Si se escucha el discurso dominante, desde hace algunos años, una serie de grandes revueltas populares estarían poniendo en peligro el capitalismo, especialmente en los países llamados por la burguesía “países emergentes”.
En Sudamérica, por ejemplo, las mases populares de Argentina se habrían lanzado en los últimos años a un movimiento contra el sistema. El movimiento de los Piqueteros, comidas de beneficencia, empresas autogestionadas, se han montado cooperativas de apoyo para «organizar» a esas masas en revuelta.
En China, las cifras oficiales para 2004 indican 74 000 incidentes y revueltas sociales que han provocado muchos muertos, asesinados por la policía (el último incidente, en el pueblo de Dongzhu de la provincia costera de Guangdong, cerca de Hong Kong, provocó 20 muertos en la población civil) y la instauración de la ley marcial. Desde 1989, las autoridades chinas han hecho grandes inversiones para equipar a la policía y entrenarla para aplastar ese tipo de revueltas. Y los disturbios, tradicionales ya con ocasión de las cumbres de la OMC, a través del planeta y que han vuelto a estallar en la reciente Cumbre de Hongkong, son la imagen de un mundo en rebelión.
A esa lista hay que añadir un país central del sistema capitalista, Francia. En el otoño de 2005, durante varias semanas, los barrios periféricos de Paris y de otras grandes ciudades francesas fueron saqueados por el movimiento social más violento desde 1968. Ardieron, entre otras cosas, 8000 coches, se impusieron cientos de penas de cárcel y el Estado francés recurrió a unas leyes draconianas cuyo último uso había sido en 1955 contra el movimiento de independencia de Argelia.
Todos esos movimientos sociales, con causas y objetivos de lo más variopinto, han tenido una amplia publicidad, a menudo en primera plana de los periódicos del mundo entero. Ya es hora de que ls marxistas revolucionarios denuncien esas quimeras de revolución, oponiéndoles el auténtico movimiento de transformación social, el cual, en cambio, no recibe tanta atención por parte de los medios de comunicación: la lucha de clases del proletariado internacional.
Las causas y la naturaleza de las revueltas sociales
La causa general de esos movimientos sociales no es ningún secreto. El capitalismo mundial vive desde hace años, una crisis económica insoluble que se expresa a todos los niveles de la sociedad y afecta a todos los sectores de la población no explotadora: pobreza en aumento, desempleo de larga duración debidos a los planes de austeridad de los Estados capitalistas en los países avanzados, una siniestra miseria que acompaña el hundimiento de economías enteras en Latinoamérica, la ruina total de pequeños campesinos y granjeros por todo el Tercer mundo, la discriminación étnica, consecuencia de una política deliberada de la clase dominante para dividir y asegurar su dominio sobre las poblaciones, el terror impuesto en los países ocupados por los ejércitos imperialistas.
Sin embargo, por mucho que las revueltas sociales tengan en común la causa fundamental que es la opresión capitalista, eso no significa que puedan ser una respuesta común, ni siquiera una respuesta a secas. Todo lo contrario.
A pesar de la gran variedad de revueltas habidas hoy, ninguna de ellas representa, ni embrionariamente siquiera, la menor alternativa, ni económica, ni política ni social, a la sociedad capitalista cuyos síntomas de declive suscitan todas esas protestas y revueltas. Eso ha quedado muy claro en los recientes disturbios ocurridos en Francia. La cólera de los insurrectos se volvió contra sí mismos y no contra la causa de su miseria.
“De manera cotidiana son sometidos, sin ningún tipo de miramiento y con brutal grosería, a controles de identidad y cacheos indiscriminados y, en ese sentido, es totalmente lógico que sientan a la policía como sus perseguidores sistemáticos. Pero la realidad es que las principales víctimas de esta violencia son las propias familias o los allegados de los jóvenes que la protagonizan: los hermanos o hermanas que no podrán ir a sus escuelas habituales, parientes que han perdido sus vehículos que en caso de ser pagados por los seguros, lo serán a precios de saldo o la obligación imperiosa de realizar sus compras lejos de sus domicilios ya que las tiendas han sido pasto de las llamas» (Toma de posición de la CCI: «Ante la desesperación, sólo la lucha de clases puede ofrecer un porvenir», 8 noviembre 2005).
Pero incluso las revueltas que expresan la desesperanza de manera menos elemental, que dirigen su violencia contra los guardianes del régimen que les oprime y que incluso consiguen, como en China, hacer retroceder momentáneamente a la policía, no ofrecen perspectivas más allá de la protesta inmediata que expresan. Por muy espectacular que sea a menudo la violencia de esos disturbios sociales, esas revueltas están inevitablemente mal preparadas y coordinadas, incapaces de hacer frente a las fuerzas bien armadas y organizadas del Estado capitalista.
En el caso de los Piqueteros de Argentina o de lo Zapatistas de México, las revueltas sociales están directamente encuadradas por ciertas fracciones de la burguesía que procuran movilizar a la población detrás de sus propias «soluciones» a la crisis económica y que quieren hacerse un sitio en el seno del aparato de Estado.
No es pues de extrañar si la burguesía saca cierta satisfacción de la impotencia de las revueltas sociales, y eso que éstas lo que demuestran es la incapacidad del sistema para ofrecer la menor esperanza de sanar las llagas purulentas que afligen a la población mundial. Las revueltas sociales no son una amenaza para el sistema, no tienen ni reivindicaciones ni perspectivas con las que poner seriamente en entredicho el estatus quo. Nunca van más allá del marco nacional y quedan, en general, dispersas y aisladas. Y aunque la burguesía esté preocupada por la generalización de la inestabilidad social, al tener cada vez menos margen de maniobra en lo económico, piensa que puede apoyarse en la represión para ahogar y neutralizar los daños de la revuelta social. En Francia, por ejemplo, los disturbios de las periferias urbanas son reflejo de los machetazos en los presupuestos sociales que se dieron en el período precedente. Ha habido fuertes reducciones en los gastos para renovar las viviendas y la creación de empleos temporales. El número de profesores y de trabajadores sociales ha disminuido así como las subvenciones a las organizaciones benévolas. Los disturbios no han forzado a la burguesía a tomar medidas serias ni a poner en entredicho su política de austeridad; lo que sí le han permitido es dar más fuerza a la réplica de “la ley y el orden”. La conocida advertencia del ministro francés del Interior, Sarkozy, de que iba a “limpiar los barrios con mangueras a presión” para eliminar a quienes fomentan los disturbios ha sido el emblema de esa réplica. La burguesía francesa ha sabido utilizar los disturbios para justificar el reforzamiento de su aparato represivo y prepararse para la amenaza futura que constituye la lucha de la clase obrera.
En Argentina, la revueltas sociales del 19 y 20 de diciembre de 2001 se hicieron famosas por el pillaje masivo de los supermercados y el asalto a los edificios gubernamentales y financieros. Sin embargo, el movimiento popular organizado en torno a esas revueltas no ha frenado en nada el declive vertiginoso del nivel de vida de las masas oprimidas del país: la cantidad de personas que viven bajo el “umbral oficial de pobreza” ha pasado de 24 % en 1999 a 40 % hoy. Al contrario, es la organización de esas masas pauperizadas en un movimiento popular vinculado al Estado capitalista lo que permite a la burguesía hablar hoy de una “primavera argentina” y rembolsar en su plazo la deuda al FMI.
Numerosas capas sociales son víctimas del declive del sistema capitalista y reaccionan violentamente al terror y la miseria que provoca. Pero esas violentas protestas no ponen nunca en cuestión el modo de producción capitalista, no hacen sino reaccionar contra sus consecuencias.
A medida que el capitalismo se va hundiendo en su fase final de descomposición social, la ausencia total de perspectiva económica, política y social en el seno del sistema parece contaminar todos los pensamientos y todas las acciones que alimentan la desesperación violenta de las revueltas sociales.
La autonomía del proletariado
A primera vista, puede parecer irrealista proclamar que el verdadero movimiento por el cambio social es la “trasnochada” lucha de la clase obrera que está apenas volviendo hoy a encontrar el camino de la combatividad y de la solidaridad, tras la gran desorientación que sufrió tras el hundimiento del bloque de Este en 1989. Pero la lucha proletaria, a diferencia de las revueltas sociales no solo existe en el presente, sino que tiene una historia y se proyecta en el porvenir.
La clase obrera que hoy lucha, es la misma cuyo movimiento revolucionario sacudió el mundo entro entre 1917 y 1923, movimiento durante el cual tomó el poder político en Rusia en 1917, puso fin a la Iª Guerra Mundial, fundó la Internacional comunista y estuvo cerca de la victoria en otros países de Europa.
A finales de los años 1960 y en los 70, el proletariado mundial volvió a aparecer en la historia después de medio siglo de contrarrevolución.
La oleada de huelgas masivas iniciada por los obreros en Francia en 1968 para defender sus condiciones de vida, irrumpió en todos los demás países centrales del capitalismo. La burguesía tuvo que adaptar su estrategia política para encarar la amenaza poniendo a sus partidos de izquierda en el gobierno. En algunos países, ese movimiento fue casi una insurrección, como en Córdoba (Argentina), en 1969. En Polonia, en 1980, alcanzó su momento álgido. La clase obrera superó sus divisiones locales, se unió mediante asambleas y comités de huelga. Solo sería después de un año de sabotaje del nuevo sindicato Solidarnosc cuando la burguesía polaca, debidamente aconsejada por los gobiernos occidentales, pudo declarar la ley marcial y acabar aplastando el movimiento. Pero las luchas de clase internacionales prosiguieron, en Gran Bretaña en particular donde los mineros estuvieron en huelga durante más de un año en 1984-85.
A pesar de los reveses sufridos por la clase obrera, no ha sido derrotada de manera decisiva durante los 35 últimos años como así lo había sido en los años 1920 y 1930. El camino de la clase obrera sigue abierto para que pueda ella expresar su naturaleza y sus características revolucionarias.
La clase obrera es revolucionaria, en el sentido auténtico de la palabra, pues sus intereses corresponden a un modo de producción social totalmente nuevo. Su interés objetivo es reorientar la producción sin explotación de su trabajo y para la satisfacción de las necesidades de la humanidad en una sociedad comunista. Y tiene en sus manos –aunque no legalmente en su posesión– los medios de producción de masas que permitirán el advenimiento de esa sociedad. La interdependencia, completada ya, de esos medios de producción a escala mundial significa que la clase obrera es una clase verdaderamente internacional, sin ningún interés en conflicto o competencia, mientras que todas las demás capas y clases de la sociedad, por mucho que algunas sufran bajo el capitalismo, están sumidas en una división insuperable.
Aunque estén todavía aisladas y divididas por los sindicatos, aunque sean menos espectaculares que las revueltas sociales, la luchas defensivas de la clase obrera para intentar proteger el bajo nivel de vida que hoy le queda, llevan en sí, contrariamente a esas revueltas, los gérmenes de un asalto ofensivo contra el sistema capitalista como así lo han demostrado, por ejemplo, las luchas de solidaridad en el aeropuerto de Londres de julio de 2005, o también la oleada de huelgas obreras en Argentina durante el verano de 2005 y la reciente huelga en los transportes de Nueva York.
Por las razones mencionadas, la clase obrera ha sido capaz, desde hace 150 años, de desarrollar una alternativa política revolucionaria contra el imperio del capital. La alternativa socialista pone obligatoriamente en conflicto a la clase obrera con la legalidad capitalista de explotación, defendida por una cantidad descomunal de fuerzas armadas y represivas. Por eso, la violencia de la clase obrera, a diferencia de las actos desesperados de otras capas oprimidas es una violencia engendradora de historia, una violencia que hará realidad el parto doloroso de una nueva sociedad.
Para los medios de comunicación, las revueltas sociales son la atracción principal. Las luchas de la clase obrera, de nuevo emergentes, aparecen muy en segundo plano, y, en el mejor de los casos, como un apoyo logístico a aquellas revueltas.
En ese contexto, es vital que los revolucionarios defiendan el papel fundamental del proletariado y la necesidad de su autonomía, no sólo contra las fuerzas de la burguesía que pretenden ser sus defensores, como los partidos de izquierda y los sindicatos, sino también ante las revueltas desesperadas de capas y agrupamientos incoherentes de oprimidos por el capitalismo.
La burguesía, cuyos representantes más inteligentes son muy conscientes de la amenaza subyacente que el proletariado representa, está por lo tanto muy interesada en hacer la publicidad de las revueltas sociales y minimizar o ignorar si puede, los movimientos o acciones auténticas del proletariado.
La burguesía identifica el caos violento de las revueltas sociales con todas las demás manifestaciones de la descomposición de la sociedad. Espera así desprestigiar toda resistencia a su dominación, incluida especialmente la lucha de clase del proletariado.
La burguesía presenta las revueltas sociales como la principal expresión de la oposición a la sociedad capitalista. Espera así persuadir a los miembros de la clase obrera, a los jóvenes en especial, que esas acciones condenadas al fracaso son la única forma de lucha posible. La burguesía deja que se muestren los límites evidentes y los fracasos indudables de esas revueltas. Intenta así desmoralizar, apagar y dispersar la amenaza que representa la unidad proletaria, una unidad que requiere en particular la solidaridad entre la joven generación de la clase con las generaciones anteriores.
