Elecciones en Alemania – La burguesía se prepara para las tormentas por venir

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Tras las elecciones del 22 de septiembre de 2013 en Alemania la canciller alemana, Angela Merkel, líder a su vez de los cristiano-demócratas, se encuentra en negociaciones para la formación de una “gran coalición” con los socialdemócratas. El nuevo gobierno será el tercero dirigido por Merkel. El primero fue también una gran coalición con el segundo partido más grande del parlamento, el SPD. El segundo gobierno se trató de una coalición con el pequeño partido liberal, el FDP. Una de las consecuencias de las recientes elecciones es que Merkel ha perdido su socio de coalición. Por primera vez desde la fundación de la República Federal Alemana tras la Segunda Guerra Mundial, los liberales no han logrado una representación en el parlamento. El desarrollo de las negociaciones entre los dos partidos indica ya que, aunque los cristiano-demócratas tengan mayor número de escaños en el parlamento, la nueva coalición con el SPD, si se consuma, será “escrita por los socialdemócratas”, como los medios ya lo declaran. En otras palabras: el programa del nuevo gobierno no atacará inmediata y frontalmente a la clase trabajadora, aunque estos ataques se producirán necesariamente más tarde.

El resultado más notable de estas elecciones es de lejos el hecho de que la canciller y su partido, que ya han dirigido el país durante dos mandatos, hayan podido celebrar un triunfo electoral de tal magnitud. En un país que desde el final de la guerra siempre ha sido dirigido por gobiernos de coalición, Angela Merkel ha estado cerca de obtener la mayoría absoluta, una hazaña en Alemania. Es aún más notable en la medida que en la mayoría del resto de países europeos la situación económica es tan grave, y la necesidad de atacar a la clase obrera tan acuciante, que no importa qué gobierno, ya sea de derechas o de izquierdas, tiende rápidamente a perder popularidad y credibilidad, y en consecuencia ser enviado a la oposición en las siguientes elecciones. Esta es al menos la forma que toma actualmente la válvula de seguridad de la democracia capitalista: la cólera de la población se canaliza y neutraliza en un “voto de protesta” que para la “clase política” tiene por consecuencia que la continuidad a largo plazo de cualquier equipo de gobierno se torna cada vez más improbable. Un ejemplo clarificador es el de Francia, donde el gobierno de izquierdas de François Hollande, no hace mucho vitoreado por los medios como la nueva esperanza para el conjunto de la población obrera europea, en apenas un año ha visto desplomarse su popularidad. En Alemania observamos un desarrollo contrario, al menos de momento. ¿Cómo explicarlo?

Merkel se beneficia de la herencia del gobierno Schröder

Quizá el “secreto” más importante del duradero éxito electoral de Angela Merkel estriba en el hecho que no haya sido necesario, bajo su dirección, atacar de forma masiva a la población. Y una de las razones que explican esto es que su predecesor, el canciller Gerhard Schröder, y su coalición de izquierdas del SPD con los Verdes, había ya perpetrado los ataques con un éxito tal que Merkel aún continúa beneficiándose de ello. La “agenda 2010” implementada por Schröder a comienzos del nuevo siglo fue un gran éxito desde el punto de vista del capital. Tuvo tal éxito en reducir la masa salarial del país que sus principales rivales europeos, especialmente Francia, protestaron públicamente contra el “dumping salarial” llevado a cabo por la locomotora europea. Consiguió también reforzar la “flexibilidad” de la fuerza de trabajo de una forma sin precedentes, en particular a través de la creación vertiginosa de empleo precario, no sólo en los sectores tradicionalmente con salarios bajos, sino también en el corazón de la industria.

En tercer lugar (y este no es el menor de los éxitos de Schröder), todo esto ha sido llevado a cabo por medio de un ataque brutal pero no generalizado; en otras palabras, en lugar de atacar al proletariado como un todo, las medidas han sido adoptadas creando profundas divisiones en la clase trabajadora, entre los obreros activos y los parados, entre los que tienen contratos indefinidos y los que no. En las grandes fábricas se ha creado un auténtico sistema de apartheid entre los asalariados contratados directamente por la empresa y los trabajadores temporales o subcontratados, que hacen el mismo trabajo por la mitad o un tercio del salario y que a veces ni siquiera tienen acceso a la cantina. En consecuencia, mientras que en otros muchos países europeos las medidas antiobreras han debido aplicarse sin anticipación tras la explosión de la crisis financiera en 2008, Merkel se ha encontrado en una posición cómoda ya que estas ya habían sido realizadas en Alemania y daban sus frutos al capital.

