2000 - 100 a 103

  

Revista Internacional n° 103, 4o trimestre 2000

Al inicio del siglo XXI - ¿ Por qué el proletariado no ha acabado aún con el capitalismo ? (I)

El siglo XXI va a comenzar. ¿Qué aportará a la humanidad?. En el número 100 de nuestra Revista internacional, poco después de las celebraciones que realizó la burguesía por la llegada del año 2000, escribíamos: “... Así acaba el siglo, el siglo más bárbaro y trágico de la historia: en la descomposición de la sociedad. Si la burguesía ha podido celebrar con fasto el año 2000, es poco probable que pueda hacer lo mismo en el año 2100. Ya sea porque ha sido derrocada por el proletariado, o porque la sociedad habrá sido destruida o habrá retrocedido a la Edad de Piedra...”. Lo que hay en juego, se puede plantear claramente en estos términos: lo que sea el siglo XXI depende enteramente del proletariado. O bien es capaz de hacer la revolución, o llegará la destrucción de toda civilización y de la humanidad. A pesar de los bellos discursos humanistas y las declaraciones eufóricas que nos cuenta cada día, la burguesía no hará nada para evitar tan sombría salida. En modo alguno se trata de una cuestión de buena o mala voluntad de su parte o de la de sus gobiernos. Son las contradicciones insuperables de su sistema social, el capitalismo, las que conducen de forma ineluctable a la sociedad a su perdición. Desde hace una década, hemos tenido que soportar cotidianamente las campañas sobre el “fin del comunismo”, es decir, de la clase obrera. Por ello, es necesario reafirmar con fuerza, a pesar de las dificultades que tiene y puede encontrar el proletariado, que no existe ninguna otra fuerza en la sociedad capaz de resolver las contradicciones que la desgarran.

Es precisamente porque la clase obrera no ha sido capaz hasta el momento de cumplir su tarea histórica de destruir el capitalismo, por lo que el siglo XX se ha hundido en la barbarie. Por ello, el proletariado solo será capaz de encontrar la fuerza que necesita para cumplir sus responsabilidades históricas si es capaz de comprender las razones por las que ha fallado en las situaciones que la historia le ha planteado sus responsabilidades en el siglo que acaba. A esta tarea se propone contribuir, modestamente, este artículo.

Antes de examinar las causas del fracaso del proletariado para cumplir su tarea histórica a lo largo del siglo XX, es necesario tratar una cuestión sobre la que los revolucionarios no siempre han manifestado una claridad suficiente.

¿Es ineluctable la revolución comunista?

La cuestión es fundamental ya que de su respuesta depende en gran parte la capacidad de la clase obrera para comprender plenamente la dimensión de su tarea histórica. Un gran revolucionario como Amadeo Bordiga ([1]) afirmó, por ejemplo, que “... la revolución socialista es tan cierta como si ya hubiera tenido lugar...”. Y no ha sido el único que ha emitido tal idea. La podemos encontrar igualmente en ciertos escritos de Marx, de Engels o de otros marxistas.

En El Manifiesto comunista podemos leer una afirmación que se puede interpretar en el sentido de que la victoria del proletariado no será ineluctable: “... Opresores y oprimidos se encuentran en constante oposición; desarrollan una lucha sin descanso, ya sea abierta, ya soterrada, que cada vez acaba, bien con la transformación revolucionaria de toda la sociedad, o bien finaliza con la ruina de ambas clases en lucha...”([2]). Sin embargo, esta constatación se aplica únicamente a las clases del pasado. En lo que se refiere al enfrentamiento entre proletariado y burguesía, la salida no plantea dudas: “... El progreso de la industria, del que la burguesía es vehículo pasivo e inconsciente, sustituye poco a poco el aislamiento de los trabajadores, nacido de la competencia, por su unión revolucionaria por medio de la asociación. A medida que la gran industria se desarrolla, la base misma sobre la que la burguesía ha controlado la producción y la apropiación de los productos se derrumba bajo sus pies. Lo que produce, sobre todo, es a sus propios enterradores. Su eliminación y el triunfo del proletariado son igualmente inevitables...”([3]).

En realidad, en los términos empleados por los revolucionarios, hay a menudo una confusión entre el hecho de que la revolución comunista es absolutamente necesaria, indispensable para salvar a la humanidad y su carácter cierto.

En nuestra opinión, lo más importante, evidentemente, es demostrar, y el marxismo así lo intenta desde sus inicios que:

– el capitalismo no es un modo de producción definitivo, la forma “por fin hallada” de organización de la producción que puede asegurar una riqueza creciente a todos los seres humanos;

– que en un momento determinado de su historia, ese sistema sólo puede llevar a la sociedad a convulsiones crecientes, destruyendo los progresos que había aportado precedentemente;

– que la revolución comunista es indispensable para permitir a la sociedad proseguir su marcha hacia una verdadera comunidad humana en la que el conjunto de las necesidades humanas sean plenamente satisfechas;

– que la sociedad capitalista ha creado en su seno las condiciones objetivas y puede crear las condiciones subjetivas que permitan tal revolución: las fuerzas productivas materiales, una clase capaz de transformar el orden burgués y dirigir la sociedad, la conciencia para que esta clase pueda llevar a cabo su tarea histórica.

Sin embargo, todo el siglo XX pone de relieve la inmensa dificultad de esta tarea histórica. El siglo que termina nos permite en particular comprender mejor que, para la revolución comunista, absoluta necesidad no quiere decir certeza, que la partida no se ha ganado antes de jugarla, que la victoria del proletariado no está ya escrita en el gran libro de la Historia. De hecho, además de la barbarie en la que ha caído este siglo, la amenaza de una guerra nuclear que ha pesado como una espada de Damocles sobre el mundo durante más de 40 años ha permitido ver, casi tocar, el hecho de que el capitalismo podría haber destruido la sociedad. Esta amenaza está por el momento descartada por el hecho de la desaparición de los grandes bloques imperialistas, pero las armas que pueden poner fin a la especie humana siguen estando ahí, tanto como los antagonismos entre los Estados que pueden llegar un día a utilizarlas.

Por otra parte, desde finales del siglo pasado, evocando explícitamente la alternativa “Socialismo o Barbarie”, Engels, redactor con Marx del Manifiesto comunista, aborda de nuevo la idea del carácter ineluctable de la revolución y la victoria del proletariado. Hoy en día, es muy importante que los revolucionarios digan claramente a su clase, y para hacerlo deben estar realmente convencidos, que no hay fatalidad, que la partida no se gana de antemano y, que lo que hay en juego en su lucha es ni más ni menos que la supervivencia de la humanidad. Solo si es consciente de la amplitud de su tarea, de lo que verdaderamente está en juego, la clase obrera podrá encontrar la voluntad y la fuerza de acabar con el capitalismo. Marx decía que la voluntad es la manifestación de una necesidad. La voluntad del proletariado para hacer la revolución comunista será tanto más grande cuanto más imperiosa sea a sus ojos la necesidad de tal revolución.

¿Por qué la revolución comunista no es una fatalidad?

Los revolucionarios del siglo pasado, incluso no disponiendo de la experiencia del siglo XX para dar una respuesta a esa pregunta, o al menos para formularla claramente, nos han dado sin embargo los elementos para abordar la respuesta.

“Las revoluciones burguesas, como las del siglo XVIII, van de éxito en éxito, sus efectos dramáticos van acentuándose, los hombres y las cosas parecen ser arrastrados por fuegos diamantinos, el entusiasmo es el estado permanente de la sociedad, pero son de corta duración. Rápidamente, alcanzan su punto culminante y un largo malestar se apodera de la sociedad antes de que ésta haya aprendido a apropiarse con calma de los resultados de su período tormentoso. Las revoluciones proletarias, en cambio, como las del siglo XIX, se critican a sí mismas constantemente, interrumpen a cada rato su propio discurrir, retornan a lo que parecía ya cumplido para volver a empezarlo otra vez, se mofan sin piedad de las vacilaciones, las debilidades y las miserias de sus primeras tentativas, parece que no echan abajo a su adversario sino para permitirle que recupere nuevas fuerzas y así, frente a éstas, volver a erguirse cual gigante, retroceden constantemente una y otra vez ante lo descomunal, lo infinito de sus propios objetivos hasta que se haya creado la situación en la que sea imposible toda vuelta atrás, en la que las circunstancias mismas griten: Hic Rhodus, hic salta!([4]).

Esta muy conocida cita de El 18 Brumario de Luis Bonaparte escrito por Marx a comienzos de 1852 (es decir, algunas semanas después del golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851) da cuenta de curso difícil y tortuoso de la revolución proletaria. Tal idea fue recogida, cerca de 70 años después, por Rosa Luxemburgo en el artículo que escribió en vísperas de su asesinato, poco después del aplastamiento de la insurrección de Berlín en enero de 1919: “... De esta contradicción entre la tarea que se impone y la ausencia, en la etapa actual de la revolución, de las condiciones previas que permiten resolverla, resulta que las luchas terminan con una derrota formal. Pero la revolución [proletaria] es la única forma de ‘guerra’ – es de hecho una de las leyes de su desarrollo – en la que la victoria final no puede ser obtenida más que por una serie de ‘derrotas’. (...) Las revoluciones... no nos han aportado hasta ahora más que derrotas, pero estos fracasos inevitables son precisamente la garantía reiterada de la victoria final. ¡Con una condición, bien es cierto! Pues hay que estudiar en qué condiciones se ha producido la derrota cada vez..”([5]).

Estas citas evocan esencialmente el curso doloroso de la revolución comunista, la serie de derrotas que jalonan su camino hacia la victoria. Pero, al mismo tiempo permiten poner en evidencia dos ideas esenciales:

– la diferencia que existe entre la revolución proletaria y las revoluciones burguesas;

– la condición esencial de la victoria del proletariado, una condición que no esta ganada de antemano: la capacidad de esta clase de tomar conciencia extrayendo las lecciones de sus derrotas.

Es justamente la diferencia entre las revoluciones burguesas y la revolución proletaria lo que permite comprender por qué esta última no ha de ser considerada como una certeza.

En efecto, lo propio de las revoluciones burguesas, es decir la toma del poder político exclusivo por la clase capitalista, es que ello no constituye el punto de partida, sino el de llegada, de todo un proceso de transformación económica en el seno de la sociedad. Una transformación económica en la que las antiguas relaciones de producción, es decir las relaciones de producción feudales, son progresivamente sustituidas por las relaciones de producción capitalistas que sirven de apoyo a la burguesía para la conquista del poder político: “... De los siervos de la gleba de la Edad Media surgieron los ‘villanos’ de las primeras ciudades; y estos villanos fueron el germen de donde brotaron los primeros elementos de la burguesía.

“El descubrimiento de América, la circunnavegación de África abrieron nuevos horizontes e imprimieron nuevo impulso a la burguesía. El mercado de China y de las Indias orientales, la colonización de América, el intercambio con las colonias, el incremento de los medios de cambio y de las mercaderías en general, dieron al comercio, a la navegación, a la industria, un empuje jamás conocido, atizando con ello el elemento revolucionario que se escondía en el seno de la sociedad feudal en descomposición.

“El régimen feudal o gremial de producción que seguía imperando no bastaba ya para cubrir las necesidades que abrían los nuevos mercados. Vino a ocupar su puesto la manufactura. Los maestros de los gremios viéronse desplazados por la clase media industrial, y la división del trabajo entre las diversas corporaciones fue suplantada por la división del trabajo dentro de cada taller.

“Pero los mercados seguían dilatándose, las necesidades seguían creciendo. Ya no bastaba tampoco la manufactura. El invento del vapor y la maquinaria vinieron a revolucionar el régimen industrial de producción. La manufactura cedió el puesto a la gran industria moderna, y la clase media industrial hubo de dejar paso a los magnates de la industria, jefes de grandes ejércitos industriales, a los burgueses modernos (...).

“Vemos, pues, que la moderna burguesía es, como lo fueron en sus tiempos las otras clases, producto de un largo proceso histórico, fruto de una serie de transformaciones radicales operadas en el régimen de cambio y producción.

“A cada etapa de avance recorrida por la burguesía corresponde una nueva etapa de progreso político. Clase oprimida bajo el mando de los señores feudales, la burguesía forma en la ‘comuna’ una asociación autónoma y armada para la defensa de sus intereses; en unos sitios se organiza en repúblicas municipales independientes; en otros forma el tercer estado tributario de las monarquías; en la época de la manufactura es el contrapeso de la nobleza dentro de la monarquía feudal o absoluta y el fundamento de las grandes monarquías en general, hasta que, por último, implantada la gran industria y abiertos los cauces del mercado mundial, se conquista la hegemonía política y crea el moderno Estado representativo...”([6]).

Totalmente diferente es el proceso de la revolución proletaria. Mientras que las relaciones de producción capitalista pudieron desarrollarse progresivamente en el seno de la sociedad feudal, las relaciones de producción comunistas no pueden desarrollarse en el seno de la sociedad capitalista dominadas por las relaciones mercantiles y dirigidas por la burguesía. La idea de un desarrollo progresivo de “islotes de comunismo” en el seno del capitalismo pertenece al ideario del socialismo utópico y fue combatida por el marxismo y el movimiento obrero desde mediados del siglo pasado. Esto es igualmente cierto para otra variante de esta misma idea, la de las cooperativas de producción o de consumo que ni pudieron y ni podrán nunca sustraerse a las leyes del capitalismo y que, en el “mejor de los casos”, transforman a los obreros en pequeños capitalistas, o bien directamente en sus propios explotadores. En realidad, al ser la clase explotada del modo de producción capitalista, privada por definición de cualquier medio de producción, la clase obrera no dispone en el seno del capitalismo, y no puede disponer, de puntos de apoyo económicos para la conquista del poder político. Al contrario, el primer acto de transformación comunista de la sociedad consiste en la toma del poder político a escala mundial por el conjunto del proletariado organizado en Consejos obreros, es decir un acto consciente y deliberado.

A partir de esta posición tras la toma del poder político, la dictadura del proletariado, éste podrá transformar progresivamente las relaciones económicas, socializar el conjunto de la producción, abolir los intercambios mercantiles, sobre todo el primero de entre todos ellos, el salariado, y crear una sociedad sin clases.

