El 28 de junio de 1914 era asesinado en Sarajevo por Gavrilo Princip, joven nacionalista serbio, el archiduque Francisco Fernando de Austria, sobrino del emperador Francisco José y general inspector de los ejércitos de Austria-Hungría. Este imperio había echado mano ya de Bosnia-Herzegovina en 1908 expresando así sus apetitos imperialistas excitados por el desmoronamiento del imperio otomano. Ese asesinato le sirvió de pretexto para atacar a una Serbia acusada de animar las ideas de independencia de las nacionalidades dominadas por Austria. La declaración de guerra se hizo sin esperar negociación alguna. En fin, se conoce bien lo que siguió: Rusia, temerosa de la prepotencia austríaca en los Balcanes corre en auxilio de Serbia; Alemania aporta su apoyo sin fisuras al Imperio austro-húngaro, aliado suyo; Francia otorga el suyo a Rusia e Inglaterra le sigue los pasos; resultado: cerca de diez millones de muertos, seis millones de mutilados y una Europa en ruinas y ello sin contar todas las consecuencias de la guerra como la gripe española de 1918 que mató a más gente que el propio conflicto.
El 11 de septiembre de 2001, los 3000 muertos de las Torres Gemelas fueron el pretexto del gobierno de Estados Unidos para entablar la invasión de Afganistán, instalar bases militares en tres países limítrofes, antiguas repúblicas de la URSS. También han permitido la preparación de la guerra para eliminar a Sadam Husein con una probable ocupación militar de larga duración de Irak por parte de las tropas US. Si bien debido al contexto histórico actual, los efectos del 11 de septiembre son por ahora menos carniceros que la guerra de 1914-18, esa ampliación de la presencia militar directa de EE.UU contiene, sin embargo, sombrías amenazas para el futuro.
A pesar de la similitud entre esos dos acontecimientos (en ambos casos, una gran potencia imperialista utiliza un atentado terrorista para justificar sus propias operaciones bélicas) el fenómeno terrorista de 2001 no tiene ya nada que ver con el lejano de 1914.
El acto de Gavrilo Princip hunde sus raíces en las tradiciones de las organizaciones populistas y terroristas que durante el siglo XIX lucharon contra el absolutismo zarista, expresión de la impaciencia de una pequeña burguesía incapaz de entender que son las clases sociales y no los individuos quienes hacen la historia. Al mismo tiempo, aquel atentado ya prefigura lo que será una característica del terrorismo durante el siglo XX: el uso de este medio por los movimientos nacionalistas y la manipulación de éstos por la burguesía de las grandes potencias. En algunos casos, esos movimientos nacionalistas eran demasiado débiles o habían llegado demasiado tarde al ruedo de la historia para hacerse un sitio en un mundo capitalista ya repartido entre las grandes naciones históricas: la ETA, en España, es un ejemplo típico, puesto que un Estado vasco independiente no tendría la menor viabilidad. En otros casos, esos grupos terroristas formaban parte de un movimiento más amplio que desembocó en la creación de un nuevo Estado nacional: puede citarse el ejemplo del Irgun, movimiento terrorista judío que luchó contra los ingleses en Palestina durante el período de antes y después de la IIª Guerra mundial y entre cuyas acciones no sólo hubo ataques contra objetivos “militares”, como el del cuartel general del ejército británico, sino también matanzas de civiles como la perpetrada contra la población árabe de Deir Yasín. Recordemos que Menahem Beguin, antiguo primer ministro israelí, a quien se le otorgó el premio Nobel de la paz tras la firma de los acuerdos de Camp David entre Egipto e Israel, fue uno de los dirigentes del Irgún.
El ejemplo del IRA y del Sinn Fein en Irlanda(1) resume en cierto modo las características de lo que iba a ser el terrorismo en el siglo XX. Tras el aplastamiento de la revuelta de la Pascua de 1916, uno de los dirigentes irlandeses ejecutados fue James Connolly, figura emblemática del movimiento obrero irlandés. Su muerte fue el símbolo del final de una época, trasnochada ya en realidad por el estallido de la Iª Guerra mundial, una época en la que el movimiento obrero podía todavía apoyar, en ciertos casos, algunas luchas de liberación nacional. En cambio, en la época de decadencia que se había iniciado, tal apoyo se ha vuelto inevitablemente en contra del proletariado(2). De hecho es el destino de Roger Casement el que simbolizará lo que habrán de ser los movimientos nacionalistas y terroristas del período de decadencia: fue detenido por los ingleses (y fusilado después) en cuanto arribó a Irlanda en un submarino alemán con un cargamento de fusiles alemanes para la revuelta independentista de 1916.
El final de las carreras profesionales de Menahem Begin –primer ministro de Israel– y de Gerry Adams, el ex terrorista y dirigente del Sinn Fein, que no ha llegado todavía a primer ministro, pero que ya es un respetable político recibido en Downing Street y en la Casa Blanca, es también significativo de que para la burguesía no hay una frontera impermeable entre terrorismo y respetabilidad. La diferencia entre el jefe terrorista y el hombre de Estado es que el primero todavía está en una situación precaria, pues las únicas armas de las que dispone son los atentados y los golpes a mano armada, mientras que el segundo tiene a su disposición todos los medios militares del moderno Estado burgués. A todo lo largo del siglo XX, sobre todo durante el periodo de la “descolonización” tras la IIª Guerra mundial, numerosos han sido los ejemplos de grupos terroristas (o nacionalistas usuarios de métodos terroristas) que acaban transformándose en las fuerzas armadas del nuevo Estado: los miembros del Irgún integrados en el nuevo ejército israelí, el FLN de Argelia, el Viet-minh en Vietnam, la OLP de Yasir Arafat en Palestina, etc.
Ese tipo de lucha armada es además un terreno predilecto para los manejos del Estado burgués en el marco de los conflictos interimperialistas, El fenómeno empezó a cobrar gran amplitud durante la IIª Guerra mundial, con el uso por parte de las burguesías “democráticas” de movimientos de resistencia contra el invasor alemán, especialmente en Francia, en Grecia y en Yugoslavia o por la burguesía alemana nazi, aunque con menos éxito, en algunos movimientos de independencia nacional en el imperio británico (en India, en particular). Después, allí donde se agudiza duramente el enfrentamiento entre los dos grandes bloques de la posguerra, el americano y el ruso, las formaciones nacionalistas dejan de ser simples grupos terroristas para acabar siendo auténticos ejércitos: así ocurre en Vietnam, en donde hay cientos de miles de combatientes enfrentados, y al cabo millones de muertos, o en Afganistán donde –recuérdese– los talibanes y sus predecesores, que se distinguieron en la lucha contra la ocupación soviética, habían sido formados y armados por Estados Unidos.
El terrorismo, lucha armada minoritaria, se ha convertido pues en campo para la intervención y las maniobras de las grandes potencias. Si eso aparece claramente en los enfrentamientos armados en los países del llamado “Tercer mundo”, también lo es en los manejos más tenebrosos dentro de los grandes Estados mismos. Al ser acciones que se preparan en la sombra, ofrecen “un terreno de predilección para los manejos de los agentes de la policía y del estado y, en general, para toda clase de manipulaciones e intrigas de lo más insólito”(3). Un ejemplo pertinente de ese tipo de manipulaciones, en las que se mezclan individuos en pleno delirio (los hay que hasta incluso se creen que actúan en interés de la clase obrera), gángsters, grandes Estados y servicios secretos, fue el rapto, realizado con una eficacia perfectamente militar, de Aldo Moro por un comando de las Brigadas rojas italianas y su asesinato el 9 de mayo de 1978, después de que el gobierno italiano se negara a negociar su liberación. Esta operación no fue obra de unos cuantos terroristas excitados, menos todavía de militantes obreros. Tras la acción de las Brigadas rojas había en juego cuestiones políticas no solo relacionadas con el Estado italiano, sino también con las grandes potencias. En efecto, Aldo Moro representaba una fracción de la burguesía italiana favorable a la entrada del Partido comunista italiano en la mayoría gubernamental, opción a la que Estados Unidos era firmemente contrario. Las Brigadas rojas compartían esa oposición a la política del “compromiso histórico” entre la Democracia cristiana y el PC que Aldo Moro defendía, de modo que las B.R. hicieron abiertamente el juego del Estado norteamericano. El hecho mismo de que las BR estuvieran directamente infiltradas a la vez por los servicios secretos italianos y por la red Gladio (creación de la OTAN cuya misión era formar redes de resistencia en caso de que la URSS hubiera invadido Europa occidental) pone de manifiesto que ya desde finales de los años 70 el terrorismo es un instrumento de maniobra en los conflictos imperialistas(4).
Durante los años 80, la multiplicación de atentados terroristas (como los de 1986 en París), ejecutados por gropúsculos fanáticos pero teledirigidos por Irán, hicieron aparecer un fenómeno nuevo en la historia. Ya no son, como al iniciarse el siglo XX; acciones armadas perpetradas por grupos minoritarios con el fin de constituir y llevar a la independencia nacional de un Estado, sino que son los Estados mismos los que toman a su cargo y usan el terrorismo como arma de la guerra entre Estados.
El que el terrorismo se haya convertido directamente en instrumento del Estado para hacer la guerra fue un cambio cualitativo en la evolución del imperialismo. El que fuera Irán el Estado que encargó esos ataques (en otros casos como en el del atentado contra el vuelo de la Panam por encima de Lockerbie, serían Siria o Libia las acusadas) es también significativo de un fenómeno que va a acentuarse tras el desmoronamiento de los bloques después de 1989 y la desaparición de la disciplina impuesta por sus jefes respectivos: hay potencias regionales de tercer orden tales como Irán que van a intentar librarse de la tutela de los bloques, ruso o americano. El terrorismo se convierte entonces en la bomba atómica de los pobres.
En el último período ha podido comprobarse que son las dos potencias militares principales, Estados Unidos y Rusia las que han usado el terrorismo como medio de manipulación para justificar sus intervenciones militares. Incluso los propios medios han revelado que los atentados en Moscú del verano de 1999 habían sido perpetrados con explosivos utilizados exclusivamente por los militares y cuyo comanditario fue probablemente Putin, jefe del FSB (ex KGB) en aquel entonces. Aquellos atentados fueron un pretexto para justificar la invasión de Chechenia por las tropas rusas. Para el último atentado en Moscú, la toma de rehenes de los 700 espectadores de un teatro, el tinglado ha sido tan grosero que la propia prensa, tanto la rusa como la internacional, ha empezado a interrogarse abiertamente si no ha habido manipulación, cómo cincuenta personas pudieron acudir juntas a un lugar público en plena capital acarreando un arsenal impresionante, en una ciudad en la que cualquier checheno puede ser controlado y detenido varias veces por día en la calle.
Entre las hipótesis propuestas por el diario francés Le Monde del 16 de noviembre, se plantea ya sea la infiltración del comando por los servicios secretos rusos, ya que éstos estaban al tanto de la operación y dejaron hacer para así poder recalentar la guerra en Chechenia. Por lo visto, según algunas filtraciones, hubo agentes secretos que informaron a sus mandos unos meses antes de la preparación de acciones en Moscú por el grupo de Movsar Baraev, pero la información “se habría perdido como siempre en los meandros superiores del escalafón”. Difícilmente puede uno imaginarse que una información de tal importancia pasara desapercibida. El 29 de octubre, el diario Moskovski Konsomolets citaba a un informador anónimo del FSB (ex KGB) según el cual el comando de marras estaba “infiltrado” desde hacía tiempo por los servicios rusos, los cuales controlaban directamente a cuatro de los secuestradores.
El comando estaba dirigido por el clan Baraev, cuyos hombres de mano ya desempeñaron un papel notorio en la guerra de Chechenia. Aún cuando se presentaba como defensor de un islamismo radical, su antiguo jefe (asesinado hace dos años) y tío del comandante de los secuestradores, mantenía vínculos directos con el Kremlin. Sus tropas han sido de hecho las únicas que se salvaron de los bombardeos y de las matanzas ejecutados por el ejército ruso. Fue él quien, además, favoreció la matanza de los principales jefes nacionalistas chechenos asediados en Grozny, metiéndolos en una ratonera tras haberles dado la posibilidad de huir por un paso donde los estaban esperando las tropas rusas.
En cuanto a lo del 11 de septiembre de 2001, por mucho que el Estado norteamericano no hubiera comanditado directamente los atentados, es inconcebible imaginar que los servicios secretos de la primera potencia mundial habrían sido cogidos por sorpresa como en una república bananera cualquiera del Tercer Mundo. Es evidente que el Estado US dejó hacer, aún a riesgo de lo que pasó: el sacrificio de cerca de 3000 vidas y la destrucción de las Torres Gemelas. Ese fue el precio que el imperialismo US estaba dispuesto a pagar para poder reafirmar su liderazgo mundial desencadenando la operación “Justicia ilimitada” en Afganistán. Esta política deliberada de la burguesía estadounidense que consiste en dejar hacer para justificar su intervención no es nueva, ni mucho menos.
Ya fue utilizada en diciembre de 1941 cuando el ataque japonés de Pearl Harbor(5) para justificar la entrada de Estados Unidos en la IIª Guerra mundial y más recientemente cuando la invasión de Kuwait por las tropas de Sadam Husein en agosto de 1990, que sirvió para que se desencadenara la guerra del Golfo bajo la batuta del Tío Sam(6).
