Los acontecimientos del año pasado pusieron en primer plano de la actualidad a la Autonomía Obrera (especialmente en Italia), nueva encarnación del demonio para la burguesía. Pero también pusieron en evidencia la manera en que ese “medio autónomo” ha perdido todo motivo para reclamarse de la clase obrera. Efectivamente, hoy se habla del “área de la autonomía”[1] y no ya de la Autonomía Obrera. Esta se ha convertido en un espumoso montón de toda clase de franjas de la pequeña burguesía: desde estudiantes hasta actores callejeros, de las feministas a los profesores sin empleo fijo, todos unidos en la exaltación de su propia “especificidad” y en el rechazo asustado de la naturaleza de la clase obrera como única clase revolucionaria de nuestra época. En ese pantano, los autónomos “obreros” se distinguen por un radicalismo mayor sobre los principales problemas políticos de hoy: ¿Cómo se deben utilizar los cocktails molotov? ¿a la defensiva o a la ofensiva? ¿Hacia dónde se debe apuntar el P-38, esa mítica llave maestra del comunismo, a las piernas de los policías o más arriba? Existe, sin embargo, en esa degeneración total, una reacción en las tentativas críticas de las concepciones confusionistas e inter-clasistas, de elementos que han conservado una visión más clasista. Hay que saludar a esas tentativas pero hay que denunciar también los graves peligros que corren estos últimos al considerar esas desviaciones como “incidentes de recorrido” y concluir que es posible “volver a empezar”.
Este artículo trata esencialmente de la Autonomía Obrera en Italia porque es fundamentalmente allí donde ese movimiento se ha desarrollado. Pero sus conclusiones se aplican igualmente a los partidarios de la búsqueda del nuevo “rollo” político, “la autonomía”, partidarios que han aparecido en el mundo. En esta contribución a la discusión, analizamos las bases teóricas mismas de la Autonomía Obrera, indicando como se fundan en realidad en el rechazo del materialismo marxista y dejan la puerta abierta a todas las degeneraciones que acabarían manifestándose más tarde.
Será también con la crítica más radical del movimiento de Autonomía Obrera y de todos sus errores que mañana el proletariado en su lucha volverá a encontrar el contenido político de su autonomía de clase.
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Con la entrada del capitalismo en su fase de decadencia, las manifestaciones de las luchas obreras se modifican profundamente, porque los largos combates que a veces duraron años para obtener mejoras como la jornada de 8 horas, etc, pierden su sentido a causa de la imposibilidad de obtener mejoras verdaderas en un sistema que ya no puede ofrecer nada. En el periodo de decadencia, las luchas obreras se caracterizan por explosiones imprevisibles y a menudo muy fuertes, seguidas por largos periodos de calma aparente mientras se preparan nuevas explosiones.
En Italia ha siso particularmente difícil comprender esa naturaleza discontinúa de la respuesta obrera a la crisis a causa de la extraordinaria continuidad de las luchas que abrió el “otoño caliente del 69” que continuó en 70-71 el “otoño rampante” y que terminó con los últimos sobresaltos del “otoño del 72 a marzo del 73” (ocupación de la Fiat-Mirafiori). En este último periodo de lucha, los grupos extra-parlamentarios se caracterizaron claramente como perros guardianes (sindicatos) del capital y perdieron gran parte de la influencia que habían ganado en los años 69 en los sectores obreros más combativos.
“Los convenios de 1972-73 son, desde ese punto de vista, el límite extremo tras el cual los grupos no hicieron sino ir sobreviviendo” (Potere Operaio n°50, noviembre del 73).
Los grupos autónomos de fábrica tienen su origen en la desconfianza que tienen a los grupúsculos, pero esa desconfianza no llega a ser una oposición a su contenido político. Por diferentes que sean los motivos de los grupos e individuos que se han reconocido en el medio de la autonomía, existe un punto común entre todos: la tendencia a centrar sus preocupaciones en el punto de vista obrero. Sin embargo, es justamente en ese punto - la concepción clasista de la lucha política - en él que el medio autónomo falla más claramente. Junto con la desaparición o, peor, la transformación en nombres sin sentido de la gran mayoría de los grupos autónomos obreros, se vio un desarrollo increíble de una autonomía que, lejos de ser obrera, posee una sola unidad: la de la negación de la clase obrera como eje fundamental de sus preocupaciones.
Feministas y homosexuales, estudiantes angustiados por la pérdida de la ilusión de encontrar empleo en la administración local o en el profesorado, artistas “alternativos” en crisis por falta de compradores, forman un frente único para reivindicar su “especificidad” y su preciosa autonomía con respecto a la asfixiante dominación obrera en los grupos extra parlamentarios (¿¡!!). Al contrario de lo que escriben los periódicos burgueses, esos movimientos marginales no representan las “cien flores” de la primavera revolucionaria sino algunas de las mil y una trampas purulentas de esta sociedad en degeneración. El año pasado, el proceso de degeneración llegó a tal nivel que ciertos elementos más “clasistas” se ven ahora obligados a tomar ciertas distancia con respecto al medio autónomo y comenzar un proceso de crítica de las experiencias pasadas. Aunque esas tentativas sean positivas, contienen en sí mismas profundos límites: denuncian solamente las posiciones del marginalismo que son más fácilmente criticables, para oponerles oposiciones “clasistas” como posiciones obreras, sin poner en tela de juicio ninguno de los fundamentos sobre los que se basa el área de la autonomía.
Este artículo se propone, pues, ajustarle las cuentas a las bases teóricas de la autonomía y mostrar cómo el marginalismo, aunque se diga “obrero”, no es solamente su hijo bastardo y degenerado sino que representa su conclusión lógica e inevitable. Con ese fin analizaremos la teoría de la “crisis de dirección” que se encuentra a la base de todas las posiciones políticas del “Área della Autonomía”
Si el largo periodo de prosperidad de finales del siglo XIX pudo dar raíz a toda una serie de teorías sobre el paso general del capitalismo al socialismo con la elevación de la conciencia de los trabajadores, la entrada del sistema en su fase decadente con la primera guerra mundial marca la confirmación histórica de las viejas fórmulas “catastróficas” de Marx sobre el colapso inevitable de la economía mercantil. Entonces se volvió claro que una sola alternativa se plantea a la humanidad: revolución o reacción y la revolución no es “lo que tiene que hacer tal o cual proletario o aun el proletariado entero en un momento dado sino lo que se verá obligado a hacer” (Marx). Es por eso que después de la derrota de la ola revolucionaria de los años 20 y el paso de la Internacional Comunista a la contrarrevolución, los grupos revolucionarios nacientes defendieron siempre el principio marxista de que “una nueva ola revolucionaria surgiría de una nueva crisis” (Marx). Sin embargo la ausencia de resurgimientos de la lucha proletaria después de la segunda guerra mundial según el esquema de Octubre Rojo y también el período de salud del capital debido a la reconstrucción después de la guerra, dispersó a esas pequeñas fracciones condenándolas en la mayoría de los casos a desaparecer.
Como producto de ese nuevo período, se vieron surgir nuevas teorías que pretendían superar la visión marxista de las crisis y, como lo hacía el grupo “Socialismo ou Barbarie”[2] en Francia, afirmaban que el capitalismo había superado sus contradicciones económicas. Las conclusiones anti-marxistas de “Socialismo ou Barbarie” se propagaron a través de toda una serie de grupos entre los cuales uno de los más conocidos fue sin duda la Internacional Situacionista.
Mayo del 68 fue el canto del cisne de esa posición: la reaparición del movimiento obrero en la escena de la historia, cuando la crisis no se había desplegado todavía con toda su amplitud, hizo creer a esos infelices que el movimiento no tenía base económica: “Respecto a los escombros del viejo ultra-izquierdismo no trotskista (…) ahora que han reconocido una crisis revolucionaria en Mayo, les queda probar que había allí, en la primavera del 68 esa crisis económica invisible. Tratan de hacerlo sin temer el ridículo, publicando curvas sobre el aumento del desempleo y de los precios”. Internationale Situationniste n° 12-Diciembre de 1969.
Efectivamente, para los teóricos de la “Sociedad del espectáculo”, sólo una crisis espectacular podía ser visible. Los marxistas, en cambio, no necesitan esperar que la evidencia de las cosas se imponga en las portadas de la prensa o llegue a penetrar en el cerebro de los notables de la burguesía, para reconocer y saludar la inminencia y la amplitud de la nueva crisis. Aunque estuviesen alejados del centro del mundo capitalista, un puñado de compañeros, en Venezuela, “ultra-izquierdistas” escribía en Enero de 1968 en su revista, Internacionalismo: “El año 67 nos dejó la caída de la libra esterlina y 68 nos trae las medidas de Johnson (…). No somos profetas y no pretendemos saber cuándo y de qué manera los acontecimientos futuros van a tener lugar. En cambio estamos seguros de que es imposible detener el proceso que atraviesa actualmente el capitalismo con reformas o devaluaciones, o con otro tipo de medidas económicas capitalistas y que inevitablemente, ese proceso lo conduce hacia la crisis. Así mismo, el proceso inverso, el del desarrollo de la combatividad de la clase, que esta surgiendo actualmente, va a conducir al proletariado a una lucha sangrienta y directa con vista a la destrucción de los Estados burgueses”.
La irrupción en la escena histórica de la clase obrera a partir de 1968 les quita a los partidarios de la “fiesta revolucionaria”, toda posibilidad de hablar en su nombre: en 1970, la Internacional Situacionista se disuelve en una orgía de exclusiones recíprocas; a partir de allí, las explosiones periódicas de revueltas que expresa la descomposición de la pequeña burguesía no lograron nunca constituir ni siguiera una Internacional Situacionista. Todas las expresiones posteriores sólo lograron ser puro folklore.
La entrada en la escena histórica de la clase, además de la desaparición de los situacionistas y de los diversos “contestatarios”, impone renovar las teorías sobre el control de la crisis para tomar en cuenta la nueva realidad. En vez de negar simplemente la posibilidad de la crisis (¿cómo se podría hacer eso ahora?) se revaloriza el lado activo de la tesis: puesto que el capitalismo controla la crisis económica, lo que le abre paso a la verdadera crisis económica es la crisis de eso control mismo con la ayuda de la acción obrera[3].
Ese tema, que ya estaba presente en los últimos textos de los situacionistas entre las cartas pastorales sobre la “crítica de vida cotidiana”, se convierte en el eje de las posiciones de nuestros nuevos “social-bárbaros” que serán pues “marxistas” y “obreros”. Es significativo que en Francia, la tentativa abortada de creación sobre esta base de una “izquierda marxista por el poder de los consejos de trabajadores” en 1971 haya surgido del grupo “Poder Obrero”, heredero “marxista” de “Socialismo ou Barbarie”.
En Italia, esas posiciones las expresaba fundamentalmente el grupo “Potere Operaio” y vamos a analizar esas concepciones[4].
El grupo parte del reconocimiento del carácter todo poderoso del “cerebro teórico del capital”, manipulador experimentado de una sociedad sin crisis: “después de 1929, el capital aprende a controlar el ciclo económico, a apoderarse de los mecanismos de la crisis, a no dejarse aplastar y a utilizarlos de manera política contra la clase obrera”, para proponer esta solución: “el objetivo estratégico de la lucha obrera más dinero y menos trabajo lanzado contra el desarrollo, ha verificado el teorema del cual partimos hace diez años: introducir un nuevo concepto de crisis del Estado del capital, ya no crisis económica espontánea por sus contradicciones internas, sino crisis política provocada por los movimientos subjetivos de la clase obrera, por sus luchas reivindicativas”[5].
Después de haber negado que “una nueva ola revolucionaria vendrá solamente después de una nueva crisis”, todavía queda por explicar por qué esta subjetividad obrera decidió despertarse en 1968-69 y no, por ejemplo, en 1954 o 1982. Las explicaciones sobre los orígenes del ciclo de las luchas revelan toda la incomprensión, o, mejor dicho, el desconocimiento, por parte de Potere Operaio, de la historia del movimiento obrero.
La derrota de los años 20, la expulsión y luego la exterminación de los compañeros por la Internacional pasada a la contrarrevolución, todo eso no existe según Potere Operaio, puesto que todo eso sale de los limites de la fábrica. Para PO, el hecho central es la introducción del trabajo en cadena, que “descalifica a todos los obreros, y hace retroceder la ola revolucionaria” y sería solamente en los años 30, por no haber comprendido la reestructuración del aparato productivo que se hizo en base a las teorías económicas de Keynes, cuando las organizaciones históricas se encontraron supuestamente “al interior del proyecto capitalista”. Después de haber planteado así el problema, después de haber rechazado la experiencia histórica de la clase, no vale la pena preguntar porqué fue solamente en 68 que los obreros aprendieron “(…) que una nueva sociedad y una vida nueva son posibles, que un mundo nuevo, libre, están al alcance de la lucha”. Bastará con responder: ”¿En dónde están esas condiciones objetivas si no es en la voluntad política subjetiva, organizada, de recorrer hasta el final la vía revolucionaria?” (PO n° 38-39 mayo de 1971). Sobre tal base, la proposición organizativa que PO le hace a todas las vanguardias no podrá más que fundarse en el desprecio más absoluto de toda la autonomía real de la clase obrera que se considera como cera blanda en las manos del partido que, para gran consolación, “se sitúa dentro de la clase”: “Hemos combatido siempre la basura oportunista que llamaba espontaneismo” a la espontaneidad, en vez de llamar impotencia a su propia incapacidad para dirigirla y a doblegarla a un proyecto organizativo, o una dirección de partido” (PO n° 38-39 pág.4,).
