Mayo 68, 20 años después: La maduración de las condiciones para la revolución proletaria

En la serie Mayo de 1968

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Los comentaristas  «oficiales» de la historia y los nostálgicos decepcionados de aquellos años gloriosos del  «movimiento estudiantil»  celebran los 20 años del Mayo francés de acuerdo sobre un punto: las «ilusiones revolucionarias del 68» habrían sido sólo eso: «ilusiones». La realidad de los 20 años  que nos separan de aquella explosión social no sería sino la confirmación del carácter utópico de la idea de la revolución comunista, cuyas condiciones, en lugar de haber ido madurando, no habrían hecho sino alejarse.

Basta, sin embargo, con mirar sin los sucios anteojos de la ideología de la clase dominante para darse cuenta de que la dinámica profunda que ha atravesado estas dos décadas es expresión de una maduración, sin precedentes en la historia, de las condiciones de una revolución comunista mundial.

Nos es imposible aquí tratar con detalle estos 20 años de luchas de clases tan preñados de enseñanzas. Vamos sobre todo a intentar contestar a dos preguntas: ¿Qué fue y significó 1968?,  ¿se han ido desarrollando desde entonces las condiciones de una revolución comunista mundial?

La ruptura de Mayo de 1968

Aunque se desarrollaron en Francia, los acontecimientos de la primavera del 68 tuvieron, tanto por sus raíces como por sus consecuencias, una dimensión internacional. En el mundo entero las relaciones entre las clases empezaban a conocer un profundo cambio. Los acontecimientos no hicieron sino concretar de modo patente el proceso que se estaba desarrollando a escala planetaria, y a tal escala deben ser analizados.

La huelga de masas de 1968 en Francia, al igual que casi todas las grandes e importantes huelgas obreras se este siglo, fue, al principio, totalmente espontánea; no fueron, en absoluto, los sindicatos, quienes lanzaron el movimiento. Muy al contrario, éstos intentaron, en un principio, y en vano, detener por todos los medios a su alcance la movilización en cierne.

En lo inmediato, la movilización encontró al principio un formidable amplificador en la voluntad de responder a la represión brutal con que el Estado trataba las manifestaciones estudiantiles. Contra aquella represión, el 13 de mayo, París vivió una de las mayores manifestaciones de su historia. Luego, en unos cuantos días, por cientos de miles, en todas las ciudades de Francia, todos los sectores de la clase obrera entraron en lucha. Y tan rápidamente, el movimiento de huelga empezó a ser expresión del profundo descontento que estaba madurando en la clase trabajadora. 10 millones de trabajadores paralizaron el aparato productivo del capital francés.

La típica arrogancia de la clase dominante se mudó en sorpresa y desconcierto ante el despliegue de un proletariado que ella pretendía haber sometido y vencido definitivamente.

Tras haber sufrido la sangrienta derrota de aquellas magníficas insurrecciones obreras que habían marcado el final de la primera guerra mundial; tras haber tenido que soportar el triunfo de la contrarrevolución estalinista en Rusia; tras haber tenido que aguantar en los años 30 los efectos de una depresión económica sin poseer ya los medios para hacerles frente; tras haber sufrido una segunda guerra mundial cuyos horrores y barbarie eran apenas imaginables; tras haber soportado 20 años de reconstrucción económica, acompañada de la robotización y atomización de la vida social más inhumana; tras haber vivido cerca de 40 años bajo el control casi militar de los partidos políticos estalinistas, fascistas o democráticos; tras, para colmo, tener que haber oído durante años que se «estaba aburguesando» ; en resumen, tras años y años de aplastamiento, de sumisión y de desorientación, en Mayo de 1968, la clase obrera volvía a entrar por la puerta grande de la historia.