El método que consiste en utilizar los atentados terroristas ya previstos para así justificar la ampliación de la influencia imperialista mediante la intervención militar (o policiaca) parece que empieza a crear emulación. Las informaciones disponibles parecen demostrar que el gobierno australiano estaba al corriente de las amenazas de atentado en Indonesia y que dejó correr, animando incluso a sus ciudadanos a seguir yendo a Bali. Lo que en todo caso es cierto, es que Australia ha aprovechado la ocasión proporcionada por el atentado del 12 de octubre para reforzar su influencia en Indonesia, tanto por cuenta propia como por cuenta de su aliado norteamericano(7).
Esa política de “dejar hacer” ya no consiste, como en 1941 ó en 1990, en dejar que el enemigo ataque primero según las leyes clásicas de la guerra entre Estados.
Ya no es la guerra entre Estados rivales, con sus propias reglas, sus banderas, sus preparativos, sus tropas uniformadas y sus armamentos, lo que sirve de pretexto a la intervención masiva de las grandes potencias. Son los ataques terroristas a ciegas, con sus comandos kamikazes fanatizados, que golpean directamente a la población civil, los que ahora son utilizados por las grandes potencias para justificar el desencadenamiento de la barbarie imperialista.
El uso y la manipulación del terrorismo ya no sólo es cosa de los pequeños Estados como Libia, Irán u otros de Oriente Medio. Se han convertido en una especialidad de las grandes potencias del planeta.
Es significativo de la descomposición cada vez más avanzada del entramado ideológico de la sociedad capitalista que los ejecutantes de los atentados de Nueva York, de Moscú o de Bali (sea cual sea la motivación de sus comanditarios) ya no están motivados por ideologías que tengan una apariencia racional o con pretensiones progresivas, tales como la lucha por la creación de nuevos Estados nacionales. Al contrario, evocan ideologías ya caducas e irremediablemente reaccionarias en el siglo XIX: las del oscurantismo religioso y místico. La descomposición del capitalismo parece estar bien resumida en ese hecho de que, para muchos sectores de la juventud de hoy, la mejor perspectiva que la vida pueda ofrecerles hoy ya no es la vida misma, ni siquiera la lucha por una gran causa, sino la muerte en las tinieblas del oscurantismo feudal y al servicio de cínicos comanditarios de quienes ni sospechan la existencia.
En los países desarrollados, el terrorismo del que son los primeros responsables sirve a los Estados burgueses de medio de propaganda ante su propia población civil para convencerla de que en un mundo que se desmorona, en el que se cometen atrocidades como el atentado del 11 de septiembre, la única solución sería someterse a la protección del Estado mismo. La situación en Venezuela nos muestra la perspectiva que nos espera si la clase obrera, con el apoyo a una u otra facción de la burguesía, se deja arrastrar a un terreno de clase que no es el suyo. El gobierno de Chávez llegó al poder con un amplio apoyo en la población pobre y los obreros, llegando a conseguir hacer creer que su programa nacional-populista y anti-EE.UU. podría protegerlos contra los efectos de una crisis cada vez más insoportable. Hoy las masas pobres y obreras se encuentran divididas y encuadradas por las fuerzas de la burguesía, ya sea detrás de Chávez y su camarilla, ya sea alistadas en los sindicatos que participan en una “huelga general” en la que incluso están los jueces y que tiene el apoyo de… ¡la patronal! Y ese peligro no se limita a los países periféricos del capitalismo, como lo demostró la gigantesca manifestación del 1º de mayo de 2002 en París a la que los “ciudadanos” fueron invitados a tomar partido por una camarilla burguesa contra otra (“la otra” era la de ese espantajo de opereta llamado Le Pen).
Si la clase obrera mundial no lograra afirmar su propia independencia de clase en la lucha por la defensa de sus propios intereses primero y por el derrocamiento revolucionario de esta sociedad putrefacta después, lo único que ante nosotros habría sería la multiplicación de enfrentamientos entre pandillas burguesas y entre los Estados burgueses en los que se emplearían todos los medios, incluidos los más bestiales, y entre ellos el uso cotidiano del arma terrorista.
Arthur, 23/12/02
1) IRA: Irish Republican Army. El Sinn Fein (“Nosotros mismos” en gaélico) fue fundado en 1907 por Arthur Griffith, principal dirigente irlandés de la época de la independencia de la república irlandesa (Eire) a principios de los años 20. Sigue hoy siendo el ala política del IRA con la que mantiene unos vínculos parecidos a los de Batasuna con ETA. Podría, en cierto modo, decirse que la “revolución” nacionalista irlandesa tuvo las características del período de decadencia del capitalismo, al no haber logrado ir más allá de la creación de un Estado amputado (sin los seis condados de Ulster) y esencialmente sometido a Gran Bretaña.
2) Toda la ambigüedad de la actitud de Connolly puede verse en el artículo publicado en su periódico Irish Worker a principios de la guerra de 1914, en el que declara por un lado que todo obrero irlandés estaría en pleno derecho de alistarse en el ejército alemán si ello pudiera acelerar la liberación irlandesa del yugo del imperialismo británico, a la vez que esperaba que “Irlanda puede mientras tanto llevar su fuego a un incendio europeo que no se apagará mientras que el último trono o las últimas acciones u obligaciones capitalistas no se hayan consumido en la hoguera funeraria del último señor de la guerra” (citado en FLS Lyons, Ireland since famine).
3) Ver Revista internacional nº 15 “Resolución sobre terrorismo, terror y violencia de clase”, punto 5.
4) Otros Estados han usado el terrorismo incluso directamente: recordemos, por ejemplo, que los servicios secretos del Estado francés demostraron estar dispuestos a usar esos métodos con el atentado en Nueva Zelanda contra el Rainbow Warrior, navío de la organización Greenpeace.
5) Ver al respecto nuestros artículos “La guerra ‘antiterrorista’ siembra el terror y la barbarie” y “Pearl Harbor 1941, Torres Gemelas 2001, el maquiavelismo de la burguesía”, en la Revista internacional nº 108.
6) Ver nuestros artículos “Golfo Pérsico: el capitalismo es la guerra”, “Frente a la espiral de la barbarie guerrera, una única solución: desarrollo de la lucha de clases”, “Guerra del Golfo: matanzas y caos capitalistas”, “El caos”, publicados respectivamente en Revista internacional números 63 a 66.
7) Para un análisis más detallado, léase: “Cómo se aprovecha el imperialismo australiano de la matanza de Bali”, publicado en Révolution internationale (publicación territorial de la CCI en Francia) nº 330.
Publicamos aquí un carta recibida del grupo Unión comunista internacionalista (UCI, Rusia) (1). Esta carta es una respuesta a otra carta que habíamos enviado nosotros a ese grupo; contiene numerosas citas de esta carta nuestra que aparecen en letra cursiva.
Queridos camaradas,
Nos disculpamos por no haber contestado antes. Somos un grupo pequeño con un enorme trabajo a cuestas, especialmente en correspondencia y tanto más porque quienes nos escriben del extranjero no lo hacen en ruso.
“En cuanto a la plataforma, parece que hay bastantes puntos de acuerdo sobre posiciones clave: la perspectiva, socialismo o barbarie, la naturaleza capitalista de los regímenes estalinistas, el reconocimiento del carácter proletario de la Revolución rusa de 1917.”
No todo es tan sencillo. En Rusia, en 1917, dos crisis estaban imbricadas: una interna que podía conducir a la revolución burguesa y una crisis a escala internacional que había puesto al orden del día el intento de revolución socialista mundial. Según Lenin, la tarea del proletariado era tomar la iniciativa en ambas revoluciones: ponerse en cabeza de la revolución burguesa en Rusia, y, simultáneamente, apoyándose en esa revolución, extender la revolución socialista a Europa y al resto de países. Por eso consideramos incorrecto plantear la cuestión de la naturaleza de la Revolución rusa sin especificar de cuál de las dos se habla: la interna o la internacional. Pero es cierto que en Rusia, el proletariado estaba en cabeza de ambas.
“De lo que estamos menos seguros es si están ustedes de acuerdo con la CCI sobre el marco histórico que da substancia y coherencia a muchas de esas posiciones: el concepto de decadencia y de declive del capitalismo como sistema social desde 1914”.
Es cierto que no estamos de acuerdo en ese punto. La transicíon de un sistema económico hacia un sistema de más alto nivel es el resultado de un desarrollo del primero y no de su destrucción. Si el viejo ha agotado sus recursos, acarrea una crisis permanente a causa de las fuerza sociales que aspiran a un nuevo sistema. Y eso no es lo que está ocurriendo. Además, desde hace décadas, el capitalismo está desarrollándose de un modo relativamente estable, lo cual no ha traído consigo un desarrollo de la fuerzas revolucionarias, sino todo lo contrario, ha sido su desmoronamiento. El capitalismo se está desarrollando hasta tal grado que no sólo se limita a crear cualitativamente nuevas formas productivas, sino incluso nuevas formas de capitalismo. El estudio de ese desarrollo y de esas nuevas formas permite determinar cuándo sucederá una nueva crisis, como la de 1914-1945, y bajo qué forma se efectuará la transición hacia el socialismo. La teoría de la decadencia niega el desarrollo del capitalismo haciendo así imposible su estudio, dejándonos cual soñadores obnubilados por el radiante porvenir de la humanidad.
Las destrucciones, la guerra y la violencia, por su parte, no son sino parte íntegra del capitalismo, una necesidad de su existencia, tanto en la época de Marx como en el siglo XX.
“Para dar una ilustración precisa del problema que planteamos: en su declaración, ustedes toman posición contra los “frentes comunes” con la burguesía, en base a que todas las fracciones de la burguesía son igualmente reaccionarias. En esto estamos de acuerdo. Pero esta posición no siempre fue válida para los marxistas. Hoy el capitalismo es un sistema decadente, o sea un sistema en el que las relaciones sociales se han convertido en obstáculo para el desarrollo de las fuerzas productivas y por lo tanto para el progreso de la humanidad, pero conoció, como los demás sistemas de explotación de clase, una fase ascendente, durante la que representó un progreso con relación al modo de producción anterior. Por eso Marx apoyó a algunas fracciones de la burguesía, los capitalistas del Norte contra los esclavistas del Sur durante la guerra de Secesión norteamericana, el movimiento del Risorgimento en Italia por la unidad nacional contra las viejas clases feudales, etc. Ese apoyo se debía a la comprensión de que el capitalismo no había rematado todavía su misión histórica y las condiciones para la revolución comunista mundial no estaban todavía lo suficientemente maduras”.
Históricamente hablando, en su combate contra la burguesía, el partido proletario siempre consideró a todas las fracciones de la burguesía como reaccionarias. Pero no sólo cuando el capitalismo tenía todavía posibilidades de desarrollo se podía decir que tal o cual fracción de la burguesía era progresista, también tenía que ser capaz e cumplir con su tarea histórica. Por eso, precisamente, la burguesía rusa, incapaz de llevar a cabo la revolución burguesa, pudo ser considerada reaccionaria en 1917, aún cuando las transformaciones democráticas y burguesas que podía realizar la Revolución rusa podían ser consideradas progresistas. Nosotros afirmamos que hoy ninguna fracción burguesa es capaz de realizar esas transformaciones sin una guerra mundial que arrastre a la humanidad entera. Por esto es por lo que apoyar a tal o cual fracción no tiene ningún sentido. pero esto no significa que la burguesía ya no tenga tareas que cumplir. La supresión de fronteras y la creación del mercado mundial son tareas burguesas, pero no se puede otorgar la menor confianza a la burguesía para llevarlas a cabo. Le incumbirá al proletariado realizarlas, utilizando la crisis futura y sirviéndose de ellas para construir el socialismo. En resumen: saber si el capitalismo es capaz todavía de realizar tareas históricas y si las fracciones de la burguesía son reaccionarias son dos cuestiones distintas. Por eso deberá el proletariado tomar siempre la iniciativa revolucionaria. Y aunque se trate de tareas burguesas, podrá, mediante la extensión del movimiento (revolucionario), transformarlas en tareas socialistas. Consideramos que este enfoque es marxista.
“Según ustedes, las luchas nacionales han sido una fuente considerable de progreso y la exigencia de autodeterminación sigue siendo válida, aunque sólo sea para los obreros de los países capitalistas más poderosos con relación a los países oprimidos por su propio imperialismo: parece pues que, según ustedes, las luchas nacionales habrían perdido su carácter progresista desde el inicio de la ‘globalización’. Esas afirmaciones requieren por parte nuestra una serie de comentarios.
“La noción de decadencia, que es nuestra posición, no la hemos inventado nosotros. Basada en los cimientos del método materialista histórico (especialmente cuando Marx habla de ‘las épocas de revolución social’ en su Prefacio a la Crítica de la economía política) se concretó, para la mayoría de los revolucionarios marxistas, en el estallido de la Iª Guerra mundial, la cual demostró que el capitalismo ya estaba ‘globalizado’, hasta el punto de ser incapaz de superar sus contradicciones internas si no era mediante la guerra imperialista y el autocanibalismo. Esa fue la posición de la Internacional comunista en su congreso fundador, aunque la IC no fue capaz de sacar todas las consecuencias de esa posición, en lo que a cuestión nacional se refiere: las Tesis del Segundo congreso seguían otorgando un papel revolucionario a algunas burguesías sometidas a un régimen colonial. Pero las Fracciones de izquierda de la IC fueron después capacez de sacar las conclusiones de ese análisis, especialmente tras los resultados desastrosos de la política de la IC durante la oleada revolucionaria de 1917-1927. Para la Izquierda italiana en los años 1930, por ejemplo, la experiencia de China en 1927 fue decisiva, pues demostró que todas las fracciones de la burguesía, por muy antiimperialistas que se proclamaran, acabaron aplastando al proletariado cuando éste combatía por sus propios intereses, como había ocurrido cuando el levantamiento de Shanghai en 1927. Para la Izquierda italiana, esta experiencia probó que las tesis del Segundo congreso debían ser rechazadas. Además, ello también fue una confirmación de la pertinencia de las ideas de Rosa Luxemburg sobre la cuestión nacional, contrariamente a las de Lenin: para Luxemburg se había hecho evidente que durante la Iª Guerra mundial, todos los Estados formaban ya inevitablemente parte del sistema imperialista mundial”.
