¡La fuerza de la lucha es la solidaridad de clase!

Ver tambien :

Versión para impresiónEnviar por email

El pasado día 17, las asambleas de los trabajadores de la limpieza de Madrid ponían fin a 13 días de huelga tras aprobar un acuerdo que evita cerca de 1200 despidos previstos así como amenazantes recortes salariales de hasta un 43%. A la salida de dichas asambleas el ambiente que se respira entre los trabajadores es de satisfacción, de sentirse vencedores, al menos momentáneamente, de la lucha interminable contra los continuos ataques de este sistema contra nuestras condiciones de vida. Se sienten así no tanto por los resultados tangibles de la negociación –pues los trabajadores han tenido que aceptar la congelación salarial hasta 2017, y un Expediente de Regulación Temporal de Empleo de 45 días año hasta ese mismo año– sino por la forma en la que han logrado resistir ese enésimo hachazo: apoyados en una emocionante demostración de solidaridad obrera. Una solidaridad que ha trascendido las plantillas de las tres empresas concesionarias de la limpieza de Madrid y se ha extendido a los trabajadores de la empresa pública TRAGSA, a los bares de los distritos más populares de Madrid donde se instalaban “botes” como forma espontánea de caja de resistencia para compensar las pérdidas económicas de los huelguistas, o la concentración en solidaridad con ellos que se produjo la última noche de la negociación,…

La solidaridad: alimento de la combatividad y de la unidad de los trabajadores

Los medios de comunicación y especialmente las televisiones –tan habituadas ellas mismas a los programas “basura”– han puesto el foco de atención precisamente en las bolsas de basura y en los personajes-basura. Respecto a lo primero no había telediario que no sacara cámaras a la calle para encuestar a la población sobre las molestias ocasionadas “por la huelga” (jamás antes se hizo una encuesta sobre las molestias ocasionadas por los recortes en el presupuesto de limpieza), o sobre sus repercusiones económicas, eso sí, para los comerciantes, hosteleros, etc. Se trataba, en definitiva, de la consabida campaña para echar a la población contra los trabajadores de la limpieza. Una campaña como la que exitosamente han empleado en ocasiones anteriores, con complicidad sindical incluida[i]. Sin embargo en esta ocasión esa opinión pública, y sobre todo la de los barrios obreros de Madrid, se ha ido inclinando del lado de los huelguistas. Así por ejemplo en un “bando” de la Asamblea Popular de Lavapiés podía leerse: «Que las trabajadoras y los trabajadores en huelga indefinida son un ejemplo para nosotros/as. Nadie en su sano juicio se quedaría quieto viéndolas venir (…) Que lo que vemos ahora es solo un anticipo del Madrid sucio y seco que caerá sobre nuestros barrios populares, si perdemos la huelga y consiguen que haya menos trabajadores/as y en peores condiciones. (…) Si los trabajadores/as que cuidan nuestras calles y jardines (y por tanto a nosotros/as) están de huelga, les apoyaremos hasta las últimas consecuencias, estaremos junto a ellos/as en los piquetes y en las manifestaciones (…) Si siguen deteniendo a huelguistas, cada día seremos más en las calles. Que la razón y la rabia de los trabajadores no sea callada por policías, jueces, patrones, medios de comunicación, políticos y jefes sindicales. Si la huelga acaba que sea porque la hemos ganado y no por pactos a espaldas de los trabajadores/as…»[ii]

Cuando denigraban a los huelguistas como “chantajistas”, los trabajadores recordaban que el origen de los despidos era una rebaja del presupuesto de limpieza del ayuntamiento de Madrid, que las empresas concesionarias –filiales de grandes constructoras enriquecidas con la especulación inmobiliaria y otros regalos de la propia Administración– querían cargar a las espaldas de los empleados de esas mismas empresas y de la población de los barrios obreros de Madrid.

