Frente al ataque frontal sobre las pensiones en Francia y en Austria, se han puesto en lucha sectores enteros de la clase obrera con una determinación que no se había visto desde finales de los años 80. En Francia durante varias semanas, hubo repetidas manifestaciones que reunieron cientos de miles de obreros del sector público pero también del privado: un millón y medio de proletarios estaban en las calles de las principales ciudades francesas el 13 de mayo, cerca de un millón en la manifestación parisina del 25 de mayo. El 3 de junio había todavía 750 000 personas movilizadas. El sector de la Educación nacional estuvo en la punta de lanza del movimiento social del país, entre otras cosas porque ha sido el atacado con más violencia. En Austria, ante ataques parecidos sobre las pensiones, ha habido las manifestaciones más masivas desde finales de la Segunda Guerra mundial, más de 100 000 personas el 13 de mayo, cerca de un millón (en un país con menos de 10 millones de habitantes) el 3 de junio. En Brasilia, capital administrativa de Brasil, una manifestación juntó a 30 000 empleados del servicio público el 11 de junio, movilizados contra una reforma de los impuestos, de la seguridad social, pero, sobre todo, allí también, de las pensiones, una “reforma” impuesta por el nuevo “gobierno de izquierda” de Lula. En Suecia, 9 000 empleados municipales y de servicios públicos se pusieron en huelga contra los recortes en los presupuestos sociales.
Hasta ahora, la burguesía ha logrado escalonar en el tiempo sus ataques antiobreros, por grupos, por sectores, regiones o países. Lo importante de la situación actual es que desde finales de los años 90, los ha emprendido de manera más brutal, violenta y masiva. Es un índice de la aceleración de la crisis mundial que se plasma en dos fenómenos fundamentales y concomitantes a escala internacional: el retorno de la recesión abierta y una nueva cota alcanzada por el endeudamiento.
La caída en una nueva recesión afecta hoy de lleno a los países centrales, a los países del centro del capitalismo: Japón desde hace ya años y ahora Alemania. Oficialmente, Alemania ha entrado en un nuevo período de recesión (por segunda vez en dos años). Otros Estados europeos, Holanda en particular, están en la misma situación. Esta recesión amenaza seriamente a Estados Unidos desde hace dos años. Vuelve a subir la tasa de desempleo y se incrementan los déficits de la balanza comercial y los presupuestos del Estado federal. El diario francés Le Monde del 16 de mayo de 2003 daba la alarma sobre el riesgo de deflación, que vuelve a hacer aparecer los espectros de los años 30:
“No sólo disminuye día tras día la esperanza de un relanzamiento tras la guerra contra Irak, además está creciendo el temor de ver la economía americana hundirse en una espiral de baja de tarifas (…) Un guión de film-catástrofe en el que los precios de los activos y de los bienes de consumo no paran de bajar, las ganancias se desmoronan, las empresas bajan los salarios y despiden, acarreando así nuevas bajas del consumo y de los precios. Las familias y las empresas, demasiado endeudadas, no pueden ya hacer frente a sus compromisos, los bancos anémicos restringen los créditos bajo la mirada impotente de la Reserva Federal. No se trata de hipótesis de especialistas con ganas de emociones fuertes. Eso es lo que está viviendo Japón desde hace diez años con algún que otro período de remisión de vez en cuando”.
Lo que la burguesía llama deflación no es ni más ni menos que un hundimiento duradero en la recesión en la que un “guión” como el descrito arriba se vuelve realidad, en el que la burguesía ya no logra usar el crédito como factor de relanzamiento. Eso es una denegación a quienes creían que la guerra en Irak iba a permitir una reanudación de la economía mundial, cuando en realidad es una sima para ella. La guerra y la ocupación que va a durar son ante todo una sangría importante en la economía de EE.UU (mil millones de $ semanales para el ejército de ocupación) y de Gran Bretaña. Además se están acelerando por todas partes en el mundo las carreras de armamentos, en especial con los nuevos programas militares europeos, lo cual implica una suplemento de explotación de los proletarios.
La segunda característica de la situación económica, es la huida ciega en una deuda colosal que es una auténtica bomba de relojería para el futuro, que afecta a todas las economías, desde las empresas hasta los gobiernos nacionales, pasando por las familias, cuya tasa de endeudamiento nunca había sido tan elevada (cf. artículo sobre la crisis en esta Revista).
Como ocurre cada vez que está enfrentado a la crisis y a sus contradicciones, el capitalismo intenta superarla con los dos únicos medios de que dispone:
– por un lado, intensifica la productividad del trabajo, sometiendo cada vez más a los obreros, o sea los productores de plusvalía, a cadencias infernales;
– por otro lado, arremete directamente contra el coste del capital variable, o sea la parte correspondiente al pago de la fuerza de trabajo, reduciéndola cada vez más. Para ello dispone de varios medios: multiplicación de planes de despidos; baja de salarios, cuya variante más utilizada es la de hacer frente a la competencia mediante la “deslocalización” o los trabajadores inmigrados con los que disfrutar de una mano de obra lo más barata posible; reducción del costo del salario social cercenando todos los subsidios sociales (pensiones, salud, subsidios de desempleo)
El capitalismo está cada día más obligado a incidir simultáneamente en todos esos planos, o sea que, por todas partes, los Estados están abocados a arremeter al mismo tiempo contra TODOS los aspectos de las condiciones de vida de la clase obrera. A la burguesía no le queda otra opción, en su lógica de la ganancia, sino la de llevar a cabo ataques masivos y de frente. Y, evidentemente, toma sus precauciones para planificar y coordinar el ritmo de esos ataques según los países para evitar una simultaneidad de conflictos sobre la misma cuestión.
Desde los años 70, con la generalización del desempleo masivo y el sacrificio de miles de empresas y sectores menos rentables de la economía, han desaparecido millones de empleos y la burguesía ha desvelado su incapacidad para integrar a las nuevas generaciones de obreros en la producción. Pero hoy se ha dado un nuevo salto: a la vez que se sigue despidiendo a mansalva, la nueva diana de la burguesía son todos los subsidios sociales. En algunos países centrales como Estados Unidos, la “protección social” ha sido prácticamente inexistente. Pero en este país, en particular, las empresas financiaban la mayoría de las veces las pensiones de sus asalariados. La base de los “escándalos financieros” de estos últimos años, cuyo ejemplo más espectacular ha sido el de Enron, es que las empresas se aprovechaban de esos fondos para colocarlos en acciones de la Bolsa; ese dinero acabó en el humo de la especulación, sin que las empresas puedan pagar la más mínima pensión, sin los medios para reembolsar a los asalariados expoliados, ahora reducidos a la más sombría de las miserias. En otros países como Gran Bretaña, ya fue ampliamente desmantelada la protección social. El ejemplo de Gran Bretaña es de lo más edificante sobre lo que le espera a la clase obrera entera: desde los “años Thatcher”, hace veinte, las jubilaciones se pagan con fondos de pensión. Pero la situación no ha cesado de degradarse desde entonces. Al transformar las jubilaciones en fondos de pensión, se hizo creer que esos fondos iban a producir muchos ingresos. Y fue lo contrario. En estos últimos años, la caída vertiginosa de la cotización de esos fondos a llevado a la miseria a cientos de miles de obreros (la pensión garantizada por el Estado es de unos 120 Euros por semana) y más del 20% viven ya por debajo del umbral de pobreza, condenando a muchos de ellos… a no jubilarse y a trabajar para poder “sobrevivir” hasta los 70 años o hasta la muerte, generalmente haciendo chapuzas muy mal pagadas. Muchos obreros se encuentran en situaciones de angustia al ser incapaces de pagarse un alojamiento o unos mínimos gastos médicos. Ya nadie toma a su cargo la hospitalización de las personas mayores que deben recurrir a tratamientos onerosos. Los hospitales o las clínicas inglesas no aceptan las diálisis para pacientes mayores que no disponen de medios para pagar, o sea que los condenan directamente a morir. Quienes no poseen ingresos suficientes para ser curados pueden reventar en una esquina. En otro plano, las reventas de casas o pisos cuyos plazos ya no pueden pagar los obreros se han multiplicado por 4 en los dos últimos años mientras que 5 millones de personas viven por debajo del umbral de pobreza (esta cifra se ha duplicado desde los años 70) y el desempleo tiene hoy el mayor incremento desde 1992. El primer país capitalista en haber instaurado el Welfare State (Estado del bienestar) tras la Segunda Guerra mundial se convirtió en el primer laboratorio para su desmantelamiento.
Hoy esos ataques se generalizan, se “mundializan”, haciendo saltar por los aires el mito de las “conquistas sociales”. El carácter de estos nuevos ataques es significativo. Van contra las pensiones de jubilación, los subsidios a los desempleados y los gastos de salud. Lo que hacen aparecer por todas partes cada vez más claramente es la incapacidad creciente de la burguesía para financiar los presupuestos sociales. La plaga del desempleo y el final del llamado Estado del Bienestar son dos expresiones muy significativas de la quiebra global del capitalismo. Eso es lo que acaban de ilustrar los ataques recientes en una serie de países:
• en Francia, sobre las pensiones, no solo se ha tratado de alinear el sector público con el privado pasando de 37,5 a 40 años en la duración de cuotas para tener derecho a cobrar una pensión “plena”. El gobierno ha anunciado el aumento progresivo de esta duración a 42 años, que será más tarde incrementada en función de la tasa de empleo. Se aumentarán las cuotas para todos los asalariados para así reflotar las cajas de pensiones, sin olvidar la obligación de cotizar a fondos de pensión o pensiones complementarias. Según el discurso oficial, se trata de un factor puramente demográfico, el “envejecimiento” de la población, responsable del déficit de las cajas de pensiones, que sería un “fardo” insoportable para la economía. No habría bastantes “jóvenes” para pagar las jubilaciones de una cantidad creciente de “viejos”. En realidad, los jóvenes ingresan cada vez más tarde en la vida activa, no sólo a causa de una escolaridad alargada que los progresos técnicos de la producción han hecho necesaria, sino, sobre todo, porque con cada día más dificultades logran encontrar un empleo (la prolongación de la escolaridad es también, por cierto, una manera de enmascarar el desempleo juvenil). Es, en realidad, el incremento imparable del desempleo (que es como mínimo el 10% de la población en edad de trabajar) y de la precariedad, la causa principal del descenso de cuotas y de los déficits en los sistemas de jubilación. De hecho, muchos patronos no tienen interés en guardar en sus plantillas a trabajadores mayores, mejor pagados en general que los jóvenes aunque tengan menos fuerzas y además son menos “maleables”. Tras los discursos sobre la necesidad de trabajar menos tiempo, está la realidad de una caída masiva del nivel de las pensiones de jubilación. En cuanto se impongan las medidas previstas van a concretarse en una baja del poder adquisitivo de las pensiones entre 15 y 50%, incluidos los asalariados peor pagados. Otra “reforma”, la de la Seguridad social, con unas medidas que serán decididas en otoño, ha empezado ya con una lista de 600 medicamentos que dejarán ser reembolsables y una nueva lista de 650 más que va a publicarse e inmediatamente aplicable por decreto en julio.
• En Austria, un ataque parecido al de Francia dirigido sobre todo contra las pensiones. Aquí la duración de las cuotas iba ya hasta los 40 años y ahora va a pasar a 42 y para una mayoría de asalariados será de 45 años con una amputación de los ingresos que podrá alcanzar el 40% para algunas categorías. El canciller conservador Schüssel ha aprovechado las elecciones anticipadas de febrero para formar un nuevo gobierno homogéneo de derecha “clásica” tras la “crisis” de septiembre de 2002 que acabó con la embarazosa coalición con el partido populista de Heider, lo cual permitió a la burguesía tener las manos más libres para asestar esos nuevos ataques.
• En Alemania, el gobierno rojiverde ha impuesto un programa de austeridad llamado “agenda 2010” que arremete simultáneamente contra varias cuestiones sociales. Primero: reducción drástica de subsidios por desempleo. El plazo de la indemnización que era de 36 meses se reducirá a 18 para los mayores de 55 años y de 12 para los demás. Después, a los obreros despedidos no les quedará otro recurso que el “auxilio social” (unos 600 euros por mes). Esto equivaldrá a una división por dos del monto de las pensiones de jubilación para 1 millón y medio de trabajadores reducidos al desempleo y eso cuando Alemania está saltándose la barrera de los 5 millones de parados. En cuanto a los gastos de salud, se prevé une baja de las prestaciones del seguro de enfermedad (reducción del reembolso de las visitas médicas, restricciones en las bajas por enfermedad). Un ejemplo de muestra: a partir de la sexta semana de baja por enfermedad en un año, la Seguridad Social dejará de pagar y los asegurados deberán pagarse un seguro privado si quieren ser reembolsados. Esas restricciones en los gastos de salud vienen a añadirse a un alza en las cuotas del seguro de enfermedad instaurada a principios de 2003 para todos los asalariados. Paralelamente, el régimen de jubilaciones va a ser, al cabo, atacado también en Alemania: más edad para jubilarse (ya es de 65 años de media), aumento de las cuotas de los asalariados, supresión de la subida automática anual de las pensiones. Desde principios de año se han aplicado subidas de impuestos (retención en la hoja de paga para los salarios), medidas para favorecer el trabajo interino, incremento de la precariedad en el trabajo, contratos de tiempo parcial o de duración limitada.
• en Holanda, tras haberse quitado de encima a su ala populista, el nuevo gobierno de coalición (democristianos, liberales, reformadores) se ha apresurado a anunciar un plan de austeridad basado en restricciones presupuestarias en lo social (un plan que prevé unos ahorros de 15 mil millones de euros) con, entre otras cosas, una reforma radical de los subsidios de desempleo y de los criterios de incapacidad laboral así como una revisión general de la política salarial.
