¿Ha desaparecido el proletariado como sujeto de la historia?

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Lo que publicamos a continuación son extractos de una correspondencia dirigida por uno de nuestros militantes a elementos jóvenes que se inclinan por las posiciones defendidas por Miguel Amorós en su libro Registro de Catástrofes, donde se formulan análisis que ponen en cuestión que el proletariado siga siendo el sujeto histórico de la revolución. Esperamos que nuestros lectores sean comprensivos con las expresiones algo coloquiales de lo que no deja de ser una carta personal, lo que en todo caso subraya el clima abierto y fraternal con el que tratamos de acompañar estas polémicas. Por lo demás el tema nos parece de una gran importancia, y más en el momento actual en que muchos elementos, jóvenes y no tan jóvenes, se indignan con el capitalismo, atisban a ver que conduce a la humanidad a la más completa y absurda de las barbaries y, sin embargo, no encuentran aún en que fuerza social o movimiento históricos confiar para echar el capitalismo al basurero de la historia.

No soy de esos que dice Amorós que ven la historia como un “continuum”, como un bucle inalterable, sino como una cadena en la que se van engarzando eslabones. Cada uno se ancla en el pasado y sirve de apoyo al siguiente, aunque cada uno es diferente, con sus peculiaridades culturales y vivenciales. Así que ¡Salud a las nuevas generaciones de revolucionarios!

Es verdad que esa transmisión requiere, como decía Marx, que “los educadores hayan de ser educados”, o sea que la “vieja generación” admita ver cuestionados sus planteamientos de “toda la vida”. No solo que lo admita, sino que lo valore, pues las aportaciones de la “nueva generación”, aunque sea sólo como preguntas, o señalando insuficiencias y contradicciones de los viejos planteamientos, suponen por eso sólo, una contribución a una comprensión más clara de las condiciones del combate ([1]). Pero si falso es que “todo está escrito”, pero también que “partimos de 0”. La conciencia, política y humana, no se desarrolla por negación sino por superación de lo anterior, es decir tomándolo como referencia, recuperando lo que sigue siendo vigente y separándolo de lo que ya no se corresponde con la realidad o ha quedado invalidado por nuevos descubrimientos. Y eso no se puede hacer “de un plumazo” o a base de frases lapidarias sino a través de un análisis riguroso de hechos materiales. No puede descalificarse la teoría revolucionaria del “pasado” diciendo que con esos planteamientos no se ha hecho aún la revolución. Tampoco se ha logrado la igualdad de hombre y mujer y eso no quita validez a lo que hemos aprendido sobre el papel de la mujer en la evolución de la especie, las repercusiones de la división del trabajo en la opresión sexual, etc.

(…) en el momento actual sí coexisten dos generaciones sucesivas de revolucionarios, que si salvan las barreras de la incomprensión, pueden realizar ese transmisión a través de un proceso vivo de debate, de polémica animada y fraternal, en la que el objetivo no es necesariamente convencer al otro, si no aprovechar lo que el otro puede aportar.

1.- Lo que entiendo que quiere decir Amorós en “Registro de Catástrofes”

Que conste que estoy de acuerdo con muchas de las cosas que señala. Por ejemplo su crítica intransigente a la democracia y al Estado totalitario que esconde. También la honradez con la que constata las insuficiencias de algunas “alternativas” (desde la antiglobalización y el primitivismo hasta la violencia minoritaria y la “propaganda por el hecho”). (…) pero no voy a entrar en ellas porque he concentrado este escrito en lo central de este libro, a saber: que desde los años 90 se ha producido una especie de liquidación social, que, como consecuencia de cambios en la esencia del capitalismo, se producen cambios estructurales: las clases sociales se han disuelto en “las masas” y el proletariado ha dejado de ser el sujeto histórico, es decir alternativa de construcción de una nueva sociedad.

Si entiendo bien lo que quiere decir, Amorós, el epicentro de ese terremoto que altera sustancialmente la estructura social y la historia (pues Amorós no niega que hasta los años 90 el motor de la historia fuese la lucha de clases) es la tecnología, o tal y como él mismo prefiere decir: en la transformación del capitalismo de una sociedad industrial en una sociedad tecnológica. Puesto que esto es una cuestión central en su argumentación, he buscado en el libro una definición más precisa, y lo más concreto que he encontrado ha sido: “La tecnología es la fuerza que impulsa los cambios y provoca las catástrofes. La tecnología no es un conjunto de destrezas, herramientas y máquinas, sino un sistema compuesto por los resultados técnicos de la ciencia aplicada que conforma una segunda naturaleza” (pag. 21). Resulta desde luego abstracto pero entiendo que no se refiere a una determinada tecnología (la circulación de mercancías a todo el mundo, las telecomunicaciones o incluso la informática son efectivamente anteriores a los años 90), sino, un determinado grado de extensión de esa tecnología, tanto geográficamente, como en cuanto a su penetración en la vida de los individuos. Es la conversión en lo que Amorós llama un sistema “global”, de lo que, según explica, se desprende que:

  1. la fuente del valor ya no es el trabajo sino la I+D. La economía depende pues del progreso técnico y se subordina a él. Por la tanto la industria, nicho ecológico del proletariado, pierde su importancia y ambos (industria y clase obrera) tienden a desaparecer.
  2. El motor social ya no es la producción sino el consumo. Las clases sociales basadas en el papel que cumplen en el proceso de producción pierden sentido, y se convierten en masas de consumidores pasivos, complacientemente sometidos ideológicamente al dominio tecnológico.
  3. El proletariado sale derrotado de tales cambios que le privan de su papel de “sujeto histórico”. Hay un sector –el movimiento obrero clásico– que se adapta a ellos a través de la sumisión. Lo que les lleva a movilizarse es el miedo a perder su status de consumidores. Hay otra forma de adaptación –la “rebelde”– protagonizada por los más jóvenes, precarizados, pero que apenas logran movimientos episódicos marcados por el activismo, encerrados en “guetos”.

2. Algunos de los errores que, a mi juicio, comete Amorós

(…) Lo mejor que se puede decir de este trabajo es que está escrito “desde sus tripas”, desde un profundo desencanto que siente una gran parte de la generación de los años 68 por el fiasco en que acabó “nuestro” asalto a los cielos que tan fácil veíamos en el 68 en Francia o en el 76 en España, y que terminó efectivamente agotándose. Otra cosa es analizar el por qué. Uno de los factores a considerar es que a finales de los años 80 se produjo el hundimiento –televisado– de los “países socialistas”, de lo que durante generaciones y generaciones se asumió por muchos obreros como la alternativa a la sociedad capitalista. Este hecho, por cierto, no aparece en el libro, lo que demuestra que Amorós prefiere mirar la realidad con las lentes del localismo y el inmediatismo ([2]), lo que le lleva a una visión distorsionada.

Si, en cambio, se miran las cosas desde un punto de vista histórico, resultan que esos cambios originados por “la elevación de la tecnología a sistema global” no son para tanto. En primer lugar ha habido otras revoluciones tecnológicas en la historia –la “revolución agrícola” hace más de 10 mil años, o la “revolución industrial” hace más de 200– que también supusieron importantes cambios en la vida de los individuos (por ejemplo para la estabilidad de los asentamientos humanos en la primera, o para el abaratamiento de la producción y la circulación de los productos la segunda), y eso no supuso la desaparición de las clases sociales, sino más bien todo lo contrario: la creación de más y más excedentes de los que se apropia una minoría. No voy a entrar aquí a debatir si como dice Amorós, “el progreso tecnológico es siempre opresión”, pero ¿por qué esas “tecnologizaciones” radicales de la vida social no supusieron entonces la transformación de clases en masas ([3]), y la actual sí? (…).

Hoy, con la gravedad de la crisis y los brutales sacrificios que impone a una parte mayoritaria de la población mundial, han tenido que bajar el volumen de los discursos sobre el “capitalismo popular”, los proletarios que se convierten en auto-patronos, o que meten en la especulación inmobiliaria, que ya habrían desaparecido las clases y estábamos en el “final de la Historia”, pero ese “espejismo”, junto a la falsificación de que la única “alternativa” social al capitalismo era la barbarie de Rusia o Corea ([4])… han confundido enormemente a muchos combatientes contra la explotación, cuyos análisis se quedaron en lo formal o lo contingente.

Lo que sucede en los años 80 en todo caso no es un cambio sustancial sino una adaptación del capitalismo mundial ante su imposibilidad de superar su crisis histórica de sobreproducción, que son las crisis típicas del capitalismo. Lo digo así a lo bruto, pero lógicamente esto habría que explicarlo más detalladamente en un debate. Lo que sí quiero decir ahora es que sí se mira desde un punto de vista internacional no puede decirse que en los años 80 haya habido menos industrias. Hay que tener la vista en el propio ombligo, y ser muy “eurocentrista”, para no ver lo que ha significado la proliferación de fábricas e industrias en los “tigres asiáticos” en los años 80 y luego a China. Tampoco puede decirse, mirando eso sí las cosas más allá del entorno inmediato, que haya habido una disminución del número de proletarios. Sólo en China, India… cientos de millones de campesinos abandonaron la agricultura en sus aldeas para irse a trabajar a las fábricas. Y ese proletariado no es explotado empleando la tecnología punta e hiperproductiva por hora trabajada (eso es lo que había en Europa y se desmantelaron esas fábricas), sino en muchos casos a través de una explotación extensiva (baste ver las fábricas textiles de Bangla Desh, segundo proveedor mundial de la industria textil). Pero también en el primer mundo se produce una proletarización creciente. Una de las cosas que muestran por ejemplo las luchas en el sector sanitario, es que la asistencia médica se ha convertido en una enorme factoría. Lo mismo cabe decir de la “investigación” desarrollada por becarios (la beca es una “forma” de salario). En realidad a partir de los años 80 hay una inmensa proletarización de la juventud y en especial de la juventud formada académicamente que pasa a ser mano de obra especializada y precaria y no ya los cuadros directivos de las industrias o los negocios capitalistas. Cuando no forman parte de ese contingente del proletariado que es el “ejército de reserva” de los desempleados que sirve para presionar, contra su voluntad, a la baja las condiciones de vida y trabajo de todos los trabajadores,…