Hay ahí mezcladas toda una serie de cuestiones diferentes. Primero, la política de la Comintern de Stalin y de Bujarin durante la Revolución china de 1925-27 es totalmente diferente a la de Lenin y los bolcheviques que había sido determinante en los primeros años de la Comintern. Para ustedes, si hay tareas burguesas que realizar, se está obligado a apoyar tal o cual fracción. Así hablaban Stalin y los mencheviques. El método de Marx y de Lenin no consistía en negar esas tareas del momento cuando todas las fracciones de la burguesía son reaccionarias, sino cumplirlas mediante la revolución proletaria, intentando efectuar al máximo esas tareas burguesas y siguiendo con las tareas socialistas.
La revolución china dio pruebas de que ese enfoque era correcto, y no el de la Izquierda comunista.
La revolución burguesa triunfó en China, provocando innumerables víctimas. Esta revolución permitió crear el proletariado más numeroso del mundo y desarrollar rápidamente poderosas fuerzas productivas. Ese mismo resultado fue alcanzado por decenas de otras revoluciones en los países de Oriente. No tiene sentido negar su papel históricamente progresista: gracias a ello, nuestra revolución dispone de bases sólidas en muchos países del mundo que, en 1914, eran esencialmente agrícolas.
¿Qué ha cambiado desde que se inició la “globalización”? Las revoluciones nacionales no están al orden del día. Según ustedes, ya hace mucho tiempo que el capitalismo tiene un carácter global. Sí, podemos decir que posee ese carácter desde sus orígenes, desde la época de los grandes descubrimientos. Pero el nivel de “globalización” era cualitativamente diferente. Hasto los años 1980, las revoluciones nacionales podían asegurar un crecimiento de las fuerzas productivas, por eso había que apoyarlas e intentar, en lo posible, transferir su dirección a manos del proletariado revolucionario. Y era así porque existía una posibilidad objetiva de desarrollo bajo el impulso del Estado nacional. Ahora esa fase de desarrollo nacional ha quedado finalmente superada… Y esto es válido para cualquier Estado, incluso los más avanzados. Por eso es por lo que las reformas emprendidas por Reagan o Thatcher, que en años como 1950-60 hubieran desembocado en crisis terribles, dieron, relativa y temporalmente, resultados positivos, pues esas reformas llevaron la economía de esos países hacia una mayor “globalización” (en el sentido moderno de la palabra).
Ahora, el combate nacional ha perdido su carácter progresista pues ha agotado su tarea histórica: el Estado nacional, incluso con una revolución triunfante bajo la dirección del proletariado, ya no ofrece un marco para un desarrollo futuro. Esto no significa, sin embargo, que por todas partes las tareas burguesas hayan desaparecido. Quedan paises con regímenes feudales, todavía quedan naciones oprimidas. Pero no es una revolución nacional la que pueda acabar con esa situación. Ha quedado cerrado el capítulo de las revoluciones nacionales para el proletariado de los países atrasados, ya no pueden producir ningún resultado si no desembocan directa o indirectamente en la revolución internacional proletaria. Por eso es por lo que decimos que con el inicio de la globalización, las revoluciones nacionales han perdido todo significado progresista.
De igual modo, el apoyo a un movimiento de liberación nacional no tiene sentido, tanto hoy como ayer, si no es arrancando el combate contra la opresión nacional de las manos de la burguesía transfiriéndolo a las del proletariado. O sea, transformando un movimiento de independencia nacional en un momento de la revolución social mundial. Esto no se puede hacer si no se reconoce el derecho de las naciones a la autodeterminación, o sea si no se reconoce la necesidad de llevar a su término las tareas históricas de la burguesía. Si no, abandonaremos al proletariado sometido a su burguesía nacional.
El enfoque leninista de este problema produjo un amplio interés por el marxismo entre gran número de habitantes de los países atrasados, por la manera correcta con la que planteó la cuestión nacional. Y no fue culpa de los bolcheviques si la burocracia estalinista se apoderó de la Comintern. Únicamente la revolución en los países occidentales hubiera podido impedirlo, pero no pudo realizarse porque el capitalismo no había agotado todas sus posibilidades históricas. Las dos guerras mundiales le permitieron acallar sus contradicciones.
Ahora que esas contradicciones se han incrementado, para entender por qué van a desembocar en nuevas crisis, es necesario estudiar el desarrollo del capitalismo en lugar de contentarse con ir repitiendo que está en declive y en descomposición. En Rusia, esa tesis provoca las peores burlas, tras años y años durante los cuales la burocracia estalinista no cesó de rompernos los tímpanos con lo del capitalismo en “putrefacción”.
“Apoyar a una nación contra otra significa apoyar a un bloque imperialista contra otro, y eso lo prueban todas las guerras de liberación nacional del siglo XX. Lo que la Izquierda italiana expresó claramente, es que eso se aplica tanto a las burguesías coloniales, a las fracciones capitalistas que intentan crear un nuevo Estado ‘independiente’: no podían esperar alcanzar esa meta más que sometiéndose a unos poderes imperialistas que ya se habían repartido el planeta. Como ustedes lo dicen en su plataforma, el siglo XX no ha sido sino una cadena incesante de guerras imperialistas para la dominación del planeta: para nosotros es a la vez la confirmación más patente de que el capitalismo es un sistema mundial senil y reaccionario y, también, que todas las luchas ‘nacionales’ están enteramente integradas en el juego imperialista global”.
Aquí también: 1) “las guerras continuas” han acompañado al capitalismo en todas y cada una de las fases de su desarrollo y no son una prueba ni de su progreso ni de su declive; 2) el incremento de fuerzas productivas y de la cantidad de proletarios en los países del Tercer mundo han demostrado inequívocamente el carácter progresista de las revoluciones nacionales burguesas hasta mediados de los años 70; 3) el objetivo del apoyo a esos movimientos no era “apoyar a una nación contra otra”, sino atraer hacia el partido de la revolución a los obreros y, en primer término, favorecer el desarrollo del proletariado en esos países.
“Rosa Luxemburg criticó sin concesiones la consigna de ‘autodeterminación nacional’ incluso antes de la 1ª Guerra mundial, avanzando el argumento de que era una ilusión de la democracia burguesa: en todo Estado capitalista, no es ni el ‘pueblo’ quien se ‘autodetermina’, ni la ‘nación’, sino únicamente la clase capitalista. Para Marx y Engels no era ningún secreto que cuando llamaban a la independencia nacional, sólo era para apoyar el desarrollo del modo de producción capitalista, en un tiempo en el que el capitalismo tenía todavía un papel progresista que desempeñar”.
Ni más ni menos que Marx, nosotros tampoco ocultamos el hecho de que las revoluciones nacionales sólo desde el punto de vista del desarrollo del capitalismo tienen un carácter progresista (…)
Saludos fraternos
ICU
1) Para la presentación de este grupo, véase la Revista internacional nº 111, “Presentación de la edición rusa del folleto sobre la decadencia. La decadencia, un concepto fundamental del marxismo”.
En una serie de artículos, escritos a principio de los años 90, para defender la idea de que el capitalismo es un sistema social en declive, destacábamos la idea siguiente:
“... a medida que el capitalismo se va hundiendo más y más en su decadencia, a medida que va apareciendo de forma cada vez más evidente su avanzada descomposición, la burguesía tiene más necesidad de negar la realidad y prometer un futuro radiante para su sistema social. Tal es la esencia de las campañas ideológicas que actualmente acompañan al hundimiento irreversible del estalinismo: la única esperanza, el único futuro, es el del capitalismo...” (“La dominación real del capital y las confusiones reales del medio proletario”, Revista internacional nº 60, 1990).
En modo alguno puede sorprendernos que la burguesía niegue el hundimiento irreversible de sus sistema social; cuanto más próxima está su muerte, más niega la evidencia para refugiarse en los fantasmas de su pasado. Como todas las clases explotadoras de la historia, la burguesía no puede reconocer la verdad de su sistema social y menos aún cuando sus días, históricamente hablando, están contados. Y, si alguno de sus representantes llegara a admitir alguna vez que existe una sociedad más allá del capitalismo, sería para rememorar un pasado mítico, o por el contrario, para imaginar un futuro mesiánico, muy lejos ambos de la realidad.
Algo bien distinto debíamos esperar de aquellos que dicen hablar en nombre del proletariado explotado y que esperan y defienden la perspectiva de la revolución comunista. Sin embargo, jamás debemos subestimar el poder ideológico del sistema dominante y, su capacidad para dificultar y entorpecer todo esfuerzo dirigido a conseguir una comprensión lúcida y clara de la situación histórica real y de las perspectivas para el orden mundial actual. Hay infinidad de ejemplos de todos aquellos que han perdido de vista las premisas teóricas fundamentales del movimiento comunista, tal y como Marx y Engels las formularon por primera vez de un modo científico, de todos aquellos que han perdido confianza en la afirmación de que el capitalismo, al igual que todos los demás sistemas sociales que lo han precedido, no es más que una fase transitoria en la evolución de la historia de la humanidad, llamada a desaparecer como resultado de sus propias e intrínsecas contradicciones internas. Este fenómeno lo hemos observado a lo largo de los años 80 y de una forma mucho más explícita lo estamos viendo hoy, como subrayábamos en la primera parte de este artículo publicado en la Revista internacional nº 111. Cuanto más se hunde el capitalismo, cuanto más se hunde en una fase de desintegración completa, vemos a aquellos que desde el medio revolucionario o en su entorno, se pierden en todas direcciones, en busca de un “nuevo” descubrimiento “teórico” cualquiera para esconder esa horrible realidad. ¿Se descompone el capitalismo?, No, qué va, ¡se está reestructurando!; ¿el capitalismo en un atolladero?, ¿e Internet entonces, la globalización, los dragones asiáticos..., qué son?.
En el contexto de este ambiente general de confusión, están surgiendo las nuevas corrientes proletarias en Rusia y en lo que antes fue la Unión de Repúblicas socialistas soviéticas (URSS). Como demostramos en la primera parte de este artículo, a pesar de sus diferencias, todas estas corrientes tienen en común la dificultad para aceptar las premisas sobre las que se fundó la Internacional comunista y que son los cimientos, la base, para el trabajo de la Izquierda comunista, es decir, la idea de que el capitalismo mundial está en una etapa de declive histórico o decadencia, desde después de la Primera Guerra mundial.
Como igualmente señalamos en el citado artículo, nos centraremos en los argumentos de los camaradas de la Unión comunista internacional (UCI) en esta discusión. Y para empezar, he aquí los argumentos que avanzan para negar la noción de decadencia:
“... La transición hacia una forma económica superior es el resultado del desarrollo de la forma anterior, y no de su destrucción. Si la antigua forma se hubiera agotado, se sucederían constantes crisis sociales y las fuerzas sociales que las protagonizaran aspirarían a conseguir imponer la nueva forma. Esta no ocurre. Es más, durante varias décadas, el capitalismo ha conocido una estabilidad relativa en su desarrollo, etapa en la que las fuerzas revolucionarias no sólo no han crecido, sino que por el contrario se han reducido... Y (el capitalismo) se ha desarrollado realmente, no sólo creando nuevas formas productivas cualitativas, además ha creado nuevas formas de capitalismo. El estudio de este desarrollo nos puede dar la respuesta sobre cuándo se producirá una nueva crisis, similar a la crisis de 1914-45, y a partir de ello, cuáles pueden ser las formas de transición al socialismo. La teoría de la decadencia niega el desarrollo del capitalismo y hace imposible su estudio, relegándonos al papel de simples charlatanes que tienen fe en un brillante futuro para la humanidad...” (Carta a la CCI, 20 de febrero de 2002).
Sin duda alguna, los camaradas tienen muy presente en estos argumentos el espíritu de Marx en su famoso Prefacio a la Crítica de la economía política en el que trata de las condiciones materiales de la transición de un modo de producción a otro, cuando afirma que:
“... jamás una sociedad expira antes de que se hayan desarrollado todas las fuerzas productivas que contiene en su seno; jamás pueden llegar relaciones de producción superior, antes de que se hayan reunido las condiciones materiales para su existencia en el seno mismo de la vieja sociedad...”.
Naturalmente que nosotros estamos de acuerdo en este tema con los argumentos que planteó Marx, pero entendemos que su análisis no puede llevarnos a decir que no puede surgir una nueva sociedad en tanto que no se hayan desarrollado todas las últimas innovaciones técnicas o económicas de la vieja sociedad. Tal visión podría ser quizás compatible con el análisis de modos de producción anteriores al capitalismo, sociedades en las que el desarrollo de los descubrimientos técnicos se producía de un modo extremadamente lento; sin embargo, esto es difícilmente aplicable al capitalismo, en la medida en que este no puede vivir sin un desarrollo constante, casi cotidiano, de su infraestructura tecnológica. El problema en este punto es que la UCI se refiere a este pasaje sin haber asimilado la parte que lo precede, en la que Marx subraya las precondiciones de la apertura de un periodo de revolución social, que es la clave de nuestra comprensión de la decadencia del capitalismo, de la época de la guerra o la revolución, como señaló explícitamente la Internacional Comunista. Nos referimos al pasaje en el que Marx dice:
“...Al llegar a una determinada fase de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Y se abre así una época de revolución social...” (Contribución a la Crítica de la economía política, Carlos Marx, Ediciones Estudio, pag. 9).