• en Polonia también se arremete contra los gastos de salud. Excepto las enfermedades muy graves reembolsadas en su totalidad, la mayoría de las enfermedades solo lo son 60 o 30%. Enfermedades “benignas”, como la gripe o unas anginas: nada. El estatuto de funcionario no protege de los despidos.
• En Brasil, ya dijimos antes que el Partido de los Trabajadores de “Lula” está en la vanguardia de…los recortes en los presupuestos sociales en Latinoamérica.
• En el marco de la ampliación de la Unión Europea, las directivas del Buró Internacional del Trabajo para los años venideros es que la financiación de las cajas de pensiones para 5 de los 10 países interesados (Polonia, Hungría, Bulgaria, Lituania y Estonia) corra únicamente a cargo de los obreros, mientras que hasta ahora corría a cargo de los empresarios, del Estado y de los asalariados.
Se puede pues comprobar que sea cual sea el gobierno, de derecha o de izquierda, son por todas partes los mismos ataques.
Mientras tanto, los planes de despidos masivos se acumulan a mansalva: 30 000 en Deutsche Telekom, 13 000 en France Télécom, 40 000 en la Deutsche Bahn (ferrocarriles alemanes), 2000 más en la SNCF (ferrocarriles franceses). FIAT acaba de anunciar la supresión de 10 000 empleos en el continente europeo, tras los despidos de 8 100 obreros a finales de 2002 en Italia, Alsthom 5000. La compañía aérea Swissair ha previsto eliminar 3000 empleos suplementarios en un sector ya muy afectado por la crisis desde hace dos años. El banco de negocios estadounidense Merrill Lynch ha despedido 8000 asalariados desde el año pasado. 42 000 empleos se han perdido en Gran Bretaña durante el primer trimestre de 2003. No se libra ningún país, ni sector alguno. Por ejemplo, desde hoy a 2006, se calcula que cerrarán en ese país empresas a un ritmo de 400 por semana. Por todas partes lo que se está haciendo la regla es la interinidad de los empleos.
Ha sido pues ante semejante agravación cualitativa de la crisis y de los ataques contra las condiciones de vida consecuencia de ella, si la clase obrera se ha movilizado en las luchas recientes.
Lo primero que hay que subrayar respecto a esas luchas es que son una refutación total de todas las campañas ideológicas con las nos han abrumado tras el desmoronamiento del bloque del Este y de los regímenes estalinistas. No, la clase obrera no ha desaparecido. No, sus luchas no pertenecen al pasado. Demuestran que la perspectiva sigue estando orientada hacia los enfrentamientos de clase, a pesar de la desorientación y del gran retroceso de la conciencia de clase provocados por los grandes cambios habidos después de 1989. Un retroceso acentuado además por todos los otros estragos de una descomposición social avanzada, que tiende a hacer perder a los proletarios sus referencias y su identidad de clase, y por las campañas de la burguesía, antifascistas, pacifistas y demás movilizaciones “ciudadanas”. Ante una situación así, los ataques de la burguesía y del Estado empuja a los proletarios a afirmarse de nuevo en su terreno de clase y a reanudar, al cabo, con las experiencias pasadas y la necesidad vital de luchar. Y ha sido así como los obreros se han visto obligados a vivir otra vez la experiencia del sabotaje de la lucha por esos órganos de encuadramiento de la burguesía que los sindicatos y los izquierdistas son. De modo más significativo, empiezan a plantearse en el seno de la clase obrera, a pesar de la amargura de la derrota inmediata, cuestiones más profundas sobre cómo funciona esta sociedad que, al cabo, acabarán poniendo en entredicho las ilusiones sembradas por la burguesía.
Para entender cuál es el alcance de esos ataques y lo que significan esos acontecimientos en la evolución de la relación de fuerzas en la lucha de clases, el método marxista nunca ha sido quedarse con la nariz pegada a las luchas mismas, sino definir cuál es el objetivo principal de la clase enemiga, qué estrategia desarrolla ésta, ante qué problemas se encuentra en un momento dado. Pues para luchar contra la clase dominante, la clase obrera debe siempre no sólo identificar a sus enemigos, sino comprender lo que están haciendo y qué maniobras preparan contra ella. En efecto, estudiar la política de la burguesía es generalmente la clave más importante para comprender la relación de fuerzas global entre las clases. Marx dedicó mucho más tiempo, páginas y energía, a examinar, disecar sus costumbres y desmontar la ideología de la burguesía para dejar en evidencia la lógica, los fallos y las contradicciones del capitalismo, que a describir y examinar, por sí solas, las luchas obreras. Por eso, ante un acontecimiento de un alcance mucho mayor, en su folleto sobre La lucha de clases en Francia en 1848, analizó sobre todo los resortes de la política burguesa. Lenin, por su parte, afirmaba en ¿Qué hacer? (1902):
“La conciencia de las masas obreras no puede ser una conciencia de clase auténtica si los obreros no aprenden, a partir de los hechos concretos y sobre todo políticos, de actualidad, a observar a la otra clase en toda su vida intelectual, moral y política. (…) Quienes concentran su atención, su observación y la conciencia de la clase obrera exclusiva e incluso principalmente en sí misma, no son socialdemócratas”,
o sea no son verdaderos revolucionarios.
Recientemente, en la Resolución sobre la situación internacional adoptada en nuestro XVº Congreso, la CCI volvía a afirmar una vez más:
“El marxismo ha insistido siempre en el hecho de que no basta con observar la lucha de clases desde el único ángulo de lo que hace el proletariado, puesto que la burguesía también lleva una lucha de clase contra el proletariado y su toma de conciencia. Un elemento clave de la actividad marxista ha sido siempre examinar la estrategia y la táctica de la clase dominante para tomarle la delantera a su enemigo mortal” (Revista internacional, nº 113).
Desdeñar el estudio del enemigo de clase siempre ha sido algo típico de las tendencias obreristas, economicistas y consejistas en el movimiento obrero. Esta visión se olvida de un dato elemental que debe servir de brújula en el análisis de una situación determinada, y es que, en una situación ya claramente prerrevolucionaria, no es nunca el proletariado el que está a la ofensiva. En los demás casos es siempre la burguesía, como clase dominante que es, la que ataca y obliga al proletariado a responder, la que, de modo permanente y organizado, se adapta no sólo a lo que hacen los obreros, sino que procura anticipar las reacciones de éstos, pues la clase explotadora nunca cesa de vigilar a su adversario irreductible. Para ello dispone además de instrumentos específicos que le sirven permanentemente de espías para medir la temperatura social, o sea, los sindicatos.
Así ante la situación actual, lo primero que hay que preguntarse es por qué la burguesía lleva a cabo sus ataques de esta u otra manera.
Los medios de comunicación han comparado ampliamente el movimiento habido en Francia con las huelgas de noviembre-diciembre de 1995 en el sector público contra el gobierno de Juppé, que entonces también produjeron concentraciones comparables con las de ahora. En 1995, el objetivo esencial del gobierno fue sacar provecho de la campaña ideológica que montó toda la burguesía sobre la pretendida “quiebra del marxismo y el comunismo” tras el desmoronamiento de los regímenes estalinistas, explotando el retroceso en la conciencia de clase para reforzar y prestigiar el aparato de encuadramiento sindical, borrando toda la experiencia acumulada por las luchas obreras entre 1968 y los años 80, especialmente sobre la cuestión sindical. Incluso si una parte económica del plan Juppé (para la “reforma” de la financiación de la seguridad social y la instauración de un nuevo impuesto aplicado a todos los ingresos) acabó pasando bajo el gobierno de Jospin, la parte dedicada a las pensiones de jubilación (supresión de los regímenes especiales más “favorables” del sector público) no pudo realizarse e incluso fue deliberadamente sacrificada por la burguesía para con ello hacer creer que todo fue una “victoria de los sindicatos”. La burguesía quiso así mostrar aquella huelga como una “victoria obrera” gracias a los sindicatos que “hicieron echarse atrás al gobierno”, como una lucha ejemplar asegurándole una publicidad mediática fenomenal a escala internacional. Se invitaba así a la clase obrera de los demás países a hacer su “diciembre 95 francés”, referencia inevitable de todos los combates futuros, y sobre todo, a ver en los sindicatos, tan “combativos”, tan “unitarios”, tan “determinados” durante los acontecimientos, sus mejores aliados para defenderse contra los ataques del capital. Ese movimiento fue por cierto, la referencia de las luchas sindicales en Bélgica justo después y en Alemania seis meses más tarde, todo para volver a darle brillo a una combatividad sindical tan empañada en el pasado. Hoy el grado alcanzado por la crisis económica no es el mismo. La gravedad de la crisis capitalista obliga a la burguesía nacional a acometer el problema de frente. Atacar el régimen de pensiones no es más que una de las primeras medidas de una larga serie de nuevos ataques masivos y frontales en preparación.
La burguesía nunca se enfrenta a la clase obrera de manera improvisada. Procura siempre debilitarla al máximo. Para ello ha adoptado a menudo la táctica de tomar la delantera, haciendo que salten movimientos sociales antes de que las amplias masas obreras estén en condiciones de asumirlos, provocando a ciertos sectores más dispuestos a ponerse ya en movimiento. El ejemplo histórico más significativo fue el aplastamiento, en enero de 1919, de los obreros berlineses que se habían revelado tras una provocación del gobierno socialdemócrata, pero que se quedaron aislados del resto de su clase, que todavía no estaba lista para lanzarse a un enfrentamiento general con la burguesía. El ataque actual contra las pensiones en Francia también ha estado acompañado de toda una estrategia para limitar las reacciones obreras que, iba a provocar tarde o temprano dicho ataque. Al no poder evitar la lucha, la burguesía tenía que hacer las cosas de tal manera que la lucha desembocara en una derrota obrera punzante, para que el proletariado vuelva a dudar de su capacidad para reaccionar como clase ante los ataques. Y así aquélla optó por hacer estallar la cólera antes de tiempo, provocando a un sector, el de la Educación nacional mediante unos ataques añadidos y particularmente fuertes, para que entrara en lucha el primero, que se agotara al máximo y sufriera la derrota más punzante. No es la primera vez que la burguesía francesa, como sus colegas europeas, provocan a un sector en una maniobra contra la clase obrera. Antes de la Educación nacional hoy, ya lo hizo, por ejemplo en 1995, con los ferroviarios de la SNCF.
Ya durante el gobierno Jospin, por medio del ministro Allègre, la burguesía había anunciado su intención de “quitarle grasa al mamut” de la Educación nacional, que representaba, y con mucho, el mayor contingente de funcionarios. Como la mayoría de éstos (excepto Defensa, Interior y Justicia, o sea los de los cuerpos encargados de la represión estatal), el de Educación ha sido sometido a recortes presupuestarios en los que no se sustituirán 3 puestos de cada 4, exceptuando al personal docente. Además, a finales de 2002 se anunció, iniciándose el proceso, la supresión de miles de “auxiliares educativos”, empleos ocupados por jóvenes en las enseñanzas primaria y secundaria. Esas supresiones de plazas, además de dejar sin trabajo a muchos jóvenes, hace más insoportable la labor de los docentes, más aislados todavía en primera línea, ante unos alumnos cada vez más problemáticos a causa del peso creciente de la descomposición social (drogas, violencia, delincuencia, problemas sociales y familiares de todo tipo...).
Ese sector, afectado ya, no sólo iba a soportar el ataque general a las pensiones, sino que además le asestaron otro suplementario, específico, el del proyecto de descentralización del personal no docente. Para este personal, eso significa verse colocado bajo otra autoridad administrativa, ya no nacional sino regional, con un contrato de trabajo menos ventajoso y, a la larga, más precario. Fue una verdadera provocación para que el conflicto se focalizase en ese sector. La burguesía también escogió el momento del ataque que le permitiera aprovecharse de dos límites: el período de exámenes para los profesores y el de vacaciones de verano para la clase obrera en su conjunto. De igual modo, para “romper” la combatividad, dividir y desmoralizar el movimiento, especialmente en la Educación, el gobierno ya tenía previsto de antemano aflojar un poco la cuerda, sin que ello le costara mucho, sobre el proyecto de “descentralización”. Retiró, para dejar lo esencial, un trocito de ese ataque específico, la descentralización para el personal más cercano al profesorado (psicólogos, consejeros de orientación, asistentes sociales). Favoreciendo a una minoría del personal afectado (unos 10 000 asalariados), en detrimento de técnicos y obreros de servicios (100 000 asalariados), sabía que así podía dividir la unidad del movimiento y desactiva la cólera del personal docente. Para rematar la derrota, el gobierno echó el resto, negándose a negociar la paga de los días de huelga tras las “consignas de rigor” (retención íntegra y distribución de ésta limitada a dos meses) impuestas por el primer ministro Raffarin: “La ley prevé retenciones de salario para los huelguistas. El gobierno aplica la ley”. La burguesía sabía que podía contar con una colaboración sin fisuras de los sindicatos y los izquierdistas para repartirse la labor, dividir y desorientar el movimiento, frenando aquí convenciendo a unos de no entrar en la lucha, animando al contrario a otros a entrar con decisión en ella, exhortando después a aquellos a ser “responsables”, “razonables” y a éstos a “aguantar” y a “extender” la lucha en una actitud suicida de “hasta el final” con llamamientos a la “huelga general” en pleno reflujo para extender… la derrota, sobre todo entre los maestros.
