Debate sobre las revueltas en Francia

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El compañero Gus ha contribuido al Foro con un texto del grupo CRCI, de orientación trotskista, sobre las revueltas sociales que se han producido en Francia.

La compañera Kharma y los compañeros Ulrike y Prema han respondido de una manera muy seria, con argumentos que compartimos en gran medida. Son compañeros que no son miembros de la CCI y que, como es el caso de Ulrike, discrepan de nosotros en la cuestión de los Estados Unidos de Europa (sobre la que podríamos volver en el Foro). Pero ello no obsta para que compartan con nosotros en la defensa de posiciones proletarias y un método de análisis marxista de lo ocurrido.

Los acontecimientos de Francia y la respuesta que plantea el compañero Gus nos llevan a abordar dos cuestiones que nos parecen esenciales:

1ª ¿Todo movimiento social, sea cual sea su naturaleza, puede contribuir a la lucha revolucionaria contra el capitalismo?

2ª ¿Constituyen las revueltas de Francia un paso adelante en el desarrollo de la lucha proletaria o son, más bien, un obstáculo a su maduración y avance?

Lo que refuerza y lo que no refuerza la lucha revolucionaria del proletariado

La tesis central del documento del CRCI sobre las revueltas de Francia puede resumirse así:“La violencia de la insurrección de la juventud francesa no tiene, es cierto, el carácter de una violencia revolucionaria contra el Estado capitalista, ni el nivel de una lucha de clase del proletariado contra el capital. Es la violencia masiva de una juventud lumpenizada por el capitalismo. Se dirige contra las instituciones del Estado, como las comisarías, la policía y las municipalidades, pero también lo hace contra los bienes de otros trabajadores y vecinos o contra bienes comunitarios. Pero la tarea de los obreros luchadores y concientes no puede reducirse a caracterizar esta violencia contradictoria, a condenarla en abstracto o a darla derrotada por anticipado. La tarea de los obreros con conciencia de clase debe ser orientar esta revuelta hacia una perspectiva revolucionaria, en primer lugar interviniendo ellos mismos en la crisis con una posición política clara y una consigna precisa. No se trata de emitir un juicio sobre la juventud sino de llevarla, por medio de la acción, a una lucha eficaz, o sea decisiva”

¿Cómo puede conseguirse que una violencia masiva de una juventud lumpenizada por el capitalismo, que no tiene el carácter de una violencia revolucionaria contra el Estado capitalista ni alcanza el nivel de una lucha de clase del proletariado contra el capital se transforme en algo que se integra en una perspectiva revolucionaria? ¿Cómo es posible que se pueda llevar a una lucha eficaz a un movimiento que se dirige contra los bienes de otros trabajadores y vecinos o contra bienes comunitarios?

Semejante transmutación pertenece a una categoría de milagros muy superiores a los que la Iglesia Católica suele atribuir a su múltiple legión de santos. Nosotros, sin embargo, no creemos en los milagros, nos limitamos a creer en la lucha independiente del proletariado y desde esa perspectiva intentamos analizar los acontecimientos y contribuir con nuestra intervención al desarrollo de una perspectiva revolucionaria.

El CRCI, como otros grupos trotskistas, insiste una y otra vez en que lo importante es el “movimiento”, en que todo lo que “subvierta el orden establecido”, todo lo que signifique protesta o revuelta, constituye inmediatamente un eslabón en la lucha contra el capitalismo. Tan sólo le exigen como condición el que sea orientado con una posición política clara y una consigna precisa. Esto sería la varita mágica cuyo toque providencial convertiría a la juventud lumpenizada por el capitalismo en un poderoso agente de lucha contra él.

El compañero Prema señala justamente:“No es propio del proletariado aplaudir la violencia sólo porque sí, ni simplemente "hacerse parte de la insurrección" solo porque se ve que hay violencia. Importan las formas y también el contenido de las luchas. Es falso aquel axioma que pregona que "todas las luchas son válidas" y que la revolución sería la suma de múltiples luchas, así nada más, sin programa, sin principios, sin conciencia de clase...”. No todos los movimientos sociales contribuyen a la lucha contra el capitalismo. Hay movimientos que, por el contrario, aunque su origen no venga de una provocación o instigación del capital, pueden ser aprovechados por éste para reforzarse y marcar puntos contra el proletariado, contra su conciencia o su unidad. Un movimiento no es proletario por que esté compuesto mayoritariamente por obreros, ni porque cree “problemas” al capitalismo, ni porque sea muy violento o se levante contra injusticias patentes. Esas consideraciones sobre conceptos abstractos tales como la “violencia”, la “radicalidad”, la “oposición”, la “masividad” etc., eluden la cuestión esencial, el único criterio válido a la hora de analizar un movimiento y apoyarlo: ¿desarrolla y refuerza la unidad, la conciencia, la autonomía de clase, del proletariado? ¿Se sitúa aunque sea de forma elemental en su terreno de clase?