El centro de las contradicciones de PO es que, cuando habla del partido como fracción de la clase, no se refiere a la organización que se agrupa alrededor de un programa claro, una base política clara, a los elementos más concientes que se van a formar en las luchas obreras, independiente de su origen social; se refiere a una capa, a un porcentaje de la clase que, desde un punto de vista sociológico, es “el obrero-masa, la vanguardia de masa de la lucha contra el trabajo”. El menchevique Martov defendía contra el bolchevique Lenin la tesis de que “cada huelguista es miembro del Partido. Los “bolcheviques” de PO renovaron a Martov: “Cada huelguista duro es miembro del partido”. El Partido no es más que un gran comité de base y su único problema es el someter a la hegemonía del “obrero-masa” la pasividad y la resistencia de ciertas capas de la clase.
Para despertar a los obreros, hay que darles el plan organizativo ya listo: “¿Por qué (…) tiene el sindicato todavía en manos la gestión de las luchas? Solamente a causa de su superioridad organizativa. Se trata pues de un problema de gestión. Un problema de realización de un mínimo de organización a partir del cual la posibilidad de gestión del combate es creíble y aceptable”. Cuando se superpone el Partido a las fracciones combativas de la clase, es inevitable que, frente al reflujo progresivo del combatividad, el Partido se substituya cada vez más a la clase, en una progresión “completamente subjetiva de ascetismo y de militarización”.
Las luchas obreras del otoño del 72 que se terminaron con la ocupación de la Fiat-Mirafiori en marzo del 73 provocaron, por un lado, una pérdida de credibilidad de los grupúsculos izquierdistas entre los obreros (lo que condujo a la extensión de organismos autónomos) y, por otro lado a la crisis interna de PO. Se critica la línea hipervoluntarista y militarizada porque teoriza que: “la estructura militar es la única capaz de llevar acabo una labor revolucionaria, negando la lucha de la clase y el papel político de los comités obreros”. (PO n° 50, noviembre del 73).
Sin embargo, esa denuncia no llega a atacar las bases teóricas de esa degeneración y se presenta más bien como reafirmación de las tesis de PO que como una critica de éstas.
Efectivamente, a lo que se asiste es a una renovación de la vieja tesis para explicar en cierto modo por qué, en ausencia de luchas obreras, las crisis se va a agravar en todos los países: si antes, se insistía sobre la crisis provocada por las vanguardias, ahora la tesis que tiene más posibilidades de ganar, es la tesis de la crisis provocada “a propósito” por los capitalistas. “Los capitalistas gritan y eliminan la crisis económica cada vez que les parece necesario, siempre con el fin de derrotar a la clase obrera” (“De las luchas al desarrollo de la organización autónoma obrera” de las Asambleas autónomas Alfa-Romeo y Pirelli y Comité de lucha Sit-Siemens, mayo del 73).
Una vez más, se rehúsa sacar un balance de la experiencia histórica del proletariado conformándose con “reírse justamente de la forma del partido propia de la Tercera Internacional”. Cuando la clase reflexiona sobre su propio pasado, no lo hace para reírse de él o para llorar sino para comprender sus errores y, en base a sus experiencias, trazar una línea que sea de clase y de demarcación del enemigo de clase. El proletariado revolucionario no se “ríe” del “marxismo-leninismo trasnochado de Stalin” para glorificar mejor al “renovado” por Mao Tsé Tung: los denuncia a los dos como armas de la contrarrevolución. Es justamente eso lo que nuestros neo-autonomistas no quieren hacer: “Desde ese punto de vista, rechazamos la distinción dogmática (?!) entre leninismo y anarquismo: nuestro leninismo es el “Estado y la Revolución”, y nuestro marxismo-leninismo es el de la revolución cultural china” (PO n° 50, pág.3).
¿Cuál es, en conclusión, el papel de los revolucionarios?
“Debemos ser capaces de reunir y organizar a la fuerza obrera, no substituirnos a ella”[6]. Esta frase representa el límite infranqueable que la Autonomía Operaia no pudo superar jamás, es decir, considerar substicionistas solamente a las concepciones según las cuales la revolución la hacen los diputados con reformas o los estudiantes “militarizados” con los cocktails molotov. En cambio, es substitucionista aquel que niega la naturaleza revolucionaria de la clase obrera, con todo lo que eso significa. Cuando se dice que la tarea de los revolucionarios es la de organizar a la clase, se niega justamente la capacidad de la clase para auto-organizarse con respecto a todas las otras clases de la sociedad. Los consejos obreros de la primera ola revolucionaria fueron creados espontáneamente por las masas proletarias; lo que Lenin hizo, después de 1905 no fue organizarlos, sino reconocerlos y defender en su seno las posiciones revolucionarias del Partido.
Si “la organización, el Partido, se basa hoy en la lucha”, una vez que la lucha se ha terminado, ¿Cómo se puede justificar la supervivencia de ese partido sin caer en el substitucionismo? Las vanguardias, los revolucionarios, no se agrupan alrededor de la lucha sino alrededor de un programa político y es sobre la base de éste que, como producto de las luchas, se convierten a su vez en factor activo de éstas, sin depender de los altibajos del movimiento, ni querer llenarlos con su obra “organizativa” llena de buena voluntad. La incapacidad de ver que clase y organización revolucionaria son dos realidades distintas pero no opuestas, se encuentra a la base de las concepciones substitucionistas que, todas, identifican partido y clase. Si los leninistas identifican la clase al partido, los autónomos (descendientes inconscientes del consejismo decadente) no hacen más que poner las cosas al revés al identificar el partido con la clase. Esta incapacidad es el síntoma de una ruptura incompleta con los grupos izquierdistas y eso se expresa de manera evidente en la Asamblea Autónoma de Alfa-Romeo, que llega a teorizar un reparto de tareas según el que, los grupos políticos hacen las luchas políticas (es decir: derechos políticos y civiles, anti-fascismo, en pocas palabras: todo el arsenal de mistificaciones anti-obreras) y los organismos autónomos, las luchas en las fábricas y las oficinas. Todo eso es lógico para aquellos que piensan que: “la capacidad de sacar de la cárcel a Valpreda mediante el voto se convertía en un momento de lucha victoriosa contra el Estado burgués (¡)” (Alfa-Romero; diario obrero de la lucha 1972-73, por la asamblea autónoma, Octubre de 1973).
Como lo hemos visto, la Autonomía Operaia partía de bases un poco más confusas que PO, cuando los cambios de situación le exigían que fueran mucho más claras. Todos esos empujes proletarios que expresaban, con confusión, una reacción sana a la práctica .. miserable de los izquierdistas, estaban destinados a dar vueltas sobre sí mismos y a perderse si se quedaban dentro de ese marco confuso.
“En Italia, las jornadas de Marzo de 1973 en Mirafiori son la sanción oficial del paso a la segunda fase del movimiento, de la misma manera que las jornadas de la Plaza de Estado fueron la primera fase. La lucha armada preconizada por la vanguardia obrera en el movimiento de masa constituye la forma superior de la lucha obrera… El deber del partido es el de desarrollar en una forma molecular, generalizada y centralizada, esta nueva experiencia de ataque”. (PO Noviembre del 73). Con esas palabras llenas de ilusiones beatas en la “formidable continuidad del movimiento italiano”, PO anunciaba su propia disolución en el “Área de la autonomía” y la inminente centralización de esta área como: “fusión de voluntad subjetiva, capacidad de combatir el ciclo de las luchas dominadas por la patronal y por los sindicatos, para imponer, al contrario, la iniciativa del ataque” (PO n° 50, 1973). Como se puede ver, la regla cambia pero las viejas ilusiones sobre la posibilidad de poner en pié ciclos de luchas obrera por pura voluntad mueren difícilmente. Pero para las ilusiones, Mirafiori 73 no fue el trampolín hacia la extensión de un nuevo nivel de la lucha armada sino el último sobresalto del movimiento antes de entrar en un largo periodo de reflujo. ¿Cómo explicar esa interrupción en la formidable continuidad del movimiento italiano? Recordando que es ésta una de las características típicas de las luchas obreras hoy en día, luchas que se desarrollan dentro del marco del capitalismo decadente, incapaz de mejorar en general las condiciones de vida de los trabajadores. Además, hasta las migajas que dieron durante el “boom” de la reconstrucción después de la segunda carnicería mundial, fueron recuperadas; la crisis económica abierta desde los años 60 vino a agudizar esta situación.
Con el primer hundimiento verdadero de la economía italiana, que ocurre justamente en 1973, el margen de maniobra, ya estrecho, de los sindicatos para pedir aumentos de salarios se estrecha de manera draconiana (es en ese momento que se derrumban las últimas ilusiones sobre un sindicalismo combativo, autónomo con respecto a los partidos, y sobre el papel de los consejos de fábricas). Cada vez más a menudo, las huelgas aunque sean largas y violentas se terminan sin que ninguna de las reivindicaciones de la clase obrera haya sido obtenida; en pocas palabras: los obreros descubren, derrota tras derrota, que para defender sus condiciones de vida, hay que atacar ahora directamente al Estado y que los sindicatos forman parte del mecanismo de éste. Para caracterizar esta fase que, con particularidades diferentes, se presentó en todos los países industrializados, hemos dicho a menudo que era como si la clase retrocediera frente a esos nuevos obstáculos para coger más vuelo. Esos años de pasividad aparente fueron años de maduración subterránea y el que creía que ese reflujo sería eterno, puede esperarse a tener algunas desilusiones. En realidad, la dificultad para defender victoriosamente sus propias condiciones de vida puede desorientar y desmoralizar a los obreros, pero, a la larga, los echará de nuevo a la lucha, con una rabia y una determinación cien veces mayor.
Frente al reflujo, las respuestas de la “autonomía” son esencialmente de dos tipos:
1. La tentativa voluntarista de contrarrestar el reflujo con un activismo cada vez más frenético y cada vez más “susbtitucionista” respecto a la clase.
2. El traslado gradual de la lucha, de la fábrica a nuevos terrenos de combate, “superiores”, claro.
Sobre esta diferenciación progresiva entre los “duros” y los “alternativos”, titubea y se quiebra el proyecto de centralización del “Área de la Autonomía” que ambiciosamente sacaron en el momento en que PO se fundía dentro de la constitución de Coordinadora nacional. Esas dos líneas fueron, a grandes rasgos, el terreno sobre el cual se desarrollaron las dos desviaciones simétricas, el terrorismo y el marginalismo, que terminan siempre confundiéndose.
Sin tener la pretensión de analizar a fondo esos dos “filones”, sobre los cuales volveremos a hablar seguramente, es importante demostrar que son el desarrollo lógico de su origen obrerista y no su negación.
“Cuando la lucha obrera empuja al capital a la crisis, a la defensiva, la organización obrera debe de tener instrumentos técnicamente preparados (sub. nuestro), sólidos, con los cuales se podrá extender, reforzar y empujar la voluntad de ataque de la clase … provocar, organizar la revolución ininterrumpida contra el trabajo, determinar y vivir, ya momentos de liberación …Tal es la tarea de la vanguardia obrera y nuestra concepción de la dictadura”. 6
Como se ve ya, Potere Operaio expresa claramente las posiciones de fondo están a la base de su “línea terrorista”.
1. Por una parte, la visión de la crisis como impuesta por la lucha de clases.
2. Por otra parte, la concepción de revolucionarios organizadores técnicos de la lucha de la clase; es por eso que les es necesarios “llegar a cierto tipo de organización” para ser creíbles cara a la clase obrera y poder rivalizar con los sindicatos en el terreno de la “gestión” de las luchas.
A medida que la oleada del 68 se deshilacha, se aumentan los “trucos” que un buen técnico de la guerrilla en fábricas tiene que conocer para conducir a sus compañeros de trabajo hacia la “tierra prometida”. Así nace y se desarrolla la mística de la “encuesta obrera”, es decir, del estudio, por parte de la vanguardia, de la estructura de la fábrica y del ciclo productivo para descubrir sus puntos débiles: bastará con tocarlos para bloquear el ciclo entero y “trancar” a los patronos. Pero, como de costumbre, lo que es bueno no es nuevo y lo que es nuevo no es bueno. La idea de golpear sin preaviso en el momento y en el lugar en donde causará más perjuicio a los patrones sin que haya muchas pérdidas para los obreros, esto no es una idea sino un descubrimiento práctico para la clase y tiene un nombre preciso: huelga salvaje. Lo que es nuevo es la idea y esto sí, no es más que una idea de que la huelga salvaje puede ser programada por las vanguardias, lo cual es una contradicción en los términos.
Se nos podría responder que todo eso es verdad pero que si no se conoce la fábrica, no se pueden unir las luchas de los diferentes servicios, se pierde uno, etc… Muy justo, pero no es seguro que sea con los “estudios” nocturnos de algunos militantes con lo que los obreros, los pintores de pistola, por ejemplo, aprenderán a orientarse en el taller de carrocería o en el de prensas. Es en el curso de la lucha en el que la clase resuelve prácticamente el problema de las rejas: arrancándolas.
