1978 12 al 15

  

Revista Internacional nº 12 enero-marzo 1978

Octubre de 1917, principio de la revolución proletaria

La burguesía ha vuelto a celebrar a su manera el sexagésimo aniversario de la Revolución de octubre de 1917:

-- en Moscú, haciendo desfilar, a unos cuantos metros de la momia de Lenin y bajo un gigantesco retrato de Brezhnev, sus bombas termonucleares y sus carros de combate último modelo;

-- en los países “occidentales”, saludando, con bombo y platillo en televisión y prensa y con las reservas de costumbre respecto del “Gulag”, las “grandes conquistas económicas de la URSS” y la “valentía ejemplar del pueblo ruso” durante la lucha contra el hitlerismo;

-- y por todas partes, disfrazando sistemáticamente el verdadero significado de Octubre y presentando al monstruoso Estado ruso como su heredero directo.

Lo que en verdad ha celebrado el capitalismo en estos lugares no es la revolución de Octubre sino su muerte. Y todas esas pomposas celebraciones no perseguían otro objetivo que el de conjurar de una vez para siempre el espectro de la repetición de un acontecimiento similar.

Para el proletariado y, por tanto, para todos los revolucionarios recordar Octubre no implica ceremonia alguna. No necesitan enterrarlo. Para ellos Octubre sigue vivo. No como una estampa recordatorio de “tiempos heroicos” sino como una experiencia acumulada y por lo tanto una esperanza para los nuevos combates de la clase obrera. El homenaje que los revolucionarios pueden rendir a Octubre y a sus protagonistas no consiste en echar discursos ampulosos y estúpidos ni en pronunciar elogios fúnebres, sino en esforzarse por entender las enseñanzas  que nos legó el proletariado, para poder fecundar con ellas los nuevos combates. Esta es la lucha que ya emprendió nuestra Revista Internacional y el conjunto de publicaciones de nuestra Corriente y que habrá que continuar de manera sistemática[1].

Un trabajo así sólo puede tener sentido si comprendemos la naturaleza real de la Revolución de octubre, si somos capaces de reconocer en ella una experiencia del proletariado –la más importante hasta hoy- y no una acción más de la burguesía, que es lo que pretenden ciertas corrientes políticas. Como es el caso del “consejismo”. Si no fuese así, Octubre no tendría más valor para la clase obrera que el que tuvo 1789 o Febrero de 1917. Significaría mucho menos que la Comuna de París de 1871. Esta es la razón por la que la condición previa para asimilar realmente las lecciones de Octubre es entender y defender tanto su carácter auténticamente proletario como el del partido que constituyó su vanguardia. Esta es la meta que se da el presente artículo.

Cuando la revolución estalla en Rusia, los revolucionarios son unánimes en saludarla como un primer paso hacia la revolución proletaria mundial.

Desde 1914, Lenin da la perspectiva: «En todos los países adelantados, la guerra está poniendo al orden del día la revolución socialista».Y durante toda la guerra no cesó de precisar los contornos:«No han sido nuestra impaciencia ni nuestros deseos sino las condiciones objetivas engendradas por la guerra imperialista las que han arrastrado a la humanidad entera a un atolladero, poniéndola ante el dilema: o dejar que sigan pereciendo millones de hombres y aniquilando toda la civilización europea o bien trasmitir el poder en todos los países civilizados al proletariado revolucionario, llevando a cabo la revolución socialista».

«Al  proletariado ruso le ha correspondido el honor de inaugurar la serie de revoluciones  engendradas con necesidad objetiva por la guerra imperialista. Y sin embargo, la idea de considerar al proletariado ruso como “el elegido” respecto a los demás, nos es completamente extraña…No son cualidades específicas, sino las condiciones históricas particulares lo que le han transformado por algún tiempo, quizás muy corto, en adelantado  del proletariado revolucionario del mundo entero» (“Carta de despedida a los obreros suizos” -8 abril 1917”,  Lenin).  En V. I. Lenin: “La Revolución de 1917”, Tomo I, Editorial Cenit, S. A., Madrid, 1932.

 

Es exactamente esta misma perspectiva la que comparten los demás revolucionarios de entonces: Trotski, Pannekoek, Görter, Liebknecht o R. Luxemburgo. A ninguno de ellos se le hubiera ocurrido la idea de que la Rusa era una “revolución burguesa”. Muy al contrario, fue combatiendo semejante idea como se separaron de los mencheviques y de los “centristas” del estilo de Kautsky. La historia se daría prisa en mostrar que semejante idea echaba a sus autores en brazos de la burguesía y contra la clase obrera. Se convirtió de hecho en la posición de los sectores  más “a la izquierda” de la clase capitalista, quienes denunciaban, por ejemplo, el “aventurerismo de los bolcheviques”.

En el conjunto del movimiento obrero la solidaridad con los combates del proletariado ruso estuvo acompañada no sólo del reconocimiento del carácter proletario de Octubre sino, y sobre todo, de la comprensión de lo urgente que era generalizar la experiencia a todo el mundo; es decir, la destrucción del Estado burgués y la toma del poder por los Consejos Obreros (Soviets).

Como consecuencia de las grandes derrotas sufridas por el proletariado durante los años 20 (particularmente en Alemania) y ante el desarrollo en Rusia de una sociedad que destruía sus esperanzas,  cierto número de revolucionarios, Otto Rühle entre otros,  empezaron a abandonar la posición unánime sobre 1917. Fue en la época en la que en Alemania el Nacional-socialismo se convertía en  el agente movilizador de las energías para una nueva guerra imperialista, en la que en las “democracias” el Antifascismo hacía el mismo trabajo en nombre de una nueva “defensa de la civilización” y en la que en la misma Rusia se reforzaba el “Socialismo en un solo país” (de hecho una de las formas más bárbaras del capitalismo), cuando fueron elaboradas, por algunas de las corrientes revolucionarias que se habían salvado del naufragio de la Internacional comunista, las teorías que consideraban a la Revolución de octubre como una revolución burguesa de “tipo particular”.

En 1934 se publicaban en los órganos (Raetekorrespondenz, nº 3; International Council Correspondance, volumen I, nº 3) del “movimiento comunista de Consejos” las “Tesis sobre el bolchevismo” en las que puede leerse:

«7. La tarea económica de la Revolución rusa era, en primer lugar, la de destruir el feudalismo agrario y acabar con la explotación de los campesinos que vivían bajo el sistema de servidumbre, a la vez que industrializaban la agricultura poniéndola al nivel de una producción moderna de mercancías. Y en segundo lugar la de hacer posible la aparición de una clase de verdaderos “trabajadores libres” liberando al desarrollo industrial de todo vestigio feudal. En otras palabras, de lo que se trataba para el partido bolchevique era de llevar a cabo las tareas de la revolución burguesa…

«9. En lo político la revolución rusa tenía que dedicarse a las tareas siguientes: destrucción del absolutismo, abolición de la nobleza feudal y creación de una constitución política y de un aparato administrativo garantizadores políticos de la ejecución de la obra económica de la revolución rusa. En este sentido los objetivos políticos de la revolución rusa coincidían con sus premisas económicas…con los objetivos de la revolución burguesa». “Crítica del Bolchevismo”: A Pannekoek, K. Korsch, P. Mattick. Editorial Anagrama. Bcna. 1976.

Volvemos a encontrar aquí, casi palabra por palabra, las posiciones de los mencheviques, es decir, de los enemigos más peligrosos del proletariado. La diferencia notable está en que estos deducían de su análisis que era necesario dar el poder a los partidos e instituciones clásicas de la burguesía (Cadetes, Gobierno provisional, Asamblea Constituyente), mientras que según los “consejistas” incumbía al “bolchevismo” la tarea de llevar a cabo esa revolución burguesa.

¿Cuál es la razón de que cierto número de revolucionarios, que habían saludado en Octubre 1917 a la revolución proletaria, acabaran volviendo al análisis menchevique?

Antón Pannekoek en su libro “Lenin filósofo”, escrito en 1938,  nos esclarece sobre este punto. Al tratar de “Materialismo y empirocriticismo” dice:

«Ocurre a veces que una obra teórica permite entrever no el medio inmediato y las aspiraciones del autor, sino influencias más amplias e indirectas y miras más generales. En el libro de Lenin, sin embargo, nada de todo eso aparece. Todo está neta y exclusivamente en función e imagen de la revolución rusa a la que tiende con toda sus fuerzas. Esta obra está hasta tal punto en conformidad con el materialismo burgués que si se hubiera conocido e interpretado correctamente en su época, en Europa Occidental…hubiéramos sido capaces de prever que la revolución rusa tenía que acabar, de una u otra manera, en un tipo de capitalismo basado en la lucha obrera» (Pág. 133 del libro. Editorial Zero-ZYX. 1976)[2]

O sea que, según él, la “clave” de la naturaleza de la revolución rusa no podía descubrirse ni en 1914, frente a la guerra imperialista mundial, ni en 1917, en medio de los enfrentamientos de clase tanto en Rusia como en el resto del mundo, ni en los esfuerzos inmensos de los protagonistas de la revolución, ni en sus métodos, proclamas y llamamientos al proletariado de todos los países. ¡No! La clave, según su visión, se encontraría en  «un texto filosófico publicado por primera vez en ruso en 1908 y traducido a otras lenguas en 1927», o sea, “demasiado tarde”. De manera que, «si los marxistas occidentales hubieran tenido conocimiento del libro y de las ideas antes de 1918, habrían criticado, sin lugar a dudas con mucha más decisión su táctica para la revolución mundial»[3].

De hecho, la verdadera razón de ese “descubrimiento tardío” no estaba en la falta de información de los “marxistas occidentales” acerca de ciertos conceptos filosóficos de Lenin sino en la terrible desesperanza con que la contrarrevolución cargaba sobre los mismos revolucionarios, sobre algunos militantes que contra viento y marea intentaban preservar los principios del comunismo. Desesperanza y decepción que los arrastró, como vamos a ver, hasta el abandono del método marxista que había permitido a los revolucionarios de 1917, y entre estos a los bolcheviques, comprender la verdadera naturaleza de la revolución estallada en Rusia.

MARXISMO Y FATALISMO

A fin de cuentas la tesis consejista se reduce a una idea que tuvo gran éxito en los años de 1930 dentro del campo burgués, la de que el régimen existente en Rusia era la necesaria consecuencia de la Revolución de octubre. Y está claro que los estalinistas eran los más fervientes defensores de semejante idea. Para ellos, Stalin era el “genial continuador” de la obra de Lenin, el que había desarrollado y aplicado “el mayor descubrimiento de nuestros tiempos”, “la teoría de la posibilidad de la victoria del socialismo en un solo país, fuera de los demás”[4]. Pero con los estalinistas había también unanimidad de criterio para hacer de  “Stalin el hijo de Lenin”; o más bien, del “terrorífico aparato estatal que se había implantado en Rusia el heredero directo de Octubre”. Los anarquistas, claro está, clamaban a voces que el régimen bestial y policiaco que imperaba en aquel país era la consecuencia “lógica” de los conceptos autoritarios del marxismo (mientras que por el contrario no consideraban el que la entrada de anarquistas en un gobierno burgués “antifascista” fuese la consecuencia “lógica” de sus conceptos “antiautoritarios”). Los demócratas de todo color veían en la “dictadura del proletariado” y en el “rechazo de las instituciones parlamentarias” a los “grandes responsables de los males que agobiaban al pueblo ruso”. Para todos ellos eso era un aviso al proletariado: “ahí tenéis los resultados de cualquier revolución, de cualquier intento para echar abajo el capitalismo, ¡un régimen aun peor!”.

La concepción consejista -nos dicen- no tenía ni mucho menos la finalidad de desanimar a la clase obrera de otras tentativas revolucionarias o de desviarla de su arma teórica, el marxismo. Al contrario, en nombre del marxismo los consejistas emprendieron el examen de sus análisis.

Y sin embargo al plantear el problema en términos como que “Si la Revolución rusa acabó en capitalismo de Estado es porque no podía ser de otra manera”, no hacían sino recoger del medio ambiente burgués la idea básica según la cual “lo que ha ocurrido en Rusia es lo que tenía obligatoriamente que ocurrir”. Una de dos, o semejante afirmación es una perogrullada, como quien dice: “la situación presente es el resultado de las diferentes causas que la han determinado”, o es un error teórico que pone al marxismo a  la altura de un vulgar fatalismo.

Para el fatalismo todo lo que ocurre está escrito en el Gran Libro del Destino. Ya sea bajo formas populares como los tan juiciosos “refranes” ya sea enmascarado con palabrería filosófica de profesor de universidad el fatalismo tiene siempre la misma función, aceptar el orden existente e impuesto. El marxismo, que siempre ha luchado contra esa sumisión ante la “realidad” de la misma manera que contra las ideas voluntaristas e idealistas, ha afirmado que los hombres «no hacen la historia arbitrariamente, en condiciones por ellos escogidas sino en condiciones dadas y heredadas directamente del pasado», pero precisando bien que «son los hombres quienes hacen su propia historia»[5]. En lo que se refiere concretamente a la posibilidad de la revolución Marx escribió: «Una formación social nunca perece antes de que se hayan desarrollado todas las formas productivas que es capaz de contener y, las nuevas y más altas relaciones de producción no se revelan nunca antes de que se manifiesten en el seno de la vieja sociedad sus condiciones materiales de existencia»[6] .