Esta táctica respecto a la clase obrera ha tenido cierto éxito, sobre todo entre los jóvenes y los desempleados de larga duración así como en algunas minorías étnicas en el seno el proletariado. Bastantes elementos de esos sectores se han integrado en las revueltas ocurridas en Francia. En Argentina, el movimiento de los Piqueteros ha logrado «organizar» a los desempleados detrás del Estado y a desviar algunas acciones de la reciente ola de huelgas, en 2005, hacia ese movimiento y otros atolladeros semejantes.
El ala izquierda de la burguesía y sus fuerzas de extrema izquierda en particular desempeñan un papel muy especial en la desmovilización de la clase obrera hacia ese tipo de atolladeros, utilizándola como masa de maniobra para impulsar campañas que proponen otra gestión del régimen capitalista.
Por desgracia, algunas fuerzas de la Izquierda comunista, aun siendo capaces de ver los “límites” de las revueltas sociales, son, en cambio, incapaces de resistir a la tentación de ver en ellas “algo” positivo. El Buró internacional para el partido revolucionario (BIPR), por ejemplo, fue ya seducido por los movimientos interclasistas de Argentina en diciembre 2001 y de Bolivia poco después, considerándolos como expresiones, reales o potenciales, de la clase obrera. En su toma de posición sobre los disturbios en Francia, el BIPR, a pesar de la crítica que hace de su inconsecuencia, ve la posibilidad de transformarlos en luchas de clase auténticas gracias al partido revolucionario. Y es más o menos lo mismo que encontramos en otros grupos que se reivindican de la Izquierda italiana, llamándose todos ellos “Partido comunista internacional”.
Evidentemente, puede uno ponerse a soñar despierto sobre la existencia de un partido de clase y los milagros que podría realizar, algo así como el viejo refrán ruso: “puesto que no hay vodka, hablemos de la vodka”. Pues resulta que si no existe hoy el partido revolucionario es precisamente porque la clase obrera deberá todavía desarrollar su independencia y su autonomía políticas respecto a las demás fuerzas sociales de la sociedad capitalista. Las condiciones que permitirán a la clase obrera dotarse de su partido revolucionario no se crearán gracias a unas explosiones sociales desesperadas, sino basándose en ese desarrollo de la identidad de clase del proletariado, sobre todo mediante la intensificación y la extensión de sus combates y también gracias a la intervención de las organizaciones revolucionarias en ellos. Cuando estemos en esa situación histórica, será entonces posible para el proletariado, con su partido político, llevar tras sí a todo el descontento de todas las demás capas oprimidas de la sociedad, pero únicamente basándose en el reconocimiento del papel central y dirigente de la clase obrera.
La tarea actual de los revolucionarios es insistir en la necesidad de que se cree la autonomía política del proletariado, y no ayudar a la burguesía a enturbiar esa necesidad con delirios de grandeza sobre el papel del partido revolucionario.
Como
(20/12/2005)
Hace un siglo en Chicago, el 27 de junio de 1905, en una sala abarrotada, Big Bill Haywood, dirigente de la combativa Western Miners Federation (WMF, Federación de Mineros del Oeste), pronunciaba el discurso de apertura de lo que el mismo calificaba como “el congreso continental de la clase obrera”. Se trataba de una asamblea llamada a cumplir el objetivo de crear una nueva organización revolucionaria de la clase obrera en Estados Unidos: Industrial Workers of the World (IWW, Obreros industriales del mundo) y cuyos miembros eran llamados frecuentemente los Wobblies ([1]). Haywood declaraba solemnemente a los 203 delegados presentes:
“Estamos aquí para agrupar a los trabajadores de este país en el seno de un movimiento de la clase obrera cuyo objetivo será la emancipación de la clase obrera de la esclavitud capitalista …La meta de esta organización debe ser la de permitir a la clase obrera tomar el control del poder económico, de los medios para su existencia y del aparato de producción y distribución, sin preocuparse por los patrones capitalistas… esta organización estará formada, basada y fundada sobre la lucha de clases, sin compromisos, sin claudicación y tendrá como única meta la de conducir a los trabajadores de este país a tomar posesión del pleno valor del producto de su trabajo” (Proceedings of the First IWW Convention) ([2]).
Así quedó marcado el inicio de la gran experiencia sindicalista revolucionaria en Estados Unidos, tema de la tercera parte de nuestra serie de artículos sobre el anarco-sindicalismo y el sindicalismo revolucionario ([3]). Durante los 16 años, de 1905-1921, en que tuvo una significativa existencia con la que la burguesía tuvo que vérselas, IWW se convirtió en la organización más temible y vilipendiada por su enemigo de clase. Durante ese periodo conoció una rápida evolución, tanto en el plano de los principios teóricos y de la claridad política como a nivel de su contribución en la lucha de clases.
Pero antes de entrar en materia sobre las lecciones que podemos sacar de su experiencia, vale la pena subrayar que, en el contexto histórico actual, el simple hecho de recordar esta experiencia reviste una importancia particular. En efecto, actualmente existe una especie de “Santa Alianza” que va desde Al Qaeda a la extrema izquierda del capital, pasando por los altermundistas y los gobiernos imperialistas rivales de la burguesía norteamericana, que tiene todo el interés por presentar –de manera más o menos sutil– al “imperialismo yanqui” (o el “Gran Satanás”) como el enemigo número uno de los pueblos y de los proletarios del mundo entero. Según la propaganda antiamericana de esta “Santa Alianza”, el “pueblo” americano sería cristiano, creyente, cruzado y aprovecharía sin reflexionar los frutos de la política imperialista americana. En los mismos Estados Unidos se presenta a la clase obrera como parte de las “clases medias”. La experiencia de IWW, la valentía ejemplar de sus militantes frente a una clase dominante que no se tienta el corazón para echar mano de la mayor y más vil violencia o hipocresía, esa experiencia de IWW está pues ahí para recordarnos que los obreros de Estados Unidos son decididamente hermanos de clase de los obreros del mundo entero, que su interés y sus luchas son los mismos y que el internacionalismo no es vana palabra para el proletariado, sino más bien la piedra angular de su existencia.
El contexto histórico de la fundación de IWW
La aparición de IWW en Estados Unidos fue, en parte, una respuesta a las mismas tendencias generales que habían suscitado el sindicalismo revolucionario en Europa occidental: “el oportunismo, el reformismo y el cretinismo parlamentario” ([4]). La concreción en Estados Unidos de esa tendencia general internacional lleva el sello de algunas especificidades norteamericanas: La existencia de la Frontera ([5]); la emigración a gran escala de obreros que venían de Europa, a fines de los años de 1880 y a principios del 1900; la llegada al mercado laboral de una gran número de esclavos liberados después de la Guerra de Secesión (1861-65); la ruda oposición entre el sindicalismo por oficio y el sindicalismo de industria; y el debate sobre la política a adoptar frente a esos sindicatos de oficios: meterse en ellos para “socavarlos desde dentro” o crear un nuevo sindicato.
La Frontera y la inmigración
Esos dos factores, fuertemente entrelazados, tuvieron consecuencias significativas en el desarrollo del movimiento obrero en Estados Unidos.
La Frontera sirvió como válvula de seguridad ante la revuelta que rugía en los Estados industriales y fuertemente poblados del Noreste y del Medio Este.
Una cantidad importante de obreros, tanto nativos como emigrados, abrumados por la explotación en las fábricas, prefirieron huir de los centros industriales y migrar hacia el Oeste en busca de una independencia y de una “vida mejor” como granjeros, o con delirantes proyectos de enriquecerse rápidamente convirtiéndose en mineros. La existencia de esa válvula de seguridad tuvo un impacto sobre la capacidad del movimiento obrero para desarrollar su experiencia. Aunque el fenómeno de La Frontera dejó de existir a partir de los años 1890, el fenómeno de emigración hacia el Oeste perduró al menos hasta los albores del siglo xx ([6]).
Durante mucho tiempo, el movimiento obrero en Estados Unidos estuvo muy preocupado por las divisiones entre quienes habían nacido en el país, los obreros anglófonos (aunque ya fueran éstos la segunda generación de emigrantes) y los obreros inmigrados recién llegados, los cuales no hablaban y leían poco o nada en inglés. En su correspondencia con Sorge en 1893, Engels lo ponía en guardia contra el uso cínico que hacía la burguesía de las divisiones en el seno del proletariado y que retrasaban el desarrollo del movimiento obrero en Estados Unidos ([7]). En efecto, la burguesía utiliza hábilmente todos los prejuicios raciales, étnicos, nacionales y lingüísticos para dividir a los obreros entre sí y contrarrestar así el desarrollo de una clase obrera capaz de concebirse a sí misma como una clase unida. Estas divisiones fueron un serio obstáculo para la clase obrera en Estados Unidos ya que separaba a los obreros nacidos en América de la gran experiencia adquirida en Europa por los obreros recién inmigrados. Esas divisiones acarrearon, para los obreros americanos más conscientes, dificultades para mantenerse al nivel de los avances teóricos del movimiento obrero internacional, los hacía dependientes de la mala calidad de las traducciones de los escritos de Marx y Engels, lo cual reflejaba también las debilidades teóricas de los propios traductores.
Así pues, con un armamento teórico en retraso, el movimiento obrero de Estados Unidos se vio entorpecido en su capacidad para hacer frente al oportunismo y a las corrientes reformistas.
Las debilidades teóricas de Daniel DeLeon, líder del Socialist Labor Party (SLP, Partido socialista obrero) lo ilustran ampliamente. DeLeon defendía una variante de la “ley de bronce de los salarios” de Lassalle ([8]) y, debido a ese enfoque, subestimaba completamente la importancia de las luchas inmediatas del proletariado. Creía ingenuamente que la revolución se haría mediante la papeleta de voto, rechazaba el principio de la dictadura del proletariado pero dirigía el SLP de manera autoritaria y sectaria ([9]).
Por su parte, Eugene Debs, “eterno” candidato del Socialist Party of America (SPA, partido socialista rival del SLP ([10])) a la presidencia de los Estados Unidos, poseía grandes dotes como orador pero tenía serias limitaciones teóricas y organizativas. Estos dos hombres participaron en el congreso de fundación de IWW, pero el hecho es que ni ellos, ni sus respectivos partidos políticos fueron capaces de contribuir a la clarificación política en el seno de IWW, ello debido en gran parte y como consecuencia de las débiles tradiciones teóricas en el movimiento obrero norteamericano.
Otra consecuencia de la tradición de la Frontera es el peso de la violencia en la sociedad norteamericana. En sus inicios, las ciudades fronterizas del Oeste no contaban ni con un aparato de Estado formal ni con ninguna institución para mantener la ley y el orden. Ello ha contribuido al desarrollo de una “cultura de los fusiles y de la violencia” que persiste hasta nuestros días con su proliferación de armas de fuego y con niveles de violencia en la sociedad americana que sobrepasan, de lejos, los de cualquier otra gran nación industrializada ([11]). En este contexto, era casi inevitable que la lucha de clases en Estados Unidos, a finales del siglo xix y principios del xx, tomara una forma extremadamente violenta. La burguesía americana no vaciló un solo instante en utilizar la represión en esas confrontaciones con el proletariado, ya sea por medio del ejército, de milicias de los Estados, los infames Pinkerton (empleados de una agencia de detectives donde se alquilaba a los sicarios rompe huelgas, ndt) o por medio de la contratación de servicios de bandidos para aplastar las numerosas huelgas obreras, llegando incluso hasta masacrar a los huelguistas y sus familias. Los obreros, por su lado, no vacilaban tampoco en responder para defenderse. Esta situación desenmascaraba fácilmente la crueldad y la hipocresía de la dictadura de la democracia burguesa y mostraba claramente la futilidad de toda tentativa de querer cambiar fundamentalmente este estado de cosas por medio de una papeleta electoral. Sin embargo, esa misma situación extendía el escepticismo entre los obreros más concientes frente a la eficacia de la acción política que, en general, era concebida como la participación en las campañas electorales. Esta confusión era particularmente alimentada por el SLP de DeLeon y su fetichismo del voto que perpetuaba la falsa idea según la cual acción política y electoralismo serían, por definición, equivalentes. La incapacidad de los wobblies para comprender que la revolución es fundamentalmente un acto político que pasa por el enfrentamiento con el Estado capitalista y su destrucción, y por la conquista del poder por la clase obrera, iba tener graves consecuencias.
La oposición entre el sindicalismo de oficio y el sindicalismo industrial
La organización llamada Knights of Labor (los “Caballeros del Trabajo”) que contaba con un millón de miembros en 1886, fue la primera organización nacional significativa de trabajadores en Estados Unidos. Los Caballeros consideraban que los obreros debían concebirse primero como asalariados, antes de considerarse irlandeses, italianos, judíos, católicos o protestantes. Sin embargo, eran lo propio de aquella época; es decir, un sindicato nacional que organizaba a los obreros en el marco de la corporación:
“organizar a los carpinteros como carpinteros, a los albañiles como albañiles y así con los demás tipos de trabajadores; enseñarles a todos a anteponer sus intereses de obreros cualificados a los intereses de los demás obreros” ([12]).