Si la agitación estudiantil que venía desarrollándose en Francia desde el principio de la primavera había quebrantado ya el ambiente social del país, con sus enfrentamientos repetidos con las fuerzas del Estado en barricadas en las que no sólo había estudiantes; si bien había habido ya unas primicias que anunciaban  la cercana tormenta (en las factorías de Sud-Aviation, en Renault-Cleón), la entrada masiva en lucha de la clase obrera acabó por trastornarlo todo. La clase explotada levantaba la cabeza, provocando una sacudida en el orden social hasta sus más profundos cimientos.

«Comités de acción», de fábrica o de barrio, «comités de lucha», «grupos obreros», se formaban por todas partes, reuniendo a los elementos más combativos que querían comprender  y agruparse para actuar con independencia de las estructuras sindicales. Las verdaderas y cabales ideas comunistas volvieron a encontrar en ellos su lugar.

La clase obrera, sin embargo, que fue sin duda la primera sorprendida por la amplitud de su propia fuerza, no estaba, en su conjunto, para plantearse si había que ir hasta el final en una tentativa revolucionaria. Ni mucho menos. La clase obrera estaba dando sus primeros pasos, sin experiencia y todavía llena de ilusiones.

La burguesía, una vez pasados los efectos de la sorpresa, no se quedó de brazos cruzados. Desplegando una cooperación sin falla entre todos sus sectores políticos, desde la derecha hasta la extrema izquierda y desde las fuerzas policíacas de represión  hasta las estructuras sindicales, consiguió recuperar el control de la situación. Y hubo concesiones económicas acordadas con gran ruido de llamamientos a la vuelta al trabajo tras la «victoria de los acuerdos de Grenelle». Hubo anuncios de elecciones con el objetivo evidente de sacar las luchas de la calle y llevar a la gente a votar. Pero hubo sobre todo la conocida combinación entre la represión policíaca y el sabotaje de las luchas desde dentro por los sindicatos y las fuerzas de izquierda del capital.

Desde el principio los sindicatos orientan a los trabajadores hacia la ocupación de las fábricas, pero una ocupación que va a aparecer rápidamente como medio de encerrar a los obreros aislándolos a unos de otros, con el pretexto de «proteger la herramienta de trabajo de los estudiantes provocadores». A todo lo largo del movimiento, los sindicatos se dedican  sin descanso a mantener la dispersión y el encierro de las fuerzas obreras. Los enfrentamientos directos entre obreros y responsables sindicales son frecuentes, a pesar del esfuerzo de éstos por no perder del todo su credibilidad. Tras la firma de los llamados «acuerdos de Grenelle», el responsable del principal sindicato, Georges Seguy ( secretario general de la CGT y miembro del buró político de PCF), que ha ido a la factoría de Renault-Billancourt para hacer votar la aceptación de dichos acuerdos y la vuelta al trabajo, se ve totalmente desaprobado por la asamblea general.

Será necesaria toda la capacidad maniobrera de los sindicatos para conseguir por fin que se vuelva al trabajo. Dos ejemplos concretos resumen lo que fue la labor final de «restablecimiento del orden»: el primero, cuando los sindicatos llaman a la vuelta al trabajo en los diferentes talleres del ferrocarril  y de transportes de la capital, afirmando, y se trataba de una burda mentira, que otros talleres ya lo habían hecho; el segundo, cuando, en Sochaux (Peugeot), en la mayor fábrica de automóviles de Francia, relativamente aislada en el este del país, cuando se producen los violentísimos enfrentamientos provocados por las cargas de la policía   para evacuar la fábrica –dos obreros son asesinados por la policía-, la CGT sabotea materialmente la organización de la resistencia en la fábrica, «para no ceder a la provocación», como decían siempre.

Muchos obreros volvieron al trabajo con la rabia en la garganta. Se rompieron muchos carnés sindicales. Incluso la prensa de derechas escribió elogios sobre el sentido de la responsabilidad de los sindicatos. La burguesía logró restablecer el orden, su orden.

Pero los acontecimientos de 1968 habían conseguido cambiar, de manera irreversible, la situación histórica. 10 millones de obreros, en el corazón del área más industrializada del mundo, habían cerrado una puerta de la historia: la de 40 años de aplastamiento ideológico del proletariado, 40 años de contrarrevolución triunfante. Así se iniciaba un nuevo período histórico.

