Revista Internacional no. 121 - 2º Trimestre 2005

60º aniversario de la liberación de los campos de concentración...Barbarie capitalista y manipulaciones ideológicas



El año 2005 es rico en aniversarios macabros. La burguesía acaba de celebrar uno de ellos, la liberación de los campos de concentración nazis en enero de 1945, con un fasto que ha superado el de las ceremonias del cincuentenario. No es de extrañar, desde luego, pues la exhibición de los crímenes monstruosos del adversario que salió derrotado de la Segunda Guerra mundial es el medio más seguro para absolver a los Aliados de sus propios crímenes contra la humanidad, cometidos durante la guerra misma y desde entonces, y presentar los valores democráticos como garantías de la civilización frente a la barbarie. Por razones similares, podemos suponer que el aniversario de la capitulación de Alemania de mayo de 1945 tenga también un especial boato. La Segunda Guerra mundial, de igual modo que la primera, fue una guerra imperialista, que enfrentó a bandidos imperialistas y la hecatombe que provocó (50 millones de muertos) confirmó de una manera tan dramática la quiebra del capitalismo. Y si hoy la burguesía está obligada a dar semejante amplitud a las conmemoraciones de la Segunda Guerra mundial, es precisamente porque las patrañas con las que se ha envuelto aquella barbarie tienen tendencia a gastarse. Empiezan ahora a evocarse evidencias negadas u ocultadas durante largo tiempo, como el hecho de que los Aliados conocían a la perfección la existencia de los campos de exterminio y que no hicieron nada para ponerlos fuera de uso, lo cual plantea la cuestión de la corresponsabilidad de los Aliados en el Holocausto. Les incumbe a los revolucionarios, que fueron los primeros en erguirse para denunciar la barbarie de ambos bandos, proseguir un combate contra unas mentiras de la burguesía cuyo objetivo es mantener ocultos los crímenes de los Aliados o minimizar su realidad. Les incumbe también dejar patente la inconsistencia de todos los intentos de la burguesía por “excusar” los actos de barbarie del bando “democrático”

¿Por qué tanto ruido sobre la liberación de los campos de concentración?

La conmemoración del 60º aniversario del desembarco aliado de junio de 1944 tuvo ya una amplitud que superó la del cincuentenario (1). Consciente de que el recuerdo de ese acontecimiento debe mantenerse permanentemente fresco en el cerebro de los vivos, la burguesía no escatimó medios para reavivar la imagen de todos aquellos jóvenes reclutas que, imaginándose que combatían por “la libertad de sus semejantes”, fueron aplastados por decenas de miles en las playas del desembarco. Para la burguesía, es de la mayor importancia que se mantenga en las conciencias de las nuevas generaciones, la mitología que permitió alistar a sus mayores que pensaban que combatir el fascismo en el campo democrático (2) era defender la dignidad humana y la civilización contra la barbarie. Por eso no le basta a la clase dominante con haber utilizado como carne de cañón a la clase obrera inglesa, americana, alemana (3), rusa o francesa, sino que es ahora a las generaciones actuales de proletarios a las que aquélla dirige en primer lugar su infecta propaganda. En efecto, aunque hoy no esté todavía dispuesta a sacrificarse por los intereses de económicos e imperialistas de la burguesía, la clase obrera sigue siendo permeable al embuste de que no sería el capitalismo la causa de la barbarie en el mundo, sino ciertos poderes totalitarios, enemigos jurados de la democracia. La tesis del carácter “único” del genocidio judío (y por lo tanto en nada comparable a otro genocidio) desempeña un papel central en la persistencia actual de la mistificación democrática. En efecto, fue gracias a su victoria sobre el régimen totalitario exterminador del pueblo judío si el campo aliado y su ideología democrática, lograron imponer la patraña de que ellos eran las garantías contra la suprema barbarie.

Justo después de la Segunda Guerra mundial, incluso en las dos décadas siguientes, denunciar en el mismo plano la barbarie de los Aliados y la de los nazis sólo lo hacían unas pequeñas minorías, limitadas prácticamente al medio revolucionario internacionalista (4). Esto iba a ir cambiando paulatinamente con la puesta en entredicho, consecuencia del resurgir internacional del proletariado en 1968, de toda una serie de mistificaciones y mentiras forjadas y alimentadas durante casi medio siglo de contrarrevolución (y en primer lugar, la mentira del carácter socialista de los países del Este). Y tanto más por cuanto la serie continua de conflictos bélicos desde la Segunda Guerra mundial, en la que los grandes países democráticos aparecían como los pioneros de la barbarie (Estados Unidos en Vietnam, Francia en Argelia…) (5), abrieron el camino a la reflexión crítica. El incremento de la barbarie y del caos desde los años 90 aparece, a pesar del despliegue de la mentira democrática alimentada por el desmoronamiento del estalinismo, como el remate del siglo más sanguinario de la historia (6). Desde hace 15 años, grandes potencias, a menudo “democráticas”, han acumulado unas responsabilidades evidentes en el desencadenamiento de los conflictos: Estados Unidos y tras ellos la coalición anti Sadam en la primera guerra en Irak que hizo 500 000 muertos; las grandes potencias occidentales en Yugoslavia (en dos ocasiones) con sus “limpiezas étnicas” y entre éstas la del enclave de Srebrenica en 1993, cometido por Serbia, sí, pero con el apadrinamiento de Francia y Gran Bretaña; el genocidio de Ruanda coordinado por Francia y que hizo un millón de víctimas (7); la guerra en Chechenia con su limpieza étnica también realizada por Rusia; y la última intervención, tan actual y tan brutal, de Estados Unidos y Gran Bretaña en Irak. En algunos de esos conflictos se asiste incluso a la repetición del guión de la Segunda Guerra mundial, designando un dictador para que cargue con todas las responsabilidades de las hostilidades y de las matanzas: Sadam Husein en Irak, Milosevic en Yugoslavia. Poco importa si, antes, el dictador había sido un tipo respetable para esas democracias que mantenían con él unas cordiales relaciones antes de darle un mejor uso como cabeza de turco.

En esas condiciones, no es de extrañar que la píldora del carácter “único” del genocidio judío sea cada vez más difícil de tragar para quienes no hayan sufrido una matraca ideológica embrutecedora durante una vida entera. Concebir el Holocausto como una ignominia especialmente abominable en medio de un océano de barbarie, y no como algo particular, supone que se posee un sentido crítico que no ha sucumbido frente a las campañas de culpabilización y de intimidación más asquerosas de la burguesía con las que pretende hacer pasar por “indiferentistas”, por “negacionistas” (que ponen en entredicho la realidad del Holocausto), por antisemitas o neonazis a quienes rechazan y condenan tanto al campo de los Aliados como al de los fascistas. Por esta razón las nuevas generaciones son más capaces de librarse de las mentiras que han emponzoñado las conciencias de sus mayores, como dan testimonio algunos comentarios de profesores de secundaria que dan las clases sobre la Shoah :

Es difícil hacer que admitan [los alumnos] que es un genocidio diferente de los demás” (le Monde del 26 de enero, “La actitud refractaria de algunos alumnos obliga a los profesores a revisar sus clases sobre la Shoah”).

Por eso, para entorpecer el camino de una toma de conciencia sobre la naturaleza real de la segunda carnicería mundial y la democracia, la burguesía que hacer jugar a fondo la emoción que inevitablemente provoca el recuerdo y la descripción del sufrimiento de millones de desaparecidos en los campos de concentración, desviando la responsabilidad real de esos horrores y los de toda la guerra hacia un dictador, un régimen, un país, para así excusar a un sistema, el capitalismo. Y para hacer que esa puesta en escena sea lo más eficaz posible, había que seguir ocultando y deformando la realidad de los crímenes de las grandes democracias durante la Segunda Guerra mundial.

Tras el terror y la barbarie de los Aliados y del nazismo, la misma razón de Estado

La experiencia de dos guerras mundiales muestra que tuvieron características comunes que explican el grado alcanzado en la barbarie y del que son responsables todos los campos presentes:

• El armamento incorpora el grado más elevado de la tecnología, y, como el conjunto del esfuerzo de guerra, canaliza todos los recursos y fuerzas de la sociedad. Los progresos de la tecnología que hubo entre la Primera y la Segunda Guerra mundial, sobre todo en la aviación, hicieron que los enfrentamientos bélicos no se limitaran ya, esencialmente, a campos de batalla en los que se enfrentan los ejércitos enemigos, sino que es toda la sociedad la que acaba siendo teatro de operaciones;

• Un grillete de hierro comprime la sociedad entera para que se pliegue ante todas las exigencias extremas del militarismo y de la producción de guerra. La manera con la que eso se llevó a cabo en Alemania es un modelo llevado al extremo. En efecto, a medida que se incrementan las dificultades militares, las necesidades de mano de obra se van a intensificar cada vez más. Para satisfacerlas, a lo largo del año 1942, los campos de concentración se convierten en un inmenso almacén de material humano barato, renovable indefinidamente y explotable sin límites. Así, la tercera parte como mínimo de los obreros empleados por las grandes compañías como Krupp, Heinkel, Messerschmitt o IG Farben eran deportados (8).

• Se usan todos los medios, hasta los más extremos, para imponerse militarmente: gases asfixiantes durante la Primera Guerra mundial, unos gases que hasta su primer uso se consideraban como el arma absoluta que no se usaría nunca; la bomba atómica, el arma absoluta, contra Japón en 1945. Menos conocidos, pero más mortíferos todavía, fueron los bombardeos de Segunda Guerra mundial de ciudades y poblaciones civiles con el objetivo de aterrorizarlas y diezmarlas. Inaugurados por Alemania sobre las ciudades de Londres, Coventry y Rótterdam, fueron sistematizados y perfeccionados por el Reino Unido, cuyos bombarderos desencadenarían verdaderos huracanes de fuego en el corazón de las ciudades alcanzando unas temperaturas de más de mil grados en medio de unas espantosas hogueras.

Los crímenes alemanes o soviéticos no pueden hacer olvidar que los propios Aliados fueron habitados por el espíritu del mal, poniéndose por delante de Alemania en ciertos dominios, especialmente en el de los bombardeos de terror. Al decidir el 25 de agosto de 1940 lanzar las primeras incursiones sobre Berlín, en réplica a un ataque accidental sobre Londres, Churchill tomó la aplastante responsabilidad de una terrible regresión moral. Durante casi cinco años, el Premier británico, los comandantes del Bomber Command, Harris, en particular, se ceban en las ciudades alemanas. (…)

El colmo del horror se alcanzó el 11 de septiembre de 1944 en Darmstadt. Durante un ataque magistralmente agrupado, todo el centro histórico desapareció en medio de un océano de llamas. En 51 minutos, la ciudad recibió un tonelaje de bombas superior al de toda la aglomeración londinense durante toda la guerra. Murieron 14 000 personas. En cuanto a las factorías situadas en la periferia y que sólo representaban el 0,5% del potencial económico del Reich, apenas si fueron tocadas” (Una guerra total 1939-1945, estrategias, medios, controversia, Ph. Masson) (9).

Los bombardeos ingleses sobre las ciudades alemanas causarían la muerte de cerca de 1 millón de personas.

El descalabro alemán y japonés del año 1945 no llevó, ni mucho menos, a una moderación de la ofensiva sobre esos países que permitiera reducir costes financieros, sino que, al contrario, tuvo el efecto de redoblar la intensidad y la brutalidad de los ataques aéreos. La razón estriba en que lo que desde entonces estaba en juego ya no era la victoria sobre esos países, algo ya adquirido. Se trataba, en realidad de evitar que, frente a los sufrimientos de la guerra, apareciesen fracciones de la clase obrera en Alemania que se rebelaran contra el capitalismo, como había ocurrido al final de la Primera Guerra mundial (10). Los ataques aéreos ingleses servían para proseguir el aniquilamiento de los obreros que no habían perecido en el frente militar, hundiendo al proletariado en la impotencia y el terror.