Los acontecimientos violentos que tuvieron lugar debido a la lucha por la jornada de 8 horas y que condujeron a la masacre de Haymarket ([13]) en 1886, significaron un serio golpe a los Caballeros que declinaron a partir de 1888. Los sindicatos de oficio se reagruparon entonces en la American Federation of Labor (AFL, Federación Americana del Trabajo, fundada en 1886) que consideraba al capitalismo y al sistema asalariado como inevitable y tenía por objetivo obtener de éstos las mayores ventajas posibles para los trabajadores cualificados que representaba. Bajo la dirección de Samuel Gompers, la AFL se presentaba como defensora sin reservas del sistema americano y una alternativa responsable para el radicalismo obrero. Al hacer esto, la AFL rechazaba toda responsabilidad ante la situación de millones de obreros norteamericanos, poco o no cualificados, que eran salvajemente explotados en las nuevas industrias manufactureras o mineras de alta concentración obrera.
En ese contexto, el conflicto entre el sindicalismo de oficio y el sindicalismo de industria, desde entonces considerado como un conflicto entre el sindicalismo del business (mundo de los negocios) o de colaboración de clase y un sindicalismo “industrial”, de lucha de clase, se transformó en la principal controversia en el seno del movimiento obrero a finales del siglo xix y a principios del xx ([14]).
Más allá de las especificidades históricas de los países “anglosajones” (en particular la combinación de un movimiento sindical fuerte con una tradición política socialista y marxista débil), ese debate expresaba, ante todo, los profundos cambios que se producían en el propio capitalismo: de un lado, el desarrollo de una industria a gran escala concretado en la aparición del “Taylorismo” ([15]), y del otro, el hecho que el periodo ascendente del capitalismo llegaba a su fin, imponiendo nuevos objetivos históricos y nuevos métodos a la lucha de la clase.
Los primeros sindicatos, o “trade-unions”, estaban basados (como lo indica el término inglés) en gremios o corporaciones particulares de la industria y dedicaban la mayor parte de su actividad a la defensa de los intereses de sus miembros, no solamente como obreros de forma general, sino como obreros cualificados. Esta defensa podía llegar hasta la imposición de barreras a la contratación de los obreros que no hubieran terminado el aprendizaje requerido para ejercer cierto oficio, o aún más, por ejemplo, la limitación de la contratación a los miembros de ciertos sindicatos a los cuales estaban reservados ciertos empleos. En su forma tradicional, la organización sindical tendía a la vez a crear divisiones entre los obreros de diferentes oficios y a excluir completamente a la enorme masa de trabajadores no cualificados que llegaban a las nuevas industrias de producción masiva que se desarrollaban a finales del siglo xix y principios del xx. Además, el hecho de que esos trabajadores no cualificados fueran frecuentemente inmigrantes que venían del campo o de otros países, los aislaba de los cualificados, por cuestiones de idioma o prejuicios raciales (que no se limitaban, ni mucho menos, al prejuicio sobre el color de la piel).
Otro factor importante de la situación era que, a principios del siglo xx, con el final del periodo ascendente del capitalismo, comenzaban a plantearse nuevas exigencias en la lucha de clases. Como lo hemos visto en los artículos sobre la Revolución rusa de 1905 (Revista internacional nos 120, 122, 123), la lucha de clases estaba llegando al punto en que las luchas por la defensa o mejora de los salarios y las condiciones de vida implicaban cada vez más poner en entredicho el propio orden capitalista. La cuestión que se presentaba de forma cada vez más aguda no era la de obtener reformas en el capitalismo, sino la de plantear la cuestión del poder: debía o no dejar el poder político del Estado en las manos de los capitalistas o, por el contrario, la clase obrera debía destruir el Estado capitalista y tomar el poder para construir una nueva sociedad comunista (o socialista como lo habría dicho IWW).
En esos dos planos, la concepción cerrada de un sindicalismo de oficio, corporativo, propuesto por la AFL era no solamente inadaptado, sino francamente reaccionario.
Dos soluciones se presentaron en los debates a lo largo de la historia del movimiento sindicalista-revolucionario ([16]): la primera preconizaba el método del dual unionism (“sindicalismo doble”), que quería decir concretamente crear un nuevo movimiento para rivalizar con los viejos sindicatos. Era una estrategia de alto riesgo puesto que abría la puerta a la acusación de dividir el movimiento obrero y sólo podía ser realmente eficaz si atraía a suficientes adherentes, como lo había demostrado muy claramente en negativo, a finales de los años 1890, el fracaso de las tentativas de DeLeon para crear un “sindicato de la industria”. La otra estrategia, llamada “boring from within” (“socavar desde el interior”), es decir, tomar los sindicatos existentes, no podía tener éxito más que si los sindicalistas-revolucionarios tomaban el control, y esto los ponía algunas veces a merced de los métodos sin principios de sus adversarios “tradicionalistas”, como Gompers de la AFL.
En fin de cuentas, la Revolución rusa de 1905 y más aún la de 1917 hicieron caducos esos debates, creando una nueva forma de organización, el soviet, adaptada a las nuevas condiciones históricas de la lucha proletaria, lo que nunca podría suceder ni con los sindicatos de oficio ni con los “sindicatos de industria” de IWW.
Entre los defensores del sindicalismo “industrial”, hubo evoluciones notables. Así por ejemplo, decepcionado por las repetidas traiciones y la actividad de rompehuelgas de los sindicatos de oficio en la industria de ferrocarriles, de lo que él fue testigo durante los 17 años de su carrera en el sindicato de obreros calificados del ferrocarril, Eugene Debs fundó en 1893, la American Railroad Union (ARU, sindicato americano de ferrocarriles); que era una organización industrial, abierta a todos los obreros del ferrocarril, sin distinción de oficio o de cualificación. El sindicato crece rápidamente, atrayendo no solamente a obreros no cualificados sino también a obreros cualificados que comprendían la necesidad de la mayor solidaridad en la lucha contra los patrones. En 1894, la ARU se encuentra comprometida prematuramente en una huelga en Pullman, lo que conduce al aniquilamiento del sindicato y a una pena de seis meses de prisión para Debs. Esta experiencia fue un momento importante en la evolución política de Debs que, en prisión, se adhirió al socialismo y se puso en la vanguardia de la crítica al sindicalismo al estilo de Gompers.
A finales de los años 1890, el SLP (Partido socialista obrero), dirigido por Daniel DeLeon, abandonó la política de “boring from within” consistente en utilizar a los sindicatos de la AFL para la conquista de puestos dirigentes, optando por la política de “dual unionism” creando un nuevo sindicato llamado Socialist Trades and Labor Alliance (“Alianza socialista de los oficios y del trabajo”), como la organización socialista del trabajo rival de la AFL. Para pertenecer a ella, había una condición: ser miembro del partido. Esta tentativa organizativa tuvo un éxito limitado.
La fundación de IWW, en 1905, reanima la acusación hecha por Samuel Gompers contra el “dual unionism” y su propaganda contra IWW provoca una gran controversia. Los anarcosindicalistas franceses que habían triunfado al tomar el poder de la CGT gracias a la victoriosa estrategia de “boring from within”, esencialmente por su influencia en los sindicatos de oficio, criticaban el abandono de la AFL por IWW. William Z. Foster, un miembro de IWW influido por los anarcosindicalistas franceses, con ocasión de una estancia en Francia, abogó con fervor por la disolución de IWW y de su reintegración en las AFL y terminó abandonando a los Wobblies ([17]).
Los dirigentes de IWW rechazaban la acusación de “dual unionism” –o sea de haber creado un sindicato opositor, como lo muestra la insistencia hecha por Haywood sobre la misión de IWW de organizar a los no organizados, a los obreros industriales no cualificados, ignorados por los sindicatos de oficio de la AFL. IWW no buscaba atraer a los miembros de los sindicatos de la AFL ni tampoco hacerles competencia buscando el apoyo de sectores particulares de la clase obrera. Sin embargo, es innegable que IWW era, en los hechos, rival de Gompers y de la AFL.
Las tentativas que realizaron los obreros de las minas de Colorado, Montana e Idaho en los años 1880 y 1890, para organizarse con una base industrial –tentativas que dieron nacimiento a la Western Federation of Miners (WFM, Federación occidental de mineros) – pueden ser consideradas como el impulso más importante que se hizo por el desarrollo de un sindicalismo industrial, en particular a causa del impacto directo que tuvieron en la fundación de IWW.
Exasperada por lo que se había transformado en una verdadera lucha de clases abierta contra las compañías mineras y las autoridades del Estado (los dos contendientes frecuentemente estaban armados), la WFM se radicaliza cada vez más. En 1898, la WFM patrocina la formación de la Western Labor Union (WLU, Sindicato occidental del trabajo), según la política de “dual union”. Era una alternativa regional a la AFL, pero jamás adquirió existencia independiente fuera de la influencia de su patrocinador. Aún cuando las reivindicaciones inmediatas planteadas por la WFM con frecuencia eran las mismas que las de la AFL (típicas del “pork chop unionism”) ([18]), en 1902 el objetivo que perseguía la WFM era el socialismo.
En su discurso de despedida en el congreso de la WFM en 1902, por ejemplo, el presidente saliente Ed Boyce ponía en guardia contra el hecho de que el sindicalismo puro y duro no bastaría para defender los intereses de los obreros. Defendía que, a fin de cuentas, la respuesta era
“... la abolición del salario, que es el sistema más destructor de los derechos del hombre y de la libertad que cualquier otro sistema de esclavitud creado hasta el presente” ([19]).
En 1902, la AFL presiona a la WFM para que desmantele el Western Labor Union y que se una a la AFL, pero la WFM respondió transformando la organización regional en el American Labor Union (ALU, Sindicato norteamericano del Trabajo), para competir con la AFL a nivel nacional y referirse más abiertamente al socialismo. La ALU comenzó entonces a tomar posiciones que a partir de entonces iban a servir de pautas a IWW: la primacía de la acción económica (lo que IWW iba a nombrar más tarde “la acción directa”) sobre la acción política y el modelo sindicalista-revolucionario para la organización de la sociedad revolucionaria. El periódico de la ALU tomaba posición de la siguiente forma:
“La organización económica del proletariado es el corazón y el alma del movimiento socialista (…) El objetivo del sindicalismo industrial es organizar a la clase obrera aproximadamente en los mismos sectores de producción y de distribución que se presentarían en una comunidad basada en la cooperación, de tal forma que si los obreros perdieran sus derechos, siempre conservarían una organización económica comprometida conscientemente para tomar en sus manos los instrumentos de la industria y las fuentes de riqueza para administrarlas en su provecho” ([20]).
La convención de la WFM de 1904 da el mandato a su comisión ejecutiva de tratar de crear una organización nueva para unir a toda la clase obrera. Después de las reuniones secretas, durante el verano y el otoño, en las que participaron representantes de diversas organizaciones –no exactamente las mismas cada vez–, se envió una carta a treinta personas, sindicalistas de la industria, miembros del SPA y del SLP y también a miembros de los sindicatos de la AFL, invitándolas
“... a reunirnos en Chicago, el lunes 2 de enero, en una conferencia secreta para discutir los métodos y los medios para unificar a los trabajadores de Estados Unidos con principios revolucionarios correctos (…) de manera que se asegure la integridad [de la organización] en tanto que protector real de los intereses de los obreros” ([21]).
Asistieron veintidós personas a la reunión de enero. Varios, como Debs, no pudieron acudir pero enviaron su caluroso apoyo. Solamente dos invitados, ambos miembros influyentes del SPA, se negaron a participar porque preferían trabajar en la AFL. La reunión de enero se concluyó con una llamada al congreso de fundación de los IWW.
¿Sindicalismo revolucionario de IWW o anarcosindicalismo?
Como organización sindicalista revolucionaria, IWW tomó una orientación que divergía fuertemente del anarcosindicalismo de la CGT francesa, a la cual ya hemos dedicado un artículo: “El anarco-sindicalismo ante un cambio de época: la CGT hasta 1914” (Revista internacional, no 120). A pesar del punto de vista sindicalista de los fundadores de IWW, para quienes la sociedad socialista debería organizarse según los mismos principios que los sindicatos industriales, había grandes diferencias entre IWW y el anarcosindicalismo tal como éste era en Europa. Estas diferencias se expresaban en particular a propósito de cuestiones vitales como el internacionalismo, la acción política y la centralización.
El internacionalismo
Durante el periodo que precedió al desencadenamiento de la Primera Guerra mundial, la oposición a la guerra de los anarcosindicalistas de la CGT francesa se parecía más al pacifismo que al internacionalismo. Y desde principios de la guerra en 1914, la CGT abandonó completamente su perspectiva antiguerra para dar su apoyo al Estado capitalista francés, participando en la movilización del proletariado en la guerra imperialista, franqueando así la frontera de clase y pasarse a la burguesía. En el sentido opuesto a esa traición de los principios de clase, los sindicalistas revolucionarios de IWW, antes de la entrada de EEUU en el conflicto, tenían una posición contra la guerra parecida a la de la socialdemocracia antes de la entrada en guerra de los principales beligerantes europeos. Así, por ejemplo, la convención de IWW adoptada en 1916 declaraba:
“Condenamos todas las guerras, y para impedirlas, estamos por la propaganda antimilitarista en tiempos de paz, también para promover la solidaridad de clase entre los trabajadores del mundo entero y, en tiempos de guerra, por la huelga general en todas las industrias. Extendemos nuestro apoyo tanto material como moral a todos los trabajadores que sufren a manos de la clase capitalista por el hecho de su adhesión a estos principios y llamamos a todos los obreros a unírsenos, para que cese el reino de los explotadores y que esta tierra sea hermosa gracias al establecimiento de una democracia industrial” (Actas de la convención de 1916).