Mayo del 68 plantea la cuestión de la perspectiva revolucionaria

Hoy, la burguesía ya no habla de 1968 con el odio que inculcaba a sus fuerzas policíacas cuando las barricadas o cuando reprimió la huelga en la factoría de Sochaux. Incluso, en sus medios de comunicación, toma a menudo un tonillo enternecedor para hablar de de las UTOPIAS de los jóvenes de aquel entonces. Mayo del 68 fue un hermoso sueño, pero irrealizable. Entiéndase: el capitalismo es eterno.

Es verdad que en Mayo de 1968, la cuestión de la revolución volvió a ser para millones de personas un tema de debate y reflexión. Cierto es que para una parte de los estudiantes, la revolución estaba al orden del día, inmediatamente. Se quería ¡todo y ya ¡ lo cual, también es verdad, era utópico.

La utopía no era, sin embargo, la idea general de la necesidad y la posibilidad de la revolución -como lo pretende la burguesía-, sino la ilusión de creer que era, hace 20 años, inmediatamente realizable.

Cabe hacer, primero, una salvedad. Para la parte de estudiantes que se reivindicaba de “la revolución” (una pequeña minoría, contrariamente a mucha leyenda que circula por ahí), esa palabra no significaba gran cosa. Antes de 1968, en Francia, como en la mayoría de los países, ya existía una agitación estudiantil. Muchos jóvenes estudiantes se interesaban por las llamadas luchas de liberación nacional de los países menos desarrollados, pues opinaban que no se podía esperar nada del proletariado “tan aburguesado” de los países industrializados; el nuevo ídolo era Che Guevara; muchos creían  en el “socialismo” o en “el carácter obrero” de los regímenes de los países del Este…con sus preferencias, según las corrientes, por China, Cuba, Albania…; cuando la idea de revolución no se identificaba con la del capitalismo de Estado al modo estalinista, se perdía en una artística imprecisión que iba de las elucubraciones autogestionarias hasta las superadas utopías de los socialistas premarxistas; las tonterías de un Marcuse sobre la desaparición de la clase obrera y sobre la naturaleza revolucionaria de capas sociales como los estudiantes se granjeaban un éxito indudable.

Todo eso no quita que, independientemente de las confusiones universitarias, la realidad estaba planteando el problema de la perspectiva revolucionaria. El espectacular retorno de la fuerza del proletariado al ruedo social, el que éste demostrara en la práctica su capacidad para apoderarse del conjunto del aparato productivo social, el que la pesada losa del poder de las clases dominantes perdiera de repente su apariencia de eternidad, de algo inmutable e inevitable, todo eso daba lugar a que la cuestión de la revolución, aunque no fuera tratándola como realizable inmediatamente, volviera a obsesionar las mentes.

«Si se mira más de cerca, se verá siempre que las tareas surgen allí donde las condiciones materiales de su realización ya se han creado o se están creando». (K. MARX, Prólogo a la Crítica de la economía política).

Un nuevo desarrollo de las condiciones de la revolución “estaba creándose” en 1968. El proletariado que había sido capaz de lanzarse en varias ocasiones históricas al asalto revolucionario contra la sociedad de explotación, estaba volviendo y preparándose una vez más para empezar de nuevo. Pero entonces era el principio del proceso.

¿Cuáles son las condiciones de una situación revolucionaria?

Lenin definía las condiciones de una situación revolucionaria diciendo, en sustancia, que se necesitaba que «los de arriba no pudieran seguir gobernando como antes» y «los de abajo no quisieran seguir viviendo como hasta ahora». En efecto, una revolución social trae consigo un cambio de arriba abajo de las relaciones sociales existentes para intentar instaurar otras nuevas. Eso exige la voluntad revolucionaria de las masas, pero también un debilitamiento “objetivo” de las condiciones del poder de la clase dominante. Ahora bien, el poder de esta clase no descansa únicamente en las armas y la represión. (Contrariamente a lo que pretende el anarquismo). Ese poder tiene sus bases, en última instancia en la capacidad de la clase dominante para asegurar el funcionamiento de un modo de producción que permite la subsistencia material de la sociedad. Por lo tanto, no puede haber debilitamiento real del orden establecido sin crisis económica, ya tenga ésta la forma “pura” de la catástrofe económica o la forma “disfrazada” de una guerra.

