¡El capitalismo va ahorrando gastos a costo de vidas!

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Se acaban de publicar en los medios las conclusiones de la investigación parlamentaria sobre el accidente del 24 de julio en Santiago, y todos los grupos están de acuerdo en que ha sido una tragedia imprevista, que sin embargo podría ser evitable en un futuro si se refuerzan todas las medidas de seguridad; sin embargo un análisis crítico, no ligado a intereses partidistas ni del Estado muestra, al contrario, que se trata de una consecuencia inevitable de la crisis histórica de las relaciones de producción capitalistas y de su agravación progresiva.

Y para empezar habría que considerar la multiplicación de accidentes los últimos años, no sólo en España (Metro de Valencia, Spanair), sino en otras partes, incluyendo las grandes potencias (accidente de tren este verano en la región de París, o de autobús recientemente también en Francia, huracán Katrina en USA o accidente en fábrica de abonos, etc.) para preguntarse si no son demasiadas casualidades.

Como empezó a mostrar la economía política burguesa, y después desarrollaron Marx y Engels y el movimiento obrero desde entonces, el objeto de la producción capitalista no es la satisfacción de las necesidades humanas, sino el beneficio y la ganancia. Por eso, a pesar de la tendencia a la concentración empresarial y los monopolios, e incluso de la planificación y el totalitarismo estatal, en lo que concierne a la producción de todos los bienes (básicos o de lujo) reina la anarquía más absoluta. Compradores y vendedores, necesidades y ofertas, no se ponen de acuerdo previamente para organizar racionalmente la producción, sino que se encuentran y se reconocen al azar en el mercado, que es el lugar donde se estructura la interacción entre distintos componentes sociales, donde toma forma la organización social. Por eso, la sociedad capitalista está construida sobre el reino de la mercancía. Las cosas y las personas se reconocen por lo que valen en el mercado, por su valor de cambio como mercancías, incluyendo la fuerza de trabajo.

Las empresas, y el Estado como propietario colectivo y regulador de la producción nacional en cada país, hacen lo imposible para abaratar costes, incluyendo los de la mano de obra, haciendo trabajar más y mejor a los obreros, y pagándoles lo menos posible; y procuran escamotear lo máximo en lo que, desde el punto de vista de las ganancias, consideran gastos superfluos, a pesar de las enormes consecuencias que puedan tener respecto al respeto del entorno ecológico, o la seguridad. Aún cuando han existido las condiciones históricas para que la expansión mundial de la producción capitalista compensara esos gastos, como en el siglo XIX, la auténtica voracidad capitalista por las ganancias ha diezmado generaciones obreras hasta casi poner en riesgo la supervivencia misma del propio suministro de mano de obra, como pusieron de manifiesto Marx en El Capital, Engels en La situación de la clase obrera en Inglaterra, o Rosa Luxemburg en su Introducción a la Economía Política. Y ha destruido cualquier vestigio de economía natural o agricultura en Inglaterra. Tanto más cuando la economía capitalista mundial no encuentra los medios para aumentar los beneficios y la acumulación y se hunde en una crisis histórica que dura ya más de 100 años y que se ha acelerado notablemente desde la década de 1970.

La pelea a muerte por los mercados hoy impone la sobreexplotación brutal de los trabajadores y los recortes “bajo mínimo” en gastos de mantenimiento de las infraestructuras y de seguridad.

Esas son las verdaderas coordenadas de la curva de A Grandeira.

El “factor humano”: un chivo expiatorio para legitimar el funcionamiento capitalista

“Esto no es un accidente de la Alta Velocidad” (Presidente de RENFE), “las vías y señalizaciones cumplen las normativas técnicas vigentes” (ADIF), “la causa fundamental del accidente es un fallo humano” (todos los grupos parlamentarios y los medios).

Da nauseas y provoca indignación moral, la forma en que se está criminalizando al conductor del tren, como ya se intentó hacer antes con el conductor del metro en Valencia[1], para “salvar” la competitividad y garantías de los ferrocarriles españoles, que tienen contratos pendientes en Arabia Saudí y Brasil, que se ven amenazados por la competencia alemana y francesa.

