¡Solidaridad con nuestros hermanos de clase!

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Traducción del artículo publicado por Révolution Internationale el 19 mayo de 2014, sección de la CCI en Francia.
Más de 300 muertos y decenas de heridos graves, incluso muchachos de 16 años, han perecido ¡sepultados entre los escombros! La explosión que ha devastado la mina de Soma, al Oeste de la Turquía, es la catástrofe industrial más mortífera de la historia de este país. No estamos en absoluto ni ante un “accidente” fruto del azar, ni ante una triste fatalidad ante los cuales, impotentes, deberíamos inclinarnos con resignación. Se trata de ¡un crimen! ¡Otro crimen del capital!

Entre los muertos, había numerosos refugiados de la guerra civil en Siria y la gran mayoría de estas víctimas tenía entre 16 y 20 años.

Tras el hundimiento de la mina, miles de trabajadores y sus hijos, la mayoría en edad escolar, salieron espontáneamente a la calle; no sólo en Soma e Izmir (ciudad portuaria cercana a Soma) sino también en las grandes ciudades, Ankara y Estambul, y en las regiones kurdas. Un año después del gran movimiento social en defensa del parque Taksim Gezi en Estambul ([1]), desafiando la feroz represión, los gases lacrimógenos y los golpes de porra, los manifestantes, cada día más numerosos, ocupaban las calles.

La burguesía turca, y los medios de comunicación masiva a su servicio, ocultan totalmente esta cólera. En todas las cadenas de televisión, las únicas imágenes que se repiten sin cesar son las del dolor de las familias, llorosas y rezando por sus muertos, alternadas con los discursos de Erdogan y el ministro de Energía prometiendo indemnizaciones (como si estas limosnas pudiesen aliviar tanto dolor o ¡resucitarles a sus muertos!). Y para calmar la tensión social y desactivar la cólera de los mineros, se les promete: ¡otro empleo tras el cierre de la mina!

La censura o el silencio de los Medias sobre lo que está ocurriendo: manifestaciones en las calles, asambleas de estudiantes que ocupan las universidades, acordonamiento policial de barrios y carreteras en las ciudades grandes y pequeñas, es aplastante. Por esa información es difícil saber lo que está pasando realmente en Soma, salvo los rezos y los lamentos de las familias. El gobierno ha movilizado además a todos sus imanes y curas, intentando intoxicar la cólera de los obreros con el opio de la mistificación religiosa para hacerles doblar el espinazo y hundirles en un sentimiento de impotencia, resignación y docilidad frente al orden capitalista.

Sabemos sin embargo, frente a ese silencio, que en las manifestaciones la solidaridad con las familias de las víctimas y la indignación frente a la incuria del gobierno y de la patronal, se enfrentan a la represión brutal del Estado policial. La fotografía de una joven que agita una pancarta en la que ha escrito: “¡Esto no es un accidente, es un asesinato! El gobierno es responsable" expresa muy bien la profundidad de la cólera y del descontento social.

Mientras se redactaba este artículo, en las universidades de Estambul y de Ankara, trabajadores y estudiantes organizan, tras las manifestaciones reprimidas en la calle, asambleas generales abiertas a todo el mundo que desee asistir.

Las elecciones son ¡una trampa para la clase obrera!

Junto a curas e imanes la burguesía turca organiza también a todas sus fuerzas democráticas “opositoras”, para encauzar así cualquier riesgo de explosión social; éstas focalizan la atención hacia la “responsabilidad que pueda tener” el Gobierno, ocultándose así ellas mismas tras el manido eslogan democrático: "¡Gobierno dimisión!", que les acompaña en todos los desfiles y marchas. Las fuerzas “progresistas” democráticas (partidos de izquierda, de extrema izquierda y sindicatos) participan así en el mantenimiento del orden capitalista y de la unión nacional, de la unión sagrada de los proletarios con sus explotadores. Sus discursos “radicales” contra el gobierno Erdogan persiguen un único objetivo: desactivar la bomba social y desviar la cólera de los trabajadores y los estudiantes hacia la trampa electoral. Si los curas e imanes llaman a los proletarios a arrodillarse y rezar, las fuerzas de la oposición les animan a dispersarse cívicamente en las urnas electorales; es decir, a reivindicar una mejor gestión del capital nacional por la clique burguesa que consideren más “competente”.