Contrariamente a los anarcosindicalistas franceses y cualesquiera que fueran las ambigüedades de las acciones de IWW, jamás apoyó la guerra cuando EEUU participó en la masacre imperialista mundial, sufriendo así una violenta represión por parte del Estado- de lo cual hablaremos con más detalle en nuestro próximo artículo.
Si IWW y la CGT adoptaron ante la guerra un posicionamiento diferente sobre la defensa de los intereses del proletariado, no sólo se debió a unas circunstancias históricas diferentes, reales por lo demás, puesto que EEUU no tuvo que hacer frente a una invasión extranjera de su territorio y no entraría en guerra hasta 1917. Fue una actitud profundamente diferente lo que explica por una parte la capitulación de la CGT y, por otra, el internacionalismo de IWW ante la guerra. Como hemos visto en el artículo anteriormente citado sobre la CGT, ésta permaneció anclada en una visión “nacional” de la revolución que debía mucho a la experiencia de la Revolución francesa de 1789. Por su parte, Industrials Workers of the World jamás perdió de vista la naturaleza internacional de la lucha de clases y tomó muy en serio la referencia internacional contenida en el nombre que se dieron (obreros industriales del mundo). Desde el principio, la ambición de IWW fue unir a todo el proletariado mundial en una organización única, de lucha de clases; así, secciones afiliadas al “Gran sindicato” (One Big Union), se crearon en lugares alejados como México, Perú, Australia y Gran Bretaña. En EEUU, IWW fue pionero en combatir la brecha que existía entre obreros anglófonos, nacidos en EEUU, e inmigrantes. Acogían a obreros negros en la organización en las mismas condiciones que los blancos, en una época en que la segregación y discriminación racial hacía estragos en toda la sociedad y cuando la AFL rechazaba la admisión a los negros.
La acción política
Mientras que el anarcosindicalismo rechazaba la acción política, el sindicalismo revolucionario, como el encarnado por IWW, acogió la actividad y la participación de las organizaciones políticas en su congreso de fundación, incluidos al SPA y el SLP. De hecho, quienes participaron en el congreso de 1905 se consideraban socialistas, adherentes a una perspectiva marxista, y no anarquistas. A excepción de Lucy Parsons, viuda de Albert Parsons, mártir de Haymarket ([22]), que asistió en tanto que invitada de honor, los anarquistas o los sindicalistas no tuvieron ningún papel significativo en el congreso de fundación. Al final del congreso de fundación se podía constatar que “todos los dirigentes de los IWW eran miembros de un partido socialista” ([23]).
Uno de los momentos más emotivos del congreso de fundación fue el apretón de manos entre Daniel DeLeon, líder del SLP y Eugene Debs del SPA. A pesar de años de amargas disensiones y gracias al trabajo del sindicalismo revolucionario, estos dos gigantes políticos del movimiento socialista enterraron públicamente el hacha de guerra en interés de la unidad proletaria. Aunque luego IWW tomara distancias con los partidos socialistas y Debs y DeLeón salieran de la organización en 1908, siguió abierto a los militantes socialistas y, más tarde, lo fueron también a los del Partido comunista. Así, en 1911, Big Bill Haywood era a la vez miembro elegido de la comisión ejecutiva del SPA y uno de los dirigentes de IWW. Además, fue la fracción de derecha del Partido socialista, no la comisión de IWW, la que consideró inaceptable que Haywood asumiera su papel dirigente simultáneamente en las dos organizaciones. Después de que IWW retirara formalmente toda mención de acción política de su preámbulo revolucionario, la mayor parte de sus miembros votaron por candidatos socialistas, y las victorias electorales de los socialistas en lugares como Butte, en Montana, se atribuían en general a la presencia importante de electores Wobbly.
Los dirigentes de IWW rechazaron categóricamente toda adhesión a las teorías del sindicalismo revolucionario, considerándolas pertenecientes a doctrinas europeas y ajenas:
“... en enero de 1913, por ejemplo, un partidario Wobbly decía que el sindicalismo revolucionario era el término más comúnmente utilizado por los enemigos (de IWW). Los Wobblies mismos no tenían calificativos amistosos para los dirigentes sindicalistas europeos. Para ellos, Ferdinand Pelloutier era “el anarquista”, Georges Sorel, “el apologista monárquico de la violencia”, Herbert Lagardelle era un “antidemócrata” y el italiano Arturo Labriola, “conservador en política y revolucionario en los sindicatos” ([24]).
Sin embargo, a pesar de las insistencias de IWW sobre el hecho que ellos eran “sindicalistas de la industria” o “industrialistas” (según la terminología adoptada en EEUU) y no sindicalistas, es del todo justo caracterizar a esa organización como sindicalista revolucionaria, puesto que, para IWW, el “Gran sindicato” debía ser la fuerza organizativa del proletariado en el seno del capitalismo, el agente de la revolución proletaria y la forma organizativa de la sociedad socialista que la revolución debía crear.
De hecho, la actitud de IWW hacia la acción política era ambivalente. Aunque muchos Wobblies eran militantes del SPA o del SLP como hemos visto, IWW mantenía una desconfianza muy justificada hacia las disputas de facciones entre organizaciones políticas: el organizador (“General Organiser”) de IWW de 1908 a 1915, Vincent St John, decía claramente que se oponía a toda relación de IWW con un partido político y “combatía por salvar a IWW contra Daniel DeLeon por un lado y contra los “fantasiosos anarquistas” por el otro” ([25]).
Además, en la mayoría de los casos, las actividades de IWW eran más cercanas a las de una organización política que a las de un sindicato. En particular, la actitud de IWW hacia “la acción directa” reflejaba una concepción que iba más allá de las fronteras del sindicalismo tradicional según la cual la acción de las organizaciones debía limitarse a los lugares de trabajo para los sindicatos y a las urnas electorales para los partidos políticos. La “acción directa” significaba que la lucha podía ganar la calle y que el Estado era un enemigo que había que afrontar por las mismas razones que a los patrones. Uno de los ejemplos más claros son las batallas emprendidas por IWW de 1909 a 1913, por la libertad de palabra en el marco de sus campañas para organizar a los obreros, principalmente en las ciudades del Oeste; estas últimas habían adoptado leyes locales para prohibir los “soap box orators” (nombre dado a los “oradores sobre cajas de jabón”, según la expresión popular, porque los militantes obreros tenían por costumbre tomar la palabra en la calle subiéndose en esas cajas). IWW logró movilizar a todos los militantes disponibles para acudir en masa a esas ciudades, y en ellas transgredir la nueva ley, haciendo discursos en las calles de tal manera que las prisiones quedaron literalmente atascadas. Esta desobediencia civil recibió el apoyo de muchos obreros, de socialistas y de sindicatos como la AFL, y de elementos liberales de la burguesía. Aunque la idea de la “acción directa” debía servir más tarde de argumento a favor de la táctica sindical de “sabotaje” –sobre lo cual trataremos en el siguiente artículo- es claro que este modo de acción era un compromiso en la acción política, fuera de los parámetros tradicionales del sindicalismo revolucionario.
La centralización
Contrariamente a la concepción hostil a la centralización del anarcosindicalismo donde los principios federalistas promovían una confederación de sindicatos autónomos e independientes, IWW funcionaba según una orientación centralizada. La constitución de IWW en 1905 confería una “autonomía industrial” a sus sindicatos de industria, estableciendo claramente como principio que esos mismos sindicatos de industria estaban bajo el control de la Comisión ejecutiva general (General Executive Board, GEB), el órgano central de IWW:
“Las subdivisiones internacionales y nacionales de los sindicatos industriales tendrán una autonomía completa en lo que concierne a sus asuntos internos respectivos, a condición de que la Comisión ejecutiva general tenga el poder de controlarlas en lo que concierne los intereses sociales del conjunto” (Constitución y estatutos de IWW (1905), artículo 1º) ([26]).
Esta posición fue aceptada sin reservas en 1905. Solo la GEB podía autorizar a IWW a hacer huelga. El hincapié puesto en la centralización se basaba en “el reconocimiento de la centralización del capital y de la industria americanas” ([27]). A diferencia de los anarcosindicalistas que, según su perspectiva federalista, descentralizada, animaban a los sindicatos autónomos a lanzar frecuentemente huelgas, IWW prefería menos cantidad de huelgas, las cuales debían ser lo más rigurosamente planificadas, basadas en un análisis menos inmediatista de la relación de fuerzas entre las clases y de la fuerza de los trabajadores. Una comisión ejecutiva tenía una visión más global de la lucha y de la situación que los obreros aislados que reaccionaban espontáneamente ante los ataques a nivel local, y por tanto de tomar la decisión de la huelga.
Igualmente más tarde, después de que IWW llegara a rechazar la acción política y adoptara una perspectiva más abiertamente sindicalista revolucionaria, los partidarios de la centralización continuaron siendo mayoría sobre los que preconizaban una descentralización de la organización. Este debate opuso a la “fracción del Oeste” contra la “fracción del Este” en la GEB. Los adversarios de la centralización eran más fuertes en el Oeste y tenían como base a los obreros eventuales de la industria –leñadores, mineros y obreros agrícolas–, que eran en muchos casos solteros nacidos en Estados Unidos. En el Este, IWW ocupaba posiciones de fuerza en las industrias manufactureras y los puertos, donde los obreros muchas veces eran casados, tenían familias y se beneficiaban de condiciones de vida más estables. Y tras la huelga de Lawrence (Massachussets) en 1912, los obreros adherentes a los IWW en la mayoría de los casos eran inmigrantes. Los del Este estaban a favor de la centralización para guardar un control estrecho sobre lo que se hacía en nombre de la organización y para permitir a IWW tener una mayor estabilidad de adherentes, particularmente aportando a sus adherentes un apoyo durante y fuera de las luchas obreras –esencialmente el mismo tipo de ayuda que proporcionaban los sindicatos de la AFL. Los del Oeste se inclinaban por una mayor autonomía de los grupos locales de obreros y de elementos para así llevar a cabo acciones que ellos consideraban como un medio de elevar la moral y suscitar el entusiasmo de los militantes. Aunque era originario del Oeste, Haywood pertenecía a la fracción del Este y estaba a favor de la centralización para así construir una organización estable y permanente.
Ya hemos puesto en evidencia las diferencias entre el sindicalismo revolucionario y el anarcosindicalismo y subrayado que
“... el sindicalismo revolucionario representa un verdadero esfuerzo en el seno del proletariado, buscando encontrar una respuesta al oportunismo de los partidos socialistas y sindicatos (mientras que) el anarcosindicalismo representa la influencia del anarquismo en el seno de ese movimiento” (Revista internacional nº 120).
Sin embargo, ello no quiere decir que el sindicalismo revolucionario de IWW no sufriera de grandes debilidades. El objetivo del próximo artículo será examinar si los principios del sindicalismo revolucionario, como los que IWW expresó en el periodo 1905-21, se adaptaban a la lucha cuando tuvo que encarar concretamente la cuestión de la guerra y de la revolución, en aquel periodo crucial de enfrentamiento internacional entre la clase obrera y sus explotadores. Criticar las posiciones de IWW, que haremos en el próximo artículo, no significa en absoluto rechazar o negar el valor, el heroísmo, la combatividad y la entrega de los militantes de IWW quienes, en el mejor de los casos, lo que ganaron fue la prisión, cuando no perdieron la vida. Mucho menos hay que minimizar la importancia de las huelgas organizadas por IWW que unieron a los obreros inmigrantes y los obreros nacidos en América, los obreros blancos y los obreros negros en la lucha de clases. El próximo artículo verá mucho más de cerca qué hay tras la mitología novelesca Wobbly que ciega aún a militantes bien intencionados sobre las debilidades de esta organización y su herencia.
J. Grevin
[1]) Según la historia oficial de IWW, “el origen de la expresión ‘wobbly’ es incierto. La leyenda atribuye su procedencia a problemas de idioma de un dueño de un restaurante chino con el cual se habían hecho algunos acuerdos durante una huelga para alimentar a los miembros que pasaban por esa ciudad. Cuando el dueño del restaurante quería preguntar si ‘eran de IWW’, se dice que decía ‘All loo eye wobble wobble?’. La misma explicación, en Vancouver esta vez, es dada por Mortimer Downing en una carta citada en Nation nº 5, sept. 1923, concerniente al origen del término en 1911” (ver http://www.iww.org/culture/myths/wobbly.shtml).
[2]) Citado por Howard Zinn en Una historia popular de los Estados Unidos.
[3]) Ver la Revista internacional números 118 y 120.
[4]) Prefacio de Lenin a un folleto de Voinov (Lunarcharski) sobre la actitud del partido ante los sindicatos (1907).