Por todo eso el marxismo se opuso al anarquismo, para quien “, todo es posible en cualquier momento, con tal que los hombres se lo propongan”. En su análisis de la derrota de la Comuna de París  (en 1871), Marx supo descubrir el peso que tuvo sobre la clase obrera la inmadurez de las condiciones materiales que el capitalismo había desarrollado. Sin embargo sería falso considerar que todos los acontecimientos sociales se explican obligatoriamente por las “condiciones materiales”. Los hombres y más precisamente las clases sociales no tienen de esas condiciones materiales una conciencia simplemente “refleja”, sino que emplean su conciencia como factor activo de su transformación:

«Aunque una sociedad haya encontrado el rastro de la ley natural con arreglo a la cual se mueve…jamás podrá saltarse ni descartar por decreto las fases naturales de su desarrollo. Podrá únicamente acortar y mitigar los dolores del parto».K. Marx: “Prólogo a El Capital” –julio 1867. FCE. Mexico1995.

Los acontecimientos históricos son producto no sólo de las condiciones económicas de la sociedad sino también de todo un conjunto de factores “súperestructurales” y de la interacción compleja de esos diferentes factores determinantes, entre los cuales el “azar” -es decir, lo arbitrario, lo no previsible- debe ser tenido en cuenta. Por tanto, la historia no se puede concebir ni como el simple cumplimiento de un destino fijado previamente y de una vez por todas ni como el desarrollo de un guión escrito de antemano por la “voluntad divina”, cómo dicen  algunos, ni como algo inscrito en la “estructura y el movimiento de los átomos o los genes”,  que afirman otros.

De la misma manera que en ningún sitio estaba escrito que las obras de Marx iban a ser “destinadas” a justificar una de las formas más salvajes de la explotación capitalista (la de los países llamados “socialistas”), tampoco existía un “sino” de la Revolución rusa cuya verificación sería… lo que acabó ocurriendo. Los consejistas dicen rechazar el fatalismo. Para ellos su posición es perfectamente marxista y se apoya en el análisis del desarrollo de las fuerzas productivas. Pero la manera como toman en consideración ese problema y además limitándolo a Rusia, cuando incluso para la burguesía la Revolución de octubre fue un acontecimiento de alcance mundial, es propia de una concepción vulgar y estrecha del marxismo y muestra que lo ponen al nivel de una caricatura con la que pretenden “explicar el por qué del capitalismo de Estado en Rusia” a saber, si la Revolución de octubre en Rusia acabó en capitalismo es porque en sí misma era burguesa, es decir, estaba “destinada” a llegar al resultado al que llegó. Concluyendo, el fatalismo expulsado oficialmente por la puerta lo vuelven a meter por la ventana.

De hecho, la visión consejista no sólo tiene una buena dosis de fatalismo sino que llevada a sus últimas consecuencias acaba en un abandono puro y simple del marxismo y de toda perspectiva revolucionaria.

LAS IMPLICACIONES DEL ANÁLISIS CONSEJISTA

Par el consejismo, tal y como queda expuesto en las “Tesis sobre el bolchevismo”,  “La tarea económica de la Revolución rusa era…la de acabar con… la servidumbre y posibilitar la creación autónoma de una clase de verdaderos trabajadores libres”. Aunque no sea necesario para la demostración vale la pena recordar que en 1917 Rusia era la quinta potencia industrial del mundo. Su desarrollo capitalista se había saltado ampliamente la etapa del desarrollo de la artesanía y la manufactura, de modo que el capitalismo ruso estaba en posesión de las formas más modernas y concentradas del capitalismo internacional (Putilov, con más de 40.000 obreros, era la mayor factoría del mundo). Para el consejismo el carácter burgués de la Revolución rusa se explica simplemente por las condiciones locales. Eso fue cierto en parte para las verdaderas revoluciones burguesas, como la de 1640 en Inglaterra y la de 1789 en Francia, pues el desarrollo desigual del capitalismo permitía que la burguesía llegara al poder en periodos diferentes, en los diferentes países. Y posible, por el hecho de ser la nación  el marco geopolítico específico del capitalismo; marco que por otra parte ha sido incapaz de superar. Y si el capitalismo pudo desarrollarse por “islotes” en la sociedad autárquica feudal, el socialismo sólo puede existir a escala mundial, potenciando el conjunto de fuerzas productivas y redes de circulación de bienes que el capitalismo ha creado.

Desde 1847, contestando a la pregunta ¿Podrá llevarse a cabo la revolución comunista en un solo país?, Engels y Marx afirmaban resueltamente que: «No. La gran industria al crear el mercado mundial ha articulado tanto entre sí a los pueblos de la tierra que cada uno de ellos depende estrechamente de lo que ocurra en los demás…Por lo tanto la revolución comunista no será una revolución puramente nacional sino que tendrá que desarrollarse simultáneamente en todos los  países civilizados…será una revolución mundial y tendrá pues que tener un campo mundial». F. Engels: “Principios del comunismo”. Cia. Gral. De Ediciones, S.A. México 1964.

Es evidente que lo que ya se imponía a los revolucionarios en 1847, tras el periodo de mayor desarrollo del capitalismo -segunda mitad del siglo XIX, tenía que estar en la base misma de cualquier perspectiva proletaria durante la Primera Guerra mundial. En ésta quedó plasmado el hecho de que el capitalismo había terminado su tarea de impulsar el progreso de las fuerzas productivas a escala mundial. Había entrado en su fase de declive histórico y por lo tanto ya no volvería a haber revoluciones burguesas. La única revolución que estaba a la orden del día por todo el mundo, Rusia incluida, era la revolución proletaria. Y este análisis no era únicamente el de un Lenin, «espíritu embrollado por la filosofía materialista vulgar» y «dispuesto a transformar el movimiento comunista mundial en aparato de defensa del capitalismo de Estado ruso», que dicen los consejistas. Rosa Luxemburgo, una revolucionaria a quien muchos han intentado a menudo oponer al “burgués” Lenin y cuyo “consejismo” nunca puso en entredicho ni a las posiciones proletarias ni al buen entendimiento de “los asuntos rusos”, escribía en aquel entonces:

«Para cualquier observador inteligente este curso de los hechos es también una prueba convincente contra la teoría doctrinaria que Kautsky comparte con el partido social-democrático gubernamental, según la cual Rusia,  por ser un país económicamente atrasado y en esencia agrícola,  no estaría madura para la revolución social y para la dictadura ejercida por el proletariado. Esta teoría, que considera lícita en Rusia exclusivamente una revolución burguesa y que de esta concepción deriva luego la táctica de coalición de los socialistas rusos con el liberalismo burgués, es la misma que la del ala oportunista del movimiento obrero ruso, la de los llamados mencheviques bajo la probada dirección de Axelrod y de Dan. Los oportunistas, tanto rusos como alemanes coinciden perfectamente con nuestros socialistas gubernamentales en este concepto básico de la Revolución rusa, del que se deriva, como es natural, la posición adoptada sobre cuestiones de detalle de la táctica. En opinión de estas tres tendencias la Revolución rusa habría debido detenerse en el primer estadio, que según la mitología de la socialdemocracia alemana representará al noble objetivo de la conducta bélica del imperialismo alemán: el abatimiento del zarismo. El hecho de haber avanzado, de proponerse la dictadura del proletariado,  representaría según dicha teoría un mero error del ala radical del movimiento obrero ruso, de los bolcheviques; y  todos los infortunios que soportó la revolución en el curso ulterior de los acontecimientos, todo el desorden del que fue víctima, sólo se deberían  a ese fatal despropósito. Esta teoría acordemente recomendada en calidad de fruto del pensamiento marxista tanto por el “Worwarts” de Stampfer como por Kautsky, desemboca teóricamente en el original descubrimiento “marxista” de que la revolución socialista constituye un asunto interno a resolver, por así decirlo en familia, de cada Estado moderno en particular. En las nieblas de la abstracción esquemática un Kautsky sabe, como es natural, pintar con diligente minuciosidad los nexos económicos mundiales del capital, que unifican a todos los países modernos en organismo único. La Revolución Rusa producto del desarrollo internacional y de la cuestión agraria no ofrece sin embargo posibilidad de soluciones en el marco de la sociedad burguesa.

Prácticamente esta teoría tiende a eximir al proletariado internacional y primeramente al alemán de toda responsabilidad. Tiende a rechazar sus conexiones internacionales. El curso de la guerra y de la Revolución rusa ha probado no la inmadurez de Rusia, sino la del proletariado alemán frente a sus propias tareas históricas y mostrarlo con claridad representa el deber primero y elemental de un examen crítico de la Revolución rusa. Su suerte dependía plenamente de los acontecimientos internacionales» Rosa Luxemburgo: “La Revolución rusa”, pág. 15. Miguel Castellote, Editor. Madrid 1975.

Así es como planteaba el problema, contra los sofismas de Kautsky, de los mencheviques y de… los consejistas, una de las más grandes teóricas del marxismo. Rosa Luxemburgo no sólo acabó con el mito de la inmadurez de Rusia sino que dio con la clave, que los consejistas no han podido entender nunca, de las causas de la degeneración de la Revolución rusa y, la fundamental, del fracaso de la revolución internacional -“de la que dependía por completo el porvenir de la primera”.

De hecho, al buscar en la misma Rusia las causas de la revolución y del régimen capitalista en que terminó, los consejistas dan claramente la espalda a todo lo que fueron las bases objetivas del internacionalismo. Y, aunque no se trata de poner en entredicho su internacionalismo, hay que decir que, a fin de cuentas, éste lo basan en una especie de “imperativo” moral. Si se llevan hasta las últimas consecuencias sus análisis se llega a la idea de que, si la revolución hubiera ocurrido en un país adelantado (Alemania, por ejemplo) y hubiera quedado aislada, no le habría sucedido lo que le ocurrió a la Revolución rusa. En otras palabras, habría podido evitar la reinstauración del capitalismo o lo que viene a ser lo mismo, la victoria sobre el capitalismo y la victoria del socialismo serían ambas posibles en un solo país. De la misma manera que el consejismo recoge del estalinismo la idea de que hay una continuidad entre Lenin y Stalin, entre la naturaleza de la Revolución de Octubre y la del régimen que se impuso más tarde en Rusia, parece que también tiende a recoger de aquel algún elemento de su tema de mayor mistificación: “el socialismo nacional”. Es así como el análisis marxista de los consejistas no sólo recoge la tesis menchevique y la de Kautsky sino que además no puede evitar el flirteo con la de Stalin.

Los análisis de los consejistas les llevan también a abandonar el marxismo en otros puntos. Una de las razones por la que les parece que la Revolución rusa fue una “revolución burguesa” es «la naturaleza de las medidas económicas adoptadas desde el principio por el nuevo poder». Los consejistas consideran, y con razón, que las nacionalizaciones o el reparto de tierras son, en sí, medidas perfectamente burguesas. De ahí sacan la rápida conclusión de que: «fue una revolución burguesa puesto que tomó esas medidas»; y a éstas les contraponen una política realmente socialista: «que la clase obrera y sus organizaciones de clase, los consejos obreros, se apoderen de las empresas y de la organización del sistema económico». (Punto 49 de las “Tesis sobre el bolchevismo”). Ese es el tipo de medidas que tenía que haber tomado la Revolución rusa si hubiese sido de verdad “proletaria”, dicen los consejistas para quienes «el aspecto burgués de la revolución bolchevique…queda plasmado de manera patente en el eslogan “control de la producción”» (punto 47 de las Tesis sobre el Bolchevismo).

En esto no es ya en Kautsky o en Stalin en quienes los consejistas basan sus análisis sino en Proudhon y en los anarquistas. Vuelven así a echar otro borrón sobre las enseñanzas fundamentales del marxismo, para quien una de las diferencias fundamentales entre la revolución burguesa y la revolución proletaria estriba en el hecho de que la primera llega tras todo un proceso de transformaciones económicas entre el feudalismo y el capitalismo, a las cuales remata en lo político; mientras que la segunda es por necesidad el punto de partida de la transformación económica entre el capitalismo y el comunismo. La diferencia está en relación con el hecho de que esta última transformación estriba, no en modificar el sistema de propiedad ni en instaurar nuevas relaciones de producción sino en suprimir la explotación. Por eso, al contrario de las revoluciones del pasado, la Revolución proletaria no se fija como meta el reforzar una nueva dominación clasista sino el abolir todas las clases. Y no es la obra de una clase explotadora sino, por primera vez en la historia, la de una clase explotada. Las relaciones de producción capitalista se fueron desarrollando en la sociedad feudal cuando la nobleza seguía controlando aun el conjunto de los mecanismos estatales de la sociedad. Este poder feudal podía haber sido una traba para el desarrollo del capitalismo pero éste pudo irse adaptando a su vez mientras no estuvo lo bastante desarrollado como para echarlo abajo.

La revolución burguesa ocurría como una consecuencia casi “mecánica” de la extensión del dominio económico del capitalismo y tenía como función eliminar los últimos obstáculos que se interponían a su pleno desarrollo.

 Por el contrario, y teniendo en cuenta lo explicado, las relaciones sociales comunistas no pueden en modo alguno nacer y crecer en islotes dentro de la sociedad capitalista, donde la clase burguesa sigue disponiendo del control de ese instrumento esencial que es el Estado. Sólo después de haber sido destruido el Estado burgués y tras la toma del poder político a escala mundial, por la clase obrera, puede desplegarse la plena transformación de las relaciones de producción. Contrariamente a lo ocurrido en los periodos de transición en el pasado, el que va transcurre desde el capitalismo al comunismo no será el resultado de un proceso necesario, independiente de la voluntad de los hombres sino que dependerá de la acción consciente de una clase que utilizará su poder político para extirpar progresivamente de la sociedad todos los elementos que componían el capitalismo:  la propiedad privada, el mercado, el salariado, la ley del valor, etc.…Sin embargo, tal política económica no podrá llevarse a cabo realmente más que cuando el proletariado haya destruido militarmente a la burguesía.