Se nos quiere apartar de ese criterio crucial acusándonos de “ver las cosas desde el balcón”, “mirar hacia otro lado”, “emitir juicios de valor”, “ser teóricos de salón” etc. Estas imprecaciones no nos impresionan. Acción no es lo mismo que activismo. Práctica no es igual a pragmatismo. Ser concretos no significa empirismo. Dar respuestas inmediatas a las situaciones no es equivalente a caer en el inmediatismo.

Los medios, las armas, la lógica de la lucha obrera, no tienen nada que ver con los medios, las armas, la lógica, de la clase burguesa. Para el proletariado y, por tanto, para la lucha por el comunismo no vale todo. Sí el proletariado internacional arrastra todavía enormes dificultades, si le queda aún un largo camino por recorrer es precisamente porque durante años sus mejores fuerzas han sido desviadas por fuerzas capitalistas al terreno pantanoso de “ir a lo práctico”, de dejar los principios a un lado como cosa de “teóricos”, de “lo primero es la acción” etc. Ulrike constata justamente que “corremos el riesgo de cometer errores de este tipo muy especialmente cuando la "realidad inmediata" se convierte en criterio absoluto para la práctica política, sustituyendo, así, a la Teoría Revolucionaria. Esto trae como resultado el que podemos ir más rápidos con nuestras suposiciones y "buenos deseos" que con el pensamiento o que con el conocimiento de la Memoria Histórica del proletariado”.

Cuando luchaba contra el feudalismo y era todavía una clase revolucionaria, la burguesía podía aprovechar cualquier lucha y ganar toda clase de aliados para su causa pues era una clase explotadora que no aspiraba a abolir la explotación sino a instaurar una nueva forma de explotación. Pero nada de eso es práctico para el proletariado. Este no posee ningún poder económico en la sociedad capitalista ni tiene como objetivo establecer una nueva explotación sino abolirla en todas sus formas. Por ello sus armas son la unidad, la conciencia, la auto-organización y la autonomía política de clase. Armas que se adquieren en la lucha ciertamente pero no en todas las luchas.

El peligro del enfrentamiento entre obreros

Es propio de la más ridícula superficialidad, del papanatismo más lamentable, el esperar de los movimientos de protesta que se han dado en Francia una contribución a la lucha revolucionaria contra el capitalismo. Estos actos no han sido provocados por la burguesía (aunque, desde luego, las brutales admoniciones de Monsieur Sarkozy, un individuo de inocultable cara de mafioso, han echado leña al fuego) pero no pertenecen ni de cerca ni de lejos a la lucha de la clase obrera sino que van directamente contra ella.

Las acciones que hemos visto en Francia estaban mayoritariamente inspiradas por la desesperación, por la falta de perspectivas, por un odio ciego e impotente. En cambio, la lucha obrera se basa en un mínimo de confianza en el porvenir, en un sentimiento de indignación contra la barbarie y el sufrimiento que causa el capitalismo. Como muy bien defiende Ulrike “aunque el sistema pueda generar resentimiento social y odio, estos conceptos no forman parte de la razón revolucionaria y es un error fundamentar en ellos las expectativas de lucha”.

Los activistas del “todo vale” confunden odio con indignación y desesperación con acción consciente. Mientras la indignación es un sentimiento positivo que alimenta la combatividad y la firmeza contra la explotación capitalista y su barbarie, el odio es un sentimiento puramente negativo que únicamente alimenta un ansia de destrucción total, caiga quien caiga. Mientras la desesperación puede provocar acciones brutales que no van a ninguna parte, la acción consciente logra desarrollar la lucha, a través de la crítica y la superación de los errores, hacia el combate revolucionario. Para los activistas todo sonido es un sonido, distinguir entre el gruñido de un cerdo y el canto de un jilguero es un ejercicio intelectual que sobrepasa de lejos sus ofuscadas entendederas.

