Huracán Katrina: El capitalismo conduce la humanidad al desastre

Versión para impresiónEnviar por email Como ya sucediera en el terremoto de Bam que ocasionó la muerte de decenas de miles de personas en Irán hace un par de años; como en el Tsunami que el pasado Diciembre segó la vida de cientos de miles de seres humanos en la región del Océano Indico; hoy de nuevo, en Nueva Orleans, en Mississippi y en Alabama, el sistema capitalista ha hecho de un desastre natural un verdadero desastre social.

Las espeluznantes escenas que hemos visto en Estados Unidos lo han dejado más claro que nunca. Aquí ya no sirven las manidas y vagas “explicaciones” del subdesarrollo y la pobreza debida a la “globalización”. Esta catástrofe, cuya magnitud en muertos y estragos ocasionados es aún incalculable, ha ocurrido en el país más rico y más poderoso de la Tierra. Se demuestra con ello que el orden social actual, pese a todos sus recursos materiales y tecnológicos, no lleva a la humanidad más que a la ruina.

Punto por punto, el desastre desencadenado por el huracán Katrina supone una imputación de culpabilidad del  capitalismo y de la sociedad dividida en clases.

ðPor los orígenes mismos del desastre. La catástrofe que prácticamente ha arrasado la ciudad de Nueva Orleáns - un exponente incomparable de lo mejor de la cultura americana -, estaba anunciada desde hace ya mucho tiempo. Un estudio medioambiental que se realizó sobre la destrucción de los pantanos que rodean a Nueva Orleans, y que podrían haberla protegido de las inundaciones que la han anegado, concluía que esta ciudad podría ser devastada por un huracán “normal”, no digamos pues de uno de “fuerza cinco”. En el año 2003, el gobierno norteamericano dio marcha atrás en su política de “protección” de los humedales, abriendo en cambio la puerta a un desarrollo masivo y frenético del negocio de la construcción. Se había alertado también del estado deplorable en que se encontraban los diques que protegían a la ciudad. También se hicieron estudios sobre esto pero, una vez más, el Estado tenía otras prioridades. Como informó un periódico de Nueva Orleáns, el Times Picayune, el 2 de Septiembre: «Este segundo estudio tardó cuatro años en completarse y costó 4 millones de dólares. Asimismo indicó que se propuso una inversión de 300 mil $ del presupuesto federal para el año fiscal 2005, y que el estado (Luisiana) se comprometió a aportar una cifra similar. Pero el coste de la guerra de Irak obligó a la administración Bush a ordenar a la oficina del distrito de Nueva Orleáns que no se pusiese en marcha ningún nuevo estudio, y el presupuesto de 2005 tampoco incluyó la asignación necesaria».

Y esto sin entrar en la cuestión del calentamiento global de la Tierra. Está más que demostrada la relación que existe entre la elevación de la temperatura de los océanos – resultante de la imperiosa necesidad capitalista de un desbocado “crecimiento económico” -, y la creciente alteración climática que sufre el conjunto del planeta. El gobierno norteamericano se niega incluso a reconocer que este problema siquiera existe, no digamos pues de tomar medidas para hacerle frente.

ðPor el fiasco de la “evacuación” antes del huracán. Se ha puesto de manifiesto la completa falta de planificación y la ausencia de recursos con los que atender a los sectores más pobres y más vulnerables de la sociedad. Todo lo que, tanto las autoridades locales como las nacionales, hicieron frente al huracán que se avecinaba fue decirle a la gente que escapara como pudiera. No se ofreció solución alguna a los pobres de Nueva Orleáns y del resto de la zona, que no podían salir de la ciudad al carecer de suficientes vehículos o del dinero necesario para un billete de tren o de autobús. Más aún: los hospitales y los asilos de ancianos quedaron abandonados a su suerte. Las imágenes de pacientes ancianos muriendo a la intemperie, rodeados de gente que apenas podían socorrerlos, han sido de las más desgarradoras de la catástrofe. Este es el precio de ser viejo y pobre en el siglo XXI.