La revolución burguesa, la toma del poder político exclusivo por la clase capitalista, era ineluctable en la medida en que ello era el resultado de un proceso económico, ineluctable en un momento dado de la vida de la sociedad feudal, un proceso en el que la voluntad política consciente de los hombres poco tenía que hacer. En función de las condiciones existentes en cada país, ella pudo intervenir más o menos pronto en el desarrollo del capitalismo por lo que este tomó diferentes formas: cambio violento del Estado monárquico, como en Francia, o conquista progresiva de posiciones políticas por la burguesía en el seno de ese Estado, como fue más en el caso de Alemania. En otras ocasiones pudo obtener una república, como en los Estados Unidos o una monarquía constitucional, de la que el ejemplo más típico es el representado por el régimen monárquico de Inglaterra, es decir, la primera nación burguesa. Sin embargo, en todos los casos, la victoria política final de la burguesía estaba asegurada. Incluso cuando las fuerzas políticas revolucionarias de la burguesía sufrieron reveses (como así ocurrió en Francia con la Restauración o en Alemania con el fracaso de la revolución de 1848), eso apenas si influyó en el avance en el plano económico e igualmente en el plano político.

Para el proletariado, la primera condición de éxito de su revolución es evidentemente que existan las condiciones materiales de transformación comunista de la sociedad, condiciones que vienen dadas por el propio desarrollo del capitalismo.

La segunda condición de la revolución proletaria reside en el desarrollo de una crisis abierta de la sociedad burguesa, prueba evidente de que las relaciones de producción capitalista deben ser sustituidas por otras relaciones de producción ([7]).

Pero una vez que estas condiciones materiales están presentes, de ello no se desprende forzosamente que el proletariado sea capaz de hacer su revolución. Privado de todo punto de apoyo económico en el seno de la sociedad capitalista, se única verdadera fuerza, además de su número y organización, es su capacidad para tomar conciencia plena de la naturaleza, los objetivos y los medios de su combate. Tal es el sentido profundo de la cita de Rosa Luxemburg que hemos reproducido más arriba. Y esta capacidad del proletariado para tomar conciencia no se desprende automáticamente de las condiciones materiales en las que vive, ya que no está escrito en ninguna parte que podrá adquirir esa conciencia antes de que el capitalismo pueda conseguir hundir a la sociedad en la barbarie total o en la destrucción.

Y uno de los medios de los que dispone el proletariado para evitar, y evitar al conjunto de la sociedad, esta última salida, es precisamente sacar todas las lecciones de sus derrotas precedentes, como recordaba Rosa Luxemburg. En particular es necesario comprender por qué no ha sido capaz de hacer su revolución a lo largo del siglo XX.

Revolución y contrarrevolución

Es frecuente que los revolucionarios tiendan a sobrestimar las potencialidades del proletariado en un momento dado. Marx y Engels no pudieron evitar esta tendencia ya que, cuando redactaron el Manifiesto Comunista, a principios de 1848, presentaron la revolución comunista como algo inminente y que la revolución burguesa en Alemania, que sucedió pocos meses después, serviría para que aquél tomara el poder en este país. Esta tendencia se explica perfectamente por el hecho de que los revolucionarios, y por eso precisamente lo son, aspiran con todas sus fuerzas a la destrucción del capitalismo y a la emancipación de su clase y, de ahí la impaciencia que les acecha a menudo. Sin embargo, contrariamente a los elementos pequeño burgueses o a los que están influenciados por la ideología de la pequeña burguesía, son capaces de reconocer rápidamente la inmadurez de las condiciones para la revolución. En efecto, la pequeña burguesía es por excelencia una clase que, políticamente hablando, vive al día, y que no tiene ningún papel histórico que jugar. El inmediatismo y la impaciencia (“La revolución ya” como clamaban los estudiantes de 1968) son propios de esta categoría social de la que, quizás durante una revolución proletaria, parte de sus elementos puedan unirse al combate de la clase obrera, pero en su mayor parte tiende a aliarse con el más fuerte, es decir con la burguesía. Al contrario, los revolucionarios proletarios, expresión de una clase histórica, son capaces de superar la impaciencia e implicarse decididamente en la paciente y difícil tarea de preparar y prepararse para los futuros combates de clase.

Por ello en 1852, Marx y Engels, reconocieron que las condiciones de la revolución proletaria no estaban maduras en 1848 y que el capitalismo debía vivir todavía un amplio desarrollo para que esas condiciones llegaran. Entonces, estimaron que se debía disolver su organización, la Liga de los Comunistas, que había sido fundada en vísperas de la revolución de 1848, antes que ésta cayera bajo la influencia de elementos impacientes y aventureros (la tendencia Willicht-Schapper).

En 1864, cuando participaron en la fundación de la Asociación internacional de los trabajadores (AIT), Marx y Engels pensaron, de nuevo, que la hora de la revolución había sonado, pero justo antes de la Comuna de París de 1871, se dieron cuenta de que el proletariado aún no estaba preparado, ya que el capitalismo todavía disponía ante sí de todo un potencial de desarrollo de su economía. Tras la derrota de la Comuna de París que significó una grave derrota para el proletariado europeo, comprendieron que el papel histórico de la AIT había terminado y que era necesario preservarla, también a ella, de la acción de elementos impacientes y aventureros (como Bakunin) representados principalmente por los anarquistas. Por eso, en el Congreso de la Haya de 1872, intervinieron con determinación para conseguir la exclusión de Bakunin y su Alianza para la democracia socialista y, del mismo modo, propusieron y defendieron la decisión de transferir el Consejo general de la AIT de Londres a Nueva York, lejos de las intrigas que se estaban desarrollando por parte de toda una serie de elementos que ambicionaban apoderarse de la Internacional. Esta decisión
correspondía de hecho a una decisión de poner bajo mínimos a la AIT para que después la Conferencia de Filadelfia pudiera pronunciar su disolución en 1876.

Así, las dos revoluciones que se habían producido hasta aquel momento, la de 1848 y la Comuna, habían fracasado porque las condiciones materiales de la victoria del proletariado aún no existían. Será en el período siguiente, en el que se conocerá el desarrollo más pujante de la historia del capitalismo, cuando estas condiciones se dieron.

Ese es un período de gran desarrollo del movimiento obrero. Es entonces cuando se crean los sindicatos en la mayor parte de países, y es cuando se fundan los Partidos socialistas de masas que, en 1889, se reagruparon en el seno de la Internacional socialista (IIª Internacional).

En la mayor parte de los países de Europa Occidental, el movimiento obrero organizado ganaba más y más posiciones. Si bien es cierto que durante cierto tiempo los gobiernos persiguieron a los partidos socialistas (así fue en Alemania entre 1878 y 1890, aplicándose las llamadas “leyes antisocialistas”), esta política al poco tiempo tendió a ser modificada a favor de una actitud más benévola hacia ellos. Entonces, esos partidos se convirtieron en verdaderas poderes en la sociedad, hasta el punto de que, en ciertos países, disponían del grupo parlamentario más fuerte y daban la impresión de que podían conseguir el poder en el seno del Parlamento. El movimiento obrero parecía haberse convertido en invencible. Para muchos, se acercaba la hora en la que se podría derrocar al capitalismo apoyándose en esa institución específicamente burguesa: la democracia parlamentaria.

Paralelamente al auge de las organizaciones obreras, el capitalismo conoció una prosperidad sin igual, dando la impresión de que sería capaz de superar las crisis cíclicas que le habían afectado en el período precedente. En el seno de los partidos socialistas se desarrollaron tendencias reformistas que consideraban que el capitalismo había conseguido superar sus contradicciones económicas y que, por ello, no era necesario acabar con él por medio de la revolución. Aparecieron teorías, como la de Bersntein, que consideraba que había que “revisar” el marxismo, en particular para abandonar su visión “catastrofista”. La victoria del proletariado sería pues el resultado de toda una serie de conquistas obtenidas en lo económico y sindical.

En realidad, ambas fuerzas antagónicas que parecían desarrollar su potencia en paralelo, el capitalismo y el movimiento obrero, estaban minadas desde el interior.

El capitalismo, de un lado, vivía sus últimos días de gloria (que han quedado en la memoria colectiva como la “Belle époque”). Mientras que, en lo económico, su prosperidad parecía no tener fin, particularmente en las potencias emergentes que eran Alemania y Estados Unidos, la llegada de su crisis histórica se hacía notar fuertemente con el aumento del imperialismo y el militarismo. Los mercados coloniales, como había puesto en evidencia Marx medio siglo antes, habían sido un factor fundamental para el desarrollo del capitalismo. Cada país capitalista avanzado, incluyendo a los pequeños como Holanda y Bélgica, se había construido su imperio colonial como fuente de materias primas y mercados para dar salida a sus mercancías. Ahora bien, a finales del siglo XIX, el mundo capitalista entero estaba repartido entre las viejas naciones burguesas. Desde entonces, el acceso de cada una de ellas a nuevos mercados y a nuevos territorios la conducía a un enfrentamiento directo en la zona “privada” de sus rivales. El primer choque ocurrió en septiembre de 1898 en Fachoda, Sudán, conflicto en el que Francia e Inglaterra, las dos principales potencias coloniales, estuvieron a punto de enfrentarse. Los objetivos de la aquélla (controlar el Alto Nilo y colonizar un eje Oeste-Este, Dakar- Yibuti) chocaron con la ambición de Inglaterra (fusionar un eje Norte-Sur con un eje El Cairo-El Cabo). Finalmente, Francia retrocedió y los dos rivales decidieron llegar a una “Entente cordiale” ante el empuje y las unas ambiciones de un tercero en discordia con ambiciones tan grandes como reducido era su imperio colonial, o sea, Alemania. Las codiciosas ambiciones imperialistas alemanas respecto de las demás potencias europeas se concretaron, algunos años más tarde, entre otros sucesos, en el incidente de Agadir en 1911, en el que una fragata alemana se presentó con la voluntad de ofender a Francia y sus ambiciones en Marruecos. El otro aspecto de los apetitos imperialistas de Alemania en el terreno colonial se plasmó en el impresionante desarrollo de su marina de guerra, flota que ambicionaba competir con la flota inglesa por el control de las vías marítimas.

También en ese aspecto cambió de forma radical la vida del capitalismo a principios del siglo XX: al mismo tiempo que se multiplicaban las tensiones y los conflictos armados que involucraban más o menos ocultamente a las potencias burguesas europeas, hubo un importante incremento del armamento de esas potencias al tiempo que se tomaban medidas sistemáticas para el aumento de los efectivos militares (como el de la duración del servicio militar en Francia, la ley de “los tres años”). 

 Este aumento de las tensiones imperialistas y del militarismo, del mismo modo que las grandes maniobras diplomáticas entre las principales naciones europeas que reforzaban sus alianzas respectivas para la guerra, fue evidentemente objeto de gran atención por parte de los grandes partidos de la Segunda internacional. Estos, en su congreso de 1907 en Stuttgart, dedicaron una importante resolución a esta cuestión, resolución que integraba una enmienda presentada en especial por Lenin y Rosa Luxemburg en la que se planteaba explícitamente que: “... Si, a pesar de todo, estalla una guerra, los socialistas tienen el deber de actuar para que esta finalice lo antes posible y, deben utilizar por todos los medios la crisis económica y política provocada por la guerra para despertar al pueblo y así acelerar la caída de la dominación capitalista”([8]).

En noviembre de 1912, la Internacional socialista convocó un Congreso extraordinario (Congreso de Basilea) para denunciar la amenaza de guerra y llamar al proletariado a la movilización contra ella. El Manifiesto de este Congreso ponía en guardia a la burguesía: “... Que los Gobiernos burgueses no olviden que la guerra franco-alemana dio lugar a la insurrección de la Comuna y que la guerra ruso-japonesa puso en marcha el movimiento de las fuerzas revolucionarias de Rusia. Para los proletarios, es criminal disparar unos contra los otros en beneficio de los capitalistas, el orgullo de las dinastías, o las componendas de los tratados secretos...”.

Así, en apariencia, el movimiento obrero se había preparado para enfrentarse al capitalismo en caso de que este último desencadenara la barbarie guerrera. Por otra parte, en aquella época, entre la población de los diferentes países europeos, y no únicamente entre la clase obrera, existía un fuerte sentimiento de que la única fuerza de la sociedad que podría impedir la guerra era la Internacional socialista. En realidad, de la misma forma que el sistema capitalista estaba minado desde el interior y se aproximaba inexorablemente a la época de su quiebra histórica, el movimiento obrero, a pesar de su fuerza aparente, sus poderosos sindicatos, los “éxitos electorales crecientes” de sus partidos, se había debilitado notablemente y se encontraba en vísperas de una quiebra catastrófica. Más todavía, lo que constituía esa fuerza aparente del movimiento obrero era en realidad su mayor debilidad. Los éxitos electorales de los partidos socialistas magnificaron excepcionalmente las ilusiones democráticas y reformistas entre las masas obreras. Del mismo modo, el enorme poder de las organizaciones sindicales, especialmente en Alemania y el Reino Unido, se transformó, en realidad, en un instrumento de defensa del orden burgués y de alistamiento de los obreros para la guerra y la producción de armamentos([9]).

También conviene recordar, que cuando al inicio del verano de 1914, tras el atentado en Sarajevo contra el heredero del trono austro-húngaro, las tensiones militares empezaron a acelerarse a pasos agigantados hacia la guerra, los partidos obreros, no solo dieron muestras de impotencia, aportaron, además, en la mayor parte de los casos, su apoyo a la propia burguesía nacional. En Francia y Alemania, se establecieron incluso contactos directos entre los dirigentes de los partidos socialistas y el gobierno para discutir sobre qué políticas adoptar para conseguir el alistamiento para la guerra. Y en cuanto estalló, como un solo hombre, esos partidos aportaron su pleno apoyo al esfuerzo de guerra de la burguesía y consiguieron implicar a las masas obreras en tan terrible carnicería. Mientras los gobiernos de turno apelaban a la “grandeza” de sus naciones respectivas, los partidos socialistas empleaban argumentos más adaptados a su papel de reclutadores de los obreros. No se trataba, según ellos, de guerras al servicio de intereses burgueses para, por ejemplo, recuperar Alsacia y Lorena, sino de una guerra para proteger la “civilización” contra el “militarismo alemán”, como decían en Francia. Al otro lado del Rin, no era una guerra en defensa del imperialismo alemán sino una guerra por “la democracia y la civilización” contra la “tiranía y la barbarie zaristas”. Pero, con discursos diferentes, los dirigentes socialistas tenían en mismo objetivo que la burguesía: realizar la “Unión nacional”, enviar a los obreros a la matanza y justificar el estado de excepción, es decir, la censura militar, la prohibición de las huelgas y de las manifestaciones obreras, y de todas las publicaciones y reuniones que denunciaban la guerra.