Las formas de desarrollo se convierten en trabas; en la visión dinámica que le es propia al marxismo, esto no significa que la sociedad llegue a un estancamiento completo sino que la posibilidad de su desarrollo se convierte cada vez más en algo caótico, irracional y catastrófico para la humanidad. De hecho, nosotros hemos rechazado en múltiples ocasiones la visión según la cual la decadencia representaría un freno total al desarrollo de las fuerzas productivas. En nuestro folleto La Decadencia del capitalismo, escrito en su primera versión a principios de los años 70, dedicamos un capítulo entero a esta cuestión. Refutando las afirmaciones de Trotski en los años 30, según las cuales “las fuerzas productivas habrían dejado de crecer”, nosotros afirmamos que:
“... Según Marx, el período de decadencia de una sociedad no puede caracterizarse por el cese total y permanente del crecimiento de las fuerzas productivas, sino por el aminoramiento definitivo de ese crecimiento. Es cierto que se producen bloqueos absolutos del crecimiento de las fuerzas productivas durante las fases de decadencia. Pero sólo surgen momentáneamente, pues en el sistema capitalista no puede haber vida económica sin acumulación creciente y permanente del capital. Esos bloqueos son las convulsiones violentas que marcan con regularidad el proceso de decadencia... Por lo tanto, lo que caracteriza la decadencia de una forma social determinada desde un punto de vista económico es:
– un aminoramiento de hecho del crecimiento de las fuerzas productivas si se tiene en cuenta el ritmo que habría sido técnica y objetivamente posible si no hubiera sido por el freno impuesto por las antiguas relaciones de producción mantenidas. Ese freno debe tener un carácter inevitable, irreversible. Ese freno no está provocado más que por ese mantenimiento de las relaciones de producción que son la base de la sociedad. La diferencia de velocidad resultante en el desarrollo de las fuerzas productivas no hace sino aumentar, apareciendo por lo tanto cada vez más claramente a las clases sociales.
– La aparición de crisis cada vez más importantes en profundidad y amplitud. Esas crisis y bloqueos momentáneos alimentan, además, las condiciones subjetivas necesarias para llevar a cabo un cambio social. Es durante esas crisis, cuando, primero, el poder de la clase dominante se debilita y, segundo, por la necesidad objetiva cada día mayor de intervenir, la clase revolucionaria encuentra las bases de su unidad y de su fuerza...”
Además, en el artículo “El estudio de El Capital y los fundamentos del comunismo” de la Revista internacional nº 75, demostramos que nuestra concepción no era diferente de la que Marx desarrolló en las Grundrisse cuando escribía :
“... Desde un punto de vista ideal, la disolución de una forma de conciencia determinada sería suficiente para acabar con una época entera. Desde un punto de vista real, ese límite de la conciencia corresponde a un determinado grado de desarrollo de las fuerzas productivas materiales y por tanto de determinada riqueza. A decir verdad, el desarrollo no se produce sobre la antigua base, sino con el desarrollo de esa misma base. El desarrollo de esta base en sí misma (el florecimiento que en ella se produce; es siempre esta misma base, es la misma planta la que florece; por ello se marchita tras la floración y a continuación de la floración) es el punto en el que ella por sí misma ha sido desarrollada hasta tomar la forma en la que es compatible con el desarrollo máximo de las fuerzas productivas y por tanto, también, con el desarrollo más rico de los individuos. Cuando se alcanza este punto, la continuación de este desarrollo aparece como un declive y el nuevo desarrollo comienza sobre una nueva base...”.
Más que ningún otro sistema social anterior, el capitalismo es sinónimo de “crecimiento económico”, pero contrariamente a lo que nos cuentan los charlatanes de la burguesía, crecimiento y progreso no son lo mismo: el crecimiento del capitalismo en su período de descomposición se asemeja al desarrollo de un tumor maligno más que al desarrollo de un cuerpo sano que pasa progresivamente de la infancia a la edad adulta.
Las condiciones materiales de un desarrollo “sano” del capitalismo desaparecieron a principios del siglo XX cuando el capitalismo estableció, efectivamente, una economía mundial y puso así los fundamentos para la transición al comunismo. Esto no significa que el capitalismo se haya deshecho de todos los restos de los modos de producción y de las clases precapitalistas, que haya agotado definitivamente hasta el último mercado precapitalista, ni que haya efectuado la transición final de la dominación formal a la dominación real de la fuerza de trabajo en todos y cada uno de los rincones del planeta. Lo que significa es que, a partir de ese momento histórico, el capitalismo, globalmente, puede cada vez menos invadir lo que Marx llamaba “los dominios periféricos” de expansión y, está obligado a crecer a través de un autocanibalismo creciente y haciendo trampas con sus propias leyes económicas. Ya hemos dedicado, en muchas ocasiones, numerosas páginas a esas formas de “desarrollo de la decadencia” y nos limitamos ahora a resumirlas brevemente:
• La organización de “monopolios capitalistas de Estado” gigantescos a nivel nacional, e incluso a nivel internacional a través de la formación de bloques imperialistas, que tienen por función regular y controlar el mercado y, por tanto, impedir que las operaciones “normales” de la competencia capitalista no alcancen su nivel máximo y que no exploten en gigantescas crisis abiertas de sobreproducción similares al “modelo” de 1929.
• El recurso (en gran parte determinado por la intervención del capitalismo de Estado) al crédito y a los grandes déficits presupuestarios, que ya no actúan como estímulos para el desarrollo de nuevos mercados sino como sustitutivos del mercado real. Sobre esta base sólo es posible un crecimiento basado en la especulación y en la artificialidad que abre la vía a “ajustes” cada vez más devastadores tales como el hundimiento de los tigres y los dragones asiáticos, o lo que está sucediendo actualmente en Estados Unidos tras el crecimiento “delirante”, y drogado de los años 90.
El militarismo y la guerra como modo de vida para el sistema- no solo en tanto que nuevo mercado artificial que se convierte cada vez más en un pesado fardo para la economía mundial –sino como el único medio que tienen los Estados para defender su economía nacional ante las embestidas de sus rivales. Los camaradas de la UCI podrían respondernos que el capitalismo ha sido siempre un sistema guerrero, pero como también hemos explicado en un artículo de nuestra serie “Comprender la decadencia del capitalismo” (ver en particular la parte Vª en el artículo de la Revista internacional nº 54) , hay una diferencia cualitativa entre las guerras en el período de ascendencia del capitalismo –que eran generalmente de corta duración, se desarrollaban a escala local, implicaban sobre todo a ejércitos profesionales y abrían nuevas posibilidades de expansión– y las guerras en su período de declive, que han tomado un carácter casi permanente, se orientan cada vez más a la matanza sin discriminación de millones de personas de la llamada “población civil”, y que han precipitado la riqueza producida por la humanidad durante siglos a un abismo sin fondo. Las guerras del capitalismo pusieron, antaño, la base para el establecimiento de una economía mundial y por tanto para la transición al comunismo; pero desde entonces, lejos de poner las bases del futuro progreso social, están amenazando con cada día mayor brutalidad la supervivencia de la humanidad.
El despilfarro gigantesco de fuerza de trabajo humano que representa la guerra y la producción de guerra ilustra también otro aspecto del capitalismo en su fase de senilidad: el enorme peso de los gastos y las actividades no productivas, no únicamente en la esfera militar, sino también por la necesidad de desarrollar y mantener un enorme aparato de burocracia, de marketing, etc. En el libro oficial de plusmarcas del capitalismo, todas las esferas de actividad son definidas como expresiones de “crecimiento”, pero en realidad, no hacen más que testimoniar el grado que ha alcanzado el capitalismo como obstáculo al desarrollo de las fuerzas de producción humanas, desarrollo necesario y posible en nuestros días.
Otra expresión del “desarrollo pero en el declive”, que no podía siquiera vislumbrarse en la época de Marx lo constituye la amenaza ecológica que el ciego curso de la acumulación capitalista hace pesar a la base misma de la vida en el planeta. Si bien es cierto que esta cuestión se ha hecho evidente sólo a lo largo de estas últimas décadas, está íntimamente relacionada con la cuestión de la decadencia. El estrechamiento histórico del mercado mundial ha obligado a todos los Estados al saqueo y a poner en peligro los recursos naturales. Este proceso se fue acumulando a lo largo de todo el siglo XX, aunque no llegara a alcanzar abiertamente la violencia que observamos hoy en día. En su tiempo, una revolución triunfante como la de 1917-23 no hubiera tenido que enfrentarse al inmenso problema planteado hoy por los destrozos del entorno natural que provoca el crecimiento enfermizo del capitalismo. A este nivel, es más que evidente de forma inmediata que el capitalismo es el cáncer del planeta.
De acuerdo con los escritos de Marx sobre la Comuna de París, Lenin consideraba que 1871 marcaba el fin del período de las revoluciones burguesas en los principales centros del capitalismo mundial. Igualmente esas mismas fechas marcaban, según él, los inicios de la fase de expansión imperialista a partir de tales centros.
Durante el último tercio del siglo XIX, el movimiento marxista consideraba que las revoluciones burguesas estaban a la orden del día en las regiones dominadas por las potencias coloniales. Esta era una visión perfectamente válida en aquella época; sin embargo, a finales del citado siglo, era cada vez más evidente que la misma dinámica de la expansión imperialista, que quería que las colonias no se desarrollaran más que para servir de mercados pasivos proveedores de materias primas, inhibía el desarrollo de nuevos estados nacionales independientes, y por tanto de una burguesía revolucionaria. Esta cuestión fue objeto de debates particularmente arduos en el seno del movimiento revolucionario en Rusia. En sus escritos sobre las comunas de campesinos rusos, Marx expresó su esperanza de que una revolución mundial triunfante pudiera evitar a Rusia la necesidad de pasar por el purgatorio del desarrollo capitalista. Más tarde, como resultaba evidente que el capital imperialista no iba a abandonar a Rusia a su propio destino, el centro del problema se desplazó hacia los problemas inherentes de la burguesía rusa. Los mencheviques interpretaron el método marxista de forma muy rígida y mecánica, afirmando que el proletariado debía prepararse a apoyar a la burguesía en el inevitable revolución burguesa que se anunciaba. Los bolcheviques, por otra parte, reconocían que la burguesía rusa adolecía de capacidad para desarrollar su revolución y concluían que esta tarea debía ser tomada a cargo por el proletariado y el campesinado (de ahí la formula de “dictadura democrática”). De hecho, era la posición de Trotski la que más se aproximaba a la realidad, ya que no planteaba las cosas en términos nacionales e inmediatos sino en un marco más global e histórico, que tenía como punto de partida el reconocimiento de que el capitalismo, como un todo, estaba entrando en la época de la revolución socialista mundial. La clase obrera en el poder no se podía limitar a las tareas de la burguesía sino que estaría obligada a desarrollar una “revolución permanente”, y a extender la revolución a escala mundial, marco en el que debía tomar su carácter socialista.
En las Tesis de Abril de 1917, Lenin se adhirió prácticamente a esa posición, superando las objeciones de los bolcheviques conservadores (que habían flirteado con el menchevismo y con la burguesía) según los cuales Lenin abandonaba así, erróneamente, la perspectiva de la “dictadura democrática”. En 1919 la Internacional comunista se forma sobre la idea de que el capitalismo había entrado en su fase de declive histórico, y que era la época de la revolución comunista mundial. Si bien es cierto que la IC afirmaba que la emancipación de las masas colonizadas dependía del éxito de la revolución mundial, la IC no fue capaz de llevar esta afirmación hasta su conclusión lógica: la época de las luchas de liberación nacional se había terminado –hecho que sí afirmó, entre otros, Rosa Luxemburgo. Posteriormente fueron todos los intentos desastrosos de los bolcheviques de forjar alianzas con la burguesía supuestamente “antiimperialista” de regiones tales como Turquía, del antiguo imperio zarista, y sobre todo China, lo que llevó a la Izquierda comunista (a la Fracción italiana en particular) a poner en entredicho las Tesis de la IC sobre la cuestión nacional, tesis que contenían la idea de la posibilidad de alianzas temporales entre la clase obrera y la burguesía colonial. Las Izquierdas comunistas habían visto que cada una de estas “alianzas” terminaban en una masacre para la clase obrera y para los comunistas perpetradas por la burguesía colonial, que a tal fin, no dudaba en ponerse a las ordenes de tal o cual bandido imperialista.