A esa consideración se le añade otra. Estaba claro para los anglo-norteamericanos que el futuro reparto del mundo iba a enfrentar a los principales países vencedores de la Segunda Guerra mundial, Estados Unidos por un lado (y junto a este país, un Reino Unido exangüe) y, por el otro lado, la Unión Soviética, capaz entonces de reforzarse considerablemente merced a las conquistas y la ocupación militar que le permitirían vencer a Alemania. Es la conciencia de esa amenaza lo que expresa Churchill sin el menor equívoco:

la Rusia soviética se había vuelto un enemigo mortal para el mundo libre, [de manera] que había que crear sin tardanza un nuevo frente para parar su marcha adelante de tal modo que ese frente estuviera lo más al Este posible de Europa” (11).

Se trata pues, para los Aliados occidentales, de marcar los límites ante las apetencias imperialistas de Stalin en Europa y Asia mediante demostraciones de fuerza disuasorias. Será ésta la otra función de los bombardeos británicos de 1945 sobre Alemania y el único objetivo del empleo del arma atómica contra Japón (12).

El carácter cada vez más limitado de los objetivos militares y económicos que acaban siendo totalmente secundarios, pone claramente de relieve, como en Dresde, los nuevos designios de los bombardeos:

Hasta 1943, a pesar de los sufrimientos infligidos a la población, los raids podían tener todavía una justificación militar o económica al ser bombardeados los grandes puertos del norte de Alemania, el complejo del Ruhr, los centros industriales de mayor importancia o incluso la capital del Reich. Pero, a partir del otoño de 1944, ya no es lo mismo ni mucho menos. Con una técnica perfectamente rodada, el Bomber Command, que dispone de 1600 aviones y que se enfrenta a unas defensas alemanas cada día más débiles, emprende el ataque y la destrucción sistemática de ciudades medianas e incluso pequeñas aglomeraciones sin el menor interés militar o económico.

La historia ha retenido la atroz destrucción de Dresde en febrero de 1945, con la excusa estratégica de neutralizar un nudo ferroviario importante de la retaguardia de la Wehrmacht implicada contra el Ejército rojo. En realidad, las perturbaciones ocasionadas a la circulación no irán más allá de las 48 horas. Ninguna justificación, sin embargo, para la destrucción de Ulm, de Bonn, de Wurtzbourg, de Hidelsheim, de todas esas ciudades medievales, de esas joyas artísticas pertenecientes al patrimonio de Europa. Todas esas antiguas ciudades desaparecerán en medio de tempestades de fuego en donde la temperatura alcanza 1000 a 2000 grados que provocan la muerte de decenas de miles de personas en unos sufrimientos atroces” (Ph. Masson).

Cuando la barbarie misma se convierte en el móvil principal de la barbarie

Hay otra característica común a los dos conflictos mundiales: al igual que las fuerzas productivas que la burguesía es incapaz de controlar bajo el capitalismo, las fuerzas destructivas que pone en marcha en una guerra total tienden a escapar a su control. De igual modo, los peores instintos desencadenados por la guerra se hacen autónomos, se autoestimulan, produciendo actos de barbarie gratuita, ya sin la menor relación con los objetivos militares buscados, por muy abominables que ya sean.

Los campos de concentración nazis se habían ido convirtiendo, durante la guerra, en una monstruosa máquina de matar a todos aquellos sospechosos de resistencia en Alemania o en los países ocupados o sometidos a vasallaje, al constituir los traslados de los detenidos a Alemania un medio de imponer el orden mediante el terror en las zonas ocupadas por Alemania (13). Pero el carácter cada día más expeditivo y radical de los medios empleados para deshacerse de población concentrada, de los judíos en particular, se debe menos a la necesidad de imponer el terror o el trabajo forzado. Se trata de una huida ciega en una barbarie cuyo único móvil es la barbarie misma (14). Junto a las matanzas masivas, lo torturadores y médicos nazis se dedicaban a hacer “experimentos” con prisioneros en los que, más que interés científico, lo que dominaba era el puro sadismo. A esos científicos, por otra parte, se les ofrecerá la inmunidad y una nueva identidad a cambio de su colaboración en proyectos clasificados “secreto militar” en Estados Unidos.

La marcha del imperialismo ruso, a través de Europa del Este hacia Berlín, vino acompañada de barbaridades que tienen esa misma “lógica”:

Se aplastan columnas de refugiados bajo las cadenas de los carros de combate o son sistemáticamente ametralladas por la aviación. La población de aglomeraciones enteras es aplastada con cruel ensañamiento. Se crucifica a mujeres desnudas en las puertas de las granjas. Se decapita a niños o se les aplasta la cabeza a culatazos o se les tira vivos en la pocilga de los cerdos. Todos aquellos que no han podido huir o no han podido ser evacuados por la Marina en los puertos del Báltico son sencillamente exterminados. Se puede calcular el número de víctimas entre 3 o 3,5 millones (…)

Sin alcanzar ese grado, esa locura asesina se extiende a todas las minorías alemanas de Sureste europeo, en Yugoslavia, en Rumania y en Checoslovaquia, a miles de Sudetes. La población alemana de Praga, instalada en la ciudad desde la Edad Media es machacada con un sadismo inaudito. Después de haber sido violadas, se les corta a las mujeres el tendón de Aquiles, condenadas a morir desangradas en el suelo con unos sufrimientos atroces. Se ametralla a los niños a la salida de las escuelas, los tiran a la calle desde los pisos más altos de los edificios o los ahogan en estanques y fuentes. A muchos pobres desgraciados los emparedan vivos en los sótanos. En total, más de 30 000 victimas..

De la violencia tampoco se escapan las jóvenes auxiliares de transmisiones de la Luftwaffe tiradas vivas en medas de heno a las que se prende fuego. Durante semanas el Vltava (Moldava) arrastra miles de cadáveres, familias enteras a veces, clavados en almadías. Ante el estupor de algunos testigos, toda una parte de la población checa hace alarde de una bestialidad propia de edades remotas.

Esas matanzas se deben, en realidad, a una voluntad política, a una eliminación intencionada, favoreciendo el despertar de las pulsiones más bestiales. En Yalta, ante la inquietud de Churchill de ver surgir nuevas minorías dentro de las futuras fronteras de la URSS o de Polonia, Stalin no se retuvo para declarar con tono burlón que no debían de quedar muchos alemanes en esas regiones...” (Ph. Masson).

De la “limpieza étnica” de las provincias alemanas del Este no solo fue responsable el ejército de Stalin, sino que se realizó gracias a la ayuda de los ejércitos británico y estadounidense. Aunque ya entonces se estaban diseñando las líneas del futuro antagonismo entre la URSS y Estados Unidos, estos dos países junto con Gran Bretaña cooperaron sin reservas en la tarea de eliminar todo peligro proletario, mediante la eliminación masiva de la población (15). Además, todos ellos tienen interés en que el yugo de la futura ocupación de Alemania pueda ejercerse sobre una población inerte por lo mucho que ha sufrido y que contenga la menor cantidad posible de refugiados. Este objetivo, que ya por sí solo encarna la barbarie, será la base de partida de una escalada de una bestialidad incontrolada al servicio del asesinato de masas.

Los refugiados que escapan a los tanques de Stalin, son aplastados por unos bombardeos ingleses y americanos en los que se da rienda suelta a medios abrumadores para realizar el exterminio puro y simple. Los crueles bombardeos sobre Alemania, fueran éstos ingleses, ordenados por Churchill en persona, o norteamericanos, tienen el objetivo de matar al mayor número de personas y con la mayor atrocidad posible:

... esta voluntad masiva de destrucción sistemática que acaba a veces pareciéndose a un genocidio, prosigue hasta abril de 1945, a pesar de las objeciones en aumento del Air Marshall Portal, comandante en jefe de la RAF, el cual desearía orientar los bombardeos hacia la industria o los transportes. Como buen político, el propio Churchill acaba inquietándose tras las indignadas reacciones de la prensa de los países neutrales e incluso de una parte de la opinión británica” (Ph. Masson).

En el frente alemán, el objetivo del raid norteamericano del 12 de marzo de 1945 sobre la ciudad portuaria de Swinemünde en Pomerania que provocará más de 20 000 victimas, son los refugiados que huyen ante el avance de las tropas de Stalin, amontonados en la ciudad o ya a bordo de navíos:

La playa estaba bordeada de una amplia cintura de parques en los que se había concentrado la masa de los refugiados. El 8º ejército lo sabía perfectamente y fue por eso por lo que había cargado sus aviones con gran cantidad de “rompedores de árboles”, bombas con detonadores que explotaban en cuanto entraban en contacto con las ramas.

Un testigo cuenta haber visto a refugiados en el parque “que se tiraban al suelo exponiendo así todo su cuerpo a la acción de los “rompedores de árboles”. Los marcadores habían dibujado exactamente los límites del parque con luces trazadoras, de modo que la lluvia de bombas caía en una zona muy estrecha de tal manera que no había ninguna posibilidad de poder escapar (…)

Entre los grandes barcos mercantes que se hundieron (los Jasmund, Hilde, Ravensburg, Heiligenhafen, Tolina, Cordillera)- fue el Andros el que sufrió las mayores pérdidas. Había zarpado el 5 de marzo en Pillau, en la costa de Samland, con dos mil pasajeros en dirección a Dinamarca” (El incendio, Alemania bajo las bombas, 1940-45 de Jörg Friedrich).

A esos ataques masivos se añaden, durante el mismo período, las incursiones repetidas de la aviación táctica, bimotores y cazabombarderos. Esos raids [tanto de Estados Unidos como de Gran Bretaña] apuntan a los trenes, las carreteras, a pueblos, alquerías aisladas, incluso a campesinos en sus tierras. Los alemanes ya solo trabajan la tierra al alba o al anochecer. Los ametrallamientos se producen a la salida de las escuelas y hay que ir a recoger a los niños para protegerse contra los combates aéreos. Durante el bombardeo de Dresde, los cazas aliados atacan las ambulancias y los camiones de bomberos que acudían hacia la ciudad desde las ciudades vecinas” (Ph. Masson).

En el frente de guerra extremo oriental, el imperialismo estadounidense actúa con la misma bestialidad:

Volvamos al verano de 1945. Setenta de las mayores ciudades de Japón ya han sido destruidas por el fuego como consecuencia de los bombardeos con napalm. En Tokio, un millón de civiles está sin techo y han muerto 100 000 personas. Han sido, retomando la expresión del general de división Curtis Lemay, responsable de esas operaciones de bombardeo por el fuego, “asados, hervidos y cocidos hasta la muerte”. El hijo del presidente Franklin Roosevelt, que era también su confidente, había declarado que los bombardeos debían continuar “hasta que hayamos destruido más o menos la mitad de la población civil japonesa”. El 18 de julio, el emperador del Japón telegrafía al presidente Harry S. Truman, que había sucedido a Roosevelt, para pedirle la paz una vez más. Su mensaje es ignorado. (…) Unos días después del bombardeo de Hiroshima, el vicealmirante Arthur Radford se jacta: ‘Japón acabará siendo una nación sin ciudades, un pueblo de nómadas’” (“De Hiroshima a las Torres Gemelas”, le Monde diplomatique, septiembre de 2002).

Confusión ideológica y mentiras para tapar los cínicos crímenes de la burguesía

Hay otra característica del comportamiento de la burguesía, especialmente presente en las guerras, sobre todo cuando son guerras totales: los crímenes que ella decide que no se borren de la historia (del mismo modo que los historiadores estalinistas empezaron a hacerlo en los años 1930), los trastoca en lo contrario, en actos de valentía, actos virtuosos que habrían permitido salvar más vidas humanas que las que se suprimieron con esos actos.

Les bombardeos británicos en Alemania

Tras la victoria de los Aliados, desaparece de la realidad histórica toda una parte de la Segunda Guerra mundial (16):

los bombardeos de terror cayeron en el casi absoluto olvido, al igual que las matanzas perpetradas por el Ejército rojo o los repugnantes ajustes de cuentas en Europa del Este” (Ph. Masson).