Mientras no se haya llegado a este resultado de manera definitiva las exigencias de la guerra civil mundial se pondrán por delante de la transformación de las relaciones de producción,  en aquellos lugares en los que el proletariado haya establecido ya su poder y sea cual sea el desarrollo económico de la zona. Las medidas económicas adoptadas por el nuevo poder en Rusia (fueran cuales fueran los errores cometidos, cuya existencia no se trata de negar y de los que hay que sacar lecciones) no son el criterio para comprender la naturaleza de la Revolución de octubre. Lo mismo que tampoco fueron las medidas económicas de la Comuna las que le dieron su carácter proletario; carácter que ni los consejistas ni los anarcosindicalistas han puesto nunca en tela de juicio, que nosotros sepamos. A nadie se le ocurriría poner la reducción de la jornada de trabajo, la supresión del trabajo nocturno de los obreros panaderos o la “moratoria” sobre alquileres y depósitos en el Monte de Piedad como ejemplos de medidas socialistas.

Lo que dio su grandeza a la Comuna de París fue que por primera vez en la historia del proletariado, éste transformó una guerra nacional contra el extranjero en una guerra civil contra su propia burguesía. Fue el haber proclamado y realizado la destrucción del Estado capitalista y haberlo sustituido por la dictadura del proletariado. Fue la elegibilidad y revocabilidad de delegados, a todos los niveles. La equiparación de sueldos de todos los funcionarios con el salario medio de los obreros. La sustitución del ejército permanente por la permanencia armada y general de los obreros. Fue la proclama internacionalista de la Comuna Universal. Fueron esas medidas esencialmente políticas y esa orientación general lo que hizo que la Comuna de París haya sido considerada como el primer intento internacional del proletariado de realizar SU revolución. Por eso esta experiencia servirá de inestimable fuente para el estudio de la lucha revolucionaria a muchas generaciones proletarias de todos los países. Octubre de 1917, concretamente, no hace sino recoger los datos de la experiencia de la Comuna y generalizarlos. No es casualidad que Lenin escribiese su libro El Estado y la Revolución, en el cual hizo un análisis minucioso de aquella experiencia, en vísperas de Octubre.

No es pues analizando en detalle lo que la Revolución de octubre hizo o dejó de hacer en lo económico como puede entenderse su naturaleza de clase. Ésta viene dada por las características políticas de la Revolución (destrucción del Estado burgués, toma del poder por la clase obrera organizada en soviets, armamento general del proletariado…) y por el impulso que el nuevo poder da al movimiento internacional del proletariado: denuncia sin cuartel de la guerra imperialista, llamamientos a transformarla en guerra civil contra la burguesía, a la destrucción de todos los estados burgueses y a la toma del poder por los Consejos Obreros en todos los países,…

Fue por no haber entendido nunca la primacía de los problemas políticos en la fase inicial de la revolución proletaria por lo que  el anarcosindicalismo acabó traicionando la lucha proletaria desviándola hacia el callejón de las “colectividades” y de la autogestión, mientras que mandaba ministros al gobierno burgués de la Republica española. La visión del anarcosindicalismo, y por tanto de los consejistas cuando les siguen los pasos, da la espalda a la revolución socialista precisamente porque la localiza no sólo dentro de los límites de un país sino incluso de los de una región o de unas fábricas aisladas, reduciendo la producción socialista, la cual por definición solo puede concebirse a nivel mundial, a una escala doméstica.

En 1921, por válida que sea en muchos puntos la crítica de la Oposición Obrera, y en particular en su denuncia de la burocratización del Estado y del sistema asfixiante dentro del Partido, su plataforma resulta sin embargo errónea en lo fundamental pues reduce el problema del desarrollo de la revolución a cuestiones económicas y de gestión directa por los obreros; dando así crédito implícitamente a la idea de la posibilidad de socialismo en el marco de un solo país, de la posibilidad de progresos socialistas en el plano económico en Rusia en medio de una tendencia general de derrotas de la revolución en el plano internacional[7].

A pesar de todos sus errores, Lenin tenía razón cuando denunciaba el carácter pequeño burgués y anarcosindicalista de la Oposición Obrera. No es casualidad si más tarde encontramos a la cabeza teórica de la Oposición Obrera a Alejandra Kollontai  defendiendo “la teoría del socialismo en un solo país”, al lado de Stalin y contra la Oposición de Izquierdas.

De esta suerte, los defensores del “socialismo en una sola fábrica” se juntan a los del “socialismo en un solo país” y a los teóricos de la “inmadurez de las condiciones objetivas ‘en Rusia’”. Y a pesar de las denuncias que les hicieron hay que decir que en este crucial problema los consejistas coincidían, en muy mala compañía sin duda, con Kautsky, Stalin y los “camaradas ministros” de la CNT.

El único modo con que podría realmente el consejismo conciliar sus análisis sobre la Revolución de octubre con el internacionalismo, y algunas tendencias de la corriente consejista lo han hecho, sería afirmando que no era únicamente en Rusia donde las “condiciones objetivas” de la revolución proletaria no estaban maduras en 1917 sino a escala mundial. Al hacerlo han rechazado el análisis de los mencheviques y el de Kautsky para abrazar el de… la socialdemocracia de derechas, la cual echó mano de semejante análisis para reprimir la revolución proletaria en Alemania. No estamos diciendo que los que han acabado en tal análisis son como Noske. Se puede estar en la lucha revolucionaria, aun considerándola prematura y desesperada, como Marx demostró cuando la Comuna.

Tampoco vamos a organizar aquí un ataque en regla contra esos análisis pues nos llevaría demasiado lejos para el marco de este artículo. Vamos a plantear no obstante una serie de observaciones.

Esas concepciones llevan a rechazar la idea de que desde la Primera Guerra mundial el capitalismo está en su fase de decadencia, idea fundamental y básica en la ruptura de los revolucionarios con los partidos de la Segunda Internacional, y a poner en entredicho el cuerpo teórico sobre el que se fundó la Internacional Comunista, de la que sin embargo surgió la corriente “Comunistas de consejos”. Esos análisis llevan a negar las principales experiencias adquiridas por el movimiento obrero durante la Primera Guerra mundial y la marea revolucionaria de 1927-1923 y a fundamentar las posiciones comunistas en cimientos completamente diferentes. En particular las posiciones con las que la Izquierda comunista se opuso a la Internacional Comunista: El rechazo del parlamentarismo, incluso revolucionario, del sindicalismo, de la noción de partido de masas; la negativa a cualquier apoyo a luchas de liberación nacional o sectores “progresistas” de la clase burguesa. Y si no se aceptan el análisis de la decadencia del capitalismo no pueden más que acabar aceptando la idea de que toda la política obrera del siglo XIX y la mayor parte de los análisis de Marx y Engels era errónea. Si la Liga de los Comunistas, la Primera y la Segunda Internacional hubieran visto las cosas a la manera consejista habrían tenido una política totalmente falsa desde el punto de vista proletario puesto que apoyaban la formación de sindicatos, la lucha por el sufragio universal, ciertas luchas de liberación nacional,… Y a fin de cuentas habría que decir que, exceptuando las bases teóricas generales, Proudhon y Bakunin tenían razón frente a Marx y Engels. Y como resulta difícil desde el punto de vista marxista separar la teoría de sus implicaciones políticas entonces hay que dar un lógico y último paso rechazando el marxismo para darle la razón al anarquismo. A ver si los consejistas, que consideran la Revolución de octubre como burguesa porque las condiciones objetivas a escala mundial no estaban maduras  en 1917, tienen la valentía de dar este último paso declarándose sin tapujos anarquistas. Tendrían que encarar entonces una última dificultad ¿Cómo conciliar sus análisis con una teoría, el anarquismo, que rechaza y que es incapaz de ver las bases objetivas para el socialismo y para quien “la revolución es posible en cualquier momento”?

Rechazar la idea de que el capitalismo está en su periodo de decadencia desde 1914 trae consigo otras implicaciones que vamos a resumir.

--O el periodo de decadencia del capitalismo está aun por llegar y entonces, teniendo en cuenta las catástrofes que ha padecido la humanidad desde hace sesenta años, es difícil imaginarse lo que sería una verdadera decadencia del capitalismo y cómo, podría sobrevivir la sociedad en ese periodo;

--O si no el capitalismo, al contrario que las demás sociedades del pasado, no tendrá nunca periodo de decadencia.

Habrá entonces que sacar conclusiones:

--O abandonamos cualquier perspectiva socialista;

--o la basamos en algo diferente de las necesidades objetivas de la sociedad en cierto estadio de su desarrollo; en cuyo caso habría que abandonar el marxismo, afirmar que el socialismo es un “imperativo moral” e irse a las filas del anarquismo.

El movimiento obrero ha tenido que enfrentarse, a lo largo de su historia, a tres adversarios principales; al anarquismo en el siglo XIX, al reformismo socialdemócrata a principios del XX y al estalinismo entre las dos guerras mundiales. Estas tres corrientes acabaron aliándose contra él para consumar la contrarrevolución en uno de los momentos culminantes de ésta, la Guerra de España de 1936.

Hay que decir que el consejismo, que ha sido una de las reacciones más sanas contra la degeneración de la Internacional Comunista y que supo mantenerse en las posiciones de clase en los peores momentos de la contrarrevolución, realiza la difícil hazaña de recoger en esas tres corrientes las bases de su análisis y eso si no abandona, sin más, toda perspectiva revolucionaria, como les ocurrió a algunos de sus mejores militantes.

Estas son algunas de las implicaciones que resultan de negar el carácter proletario de la Revolución de octubre de 1917.

C.



[1] Revista Internacional (RInt), nº 2: “Los epígonos del consejismo”. RInt, nº 3: “La degeneración de la Revolución rusa” y “Las lecciones de Kronstadt”. RInt,  nº 5: “Plataforma de la CCI”. RInt nº 6: “Contribuciones al periodo de transición”. RInt, nº 8 y 9: “La Izquierda comunista en Rusia”. RInt, nº 11: “Textos sobre el periodo de transición”.

 

[2] “Lenin filosofo”.Ibídem

[3] “Prefacio” a las “Obras escogidas de V. I. Lenin”. Editorial Progreso, Moscú, 1961

[4] K. Marx: “El 18 Brumario de Luís Bonaparte” (Página 33). Alianza Editorial S. A., Madrid, 2003

[5] K. Marx: “Prólogo” a la “Contribución a la crítica de la Economía política” (Página 234) en Obras fundamentales de Marx y Engels, FCE, México, 1987.

[6] Revista Internacional, nº 3: “La degeneración de la Revolución rusa”. RInt nº 8 y 9: “La Izquierda comunista en Rusia

[7] C. C. I.: “La decadencia del capitalismo”. CCI Abril 1981

Revista Internacional nº 13 segundo trimestre 1978

nº 13 marzo - junio 1978

Marxismo y Teorías sobre las Crisis

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Este texto si bien no abordará todos los problemas relacionados con la teoría marxista sobre las crisis, sí que intentará establecer un marco para el debate que se está abriendo en el movimiento revolucionario internacional. Aunque no pretendemos ofrecer un punto de vista "objetivo" de este debate, puesto que defendemos una interpretación particular de los orígenes de la decadencia del capitalismo, si queremos aportar algunas pautas para que la discusión se desarrolle de manera constructiva.

Contexto del debate

La reanudación de la discusión sobre la crisis del capitalismo obedece, en términos generales, a una realidad material que estamos viviendo desde finales de los años 60: la irremediable caída del sistema capitalista, mundial, en un estado de crisis económica crónica. Los síntomas de alarma que vimos a mediados de los años 60 -y que tomaron sobre todo la forma de una dislocación del sistema monetario-, han dado paso hoy, a signos de auténtica zozobra, que afectan al corazón mismo de la producción capitalista: paro, inflación, descenso de la tasa de ganancia, desaceleración de la producción y del comercio. Ningún país del mundo -ni siquiera los que se proclaman "socialistas"- escapa a los efectos devastadores de esta crisis.

Durante los años 50 y 60 muchos elementos del reducido movimiento revolucionario, que mantenían una existencia precaria en un momento de quietud social y crecimiento económico, quedaron deslumbrados por el aparente éxito de la economía capitalista del período de posguerra. Grupos como "Socialisme ou Barbarie" o la "Internacional Situacionista", dieron por buena esa relativa prosperidad y declararon que el capitalismo había resuelto sus contradicciones económicas, por lo que las condiciones de una nueva revolución ya no residirían en los límites objetivos del sistema capitalista, sino en un rechazo "subjetivo" por parte de los explotados. Las premisas mismas del marxismo fueron puestas en duda, y a los grupos revolucionarios, que seguían insistiendo en que el capitalismo no podría evitar entrar en una nueva fase de crisis económica,  se les tachó de "'reliquias' de la anticuada Izquierda Comunista que se aferran vanamente a la fosilizada ortodoxia marxista"

Sin embargo, algunos de estos grupos y elementos revolucionarios herederos de la Izquierda Comunista  -"Internationalisme" en Francia (en los años 40 y 50), Paúl Mattick en EEUU, "Internacionalismo" en Venezuela (en la década de los 60)- siguieron defendiendo tenazmente sus posiciones; demostrando que el "boom" de posguerra era sólo eso: un producto del ciclo crisis-guerra-reconstrucción, característico del capitalismo en su época de decadencia; identificando, a mediados de los años 60, los primeros estornudos de la economía como lo que eran en realidad: los síntomas iniciales de un nuevo hundimiento de la economía capitalista; y entendiendo que la reaparición de las luchas obreras a partir de 1968 no tenía nada que ver con un rechazo de los "dirigidos" a "ser dirigidos", sino que se trataba de la respuesta del proletariado a la crisis económica y al deterioro de su nivel de vida. Apenas unos pocos años después de 1968 era ya imposible negar la existencia de una crisis económica de escala mundial. Las discusiones que se suscitaron entonces no se centraban ya en si existía o no la crisis económica, sino en su significado: ¿se trataba, como decían algunos, de un desequilibrio simplemente pasajero, expresión de la necesidad de "reestructurar" el aparato productivo; era acaso resultado del alza de los precios del petróleo, o de los aumentos de los costes salariales por las reivindicaciones obreras; o más bien, como defendieron los precursores directos de la "Corriente Comunista Internacional (CCI)", estábamos ante una manifestación del ocaso irreversible, histórico, del capitalismo, ante un nuevo momento de la agonía del Capital, que sólo puede conducir a la humanidad a la guerra o a la revolución mundial?