La UCI, en su Plataforma, dice que existe políticamente gracias al trabajo de las fracciones de la Izquierda Comunista que rompieron con la IC en degeneración (ver para más detalle el artículo sobre este tema en Word Revolution nº 254, publicación en Gran Bretaña de la CCI). Sin embargo, en nuestra opinión, la UCI defiende la visión “oficial” de la IC contra las de la Izquierda:
“...la política del Comiterm de Stalin y de Bujarin durante la revolución china de 1925-27 difiere completamente de la de Lenin y los Bolcheviques que prevaleció durante los primeros años del Cominterm. Vosotros argumentáis que si existen todavía tareas burguesas que realizar, deberíamos sostener a tal o cual fracción de la burguesía. Los mencheviques y los estalinistas decían lo mismo... El método de Marx y de Lenin no consiste en rechazar las tareas del momento cuando todas las fracciones de la burguesía son igualmente reaccionarias, y en cumplir estas tareas con el método de la revolución proletaria, intentando realizar las tareas de la burguesía con la mayor profundidad y cumpliendo las tareas socialistas. La revolución china demostró que esa tesis era correcta y no la de las Izquierdas. La revolución de todos modos triunfó en China, aunque es cierto que al precio de un enorme número de víctimas. Esta revolución hizo posible la creación del proletariado más numeroso del mundo, un proletariado potente, que desarrolló las fuerzas productivas rápidamente. El mismo resultado se alcanzó por muchas otras revoluciones en los países del Este. No vemos por tanto ninguna razón para negar su papel históricamente progresivo: gracias a ellas, nuestra revolución tiene una sólida base de clase en muchos países del mundo que en 1914 eran completamente agrícolas...”.
Estamos totalmente de acuerdo en que la posición de Lenin, posición recogida en las “Tesis sobre la cuestión nacional y colonial” del 2º Congreso de la Internacional comunista celebrado en 1920, no es en modo alguno la posición de Stalin en 1927. En particular, las Tesis de 1920 insisten en la necesidad para el proletariado de ser estrictamente independiente incluso frente las fuerzas “nacionalistas revolucionarias”; Stalin, en cambio, llamó a los obreros insurrectos de Shangai a entregar sus armas a los carniceros del Kuomintang. Pero como hemos desarrollado en nuestra serie de artículos sobre los orígenes del maoismo (ver Revista internacional nos 81, 84, 94), esa experiencia no sólo confirma que la camarilla de Stalin había abandonado la defensa de la revolución proletaria por los intereses del Estado nacional ruso, además demuestra la futilidad de andar buscando un sector de la burguesía colonial que no se vendería inmediatamente a un bandido imperialista con tal de aplastar a la clase obrera. Los sectores “nacionalistas revolucionarios” o “anti-imperialistas” de la burguesía colonial, sencillamente, no existen. No podía ser de otra forma en una época histórica –la decadencia del modo de producción capitalista– en la que no hay la menor posible coincidencia entre los intereses de las dos principales clases de la sociedad.
La posición de la UCI sobre China contiene, en nuestra opinión, una profunda ambigüedad. De un lado, la UCI dice que en Rusia en 1917, la burguesía era ya reaccionaria, razón por la cual el proletariado debía tomar a cargo las tareas de la revolución burguesa; por otra parte, según su visión, en China y en la “decena de otros” países del Este no especificados, parece que la revolución burguesa podría desarrollarse. ¿Significa esto que la burguesía de esos países era aún progresista después de 1917?, ¿Acaso esto quiere decir –en el caso de China en particular–, que la fracción que cumplió la “revolución burguesa” –el maoismo– tenía algo de proletario, como afirman los trotskistas?. La UCI tiene que clarificar de forma nítida esta cuestión.
En cualquier caso debemos analizar si lo que ocurrió en China, corresponde a la comprensión marxista de lo que es una revolución burguesa. Desde el punto de vista del marxismo, las revoluciones burguesas fueron un factor de progreso histórico porque eliminaban los restos del viejo modo de producción feudal y ponían las bases de la futura revolución del proletariado. Este proceso tenía dos dimensiones fundamentales:
• A nivel más material, la revolución burguesa derrumbó las barreras feudales que bloqueaban el desarrollo de las fuerzas productivas y la expansión del mercado mundial. La formación de nuevos Estados era una expresión de progreso en ese sentido: es decir que hizo saltar los límites feudales, creando las bases de la construcción de una economía mundial.
• El desarrollo de las fuerzas productivas supone, ciertamente, el desarrollo material del proletariado. Pero lo que también supone una clave para la revolución burguesa es que creó el marco político para el desarrollo “ideológico” de la clase obrera, su capacidad para identificarse y organizarse en tanto que clase distinta en el seno de la sociedad capitalista y, al fin y al cabo, contra ella.
La supuesta revolución china de 1949 no tiene nada que ver con todo eso. Para empezar, no fue el producto de una economía mundial en expansión sino de una economía que había llegado a un atolladero histórico. Esto puede comprobarse directamente cuando se comprende que nació no de una lucha contra el feudalismo o el despotismo asiático, sino de una lucha a muerte entre diferentes bandas de la burguesía, todas ellas ligadas de uno u otro modo a las grandes potencias imperialistas que dominaban el mundo. La “revolución china” fue el fruto de los conflictos imperialistas que arruinaron a China durante los años 30 y sobre todo de su punto culminante, la Segunda Guerra mundial imperialista. El hecho de que en diferentes momentos las fracciones chinas en lucha tuvieran diferentes apoyos imperialistas (el maoismo, por ejemplo, fue apoyado por Estados Unidos durante la Segunda Guerra mundial y por la URSS durante la “Guerra Fria”), no cambia para nada el fondo de la cuestión. De igual modo que el hecho de que durante un breve período en los años 60 la burguesía china adoptara una posición imperialista “independiente” no significa que habría “jóvenes burguesías” que podrían escapar de la lógica del imperialismo en la época histórica actual. Es más bien lo contrario: el hecho de que China, con sus inmensos territorios y sus recursos enormes, no fuera capaz de crear un mercado “independiente” más que por un breve período confirma ampliamente los análisis de Rosa Luxemburg en su Folleto de Junius: en la época abierta tras la Primera Guerra mundial, ninguna nación puede “quedarse al margen” del imperialismo ya que vivimos una época en la que la dominación del imperialismo sobre el planeta en su conjunto no puede ser superada más que por la revolución comunista mundial.
El desarrollo económico de China recoge todas las características del “desarrollo en decadencia” : no se produce como parte de un mercado mundial en expansión, sino como la tentativa de desarrollo autárquico en una economía mundial que había alcanzado los limites fundamentales de su capacidad para extenderse. Por eso, como en la Rusia estalinista, el peso y la preponderancia del sector militar, de la industria pesada en detrimento de la producción de bienes de consumo, y de una burocracia de Estado enorme, se han desarrollado como un cáncer. A partir de ahí, también podemos comprender las convulsiones periódicas que “el gran paso adelante” y la “revolución cultural” con los que la clase dominante intentó movilizar tras ella a la población con sus campañas ideológicas para intensificar la explotación y la sumisión ideológica al Estado. Esas campañas fueron una respuesta desesperada al estancamiento y al retraso crónico de la economía: prueba de ello, la exigencia del Estado durante “el gran paso adelante” de poner en funcionamiento un alto horno en cada pueblo, que sólo podía funcionar recogiendo los restos de metal que pudieran encontrarse.
Naturalmente que la clase obrera china es más numerosa hoy que lo que lo era en 1914. Pero para juzgar si esto es un factor de progreso para la humanidad, debemos considerar la situación del proletariado a nivel mundial y no sólo a escala nacional. Y lo que vemos a nivel mundial, es que el capitalismo se ha mostrado incapaz de integrar a la mayor parte de la población del mundo en el seno de la clase obrera. En términos de porcentaje de la población mundial, la clase obrera sigue siendo una minoría.
El progreso para el proletariado chino en el siglo pasado lo hubiera representado el triunfo de la revolución mundial de 1917-27, que le hubiera permitido un desarrollo equilibrado y armonioso de la industria y la agricultura a escala mundial, y no las luchas frenéticas e innecesarias históricamente de cada economía nacional para sobrevivir en un mercado mundial sobresaturado. En lugar de ello, la clase obrera china ha pasado la mayor parte del siglo sojuzgada por la bota odiosa del estalinismo. Lejos de ser el producto de una revolución burguesa tardía, el estalinismo es la expresión clásica de la contrarrevolución burguesa, la horrible revancha tomada por el capital después de que el proletariado hubiera intentado, fracasando, derribar su dominación. El hecho de que se haya levantado sobre una mentira brutal – su pretensión de representar a la revolución comunista – es en sí mismo una expresión típica de un modo de producción decadente: en su fase de ascenso, en su fase de confianza en si mismo, el capitalismo no tenía ninguna necesidad de vestirse con el ropaje de su enemigo mortal. Es más, esta mentira ha tenido un efecto terriblemente negativo en la capacidad de la clase obrera –a escala mundial y en particular en los países dominados por el estalinismo– para comprender la verdadera perspectiva comunista. Cuando consideramos el terrible tributo de represión y de masacres que el estalinismo ha hecho pagar a la clase obrera –la cantidad de todos los que han fallecido o han sido asesinados en las prisiones maoistas y en los campos de concentración es aún hoy desconocido, pero se pueden contar por millones– es evidente que la supuesta “revolución burguesa” en China fracasó completamente en el cumplimiento de los objetivos que las auténticas revoluciones burguesas consiguieron cumplir en los siglos XVIII y XIX: un marco político que permitiera desarrollar al proletariado su confianza en sí y su conciencia de ser una clase opuesta a la burguesía. El estalinismo fue un desastre completo para el proletariado mundial; incluso tras su muerte, sigue hoy envenenado su conciencia gracias a las campañas de la burguesía que identifican la muerte del estalinismo con el fin del comunismo. Como todas las supuestas “revoluciones nacionales” del siglo XX, la de China fue una expresión más de que el capitalismo no está poniendo las bases para la construcción del comunismo, sino que, por el contrario, las está destruyendo cada día más.
Según la UCI, los comunistas podían, en cierto sentido, apoyar las revoluciones nacionales en los años 80; ahora con la llegada de la globalización eso ya no sería posible:
“... ¿que ha cambiado a partir de la globalización?. La posibilidad de la revolución nacional ha desaparecido. Hasta los años 80, las revoluciones nacionales aún podían garantizar el crecimiento de las fuerzas productivas, y por tanto aún debían ser apoyadas, intentando si ello fuera posible transferir su gestión en manos del proletariado revolucionario... Actualmente, esta etapa histórica para el desarrollo nacional ha llegado a su fin...”.
El primer punto que queremos comentar sobre esta posición es que, si la Izquierda comunista hubiera defendido esta posición hasta 1989, hoy no existiría la Izquierda comunista. Hasta la muerte de la Internacional comunista a finales de los años 20, la Izquierda comunista fue la única corriente política que se opuso de manera consecuente contra la movilización del proletariado en la guerra imperialista, sobre todo cuando estas guerras se desarrollaban en nombre de una revolución burguesa cualquiera tardía o de la lucha “contra el imperialismo”. A partir de los casos de España y de China en los años 30, pasando por la Segunda Guerra mundial, y en todos los conflictos locales que marcaron con su sello la “Guerra Fría” (Corea, Vietnam, Oriente Medio, etc.) la Izquierda comunista, sola, mantuvo el internacionalismo proletario, rechazando el apoyo a todos los Estados o fracciones en conflicto, llamando a la clase obrera a defender sus intereses de clase contra los llamamientos a disolverse en el frente militar del capital. La consecuencia terrible por haber abandonado esas posiciones quedó perfectamente ilustrada en carne viva por la implosión de la corriente bordiguista al inicio de los años 80: sus ambiguedades sobre la cuestión nacional abrieron la puerta a la penetración de fracciones nacionalistas que intentaron arrastrar a la principal organización bordiguista hacia el apoyo de la OLP (Organización de liberación de Palestina) y a Estados como Siria en la guerra de Oriente Medio. Hubo resistencia por parte de los elementos proletarios de la organización, pero ésta pagó un alto precio en pérdida de energías militantes y la consecuente explosión de la corriente entera. Los nacionalistas consiguieron ganar, anexionar esa corriente histórica de la izquierda italiana al ala izquierda del capital, es decir al lado de los trotskistas y los estalinistas. Si los antepasados políticos de otros grupos, tales como la CCI o el BIPR, hubieran seguido por ese camino de apoyo a las supuestas “revoluciones nacionales”, hubieran sufrido la misma suerte y ya no habría organizaciones de la corriente de la izquierda comunista con las que podrían ponerse en contacto los nuevos grupos que surgen en Rusia.
En segundo lugar, nos parece que, si bien los camaradas de la UCI concluyen que finalmente ha llegado el momento de defender una verdadera posición proletaria independiente sobre los movimientos nacionales, los camaradas siguen siendo prisioneros de fórmulas que en el mejor de los casos son ambiguas y, en el peor, pueden desembocar en traición abierta de los principios de clase. Por ejemplo, plantean todavía la posibilidad de transferir la lucha nacional de la burguesía al proletariado, apegándose todavía al lema de la “autodeterminación” nacional:
“... por lo que respecta al apoyo a los movimientos de independencia nacional, la única orientación aquí, a la vez de ayer y para hoy, es la de arrancar la lucha contra la opresión nacional de manos de la burguesía y ponerla en manos de la clase obrera. Esto no puede realizarse si no se reconocen los derechos a la autodeterminación, es decir, si no se reconoce la necesidad de llevar hasta sus últimas consecuencias las tareas históricas de la burguesía. De otro modo, dejaríamos al proletariado nacional bajo la dirección de la burguesía nacional...”.