Esos acontecimientos no son, claro está, conmemorados en las ceremonias de los aniversarios “macabros”, son totalmente desterrados de ellas. Solo quedan algunos testimonios de la historia, demasiado arraigados para ser arrancados abiertamente, y que son “tratados mediáticamente” para volverlos inofensivos. Así ocurre, en particular, con el bombardeo de Dresde :

“… la más “admirable” incursión de terror de toda la guerra [...] fue obra de los Aliados victoriosos. Un récord absoluto fue alcanzado el 13 y 14 de febrero de 1945: 253 000 muertos, refugiados, civiles, prisioneros de guerra, deportados del trabajo. Ningún objetivo ­militar” (Jacques de Launay, “Introducción” a la edición francesa de 1987 del libro La destrucción de Dresde (17).

Queda bien, en los media que comentan las ceremonias del 60º aniversario del bombardeo de Dresde, considerar la cantidad de 35 000 víctimas y cuando se evoca la de 250 000 es para atribuir inmediatamente tal estimación, para unos a la propaganda nazi y, para otros, a la propaganda estalinista. Esta última “interpretación” es, por cierto, poco coherente con la preocupación principal de las autoridades de Alemania oriental de esos años, para las cuales

había que evitar a toda costa que se extendiera la información cierta de que la ciudad había sido invadida por cientos de miles de refugiados que huían del Ejército rojo” (Jacques de Launay).

En efecto, en el momento de los bombardeos, la ciudad contaba alrededor de un millón de habitantes, entre los cuales 400 000 refugiados. Habida cuenta de cómo quedó la ciudad de aniquilada, es difícil imaginarse cómo solo pereció ¡el 3,5 % de la población (18)!

Por encima de la campaña de banalización por la burguesía del horror de Dresde, mediante la minimización de la cantidad de víctimas, hay otra para hacer aparecer la indignación legítima que ese acto de barbarie como algo típico de neonazis. Toda la publicidad que se ha hecho en torno a las manifestaciones que en Alemania agruparon a unos energúmenos, degenerados nostálgicos del Tercer Reich, para conmemorar el acontecimiento sirve, claro está, para evitar una crítica que ponga en entredicho los Aliados por miedo a ser confundido con los nazis.

El bombardeo atómico de Japón

Al contrario de los bombardeos ingleses en Alemania para los que se hizo todo por ocultar su amplitud, el empleo del arma atómica por primera y única vez en la historia, por parte de la primera democracia del mundo, fue un acontecimiento que nunca ha sido ocultado o minimizado. Al contrario, se hizo todo para que todo el mundo se enterara y que el poder destructivo de esta nueva arma apareciera claramente. Se tomaron todas las disposiciones necesarias para ello, incluso antes del bombardeo del 6 de agosto de 1945:

Fueron designadas cuatro ciudades [para ser bombardeadas]: Hiroshima (gran puerto y ciudad industrial con bases militares), Kokura (arsenal principal), Nigata (puerto, siderurgia y refinerías), et Kyoto (industrias) (…) A partir de ese momento, ninguna de esas ciudades recibió bombas: había que evitar a toda costa que fueran tocadas de tal manera que la potencia destructiva de la Bomba atómica fuera indiscutible.”

(Artículo “Bomba lanzada sobre Hiroshima” en “http://www.momes. net/dictionnaire/h/hiroshima.html”). En cuanto al lanzamiento de la segunda bomba sobre Nagasaki (19), corresponde a la voluntad de Estados Unidos de dejar patente que podía, cuantas veces quisiera, usar la explosión nuclear (aunque no era así, pues las bombas siguientes no estaban todavía listas).

Según la justificación ideológica de esa masacre de japoneses, era ése el único medio que permitiera obtener la capitulación de Japón salvando la vida de un millón de soldados norteamericanos. Es ésa una enorme mentira más propagada hoy: Japón estaba desangrado y EE.UU. (gracias a haber interceptado y descifrado las comunicaciones de la diplomacia y del estado mayor nipón) sabía perfectamente que estaba dispuesto a capitular. Pero también sabía que, del lado japonés, había una restricción a la capitulación, o sea, la negativa a destituir al emperador Hiro Hito. Con una justificación así para evitar que Japón aceptara la capitulación total, EE.UU. la usó redactando los ultimátum de tal modo que indujeran la idea de que exigían la destitución del emperador. Hay que subrayar, además, que la administración estadounidense no amenazó nunca explícitamente a Japón con hacerle sufrir el fuego nuclear tras el primer ensayo nuclear acertado en Alamogordo, para así no dar la menor ocasión de que Japón aceptara las condiciones norteamericanas. Tras haber lanzado dos bombas atómicas con la demostración de la superioridad de esta nueva arma sobre todas las armas convencional, los Estados Unidos habían conseguido sus fines, Japón capituló… y el emperador siguió en su sitio. La inutilidad absoluta del uso de la bomba atómica contra Japón para forzarlo a capitular se ha visto confirmada desde entonces en declaraciones de militares, algunos de ellos de alto rango, horrorizados, incluso ellos mismos, por un cinismo y una barbarie semejantes (20).

La corresponsabilidad de los Aliados en el Holocausto

Al silencio europeo se añade el de los Aliados. Perfectamente al corriente a partir de 1942, ni los británicos, ni los estadounidenses se conmueven por el siniestro destino de los judíos, negándose a integrar la lucha contra el genocidio en sus objetivos de guerra. La prensa señala traslados y matanzas, pero esas informaciones son relegadas a las páginas interiores. El fenómeno es particularmente claro en Estados Unidos en donde reina un antisemitismo virulento desde 1919” (Una guerra total…).

Cuando la liberación de los campos, los Aliados fingen la sorpresa ante su existencia y las exterminaciones masivas que ellos han ayudado a cometer. Hasta ahora únicamente denunciada por algún que otro historiador honrado y las minorías revolucionarias, esa superchería empieza, desde hace unos diez años, a ser puesta en tela de juicio por parte de personalidades oficiales o en algunos medios conocidos. Benyamin Netanyahu, Primer ministro israelí, por ejemplo, declara el 23 de abril de 1998, en Auschwitz, con ocasión de la “Marcha de los Vivos”:

No era difícil pararlo todo, bastaba con bombardear los raíles. Ellos [los Aliados] estaban al corriente. No bombardearon porque, en aquel entones, los judíos no tenían Estado, ni fuerza militar y política para protegerse”;

la revista francesa Science et vie Junior escribe también:

En la primavera de 1944, los Aliados fotografían Auschwitz-Birkenau en detalle y bombardean en cuatro ocasiones las fábricas cercanas. Nunca se lanzó bomba alguna contra las cámaras de gas, las vías férreas o los hornos crematorios del campo de exterminio. Winston Churchill y Franklin Roosevelt estaban ya informados de lo que pasaba en los campos desde 1942 por el representante del Congreso Judío Mundial de Ginebra y, más tarde por resistentes polacos. Resistentes judíos pidieron que se bombardearan las cámaras de gas y los crematorios de Auschwitz. No lo hicieron o, en el caso de Churchill, sus órdenes no fueron ejecutadas” (n° 38, octubre 1999; sobre la Segunda Guerra mundial).

El procedimiento es tan viejo como el mundo: se acusa a unos mandaos para evitar que se acuse al mando. Las respuestas dadas a esa situación, incluidas las más honradas, dejan intacta la respetabilidad del campo aliado:

¿Por qué, si la aviación aliada bombardeó una fábrica de caucho a 4 km de allí? La respuesta es terrible: los militares tenían otras prioridades. Para ellos lo esencial era ganar la guerra lo antes posible y nada debía retrasar ese objetivo prioritario” (Ibid.).

Todo para evitar que se plantee la verdadera cuestión sobre la corresponsabilidad de los Aliados en el Holocausto (21), cuando, en realidad, rechazaron todas las propuestas alemanas de cambiar a los judíos por camiones, e incluso por nada y que se negaron en absoluto a salvar la vida a una población que consideraban un engorro y de la que no querían saber nada.

La burguesía: una clase de gángsteres

¿Cómo explicar que unos secretos tan bien guardados se saquen hoy a plaza pública? En el artículo citado antes que contiene el discurso de Netanyahu del 23 de abril de 1998 en Auschwitz, aparece un principio de respuesta:

Evidentemente, la presión ejercida sobre Benyamin Netanyahu en vísperas de su salida para Polonia, por los países europeos y sobre todo por Estados Unidos, en relación con las negociaciones con Yasir Arafat, explica que haya recurrido a la temática de las víctimas de la Shoah” (“El debate historiográfico en Israel en torno a la Shoah: el caso del leadership judío” de Raya Cohen, Universidad de Tel-Aviv).

Fue efectivamente para relajar la presión ejercida sobre Israel por Estados Unidos en las negociaciones con los palestinos si Netanyahu tiró una piedra en el charco para salpicar la reputación del Tío Sam. Al mostrar explícitamente su voluntad de una mayor independencia respecto a EE.UU. y poder así jugar su propio juego, lo que Israel hace es meterse en la misma dinámica que la de todos los antiguos vasallos de Estados Unidos en el seno del bloque del Oeste desde que desapareció éste a principios de los años 90. Otros países como Francia o Alemania han llevado más lejos esa dinámica, poniendo abiertamente en entredicho el liderazgo estadounidense. Esa es la razón por la cual, para así alimentar un antiamericanismo que no han cesado de fortalecer a medida que se incrementaban los antagonismos con la primera potencia mundial, los nuevos rivales (y antiguos Aliados) de EE.UU., podrían ser hoy más favorables a que se planteara en plaza pública, la pregunta de saber “¿por qué los Aliados, que sabían que se estaba produciendo el Holocausto no bombardearon los campos?” Es de suponer que Estados Unidos, junto con Gran Bretaña, tengan que afrontar en el futuro unas críticas más explícitas sobre su corresponsabilidad en el Holocausto (22).

Existen, en particular en Alemania, intentos de romper el consenso ideológico favorable al vencedor que ha prevalecido desde 1945, paralelamente a su deseo de quitarse de encima el estatuto de enano militar resultante de la derrota. Desde su reunificación a principios de los años 90, Alemania se ha dado los medios de asumir, en el plano internacional, responsabilidades militares en las operaciones de “mantenimiento de la paz”, en la antigua Yugoslavia en especial y, más recientemente, en Afganistán. Esta política de Alemania, país que tiende a afirmarse como principal retador del liderazgo de Estados Unidos (aunque esté todavía muy lejos de poderlo asumir), corresponde a la voluntad de Alemania de desempeñar de nuevo un papel de primer plano en el tablero imperialista mundial. Entre las condiciones requeridas para desempeñar ese papel, Alemania debe poner fin a la vergüenza de su pasado nazi, algo que tiene pegado a su piel como una lapa, “rehabilitarse” demostrando que durante la Segunda Guerra mundial, la barbarie estaba en ambos bandos, lo cual no parece muy difícil en vista de las pruebas que atestiguan esa realidad. Quienes, muy a propósito, están llevando a cabo esa ofensiva ideológica de Alemania son personalidades que afirman que su combate está subordinado al de la defensa de la democracia, sin, por lo tanto, olvidarse de denunciar los crímenes nazis. Como lo relata un artículo titulado “El libro de Jörg Friedrich Der Brand ha reabierto la polémica sobre los bombardeos estratégicos” publicado en un número especial de Der Spiegel de 2003, esta ofensiva ideológica produjo un agrio intercambio mediático entre Alemania y Gran Bretaña. Der Spiegel escribía:

Nada más publicarse en el Bild-Zeitung unos extractos de ese estudio exhaustivo sobre la guerra de las bombas llevada a cabo por los Aliados contra Alemania en los años 1940-45 y ya unos periodistas británicos se echaron encima del historiador berlinés acabando por hacerle la misma pregunta: “¿Cómo ha llegado usted a pintar a Winston Churchill como criminal de guerra?”. Friedrich ha explicado sin descanso que en su libro se abstuvo de dar una opinión sobre Churchill. ‘Además no puede considerársele como criminal de guerra en el sentido jurídico de la palabra, dice Friedrich, porque los vencedores, incluso cuando cometieron crímenes de guerra, no fueron inculpados’”.