Las elecciones presidenciales tendrán lugar el próximo agosto. Es la primera vez que se hace por sufragio universal. Hasta entonces, todos los clarines democráticos tronarán para intentar transformar a los explotados en simples ciudadanos, aturdidos por la matraca ensordecedora de las campañas electorales. No es casual que, para acrecentar las falsas ilusiones, los opositores de Erdogan insistan sin descanso en que “falta control sobre los centros de trabajo por parte de los poderes públicos”, concretamente en las minas. No es una coincidencia azarosa si los sindicatos han proclamado una jornada de huelga general para “protestar contra las negligencias y la laxitud de las autoridades”. Los sindicatos y la oposición se juntan para atraer la atención sobre el Sr. Erdogan; es decir, para sembrar la ilusión de que otro dirigente, de cualquier otra clique de explotadores, en el gobierno será capaz de gestionar “más humanamente” la explotación de los proletarios y, por lo tanto, para impedir reflexionar sobre las causas reales y el verdadero responsable de esta catástrofe: ¡el sistema capitalista en su totalidad!

Es evidente que las declaraciones provocadoras del Primer ministro refuerzan el sentimiento de rechazo hacia este villano y su ilimitado cinismo. Cuando, delante de las familias, vecinos, amigos y hermanos de clase de las víctimas, el señor Erdogan declara fríamente que "los accidentes forman parte de la propia naturaleza de las minas" suscita aun mayor indignación y cólera; pero además, cuando se le ve abofetear a los manifestantes agarrados por su policía y a uno de sus ayudantes patear a otro manifestante, ¡roza la provocación!

La arrogancia, la brutalidad y el cinismo de Erdogan muestran el auténtico rostro de toda la clase burguesa, una clase mundial de explotadores y asesinos. El capitalismo de "rostro humano" es pura mistificación y, en realidad, a la burguesía, sea quien sea la camarilla que gobierne, de derechas o de izquierdas, le importan poco las vidas humanas; su única y verdadera preocupación es el beneficio. Sea laico o no, el estado burgués es siempre un estado policiaco, como vemos en los países democráticos más desarrollados donde las manifestaciones están siempre encuadradas tanto por los partidos opositores, los sindicatos (y su “servicio de orden”) como por las fuerzas represoras.

El capitalismo: un sistema de explotación, sembrador de muerte

Akin Celik, director de explotación de Soma Kömür Isletmeleri, declaraba en 2012, en una entrevista a un periódico turco, estar dispuesto a reducir los gastos de explotación de 130 dólares la tonelada, precio anterior a la privatización de la mina, hasta 24 dólares la Tm. ¿Cómo ha realizado este prodigio? Es evidente, recortando donde podía, particularmente en seguridad y con la bendición de los mismos sindicatos que hoy denuncian la incuria gubernamental. «No hay seguridad ninguna en esta mina. Los sindicatos son unos peleles y la dirección solo piensa en el dinero»; no se podía hablar más claro de lo que lo hace este minero de Soma ([2]).

Pero la avidez y la codicia patronal no son la única causa de las catástrofes industriales, de los “accidentes” de trabajo y de las enfermedades profesionales. Si hay que recortar sin descanso los costes es para preservar la productividad de la empresa, su capacidad de competir. Dicho de otra manera: la propia naturaleza del funcionamiento del modo de producción capitalista, basado en la competencia en el mercado mundial, en la producción para el beneficio, empuja inexorablemente a los patronos, incluso a los menos "inhumanos", a poner en peligro la vida de sus explotados. Para la clase burguesa, el proletario, el trabajador asalariado sólo es una mercancía a quien se compra la fuerza de trabajo al precio más bajo. Para hacer descender los costos de producción la burguesía recorta más y más y economiza en las condiciones de seguridad en los puestos de trabajo. Los explotadores no están preocupados por la vida, la salud ni la seguridad de los explotados. Lo único que para ellos cuenta es el volumen total de ventas, la tasa de plusvalía, los pedidos de sus clientes, etc.