Ese punto, que podría parecer secundario, muestra claramente que esa visión técnico-militarista considera la lucha de la clase bajo un ángulo erróneo. No es el hecho de tener en cada grupo a compañeros con planos de la fábrica en la mente lo que permite la unificación de las luchas; es la exigencia de unificarlas para salir de los callejones sin salida de las luchas sectoriales, lo que empuja a la clase a superar los obstáculos que se oponen a esa unificación. Para salir en manifestación y llamar a los obreros de otras fábricas, lo fundamental no es saber dónde está la salida sino haber comprendido que sólo la generalización de las luchas puede llevar a la victoria. En realidad, los obstáculos más temibles no son las rejas sino los que, dentro de la clase, se oponen con su demagogia a la maduración de la conciencia. El verdadero muro que hay que derrumbar es el que fabrican día tras día los delegados sindicales, los activistas de los partidos y de los grupúsculos “obreros”, es el muro invisible pero sólido que encierra al proletariado dentro del “pueblo italiano” y lo separa de sus hermanos de clase del mundo entero, es la cadena viscosa que lo liga a la suerte de la economía nacional en dificultad. Despojar esos obstáculos de sus disfraces demagogos y extremistas, denunciar su naturaleza contrarrevolucionaria, es ése el papel específico de los revolucionarios en la fábrica y fuera de ella, es ésa su contribución indispensable para forjar esa conciencia y esa unidad de clase que echarán abajo muchas otras puertas que las de Fiat (está claro que esto no tiene nada que ver con la idea que haría de los revolucionarios “consejeros” de la clase)
Se ha vuelto ahora tópico ver en las publicaciones de la Autonomía una crítica de las Brigadas Rojas porque “exageran” con su militarismo porque se cortan de las masas etc… lo que han hecho sencillamente las Brigadas Rojas es recorrer hasta el final la pendiente inclinada del voluntarismo en la tentativa imposible de responder con un “salto cualitativo” de las vanguardias a las nuevas dificultades del movimiento de clase.
El hecho de que todas las críticas de Autonomía Obrera a las Brigadas Rojas no hayan sido nunca sino las habituales lamentaciones oportunistas sobre el carácter prematuro de ciertas acciones, etc…, sin llegar nunca a lo esencial, no es pura casualidad; las raíces de esto se encuentran en las teorizaciones mismas de Autonomía Obrera: “Una teoría insurreccional ´Clásica´ ya no es aplicable a las metrópolis capitalistas; se revela superada así como está superada la interpretación de la crisis en términos de colapso …. La lucha armada corresponde a la nueva forma de crisis impuesta por la autonomía obrera así como la insurrección fue la conclusión lógica de la vieja teoría de la crisis como colapso económico”. (PO: Marzo de 1973)
No se puede rechazar el marxismo en nombre de la voluntad subjetiva de las masas y luego atreverse a criticar seriamente a aquéllos que, después de haberse autoproclamado “Partido combatiente” tratan de acelerar el curso de la historia aportando a las masas un poco de su propia “voluntad”. El militarismo de las Brigadas Rojas no es más que el desarrollo coherente y lógico del activismo obrerista de las demasiada célebres “encuestas obreras”.
Falta constatar que durante estos últimos meses tanta coherencia y previsión no impidió a las Brigadas Rojas el tener que perseguir, a golpes de comunicados y de llamados, a los jóvenes que sedujo el “partido del P.38” y a quienes no les pareció necesario pasar por las Brigadas Rojas para pasar a la lucha armada. Se podría hablar de aprendices de brujo incapaces de controlar fuerzas desencadenadas imprudentemente. Nada es más falso: esa incapacidad para controlar a los pistoleros metropolitanos es la prueba evidente de que no fue la “acción ejemplar” de las B.R. sino el proceso inexorable de la crisis económica lo que provocó la desesperación de amplias capas de la pequeña burguesía.
Los “destacamentos” de acero del “partido armado”, los “perros furiosos” del P.38 no pueden imponer nada, ni para bien ni para mal. Es la lógica de los hechos lo que los ha impuesto, será la lógica de los acontecimientos lo que los barrerá.
Mientras los “duros” se militarizan para substituirse al movimiento de reflujo en las fábricas, la mayor parte del movimiento autónomo anda en búsqueda de atajos más transitables hacia el comunismo. Dicho y hecho: el movimiento no está en reflujo, no señor. Lo que ocurre es que está atacando por otro flanco para despistar a los patronos. Y así, el “territorio” se convierte en el lugar “mágico”, “nueva dimensión de la Autonomía Obrera”.En realidad, el traslado de la lucha hacia el “nivel social” no facilita en absoluto el “desbordamiento de la iniciativa obrera de la fábrica hacia el territorio”. La lucha contra el aumento de los precios, de los alquileres y en general la lucha de los barrios, tiene que basarse en toda la población de los barrios. Efectivamente, sería absurdo y no podrían durar mucho tiempo que fueran solamente las familias obreras quienes practicaran la autoreducción del precio de la electricidad. Esto significa que la autonomía obrera, lejos de extenderse, va al contrario, a verse arrastrada por la pequeña burguesía e inmovilizada en medio y por la población. La tan alabada generalización de la lucha resulta ser el paso de la lucha por la defensa de las condiciones materiales de vida por los obreros a la lucha por derechos como ciudadanos.
La realidad histórica de las explosiones obreras es muy diferente: no hace surgir comités populares e interclasistas. Con su dinámica interna de clase, el proletariado, en los momentos cruciales de la lucha, encuentra en sí mismo la fuerza para superar los límites asfixiantes de la fábrica y de anunciar a sus patronos y servidores ese desbordamiento futuro al cual no podrá suceder ningún “regreso a la calma”. Petrogrado en 1917, Polonia en 1970, gran Bretaña en 1972, España en 1976, Egipto en 1977; es siempre en las grandes concentraciones obreras en donde se ha realizado la unificación del cuerpo colectivo del proletariado y la división del “pueblo unido” en dos campos distintos y opuestos.
Así pues, la lógica misma de esos diferentes movimientos “autónomos” ha sido la de una disolución progresiva del movimiento de las luchas en las fábricas, en las luchas pequeño burguesas y marginales.
Desde el territorio como “área de recomposición de Autonomía Obrera” a los círculos del proletariado joven, del poder obrero al poder de los “indios metropolitanos”, la trayectoria es conocida. Cada capa de la pequeña burguesía, atropellada por la crisis, se erige en “fracción de clase” y enarbola la bandera de su propia “autonomía”. Tomemos sólo un ejemplo, el del feminismo. En Italia, su “desarrollo de masas”, como el de todos los movimientos marginales, está ligado precisamente a la “crisis de los grupos” (izquierdistas), con la decepción que marca el reflujo de la lucha de clases, cuando el comunismo estilo “todo y en seguida” no vino a plantarse como el espíritu santo en las frentes voluntarias de los obreros de la Fiat-Mirafiori.
Al igual que todas las concepciones idealistas, el feminismo cree que son las ideologías las que determinan la existencia y no lo contrario. Es por eso que bastaría con negarse a efectuar las funciones impuestas para provocar la crisis de la sociedad burguesa. Cuando se trata de aplicar eso a la lucha de clase, lo que sale es simplemente una interpretación falsa (por ejemplo: es el rechazo del trabajo lo que determina la crisis económica) que se convierte en una ideología puramente reaccionaria. Es la afirmación por parte de cada capa “oprimida” de la sociedad de su propia autonomía lo que pondrá en tela de juicio la “dirección capitalista”.
No es por casualidad si la “nueva manera de hacer política” que descubrieron las feministas consistió principalmente en crear pequeños grupos de “auto-conciencia”!! Es ese el destino de cada “categoría” de la sociedad burguesa, jóvenes, homosexuales, etc): ser totalmente importantes frente a la historia y también incapaces de forjarse una conciencia histórica y terminar refugiándose en la “autoconciencia” de su propia miseria. Si el proletariado es la clase revolucionaria de nuestra época, no es porque fue convencido por los socialistas y que se acostumbró a esa idea, sino por su situación practica en el centro de la producción capitalista.
“Si los autores socialistas le atribuyen al proletariado ese papel histórico mundial, no es, como lo pretende la crítica, porque consideramos a los proletarios como dioses. Es más bien lo contrario… Lo que importa no es saber lo que piensa tal o cual proletario, o aun el proletariado entero… sino lo que se verá obligado históricamente a hacer, conforme a su ser”. (Marx y Engels “La Sagrada Familia”)
El que las mujeres no sean una capa social capaz de conducir la lucha de la clase viene, sencillamente, de que no son ni una clase, ni una fracción de clase, sino una de las numerosas categorías que el capital opone entre sí (división en razas, sexos, naciones, religiones, etc) para tratar de diluir la contradicción central que solamente el proletariado puede resolver.: “(El proletariado) no puede liberarse sin suprimir sus propias condiciones de existencia. No puede suprimir sus condiciones de existencia sin suprimir todas las condiciones inhumanas de existencia de la sociedad actual…” (Marx y Engels “La Sagrada Familia”).
Es precisamente porque se dirige a las mujeres, es decir, a una categoría que frente a la crisis se divide inexorablemente en dos, a lo largo de la frontera de clase por lo que el feminismo resulta ser para el capital una mistificación de segunda categoría, incapaz para desviar a una cantidad considerable de proletarios de la línea de combate de su clase. Para que tenga alguna utilidad, el feminismo debe ser solamente una simple carta bien barajada en el juego tramposo del capital con su mejor base. : “la alternativa popular y de izquierda”, la única capaz de desviar todavía al proletariado.
El destino de todos esos movimientos marginales está ya marcado. Durante la primera carnicería mundial, las sufragistas inglesas suspendieron toda agitación acudiendo al llamamiento del Estado burgués, para salvaguardar el interés superior de la patria, reemplazando como voluntarias a los hombres del frente. A las sufragistas modernas del capital no se los reserva una actitud menos repugnante.
Los acontecimientos de estos últimos meses han mostrado que el peligro de no ir hasta el final de la crítica no era producto de nuestra invención. En un texto distribuido en Milan que se llamaba, de manera muy significativa, “Comprender todo en seguida, volver a empezar! “, se leía:
“Si alguien tuvo ilusiones sobre el carácter inmediato y lineal del enfrentamiento, hoy eso se acabó. Muchos sectores del movimiento han enfrentado el choque de clase con una rudeza y con ilusiones insurreccionales, con formas de luchas tan rápidas y espontáneas como incapaces de plantear el problema real en el enfrentamiento. El Estado, su estructura, no se barren, como un fantasma, en un instante… Las masas compañeros ! no se movilizan en un mañana, a golpe de varita mágica.” (subrayado por nosotros) (octavilla firmada por diferentes comités obreros y comités maoístas).
Los hechos son testarudos decía Marx y esta evidencia así como la naturaleza de los perros guardianes de la “legalidad democrática” de los grupúsculos izquierdistas, ha comenzado a imponerse en el interior del movimiento. Pero el peligro está en la ilusión de que se puede comprender todo en seguida, y en volver a comenzar la misma cosa al día siguiente. “El peso de los muertos pesa en la cabeza de los vivos”. No es reconociendo simplemente que se cometieron algunos errores, sino haciendo una crítica radical, la manera como lo que queda vivo en la Autonomía obrera podrá quitarse de la cabeza y del corazón el fantasma obsesionante del obrerismo.
En las discusiones con militantes de la Autonomía Obrera, se llega siempre al mismo punto: “Está bien, tenéis razón, pero ¿qué se puede hacer?”. Compañeros, la ambigüedad cesa inmediatamente si, como elemento de la vanguardia se toman todas las responsabilidades frente a la clase. Y esto no se puede hacer más que con un programa claro y una organización militante. Pero un programa no es una plataforma sindical alternativa al “contrato social” del año. Es una plataforma política que delimita claramente las fronteras de clase que la experiencia histórica del proletariado ha evidenciado. ¿Comprender enseguida? Pero, durante mucho tiempo Autonomía Obrera apoyó a China roja, a la “lucha antiimperialista” etc. Y hoy que China se ha desenmascarado, que en Camboya “liberada” reina el terror, ¿cómo reacciona Autonomía Obrera? pues muy sencillamente, no habla más de eso. Compañeros, si no se comprende todo eso, si no se llega a integrar todos esos hechos “misteriosos” en un conjunto coherente de posiciones de clase sobre el capitalismo de estado, sobre las luchas de liberación nacional, sobre los países “ socialistas”, etc., se construye sobre arena y se engaña al proletariado.
Nuestro propósito no es hacer citas, pontificar, sino trabajar con tenacidad en lo que es hoy la tarea fundamental de los revolucionarios: el reagrupamiento internacional para preparar la batalla futura y decisiva. Llevar a cabo ese papel no significa para nosotros ir a cazar militantes para reforzar nuestras filas, sino dar de manera organizada y militante nuestra propia contribución y estímulo al proceso todavía confuso y descontinuó de clarificación que está haciéndose en el movimiento de la clase. Es esa clarificación la que reforzará las filas de los revolucionarios. No tenemos atajos que ofrecer; no existen. Si alguien tiene todavía la ilusión de que es posible transformar cualquier coordinación de los comités de base en partido revolucionario, se le pasará rápido; ya se ha perdido demasiado tiempo.
BEYLE
(Publicado en RIVOLUZIONE INTERNAZIONALE, N° 8 de Abril 1977 y N° 10 de Septiembre de 1977)
[1] El área de la autonomía se puede comprender como la zona de influencia de las ideas autónomas en que se mueven sus diferentes elementos
[2] Escisión del trotskismo en los años 50.
[3] Para un análisis de la interpretación marxista de la crisis, ver el folleto “La decadencia del capitalismo”
[4] No queremos sostener que haya una descendencia directa entre “Socialismo ou Barbarie” y “Potere Operaio”; lo que es interesante, en cambio, es subrayar que las posiciones que los militantes y simpatizantes de PO han comprendido siempre como producto de la reanudación de la lucha de clases, no son más que versiones obreristas de las viejas posiciones en degeneración que florecieron sobre la derrota de la clase obrera. Por otra parte, hay que recordar que PO fue el único grupo italiano que expresó, aunque fuera de manera muy confusa, esa reanudación de la lucha obrera y que su infortunado fin no debe olvidar que los otros grupos terminaron en el parlamento.