Der Spiegel sigue:

No es de extrañar que el Daily Telegraph conservador haya hecho sonar las alarmas y estigmatizado el libro de Friedrich ‘como un ataque nunca antes visto contra la manera de conducir la guerra por parte de los Aliados’. En el Daily Mail el historiador Corelli Barnett se enfurece de que su colega alemán se haya unido a la ‘caterva de peligrosos revisionistas’, intentando establecer ‘una equivalencia moral entre el apoyo de Churchill a los bombardeos “alfombra” y el crimen indecible’ de los Nazis, ‘un absurdo infame y peligroso’” (…)

Churchill – verdadero hombre de guerra – también era un político ambivalente. Fue ese carismático Primer ministro quien exigió ataques ‘de aniquilamiento’ contra las ciudades alemanas. Pero, luego, cuando vio las películas de la ciudades en llamas, preguntó: ‘¿Somos animales? ¿No habremos ido demasiado lejos?’

Al mismo tiempo, y nadie más que él (al igual que Hitler y Stalin) tomó por su cuenta y riesgo todas las decisiones militares importantes y como mínimo dio su aprobación a la escalada constante en la guerra de los bombardeos.”

En el mismo sentido, Alemania está desarrollando una ofensiva diplomática para, en un primer tiempo, obtener reparación moral por el perjuicio que sufrió con la pérdida de su influencia histórica en una serie de países de Europa del Este, tras su derrota en la Segunda Guerra mundial. En efecto,

... unos 15 millones de alemanes tuvieron que huir del Este de Europa tras la derrota. Nazis o no, colaboradores o resistentes, fueron expulsados de unas regiones en las que, en bastantes casos, estaban establecidos desde hacía siglos: les Sudetes en Bohemia y Moravia, en Silesia, Prusia Oriental y Po­merania” (“La ‘nueva Alemania’ rompe sus viejos tabúes”, le Temps –periódico suizo– del 14 de junio de 2002).

En efecto, con la tapadera de laborar con fines humanitarios, Alemania ha tomado la iniciativa de crear una

red europea contra los desplazamientos de poblaciones” motivada por la “la idea de que el desplazamiento de las poblaciones alemanas fue una “injusticia” basada en razones étnicas justificada por los Acuerdos de Potsdam” (Informationen zur Deutschen Außenpolitik del 2 de febrero de 2005; http://www.germanforeignpolicy.com) (23).

En un discurso de apoyo a esa “red”, pronunciado en noviembre de 2004 ante una comisión del Consejo de Europa, Markus Meckel, diputado del SPD especializado en temas internacionales, declaraba:

Claro está, fueron dictadores como Hitler, Stalin y, recientemente, Milosevic quienes ordenaron esos desplazamientos de población, pero demócratas como Churchill y Roosevelt, aceptaron esa homogeneización étnica como un medio de estabilización política”.

La publicación citada (Informationen zur …) resume la continuación del discurso:

Meckel insiste en la provocación añadiendo que hoy todo el mundo estaría de acuerdo en calificar de vulneración del derecho el traslado de poblaciones alemanas. ‘La comunidad internacional condena hoy’, explica, el comportamiento de los vencedores de la guerra de los cuales no parece pensarse que actuaran de manera diferente a la de la dictadura racista del nacional-socialismo.”

No cabía claro está esperar de parte de ninguna fracción de la burguesía que, al poner en evidencia los crímenes cometidos por otras, no sea su motivación sino la de defender sus propios intereses imperialistas. La propaganda burguesa que utiliza hoy la revelación de los crímenes de los Aliados durante la Segunda Guerra mundial debe ser combatida con la misma determinación que la aliada y democrática que utilizó los crímenes del nazismo para fabricarse una virginidad. Todas las lágrimas que echan sobre las víctimas de la Segunda Guerra mundial, sea cual sea la facción de la burguesía, no son más que repugnante hipocresía.

La lección más importante que sacar de esos seis años de carnicería mundial es que los dos campos enfrentados y los países que agrupaban, sea cual sea la ideología con la que se cubrían, estalinista, demócrata o nazi, eran todos ellos el legítimo engendro de la bestia inmunda que es el capitalismo decadente.

La única denuncia de la barbarie que pueda servir los intereses de la humanidad es la que va a la raíz de esa barbarie y la utiliza como una herramienta de denuncia del capitalismo como un todo para acabar con él antes de que él acabe con la humanidad entera bajo sus ruinas.

LC-S (16 de abril de2005)

1 Leer nuestro artículo “Desembarco de junio de 1944 : Matanzas y manipulaciones capitalistas” en la Revista internacional n° 118.

2 Leer nuestro artículo sobre las conmemoraciones de 1944: “50 años de mentiras imperialistas” en la Revista internacional n° 78.

3 Se trata esencialmente de la Izquierda comunista que denunció esa guerra como guerra imperialista igual que la primera, defendiendo que frente a ella, la única actitud consecuente de los revolucionarios era el internacionalismo más intransigente, negándose a apoyar ni a uno ni al otro de los dos campos. No fue ésa la actitud del trotskismo, el cual, al apoyar el imperialismo ruso y el campo democrático, firmó su paso al campo de la burguesía. Esto explica porqué algunas sucursales del trotskismo (Ras l’front en Francia) especializadas en el antifascismo radical, cultivan un odio cerril a toda actividad y posición que denuncie la explotación ideológica por parte de los Aliados de los campos de la muerte, como, especialmente, contra la posición expresada en el folleto publicado por el Partido comunista internacional, Auschwitz o la gran excusa.

4 Se trata esencialmente de la Izquierda comunista que denunció esa guerra como guerra imperialista igual que la primera, defendiendo que frente a ella, la única actitud consecuente de los revolucionarios era el internacionalismo más intransigente, negándose a apoyar ni a uno ni al otro de los dos campos. No fue ésa la actitud del trotskismo, el cual, al apoyar el imperialismo ruso y el campo democrático, firmó su paso al campo de la burguesía. Esto explica porqué algunas sucursales del trotskismo (Ras l’front en Francia) especializadas en el antifascismo radical, cultivan un odio cerril a toda actividad y posición que denuncie la explotación ideológica por parte de los Aliados de los campos de la muerte, como, especialmente, contra la posición expresada en el folleto publicado por el Partido comunista internacional, Auschwitz o la gran excusa.

5 Léase nuestro artículo “Las matanzas y los crímenes de las grandes democracias” en la Revista internacional n° 66.

6 Leer nuestro artículo “Año 2000, termina el siglo más bárbaro de la historia” en la Revista internacional n° 101.

7 Léase el libro La France au Rwanda, l’inavouable (“Francia en Ruanda, lo inconfesable”) de Patrick de Saint-Exupéry en el que se detallan todos los elementos que demuestran cómo la Francia de Mitterrand armó, entrenó, apoyó y protegió a los torturadores de los tustsis, en defensa de sus intereses imperialistas en África.

8 Esos métodos expeditivos de organizar la producción forzosa habían sido inaugurados en parte durante el primer conflicto mundial, en otro ámbito, el de la disciplina en los ejércitos, cuando en Francia, las tropas eran llevadas al combate con una hilera de metralletas detrás manejadas por gendarmes cuyas órdenes eran disparar sobre quienes se negaran a avanzar hacia las líneas enemigas.

9 A Philippe Masson no se le puede sospechar desde luego de simpatías revolucionarias, pues fué el jefe de la sección histórica del Servicio histórico de la Marina francesa y enseñó en la Escuela superior de Guerra naval.

10 Desde finales de 1943, estallan huelgas obreras Alemania y tienden a incrementarse las deserciones en el ejército alemán. En Italia, a finales de 1942 y sobre todo en 1943, estallan huelgas en muchos lugares de los principales centros industriales del Norte.

11 Memorias, Tomo 12, mayo de 1945.

12 Leer nuestro artículo “50 años después: Hiroshima, Nagasaki o las mentiras de la burguesía” en la Revista internacional n° 83.

13 Una instrucción del general Keitel, del 12 de diciembre de 1941, conocida por el nombre de “Noche y Niebla”, explica: “un efecto de intimidación duradera solo podrá obtenerse mediante condenas a muerte o con medidas tales que dejen a la familia (del culpable) y a la población en la incertidumbre sobre la suerte del detenido”.

14 Aunque no se basaran en una política tan sistemática de eliminación, los malos tratos infligidos a la población alemana deportada (desde los países del Este), y a los prisioneros de guerra (encerrados en Estados Unidos y Canadá), al igual que el hambre que se apoderó de la Alemania ocupada se plasmaron en la muerte de 9 a 13 millones de personas entre 1945 y 1949. Para más informaciones, léase nuestro artículo “En 1948, el puente aéreo de Berlín oculta los crímenes del imperialismo aliado” en la Revista internacional n° 95.

15 Esa cooperación implicó también, en ciertas circunstancias, al ejército alemán, al cual le incumbió la tarea de aniquilar a la población de Varsovia que, tras una promesa de ayuda de los Aliados, se había levantado contra la ocupación alemana. Mientras los SS masacraban la población, las tropas de Stalin estaban estacionadas en la otra orilla del Vístula en espera de que los alemanes remataran la labor, a la vez que, claro está, la ayuda prometida por los ingleses no aparecía por ninguna parte.

16 “En 1948, una encuesta aliada revelará que, desde 1944, el mando había decidido cometer ‘una atrocidad a tal escala que aterrorizara a los alemanes y los llevara a cesar los combates’. El mismo argumento servirá seis meses más tarde en Hiroshima y Nagasaki. La encuesta concluyó que la acción era ‘política y no militar’ y no vacilará en calificar los bombardeos de Dresde y Hamburgo ‘de actos terroristas a gran escala’. Nunca se pedieron cuentas a ningún responsable político o militar” (de la página Web del 13 de febrero de 2004 de la Red Voltaire: El “terrorismo aéreo” sobre Dresde mató a 135 000 civiles).

17 Al autor de ese libro, David Irving, se le acusa de haber adoptado recientemente las tesis negacionistas. Aunque semejante evolución, si es real, pone en entredicho la objetividad de su libro La destrucción de Dresde (edición francesa de 1987), hay que decir que su método, que hasta ahora nunca ha sido criticado, no está en absoluto marcado por el negacionismo. El prefacio de esa edición escrito por el general de aviación, Sir Robert Saundby, que, desde luego, no debe tener nada de un furibundo pronazi ni de negacionista, dice entre otras cosas: “Este libro narra honradamente y sin pasión la historia de un caso especialmente trágico de la última guerra, la historia de la crueldad de hombre hacia el hombre. Hagamos votos para que los horrores de Dresde et de Tokio, de Hiroshima y de Hamburgo, puedan convencer a la raza humana entera de lo fútil, bestial e inútil que es la guerra moderna”. Además, hay en la edición inglesa de 1995 de ese libro (titulado Apocalypse 1945) que es una actualización, el pasaje siguiente: “¿hay un paralelismo entre Dresde y Auschwitz? A mi parecer el uno y el otro nos enseñan que el verdadero crimen de la guerra como de la paz no es el genocidio –que supone implícitamente que la posteridad acordará sus simpatías y condolencias a una raza particular– sino el “inocenticidio”. No fue porque sus víctimas eran judíos por lo que Auschwitz fue un crimen, sino porque eran inocentes (subrayado nuestro). Señalemos, en fin, para disipar eventuales dudas sobre el carácter excesivo del autor, que la edición francesa de 1963, que calcula las víctimas en torno a 135 000, cita los cálculos hechos por las autoridades norteamericanas, unas 200 000 victimas o más.

