban la inteligencia contra la estupidez, la razón contra el fanatismo, la rebeldía contra la sumisión, el coraje contra la cobardía[1], la simpatía contra el odio y esta cualidad específicamente humana: el humor y la risa contra el conformismo y la mediocridad bienpensante. Podríamos rechazar y combatir sus posiciones políticas (algunas de ellas eran perfectamente burguesas)[2]. Pero lo que machacaron, era justamente lo que mejor tenían. Esta masacre bárbara contra simples dibujantes o clientes inofensivos de un supermercado ha causado una inmensa emoción, no sólo en Francia sino en todo el mundo, y esto es normal. El uso que hoy hacen de esta emoción todos los representantes autorizados de la democracia burguesa no debe eclipsar el hecho de que la indignación, la ira y la tristeza profunda que se ha apoderado de millones de hombres y mujeres, y que les ha hecho salir de forma espontánea a la calle el 7 de enero, fue una reacción saludable y elemental en contra de este acto despreciable de la barbarie.

Un auténtico producto de la descomposición del capitalismo

El terrorismo no ha surgido ayer[3]. La novedad es la forma que ha tomado y el hecho de que se ha desarrollado fuertemente desde mediado de la década de 1980 convirtiéndose en un fenómeno mundial sin precedentes. La serie de ataques indiscriminados que azotaron París en 1985-1986, y que, claramente, no eran obra de pequeños grupos aislados sino que llevaban la firma de un Estado, inauguró un nuevo período en la utilización del terrorismo que desde entonces ha tomado una extensión desconocida hasta la fecha causando un número creciente de víctimas.

Los ataques terroristas de fanáticos islamistas tampoco son algo nuevo. La historia de este comienzo de siglo lo testimonia regularmente, y con un grado mucho mayor que los ataques de París a principios de enero de 2015.

Los aviones kamikazes contra las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001 abrieron una nueva era. Para nosotros está claro que los Servicios Secretos de Estados Unidos dejaron que sucediera e incluso favorecieron estos ataques que permitieron al poder imperialista estadounidense justificar y desencadenar la guerra en Afganistán e Irak, así como el ataque japonés contra la base naval de Pearl Harbor en diciembre de 1941, diseñado y querido por Roosevelt, había servido como pretexto para la entrada de EE.UU. en la Segunda Guerra Mundial[4]. Pero también está claro que los que pilotaron los aviones eran fanáticos totalmente delirantes que pensaban acceder al paraíso matando masivamente y sacrificando su propia vida.

Menos de tres años después de Nueva York, el 11 de marzo de 2004, Madrid fue el escenario de una masacre espantosa: bombas "islamistas" causaron 200 muertos y más de 1.500 heridos en la estación de Atocha[5]; los cuerpos estaban tan destrozados que no podían ser identificados más que por su ADN. Al año siguiente, el 7 de julio de 2005, fue Londres quien se vio atacada: cuatro explosiones también en el transporte público provocaron la muerte de 56 personas y 700 más fueron heridas. Rusia también ha sufrido varios ataques islamistas en la década de 2000, entre ellos el del 29 de marzo de 2010 que mató a 39 e hirió a 102. Y, por supuesto, los países periféricos no se han librado, a imagen de Irak desde la invasión de Estados Unidos en 2003 y como hemos podido verlo recientemente en Pakistán, en Peshawar, donde en diciembre pasado, 141 personas incluyendo 132 niños, murieron en una escuela.

Este último ataque, donde son los niños concretamente el blanco, demuestra, en todo su horror, la crueldad creciente de estos seguidores de la "yihad". Pero el ataque en París del 7 de enero, aunque es mucho menos mortal y atroz que el de Pakistán, expresa una nueva dimensión en la barbarie.

En todos los casos precedentes, aunque tan repugnantes como la masacre de civiles, incluso niños, había algo de "racionalidad": se trataba de tomar represalias o intentar presionar al Estado y sus fuerzas armadas. La masacre de Madrid de 2004 tenía como objetivo "castigar" a España por su participación en Irak junto a Estados Unidos. Lo mismo para los atentados de Londres en 2005. En el ataque en Peshawar, se trataba de presionar a los militares paquistaníes masacrando a sus hijos. Pero en el caso del atentado de París del 7 de enero, no hay el más mínimo "objetivo militar", ni siquiera aparente. Fueron asesinados los dibujantes de Charlie Hebdo y sus colegas para "vengar al profeta", del que este diario había publicado caricaturas. Y esto, no en un país devastado por la guerra o sometido al oscurantismo religioso, sino en la Francia "democrática, laica y republicana."