Esta crisis es también una condición necesaria, aunque no suficiente, para el desarrollo de la voluntad revolucionaria de la clase obrera. La crisis, debido a la agravación de las condiciones de existencia que acarrea, obliga a la clase obrera a reaccionar y a unificarse mundialmente.

A esas condiciones “objetivas”, o sea independientes de la acción de la clase revolucionaria, hay que añadirles evidentemente las que rigen la extensión y la profundidad de la conciencia y la voluntad revolucionarias de dicha clase: liberación de la sumisión a la ideología dominante, asimilación de su propia experiencia histórica, confianza en sí, reapropiación de su programa histórico.

En 1968, esas condiciones estaban empezando a formarse y quedaba mucho para que su desarrollo llegase a su término.

En lo económico, el capitalismo estaba apenas saliendo del periodo de relativa prosperidad de la reconstrucción. La recesión de 1967, aunque ya era expresión del final de una época y del inicio de un nuevo periodo de crisis económica, fue todavía muy floja. El margen de maniobra de la burguesía empezaba otra vez a limitarse rápidamente, pero todavía le quedaban medios para capear los temporales de la máquina económica, aún a costa de manipulaciones económicas de los Estados que no hacían sino preparar nuevas y mayores dificultades en el futuro.

Para la clase obrera mundial, todo eso quedaba plasmado en ilusiones sobre la posibilidad de una nueva prosperidad. El carácter mundial de la crisis económica, que hoy parece tan evidente, no lo era entonces, ni mucho menos. Se creía todavía que las dificultades económicas eran algo nacional y que una mejor gestión de los asuntos públicos bastaría para restablecer la situación. Y en los países menos desarrollados  funcionaba el mito de las llamadas “luchas de liberación nacional”.

El desempleo empezaba a aumentar, con su consiguiente desasosiego, pero sus cotas eran casi todavía las del “pleno empleo”, expresión que se empleaba entonces y que hoy ha caído evidentemente en desuso. En líneas generales, el nivel de vida, aunque ya empezaba a bajar no sufría todavía los bajones violentos que iba a conocer en las dos décadas siguientes. (Véase el artículo dedicado a “20 años de crisis económica”).

La inmadurez general se concretaba también en el grado de autonomía del proletariado respecto a las fuerzas sindicales del capital. Mayo del 68, al igual que todas las luchas de nuestra época, se caracterizó por el aumento de la oposición abierta entre obreros y organizaciones sindicales. En Mayo del 68 como en el 69 en Italia, la lucha obrera se vio a menudo violentamente enfrentada con ellas. Pero también en esto, sólo era el comienzo del proceso. Pese a la creciente desconfianza, seguía habiendo muchas ilusiones sobre la naturaleza de los sindicatos, considerados como “obreros a pesar de todo”.

Pero de lo que más adolecía la generación de proletarios de 1968 era de experiencia de luchas. Por impresionante que fue el despliegue de fuerzas proletarias en Mayo del 68, la clase obrera en su conjunto distaba mucho de comprender lo que de hecho estaba realizando y, menos todavía, ejercer un pleno control sobre ello. En general, su experiencia inmediata se limitaba entonces a las procesiones sindicales, a los entierros del Primero de Mayo, a las huelgas largas y aisladas.

Mayo del 68 distaba mucho de ser una verdadera situación revolucionaria. El conjunto de la clase obrera lo sabía o lo presentía. Y en esas condiciones, de nada servía toda aquella impaciencia de la pequeña burguesía intelectual  en rebeldía que lo quería “todo y ya“ (1).