[5] Las citas provienen del panfleto “Alle avanguardie per il Partito”, elaborado por el secretario nacional de PO en Diciembre de 1970.
[6] Las citas provienen del panfleto “Alle avanguardie per il Partito”, elaborado por el secretario nacional de PO en Diciembre de 1970.
Más de 10.000 muertos en un año. Cada día, durante meses y meses, la constante repetición de manifestaciones y de la represión; el país entero paralizado por la huelga casi general de los obreros petroleros; y además la de los hospitales y los bancos, los transportes y la prensa. Escuelas y Universidades cerradas. Advertencias amenazando con la intervención por parte de las grandes potencias. Evacuaciones de súbditos extranjeros. Vacilaciones y componendas del ejército y del Sha, de la oposición religiosa y del Frente Nacional. Estos son los acontecimientos que han revelado abiertamente la descomposición social, la crisis política y la parálisis del sistema, que no son sino la plasmación, en un país, de las características y las perspectivas de la situación actual del mundo capitalista en su conjunto.
LA CRISIS MUNDIAL
Empezando por lo económico, el mito del Irán, que se ha puesto como ejemplo, durante años, de nación en desarrollo, a la que el Sha prometía el 5° puesto mundial para finales de siglo, se ha desmoronado cual castillo de naipes.
En 1973, por vez primera, el déficit exterior crónico de Irán quedaba anulado, y en 1974, las exportaciones superaban a las importaciones en un 52 %. Este salto hizo entonces creer en un "despegue" económico, lo cual también se decía del Brasil. Por fin, se decía, se ve a un país del Tercer Mundo con posibilidades de salir del subdesarrollo. Pero pronto se disipó la ilusión con un excedente comercial rebajado al 23% desde 1975. De hecho, al depender en un 96% del petróleo en la exportación, Irán no había hecho sino beneficiarse de la coyuntural multiplicación por cuatro del precio del petróleo. Esto no era en absoluto el resultado de las ganancias sobre un producto que hubiera escaseado de repente en el mercado, como así intentaron hacer creer con lo de la "penuria" petrolera, sino que fue resultado de un alza de precios procurada por los Estados Unidos y sus grandes compañías para poner orden, en su provecho, en el mercado supersaturado del oro negro. Con este alza, en efecto, los Estados Unidos, al ser también uno de los principales productores petroleros, presionaban con el racionamiento a sus aliados y a la vez, contrincantes, Europa y Japón, volviendo la producción americana más competitiva en el mercado mundial a la vez que les hacían pagar el armamento de los países petroleros, o sea con los Eurodólares pagados a la OPEP por el petróleo.
La "nueva riqueza" de los países productores de petróleo pronto iba a ceder ante la agresividad de una competencia encarnizada resultante de la sobreproducción mundial en todos los sectores y en particular el del petróleo, obligando a Irán a rebajar sus ambiciones de grandeza y a concentrar esfuerzos en los sectores vitales de la economía nacional. El "despegue" iraní ha sido humo de pajas. No tuvo el impulso juvenil de un capital nacional en plena salud, sino que fue un sobresalto en los estertores agónicos del capitalismo mundial. Ya no se trata ahora en Irán de prosperidad. Lo que está en el horizonte es una deuda exterior en aumento por las compras masivas de armamento ultrasofisticado y por la entrega de fábricas "llave en mano", fábricas que la burguesía ha sido incapaz de hacer funcionar de verdad.
En lo político también, la burguesía iraní, cuyo poder descansa por completo en el ejército, única fuerza capaz en un país subdesarrollado de mantener mínimamente cohesionado el Estado, dispone de un margen de maniobra cada vez más limitado. La monarquía del todopoderoso sha ya no era un feudalismo atrasado y anacrónico que la burguesía podía quitarse de encima para ir hacia adelante, sino una ejemplar forma de capitalismo de Estado concentrado, originado por la debilidad histórica y estructural del capital nacional. La evolución de Irán, marcada por los intentos de "modernización" y la separación de los sectores arcaicos del aparato productivo, únicos sectores del "desarrollo" y la ganancia, es algo irreversible.
Ninguna política de la burguesía puede hoy cuestionar el papel preponderante del ejército y la orientación de la economía nacional hacia el único y limitado recurso de que dispone en el marco de la economía mundial. En un régimen así, típico de los países subdesarrollados, todo tiene que importarse, y los "negocios" se hacen con el dinero de las exportaciones, con todo lo que eso acarrea: compadreos, malversaciones de fondos y tráficos diversos... De ahí surgen los enfrentamientos interburgueses, pero éstos no pueden realmente cuestionar la fuente de recursos y el funcionamiento del sistema. Ninguna política burguesa puede oponerse de verdad a la eliminación de los sectores no rentables del aparato productivo sin agudizar aún más la quiebra del sistema. Por estas razones, no hay ninguna alternativa estable real y a largo plazo, a la crisis que ha provocado el movimiento y revuelta de todas las capas y clases de la población. Lo único que es capaz de proponer la burguesía, en última instancia, es la metralla y las matanzas a repetición contra las masas pauperizadas y en revuelta. La oposición entre la Iglesia chiíta y el Frente Nacional sólo estriba en la manera cómo usar el Estado y el ejército para llevar a cabo lo único que les interesa en la situación actual, o sea, encontrar los medios adecuados para volver a poner en marcha al país.
La alternativa de una "Revolución de 1789" en Irán, planteada por toda una propaganda dispuesta a dar sus buenos consejos y su apoyo al poder burgués sacudido por la crisis no es más que patraña. En plena crisis mundial del sistema, ya no queda sitio para la prosperidad y el desarrollo en el marco del capitalismo. La historia de Irán de los 50 últimos años está totalmente marcada, no por el feudalismo al que podría oponerse la burguesía hoy con perspectivas progresistas, sino por la decadencia capitalista, por la contrarrevolución que siguió a la ola revolucionaria de los años 1917-23 y por el reparto del mundo surgido de la Segunda Guerra Mundial. Cuando el general de cosacos Reza Jan, padre del Sha actual, tomó el poder en 1921 y se hizo coronar emperador en 1925, la era de revoluciones burgueses se había cerrado y el régimen se instauraba con la bendición de los "aliados" y sobre las ruinas de una guerra generalizada y la derrota del proletariado mundial. Tras haberse tambaleado durante la segunda carnicería mundial por su inclinación hacia las potencias del Eje, el régimen fue puesto en pie de nuevo por los vencedores occidentales tras el reparto de Yalta entre Este y Oeste, y más tarde el orden sería restaurado en provecho de aquéllos, apoyando al Sha contra Mosadegh, cuyo nacionalismo se adaptaba mal a sus intereses.
La crisis iraní queda totalmente enmarcada por sus características históricas, económicas y políticas, en la crisis mundial del sistema capitalista.
DESCOMPOSICIÓN SOCIAL, CRISIS POLÍTICA Y LUCHAS OBRERAS.
La crisis del sistema, al minar todos los medios de subsistencia de capas y clases que componen la sociedad, provoca la quiebra y la descomposición social. Al replegarse cada vez más en lo esencial que asegura el mantenimiento de su poder, la burguesía se incapacita para dar soluciones materiales a la situación. Al contrario, los salarios y el número de obreros, los subsidios y los míseros recursos de supervivencia de parados y sin trabajo, las salidas para estudiantes, las ganancias del pequeño comercio, las inversiones no rentables, todo va siendo irremediablemente laminado por la burguesía. Entonces las contradicciones sociales acaban apareciendo a las claras. Y para empezar, en la misma clase dominante, en la cual los métodos chanchullescos, los apaños y la corrupción sistemática de los que tienen las riendas del poder van a provocar la ira de los que quedan fuera. Por otro lado, la miseria aumenta y con ella la masa de individuos pauperizados, se acumula el descontento que lleva a la revuelta. Frente al poder estatal reducido e identificado a una pandilla de hampones, cuando convergen todas esas condiciones, el levantamiento de la población surge aún más amplio y más decidido. Pues cuanto más débiles y debilitados por la crisis son los cimientos de la dominación de clase tanto más esa dominación aparece arrogante y descaradamente impuesta. Como en Nicaragua contra el dictador Somoza, en Irán la ira y la indignación se cristalizaron contra el Sha, su familia, su policía política. Igual que en Nicaragua, contra "todo el pueblo" agrupado en manifestaciones contra el tirano, el régimen contestaba sistemáticamente con la represión y el ejército, dejando cada vez un montón de muertos por las calles (en Septiembre, en Teherán, de 3000 a 5000 muertos en un día). Pero cuando surgieron las huelgas, primero en las plantas petrolíferas y luego en los demás sectores, la burguesía tuvo que ceder a las reivindicaciones salariales de los trabajadores (hasta el 50% de aumento) para que volviera a arrancar la producción. Y para asegurarse de esto, el ejército ocupó los centros petroleros, implantó la ley marcial, prohibió los agrupamientos, detuvo a los "cabecillas" de la huelga. Y las huelgas volvieron esta vez contra la represión y el ejército, parando de nuevo la producción, dando así un nuevo impulso vigoroso al movimiento.
Esta vez, y esto no ocurrió en Nicaragua, al asalto al símbolo del poder capitalista, el ejército, se le añadía una parálisis de las bases mismas de ese poder. La reivindicación contra el Sha, al principio puras buenas intenciones utilizadas en sus maniobras por las oposiciones de la Iglesia Chií y del Frente Nacional, a lo cual el gobierno podía responder con la represión, se volvió un problema vital para la burguesía desde el momento en que sus beneficios quedaban cuestionados por las huelgas. La clase obrera, que aparecía bien diferenciada del "pueblo", demostraba ser una fuerza capaz para resistir a los ataques de la burguesía. En medio de reivindicaciones de capas y clases con motivaciones e intereses tan divergentes como los de los burgueses medio arruinados de los Bazares o abrumados por los abusos de la camarilla del Sha, los vagabundos en la miseria total, los estudiantes sin posibilidades de carrera, la pequeña burguesía indecisa y fluctuante, la clase obrera, en cambio, defendía colectivamente, apoyada en bases materiales, sus intereses, plasmando al mismo tiempo las aspiraciones de las capas arruinadas y pauperizadas de la sociedad.
Al revés que la pequeña burguesía y capas intermedias, las cuales, al dispersarse en una multitud de intereses particulares, sólo pueden llevar el movimiento hacia la sumisión o la revuelta desesperada, la clase obrera, por el contrario, agrupada en un cuerpo colectivo, en el centro mismo de la producción capitalista, puede ofrecer resistencia antes de ir construyendo la única y real alternativa histórica, la destrucción del capitalismo. Esta es la realidad de lo que está ocurriendo en Irán, detrás de las cortinas de humo de los llamamientos a Alá y a su profeta Jomeini para que intervengan, o de los trazos más o menos dudosos del Frente Nacional.
"La clase obrera no tiene ideal por realizar, sino únicamente liberar lo que de la sociedad nueva lleva en sus flancos la vieja sociedad burguesa que se está hundiendo" ( Tercer saludo del Consejo General de la A.I.T a la Comuna de París en 1871, Marx ).
Con el movimiento se han agudizado la crisis política y la ruptura del frágil equilibrio del Estado Iraní. Ante las primeras dificultades, el Estado contestó sin miramientos con la represión pura y simple. El Sha seguía teniendo el apoyo de los Estados Unidos y el presidente Carter tras las matanzas de Septiembre, demostrando él mismo que lo de los "derechos humanos" es puro cuento y humo, volvía a confirmar el carácter "liberal" del régimen. La URSS, por su parte, mantenía una "positiva y respetuosa" neutralidad. El ministro británico de Exteriores aportaba al Sha un firme apoyo. China también, con la venida de Huaguofeng, daba todos sus apoyos. Para todos, la única posibilidad estaba en el Sha y su ejército. Nadie tenía a alguien diferente a quien proponer, u otra alternativa que presentar. Pero, la extensión del "caos" tenía que empujar a la burguesía a preparar posibilidades de relevo. Ya Francia, sin duda el mejor auxiliar de la política exterior de Occidente, había recuperado y puesto en reserva bajo su ala protectora, a la oposición religiosa acogiendo al "refugiado" ayatolah Jomeini, heraldo de la oposición, "expulsado" de Irak en donde estaba instalado. El Sha encarcelaba a elementos del Frente Nacional. Las vacilaciones constantes desatadas por la necesidad de poner orden no podían acabar sin otro apoyo que el ejército, lo cual se tradujo en la entrega formal del gobierno a esa institución, y por parte de la oposición, en llamamientos repetidos para que el ejército cambiara de campo. Mientras tanto, la burguesía se agitaba para encontrar justificaciones frente a la población, procurando atraer a las fracciones burguesas y pequeño burguesas neutrales, pasivas u opuestas a la corrupción, buscando "hombres íntegros" y "no comprometidos" con el régimen. El Ayatollah Jomeini y el Frente Nacional mantenían el radicalismo de fachada necesario para evitar desbordamientos exigiendo cada vez más alto la marcha del Sha. A su vez, el Frente Nacional proporcionaba la persona que podría dar un primer paso, Bajtiar ("el hombre de los franceses") y Jomeini mandaban crear una comisión del petróleo para pedir a los obreros que volvieran al trabajo con la excusa del "consumo popular".