El proletariado no pudo impedir el estallido de la guerra mundial. Fue una terrible derrota para él, pero una derrota sufrida sin combates abiertos contra la burguesía. Sin embargo, la lucha contra la degeneración de los partidos socialistas, degeneración que condujo a su traición en el verano de 1914 y al estallido de la carnicería imperialista, había comenzado mucho antes, más precisamente a finales del siglo XIX e inicios del siglo XX. Así, en el partido alemán, Rosa Luxemburg había librado la batalla contra las teorías revisionistas de Bernstein justificadoras del reformismo. Oficialmente el partido había rechazado tales teorías pero, algunos años más tarde, ella tuvo que reanudar el combate no solo contra la derecha del partido sino también contra el centro representado principalmente por Kaustky, cuyo lenguaje más radical servía, en realidad, de tapadera para el abandono de la perspectiva de la revolución.

En Rusia, en 1903, los bolcheviques entablaron una lucha contra el oportunismo en el seno del partido socialdemócrata, al principio sobre problemas de organización, después a propósito de la naturaleza de la revolución de 1905 y de la política que debía desarrollarse en su seno. Pero estas corrientes revolucionarias en el seno de la Internacional socialista eran, en su conjunto, muy débiles, por mucho que los Congresos de los partidos socialistas y de la Internacional recogieran a menudo sus posiciones.

A la hora de la verdad, los militantes socialistas que defendían posiciones internacionalistas y revolucionarias se encontraron trágicamente aislados. En la Conferencia internacional contra la guerra de septiembre de 1915 en Zimmerwald (Suiza), los delegados (entre los que se encontraban también elementos del centro, vacilantes entre las posiciones de la izquierda y la derecha) cabían en cuatro taxis, como recordaba Trotski. Este terrible aislamiento no les impidió proseguir su combate, a pesar de la represión que se abatió sobre ellos (en Alemania, Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, los dos principales dirigentes del grupo Spartakus que defendían el internacionalismo, conocieron la prisión y el encierro en fortalezas militares).

De hecho, las terribles pruebas de la guerra, las matanzas, el hambre, la explotación feroz que reinaba en las fábricas de la retaguardia empezaron a desembozar las mentes de los obreros que en 1914 se habían dejado arrastrar a la carnicería con los discursos de “la flor en el fusil”. Los discursos sobre la “civilización” y la democracia chocaban con la realidad de la inaudita barbarie en la que se hundía Europa y con la represión de cualquier tentativa de lucha obrera. Así, a partir de febrero de 1917, el proletariado en Rusia, que había hecho ya la experiencia de una revolución en 1905, se alzó contra la guerra y contra el hambre. Con sus actos, y en los hechos, concretaron las resoluciones adoptadas por los Congresos de Stuttgart y Basilea de la Internacional socialista. Lenin y los bolcheviques comprenden que ha sonado la hora de la revolución y alientan a los obreros a no conformarse con la caída del zarismo y su sustitución por un gobierno “democrático”. Hay que prepararse para el derrocamiento de la burguesía y la toma del poder por los soviets (los consejos obreros). Esta perspectiva se cumplió efectivamente en Rusia en octubre de 1917. Inmediatamente, el nuevo poder anima a seguir su ejemplo a fin de acabar con la guerra y derribar el capitalismo. En cierto modo, los bolcheviques y con ellos todos los revolucionarios de los demás países, llaman al proletariado mundial para que esté presente en esta nueva cita histórica tras haber faltado a la de 1914.

El ejemplo ruso es seguido por la clase obrera de otros países particularmente en Alemania donde, un año más tarde, el alzamiento de obreros y campesinos derroca el régimen imperial del Guillermo II y obliga a la burguesía alemana a retirarse de la guerra poniendo así fin a cuatro años de una barbarie nunca antes vivida por la humanidad. Sin embargo, la burguesía había sacado las lecciones de su derrota en Rusia. En este país el Gobierno provisional instaurado tras la revolución de Febrero 1917 fue incapaz de satisfacer una de las reivindicaciones esenciales de los obreros, la paz. Apremiado por sus aliados de la Entente, Francia e Inglaterra, se mantuvo en la guerra lo que provocó una rápida caída de las ilusiones que las masas obreras y de soldados habían depositado en él, contribuyendo a su radicalización. El derrocamiento de la burguesía, y no solo del régimen zarista, aparece como el único modo de poner fin a la carnicería. En Alemania, en cambio, la burguesía se dio la mayor prisa para detener la guerra en los primeros días de la revolución. La burguesía presenta como una victoria decisiva el derrocamiento del régimen imperial y la instauración de una república. Inmediatamente llama a que el partido socialista tome las riendas del gobierno, el cual obtiene el apoyo del Congreso de consejos obreros, dominado, precisamente, por los socialistas. Pero, sobre todo, el nuevo gobierno exige inmediatamente el armisticio a los aliados de la Entente, a lo que éstos acceden sin más demora. Además, los de la Entente lo hacen todo para permitir al nuevo gobierno alemán hacer frente a la clase obrera. Por ejemplo, Francia restituye inmediatamente al ejército alemán 16 000 ametralladoras que le había confiscado como botín de guerra. Ametralladoras que serán utilizadas más tarde para aplastar a la clase obrera.

La burguesía alemana, con el partido socialista a su cabeza, va a infligir un golpe terrible al proletariado en enero de 1919. Monta una provocación, a sabiendas, para incitar a una insurrección prematura de los obreros de Berlín. La insurrección acaba en un baño de sangre y sus principales dirigentes revolucionarios, Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht (y más tarde Leo Jogiches), son asesinados. A pesar de esto, la clase obrera alemana no está aún definitivamente derrotada. Hasta 1923 llevará a cabo tentativas revolucionarias([10]). Sin embargo, todas esas tentativas serán derrotadas, al igual que las tentativas revolucionarias o los vigorosos movimientos de la clase obrera que se dieron en otros países durante ese periodo (en Hungría, 1919, e Italia en la misma fecha, por ejemplo)([11]).

En efecto, el fracaso del proletariado en Alemania sella la derrota de la revolución mundial, la cual tendrá un último sobresalto en China en 1927, ahogado también en sangre.

Al mismo tiempo que se desarrolla la oleada revolucionaria en Europa se funda en Moscú, en marzo de 1919, la Internacional comunista (IC) o Tercera internacional, que reagrupa las fuerzas revolucionarias de todos los países. En el momento de su fundación solo existen dos grandes partidos comunistas, el de Rusia y el de Alemania, éste último constituido unos días antes de la derrota de enero de 1919. Esta Internacional suscita, en todos los países, la creación de partidos comunistas que rechazan el chauvinismo, el reformismo y el oportunismo que habían engullido a los partidos socialistas. Los partidos comunistas forman la dirección de la revolución mundial, pero se han fundado demasiado tarde a causa de las condiciones históricas presentes en su nacimiento. Cuando la Internacional comunista realmente se constituye, es decir, en su Segundo congreso en 1920, lo más fuerte de la oleada revolucionaria ya ha pasado y el capitalismo muestra que ha sido capaz de recuperar la situación, tanto en el plano económico como en el político. La clase dominante ha logrado, sobre todo, quebrar el impulso revolucionario al poner fin a su principal alimento, la guerra imperialista. Con el fracaso de la oleada revolucionaria mundial los partidos comunistas, que se han formado contra la degeneración y la traición de los partidos socialistas, acabarán degenerando uno tras otro.

Varios son los factores de esa degeneración de los partidos comunistas. El primero es que aceptan en sus filas a toda una serie de elementos que ya eran “centristas” dentro de los partidos socialistas, y que salieron de ellos mediante una rápida conversión a la fraseología revolucionaria, beneficiándose así del inmenso entusiasmo revolucionario del proletariado mundial por la Revolución rusa. Otro factor, aún más decisivo, es la degeneración del principal partido de esta Internacional, el que tenía mayor autoridad, el Partido bolchevique que había conducido la Revolución de octubre y fue el principal protagonista de la fundación de la Internacional. En efecto, ese partido propulsado a la cabeza del Estado es absorbido progresivamente por él; y debido al aislamiento de la revolución se va convirtiendo cada vez más en defensor de los intereses de Rusia en detrimento de su función de baluarte de la revolución mundial. Además, como no puede haber “socialismo en un solo país” y la abolición del capitalismo solo puede hacerse a escala mundial, el Estado ruso se transforma progresivamente en defensor del capital nacional ruso, un capital en el cual la burguesía está formada principalmente por la burocracia del Estado y, por tanto, del partido. El Partido bolchevique se va transformado progresivamente de partido revolucionario en partido burgués y contrarrevolucionario, a pesar de la resistencia de un gran número de verdaderos comunistas, como Trotski, que mantienen en pie la bandera de la revolución mundial. Y así fue como, en 1925 el partido bolchevique, a pesar de la oposición de Trotski, adopta como programa “la construcción del socialismo en un solo país”, un programa promovido por Stalin, y que es una verdadera traición al internacionalismo proletario. Un programa que en 1928 se va a imponer a la Internacional comunista, lo que supondrá su muerte definitiva.

Tras ello, los partidos comunistas en los diferentes países irán pasando al servicio de su capital nacional, a pesar de la reacción y el combate de toda una serie de fracciones de izquierda que serán excluidas una tras otra. Los partidos comunistas que habían sido punta de lanza de la revolución mundial se convierten en punta de lanza de la contrarrevolución; la contrarrevolución más terrible de la historia.

No solo la clase obrera ha faltado a la segunda cita con la historia, sino que se va a hundir en el peor periodo que jamás haya vivido, lo cual queda muy bien reflejado en el titulo del libro del escritor Víctor Serge, Es medianoche en el siglo.

Mientras que en Rusia el aparato del partido comunista se convierte en la clase explotadora y también en instrumento de una represión y opresión de las masas obreras y campesinas sin parangón con los del pasado, el papel contrarrevolucionario de los partidos comunistas fuera de Rusia se concreta, en los años 30, en la preparación del alistamiento del proletariado en la IIª Guerra mundial, es decir, la respuesta burguesa a la crisis abierta que vive el capitalismo a partir de 1929.

Justamente esta crisis abierta, la terrible miseria que se abate sobre las masas obreras durante los años 30, habría podido constituir un potente factor de radicalización del proletariado mundial y de toma de conciencia de la necesidad de acabar con el capitalismo. Pero el proletariado va a faltar a esta tercera cita de la historia.

En Alemania, país clave para la revolución proletaria, donde se encuentra la clase obrera más concentrada y experimentada del mundo, vive una situación similar a la de la clase obrera en Rusia. Como ella, la clase obrera alemana había emprendido el camino de la revolución y su consiguiente derrota fue tanto más terrible. El aplastamiento de la revolución alemana no fue obra de los nazis sino de los partidos “democráticos”, y en primer lugar del partido socialista. Pero justamente porque el proletariado había sufrido esa derrota, el partido nazi que en aquel momento correspondía mejor a las necesidades políticas y económicas de la burguesía alemana, pudo rematar la faena de la izquierda empleando el terror para aniquilar toda lucha proletaria y alistando, por ese mismo medio principalmente, a los obreros en la guerra.

En cambio, en los países de Europa occidental donde el proletariado no había hecho la revolución, y, por lo tanto, no había sido aplastado físicamente, el terror no era el mejor medio para alistar a los obreros en la guerra. Para alcanzar tal resultado la burguesía tenía que emplear mistificaciones como las que había utilizado con éxito en 1914 y que le habían servido para llevar al proletariado a la Primera Guerra mundial. En esta tarea los partidos estalinistas cumplieron de manera ejemplar su papel burgués. En nombre de la “defensa de la patria socialista” y de la democracia contra el fascismo, estos partidos desviaron sistemáticamente las luchas obreras hacia callejones sin salida, desgastando así la combatividad y la moral del proletariado.

La moral del proletariado quedó muy afectada por la derrota de la revolución mundial durante los años 20. Tras un periodo de entusiasmo por la idea de la revolución comunista, muchos obreros perdieron la esperanza en la perspectiva comunista. Uno de los factores de su desmoralización es constatar que la sociedad instaurada en Rusia no es ningún paraíso, como les presentan los partidos estalinistas, lo que facilita su recuperación por los partidos socialistas. Pero la mayoría de los que aún siguen creyendo en la perspectiva revolucionaria caen en las redes de los partidos estalinistas que les dicen que esa perspectiva pasa por la “defensa de la patria socialista” y por la victoria sobre el fascismo que se ha instaurado en Italia y, sobre todo, en Alemania.

Uno de los episodios clave en esa desorientación del proletariado mundial fue la guerra de España que no fue, ni mucho menos, una revolución, sino que, al contrario, fue uno de los preparativos militares, diplomáticos y políticos de la Segunda Guerra mundial.

La solidaridad que los obreros del mundo entero quieren expresar hacia sus hermanos de clase en España, los cuales se han alzado espontáneamente ante el golpe fascista del 18 de Julio, es canalizada y enrolada en las Brigadas internacionales (dirigidas principalmente por estalinistas), con la reivindicación de “armas para España” (en realidad para el gobierno burgués del “Frente popular”) y también por las movilizaciones antifascistas que, de hecho, permiten el alistamiento de los obreros de los países “democráticos” en la guerra contra Alemania.

