Represión en Valencia: Solidaridad con los indignados, indignación con el Estado democrático

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Se había convocado una inofensiva protesta ante las nuevas Cortes Valencianas. Se pedía que los políticos no fueran corruptos y escucharan a los ciudadanos, se estaba dando fuelle a la ilusión de un Estado "expresión de la voluntad popular".

Este ha respondido de forma harto pedagógica: varios manifestantes fueron golpeados con saña, arrastrados, sometidos a un trato arrogante y brutal. 18 heridos y 5 detenidos. No fueron tratados como "ciudadanos" sino como súbditos.

La noticia provocó una fuerte indignación. Se convocó una manifestación a las 20,15 en el metro Colón, frente a la Subdelegación del Gobierno. Poco a poco se fueron sumando manifestantes, un cortejo venido de la Plaza la Virgen -donde había tenido lugar una concentración sobre el valenciano- se unió a la marcha, provocando grandes aplausos. Improvisadamente se decidió ir al centro policial de Zapadores donde se suponía que estaban los detenidos. El número de manifestantes creció por momentos, los vecinos del barrio de Ruzafa se unían a la marcha o aplaudían desde los balcones. Se gritaba "Libertad a los detenidos", "No nos mires, a ti también te roban". Al llegar al centro de Zapadores la multitud se agrupó en una gran sentada, se gritaba "sin ellos no nos vamos", "si no salen nosotros entramos"... Llegaron noticias de la solidaridad de la Asamblea de Barcelona[1] o la decisión de la acampada madrileña de realizar en apoyo una nueva manifestación ante Las Cortes[2]. En Barcelona se estaba gritando en esos momentos "No más violencia en Santiago y en Valencia" (en Santiago también había tenido lugar una carga policial).

Una hora después, ante la noticia de que los detenidos -que habían sido trasladados a la Ciudad de la Justicia- iban a ser liberados, la manifestación se disolvió, unos centenares se dirigieron a ésta última para esperar su puesta en libertad, lo que tuvo lugar pasadas las 12 de la noche.

De este relato de los acontecimientos podemos sacar algunas conclusiones.

La primera es la fuerza de la solidaridad. No dejar abandonados a los detenidos. No confiar en "el buen criterio de la justicia", tomarlos a cargo, hacerlos nuestros, concebir su vida como propia. La solidaridad a lo largo de la historia ha sido una fuerza vital de las clases explotadas que con la lucha histórica del proletariado es elevada a centro de su combate y pilar de una futura sociedad, la comunidad humana mundial, el comunismo[3]. La solidaridad es destruida por la sociedad capitalista basada en todo lo contrario: la competencia, él todos contra todos, el cada uno a la suya.

Pero junto a la solidaridad se desarrolla una creciente indignación contra el Estado democrático. Las cargas policiales de Madrid y Granada así como el trato inhumano inflingido a los detenidos de Madrid, desataron el 15 M. La cínica y brutal carga policial en Barcelona mostró el verdadero rostro del Estado democrático oculto cotidianamente por la tramoya de "elecciones libres" y "participación ciudadana". La represión del viernes en Valencia y Santiago y la de hoy sábado en Salamanca, lo vuelve a poner en evidencia.

Se hace necesaria la reflexión y el debate: ¿los hechos de Madrid, Granada, Barcelona, Valencia, Salamanca y Santiago, serían "excepciones" producto de excesos o errores? ¿La reforma de la Ley Electoral, las ILP y demás propuestas del "consenso democrático" permitirían acabar con esos desmanes y poner el Estado al servicio del pueblo?

Para responder a estas preguntas hemos de comprender qué es el Estado y a quién sirve. El Estado es en todos los países el órgano de la minoría privilegiada y explotadora, el órgano del Capital. Esta regla general se aplica tanto a los Estados que utilizan el desodorante de la democracia como los que despiden el olor fétido de la dictadura.

El Estado no tiene como cimiento la "participación ciudadana", sino el ejército, la policía, los tribunales, las cárceles, la iglesia, los partidos, sindicatos, patronales etc., es decir, una inmensa telaraña burocrática al servicio del Capital que oprime y chupa la sangre de la mayoría y que se legitima periódicamente con el maquillaje de las elecciones, las consultas populares, los referéndums etc.

Ese "lado oscuro" del Estado, oculto cotidianamente por las luces multicolores de la democracia, aparece claramente con leyes como la reforma de las pensiones, la reforma laboral o las nuevas medidas recién adoptadas por el Gobierno que permite el ERE sin limitaciones y las indemnizaciones de 20 días. O cuando la policía reparte mandobles "para evitar problemas" como eufemísticamente lo llama Rubalcaba. La represión no es patrimonio de tal o cual partido o de tal o cual ideología, es la respuesta necesaria y consciente del Estado cada vez que los intereses de la clase capitalista se ven amenazados o simplemente se trata de reforzarlos y apuntalarlos.

El inmediatismo, la prisa por "hacer propuestas concretas", ha llevado a que un sector importante de las Asambleas -presionado por grupos como DRY[4]- confíe en el espejismo de la "reforma democrática": ley electoral, listas abiertas, iniciativas legislativas populares... Parece el camino fácil, "concreto", pero en realidad lo que hace es reforzar la ilusión de que el Estado se podría mejorar, se podría "poner al servicio de todos", lo cual lleva a romperse la cabeza contra los muros blindados del Estado capitalista y... ¡poner la cabeza para que sus fuerzas represivas nos la rompan!

En las Asambleas se ha hablado mucho de "cambiar esta sociedad", de acabar con este sistema social y económico injusto, se ha expresado la aspiración a un mundo donde no exista la explotación, donde "no seamos mercancías", donde la producción esté al servicio de la vida y no la vida al servicio de la producción, donde exista una comunidad humana mundial sin estados ni fronteras.

Pero ¿cómo llegar a ese objetivo? ¿Valdría la máxima jesuítica de que el "fin justifica los medios"? ¿Se podría cambiar este sistema utilizando los cauces de participación que engañosamente nos ofrece?

Los medios a emplear han de ser coherentes con el fin perseguido. ¡No todo vale! No vale la atomización y el individualismo de las urnas, no vale la delegación de los asuntos en manos de políticos, no vale las turbias maniobras del politiqueo habitual, es decir, no valen los medios habituales del juego democrático. Esos "medios" alejan radicalmente el fin. Los medios que van acercando el objetivo-aunque éste sea todavía lejano- son las Asambleas, la acción colectiva directa en la calle, la solidaridad, la lucha internacional de la clase obrera.

CCI 11-6-11


[1] En Barcelona varios cientos de manifestantes cortaron la Diagonal y los automovilistas les apoyaron haciendo sonar sus cláxones.

[2] El jueves tuvo lugar una contra la reforma laboral

[3] Ver nuestra serie Texto de orientación sobre la confianza y la solidaridad, http://es.internationalism.org/node/2695

[4] Ver nuestro articulo en http://es.internationalism.org/ccionline/2010s/2011_dry