Esa tarea ya no es fácil cuando el "pueblo" está en la calle. Y cuando los obreros están movilizados y organizados, semejantes llamamientos de la oposición, incluso la más creíble y decidida, se vuelven contra sus intereses. Los obreros organizaron bajo su propio control el abastecimiento. El ejército tuvo que intervenir para interrumpirlo y el Ayatollah no abrió la boca sobre esta operación. Porque el "pueblo" sólo es para esas momias del pasado una palabra vacía que puede servir a los intereses nacionales. Si esa palabra tiene un significado para el proletariado, sólo puede ser el de su fuerza autónoma capaz de verdadera solidaridad con las inmensas masas pauperizadas. Nunca podrá ser el de los "humanistas", los "demócratas" o los "populistas", quienes, cuando proponen sus soluciones para la defensa del capital nacional, ven en el "pueblo" a una masa de maniobra en apoyo de sus ambiciones.
Esta ilustración de la crisis política muestra a la burguesía en Irán, como así ocurrirá cada vez más en el mundo, sin ninguna salida verdadera a su crisis. Los "hombres políticos" de la burguesía son hoy y cada vez más "hombres de transición", "técnicos", que ocultan o no, según las necesidades de la burguesía, a los verdaderos "hombres" de ésta, el ejército, la policía y de todos los cuerpos de represión del Estado. En Irán, la alternativa para la clase dominante no es Jomeini o el Ejército, o Sandjabi o el Ejército: Mientras exista un estado capitalista, el ejército estará presente, con un Jomeini, un Sandjabi o un Sha. Los "relevos" sólo son una nueva careta para el ejército y sus funciones de encuadramiento, pues es éste la única fuerza en la que la burguesía puede asentar su poder. Históricamente, pues las únicas fuerzas que se enfrentaran de manera decisiva son la burguesía y el proletariado, el ejército y los obreros.
Por el momento, la burguesía, para encarar a la clase obrera, intenta disolver los intereses de ésta en el conjunto de la población para desmovilizarla y seguir manteniendo la dictadura del capital. Lo básico en las discusiones y maniobras políticas de la burguesía, del gobierno y de la oposición y dentro del ejército mismo es cómo aplastar la revuelta y/o separar, en la mente de la población y de los obreros sublevados, el Sha del Estado, para, si hace falta, darles la cabeza del Emperador sin que el Estado quede afectado.
"La revolución hasta la marcha del Sha", gritaban los manifestantes de Teherán. Si la marcha del Sha es la condición para que pare el proletariado, la burguesía hará lo que pueda para conseguirlo, de manera a dar ilusiones de que la meta de la lucha es la caída del Sha, el final del movimiento y de la movilización.
Para la burguesía, no hay hoy ninguna perspectiva ni a corto ni a largo plazo. La marcha del Sha y un nuevo gobierno no son más que el mantenimiento y la aceleración de las mismas condiciones de crisis, de miseria, de guerra y de represión.
Para el proletariado, a largo plazo, por la extensión y generalización de su combate al mundo entero y sobre todo en las grandes concentraciones industrializadas del capital, la perspectiva es la de la destrucción de ese sistema por la revolución comunista. El combate de la clase obrera en Irán es un momento de ese combate general. No está limitado a Irán, sino que ha abierto nuevas experiencias de posibilidades de extensión y de generalización, por su propia organización y respecto a las masas pauperizadas de la sociedad; ha demostrado, para el proletariado del mundo entero, en un país situado en la línea de enfrentamientos interimperialistas, que era capaz de resistir a los ataques de la burguesía.
Para la clase obrera en Irán, el peligro a corto plazo es el de dejar que sus intereses se diluyan en los de la población entera, si acepta una unión antinatural... entre capital y trabajo con cualquier fracción de la burguesía, el peligro de una explotación y de una represión reforzada. Su fuerza está en su capacidad para mantenerse movilizada en su terreno de clase.
M.G. (enero de 1979)
En la primera quincena de Noviembre se reunió en Paris la Segunda Conferencia de grupos comunistas. La primera, de la cual es consecuencia, había tenido lugar en Mayo del 77 en Milán (Italia) por iniciativa del Partito Comunista Internacionalista (Battaglia Conmunista). No se trata en este artículo de dar una reseña detallada de los debates. Estos aparecerán en un folleto especial para que así los militantes revolucionarios puedan seguir los esfuerzos de clarificación que hacen los grupos revolucionarios que, confrontando sus posturas, participaron en la Conferencia. Lo que nos proponemos con este artículo es sencillamente y a grandes rasgos, despejar lo importante de tal conferencia, más todavía en la actual situación, y también contestar a la actitud tan negativa que algunos grupos decidieron adoptar respecto a ella.
Para empezar hay que subrayar que esta segunda conferencia fue mejor preparada y organizada que la anterior, y esto tanto desde el punto de vista político como organizativo. La invitación a grupos se hizo en base a criterios políticos precisos. Grupos que;
1) se reclaman y defienden los principios fundamentales de la Revolución proletaria de octubre de 1917 y la formación de la Tercera Internacional de1919, pero que, a partir de esos principios, afirman que hay que someter a crítica las posiciones políticas y la práctica elaborada y enunciada por la IC, a la luz de la experiencia.
2) Rechazan sin ninguna reserva toda idea de que hoy existan en el mundo países con régimen socialista o con gobierno obrero, aunque sea con calificativos como “degenerado”. Rechazan toda distinción de clases que existirían entre por un lado China y los países del Bloque del Este y del otro los países del bloque occidental y denuncian como contrarrevolucionario todo llamamiento a la defensa de esos países.
3) Denuncian a los Partidos Socialistas y a los P.C. y sus acólitos como partidos del capital.
4) Rechazan categóricamente la ideología del “antifascismo”, la cual establece una frontera de clase entre el fascismo y la democracia y llama a los obreros a defender o apoyar a la democracia contra el fascismo.
5) Proclaman la necesidad para los comunistas de trabajar por la reconstrucción del Partido, arma indispensable para la victoria de la Revolución Proletaria.
Ya sólo con enunciar esos criterios, cualquier obrero puede entender que no se trata de una cuerda de gente de “buena voluntad”, sino de grupos comunistas de verdad que se desmarcan claramente de la fauna izquierdista: maoístas, trotskistas, y por otro lado de los “modernistas” y demás consejistas del rollo “antipartido”.
Esos criterios, desde luego muy insuficientes para establecer una plataforma política de reagrupamiento, son, cuando menos, suficientes como para saber con quién se discute y en qué marco, de modo que la discusión sea fructífera y marque un punto positivo.
Además, para mejorar respecto a la primera, el orden del día de los debates quedó fijado con sobrada antelación para que así cada grupo pudiese presentar sus puntos de vista en textos escritos de antemano. El orden del día fue.
1) La evolución de la crisis y las perspectivas que abre para la lucha de la clase obrera.
2) La postura de los comunistas cara a los movimientos llamados de liberación nacional.
3) Las tareas de los revolucionarios en el periodo actual.
Un orden del día así da idea de que la conferencia no tuvo que nada que ver con uno de esos coloquios de sociólogos y sabios economistas que se masturba con “teorías”. Fue una preocupación militante lo que presidió la conferencia, procurado despejar la mayor comprensión de la situación mundial actual, de la crisis en que está el capitalismo mundial y de las perspectivas desde un punto de vista proletario, así como las tareas resultantes para los grupos revolucionarios en el seno de su clase.
Fue, pues, con esos criterios y con una preocupación militante como fueron invitados unos doce grupos de diferentes países. La mayoría contestaron favorablemente, aunque algunos no pudieran asistir a última hora por razones diversas. Así ocurrió con “Arbetarmakt” de Suecia, de “OCRIA” de Francia y “Il Leninista” de Italia. Y también hay que mencionar que cuatro grupos se negaron a participar. Fueron “Spartacusbond” de Holanda, P.I.C. de Francia y los dos “partidos” comunistas internacionales (PCInt. “Programa” y el PCInt “il Partito Comunista”) de Italia.
Vale la pena examinar de cerca los argumentos de cada uno de esos grupos y las verdaderas motivaciones de su negativa. Para “Spartakusbond” de Holanda, es bien sencillo: el grupo está en contra de cualquier idea de Partido. Se les pone el pelo de punta con solo oír la palabra “Partido”. Pero este grupo, surgido después de la segunda guerra mundial, en vano puede reclamarse de la tradición y como continuador de la izquierda comunista holandesa de la cual solo es una lamentable caricatura. A todo lo más, Spartakusbond podría reclamarse de Otto Rhule aderezado con Sneevliet, pero desde luego que no de Gorter y de Pannekoek, los cuales nunca negaron el principio de la necesidad de un partido comunista. Spartacus aparece como el final senil de la corriente Comunista Consejista convertida en secta, replegada en sí misma, aislándose cada día más del movimiento obrero internacional. Su negativa no hace sino confirmar el desgaste casi definitivo de la corriente consejista pura, para confundirse e integrarse más y más en las aguas putrefactas del izquierdismo. Triste final de una evolución irreversible fruto de un demasiado largo período de contrarrevolución.
De diferente manera aparece la actitud de P.I.C.. Tras haber dado su acuerdo de principio para la conferencia de Milán, cambia de decisión en vísperas de ésta, estimando que en las actuales circunstancias, sería un “dialogo de sordos”. Para la segunda conferencia, la negativa de principio la basa en que “no participa en conferencias “bordigo –leninistas”. También con el PIC, asistimos a una evolución precisa. Hace cinco o seis años, los compañeros que dejaron Revolution Internacionale para formar el grupo “Pour une Intervention Communiste”, basaban la separación en la intervención insuficiente de R.I. Dejando de lado el activismo verbal de P.I.C., que los ha llevado a toda clase de “conferencias” y “campañas” de toda calaña, cada una de ellas más artificial que la anterior, lo que hoy resulta evidente es lo que siempre hemos afirmado: que el verdadero debate no estriba en “intervenir o no intervenir”, sino en “cómo intervenir, en qué terreno, y con quién”. Por eso el P.I.C., que se dedica a menudo a “conferencias” con toda clase de grupos y elementos anarquizantes o grupos “autónomos” y sobre todo quiméricos, y que terminan en agua de borrajas, está bien situado para hablar de “dialogo de sordos”, cuando se trata de discusiones entre grupos verdaderamente comunistas. Y eso no es todo. De vuelta del fallido intento de formar una coriente anti-CCI, junto con “Revolutionary Perspectivas”, “Workers Voice”, y RWG (estos dos últimos se perdieron después en el paisaje sin dejar rastro), PIC, un poco escaldado por los grupos de la izquierda comunista, se conformó con elementos de la izquierda socialista, participando en el grupo iniciador que ha vuelto a lanzar la antigua revista socialista de izquierda “Spartacus”, bajo la sabia dirección de su fundador René Lefeuvre. En esta revista, en cuyas páginas pululan, entre otras cosas, la glorificación del ejército republicano de la guerra de España de 36-39, las hazañas del “antifascismo”, uno de los promotores activos de la segunda carnicería mundial, encendidos homenajes a Marceau Pivert y su PSOP (algo así como un PSU francés de antes de la guerra), al POUM, alabanzas y recuerdos enternecedores de la acción heroica trotskista en la Resistencia francesa durante la guerra, en esa revista, pues, PIC se encuentra tan a gusto, formando parte de la redacción. El delicado olfato de PIC que no aguanta el horrible hedor de los “borgigo-leninistas” parece recrearse con el perfumado incienso del Socialismo de izquierdas y el antiautoritarismo. En la pocilga de la Social-Democracia[1] PIC parece revolcarse a gusto, y encima puede darse el placer de hacer críticas “radicales” y hacer el número de “enfant terrible” ultrarrevolucionario. Cierto es que “Spartacus” es una revista muy amplia. Pero ser amplio no ha sido nunca de por sí una cualidad. Lo que de verdad da unidad y cimienta al equipo redactor de “Spartacus” es un antibolchevismo estreñido que confunden adrede y haciendo trampa con el estalinismo. Los socialistas de “izquierda” no estuvieron esperando al estalinismo para denigrar a los bolcheviques, a Lenin y demás, y combatir, en nombre del “socialismo democrático”, a la revolución de Octubre y al comunismo. Por antibolchevismo, los socialistas de izquierda siempre han andado al maloliente rabo de la Social Democracia, de los Scheideman-Noske, de los Turati y de los Blum, Esto no molesta a PIC para colaborar y andar con ellos. Y no es en las críticas y en la continuidad de la Izquierda Comunista en donde PIC va a buscar su crítica contra esta o aquellas posición de los bolcheviques o de Lenin, sino en las basuras de los consulados zaristas y de Kerenski o husmeando en el estercolero de la izquierda socialista. En su fiebre anti bolchevique, lo que PIC olvidó es que, cualesquiera que sean nuestras divergencias con los bolcheviques, éstas no pueden hacer cambiar nuestro juicio sobre la Social Democracia, sea de izquierda o de derecha, pues lo que separa a los comunistas de la Social Democracia es ese abismo infranqueable, el que pertenecen a las clases mortalmente enemigas, los comunistas al proletariado, la social democracia a la burguesía. Aunque sólo fuera esta lección, se la debemos por completo a Lenin y al partido bolchevique. No es pues por casualidad, sino por haber olvidado esta lección, si PIC desde las columnas de Spartacus en donde se ha hecho su nidito, se siente capaz para negarse a discutir con “bordigo-leninistas”. Uno puede preguntarse si es el “antileninismo” visceral lo que ha acercado el PIC a la izquierda socialista o, si al contrario, ha sido el acercamiento al socialismo de izquierda y al izquierdismo lo que lo ha transformado en duro anti bolchevique. Lo que si queda claro es que PIC está en un punto situado, por ahí, entre los socialistas de izquierda y Lenin, lo cual da como resultado un anti bolchevismo violento (o radicalismo de boquilla) en colaboración con los socialistas de izquierda (oportunismo en la práctica).