La clase obrera no puede tomar a su cargo la lucha por la liberación nacional, ni siquiera para defender sus intereses de clase, pues se se encuentra en oposición frontal a la burguesía nacional y a todas sus ambiciones. Por lo que respecta a la autodeterminación, los camaradas reconocen que es imposible en las condiciones actuales, aunque consideren que esto solo es así desde finales de los años 80. Argumentan a favor de un llamamiento planteado en términos muy similares a los que utilizó Lenin –como medio de evitar “crear antagonismos” o de ofender a los proletarios de los países más atrasados– para sustraerlos a las influencias de la burguesía. Camaradas, el comunismo no puede evitar ser ofensivo hacia los sentimientos nacionalistas que aún quedan en el seno de la clase obrera. Si razonaramos así, los comunistas deberían evitar criticar la religión porque muchos obreros están aún bajo la influencia de la ideología religiosa. Evidentemente, nosotros no provocamos o insultamos a los obreros porque tengan ideas confusas. Pero como se decía en el Manifiesto comunista, los comunistas se niegan a esconder sus ideas. Si la liberación nacional y el derecho a la autodeterminación nacional son imposibles, debemos decirlo entonces con las palabras y de la forma más clara posible.
La aparición de grupos como la UCI es una aportación importante para el proletariado mundial. Pero sus ambigüedades sobre la cuestión nacional son muy graves y hacen peligrar su capacidad de supervivencia como expresión política de la clase obrera. La historia ha demostrado que hay un profundo antagonismo entre el proletariado y la guerra imperialista, y que por ello cualquier ambigüedad sobre la cuestión nacional puede llevar a traicionar los intereses internacionalistas de la clase obrera. Por tanto, les invitamos a reflexionar en profundidad sobre los textos y todas las contribuciones que la Izquierda comunista ha producido sobre esta cuestión vital.
CDW
1) Los camaradas de otro grupo ruso, el Grupo de los colectivistas proletarios revolucionarios, parecen defender la misma posición cuando afirman que la revolución comunista solo será posible cuando el capitalismo haya desarrollado los microchips electrónicos. Volveremos en otra ocasión sobre este argumento.
2) Hemos desarrollado este punto en la serie de artículos de la serie “Comprender la decadencia del capitalismo”; ver en particular la Revista internacional nos 55 y 56.
En cada número de todas y cada una de las publicaciones de la CCI, pubicamos nuestras “posiciones de base” en las que puede leerse lo siguiente:
“La CCI se reivindica de los aportes sucesivos de la Liga de los Comunistas de Marx y Engels (…) de las Fracciones de izquierda que se fueron separando en los años 1920-30 de la Tercera internacional en el proceso de degeneración de ésta y más particularmente de las Izquierdas alemana, holandesa e italiana”.
Nuestra organización es el fruto de la labor incansable de las Fracciones de izquierda. En el plano de los principios organizativos, es sobre todo el fruto de la labor de la Izquierda italiana durante los años 20 y 30, agrupada en torno a Bilan. Así, se entenderá que nosotros nos tomemos muy en serio la cuestión de las fracciones, tanto más porque nuestros antecesores de la Izquierda italiana realizaron un trabajo de fondo sobre las condiciones en que surjen fracciones en el movimiento obrero y sobre la función que están llamadas a desempeñar. La cuestión de la fracción está en el meollo mismo de nuestra idea de lo que es una organización revolucionaria.
Cuando un grupo de militantes se declaró “Fracción interna de la CCI” en octubre de 2001, era deber nuestro volver a tratar este problema de la fracción en el movimiento obrero y de lo que ha representado históricamente para así tratar la cuestión de la manera más idónea.
Por ello decidimos publicar en el no 108 de la Revista internacional un artículo que reafirma nuestro concepto sobre lo que significa una fracción en el movimiento obrero (“Las fracciones de izquierda, en defensa de la perspectiva proletaria”). Nosotros barruntábamos evidentemente que los miembros de la pretendida “fracción interna” no iban a estar de acuerdo con la visión defendida en ese texto. Se propuso entonces a esos militantes que expusieran públicamente su desacuerdo cobre la cuestión de la fracción en las columnas de esta Revista internacional. Para esquivar una confrontación abierta de las divergencias, se apresuraron en aceptar la propuesta sacándose de la manga unas exigencias que la CCI no podía aceptar (1), pues nos pedían nada menos que renunciáramos a nuestros análisis sobre los móviles que los habían llevado a formar la pretendida “fracción” (2).
Desde entonces los fraccionistas han publicado una respuesta a nuestro artículo (3). El objetivo de su respuesta es mostrar: “cómo está obligada la CCI a deformar o ignorar partes enteras de la experiencia de la historia obrera, especialmente de la historia de sus fracciones, de modo que cae inevitablemente en el olvido y la traición a sus propios principios organizativos y los principios del movimiento obrero”.
¿De qué se trata realmente?
Inevitablemente, la creación de una fracción plantea cuatro preguntas básicas para una organización comunista:
a) ¿De qué natutaleza son las divergencias políticas que separan a la fracción de la organización en su conjunto? Y, en primer lugar, ¿afectan esas divergencias a los principios programáticos de tal modo que justifiquen la creación de una organización dentro de la organización, según la concepción que la CCI ha desarrollado basándose en el legado de la Izquierda Italiana?
b) ¿Cómo debe reaccionar la organización ante la creación de una fracción? ¿Cómo deberá asumir la responsabilidad de favorecer en su seno el debate y a la vez mantener su cohesión y su capacidad de acción?
c) ¿Qué responsabilidades tiene la propia fracción ante la organización? ¿Cuáles son sus tareas, cómo lleva a cabo su lucha para defender sus posiciones y, especialmente, cuál es su deber en el respeto de las reglas de funcionamiento y de la disciplina organizativa?
d) ¿Cuál es la opinión política de la mayoría de la organización sobre si hay o no razones para que se forme una fracción? Más concretamente, la negativa por parte de la CCI a reconocer el fundamento de la fracción actual, ¿no sería una tentativa para eludir el debate de fondo por parte de sus órganos centrales actuales?
Ya hemos contestado a la tercera pregunta en el artículo de la Revista internacional nº 108 y en un artículo sobre “Las fracciones frente a la cuestión de la disciplina organizativa” publicado en la Revista internacional nº 110. Nuestra respuesta a la cuarta pregunta –o sea nuestro análisis sobre la verdadera naturaleza de la “fracción interna” que se formó en la CCI– quedó confirmada por unanimidad (4) por nuestra Conferencia extraordinaria de abril de 2002, cuya reseña también publicamos en la Revista internacional nº 110. De modo que nuestro objetivo en este artículo es sobre todo contestar a las dos primeras preguntas. Para ello, debemos empezar por recordar los conceptos básicos de la CCI sobre cómo debe llevarse un debate en una organización comunista y sobre cómo y por qué pueden aparecer en su seno tendencias o fracciones.
Los estatutos de la CCI dan una importancia y ponen esepcial cuidado a la explicación de nuestros principios organizativos sobre la actitud que debe adoptarse ante el surgimiento de divergencias en su seno:
“Si las divergencias se ahondan hasta originar una forma organizada, la situación debe comprenderse como expresión:
– ya sea de una inmadurez de la organización,
– ya como una tendencia a su degeneración.
“Ante esa situación, únicamente la discusión podrá:
– ya sea absorber las divergencias,
– ya permitir que aparezacan claramente divergencias de principio que pudieran desembocar en separación organizativa.
“Esa discusión para resolver los desacuerdos nunca podría ser sustituida por medidas disciplinarias de ningún tipo, pero, mientras no se haya llegado a una de esas salidas, la posición mayoritaria es la de la organización.
“Es, de igual modo, conveniente que ese proceso de surgimiento de una forma organizada de desacuerdos se desarrolle de manera responsable, lo cual supone en particular:
– que, aunque no tiene por qué juzgar cuándo debe constituirse y disolverse una forma organizada así, ésta sí debe basarse, para que sea de verdad una auténtica contribución en la vida de la organización, en posiciones positivas y coherentes claramente expresadas y no en una colección de puntos de oposición y de recriminación;
– que esa forma organizada sea, por consiguiente, el resultado de un proceso previo de decantación de las posiciones en la discusión general en el seno de la organización, o sea que no sea concebida como la precondición de esa decantación”.
Es evidente que para que esos requisitos estatutarios sean operativos, la organización debe darse los medios para que se desarrollen unos debates en los que participarán todos los militantes a nivel internacional. Esos medios están explícitamente redactados en un texto fundamental que adoptó toda la CCI tras su crisis organizativa de 1981 (5) :
“La existencia de divergencias en el seno de la organización es un signo de su vitalidad, pero únicamente el respeto de una serie de reglas en la discusión de esas divergencias permitirá que éstas sean una contribución en el reforzamiento de la organización y en la mejora de las tareas para las que la clase la ha hecho surgir.
Pueden enumerarse unas cuantas de esas reglas:
– reuniones regulares de las secciones locales, poniendo a su orden del día las principales cuestiones en debate en el conjunto de la organización: el debate no podrá ser ahogado de ninguna manera;
– circulación lo más amplia posible de las diferentes contribuciones en el seno de la organización mediante los instrumentos previstos para ello (los boletines internos);
– rechazo, por consiguiente, de correspondencias secretas y bilaterales, que lejos de favorecer la claridad del debate, lo único que hacen es oscurecerlo alimentando malentendidos, la desconfianza y la tendencia a la constitución de una organización en la organización;
– respeto por la minoría de la indispensable disciplina organizativa;
– rechazo de toda medida disciplinaria o administrativa por parte de la organización contra miembros de ella que planteen desacuerdos (…)”.
Los individuos que iban a formar la “fracción interna” no respetaron ni la forma ni el fondo de los estatutos y de nuestros principios de funcionamiento. No asumieron la responsabilidad que les incumbía de confrontar abiertamente, en el seno de la organización, las divergencias que tenían o pretendían tener con el resto de la organización, aun cuando las reuniones internas de la organización y las contribuciones en sus boletines internos se lo permitían sin la menor restricción (6).
En lugar de hacer eso, se dedicaron a verse entre ellos para complotar contra la organización en reuniones secretas. En cambio, cuando se descubrieron esas reuniones secretas, la CCI reaccionó con la preocupación de:“rechazar toda medida disciplinaria o administrativa”: “El comportamiento de los miembros del ‘colectivo’ constituye una falta organizativa muy grave merecedora de la sanción más severa. Sin embargo, al haber decidido los participantes en esa reunión [o sea la reunión secreta del 20 de agosto de 2001, cuya actas llegaron, “accidentalmente”, a conocimiento de la organización] poner fin al ‘colectivo’, el BI decide abandonar esa sanción” (7).
El texto sobre el funcionamiento que citábamos antes deja igualmente explícito cómo comprendemos nosotros lo que es una fracción en el seno de una organización proletaria:
“La fracción expresa el hecho de que la organización está en crisis por haber surgido en el seno de ésta un proceso de degeneración, por haber capitulado frente al peso de la ideología burguesa. “Contrariamente a la tendencia, que sólo se justifica por divergencias de orientación frente a cuestiones circunstanciales, la fracción se justifica por divergencias programáticas que sólo pueden desembocar ya sea en la exclusión de la posición burguesa, ya sea en la salida de la organización por parte de la fracción comunista y al ser la fracción portadora de la separación de dos posiciones que se han hecho incompatibles en el seno de un mismo organismo, tendiendo, por eso mismo, a tomar una forma organizada con sus propios órganos de propaganda.
“Al no poseer la organización de la clase ningún tipo de garantías contra una degeneración, el papel de los revolucionarios es luchar permanentemente para eliminar posiciones burguesas que podrían desarrollarse en su seno. Y es cuando están en minoría en esa lucha cuando su tarea consiste en organizarse en fracción, ya sea para ganarse al conjunto de la organización para las posiciones comunistas y excluir la posición burguesa, ya sea, cuando la lucha se ha vuelto estéril a causa del abandono del terreno proletario por parte de la organización (generalmente en épocas de retroceso de la clase), formar el puente hacia la reconstrucción del partido de clase, el cual sólo podría entonces surgir en una fase de auge de las luchas.
“En cualquier caso, la preocupación que debe guiar a los revolucionarios es la que existe en el seno de la clase en general. O sea, la de de no despilfarrar las débiles energías revolucionarias de las que dispone la clase. O sea, la de velar sin cesar porque se mantenga y desarrolle un instrumento tan indispensable pero también tan frágil como lo es la organización de los revolucionarios” (8).
Esa definición de lo que debe ser una Fracción es un legado directo de la Izquierda italiana y, especialmente, de Bilan.
En el movimiento obrero, el término “fracción” se empleó indistintamente para caracterizar corrientes como los bolcheviques, los mencheviques, los espartaquistas y diversas minorías sobre tal o cual orientación del partido, especialmente en el partido ruso durante la revolución, en torno al tratado de Brest-Litovsk, etc. Las citas de Lenin y de Trotski que usa la “fracción interna” en su artículo lo muestran ampliamente. Sin embargo, la concepción de la CCI, condensada en la cita anterior, es más precisa : establece una diferencia entre todo lo que puede ser una minoría e incluso una tendencia sobre tal o cual punto de la orientación del partido, incluida una orientación tan crucial como la posición que debía tomar la revolución en un caso como el de Brest-Litovsk, y la minoría a la que se denomina fracción. Esta definición no es ni invento ni retórica, sino que nos viene de Bilan, de todo el trabajo de profundización que llevó a cabo durante los años 30.