Se ha vuelto hoy a un esquema mucho más clásico en la historia de la lucha de clases: el gobierno aporrea, los sindicatos se oponen llamando en un primer tiempo a la unidad sindical para embarcar masivamente a los obreros tras ellos y bajo su control. Luego el gobierno abre negociaciones y los sindicatos se desunen para así introducir mejor la división y la desorientación en las filas obreras. Este método, que juega con la división sindical frente al alza de la lucha de la clase es el que mejor garantiza a la burguesía el mantenimiento del encuadramiento sindical, concentrando en lo posible el desprestigio en uno u otro aparato ya designado de antemano. Eso significa que los sindicatos están nuevamente sometidos a la prueba de fuego: el desarrollo inevitable de las luchas en el futuro va a volver a plantearle a la clase obrera el problema de enfrentarse a sus enemigos para poder afirmar sus intereses de clase y las necesidades del combate.
Cada burguesía nacional se adapta al nivel de combatividad obrera para imponer sus medidas. Por mucho que por todas partes presenten las 35 horas como una conquista social, fueron, en realidad, un ataque en regla contra el proletariado en Alemania y Francia cuyas leyes sobre las 35 horas han servido de modelo en otros Estados, pues han permitido a la burguesía generalizar la “flexibilidad” de los asalariados, adaptada en función de las necesidades de la empresa (intensificación de la productividad, disminución de los descansos, trabajo en el fin de semana, horas extras no pagadas, etc.). Los obreros que trabajan en los Länder de la ex Alemania del Este acaban de “obtener” la promesa de pasar a 35 horas en 2009 como los del Oeste, cuando esto les era negado hasta ahora so pretexto de nivel inferior de su productividad. El sindicato metalúrgico IG-Metall no ha parado de alejar a los obreros de sus reivindicaciones (por subidas de sueldos, en especial), organizando toda una serie de huelgas y de manifestaciones por las 35 horas. Esa perspectiva, considerada como demasiado lejana por los sindicatos, sigue hoy sirviendo a IG-Metall para animar a los obreros del Este a exigir las 35 horas ya, o, dicho de otra manera, a animarlos a que se les explote más y lo antes posible…En cambio, contra las medidas de austeridad de la “agenda 2010”, excepto alguna manifestación como la de Stuttgart del 21 de mayo, ese sindicato se ha limitado a hacer circular peticiones. Mientras tanto, el sindicato de Servicios organizaba una manifestación nacional en Berlín, el 17 de mayo, reservada a los obreros de ese sector.
Durante años, frente a la agravación de la crisis cuyas primeras consecuencias para la clase obrera fueron la subida inexorable del desempleo, las carretadas de despidos, que han acarreado un empobrecimiento considerable en la clase obrera, la burguesía está llevando a cabo ahora una política para ocultar prioritariamente la amplitud del fenómeno del desempleo. Para ello, manipula constantemente las estadísticas oficiales, suprime a desempleados de las oficinas de empleo, recurre al tiempo parcial, a los contratos basura, anima a las mujeres a “volver al hogar”, monta cursillos y empleos juveniles mal o nada remunerados. Además, no ha cesado de animar, favorecer, multiplicar las prejubilaciones para los asalariados mayores, los ceses progresivos de actividad, con el señuelo de la reducción del tiempo de trabajo a la vez que insistía en el aumento de la esperanza de vida de la población (“mejora” en la que los obreros se llevan, por cierto, la peor parte). Paralelamente, para los obreros en actividad, esa propaganda servía para que aceptaran una violenta deterioración de sus condiciones de vida y de trabajo causada por la supresión de empleos en nombre de la necesaria modernización de la gestión para enfrentar la competencia. Se les ha impuesto que se sometan a la jerarquía, a los imperativos de la productividad para salvar los empleos. Para contener un descontento social en alza causado por esa deterioración acelerada de sus condiciones de existencia, la baja de la edad de jubilación le sirvió a la burguesía de válvula de escape hasta legalizar esa baja en algunos países. En Francia, en particular, la promulgación de la jubilación a los 60 años, adoptada por la izquierda en los años 80, pudo aparecer como algo muy social cuando, en realidad, no servía sino para hacer oficial que ya era un hecho.
Hoy, la agravación de la crisis ya no permite a la burguesía seguir pagando a los obreros jubilados ni reembolsar los gastos médicos como antes. Con el incremento paralelo del desempleo, para una cantidad cada vez mayor de obreros será difícil justificar el número de años exigido para “disfrutar” de una pensión decente. En cuanto los proletarios dejan de producir plusvalía se convierten en un fardo para el capitalismo. En fin de cuentas, para este sistema, la mejor solución hacia la que cínicamente se está orientando es que, en cuanto dejan de ser productivos, se mueran lo antes posible.
Por eso es por lo que la arremetida brutal y directa contra las pensiones se ha traducido en una viva inquietud que ha desembocado en un despertar de la combatividad y también en el inicio de una reflexión en profundidad sobre el porvenir que el capitalismo ofrece a la sociedad.
En 1968, uno de los factores principales del resurgir de la clase obrera y de sus luchas en el ruedo histórico a escala internacional fue que se acabaron brutalmente las ilusiones del período de reconstrucción que había creado, durante una generación, una situación de euforia de pleno empleo, época durante la cual las condiciones de vida de la clase obrera mejoraron sustancialmente, tras el desempleo masivo de los años 30, el racionamiento y las penurias de la guerra y de la posguerra. La burguesía misma se creyó que aquel período de prosperidad no acabaría nunca, que había resuelto las crisis económicas, que el espectro de los años 30 había desaparecido para siempre. En cuanto aparecieron las primeras expresiones de la crisis abierta, la clase obrera empezó a sentir no sólo que se atacaba a sus condiciones de vida, sino que el porvenir se ensombrecía, un nuevo período de estancamiento económico y social se instalaba a causa de la crisis mundial. La amplitud de las luchas obreras a partir de mayo de 1968, el resurgir de la perspectiva revolucionaria dejaron malparadas las patrañas pequeñoburguesas de aquel entonces, como aquello de “la sociedad de consumo” o “el aburguesamiento del proletariado”. Guardando la necesaria distancia, los ataques actuales tienen mucho parecido con los de aquella época. No se trata de hacer comparaciones abusivas de ambos períodos. 1968 fue un acontecimiento histórico de primera importancia, fue el hito que marcó la salida de más de cuatro décadas de contrarrevolución. Para el proletariado internacional, aquellos hechos tuvieron un alcance y un significado con los que difícilmente podría compararse la situación actual.
Pero hoy estamos asistiendo al desmoronamiento de lo que aparecía en cierto modo como un consuelo tras años y años de presidio asalariado, algo que ha sido uno de los pilares que han permitido que el sistema haya aguantado durante 20 años: la jubilación a los 60 años, con la posibilidad, a partir de esta edad, de disfrutar de una vida tranquila, desembarazada de apuros materiales. Hoy, los proletarios se ven obligados a abandonar esa ilusión de poder librarse durante los últimos años de su vida de lo que se vive cada día más como un calvario: la degradación constante de las condiciones de trabajo, en un entorno en el que hay que soportar la falta de efectivos, el aumento constante de la presión laboral, la aceleración de los ritmos. O tendrán que trabajar durante más años, lo cual significa amputar ese tiempo en el que podían por fin librarse de la esclavitud asalariada, o, al no haber contribuido el tiempo suficiente, quedarán reducidos a una miseria en la que las privaciones serán digno sustituto de los ritmos infernales. Esta nueva situación plantea a todos los obreros el problema del futuro.
Además, el ataque contra las pensiones afecta a todos los obreros, echa puentes sobre el barranco que se había ido abriendo entre las generaciones obreras, pues el peso del desempleo caía sobre todo sobre los hombros de las jóvenes generaciones con la tendencia a aislarlas en un “pasotismo” sin futuro. Por eso se han sentido implicadas todas las generaciones obreras incluidas las más jóvenes, alertadas por esa arremetida contra las pensiones, cuya naturaleza puede crear un sentimiento de unidad en la clase, de tal modo que en ella pueda germinar una reflexión profunda sobre el porvenir que nos prepara la sociedad capitalista.
Con esta nueva etapa en la agravación de la crisis, están apareciendo y madurando las ideas que pondrán en entredicho algunas de las barreras edificadas por la burguesía a lo largo de los años anteriores, como: la clase obrera ya no existe, es posible mejorar las condiciones de vida y mejorar el sistema aunque solo sea para disfrutar de una apacible vejez…, en fin, todo lo que empujaba a los obreros a resignarse a su sino. Todo lleva a una maduración de las condiciones para que la clase obrera vuelva a encontrar la conciencia de su perspectiva revolucionaria. Los ataques unifican las condiciones para la réplica obrera a escala más y más amplia, más allá de las fronteras nacionales. Están tejiendo el mismo telón de fondo para luchas más masivas, más unitarias, más radicales.
Esos ataques son el abono de un lento madurar de las condiciones para que surjan luchas masivas necesarias para reconquistar la identidad de clase proletaria y hacer que vayan cayendo las ilusiones, y en especial, la de creer que puede reformarse este sistema. Serán las acciones de masas mismas las que habrán de permitir que vuelva a emerger la conciencia de ser una clase explotada portadora de una perspectiva histórica para la sociedad. Por todo ello, la crisis es la aliada del proletariado. El camino que deberá abrirse la clase obrera para consolidar su propia perspectiva no es, sin embargo, una autovía, sino un camino largo, retorcido, difícil, lleno de baches y trampas que el enemigo de clase va a tender contra ella.
Ha sido una derrota lo que acaban de sufrir los proletarios en sus luchas contra los ataques del Estado contra sus pensiones de jubilación, en Francia y en Austria particularmente. Esta lucha ha sido, no obstante, una experiencia positiva para la clase obrera, porque, en primer lugar, ha podido volver a afirmar su existencia y movilizarse en su terreno de clase.
Frente a otros ataques que la burguesía está preparando contra ella, a la clase obrera no le queda otro remedio que desarrollar su combate. Vivirá inevitablemente otros fracasos antes de lograr afirmar su perspectiva revolucionaria. Como lo subrayó con tanta fuerza Rosa Luxemburg en “El orden reina en Berlín”, su último artículo redactado la víspera de asesinato por la soldadesca a las órdenes del gobierno socialdemócrata:
“Las luchas parciales de la revolución acaban todas ellas en “derrota”. La revolución es la única forma de “guerra” –es incluso una de las leyes de su desarrollo– en la que la victoria final sólo podrá prepararse con una serie de ‘derrotas’” (Die Röte Fahne, 14 de enero de 1919).
Y así es, y para que sus “derrotas” sirvan a la victoria final, el proletariado tiene que sacar de ellas todas las enseñanzas. Deberá comprender, en particular, que los sindicatos son, por todas partes, órganos de defensa de los intereses del Estado contra los suyos propios. Y, más generalmente, deberá tomar conciencia que debe enfrentarse a su adversario, la burguesía, la cual sabe maniobrar para defender sus intereses de clase y cuenta con una colección de instrumentos para conservar su dominación, desde sus policías y sus cárceles hasta sus partidos de izquierda e incluso sus “revolucionarios” con precinto (los grupos izquierdistas, en particular los trotskistas) y que dispone, sobre todo, de todos los medios (incluidos sus “catedráticos”) para sacar sus propias lecciones de los enfrentamientos pasados. Como también Rosa Luxemburg lo decía:
“La revolución no actúa a su aire, no opera en campo abierto según un plan puesto a punto por hábiles “estrategas”. También sus adversarios saben dar pruebas de iniciativa, incluso en general, mejor que la revolución” (Ibid.).
En su combate titánico contra su enemigo capitalista, el proletariado sólo podrá contar con sus propias fuerzas, con su autoorganización y, sobre todo, con su conciencia.
Wim22 de junio 2003
A finales de marzo, la CCI ha celebrado su XVº Congreso. La vida de las organizaciones revolucionarias forma plenamente parte del combate del proletariado. Es su obligación dar a conocer a su clase, en particular a sus simpatizantes y a los demás grupos del campo proletario, el contenido de sus trabajos de ese momento de la mayor importancia que es su congreso. Es el objeto de este artículo.
Por una parte, desde el congreso anterior, en la primavera del 2001, hemos asistido a una agravación muy importante de la situación internacional, en el plano de la crisis económica, y sobre todo en el plano de los conflictos imperialistas. Precisamente este congreso se ha desarrollado mientras ocurría la guerra de Irak, y era responsabilidad de nuestra organización precisar sus análisis, para poder intervenir de la forma más apropiada posible frente a esta situación.
Por otra parte, este congreso se desarrolló tras haber atravesado la CCI la crisis más peligrosa de su historia. A pesar de que esta crisis se había superado, nuestra organización tenía que sacar el máximo de enseñanzas de las dificultades que había encontrado, sobre sus orígenes y los medios para enfrentarlas.
El conjunto de discusiones y trabajos del Congreso ha estado atravesado por la conciencia de la importancia de estas dos cuestiones, que se inscribían en las dos grandes responsabilidades de todo congreso: el análisis de la situación histórica y el examen de las actividades que de ella se desprenden para la organización. Todos esos trabajos se han basado en informes discutidos previamente en el conjunto de la CCI, y han desembocado en la adopción de resoluciones que dan el marco de referencia para la continuación del trabajo a nivel internacional.
En el número anterior de la Revista internacional, publicamos la “Resolución sobre la situación internacional” que adoptó el Congreso. Como pueden comprobar los lectores, la CCI analiza el período histórico actual como la última fase de la decadencia del capitalismo, la fase de descomposición de la sociedad burguesa, del pudrimiento de sus propias bases. Estas condiciones históricas, como veremos, determinan las características esenciales de la vida de la burguesía hoy; pero también pesan gravemente sobre el proletariado, así como sobre sus organizaciones revolucionarias.