El odio y el nihilismo siempre son un factor clave en las actividades de los terroristas, especialmente de aquellos que deliberadamente sacrifican sus vidas para matar tan masivamente como sea posible. Pero este odio que convierte a los humanos en frías máquinas de matar, sin la menor consideración de los inocentes que asesinan, tiene como objetivo principal a estas otras "máquinas de matar" que son los Estados. Nada de esto se vio el 7 de enero en París: el odio oscurantista y el deseo fanático de venganza están aquí en estado puro. Su objetivo es el otro, el que no piensa como yo, y especialmente el que piensa porque yo he decidido no pensar más, es decir, dejar de ejercer esta facultad propia de la especie humana

Por esta razón la matanza del 7 de enero ha causado tanto impacto. En cierto modo, nos encontramos frente a lo impensable: ¿cómo cerebros humanos, incluso educados en países "civilizados", podían elaborar un proyecto tan bárbaro y absurdo que recuerda a los nazis más fanáticos quemando libros y exterminando judíos?

Y lo peor es lo que está por venir. La peor parte es que el acto extremo de los hermanos Kouachi, de Amedy Coulibaly y sus cómplices es sólo la punta de un iceberg de todo un movimiento que crece cada vez más en los barrios pobres, un movimiento que se explica cuando un cierto número de jóvenes expresa la idea de que "Charlie Hebdo se lo merecía por insultar al profeta" y que el asesinato de los dibujantes era algo "normal".

Esta es también una manifestación del avance de la barbarie, de la descomposición en el mismo riñon de nuestras sociedades "civilizadas". Esta inmersión de una parte de la juventud, y no sólo originaria de la inmigración, cuyo odio y el oscurantismo religioso es un síntoma, entre muchos otros, pero especialmente significativo de la crisis extrema, de la putrefacción de la sociedad capitalista.

Hoy en día, en todas partes (en Europa también y sobre todo en Francia), muchos jóvenes sin futuro, en un recorrido caótico, humillados por fracasos sucesivos, por la miseria cultural y social, se convierten en presa fácil para los reclutadores sin escrúpulos (a menudo en relación con los Estados o con expresiones políticas como Daesh) que atrapan en sus redes estos inadaptados y los transforman rápida y bruscamente, convirtiéndolos en potenciales asesinos a sueldo o carne de cañón para la "yihad". Con la falta de perspectiva propia en la crisis actual del capitalismo, una crisis económica, pero también social, moral y cultural, con la degradación de la sociedad que transpira la muerte y la destrucción por todos los poros, la vida de buen número de estos jóvenes se ha convertido a sus propios ojos sin utilidad y sin valor. A menudo toma muy rápidamente el matiz religioso de una sumisión ciega y fanática que inspira todo tipo de comportamientos irracionales y extremos, bárbaros, alimentados por un poderoso nihilismo suicida. El horror de la sociedad capitalista en decadencia, que ha fabricado en otros lugares niños soldados en masa (por ejemplo, en Uganda, Congo y Chad, especialmente desde principios de 1990) ahora genera en el corazón de Europa jóvenes psicópatas, asesinos profesionales a sangre fría, totalmente insensible y capaz de lo peor y sin ni siquiera esperar recompensa por ello. En resumen, esta sociedad capitalista en descomposición, abandonada a una dinámica enferma y bárbara, sólo puede conducir gradualmente a toda la humanidad al caos sangriento, la locura asesina y la muerte. Como lo muestra el terrorismo, esta sociedad está fabricando en masa personas totalmente desesperadas, humilladas y capaces de las peores atrocidades; estos terroristas son producidos a imagen y semejanza de esta sociedad. Si existen tales "monstruos" se debe a que la sociedad capitalista se ha convertido en "monstruosa". Y si todos los jóvenes que se ven afectados por esta deriva oscurantista y nihilista no se inscriben en la "Jihad", el hecho de que muchos de ellos consideran como "héroes" o "justicieros" a los que han dado este paso, constituye una prueba de que se extiende cada vez más la desesperación y el horror que emana de esta sociedad en putrefacción.