Este debate entre los elementos más avanzados del movimiento revolucionario quedó zanjado por el mismo avance inexorable de la crisis y por el reconocimiento, por la propia burguesía, de que no se trataba de un malestar pasajero sino de algo mucho más profundo y más grave. Se produjo entonces una decantación en la que grupos -caso del GLAT (Groupe de Liaison pour l'Action des Travailleurs -Grupo de Enlace para la Acción de los Trabajadores) en Francia- que se empeñaban en negar que la crisis económica actual expresara la decadencia del capitalismo, se quedaron en la estacada, flotando en las nubes del más refinado de los academicismos, tras abandonar sin más su peregrina explicación de que la causa de la crisis económica era la lucha de clases.

Hoy el debate ya no versa sobre si la crisis es un signo de la decadencia del capitalismo, sino sobre las bases económicas de la decadencia misma. En ese sentido, este debate es ya una expresión de todo el proceso de clarificación que ha tenido lugar en los últimos años. Que el debate pueda enfocarse en esos términos es el resultado de un progreso real en el movimiento revolucionario.

Importancia del debate

Comprender que el capitalismo es un sistema social en decadencia es absolutamente crucial hoy para cualquier práctica revolucionaria. La imposibilidad de reformas o de liberaciones nacionales, la integración de los sindicatos en el Estado, el significado del capitalismo de Estado, la perspectiva a la que hace frente hoy la clase obrera, etc., son cuestiones fundamentales que no pueden comprenderse sin situarlas en el contexto del periodo histórico en que vivimos. Pero si bien es cierto que ningún grupo revolucionario coherente puede actuar sin comprender el período de la decadencia del capitalismo, también es verdad que la importancia inmediata del debate sobre los fundamentos económicos de esa decadencia parece estar menos clara. Aunque más tarde examinaremos estas cuestiones, queremos detenernos antes en algunos errores que se cometen al abordarla. Estos errores se resumen, a grandes rasgos, en tres:

1.- Negar la importancia de la cuestión alegando que es "académica" o "abstracta". Ejemplo de esta actitud es la del grupo "Worker's Voice" -La Voz de los Trabajadores- de Liverpool, (unificado en 1975 con "Revolutionary Perspectives" dando lugar a la "Communist Workers Organisation" (CWO); de la que se escindió un año después. Una de las debilidades de éste grupo -aunque no la más importante, en honor a la verdad- era su desinterés e incomprensión de la decadencia del capitalismo, limitándose su posición a afirmar vagamente que el capitalismo estaba en declive, lo que le llevó a graves confusiones. Algunos elementos de Liverpool, siendo aún miembros de la CWO, empezaron a desarrollar una visión completamente idealista y moralista de la lucha de clases; otros sucumbieron a las ilusiones inmediatistas ante la incapacidad de analizar las luchas meramente locales a las que se vieron confrontados. Hay que decir que, por lo general, estas actitudes de menosprecio de la "teoría" van de la mano de concepciones activistas sobre el trabajo político.

2.-  Otro error es el de exagerar la importancia del debate. Dado que este peligro está mucho más extendido en el medio de los grupos revolucionarios, nos extenderemos algo más sobre él. Un ejemplo típico lo tenemos en la CWO, que no contenta con considerar que la tendencia a la baja de la tasa de ganancia es la única explicación económica de la decadencia del capitalismo, ve además en todos los supuestos errores políticos de otros grupos la consecuencia de las "falsas" explicaciones de éstos sobre la decadencia. Así, la CWO considera que: el activismo del grupo "Pour une Intervention Communiste" (PIC) es resultado directo de su análisis "luxemburguista" de la decadencia (ver Texto para la Reunión entre la CWO y PIC en "Revolutionary Perspectives", nº 8) y que las insuficiencias políticas de la CCI (que abarcarían desde sus análisis y su actitud respecto a la izquierda, hasta sus errores sobre el período de transición), vendrían a ser el resultado del análisis "luxemburguista" de ésta sobre la crisis económica. Y puesto que la CWO considera que las posiciones políticas no emanan, fundamentalmente, de la comprensión del período de la decadencia capitalista sino de la interpretación económica que se hace de ésta, deduce que cualquier reagrupamiento con otros grupos, que tengan un análisis diferente sobre este periodo, es imposible. Por otra parte la CWO insiste sobremanera en la necesidad de escribir artículos sobre "economía", en detrimento de otras preocupaciones que son responsabilidad igualmente de los revolucionarios.

Este sesgo academicista podemos verlo también en algunos círculos de estudio y discusión que están surgiendo, sobre todo en los que han aparecido en Escandinavia. Para muchos de estos compañeros resulta imposible llevar a cabo una actividad política regular y crear una organización, sin  haber entendido antes, hasta la última coma,  toda la crítica de Marx a la Economía Política. Y dado que esta tarea resulta prácticamente irrealizable,  sucede  que se retrasa indefinidamente el compromiso y la actividad militante, para dedicarse en cambio a sesiones de estudio de "El Capital" o a debates sobre la enésima elucubración del "marxismo" académico, a las que tan aficionadas son las universidades escandinavas, alemanas,...

Estos compañeros, que ponen un énfasis exagerado en el análisis económico, en realidad no comprenden qué es el marxismo; que no es en absoluto un nuevo sistema "económico" sino la crítica de la economía política burguesa hecha desde el punto de vista de la clase obrera. Ese punto de vista es el que, en última instancia, permite alcanzar una comprensión clara de los procesos económicos del capitalismo, y no al revés. Creer que la claridad política y la defensa de la perspectiva proletaria nacen de un estudio abstracto y contemplativo de la economía, pensar que es posible disociar la crítica marxista de la economía política de la visión militante del proletariado, equivale a abandonar las premisas fundamentales del marxismo: que la existencia precede a la conciencia y que son los intereses generales de las clases sociales los que determinan su visión de la economía y de la sociedad. La concepción de los camaradas lleva a una visión caricaturesca e idealista del marxismo al que se le considera como una especie de ciencia "pura", una disciplina académica pérdida en la abstracción, alejada del mundo sórdido y vulgar de la política y la lucha de clases.

La crítica de Marx, expresión de los intereses de clase del proletariado, a la economía política burguesa demostró que las teorías económicas de la burguesía eran, en resumidas cuentas, una apología de los intereses de clase de la burguesía. El análisis, que aparece en "El Capital" y en otras obras de Marx sobre la tendencia inherente del capitalismo a su hundimiento, constituye en realidad la elaboración teórica de la conciencia práctica que surge del ser histórico del proletariado, última clase explotada de la historia y portadora de un modo de producción superior y sin clases. Sólo desde el punto de vista de esta clase se puede comprender no solo el carácter transitorio del capitalismo sino que la solución a las contradicciones de éste está en el comunismo. De ahí que la existencia del proletariado precediera a la de Marx, y que podamos decir que las teorías elaboradas por Marx, o sea el marxismo, son producto del proletariado. Las concepciones generales que se desarrollan en el "Manifiesto Comunista" -que a nuestros academicistas les parecerán posiciones y polémicas "vulgarmente políticas"-  precedieron y sentaron las bases de la reflexión más avanzada que aparece en "El Capital". "El Capital" mismo -al que el propio Marx llegó a llamar «mierda de la economía»- se concibió como la primera parte de un trabajo mucho más vasto que iba a tratar todos y cada uno de los aspectos de la vida política y social en el capitalismo. Quienes piensan que hay que saberse cada punto y cada coma de "El Capital", antes de entrar en las posiciones de clase del proletariado y defenderlas activamente, están volviendo del revés el marxismo y la historia.

Para Marx no hay distinción entre el análisis "político" y el análisis "económico". La visión de que el primero sería la comprensión práctica del mundo y el punto de vista de la clase proletaria, y el segundo la visión "objetiva", "científica", la que cualquier profesor universitario o cualquier "gurú" izquierdista, lo suficientemente espabilado como para leerse los volúmenes de "El Capital", podrían aplicar, no es la visión de Marx sino la de Kautsky y de otros teóricos de la Segunda Internacional, que veían el marxismo como una especie de ciencia neutra elaborada por intelectuales burgueses y aportada, "desde fuera", a la clase obrera en el capitalismo (el proletariado).

Para Marx, la teoría comunista es una expresión del movimiento mismo del proletariado: «Así como los economistas son los representantes científicos de la clase burguesa; los socialistas y los comunistas son los teóricos de la clase proletaria» ("Miseria de la Filosofía", Ediciones Progreso. Moscú. Pág. 121).

 "El Capital", como todas las obras de Marx, es el producto militante y polémico de un comunista, de un combatiente del proletariado; no puede concebirse más que como un arma del proletariado, una contribución a su toma de conciencia y a su emancipación. ¿Cómo podría ser de otra forma la obra de Marx, cuando él mismo criticó a los filósofos radicales de la burguesía porque, como todos los filósofos, se limitaban a interpretar el mundo?

Marx se volcó en el estudio de la economía política porque quería dar una base más firme, un marco más coherente, a la perspectiva política que se derivaba de la lucha de la clase y de sus experiencias. Jamás consideró este estudio como una alternativa a la actividad política; es más, Marx interrumpió en numerosas ocasiones sus investigaciones para consagrarse a la organización de la Iª Internacional. Tampoco veía en ello la única fuente de las posiciones revolucionarias, puesto que no podían reemplazar a lo que constituía su verdadera sustancia: la conciencia histórica del proletariado.

Así como la claridad política se basa primordialmente en la capacidad para asimilar el contenido de la experiencia de la clase obrera, las confusiones políticas expresan esencialmente la incapacidad de hacerlo y, más aún, la penetración de la ideología burguesa. Por ejemplo, las confusiones de Bernstein sobre la posibilidad de que el capitalismo superase sus crisis, no eran únicamente resultado de su incapacidad para comprender el funcionamiento de la ley del valor, sino que reflejaban la creciente subordinación ideológica de la socialdemocracia a los intereses del capital. Por esa misma razón, la crítica que Rosa  Luxemburgo y otros hicieron de las posiciones de los reformistas no provenía de que se sintieran "mejores economistas" que ellos, sino de su capacidad para defender una perspectiva de clase contra la penetración de la ideología burguesa.

3.- El tercer error, muy ligado al anterior, consiste en creer que el debate sobre las bases económicas de la decadencia se ha resuelto o se resolverá en el futuro. Esta visión parte, una vez más, del presupuesto de que los procesos económicos del capitalismo pueden ser completamente comprendidos si se es lo bastante listo, lo suficientemente científico, o si se tiene el tiempo necesario para estudiarlos. Sin embargo, y al margen de algunas ideas fundamentales, sobre todo aquellas relacionadas con la naturaleza y la experiencia del proletariado -la realidad de la explotación, la inevitabilidad de la crisis, el significado concreto de la decadencia,...-, muchos de los problemas planteados por el marxismo no pueden quedar jamás zanjados definitivamente, precisamente porque no todos ellos se derivan de la experiencia de la clase obrera en su lucha. Esto puede aplicarse a la cuestión de cuál es el factor que determina la decadencia del capitalismo. La experiencia futura de la clase obrera no bastará para determinar si la decadencia del capitalismo comenzó como resultado de la tendencia a la baja de la tasa de ganancia, o de la saturación del mercado mundial; a diferencia de lo que sucede con otras cuestiones aún "no resueltas", como la de la naturaleza exacta del Estado en el período de transición, que sí habrán de resolverse en la próxima oleada revolucionaria.

Creemos haber demostrado con esto que el debate sobre las verdaderas "causas" de la decadencia no puede darse por concluido, pero es además importante recalcar que Marx jamás pudo elaborar una teoría completa sobre la crisis histórica del capitalismo. Pretender lo contrario sería a-histórico, ya que Marx no pudo captar todo el fenómeno de la decadencia del capitalismo, dado que vivió en un período en el que este sistema estaba aún por desarrollarse en todo el planeta. Lo que sí hizo Marx fue adelantar ciertas indicaciones generales, algunos conceptos fundamentales y, sobre todo, un método para abordar el problema. Los revolucionarios de hoy deben reapropiarse de ese método pero, precisamente porque el marxismo no es una doctrina anquilosada sino un análisis dinámico de una realidad cambiante, no pueden usar ese método y al mismo tiempo reivindicar el pretendido "marxismo ortodoxo" que, supuestamente, habría dicho ya la última palabra sobre todos los aspectos de la teoría revolucionaria. Esta actitud sólo conduce, en realidad, a distorsionar lo que de verdad dijo Marx. La CWO, por ejemplo, que se empeña en demostrar que la explicación de la decadencia basada en la tendencia decreciente de la tasa de ganancia es la única explicación marxista, cae en el error de dejar de lado la cuestión de la sobreproducción de mercancías, o sea el problema del mercado. La CWO afirma que el interés por esta última cuestión no tiene nada que ver con Marx, y lo presenta como una variante de la teoría del subconsumo y de otras confusiones de Sismondi y Malthus. Sin embargo, tal y como veremos más adelante, el problema de la sobreproducción sí que ocupa un lugar central en la teoría de Marx sobre la crisis. Si queremos que el debate sobre la decadencia sea fructífero hemos de dejar atrás sectarismos y "ortodoxias" y tratar sobre todo de definir un cuadro general en el que pueda desarrollarse un enfoque marxista de la discusión.