En este marco se examinaron, no sólo la agravación de las tensiones imperialistas que vemos hoy, sino también los obstáculos del proletariado en su camino hacia los enfrentamientos decisivos contra el capitalismo; así como las dificultades que ha debido encarar nuestra organización.
Para ciertas organizaciones del campo proletario, particularmente el BIPR, las recientes dificultades organizativas de la CCI, así como las que tuvo en 1981 y a comienzos de los años 90, provienen de su incapacidad para hacer un análisis apropiado del período histórico actual. Nuestro análisis de la descomposición, en particular, se considera como una manifestación de nuestro “idealismo”.
Es cierto que la claridad teórica y política es un arma esencial para una organización que pretende ser revolucionaria. Si no es capaz de estar a la altura de comprender los verdaderos retos del período histórico durante el que lleva a cabo su combate, corre el riesgo de ser zarandeada por los acontecimientos, de hundirse en el desconcierto y ser barrida finalmente por la historia. También es verdad que la claridad no se decreta. Es el fruto de una voluntad y un combate por forjar esas armas. Exige afrontar las cuestiones nuevas que plantea la evolución de las condiciones históricas con un método, el método marxista.
Esa es una tarea y una responsabilidad permanente en las organizaciones del movimiento obrero, aunque en ciertos períodos, como al final del siglo XIX y principios del XX, revistiera una importancia particular. El desarrollo del imperialismo anunciaba la entrada del capitalismo en su fase de decadencia. Mediante ese análisis, Engels fue capaz de anunciar, desde 1880, la alternativa histórica que se planteaba: socialismo o barbarie. Rosa Luxemburg, en el Congreso de 1900 de la Internacional socialista en París, previendo la entrada del capitalismo en decadencia, anunciaba la posibilidad de que ese nuevo período se inaugurara con la guerra: “Es posible que la primera manifestación significativa del hundimiento del capitalismo que se perfila ante nosotros no sea la crisis, sino la explosión de la guerra”. Franz Mehring, uno de los portavoces de la izquierda en el seno de la Socialdemocracia, valoraba desde 1899 en Neue Zeit toda la responsabilidad histórica que a partir de entonces iba a incumbir a la clase obrera: “La época del imperialismo es la época del hundimiento del capitalismo. Si la clase obrera no está a la altura, se verá amenazada toda la humanidad”. Pero no todos en la Socialdemocracia mostraban esta determinación para analizar y comprender el período, y así forjar las armas de la lucha. Por no hablar del revisionismo de Bernstein, ni de los discursos de los adoradores de “la vieja táctica confirmada por la experiencia”, tomemos a Kautsky, la referencia teórica de toda la Internacional socialista, que defendió la ortodoxia de las posiciones marxistas, pero se negó a usarlas para analizar el nuevo período que se abría. El renegado Kautsky (como después lo calificó Lenin) ya dejaba ver al Kautsky que se negaba a mirar de frente el nuevo período, y que sobre todo, se negaba a considerar ineluctable la guerra entre las grandes potencias imperialistas.
En plena contrarrevolución, en los años 30 y 40, la Fracción italiana de la Izquierda comunista, y después la Izquierda comunista de Francia, siguieron ese esfuerzo por analizar “sin ostracismo” (como decía Bilan, la revista de la Izquierda italiana), tanto la experiencia pasada, como las nuevas condiciones históricas que se presentaban. Esa actitud es la del combate que ha llevado siempre el ala marxista en el movimiento obrero para encarar la evolución histórica. Y está en las antípodas de la visión religiosa de la “invariancia”, tan querida de la corriente bordiguista, que ve el programa, no como el producto de una lucha teórica permanente por analizar la realidad, y sacar lecciones, sino como un dogma revelado desde 1848, al cual “no hay que cambiar ni una coma”. La tarea de actualizar y enriquecer permanentemente los análisis y el programa en el marco del marxismo, es una responsabilidad esencial para el combate.
Esta preocupación fue la base de los informes preparados para el congreso y atravesó sus debates. El congreso inscribió esa actitud en el marco de la visión marxista de la decadencia del capitalismo y de su fase actual de descomposición. Ha recordado que la visión de la decadencia, no solamente era la de la Tercera Internacional, sino que es una base misma de la visión marxista. Ese marco y esa claridad histórica han permitido a la CCI medir la gravedad de una situación en la que la guerra se ha convertido en un factor cada vez más permanente.
Más precisamente el congreso tenía que evaluar en qué medida el marco de análisis que se ha dado la CCI ha sido capaz de explicar la situación actual. Tras la discusión, el congreso concluyó que no había que cambiar nuestro marco de análisis, sino al contrario. La situación actual y su evolución son de hecho una confirmación plena de los análisis que la CCI se dio desde finales de 1989, en el mismo momento del hundimiento del bloque del Este. Los acontecimientos actuales, como el creciente antagonismo entre Estados Unidos y sus antiguos aliados, que se ha manifestado abiertamente en la reciente crisis, la multiplicación de conflictos bélicos en los que interviene directamente la primera potencia mundial desplegando cada vez más toda su potencia militar, ya estaban previstos en las tesis que la CCI elaboró en 1989-90 (1).
La CCI también ha reafirmado en su congreso que la actual guerra de Irak no se reduce, como quieren hacer creer ciertos sectores de la burguesía para minimizar su gravedad, a una “guerra por el petróleo”. En esta guerra, el control del petróleo representa un interés fundamentalmente estratégico para la burguesía americana, no económico en primera instancia. Es uno de los medios de chantaje y presión que quiere poseer Estados Unidos para oponerse a las tentativas de otras potencias, como los grandes Estados europeos o Japón, de jugar sus propias bazas en el tablero imperialista mundial. De hecho, detrás de la idea de que las guerras actuales tendrían cierta “racionalidad económica”, hay una voluntad de no tomar en cuenta la extrema gravedad de la situación en que se encuentra hoy el capitalismo. Al subrayar esta gravedad, la CCI se sitúa deliberadamente en la continuidad del marxismo, que no encarga a los revolucionarios la tarea de consolar a la clase obrera, sino al contrario, de hacerle medir la importancia de los peligros que amenazan a la humanidad y de señalar así la amplitud de su propia responsabilidad.
Y en la visión de la CCI, la necesidad de que los revolucionarios pongan de relieve ante el proletariado toda la gravedad de los retos actuales es aún más importante, puesto que éste tiene en el momento actual graves dificultades para encontrar el camino de las luchas masivas y conscientes contra el capitalismo.
Este era otro punto esencial de la discusión sobre la situación internacional: en qué se basa hoy la confianza que el marxismo siempre ha afirmado en la capacidad de la clase explotada para destruir el capitalismo y liberar a la humanidad de las calamidades que le asaltan crecientemente.
La CCI ya ha puesto en evidencia, muchas veces, que la descomposición de la sociedad capitalista ejerce un peso negativo en la conciencia del proletariado (2). Igualmente, desde el otoño de 1989, la CCI subrayó que el hundimiento de los regímenes estalinistas iba a provocar “dificultades crecientes para el proletariado” (título de un artículo de la Revista internacional nº 60). Desde entonces, la lucha de clases ha confirmado con creces esa previsión.
Frente a esta situación, el congreso ha reafirmado que la clase conserva todas sus potencialidades para llegar a asumir sus responsabilidades históricas. Es verdad que aún está hoy en una situación de retroceso importante de su conciencia, tras las campañas burguesas que asimilan marxismo y comunismo a estalinismo, y establecen una continuidad entre Lenin y Stalin. También, la situación actual se caracteriza por la notable pérdida de confianza del proletariado en sus propias fuerzas, y en su capacidad para entablar incluso luchas defensivas contra los ataques de sus explotadores, que puede conducirle a perder de vista su identidad de clase. Y hay que destacar que esa tendencia a la pérdida de confianza en la clase se expresa incluso en las organizaciones revolucionarias, particularmente en forma de arrebatos súbitos de euforia frente a movimientos como el de finales de 2001 en Argentina (presentado como un formidable empuje del proletariado, cuando estaba empapado de interclasismo). Pero una visión materialista, histórica, a largo plazo, nos enseña, parafraseando a Marx, “que no se trata de considerar lo que tal o cual proletario, o incluso el conjunto del proletariado, toma hoy por la verdad, sino de considerar lo que es el proletariado, y lo que históricamente se verá conducido a hacer conforme a su ser” (La Sagrada familia). Esa visión nos muestra particularmente que, frente a los golpes más y más fuertes de la crisis del capitalismo, que se traducen por ataques cada vez más feroces, la clase reacciona, y reaccionará necesariamente desarrollando su combate.
Ese combate, al principio, consistirá en una serie de escaramuzas, anuncio de un esfuerzo para ir hacia luchas cada vez más masivas. En ese proceso, la clase se comprenderá de nuevo como la clase explotada y tenderá a encontrar su identidad, aspecto esencial que a su vez estimulará su lucha. Igualmente la guerra favorecerá una reflexión en profundidad de la clase, porque tiende a convertirse en fenómeno permanente, que desvela cada vez más las tensiones muy fuertes que existen entre las grandes potencias, y sobre todo pone de manifiesto que el capitalismo es incapaz de erradicar esa plaga, que al contrario, sólo puede hundir a la humanidad: la situación actual contiene todas esas potencialidades, que imponen a las organizaciones revolucionarias la necesidad de ser conscientes y desarrollar una intervención para hacerlas fructificar. Intervención esencial, particularmente hacia las “minorías en búsqueda” a nivel internacional.
Pero para estar a la altura de sus responsabilidades, es preciso también que las organizaciones revolucionarias den la talla para enfrentarse, no sólo a los ataques directos que trata de asestarles la clase dominante, sino también a la penetración en su seno del veneno ideológico que ésta difunde en el conjunto de la sociedad. En particular es su deber combatir los efectos más deletéreos de la descomposición que, de la misma forma que afectan la conciencia del conjunto del proletariado, pesan igualmente en el cerebro de sus militantes, destruyendo su convicción y su voluntad de obrar por la causa revolucionaria. La CCI ha tenido que enfrentarse en el último período precisamente a ese ataque de la ideología burguesa favorecido por la descomposición. La voluntad de defender la capacidad de la organización para asumir sus responsabilidades ha estado en el centro de las discusiones del congreso sobre las actividades de la CCI.
El Congreso ha sacado un balance positivo de las actividades de nuestra organización desde el congreso precedente en 2001. En el curso de los dos últimos años, la CCI ha mostrado que era capaz de defenderse frente a los efectos más peligrosos de la descomposición, particularmente las tendencias nihilistas que han seducido a algunos camaradas que se han constituido como “Fracción interna”. La organización ha sabido combatir los ataques de estos elementos, cuyo objetivo era, claramente, destruirla. Desde el comienzo de sus trabajos, con total unanimidad, el congreso, como antes la Conferencia extraordinaria de abril de 2002 (3), ratificó una vez más todo el combate llevado a cabo contra esa camarilla, y estigmatizó sus comportamientos de provocadores. Con plena convicción, ha denunciado la naturaleza antiproletaria de ese agrupamiento. Y por unanimidad, decidió la exclusión de los elementos de la “fracción”, que pusieron la puntilla a sus actos contra la CCI publicando (reivindicándolo además a posteriori) en su página web informaciones a disposición de los servicios de policía del Estado burgués (4). Estos elementos, aunque se negaron a venir al Congreso, y después a presentar su defensa ante una comisión especial nombrada por éste, no tienen otra cosa mejor que hacer en su Boletín nº 18 que proseguir su campaña de calumnias contra nuestra organización, probando así, que su intención no era en absoluto convencer al conjunto de militantes de los peligros que corre la organización bajo la amenaza de una pretendida “fracción liquidacionista”, sino desprestigiarla al máximo, ya que no han podido destruirla (5).
¿Cómo es que estos elementos hayan podido desarrollar en el seno de la organización una acción que la amenazara hasta el extremo de la destrucción?
Respecto a esta cuestión, el congreso ha puesto en evidencia una serie de debilidades en el funcionamiento de la organización, que están en relación con la vuelta de un espíritu de círculo favorecido por el peso negativo de la descomposición capitalista. Un aspecto de ese peso negativo es la duda y la pérdida de confianza en la clase, viendo únicamente su debilidad inmediata. Lejos de favorecer el espíritu de partido, esto favorece la tendencia a que los lazos por afinidad, y por tanto la confianza en los individuos, substituyan a la confianza en los principios de funcionamiento. Los elementos que formaron la “fracción interna”, eran una expresión caricaturesca de esas desviaciones y de esa pérdida de confianza en la clase. Su dinámica degenerativa utilizó esas debilidades, que hay que decir que pesan hoy en todas las organizaciones proletarias y tanto más porque la mayoría de ellas no tiene conciencia de ello. Esos individuos desarrollaron sus maniobras destructivas con una violencia hasta ahora desconocida en toda la historia de la CCI. La pérdida de confianza en la clase, el debilitamiento de la convicción militante, se acompañaron de una pérdida de confianza en la organización, en sus principios, y de un desprecio total por sus estatutos. Esa gangrena podía contaminar toda la organización y minar la confianza y la solidaridad en sus filas, y por tanto, incluso sus fundamentos.
El congreso puso en evidencia, sin miedo, las debilidades de tipo oportunista que habían permitido que el clan autoproclamado “fracción interna” llegara a amenazar a tal extremo la vida de la organización. Y ha podido hacerlo porque la CCI sale reforzada del combate que acaba de llevar.