Es verdad que la actitud arrogante de la alcaldesa de Madrid, digna esposa del expresidente Aznar (“digna” de él por supuesto), ha servido para calentar aún más el clima de apoyo a la lucha. Cuando emplazó con un ultimátum para que se llegara a un acuerdo en la medianoche del día 15, amenazando con recurrir a los trabajadores de la empresa pública TRAGSA para reventar la huelga, se encontró con la negativa de estos trabajadores (que están a su vez amenazados con despidos) a hacer de esquiroles de sus compañeros, por lo que tuvo que reclutar deprisa y corriendo –y a través de Empresas de Trabajo Temporal– 200 trabajadores para no quedar completamente ridiculizada. Esa misma noche, mientras la alcaldesa supervisa los servicios mínimos arropada en un abrigo de pieles, la propia Patronal acepta sustituir los recortes salariales por una congelación de sueldos hasta 2017, y aplaza hasta la noche siguiente –ultrapasando el ultimátum– la decisión sobre los despidos. En las filas obreras se extiende una sensación de que esta vez se puede frenar el ataque.

¿Por qué? ¿Acaso los explotadores se han hecho más razonables? Nada más lejos de la realidad: pocos días más tarde los mismos protagonistas –o casi– anuncian un atentado muy parecido esta vez con los trabajadores de las lavanderías de los hospitales de Madrid. ¿Es que los sindicatos habrían “vuelto” (¡ondía como el PSOE!) a defender a los trabajadores? Tampoco puede decirse cuando vemos como firman convenios que comportan miles de despidos y reducciones salariales en banca, Panrico, RTVE, etc. La noche del sábado 16, cuando los sindicatos de los trabajadores de la limpieza de Madrid se inclinaban más bien a aceptar una propuesta que incluye un menor número de despidos (de hecho UGT se mantiene en la mesa de negociación y CCOO la abandona aunque vuelve en seguida a ella), cientos de trabajadores –no solo del sector de la limpieza sino también de otros– se van concentrando en torno al edificio donde tienen lugar dichas negociaciones, y se empieza a convocar una manifestación para el día siguiente. Unas pocas horas más tarde, las empresas retiran el plan de despidos anunciado, sustituyéndolo por suspensiones temporales de empleo.

El factor clave del curso de esta lucha: la solidaridad, resultaba en cambio oscurecido por la propaganda burguesa, que prefería concentrarse en la recogida de las bolsas de basura, o en las declaraciones de la alcaldesa que, nuevamente, reapareció en los media para lamentar una permanente campaña contra ella. Para los explotados, en cambio, lo más trascendental, es la respuesta que ofrece un huelguista anónimo a un reportero televisivo que le pregunto qué ha tenido de positivo esta huelga: “descubrir que quien trabaja a mi lado es un verdadero compañero”.

La solidaridad de clase no puede envilecerse en el vertedero democrático o nacionalista

El “sencillo” mecanismo en el que se basa el sistema capitalista es un despiadado chantaje: el trabajador sólo puede obtener sus medios de subsistencia si su fuerza de trabajo acrecienta el capital. La propaganda de los explotadores presenta sesgadamente que ese es el “orden” consustancial a la naturaleza humana, queriendo reducir nuestra existencia a esa mercancía, y procurando por todos los medios que el valor “de mercado” de dicha mercancía sea el más barato posible. Lo que sucede es que la determinación del valor de esa fuerza de trabajo no obedece únicamente a las ciegas leyes del intercambio capitalista (la oferta y la demanda, la ley del beneficio y el valor de cambio…), sino también a parámetros morales como son el coraje y la indignación frente a la inhumanidad de las leyes que rigen la sociedad, la solidaridad y la defensa de la dignidad de los trabajadores. Ahí se oponen dos mundos abismalmente opuestos: el de las necesidades humanas y el de los intereses del capital.

Cualquier tentativa de sacrificar las primeras a los segundos, se presente como defensa de la “competitividad” de la empresa, o en aras de hacer “rentables” servicios públicos tales como la sanidad, la educación; cualquier sometimiento de las condiciones de vida de los explotados a la defensa de instituciones del sistema tales como la empresa, la industria local o regional, o los intereses de la nación, conlleva precisamente sabotear el principio mismo de la solidaridad entre los explotados, para fomentar una hermandad fraudulenta entre explotadores y explotados. La contribución más importante de la lucha de los trabajadores de la limpieza en Madrid no es que hayan mostrado un camino infalible para arrancar concesiones a la Patronal, sino que su búsqueda de la solidaridad va en un sentido proletario de fortalecimiento de la unidad de clase y no en el sentido contrario de sojuzgamiento de los trabajadores a la lógica de la explotación.