Lo cachondo de la historia, y no lo menos, son cosas como ese artículo publicado por el “Jeune Taupe” (Joven Topo, bimensual de PIC) sobre el grupo “Combat Communiste” por su no ruptura total con los trotskistas, recordándoles en esta ocasión (por una vez no es pecado): «Como decía Lenin en Zimmerwald respecto a los social demócratas, que estaban fuera del campo proletario y, por lo tanto en el de la burguesía y si nosotros somos un poco consecuentes, no podemos considerarlos como compañeros en el error y menos todavía militar con ellos»[2]. O sea que PIC no parece completamente amnésico, aunque a menudo se le vaya la cabeza. Cuando se trata de criticar a “Combat Comuniste”, se acuerda muy bien de que «para él (Lenin), los social demócratas eran enemigos de clase con los que había que cortar. De ahí que la Tercera Internacional se constituyera como oposición a los intentos de reconstitución de la segunda»[3] . Muy buena memoria tiene PIC, pero poco debe mirarse al espejo. A no ser que lo que les parece indispensable, o sea la ruptura con el trotskismo, se menos evidente cuando se trata de colaborar con la izquierda socialista. También estamos de acuerdo con la conclusión del artículo citado: «Los años venideros que tendrán que conocer el resurgir del proletariado en el escena histórica como sujeto de sus propio devenir, no tolerarán las más mínima confusión teórica. Lo que hoy es inconsistencia y fantasía se volverá mañana peligro mortal y teoría contrarrevolucionaria. Es ahora cuando hay que pronunciarse claramente, que hay que escoger su campo»[4].
Perfecto ¿Hay que concluir entonces que PIC, al negarse a venir a la Conferencia por miedo a contaminarse por los “bordigo.leninistas” y quedarse tranquilamente en las filas de Spartacus, ya ha escogido su campo?. El porvenir nos lo dirá.
En cuanto a los dos PCInt. Bordiguistas, estos no se dignaron dar a conocer directamente su negativa, sino que se contentaron con publicar cada uno sendos artículos en su prensa, de tono insultante y en plan despectivo. Cuando uno se autodenomina Partido Comunista Internacional, uno se queda en su rango y no se rebaja a contestar a otros que no son más que… simples grupos. Hay que mantener su dignidad, oiga, incluso cuando no se es en realidad más que un grupito, dividido, para más inri, y subdividido en unos tres o cuatro partidos comunistas internacionalistas, que se ignoran mutuamente.
Procedentes, tras la muerte de Bordiga, de una oscura escisión con la organización de Programma, el grupo de Florencia, siguiendo la estricta tradición del bordiguismo de que sólo puede haber un único partido en todo el universo, se autoproclamó, así de sencillo, nada menos que “Partido Comunista Internacional”. Este gran “Partido Internacional” de Florencia está, pues, bien situado para echar anatemas sobre las “miserias de los hacedores de Partido”[5]. ¿Cómo asegurarles a esos recelosos personajes que nadie en la Conferencia tenía pretensiones sobre lo que ellos consideran como su bien exclusivo?. A nadie en la Conferencia se le ocurrió plantear el problema de la constitución inmediata del Partido, ni siguiera el de la formación de una organización unificada y eso por la sencilla razón de que los grupos eran plenamente conscientes de la inmadurez de ese proyecto. Es no entender nada del problema del Partido de clase creer que se decreta con la simple voluntad de un puñado de militantes y en cualquier condición. Esa concepción voluntarista e idealista del Partido, de que se decreta en cualquier momento, independientemente del estado y desarrollo de la lucha de clases, no tiene nada que ver con la realidad que hace que el Partido es un organismo vivo de la clase que sólo surge y se desarrolla cuando las condiciones están dadas para que pueda asumir las tareas que le incumben. Los malabarismos bordiguistas sobre el partido formal y el Partido histórico sólo les sirven para tapar su ignorancia completa de la diferencia entre fracciones o grupos y el Partido y, por tanto, su incomprensión de cuando se forma efectivamente el partido.
La visión que se tiene de la naturaleza y del funcionamiento del Partido es el problema que más debates apasionados ha producido en la historia del movimiento marxista. Baste con recordar las divergencias que opusieran Rosa Luxemburgo a Lenin, entre el Partido bolchevique y la Izquierda Alemana, entre la fracción de Bordiga y la Internacional Comunista, y la fracción italiana de Bilan al PCInt., reconstituido al final de la segunda guerra. Y sigue siendo hoy un tema de discusiones y de necesarias precisiones en el movimiento de Comunistas de Izquierda. Allá ellos, si a grupos de cualquier ciudad más o menos provinciana, se les ocurre proclamarse un buen día “Partido único y mundial”; ninguna ley puede impedírselo. Otra cosa es que lo sean, y que haya que creérselo. Eso ya es megalomanía. Y, sin embargo, para la corriente bordiguista, ni hablar de poner entredicho sus conceptos sobre el Partido único y monolítico, el cual toma el poder y ejerce su dictadura en nombre del proletariado, incluso contra la voluntad de la clase. Pues, así amenaza “Il Partido”, «quien se opone a esa concepción o no acepta esta disciplina fuera del terreno de la Izquierda». No hace falta decir que esta concepción está muy lejos de ser la de Marx y Engels, quienes no andaban proclamando cada dos por tres el “Partido”, ni la de Rosa Luxemburgo, ni siquiera la de Lenin, ni la de “Bilan”, ni la de la Izquierda Italiana en general. Es algo que les pertenece a los bordiguistas. No hace falta decir, a riesgo de ser excomulgados, que tampoco es la nuestra.
Puede entenderse perfectamente que los bordiguistas eviten toda discusión con otros grupos comunistas y la confrontación de sus posiciones con las de ellos. ¡Ya ni siquiera discuten entre sí!, como así lo exige el “centralismo orgánico”. Pues es cierto que nunca se ha visto a una secta poner en entredicho los dogmas de su Biblia “invariante”. La única disputa que tienen es para saber cuál de entre sus numerosos partidos será el único, reconocido universalmente como tal. Es como un manicomio en el que cada quien se cree el verdadero el único Napoleón.
El último vástago de la antepenúltima escisión de los bordiguistas, el Partido florentino, no es por eso el menos fiero. Ofendido porque alguien se haya atrevido a invitarle a la Conferencia, lanza cual rayo su advertencia. «Los misioneros de la unificación, grupos políticos de diferentes tradiciones tienden, lo quieran o no, a formar una organización política objetivamente contra la “Izquierda y la Revolución”». Dejemos a un lado lo de “misioneros”, puesto así para ver si insulta, e insistamos una vez más que en ningún momento la Conferencia se había previsto con el objetivo de discutir acerca de la unificación de nadie con nadie. Pero no hay peor sordo que el que no quiere oír. No ha llegado todavía la hora para que se unifiquen en un único partido, los diferentes grupos comunistas que existen hoy. Pero sí que creemos que ha llegado la hora de que los grupos comunistas salgan de su aislamiento invernal que ya ha durado demasiado tiempo. Durante este período de 50 años, la contrarrevolución no sólo acabó con la clase, sino también o inevitablemente con el movimiento comunista internacional que quedó reducido a la más mínima expresión. Pocos grupos de la Izquierda Comunista aguantaron y han sobrevivido a la monstruosa avalancha contrarrevolucionaria. Y los que han sobrevivido han quedado profundamente marcados por el repliegue general, que provocó en ellos un reflejo de aislamiento, un encerrarse en sí, un espíritu de secta.
Otro reflejo fue el de liarse la manta a la cabeza, poniendo al mal tiempo buena cara, lo cual se plasmaba en la construcción artificial de Partidos, en lo cual los trotskistas se hicieron expertos antes de la segunda guerra sustituyéndoles los bordiguistas y superándolos en la faena, llevándola, según su costumbre, hasta el absurdo. En aquellas condiciones, la formación del partido bordiguista iba a contrapelo de la realidad, no pudiendo ir más que de fracaso en fracaso. Así como el despliegue de la lucha de clases es un poderoso factor en el proceso de homogeneización en la clase y por lo tanto la organización de los comunistas o sea el partido, así al contrario, un período de reacción y contrarrevolución es factor en un proceso de atomización en la clase y de dispersión en la organización de los comunistas. El partido bordiguista no podía escapar a esa ley, de ahí el proceso de escisiones en cadena en sus filas.
Bordiga tenía más reservas respecto a la oportunidad de la formación inmediata del partido. Y lo mismo Vercesi, quien dos años más tarde ponía claramente en tela de juicio esa formación, en acuerdo con la crítica que él mismo había hecho diez años antes contra las propuestas de Trotski. Pero, al menos en Trotski, la formación del Partido era una conclusión correcta, basada en un análisis erróneo de la situación. Trotski veía en la Francia del Frente Popular y en la guerra civil de España, el “principio de un resurgir revolucionario”, lo que implicaba la construcción inmediata del Partido. El Partido bordiguista ni siguiera puede invocar un análisis falso. Y por eso, se ha dedicado a desarrollar una teoría de lo más aberrante según la cual la formación del Partido está completamente desligada de la situación real de la lucha del proletariado. Incluso en Bordiga y su visión piramidal del Partido, éste, en lo alto de la pirámide, descansa, sin embargo, en una base de clase de la que es producto. Pero, en la dialéctica de los bordiguistas de hoy, el Partido está como colgado, allá arriba en el cielo, completamente despegado del movimiento real de la clase; se puede formar incluso cuando la clase está soportando las peores condiciones de la derrota y la desmoralización, pues la basta con el conocimiento teórico y la voluntad. Al dar así la espalda a toda la historia del movimiento obrero y de sus enseñanzas y al proclamarse cada grupito bordiguista Partido Mundial Único Reconstituido, no es de extrañar que no entiendan nada de los que es un período de resurgir de la lucha de clases y el proceso que necesariamente implica, la tendencia al reagrupamiento de revolucionarios. Y por eso los bordiguistas siguen yendo a contrapelo. Hace 20 años, clamaban en el desierto con llamamientos al reagrupamiento de revolucionarios. Hoy, cuando ya hay posibilidades, no paran de denigrar los esfuerzos y de encerrarse con “dignidad” en su capilla. Cualquier propuesta de discusión les parece una blasfemia; y no hablemos del agrupamiento, para ellos no puede ser otra cosa que “formar una organización política objetivamente contra la Izquierda y la revolución”. ¿Habrá que pensar que ignoran la historia, la verdadera y no la mítica, del movimiento revolucionario? La constitución de la Liga de los Comunistas, de la Primera, de la Segunda y Tercera Internacionales, de todos los partidos obreros… ¿no se hicieron por medio de encuentros discusiones, entre grupos dispersos que convergían hacia una unidad política y organizativa? ¡No era ese el proceso propuesto por la antigua Iskra de Lenin para salir de la dispersión en Círculo y que surgiera el Partido ruso?. ¿La constitución (tardía) del P.C. de Italia en Livorno no siguió acaso el mismo camino?. Y la reconstitución precipitada del PCInt., al final de la segunda guerra no fue también producto de encuentros entre varios grupos?
El PCInt de Florencia termina su articulo lamentándose: «Es penoso tener que “presenciar periódicamente tales miserias».
Poco diferentes es en cuanto a los argumentos, el artículo que le sirve de respuesta al segundo PCInt., el de “Programma”. Lo que les distingue fundamentalmente es la extremada finura de que hacen gala. El título del artículo: “La lucha entre Fottenti y Fottuti” (literalmente, algo así como entre “porculizadores y porculizados”) ya da idea de la “altura” a la que se sitúa el PCInt. “Programma”, altura que resulta a otros muy poco accesible. ¿Tendremos que suponer que “Programma” está tan impregnado de hábitos estalinistas que es incapaz de entender la confrontación entre revolucionarios si no es como “violadores” y “violados”?. Para “Programma”, ninguna discusión es posible entre grupos que se reclaman y se sitúan en el terreno del comunismo. Eso sí, pueden andar con trotskistas, maoístas y demás formando Comités-Fantasmas de soldados, o también firmar con esos y otra fauna izquierdista octavillas comunes para “la defensa de los obreros inmigrados”, pero nunca en la vida pensar en discutir con grupos comunistas, ni siquiera entre los numerosos partidos bordiguistas. Con estos sólo puede reinar la relación de fuerzas y si no pueden destruirlos, entonces hay que ignorar su existencia. Violación o prepotencia, ésa es la única alternativa en la que Programma quisiera encerrar al movimiento comunista y las relaciones entre grupos. Y como no tienen otra visión, ésa es la que ven por todas partes, atribuyéndola de buen grado a los demás. Para ellos, una Conferencia Internacional de grupos comunistas sólo puede ser y no tener más objetivo que el de “pervertir” a algún que otro elemento de otro grupo. Y desde luego, si Programma no vino a la Conferencia no fue por falta de ganas de “violar”, sino por temor a aparecer impotente.
En vano “Programma” suelta una ristra de sarcasmos contra los criterios que servían de marco para la invitación de grupos. ¿Hubiera preferido la ausencia de criterios?. O hubiera preferido otros criterios? ¿Pero cuáles, por favor? Los criterios establecidos apuntaban a delimitar un marco que permitiera discutir entre grupos que se reclaman de la Izquierda Comunista, eliminando así a las tendencias anarquizantes, trotskistas, maoístas y demás izquierdistas. Esos criterios forman un todo orgánico, no puede separárseles unos de otros como le gusta hacer a Programma. No pretenden ser una plataforma para la unificación, sino, más modestamente, un marco para saber con quien se discute y qué orientación se lleva. Pero para Programma sólo puede uno discutir consigo mismo. Por temor a ser impotente en una confrontación de posiciones con otros grupos comunistas, Programma se consuela en el “placer solitario”. Esa es la virilidad de una secta y el único medio de darse satisfacción.