ðPor la pantomima de “rescate” tras el huracán. Quienes quedaron abandonados en la ciudad han sufrido, día tras día, condiciones verdaderamente infernales en las calles, entre los escombros, en el Superdome donde se les dijo que encontrarían refugio; sin alimentos, sin agua, sin poder protegerse de un calor asfixiante, careciendo de asistencia sanitaria y medicamentos básicos. Mientras tanto las “superpoderosas autoridades” norteamericanas decían que eran incapaces de llegar a ellos ni por tierra, ni por mar,... La propia administración ha calificado de “inaceptable” este retraso pero sin dar más explicaciones. Una vez más se ha visto que la pertenencia a una u otra clase social es determinante para la supervivencia. Comparemos si no, las condiciones que sufrían los refugiados hacinados en el Superdome, y las del grupo de privilegiados hospedado en el Hotel Hyatt: «Gordon Russell, del Times Picayune, ha subrayado que estas infernales condiciones (se refiere a las del Superdome), “contrastan mucho con las de quienes estaban en zona de acceso restringido en Nueva Orleans Centre y en el Hotel Hyatt, donde los que podían acceder a ella disfrutaban de un relativo confort”. Un destacamento de la policía del estado, armada con fusiles de asalto, ahuyentaba de la entrada de estas instalaciones a muchedumbres de refugiados carentes de alojamiento». Y cuando se empezó la evacuación, estos mismos policías se encargaron de que tales VIP’s tuvieran preferencia sobre el resto de supervivientes. Resulta, además, que muchos de ellos eran altos cargos del Ayuntamiento presidido por Ray Nagin.

No se vio en cambio esa misma generosidad cuando llegó la hora de evacuar el Superdome. Según la web World Socialist: «Mientras Bush hacía su “tournée”, el numero de fallecidos en Nueva Orleáns continuaba aumentando. La evacuación en masa del Superdome de Luisiana, el mayor refugio de emergencia de los desplazados, empezó tras la llegada de un gran convoy de la Guardia Nacional que escoltaba camiones con alimentos, agua y cientos de autobuses. Pero esos autobuses dejaban a los refugiados sólo unas pocas millas más lejos, en un nudo de pasos elevados de la autopista interestatal 10, donde se hacinaban miles de personas sin techo y bajo un sol abrasador. Se ha informado de la muerte de al menos seis refugiados en ese nudo de la autopista» (03.09.2005).

ðPor las futuras consecuencias económicas y ecológicas de este desastre. Ahora se habla mucho de la “reconstrucción” de esta región (con una superficie equivalente a la mitad de España, y una de las zonas más pobres de Estados Unidos), pero los USA se adentraban, ya antes incluso del huracán, en una crisis económica abierta, y esta catástrofe anuncia un mayor empeoramiento de esa perspectiva. Basta ver el alza de los precios del petróleo resultante del impacto del huracán sobre el suministro de crudo, y los estragos causados tanto en las infraestructuras de producción (destrucción de 30 plataformas petrolíferas, desamarre de 20 más de ellas), como sobre la red de refinerías. Esta situación ha reportado sin embargo fulgurantes ganancias a las compañías petrolíferas cuya cotización se disparó desde el día siguiente al huracán. Pero los efectos a más largo plazo de esta alza de los precios del petróleo sobre el conjunto de la economía mundial, son algo que preocupa ya a los propios expertos económicos de la burguesía.

El huracán Katrina conlleva también futuras amenazas a la ecología. Toda esa zona costera ya era conocida antes incluso del ciclón como “la aliada del cáncer”, debido a la elevada concentración de industrias químicas y de refinerías. A esto hay que añadir ahora los efectos del huracán que puede hacer que zonas enteras de Nueva Orleáns y alrededores queden inhabitables. Los analistas comentan la presencia de un “brebaje infecto” de residuos tóxicos arrastrados por la inundación, que incrementa notablemente el riesgo de enfermedades para los supervivientes atrapados en la región.

ðPor desviar recursos sociales hacia la guerra. Las víctimas se preguntan una y otra vez: si Estados Unidos pueden enviar tropas a miles de millas de allí ¿por qué no pueden enviarlas para socorrer a otros norteamericanos? La prioridad que se otorga a la guerra por encima de la protección de la vida de las personas, se pone de manifiesto en el hecho de que los fondos destinados a la aventura en Irak se detrajeron del presupuesto necesario para mejorar la protección de Nueva Orleáns, y que muchos recursos humanos y de equipamiento de la Guardia Nacional también fueron desviados hacia Irak, lo que explica, en parte, la lentitud de las operaciones de rescate.