Asistimos en estos días a un nuevo aluvión de miles y miles de despidos y de hachazos brutales a los salarios de quienes “conservan” su puesto de trabajo. En todas partes crece la inquietud de los trabajadores ante el cinismo de los explotadores que anuncian la salida de la crisis y que “el dinero llueve” sobre la economía española, mientras se acumulan los signos de un empobrecimiento cada vez más generalizado y dramático. Esa agitación se traduce a menudo en movilizaciones de protesta. Pero hemos de ser sinceros y no llamarnos a engaño. En la gran mayoría de casos, esa agitación en las filas obreras ha sido “reconducida” por la Izquierda del capital y los sindicatos a un rosario de “movilizaciones” dispersas y sobre todo desviadas a un terreno falseado de solidaridad, el de la defensa de las instituciones democráticas.

Hemos podido comprobar por ejemplo en Radiotelevisión Valenciana[iii] donde la indignación frente a los despidos ha sido “encauzada” hacia la defensa de una “televisión pública y valenciana”. En ese terreno, los sindicatos tienen las manos libres para justificar despidos y recortes salariales (como ha hecho el Comité de Empresa en el Plan de Viabilidad que ha propuesto), en aras, eso sí, de salvar ese “patrimonio nacional”. En ese terreno se obliga a los trabajadores de Canal 9 a marchar junto a los diputados del PSOE que cuando gobernaron ejecutaron el mayor plan de despidos en RTVE.

En ese terreno podrido nuestros “explotadores” nos son presentados como “aliados” y los trabajadores de otras fábricas, de otros sectores de la producción, u otros países, como competidores y enemigos. Así se ha podido ver por ejemplo en Panrico o en FAGOR. En el primer caso los trabajadores de la factoría de Santa Perpetua de Mogoda que se han negaron a aceptar los despidos y los recortes salariales se han visto sitiados por una brutal ofensiva de Patronal y medios de comunicación, pero también de sindicatos y de trabajadores de otras factorías para que su intransigencia no pusiera en peligro “el futuro” de la empresa. Otro tanto ha sucedido en el Grupo Mondragón, matriz de FAGOR y hasta hace poco paradigma del “modelo industrial vasco” y de las bondades del “sistema cooperativo”, y que hoy se ve quebrado arrojando a la calle a más de 5000 compañeros, que sin embargo han sido enzarzados en una pelea para ver qué división es “rentable”, qué trabajadores tienen derechos “preferentes” a ser recolocados en otras empresas del grupo,…

La competencia entre trabajadores[iv] puede salvar la rentabilidad de las inversiones capitalistas pero conlleva la ruina de los explotados. La solidaridad de clase tampoco protege indefinidamente a los trabajadores de los ataques de este capitalismo en decadencia, pero muestra una alternativa social, otra forma de entender las relaciones entre los hombres sin someterse a las leyes del mercado. Como se señala en el Manifiesto Comunista, escrito hace más de 150 años: “De vez en cuando los trabajadores obtienen victorias, pero su triunfo es efímero. El verdadero éxito de las luchas no es el éxito inmediato, sino la unión cada vez más amplia de todos los trabajadores”.

Valerio, 25 de noviembre de 2013.

[ii] El “bando” completo de esta asamblea, resto de las que surgieron al calor del 15M, puede verse en www.alasbarricadas.org/noticas/node/26904

[iv] La industria del automóvil española sobrevive a la crisis en parte gracias a un abaratamiento bestial de la mano de obra con contratos a jóvenes que no llegan al 70% del salario. Resulta de lo más significativo ver como el PP y los sindicatos se alegran, al alimón, de robarle “producción” a otras factorías Ford, Nissan, SEAT… Pero eso es y nunca mejor dicho pan para hoy hambre para mañana. Excepto que se imponga la solidaridad de clase siempre habrá alguien más desesperado dispuesto a rebajar el valor de su fuerza de trabajo.