Además, si parece que la CCI tiene una vida agitada, con repetidas crisis, es porque lucha contra la penetración del oportunismo. Y como ha defendido sin concesiones sus estatutos y el espíritu proletario que expresan, ha suscitado la rabia de una minoría ganada por un oportunismo desenfrenado, es decir, dispuesta a un abandono total de los principios en materia de organización. En esto la CCI continúa el combate del movimiento obrero, de Lenin y el partido bolchevique en particular, cuyos detractores estigmatizaban las crisis repetidas del partido y los múltiples combates en el plano organizativo. En esa misma época, la vida del partido socialdemócrata alemán era mucho menos agitada, pero la calma oportunista que la caracterizaba (alterada únicamente por los “aguafiestas” de izquierda, como Rosa Luxemburg) anunciaba su traición de 1914. Las crisis del partido bolchevique construían la fuerza que permitió la revolución de 1917.
Pero la discusión sobre las actividades no se limitó a tratar la defensa directa de la organización contra los ataques que padece; insistió particularmente en la necesidad de proseguir el esfuerzo para desarrollar la capacidad teórica de la CCI, comprobándose que el combate contra esos ataques ha estimulado profundamente ese esfuerzo. El balance de estos dos últimos años permite mostrar un enriquecimiento teórico: sobre una visión más histórica de la confianza y la solidaridad en el proletariado, elementos esenciales de la lucha de la clase; sobre el peligro de oportunismo que acecha a las organizaciones incapaces de analizar un cambio de período; sobre el peligro del democraticismo. Y esta preocupación de la lucha en el plano teórico es parte íntegra, como nos enseñaron Marx, Rosa Luxemburg, Lenin, o los militantes de la Fracción italiana y tantos otros militantes revolucionarios, de la lucha contra el oportunismo, que es una amenaza mortal para las organizaciones comunistas.
Finalmente, el congreso ha hecho un primer balance de nuestra intervención en la clase obrera a propósito de la guerra en Irak. Y comprobó una excelente capacidad de movilización de la CCI, puesto que, desde antes del comienzo de las operaciones militares, nuestras secciones realizaron una difusión muy significativa de nuestra prensa en numerosas manifestaciones, elaborando, cuando ha sido necesario, suplementos a la prensa regular, y suscitando discusiones políticas con muchos elementos que no conocían antes nuestra organización. En cuanto estalló la guerra, la CCI publicó inmediatamente una hoja internacional traducida a 13 lenguas (6), que se ha distribuido en 14 países y más de 50 ciudades, particularmente en las fábricas, y que está editada en nuestro web.
Así pues, este congreso ha sido un momento que expresa el fortalecimiento de nuestra organización. La CCI se reivindica ampliamente del combate que ha llevado y sigue llevando, por su defensa, por la construcción de las bases del futuro partido, y por desarrollar su capacidad para intervenir en el combate histórico de la clase. La CCI está convencida de que, en este combate, es un eslabón en la cadena de las organizaciones del movimiento obrero.
CCI, abril de 2003
1) Ver particularmente sobre este tema las “Tesis sobre la crisis económica y política en URSS y en los países del Este” (Revista internacional nº 60), escritas dos meses antes de la caída del muro de Berlín, y “Militarismo y descomposición” (fechado en 4 de octubre de 1990 y publicado en la Revista internacional nº 64).
2) Ver “La descomposición, última fase de la decadencia del capitalismo”, puntos 13 y 14 (Revista internacional nº 62).
3) Ver nuestro artículo “Conferencia extraordinaria de la CCI: el combate por la defensa de los principios organizativos”, en la Revista internacional nº 110.
4) Ver sobre este tema nuestro artículo: “Los métodos policiales de la ‘FICCI’”, en Révolution internationale nº 330.
5) Una de las calumnias permanentes de la “FICCI” es que la “Fracción liquidacionista” que dirigía la CCI, emplearía frente a las minorías métodos “estalinistas” para imponer el terror e impedir cualquier posibilidad de expresar divergencias en el seno de la organización. En particular, la “FICCI” ha afirmado sin cesar que numerosos miembros de la CCI desaprueban en realidad la política contra las maniobras de los miembros de esa pretendida “fracción”. La resolución adoptada por el XVº Congreso a propósito de las maniobras de los miembros de la “FICCI” fijaba así el mandato de la Comisión especial encargada de escuchar la defensa de los elementos implicados: “Las modalidades de constitución y funcionamiento de esta comisión son las siguientes:
– está compuesta de 5 miembros de la CCI que pertenecen a 5 secciones diferentes, 3 del continente europeo y 2 del continente americano;
– está compuesta mayoritariamente de militantes no miembros del órgano central de la CCI;
– tendrá que examinar con la mayor atención las explicaciones y los argumentos planteados por cada uno de los elementos implicados.
Además, estos últimos pueden presentarse individual o conjuntamente ante la comisión, y también hacerse representar por uno o varios de entre ellos. Cada uno de ellos tendrá igualmente la posibilidad de pedir la substitución de 1 a 3 miembros de los 5 de la comisión designados por el Congreso, por otros militantes de la CCI que quieran elegir, teniendo en cuenta evidentemente, que la Comisión definitiva no podrá ser de geometría variable. Tendrá 5 miembros y estará compuesta al menos por dos miembros designados por el Congreso y como máximo por 3 militantes de la CCI que correspondan a la elección expresada mayoritariamente por los elementos implicados.
La decisión de hacer ejecutiva la exclusión de cada uno de estos elementos no podrá tomarse
más que por mayoría de 4/5 de los miembros de la Comisión”.
Con esta modalidad, bastaría con que los miembros de la FICCI encontraran en toda la CCI dos militantes que hubieran podido oponerse a su exclusión, para que la decisión sobre eso no fuera ejecutiva. Han preferido ironizar sobre las modalidades de recurso que les proponíamos, y continuar vociferando contra nuestros métodos “estalinistas” e “inicuos”. Sabían perfectamente que no encontrarían a nadie en la CCI que tomara a cargo su defensa, debido a la gran indignación y repulsa que sus comportamientos han provocado en TODOS los militantes de nuestra organización.
6) Las lenguas de nuestras publicaciones territoriales más el portugués, el ruso, el hindi, el bengalí, el persa y el coreano.
La implicación americana en Vietnam comenzó después de la derrota del imperialismo francés en Indochina, en el intento de recuperar las regiones perdidas por Occidente. Nueva expresión de la teoría de la “contención” (1), esa estrategia consistía en impedir que cayeran países uno tras otro bajo la influencia del bloque ruso, lo que Dulles, secretario de Estado de Eisenhower, llamaba la “teoría del dominó” (2). El objetivo era transformar la división momentánea de Vietnam en región Norte y Sur, creadas por los acuerdos de Ginebra, en permanente, como en la península de Corea. En este sentido, la política americana de manipular los acuerdos de Ginebra, iniciada bajo el régimen republicano de Eisenhower, siguió con Kennedy, quien comenzó a mandar asesores militares a Vietnam a principios de los 60. La administración de Kennedy tuvo un papel capital en la gestión de ese país, permitiendo incluso un golpe militar y el asesinato del presidente Diem en 1963. Se aireó mucho en la prensa la impaciencia de la Casa Blanca hacia el general que retrasó el asesinato de Diem. Después del asesinato de Kennedy en 1963, Johnson continuó la intervención americana en Vietnam, que será la guerra más larga de Estados Unidos.
La burguesía americana siguió unida en esta acción, aún cuando se amplificaría un ruidoso movimiento antiguerra, bajo los auspicios de izquierdistas y pacifistas. El movimiento antiguerra, muy marginal en la política americana, sirve entonces de válvula de escape para estudiantes radicalizados y activistas negros. La Ofensiva del Têt lanzada en enero de 1968 por Vietnam del Norte y el FLN en el Sur, que incluía ataques suicidas contra las embajada americana y palacios presidenciales en Saigón, terminó en una sangrienta derrota para los estalinistas. Sin embargo, su existencia desmintió la propaganda militar americana según la cual la guerra iba bien y la victoria sería cuestión de meses. Elementos importantes de la burguesía empiezan entonces a poner en entredicho la guerra, pues se está evidenciando que será una guerra larga, contrariamente a las advertencias de Eisenhower cuando dejó el cargo, de evitar empantanarse en una guerra prolongada en Asia.
Simultáneamente se empezó a perfilar otra orientación estratégica para el imperialismo norteamericano, obligado a preocuparse también por Oriente Medio, pues esta región es:
– estratégicamente importante y rica en petroleo;
– en ella el imperialismo ruso estaba haciendo avances en el mundo árabe.
Una comisión de antiguos miembros eminentes del partido demócrata intentó entonces influir en Johnson para que éste renunciara a sus planes de reelección y se concentrara en cómo acabar con la guerra; fue, en fin de cuentas, una especie de golpe de Estado interno en la burguesía norteamericana. En marzo, Johnson declaró en la televisión que renunciaba a presentarse a su reelección, de modo que dedicaría sus energías a acabar la guerra. Al mismo tiempo, reflejo de las divergencias crecientes en la política imperialista dentro de la burguesía, los medios de comunicación norteamericanos se subieron al tren en marcha del movimiento antiguerra, y éste pasó de ser algo marginal al centro de la política norteamericana. Por ejemplo, Walter Cronkite, director de una de las redes más importantes de TV, fue a Vietnam y regresó anunciando que era necesario acabar con la guerra. La NBC empezó una transmisión en la tarde de los domingos, llamada “Esta semana Vietnam”, que al final de cada emisión mostraba las fotografías de los jóvenes norteamericanos de 18 y 19 años que habían fallecido durante la semana en Vietnam – una maniobra de propaganda antiguerra para dar una carácter fuertemente “humano” a las consecuencias de la guerra.
Las dificultades que conoce entonces Johnson son exacerbadas por la emergencia de la crisis económica abierta y porque el proletariado no está ideológicamente vencido; había intentado una política de “guns and butter” (fusiles y mantequilla), o sea hacer la guerra sin que fuera necesario hacer pasar privaciones a la retaguardia, pero la guerra era demasiado costosa para seguir con esa política. Para responder al retorno de la crisis abierta en EE.UU surgió entonces una oleada de huelgas salvajes entre 1968 y 1971, en la que se movilizan a menudo veteranos de Vietnam descontentos y furiosos. Estas huelgas provocan serias dificultades a la clase dominante norteamericana. De hecho, 1968 marca el inicio de fuertes alteraciones en EE.UU, al surgir simultáneamente desacuerdos internos en la burguesía y un creciente descontento en el país. Dos semanas después de que Johnson hubiera anunciado su retirada de la pugna por la presidencia, fue asesinado Martín Luther King, el líder de los derechos cívicos que se había unido al movimiento antiguerra en 1967 y del que se decía que estaba dispuesto a renunciar a la protesta sin violencia. Ese asesinato provocó violentos disturbios en 132 ciudades norteamericanas. A primeros de junio, Robert Kennedy, el hermano más joven de John F. Kennedy, que había participado en el gabinete de su hermano como fiscal del Tribunal supremo y que estaba presente cuando la administración Kennedy esperaba con impaciencia los resultados del asesinato de Diem, y que ahora se había convertido en candidato antiguerra en las elecciones primarias demócratas para la presidencia, es asesinado a su vez tras haber triunfado en la primaria de California. Se producen violentos enfrentamientos en las calles durante la Convención del partido demócrata en julio, cuya ala izquierda se enfrenta con violencia a los partidarios de Humphrey obligados a continuar la guerra. Nixon, el republicano conservador, gana las elecciones asegurando que existe un plan secreto para acabar con la guerra.
Mientras tanto, a partir de octubre del 69, el New York Times publica, en su segunda página, el programa de manifestaciones por una moratoria en Vietnam, para favorecer una participación masiva en ellas. Personalidades de todas las grandes corrientes políticas y famosos empiezan a expresarse en aquellas manifestaciones. La administración Nixon negocia con los estalinistas vietnamitas, pero no logra acabar con la guerra. A pesar de ello, se ejercen presiones sobre Nixon para que haga progresos rápidos para que se concrete la distensión prevista por Nixon, incluso con visitas diplomáticas a Moscú y la negociación de los tratados de control de armamento. Hasta hubo analistas burgueses que observaron, a pesar de no tener evidentemente una comprensión marxista de la globalidad de la crisis del capitalismo, que el interés que tenían los americanos hacia la distensión con Moscú y al apaciguamiento temporal de la Guerra Fría estaba dictado por las dificultades económicas debidas al comienzo de la crisis abierta y a la emergencia del proletariado en la lucha de clases. David Painter, por ejemplo, observa que en Estados Unidos “la guerra había agudizado las dificultades económicas desde hacía mucho tiempo [...], lo cual alimentaba la inflación socavando siempre más el equilibrio de la balanza de pagos americana” (Encyclopedia of US Foreign policy). Brzezinski habla de las “dificultades económicas norteamericanas”, op. cit.) y George C. Herring observa :
“En 1969 [la guerra] había acrecentado los problemas políticos y económicos de forma crítica y obligado a revisar las políticas que no habían sido cuestionadas desde hacía más de 20 años. Los gastos militares masivos habían provocado una inflación galopante que zanjaba con la prosperidad de la posguerra y provocaba un descontento creciente”, todo esto “impulsaba a la administración de Richard M. Nixon a buscar la distensión con la Unión Soviética” (Encyclopedia of American Foreign Policy).
En 1971, Nixon abandona el sistema económico de Bretton Woods (3) instaurado en 1944, anulando la convertibilidad del dólar en oro, lo que provoca inmediatamente la libre cotización de las divisas internacionales y, de hecho, la devaluación del dólar. Al mismo tiempo, Nixon crea un impuesto proteccionista de 10 % sobre las importaciones y un control de los precios y de los sueldos. Ciertos analistas y periodistas burgueses hasta empiezan a hablar de un declive permanente del imperialismo americano y del fin del “siglo americano”.