[5]) En la sociedad norteamericana la expresión “la Frontera” (The Frontier) tiene un sentido específico que se refiere a su historia. A todo lo largo del siglo xix uno de los aspectos más importantes del desarrollo de Estados Unidos fue la extensión del capitalismo industrial hacia el oeste, lo cual se tradujo en el asentamiento en esa región de poblaciones esencialmente compuestas de personas de origen europeo o africano –a expensas, evidentemente de las tribus indias autóctonas de esas regiones. La esperanza que representaba la Frontera ha marcado fuertemente la mentalidad y la ideología de Estados Unidos.
[6]) Por ejemplo, Vincent St John, uno de los más importantes dirigentes de IWW, quien había trabajado como minero antes de dedicarse al trabajo de organización, cada vez más decepcionado por la actividad de IWW terminó por dimitir del sindicato en 1914. Partió hacia el desierto de Nuevo México para buscar fortuna como minero. Evidentemente, jamás se hizo rico y aunque había dejado la organización mucho antes de que Estados Unidos entrara en guerra, cuando la burguesía se dedicó a perseguir, en 1917, a los dirigentes de IWW acusándolos de obstaculizar el esfuerzo de guerra, detuvo al pobre St John en el desierto.
[7]) Federico Engels “¿Por qué no hay un gran partido socialista en Estados Unidos? Engels a Sorge el 2 de diciembre de 1893”, en Marx and Engels, Basics writings on politics and philosophe, ed. Lewis Feuer, 1959. En esta carta Engels respondía a una pregunta de Fiedrich Adolf Sorge sobre la ausencia de un partido socialista significativo en Estados Unidos, explicando que “la situación en los Estados Unidos comporta dificultades muy importantes y particulares que obstaculizan el desarrollo regular de un partido obrero”. Entre esas dificultades una de las más importantes era “la inmigración que divide a los obreros en dos grupos: los nativos y los extranjeros, éstos últimos están divididos a su vez entre sí en 1) irlandeses, 2)alemanes, 3) y en muchos pequeños grupos donde a veces sólo comprenden sus propias lenguas: checos, polacos, italianos, escandinavos, etc. Y finalmente los negros. Construir un solo partido arrancando de esta base requiere de poderosas motivaciones que raramente se encuentran. Frecuentemente se presentan empujes vigorosos, pero a la burguesía le basta con esperar pasivamente a que las diferentes partes de la clase obrera se dispersen de nuevo” (traducido por nosotros).
[8]) El desarrollo del capitalismo industrial a principios del siglo xix, vino acompañado de una baja continua de salarios que hundió a la clase obrera en un estado peor que la esclavitud. La idea de que esta situación no puede ser superada a causa de la competencia entre capitalistas, afecta incluso a los pensadores socialistas. Algunos de estos llaman a los obreros a abandonar las luchas contra sus explotadores: Proudhon, por ejemplo, se pronuncia contra las huelgas obreras. Lassalle recoge esa misma idea diciendo que los salarios no podrán subir nunca a causa de las propias leyes del capitalismo: a eso lo llama “ley de bronce de los salarios”. Marx, por su parte, combatió siempre semejante idea, sobre todo en Miseria de la filosofía, escrito en 1847 contra las teorías de Proudhon y más tarde en Salario, precio y ganancia (1865): “el capitalista procura siempre bajar los salarios hasta su mínimo fisiológico y prolongar la jornada de trabajo hasta su máximo fisiológico, mientras que el obrero ejerce siempre un presión en sentido contrario. Todo ello se resume en una relación de fuerzas entre combatientes”. Por eso es por lo que Marx saluda las huelgas obreras, no solo como lucha contra los “abusos sin tregua del capital”, sino, y sobre todo, como preparativos para el derrocamiento del capitalismo: “Si la clase obrera cejara en su conflicto cotidiano contra el capital, sin la menor duda se privaría ella misma de la posibilidad de emprender tal o cual movimiento de mayor envergadura” (cap. “La lucha entre el capital y el trabajo y sus resultados”)
[9]) Hemos analizado estas debilidades en varios artículos de la prensa de la CCI de Estados Unidos. Ver “The heritage of DeLeonism” (La herencia del DeLeonismo) en Internationalism nos 114, 115,117 y 118.
[10]) El SPA era un partido socialista de masas en Estados Unidos que se hizo dominante a principios del siglo xx, se fundó a partir del agrupamiento de varias tendencias, incluyendo a militantes que habían roto con el SLP DeLeonista. Eugene Debs es la personalidad más conocida, fue hecho prisionero a causa de su oposición a la Primera Guerra mundial y fue candidato a la presidencia por el SPA mientras estaba en prisión, y aún así obtuvo un millón de votos.
[11]) En el 2002, 192 millones de armas de fuego de posesión individual fueron registradas en Estados Unidos. Las armas de fuego mataron a más de 29 700 estadounidenses en 2002 –más que la cantidad de soldados americanos muertos en el año más sangriento de la guerra de Vietnam. Los balazos son la segunda causa de mortalidad (después de los accidentes de automóvil) entre norteamericanos de menos de 20 años y la causa principal de mortalidad entre hombres afroamericanos de entre 15 y 24 años. El organismo Physicians for Social Responsability estima que la violencia armada cuesta 100 000 millones de $ a Estados Unidos por año. En 1999 las tasas por homicidios por arma de fuego era de 4,8 por cada 100 mil habitantes. Comparativamente, las mismas estadísticas arrojaban que en Canadá era de 0,54, en Suiza de 0,5, en Gran Bretaña de 0,12 y en Japón de 0,04.
[12]) Dubofsky, Melvyn, We Shall Be All: A History of the Industrial Workers of the World (Una Historia de Trabajadores Industriales del Mundo), Urbana and Chicago, University of Illinois Press, 2a edición, 1988.
[13]) El suceso de Haymarket surgió como consecuencia de un ataque con bombas – supuestamente obra de un anarquista desconocido – contra una multitud que se había reunido durante un mitin que se celebraba en la plaza Haymarket en Chicago el 4 de mayo de 1886 en apoyo a la jornada de 8 horas.
[14]) La traducción de ciertos términos usuales en Estados Unidos y en Gran Bretaña en esa época plantea problemas. Así, el término “unionist” puede designar indiferentemente “trade unionist” o “industrial unionist”, el primero corresponde a los sindicatos de oficio o corporación (en el cual los miembros, en esa época frecuentemente debían pasar por un aprendizaje específico antes de poder entrar en la corporación), el segundo se relaciona con el “sindicato industrial” al que podía adherirse cualquier obrero, cualificado o no, que trabajaba en la misma industria. El término inglés “syndicalist”, en cambio, designa un militante sindicalista-revolucionario. Un “industrial unionist” podía ser igualmente un “sindicalista”, pero no forzosamente. [NDT]
[15]) Frederick Winslow Taylor desarrolló una serie de principios en su monografía de 1911, The principles of scientific management (“Los principios de la gestión científica”), que esencialmente buscaban aumentar la productividad de la fuerza de trabajo reduciendo la producción industrial a una serie de tareas fáciles de aprender, que no exigían ninguna calificación de los obreros y que permitían, más fácilmente, imponerles un trabajo más intenso.
[16]) El debate también era importante en Inglaterra, como lo veremos cuando analicemos la historia del sindicalismo revolucionario en el movimiento de los shop-stewards.
[17]) Foster acabaría siendo un líder estalinista del Partido comunista norteamericano tras la derrota de la Revolución rusa.
[18]) En español “sindicalismo de chuleta de cerdo”, término peyorativo usado en esa época para designar al sindicalismo reformista.
[19]) Actas del Congreso de la WFM de 1902, citado por Dubofsky.
[20]) ALU Journal, 7 de enero de 1904, p. 2, citado por Dubofsky.
[21]) Versión oficial de la Conferencia y del Manifiesto de IWW, por Clarence Smith, Proceedings of the First Convention of the Industrial Workers of the World, New York , New York, 1905.
[22]) Albert Parsons estaba entre los militantes arrestados tras el atentado de Haymarket (ver nota más arriba) y fue condenado y ejecutado en base a pruebas falsificadas.
[23]) Dubofsky, Obra cit.
[24]) Conlin, Joseph Robert, Bread and Roses Too: Studies of the Wobblies. Westport, CT: Greenwood, 1969. Cita extraída de Williams E. Walling, “Sindicalismo industrial o revolucionario”, New Review no 1 (11 de enero,1913, p. 46). Y de Walling “Industrialismo contra sindicalismo”, Internationalist Socialist Review (agosto de 1913).
[25]) James Canon, Los IWW, y citado en Dubosky.
[26]) Disponible en el sitio “Jim Crutchfield de IWW (http://www.workerseducation.org/crutch/constitution/constitutions.html).
[27]) Conlin, Bread and Roses Too.
El comunismo no es un bello ideal sino una necesidad material” (resumen del primer volumen)
En la Revista internacional no 123, anunciamos el comienzo del tercer volumen de la serie sobre el comunismo. Nos interesamos por las obras del joven Marx de 1843 para ir examinando el método que fue la base de la elaboración del programa comunista. En este tercer volumen tenemos la intención de retomar la cronología en donde la dejamos a finales del segundo, cuando se abrió el periodo de contrarrevolución tras la derrota de la oleada revolucionaria de 1917-23. Considerando que esta serie empezó hace casi quince años, pensamos que es necesario recordar el contenido de los dos primeros volúmenes: dedicaremos a eso este artículo y el próximo. Confiamos en que ese resumen animará a los lectores a volver a los primeros artículos que pronto publicaremos en forma de libro y en nuestro sitio Internet. Hasta ahora hemos tenido muy pocas respuestas escritas a esos artículos por parte del campo proletario; no obstante los consideramos como una fuente de estudio y de reflexión para todos aquellos que quieren esclarecer de verdad el sentido y el contenido reales de la revolución comunista.
El primer volumen –exceptuando el primer artículo que examinaba las ideas comunistas anteriores a la emergencia del capitalismo y concluía con las formas más primitivas del comunismo proletario– se concentra esencialmente en la evolución del programa comunista a lo largo del periodo ascendente del capitalismo, cuando la revolución comunista todavía no estaba al orden del día de la historia. El propio titulo del volumen es ya de por sí una respuesta polémica al tan gastado argumento que afirma que aun admitiendo que los regímenes estalinistas no corresponden a lo que Marx y otros pensaban que era el comunismo, éste sigue siendo un bello ideal teórico pero no podrá existir en la práctica. Por su parte, la visión marxista defiende que el comunismo no es un bello ideal, en el sentido de que sería un invento de mentes con las mejores intenciones o de algún pensador genial. El comunismo es una teoría, o más bien es un movimiento que incluye una dimensión teórica; pero la teoría comunista proviene de la práctica real de una fuerza social revolucionaria. En el centro de esa teoría está la idea de que el comunismo como forma de vida social se convierte en necesidad cuando el capitalismo deja de funcionar, cuando éste se opone cada día más a las necesidades humanas. Pero mucho antes de que se llegue a esa situación, el proletariado y sus minorías políticas no solo esbozarán los fines históricos de su movimiento, sino también desarrollarán y habrán de elaborar el programa comunista a la luz de la experiencia adquirida en las luchas prácticas de la clase obrera.
Del comunismo primitivo al socialismo de la utopía
(Revista internacional no 68)
Una ojeada al sumario de esta revista, publicada en el primer trimestre de 1992, nos recuerda el contexto histórico en el que la serie salió a la luz. El articulo editorial está dedicado a la explosión de la URSS y a las matanzas en Yugoslavia; otro se titulaba “Notas sobre el imperialismo y la descomposición: hacia el mayor caos de la historia”. En resumen, la CCI había entendido que con el hundimiento del bloque del Este se estaba abriendo una nueva fase definitiva en la vida (o en la muerte) del capitalismo decadente, su fase de descomposición, que trae consigo nuevas pruebas y peligros desconocidos para la clase obrera y sus minorías revolucionarias. Simultáneamente, la caída espectacular de los regimenes estalinistas permitió a la clase dominante desencadenar una propaganda masiva para entorpecer y desmoralizar a una clase obrera que la había estado hostigando con sus luchas durante dos decenios. Basándose en unas premisas totalmente erróneas de que el estalinismo sería igual al comunismo, se nos echaba en cara con arrogancia que estábamos asistiendo a la muerte del comunismo, a la bancarrota definitiva del marxismo, a la desaparición de la clase obrera y hasta al fin de la historia… En un primer momento, se concibió entonces esta serie sobre el comunismo como respuesta a esa campaña perniciosa, para mostrar principalmente la diferencia fundamental entre el estalinismo y la visión auténtica del comunismo defendida por el movimiento obrero a lo largo de su historia. Habíamos previsto una corta serie de cinco o seis artículos. Pero ya desde el primero de ellos sentimos la obligación de profundizar más, por dos razones. La primera es que desde sus orígenes, el movimiento marxista revolucionario siempre se ha dado como tarea la clarificación de los fines del comunismo; esa tarea sigue siendo hoy importante y no depende de un acontecimiento histórico inmediato, por importante que sea la apertura de un nuevo periodo como así pasó con el hundimiento del bloque del Este. La segunda es que la historia del comunismo, de por sí, no solo es la del marxismo, no solo la del movimiento obrero, sino una historia de la humanidad.