Ahuecando la voz, Programma amonesta severamente a aquellos que cuestionan “el modo con que el partido bolchevique… planteó la relación entre partido comunista y clase obrera”. Por mucho que se empeñé Programma ese “modo” no es un tabú intocable e indiscutible, como nunca lo fue en el movimiento comunista, y ese “modo” no ha salido precisamente muy bien parado con la caricatura esperpéntica que de él han hecho los bordiguistas. Y cuando Programma exclama: «Sí, la Internacional rompió con la Social Democracia, pero antes había roto con todas las versiones infantiles, espontaneistas, anti-partido, iluministas, y desde el punto de vista ideológico, burguesas», lo que hace es manipular la historia a sus conveniencias. Los grupos que fueron invitados al Primer Congreso, los que van a fundar la Tercera Internacional, eran mucho más heteróclitos que lo que Programma pretende. En ese Congreso había desde anarco-sindicalistas hasta Izquierdas socialistas apenas decantadas: Los únicos puntos precisos en medio de esa falta de cohesión son:
1) ruptura con la Social Democracia y
2) apoyo a la revolución de Octubre.
Será más tarde cuando empiecen las rupturas y lo cierto es que van dirigidos sobre todo contra la Izquierda (no siempre muy coherente), mientras que, por otro lado, se les abren las puestas a los oportunistas y demás izquierdas socialdemócratas. ¿Desde cuándo los bordiguistas se han puesto a exaltar y a aplaudir esa orientación de degeneración oportunista de la Internacional Comunista?. Las tesis del Segundo Congreso sobre el parlamentarismo revolucionario, sobre la conquista de los sindicatos, sobre la cuestión nacional y colonial, la política de conferencias con la Segunda y Segunda y media internacionales son otros tantos pasos que marcan la regresión de la Internacional Comunista. Esa es la orientación que los bordiguistas glorifican hoy desde que se proclamaron nuevo Partido Comunista Internacional. ¿No es eso “burlarse de sus propios afiliados” como así dice el propio artículo de Programma?.
Programma nos achaca con violencia que somos “anti-partido”. Eso es puro cuento bordiguista que es tan falso como el rollo del PIC, por ejemplo, cuando nos trata de “bordigo-leninistas”. Ninguno de los grupos presentes en la Conferencia cuestionaba la necesidad del Partido. Lo que sí hay que poner en discusión es qué tipo de Partido, cuál es su función y cuáles son y debe ser las relaciones entre Partido y la clase. Es totalmente falso que el primer Congreso de la I.C:, ni las 21 condiciones hayan dado una respuesta completa y definitiva a esos problemas. La historia de la I.C., la experiencia de la Revolución Rusa y la degeneración de ambas plantean hoy en día, con el resurgir de las luchas del proletariado, a los revolucionarios, la imperiosa tarea de contestar de la manera más precisa a esos problemas. La concepción bordiguista de un partido Infalible, omnisciente y todopoderoso nada tiene que ver con el marxismo y, en cambio, parece más una visión religiosa que otra cosa. En los bordiguistas, como en la religión monoteísta de los hebreos, todas las relaciones están invertidas. Todo funciona al revés. Dios (el Partido) no es un producto de la conciencia humana, sino que es Jehová (el Partido) quien elige a su pueblo (su clase) El Partido ya no es una manifestación de un movimiento histórico de la clase, sino que es el Partido quien hace que exista la clase. No es un “dios” a imagen del hombre, sino que es el hombre quien es imagen de Dios. Así se puede entender por qué en la Biblia (El Programa), ese Dios único (Partido) no habla a su pueblo, sino que “ordena, manda y exige” en todo instante. Es un dios celoso de sus prerrogativas. Puede, si lo quiere, otorgárselo todo a su pueblo, el paraíso o la inmortalidad; pero no admitirá nunca que el hombre pueda comer la fruta del árbol de la ciencia. La conciencia, toda la conciencia, es monopolio exclusivo del Partido. Por eso es por lo que ese dios (Partido) exige la plena confianza, el absoluto reconocimiento, la toral sumisión a su gran poder, y por la más pequeña duda o discusión se vuelve dios severo del rencor, del castigo y de la venganza de un Cronstadt, de cuyo aplastamiento se reivindican los bordiguistas para ayer y para mañana. Ese dios terrorífico -el del terror rojo- ése es el modelo del Partido bordiguista. Y ése es el tipo de Partido que nosotros rechazamos totalmente.
El bordiguismo no ha constituido el Partido Internacional. Lo que ha inventado es una mitología: el mito-partido. Su Partido verdadero tiene poca consistencia, pero el mito-partido es tanto más consistente. Lo que caracteriza más que nada a ese partido-mito, es su profundo desprecio de la clase, a la cual deniega toda conciencia y toda capacidad de toma de conciencia. Y esa concepción mitológica del Partido. Partido-espantajo, se ha convertido hoy en obstáculo real al necesario esfuerzo para la construcción del partido comunista mundial del mañana. Pensamos y decimos con sinceridad. Para no seguir con polémicas, los grupos bordiguistas se encuentran hoy en una encrucijada: o entran con honradez, sin ánimos de “fottenti y fottuti”, sin ostracismos, en el camino de la confrontación y discusión en el movimiento comunista revolucionario renaciente o quedarán en el aislamiento, convirtiéndose sin remedio en una secta esclerotizada e impotente.
La Conferencia tendría ocasión de ver otro de esos números circenses con el extraño comportamiento del grupo FOR. Este, tras haberse adherido plenamente a la primera Conferencia en Milán, y haber dado su acuerdo para venir a la segunda, presentando textos de discusión, resulta que se echó atrás en la apertura de esa última so pretexto de que estaba en desacuerdo con el primer punto del orden del día, es decir, sobre la evolución de la crisis y sus perspectivas. El FOR desarrolla la tesis de que le capitalismo no está en crisis económicamente. Para él, la crisis actual no es sino una crisis coyuntural como las que el capitalismo ha tenido y superado a lo largo de su historia. De ahí que la crisis no abre perspectivas nuevas, menos aún la de la reanudación de la lucha proletaria, sino todo lo contrario. El FOR mantiene, en cambio, una tesis de “crisis de civilización” totalmente independiente de la situación económica. Esta tesis huele bastante a modernismo, herencia del situacionismo. No vamos a entrar aquí en un debate para demostrar que para los marxistas resulta de lo más absurdo hablar de decadencia y hundimiento de una sociedad histórica basándose únicamente en manifestaciones superestructurales y culturales sin hacer referencia a la estructura económica y afirmando incluso que esta estructura, básica en cualquier sociedad, está reforzándose y en su mayor expansión. Esa manera de razonar se parece más a las divagaciones de un Marcase que al pensamiento de Marx. Por eso, FOR basa la actividad revolucionaria menos en un determinismo económico objetivo que en un voluntarismo subjetivo típico de contestatarios de toda calaña. Pero hay que preguntarse: ¿son semejantes aberraciones la razón fundamental que inspiró a FOR la retirada de la Conferencia?. Desde luego que no. En esa negativa a participar, retirándose del debate, lo que aparece más que nada es el espíritu de camarilla, de cada uno en su casa, que todavía sigue impregnando tanto a los grupos que se reclaman del comunismo de Izquierda, y que sólo será superado con el resurgir de la lucha de clase del proletariado y con la toma de conciencia de los grupos revolucionarios.
Romper con ese espíritu camarillista y de repliegue, herencia de cincuenta años de contrarrevolución, demostrar que es necesario y posible establecer contactos y discusiones entre grupos revolucionarios fue de lo más positivo de los trabajos de la Conferencia. Si en Milán sólo estábamos dos grupos, ésta vez, en la segunda Conferencia en París, éramos cinco grupos de diferentes países los que participamos en el debate. Esto nos parece ser un paso muy importante que hay que continuar. De la Conferencia no salió ni una hipotética unificación, ni un efímero partido, pues la Conferencia ni siguiera lo planteó como objetivo inmediato. Ni tan siguiera hubo resoluciones comunes, y pudimos constatar la cantidad de numerosas divergencias verdaderas, pero aún más numerosas las incomprensiones, los malentendidos que circulan en el ambiente revolucionario. Y esto no tiene que desanimarnos en absoluto, pues nunca sembramos ilusiones sobre una unidad de visión preexistente. Esa unidad de visión no va a caer del cielo. Habrá de ser el fruto, precisamente, de un largo período de discusiones, de confrontaciones entre los grupos revolucionarios en un curso ascendente de lucha del proletariado. Y por todo lo dicho, depende también de la capacidad y de la voluntad de los grupos para romper con el espíritu sectario, para saber comprometerse y perseverar en el difícil camino y en el esfuerzo hacia el reagrupamiento de revolucionarios.
Los debates de la Conferencia, que saldrán en una publicación de actas, mostraron bien las insuficiencias, lagunas y confusiones, tanto en las análisis como en la perspectiva. Pero también demostraron que los encuentros y las discusiones podrán plasmarse en resultados positivos aunque limitados. La Conferencia fue una demostración de lo que Engels no cesaba de repetir, de que era de la discusión de lo que Marx y él esperaban el desarrollo del movimiento obrero.
De la Conferencia se despejó la voluntad unánime de proseguir el esfuerzo, de preparar, mejor, nuevas conferencias, ampliándolas a otros grupos que se reclaman del comunismo de Izquierda y que entran en el marco de los criterios establecidos, Es éste un propósito muy limitado y somos conscientes de que no tenemos el éxito garantizado. La historia nos demuestra que no hay garantías absolutas. Pero de lo que sí estamos convencidos es que no hay otro camino para llegar al necesario reagrupamiento de revolucionarios, para la indispensable constitución del Partido Comunista Mundial, arma del triunfo de la revolución proletaria. Por ese camino, la CCI pretende ir sin reservas con toda su convicción y voluntad.
M.C. (Enero de 1979)
Este trabajo responde a la invitación para que se defienda el análisis de la economía hecho por la CCI, invitación que aparece en las páginas de Revolutionary Perspectives, revista de Communist Workers Organisation (CWO, Organización de Trabadores Comunistas, en Gran Bretaña)[1]. No es nuestra intención penetrar aquí en la compleja red de confusiones y de falsas concepciones que constituyen tal “crítica” de la CWO respecto al análisis económico de Rosa Luxemburgo y de la CCI. En efecto, respuestas más detalladas a los temas presentados aparecerán en futuros números de la REVISTA INTERNACIONAL. En esta oportunidad, nos concentraremos solamente en las principales acusaciones lanzadas por CWO contra la CCI y contra la “economía luxemburguista” en general.
Existe antes que nada la afirmación que constantemente reaparece en los textos de CWO, de que la teoría de Luxemburgo relacionada con la saturación del mercado, “abandona el marxismo y la teoría del valor”. Es posible que CWO crea que repitiendo tan asombrosa afirmación una y otra vez, pueda ésta convertirse en verdad. Sin embargo, el lenguaje autoritario con el cual CWO descarta a Luxemburgo del campo del marxismo no puede esconder el verdadero significado de estas alegaciones: la profunda falta de compresión de parte de CWO, respecto a la “teoría del valor” y de su papel dentro del análisis económico marxista.
CWO alega que Luxemburgo “abandonó la teoría del valor al afirmar que la caída de la cuota de ganancia no puede ser la causa de la crisis capitalista”[2]. El hecho es que tanto la inevitabilidad de la crisis como la necesidad histórica del socialismo deben ser explicados no simplemente por éstas o aquélla tendencia de la producción capitalista, (como lo es la caída de la cuota de ganancia), sino más bien por medio de la comprensión marxista de la producción del valor en sí.
La determinación del valor de las mercancías según el tiempo de trabajo contenido dentro de ellas, no es una determinación específica del marxismo. Es bien conocido que tal concepción constituyó uno de los rasgos centrales del trabajo de los más importantes economistas clásicos burgueses, hasta llegar al propio Ricardo. Pero la concepción marxista del valor es totalmente lo contrario de lo que señalan los economistas burgueses. Para estos últimos, el sistema capitalista de producción de mercancías, y el intercambio de las mercancías de acuerdo a su valor, representa nada menos que una relación social armónica reveladora de la igualdad de la humanidad, mediante el cambio entre individuos libres, del producto del trabajo humano. La producción del valor, por lo tanto, asegura la justa distribución de la riqueza de la humanidad. Bajo este criterio está la idea de que la producción del valor es la forma natural adoptada por el trabajo humano. Como dijo Luxemburgo, “del mismo modo en que la araña fabrica la tela a partir de su propio cuerpo, del mismo modo el hombre trabajador (según los economistas burgueses) produce valor”. La producción de valores de cambio (de mercancías para la venta en el mercado) es vista como idéntica a la producción de valores de uso (producción para la satisfacción de las necesidades humanas). Del mismo modo en que las sociedades del pasado están basadas en la producción del valor, asimismo lo estarán las del futuro.