Dos teorías sobre la crisis

No existen mil y una teorías sobre la crisis en la tradición marxista. El declive del capitalismo no es el resultado ni de la avidez de los capitalistas, ni del "triunfo del socialismo en una sexta parte de la Tierra", ni del agotamiento de los recursos naturales. Existen básicamente dos explicaciones de la crisis histórica del capitalismo. Ya Marx señaló dos contradicciones fundamentales que se encuentran en la raíz de las crisis de crecimiento por las que pasó el capitalismo a lo largo del siglo XIX y que, en un momento de su evolución, le llevarían a su etapa histórica de decadencia y le empujarían a una crisis mortal que pondría la revolución comunista a la orden del día. Esas dos contradicciones son: 1) la tasa de ganancia, que tiende a decrecer dada la inevitabilidad de una elevación constante de la composición orgánica del capital, y 2) el problema de la sobreproducción, enfermedad innata del capitalismo por la que produce más de lo que el mercado puede absorber. Aunque Marx elaboró un marco de análisis en el que estos dos fenómenos aparecen directamente relacionados, es bien cierto que él mismo no pudo completar su examen del sistema capitalista, por lo que en según que escritos, ponía el énfasis en uno u otro al señalar la causa fundamental de la crisis. En "El Capital" (libro III, sección 3ª) se señala efectivamente la tendencia decreciente de la tasa de ganancia como la principal barrera a la acumulación, aunque aparece también (como veremos más adelante) el problema del mercado. En su polémica con Ricardo (Teorías sobre la Plusvalía: Libro IV de "El Capital") Marx considera, en cambio, la sobreproducción de mercancías como el «fenómeno básico de las crisis». Precisamente el hecho de que Marx no pudiera completar su teoría sobre esta cuestión crucial es lo que ha llevado a la controversia, en las filas del movimiento obrero, sobre las bases económicas de la decadencia capitalista. Pero, como ya hemos dicho, esto no se debe únicamente a la incapacidad personal de Marx -no poder completar su obra "El Capital"- sino a las propias limitaciones de la etapa histórica en que vivió.

En el periodo que siguió a la muerte de Marx y Engels la situación histórica se caracterizó por una relativa estabilidad económica en las metrópolis capitalistas y por la carrera desenfrenada entre las principales potencias capitalistas por anexionarse las zonas del planeta que aún restaban por conquistar. Las discusiones sobre las causas específicas de las crisis capitalistas tendieron, en ese momento, a situarse en el contexto de los encendidos debates que, en el seno de la Segunda Internacional, enfrentaron a reformistas y a revolucionarios. Los primeros negaban que el capitalismo pudiese encontrar barreras fundamentales en su expansión. Los segundos comenzaban a darse cuenta de que el imperialismo constituía un síntoma del agotamiento de la fase ascendente del capitalismo. En esos años, la teoría "ortodoxa" del marxismo sobre la crisis, tal y como la defendían Kautsky y otros, se centraba más bien sobre el problema de los mercados, pero sin sistematizarlo y sin relacionarlo con la decadencia del sistema; hasta que Rosa Luxemburgo publicó, en 1913, su obra "La acumulación del capital". Este texto constituye la exposición más coherente de la tesis según la cual la decadencia del capitalismo es, en primer lugar y ante todo, consecuencia de la incapacidad de este sistema social para ampliar continuamente el mercado. Luxemburgo desarrolló el argumento de que ya que la totalidad de la plusvalía del capital social global no puede, por su propia naturaleza, ser realizada en el seno de las relaciones sociales capitalistas, el crecimiento del capitalismo depende de sus continuas conquistas de mercados pre-capitalistas; y por tanto que el agotamiento relativo de estos mercados, lo que sucedió a finales del siglo XIX y principios del XX, es lo que precipitó al sistema capitalista a una nueva etapa de barbarie y guerras imperialistas.

La 1ª Guerra Mundial confirmó que esa nueva época era ya una realidad y que el capitalismo entraba en una nueva etapa. La posición de que se inauguraba «el período de la descomposición y el derrumbe de todo el sistema capitalista mundial» ("Carta de Invitación al Primer Congreso de la Internacional Comunista (I.C.)". Enero de 1919) constituyó un verdadero axioma para todo el movimiento revolucionario de aquella época. Sin embargo la  Internacional Comunista no adoptó una posición unánime sobre las causas específicas de la descomposición capitalista; los principales teóricos de la I. C., como Lenin o Bujarin, no compartían el punto de vista de Luxemburgo y ponían más énfasis en la "tendencia decreciente de la tasa de ganancia"; Lenin, por ejemplo, estuvo particularmente influenciado por las estrafalarias tesis de Hilferding sobre la teoría de la concentración -un auténtico callejón sin salida para el pensamiento marxista. Lo cierto es que la I.C. jamás elaboró un análisis completo de la decadencia capitalista; por el contrario, sus análisis estuvieron marcados, sobre todo, por una incapacidad para comprender que la totalidad del mundo capitalista  estaba ya en decadencia y, por tanto, no había lugar ya para revoluciones burguesas o liberaciones nacionales de las colonias.

Las minorías revolucionarias más coherentes de ese momento y del período de derrota que le sucedió, es decir los revolucionarios de la Izquierda Comunista de Alemania e Italia, se inclinaban más hacia la teoría  de Rosa Luxemburgo. Esta tradición ha mantenido una continuidad que va desde el KAPD, Bilan, Internationalisme,..., hasta la CCI de hoy. Durante los años 30, Paúl Mattick, que pertenecía al movimiento de los Comunistas de los Consejos, retomó la crítica de Henryk Grossman a Rosa Luxemburgo y la idea de que la crisis permanente del capitalismo aparece cuando la composición orgánica del capital alcanza tal magnitud que hay cada vez menos plusvalía para relanzar la acumulación. Esta teoría, aunque revisada en algunos puntos, es la que hoy defienden grupos como la CWO, Battaglia Comunista y algunos grupos surgidos en Escandinavia, y la que también comparten algunos militantes de la CCI. Podemos ver por tanto que el debate que hoy se desarrolla tiene sus raíces históricas en un largo camino que empezó con Marx.

Marx: La cuestión de los mercados y la tendencia decreciente de la tasa de ganancia.

El debate sobre los fundamentos económicos de la decadencia capitalista plantea, de entrada, dos interrogantes: ¿se excluyen mutuamente las dos explicaciones?, ¿conducen a conclusiones políticas diferentes? Examinemos primero un aspecto de la primera de estas preguntas. Quienes defienden hoy la teoría de Mattick afirman que la tesis de Rosa Luxemburgo no tiene nada que ver con Marx. De ser así no cabría entonces hablar de un debate entre ambas posiciones.

En los últimos años algunos de los revolucionarios, surgidos al calor de la reanudación de la lucha de clases, defienden la tesis de Mattick porque les parece, entre otras razones, que la tendencia decreciente de la tasa de ganancia se ajusta mejor a los análisis desarrollados por Marx en "El Capital". "Marx sitúa la crisis en «la esfera de la producción» y no en la de la «circulación», nos dicen al tiempo que nos reprochan: "como la misma burguesía, os interesáis por "el problema del mercado". La mayoría de los compañeros que nos hacen tales recriminaciones adoptan también el grito de guerra de los "críticos" del trabajo de Luxemburgo en 1913: "toda la teoría de Rosa Luxemburgo se basa en una incomprensión de los esquemas de la reproducción ampliada que figuran en el Libro II de El Capital. El problema que plantea Rosa sobre la realización de la plusvalía no existe como tal". En Revolutionary  Perspectives, nº 6 encontramos una muestra particularmente virulenta de esto, de cómo CWO, con su acostumbrado sectarismo, acusa a Luxemburgo de haber abandonado completamente el marxismo.

No vamos a responder aquí a ese texto pero sí que nos concentraremos en explicar por qué la CCI considera que la teoría de Rosa Luxemburgo se inscribe, plenamente, en el método marxista, y también por qué la explicación de la decadencia por medio de la tesis sobre el problema de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, en realidad oscurece algunos aspectos cruciales de los análisis de Marx. Para entrar en materia tomemos, en primer lugar, una cita del mencionado artículo de R. P.: «Marx no dijo que la desproporción entre sectores no podía ser causa de la crisis (...). Lo que sí demostró es que la contradicción fundamental del modo de producción capitalista, su contradicción histórica, no se situaba en el proceso de circulación».

Esta afirmación ignora completamente lo que explicó Marx sobre las crisis. La idea de que las crisis de sobreproducción se debían a una "desproporción" entre sectores -o sea que no tenían su causa en las relaciones sociales capitalistas sino que se trataba de inadecuaciones pasajeras y contingentes entre la oferta y la demanda- era la idea que defendían precisamente Say y Ricardo, y que Marx atacó en sus "Teorías sobre la Plusvalía": «La concepción que Ricardo ha adoptado del vacuo e insustancial Say (...) de que es imposible la sobreproducción o, por lo menos, la saturación general del mercado, se basa en el principio de que los productos siempre se cambian por productos o, como ha dicho Mill, en el "equilibrio metafísico de los vendedores y los compradores" convertido más tarde (en el principio de que) la demanda sólo está determinada por la producción o, incluso, en el principio de la identidad entre la demanda y la oferta». (Karl Marx: "Teoría Económica". Barcelona 1967. Págs. 237-238). Más adelante, sobre la "explicación" de los ricardianos, incluso dice: "(explicar) la sobreproducción por un lado y la subproducción por otro sólo puede significar una cosa: si la producción fuese proporcional no habría superproducción". (Ídem. Pág. 281).

Marx denuncia estas "fantasías" e insiste en que la teoría de que la superproducción generalizada es imposible es una apología ciega de la producción capitalista. Para Marx, la sobreproducción no es simplemente una interrupción pasajera en un proceso de acumulación regular y constante y nos dice que tal armonía entre la oferta y la demanda tal vez sea teóricamente posible en una economía de simple producción de mercancías, pero no en una sociedad basada en relaciones de clase capitalistas, en la producción de plusvalía. En realidad, dice: "La sobreproducción está específicamente condicionada por la ley general de la producción del capital: se produce a la medida de las fuerzas productivas, es decir, de acuerdo con la posibilidad que tiene una determinada cantidad de capital de explotar una cantidad máxima de trabajo, sin atender a los límites efectivos del mercado ni a las necesidades solventes capaces de pagar. Y esto ocurre a través de la expansión constante de la reproducción y la acumulación y, por consiguiente, de la reconversión constante de la renta en capital; quedando limitada la masa de los productores al nivel medio de las necesidades, que es lo que tiene ser necesariamente, según las bases de la producción capitalista". (Ídem. Pág. 284).

Marx profundiza más sobre los límites intrínsecos del mercado capitalista cuando recalca: "La mera relación entre el trabajador asalariado y el capitalista implica que:

1.- la gran mayoría de los productores (los obreros) son no-consumidores (es decir, no compradores) de una parte considerable de su producto, concretamente de los instrumentos de trabajo y de las materias primas.

2.- la gran mayoría de los productores (es decir, los obreros) sólo pueden consumir el equivalente del producto cuando en realidad producen más que este equivalente (plusvalía o producto adicional). Ha de haber constantemente obreros que produzcan con exceso, por encima de sus necesidades para poder ser consumidores o compradores dentro de los límites de sus necesidades". (Ídem. Págs. 265-66).

Debido a esa limitación "interna" del mercado capitalista, el mercado "externo" debe ser ampliado constantemente si el capitalismo quiere evitar la sobreproducción , debida precisamente a esos límites "internos" del sistema capitalista; dice Marx: "Simplemente admitir que el mercado se ha de ampliar junto con la producción es admitir, desde otro ángulo, que la sobreproducción es posible; por estar el mercado limitado externamente en sentido geográfico, el mercado interior está limitado comparado con un mercado a la vez interior y exterior, y éste a  su vez restringido en comparación con el mercado mundial -el cual es, a su vez,  un mercado constantemente limitado, aunque sea capaz de expansionarse. Por consiguiente, admitir que el mercado se ha de ampliar si queremos que no haya sobreproducción supone admitir que la sobreproducción es posible. Puesto que el mercado y la producción son dos factores independientes, es perfectamente posible que la expansión de uno no se corresponda con la expansión de la otra, que los límites del mercado no se puedan ampliar con bastante rapidez para la producción  o bien que los nuevos mercados -las nuevas ampliaciones del mercado- puedan ser rápidamente absorbidos por la producción, de modo que el mercado ampliado represente una traba para la producción como lo era el anterior mercado, más limitado.

Ricardo, consecuente consigo mismo, niega la necesidad de la expansión del mercado que se corresponde con la expansión de la producción y el crecimiento del capital". (Ídem. Pág. 274).