La odiosa recuperación democrática

Pero la barbarie del mundo capitalista actual no sólo se expresa en estos actos terroristas y la simpatía que reúnen en una parte de la juventud. También se expresa en la recuperación vil que la burguesía está haciendo de estos dramas.

Al momento de escribir este artículo, el mundo capitalista, encabezado por los principales líderes "democráticos", está a punto de completar una de las operaciones más sórdidas cuyo secreto posee. En París, el domingo 11 de enero, se han dado cita para una gran manifestación en la calle, en torno al presidente Hollande y a todos los líderes políticos del país, de todos los colores, Angela Merkel, David Cameron, los Jefes de Gobierno de España, Italia y muchos otros países europeos, pero también el rey de Jordania, Mahmoud Abbas, el presidente de la Autoridad Palestina, y Benjamin Netanyahu, Primer Ministro de Israel[6].

Mientras cientos de miles de personas salieron espontáneamente a la calle en la noche del 7 de enero, los políticos, empezando por Francois Hollande y los medios de comunicación franceses comenzaban su campaña: "La libertad de prensa y la democracia son las que están amenazadas", "hay que movilizar y unirse para defender los valores de nuestra república”. Cada vez más, en las manifestaciones que siguieron a las del 7 de enero, escuchamos el himno nacional francés, "La Marsellesa", cuyo estribillo dice "Que una sangre impura inunde nuestros surcos!". "Unidad Nacional", "defensa de la democracia", estos son los mensajes que la clase dominante quiere meter en las cabezas, es decir las consignas que justificaron el adoctrinamiento y la masacre de decenas de millones de trabajadores en las dos guerras mundiales del siglo XX. Hollande lo dijo en su primer discurso: enviando al ejército a África, especialmente a Malí, Francia ya ha comenzado la lucha contra el terrorismo (tal como Bush explicó que la intervención militar de Estados Unidos en 2003 Irak tenía el mismo propósito). Los intereses imperialistas de la burguesía francesa, obviamente, ¡no tienen nada que ver con estas intervenciones!

¡Pobres Cabu, Charb, Tignous, Wolinski! Fanáticos islamistas los han matado una primera vez. Tenían que ser asesinados por segunda vez por estos representantes y "fans" de la "democracia" burguesa, todos estos jefes de Estado y gobierno de un sistema mundial en descomposición que es el principal responsable de la barbarie que invade la sociedad humana: el capitalismo. Los líderes políticos que no dudan en utilizar ellos mismos el terrorismo, los asesinatos, las represalias contra la población civil cuando se trata de defender los intereses de este sistema y su clase dominante, la burguesía.

El fin de la barbarie expresada en la matanza de París en enero 2015, no podrá de ningún modo surgir de las acciones de aquellos que son los principales partidarios y garantes del sistema económico que genera esta barbarie. La barbarie solo podrá acabarse como resultado de la destrucción de este sistema por parte del proletariado mundial, es decir, por la clase que produce de manera asociada la mayor parte de la riqueza de la sociedad, y su sustitución por una comunidad humana verdaderamente universal que no se base en la ganancia, la competencia y la explotación del hombre por el hombre, sino en la abolición de estos vestigios de la prehistoria humana. Una sociedad basada en "una asociación en que el libre desarrollo de cada uno será la condición del libre desarrollo de todos"[7], la sociedad comunista.

Révolution Internationale, órgano de la CCI en Francia (11/01/2014)

[1] Desde hace años, estos dibujantes reciben regularmente amenazas de muerte.

[2] Wolinski, el sesentayochista ¿no colaboró entonces para "L’Huma" durante varios años? Él mismo también escribió: "Hicimos mayo de 68 para no convertirnos en lo que nos hemos convertido".

[3] En el siglo XIX, pequeñas minorías se rebelaron contra el estado recurriendo al terrorismo como los populistas en Rusia y algunos anarquistas en Francia o España. Estas acciones violentas estériles siempre han sido utilizadas por la burguesía contra el movimiento obrero para justificar la represión y "leyes inicuas".

[6] El llamamiento a esta Unión Nacional es unánime por parte de los sindicatos y los partidos políticos (solamente el Frente Nacional no estará presente) pero igualmente de los medios de comunicación. Incluso el periódico deportivo L’Equipe ha llamado a la manifestación

 

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