En vísperas de la Primera Guerra mundial, lo que estaba considerado como la gran fuerza del proletariado (los poderosos sindicatos y partidos obreros) era en realidad su debilidad más considerable. El mismo guión se repite ante la segunda guerra mundial, aunque los actores son algo diferentes. La gran fuerza de los partidos “obreros” (los partidos estalinistas y también los partidos socialistas, unidos en una alianza antifascista), las grandes “victorias” contra el fascismo en Europa occidental, la supuesta “patria socialista”, son todas ellas marcas de la contrarrevolución, de una debilidad del proletariado sin precedentes. Una debilidad que le llevará atado de pies y manos a la segunda carnicería imperialista.

El proletariado frente a la Segunda Guerra mundial

La Segunda Guerra mundial supera con creces el horror de la Primera. El nuevo grado de barbarie muestra que prosigue el hundimiento del capitalismo en su decadencia. Sin embargo, contrariamente a lo que pasó en 1917 y 1918, no es el proletariado quien la hace terminar. La guerra continúa hasta el aplastamiento completo de uno de los dos campos imperialistas. En realidad el proletariado no quedó totalmente sin respuesta durante la carnicería. En la Italia mussoliniana, por ejemplo, se desarrolló un vasto movimiento de huelgas, en 1943, en el Norte industrial que llevó a las fuerzas dirigentes de la burguesía a quitar de en medio a Mussolini y poner en su lugar a un almirante pro-aliado, Bodoglio. Igualmente, a finales de 1944 y comienzos de 1945, se producen movimientos de revuelta contra el hambre y la guerra en varias ciudades alemanas. Pero lo que ocurrió durante la IIª Guerra mundial no es en nada comparable a lo acontecido durante la Primera. Y eso por varias razones. En primer lugar porque antes de declarar la IIª Guerra mundial, la burguesía contaba con la experiencia de la Primera y por eso se dedicó a aplastar previa y sistemáticamente al proletariado no sólo física, sino también y sobre todo, ideológicamente. Una de las expresiones de esta diferencia es que si los partidos socialistas traicionaron a la clase obrera en el momento de la guerra, los partidos comunistas cometieron su traición bastante antes de que se desencadenase la IIª Guerra mundial. Una de las consecuencias de este hecho es que en su seno no quedó la menor corriente revolucionaria, contrariamente a lo que había pasado durante la Iª Guerra mundial en que la mayoría de los militantes que luego formaron los partidos comunistas habían sido antes miembros de los partidos socialistas. En la terrible contrarrevolución que se abatió durante los años 30, solo un pequeño puñado de militantes siguió defendiendo las posiciones comunistas, aislados además de todo contacto directo con una clase obrera, completamente sometida a la ideología burguesa. Les fue imposible desarrollar un trabajo en el seno de partidos con influencia en la clase obrera, a diferencia de los revolucionarios durante la Iª Guerra mundial, no solo porque habían sido expulsados de esos partidos, sino porque en ellos ya no existía el menor soplo de vida proletaria. Aquellos que habían mantenido posiciones revolucionarias cuando el estallido de la Primera Guerra mundial, como Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, pudieron encontrar un eco creciente a su propaganda entre los militantes de la socialdemocracia a medida que la guerra hacía añicos sus ilusiones. Nada de eso en los partidos comunistas: a partir del comienzo de los años‑30 se convierten en un terreno totalmente estéril en el que no puede surgir ningún pensamiento proletario e internacionalista. Durante la guerra algunos pequeños grupos revolucionarios que han mantenido los principios internacionalistas no tienen ningún impacto significativo en la clase, la cual que está totalmente entrampada en la ideología antifascista.

La otra razón por la que no hay un resurgimiento proletario durante la IIª Guerra mundial es que la burguesía mundial instruida por la experiencia del final de la Primera, toma sus medidas para prevenir cualquier resurgir en los países vencidos, donde la burguesía era más vulnerable. En Italia, por ejemplo, el medio por el cual la clase dominante hace frente a la sublevación de 1943 consiste en un reparto de tareas entre el ejército alemán, que ocupa directamente el norte de Italia restableciendo el poder de Mussolini, y los aliados que desembarcan en el Sur. En el Norte son las tropas alemanas las que restablecen el orden con tal brutalidad que obliga a los obreros que más se han destacado en los movimientos de comienzos de 1943, a refugiarse en las guerrillas, en donde, amputados de sus bases de clase, se convierten en presa fácil de la ideología antifascista y de “liberación nacional”. Al mismo tiempo, los Aliados interrumpen su marcha hacia el Norte, diciendo que hay que dejar que Italia “se cueza en su propia salsa” (en palabras de Churchill) con el fin de dejar que el “malo”, Alemania, haga el trabajo sucio de la represión antiobrera dejando que las fuerzas democráticas, en particular el partido estalinista, tomen el control ideológico sobre la clase obrera.

Esa misma táctica se emplea en Polonia, mientras que el “Ejército rojo” está a pocos kilómetros de Varsovia, Stalin deja que se desarrolle, sin darle ningún apoyo, la insurrección en esta ciudad. El ejército alemán tiene las manos libres para perpetrar un autentico baño de sangre y arrasar completamente la ciudad. Cuando varios meses después el Ejército rojo entra en Varsovia, los obreros de esta ciudad que podían haberle causado problemas han sido totalmente aniquilados y desarmados.

En la propia Alemania los Aliados se encargan de aplastar cualquier tentativa de alzamiento obrero para lo cual proceden primero a una abominable campaña de bombardeos en los barrios obreros (en Dresde el 13 y 14 de febrero de 1945, los bombardeos que causan más de 250 000 muertos, tres veces más que en Hiroshima). Además, los Aliados rechazan todas las tentativas de armisticio propuestas por varios sectores de la burguesía alemana incluidos militares de renombre como el mariscal Rommel o el jefe de los servicios secretos el almirante Canaris. Para los Aliados dejar a Alemania únicamente en manos de la burguesía alemana, incluso de los sectores antinazis, es impensable. La experiencia de 1918 cuando el gobierno que había tomado el relevo al régimen imperial había tenido grandes dificultades para restablecer el orden, permanecía aún en la memoria de los políticos burgueses. Por eso deciden que los vencedores deben tomar directamente a su cargo la administración de la Alemania vencida y ocupar militarmente cada porción de su territorio. El proletariado alemán, aquel gigante que durante decenios había sido el faro del proletariado mundial y que, entre 1918 y 1923 había hecho temblar el mundo capitalista, estaba ahora postrado, abrumado, disperso en una multitud de pobres sombras que recorrían los escombros para encontrar a sus muertos y sus objetos familiares, sometido a la beneficencia de los “vencedores” para poder comer y sobrevivir. En los países vencedores muchos obreros habían entrado en la Resistencia con la ilusión, propagada por los partidos estalinistas, de que la lucha contra el nazismo era el preludio del derrocamiento de la burguesía. En realidad, en los países bajo el dominio de la URSS, los obreros se ven obligados a apoyar la implantación de los regímenes estalinistas (como durante el Golpe en Praga de 1948), regímenes que una vez consolidados desarman a los obreros y ejercen sobre ellos el terror más brutal. En los países dominados por Estados Unidos, como Francia o Italia, los partidos estalinistas en el gobierno piden que los obreros devuelvan las armas porque la tarea del momento no es la revolución sino la “reconstrucción nacional”.

Así, por todas partes en una Europa que no es más que un inmenso campo de ruinas en el que centenares de millones de proletarios subsisten en condiciones de vida y de explotación mucho peores que cuando la Primera Guerra mundial, donde la hambruna ronda permanentemente, donde el capitalismo extiende más que nunca su barbarie, la clase obrera no tiene la fuerza de emprender el más mínimo combate de importancia contra el poder capitalista. La Primera Guerra mundial había ganado para el internacionalismo a millones de obreros, la Segunda los arrojó a la vileza del chauvinismo más abyecto, al de la caza al “boche” y “colaboracionistas”.

El proletariado había tocado fondo. Lo que se le presenta, y que él interpreta, como su gran “victoria”, el triunfo de la democracia frente al fascismo, es en realidad su mayor derrota histórica. El sentimiento de victoria que experimenta, la creencia de que esa victoria viene de las “virtudes sagradas” de la democracia burguesa, esa misma democracia que le ha llevado a las dos carnicerías imperialistas y que aplastó la revolución a comienzos de los años 20, la euforia que lo embarga es la mejor garantía del orden capitalista. Y el periodo de reconstrucción, del “boom” económico de la posguerra, de la mejora momentánea de las condiciones de vida, no le permite medir la dimensión de la derrota sufrida.

De nuevo el proletariado falta a la cita con la historia. Pero en esta ocasión no es porque haya llegado demasiado tarde o mal preparado: simplemente ha estado ausente de la escena histórica.

En la segunda parte de este artículo veremos como ha vuelto a la escena histórica, pero también cuán largo es todavía su camino.

Fabienne



[1] A modo de presentación de Bordiga, véase en este mismo número el artículo “Debate con el BIPR”.

[2] Carlos Marx, Obras, “Economía I”. Bibliothèque de la Pleiade, pp. 161-162.

[3] Idem, p. 173. Esta fase del Manifiesto comunista está también recogida en el “Libro I” de El Capital (el único “Libro” publicado en vida de Marx) al que sirve de conclusión.

[4] Marx, El 18 de Brumario de Luis Bonaparte.

[5] Rosa Luxemburg, “El orden reina en Berlin”, Œuvres II, Maspero, París (trad. del francés por nosotros).

[6] El Manifiesto comunista, edición en castellano, pp. 26-27.

[7] Lenín describe así las condiciones de la revolución: “¿Cuáles son generalmente los indicios de una situación revolucionaria?. Estamos convencidos de no equivocarnos si decimos que son los siguientes: 1) la imposibilidad por parte de las clases dominantes de mantener su dominación de una forma inmutable; crisis de su “cumbre”, crisis de la política de la clase dominante, y que crea una fisura por la que el descontento y la indignación de las clases oprimidas pueden abrirse camino. Para que estalle la revolución no basta, habitualmente, con que la base no quiera ‘seguir viviendo como antes’, además es necesario que la ‘cumbre no pueda seguir siéndolo’. 2) Agravación, más allá de lo ordinario, de la miseria y del desamparo de las clases oprimidas. 3) Marcada acentuación, por las razones arriba indicadas, de la actividad de las masas que se dejan saquear tranquilamente en los periodos ‘pacíficos’ pero que en los periodos tormentosos se ven empujadas tanto por la crisis como por la ‘cumbre’ misma hacia una acción histórica independiente” (“La quiebra de la 2ª‑Internacional”, Obras, tomo 21.

[8] Pasaje citado en la “Resolución sobre la posición hacia las corrientes socialistas y la conferencia de Berna” en el Primer Congreso de la Internacional comunista.

[9] Rosa Luxemburg expresa claramente esta idea cuando escribe: “En Alemania, durante cuatro decenios hemos conocido en el plano parlamentario solo ‘victorias’, literalmente volamos de victoria en victoria. En cuanto a los resultados de la gran prueba histórica del 4 de agosto de 1914: una aplastante derrota moral y política, un hundimiento inaudito, una bancarrota sin precedente”, Obras II, “Escritos políticos 1917-18”, Maspero, París).

[10] Ver nuestra serie de artículos sobre la revolución alemana en la Revista internacional números 81 a 99.

[11] Ver nuestro artículo “Lecciones de 1917-23: la primera oleada revolucionaria del proletariado mundial”, Revista internacional número 80, primer trimestre de 1995.

 

Última hora: la “revolución serbia” - Una victoria de la burguesía, no de la clase obrera

Cuando íbamos a cerrar este número, la situación ha conocido una nueva conmoción en Yugoslavia. Queremos aquí expresar inmediatamente nuestra postura. Lo exige nuestra responsabilidad como organización revolucionaria del proletariado que somos, por muy breve que haya de ser nuestra toma de posición. Seguros podrán estar nuestros lectores de que muy rápidamente hemos de exponer nuestros análisis y nuestra intervención en general sobre esta cuestión, en particular en nuestras publicaciones territoriales.

Por lo visto, según los medios de la burguesía, gracias en particular a las imágenes de todas las televisiones de las pretendidas grandes democracias, estaríamos asistiendo desde hace unos días, en Belgrado, a un acontecimiento de la mayor importancia histórica: “una revolución democrática pacífica” realizada por el pueblo serbio, y a la caída de Milosevic, o sea al final de “la última dictadura nacional-comunista de Europa”. ¡Todo va muy bien en el mejor de los mundos capitalistas! Acontecimiento “histórico” alabado, saludado por todos los jefes de Estado y demás dirigentes de esas grandes potencias “democráticas”, los mismos que hace tan solo un año, desencadenaron la guerra, con sus destrucciones masivas y sus matanzas, asestando bombardeo tras bombardeo a Serbia y a Kosovo. ¡Oh!, cierto que es que todo era, recordemos, en nombre de la necesaria “injerencia humanitaria”, para impedir que Milosevic y sus matones siguieran perpetrando sus abyectos atropellos en Kosovo.

Ya entonces, inmediatamente, nuestra organización respondió a todos esos hipócritas, denunciándolos como lo que son: “bomberos pirómanos”, recordando sus responsabilidades, las de todos ellos, en el estallido de la barbarie, especialmente en esa región del mundo: “Los políticos y los “medias” de los países de la OTAN nos presentan esta guerra como una acción de “defensa de los derechos humanos” contra un régimen especialmente odioso, responsable, entre otros desmanes, de la “purificación étnica” que ha ensangrentado la antigua Yugoslavia desde 1991. En realidad, a las potencias “democráticas” les importa un comino el destino de la población de Kosovo exactamente igual que les importaba la suerte de la población kurda y de los shiíes de Irak cuando dejaron que las tropas de Sadam Husein los machacaran a su gusto después de la guerra del Golfo. Los sufrimientos de las poblaciones civiles perseguidas por tal o cual dictador siempre han sido el pretexto para que las grandes “democracias” declaren la guerra en nombre de una “causa justa” (Revista internacional, nº 97).