¿Qué ha aprendido el proletariado en 20 años?

Veinte años de descomposición capitalista

Las condiciones de una situación revolucionaria a nivel mundial no han hecho sino desarrollarse y profundizarse durante los 20 últimos años. Quienes hoy niegan eso, son a menudo los mismos que creían que la revolución era inmediatamente realizable en 1968, y no es por casualidad, pues en ambos casos la relación entre crisis económica y lucha de clases es o ignorada o negada.

La evolución objetiva de la sociedad capitalista durante estos 20 últimos años puede resumirse en un balance tan catastrófico como amenazador. La miseria más espeluznante que la humanidad haya conocido se ha ido extendiendo como una plaga por las zonas menos desarrolladas del planeta pero también, cada día más, por los países centrales; la negación del más mínimo porvenir para una cantidad cada día mayor de desempleados y una agudización despiadada de las condiciones de explotación  para quienes siguen teniendo trabajo; desarrollo permanente de la economía de guerra y agudización de las rivalidades comerciales y militares entre naciones: la evolución de la vida económica y política del capitalismo durante los últimos 20 años ha puesto en evidencia una vez más que la única “salida” en la que desemboca este sistema social decadente es una nueva guerra mundial. Desde la guerra de Vietnam hasta la de Irán-Irak, pasando por la destrucción de Líbano y la guerra de Afganistán, el capitalismo es una amenaza cada día mayor de transformar este planeta en un mar de sangre. (Véase en este número y el anterior el artículo dedicado a la evolución de los conflictos imperialistas). La evolución misma del capitalismo está destruyendo los cimientos en los que se basa el poder de la clase dominante.

Estos años han ido destruyendo muchas ilusiones en las conciencias obreras y han ido afirmando convicciones importantes:

  • el carácter irreversible y mundial de la crisis económica capitalista;
  • la imposibilidad de toda salida “nacional” y el callejón sin salida que son todas las “guerras de liberación nacional”;
  • la imposibilidad de reformar un sistema social que se está descomponiendo en sus propios cimientos;
  • ​la naturaleza capitalista de los países llamados “comunistas”.

Lo que es difícil de percibir no es tanto el desarrollo de la necesidad de la revolución y la conciencia que de esa necesidad adquiere el proletariado. Lo que más cuesta entender a ciertos enfoques superficiales es más bien el desarrollo de la posibilidad de la revolución, gracias a la acumulación de experiencias durante estos 20 años de combates obreros.

20 años de lucha

La lucha de clases durante estos años no ha tenido lugar de manera lineal. Su desarrollo ha sido, al contrario, entrechocado, complejo, con avances y retrocesos, con oleadas sucesivas interrumpidas por periodos de calma y contraofensiva de la burguesía. Si se miran globalmente estos 20 años de luchas a nivel mundial –único plano válido para comprender la dinámica de la lucha proletaria- pueden distinguirse tres grandes oleadas de luchas de la clase.

La primera la abrió mayo de 1968 y se extendió hasta 1974. Durante casi 5 años, en casi todos los países, tanto industrializados como menos desarrollados, del Este y del Oeste, las luchas conocieron un nuevo desarrollo. Desde 1969 en Italia (El otoño caliente) una fuerte oleada de huelgas, durante la cual se multiplicaron los enfrentamientos entre obreros y sindicatos, venía a confirmar que 1968 había sido el inicio de una nueva dinámica internacional de la lucha obrera; el mismo año en Argentina (Córdoba, Rosario), la clase obrera se echaba a la lucha masiva. En 1970, en Polonia, la lucha obrera alcanzaba nuevas cimas: enfrentamientos generalizados por las calles con la milicia; una clase obrera que obligó al gobierno a retroceder. Para los obreros de los países del Este, aquello fue la confirmación de que era posible luchar contra el totalitarismo estatal; para los obreros del mundo entero, el mito del carácter obrero de los países del Este sufría un nuevo golpe. Más tarde, en un contexto internacional de gran combatividad, se producen luchas muy significativas en España (Barcelona 1971), en Bélgica y Gran Bretaña (1972).