Según el informe publicado en 2003 por la OIT (Organización Internacional del Trabajo), cada año 270 millones de asalariados son víctimas de accidentes de trabajo y 160 millones contraen enfermedades profesionales, muchas de las cuales ni son curadas. El estudio revela que el número de trabajadores muertos en el ejercicio de su profesión sobrepasa los 2 millones anuales… Es decir, el trabajo mata unas 5 mil personas ¡cada día!

Y este horror no es exclusivo del tercer mundo. En Francia, Según la CNAM (Caja nacional del seguro de enfermedad) el trabajo mata anualmente a unos 780 asalariados (¡más de 2 por día de trabajo!). Hay alrededor de 1.350.000 accidentes debidos al trabajo, lo que corresponde a 3 700 victimes por día; lo que significa, en una jornada de 8 horas, ocho heridos por minuto...

A lo largo de los años y atravesando las fronteras, la explotación capitalista va siempre sembrando la muerte. Como puso ya en evidencia F. Engels en 1845 con su estudio sobre La situación de la clase obrera en Inglaterra: “La mina de carbón es el escenario de una vorágine de desgracias horripilantes y éstas se producen exclusivamente a causa del egoísmo burgués. El grisú (carburo de hidrógeno, gas que se forma a menudo en las galerías) al mezclarse con el aire produce una mezcla explosiva que se enciende al contacto de una llama y mata a quien se encuentre próximo. Tales explosiones ocurren, aquí y allá, todos los días; el 28 de setiembre de 1844 una, en Haswell Colliery (Durham), mató a 96 personas. También abunda en grandes cantidades el monóxido de carbono; se asienta este en las profundidades de la mina en bolsas que alcanzan a menudo la altura de un hombre al que envuelve y asfixia. (…) Mediante una buena aireación de las galerías, por medio de ventiladores, se podría evitar perfectamente los efectos funestos de los dos gases pero el burgués no quiere desembolsar el dinero necesario para hacer esto y ordena al obrero utilizar la lámpara Davy, la que le es completamente inútil por su escasa luz, razón por la que la cambia de buen grado por una simple vela con que iluminarse. Es entonces cuando ocurre la explosión. La causa de la explosión es la negligencia del obrero, pero está claro que el burgués hubiera podido hacer casi imposible toda explosión mediante una buena ventilación con aire. Hay más: constantemente se derrumba en parte o totalmente alguna galería, sepulta a los obreros y los hace añicos: el interés del burgués es que sean excavadas la mayor cantidad de vetas de carbón, de lo que se deriva tal género y cantidad de desgracias.”

El capitalismo: ¡he aquí al asesino! ¡Este es el enemigo!

La auténtica solidaridad con las víctimas de Soma: ¡luchar en todas partes contra quienes nos explotan!

Los muertos de Soma, son ¡nuestros muertos! Son nuestros hermanos de clase a quienes ha asesinado el capitalismo. Son nuestros hermanos de clase quienes son hoy ¡reprimidos y maltratados en las manifestaciones de Turquía! Los explotados de todos los países deben sentirse concernidos por esta catástrofe; pues ¡la verdadera catástrofe es el sistema capitalista!

Frente a la barbarie de este sistema que siembra muerte no solamente en los cientos de conflictos bélicos sino cada vez más, en tiempos de “paz”, en los puestos de trabajo, los explotados de todos los países deben negarse a hacer causa común con sus explotadores. La verdadera solidaridad que debe manifestarse a las afligidas familias de Soma es la lucha en su propio terreno de clase. Necesitamos discutir en todos los puestos de trabajo, en los institutos y en las universidades, sobre cuáles son las verdaderas causas de esta tragedia; destrozar las trampas de todos los reformistas y perros guardianes del orden burgués que agitan el espantajo Erdogan para enmascarar el verdadero culpable: el capitalismo mundial.

A las cantilenas de los curas que repiten: "¡No luchéis, rezad!", a las consignas de las fuerzas democráticas de la oposición que dicen "¡No luchéis! votad", respondamos:

“¡Solidaridad con nuestros hermanos de clase en Turquía! ¡Abajo el capitalismo! ¡Emprendamos el combate contra todos los explotadores de todos los países!

RI, 16 mayo 2014