En aquel período, el grupo que iba a crearse en torno a Bilan, como todas las oposiciones y las minorías dentro o alrededor de la Internacional y de los partidos comunistas, se encontraba ante una situación dramática de que esos partidos, compuestos por millones de obreros, que se habían formado durante la oleada revolucionaria de 1917-23, estaban en proceso degenerativo hacia la traición, uno tras otro, de los principios fundamentales del proletariado con el reflujo de la revolución. En esas condiciones, definir las tareas y el sentido de la actividad que debían llevar a cabo los opositores y los excluidos era una cuestión vital, al igual que lo era definir el marco de esa actividad:
“Cuando el partido pierde su capacidad de guiar al proletariado hacia la revolución – y eso ha ocurrido por el triunfo del oportunismo– las reacciones de clase producidas por los antagonismos sociales, ya no evolucionan en la dirección que permite al partido cumplir su misión. Las oposiciones se ven obligadas a encontrar nuevas bases en las que cimentar a partir de entonces los órganos de reflexión y de vida de la clase obrera, o sea, la fracción” (Bilan, nº 1, “Vers l’Internationale deux et trois-quarts” – ¿Hacia la Internacional dos y tres cuartos?)
Bilan estaba en desacuerdo con la orientación preconizada por Trotski de fundar un nuevo partido, una nueva Internacional y de hacer un llamamiento a las izquierdas socialistas. Para Bilan había primero que examinar y sacar las lecciones de la experiencia histórica reciente, del fracaso de la revolución rusa, de la traición de la Internacional, de la degeneración de los partidos:
“Quienes contra esa labor indispensable de análisis histórico oponen el cliché de la movilización inmediata de los obreros, lo único que están haciendo es añadir más confusión e impedir la reanudación verdadera de las luchas proletarias” (Bilan, nº 1, “Introduction”).
Algo esencial en la perspectiva para la actividad de la fracción era la evolución de la situación y del partido. Como lo evidencia la cita del Boletín de información que precedió Bilan (publicado en el artículo de la “fracción interna” (9)):
“La fracción así comprendida, es el instrumento necesario para el esclarecimiento político que debe definir la solución de la crisis comunista. Y debe juzgarse como arbitraria toda discusión que hoy oponga entre sí como excluyentes dos posibles salidas a la fracción : el enderezamiento del partido o la transformación en un segundo partido. Tanto una como la otra dependerán del grado de esclarecimiento político alcanzado y ninguna de las dos puede caracterizar ya la fracción. Es posible y deseable que el esclarecimeinto se concrete en triunfo de la fracción en el partido, el cual volverá a encontrar entonces su unidad. Pero tampoco ha de excluirse que ese esclarecimiento acabe precisando diferencias básicas que autoricen a la fracción a declarse a sí misma, y contra el viejo partido, partido del proletariado; y éste, tras todo un proceso ideológico y organizativo de la fracción, en relación con el desarrollo de la situación, encontrará las bases para su actividad. Tanto en un caso como en el otro, la existencia de la fracción y su reforzamiento son premisas indispensables para que se solucione la crisis comunista” (Bulletin d’information nº 3, noviembre de 1931)
La tarea que se propone la fracción es, en primer lugar, la de hacer una labor de esclarecimiento político, de profundización.
La definición de la actividad de la fracción está intimamente relacionada con el análisis de la relación de fuerzas entre las clases. La degeneración del partido es la expresión del debilitamiento de la clase. La fracción se opone a la idea de que se pueda crear en todo instante un nuevo partido:
“La comprensión de los acontecimientos ya no viene acompañada de la acción directa sobre ellos, como así ocurría anteriormente en el partido, y la fracción sólo librando al partido del oportunismo podrá reconstuir esa unidad” (Bilan nº 1, “Vers l’Internationale deux trois-quarts”).
Bilan iba a desarrollar su comprensión de lo que es la fracción durante toda su existencia, plasmándose en la resolución de 1935, propuesta por Jacobs y publicada en Bilan nº 17. Esta resolución fue sin duda la expresión más acabada de la idea que Bilan tenía sobre lo que era una fracción y su relación con el partido de clase. Las dos nociones están, de hecho, íntimamente ligadas, al representar la fracción la continuidad de los intereses históricos de la clase obrera, mientras que la existencia del partido viene también determinada por las condiciones de la lucha de clases misma y por la capacidad del proletariado para afirmarse como clase revolucionaria.
“Es evidente que la necesidad de la fracción es también la expresión de la debilidad de un proletariado que ha sido o desarticulado o gangrenado por el oportunismo, mientras que, al contrario, la creación del partido es la plasmación de un curso con etapas ascendentes, en las que el proletariado, una y otra vez, se vuelve a encontrar a sí mismo, se va concentrando, y mediante las luchas parciales y globales va abriendo brechas para acabar derribando la estructura del capitalismo” (Bilan nº 17, “Projet de résolution sur les problèmes de la fraction de gauche”)
¿Qué representa la fracción?: “La fracción es una etapa necesaria tanto para la construcción de la clase como para su reconstrucción en las diferentes fases de la evolución; es el vínculo mediante el cual se expresa la continuidad en la vida de la clase, a la vez que expresa la tendencia de ésta a dotarse de una estructura con principios y un método para intervenir en lo concreto de las situaciones. El proletariado no será nunca una fuerza económica que pudiera construirse en torno a sus riquezas materiales, pues es una clase que sólo dispone de los medios que el capitalismo le otorga a cambio de su fuerza de trabajo, los estrictamente necesarios para su propia reproducción. Por eso su afirmación como clase independiente destinada a crear un nuevo tipo de organización social, sólo puede manifestarse en realidad durante esos períodos específicos durante los cuales se trastornan las relaciones entre las clases en un plano mundial” (idem).
Según esa definición elaborada por Bilan, está claro que la fracción no significa minoría, ni tendencia u oposición sobre algún punto de la orientación o incluso un punto del programa de clase, sino que expresa la continuidad del ser histórico del proletariado, de su porvenir revolucionario. Por consiguiente, la noción de fracción ya no es usada por Bilan como pudo serlo hasta entonces por el movimiento obrero para definir a las diferentes corrientes. La fracción tampoco es una forma específica del período histórico en el que vive Bilan ante la degeneración del partido. Toda la historia del movimiento obrero no sólo está marcada por la existencia de partidos, en las fases ascendentes de la lucha, sino que también se expresa en la historia de sus fracciones:
“Los ‘centros de corresponsales’, creados por Marx antes de la fundación de la Liga de los Comunistas, su labor teórica des pués de 1848 hasta la fundación de la Iª Internacional, la labor de la fracción bolchevique en el seno de la IIª Internacional, fueron los momentos esenciales de constitución del proletariado que permitieron que aparecieran partidos animados por una doctrina y un método de acción. Ver el término de cada proceso negando la fracción bajo todas sus formas históricas particulares, es como ver el árbol y no el bosque, es santificar una palabra tirando por los suelos lo que significa” (idem).
La tarea de la fracción no sólo es mantener o restaurar el programa frente a las traiciones oportunistas o los fracasos de la lucha de clase, es también elaborar sin cesar la teoría del proletariado:
“Para dar una sustancia histórica a la labor de las fracciones, hay que demostrar que hoy son la filiación legítima de las organizaciones en las que el proletariado se encontró como clase en las fases anteriores y también que son la expresión siempre más consciente de las experiencias de la posguerra. Eso debe servir para probar que la fracción no puede vivir, formar responsables, representar realmente los intereses finales del proletariado sino es con la única condición de aparecer como una fase superior del análisis marxista de las situaciones, de la percepción de las fuerzas sociales que actúan en el capitalismo, de las posiciones proletarias sobre los problemas de la revolución” (Bilan, nº 17, “Proyecto de resolución sobre los problemas de la Fracción de izquierda”, subrayado en el original).
No tenemos mucho sitio en este artículo para seguir analizando la noción de fracción elaborada por Bilan. Pero sí que es el de Bilan el concepto de fracción del que se reivindica la CCI desde que nació. En esto como en otras tantas cosas, la CCI se considera continuadora de la fracción, cuya tarea es participar en la creación de las condiciones de surgimiento del partido del mañana; algo así como servir de puente, como decía Bilan, entre el antiguo partido que fue la IC, muerta bajo el estalinismo, y la futura Internacional de la revolución venidera.
Tras haber formulado nuestro marco de análisis, heredado de lo que elaboró la Izquierda italiana, que permite comprender la naturaleza y las tareas de una verdadera fracción, examinemos ahora lo que dice nuestra supuesta fracción que pretende representar fielmente la continuidad de los principios de la CCI. Cuando afirma que sería la CCI la que los abandona, lo mínimo que cabe esperar es que lo demuestren.
Antes de comentar el texto sobre las fracciones publicado en su Boletín nº 9, veamos en qué “posiciones positivas y coherentes claramente expresadas y no en una colección de puntos de oposición y de recriminación” se basa la declaración de formación primero del “colectivo” y después de la “fracción interna”.
La declaración de formación del “colectivo” ya no tenía nada de prometedora. En respuesta a la pregunta “¿cómo y por qué nos hemos reunido?”, el texto nos explica:
“Tras la reunión de la sección Norte [de RI] dedicada a la discusión del texto de orientación sobre la confianza, cada uno de nosotros pudo darse cuenta de una convergencia de enfoques entre la mayoría de los miembros de la sección presentes en esa reunión, en torno a un rechazo común tanto del método como de las conclusiones del texto de orientación. Esta covergencia se añadía a una constatación anterior de un descuerdo común con la manera con la que se ha considerado, se ha explicado y presentado al resto de la CCI la degradación reciente de las relaciones en el seno de la sección Norte”.
¿Qué es todo eso sino una “colección de puntos de oposición?”. Los propios miembros del “colectivo” lo reconocen, puesto que su perspectiva es “¡Trabajar! Ir al fondo de los problemas. Ir a buscar las respuestas, las experiencias y las lecciones sobre los problemas actuales de la CCI en la historia de nuestra clase y del movimiento obrero”.
Es un objetivo meritorio y no podemos sino lamentar que los miembros del “colectivo” que formaron la “fracción” apenas dos meses más tarde no lo hayan continuado. Los miembros del “colectivo” no están contentos con ciertos análisis defendidos por la mayoría, sin por ello, como ellos mismos lo confiesan, poseer una orientación alternativa que oponerles:
“Nuestra oposición, si sigue siendo minoritaria, deberá tomar la forma de una fracción que lucha en el seno de la organización por su enderezamiento. Creemos, por ahora, que es demasiado pronto para declararla como tal, primero porque la política actual no ha sido todavía confirmada ni por el BI ni por un congreso de la CCI y, además, porque necesitamos todavia elaborar y reunir los textos más desarrollados para una orientación alternativa a la política actual” (subrayado nuestro).¡Pues vaya continuidad auténtica con la CCI que les permite ver la posibilidad de organizarse en fracción sin haber producido textos fundamentales que discutir en el seno de la organización!
Cuando se forma la “fracción”, los “textos más desarrollados” no han aparecido ni por asomo. Sin pararse en barras, la “fracción” propone la orientación de:
“– combatir la deriva ‘revisionista’ actual que no sólo se expresa en el funcionamiento, sino también en el plano teórico-político;
– desarrollar la reflexión teórica sobre todo mediante una labor profunda sobre la historia del movimiento obrero, parra llevar a la organización a reapropiarse de sus propios fundamentos, los del marxismo revolucionario, de los que se está apartando cada día más la política llevada a cabo actualmente;
– colocar el análisis sobre la situación internacional en el primer plano de las discusiones (10), luchando, en particular, contra una tendencia “desmoralizadora” que está siendo la marca de nuestra comprensión de la situación y de la relación de fuerzas entre las clases, para reforzar con ello nuestra intervención en la clase obrera;
– llevar a la organización a comprenderse como parte del MPP (11) y por consiguiente desarrollar una política unitaria, más valiente y más determinada hacia ese Medio (12).
Se le plantea pues a la supuesta fracción justificar su existencia al no ser su aparición el resultado de ningún “proceso previo de decantación de las posiciones en la discusión general en el seno de la organización”. Al contrario, sí que se ha “concebido, y no pretenderá negarlo, como condición de esa decantación” ¿Es serio eso de que “una tendencia ‘desmoralizadora’ que tiende a ser la marca de nuestra comprensión de la situación y de la relación de fuerzas entre las clases” sería la expresión del abandono programático de los principios proletarios por parte de la CCI? En esas condiciones, no es de extrañar que la mayoría de la organización se haya negado a reconocer la legitimidad de la “fracción”. Al fin y al cabo, si un loco se toma por Napoleón, estaremos obligados a constatar que se toma por Napoleón, sí, pero no estamos obligados a seguirle los pasos en su locura, creyéndonos nosotros también que es el emperador.
El artículo de su Boletín nº 9 (13) de la “fracción” está, pues, ante un reto imposible, al ser su objetivo encontrar una garantía histórica y programática que justifique su creación. Vamos a procurar ahora sacar la lógica, si puede llamarse así a esa especie de aguachirle con ínfulas históricas, parar hacer su crítica.
La primera parte del artículo intenta tratar sobre las fracciones en los momentos de lucha de clase ascendente y descendente con ejemplos sacados de las tres Internacionales. Nos enteramos así que :
“Fue mediante la fusión de todo tipo de organismos e incluso de sociedades obreras cómo nació la Iª Internacional (…) En cambio, el período de contrarrevolución que siguió a la represión de la Comuna de París, vio que la aparición de agrupamientos, tendencias o fracciones en la Internacional tomaron otro camino hasta llevarla a su desaparición”.