En el artículo de la Revista internacional no 123, dedicamos una atención particular a una expresión que se puede leer en la carta de 1843 de Marx a Ruge: “… el mundo posee en sueños desde hace mucho tiempo aquello de lo que solo le falta tener conciencia para poseerlo realmente”. El primer artículo del no 68 de la Revista intentaba pues resumir los sueños comunistas de la humanidad. Fue la sociedad antigua la que por vez primera hizo una elaboración teórica de esos ideales; pero tuvimos que remontarnos más en el tiempo, al estar basadas, en cierto modo, esas primeras especulaciones en el recuerdo del comunismo verdadero – aunque limitado – de la sociedad tribal primitiva. El descubrimiento de que los seres humanos vivieron durante centenas de miles de años en una sociedad sin clases y sin Estado será un instrumento potente en manos del movimiento obrero para hacer contrapeso a todas aquellas proclamaciones que cantaban que el amor de la propiedad privada y la importancia de la jerarquía eran parte intrínseca de la naturaleza humana. Y, al mismo tiempo, el enfoque de los primeros pensadores comunistas, también contenía un poderoso factor mítico, vuelto hacia el pasado, como un lamento por una comunidad perdida que nunca volvería. Fue así, por ejemplo, con el “comunismo de posesión” de los primeros cristianos o de la rebelión de los esclavos dirigida por Espartaco, inspirada por la búsqueda de una edad de oro perdida. También fue en gran parte el caso de las prédicas de John Ball durante la revuelta campesina de 1381 en Inglaterra, a pesar de que en aquellos tiempos ya era evidente de que el único remedio contra la injusticia social era la propiedad común de la tierra y de los instrumentos de producción.
Las ideas comunistas que surgieron cuando nació el capitalismo muestran ser más capaces de volcarse hacia el porvenir y emanciparse progresivamente de esa obsesión de un pasado mítico. Desde el movimiento anabaptista conducido por Tomas Müntzer en el siglo XVI en Alemania, pasando por Winstanley y los Niveladores durante la guerra civil en Inglaterra hasta Babeuf y la Conspiración de los Iguales en la Revolución francesa, hay una evolución: partiendo de una visión religiosa apocalíptica del comunismo, va avanzando la idea central de la capacidad de la humanidad para liberarse de un orden social de explotación. A su vez, ello reflejaba el avance histórico posibilitado por el capitalismo, en particular el desarrollo de una visión científica del hombre y la emergencia lenta del proletariado como clase especifica en el nuevo orden social. El punto culminante de ese desarrollo se alcanzó con la aparición de los socialistas de la utopía como Owen, Saint-Simon y Fourier que hicieron cantidad de críticas muy penetrantes de los horrores del capitalismo industrial y supieron discernir las posibilidades que se abrirían después del capitalismo, sin lograr sin embargo ver cuál era la verdadera fuerza social capaz de aportar una sociedad más humana: el proletariado moderno.
“Cómo el proletariado captó a Marx para el comunismo”
(Revista internacional no 69)
Así, y contrariamente a la interpretación común, el comunismo no es un movimiento “inventado” por Marx. Como lo ha demostrado el primer artículo, el comunismo es anterior al proletariado y el comunismo proletario es anterior a Marx. Pero así como el comunismo del proletariado fue un paso cualitativo con respecto a todas las formas de comunismo que lo precedieron, el comunismo “científico” elaborado por Marx y todos los que tras él retomaron su método fue un paso cualitativo con respecto a las esperanzas y especulaciones de los utopistas.
El artículo refiere la evolución de Marx hacia el comunismo partiendo de una crítica a la filosofía de Hegel y a la democracia radical. Como lo demostramos en el artículo precedente (Revista internacional no 123), esa evolución fue muy rápida pero sin caer en manera alguna en la superficialidad. Marx insistía en la necesidad de examinar en detalle todas las corrientes comunistas que empezaban a surgir en Alemania y Francia, en particular en París en donde vivió Marx en 1844 y en donde entró en contacto con grupos de obreros comunistas. Esos grupos arrastraban necesariamente una serie de confusiones, de ideologías heredadas de las revoluciones del pasado. Pero junto a los primeros signos embrionarios de una lucha de clases más general de los obreros, esas primeras manifestaciones de un profundo movimiento histórico fueron suficientes para convencerle de que el proletariado era la verdadera fuerza social no solo capaz de inaugurar una sociedad comunista sino también que su propia naturaleza le obligaba históricamente a ello. Así el proletariado se ganó a Marx y éste a su vez le dio las armas teóricas que había adquirido de la burguesía.
Desde el principio (en particular en la Ideología alemana en donde lucha contra la filosofía idealista y la visión de la conciencia exterior a la cruda realidad material), Marx insiste en que la conciencia comunista emana del proletariado y que la vanguardia comunista no es sino un producto de ese proceso, que no es su demiurgo, por mucho que haya surgido precisamente para ser un factor activo de ese proceso. Ya es una refutación de la tesis defendida 50 años después por Kautsky que afirma que es la intelligentzia socialista la que inyecta la conciencia comunista “desde el exterior” a la clase obrera.
“La alienación del trabajo es la premisa de su emancipación”
(Revista internacional no 70)
Tras haber cumplido ese cambio fundamental al adoptar el punto de vista del proletariado, Marx empezó elaborando una visión del proyecto gigantesco de emancipación de la humanidad que un movimiento proletario revolucionario estaba transformando, de sueños inaccesibles que eran hasta entonces, en meta social realizable. Los Manuscritos económicos y filosóficos (también llamados Manuscritos de 1844) contienen ciertas visiones de las más audaces de Marx sobre el carácter de la actividad humana en una sociedad realmente libre. A menudo fueron considerados como “premarxistas”, al seguir centrados en conceptos esencialmente filosóficos tales como la alienación, término clave del sistema filosófico de Hegel. Y es verdad que el concepto de alienación, o sea la visión del hombre ajeno a sus propios poderes, existe más o menos no solo en Hegel sino en toda la historia, hasta en las primeras expresiones de los mitos. También es verdad que Marx iba a realizar avances fundamentales de su pensamiento en las décadas siguientes. Sin embargo, hay una continuidad esencial entre los escritos del Marx “joven” y los del Marx “maduro”, el que produjo grandes obras “científicas” como el Capital. Cuando Marx analiza la alienación en los Manuscritos de 1844, ya la hace bajar del cielo de la mitología y de la filosofía hasta la tierra de la vida social real del hombre y de su actividad productora; también la inspirada descripción que hace de la humanidad comunista tiene sus raíces en las capacidades humanas reales. Obras posteriores como Grundrisse tienen el mismo punto de partida.
En los Manuscritos de 1844, Marx esboza el marco para describir esa humanidad liberada, analizando en profundidad los problemas que encara la especie: su alineación en la sociedad capitalista.
Marx identifica cuatro factores de alineación, enraizados en los procesos fundamentales del trabajo:
la alineación del hombre respecto a su propio producto, transformándose sus creaciones en potencias que lo van dominando; la máquina, fabricada por el obrero que la hace funcionar, encadena el obrero a su ritmo infernal; la riqueza social creada por el obrero, transformada en capital, se transforma en potencia impersonal que tiraniza el conjunto de la vida social;
la alienación con respecto a su propia actividad productora, por la que el trabajo pierde toda apariencia de placer creativo y se vuelve un suplicio par el obrero;
la alienación con respecto a los demás hombres: el trabajo alienado se funda en la explotación de una clase por otra, y esa división fundamental acarrea otras muchas, en particular bajo el reino de la producción universal de mercancías en la que la sociedad tiende a hundirse en una guerra de todos contra todos;
la alienación del hombre respecto a su propia naturaleza humana, que es la de un ser social y creativo y que ha sido vaciada de su contenido a un nivel sin precedentes por las relaciones burguesas de producción.
Pero el análisis marxista de la alineación no mira hacia el pasado, hacia la nostalgia de formas menos explícitas de alineación como tampoco es un pretexto para desesperarse. La clase explotadora también está alienada; pero, en cambio, en el proletariado la alineación se convierte en base subjetiva del ataque revolucionario contra la sociedad capitalista.
“El comunismo, verdadero comienzo de la sociedad humana”
(Revista internacional no 71)
En sus primeros escritos, tras haber analizado la enfermedad, Marx también muestra a qué podría parecerse la especie con buena salud. En contra de toda idea de “igualitarismo” por abajo, Marx muestra que el comunismo es un paso inmenso hacia adelante para la especie humana, al permitir resolver conflictos que la habrán atormentado no solo en la sociedad burguesa, sino a lo largo de su historia: es “la solución al enigma de la historia”. En el comunismo, el hombre no será rebajado, sino que se elevará hasta los límites posibles de su naturaleza. Marx subraya varias dimensiones de la actividad social humana en cuanto sean suprimidas las cadenas del capital:
si la división del trabajo, y más todavía la producción bajo el imperio del dinero y del capital, dividen la humanidad en una infinidad de unidades en competencia, el comunismo restaura la naturaleza social del hombre, de modo que hace placentero el trabajo, en gran parte porque entiende que trabaja para los demás;
la división del trabajo es superada, además, en cada individuo. Los productores ya no estarán agobiados por una forma única de actividad, sea manual o intelectual; el productor será un individuo completo cuyo trabajo combina actividades mentales y físicas, artísticas e intelectuales;
liberado de la necesidad y del azote del trabajo forzado se abre el camino para una experiencia nueva del mundo, “la emancipación de todos los sentidos”; el individuo ya no se considera como atomizado y en contradicción con la naturaleza, sino que hace la experiencia de una conciencia nueva de su unidad con ella.
“1848: el comunismo como programa político”
(Revista internacional no 72)
En sus primeros escritos, Marx expresa ya la idea de que las relaciones de producción determinan esencialmente la actividad humana; sin embargo, todavía no la ha elaborado en una presentación coherente y dinámica de la evolución histórica. La desarrollará rápidamente en su obra la Ideología alemana, en la que empieza estableciendo el método que se conocerá más tarde con el nombre de materialismo histórico. Pronunciarse a favor del comunismo y de la revolución proletaria no era un mero acto teórico, también implicaba necesariamente un compromiso político militante. Eso es reflejo de la propia índole del proletariado, clase sin propiedad que, al no poder, como hizo la burguesía en su tiempo, ganar una posición de fuerza económica en el seno de la vieja sociedad, no puede afirmarse más que en oposición a ella. Por consiguiente, una transformación comunista ha de estar precedida por una revolución política, por la toma del poder por la clase obrera. Y para prepararse para ello, el proletariado ha de crear su propio partido político.
Mucha gente dice hoy compartir las ideas de Marx pero, al haber estado traumatizados por la experiencia del estalinismo, no ven la necesidad de actuar de forma organizada y colectiva. Esa actitud es ajena al marxismo y al ser del proletariado. El proletariado es una clase colectiva y no le queda otro remedio para hacer avanzar su causa que formar asociaciones colectivas; y es inconcebible que a las partes más avanzadas de la clase, los comunistas, esa necesidad no les incumba.
Marx fue desde el principio un militante de la clase obrera. Su objetivo era participar en la formación de una organización comunista. De ahí la intervención en 1847 de Marx y Engels en el grupo que se llamará la Liga de los comunistas y que publicará el Manifiesto comunista, en vísperas de una oleada de sublevamientos revolucionarios en los que el proletariado iba a aparecer por primera vez en la escena de la historia como fuerza política distinta.
El Manifiesto empieza subrayando la nueva teoría de la historia, recordando rápidamente el auge y la caída de las diferentes formas de explotación de clase que precedieron la emergencia del capitalismo moderno. El texto no anda con rodeos para reconocer el papel revolucionario de la burguesía en la extensión global del modo de producción capitalista; identificando al mismo tiempo las contradicciones del sistema, en particular su tendencia inherente a la crisis de sobreproducción, mostrando que el capitalismo, a imagen de Roma o del feudalismo, tampoco es eterno y será remplazado por una forma superior de vida social.
El Manifiesto afirma esa posibilidad poniendo en evidencia una segunda contradicción fundamental del sistema, la contradicción de clase entre burguesía y clase obrera. El desarrollo histórico divide la sociedad capitalista en dos campos en conflicto cuya lucha llevará: o a la fundación de una sociedad superior o a “la ruina mutua de ambas clases en presencia”.
Son en realidad indicaciones para el futuro del capitalismo: ese futuro es la época en que el capitalismo ya no servirá para el progreso de la humanidad, sino que se habrá transformado en traba para el desarrollo de las fuerzas productivas. El Manifiesto, en ese punto, no es coherente. Reconoce la posibilidad de progreso bajo el régimen burgués, en particular la destrucción de los vestigios del feudalismo. Sugiere sin embargo en ciertas formulaciones que el sistema ya está yendo hacia su declive y que se ha vuelto inminente la revolución proletaria. Sin embargo, el Manifiesto es una auténtica obra “profética”: unos meses después de su publicación, el proletariado demostraba con su práctica que él era la nueva fuerza revolucionaria de la sociedad burguesa. Era un testimonio de la solidez del método histórico encarnado por el Manifiesto.
