Sí a la solidaridad entre los explotados, no a la defensa del Estado capitalista

Ver tambien :

Versión para impresiónEnviar por email

A principios del pasado mes de Noviembre se inició el encierro de los trabajadores del Hospital de la Princesa en Madrid, que protestaban contra la “reconversión” de dicho centro en una institución geriátrica. En pocos días esa movilización se extiende a la práctica totalidad de hospitales y consultorios de la Comunidad de Madrid, donde se suceden las huelgas, las concentraciones y también las asambleas en las que participan los trabajadores del sector –de todas las categorías, lo que en este sector es especialmente difícil– pero también los pacientes, los familiares de estos así como trabajadores de otros sectores residentes en las localidades en las que se situaban los distintos centros hospitalarios. En las manifestaciones, muchas de ellas multitudinarias, que han tenido lugar a los largo de estos casi tres meses, se han producido emotivas y estimulantes demostraciones de camaradería y solidaridad que han servido, especialmente, para derrotar las tentativas de división mediante la denigración de los trabajadores sanitarios (calificados por el Gobierno y muchos media de “privilegiados”) o animando la confrontación entre trabajadores y usuarios de la sanidad, culpando a las huelgas de los primeros, de los retrasos en las consultas o las intervenciones quirúrgicas.

Lo que queremos denunciar en este artículo es cómo ese formidable torrente de solidaridad y unidad ha sido prostituido por los partidos de izquierda y los sindicatos, desviándolo al terreno del “ciudadanismo”, confundiendo la lucha de los explotados contra los despidos, los recortes salariales y por prestaciones sociales (al fin y al cabo otra parte del salario) con defensa de la propiedad estatal de los medios de producción; como si la sanidad controlada por el Estado capitalista no sacrificara la salud de la población en aras de los intereses de este sistema de explotación.

La cuestión no es de quién son los recursos sanitarios
sino al servicio de quién se ponen

El detonante del estallido de esta indignación y lucha ha sido el proyecto del Gobierno regional de Madrid para privatizar la gestión de seis hospitales públicos, y 27 áreas de atención primaria, a favor de empresas como Capio o Ribera Salud, participadas por fondos de inversión, especuladores y otras instituciones financieras. Resulta, desde luego, indignante que una minoría se apropie de años de trabajo y sacrificios de muchísimos trabajadores. Pero ese es precisamente el mecanismo del capitalismo,… Se nos quiere hacer creer que por el hecho de que el Estado democrático capitalista sea el propietario de los recursos sanitarios estos se pondrían al “servicio del pueblo”, lo que pretenden es engañarnos vilmente y, sobre todo, hacernos aceptar peores condiciones laborales y peores prestaciones sanitarias para la población.

Décadas sufriendo la pesadilla de los regímenes de capitalismo de Estado, falsamente denominados “socialistas”, han puesto a hechos, como la atención a los damnificados de Chernóbil o los “cuidados” pediátricos en la Rumania de Ceaucescu, entre los hitos más infrahumanos de los cuidados médicos. Y sí, han de llevarse muy pegadas las anteojeras ideológicas para no darse cuenta de que en la Cuba de hoy, la inmensa mayoría de la población no tiene acceso, ni en sueños, a los cuidados de que disfruta el caudillo Chávez.

Y eso no son sólo casos característicos de Estados “totalitarios” o de países atrasados. En los más desarrollados y “democráticos” en los que la imbricación entre capitalistas privados y Estado es más sofisticada, la salud de la población es igualmente sacrificada al interés de los intereses capitalistas, como demuestran el avance de enfermedades debidas al abaratamiento de la alimentación (como la propia obesidad), o al incremento de enfermedades resultantes de la degradación medioambiental y de la propia angustia social de un sistema que no ofrece más que un futuro de barbarie a la humanidad. Y ello por no hablar de los negocios más “directos”, como los auspiciados por la connivencia directa entre las autoridades sanitarias y la industria farmacéutica.