A partir de 1972, sin embargo, la movilización obrera va a empezar a menguar a nivel internacional. A pesar de las luchas importantes que lleva acabo la clase obrera en Portugal y España cuando la democratización  de los regímenes políticos (1974-1977), a pesar de la nueva oleada de huelgas de 1976 en Polonia, en general y en particular en Europa Occidental, la movilización obrera se reduce fuertemente.

En 1978, una nueva oleada de luchas obreras estalla a nivel internacional. Más breve que la anterior, se observa entre 1978 y 1980, un nuevo despliegue de fuerzas proletarias, significativo por su simultaneidad internacional. Las huelgas masivas en el sector petrolífero en Irán en 1978, las de los metalúrgicos alemanes y brasileños de 1978 a 1980; las luchas de los mineros de Estados Unidos en 1979 y de los transportes de Nueva York en 1980; las violentas luchas de los siderúrgicos franceses en el 79 o las de los estibadores de Rótterdam ese mismo año; “el invierno de descontento” (1979-80) en Gran Bretaña que desembocó en la gran huelga de los siderúrgicos y acarreó la caída del gobierno laborista; las huelgas en Togliatigrado en la URSS, en 1980, así como las de Corea del Sur en la misma época…Todos esos combates vinieron a confirmar que la calma social de mediados de los 70 sólo había sido provisional.

Luego, en Agosto de 1980, en Polonia, estallaría la lucha obrera más importante desde los años 20. Sacando las lecciones de las experiencias del 70 y del 76, la clase obrera despliega y alcanza un grado extraordinario de combatividad, de organización y de dominio de sus propias fuerzas. Pero esa dinámica va a chocar con dos escollos asesinos: las ilusiones de los trabajadores de los países del Este sobre la “la democracia occidental” y, en particular, sobre el sindicalismo y, en segundo lugar, el marco nacional. Solidarnosc, el nuevo sindicato “democrático”, formado bajo la atenta vigilancia de las fuerzas “democráticas” occidentales, impregnado de -y propagandista activo- de la más insidiosa ideología nacionalista, supo inocular y cultivar sistemáticamente ese veneno. En la realidad de los hechos, el fracaso de la huelga de masas en Polonia que quedó rematado con el golpe de Jaruzelski en diciembre de 1981, planteó abiertamente la cuestión de la responsabilidad del proletariado de los países más centrales y con la mayor experiencia histórica, no sólo en cuanto a la internacionalización de la lucha obrera, sino también en cuanto a su contribución para superar las ilusiones sobre “las democracias occidentales” que pesan en el proletariado de los países del Este.

Después de un periodo de reflujo que internacionalmente se produjo en las luchas obreras tras el final del movimiento en Polonia, una tercera oleada de luchas se inicia a finales de 1983, con la huelga del sector público en Bélgica. En Alemania Occidental, en Hamburgo, es la ocupación de los astilleros. En 1984, Italia vive una potente ola de huelgas contra la desaparición de la escala móvil y que desemboca en una manifestación de un millón de trabajadores en Roma. En Gran Bretaña, fue la gran huelga de los mineros que duró un año y que,  a pesar de lo ejemplar del valor y de la combatividad desplegada, dejó muy patente la ineficacia de las huelgas largas y aisladas en nuestra época. Durante ese mismo año se producen luchas importantes en India, en EEUU, en Túnez y en Marruecos. En 1985 fue la huelga masiva en Dinamarca; varias oleadas de huelgas espontáneas zarandean a ese otro “paraíso socialista” que es Suecia; se producen las primeras grandes huelgas en Japón (ferrocarriles), las huelgas en el área de Sao Paulo, Brasil, en plena transición “democrática”. En Argentina, Bolivia, Sudáfrica, Grecia, Yugoslavia, se viven luchas importantes. El año 1986 es sobre todo el año de la huelga masiva de Bélgica, en la primavera, huelga que paraliza el país, que se extiende por sí misma, pese a la labor contraria de los sindicatos. A finales del 86 y principios del 87, los ferroviarios de Francia despliegan un combate que se caracteriza por los intentos obreros por organizarse fuera de los sindicatos. En la primavera del 87, España conoce una serie de huelgas que se organizan en contra de los planes del gobierno socialista. Luego serán las luchas de los mineros de Sudáfrica, las de los trabajadores de la electricidad en México y una gran oleada de huelgas en Corea del Sur. El año 1987 estará marcado por las luchas de los trabajadores de la enseñanza escolar en Italia, los cuales consiguen organizar fuera y contra los sindicatos. Y, para terminar, la reciente movilización de los trabajadores del Ruhr en Alemania y la reanudación de las huelgas en Gran Bretaña en 1988 (véase el editorial de este número) vienen a confirmar que esta tercera oleada internacional de luchas obreras, que ya dura desde hace 4 años dista mucho de estar terminada, abriendo además perspectivas tanto más importantes por cuanto el capital mundial ha sufrido una nueva agravación de su crisis económica.