18 “Una primera oleada de bombarderos pasa sobre la ciudad el 13 de febrero por la noche, a eso de las 21 h 30. Suelta 460 000 bombas de fragmentación, que caen en espiral y explotan reventando las paredes, los pisos y los techos de las viviendas. (…) Una segunda oleada de bombarderos, a las tres de la madrugada, lanza durante 20 minutos 280 000 bombas incendiarias de fósforo y 11 000 bombas y minas. (…) Los incendios se propagan con tanta más facilidad que los edificios han sido previamente reventados. La tercera ola llaga el 14 de febrero a las 11 h 30. Durante 30 minutos, suelta a su vez bombas incendiarias y bombas explosivas. En total, en quince horas, cayeron sobre Dresde 7000 toneladas de bombas incendiarias que destruyeron más de la mitad de las viviendas y la cuarta parte de las zonas industriales. La mayor parte de la ciudad quedó hecha cenizas (…) Muchas víctimas desaparecen en humo bajo los efectos de una temperatura a menudo superior a los 1000 °C” (del artículo “14 de febrero de 1945: Dresde reducida a cenizas” consultable en el sitio Internet: http://www.herodote.net/histoire02141.htm).

A esos datos hay que añadir el “detalle” siguiente del que da cuenta el artículo “Los 13 y 14 de febrero, 7000 toneladas de bombas” en el diario francés le Monde del 13/02/2005 que da una explicación a la cantidad tan elevada de víctimas “La primera ola de bombardeos ocurrió a eso de las 22 h. Las sirenas habían sonado unos 20 minutos antes, de modo que los habitantes de Dresde tuvieron tiempo de meterse en los sótanos de las casas, pues los refugios eran insuficientes. La segunda ola llegó a la 1 h 16 de la noche. Al haber quedado destruidas en los primeros bombardeos, las sirenas de alarma ya no funcionaban. Para huir del calor espantoso producido por los incendios –hasta 1000 °C–, la población se esparció por los parques y las orillas del Elba. Y fue allí donde la alcanzaron las bombas.”

19 Si Nagasaki, ciudad no prevista en el programa, recibió la segunda bomba atómica, fue debido a la meteorología desfavorable en las ciudades seleccionadas. El bombardero con la bomba embarcada no podía volver a la base pues la carga nuclear estaba armada.

20 Almirante Leahy, jefe de Estado mayor de los presidentes Roosevelt y Truman: “Los japoneses ya estaban vencidos y dispuestos a rendirse. (...) El uso en Hiroshima y Nagasaki de esta arma bestial no nos ayudó a ganar la guerra. (...) Por ser el primer país en usar la bomba atómica, adoptamos la regla ética de los bárbaros” (Memorias escritas en 1995). General Eisenhower: “En aquel momento preciso [agosto de 1945], Japón estaba buscando un medio para capitular guardando un mínimo de apariencias. (...) No era necesario golpear con este horrible instrumento” (Memorias).

21 Leer el artículo “La corresponsabilidad de los Aliados en el Holocausto” de nuestro folleto Fascismo y democracia: dos expresiones de la dictadura del capital (en francés).

22 Ya se están preparando, por cierto, de la única manera coherente posible, publicando los archivos que muestran que la existencia de los campos era conocida. Así, “en enero de 2004, el departamento de archivos de reconocimiento aéreo de la universidad de Keele (Gran Bretaña) publicaba por primera vez fotos aéreas que mostraban el campo de Auschwitz-Birkenau en actividad. Tomadas por los aviones de la Royal Air Force en el verano de 1944, esas impresionantes fotografías en las que se ve el humo de los hornos a cielo abierto y la organización de los campos de exterminio, habrán esperado sesenta años antes de hacerse públicas” (le Monde 9/01/05 ; “Auschwitz: la prueba olvidada”). Se ha entablado un debate con falsas respuestas del estilo: “no era el campo de Auschwitz lo que los aviones querían fotografiar entonces, sino un enorme complejo petroquímico alemán. Por la urgencia, los agentes encargados de analizar las fotos no se habrían dado cuenta de que los campos de Auschwitz y de Birkenau, cercanos a la factoría de petróleo sintético, pertenecían al mismo conjunto” (Ibid.)

23 Francia, inquieta por la voluntad imperialista de su socio alemán, se ha opuesto al proyecto.

Crisis económica: Bajada a los infiernos

La última recesión de 2000-2001 ha puesto en muy mal lugar a todas las elucubraciones teóricas a propósito de la pretendida “tercera revolución industrial” basada en el microprocesador y las nuevas tecnologías de la información, del mismo modo el hundimiento de la bolsa ha reducido a la nada todas las divagaciones sobre el advenimiento de un “capitalismo patrimonial” que suplantaría el salariado por el accionariado participativo (¡)... enésima versión del gastado mito de un “capitalismo popular” donde cada obrero se transformaría en “pequeño propietario” por la posesión de algunas acciones de “su” empresa.

Desde entonces, Estados Unidos ha logrado contener la amplitud de la recesión mientras que Europa se enfanga en una coyuntura sombría. Se nos explica machaconamente que los resortes de la recuperación americana residirían en la gran importancia en EEUU de esa famosa “nueva economía” y en una mayor desregulación y flexibilidad del mercado de trabajo. Y, al contrario, el letargo de la recuperación europea se explicaría por el retraso crónico en esos dos campos en el viejo continente. Para remediarlo, la política de la Unión Europea se fijó como objetivo la llamada “estrategia de Lisboa” para instaurar, de aquí a 2010, “la economía del conocimiento más competitiva y más dinámica del mundo”. Así podemos leer en las “directivas para el empleo”, definidas por la Comisión Europea, y a las que hace referencia la nueva constitución, que los estados deben reformar “las condiciones demasiado restrictivas de la legislación en materia de empleo que afectan la dinámica del mercado de trabajo” y promover la “diversidad de modalidades en términos de contratos de trabajo, sobre todo en materia de tiempos de trabajo”. Rápidamente, la burguesía trata de pasar página y presentarnos la última recesión y el hundimiento de la bolsa como un contratiempo en el camino del crecimiento y de la competitividad. Y nos vuelve a prometer un porvenir mejor... mediante algunos sacrificios suplementarios que los trabajadores deberán consentir para disfrutar del paraíso en la tierra. Más allá de las prescripciones para tratar de aumentar la austeridad, la realidad está muy alejada de esos discursos como lo demuestra este artículo apoyándose en las estadísticas oficiales de la burguesía analizadas en un marco marxista. La última parte de este artículo está dedicada a la refutación del método de análisis de la crisis desarrollado por otra organización revolucionaria, Battaglia Communista.

La crisis de un sistema

La última recesión no ha sido ni mucho menos algo accidental. Es la sexta que ha sufrido la economía capitalista desde finales de los años sesenta (gráfico nº1).

Las recesiones de 1967, 1970-1971, 1974-1975, 1980-1982, 1991-1993 y 2001-02 tuvieron una tendencia a ser cada vez más largas y profundas y esto en un contexto de declive constante de la tasa de crecimiento medio de la economía mundial, década tras década. No son simples contratiempos en el camino del desarrollo de “la economía más competitiva y dinámica del mundo” sino que representan otras tantas etapas del lento pero inexorable descenso a los infiernos que llevan al modo de producción capitalista a la quiebra. En efecto, a pesar de todos los discursos triunfantes sobre la “nueva economía”, la liberación de los mercados, la ampliación de Europa, la revolución tecnológica, la mundialización, así como los infundios mediáticos recurrentes a propósito de las hazañas de los pretendidos países emergentes, de la apertura de los mercados de los países del Este, del desarrollo del sudeste asiático y de China... la tasa de crecimiento del Producto interior bruto mundial por habitante no ha hecho más que decrecer década tras década [1].

Ciertamente, al mirar algunos indicadores como el paro, la tasa de crecimiento, la cuota de ganancia o el comercio internacional, la crisis actual está lejos del hundimiento conocido por la economía capitalista mundial en los años 1930, y su ritmo es mucho más lento. Desde entonces, y particularmente después de la Segunda Guerra Mundial, las economías de todos los países pasaron progresivamente bajo un control directo e indirecto muy importante y muy omnipresente de los estados. A esto se unió la instauración de un control económico en cada bloque imperialista (mediante la puesta en marcha de organismos como el FMI por el bloque occidental y el COMECON por el bloque del Este) [2]. Con la desaparición de los bloques, dichas instituciones internacionales desaparecieron o perdieron su influencia en el plano político sin por ello dejar, para algunas de ellas, de desempeñar cierto papel en el plano económico. Esta “organización” de la producción capitalista ha permitido durante las últimas décadas dominar mucho mejor que durante los años treinta las contradicciones del sistema, y ello explica la actual lentitud de la crisis. Pero paliar los efectos de las contradicciones no quiere decir resolverlas.

Recuperaciones cada vez menos vigorosas

La evolución económica actual no es un yoyó donde los ciclos de bajada y alza serían indispensables para su desarrollo sino que está inscrita en una tendencia global al declive, ciertamente lenta y progresiva a causa de la intervención reguladora del Estado y de las instituciones internacionales, pero no menos irreversible.

Ése es el caso de la recuperación estadounidense tan alabada y mostrada como ejemplo: Estados Unidos ha tratado de limitar la amplitud de su recesión, pero al precio de nuevos desequilibrios que no harán más que profundizar la próxima recesión y cuyos efectos serán todavía más dramáticos para la clase obrera y todos los explotados de la Tierra. No ir más allá de constatar la existencia de recuperaciones económicas después de cada recesión sería puro empirismo que no nos haría avanzar ni una pulgada para comprender por qué la tasa de crecimiento de la economía mundial no ha hecho más que bajar desde finales de los años 60. La evolución de la situación económica después de esta época, que refleja las contradicciones fundamentales del capitalismo, consiste en una sucesión de recesiones y de recuperaciones, siendo estas últimas cada vez más frágiles en sus fundamentos. En efecto, sobre la recuperación que se está desarrollando en Estados Unidos después de la recesión de los años 2000-2001, comprobamos que está esencialmente basada en tres factores de lo más aleatorio: 1) el crecimiento rápido e importante del déficit presupuestario; 2) una recuperación del consumo que se apoya en un endeudamiento creciente, la anulación del ahorro nacional y la financiación exterior; 3) una espectacular bajada de los tipos de interés que anuncia una inestabilidad creciente de los mercados financieros internacionales.

1) Una profundización récord del déficit presupuestario

Desde finales de los años 60, se ha comprobado claramente (gráfico nº 2) que las recesiones de 1967, 1970, 1974-75 y 1980-82 son cada vez más profundas (línea discontinua: tasa de crecimiento del PIB de EEUU), mientras que las de 1991 y 2001aparecen con menor amplitud y separadas por fases más largas de recuperación (1983-1990 y 1992-1999).¿Tendríamos los primeros efectos del advenimiento de esta nueva economía que algunos se deleitan en señalar? ¿Asistiríamos a un cambio de tendencia que ha comenzado en la economía más avanzada del mundo y que debería generalizarse a todos los países copiando las recetas americanas? Es esto lo que tenemos que examinar.

Constatar la existencia de recuperaciones, aunque de menor amplitud, nos hace avanzar poco, si no examinamos los resortes subyacentes. Para hacerlo tenemos que comparar la evolución del déficit público del Estado norteamericano (línea plena en el gráfico 2) con la del crecimiento y constatar igualmente que no solamente cada fase de recuperación está precedida por un déficit público importante, sino que éste último tiene cada vez mayor amplitud y duración. Desde entonces, tanto las fases más largas de recuperación a lo largo de los años 1980 y 1990 como la atenuación relativa de las recesiones se explican ante todo por la amplitud del déficit público y su mantenimiento a un alto nivel. La recuperación después de la recesión de 2000-2001 no se sale de esta regla. Sin un déficit público de la amplitud y la rapidez del aumento que ha alcanzado récords históricos, el “crecimiento” americano rozaría la deflación. La bajada de impuestos (esencialmente para las rentas altas), combinada con los gastos militares, ha ocasionado al presupuesto un déficit que alcanza el 3,5 %, y eso que había obtenido un excedente de 2,4 % en 2000. Además, las prioridades definidas para 2005, contrariamente a las promesas de la campaña presidencial, se deberían traducir en una agravación de ese déficit, teniendo en cuenta el aumento en los gastos en armamento y en seguridad y las sustanciales bajadas de impuestos para los más ricos [3]. Algunas medidas para contener este déficit se traducirán en todavía más austeridad para los explotados ya que está previsto bajar los gastos destinados a los más pobres [4].