Las divisiones internas de la burguesía, centradas en la retirada de Vietnam y la reorientación hacia Oriente Medio, son incrementadas por los continuos disturbios y las dificultades en Oriente Medio, en particular el boicot del petroleo árabe. Kisinger entabla simultáneamente y sin éxito negociaciones con los vietnamitas y desempeña personalmente un papel de “mensajero diplomático” en Oriente Medio. En cuanto a la distensión, Nixon toma la iniciativa de una apertura hacia China, país que ha roto ideológicamente con Moscú, abriendo así posibilidades al imperialismo norteamericano. La actitud que prevaleció durante la Guerra Fría, que consistía en negarse a reconocer el régimen de Mao y considerar a Taiwan como el gobierno legítimo de toda China, había sido mantenida gracias a una retórica ideológica anticomunista y “defensora de la libertad” durante los años 50 y 60 ; la abandonan para seducir a China para que ésta integre el campo norteamericano en la Guerra fría, lo que hubiese permitido el cerco a Rusia no solo por el Oeste (Europa), el Sur (Turquía), el Norte (con las bases de misiles americanos y canadienses alrededor del Polo), sino también por el Este (4). Esta nueva opción imperialista no hace sino reforzar la exigencia de la clase dominante de acabar con la guerra en Vietnam, puesto que ésta es una condición previa a la alianza de China con Estados Unidos. China tiene importantes intereses en el conflicto en Asia del sureste, en tanto que potencia regional, y por eso apoyaba entonces a Vietnam del Norte. Fue la incapacidad para realizar ese cambio de orientación de la política exterior respecto a Oriente Medio y acabar con la guerra para atraer a China al bloque del Oeste lo que provocó la increíble alteración política del período del Watergate y la salida de Nixon (Agnew, el belicoso vicepresidente, secuaz de Nixon para los labores sucias, ya se había visto obligado a dimitir bajo acusaciones de corrupción) para preparar una ordenada transición hacia un presidente interino aceptable, Gerald R. Ford.
Ocho meses después de la dimisión de Nixon, con Ford en la Casa Blanca, Saigón cae en manos de los estalinistas y el imperialismo norteamericano se retira del enredo vietnamita. La guerra había costado la vida a 55 000 americanos y a más de 3 millones de vietnamitas. Carter entra en la Casa Blanca en 1977 y en 1979, EE.UU reconoce oficialmente a la China continental que ocupará desde entonces el escaño de China en el Consejo de Seguridad de la ONU.
El período 1968-76 pone en evidencia la gran inestabilidad política paralela a serias divergencias en el seno de la propia burguesía norteamericana sobre qué política imperialista seguir. En solo ocho años hubo cuatro presidentes (Johnson, Nixon, Ford, Carter), de los que dos se vieron obligados a no volverse a presentar o a dimitir (Johnson y Nixon), los asesinatos de Martin Luther King y de Robert Kennedy, el intento de asesinar a George Wallace (el candidato del partido populista de derechas en 1972), la implicación del FBI y de la CIA en el espionaje de adversarios políticos dentro del país, lo que desprestigió a ambas instituciones y desembocó en una serie de “reformas” legislativas para disminuir formalmente sus poderes. El hecho de que bajo Nixon, la camarilla dirigente utilizara agencias del Estado (FBI y CIA) para darse una ventaja decisiva con respecto a las demás fracciones de la clase dominante fue, para estas, algo intolerable, al sentirse directamente amenazadas. Lo que se ha llamado crisis de la seguridad nacional tras el 11 de setiembre de 2001 ha permitido a esas agencias volver a funcionar sin trabas.
El hundimiento del bloque ruso a finales de los 80 hace surgir una situación sin precedentes. Desaparece un bloque imperialista no tras su derrota en la guerra imperialista, sino por implosión bajo la presión de una situación histórica indecisa en lo que a lucha de clases se refiere, de las presiones económicas y de su incapacidad para seguir en la competencia armamentística con el bloque adverso. Aunque la propaganda norteamericana celebra su victoria sobre el imperialismo ruso y canta la gloria del capitalismo democrático, 1989 es, en realidad, una victoria pírrica para el imperialismo americano que ve rapidamente su hegemonía cuestionada por su propia coalición, resultado de la desaparición de la disciplina que permitía la cohesión de ambos bloques. La desaparición brutal del enfrentamiento entre ambos polos, que había caracterizado el imperialismo durante 45 años, libera de la obligación de alinearse tras una disciplina de bloque a la que estaban hasta entonces sometidas todas las potencias de segundo y tercer orden : la tendencia a tirar “cada uno por su cuenta” en medio de la descomposición del capitalismo, se impone rápidamente a nivel internacional. Los imperialismos más débiles, envalentonados, empiezan a jugar sus propias bazas negándose a someter sus intereses a los de EE.UU. La primera expresión de la descomposición ya había ocurrido en la década anterior en Irán con la revolución de Jomeni, primer ejemplo de un país que lograba romper con el bloque americano sin que EE.UU consiguiera hacerlo volver a su seno y sin tampoco caer en el bloque ruso. Hasta entonces, los paises de la periferia del capitalismo mundial habían podido jugar un bloque contra el otro y hasta cambiar de campo, pero ninguno había logrado mantenerse fuera del sistema bipolar. En 1989, esta tendencia se hace dominante en el ruedo interimperialista.
Los responsables políticos norteamericanos han de adaptarse repentinamente a una disposición nueva de fuerzas a nivel internacional. Las actividades expansionistas de Alemania son particularmente alarmantes para EE.UU. La guerra del Golfo contra Irak, so pretexto de la invasión por éste de Koweit suscitada por los propios Estados Unidos (la embajadora norteamericana había asegurado a los iraquíes que su país no intervendría en un conflicto entre Irak y Koweit) es el medio utilizado por EE.UU para reafirmar su dominación y recordar a las demás naciones que quisieran ir “por su cuenta” que EE.UU sigue siendo la única superpotencia, dispuesta a utilizar su potencial militar como gendarme del mundo. Las potencias europeas, incluidas las que habían tenido relaciones económicas con Irak, no solo estuvieron obligadas de apoyar formalmente los proyectos bélicos estadounisenses, sino que también tuvieron que unirse a la “coalición” internacional, en contra de su voluntad y sin el menor entusiasmo. La guerra fue un formidable éxito para el imperialismo norteamericano que dio la prueba de su superioridad militar, de la modernidad de sus armamentos y de su voluntad de ejercer su poder. En Estados Unidos, Bush, el padre, goza de una popularidad política impresionante, hasta ganarse 90 % de opiniones favorables en los sondeos de posguerra.
Bush se reveló incapaz de consolidar el éxito norteamericano en el Golfo. La presión sobre las potencias que querían jugar sus propias bazas en el plano internacional tiene una eficacia muy limitada en el tiempo. Se reanudan los avances de Alemania en los Balcanes y hasta se aceleran con el estallido de Yugoslavia y la “purificación étnica”. La incapacidad de la administración Bush para consolidar lo realizado en la guerra del Golfo y formular una respuesta estratégica en los Balcanes será un factor esencial de su fracaso en las elecciones de 1992. Durante su campaña presidencial, Clinton se entrevistó con los dirigentes del Pentágono y les confirmó que autorizaría las incursiones aéreas en los Balcanes y mantendría une política decidida para establecer una presencia norteamericana en la región, que había sido uno de las aspectos cada vez más importante de la política imperialista norteamericana durante la década precedente. A pesar de las críticas de los republicanos durante la campaña electoral de 2000 con respecto a la política de Clinton, que consistía en mandar tropas para intervenir militarmente sin haberlo planificado realmente, la invasión de Afganistán realizada por la administración G.W. Bush –los proyectos de invasión de Irak (5) y el despliegue de tropas en varios paises por el mundo (las tropas US están actualmente presentes en 33 paises) – están en total continuidad con la política de Clinton.
Durante el mandato de Clinton la burguesía norteamericana se dividió sobre la política asiática, al oponerse la extrema derecha a la estrategia en Extremo Oriente de colaborar con China en vez de Japón. Las derechas consideraban a China como un régimen comunista anacrónico amenazado de implosión, un aliado poco fiable, cuando no un enemigo potencial. Este desacuerdo es la telón de fondo de los escándalos de finales de los 90 y de la campaña de impeachment contra Clinton. Sin embargo, todos los antiguos presidentes todavía vivos de ambos partidos (excepto Reagan aquejado de la enfermedad de Alzheimer) se pronunciaron de acuerdo con la estrategia política hacia China y se opusieron al impeachment. La derecha pagará muy caro el fracaso de su ataque contra Clinton: Newt Gringrich (6) se ve apartado de la vida política y otros líderes que habían apoyado el impeachment deben abandonar sus puestos. En ese contexto, es importante señalar que cuando existen divergencias importantes en la burguesía sobre política imperialista y es importante lo que está en juego, las fuerzas políticas enfrentadas no vacilan en desestabilizar el orden político.
En 1992, Washington adoptó conscientemente una orientación muy clara para su política imperialista durante el período posterior a la guerra fría., basada en “el compromiso fundamental de mantener un mundo unipolar en el que EE.UU no tenga contrincante. No se permitirá a ninguna coalición de grandes potencias alcanzar una hegemonía sin Estados Unidos” (prof. GJ. Ikenberry, Foreign Affairs, sept-oct. 2002). Esta política tiene como objetivo impedir la emergencia de cualquier potencia en Europa o Asia que pueda cuestionar la supremacia norteamericana y acabar siendo un polo unificador en la formación de un nuevo bloque imperialista. Esta orientación, inicialmente formulada en un documento de 1992 redactado por Rumsfeld (Defense Planning Guidance Policy Statement) durante el último año del primer mandato de Bush padre, establece claramente esta nueva estrategia:
“Impedir que surja un nuevo rival, en el territorio de la antigua Unión Soviética o en cualquier otra parte, que sea una amenaza como la que representaba la Unión Soviética... Estas regiones incluyen a Europa occidental, el territorio de la ex Unión Soviética y Asia del Sureste... Estados Unidos ha de mostrar la dirección general necesaria para establecer y proteger un nuevo orden que mantenga la promesa de convencer a sus rivales potenciales que no han de aspirar a tener un papel más importante ni adoptar una actitud agresiva para proteger sus intereses legítimos... sobre otras cuestiones fuera de la militar, hemos de tener un mínimo en cuenta los intereses de las naciones industriales avanzadas para desanimarlas a cuestionar nuestro liderazgo o de intentar derribar el orden político y económico establecido... Debemos mantener los mecanismos de disuasión hacia los rivales potenciales para que ni se atrevan a aspirar a un papel regional o global de mayor importancia”.
Esa misma política continuó bajo la administración de Clinton, la cual emprendió un programa colosal de desarrollo de armamento para así desanimar las ambiciones de cualquier rival potencial; es el anuncio de la política de estrategia militar nacional de 1997 (National Military Strategy):
“Los Estados Unidos seguirán siendo, a corto plazo, la única potencia global del mundo, pero actuarán en un entorno estratégico caracterizado por la ascensión de potencias regionales, de retos asimétricos que incluyen armas de destrucción masiva, peligros transnacionales y probablemente acontecimientos incontrolados que no se pueden prever con exactitud ”.
Esta política, continuada por la actual administración Bush y afirmada en el Quadrennial Defense Review Report publicado el 30 de septiembre del 2001, menos de tres semanas después del ataque al World Trade Center, considera de “interés nacional a largo plazo” la meta “de impedir toda dominación hostil de regiones críticas, particularmente en Europa, en el Noreste asiático, el litoral asiático oriental (7), Oriente Medio y Suroeste asiático”. En el National Security Strategy 2002, la administración Bush afirma que “seremos lo suficientemente fuertes para disuadir a cualquier adversario potencial de proseguir un esfuerzo militar que intente sobrepasar o igualar la potencia norteamericana”. En junio del 2002, en su discurso de la ceremonia de entrega de diplomas de West Point, el presidente Bush afirmó una vez más que “EE.UU va a procurar seguir teniendo una potencia militar imposible de desafiar – haciendo vana cualquier carrera de armamentos desestabilizadora de otras áreas y limitando las rivalidades al comercio y demás actividades pacíficas”. Todos estos elementos combinados muestran la continuidad esencial de la política imperialista norteamericana, más allá de las divergencias entre los partidos, desde finales de la Guerra Fría. Al decir “continuidad”, no queremos decir, claro está, que la puesta en práctica de esas orientaciones haya sido idéntica en todos sus aspectos. Claro está que ha habido reajustes de estas orientaciones, en particular a nivel práctico, a causa de la evolución del mundo durante el pasado decenio. El imperialismo norteamericano para organizar una “coalición” internacional en apoyo de sus aventuras militares, por ejemplo, ha tenido que resolver dificultades crecientes a lo largo de los años, y la tendencia de EE.UU a intervenir cada vez más solos, a actuar unilateralmente, en sus esfuerzos estratégicos para prevenir el riesgo de aparición de un rival europeo o asiático, ha alcanzado niveles que provocan serias discusiones en la propia clase dominante.