Y en esa campaña participa todo el Estado burgués, desde el conjunto de los grupos parlamentarios, unos mostrando una pose más “defensora de los servicios públicos” y de apariencia de solidaridad con los trabajadores de los ferrocarriles como IU o UPD, y otros con menos escrúpulos antiobreros, puesto que están implicados directamente en algunas decisiones sobre las condiciones de las infraestructuras que “rozan” la responsabilidad legal, como el PSOE o el PP. Pero igualmente los medios de comunicación, que también se reparten los papeles: RNE cargando sin miramientos contra el maquinista y la SER comprensiva cínicamente con el “fallo humano”, pero poniéndolo igualmente a los pies de los caballos.

Y es que la “culpa” del maquinista es la declaración de inocencia del Estado burgués. “Él es el responsable; no las vías, ni la falta de sistemas de seguridad, ni las terribles condiciones de trabajo”

Porque como en las novelas de Dostoievski en las que el asesino es en realidad una víctima social, el conductor del Alvia es la víctima de unas condiciones laborales de sobreexplotación que exigen de los trabajadores una tensión psíquica y física insufrible, como han reconocido los expertos en psicología, durante horarios interminables y cambiantes, que dificultan el sueño regular e incluso una vida social con familiares y amigos. Porque los recortes, avalados siempre por informes técnicos y con el consentimiento a menudo de esos “defensores de los trabajadores” que en el gobierno imponen reformas laborales y en la oposición ponen el grito en el cielo para acabar aceptándolas, han dejado sólo un conductor (en lugar de dos como iban antes) por tren, que tiene que estar apretando continuamente un pedal con el siniestro nombre de “el hombre muerto” para confirmar que no le ha dado ninguna indisposición, al mismo tiempo que vigila las señales de la vía y mira el plano de la hoja de ruta. La acusación contra el conductor tras el accidente de Santiago, es una carga más ahora con la que tendrán que subir al tren todos los maquinistas, como algunos reconocen en voz baja en las cartas de los lectores de los periódicos. Y no sólo los conductores de tren, sino los de autobús, y todos los trabajadores que cada día tienen que afrontar la responsabilidad de su trabajo en condiciones cada día más sobrehumanas.

Y el muy “solidario” y “reivindicativo” sindicato de maquinistas, al que pertenecía este conductor, está encantado con la propuesta de endurecer aún más las condiciones de trabajo. Con test psicológicos y pruebas de aptitud regulares, enfocadas particularmente hacia los más mayores, que encajan como una pieza de un puzle en los ataques de la reforma laboral hacia este sector de obreros que ronda los 50-60 años.

La vida humana: una mercancía más

Toda la saña que emplea el Estado para hacer responsable al conductor, la pone igualmente en ser condescendiente con las condiciones de las infraestructuras y sistemas de seguridad.

Aquel se presenta como un irresponsable que no frenó a tiempo, provocando la muerte de 79 personas y heridas de diferente gravedad en más de 100, pero la responsabilidad de los ministros de fomento del PSOE y del PP de inaugurar un trayecto que no estaba en condiciones con fines electorales, o de no implementar los sistemas de seguridad de frenado automático adecuados para ahorrar gastos, se encubre con informes técnicos y declaraciones de expertos que generalmente “están en el mismo barco” de la gestión estatal de las infraestructuras (como el presidente o los altos ejecutivos de RENFE y Adif), o que tienen una actitud “responsable” frente a las decisiones “de Estado”, como la Oposición parlamentaria y mucha de la extraparlamentaria.

Pero ¿Y las víctimas?

La cínica campaña estatal trata de oponer a las víctimas y sus familiares contra el maquinista y en realidad, de oponer a la población en general contra los trabajadores; pero en realidad el verdadero conflicto es entre el Estado burgués, y los trabajadores y la población en general.