Por todo esto tenemos que acabar con el mito de un cambio de tendencia que habría comenzado en Estados Unidos. Las tasas de crecimiento por década, después de la caída que comenzó a finales de los años 1960, se mantuvieron estables alrededor del 3%, es decir a un nivel inferior a las de las décadas precedentes. Y no serán las dos centésimas de porcentaje (¡) de más del período 1990-1999 comparado con 1980-1989 lo que podría dar validez a un cambio de tendencia (gráfico 3).


Vemos entonces claramente que la idea del comienzo de una nueva fase de crecimiento inaugurado por los Estados Unidos no es más que un mito de la propaganda de la burguesía. Ese mito queda ya desmentido por los resultados obtenidos por Europa, y eso que en los años 1980 ésta había alcanzado a la primera economía del mundo [5]. La mejoría de la economía de EEUU no viene, por consiguiente, de su mayor eficacia en la llamada “nueva economía”, sino que es el resultado de un muy clásico endeudamiento colosal de todos los actores económicos que, por añadidura, son financiados esencialmente por los capitales procedentes del resto del mundo. El crecimiento del déficit público y de otros parámetros es la base de la recuperación de la economía americana que vamos ahora a analizar.

2) Una recuperación del consumo por el endeudamiento

Una de las razones de la diferencia de crecimiento más elevado en Estados Unidos reside en el apoyo al consumo de las familias favorecido por las medidas siguientes:

–  la espectacular bajada de impuestos que ha permitido mantener el consumo de los ricos, al costa de una degradación suplementaria del presupuesto federal;

–  el descenso del tipo de interés que ha pasado del 6,5% de principios de 2001 al 1% en 2004 y de la tasa de ahorro (gráfico 4), que ha tenido como efecto propulsar el endeudamiento de las familias a niveles sin precedentes (gráfico 5) y originar el comienzo de la burbuja especulativa en el mercado inmobiliario (gráfico 6).

Tal dinamismo en el consumo de las familias origina tres problemas: un endeudamiento creciente de éstas con la amenaza de un crac inmobiliario; un déficit comercial creciente frente al resto del mundo: 5,7 % del PIB de USA en 2004 (o sea más de 1 % del PIB mundial) contra 4,8% en 2003, y un reparto de la renta cada vez más desigual [6].

Como lo muestra el gráfico 4, las familias ahorraban el 8 ó 9 % de su renta, impuestos deducidos, a principios de los años 1980. Después, esa tasa empezó una caída regular hasta alrededor del 2 %. Ese consumo está en la base del déficit exterior creciente de Estados Unidos. Este país importa cada vez más bienes y servicios del resto del mundo en relación con lo que vende al extranjero. Proseguir con esta frenética trayectoria, en la que es el resto del mundo el que da cada vez más créditos a Estados Unidos, es posible porque los extranjeros que reciben los dólares gracias al exceso de importaciones de EE.UU. en relación con sus exportaciones, los invierten en los mercados financieros norteamericanos en lugar de exigir su conversión en otras divisas. Este mecanismo ha hinchado la deuda bruta de Estados Unidos frente al resto del mundo pasando de 20 % de su PIB en 1980 a 90 % en 2003, batiendo así un récord establecido hace ciento diez años [7] Una deuda así frente al resto del mundo debilita las ganancias del capital americano, pues éste debe financiar los intereses de aquélla. La única cuestión es saber cuánto tiempo podrá soportarlo la economía norteamericana.

Además, ese endeudamiento de las familias de EEUU se inscribe en una tendencia al incremento del endeudamiento total de la economía norteamericana que toma proporciones gigantescas ya que se eleva a más del 300 % del PIB en 2002 (gráfico 7), en realidad 360 % si se añade la deuda federal bruta. Esto significa concretamente que para devolver esta deuda habría que trabajar más de tres años gratuitamente. Esto concreta muy bien lo que dijimos anteriormente, es decir que argumentar diciendo que las recesiones son menos profundas y las fases de recuperación más largas desde comienzos de los años 1980, para así probar que habría una nueva tendencia al crecimiento basado en una “tercera revolución industrial”, no tiene ningún sentido porque tales afirmaciones no se basan en un crecimiento “sano”, sino cada vez más artificial.

3) Una disminución de los tipos de interés permite una devaluación competitiva del dólar

En fin, el tercer factor de la recuperación americana reside en la bajada progresiva de los tipos de interés del 6,5 % a comienzos de 2001 al 1 % a mediados de 2004, permitiendo así sostener el mercado interior y llevar una política de deflación competitiva del dólar en el mercado internacional.

Estos bajos tipos de interés han estimulado el endeudamiento (sobre todo el crédito hipotecario que está muy barato) y permiten que el consumo y el mercado de la vivienda mantengan la actividad económica y los gastos a pesar del retroceso del empleo durante la recesión. Así, la parte del consumo de las familias norteamericanas en el Producto interior bruto que oscilaba alrededor del 62 % entre los años 1950 y 1980, aumentó regularmente desde entonces hasta superar el 70 % a comienzos del siglo xxi.

Por otra parte, la respuesta al déficit comercial de EEUU es la considerable bajada del dólar (40 % más o menos) en relación con las divisas no alineadas con la moneda dominante, principalmente el Euro (y en parte el Yen). Así el crecimiento de la economía de EEUU se realiza sobre los hombros del resto del mundo y a crédito porque es financiado por las entradas de capitales procedentes del extranjero, permitido todo ello por la posición hegemónica de Estados Unidos. En efecto, cualquier otro país que se encontrase en la misma situación, estaría obligado a tener unos tipos de interés suficientemente elevados para atraer capitales.

La dinámica económica después de finales de los años 60

Hemos visto que la recuperación después de la recesión de 2001 es todavía más frágil que todas las precedentes. Se inserta en efecto en una sucesión de recesiones que cristalizan la tendencia al declive constante de las tasas de crecimiento, década tras década, desde finales de los años 1960. Para comprender esta tendencia al declive de las tasas de crecimiento, y en particular su carácter irreversible, tenemos que volver sobre los factores que la explican.

Con el agotamiento de la dinámica impulsada al finalizar la Segunda Guerra mundial, cuando las economías europeas y japonesa reconstruidas inundan el mundo con productos sobrantes (en relación con los mercados solventes), se produce un freno en el crecimiento de la productividad del trabajo desde mediados de los años 1960 para Estados Unidos y al comienzo de los años 1970 para Europa (gráfico 8).

Como los incrementos de productividad son el principal factor endógeno que permite contrarrestar la tendencia decreciente de la cuota o tasa de ganancia, el cese de esos incrementos presionan a la baja sobre la cuota de ganancia y también sobre las demás variables fundamentales de la economía capitalista que son sobre todo la tasa de acumulación [8] y el crecimiento económico [9]. El gráfico 9 nos muestra claramente esta caída de la cuota de ganancia desde mediados de los años 60 para Estados Unidos y a comienzos de los años 1970 en Europa hasta 1981-82.

Como ilustra claramente ese gráfico, la baja de la cuota de ganancia se invirtió a comienzos de los años 1980 para orientarse después resueltamente al alza. La cuestión fundamental entonces es determinar la causa de este cambio de tendencia, porque la cuota de ganancia es una variable sintética que está determinada por numerosos parámetros que se pueden resumir en los tres siguientes: la tasa de plusvalía, la composición orgánica de capital y la productividad del trabajo <!--[if [10]. Resumiendo y yendo a lo esencial, el capitalismo puede escapar a la tendencia decreciente de su cuota de ganancia ya sea “por arriba”, por la vía de un crecimiento de la productividad del trabajo, ya sea “por abajo”, por la vía de la austeridad ejercida sobre los asalariados. Y se observa claramente, gracias a los datos presentados en este artículo, que la subida de la cuota de ganancia no se debe a nuevos incrementos de la productividad que engendren una baja en la extensión de la composición orgánica del capital debido a una “tercera revolución industrial basada en el microprocesador” (la famosa nueva economía), sino que se debe a la austeridad salarial (directa o indirecta) y al incremento del desempleo (gráficos 10, 11 y 12).

A partir de ahí, lo que es fundamental percibir en la situación actual es que a pesar de una rentabilidad recuperada desde hace un cuarto de siglo en las empresas (gráfico 9), ni la acumulación (gráfico 12), ni la productividad (gráfico 8), ni el crecimiento (gráfico 1) han respondido: todas estas variables fundamentales han quedado debilitadas. Por lo tanto, normalmente, en los períodos históricos durante los cuales la cuota de ganancia aumenta, la tasa de acumulación y también la productividad y el crecimiento igualmente tiran al alza. Hay que plantearse, pues, la pregunta fundamental siguiente: ¿por qué, a pesar de una cuota de ganancia restaurada y orientada al alza, la acumulación de capital y el crecimiento económico no la siguen?

Esta respuesta fue dada por Marx en todos sus trabajos de crítica de la economía política y más particularmente en El Capital cuando anunció su tesis central postulando la independencia entre la producción y el mercado: “En efecto, el mercado y la producción son dos factores independientes, la extensión de uno no corresponde forzosamente al incremento del otro” (Marx, Economía II) [11]; “Las condiciones de explotación inmediata y las de su realización no son idénticas. No se diferencian solamente por el tiempo y el lugar, teóricamente tampoco están unidas” (Marx, El Capital, libro IIIº, tomo 1) [12]. Esto significa que la producción no crea su propio mercado (al contrario, una saturación del mercado tendrá necesariamente un impacto en la producción que entonces será limitada voluntariamente por los capitalistas para tratar de evitar la ruina total). En otras palabras, la razón fundamental por la que el capitalismo se encuentra en una situación en la que la rentabilidad de sus empresas ha sido restablecida pero sin que la productividad, la inversión, la tasa de acumulación e incluso el crecimiento le sigan, hay que buscarla en la insuficiencia de los mercados solventes.

Es también esa insuficiencia de los mercados solventes lo que está en la base de la llamada tendencia a la “financiarización de la economía”. En efecto, si las ganancias abundantes ya no son reinvertidas, no es por una falta de rentabilidad del capital invertido (según la lógica de quienes explican la crisis por el único mecanismo de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia) sino por una falta de mercados suficientes. Esto se encuentra bien ilustrado por el gráfico 12 que muestra que a pesar del aumento de ganancias (la tasa de margen mide la relación entre ganancia y valor añadido) consecutivo al aumento de la austeridad, la tasa de inversión continúa declinando (y también correlativamente el crecimiento económico) explicando además el aumento de la tasa de desempleo y de ganancia no reinvertida que es entonces distribuida en rentas financieras [13]. En Estados Unidos, las rentas financieras (intereses y dividendos, sin tener en cuenta las ganancias del capital) representaban, una media del 10 % de la renta total de las familias entre 1952 y 1979 pero aumentaron progresivamente entre 1980 y 2003 para llegar al 17 %.

El capitalismo no puede controlar los efectos de sus contradicciones que lo empujan al día de su desenlace. No las puede resolver, y las hace más explosivas. La crisis actual, pone en evidencia, día tras día, la impotencia de la organización y de las políticas económicas puestas en marcha desde los años 1930 y de la Segunda Guerra mundial, que anuncia una mucho mayor gravedad del nivel a que han llegado las contradicciones del sistema que en todas las crisis anteriores.

Otro análisis de la crisis, el de Battaglia Communista

Hemos visto, hasta aquí, que los discursos y las explicaciones de la burguesía no sólo no valen un céntimo sino que no son sino puras mistificaciones para enmascarar el fracaso histórico de su sistema. Desgraciadamente, ciertos grupos políticos revolucionarios asumen –vo­lun­tariamente o no– esas concepciones; unas veces las oficiales y en otros casos las de los izquierdistas o las de los altermundialistas. Nos limitaremos aquí a tratar los análisis producidos por Battaglia communista (BC) [14].