Otra particularidad en Alemania es que los ataques no han sido cocinados por algún “grupo de expertos” neoliberales, sino principalmente por los sindicatos. La “agenda 2010” fue elaborada por una comisión dirigida por Peter Hartz, un amigo de Schröder en Volkswagen, con la participación directa del comité de empresa y de IG Metall, el sindicato más poderoso de Europa que (como muchos empresarios admiten públicamente) sabe aplicar una gestión empresarial de forma más eficaz que los mismos directivos. No hay ninguna duda de que actualmente la mayoría de la burguesía alemana, incluyendo a las organizaciones patronales, está deseosa de ver a los socialdemócratas (y con ellos a los sindicatos) unirse a Merkel en un gobierno de coalición. Y no hay duda de que la canciller, después de haber perdido a su socio de coalición liberal, tomará cada vez más distancias con el discurso neoliberal, entonando cánticos sobre el modelo alemán de “economía social de mercado” (en el que los sindicatos participan directamente en la marcha del país) e incluso abogando por la extensión de este modelo al resto de Europa.

La competitividad del capital alemán

Otra razón para esta “historia de éxito” de Angela Merkel reside en la fuerte competitividad de la economía alemana. Si la ventaja a nivel competitivo estuviera basada únicamente en las rebajas salariales arriba descritas, esta ventaja se disolvería inevitablemente frente a los ataques brutales que han tenido lugar estos últimos años en Europa. En realidad, la superioridad alemana a nivel competitivo tiene su base en la estructura misma de la economía del país. Existe un peligro para los marxistas, confrontados al modo de funcionamiento abstracto del capital, de verse perdidos en este carácter abstracto, cayendo en el error de que la fuerza relativa de un determinado capital nacional depende únicamente de elementos tales como la composición orgánica del capital o la tasa de endeudamiento en relación al PIB, etc. Esto conduce a la visión puramente esquemática de la economía capitalista, en la que los factores políticos, históricos, culturales, geográficos, militares y otros se pierden de vista. Por ejemplo, si se mira la tasa de crecimiento o el nivel de endeudamiento de los EEUU comparado con el de China, se puede solamente concluir que los USA ya han perdido la carrera contra su competidor asiático, adquiriendo incluso un status “tercermundista”. Pero esto olvida que los EEUU aún se mantienen como el paraíso capitalista para las empresas “start ups” de innovación, por lo que no es ninguna coincidencia si el centro neurálgico de los nuevos medias se encuentra en los USA, siendo la política cultural de la China estalinista un factor que impide al gigante asiático imitar en este aspecto a su rival.

En su polémica con el revisionista Bernstein, Rosa Luxemburg (en su libro ¿Reforma o Revolución? [1]), explica que las “leyes” descubiertas por Karl Marx en relación al crecimiento de la composición orgánica del capital y de su centralización no implican necesariamente la desaparición de las pequeñas y medianas empresas. Al contrario, explica Luxemburgo, esas pequeñas empresas se mantienen necesariamente a la vanguardia de la innovación tecnológica, elemento central de un sistema económico basado en la competencia y la necesidad de acumulación. Alemania no es un paraíso para la creación de nuevas empresas como lo son los EEUU (el fuerte peso de su tradición burocrática lo impide). Pero Alemania se mantiene en la actualidad como la Meca del mundo del motor y de la industria de construcción de maquinaria. Esta fortaleza se basa en empresas altamente especializadas, a menudo con lazos familiares, que transmiten sus conocimientos de generación en generación, con una mano de obra altamente cualificada formada por un sistema de aprendizaje único y por tradiciones que se remontan a la Edad Media. En los últimos 20 años, por medio de una operación coordinada entre las organizaciones patronales, el gobierno, los bancos y los sindicatos, estas pequeñas y medianas empresas de construcción de maquinaria se han transformado, sin necesidad de aumentar de tamaño, en negocios que operan a escala mundial. Pero su base de operaciones se mantiene en Alemania. Aquí de nuevo la intervención de los sindicatos es evidente: allí donde un empresario tendería a no importarle si su beneficio procede de Alemania o del extranjero (siempre y cuando haya beneficio), el pensamiento sindical es visceralmente nacionalista, en la medida que su función primordial es la de controlar a la fuerza de trabajo en la misma Alemania para los intereses del capital, y esto se puede hacer mejor si la industria y los empleos se quedan “en casa”. Concretamente, el sindicato IG Metall es un fanático defensor de la producción nacional (el “Standort Deutschland”).