Más tarde insistíamos: “¿Quién, si no las grandes potencias imperialistas durante estos diez años, ha permitido a las peores camarillas y mafias nacionalistas croatas, serbios, bosnios y ahora kosovares que hayan desencadenado su histeria nacionalista sangrienta y la limpieza étnica en una vorágine infernal? ¿Quién, si no Alemania, animó y apoyó la independencia unilateral de Eslovenia y de Croacia, autorizando así y precipitando las oleadas nacionalistas de los Balcanes, las matanzas y el exilio de las poblaciones serbias y después bosnias? ¿Quién, si no Francia y Gran Bretaña, han avalado la represión, las matanzas de poblaciones croatas y bosnias y la limpieza ética de Milosevic y de los nacionalistas de la Gran Serbia? ¿Quién, si no Estados Unidos, ha apoyado y equipado después a las diferentes bandas armadas en función de la posición de su rival del momento? La hipocresía y la doblez de las democracias occidentales “aliadas” no tienen límites cuando se trata de justificar los bombardeos con lo de la “injerencia humanitaria” (Revista internacional, nº 98).

Si hoy a todos esos gángsteres imperialistas les faltan palabras para saludar “el despertar” del pueblo serbio, el cual ha tenido, dicen, “la valentía y el orgullo” de quitarse de encima a un dictador sanguinario, a través de sus discursos mentirosos, lo que sobre todo quieren hacer creer es que lo que está ocurriendo hoy sería la perfecta justificación de sus bombardeos asesinos del año pasado. Le Monde, eminente portavoz de la clase dominante en Francia, lo afirma sin ambages: “... al decidir tardíamente enfrentarse militarmente al poder serbio, Europa y Estados Unidos sin duda debilitaron y aislaron de su pueblo un poco más al amo de Belgrado.” Así, esas pretendidas grandes democracias, ¿no habrían tenido razón y no la tendrían en el futuro al intervenir por la fuerza en nombre de la indispensable “injerencia humanitaria”? Con el pretexto de “defender los derechos humanos en el mundo”, quieren así tener las manos libres para rivalizar entre ellas y, por eso mismo, multiplicar las matanzas y las destrucciones. Desde este punto de vista, lo que está ocurriendo en Belgrado (sin olvidar el uso que de la situación se hace en el plano ideológico) es ya un éxito para la burguesía.

Otro plano en el que la clase dominante también ha procurado marcar puntos es el de la “democracia” y su pretendida “marcha triunfal” contra todas las formas de dictadura. Según ella, los momentos “históricos” que estaríamos viviendo ¿no son una manifestación patente de ello? Esa matraca es tanto más eficaz hoy porque los medios burgueses no se han olvidado de señalar que, entre los principales responsables de la caída de Milosevic, entre los grandes impulsores de la victoria de la democracia, está la clase obrera serbia, la cual ha respondido al llamamiento “a la desobediencia civil” hecho por el vencedor de las elecciones; Kostunica, ese burgués nacionalista, cómplice, durante años, del sanguinario Karadjic en Bosnia, al que ahora nos presentan como gran martillo de dictadores. Así, se les ha dejado un amplio lugar en las columnas de la prensa burguesa a esos sectores obreros que, como los mineros de Kolubara, han organizado huelgas en defensa de la “causa democrática”. Si la clase dominante internacional alberga un vehemente anhelo es que ese ejemplo pudiera exportarse al mundo entero, especialmente a los grandes centros obreros de los países centrales del capitalismo.

En estos momentos, todo el mundo se llena la boca con la palabra “revolución” para definir la situación en Belgrado; una revolución para ilusos. La victoria de la “democracia”, o sea la de las fuerzas burguesas que la representan, no es sino la victoria de la clase capitalista y en absoluto la del proletariado.

Elfe, 7/10/2000

Polonia 1980 - Lecciones siempre válidas para la lucha del proletariado mundial

En Polonia, hace 20 años, en el verano de 1980, empezó la mayor y más masiva expresión de la lucha obrera en todo el mundo desde el final de la oleada revolucionaria mundial que surgió en respuesta a la Primera Guerra mundial y continuó durante la primera parte de los años veinte. En estos tiempos, cuando la ideología dominante desprecia la idea de que la clase obrera incluso exista, y no digamos ya que pueda actuar como una fuerza en defensa de sus intereses, es esencial que las organizaciones revolucionarias recuerden a los trabajadores la llamarada más ardiente de la lucha de la clase obrera desde la oleada revolucionaria de 1917-23.

Para los obreros más jóvenes, los sucesos de Polonia 1980-81 pueden significar una revelación de que, hace bien poco en fin de cuentas, la clase obrera demostraba que era una fuerza con la que contar en la sociedad capitalista. Para los obreros más viejos, que probablemente se hayan vuelto más escépticos, un recuerdo del potencial de la clase obrera puede servir de antídoto contra las actuales mentiras venenosas sobre la “globalización”, las quimeras de la “nueva economía” y el supuesto fin de la lucha de clases.

Las luchas de Polonia 1980 aportaron numerosas lecciones al proletariado mundial, y volveremos sobre algunas de ellas al final de este artículo, pero una de esas lecciones que se impuso en esa época, y que hoy intentan ocultar totalmente las campañas ideológicas de la burguesía, es que las luchas obreras en los llamados “países socialistas” eran fundamentalmente de la misma naturaleza que las de los obreros de los países occidentales, abiertamente capitalistas. En este sentido, las luchas en Polonia ponían en evidencia que en los países del Este, la clase obrera estaba explotada igual que en los países capitalistas, lo que significaba que, desde el punto de vista de los obreros, el “socialismo real” ni era ni más ni menos que capitalismo. De hecho, esta lección no era nueva. Los revolucionarios no habían esperado a 1980 para identificar como capitalistas los regímenes autoproclamados socialistas. Desde hacía décadas, antes incluso de la constitución de las “democracias populares”, habían dicho claramente que la pretendida “patria socialista” rusa, tan querida de los estalinistas, era un país capitalista e imperialista, en el que los obreros sufrían una explotación feroz en beneficio de una clase burguesa reclutada en el aparato del partido “comunista”. Tampoco les sorprendió que en 1953, los obreros de Berlín Este se sublevaran contra el régimen de la Alemania “socialista”, o cuando en 1956 los obreros en Polonia y sobre todo en Hungría, se rebelaron contra el Estado “socialista”, e incluso llegaron, en este último país, a organizarse en consejos obreros antes de ser aplastados por los tanques del Ejército “rojo”. En realidad, los combates de Polonia 1980 habían sido preparados por una serie de luchas que vamos a recordar brevemente.

Luchas en Polonia antes de 1980

En junio de 1956 hubo una serie de huelgas en Polonia cuyo momento culminante fue una huelga insurreccional en Poznam, aplastada por el ejército. Cuando hubo huelgas posteriores, manifestaciones y enfrentamientos con la policía en muchas partes del país en octubre, el Estado polaco no tuvo que recurrir a la represión brutal. Con el nuevo liderazgo “reformista” de Gomulka instalado, la clase gobernante fue capaz de controlar la situación con una estrategia nacionalista, evitando con ella que se forjaran vínculos con la lucha que se desarrollaba en ese momento en Hungría.

En el invierno de 1970-71, los trabajadores respondieron masivamente a unos aumentos de precios de más del 30%. Durante las huelgas hubo enfrentamientos con las fuerzas de seguridad y ataques a las sedes del partido estalinista. A pesar de la represión del Estado, el gobierno fue sorprendido por la extensión del movimiento obrero y los aumentos de precios se retiraron. Durante las huelgas, Gomulka había sido sustituido por Gierek, pero sin conseguir desviar el curso de las luchas obreras.

En junio de 1976, en respuesta a los primeros aumentos de precios desde 1970, hubo huelgas y choques con las fuerzas de seguridad. Los aumentos de precios se anularon, pero se desencadenó la represión del Estado, con despidos masivos y cientos de arrestados y encarcelados.

Con la experiencia de esas luchas, no es de extrañar que los obreros demostraran una mayor comprensión de las necesidades y los medios de su lucha cuando iniciaron el movimiento de 1980.

La escala masiva de las luchas de 1980

Para tener una idea de por qué las huelgas en Polonia fueron un ejemplo en su tiempo, por qué la CCI elaboró rápidamente un panfleto internacional sobre las lecciones del movimiento, y por qué se trata de una experiencia de la clase obrera que sigue mereciendo la atención dos décadas después, es necesario hacer un resumen de lo que ocurrió.

Lo que sigue está basado en parte en un artículo que apareció en la Revista internacional nº 23 (además de este número, los ejemplares entre el número 23 y 29 son muy ricos en lecciones del movimiento).

“El 1º de Julio de 1980, a resultas de fuertes aumentos del precio de la carne, estallan huelgas en Ursus, en las cercanías de Varsovia, en la fábrica de tractores que había sido el centro del enfrentamiento con el poder en Junio de 1976; y también en Tczew, en la región de Gdansk. En Ursus, los obreros se organizan en asambleas generales, redactan una lista de reivindicaciones y eligen un comité de huelga. Aguantan ante la amenaza de despidos y de represión y paran varias veces para mantener el movimiento.

“Entre el 3 y el 10 de julio, la agitación prosigue en Varsovia (fábricas de material eléctrico, imprenta), en las factorías de aviones de Swidnick, en las automovilísticas de Zeran, en Lodz, en Gdansk... Por todas partes los obreros forman comités de huelga. Las reivindicaciones son de aumentos de sueldo y para que se anulen las alzas de precios. El gobierno promete aumentos: el 10% de media, en algunos casos el 20%, aumentos que son acordados a los huelguistas y no tanto a los no huelguistas, para así frenar al movimiento...

“A mediados de mes, la huelga llega a la ciudad de Lublin. Los ferroviarios y los de transportes primero, y luego todas las industrias de la localidad paran el trabajo. Las reivindicaciones son: elecciones libres en los sindicatos, seguridad con garantías para los huelguistas, fuera policía de las fábricas, aumentos salariales.

“El trabajo se reanuda en algunas regiones, pero también estallan nuevas huelgas. Krasnik, la fundición de Skolawa Wola, la ciudad de Chelm cercana a la frontera con Rusia, Wroclaw, son afectadas por huelgas durante el mes de julio. La sección K-1 de los astilleros de Gdansk se para, y también el complejo siderúrgico de Huta en Varsovia. Por todas partes, las autoridades ceden aceptando aumentos salariales. Según el Finantial Times, el gobierno agenció, durante el mes de julio, un fondo de cuatro mil millones de zlotys para pagar los aumentos. Las oficinas estatales son obligadas a proporcionar inmediatamente carne “de primera” a las fábricas que están paradas. Hacia finales de mes, el movimiento parece estar en reflujo y el gobierno se cree que lo ha frenado negociando fábrica por fábrica. Y se engaña.

“La explosión está, en realidad, madurando, como así lo demuestra la huelga de basureros de Varsovia que dura una semana a principios de agosto. El 14 de agosto, el despido de una militante de los sindicatos libres provoca la explosión de una huelga en los astilleros “Lenin” de Gdansk. La asamblea general hace una lista de 11 reivindicaciones; las propuestas se discuten y se votan. La asamblea decide la elección de un comité de huelga que se compromete con las reivindicaciones: reintegro de militantes, aumento de subsidios familiares, aumento de sueldos en 2000 zlotys (el salario medio es de 3000 a 4500 zlotys), disolución de los sindicatos oficiales, supresión de los privilegios de la policía y los burócratas, construcción de un monumento a los obreros muertos por la milicia en 1970, la publicación inmediata de informes verídicos sobre la huelga.

“La dirección cede sobre la vuelta de Anna Walentinowisz y de Lech Walesa, así como en lo de construir un monumento. El Comité de huelga da cuenta de su mandato ante los obreros por la tarde y los informa sobre las propuestas de la dirección. La asamblea decide que se forme una milicia obrera; las bebidas alcohólicas son recogidas. Hay una nueva negociación con la dirección. Los obreros instalan un sistema de altavoces para que todos puedan seguir las discusiones. Y pronto se instala un sistema para que los obreros reunidos en asamblea puedan hacerse oír en el salón de negociaciones. Hay obreros que se apoderan del micro para dar precisiones sobre lo que exigen. Durante la mayor parte de la huelga, hasta el día antes de la firma del compromiso, miles de obreros intervienen desde fuera para exhortar, aprobar o desaprobar las discusiones del Comité de huelga. Todos los obreros despedidos del astillero desde 1970 pueden volver a sus puestos. La dirección cede sobre los aumentos y da garantías para la seguridad de los huelguistas.

“El 15 de agosto, la huelga general paraliza la región de Gdansk. Los astilleros “Comuna de París” de Gdynia paran. Los obreros ocupan los locales y obtienen 2100 zlotys de aumento inmediato. Pero se niegan a volver al trabajo, pues “también Gdansk tiene que ganar”. El movimiento en Gdansk está en un momento fluctuante; hay delegados de taller que dudan en ir más lejos y proponen que se acepten las propuestas de la dirección. Pero vienen obreros de otras fábricas de Gdansk y Gdynia y los convencen de que se mantengan solidarios. Se pide la elección de nuevos delegados más capaces de expresar el sentir general. Los obreros venidos de todas partes forman en Gdansk un comité interempresas en la noche del 15 de agosto y elaboran una lista de 21 reivindicaciones.

“El comité de huelga tiene 400 miembros, 2 representantes por fábrica; días después serán 800 y luego 1000. Las delegaciones van y vienen entre sus empresas y el Comité de huelga central, grabando cassettes para dar cuenta de la discusión. Los comités de huelga de cada fábrica se encargan de las reivindicaciones particulares y se coordinan entre sí. El comité de los astilleros “Lenin” está formado por 12 obreros, uno por taller, elegidos a mano alzada tras debate. Dos de ellos son mandados al comité de huelga central interempresas y rinden cuentas de todo lo ocurrido dos veces por día.

“El 16 de agosto, el gobierno cortó todas las comunicaciones telefónicas con Gdansk. El comité de huelga central eligió una “Mesa” donde predominaban los partidarios de los “sindicatos libres” y los disidentes. Las veintiuna reivindicaciones del 16 de agosto  empezaban con un llamamiento a sindicatos libres y al derecho de huelga. Lo que había sido el segundo punto de las once reivindicaciones, pasó al séptimo lugar: el aumento de 2000 zlotys para todos.