Contra la visión burguesa no sólo de la “libertad, igualdad y fraternidad”, sino también de la “eternidad” de la sociedad capitalista, la comprensión marxista de la producción del valor está basada en la contradicción entre la producción de valor de cambio y la producción de valor de uso. Según el marxismo, la producción del valor de cambio no es una forma natural ni eterna de la producción humana. Es una forma histórica específica de producción que caracteriza a una sociedad cuyo fin es la producción por sí misma. Por lo tanto una producción opuesta y a expensas de la satisfacción directa de las necesidades humanas. La producción de valor de cambio, en la forma de producción generalizada de mercancías, es entonces un mecanismo no de intercambio igual sino necesariamente de intercambio desigual. Su función no es otra sino la expropiación del valor producido por la clase trabajadora (y también del valor que en diferente escala obtienen los pequeños capitalistas y los productores independientes, la pequeña burguesía) para llevar a cabo la acumulación de capital: la restricción del consumo a favor del desarrollo de los medios de producción.
Esto corresponde a las necesidades de la humanidad en una etapa determinada de su desarrollo. Pero hay cierto punto en el que la producción de valor de cambio, o sea, la concentración de las energías de la humanidad hacia un único fin, el desarrollo de los medios de producción, establece más y más restricciones sociales a la utilización racional de los medios de producción. Esto debe dar curso a una nueva sociedad: al socialismo, que es la producción directa para las necesidades humanas, en donde la abundancia potencial creada por el capitalismo es transformada en una realidad social: el bienestar material de la humanidad como un todo.
Pero no solamente la necesidad histórica del socialismo, sino también los medios por los cuales ésta debe de ser lograda, son aspectos fundamentales que se derivan directamente de la teoría marxista del valor: si el fin de la producción de valor es la restricción del consumo a favor del desarrollo de los medios de producción, entonces el medio como eso se logra no puede ser otro que el de la explotación de la clase trabajadora. En la concepción burguesa del valor, el intercambio de las mercancías permitiría a toda la humanidad beneficiarse del desarrollo de las fuerzas productivas. Marx demostró que lo opuesto es la realidad dentro del capitalismo, es decir que es la relación social y económica fundamental, la relación trabajo-capital, en la cual la fuerza de trabajo es convertida en mercancía, la relación que condiciona el permanente empobrecimiento de la clase trabajadoras. A medida que aumenta el desarrollo de las fuerzas productivas, también aumenta la explotación de la clase obrera, y tanto mayor es la limitación de que ésta pueda disfrutar de la abundancia potencial que es creada por el mismo proceso. La contradicción entre valor de uso y valor de cambio, entre el potencial material de la producción capitalista y las restricciones sociales para la realización de tal condición, se expresa en el incremento de los antagonismos de clase y, sobre todo, en la lucha entre el productor de la riqueza, el proletariado, y el representante del capital, la burguesía. La necesidad objetiva del socialismo se expresa en la necesidad subjetiva del proletariado para tomar control de los medios de producción de las manos de la burguesía. Sólo el proletariado, mediante su propia emancipación, pues liberar a la humanidad.
La “teoría marxista del valor” no es principalmente un modelo económico de la acumulación capitalista, sino antes que nada, una crítica social e histórica del capitalismo. En efecto, sólo el marxismo permite la elaboración de modelos de este tipo. Pero los principios socialistas no se derivan de tal modelo. Al contrario, tal modelo sólo puede derivarse de un análisis cuya premisa es el entendimiento de la necesidad histórica del socialismo, implícita en la teoría marxista del valor.
¿Cómo definimos entonces un análisis del valor en términos marxistas?. Los principios básicos de la teoría marxista del valor se encuentran, no en los análisis detallados que se presentan, por ejemplo, en El Capital Vol. III, sino en el programa revolucionario del proletariado establecido por Marx y Engels en el Manifiesto Comunista: estos son, ante todo, la naturaleza histórica transitoria del capitalismo y la necesidad histórica del socialismo a escala mundial y también la naturaleza revolucionaria de la clase obrera.
Definir el análisis del valor, tal como lo hace CWO, en términos de un modelo económico basado en la abstracción de un aspecto parcial del desarrollo capitalista (la tendencia decreciente de la cuota de ganancia) no es otra cosa sino arrancar del marxismo su contenido revolucionario. Porque sustituye la crítica socio-histórica del capitalismo, incluida en la teoría marxista del valor, por una crítica puramente económica. La interacción de las clases sociales es sustituida por una interacción de categorías económicas, que por sí mismas no explican ni la necesidad histórica del socialismo, ni la naturaleza revolucionaria de la clase obrera.
La comprensión de Marx de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia se basa en la premisa de que el trabajo es la fuente de todo valor. La inversión capitalista se divide en dos categorías: capital variable, esto es, fuerza de trabajo humano; y, capital constante, o sea, materias primas, maquinarias y cualquier otro capital fijo. En efecto, mientras que el valor del capital constante simplemente se transfiere a las mercancías producidas, el capital variable crea un valor adicional que es lo que constituye la ganancia del capitalista. Sin embargo, con el desarrollo del mismo capitalismo; la composición orgánica del capital (la relación entre capital constante y variable) tiende a crecer, y por lo tanto la cuota de ganancia (relación de la ganancia con el total del capital invertido) tiende a disminuir. Al tanto que la productividad del trabajo aumenta con el desarrollo de la industria, una mayor proporción de la inversión capitalista es dirigido cada vez más hacia materias primas y maquinarias cada vez más sofisticadas. Con ello, el componente productor de valor incluido en la misma inversión, la fuerza de trabajo humano, disminuye en proporción.
En Revolutinary Perspectives (RP) N° 8, CWO intenta demostrar, siguiendo el análisis de Grossman y Mattick, que hay un punto en el que el valor global “del capital constante será tan grande que la plusvalía producida será insuficiente para realizar mayores inversiones”[3]. Este es el centro de todos los análisis que, como los de CWO, tratan de comprender la crisis capitalista únicamente en términos de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia. Tal análisis admite que la mencionada tendencia puede y de hecho confronta al capitalista individual con inmensos problemas, pero al mismo tiempo insiste en que tal aspecto es secundario respecto al problema principal de la rentabilidad del capital global. Como dice Mattick en su comentario del trabajo de Grossman, el cual es la base del análisis de CWO, “para comprender la acción de la ley del valor y de la acumulación tenemos primero que dejar de lado a los movimientos individuales y externos y considerar la acumulación desde el punto de vista del capital total ”[4].
Según este análisis, tal como lo sugiere la cita de RP, la causa de la crisis no es otra que la escasez absoluta de plusvalía a escala mundial. Esto demuestra, de una vez, las consecuencias de abstraerse del mundo real del desarrollo capitalista, así como también las de ver al capitalismo sólo en términos de relaciones entre categorías económicas abstractas, como capital constante y variable. El capitalista individual, en el mundo real, necesita cierta masa de plusvalía para invertir, si es que su inversión va a producir ganancias al nivel requerido de rentabilidad. Pero el nivel de rentabilidad y la masa de plusvalía requerida están enteramente determinados por la lucha competitiva con los demás capitalistas individuales. Si el capitalista no puede producir a niveles de productividad equivalentes o mayores que los de sus competidores, se ve abocado a su segura extinción. Con el desarrollo de la industria, la cuota de ganancia tiende a disminuir, mientras que la masa de plusvalía requerida para la inversión a niveles competitivos de rentabilidad aumenta constantemente. Sin embargo, si uno no toma en cuenta la lucha competitiva, ¿Cómo es posible determinar el punto en el que el capital global es incapaz de producir “suficiente” plusvalía para invertir al nivel requerido de rentabilidad?. En un mundo teórico capitalista, vacío de toda competencia, esta pregunta se vuelve un sin sentido: porque el factor que determina el “nivel requerido de rentabilidad”, la misma lucha competitiva, se encuentra ausente.
Dentro de este modelo abstracto de acumulación capitalista, Grossman supone que el nivel requerido de rentabilidad para el capital global, es aquél que permite al capital constante un crecimiento anual del 10% y, respecto al capital variable, de un 5% . Cuando la tasa de ganancia cae por debajo del 10%, tal crecimiento se vuelve imposible y por tanto, según Grossman, la crisis comienza.
Es evidente que una vez que la cuota de ganancia cae muy por debajo del 10% es imposible que se incremente el capital constante en un 10% y el capital variable en un 5% . No necesitamos una tabla estadística para comprenderlo. Pero la razón por la que tal situación presentaría un problema sin solución para el capital global, es un asunto que queda oscuro. A pesar del impresionante manejo estadístico de Grossman, éste no llega a demostrar en absoluto cual sería la terrible calamidad del capitalismo, en el caso de que el capital constante creciera sólo en un 9% y el capital variable en un 4%. Ni tampoco si los datos fueran un 8% y 3% o incluso un 3% y 1%...
Los datos incluidos en las tablas de Grosaman son, evidentemente, pura ficción. Sin embargo, sus tablas intentan explicar las “Leyes internas del capitalismo” al pretender demostrar que cuando la cuota de ganancia global y, por tanto, la de acumulación caen por debajo de un determinado nivel, todo el proceso de producción se interrumpe, y comienza todo un período de convulsiones económicas.
Por otro lado, según Mattick, existen dos razones por las cuales la caída de la cuota de acumulación lleva a la crisis del capital global. Primero y ante todo, porque causa desempleo: si la cuota de crecimiento del capital variable cae por debajo de un nivel determinado, ésta no puede seguir el ritmo de crecimiento de la población. Segundo, porque si la cuota de crecimiento del capital constante cae también por debajo de cierto nivel, “el aparato productivo no podrá renovarse ni expandirse de forma que mantenga el ritmo del progreso técnico”[5]. Esta obsesión con las categorías económicas conduce finalmente a la conclusión de que la causa de la crisis capitalista es una incapacidad técnica para satisfacer las necesidades de acumulación permanente y por lo tanto, para satisfacer las necesidades de la humanidad. Nada está más lejos del análisis de Marx, que ve la crisis en términos de las contradicciones sociales que surgen de un capitalismo técnicamente incapaz de satisfacer dichas necesidades.
En el nivel abstracto y global, divorciado de la realidad social del capitalismo, la cuota decreciente de ganancia no es una condición que por sí misma presente una amenaza para el capitalismo. La caída de la cuota de ganancia y, por tanto, de la cuota de acumulación, en términos de valores de cambio, simplemente refleja el crecimiento de la productividad del trabajo. Esto significa que a pesar de que la riqueza social crece cada vez con mayor rapidez, en términos de valores de uso (por ej. los elementos materiales de producción y consumo), éste crecimiento depende cada vez menos del aumento de trabajadores empleados, puesto que el trabajo humano es la única fuente de valor, la plusvalía extraída de la clase obrera, tanto como las cuotas de ganancia y acumulación tienden a caer, pese al crecimiento continuo de bienes materiales. La última consecuencia de esta tendencia es la de la producción automatizada en la que se excluye al trabajador del proceso productivo. Al llegar a este punto, no obstante el fantástico crecimiento de la producción de mercancías, la cuota de acumulación será sencillamente ZERO, esto es, la producción se estancará en términos de valores de cambio. Claro, este punto hipotético nunca será alcanzado. Pero nos sirve para demostrar el hecho de que la caída de la cuota de ganancia revela, no la incapacidad del capitalismo para producir suficiente plusvalía, sino más bien el hecho de que el crecimiento de la producción depende cada vez menos de la extracción de la plusvalía. Expresa, en otras palabras, la tendencia del modo de producción capitalista “Hacia el desarrollo absoluto de las fuerzas productivas sin tomar en cuenta el valor ni la plusvalía que éstas contengan” (Marx, El Capital, vol. 3).
Baste esto para contestar a la supuesta incapacidad del aparato productivo “para mantener el ritmo del progreso técnico”. Si esta tendencia fuera la única “contradicción” del capitalismo, éste podría, mediante la distribución racional de plusvalía, continuar para siempre a pesar de la cuota decreciente de ganancia. El capitalismo contaría también con una capacidad siempre creciente para satisfacer las necesidades de la humanidad; y esto tanto en términos de abundancia de mercancías como respecto al bienestar físico de la humanidad. En tal situación, por tanto, el “crecimiento del desempleo” representaría nada menos que el aumento del tiempo de ocio, ya que el capitalismo se hubiera liberado de la necesidad del explotar trabajo humano en la producción de mercancías. ¡Y esto sería valido aunque la cuota de ganancia fuera de un 10% en términos globales, de un 5%, 1% y aun menos¡ En este sentido, Luxemburgo estaba perfectamente en lo correcto cuando dijo que ” … queda aun tiempo para que se derrumbe, por este camino (la cuota decreciente de ganancia), el rendimiento del capitalista; algo así como lo que queda hasta la extinción del sol” (R. Luxemburgo, “Una Anticrítica”).
De hecho, esta distribución racional de plusvalía es, en términos generales, el objetivo de la economía keynesiana; un análisis que se basa explícitamente en el reconocimiento de la cuota decreciente de ganancia:
“Según Keynes, el estancamiento del capital expresa la incapacidad o falta de voluntad del capitalista para aceptar una rentabilidad decreciente ….. Keynes llegó finalmente a la conclusión de que el deber de planificar el volumen corriente de inversión no puede dejarse con confianza en manos privadas …” (Mattick, “Marx y Keynes”).
Keynes no vio por qué la caída de la rentabilidad plantearía problemas insolubles al capitalismo. Sin embargo, la visión burguesa de Keynes no le permitió comprender cómo las bases sociales mismas del capitalismo impiden el tipo de distribución racional de plusvalía que él defendía. El objetivo del capitalismo tal como Marx lo afirmó no es otro sino el de “preservar la autoexpansión del capital existente y el de promover esta autoexpansión al más alto nivel posible” (Marx , ob. Cit.). Lo que importa, por lo tanto, no es la distribución racional de la plusvalía a nivel global, sino los intentos de cada c