La verdadera raíz del capitalismo, lo que le define no es ni la “producción” o el consumo, así por separado, si no una determinada relación entre producción y consumo. En concreto una producción asociada y una apropiación privada de los frutos de esa producción. En el caso de un Smartphone por poner un ejemplo de los que más tirria dan, ese “artilugio” es el resultado de un trabajo asociado que incluye desde los semi-esclavos de las minas del coltán en África, a los niños que ensamblan el hardware en talleres chinos, y el empleado que prepara el software y que a menudo trabaja en su propia casa en California,… Eso es una diferencia sustancial con la sociedad feudal donde la escala de la producción eran las tierras de un señor o el taller gremial de un maestro particular. En cuanto a la apropiación privada de los resultados de esa explotación, no se basa, a diferencia también de lo que sucedía en la feudalidad, en que el propio explotador se quede con parte o con todo lo producido, sino en convertirlo en mercancías que se vierten a un mercado que es mundial casi desde principios del siglo XX. Ese mercado no está formado por las necesidades de la gente, sino por los compradores “solventes”, entre los que se incluyen los proletarios que cobran un salario para reproducir su fuerza de trabajo. Y esa reproducción incluye “recompensas” o “mecanismos” para compensar o para evadirse de una realidad alienante (lo producido no obedece a las necesidades del productor): el consumismo y las drogas forman, ambas, parte de este maldito circuito.

Y quiéralo o no, Amorós acaba cayendo en esa culpabilización del proletariado, como cómplice “consumista” del capitalismo y por querer someterse a la esclavitud asalariada. También por no haber hecho la revolución. Las dos primeras acusaciones son falsedades. En el capitalismo el hombre, aparentemente, se ha “liberado”. Desde luego ya no está sujeto a un amo, o a un señor feudal. Y también, como decía Engels está “aligerado” de cualquier medio de subsistencia, que no sea su fuerza de trabajo. Es el primer sistema de la historia en que el explotado tiene que ir a buscar al explotador para que lo explote. Eso crea una “apariencia” de que decide “libremente”, cuando en realidad, lo hace forzado por la necesidad de sobrevivir. Lo de que el proletariado no ha hecho la revolución es, en cambio, totalmente cierto. Estaría bien que pudiéramos discutir el por qué (…) ([5]).

3. ¿Dónde llevan los errores de Amorós?

Sinceramente a una mareante madeja de contradicciones. Habla de “misión histórica”, pero al mismo tiempo afirma el final de la historia, puesto que según él a partir de los años 1980, la tecnología ha liquidado la contradicción entre fuerzas productivas y relaciones de producción (base de la lucha de clases y de la sucesión de modos de producción de la historia). Apela con toda energía a dotarse de una comprensión del mundo, de un arma teórica que defiende –y ahí tiene mucha razón– pero al mismo tiempo niega que sirva para mucho, puesto que la historia se ha convertido, según sus propias palabras en “una sucesión de imprevisibles catástrofes”. Crítica rotundamente la “guettización” de las luchas, pero parte de lo más inmediato y local, y defiende como perspectiva: “el establecimiento de zonas de defensa opacas en su interior por parte de los supervivientes rebeldes. Una sociedad dentro de otra…” (pag 26). …

Se queja del activismo, pero su pérdida de referencias en la historia, conduce inevitablemente a irse metiendo en una sucesión empirista de “prueba y error” hasta dar con una lucha en la que reconocerse. Reivindica la necesidad de identificar al enemigo pero no sabemos lo que nos une a los “amigos” ¿Quién está en nuestro lado?, ¿Quién comparte barricada en un momento dado, como los Hermanos Musulmanes en Tahrir? ¿Quién comparte la opresión capitalista con nosotros?, ¿los negros como Obama? ¿las mujeres como Merkel? ¿Con quién nos identificamos? ¿con los explotadores griegos que se quejan de tener que pagarle a los bancos alemanes o con los jóvenes alemanes que protestan por verse condenados a los minijobs”?, ¿con Evo Morales y sus antiguas comunidades aymaras o con los mineros bolivianos que se oponen al aumento del precio de los combustibles? ¿con los independentistas catalanes que aceptan la austeridad para lograr el referéndum? O sea Raza o Clase. Sexo o Clase. Nación o Clase…