Estas discusiones son la expresión del reconocimiento de las dificultades que debe encarar el imperialismo norteamericano. A pesar de ser evidentemente incapaz de tener una conciencia “total” en el sentido marxista del desarrollo de las fuerzas económicas y sociales en el mundo, está claro, sin embargo, que la burguesía norteamericana es perfectamente capaz de distinguir ciertos elementos clave en la evolución de la situación internacional. En un artículo titulado “El imperialismo vacilante: terrorismo, Estados en quiebra y el caso del imperio norteamericano”, por ejemplo, Sebastian Mallaby considera que los hombres políticos norteamericanos reconocen la existencia de un “caos” creciente en la área internacional, el fenómeno de Estados “en quiebra” incapaces de mantener un mínimo de estabilidad en su sociedad y los peligros que resultan de una emigración masiva e incontrolada, del flujo de refugiados de los paises de la periferia hacia los paises centrales del capitalismo mundial. En este contexto, Mallaby escribe : “La lógica del neoimperialismo obliga a la administración de Bush a resistir. El caos mundial es demasiado amenazante para ignorarlo y los métodos para tratar ese caos que han sido aplicados se han revelado insuficientes” (Foreign Affairs, marzo-abril 2002). Mallaby y otros burgueses norteamericanos, teóricos de política exterior, ponen en evidencia la necesidad para EE.UU, en tanto que superpotencia mundial, de actuar para bloquear el avance del caos, aunque tengan que hacerlo solos. Hasta hablan abiertamente de un “nuevo imperialismo” que Estados Unidos debe instaurar para bloquear las fuerzas centrífugas que tienden a desgarrar la sociedad en su conjunto. En la situación internacional actual, también reconocen que la posibilidad de presionar a los antiguos aliados de EE.UU como en la guerra del Golfo de 1990-91, es prácticamente inexistente. De ahí que se haya incrementado brutalmente la presión, ya identificada en la prensa de la CCI, que empuja a EE.UU a actuar unilateralmente en el plano militar. La toma de conciencia de la necesidad de prepararse para actuar unilateralmente se produjo ya durante el gobierno de Clinton, cuando miembros de éste empezaron a discutir abiertamente sobre esa opción y prepararon entonces el terreno a acciones unilaterales del imperialismo norteamericano (véase por ejemplo el documento de Madeline Albright, “The testing of American Foreign Policy”, en Foreign Affairs, nov.-dic. del 98). El gobierno de Bush actúa pues en continuidad con la política iniciada por Clinton: EE.UU obtiene en Afganistán la “bendición” de la comunidad internacional para sus operaciones militares, gracias a las maniobras ideológicas y políticas favorecidas por el 11 de septiembre, EE.UU se ocupa solo de las operaciones en tierra, impidiendo incluso a su aliado más cercano, Gran Bretaña, sacar tajada. Aún cuando la burguesía es consciente de la necesidad para EE.UU de actuar unilateralmente, la cuestión de saber en definitiva cuándo y hasta dónde se puede ir, es un problema táctico muy serio para el imperialismo americano. La respuesta no puede encontrarse en precedentes de la Guerra Fría, cuando EE.UU intervenían a menudo sin consultar a la OTAN o a sus demás aliados, pero en aquel entonces podían contar con su potencial y su influencia en tanto que cabeza de bloque para obtener el acuerdo de los demás (como así fue en Corea, cuando la crisis de los misiles en Cuba, en Vietnam, con los cohetes Pershing y Cruise a principios de los 80, etc.). La respuesta a esa pregunta también tendrá un impacto importante en la evolución futura de la situación internacional.
Se ha de señalar que el debate del verano 2002 empezó primero entre los dirigentes del partido republicano, y más particularmente entre los especialistas tradicionales de asuntos exteriores del partido republicano. Kissinger, Baker, Eagleburger y hasta Colin Powell consideraban que era necesario ser prudentes y no actuar unilateralmente con prisa, argumentando que todavía era posible y preferible obtener la aprobación de la ONU antes de iniciar las hostilidades contra Irak. Incluso comentaristas burgueses en Estados Unidos emitieron la posibilidad de que los antiguos especialistas republicanos de política exterior habrían hablado en nombre de George Bush (padre) cuando tomaron posición a favor de llevar a cabo la misma política que para la primera guerra del Golfo. Los demócratas, incluso los de la izquierda del partido, se quedaron muy callados ante esa controversia en el partido en el poder, excepto la breve incursión de Gore, el cual intentó ganar puntos ante la izquierda demócrata, emitiendo la idea de que la guerra en Irak sería un error por desviar la atención de la preocupación central, o sea la guerra contra el terrorismo.
Lo que nos importa a nosotros es entender el significado de esas divergencias en la burguesía de la única superpotencia mundial.
Para empezar, es importante no exagerar la importancia del debate reciente. Los precedentes históricos demuestran ampliamente que cuando hay divergencias importantes sobre política imperialista en la burguesía norteamericana y cuando los protagonistas del debate toman la medida de lo que está en juego, no temen proseguir su orientación política, incluso a riesgo de provocar trastornos políticos. Está claro que el debate reciente no ha llegado a un resultado político parecido al que se pudo observar, por ejemplo, cuando el conflicto del Vietnam. Nunca amenazó la unidad fundamental de la burguesía norteamericana en su política imperialista. El desacuerdo, además, no era sobre la guerra en Irak, pues sobre esto el acuerdo era casi total en la clase dominante norteamericana. Todos estaban de acuerdo con este objetivo político, no por lo que hubiese hecho o amenazado hacer Sadam Husein, ni por el deseo de vengarse de la derrota del Bush padre como tampoco para estimular las ganancias petroleras de Exxon como lo entiende el materialismo vulgar, sino por la necesidad de lanzar una nueva advertencia a las potencias europeas que quisieran jugar su propia baza en Oriente Medio, y en particular Alemania, advertencia de que los Estados Unidos no vacilarían en servirse de su fuerza militar para mantener su hegemonía. En consecuencia, no es sorprendente, como tampoco es accidental, si Alemania fue la más vehemente en oponerse a los preparativos guerreros norteamericanos, puesto que son precisamente sus intereses imperialistas la diana de la ofensiva norteamericana.
El debate de los círculos dirigentes norteamericanos se centró en cuándo y con qué bases desencadenar la guerra y también, quizas de forma más crítica, hasta qué grado podía EE.UU actuar solo en la situación actual. La burguesía norteamericana sabe perfectamente que ha de estar lista para actuar unilateralmente, y que actuar así tendrá consecuencias significativas en el escenario internacional. Contribuirá indudablemente a aislar todavía más al imperialismo americano, a provocar mayores resistencias y antagonismos a nivel internacional y provocará que las demás potencias busquen las alianzas posibles para plantar cara a la agresividad americana, aumentando las dificultades que tendrá en el porvenir. El momento preciso en que EE.UU decide abandonar toda búsqueda de apoyo internacional a sus acciones militares y actuar unilateralmente es, por lo tanto, una decisión táctica con implicaciones estratégicas de la mayor importancia. En marzo del 2002, Kenneth M. Pollack, actual director adjunto del Consejo de relaciones exteriores, que fue director de Asuntos del Golfo en el Consejo nacional de seguridad de la administración de Clinton, hablaba abiertamente de la necesidad para el gobierno de desencadenar rapidamente la guerra contra Irak antes de que desapareciera tanto la fiebre guerrera iniciada triunfalmente en EE.UU tras el 11 de septiembre como la simpatía internacional creada por los ataques terroristas y que facilitaron el acuerdo de las demás naciones con las acciones militares norteamericanas. Como lo dice Pollack :
“Tardar demasiado plantearía tantos problemas como ir rápidamente, porque el estímulo ganado gracias a la victoria en Afganistán podría desaparecer. Hoy, el choque provocado por los ataques del 11 de septiembre sigue vivo y tanto el gobierno norteamericano como el público siguen dispuestos a hacer sacrificios y, a nivel internacional, el resto del mundo comprende la cólera americana y dudaría en ponerse del mal lado. Cuanto más esperemos para invadir, más difícil será obtener un apoyo tanto internacional como interno, aunque las razones de la invasión poco tengan que ver, si no es nada, con las relaciones de Irak con el terrorismo... Los Estados Unidos pueden, en otros términos, permitirse esperar un poco antes de meterse con Sadam, pero no indefinidamente” (Foreign Affairs, marzo-abril del 2002).
La oposición a la intervención norteamericana en Irak, tanto en la clase obrera americana (que no se ha alineado totalmente tras esta guerra), como en el resto del mundo en las potencias de segundo y tercer orden, permite de hecho suponer que EE.UU esperó demasiado antes de atacar a Irak.
Está claro que los más prudentes del equipo dirigente, y en particular Colin Powell, que defendió una política de presiones diplomáticas para obtener la aprobación del Consejo de seguridad sobre la acción militar en Irak, eran mayoritarios en la administración el otoño pasado y, como lo han demostrado los acontecimientos, su táctica ha sido eficaz para conseguir un voto unánime que dio el pretexto a EE.UU para entrar en guerra contra Irak cuando lo desearan. Pero también está claro que en febrero, el resultado logrado en otoño se redujo de forma importante, al oponerse abiertamente a los planes de guerra norteamericanos, Francia, Alemania, Rusia y China, tres de estos paises con derecho de veto en el Consejo de seguridad. Las críticas en la burguesía norteamericana expresaban preocupación sobre la poca habilidad de la administración de Bush para maniobrar y ganarse el apoyo internacional para la guerra (véanse, por ejemplo, los recientes comentarios del senador Joseph Biden, alto responsable demócrata en el Comité de relaciones exteriores del Senado).
Las contradicciones inherentes a la situación actual plantean problemas muy serios a Estados Unidos. La descomposición y el caos a nivel mundial imposibilitan la creación de nuevas “coaliciones” a nivel internacional. De ahí que Rumsfeld y Cheney insistan con razón en que ya no será posible nunca más formar una coalición internacional como la del 90-91. Sin embargo, no puede uno imaginarse que el imperialismo norteamericano permita que tal situación ponga trabas a sus acciones militares para defender sus propios intereses imperialistas. Por otro lado, si EE.UU lleva efectivamente a cabo una intervención militar de forma unilateral, sea cual sea el resultado a corto plazo, se aislará todavía más a nivel internacional, perderá el apoyo de los pequeños paises, transformándolos en contestatarios y proclives a resistir cada día más a la tiranía de la superpotencia. Pero por otro lado, si EE.UU echa marcha atrás y no se lanza solo a la guerra en el contexto actual, sería une prueba de debilidad por parte de la superpotencia cuya única consecuencia será incitar a las potencias de segundo orden a jugar sus propias bazas y cuestionar directamente la dominación norteamericana.
La cuestión para los revolucionarios no es la de caer en la trampa de hacer predicciones sobre el momento exacto en que la burguesía norteamericana emprenderá una guerra unilateral, sea en Irak a corto plazo o en otra zona más tarde, sino entender claramente cuáles son las fuerzas en presencia, el carácter del debate en los círculos dirigentes norteamericanos y las implicaciones graves de esta situación en el incremento del caos y de la inestabilidad en el plano internacional en el período venidero.
JG,febrero del 2003
1) En inglés “containment”. Fue la política adoptada por el imperialismo norteamericano después de la Segunda Guerra mundial para frenar toda expansión de la zona de influencia rusa.
2) Significaba que la caida bajo influencia rusa de un país en una región en la que se disputaban los dos imperialismos (en este caso, el Sureste asiático) vendría seguida inevitablemente por la caida de paises vecinos.
3) La conferencia de Bretton Woods estableció un nuevo orden monetario y económico en la posguerra, dominado por Estados Unidos. Instauró, entre otras cosas, el Fondo Monetario Internacional y el sistema de cambio basado en el dólar en lugar del patrón-oro.
4) Esta política de cerco a la URSS es muy parecida a la actual política de EE.UU hacia Europa.
5) Este informe se redactó para el congreso de la CCI a principios de 2003.
6) Dirigente entonces del partido republicano en la Cámara de representantes del Congreso de EE.UU, hoy totalmente desprestigiado.
7) Según el Pentágono: “El litoral asiático oriental es la región que se extiende desde el sur de Japón, pasa por Australia e incluye en golfo de Bengala”.
Los sucesos revolucionarios de 1905 en Rusia provocaron como un terremoto en el conjunto del movimiento obrero. En cuanto se formaron los consejos obreros, en cuanto los obreros emprendieron huelgas de masas, el ala izquierda de la socialdemocracia (con Rosa Luxemburg en su texto Huelga de masas, partido y sindicatos, Trotski con su obra 1905 y Pannekoek en varios textos, particularmente sobre el parlamentarismo) empezó a sacar lecciones de esas luchas. La insistencia sobre la autoorganización de la clase obrera en los consejos, la crítica al parlamentarismo sobre todo por parte de Rosa Luxemburg y Pannekoek, no se debieron a no se sabe qué antojos anarquizantes, sino un intento de entender las lecciones de la nueva situación en el inicio de la decadencia del modo de producción capitalista y las nuevas formas de lucha.
La efervescencia internacional en la clase obrera y en sus minorías revolucionarias también se expresó en Japón, a pesar del relativo aislamiento internacional de los revolucionarios, y también allí se desarrollo el debate sobre las condiciones y los medios de la lucha. Se enfrentaron dos tendencias de forma mucho más clara que anteriormente. La tendencia encabezada por Kotoku, que expresaba fuertes inclinaciones anarquistas al insistir principalmente en la “acción directa”: la huelga general y el sindicalismo revolucionario. Kotoku viajó a Estados Unidos en 1905-06, se enteró de las posiciones de las IWW sindicalistas y tomó contacto con los anarquistas rusos. La corriente anarcosindicalista publicó el periódico Hikari (la Luz) a partir de 1905. Por otro lado, Katayama defendía incondicionalmente la vía parlamentaria al socialismo en Shikigen (los Tiempos nuevos). A pesar de las divergencias entre ambos campos, se fusionaron en 1906 para formar el Partido socialista de Japón (Nippon Shakaito) que, como lo propuso Katayama, debía luchar por el socialismo “dentro de los límites de la Constitución”. El Partido socialista de Japón existió de 24 de junio de 1906 hasta el 22 de julio de 1907, publicando Hikari hasta diciembre de 1906 (1).