Marx vuelve a este punto en la sección en que trata la "tendencia decreciente de la cuota de ganancia": "La extracción de esta plusvalía constituye el proceso directo de producción, el cual, como queda dicho, no tiene más límites que los señalados más arriba. La plusvalía se produce tan pronto como la cantidad de trabajo sobrante que puede exprimirse se materializa en mercancías. Pero con esta producción de plusvalía finaliza solamente el primer acto del proceso capitalista de producción, que es un proceso de producción directo. El capital ha absorbido una cantidad mayor o menor de trabajo no retribuido. Con el desarrollo del proceso, que se traduce en una disminución de la cuota de ganancia, la masa de la plusvalía así producida se incrementa en proporciones enormes. Aquí empieza el segundo acto del proceso. La masa total de mercancías, el producto total, tanto la parte que repone el capital constante y el variable como la que representa la plusvalía, necesita venderse. Si no logra venderse o sólo se vende en parte o a precios inferiores a los de producción, aunque el obrero haya sido explotado su explotación no se realiza como tal para el capitalista. Las condiciones de la explotación directa y las de su realización no son idénticas. No solo difieren en cuanto al tiempo y al lugar, sino también en cuanto al concepto. Unas están limitadas solamente por la capacidad productiva de la sociedad, otras por la proporcionalidad entre las diferentes ramas de la producción y la capacidad de consumo de la sociedad. Pero esta capacidad no se halla determinada ni por la capacidad productiva absoluta ni por la capacidad absoluta de consumo, sino por la capacidad de consumo basada en las condiciones antagónicas de distribución que reducen el consumo de la gran masa de la sociedad a sólo un mínimo, susceptible de variación dentro de límites muy estrechos. Está limitada además por el impulso de acumulación; es decir, por la tendencia a acrecentar el capital y a producir plusvalía a una escala ampliada. Esta es una ley fundamental de la producción capitalista, ley que obedece a las constantes revoluciones operadas en los propios métodos de producción: la depreciación constante del capital existente, que supone la lucha general de la competencia, y la necesidad de perfeccionar la producción y ampliar su escala, simplemente como medio de conservación y so pena de perecer. El mercado tiene por tanto que extenderse constantemente, de modo que sus conexiones y las condiciones que lo regulan van adquiriendo cada vez más la forma de una ley natural, independiente de la voluntad de los productores, cada vez más incontrolable. La contradicción interna tiende a compensarse mediante la expansión en el campo externo de la producción. Pero cuanto más se desarrolla la capacidad productiva más choca con los angostos fundamentos sobre los que descansan las condiciones del consumo. Partiendo de esta base contradictoria, no es en modo alguno una contradicción que el exceso de producción vaya unido al exceso de población. Si bien la combinación de ambos factores aumenta la masa de plusvalía producida, también se acentúa con ello la contradicción entre las condiciones en las que la plusvalía se produce y en las que se realiza". (Marx: "El Capital". Tomo III. Pág. 243. Fondo de Cultura Económica. México. Resaltado por nosotros).

Ahora bien, como Luxemburgo explica en "La acumulación de capital", cuando Marx habla de "la expansión del campo externo de la producción" o del "comercio exterior" se refiere a la expansión y al comercio hacia y con las áreas no capitalistas; eso se debe a su esquema de la acumulación, en el que Marx considera al conjunto del mundo capitalista como una sola nación, compuesta exclusivamente por obreros y capitalistas. Al contrario de lo que afirma la CWO, que no entiende cómo es posible realizar la plusvalía con tal comercio (ver Revolutionary Perspectives, nº 6. Págs. 15-16), Marx reconocía claramente la posibilidad: "Al contrario, dentro de su proceso de circulación, en el que el capital industrial funciona como dinero o como mercancía, el ciclo del capital industrial, ya sea como capital-dinero o como capital-mercancías, se entrecruza con la circulación de mercancías de los más diversos tipos sociales de producción, siempre y cuando sean, al mismo tiempo, sistemas de producción de mercancías. Poco importa que las mercancías sean el producto del tipo de producción basado en la esclavitud o del trabajo de unos campesinos (chinos, ryots indios, etc.), del régimen comunal (Indias orientales holandesas) o de la producción del Estado (como ocurre en ciertas épocas primitivas de la historia de Rusia, basadas en la servidumbre), de los pueblos semisalvajes dedicados a la caza o ..., etc.; cualquiera que sea su origen se enfrentan como mercancías y dinero al dinero y las mercancías que representan el capital industrial y entran tanto en el circulo de éste como en el de la plusvalía contenida en el capital-mercancías; siempre y cuando ésta se invierta como renta; entran, por tanto, en las dos ramas de circulación del capital-mercancías. El carácter del proceso de producción del que proceden es indiferente para estos efectos, funcionan como tales mercancías en el mercado y entran como mercancías tanto en el ciclo del capital industrial como en la circulación de la plusvalía adherida a él". (Ídem. Tomo II. Pág. 98).

Marx no solo acepta la posibilidad de tal comercio; también se da cuenta de su necesidad, al ver que el proceso mismo de comerciar que va acompañado de la destrucción y la absorción de los mercados precapitalistas no es otro que la manera que el capitalismo tiene de "extender constantemente su mercado" durante su fase ascendente. Veamos qué dice Marx:"En primer lugar, tan pronto como se realiza el acto D-Mp (Dinero-Mercancías), las mercancías dejan de ser mercancías para convertirse en una de las modalidades del capital industrial, en su forma funcional de P, de capital productivo (P). Con ello sus orígenes quedan borrados; sólo existen ya como formas reales del capital industrial, incorporadas a él. Queda en pie, sin embargo, la necesidad de la reproducción para poder reponerlas y, en este sentido podemos decir que el régimen capitalista de producción se halla condicionado por los tipos de producción que quedan al margen de su fase de desarrollo. No obstante, la tendencia del régimen capitalista es la de ir convirtiendo toda la producción, siempre que le sea posible, en producción mercantil; el medio principal del que se vale para ello consiste, precisamente, en incorporar las mercancías a su proceso circulatorio. Una producción mercantil desarrollada no puede ser sino una producción capitalista de mercancías. La intervención del capital industrial estimula en todas partes esa transformación que lleva aparejada la conversión de todos los productores directos en obreros asalariados". (Ídem. Pág. 99).

De hecho Marx había mostrado ya, en el Manifiesto Comunista, cómo la expansión misma del mercado capitalista, aún resolviendo sus crisis a corto plazo, lo que conseguía a largo plazo era empeorar el problema de la sobreproducción: "Las relaciones burguesas resultan demasiado estrechas para contener las riquezas creadas en su seno. ¿Cómo vence esta crisis la burguesía? En parte por la destrucción obligada de una masa de fuerzas productivas; en parte por la conquista de nuevos mercados y la explotación más intensa de los antiguos. ¿De qué modo lo hace? Preparando crisis más extensas y violentas al ir disminuyendo los medios de prevenirlas" (Marx, Engels: "El Manifiesto Comunista". Obras escogidas (3 tomos). Tomo I. Moscú 1976. Pág. 116).

Se puede ver que el problema de la realización abordado por Luxemburgo en "La acumulación del Capital" no era un "falso problema" originado por una "mala lectura" de Marx. Al contrario, la tesis de Luxemburgo está en continuidad esencial con la teoría de la crisis de Marx: o sea, que la producción capitalista tiene límites intrínsecos a su propio mercado por lo que debe expandirse continuamente a nuevos mercados si es que quiere evitar una crisis generalizada de sobreproducción. Luxemburgo demostró que el esquema de la reproducción ampliada que aparece en el tomo II de "El Capital" contradice esta visión en la medida en que se acepta la posibilidad de que la acumulación cree su propio mercado. Pero Luxemburgo también señaló que este modelo es válido como abstracción teórica que permite ilustrar ciertos aspectos del proceso de circulación. No pretendiendo usarlo como el esquema de la acumulación histórica real  ni como una explicación de las crisis y seguramente tampoco para "resolver" el problema de la sobreproducción, Marx cae en ciertas contradicciones en la utilización que hace del esquema trazado y que son puestas a la luz por Luxemburgo. Pero lo fundamental es que tanto Marx como Luxemburgo sabían qué diferencias existen entre los modelos abstractos y el proceso real de la acumulación. Nada más extraño al sentimiento de Marx que los estériles intentos de Otto Bauer por probar "matemáticamente": que la acumulación puede efectuarse sin tropezar con los límites intrínsecos del mercado, y que Rosa estaba equivocada porque no había hecho correctamente sus cálculos. Respecto a la incomprensión del esquema de la reproducción ampliada de Marx hay que decir que quienes se alejan de éste son los que lo toman al pie de la letra, "liquidando" el problema de la realización, y no Rosa Luxemburgo. Si se interpreta el modelo al pie de la letra, no se puede evitar afirmar que el capitalismo puede crear indefinidamente su propio mercado, algo que Marx negaba explícitamente.

Esto pone a muchos de los críticos de Luxemburgo en una posición contradictoria. Por ejemplo, Mattick se adentra más en el problema de la realización que la CWO; en su obra "Crisis y teoría de las crisis" señala: "En el sistema capitalista no puede haber contradicción entre los diversos sectores de la producción, ni una concordancia perfecta entre la producción y el consumo" (Ediciones Península).

A fin de cuentas Mattick rechaza aquí, finalmente, esta percepción cuando arguye que el capitalismo no tiene ningún problema fundamental en la realización, debido a que la acumulación crea su propio mercado: "La producción mercantil crea su propio mercado en la medida en que es capaz de convertir plusvalía en nuevo capital. La demanda de mercado es una demanda de bienes de consumo y de bienes capitales. La acumulación sólo puede basarse en los bienes capitales, ya que el producto consumido no se puede acumular, simplemente desaparece. Lo que permite la realización de la plusvalía fuera de las relaciones de cambio capital-trabajo asalariado, es el crecimiento del capital en su forma física. Mientras exista una demanda adecuada y continua de bienes capitales no hay ninguna razón por la que las mercancías no puedan ser vendidas al ofertarse en el mercado". (Marx y Keynes).

Es evidente que aquí Mattick trata de evadirse del problema: "... en la medida en que es capaz de convertir plusvalía en nuevo capital...", "Mientras exista una demanda adecuada y continua...". ¿De dónde sale esa demanda continua? No se sabe. Mattick cae en el "carrusel incesante" de "la producción por la producción misma" a la que se refiere R. Luxemburgo en su obra "La acumulación del capital". Los críticos de Luxemburgo citan a menudo al Marx que dice que la producción capitalista es producción por la producción misma, pero esa cita hay que verla en su contexto. Marx no quería decir que la producción capitalista podría resolver sus problemas invirtiendo en un enorme montón de bienes capitales sin tener en cuenta la capacidad de la sociedad para consumir los bienes producidos. He aquí lo que decía: "... los capitalistas aumentan también sus gastos. Además, como ya hemos visto (Libro II, Sección III, págs. 376-379) se produce una circulación continua entre unos y otros capitales constantes (aún prescindiendo de la acumulación acelerada) que es, por el momento, independiente del consumo individual en el sentido de que no entra nunca en éste, aunque en definitiva lo limita puesto que la producción de capital constante no se realiza nunca en la producción misma, sino simplemente porque hay más demanda de ese consumo en las distintas ramas de producción cuyos productos entran en el área del consumo individual". ("El Capital": Tomo III. Pág. 297. F. C. E., México).

Según Mattick no existe el problema de que una fracción de la plusvalía no se realice, ya que la "inversión" que entraña la acumulación adicional de capital constante acaba absorbiendo todo lo que está en circulación. La crisis resulta sólo de una sobreacumulación de capital constante respecto al variable, o sea la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. Pero como Rosa advertía en "La Acumulación del capital": "El consumo de los trabajadores es, en el régimen capitalista, una consecuencia de la acumulación; nunca su medio ni su fin... Los obreros, en todo caso, solo pueden consumir aquella parte del producto que corresponde al capital variable, y nada más. ¿Quién realiza pues la plusvalía que crece constantemente? El esquema responde: los capitalistas mismos y sólo ellos. ¿Y qué hacen con su plusvalía creciente? El esquema responde: la utilizan para ampliar más y más su producción. Estos capitalistas son, pues, fanáticos de la ampliación de la producción por la ampliación de la producción misma... Pero lo que de este modo resultará no es una acumulación del capital sino una producción creciente de medios de producción sin fin alguno..." (Rosa Luxemburgo: "La acumulación de capital". México 1967. Pág. 256).

Este "objetivo" de producir más y más bienes de producción sólo puede ser la expansión constante del mercado para todos los productos del capital. De no ser así, al sostener que la "inversión" de por sí resuelve los problemas del mercado, se adoptan las falsas soluciones criticadas por Marx en "El Capital": "Por último, si se afirma que los capitalistas sólo tienen que cambiar entre sí y consumir mercancías, se pierde de vista el carácter de la producción capitalista en su conjunto y se olvida que lo fundamental para ésta es la valorización del capital y no su consumo. En una palabra, todas las objeciones que se hacen contra los fenómenos tangibles de la sobreproducción (fenómenos que no se preocupan en lo más mínimo de tales objeciones) tienden a sostener que los límites de la producción capitalista no son límites de la producción en general, ni por tanto de esta forma específica de producción que es la capitalista". (Tomo III. Págs. 254-255. F. C. E. México).

Aquellos que sostienen que la acumulación del capital constante resuelve el problema de la acumulación están simplemente repitiendo la idea de que los capitalistas pueden simplemente intercambiar sus productos entre sí, aunque lo hacen -por así decirlo- para el "futuro" y no para el consumo inmediato. Pero, tarde o temprano, el capital constante invertido tendrá que hallar un verdadero mercado para los bienes producidos o, de lo contrario, el ciclo de la acumulación se vendrá abajo. Debido a que no hay manera de evitar este problema, afirmamos que la aseveración de Luxemburgo, de que la plusvalía en su totalidad no puede ser realizada dentro de las relaciones sociales de la sociedad capitalista, es la única conclusión válida de la idea de Marx de que la producción capitalista no crea su propio mercado. Ésta es la única alternativa a la teoría de Ricardo que sostiene que las crisis de sobreproducción son simples interrupciones accidentales de un ciclo de reproducción básicamente armónico. Los partidarios de la teoría de la "tasa de beneficio" de Mattick están con Marx cuando ponen el énfasis en la importancia de la tendencia a la baja del tipo de beneficio (tendencia decreciente de la tasa de ganancia) como factor de la crisis capitalista, pero están con Say y Ricardo cuando niegan que el problema de la realización es fundamental para el proceso de acumulación capitalista.