De entrada queremos advertir que todo lo que hemos venido exponiendo en este artículo desmiente el fundamento del “análisis” de la crisis presentado por esa organización, en lo que se refiere tanto a la idea de una “tercera revolución industrial”, idea que incluso parece retomada de los manuales de propaganda de la burguesía, como a sus análisis acerca de la “financiarización parasitaria” del capitalismo y de la “recomposición de la clase obrera” –sacados de los opúsculos izquierdistas y altermundialistas [15]. En efecto, Battaglia communista cree firmemente que el capitalismo está en plena tercera revolución industrial marcada por el microprocesador” y que se encuentra en una “reestructuración de su aparato productivo” y en una “consiguiente disolución de su precedente composición de la clase [obrera] lo que le permitiría “una amplia capacidad de resistencia a la crisis del ciclo de acumulación[16]. Todas esas zarandajas nos obligan a hacer ciertas acotaciones:

1) De entrada, si el capitalismo estuviese realmente en plena “revolución industrial”, como pretende Battaglia communista, deberíamos al menos – y eso por definición- presenciar un rebrote de la productividad del trabajo. Y eso es, desde luego, lo que BC se imagina, puesto que afirma, sin cortarse en ­absoluto y sin verificación empírica, que “la profunda reestructuración del aparato productivo ha traído consigo un ­aumento vertiginoso de la productividad”, análisis en el que se reafirma en el úl­ti­mo número de su revista teórica diciendo: “… una revolución industrial, procesos de producción que siempre tienen como consecuencia el aumento de la productividad del trabajo…” [17]. Ahora bien, nosotros hemos mostrado que la realidad en materia de productividad es inversa al farol que se tira la propaganda burguesa y que recoge Battaglia communista. Esta organización parece no haberse dado cuenta de que hace más de treinta y cinco años que el crecimiento de la productividad del trabajo baja en picado, estancándose incluso; a pesar de que hayamos visto fluctuaciones de bajo nivel durante los años 1980 (gráfico 8) [18].

2) Hemos visto también que, para esta organización “la tercera revolución basada en el microprocesador” es tan potente que ha “generado vertiginosos incrementos de las ganancias por productividad” permitiendo así “disminuir el incremento de la composición orgánica del capital”. Pues bien, cualquiera que examine, aunque sea por encima, la realidad de la dinámica de las cuotas de ganancia constatará que la recesión de los años 2000-2001 en Estados Unidos estuvo precedida –desde 1997– por un giro coyuntural a la baja (gráfico 9) [19], especialmente porque esta “nueva economía” se tradujo en una fuerte sobrecarga de capitales; es decir, en un incremento de la composición orgánica y no en una disminución como afirma Battaglia [20]. Sin duda, las nuevas tecnologías han permitido ciertos incrementos en la productividad [21] pero no han sido suficientes para compensar el coste de las inversiones, ni han supuesto una baja apreciable de su precio relativo; lo que ha pesado finalmente en la composición orgánica del capital y –desde 1997– ha invertido a la baja la cuota de ganancia en los Estados Unidos. Este punto es importante puesto que en él se pone fin a las ilusiones acerca de la capacidad del capitalismo para librarse de sus leyes fundamentales. Las nuevas tecnologías no son el instrumento mágico que permitirá acumular capital gratuitamente.

3) Además, si la productividad del trabajo conociese realmente un “incremento vertiginoso” entonces (para quien sabe leer a Marx) la cuota de ganancia se orientaría al alza. Eso viene a ser lo que Battaglia communista nos sugiere, evitando no obstante decirlo explícitamente, cuando afirma que “… a diferencia de las revoluciones industriales que la han precedido (…) la basada en el microprocesador (…) ha reducido también el coste de las innovaciones, en realidad el coste del capital constante, con lo que disminuye a la vez el incremento de la composición orgánica del capital” [22]. Como se puede constatar, BC en su argumentación no deduce como resultado un aumento de la cuota de ganancia. Ha ol­vi­­da­do que “si la productividad se incrementa más rápidamente que la composición del capital entonces la cuota de ganancia no baja; al contrario, va a aumentar”; como escribió su organización hermana, la CWO, hace ya cierto tiempo (Revolutionary Perspectives nº 16, antigua serie, “Guerras y acumulación”). Battaglia Communista prefiere púdicamente hablar de “disminución del incremento de la composición orgánica” consecutivo “al crecimiento vertiginoso de la productividad que sigue a la revolución industrial basada en el microprocesador” antes que de crecimiento de la cuota de ganancia. ¿Por qué hace tales contorsiones con el lenguaje? ¿Por qué enmascara ciertas realidades económicas a los ojos de sus lectores? Simplemente, porque reconocer tal implicación a partir de su particular observación –sea ésta acertada o equivocada– de la evolución de la productividad del trabajo, pondría en un aprieto su sempiterno dogma de que el único origen de la crisis es la tendencia decreciente de la cuota de ganancia. En efecto, esta organización no desaprovecha jamás una ocasión para reafirmar su inoxidable credo en el que se mantiene que la cuota de ganancia ¡se orienta siempre a la baja! Hasta tal punto está preocupada por “comprender el mundo”, al margen de los esquemas pretendidamente abstractos de la CCI, que Battaglia communista parece no haberse dado cuenta de que, desde hace más de un cuarto de siglo, ¡la cuota de ganancia está resueltamente orientada al alza! y no a la baja (gráfico nº 9), como BC sigue afirmando. Esta ceguera, de unos 28 años, tiene una única explicación: que no se puede continuar hablándole al proletariado de crisis del capitalismo sin cuestionar el dogma de que sólo la tendencia decreciente de la cuota de ganancia explicaría las crisis, cuando en realidad dicha cuata está en alza desde principios de los años 1980.

4) El que el capitalismo sobreviva no quiere decir que vaya adelante, por medio de una “revolución industrial” o con “nuevos prodigiosos superávits de productividad”, como pretende Battaglia communista; sino que va hacia atrás, a base de reducciones drásticas de la masa salarial, de empujar al mundo a la miseria y a la vez limitando, con esas medidas, buena parte de sus propios mercados. Cualquiera que analice atentamente los resortes que empujan al alza las cuotas de ganancia, desde hace más de un cuarto de siglo, constatará que ese empuje no se debe tanto “al crecimiento vertiginoso de las ganancias por la productividad” ni a “la disminución del incremento de la composición orgánica”, sino a un ataque sin precedentes a la capacidad adquisitiva de la clase obrera, a una austeridad desbocada, como podemos ver en las gráficos 10 y 12.

La configuración actual del capitalismo es pues un desmentido formal a todos aquellos que hacen del mecanismo de la “tendencia decreciente de la cuota de ganancia” la explicación única de la crisis económica. ¿Cómo se va a entender la crisis cuando hace más de veinticinco años que la cuota de ganancia está orientada al alza? Si la crisis perdura todavía, pese a la recuperación de la rentabilidad por las empresas, es porque éstas han dejado de ampliar su producción como lo hacían antes, a causa de la restricción y, por lo tanto, la insuficiencia de mercados solventes. Lo cual se puede apreciar en las anémicas inversiones y en el débil crecimiento. Esto, Battaglia communista es incapaz de entenderlo pues este grupo no sólo no ha asimilado nunca la tesis fundamental de Marx de la independencia entre la producción y el mercado (ver lo dicho antes), sino que además la ha cambiado por una idea absurda de que es únicamente la simple dinámica –al alza o a la baja– de la cuota de ganancia lo que determina el desarrollo o la contracción de los mercados [23].

Tras tantos patinazos, que revelan una incomprensión de nociones más que elementales del marxismo, no nos queda más remedio que reiterarle a Battaglia communista nuestro mejor consejo: empápense de pe a pa de los conceptos económicos marxistas antes de jugar a profesores y excomulgadores contra la CCI. Propia de una virgen asustada, la reciente decisión de esta organización de no respondernos, se toma en el momento oportuno parapetando tras ella su evidente incapacidad para hacer una crítica política de nuestra argumentación [24].

Battaglia insiste en que, para contrariar los “esquemas abstractos” de la CCI que se situarían “fuera del materialismo histórico”, ha “… estudiado la gestión de la crisis en Occidente, tanto en sus aspectos financieros como en el aspecto de la reestructuración engendrada por la ola de la revolución del microprocesador[25]. No obstante, nosotros hemos visto que “el estudio” de Battaglia no es sino una descolorida copia de las teorías izquierdistas y altermundialistas sobre el “parasitismo de la renta financiera[26]. Copia que es además totalmente incoherente y contradictoria, consecuencia lógica del deficiente dominio de los conceptos económicos marxistas que pretende manipular. Conceptos que, o bien no los entiende o los transforma a su antojo. Es el caso de la tesis de Marx sobre la independencia entre la producción y el mercado la cual, por el arte de birlibirloque de la dialéctica battagliana, se transforma en ley de la estricta dependencia entre “…el ciclo económico y el proceso de valorización que vuelve “solvente” o “insolvente” el mercado” (op. citada). De las contribuciones críticas que pretenden restablecer la visión marxista, frente a las pretendidas visiones idealistas de la CCI, se espera algo mejor que una colección de necedades.

Conclusión

Sobre las principales cuestiones del análisis económico, Battaglia communista cae sistemáticamente en la trampa de la simple apariencia de los hechos en sí mismos, en lugar de buscar y comprender su esencia partiendo del método marxista de análisis. Hemos podido constatar que Battaglia communista da por ciertos los discursos de la burguesía sobre la existencia de una tercera revolución industrial basándose simplemente en la apariencia empírica de algunas novedades tecnológicas en el sector de la microelectrónica y de la información, por muy espectaculares que sean [27]. y que deduce de ellos, de manera puramente especulativa, unas “ganancias vertiginosas por productividad” y una “reducción del coste del capital constante, reduciéndose así el incremento de la composición orgánica”. Por el contrario un riguroso análisis marxista de los fundamentos que rigen la dinámica de la economía capitalista (el mercado, las cuotas de ganancia, las tasas de plusvalía, la composición orgánica del capital, la productividad del trabajo, etc.) nos ha permitido entender no solamente que detrás de todos esos discursos no hay nada y que son, en esencia, una exageración mediática, sino que además la realidad va totalmente a la inversa del discurso que sostiene la burguesía y que como un eco lo repite Battaglia communista.

Comprender la crisis no es un ejercicio académico sino esencialmente militante. Como nos enseña Engels “la tarea de la ciencia económica (…) es, sobre todo, exponer con claridad las anomalías sociales que tienen lugar ante nuestros ojos, como consecuencias necesarias del modo de producción existente; pero también y a la vez, como señales de su eminente disolución y, en descubrir, en el seno de esa forma de movimiento económico que se disgrega, los elementos de la futura, de la nueva organización de la producción y del intercambio que eliminará dichos males”. Eso puede hacerse con tanta más claridad solamente cuando, el modo de producción en cuestión ha recorrido ya un buen trozo de su rama descendente, cuando se está medio sobreviviendo a sí mismo, cuando han desaparecido en gran parte las condiciones de su existencia y su sucesor está ya llamando a la puerta...” [28]. Tal es el sentido y el alcance del trabajo de los revolucionarios en el campo del análisis económico. Éste permite deducir no sólo el contexto en que se produce la evolución de la relación de fuerzas entre las clases, sino además algunas de sus grandes resoluciones, ya que desde que el capitalismo entra en su fase de decadencia, están puestas las bases materiales y las (potencialmente) subjetivas para que el proletariado encuentre las circunstancias y las razones para acometer la insurrección. Eso es lo que la CCI se esfuerza en mostrar a través de todos sus análisis, mientras que Battaglia communista, al haber abandonado el concepto de decadencia [29] y aferrarse a una visión academicista y monocausal de la crisis, comienza a olvidarse de hacerlo. Su “ciencia económica” no le sirve a BC para mostrar las “anomalías sociales” ni las “señales de la inminente disolución” del capitalismo, como nos exhortaban a hacerlo los fundadores del marxismo, sino para arropar la prosa izquierdista y altermundialista acerca de las “capacidades de supervivencia del capitalismo”, con el manto de la “financiarización del sistema”, de la “recomposición del proletariado”, del gastado tópico de las “transformaciones fundamentales del capitalismo”, seguida de la pretendida “tercera revolución industrial basada en el microprocesador” y las nuevas tecnologías, etc.