Esto no nos lleva muy lejos, al no distinguir para nada entre “organismos”, “agrupamientos”, “tendencias” o “fracciones”. Sobre todo, no establece diferencia alguna entre las tendencias que representaron las primeras corrientes originarias del movimiento obrero (proudhonianos y blanquistas, por ejemplo), que estaban destinadas a desaperecr con el desarrollo de la clase misma, y la “forma histórica particular” de las fracciones de izquierda (retomando las palabras de Bilan) que tomó la tendencia marxista.
En lo que a la IIª Internacional se refiere, nos enteramos de que hubo toda clase de “fracciones” imaginables: en Alemania estaban los eseinachianos y los lassalianos, mientras que en Francia,
“el partido constituido en el congreso de Marsella de 1879, conoció dos fracciones: la “colectivista” de Guesde y Lafargue y la “posibilista” de Brousse, que agrupaba a los reformistas. “Si tomamos el ejemplo del POSDR, sigue el autor, lo que hemos desarrollado antes se verifica de manera fulgurante: “Después de 1905, las dos fracciones, menchevique y bolchevique, se reagruparon una primera vez en 1906 y una segunda vez en 1910 (…) Luego, con el curso hacia la guerra, encontramos el fenómeno de dispersión no sólo en los dos fracciones principales, sino incluso en su seno. Fue así como en el POSDR en 1910, había tres fracciones bolcheviques: la de Lenin, los ozovistas y los conciliadores, y tres mencheviques: la unitaria, la de Plejánov contra la unidad y los conciliadores, entre los cuales Trotski.”
Una vez más, no se hace ninguna distinción entre las corrientes reformistas (incluso “estatalistas” como los lassallianos), las corrientes de izquierda (eisenachianos, guesdistas, por ejemplo) y la fracción bolchevique que con la Izquierda alemana “representaban [sólo ellas] los intereses del proletariado mientras que la derecha y centro expresaban cada día más la corrupción del capitalismo” (14).
Después, el autor pasa al período de la revolución rusa, recurre a Trotski, “el más digno de los revolucionarios” (sic, como diciendo que Lenin, Luxemburgo, Liebknecht lo serían menos…), para contar la historia de las diferentes “fracciones” aparecidas en el partido durante el período revolucionario y la guerra civil: la oposición de Kamenev-Zinoviev a la toma del poder en octubre, la oposición del grupo de Bujarin a la firma del Tratado de Brest-Litovsk, así como las oposiciones acerca del ejército rojo, etc. En la época de Brest-Litovsk,
“Los partidarios de la guerra revolucionaria constituyeron entonces una auténtica fracción con su órgano central”. Trotski subraya, y nuestra “fracción” aprovecha la ocasión para recordárnoslo, que “la fracción, el peligro de escisión no fueron entonces vencidos mediante decisiones formales basadas en los estatutos, sino mediante la acción revolucionaria”.
Lo que hay que recordar también es que si Bujarin y el grupo Kommunist no hicieron escisión en la época de Brest-Litovsk, no solo fue gracias al propio desarrollo de los hechos y a los argumentos de Lenin, también lo fue gracias al propio sentido de la responsabilidad de aquéllos, a su comprensión de que el partido bolchevique tenía un papel crucial que desempeñar en la eclosión de la revolución a nivel mundial. Pero, sobre todo, las fracciones mencionadas por Trostski ahí, eran verdaderas minorías, formadas en torno a problemas cruciales de los que dependía la supervivencia de la revolución. Es pura indecencia ponerse a comparar las minorías en el seno del partido bolchevique con una “fracción” cuyo objetivo –o más bien el objetivo proclamado– es “poner el análisis de la situación internacional en el primer plano de las discusiones”. El objetivo confesado de todas esas “demostraciones” es convencernos de que:
“La historia del movimiento obrero que hemos trazado a grandes rasgos nos enseña:
– que han existido y existirán muchos tipos de fracciones y agrupamientos;
– que no todas han tenido programas acabados para constituirse en fracción, por eso es por lo que existe probablemente un proceso de esclarecimiento con el desarrollo de la discusión;
– que toda fracción o agrupamiento no desemboca necesariamente en una escisión;
– y que por lo tanto “la CCI está obligada a deformar e ignorar piezas enteras de la historia obrera, especialmente de la historia de sus fracciones”.
Todas esas corrientes, oposiciones, etc. han existido sin la menor duda, pero ¿qué tiene que ver todo eso con la fracción, tal como la CCI la ha definido desde siempre y basándose en los trabajos de la Izquierda italiana?. En realidad, el objetivo del artículo de la “fracción” es, sencillamente, hacer diversión ocultándose detrás de un alarde de conocimientos mal digeridos, hacer olvidar que para la CCI la noción de fracción tiene un sentido muy preciso según el cual la existencia de nuestra supuesta “fracción interna” no tiene la menor justificación teórica ni de principios.
Está pues claro que la “fracción interna”, que pretende mantener las posiciones básicas de la CCI, ha preferido olvidarse del concepto de fracción como lo ha usado siempre la CCI, para echar mano del de Trotski y del movimiento obrero anterior a Bilan, o sea un nombre aplicado a diferentes corrientes, minorías, tendencias y fracciones que existen inevitablemente en toda la historia del movimiento obrero. Recordemos de paso que Bilan elaboró su noción de fracción, entre otras cosas, contra la idea que tenía Trotski de la labor que debía llevarse a cabo en años 30. Pero, según parece, para nuestra “fracción interna” Trotski parece haberse convertido en fuente de referencia sobre la cuestión.
Vale la pena pararse sobre lo que nos dice el autor de las fracciones salidas de la IIIª Internacional, en período de “dificultades del movimiento obrero”, pues es especialmente de éstas de las que se reivindica la CCI y que, según nuestro concepto –y el de Bilan– es precisamente en esos períodos en los que la clase es incapaz de hacer surgir el partido, cuando se justifica la labor de las fracciones. En realidad, el texto poco dice, si no es que “en la IC la discusión teórica se torció rápidamente, se impidió, se cercenó siendo sustituida por la disciplina, lo que desembocó rápidamente en la exclusión de las Oposiciones”. Entre los inmensos problemas que encaraba el movimiento obrero, la Internacional, los partidos, las premisas de futuras fracciones, la “fracción interna” solo se queda con uno, por algo será, y es el de la disciplina.
Y así es: el problema de la “fracción interna” es que no solo debe librarse de las obligaciones demasiado rigurosas de los análisis y de los principios de la CCI sobre la cuestión organizativa, sino que además debe justificar las violaciones más flagrantes de la disciplina mínima que permita que la organización funcione, e incluso que exista, quebrantamientos que han marcado a esa “fracción interna” desde antes de nacer oficialmente y que le han valido, en la CCI, el apodo de “infracción”. Y empieza justificándose del modo más original:
“A causa de la creación [en la Tercera internacional] del nuevo régimen interior de las organizaciones comunistas con la mayor unidad y centralización internacional, la cuestión de la disciplina interna toma otro carácter. Es la razón por la cual en la fase de degeneración de la IC y de los PC, la vida de las fracciones es muy diferente: todo lo que empuja a la unidad en la fase de ascenso de las luchas empuja más fuertemente todavía a la desunión en su fase de declive” (14).
Esta frase “genial” está precisada así en un artículo sobre la “disciplina” precisamente, publicado en el Boletín nº 13:
“Si en el siglo XIX era la socialdemocracia la que defendía con firmeza la disciplina en el partido contra los oportunistas que reivindicaban la “libertad de acción”, o sea, tener las manos libres para…chanchullear con la burguesía , en cambio, en el siglo XX, en el capitalismo decadente, fue la derecha del PC la campeona de la disciplina interna, como lo son hoy nuestros liquidacionistas, para poder así acallar todas las divergencias, lo cual significa acallar e incluso eliminar a la izquierda, o sea, a la posición marxista”.
No hay aquí lugar para denunciar en detalle lo ridículo de semejante postura, cuyo objetivo evidente es identificar a toda costa a la CCI con los PC estalinizados, con la necesaria dosis de hipocresía para no decirlo abiertamente. Vale sin embargo la pena recordar, y es algo que la CCI siempre ha considerado como positivo, que la IC es, en efecto, la primera de las internacionales basada en un programa explícitamente comunista, dedicado al derrocamiento inmediato del capitalismo. Como tal, exige de los partidos miembros, considerados como secciones nacionales del partido mundial, una disciplina ante las decisiones del centro, en particular la adopción d’un programa unificado, y la exclusión de los partidos socialpatriotas y de los centristas. Es el objetivo mismo de las 21 condiciones, la última de las cuales propuesta nada menos que por Bordiga, dirigente de la Izquierda italiana…para luchar en especial contra la indisciplina de corrientes oportunistas como el partido francés. Mientras la IC defendió el programa del proletariado, esa mayor unidad y centralización internacional era una necesidad para la revolución comunista y expresa un desarrollo del programa que corresponde a las necesidades de la lucha internacional y revolucionaria de la clase obrera (16). La “novedad” aportada por la “fracción interna” con la idea de que “en el siglo XX, en el capitalismo decadente, fue la derecha del PC la campeona del la disciplina interna” no es más que malabarismo para ocultar su propia indisciplina.
Hasta aquí poco hemos aprendido, si no es que hubo muchas fracciones en la historia del movimiento obrero, y que éstas pueden ser tendencias, agrupaciones, oposiciones, que pueden contribuir ya sea a la unidad de la organización, ya a su estallido. En la segunda parte, sin embargo, se nos dice que “lo que fundamenta la existencia de una verdadera fracción es la existencia de una crisis comunista” (subrayado nuestro) ¡Vaya!, o sea que todos esas “agrupaciones, tendencias, fracciones” de las acaban de hablar ¿no eran “verdaderas fracciones”? Nuestro autor cita los textos de Bilan, en los que la CCI siempre se ha basado, efectivamente, para demostrar la necesidad y la justificación de una fracción en lucha contra la degenración de una organización comunista (Notemos, de paso, que el autor pone el mayor cuidado en no citar los propios textos de la CCI sobre el tema). Pero si la “verdadera” fracción, según su terminología, es la definida por la Izquierda italiana, o sea un organismo que surge contra la degeneración del partido, cuyo papel es o regenerar el partido o preparar a los futuros dirigentes tras la traición definitiva de éste, ¿qué pasa con todos los demás ejemplos de “fracción” que llenan el texto entero? La “fracción “ parace haber inventado algo nuevo: una fracción de geometría variable, una fracción que se tuerce y se retuerce en todos los sentidos según las necesidades. No, no ha inventado nada, pues no es nada nuevo en el movimiento obrero ese método típico del oportunismo que consiste en usar los principios en función de las circunstancias y según el interés que en ellos se encuentre. Si los “infraccionistas” de marras citan ahora a la Izquierda italiana es porque la izquierda de la IC se vio a menudo obligada a romper la disciplina de la Internacional para mantener su fidelidad al programa del proletariado y que la referencia de la lucha de la izquierda contra la degeneración de la Internacional comunista hacia el estalinismo, les sirve para justificar su desprecio flagrante por nuestros principios, por nuestras reglas comunes y por sus antiguos camaradas. Si la situación de la “fracción” puede compararse a la de la Izquierda italiana, entonces, es de cajón, la CCI va a hacer el papel de la IC estalinizada (17). Y así queda escrito el guión de la película, con sus buenos y sus malos.
A pesar de todo, a la “fracción” le encantaría encontrar una expresión patente de la degeneración de la CCI para así justificarse de una manera un poco más consistente. El problema es que podrán darle vueltas y más vueltas, nadie puede negar el lugar que ocupa hoy la CCI entre las escasas organizaciones que defienden contra viento y marea el internacionalismo proletario: podremos “ser idealistas” (como dice el BIPR) “consejisto-anarquistas” (según el PCInt) o “leninistas” (como dicen los anarco-consejistas), pero nadie ha negado nunca hasta ahora que la CCI sea, sin ambigüedades ni concesiones, internacionalista. Y como le es imposible encontrar en nosotros semejante traición al principio que es la línea divisoria entre proletariado y burguesía, la “fracción” se ve obligada a andar buscando indicios anunciadores de ese perspectiva. Así puede leerse lo siguiente en la conclusión de su artículo sobre India y Pakistán:”
¿Cuál es la conclusión natural, lógica que se despeja de toda la argumentación de la Revista internacional? (…) Que únicamente las grandes potencias, empezando por Estados Unidos, hacen esfuerzos, aunque insuficientes “para hacer bajar la tensión” y evitar la guerra (…) Todo eso, pues, de manera natural, lógica, abre la puerta a que, cuando se presente la ocasión, se empiece a llamar o a “exigir” de las burguesías de las grandes potencias que, en lugar de “permitir” o “atizar” los odios y las matanzas, actúen más resueltamente para “hacer caer la tensión” y que paren el caos...”
Este procedimiento es lamentable, pues, ¿podrá alguien de buena fe interpretar de ese modo tanto la forma como el fondo de nuestro análisis? La “fracción” termina así su idea: “No hay ningún llamamiento concreto, ni a la clase, ni a los revolucionarios…Lo que nos recuerda las bellas resoluciones de la IIª Internacional en vísperas de la guerra”, olvidándose aparentemente que esas “bellas resoluciones” fueron propuestas por… Lenin y Luxemburg y que pusieron las bases para Zimmerwald. Es evidente que el ridículo no mata, pues si así fuera la “fracción” tendría los días contados.
Es verdad que cualquier experto en etimología vendría a explicarnos que el sentido de las palabras cambia con el tiempo. Pero como marxistas que somos, lo que nos interesa no es tanto la evolución de una palabra como la evolución de las condiciones históricas que la hacen existir. Con esto que