El Manifiesto es la primera expresión explícita de un nuevo programa político y señala las etapas que tendrá que franquear el proletariado para inaugurar la nueva sociedad:
la conquista del poder político: la lucha de clases se describe como una guerra civil más o menos velada y el Manifiesto considera la revolución como el derrocamiento violento de la burguesía. En esa etapa, la idea es que el proletariado tendrá que conquistar el aparato estatal utilizando la violencia de clase; y también está presente la idea de la conquista pacifica del poder “ganando la batalla por la democracia”. Este planteamiento será totalmente revisado a la luz de la experiencia posterior;
la conquista del poder por el proletariado ha de hacerse a nivel internacional. Es en ese texto donde Marx y Engels lanzan el inmortal grito “Los obreros no tienen patria” e insisten en el que “la acción unida de los países civilizados como mínimo es una de las primeras condiciones para la emancipación del proletariado”;
a largo plazo, el objetivo es sustituir un sistema dividido en clases por una “asociación en la que el libre desarrollo de cada uno es la condición del libre desarrollo de todos”. Esa sociedad ya no necesitará Estado y superará la división embrutecedora del trabajo y entre la ciudad y el campo.
El Manifiesto no se imagina que el advenimiento de tal sociedad pueda realizarse en una noche, sino que necesitará un período de transición más o menos largo. Muchas de las medidas inmediatas preconizadas en el Manifiesto que significarían “una violación despótica del derecho de propiedad” –como la nacionalización de los bancos y el impuesto progresivo sobre la renta – son, como puede comprobarse en nuestros tiempos, perfectamente compatibles con el capitalismo y en particular con el capitalismo en su período de declive caracterizado por la dominación totalitaria del Estado. También en eso la experiencia revolucionaria de la clase obrera aportó cantidad de aclaraciones sobre el contenido económico de la revolución. Pero el Manifiesto tiene totalmente razón al afirmar el principio general de que el proletariado no puede ir adelante, hacia el comunismo, si no es centralizando las fuerzas productivas que controla.
“Las revoluciones de 1848: se esclarece la perspectiva comunista”
(Revista internacional no 73)
La experiencia concreta de la Revolución de 1848 esclareció las cosas. Al haber previsto la inminencia de una gran sublevación social, el Manifiesto ya había previsto su carácter híbrido, a medio camino entre la gran revolución francesa de 1789 y la futura revolución comunista, como también proponía una serie de medidas tácticas para apoyar la lucha de la burguesía y de la pequeña burguesía contra el feudalismo, preparando también el terreno de la revolución proletaria que, según Marx y Engels, sucedería rápidamente siguiendo los pasos de la victoria de la burguesía.
La realidad no confirmó esa perspectiva. El surgimiento del proletariado en las calles de París –simultánea al brote del primer partido verdaderamente obrero en Inglaterra, los Chartistas– aterrorizó a la burguesía. Tomó conciencia de que esa fuerza ascendente no podría ser controlada fácilmente tras haberse desencadenado en la lucha contra los poderes feudales. De modo que se vio obligada a establecer compromisos con el antiguo régimen, en particular en Alemania. Por su parte, el proletariado no estaba lo bastante maduro políticamente como para asumir la dirección de la sociedad: las aspiraciones comunistas de los obreros parisinos eran más implícitas que explícitas. Y en muchos países, el proletariado estaba todavía constituyéndose a partir de la disolución de las antiguas formas de explotación.
Los acontecimientos de 1848 fueron el bautismo de fuego de la Liga de los comunistas recientemente formada. Intentando poner en práctica la táctica preconizada por el Manifiesto, la Liga se opuso al revolucionarismo fácil de los que consideraban que la dictadura del proletariado era una posibilidad inmediata y a quienes soñaban con liberar militarmente Alemania por la fuerza de las bayonetas francesas. Al contrario, la Liga intentó practicar la alianza táctica con la democracia radical alemana. Incluso fue demasiado lejos en ese sentido disolviéndose la Liga en las Uniones de Demócratas creadas por los partidos radicales burgueses y pequeño burgueses.
Ilustrados por sus errores y la reflexión suscitados por la represión brutal de los obreros parisinos y por la traición de la burguesía alemana respecto a su propia revolución, la Liga de los comunistas sacó lecciones vitales, en particular en el texto redactado por Marx para la Liga, las Luchas de clases en Francia:
la necesidad de la autonomía del proletariado. Era de esperar que la burguesía traicionara y había que preverlo. Esta acabaría inevitablemente aliándose con la reacción o, en el caso en que saliera victoriosa, se volvería contra los obreros. Era pues vital que los obreros conservaran sus propias organizaciones en el transcurso de revoluciones burguesas. Eso era válido tanto para la vanguardia política comunista como para las organizaciones mas generales de la clase (los círculos y ateneos obreros, los diferentes “comités”, etc.);
esos órganos debían armarse y estar dispuestos a formar un nuevo gobierno obrero. Además, Marx empezó entonces a entrever que ese nuevo poder no podría nacer sino destruyendo el aparato estatal existente, lección que la Comuna de París confirmaría plenamente en 1871.
La perspectiva seguía siendo la de “la revolución permanente”, una transición inmediata de la revolución burguesa a revolución proletaria. De hecho, esas lecciones son más propias de la época de la revolución proletaria, como lo demostrarán los acontecimientos de Rusia en 1917. En la misma Liga de los comunistas, hubo rudos debates sobre las perspectivas para la clase obrera después de las derrotas de 1848. Una tendencia inmediatista, encabezada por Willich y Schapper, pensaba que la derrota no tenía consecuencias y que la Liga debía prepararse para nuevas aventuras revolucionarias. La tendencia encabezada por Marx examinó en profundidad los acontecimientos y sus consecuencias; no solo entendió que la revolución no podía surgir directamente de las cenizas de la derrota, sino que no estaba todavía maduro el capitalismo para que la revolución proletaria pudiera realizarse; ésta no podría surgir más que a partir de una nueva crisis capitalista. Por ello, la tarea de los revolucionarios era preservar las lecciones del pasado y llevar a cabo un estudio serio del sistema capitalista para entender su verdadero destino histórico. Esas divergencias llevaron a la disolución de la Liga de los comunistas y, en el caso de Marx, a un período de trabajo teórico profundo que culminó con su obra maestra, el Capital.
“El estudio del capital y los fundamentos del comunismo”
1) “La historia como telón de fondo” (Revista internacional no 75)
La clave para entender el futuro del capitalismo está en la esfera de la economía política. En pleno auge de la fase revolucionaria de la burguesía, sus economistas políticos, Adam Smith en especial, hicieron importantes contribuciones para comprender la naturaleza de la sociedad capitalista y desarrollaron en particular la teoría del valor-trabajo, prácticamente abandonada hoy (en esta fase de decadencia del capitalismo), por los burgueses “expertos” en economía. Pero los propios prejuicios de clase impidieron a los mejores economistas burgueses sacar las conclusiones de aquellas primeras investigaciones. Sólo adoptando el punto de vista del proletariado es posible entender los verdaderos mecanismos internos del capital, puesto que únicamente esa clase es capaz de sacar lúcidamente unas conclusiones muy desagradables para la burguesía y sus apólogos: no solo el capitalismo es una sociedad basada en la explotación de clase, sino que es además la última forma de explotación de clase en la historia de la humanidad al haber creado la posibilidad y la necesidad de su superación por una sociedad comunista sin clases.
En su análisis del carácter y del destino del capital, Marx no se limitó a la época capitalista. Al contrario, hizo resaltar que no se puede entender el capitalismo más que poniendo como telón de fondo la historia de la humanidad. Por eso el Capital y su “borrador”, las Grundrisse, vuelven a tratar sobre las preocupaciones antropológicas y filosóficas que habían inspirado los Manuscritos de 1844, enriquecidos por un método histórico más elaborado:
la afirmación de la existencia de una naturaleza humana: el hombre no es una página blanca que renace con cada nueva formación económica; al contrario, el hombre desarrolla su naturaleza gracias a su propia actividad en la historia;
la afirmación del concepto de alineación, considerado también en su desarrollo histórico: el trabajo asalariado capitalista encarna la forma más avanzada de la alineación del trabajo y, al mismo tiempo, es la premisa de su emancipación. Eso implica el rechazo de una visión puramente lineal de la historia como progreso absoluto a favor del método dialéctico que concibe la evolución del avance histórico en un proceso contradictorio que contiene fases de regresión y de declive.
En ese marco, la dinámica de la historia muestra una disolución creciente de los lazos sociales originales del hombre, mediante la generalización de las relaciones mercantiles: el comunismo primitivo y el capitalismo están en los extremos antitéticos del proceso histórico, preparando el terreno para la síntesis comunista. El movimiento de la historia es el del auge y del declive de diferentes formaciones sociales antagónicas. El concepto de ascendencia y de decadencia de los modos de producción sucesivos es inseparable del materialismo histórico; y contrariamente a ciertas burdas incomprensiones, la decadencia de un sistema social no implica para nada el colapso total del crecimiento.
b) “El derribo del fetichismo de la mercancía” (Revista internacional no 76)
El Capital, a pesar de su profundidad y complejidad, es esencialmente una obra polémica. Es una denuncia apasionada contra los apólogos “científicos” del capitalismo y, en ese sentido, “el mísil más peligroso nunca antes lanzado a la cabeza de los burgueses” ([1]) utilizando la expresión de Marx.
El punto de partida de el Capital es elucidar la mistificación de la mercancía. El capitalismo es un sistema de producción universal de mercancías: todo está en venta. El reino de la mercancía enmascara la realidad del modo de funcionamiento del sistema. Era pues necesario revelar su verdadero secreto, la plusvalía, para así demostrar que toda la producción capitalista sin excepción está basada en la explotación de la fuerza de trabajo humano y que es esa plusvalía el verdadero origen de la injusticia y la barbarie en la vida bajo el capitalismo.
Al mismo tiempo, aprehender el secreto de la plusvalía, es demostrar que el capitalismo está marcado por profundas contradicciones que lo llevarán inevitablemente a su declive y a su caída final. Esas contradicciones arraigan en la naturaleza misma del trabajo asalariado:
– la crisis de sobreproducción: la mayoría de la población bajo el capitalismo está compuesta, por la naturaleza misma de la plusvalía, de sobreproductores y de subconsumidores. El capitalismo es incapaz de realizar todo el valor que produce en el circuito cerrado de sus relaciones de producción;
– la tendencia decreciente de la cuota o tasa de ganancia: solo la fuerza de trabajo del hombre puede crear un nuevo valor; sin embargo, la permanente competencia obliga constantemente al capitalismo a reducir la cantidad de trabajo vivo en relación con el trabajo muerto de las máquinas.
Durante el período ascendente, en el que vivió Marx, el capitalismo pudo diferir sus contradicciones internas extendiéndose sin cesar por las extensas regiones precapitalistas que le rodeaban. En el Capital, Marx comprende ya la realidad de ese proceso y de sus límites, pero el estudio de ese problema quedará sin terminar, no solo a causa de los limitaciones personales que tenía que encarar Marx, sino también porque sólo la evolución real del capitalismo podía dilucidar el proceso real por el que el sistema capitalista entraría en su fase de declive. La comprensión de la fase del imperialismo, de la decadencia capitalista, iba a ser desarrollada por los sucesores de Marx, Rosa Luxemburg en particular.
Las contradicciones del capitalismo indican también cuál es su solución: el comunismo. Una sociedad hundida en el caos por el imperio de las relaciones mercantiles sólo puede superarse con una sociedad que suprima el trabajo asalariado y la producción para el intercambio, una sociedad de “productores libremente asociados” en la que las relaciones entre seres humanos dejan de ser oscuras para hacerse simples y claras. Por eso, el Capital es también una descripción del comunismo; en gran parte en negativo, pero también de una manera más directa y positiva poniendo de relieve cómo funcionaría una sociedad de productores libremente asociados. Y además, el Capital y las Grundrisse vuelven otra vez a la inspirada perspectiva de los Manuscritos de 1844, procurando escribir qué es el reino de la libertad, y darnos una idea de qué es la libre actividad creadora del hombre, esencial de la producción comunista.
“1871 : la primera revolución proletaria de la historia”
(Revista internacional no 77)
En 1864, se termina el período de reflujo de la lucha de la clase obrera. Los obreros de Europa y de América se han organizado en sindicatos en defensa de sus intereses económicos; usan más y más el arma de la huelga; y también se movilizan en el terreno político para apoyar causas progresistas como la guerra contra la esclavitud en América del Norte. Esa efervescencia de la clase engendró la Asociación internacional de los trabajadores (AIT); la fracción de Marx participó activamente en su formación. Marx y Engels reconocieron en la Internacional una auténtica expresión de la clase obrera, aunque estuviera formada por todo tipo de corrientes, algunas muy confusas. La fracción marxista en la Internacional se vio así involucrada en múltiples debates críticos con esas corrientes, en particular sobre:
– el principio de auto emancipación de la clase obrera (contra los reformistas burgueses bienpensantes que querían liberar la clase desde arriba), y el principio de la autonomía de la clase (contra los nacionalistas burgueses como Mazzini);
– la defensa de la lucha política y de la organización centralizada contra la posición antipolítica y los prejuicios federalistas de los anarquistas.