Renunciado a la historia y a la perspectiva no sólo no se sabe hacia dónde se navega, sino que no se aprovechan los vientos. Lo afirmo así, aunque estaré encantado de argumentarlo en un debate. Precisamente porque la clase obrera está basada en la asociación, es también una clase internacional e internacionalista, es una clase que puede hacer suyas experiencias que no están en su entorno inmediato. En ese sentido es muy significativo que un debate muy parecido a éste se esté dando con jóvenes franceses, con exsindicalistas brasileros, o maestros en California,…

No aspiro a convencer, ni tirar a nadie del caballo… Si consigo que surjan preguntas, si suscito la curiosidad por conocer más allá de lo inmediato, si impulso que se “refresquen”· con razonamientos nuevos los argumentos que motivan lo que se está haciendo, y, ¡sobre todo! si incito a tener curiosidad a “discutir” con estos tíos, porque puede ser interesante, escribir este texto, me habrá merecido la pena.

Un saludo fraternal

[1] Un ejemplo del pasado: durante todo el siglo XIX, todos los revolucionarios compartían la idea de que la independencia de Polonia favorecería al movimiento obrero. En un Congreso una joven revolucionaria polaca, Rosa Luxemburgo, demostró, en cambio que las condiciones del capitalismo europeo y polaco habían cambiado y que esa consigna ya no tenía sentido. Casi la tachan de “hereje”. Pocos años más tarde ella seguía siendo fiel al internacionalismo y a la revolución, y algunos de los “guardianes de la ortodoxia” traicionaron ese internacionalismo llamando a los obreros alemanes a masacrar a sus hermanos rusos en la Iª Guerra Mundial. Cuando estalló la revolución en Alemania, ellos ordenaron secuestrar y arrojar a un canal a “Rosa la roja”.

[2] Por ejemplo ignora lo que en la Italia de los 70-80 se llamó el Área de la Autonomía, desaprovechando las lecciones de su fracaso que en gran medida adelantaron lo que se vio en los movimientos juveniles de los años 90 en España,.. También su análisis de que el movimiento de los jóvenes franceses de 2006 no es extrapolable a España (que 5 años más tarde vive el 15M),… son otros ejemplos de esta búsqueda de refugio en lo inmediato y lo local ante la incapacidad de encontrar una explicación verdaderamente histórica y mundial.

[3] Amorós dice que “la sociedad de clases nace de la disolución de la sociedad feudal” (pero ¿es que antes no había clases, siervos y amos?), para a continuación pontificar que: “la sociedad de masas nace de la disolución de las clases (afirmación enérgica pero no demostrada), de la integración de la vida cotidiana al mercado”. Pero esa es la esencia del capitalismo desde sus orígenes, y no se entiende por qué Amorós la sitúa a partir de los años 1980. Para justificar esta afirmación, Amorós, trampea la realidad idealizando la vida del proletariado anterior a 1980, como sí en los barrios obreros de Londres del siglo XIX, o en la Rusia de los años 30, en la postguerra tras la IIª Guerra Mundial, el proletariado hubiera podido sustraerse al imperio de la mercancía, a la alienación de sus vidas, a que su actividad productiva dependiera de que engordara o no al capital. Otra cosa es que en los últimos años estemos asistiendo a un aumento de la atomización social, de la degradación de la naturaleza y de la vida humana, pero eso, pienso obedece a la podredumbre de un sistema, no a un cambio de su esencia.

[4] Otro ejemplo de lo que representa para los revolucionarios dejarse llevar por las apariencias y no “ir a la raíz”: desde los años 1920 se va instaurando progresivamente en Rusia un capitalismo de Estado brutal. Sin embargo no hay “capitalistas” tal y como se habían conocido hasta ese momento. Los “buitres” con chistera y frac han sido sustituidos por funcionarios del “Estado proletario”, pero la explotación de los trabajadores, el salario, la dominación de la ley del valor de cambio por encima del valor de uso,…Y sin embargo muchos creyeron ver en ello una sociedad distinta.

[5] Ver una contribución a este debate en Revista Internacional números 103 y 104: ¿Por qué el proletariado no ha acabado con el capitalismo? http://es.internationalism.org/Rint103/01.htm