En febrero de 1907 se celebró el Primer Congreso, y en él se enfrentaron varias posiciones. La discusión empezó tras haber elegido el delegado al Congreso de Stuttgart de la Segunda Internacional. Kotoku no anduvo con rodeos con respecto al trabajo parlamentario y reivindicó los métodos de acción directa (chokusetsu kodo):
“No es por el sufragio universal y la política parlamentaria, en absoluto, el modo con el que podrá realizarse la verdadera revolución; para alcanzar los objetivos del socialismo, no existe más camino que el de la acción directa de los trabajadores unidos... Tres millones de hombres preparándose para elecciones no sirven para nada a la revolución, pues no son tres millones de hombres conscientes y organizados...”.
Tazoe justificó la lucha estricta en el plano parlamentario, y la mayoría se pronunció a favor de una resolución intermedia propuesta por T. Sakai. Se contentaba con retirar de los estatutos los términos “dentro de los límites de la Constitución”. Los miembros guardaban toda libertad de participar en movimientos por el sufragio universal o en movimientos antimilitaristas o antireligiosos. Las posiciones de Kotoku degeneraron hacia el anarquismo, sin haber logrado apropiarse la crítica que empezaba a desarrollarse en el ala izquierda de la Segunda Internacional sobre el oportunismo de la socialdemocracia, contra el parlamentarismo y el sindicalismo.
Tras ese debate, Kotoku –que se reivindicó del anarquismo a partir de 1905– actuó siempre más como un obstáculo a la construcción de una organización; sus planteamientos impidieron sobre todo a elementos en búsqueda profundizar sus conocimientos y comprender el marxismo. Él quería dar como perspectiva la “acción directa”. En vez de alentar la profundización teórica de las posiciones políticas, contribuyendo de esta forma a la construcción de la organización, evolucionaba hacia un activismo desenfrenado. En cuanto se acabó el Congreso, el Partido socialista fue prohibido por la policía.
Tras un rebrote de huelgas en 1907, hubo un retroceso de la lucha de clases entre 1909 y 1910. La policía se aprovechó de esta situación para perseguir a los revolucionarios. El simple hecho de tener una bandera roja se consideraba ya como un delito. Kotoku fue detenido en 1910, como lo fueron muchos socialistas de izquierdas. En enero de 1911, él y once socialistas fueron condenados a muerte, so pretexto de haber querido asesinar al emperador. Fueron prohibidos tanto los mítines como la prensa socialistas, y los libros socialistas en las librerías y bibliotecas fueron quemados. Perseguidos por esta represión se exiliaron muchos revolucionarios, cuando no se retiraron de la actividad política. Empezó entonces el largo período del “invierno japonés” (fuyu). Los revolucionarios que no se exiliaron y los intelectuales utilizaron entonces una editorial (Baishunsha) para publicar sus textos, en condiciones de ilegalidad. Para no ser censurados, los artículos debían adoptar una forma ambigua.
En Europa, la represión y las leyes antisocialistas no pudieron impedir el crecimiento de la socialdemocracia (vease el caso del SPD alemán y también, en condiciones aun más difíciles, el del POSDR en Rusia y del SdKPIL en Polonia y Lituania). El movimiento obrero en Japón conoció en cambio grandes dificultades tanto para desarrollarse y reforzarse en esas condiciones de represión, como también para constituir organizaciones revolucionarias que funcionaran con espíritu de partido, o sea superando las prácticas de los círculos y el papel preponderante del individuo que siempre habían tenido un peso dominante en el movimiento de Japón. El anarquismo, el pacifismo y el humanitarismo siempre habían tenido mucha influencia. Ni en el plano programático como tampoco en el organizativo fue capaz el movimiento de alzarse a un nivel que le permitiera hacer surgir un ala marxista significativa. A pesar de unos primeros contactos con la Segunda Internacional, todavía quedaban por establecer relaciones estrechas con ésta.
A pesar de estas especificidades, hay que reconocer que la clase obrera en Japón se había integrado en la clase obrera internacional y a pesar de no disponer de una larga historia de luchas de clase como tampoco de bases programáticas y organizativas a imagen del movimiento revolucionario en Europa, se enfrentaba a las mismas cuestiones y mostraba tendencias similares. En este sentido, la historia de la clase obrera en Japón se parece más a la de la clase en Estados Unidos u otros paises más o menos periféricos, en los que el ala marxista no logró imponerse y en donde el anarcosindicalismo siempre tuvo un papel importante.
A pesar de que Japón declarara la guerra a Alemania en 1914 para apoderarse de sus posiciones coloniales (en pocos meses, Japón conquistó los puestos avanzados coloniales alemanes en el Océano Pacífico o en Tsningtao (China), el territorio japonés nunca sufrió combates. Al ser Europa el centro de la guerra, Japón no participó directamente en ésta más que en su primera fase. Tras sus primeros éxitos militares contra Alemania, se abstuvo de toda actividad militar, y adoptó en cierta forma una actitud neutral. Mientras la clase obrera en Europa se estaba enfrentando con más dramatismo cada día a la cuestión de la guerra, la de Japón vivía un “boom” económico, como resultado de esa guerra. En efecto, Japón se había convertido en gran proveedor de armas, y había mucho trabajo. El número de obreros se duplicó entre 1914 y 1919. En 1914 trabajaban unos 850 000 obreros en unas 17 000 empresas, cuando en 1919, 1 820 000 asalariados trabajaban en unas 44 000. Mientras que los trabajadores nunca habían sido hasta entonces más que una pequeña parte de la mano de obra, en 1919 llegaron al 50 %. A finales de la guerra había 450 000 mineros. La burguesía japonesa sacó enormes beneficios de la guerra. Gracias al gigantesco mercado del sector armamentístico durante la guerra, Japón pudo evolucionar de sociedad dominada por el sector agrícola hacia una sociedad industrial. El crecimiento de la producción entre 1914 y 1919 fue del 78 %.
Debido a la implicación limitada de Japón en la guerra, la clase obrera en este país no tuvo que encarar la misma situación que la de Europa. La burguesía japonesa no necesitó movilizar en masa como tampoco tuvo que militarizar la sociedad como ocurrió en las potencias europeas. Esto permitió a los sindicatos japoneses evitar comprometerse en una “unión sagrada” con el capital, como así ocurrió en Europa, lo que hubiese permitido que se les cayera la careta y mostraran su verdadero rostro de pilares del orden capitalista. Mientras los obreros en Europa estaban confrontados tanto a la subalimentación como a matanzas imperialistas gigantescas, que costaron 20 millones de muertos en la guerra de trincheras, provocando un hecatombe en las filas obreras, los obreros en Japón no conocieron semejante situación. Esto favoreció que Japón no conociera el impulso provocado por la lucha contra la guerra que radicalizó el movimiento obrero, como así fue en Europa, en Alemania y en Rusia particularmente. No hubo confraternizaciones como ocurrió entre soldados rusos y alemanes.
Semejante contraste en la situación de diferentes sectores del proletariado internacional durante la Primera Guerra mundial es una de las expresiones de que, contrariamente a lo que consideraban los revolucionarios en aquel entonces, las condiciones de la guerra imperialista no son las mejores para el desarrollo y la generalización de la revolución mundial.
Los revolucionarios en Europa que defendieron una posición internacionalista y unas perspectivas mundiales poco después del empezar la guerra, reunidos en Zimmerwald durante el verano de 1915 y más tarde en Kienthal, podían referirse a la tradición revolucionaria del período que precedió la Primera Guerra mundial (más precisamente a la posición que tomaron los marxistas durante el siglo XIX, las resoluciones de la Segunda Internacional en los congresos de Stuttgart y Basilea). En cambio, los socialistas en Japón pagaban el precio del aislamiento y su resistencia internacionalista no podía apoyarse en una tradición profunda, fuertemente anclada en el marxismo. Igual que en 1904-05, se oyeron principalmente voces pacifistas y humanitarias contra la guerra. Los revolucionarios en Japón, efectivamente, no tenían los medios de apropiarse de la perspectiva popularizada por la vanguardia revolucionaria en Zimmerwald, basada en el análisis de que había fallecido la Segunda Internacional, que debía nacer otra nueva, y que la guerra imperialista no podía ser detenida más que transformándola en guerra civil.
Sin embargo, los revolucionarios en Japón, a pesar de ser pocos, supieron tomar conciencia de la responsabilidad que les incumbía. Hicieron oir la voz internacionalista en la prensa ilegal (2), se reunieron clandestinamente y hicieron lo que pudieron para difundir las posiciones internacionalistas a pesar de sus pocas fuerzas. Aunque casi no conocían a Lenin y la actividad de los bolcheviques, sí estuvieron muy atentos a la posición internacionalista de los espartaquistas alemanes y la valiente lucha de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg (3).
Aunque Japón conoció un “boom” económico durante y gracias a la guerra, la entrada en 1914 en el período de su decadencia era un fenómeno a escala mundial del capitalismo con repercusiónes en todos los paises, hasta los que habían evitado los estragos de la Primera Guerra mundial. El capital japonés no podía evitar la crisis de sobreproducción debida a la saturación relativa del mercado mundial. También la clase obrera en Japón iba a deber encarar ese cambio de las condiciones y perspectivas que se imponían al proletariado a nivel internacional.
A pesar de que los sueldos aumentaran en todos los sectores industriales 20 a 30 %, debido a la penuria de mano de obra, los precios aumentaron 100 % entre 1914 y 1919. Los sueldos reales se derrumbaron globalmente de una base 100 en 1914 a 61 en el 1918. Estas subidas brutales de los precios empujaron la clase obrera a realizar una serie de luchas defensivas.
El precio del arroz se duplicó entre 1917 y 1918. Los obreros empezaron a manifestarse contra los aumentos durante el verano del 18. No tenemos informaciones sobre esas huelgas en las fábricas como tampoco sobre la extensión de las reivindicaciones a otros sectores. Parece ser que salieron a la calle miles de obreros. Sin embargo, estas manifestaciones no desembocaron en ninguna forma organizada más precisa, como tampoco en reivindicaciones u objetivos específicos. Parece que se saquearon almacenes. En particular, los obreros agrícolas y la mano de obra recientemente proletarizada, así como los “burakumin” (excluidos sociales), desempeñaron por lo visto un papel muy activo en los saqueos. Cantidad de casas y de empresas fueron saqueadas. No parece que existiera la menor unificación entre las reivindicaciones económicas y las políticas. Contrariamente al desarrollo de las luchas en Europa, no hubo asambleas generales ni consejos obreros. Tras la represión del movimiento, unos 8000 obreros fueron detenidos, y más de 100 personas fueron asesinadas. El gobierno dimitió por razones tácticas. La clase obrera se había sublevado espontáneamente pero su falta de madurez política era una evidencia dramática.
A pesar de que las luchas obreras puedan surgir espontáneamente, un movimiento no puede desarrollarse plenamente si no se asienta en una madurez política y organizativa. Sin ésta, cualquier movimiento se hunde rápidamente. Así fue en Japón: los movimientos desaparecieron tan pronto como habían estallado. Tampoco parece que hubiese la menor intervención organizada por parte de una organización política. En Rusia como en Alemania, los movimientos habrían desaparecido también muy rápidamente si la clase no hubiese sido capaz de segregar la empecinada actividad de bolcheviques y espartaquistas. Esta actividad organizada faltó irremediablemente en Japón. Pero a pesar de las diferencias en las condiciones de Europa y de Japón, la clase obrera en este país iba a dar un gran paso hacia adelante.
Cuando en febrero del 17 la clase obrera en Rusia lanzó el proceso revolucionario y tomó el poder en octubre, aquel primer levantamiento proletario realizado con éxito también encontró un eco en Japón. La burguesía japonesa entendió rápidamente los peligros que entrañaba la revolución en Rusia. Fue una de las primeras, en abril de 1918, en participar de forma determinante en la movilización de un ejército contrarrevolucionario. También fue el último país en sacar sus tropas de Siberia en noviembre de 1922.
Pero mientras que la noticia de la Revolución rusa se propagaba rápidamente de Rusia hacia el Oeste, provocando un fuerte impacto en particular en Alemania y una desestabilización de los ejércitos en Europa central, ese eco quedó muy confidencial en Japón. Esto no sólo se debe a factores geográficos (miles de kilómetros separan Japón del centro de la revolución, Petrogrado y Moscú) sino, sobre todo, al hecho de que la clase obrera de Japón se había radicalizado mucho menos durante la guerra. Gracias a la actividad de sus elementos más avanzados, formó, sin embargo, parte de la oleada revolucionaria de luchas internacionales que se desarrolló entre 1917 y 1923.
En un primer tiempo, la noticia de la Revolución rusa no se propagó por Japón sino muy lentamente y de modo muy fragmentado. Los primeros artículos sobre ella no fueron publicados en la prensa socialista más que en mayo y junio del 17. Sakai mandó un mensaje de enhorabuena, en condiciones de ilegalidad, que fue publicado por Katayama en Estados Unidos en el periódico de los trabajadores emigrados Heimin, en el de las IWW Internationalist Socialist Review y en publicaciones rusas. En Japón, Takabatake fue el primero en publicar un informe sobre el papel de los soviets en Baibunsha, subrayando el papel decisivo de los revolucionarios. Sin embargo, el papel que desempeñaron los diversos partidos en la revolución todavía no se conocía.
El gran desconocimiento de los acontecimientos en Rusia y del papel de los bolcheviques puede imaginarse al leer las primeras declaraciones de los revolucionarios más conocidos. Arahata escribía, en 1917: “Entre nosotros, nadie conocía los nombres de Kerenski, Lenin o Trotski”. En verano del 17, Sakai hablaba de Lenin como de un anarquista, y en abril del 20 seguía afirmando