El debate sobre la necesidad de que el proletariado reconociera la dimensión política de su lucha, concretada en gran parte, en aquella época, en la discusión sobre si era necesario o no hacer campaña en el ámbito político burgués, el parlamento y las elecciones, relacionado todo ello con la noción de período histórico de la revolución: para los marxistas, la lucha por reformas estaba todavía al orden del día, porque el sistema capitalista no había entrado todavía en su “era de revoluciones sociales”. Pero en 1871, el movimiento real de la clase dio un paso adelante histórico: la primera toma del poder político por la clase obrera, la Comuna de París. A la vez que comprendía el carácter “prematuro” de esa insurrección, Marx supo ver en ella el signo anunciador fundamental del futuro, aportando un nuevo enfoque sobre el problema de las relaciones entre proletariado y Estado burgués. Mientras que en el Manifiesto comunista, la perspectiva era tomar el control del Estado existente, la Comuna de París demostró que esa parte del programa se había vuelto caduca y que el proletariado no podría alcanzar el poder si no fuera destruyendo violentamente el Estado capitalista. La Comuna no fue, ni mucho menos, una invalidación, sino todo lo contrario, fue su patente confirmación. La clarificación no ocurrió como venida de no se sabe dónde. En realidad, la crítica marxista del Estado remonta a los escritos de Marx de 1843 ; el Manifiesto concibe el comunismo como una sociedad sin Estado; y entre las lecciones sacadas por la Liga de los Comunistas de la experiencia de 1848, se insiste ya en la necesidad de una organización proletaria autónoma e incluso en la idea de que hay que destruir el aparato burocrático. Todo eso, después de la Comuna, podrá incorporarse en una síntesis superior.
El combate heroico de los Communards mostró claramente que la revolución de los obreros significaba:
la disolución de los ejércitos permanentes, sustituidos por el armamento de los proletarios;
la sustitución de una burocracia privilegiada por funcionarios públicos pagados al mismo nivel que los salarios obreros;
la sustitución de las instituciones de tipo parlamentario por órganos que reúnan las funciones ejecutiva y legislativa y, lo más importante, el principio de la elección y revocabilidad de todos los puestos de responsabilidad en el nuevo poder.
Ese nuevo poder proporciona el marco organizado para:
– atraer a las demás clases no explotadoras detrás del proletariado;
– iniciar la transformación económica y social que muestra la vía hacia el comunismo, aunque nada hubiera podido realizarse en aquella época y en un contexto limitado geográficamente.
La Comuna fue pues ya un “semiestado” históricamente destinado a abrir la vía hacia una sociedad sin clases. Pero incluso entonces, Marx y Engels fueron capaces de percibir lo “negativo” del Estado-Comuna: Marx demostró que lo que la Comuna podía proporcionar era únicamente el marco organizado para el movimiento de emancipación social del proletariado, pero que ella misma no era ese movimiento; Engels insistió en que ese Estado era un “mal necesario”. La experiencia posterior –la Revolución rusa de 1917-27– iba a demostrar la profundidad de esa idea y revelar hasta qué punto es algo vital que el proletariado forje sus propios órganos de clase autónomos para controlar el Estado - órganos como los consejos obreros que eran inconcebibles para los proletarios semiartesanos del Paris de 1871.
Para terminar, la Comuna fue la indicación de que el período de guerras nacionales en Europa se había terminado: frente al espectro de la revolución proletaria, la burguesía de Francia y la de Prusia unieron sus fuerzas para aplastar a su enemigo principal. Para el proletariado de Europa, la defensa nacional se había convertido en máscara para ocultar la defensa de unos intereses de clase totalmente hostiles a los suyos.
“El comunismo contra el ‘socialismo de Estado’”
(Revista internacional no 78)
Tras el aplastamiento brutal de la Comuna, el movimiento obrero se encontró en un nuevo período de retroceso. La Internacional no iba a sobrevivir durante mucho tiempo. Para la corriente marxista, sería un período de combate político intenso contra unas fuerzas que, aún actuando en el seno del movimiento, eran más o menos la expresión de la influencia y de la perspectiva de otras clases. Fue un combate, por un lado, contra las influencias burguesas más explícitas del reformismo y del “socialismo de Estado” y, por otro, contra las ideologías pequeño burguesas y de desclasados del anarquismo.
La identificación entre capitalismo de Estado y socialismo ha sido la base de la mayor mentira del siglo XX, con la forma estalinismo = comunismo. Una de las razones por las cuales la mentira ha tenido tanto peso es porque recoge lo que antes fueron confusiones naturales en el movimiento obrero. Durante el período ascendente, cuando el capitalismo aparecía en gran parte con la forma de capitalistas privados, podía fácilmente pensarse que la centralización del capital por el Estado era un golpe contra el capital (como ya lo vimos en El Manifiesto, por ejemplo). Pero ya las propias bases de la teoría marxista contenían la crítica de esa idea cuando demostraban que el capital no es un vínculo legal sino una relación social, de modo que poca diferencia hay entre una plusvalía extraída por un individuo o por un capitalista colectivo. Además, a finales del siglo xix, cuando ya el Estado empezaba a intervenir con cada vez mayor fuerza en la economía, Engels hizo explícita esa crítica implícita.
En el período siguiente a la disolución de la Internacional, el centro del desarrollo del movimiento obrero se desplazó a Alemania. Las condiciones políticas atrasadas imperantes en ese país se reflejaban también en el atraso de la corriente en torno a Lassalle que se caracterizaba por una adoración del Estado, y del Estado semifeudal de Bismarck además. Ni siquiera la fracción marxista, dirigida por Bebel y Liebknecht, estaba totalmente desprovista de esos prejuicios. El compromiso entre ambos grupos dio origen al Partido obrero socialdemócrata alemán. El programa del nuevo partido, en 1875, fue objeto de una severa crítica de Marx en su Crítica del Programa de Gotha que resume el método marxista sobre la cuestión de la revolución y del comunismo en aquel momento. Así, contra la tendencia del Programa de Gotha a confundir reformas inmediatas con el objetivo a largo plazo del comunismo, Marx advertía al partido alemán contra la idea de dejar en manos del Estado de los explotadores la protección de los explotados y hasta la conducción de la sociedad hacia el socialismo:
– Contra la tendencia a hacer de la socialdemocracia un partido de todas las clases favorables a las reformas democráticas, los marxistas –para quienes “socialdemocracia” era una denominación totalmente inadecuada– insistían en el carácter de clase del partido y en su posición irremediablemente hostil a la sociedad burguesa.
– Contra las ideas substitucionistas que consideraban al partido como una élite burguesa educada que debía aportar la salvación a los obreros ignorantes, los marxistas defendían que la gente de otras clases solo podría unirse al movimiento proletario si rechazaba sus prejuicios burgueses.
– Contra las ilusiones sobre la noción de un «Estado del pueblo» que podría llegar poco a poco, con reformas, al socialismo, los marxistas insistían en que el comunismo implica transformación radical de la sociedad y que solo podría instaurarse tras un período de dictadura del proletariado, cuyo objetivo es la desaparición total de toda forma de Estado. El principio de la dictadura del proletariado quedó plenamente confirmado en los hechos con la Comuna de París.
– Contra el llamamiento del Programa de Gotha a una “justa distribución” del producto social, Marx insistía en que la clave de todo movimiento hacia el comunismo es la abolición del intercambio y de la ley del valor.
Mientras que el Programa de Gotha confunde socialismo con propiedad de Estado, Marx habla de un movimiento que recorre unas etapas desde las más bajas hasta las más elevadas del comunismo. Durante la primera etapa, la sociedad está todavía marcada por la penuria y las huellas de la vieja sociedad. Las relaciones sociales capitalistas deben ser combatidas con medidas que impidan que vuelva la tendencia a acumular plusvalía. Marx veía el sistema de bonos de trabajo como un primer paso hacia la abolición del sistema de salario, un sistema de bonos marcado todavía por el “derecho burgués”.
“¿Anarquismo o comunismo?”
(Revista internacional no 79)
El combate contra las influencias abiertamente burguesas del “socialismo de Estado” iba emparejado con la lucha por superar los vestigios ideológicos de la pequeña burguesía, encarnados en el anarquismo. No era un combate nuevo: en una obra como Miseria de la Filosofía, el marxismo ya se había pronunciado contra las nostalgias proudhonianas y su sociedad de productores independientes regida por el «intercambio igualitario». En los años 1860, el anarquismo parecía haber evolucionado, ya que la corriente de Bakunin se denominaba colectivista e incluso comunista. En realidad, la esencia del bakuninismo era tan ajena al proletariado como la ideología proudhoniana. El bakuninismo tenía además la desventaja de no poder ser ya considerado como una expresión de la inmadurez del movimiento obrero, sino que de entrada se presentó en contra del avance fundamental que la visión marxista significó.
El conflicto entre marxismo y bakuninismo, entre posición proletaria y posición pequeño burguesa, se entabló en varios niveles:
– la cuestión de la organización: Bakunin entró en la vida de la Internacional presentándose como defensor de la libertad y de la autonomía local contra las tendencias centralizadoras que se expresaban en el Consejo general de la Internacional. La centralización expresa la necesidad de unidad del proletariado, mientras que los bakuninistas querían reducir la función del Consejo general a ser un simple receptáculo, impidiendo a la Internacional que hablara con una sola voz contra el enemigo de clase; esta orientación habría acabado obligatoriamente en desorganización del movimiento proletario. Los discursos de los bakuninistas sobre la libertad y la autonomía eran, además, pura hipocresía, pues su objetivo oculto era infiltrar la Internacional mediante una cofradía secreta que sí que era de lo más “autoritario”, basada en el modelo masónico y con el “Ciudadano B.” - Bakunin – a su cabeza. La lucha por principios organizativos proletarios, basados en la transparencia y unas responsabilidades claramente definidas, contra las intrigas típicamente pequeño burguesas del clan bakuninista, fue la cuestión central del Congreso de la Internacional de 1872.
– El método histórico: mientras que la corriente marxista defendía el método del materialismo histórico, concibiendo la orientación de la actividad del movimiento obrero en función de las condiciones objetivas históricas en las que se mueve, Bakunin rechazaba ese método, prefiriendo las peroratas sobre ideas eternas de justicia y libertad, pretendiendo que la revolución era posible en todo momento.
– El sujeto de la revolución: mientras que los marxistas reconocían que la única clase destinada a hacer la revolución comunista, el proletariado moderno, estaba todavía constituyéndose, poco les importaba eso a los bakuninistas para quienes la revolución era como una gigantesca conflagración que podía ser llevada a cabo por campesinos, rebeldes semiproletarios o bandoleros tanto como por la clase obrera.
– La naturaleza política de la lucha de clases: Puesto que, para los marxistas, la revolución comunista no estaba todavía al orden del día de la historia, la clase obrera debía consolidarse como fuerza política en el seno de la sociedad burguesa, lo cual significaba organizarse en los sindicatos y demás organismos de defensa similares e intervenir en el ruedo político burgués para defender sus intereses en el marco de la legalidad. Los bakuninistas, por su parte, rechazaban por principio toda actividad parlamentaria y –respecto a esta última al menos– rechazaban toda lucha que no tuviera el objetivo de la abolición del capitalismo; además, para ellos, el derrocamiento del capitalismo no exigía la conquista del poder político por los obreros, sino la “disolución” inmediata de toda forma de Estado. Contra esta visión, los marxistas sacaron las verdaderas lecciones de la Comuna: la revolución de la clase obrera implica, al contrario, la toma del poder político, pero ese nuevo poder es de un nuevo tipo también, es un poder en el que el proletariado en su conjunto, y no una élite privilegiada, toma directamente en sus manos la gestión de la vida económica y política. En la práctica, las frases ultrarrevolucionarias de los anarquistas no eran sino un ligero barniz para encubrir una práctica oportunista a remolque de la burguesía, del estilo de lo que harían en España al participar en instancias locales que en modo alguno estaban fuera del Estado capitalista.
– La cuestión de la sociedad futura: la verdadera naturaleza del anarquismo como reflejo de la visión conservadora de una capa pequeño burguesa arruinada por la concentración del capital, era más evidente todavía en la idea que se hacía de la sociedad futura. Esto era tan cierto para los “colectivistas” bakuninistas como lo había sido para Proudhon: el texto de Guillaume, en particular, la Construcción de un nuevo orden social propone que las diferentes asociaciones de productores y las comunas que nacerán después de la revolución, tendrían que estar vinculadas entre sí mediante los buenos oficios de un “Banco de intercambio” que organizaría la compraventa en nombre de la sociedad. Los marxistas, al contrario, insistían en que una sociedad verdaderamente “colectivista”, los productores no intercambiarían sus productos, porque ya son ellos el producto y la “propiedad” de la sociedad entera. La perpetuación de las relaciones mercantiles es necesariamente el reflejo de la existencia de la propiedad privada y serviría de base para el resurgir de una nueva forma de capitalismo.
“El Marx de la madurez: comunismo del pasado, comunismo del porvenir”
(Revista internacional no 81)
Durante los últimos años de su vida, Marx dedicó buena parte de su energía intelectual al estudio de las sociedades arcaicas. La publicación de La sociedad arcaica de Morgan y las cuestiones que le planteaba el movimiento obrero ruso sobre las perspectivas para la revolución en Rusia, le llevaron a emprender un estudio intensivo que nos ha quedado en la forma de unas “Notas Etnográficas” muy incompletas, pero que siguen siendo de la mayor importancia. Esos estudios también nutrieron el gran trabajo antropológico de Engels, el Origen de la fami