¿Dos teorías o una sola?

A partir de lo que hemos dicho más arriba está claro que no puede haber un análisis marxista de la crisis que ignore el problema del mercado como factor fundamental de la crisis capitalista. Incluso el argumento avanzado por Mattick y otros de que la sobreproducción de mercancías, siendo un problema real, es sólo un efecto secundario de la tendencia a la baja del tipo de beneficio, elude la verdadera cuestión que plantean Marx y Luxemburgo: el mercado de la producción capitalista se halla limitado por la relación misma entre trabajo asalariado y capital. Tanto el descenso de la tasa de beneficio como el problema del mercado existen como contradicciones primordiales del capitalismo. Al mismo tiempo, ambas contradicciones están íntimamente ligadas y se condicionan mutuamente de múltiples formas. La cuestión es ¿Cuál es el marco más adecuado para comprender cómo obran entre sí estos dos fenómenos?

Se podrá argumentar que el análisis de Mattick no puede ofrecer tal marco, en la medida en que niega que exista un problema de mercado. La teoría de Luxemburgo, en cambio, no rechaza el descenso de la tasa de beneficio. Es verdad que en "La acumulación del capital" Luxemburgo desarrolla un modelo abstracto, ciertamente, según el cual "la tendencia a la baja del tipo de beneficio se detendrá por completo". En "Una anticrítica" sostiene que: "... queda aún  tiempo para que sobrevenga por este camino el hundimiento del mundo capitalista, tanto como el que queda para la extinción del sol" ("La Acumulación de capital". Pág. 393).

Se podría decir que estas citas expresan una subestimación del problema por parte de Luxemburgo, pero en su enfoque básico no hay nada que lo rechace; a decir verdad en "La acumulación del capital" nos brinda algunos ejemplos de la acción reciproca entre el descenso de la tasa de beneficio y el problema del mercado (ver más abajo).

La razón por la cual Rosa ponía énfasis en el problema del mercado como raíz de la decadencia es fácil de averiguar. Como señaló Marx, el descenso de la tasa de ganancia como factor de la crisis aparece como una tendencia general que se expresa a lo largo de amplios periodos y con una serie de influencias que se contrarrestan. Mientras que al contrario, el problema de la realización puede obstruir el proceso de la acumulación de una manera más directa e inmediata; lo cual se ha mostrado como cierto respecto a las crisis coyunturales del siglo XIX y a la crisis histórica del capitalismo. La absorción de las áreas precapitalistas que habían permitido la extensión continua del mercado fue una barrera a la que se enfrentó el capital desde mucho antes de que su composición orgánica se hinchara a tal escala como para impedir mantener una producción rentable. Pero, como se evidencia en la "Plataforma de la CCI": "... la dificultad creciente que tiene el capital para encontrar los mercados donde realizar   su plusvalía, acentúa la presión a la baja que ejerce sobre la tasa de ganancia el aumento constante de la proporción entre el valor de los medios de producción y el de la fuerza de trabajo que los pone en funcionamiento. La baja de la tasa de ganancia, en un principio tendencia, se vuelve cada vez más efectiva, lo cual entorpece aún más el proceso de la acumulación del capital y, por tanto, el funcionamiento de todo el engranaje del sistema".

La saturación del mercado mundial, por un lado, empeora el descenso de la tasa de ganancia (porque el incremento de la competencia en un mercado cada vez más reducido obliga a los capitalistas a renovar los equipos antes de que todo su valor se haya desgastado) y, por otro, elimina una de sus influencias negativas más importantes: compensar la baja de la cuota de ganancia incrementando su masa; es decir, inflando el volumen de mercancías producidas. Todo esto puede compensar al descenso de la tasa de ganancia sólo mientras la expansión del mercado se mantenga en proporción a este incremento de la masa mercantil. Cuando el mercado no puede extenderse más la compensación sólo empeora las cosas, agravando tanto el descenso de la cuota de ganancia como el problema de la realización. Mucho trabajo y estudio deben hacerse aun sobre esta cuestión pero hay que tener en cuenta que, aunque es cierto que Luxemburgo no resolvió todos los problemas, el marco que elaboró permite comprender de forma más completa el papel que juega el descenso de la cuota de ganancia.

¿Es que el problema va más lejos? ¿Es que hay una contradicción básica en el pensamiento mismo de Marx (ya que no se logra "reconciliar" los dos fenómenos)? Claro que a primera vista parece que la tesis de que la crisis resulta de que hay demasiada plusvalía no realizada, no puede ser  "conciliada" con la tesis de que la crisis está causada por una escasez de plusvalía. Vamos a intentar mostrar qué hay en el fondo.

Pese a que Marx nunca resolvió este problema existen elementos en su obra que nos permiten decir que ambas contradicciones son parte efectivamente de un todo dialéctico. Para empezar: "Por lo demás, el capital está formado por mercancías razón por la cual la sobreproducción de capital contiene también la sobreproducción de mercancías. De aquí el peregrino fenómeno de que los mismos economistas que niegan la sobreproducción de mercancías reconozcan la sobreproducción de capital" (El Capital. Tomo III. Pág. 254. F. C. E. México).

Una vez comprendido esto se puede ver que las dos contradicciones actúan necesariamente juntas en las crisis capitalistas; de un lado, la sobreproducción de capital causa un descenso en la cuota de ganancia debido a que implica un desajuste al alza de la relación entre el capital constante y el variable; de otro, esta enorme masa de capital constante produce una abundancia de mercancías que va excediendo cada vez más el poder de consumo del capital variable (o sea, de los asalariados), en relativa disminución. Espoleado por la competencia hacia un mercado restringido, el capital y su capacidad de vomitar mercancías crece y se hincha enormemente, mientras que las masas asalariadas se empobrecen más y más en relación al capital; cada mercancía contiene cada vez menos beneficios, cada vez pueden venderse menos mercancías,... La cuota de ganancia y la capacidad de realización se hunden juntas y una agrava las dificultades de la otra. La aparente contradicción, entre "tener demasiada" y "no tener bastante" plusvalía, desaparece cuando se ve claramente que nos estamos refiriendo al capital en conjunto y que estamos hablando en términos relativos y no absolutos. Es evidente que para el Capital -entendido como un todo- jamás hay una saturación absoluta de mercados, ni la cuota de ganancia baja a un cero absoluto que acabaría con toda la plusvalía disponible,... De hecho, como Luxemburgo demostró, a un cierto nivel de la concentración de capital el "exceso" y la "escasez" de plusvalía son la misma cosa, vista desde un punto de vista diferente: "Si la capitalización de la plusvalía es un fin en sí mismo y un motivo impulsor de la producción, la renovación del capital constante y del variable (así como la parte consumida de la plusvalía) es la amplia base y la condición previa de aquella. A medida que, con el desarrollo internacional del capitalismo, la capitalización de la mercancía se hace cada vez más apremiante y precaria, la amplia base (del capital constante y del variable) es una masa cada vez más potente, en absoluto y en relación con la plusvalía. De ahí se desprende un hecho contradictorio: los antiguos países capitalistas constituyen entre sí mercados capitalistas cada vez más grandes, y son cada vez más indispensables los unos para los otros, mientras que al mismo tiempo combaten cada vez más celosamente, como competidores, en sus relaciones con países no capitalistas. Las condiciones de la capitalización de la plusvalía se hallan cada vez más en contradicción entre ellas, lo cual no es, después de todo, más que un reflejo de la contradictoria ley de la cuota decreciente de beneficio". (R. Luxemburgo: "La acumulación del capital". Pág. 282).

En otras palabras, es una masa de plusvalía cada vez más reducida la destinada a la capitalización, pero aún así sigue siendo "excesiva" respecto a la demanda efectiva. Y esta plusvalía cada vez más "reducida" (aunque superior al valor que simplemente sustituye al capital inicialmente desembolsado) resulta de una composición orgánica de capital cada vez más alta.

En consecuencia, parece claro que las dos contradicciones trazadas por Marx no se excluyen mutuamente sino que son dos aspectos del proceso total de la producción de valor. Esto es lo que, en última instancia, hace posible que las "dos" teorías de la crisis se vuelvan una sola.

Consecuencias políticas

Hemos tratado de probar que, a fin de cuentas, la "cuota de ganancia" y los problemas del "mercado" son teóricamente "reconciliables", aunque el enfoque de Grossman-Mattick lo ignore o no tenga en cuenta el problema de la realización de la plusvalía. Los puntos débiles, en la teoría de Mattick a nivel "económico", implican también ciertas insuficiencias en las conclusiones políticas que de estos se derivan. Aunque debemos limitarnos aquí a una breve mención de estos puntos débiles, y pese a que repetimos que no se pueden derivar posiciones políticas mecánicamente de los análisis económicos, esto no significa que simplemente no existan consecuencias políticas. Éstas toman más la forma de tendencias que de leyes férreas y aparecen más pronunciadas en unos que en otros. Sin embargo, hay ciertas características comunes que parecen ser compartidas por las diferentes corrientes que defienden la teoría económica de Mattick.

Si se parte únicamente del análisis de la cuota decreciente de ganancia, es muy difícil definir el curso histórico de la crisis capitalista. Esto se aplica tanto a la definición retrospectiva del comienzo del período decadente, como al análisis de las perspectivas de la crisis hoy en día. Podríamos decir que ello se debe a que la teoría de Mattick deja sin respuesta, o sin respuesta adecuada, cierta cantidad de cuestiones básicas. Por ejemplo, si la cuota decreciente de ganancia es el único problema que afronta el capital ¿por qué razón la división del mundo entre las potencias imperialistas y la creación de la economía capitalista mundial han precipitado al capitalismo en una crisis histórica? ¿En qué momento alcanzó la composición orgánica del capital -tomada globalmente- un nivel en que las contratendencias de la cuota decreciente de ganancia ya no podían contrarrestarla? ¿En qué momento futuro, la cuota de ganancia será tan baja que impida al capital seguir acumulando sin recurrir a otra guerra? ¿Por qué la guerra ha llegado a ser el modo de supervivencia del capital en esta era? Si podemos decir que ninguna de estas preguntas puede ser contestada sin considerar la cuestión del mercado, Mattick al hacerlo, sólo da respuestas vagas a estas preguntas. No hay una consistencia real dentro de su comprensión de la época actual. En los años 30 sus escritos demostraban que sí comprendía que la crisis permanente del capitalismo era una realidad inmediata, que sólo podía compensarse gracias a una guerra mundial. Pese a ello, en sus escritos de posguerra parece que ponga en entredicho que el capitalismo había entrado realmente en una nueva época en tiempos de la Revolución Rusa. Unas veces, insinúa que la crisis histórica comenzó en torno a 1929; otras, que la cuota decreciente de ganancia sólo le creará problemas graves al capital allá por el año 2000. O sea que ¡quizás el capitalismo ni siquiera está en decadencia! Para ser breves, en Mattick no hay una comprensión consistente de la decadencia como un período de "crisis-guerra-reconstrucción", inaugurado definitivamente por la Primera Guerra Mundial. Tampoco hay una comprensión de la presente crisis como manifestación directa del ciclo histórico y no una simple convulsión pasajera en un período de crecimiento. Esta falta de claridad sobre lo que es la decadencia le lleva a subestimar la gravedad de la presente crisis y refuerza su tendencia hacia un academicismo en los años 40. Ya que, según él la "verdadera" crisis está muy lejana, la perspectiva de que surjan grandes luchas de clase no es para mañana. No hay por tanto hoy en día razón para comprometerse en la actividad política militante.

CWO que, pese a depender de la teoría económica de Mattick, comprende mucho mejor la decadencia, la presente crisis y las conclusiones políticas que se derivan, ha tratado de demostrar cómo puede ser explicado el período abierto por la Primera Guerra Mundial refiriéndolo a la cuota decreciente de ganancia (ver especialmente, "Las bases económicas de la decadencia capitalista": Revolutionary Perspectives, nº 2). Es un esfuerzo serio que requiere una crítica más detallada de la que se pueda intentar aquí. Tal crítica tendría que concentrarse en ciertas cuestiones cruciales, tales como: ¿Es coherente la aplicación de la teoría económica de Mattick en relación con el marco de la decadencia que emplea? ¿Hasta qué punto puede ser analizada la decadencia basándose en la cuota decreciente de ganancia, pero sin considerar el problema de los mercados? ¿Hasta qué punto sería coherente la apreciación de la decadencia que tiene CWO si no hubiese sido influenciada por otras tendencias, especialmente la CCI, que consideran el problema de los mercados como fundamental en la interpretación de la decadencia? En otras palabras, ¿Hasta qué punto el análisis de la decadencia de CWO mantiene una continuidad consistente con la teoría de Mattick? ¿De qué manera se amolda ese análisis a una teoría más unitaria de la decadencia? Lo que ya hemos dicho más arriba sobre la imposibilidad de ignorar el problema de la realización indica cual sería nuestra respuesta a estas preguntas.