¿Qué ha aprendido el proletariado en sus luchas?

La simple comparación entre las características de las luchas de hace 20 años y las de hoy, ya permite darse cuenta de la amplitud de la evolución que se ha ido produciendo en la clase obrera. Su experiencia propia, añadida a la evolución catastrófica del sistema capitalista, le ha ido permitiendo tomar un enfoque mucho más lúcido de la realidad de su combate. Eso se ha plasmado en:

- la pérdida de ilusiones en las fuerzas políticas de la izquierda del capital, y en primer lugar de los   sindicatos, ilusiones que se han ido cambiando en desconfianza y en una hostilidad que no ha hecho sino crecer día tras día.

- el abandono cada vez más evidente de las formas de movilización ineficaces, callejones sin salida en los que los sindicatos tanto han metido y gastado la combatividad obrera, tales como:

  • las jornadas de acción,
  • las manifestaciones-procesión-entierro,
  • las huelgas largas y aisladas…

Pero la experiencia de estos 20 años de lucha no sólo ha dejado en la clase obrera enseñanzas   “negativas” (lo que no hay que hacer), sino también, esa experiencia se ha plasmado en lecciones sobre cómo hay que hacer las cosas:

  • la búsqueda de la extensión de la lucha (Bélgica 1986, en particular)
  • la búsqueda del control de los combates, organizándose en asambleas y comités de huelga elegidos y

 revocables (Francia a finales del 86, Italia 1987, principalmente).

En general, los obreros han utilizado menos la huelga como forma de lucha: cuando el combate se entabla tiende a ser masivo y “la calle”, o sea la acción política cobra cada día más patente la total   incompatibilidad entre los interese obreros y los del orden social dominante.

Durante estos 20 años, lentamente, con altibajos, el proletariado mundial ha ido profundizando su conciencia perdiendo ilusiones, ganando experiencia y determinación.

¿Qué ha aprendido la burguesía?

La burguesía mundial también ha aprendido mucho de estos años. El problema del mantenimiento del orden social se ha vuelto prioritario. La burguesía ha desarrollado numerosos medios de represión: todos los gobiernos del mundo han creado o reforzado, en los últimos 20 años, sus policías “antidisturbios”, han inventado nuevas armas de “guerra civil”, han desarrollado sus policías políticas…Muchos gobiernos han utilizado a fondo la desesperación suicida de pequeños burgueses metidos a terroristas para reforzar el ambiente represivo. En las fábricas, el chantaje del desempleo se ha usado sistemáticamente como medio de represión.