A pesar de todas las lágrimas de cocodrilo derramadas por los políticos burgueses, en los cálculos de la producción capitalista, plasmados en la legislación del Estado, las vidas de los pasajeros de tren no valen más que el ahorro en los costes de producción de las líneas de alta velocidad y su mantenimiento, por mucho que algunos representantes del Estado se rasguen las vestiduras.«Cuanto aquí y ahora no muestra su utilidad social en el mercado carece de valor y es olvidado»[2].

Los pasajeros, que “el día después”, en mor de la campaña ideológica, tienen nombre y apellidos y una historia personal, “el día antes” sólo eran parte de un frío cálculo de gastos en ERTMS y ASFA[3]. Y como han mostrado las experiencias del Metro de Valencia y de Spanair, la falsa solidaridad de los representantes del Estado y las subvenciones y reparaciones de miseria, se esfumarán en poco tiempo, porque en el capitalismo no hay lugar para el duelo: «Lo que sucede a todos los sentimientos, el desprecio de aquello que no tiene ningún valor en el mercado, le sucede de manera más destemplada a aquello de lo que ni siquiera es posible sacar un restablecimiento psicológico de la fuerza de trabajo, al duelo. Éste se convierte en estigma de la civilización, en sentimentalidad asocial, que delata que todavía no se ha conseguido del todo juramentar a los seres humanos en torno al reino de los fines»[4].

La falsa solidaridad

Y es que, a decir verdad, la avalancha mediática de la solidaridad empaquetada y prêt-à-porter ni siquiera ha permitido que aparezca en toda su dimensión la verdadera solidaridad espontánea de la población y los trabajadores.

Inmediatamente después de producirse el accidente, la población de Angrois acudió desinteresada y espontáneamente para ayudar a las víctimas, ofreciendo sus casas para acoger a los heridos y acudiendo a donar sangre, los bomberos aplazaron la huelga para sumarse a las labores de rescate y los trabajadores de la sanidad acudieron al hospital de Santiago aunque estuvieran de vacaciones. Como en otras ocasiones como el 11M en Madrid, estas iniciativas expresan una respuesta solidaria espontánea de la población y de la clase obrera, basada en la empatía y en que todos compartimos las condiciones de explotación y la revuelta contra ellas.

Pero enseguida se desencadenó la representación mediática de la falsa solidaridad del Estado, convirtiendo todo lo que tocaba en hipocresía y cinismo. La sana respuesta humana que refuerza el sentido de lo colectivo y lo espontáneo, donde cada uno toma libremente la decisión de implicarse y dar lo mejor de sí mismo, que se inspira en definitiva, en los momentos de lucha social, de creatividad de las masas, se trata de presentar como su contrario, como expresión de la “ciudadanía”, que encuadra a cada uno desde el aislamiento, en sus deberes y obligaciones con el Estado. Y así se intenta convertir un movimiento espontáneo que rompe con las imposiciones del totalitarismo estatal y expresa las potencialidades de una nueva sociedad realmente humana, en una reafirmación de las miserias de la sociedad burguesa.

De la misma forma es igualmente asqueroso que se haya intentado etiquetar una iniciativa social que trasciende el corporativismo de la categoría en el trabajo, y la nacionalidad (grande o pequeña), bajo las banderas de la Xunta.

Esta falsa solidaridad, no sólo no transmite una verdadera condolencia ni apoyo a las víctimas y los familiares, sino que los somete a la misma violencia de la explotación capitalista que está en último extremo en el origen del accidente. Pero sobre todo los desmoviliza para poder analizar lo que ha ocurrido y sus causas últimas y para poder luchar contra ello.

Por nuestra parte, con esta toma de posición queremos expresar nuestra más profunda solidaridad con las víctimas del accidente y sus familiares y con el conductor del tren, y contribuir en la medida de nuestras posibilidades, a la lucha para impedir que se repitan accidentes como este, que es la lucha contra el capitalismo.

Acción Proletaria (CCI)

[1] En general, en esa ocasión, los familiares de las víctimas no entraron al trapo del linchamiento del conductor

[2] Adorno, Dialéctica de la ilustración

[3] Siglas de los diferentes sistemas de frenado

[4] Adorno, Óp. Cit.