ðPor anteponer la propiedad privada a la vida. Y ¿cuántas de las tropas disponibles fueron enviadas para restaurar “la ley y el orden” en lugar de proporcionar ayuda a los que la necesitaban? Las fuerzas de represión llegaron desde luego mucho antes que las de socorro. Llegaron además acompañadas de una enorme campaña propagandística sobre los saqueos, los tiroteos y las violaciones. Es cierto que bandas criminales trataron de aprovecharse de la situación. Tampoco puede negarse que la desesperación ha podido empujar a algunos a cometer actos irracionales y destructivos. Pero el cinismo de la clase dominante se ha superado a sí mismo con esta terrible campaña mediática que busca desviar las miradas del absoluto fracaso del Estado, centrando en cambio la atención en los desesperados intentos por sobrevivir en las ruinas de Nueva Orleáns. Ahora resulta que son las víctimas quienes tienen la culpa de sus propios sufrimientos. Así la clase dominante encuentra la coartada adecuada para dedicarse a “cercar” Nueva Orleáns y posponer las operaciones de rescate; para enviar fusiles, vehículos artillados y tropas, en vez de alimentos y agua.

La verdad es que la mayoría de los “saqueadores” eran en realidad personas normales y corrientes, que trataban de evitar morir de hambre y de absoluta miseria cogiendo lo que podían de almacenes abandonados, y que, en muchos casos, compartían desinteresadamente lo que conseguían. Páginas web que han recogido testimonios de gentes en el lugar de la tragedia relatan innumerables actos de una elemental solidaridad humana, por parte de quienes habiéndolo perdido todo, ayudaron sin embargo a aquellos ancianos, enfermos, o heridos, que estaban  aún peor que ellos. Y si el impacto de la catástrofe hacía cundir el caos, hemos visto también auténticos esfuerzos de la gente intentando organizar improvisadamente la ayuda en el escenario mismo de desastre. En la TV se han visto imágenes de “saqueadores” repartiendo comida. Un grupo de médicos que asistían a una conferencia sobre SIDA organizó una clínica en una de las áreas afectadas. En los hospitales los trabajadores sanitarios han tratado de mantener la asistencia en unas condiciones verdaderamente terribles. Se ha podido comprobar, una vez más, que mientras la clase dominante sólo “ofrece” represión y vulgares patrañas; los trabajadores y los desposeídos han sido quienes han antepuesto la solidaridad con quienes sufrían, a su propia seguridad.

El problema no es sólo Bush

Tanto dentro como fuera de Norteamérica  se han cargado las tintas sobre la responsabilidad de Bush y sus compinches, por sus discursos rezumantes de ineptitud, sus gestos vacuos, su lenta y tardía respuesta ante el desastre. La nueva crisis supone, desde luego, un contratiempo más para una Administración que ya se encontraba en sus cotas más bajas de popularidad. Pero quedarse en una especie de “anti-Bushismo” supone una visión totalmente superficial y puede ser recuperada tanto por otros partidos políticos en Estados Unidos,  como por los rivales imperialistas de éstos. Los desmanes de los actuales gerifaltes de la Casa Blanca – su incompetencia y su corrupción, su irracionalidad y su crueldad – son sólo un pálido reflejo de la realidad de fondo del capitalismo norteamericano en su conjunto: una superpotencia en declive que preside un “orden mundial” que se enfanga cada vez más en el caos. Y esta situación expresa, a su vez, la fase terminal de la decadencia del capitalismo como sistema social imperante en el planeta. Vivimos bajo un modo de producción cuya continuidad amenaza la supervivencia del género humano. Por mucho que se critique a Bush, lo cierto es que el resto de la clase dominante tampoco tiene ninguna alternativa al ciego curso a la destrucción plagado de  guerras, hambrunas y desastres ecológicos. La humanidad no puede depositar sus esperanzas en ninguna fracción de la clase explotadora, sino en la clase explotada, el proletariado, que constituye siempre la primera víctima de las guerras y los desastres ocasionados por este sistema. Nuestra solidaridad, nuestra indignación, nuestra resistencia colectiva, nuestros esfuerzos por tomar conciencia de la verdadera naturaleza de este sistema, representan las semillas de una sociedad en la que el trabajo, la ciencia y la creatividad humana ya no estén al servicio de la guerra y los beneficios, sino de la vida y el pleno disfrute de ella.

World Revolution, sección de la Corriente Comunista Internacional en Gran Bretaña (03.09.2005).