Resulta especialmente repugnante escuchar cómo los políticos de izquierdas se presentan como abanderados de “una sanidad al servicio del pueblo”, cuando han estado directamente implicados en estos tejemanejes. Si el actual gobierno del PP ha aumentado el copago de los medicamentos, ha seguido la vía que le trazó el gobierno del PSOE en 1993 eliminando la financiación de más de 500 medicamentos (el entonces ministro de sanidad era Griñán, hoy precisamente presidente del PSOE). Si hoy entregan recursos sanitarios a empresas como Capio o Sanitas, los gobiernos “socialistas” se arrodillaron antes a los pies de multinacionales, como Glaxo o Sanofi, que promovían lucrativas campañas de vacunación, como la del virus del papiloma humano, a mayor gloria de su cuenta de resultados. Si el Gobierno de la Comunidad de Madrid demuestra estar “pringado” en corruptelas, como la privatización de los servicios de análisis clínicos, el tripartito catalán (PSOE, ERC e IU), no le fue a la zaga durante su mandato, con escándalos como la concesión de servicios de catering o desvío de fondos públicos de investigación médica a compañías privadas. Resulta muy significativo que en comunidades gobernadas en comandita por el PSOE e IU, como son Andalucía y Asturias, y al mismo tiempo que en Madrid, estén teniendo lugar en estos mismos momentos movilizaciones del personal sanitario contra la prolongación de las jornadas laborales y el recorte de las plantillas.

Lo más dañino de esta tendenciosa confusión entre servir a la población y ser propiedad del Estado, es, sin duda, la justificación de los sacrificios. Es muy significativo que el documento “alternativo”, presentado por organizaciones médicas y sindicatos para “mantener” la titularidad pública de los hospitales madrileños, abunde en los mismos patrones del recorte del gasto sanitario mediante “la optimización de personal” (léase reducción de plantillas y movilidad forzosa) y “racionalización del uso de los recursos” (o sea: más demoras en urgencias, consultas de especialistas, cirugía, etc.…). Todo un regalo para los capitalistas; a quienes, sin embargo, la izquierda y los sindicatos nos pedirán aún que aplaudamos como “victoria” sobre el afán de lucro de unos pocos.

Para que la salud no sea un negocio,
debemos acabar con el capitalismo

Al calor de la indignación que genera, en sectores cada vez más amplios de la población, las consecuencias derivadas de un capitalismo en crisis, empieza también a atisbarse una inquietud producto de la necesidad de poner ámbitos de la vida humana a salvo de las garras de las leyes capitalistas. ¿Por qué la cultura es una mercancía más? ¿Por qué debe ser “rentable” la educación? ¿Por qué la salud es objeto de tráfico de las compañías aseguradoras, las farmacéuticas, el Estado,…? En el capitalismo nada escapa a las leyes de la mercancía y de la acumulación. Tampoco la salud. Las prestaciones sanitarias forman parte del coste de reparación y reproducción de la fuerza de trabajo. No se incluyen en la nómina, sino que son “ofrecidas” por el Estado. Por ello, parecen un “derecho ciudadano” pero no son más que un coste parcial de una mercancía llamada “trabajo”.

Lo que inquieta, en última instancia, a los trabajadores del sector sanitario es verse abocados al infierno de la precariedad o el desempleo, a ver disminuidos sus recursos cuando sus familiares y compañeros van a verse abocados a grados cada vez más severos de miseria. Lo que angustia a los usuarios de esa misma sanidad es la reducción de ese salario social (aumentos del coste de medicamentos, copago de otros servicios sanitarios,…) que se suma a la reducción del “otro” salario, al desmantelamiento de la asistencia a los ancianos, a los niños,… Lo que hay en común entre ambos sectores no es una especie de “copropiedad” sobre la sociedad en el capitalismo, sino el verse cada vez más excluidos de cualquier control sobre sus propias vidas, cada vez más sometidas a los designios de un capitalismo empujado, por su propia supervivencia, a sacrificar a la humanidad. Para la humanidad no es posible liberar una esfera cualquiera de su actividad –la salud o la cultura, el arte o el trabajo– del capitalismo, sin liberarlas todas.

Dámaso, 27 de enero