Llama la atención el carácter minoritario y la forma de acciones comando dirigidas esencialmente a la quema de coches aparcados. Los choques con la policía pese al justificado odio que se le tiene por su insoportable y estudiada arrogancia, han sido relativamente limitados. Apenas ha habido movimientos de masas sino una suma heteróclita de acciones nocturnas realizadas por pequeños grupos.

Todo esto contrasta radicalmente con la lucha del proletariado. Esta es una lucha valiente, a cara descubierta, realizada masivamente, que afirma su fuerza a plena luz del día, sin picarescas nocturnas de pequeñas triquiñuelas de “guerrilla urbana”. Que muestra claramente sus objetivos y levanta ante toda la sociedad su propia bandera de lucha. Y aunque no busca ciegamente el choque frontal con el enemigo de clase no lo rehuye y se consagra pacientemente a prepararlo.

Pero sobre todo, en los movimientos en Francia hay un aspecto muy peligroso: el enfrentamiento dentro de las propias filas de la clase obrera. Lo principal de la violencia de estos jóvenes se ha dirigido contra otros obreros, compañeros de sus sufrimientos, de sus dudas acerca del porvenir que ofrece el capitalismo. Se han quemado los coches de sus hermanos de clase, se ha atacado a los bomberos, se ha rociado con gasolina o apedreado autobuses donde viajaban sus propios vecinos. Las revueltas de los campesinos en la Edad Media eran movimientos desesperados, sin embargo, se dirigían claramente contra los señores, asaltaban sus castillos, saqueaban sus ostentosos bienes… Un sector de la juventud, lumpenizada por la evolución actual del capitalismo, no ha ido a los Campos Elíseo, ni a las lujosas mansiones del Bois de Boulogne, sino que se ha cebado una y otra vez sobre sus propios vecinos de los barrios más miserables. Como muy bien señala Prema “La destrucción del capital no es la destrucción de automóviles de los mismos trabajadores y empleados que falsamente podrían ser identificados como la "propiedad privada".

La violencia de la clase obrera tiene como destinatario el capital y su Estado, jamás las propias filas del proletariado. La represión de Krondstadt en 1921 aceleró la degeneración de los bolcheviques y la derrota de la revolución rusa porque instauró la violencia dentro de las filas de la clase obrera.

Si jóvenes hijos de obreros se han dirigido contra sus hermanos de clase y han hecho de ello el santo y seña del “movimiento” es porque un fenómeno que se desarrolla dentro del capitalismo tiende a contaminar y debilitar a sectores de la propia clase obrera: la descomposición social de este sistema cada vez más podrido.

En unas Tesis sobre la Descomposición, escritas en 1990, preveíamos este peligro: “En realidad, hay que ser de lo más clarividente sobre el peligro que significa la descomposición en la capacidad del proletariado para ponerse a la altura de su tarea histórica. Del mismo modo que el estallido de la guerra imperialista en el corazón del mundo "civilizado" fue una "sangría que podía acabar por agotar mortalmente al movimiento obrero europeo", que "amenazaba con enterrar las perspectivas del socialismo bajo las ruinas amontonadas por la barbarie imperialista", "segando en los campos de batalla (...) a las mejores fuerzas (...) del socialismo internacional, las tropas de vanguardia del proletariado mundial entero" (Rosa Luxemburg, La Crisis de la socialdemocracia), la descomposición de la sociedad, que no hará sino agravarse, puede también segar, en los años venideros, las mejores fuerzas del proletariado, comprometiendo definitivamente la perspectiva del comunismo”.

Este pudrimiento de la sociedad, este derrumbe de sus mecanismos sociales más elementales, esta ausencia generalizada de perspectivas, contamina a todas las clases sociales, a la propia burguesía –en cuyas filas la corrupción, un vicio que siempre la ha acompañado, da un salto cualitativo en los últimos 20 años-, a la pequeña burguesía, pero también infecta a partes del proletariado con mayor o menor intensidad.