Pero lo mejor ha aprendido la burguesía es a usar las fuerzas políticas y sindicales que trabajan dentro de la clase obrera: sindicatos, partidos “de izquierda”, organizaciones “izquierdistas”. También se ha dedicado a “democratizar” regímenes de algunos países (Portugal, España, en Latinoamérica, Filipinas, Corea del Sur…) no, desde luego, para aliviar el peso de su dictadura, sino para crear órganos sindicales y políticos capaces de completar la labor que el ejército y la policía eran incapaces de hacer solos. En los países de más antigua tradición “democrática”, frente al desgaste de los sindicatos oficiales y de los partidos de izquierda, la burguesía ha echado mano del “sindicalismo de base” o de sus fuerzas “extraparlamentarias” para encarrilar las luchas hacia el terreno sindical y “democrático”. Estamos lejos de la “sorpresa” que produjeron las luchas obreras a finales de los años 60. Pero ese “rearme” de la burguesía no es sino la expresión de la necesidad que tiene de recurrir a medios cada vez más extremos para encarar una situación cada día más difícil  de controlar. Tras ese “reforzamiento” lo que aparece es el hundimiento de las bases reales de su poder.

Hacia enfrentamientos decisivos                   

Para la pequeña burguesía impaciente de los años 60 todo eso es demasiado largo, demasiado difícil, no va ninguna parte. Todo le parece retroceso con relación a los años 60. Para los marxistas, la evolución de estos años no ha hecho sino confirmar lo que ya Marx formuló en el siglo XIX, sobre lo que es la lucha de la única clase de la historia que es a la vez clase explotada y revolucionaria. En el combate revolucionario de la burguesía contra el feudalismo cada victoria se plasmaba en un desarrollo de su poder político  real sobre la sociedad, a expensas de la nobleza; el combate revolucionario del proletariado, en cambio, no va adquiriendo ni acumulando poder en su desarrollo. Mientras el proletariado no haya alcanzado la victoria política final, o sea, la Revolución, sigue siendo una clase explotada, desposeída, reprimida. Por todo eso es por lo que sus luchas aparecen cual eterno volver a empezar.

“Las revoluciones proletarias, en cambio, como las del siglo XIX, se critican a sí mismas, interrumpen a cada instante su propio discurrir, regresan hacia lo que ya parecía cumplido para volver a empezarlo de nuevo, se burlan sin concesiones de las vacilaciones, las debilidades y las miserias de sus primeros intentos; dan la impresión de que derriban al adversario, pero para dejarle que recobre nuevas fuerzas en el suelo y se levante de nuevo con toda su fuerza contra ellas, retroceden una y otra vez ante lo inmenso e infinito de sus propias metas, hasta que se cree una situación que haga imposible toda vuelta atrás, hasta que las circunstancias mismas griten: “Hic Rhodus, hic salta” (2).” ( K. Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte)

Quizá se hable con menos facilidad de revolución hoy en 1988 que en 1968. Pero cuando esa palabra es un grito en una manifestación que denuncia la naturaleza burguesa de los sindicatos en Roma o en una manifestación de desempleados en Bilbao, tiene un sentido mucho más concreto y profundo que en las asambleas enfebrecidas  y llenas de falsas ilusiones de 1968.

1968 fue la afirmación del retorno del objetivo revolucionario. Durante 20 años, las condiciones de su realización no han parado de madurar. El hundimiento del capitalismo en su propio abismo, la situación cada día más insoportable que ese hundimiento crea entre las clases explotadas, la experiencia acumulada por la combatividad obrera, todo eso lleva a la situación de la que Marx hablaba, la situación que “hace imposible toda vuelta atrás”.

R.V.

Notas:

(1)     Para una historia y un análisis revolucionarios de los acontecimientos de Mayo del 68, recomendamos el libro: Mai 68 et la question de la révolution, de P. Hempel (c/o Librairie “La Boulangerie”, 67, rue de Bagneux, 92000 Montrouge, Francia).

 (2) Esa frase está sacada de una leyenda griega: un presuntuoso recorría las ciudades del mediterráneo diciendo que era capaz de  saltar por encima del Coloso de Rodas, hasta que un día se encontró en la isla y le dijeron: “ En Rodas estás, aquí es donde    debes saltar”.