“El 17 de agosto, la radio local de Gdansk informaba de que “el clima de discusión en ciertas fábricas se ha hecho alarmante”. El 18 de agosto, 75 fábricas estaban paralizadas en la región de Gdansk-Gdynia-Sopot. Había cerca de 100.000 huelguistas. Hubo movimientos en Szczecin, y en Tarnow, ocho kilómetros al sur de Cracovia. El comité de huelga organizaba el aprovisionamiento; las plantas de energía y las fábricas de alimentación funcionaban a petición del comité de huelga. Las negociaciones se habían atascado y el gobierno se negó a hablar con el comité interempresas. En los días siguientes estallaron nuevas huelgas en Elblag, Tczew, en Kolobrzeg y otras ciudades. El‑20 de agosto se estimaba que 300 000 obreros estaban en huelga (incluyendo 120 000 en el área de Gdansk, en más de 250 fábricas). El 22 de agosto, más de 150 000 obreros en la región de Gdansk y 30 000 en Szczecin estaban en huelga. El periódico de los astilleros “Lenin”, Solidarnosc, salía diariamente; los obreros impresores ayudaban a sacar panfletos y publicaciones. Las publicaciones estalinistas hablaban de “un peligro de desestabilización social y política permanente”.

“El 26 de agosto, los obreros reaccionaron con cautela a las promesas del gobierno y permanecieron indiferentes a los discursos de Gierek (líder estalinista del partido). Se negaron a negociar hasta que se restablecieran las comunicaciones telefónicas.

“El 27 de agosto se concedieron salvoconductos elaborados por el gobierno de Varsovia para que los disidentes pudieran viajar a Gdansk y presentarse ante los huelguistas como “expertos” y poner calma en un mundo patas arriba. El gobierno estuvo de acuerdo en negociar con la Mesa del comité central de huelga, y reconoció el derecho de huelga; se restablecieron las líneas telefónicas. Comenzaron negociaciones paralelas en Szczecin, cerca de la frontera con Alemania del Este. El cardenal Wyszynski llamó a terminar la huelga; partes de su discurso se retransmitieron en televisión. Los huelguistas enviaron delegaciones al resto del país pidiendo solidaridad.

“El 28 de agosto las huelgas se extendieron aún más, afectando a las minas de cobre y carbón de Silesia, donde los obreros tenían las mejores condiciones de vida de toda Polonia. Los mineros, aún antes de discutir sobre la huelga y manifestarse de acuerdo con las reivindicaciones concretas, declararon que pararían inmediatamente “si las autoridades tocaban a Gdansk”. Se pusieron en huelga “por las reivindicaciones de Gdansk”. Treinta fábricas estaban en huelga en Wroclaw, en Poznan (las fábricas donde empezó el movimiento en 1956), en las plantas de acero de Nova-Huta y en Rzeszois. Se formaron comités interfábricas en varias regiones. Ursus envió delegados a Gdansk. En el punto más álgido de la generalización, Walesa declaró: «No queremos que las huelgas se extiendan, porque llevarán al país al borde del colapso. Necesitamos calma para negociar». Las negociaciones entre la Mesa y el gobierno se hicieron privadas; el sistema de altavoces cada vez se estropeaba más en los astilleros. El 29 de agosto las discusiones técnicas entre la Mesa y el Gobierno acabaron en compromiso: a los obreros se les darían “sindicatos libres” si aceptaban:

“1º el papel dirigente del partido;

“2º la necesidad de apoyar al Estado polaco y al Pacto de Varsovia;

“3º que el sindicato libre no desempeñara ningún papel político.

“El acuerdo se firmó el 31 de agosto en Szczecin y en Gdansk. El gobierno reconoció los sindicatos “autogestionados”; como dijo su portavoz, “la nación y el Estado necesitan una clase obrera bien organizada y consciente”. Dos días después, quince miembros de la Mesa se despidieron de sus puestos de trabajo para convertirse en oficiales de los nuevos sindicatos. Poco después se vieron obligados a matizar su posición, puesto que se divulgó que cobrarían salarios de 8000 zlotys. Esta información fue negada después a causa del descontento obrero.

Llevó varios días que se firmaran los acuerdos. Por sus declaraciones, los obreros de Gdansk aparecen amargados, desconfiados y decepcionados. Muchos obreros, al enterarse de que los acuerdos les daban sólo la mitad del aumento que ya habían obtenido el 16 de agosto, gritaban: “Walesa, nos has vendido”. Muchos tampoco estaban de acuerdo con el punto que reconocía el papel del Partido estalinista y del Estado.

La huelga en las minas de carbón de Alta Silesia y en las minas de cobre, cuyo propósito era asegurar que los acuerdos de Gdansk se aplicaran a todo el país, continuaron hasta el 3 de septiembre. A lo largo de septiembre las huelgas continuaron: en Kielce, en Bialystok – obreros del algodón –, textiles, en las minas de sal de Silesia, en los transportes de Katowice”. Hacia mediados de octubre de 1980 se estimaba que había habido huelgas en más de 4800 fábricas por toda Polonia.

Aunque la huelga de masas tuvo sus expresiones más dramáticas en agosto de 1980, la clase obrera conservó la iniciativa contra las primeras respuestas incoherentes del gobierno durante algunos meses, hasta comienzos de 1981. A pesar de los acuerdos de Gdansk, las luchas obreras continuaron, con ocupaciones, huelgas y manifestaciones. Las reivindicaciones obreras se ampliaron, con reivindicaciones económicas que crecían en cuantía y profundidad, y reivindicaciones políticas que se hacían cada vez más radicales. En noviembre de 1980, por ejemplo, hubo en acciones centradas en la región de Varsovia, reivindicaciones por el control de la policía, el ejército, la policía de seguridad y de las fiscalías. Semejantes reivindicaciones, al significar poner límites al aparato represivo de un gobierno capitalista, no se habrían tolerado en ninguna parte del mundo, puesto que ponen en entredicho la fuerza misma que garantiza la dictadura de la burguesía.

En el aspecto económico, hubo ocupaciones de oficinas gubernamentales en protesta por los racionamientos de carne. En otras partes hubo huelgas y protestas contra el racionamiento de carne en Navidades. Solidarnosc se situó explícitamente en contra de estas acciones, y durante algún tiempo hizo campaña por los racionamientos de carne.

La cooperación imperialista al final del movimiento

Enfrentada a estas luchas, la clase dirigente en Polonia se había mostrado inepta en su respuesta. Debido a la extensión del movimiento obrero, inicialmente no era posible arriesgarse a emplear la represión directa. Esto no quiere decir, sin embargo, que la amenaza de la represión no fuera usada constantemente por Solidarnosc para intentar frenar las luchas. La amenaza no venía sólo del Estado polaco, sino también de las fuerzas del imperialismo ruso. Éstas estaban preocupadas, con razón, de que el movimiento inspirara luchas en los países vecinos. La amenaza de intervención se concretó cuando, en noviembre de 1980, hubo informes sobre la concentración de fuerzas del Pacto de Varsovia en las fronteras de Polonia. Aunque los dirigentes de Estados Unidos y de Europa occidental lanzaron las típicas advertencias contra la intervención de Rusia en Polonia, como cuando Hungría 1956, o Checoslovaquia 1968, sólo eran palabras huecas. El entonces Secretario general de la OTAN, Joseph Luns, ya había dicho, en octubre de 1980, que era improbable que Occidente llevara a cabo cualquier represalia contra una invasión por parte de Rusia. Cuando la lucha de clases alcanza una escala como la que protagonizaron los obreros en Polonia, los rivales imperialistas están absolutamente de acuerdo en sus deseos de restaurar el orden social y aplastar la lucha obrera. En realidad las advertencias occidentales tenían un objetivo bien preciso: intentaban crear un sentimiento de miedo entre los obreros polacos frente a la eventualidad de una intervención de los tanques rusos. Se acordaban de lo que había ocurrido en Hungría en 1956, cuando esos tanques causaron miles de muertos. Pero el movimiento continuaba.

El 10 de enero de 1981, cuando Solidarnosc discutía con el gobierno sobre el trabajo los sábados, 3 millones de personas no volvieron al trabajo, poniéndose en estado de alerta la industria pesada. Walesa llamó a que no hubiera enfrentamientos con el gobierno.

En enero y febrero de 1981 hubo huelgas que pedían la dimisión de administradores corruptos. La región del Sur alrededor de Bielsko-Biala se paralizó por una larga huelga general que implicó a 200 000 obreros de 120 fábricas. Hubo huelgas en Bydgoszcz, Gdansk, Czestochowa, Kutno, Poznan, Legnica, Kielce. Un dirigente de Solidarnosc dijo: “Queremos detener estas huelgas anticorrupción, de lo contrario todo el país se pondrá en huelga”. El 9 de febrero, en Jelenia Gora (en el Oeste de Polonia), hubo una huelga general de 300 000 obreros en 450 fábricas, que pedían que un sanatorio para el gobierno reservado para los burócratas se transformara en hospital local. Hubo más acciones en Kalisz, Suwalki, Katowice, Radom, Nowy Sacz, Szczecin y Lublin, después del nombramiento de Jarulzesky como Primer ministro y de que Solidarnosc hubiera aprobado entusiasta su propuesta de cesar las huelgas durante 90 días.

La sustitución de Kania por Jarulzesky en febrero 1981, y la previa de Gierek por Kania en septiembre 1980, aunque significaban importantes reorientaciones de la burguesía polaca, no habían conseguido calmar la lucha obrera. Los trabajadores habían visto a Gomulka llegar y marcharse y sabían que los cambios en la cumbre no modificarían la política del Estado.

En marzo hubo una amenaza de huelga general nacional en respuesta a la violencia de la policía en Bydgoszcz. Al final, fue desconvocada por Solidarnosc tras conversaciones con el gobierno. El sindicato aceptaba que “había alguna justificación en la intervención de la policía en Bydgoszcz por el clima de tensión en la ciudad”. En el periodo que siguió a Bydgoszcz, se pusieron en marcha siete comisiones conjuntas para institucionalizar la colaboración entre Solidarnosc y el gobierno.

Sin embargo, las luchas no habían acabado. A mediados de julio de 1981 se anunciaron aumentos de la gasolina y los precios en general de 400 %, así como recortes de las raciones de carne para agosto y septiembre. Las huelgas y las marchas contra el hambre reaparecieron. Solidarnosc llamó a que se terminaran las protestas. Se plantean también otras cuestiones: la corrupción y la represión, el racionamiento. A finales de septiembre estaban afectados dos tercios de las provincias de Polonia. La oleada de huelgas siguió desarrollándose hasta mediados de octubre de 1981.

Aunque los avisos del gobierno en el verano eran muy provocativos, no fue hasta el 13 de diciembre de 1981 cuando se jugó la baza de la intervención y el‑gobierno militar. El Estado disponía de‑300 000 soldados, además de los 100 000 policías, pero sólo sería tras 17‑meses de iniciarse el movimiento cuando la clase dominante en Polonia se sintió lo suficientemente confiada para reprimir y atacar físicamente las huelgas obreras, las ocupaciones y las manifestaciones. Esa confianza venía de la seguridad de que Solidarnosc había hecho un trabajo eficaz para minar gradualmente la capacidad de respuesta de la clase obrera.

Solidarnosc contra las luchas obreras

La fuerza del movimiento estaba en que los obreros tomaron la lucha en sus manos y rápidamente la extendieron más allá de los confines de cada fábrica. Extender las luchas superando la barrera de la fábrica, hacer asambleas comunes y elegir delegados revocables en cualquier momento, todo esto contribuyó a la fuerza del movimiento. En parte esto se puede atribuir al hecho de que los obreros no tenían confianza en los sindicatos oficiales, que se identificaban como órganos corruptos y a sueldo del Estado estalinista. Esto contribuyó a dar fuerza al movimiento, pero también dejó a los obreros a merced de la propaganda sobre los sindicatos “libres” o “independientes”.

Varios grupos disidentes llevaban años defendiendo la propuesta de sindicatos “libres” como alternativa a los sindicatos oficiales que se veían como parte del Estado. Esas ideas pasaron a primer plano cada vez que hubo luchas obreras intensas. Agosto de 1980 no fue una excepción. Desde el comienzo, cuando los trabajadores luchaban contra los ataques a sus condiciones de vida y de trabajo, hubo voces que insistían en la necesidad de sindicatos “independientes”.

La labor de Solidarnosc en 1980 y 1981 demostró que, por muy separados formalmente que estuvieran del Estado capitalista, los nuevos sindicatos, surgidos de la nada, con millones de afiliados y que disfrutaban de la confianza de la clase obrera, actuaron de la misma forma que los sindicatos burocráticos oficiales estatales. Lo mismo que los sindicatos en cualquier otra parte del mundo, Solidarnosc (y las reivindicaciones por sindicatos “libres” que precedieron su fundación), actuó saboteando las luchas, desmovilizando y desmoralizando a los obreros y desviando su descontento hacia los callejones sin salida de la “autogestión”, la defensa de la economía nacional, y la defensa de los sindicatos en lugar de la de los intereses obreros. Esto sucede así, no debido a “malos dirigentes” como Walesa, o a la influencia de la Iglesia, o a la falta de estructuras democráticas, sino por la naturaleza misma del sindicalismo. No se pueden mantener organizaciones de masas permanentes en una época en que las reformas ya no son posibles, en que el Estado tiende a integrar al conjunto de la sociedad, en el que los sindicatos solo pueden ser instrumentos de defensa de la economía nacional.

En Polonia, incluso en lo más álgido de las luchas, cuando los obreros se organizaban por sí mismos, hacían asambleas, elegían delegados y organizaban comités interempresas para coordinar y hacer más eficaces sus acciones, ya había un movimiento que insistía en la necesidad de nuevos sindicatos. Como muestra el repaso de los hechos, uno de los primeros golpes contra el movimiento fue la transformación del comité interfábricas (MKS) en la estructura inicial de Solidarnosc (MKZ).