El Estado capitalista y la diferencia entre hoy y 1929

Todo lo dicho hasta ahora nos ayuda a comprender por qué la situación económica en Alemania ha sido hasta ahora mejor que la de la mayoría de sus rivales frente a los terribles estragos de la crisis mundial desde 2008. Pero ninguna de estas ventajas le habría hecho avanzar si la estructura de la economía capitalista no hubiera cambiado radicalmente desde la terrible depresión que comenzó en 1929 y que condujo a la II Guerra Mundial. En esa época Alemania y los EEUU fueron los primeros y más gravemente afectados, lo que no fue por casualidad. Las crisis del capitalismo decadente no son ya crisis de expansión, sino crisis del sistema como tal, que se desarrollan en su mismo corazón y afectan directamente al centro. Pero, al contrario de 1929, la burguesía actual no sólo tiene más experiencia, sino que además cuenta con un aparato estatal gigantesco, que, si bien no puede impedir el desarrollo de la crisis económica, sí puede en cambio desviar el curso natural de esta. Esta es la razón principal por la que desde la reaparición de la crisis abierta del capitalismo decadente a finales de los años 60, los Estados más fuertes económicamente han sido los más capaces de resistir a la crisis. De ninguna manera esto puede evitar la crisis, ni impedir que esta se acerque cada vez más, y con efectos cada vez más serios, a los centros históricos del capitalismo. Pero esto no significa necesariamente que vaya a haber en un futuro un colapso económico parcial como en Alemania o en los EEUU tras 1929. La gestión internacional y europea de la “crisis del Euro” en los últimos años muestra claramente que los mecanismos del capitalismo de Estado que persiguen desviar los efectos de la crisis hacia los rivales más débiles siguen en pleno funcionamiento.

La crisis inmobiliaria y financiera que comenzó en 2007-08, así como la crisis de confianza en la moneda común europea que le siguió, han amenazado directamente la estabilidad de los bancos y sistemas financieros alemanes y franceses. El resultado principal de las diferentes operaciones europeas de rescate, todo el dinero tan “generosamente” prestado a Grecia, Irlanda, Portugal, etc., ha sido el reforzar los intereses franceses y alemanes a expensas de los rivales más débiles, y con la consecuencia añadida de que los trabajadores de estos países han tenido que soportar los ataques más fuertes. Y si los argumentos que hemos dado al principio de este artículo para explicar el éxito electoral de Angela Merkel no fueran suficientes, con respecto a esta cuestión, la canciller y su ministro de finanzas W. Schäuble realmente han defendido con uñas y dientes los intereses alemanes hasta el punto de exasperar a sus socios europeos. Y en ese sentido es evidente que detrás del voto a Merkel existe un componente nacionalista muy peligroso para la clase obrera.

La burguesía alemana asume sus responsabilidades

Hay muchas razones objetivas que permiten explicar el triunfo electoral de Merkel: la resistencia bastante eficaz de Alemania, hasta el momento, frente a la profundidad de la crisis histórica, y la capacidad de la canciller en la defensa de los intereses alemanes en Europa. Pero la causa más importante de su éxito reside en el hecho de que el conjunto de la burguesía alemana así lo quería, y lo ha hecho todo para promocionarla. Las razones de esta elección no se encuentran en sí en Alemania, sino en la situación mundial como un todo, que se torna cada vez más amenazante. A nivel económico la crisis europea y la confianza oscilante en el euro se encuentran lejos de haber tocado fondo: lo peor está por venir. Esta es la razón de porqué la campaña alrededor de “mamá Merkel”, la “madre sabia y atenta” que dirige el Estado alemán, es actualmente tan importante. Según una escuela de pensamiento popular en la “teoría” económica burguesa moderna, la economía es en gran medida una cuestión de psicología. Dicen “economía” cuando se refieren al “capitalismo”. Dicen “psicología” y quieren decir “religión”, ¿o deberíamos decir “superstición”? En el tomo I de El Capital, Marx explica que el capitalismo se basa, “en gran medida”, en la creencia en los poderes mágicos de personas y objetos (mercancías, dinero) investidos de un poder puramente imaginario. Hoy día la confianza de los mercados internacionales en el euro se basa principalmente en la creencia de que de alguna manera la participación de “los alemanes” es una garantía de éxito. “Mamá Merkel” se ha convertido en un fetiche internacional.

El problema de la moneda europea no es periférico sino absolutamente central, tanto económica como políticamente. En el capitalismo, la confianza entre los distintos actores, sin la cual un mínimo de estabilidad social no es posible, ya no se basa en una confianza entre seres humanos, sino que toma la forma abstracta de la confianza en el dinero, en la moneda vigente. La burguesía alemana sabe, por su propia experiencia de la hiperinflación de 1923, que el hundimiento de la moneda constituye la base para explosiones de una inestabilidad incontrolable.

Pero existe también una dimensión política. En efecto, el gobierno de Berlín está muy inquieto por el desarrollo a largo plazo del descontento social en Europa, y por la situación inmediata en Francia. Berlín está alarmado por la incapacidad de la burguesía del otro lado del Rin para solucionar sus problemas económicos y políticos, y se preocupa por las perspectivas de descontento social en suelo vecino, en la medida en que en el seno de la clase obrera alemana se ha desarrollado durante los últimos diez años una admiración particular por el proletariado francés, tendiendo a tomarlo como modelo.

Es con plena conciencia de sus responsabilidades internacionales que hoy la burguesía alemana, con los resultados de las recientes elecciones, ha elegido un gobierno que representa y simboliza la fortaleza, la estabilidad y la continuidad, y con el que espera hacer frente a las tormentas por venir.

Weltrevolution, 4 de noviembre 2013

 

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