Tal vez sea más importante señalar que las escuelas de la "cuota decreciente de ganancia", aunque no sigan a Mattick hasta el retiro académico, comparten la tendencia de considerar la "verdadera" crisis como algo para un futuro muy lejano. Ya que algunos de estos camaradas tienen también una concepción algo mecánica de la relación entre los niveles de la crisis y los de la lucha de clases, generalmente terminan diciendo que las perspectivas de la lucha de la clase proletaria y del reagrupamiento de los revolucionarios está aún lejos. Así, Battaglia Comunista considera que la presente crisis apareció en 1971 y, para ellos el resurgimiento de una organización internacional de revolucionarios sólo ocurrirá en algún día del futuro. CWO por su parte considera que tanto los preparativos del capital para la guerra imperialista como los de los obreros para la guerra civil son algo "del mañana", cuando la crisis alcance otro nivel. El reagrupamiento de los revolucionarios queda pospuesto por razones parecidas. Muchos de los camaradas escandinavos más cercanos a Mattick y, en cierto grado, todavía deslumbrados por la "prosperidad" escandinava, siguen considerando que las tareas de los revolucionarios consisten en estudiar y cavilar fuera de cualquier actividad militante. No creemos que estas actitudes "expectantes" sean accidentales. Están ligadas a las insuficiencias de la teoría de Mattick. A esta teoría le es difícil demostrar que la decadencia es en efecto una crisis permanente, resultante de la desaparición de las condiciones que permitieron una expansión capitalista saludable en el siglo XIX. La teoría de Luxemburgo al demostrar la naturaleza enferma de toda la acumulación en esta época, facilita la demostración de los límites del período de reconstrucción y la comprensión de que la crisis, la economía de guerra y la lucha de clases son todas realidades del presente. Es más, podríamos decir que la reacción de la clase obrera actual va retrasada con respecto al desarrollo de la crisis y de las preparaciones de la burguesía para la guerra. Esto no significa que la crisis haya tocado fondo, o que la guerra o la revolución estén a la orden del día en este instante, y que por ello deberíamos lanzarnos a un activismo desenfrenado (como es el caso del PIC -Pour une Intervention Communiste- de Francia, cuyo activismo natural es reforzado por una errónea aplicación de la teoría de la crisis de Luxemburgo). El capital todavía posee mecanismos capaces de retrasar la crisis. Toda una serie de procesos económicos y sociales seguirá su curso antes de que la crisis desemboque en la guerra o la revolución. Sin embargo, es importante ver que estos procesos ya están ocurriendo y que las tareas de los revolucionarios hoy en día son muy urgentes y no pueden ser dejadas para "mañana". Como escribía Bilan, "¿Puede el mañana ser otra cosa que el desarrollo de lo que está ocurriendo hoy?" ("Bilan", nº 36).

Como señalaba Lukacs en su ensayo "El marxismo de Rosa Luxemburgo", la validez de la teoría de la acumulación de Luxemburgo como contribución al punto de vista global del proletariado, está en que se basa en la "categoría de la totalidad", categoría que pertenece a una percepción específicamente proletaria. El problema de la acumulación investigado por Rosa corresponde como tal sólo al nivel del capital total o global. Los economistas vulgares que como punto de partida tomaban el marco del capital individual, eran incapaces de de ver incluso que hubiese problemas. Esta "vulgaridad" en cierta medida es aplicable a Mattick, ya que él exhibe una fuerte tendencia a considerar a cada capital nacional aisladamente. Esta perspectiva deformada lleva a algunos errores:

   - Ambigüedades sobre la posibilidad de la liberación nacional, ya que las naciones pequeñas, según Mattick, pueden escapar al mercado mundial bajo una autarquía o bajo la protección del bloque "capitalista de estado".

   - Paralelo a esto, Mattick ha afirmado que Rusia, China, etc., no son países reglamentados por la ley del valor y que no son realmente imperialistas debido a que no tienen ninguna tendencia intrínseca a abrirse al mercado mundial. Mattick ha acabado por llamar a esas sociedades..."socialismo de estado".

Estos errores se derivan de la incapacidad para considerar a esas naciones como parte integrante del mercado mundial capitalista. Sobre esta cuestión CWO, entre otros, también ha ido más allá de Mattick al afirmar la imposibilidad de la liberación nacional y que Rusia y China son países capitalistas reglamentados por la ley del valor. Aún así, su análisis contiene puntos débiles que hay que relacionar con su teoría económica. Al serle difícil examinar fenómenos particulares desde un punto de vista global, demuestran una cierta incapacidad para considerar el capitalismo de estado y la economía de guerra como realidades básicamente determinadas por la necesidad del capital nacional de competir en el mercado mundial. Para CWO, las medidas tomadas por el capitalismo de Estado responden sobre todo a la caída tendencial de la cuota de ganancia en ciertas industrias, cuya alta composición orgánica requiere la intervención del estado para mantenerlas a flote. Pero esta es sólo una explicación parcial, ya que el Estado procede así precisamente para aumentar la capacidad de competencia de todo el capital nacional. Similar es la idea de CWO de que Rusia, China, etc., pueden ser considerados capitalismos de Estado "integrales" cuyo desarrollo prueba que la "...acumulación de capital es posible en un sistema cerrado" (Revolutionary Perspectives, nº 1. Pág. 13). Este "hecho" pretende refutar el análisis económico de Luxemburgo, mientras que el concepto "capitalismo de Estado integral" permite colar la idea de que estas economías son en cierto modo "diferentes" y requieren ser tratadas de manera particular. La aseveración explícita e implícita de que el desarrollo autárquico es posible, podría tener varias consecuencias políticas. Por ejemplo, sobre la liberación nacional, CWO saca las conclusiones políticas correctas, pero habría que preguntarse si estas conclusiones son consistentes respecto a su análisis económico. ¿Es una consecuencia lógica más de su teoría económica la idea de Mattick de que las naciones subdesarrolladas podrían crecer gracias a su propio mercado interno?

Nosotros no insinuamos que CWO tenga confusiones fundamentales sobre la cuestión nacional; ni que su explicación sobre la imposibilidad de luchas por la liberación nacional carece de coherencia. Pero cualquier contradicción hoy abre la puerta a verdaderos errores mañana. Y podríamos decir que ya hay debilidades notables en el enfoque de CWO sobre la liberación nacional: le resulta difícil aceptar que, hoy, todos los capitales nacionales tienen los mismos voraces apetitos imperialistas, incluso el más pequeño de ellos; exhiben también un pronunciado pesimismo sobre la perspectiva de la lucha del proletariado en el tercer mundo. Sobre el primer punto arguyen que sólo Rusia y EE.UU. pueden actuar "realmente" como imperialistas hoy día, y que los otros capitales nacionales son sólo potencialmente, o en tendencia, imperialistas. Esto oculta la realidad de las rivalidades locales ínterimperialistas, que juegan un papel dentro de los enfrentamientos globales entre los bloques; realidad que se ve confirmada notablemente por los conflictos crecientes en el "cuerno" de África y en el Sudeste Asiático. En lo que concierne a la lucha de clases en los países del tercer mundo, CWO declara periódicamente cosas como: "...sólo podemos esperar desarrollos positivos... cuando los obreros en los países avanzados hayan emprendido la vía revolucionaria y dado una dirección clara" (R.P., nº 6). Semejante punto de vista reduce la importancia de las luchas actuales de los obreros del tercer mundo en el desarrollo internacional de la conciencia de clase, y establece una separación rígida entre hoy y mañana, entre los capitales más avanzados y los menos, lo cual no hace sino oscurecer la comprensión. Estos análisis inadecuados del imperialismo y la lucha de la clase se basan los dos en un análisis económico que afirma que sólo las naciones con alta composición orgánica de capital son imperialismos genuinos, y que sólo el proletariado de tales países tiene importancia. En estos dos casos, se nota una tendencia a fraccionar no sólo el capital mundial sino al proletariado mundial.

Esta tendencia de los teóricos del "descenso de la cuota de ganancia" a no considerar el problema más que desde el punto de vista del capital individual y no del global puede tener consecuencias en las discusiones sobre el período de transición. En efecto, si la acumulación del capital puede llevarse a cabo en un sólo país ¿por qué no considerar también las economías "comunistas" autárquicas? De cualquier modo, CWO cree que los bastiones proletarios podrían, temporalmente por lo menos, empezar a construir un modo de producción comunista una vez que se han salido del mercado mundial. Esta concepción equivocada puede ser criticada de manera coherente sólo desde una perspectiva que abarque el capital y el mercado mundial en su totalidad. De nuevo afirmamos que el planteamiento de Luxemburgo nos da las herramientas teóricas para comprender por qué tales bastiones aislados no podrían escapar a los efectos del mercado mundial de ninguna de las maneras.

Una vez dicho esto, debemos señalar dos importantes aspectos:

- que estas posiciones erróneas están ligadas sobre todo a una teoría unilateral de la "cuota decreciente de ganancia" del estilo de Mattick o CWO;

- que aún con todo, estas no provienen directa e inexorablemente de una marco económico erróneo.

Cuando examinamos los errores de un grupo revolucionario, es importante examinar la totalidad de su historia y de sus posiciones políticas. Muchos de los errores mencionados arriba tienen sus raíces en experiencias e incomprensiones fundamentales. El academicismo de Mattick, por ejemplo, está basado en una experiencia global de la contrarrevolución que le llevó a un profundo pesimismo sobre las perspectivas de la lucha de clases y a una seria subestimación de la necesidad de la organización de revolucionarios. Los errores de CWO sobre el reagrupamiento y el período actual son también, en gran parte, el resultado de la dificultad que tiene para apreciar la cuestión de la organización, mientras que sus errores sobre el período de transición se deben en su mayoría a su incapacidad para sacar las lecciones de la Revolución Rusa. Igualmente, en un contexto "luxemburguista", el activismo de PIC es más bien el resultado de una confusión profunda acerca del papel de los revolucionarios que el de su análisis económico. Podríamos decir que los errores a nivel de teoría económica tienden a reforzar los errores derivados de la totalidad de la política de un grupo. Cualquier incoherencia en los análisis hechos por un grupo puede abrir las puertas a confusiones más generales; pero no hablamos de fatalismos irrevocables, aquellos compañeros que apoyan "el descenso de la cuota de ganancia" no tienen necesariamente que caer en las confusiones acerca de la organización que tienen Mattick, CWO o Battaglia Comunista, ni en sus incomprensiones sobre la Revolución Rusa. Al mismo tiempo, confusiones sobre la organización y algunas otras, como el sectarismo de CWO, pueden en la práctica acentuar las debilidades de su análisis económico. No es difícil notar por ejemplo que el esfuerzo cada vez mayor de CWO por negar el problema de la sobreproducción está ligado a la necesidad que sienten de distinguirse de ciertos grupos que defienden una concepción diferente de la decadencia. Los compañeros que toman como punto de partida el análisis de la "tendencia decreciente de la cuota de ganancia" pueden y deben ser capaces de desarrollar un punto de vista más global, que no niegue el problema del mercado. Naturalmente, creemos que esto les llevará a hacerse "luxemburguistas"  pero sólo un debate abierto y constructivo podrá realmente clarificar esta cuestión.

Esto nos permite llegar a una conclusión general sobre la importancia de este debate. El debate es de considerable importancia, porque así como las debilidades de un análisis económico pueden preparar el ánimo o reforzar errores políticos más generales, un análisis coherente de las bases económicas de la decadencia reforzará tanto nuestra comprensión de la decadencia como las conclusiones políticas que saquemos. La cuestión, por lo tanto, debe ser discutida como parte de la totalidad de las posiciones comunistas.

El debate puede situarse dentro de una perspectiva correcta si se comprende su importancia como aspecto de una coherencia más general. Dado que un análisis de las bases económicas de la decadencia es parte de un punto de vista proletario más global, un punto de vista que requiere un compromiso activo de "cambiar el mundo", la discusión no tiene que impedir nunca la actividad revolucionaria organizada. Y debido a que las conclusiones políticas defendidas por los revolucionarios no surgen mecánicamente de un análisis económico particular, la discusión no puede servir nunca de obstáculo al reagrupamiento de los revolucionarios. Como la CCI siempre ha sostenido, el debate puede y debe verificarse dentro de una misma organización revolucionaria. En el pasado, la defensa de teorías económicas diferentes no ha impedido que los revolucionarios se unifiquen, y no vemos por qué hoy o en el futuro tendría que ser diferente. A decir verdad lo más probable es que ésta sea una de las cuestiones que seguiremos discutiendo, por algún tiempo, después de que el proletariado haya borrado al capitalismo de la faz de la tierra...

C. D. Ward

Octubre 1917: Principio de la revolución proletaria (2ª parte)

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En la primera parte de este artículo nos propusimos demostrar que la naturaleza proletaria de la Revolución de octubre de 1917 no provenía de las características particulares de Rusia en aquella época, sino que estuvo determinada por las características generales de la evolución del capitalismo mundial. La guerra de 1914 indica que el capitalismo había entrado en su fase de decadencia histórica. A partir de ese momento en que las condiciones objetivas de la revolución proletaria existen a escala mundial, la revolución en Rusia no podía ser sino el primer eslabón de la revolución internacional. Rechazábamos por tanto las teorías de la corriente "consejista" que consideran a la Revolución rusa como "burguesa" y afirmábamos que, con sus análisis, lo que hacen es retomar:

-         o bien la concepción de los mencheviques y de Kautsky que los condujo a traicionar a la clase obrera;

-         o la concepción de Stalin sobre la posibilidad de "construir el socialismo en un solo país";

-         o la concepción anarquista que identifica al socialismo con una administración de las empresas por los obreros que trabajan en ellas;

-         o la concepción de la Socialdemocracia de derechas, según la cual la revolución proletaria no estaba al orden del día en ningún país, en 1917.

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