Cierto que hubo muchas sospechas respecto a lo que hacían Walesa y los dirigentes “moderados”, pero el trabajo de Solidarnosc no lo hacían un puñado de “personalidades” que colaboraban con el Estado, sino la estructura sindical como un todo. Walesa fue un “personaje importante” reconocido por la burguesía internacionalmente. La obtención del premio Nobel de la Paz, y su ascensión al puesto de Presidente de Polonia, sin duda están en continuidad con sus actividades en 1980-81, una justa recompensa por ellas. Pero hay que recordar también que antes había sido un militante respetado, que por ejemplo había sido una figura de primer plano en las luchas de 1970. Ese respeto significaba que su voz tenía un peso particular ante los obreros como acreditado “oponente” al Estado polaco. En el verano de 1980 esa “oposición” ya era algo del pasado. Desde el comienzo del movimiento se le podía encontrar desanimando activamente a los obreros para que no hicieran huelga. Esto comenzó en Gdansk, cuando inició “negociaciones” con las autoridades sobre la mejor forma de sabotear las luchas obreras, y después siguió con sus recorridos por todo el país, a menudo en un helicóptero del ejército, llamando a los obreros, cada vez que era posible, a que abandonaran las huelgas.

Walesa no sólo contaba con su reputación pasada. También daba nuevos argumentos para acabar con las luchas: “La sociedad quiere orden ahora. Tenemos que aprender a negociar en vez de luchar”. Los obreros tenían que parar sus huelgas para que Solidarnosc pudiera negociar. El marco de su discurso estaba también muy claro, era el del respeto a la economía nacional: “Primero somos Polacos, y después sindicalistas”.

El papel de Solidarnosc se hizo cada vez más abiertamente de compadreo con el gobierno, particularmente tras impedir una huelga general en marzo  1981. En agosto de 1981 hubo un buen ejemplo de esto, cuando Solidarnosc intentó convencer a los obreros de que trabajaran 8 sábados gratis en apoyo de la economía en crisis. Como le gritó un obrero cabreado a la Comisión nacional de Solidarnosc. “¿Os atrevéis a llamar a la gente a trabajar los sábados gratis porque hay que apoyar al gobierno? ¿Pero quien dice que tenemos que apoyarlo nosotros?”.

Pero Solidarnosc no sólo lanzaba llamamientos directos a mantener el orden. Un típico panfleto de Solidarnosc de Szczecin empezaba diciendo que: “Solidarnosc significa:

– el camino para volver a levantar la patria

– calma y estabilidad social

– mantenimiento de las condiciones de vida y buena organización”,

pero al mismo tiempo seguía hablando de “la batalla por condiciones de vida decentes”. Esto muestra las dos caras de Solidarnosc, como una fuerza del orden social y a la vez como defensor de los intereses de los obreros. Los dos aspectos de la actividad del sindicato eran mutuamente dependientes. Presentando como primera preocupación los intereses de los trabajadores, esperaban que sus llamamientos al orden tuvieran credibilidad. Muchos activistas sindicales que denunciaban las “traiciones” de Walesa, defendieron, sin embargo, hasta el final el papel de Solidarnosc. En febrero de 1981, tras un periodo en que muchas huelgas estuvieron fuera del control de Solidarnosc, la dirección sacó una declaración insistiendo en la necesidad de un sindicato unido, puesto que su dispersión “desembocaría en un periodo de conflicto social incontrolado”. Semejante llamamiento era un recuerdo de que Solidarnosc únicamente sería eficaz para el Estado polaco en la medida en que pudiera presentarse como defensor de los intereses obreros.

Esta función de Solidarnosc se reconoció internacionalmente, y los sindicatos occidentales le dieron lecciones de cómo funcionan los sindicatos en el marco de la economía nacional. Para construir Solidarnosc, no se limitaron únicamente a dar consejos, un buen número de federaciones sindicales también dieron apoyo financiero, particularmente esos pilares de la “responsabilidad social” en Estados Unidos y Gran Bretaña que son la AFL-CIO y las TUC. A nivel internacional el capitalismo no dejó nada al azar.

La significación internacional de las luchas

Las luchas de 1980-81 se vieron enriquecidas por la experiencia anterior de la clase obrera en Polonia. Sin embargo, no fueron una expresión “polaca” aislada de la lucha de clases, sino la culminación de una oleada internacional de luchas de 1978 a 1981. Los mineros en Estados Unidos en 1978, el sector público en Gran Bretaña en 1978-79, los obreros del acero en Francia, a comienzos de 1979, los estibadores de Rotterdam en otoño de 1979, los obreros del acero inglés en 1980, los obreros brasileños del metal, los petroleros en Irán, las luchas masivas en Perú, las huelgas en Europa del Este que siguieron a la huelga de masas en Polonia: todas estas luchas mostraban la combatividad de la clase obrera y una creciente conciencia de clase. Uno de los significados de la huelga de masas en Polonia fue que proporcionó un principio de respuesta a las cuestiones fundamentales que se planteaban en todas esas luchas: ¿Cómo lucha la clase obrera y cuáles son los obstáculos básicos que enfrenta en su lucha?

Como hemos visto, el proletariado de Polonia pudo darse espontáneamente las formas más vigorosas y eficaces del combate de clase durante el verano de 1980, precisamente porque faltaban los “amortiguadores” sociales que existen en los países “democráticos”. Esto ya es de por sí un mentís categórico a quienes (trotskistas, anarcosindicalistas y otros) pretenden que la clase obrera no puede desarrollar realmente sus combates si previamente no construye sindicatos o cualquier otra forma de “asociacionismo obrero” (según los términos de los bordiguistas del Partido comunista internacional que publica Il Comunista en Italia y Le Prolétaire en Francia). El momento de mayor fuerza del proletariado en Polonia, cuando consiguió paralizar la represión del Estado capitalista y lo hizo retroceder con toda evidencia, fue el momento en que no existían sindicatos (excepto los sindicatos oficiales, completamente fuera de juego). Cuando se constituyó Solidarnosc, y se estructuró y reforzó progresivamente, el proletariado comenzó a debilitarse hasta el punto de no poder reaccionar a la represión que se desencadenó a partir del 13 de diciembre de 1981.

Cuando la clase obrera desarrolla sus combates, su fuerza no está en proporción directa con la de los sindicatos, sino en proporción inversa. Toda tentativa de “rectificar” los sindicatos existentes, o de construir nuevos sindicatos, significa apoyar a la burguesía en su trabajo de sabotaje de las luchas obreras.

Esta es una lección fundamental que aportan al proletariado mundial las luchas de 1980 en Polonia. Sin embargo, los obreros de Polonia no podían comprender inmediatamente esta lección puesto que no habían pasado por la experiencia histórica del papel de sabotaje de los sindicatos. Unos cuantos meses de sabotaje de las luchas por parte de Solidarnosc pudieron convencerles de que Walesa y su banda eran unos canallas, pero no bastaron para hacerles comprender que lo que se cuestiona es el sindicalismo, y no tal o cual “mal dirigente”.

Esas lecciones sólo podían sacarlas realmente aquellos sectores del proletariado mundial que están enfrentados desde hace mucho tiempo a la democracia burguesa, no inmediatamente como consecuencia de la experiencia de Polonia sino a partir de su propia experiencia cotidiana. Y eso es lo que, en parte, ocurrió a lo largo de los años 80.

En efecto, durante la oleada internacional de luchas de 1983-89, particularmente en Europa occidental, donde la clase obrera cuenta con la experiencia más larga de sindicatos “independientes”, y de la dictadura de la burguesía democrática, las luchas obreras se vieron abocadas a poner en tela de juicio con cada vez más fuerza el encuadramiento sindical, hasta el punto de que, en una serie de países (particularmente en Francia e Italia), se crearon organismos, las “coordinadoras”, supuestamente emanadas de las “asambleas de base”, para intentar paliar el descrédito de los sindicatos oficiales(1).

Evidentemente, esta tendencia a poner en entredicho el marco sindical se ha visto fuertemente contrarrestada por el retroceso general de la clase obrera tras el hundimiento del bloque del Este y de los regímenes estalinistas en 1989. Pero en las luchas que, frente al impacto de la crisis capitalista, se desarrollarán necesariamente en el futuro, los obreros de todos los países tendrán que retomar las lecciones de sus luchas precedentes. No sólo las de las luchas que han llevado directamente, sino también las de sus hermanos de clase de otros países, y particularmente las luchas del proletariado de Polonia en 1980.

Porque seguro que la relativa pasividad en la que parece estar actualmente inmersa la clase obrera mundial, no significa, ni mucho menos, que haya cambiado el curso histórico general de las luchas proletarias. Mayo 68 en Francia, el “Otoño caliente” italiano de 1969 y muchos otros movimientos a escala mundial después, han mostrado que el proletariado salió de la contrarrevolución que había sufrido durante cuatro décadas(2). Este curso no quedó en entredicho desde entonces: un periodo histórico que es testigo de combates tan importantes como los de Polonia en 1980, sólo podría cambiar por una profunda derrota de la clase obrera, una derrota que por el momento la burguesía no ha conseguido infligir al proletariado.

Barrow

 

1) Ver en especial nuestro artículo: “Las coordinadoras sabotean las luchas”, en la Revista internacional nº 56.

2) Ver nuestro artículo: “¿Porqué el proletariado no ha destruido aún el capitalismo?” en este mismo número.

Bilan nº 11, 1934 - Crisis y ciclos en la economía del capitalismo agonizante

Presentación

El artículo aquí publicado es la segunda parte de un estudio aparecido en la revista Bilan en 1934. En el número anterior de esta Revista internacional publicamos la primera parte, en la cual Mitchell retoma las bases del análisis marxista de la ganancia y de la acumulación de capital en continuidad con los análisis de Marx y de Rosa Luxemburg. En esta segunda parte, Mitchell se centra en “el análisis de la crisis general del imperialismo decadente”, explicando con gran claridad las expresiones de la crisis general de la decadencia del capitalismo. Este estudio, que permitió entonces dar bases teóricas a la inevitable tendencia a la guerra generalizada que la crisis histórica del capitalismo engendra, no solo tiene un interés histórico. Sigue siendo de la más candente actualidad al proponer un marco teórico con el que comprender las expresiones de la crisis económica hoy.

CCI

En la primera parte de este trabajo decíamos que el período que va desde más o menos 1852 hasta 1873 es el de un desarrollo considerable del capitalismo, en la “libre competencia” (competencia moderada por la existencia de un proteccionismo de defensa de una industria en pleno crecimiento). Durante esa misma fase histórica, las diferentes burguesías nacionales remataron su dominación económica y política sobre los ruinas del feudalismo, librando de todas sus trabas a las formas capitalistas de producción: en Rusia mediante la abolición de la servidumbre; en Estados Unidos gracias la guerra de Secesión que barrió el anacronismo esclavista; mediante la formación de la nación italiana, y la fundación de la unidad alemana. El tratado de Francfort cerró el ciclo de las grandes guerras nacionales de las que habían surgido los Estados capitalistas modernos.

Proceso orgánico en la era capitalista

En el ritmo rápido de su desarrollo, el sistema capitalista de producción, hacia 1873, ya ha integrado en su esfera, en su propio mercado, el dominio extracapitalista que le es cercano. Europa se ha convertido en una vasta economía mercantil (excepto algunas regiones atrasadas del Centro y del Este) dominada por la producción capitalista. El continente norteamericano está bajo la hegemonía del capitalismo anglosajón, ya fuertemente desarrollado.

Por otro lado, el proceso de acumulación capitalista, interrumpido momentáneamente por crisis cíclicas pero reanudado con vigor suplementario tras cada saneamiento económico, acarrea paralelamente una poderosa e irresistible centralización de los medios de producción, precipitada por la tendencia decreciente de la cuota de ganancia y la áspera competencia. Se asiste entonces a una multiplicación de empresas gigantescas de elevada composición orgánica, facilitada por el desarrollo de las sociedades por acciones que sustituyen a los capitalistas individuales, incapaces, aisladamente, de hacer frente a las exigencias extensivas de la producción; los industriales se transforman en agentes subordinados a los consejos de administración.

Y además se inicia otro proceso: de la necesidad, por un lado, de contrarrestar la baja de la cuota de ganancia, de mantenerla dentro de los límites compatibles con el carácter de la producción capitalista y, por otro lado, atajar una competencia anárquica y “desastrosa”, surgen organizaciones monopolísticas que van adquiriendo mayor importancia tras la crisis de 1873. Primitivamente nacen los cárteles, después una forma más concentrada, los sindicatos. Después los Trusts y Konzernen, los cuales operan ya sea concentrando horizontalmente industrias similares, ya sea agrupando verticalmente ramas diferentes de la producción.

El capital humano, por su parte, con el flujo de la masa considerable de dinero ahorrado y disponible, resultado de la intensa acumulación, adquiere una influencia preponderante. El sistema de participaciones “en cascada” que se injerta en el organismo monopolista le da la llave para controlar las producciones básicas. El capital industrial, comercial o bancario, al ir perdiendo así su posición autónoma en el mecanismo económico, la fracción más considerable de la plusvalía producida es aspirada hacia una fase capitalista superior, sintetizadora, que dispone de esa plusvalía según sus propios intereses: es el capital financiero. Este es, en suma, el producto hipertrofiado de la acumulación capitalista y de sus manifestaciones contradictorias, definición que no tiene nada que ver con esa representación que se hace del capital financiero como expresión de la “voluntad” de unos cuantos recalentados por la fiebre “especulativa” que oprimen y expolian a otros sectores capitalistas y se oponen a su “libre” desarrollo. Este modo de ver es el de las corrientes pequeño burguesas socialdemócratas y neomarxistas que chapotean en la charca del “antihipercapitalismo” y expresa el desconocimiento de las leyes del desarrollo capitalista, dando la espalda al marxismo a la vez que refuerzan la dominación ideológica de la burguesía.