Particularmente, señalábamos que “uno de los factores que está agravando esa situación es evidentemente, que una gran proporción de jóvenes generaciones obreras está recibiendo en pleno rostro el latigazo del desempleo, incluso antes de que muchos hayan podido tener ocasión, en los lugares de producción, junto con los compañeros de trabajo y lucha, de hacer la experiencia de una vida colectiva de clase. De hecho, el desempleo, resultado directo de la crisis económica, aunque en sí no es una expresión de la descomposición, acaba teniendo, en esta fase particular de la decadencia, consecuencias que lo transforman es aspecto singular de la descomposición. Aunque en general sirve para poner al desnudo la incapacidad del capitalismo para asegurar un futuro a los proletarios, también es, hoy, un poderoso factor de "lumpenización" de ciertos sectores de la clase obrera, sobre todo entre los más jóvenes, lo que debilita de otro tanto las capacidades políticas actuales y futuras de ella, lo cual ha implicado, a lo largo de los años 80, que han conocido un aumento considerable del desempleo, una ausencia de movimientos significativos o de intentos reales de organización por parte de obreros sin empleo”.

Esa lumpenización ha incidido duramente en sectores jóvenes de la clase y les ha llevado a una lucha no sólo desesperada sino en gran medida suicida y autodestructiva.

¿Quiere eso decir que habría que caer en el fatalismo y la desesperación abrumados por estos acontecimientos negativos? La clase obrera tiene los medios para combatir esa situación pues, como señalábamos en dichas Tesis “Los diferentes factores que son la fuerza del proletariado chocan directamente con las diferentes facetas de la descomposición ideológica del capitalismo:

-la acción colectiva, la solidaridad, encuentran frente a ellas la atomización, el "sálvese quién pueda", el "arreglárselas por su cuenta" ;

-la necesidad de organización choca contra la descomposición social, la dislocación de las relaciones en que se basa cualquier vida en sociedad ;

- la confianza en el porvenir y en sus propias fuerzas se ve minada constantemente por la desesperanza general que invade la sociedad, el nihilismo, el "no future" ;

-la conciencia, la clarividencia, la coherencia y unidad de pensamiento, el gusto por la teoría, deben abrirse un difícil camino en medio de la huida hacia quimeras, drogas, sectas, misticismos, rechazo de la reflexión y destrucción del pensamiento que están definiendo a nuestra época”

Sí hemos polemizado enérgicamente contra la exaltación beata del “movimiento”, sí animamos a los compañeros que han tomado posición contra ello, es precisamente porque somos conscientes de que en la clase obrera actualmente tiene lugar un desarrollo de su conciencia y, muy penosamente, de sus luchas, que van en el sentido de generar anticuerpos contra la penetración de la descomposición capitalista en las propias filas obreras.

Sentimos una solidaridad profunda hacia esos jóvenes hijos de obreros que se han perdido en un movimiento suicida, destructivo y sin futuro. Pero “solidaridad” no consiste en aplaudir una forma de lucha que lleva hacia el abismo. La solidaridad incluye necesariamente una crítica dura. Esos jóvenes no son ni mucho menos enemigos de su clase. Podrán ser recuperados para la lucha con el desarrollo general de ésta y con la extensión de las posiciones revolucionarias, el debate, la crítica y la autocrítica.

Manifestamos una enérgica indignación contra la violencia policial del Estado capitalista, contra sus provocaciones canallas. Denunciamos con vigor la utilización que hace de los acontecimientos para ir colando medidas como el toque de queda cuyas verdaderos destinatarios son los obreros en lucha y sus minorías revolucionarias. Sin embargo, nada de eso nos puede llevar a cerrar filas ciegamente con una protesta cuya base misma puede ser aprovechada a placer por el Capital. Como señala Ulrike “Aquellos conflictos que de alguna manera contribuyen objetivamente al reforzamiento de la dominación del capital deben ser cuestionados en sentido revolucionario”.

La clase obrera va a cometer muchos errores, va a sufrir numerosas derrotas parciales. Todo ello será una contribución a su lucha revolucionaria si saca lecciones de ellos, si es capaz de una autocrítica dura que vaya al fondo de los problemas y que le permita profundizar y extender sus posiciones revolucionarias.

Ante los acontecimientos en Francia la respuesta no está ni en la exaltación ciega del “movimiento” ni en la desesperación ante la dureza del camino, la respuesta está en el análisis crítico, en la profundización en los principios políticos del proletariado, en el desarrollo de su teoría revolucionaria. Ni reír, ni llorar, ¡Comprender!

Corriente Comunista Internacional 20-11-05