El proceso de centralización orgánica, en lugar de eliminar la competencia, la amplía con otras formas, no haciendo así sino expresar el nivel profundo de la contradicción capitalista básica. La competencia entre capitalistas individuales –‑órganos primarios – que se ejerce en toda la extensión del mercado capitalista (nacional e internacional), contemporánea del capitalismo “progresivo”, es sustituida por vastas competiciones internacionales entre organismos más evolucionados: los monopolios, dueños de los mercados nacionales y de las producciones fundamentales; este período corresponde a una capacidad productiva que desborda ampliamente los límites del mercado nacional, y a una extensión geográfica de éste mediante las conquistas coloniales al iniciarse la era imperialista. La forma más álgida de la competencia capitalista se plasmará finalmente en las guerras interimperialistas, surgiendo cuando todos los territorios del planeta quedaron repartidos entre las naciones imperialistas. Bajo la batuta del capital financiero aparece un proceso de transformación de las entidades nacionales – surgidas de los trastornos históricos que con su desarrollo contribuyeron a que cristalizara la división mundial del trabajo – en entidades económicas completas. Los “monopolios, dice Rosa Luxemburg, agravan la contradicción existente entre el carácter internacional de la economía capitalista mundial y el carácter nacional del Estado capitalista”.

El desarrollo del nacionalismo económico es doble: intensivo y extensivo.

El armazón principal del desarrollo intensivo es el proteccionismo, ya no el protector de “las industrias nacientes”, sino el que instaura el monopolio del mercado nacional y que abre dos posibilidades: en el interior, la realización de un sobrebeneficio, en el exterior la práctica del precio por encima del valor de los productos, la lucha mediante el “dumping”([1]).

El desarrollo “extensivo”, determinado por la necesidad permanente de expansión del capital, en su búsqueda de nuevas zonas de realización y de capitalización de la plusvalía, se orienta hacia la conquista de territorios precapitalistas y coloniales.

Proseguir la extensión continua de su mercado para así evitar la amenaza constante de la sobreproducción de mercancías que se plasma en las crisis cíclicas: ésa es la necesidad fundamental del modo de producción capitalista que se expresa, por un lado, en una evolución orgánica que desemboca en los monopolios del capital financiero y en el nacionalismo económico, y, por otro lado, en una evolución histórica que desemboca en el imperialismo. Definir el imperialismo como “producto del capital financiero”, como lo hace Bujarin, es establecer una falsa filiación y sobre todo es perder de vista que los dos aspectos del proceso capitalista, la producción y la plusvalía, tienen un origen común.

Las guerras coloniales en la primera fase del capitalismo

Mientras que el ciclo de guerras nacionales se caracteriza fundamentalmente por las luchas entre naciones que están formándose, que están edificando una estructura política y social idónea para las necesidades de la producción capitalista, las guerras coloniales, en cambio, enfrentan a países capitalistas plenamente desarrollados, que se resquebrajan en su estrecho marco y, por otro lado, a países no evolucionados de economía natural o atrasada.

Las regiones conquistables son de dos tipos:

a) las colonias de poblamiento, que sirven básicamente de esferas de inversiones de capitales, convirtiéndose en ciento modo, en prolongación de las economías metropolitanas, con una evolución capitalista similar, apareciendo incluso como competidoras de las metrópolis, en ciertas ramas el menos. Así ocurre con los dominions británicos, de estructura capitalista total;

b) las colonias de explotación, de densa población, en las que el capital persigue dos objetivos esenciales: realizar su plusvalía y adueñarse de materias primas baratas, lo cual permite frenar el crecimiento del capital constante invertido en la producción y mejorar la relación entre la masa de plusvalía y en capital global. Para dar salida a sus mercancías, el proceso es el ya descrito: el capitalismo obliga a los campesinos y a los pequeños productores de una economía doméstica, a trabajar no para sus necesidades directas, sino para el mercado en el que se efectúa el intercambio entre productos capitalistas de gran consumo y productos agrícolas. Los pueblos agricultores de las colonias se integran en la economía mercantil sometidos a la presión del capital comercial y usurero, los cuales estimulan los grandes cultivos de materias de exportación: algodón, caucho, arroz, etc. Los préstamos coloniales son el adelanto que hace el Capital financiero al poder adquisitivo que servirá para equipar redes de circulación de las mercancías: construcción de ferrocarriles, puertos, que faciliten el transporte de las materias primas, u obras de carácter estratégico que consoliden la dominación imperialista. Además, el capital financiero vela para que los capitales no sirvan de instrumento de emancipación económica de las colonias, que las fuerzas productivas sólo se desarrollen y se industrialicen mientras no sean una amenaza para las industrias metropolitanas, y así orientan, por ejemplo, su actividad hacia una transformación elemental de las materias primas que se realiza con una fuerza de trabajo indígena casi gratuita.

Además, el campesinado, abrumado por el peso de las deudas usureras y los impuestos absorbidos por los préstamos, se ve obligado a ceder los productos de su trabajo muy por debajo de su valor, cuando no por debajo de su precio de coste.

A esos dos métodos de colonización que acabamos de indicar se añade un tercero, el cual se asegura zonas de influencia, haciendo “vasallos” a Estados atrasados a base de préstamos e inversiones de capital. La intensa corriente de exportación de capitales combinada con la extensión del proteccionismo monopolista, favorece una ampliación de la producción capitalista, al menos en la Europa central y oriental, en Norteamérica e incluso en Asia, donde Japón se convierte en potencia imperialista.

Por otro lado, la desigualdad del desarrollo capitalista se prolonga en el proceso de expansión colonial. En el umbral del ciclo de las guerras coloniales, las naciones capitalistas más antiguas, tienen ya una sólida base imperialista en que apoyarse; las dos grandes potencias de aquel tiempo, Inglaterra y Francia se habían repartido las “mejores tierras” de América, Asia y Africa, circunstancias que favorecieron todavía más su extensión posterior en detrimento de competidores más jóvenes, Alemania y Japón, obligados a contentarse con migajas en Africa y Asia, pero que, en cambio, incrementan sus posiciones metropolitanas a un ritmo mucho más rápido que las viejas naciones: Alemania, potencia industrial, dominante en el continente europeo, pronto va a izarse, frente al imperialismo inglés, planteando el problema de la hegemonía mundial cuya solución será buscada a través de la Primera guerra imperialista.

Durante los ciclos de guerras coloniales, las pugnas económicas y los antagonismos imperialistas se agudizaron, pero la burguesía de los países más avanzados todavía pudo atajar “pacíficamente” los conflictos de clase resultantes de esas pugnas, al haber acumulado durante las operaciones de saqueo colonial, reservas de plusvalía, de la que echó mano a mansalva para corromper a las capas privilegiadas de la clase obrera([2]). Las dos últimas décadas del siglo XIX conocieron en el seno de la socialdemocracia internacional el triunfo del oportunismo y el reformismo, monstruosas excrecencias parásitas nutridas por los pueblos coloniales.

Pero el colonialismo extensivo se limitó en su desarrollo y el capitalismo, conquistador insaciable, ha acabado agotando prontamente todas las salidas mercantiles extracapitalistas aún disponibles. Así la competencia interimperialista, privada de alternativas, se orientó hacia la guerra.

Como dijo Rosa Luxemburg, “quienes hoy se enfrentan con las armas en la mano no son, de un lado, los países capitalistas y del otro los países de economía natural. Quienes se enfrentan son Estados arrastrados al conflicto precisamente por su alto desarrollo capitalista”.

Ciclos de guerras interimperialistas y de revolución en la crisis general del capitalismo

Mientras que las antiguas comunidades naturales pudieron resistir miles de años y las sociedades antigua y feudal duraron largos períodos históricos, la producción capitalista moderna, al contrario, como lo dice Engels, “con apenas 300 años de antigüedad y que solo se ha vuelto dominante desde la instauración de la gran industria, o sea desde hace cien años, ha realizado unos repartos tan dispares (concentración de capitales en muy pocas manos, por un lado, y concentración de masas sin la menor propiedad en las grandes urbes, por otro) que acabarán arrastrándolo fatalmente a su pérdida”.

La sociedad capitalista, por la acuidad que alcanzan las disparidades de su modo de producción, ya no puede proseguir lo que ha sido su misión histórica: la de desarrollar continuada y progresivamente las fuerza productivas y la productividad del trabajo humano. El choque de las fuerzas productivas contra su apropiación privada, tras haber sido puntual se ha vuelto permanente. El capitalismo ha entrado en su crisis general de descomposición, y la Historia consignará con líneas de sangre sus sobresaltos agónicos.

Resumamos los rasgos esenciales de esta crisis general: una sobreproducción industrial general y constante, un desempleo técnico crónico que grava la producción de capitales no viables; el desempleo permanente de masas considerables de fuerza de trabajo que agrava las disparidades de clase; una sobreproducción agrícola crónica que se superpone a la crisis industrial y que analizaremos más adelante; un importante frenazo al proceso de acumulación capitalista debido a la reducción de las posibilidades de explotación de las fuerzas de trabajo (composición orgánica) y de la baja continua de la cuota de ganancia. Esta baja ya había sido prevista por Marx cuando decía que “en cuanto la formación del capital se encuentre exclusivamente en manos de unos cuantos grandes capitalistas para quienes la masa de la ganancia compensaría la cuota de la ganancia, la producción perdería todo estímulo vivificante, cayendo así en letargo. La cuota de ganancia es la forma motriz de la producción capitalista. Sin ganancia, no hay producción”; la necesidad para el capital financiero de buscar la ganancia extraordinaria, la cual proviene no de la producción de plusvalía, sino de una expoliación, por un lado, del conjunto de los consumidores poniendo el precio de las mercancías por encima de su valor y, por otro lado, de los pequeños productores apropiándose de una parte o de la totalidad de su trabajo. La ganancia extraordinaria significa así un impuesto indirecto sacado de la circulación de las mercancías. El capitalismo lleva en sí la tendencia a volverse parásito en el pleno sentido del término.

Durante las dos últimas décadas anteriores al conflicto mundial (1914-18), todos esos factores de una crisis general se desarrollaban y, en cierta medida, se iban agudizando, aunque la coyuntura seguía evolucionado en una curva ascendente. Pero esto era en cierto modo el canto de cisne del capitalismo. En 1912 se alcanzó el punto culminante. El mundo capitalista está inundado de mercancías. La crisis estalla en 1913 en Estados Unidos y empieza a extenderse hacia Europa. La chispa de Sarajevo acabó por hacerla estallar en la guerra mundial, la cual ponía al orden del día la puesta en entredicho del reparto de las colonias. La matanza de la guerra va a ser para la producción capitalista una inmensa salida que abría “magníficas” perspectivas.

La industria pesada, que fabrica no ya medios de producción sino de destrucción, y la industria productora de medios de consumo, van a poder trabajar a pleno rendimiento, no para asegurar la existencia de las personas, sino para acelerar su destrucción. La guerra, por una lado, provoca un “saludable” saneamiento de los valores-capital hipertrofiados, al destruirlos sin sustituirlos, y, por otro lado, favorece la salida de las mercancías muy por encima de su valor, mediante la impresionante subida de precios bajo el régimen de costes obligados; la masa de superganancias que el capital saca de la expoliación de los consumidores compensa con creces la disminución de la masa de plusvalía resultante de un debilitamiento de las posibilidades de explotación a causa de la movilización.

La guerra destruye sobre todo enormes fuerzas de trabajo que, en la paz, expulsadas del proceso de producción, eran una amenaza creciente para la dominación burguesa([3]). Se calcula la destrucción de valores reales en una tercera parte de la riqueza mundial acumulada por el trabajo de generaciones de asalariados y de campesinos. Tal desastre social, desde el punto de vista del interés mundial del capitalismo aparece como un balance de prosperidad análogo al de una sociedad anónima que se ocupa de participaciones financieras y cuyo saldo de ganancias y pérdidas pletórico de beneficios oculta en realidad la ruina de pequeñas empresas y la miseria de los trabajadores. Pues las destrucciones, aunque alcancen proporciones de cataclismo, no acaban siendo una carga para el capitalismo. El Estado capitalista hacia el que convergen, durante el conflicto, todos los poderes, bajo la imperiosa necesidad de establecer una economía de guerra, es el gran consumidor insaciable que crea su poder adquisitivo gracias a empréstitos gigantescos que succionan todo el ahorro nacional bajo el control y con la asistencia “retribuida” del capital financiero; el Estado paga a unos plazos que hipotecan la renta futura de los proletarios y de los pequeños campesinos. La afirmación de Marx, enunciada hace 75‑años, adquiere su pleno significado: “la única parte de la pretendida riqueza nacional que acaba siendo propiedad colectiva de los pueblos modernos es la deuda pública”.

La guerra tenía que acelerar evidentemente los antagonismos sociales. El último período de matanzas se abre con el relámpago de Octubre de 1917. Acaba de estallar el sector más débil del capitalismo mundial. En Europa central y occidental rugen las convulsiones revolucionarias. El poder burgués se tambalea: hay que poner fin al conflicto. Si el proletariado, en Rusia, guiado por un partido forjado por quince años de luchas obreras y de trabajo ideológico, acaba dominando a una burguesía todavía débil, e instaurar su dictadura, en los países centrales, donde el capitalismo está sólidamente arraigado, la clase burguesa, aún tambaleándose bajo el ímpetu de la marea revolucionaria, acaba logrando, gracias al apoyo de una Socialdemocracia poderosa todavía y a causa de la todavía inmadurez de los partidos comunistas, orientar al proletariado hacia una dirección que lo aleja de sus objetivos específicos. La tarea del capitalismo se vio favorecida por la posibilidad, tras el armisticio, de prolongar su “prosperidad” de guerra en un período de auge económico justificado por la necesidad de adaptar la producción bélica a la renovación del aparato productivo y al consumo de la paz por las enormes necesidades que surgían. Esta situación hizo reintegrar en la producción a la práctica totalidad de los obreros desmovilizados y las concesiones de orden económico que les acuerda la burguesía, además de que no rebajan su ganancia (los aumentos salariales van muy por detrás de la devaluación de las monedas), le permiten proporcionar a la clase obrera la ilusión de que dentro del sistema capitalista podría mejorar sus suerte y, aislándola de su vanguardia revolucionaria, poder aplastar a esta con facilidad.

La perturbación en el sistema monetario agravó el desorden provocado por la guerra en la jerarquía de los valores y en la red de los intercambios, de tal suerte que el desarrollo económico (al menos en Europa) evolucionó hacia actividades especulativas, creciendo así los valores ficticios y no siguiendo una fase cíclica; alcanzó pronto su punto álgido: el volumen de producción desbordó rápidamente la débil capacidad adquisitiva de las masas y eso a pesar de que el volumen de producción correspondía