Hoy, Battaglia communista está completamente desorientada y no sabe muy bien qué defender ante la clase obrera: ¿El modo de producción capitalista está, sí o no, en decadencia [30]? ¿Es el modo de producción o la formación social capitalista lo que está en decadencia ([31])? ¿Está el capitalismo “en crisis desde hace casi más de treinta años[32]? O por el contrario ¿Está en una “tercera revolución industrial caracterizada por el microprocesador” generadora de “un aumento vertiginoso de la productivi­dad[33]? ¿Está la cuota de ganancia orientada al alza, como lo atestiguan todos los datos estadísticos? O, como repite BC, ¿sigue como siempre a la baja –baja que habría llegado a un punto tal que el capitalismo deberá multiplicar las guerras por el mundo para evitar su quiebra [34]?. ¿Se encuentra el capitalismo en un callejón sin salida? O más bien, ¿dispone de una “amplia capacidad de resistencia” por la vía de una “tercera revolución industrial[35], de una “solución” a su crisis por el camino de la guerra? “La solución guerrera se muestra como el principal medio para resolver los problemas de valorización del capital” contesta el BIPR a esta pregunta en su plataforma. Estas son unas de las preguntas fundamentales para orientarse en la situación presente y sobre las que BCplanea y a las cuales es incapaz de aportar una respuesta clara al proletariado.

C.C. <!--[if !supportFootnotes]-->

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[1] No tenemos sitio aquí para tratar el caso de China y de India con los que tanta tabarra nos dan. Los trataremos en el próximo número de esta Revista.

[2] Instituciones existentes al nivel de bloque, esos organismos eran ante todo la expresión de una relación de fuerzas basada en la potencia económica pero sobre todo militar a favor de los países que encabezaban esos bloques, o sea Estados Unidos y la URSS.

[3] 70% de las reducciones fiscales favorecen a las rentas más elevadas (20%).

[4] Van a reducir los bonos alimenticios distribuidos a las familias de ingresos bajos, privando a 300,000 persona de esa ayuda: el presupuesto de ayuda social para los niños se ha bloqueado por cinco años y han reducido el presupuesto de cobertura médica para los más desfavorecidos.

[5] En 1950, el conjunto de las economías de Alemania, de Francia y de Japón representaba el 45% de la de EEUU. En los años 70 alcanzaban el 80% para bajar al 70% en el año 2000.

[6] En vísperas de la Segunda Guerra mundial, el 1 % más pudiente de las familias de EE.UU. recibía en torno al 26 % de la renta total del país. En unos cuantos años, al final de las hostilidades, ese porcentaje bajó a 8 % en el que se mantuvo hasta principios de los 80 y entonces subió para volver a estar en los niveles de aquella época (Piketty T, Saez E., 2003, “Income Inequality in the United States, 1913-1998”, The Quaterly Journal of Economics, vol. CXVIII, nº 1, pp. 139).

[7] La deuda neta, que tiene en cuenta las rentas obtenidas de los activos de EE.UU. en el resto del mundo, lo ilustra muy bien, pues de haber sido negativa hasta 1985 (o sea que las rentas de los activos de EE.UU. en el resto del mundo eran superiores a las rentas obtenidas por los activos extranjeros en EE.UU.) se ha vuelto positiva, alcanzando el 40 % del PIB en 2003 (o sea que las rentas obtenidas por los activos extranjeros en EE.UU. se han vuelto muy superiores a los activos estadounidenses en el extranjero).

[8] La tasa de acumulación del capital es la inversión de capital fijo comparado con las reservas de éste.

[9] Ver también nuestro artículo “La crisis económica certifica la quiebra de las relaciones de producción capitalista” en la Revista internacional nº 115.

[10] Esos tres parámetros pueden descomponerse y están determinados por la evolución de la duración del trabajo, del salario real, del grado de mecanización de la producción, del valor de los medios de producción y de consumo y de la productividad del capital.

[11] Marx, Theories of Surplus Value, Section 13, http://www.marxists.org/archive/marx/works/1863/theories-surplus-value/ch17.htm

[12] Marx, Capital, Vol. 3, Ch. 15 ‘Exposition of the Internal Contradictions of the Law’, Section 1: General, http://www.marxists.org/archive/marx/works/1894-c3/ch15.htm

[13] Así pues, la realidad se ha encargado de desmentir mil veces el teorema –repetido hoy, a pesar de todo, hasta la náusea – del canciller socialdemócrata alemán Helmut Schmidt: “Las ganancias de hoy son las inversiones de mañana y los empleos de pasado mañana”. Ganancias sí hay, pero de inversiones y empleos nada…

[14] En otra ocasión –en el marco de nuestros artículos de seguimiento de la crisis–, trataremos de otros análisis que tienen lugar en el pequeño medio academicista y parásito. También lo haremos en nuestra serie sobre “La teoría de la decadencia en el centro del materialismo histórico”.

[15]Los ganancias sacadas de la especulación son de tal importancia que no sólo son atractivas para las empresas clásicas sino también para muchas otras, entre ellas, las aseguradoras o los fondos de pensiones, de los cuales Enron es un formidable ejemplo (…) La especulación representa para la burguesía el medio complementario, por no decir el principal, de apropiarse la plusvalía (…) Una regla se impone, fijar en el 15 % el objetivo mínimo de rentabilidad para los capitales invertidos en las empresas (…) La acumulación de los ganancias financieras y especulativas alimenta un proceso de eliminación de industrias que acarrea paro y miseria en todo el planeta” (BIPR en Bilan et Perspectives nº 4, p.6-7).

[16] “La larga resistencia que el capital occidental ha opuesto a la crisis del ciclo de acumulación (o a la actualización de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia) le ha evitado hasta ahora el hundimiento en picado que sí ha castigado al capitalismo de Estado del imperio soviético. Cuatro factores fundamentales han hecho posible tal resistencia: (1) la sofisticación de los controles financieros a nivel internacional; (2) una reestructuración profunda del aparato productivo que ha hecho posible un aumento vertiginoso de la productividad (…); (3) la consecuente disolución de su precedente composición de clase, con la desaparición de tareas y de roles ya caducos y la aparición de nuevas tareas, de nuevas funciones y de nuevas figuras proletarias (…) La reestructuración del aparato productivo ha llegado al mismo tiempo que lo que nosotros podemos definir como la tercera revolución industrial vivida por el capitalismo. (…) La tercera revolución industrial está marcada por el microprocesador…” (Prometeo nº 8, deciembre 2003: “Proyecto de tesis del BIPR sobre la clase obrera en el periodo actual y sus perspectivas”).

[17] Prometeo nº 10, diciembre 2004: “Decadencia, descomposición, productos de la confusión”.

[18] La progresión algo más rápida de la productividad en los Estados Unidos durante la segunda mitad de los años 1990 (que permitió un incremento acelerado de los índices de acumulación que ha ayudado a sostener la economía americana) no desmiente para nada su permanente declinar desde finales de los años 1960 (gráfico 8). Volveremos a tratar de esto, más extensamente, en próximos artículos. Señalemos, no obstante, que este fenómeno es básico en la casi ­inexistencia de creación de empleo, contrariamente a lo sucedido en precedentes reactivaciones; que esta reactivación de la productividad es ligera, que la duda persiste en lo que se refiere a la permanencia en el tiempo de esas ganancias debidas a la productividad y que la esperanza de su difusión a otras economías dominantes está casi excluido. Es más, si en los Estados Unidos un ordenador se cuenta como capital, en Europa, en cambio, se le considera como bien de consumo intermedio. Por eso, las estadísticas estadounidenses tienen la tendencia a sobrestimar el PIB (y en consecuencia la productividad) en relación a las estadísticas europeas ya que incluyen la depreciación del capital. Cuando se corrige ese detalle y el efecto de la ampliación de la jornada de trabajo, se constata que las diferencias en las ganancias por productividad se reducen fuertemente entre Europa (1,4 %) y los Estados Unidos (1,8 %) para el periodo 1996-2001, ganancias que están siempre muy lejos del 5 % (Europa) y 6 % (USA) en los años 1950 a 1960.

[19] Este giro es coyuntural, hay que tener presente que las tasas de ganancia empiezan a recuperar su orientación al alza a mediados de 2001 y han vuelto a su nivel de 1997 a finales de 2003. Esta recuperación se ha logrado por medio de una gestión muy afinada del empleo –se ha hablado de “recuperación sin empleo”– e igualmente por los medios clásicos de restablecimiento de las tasas de plusvalía, tales como la ampliación de la jornada de trabajo o el bloqueo de los salarios facilitado por el débil dinamismo del mercado de trabajo. El receso que sufrieron las tasas de acumulación como consecuencia de la recesión, ha permitido igualmente aligerar el peso de la composición orgánica del capital sobre la rentabilidad.

[20] Para un análisis, en un lenguaje al menos algo serio, de este proceso leer el artículo de P. Artus “Karl Marx is back” publicado en Flash nº 2002-04 (disponible en Internet) y su libro La nouvelle économie en la colección Repères-La Découverte nº 303, del que reproducimos un pasaje al final de este artículo.

[21] Precisemos “que ha sido mostrado por numerosos estudios que, sin las prácticas de flexibilidad, la introducción de la “nueva economía” no mejoraría la eficacia de las empresas” (P Artus, op. citada).

[22] Prometeo nº10, diciembre 2004, “Decadencia, descomposición, productos de la confusión”.

[23] “[Para la CCI ] esta contradicción, producción de la plusvalía y su realización, aparece como una sobreproducción de mercancías y, por tanto, como causa de la saturación del mercado; la cual a su vez se opone al proceso de acumulación, lo que pone al sistema en su conjunto en la imposibilidad de compensar la caída de la cuota de ganancia. En realidad [para Battaglia] el proceso es inverso. (…) Es el ciclo económico y el proceso de valorización los que hacen “solvente” o “insolvente” el mercado. Por tanto, son las leyes contradictorias que regulan el proceso de acumulación, las que pueden llegar a explicar la “crisis del mercado” (Texto de presentación de Battaglia communista en la primera conferencia de grupos de la Izquierda comunista).

[24] “… hemos declarado que ya no estamos interesados en cualquier debate/confrontación con la CCI (…) Si continúan siendo ésas, y lo son, las bases teóricas de la CCI, las razones por las que hemos decidido no perder más tiempo, papel y tinta para discutir con ellos deben quedar claras” (Prometeo nº10, “Decadencia, descomposición, productos de la confusión”) y “Estamos fatigados de discutir de nada cuando tenemos que trabajar para tratar de comprender lo que pasa en el mun­do” (Página Web del BIPR (http://www.ibrp.org), “Respuesta a las acusaciones estúpidas de una organización en vías de degeneración”).

[25] Prometeo nº 10, diciembre 2004, “Decadencia, descomposición, productos de la confusión.”

[26] Lean igualmente nuestro artículo en Revista internacional nº 115, 4º trimestre 2003, “La crisis: señal de la quiebra…”

[27] Para más detalles sobre este farol llamado revolución industrial, lean nuestro artículo sobre la crisis en la Revista internacional nº 115 del que citamos aquí un pasaje: “La “revolución tecnológica” sólo existe en los discursos de las campañas burguesas y en la imaginación de quienes se las tragan. Esa constatación empírica de la reducción de la productividad (del progreso técnico y de la organización del trabajo) sin interrupción desde los años 60, contradice la imagen mediática, aunque esté bien incrustada en las mentes, de un cambio tecnológico creciente, de una nueva revolución industrial de la que hoy estarían preñados la informática, las telecomunicaciones, Internet y los multimedia. ¿Cómo explicar la fuerza de esa patraña que pone la realidad patas arriba en nuestras mentes?

Antes que nada, hay que recordar que los progresos de productividad tras la Segunda Guerra mundial fueron mucho más espectaculares que los que nos presentan actualmente como “nueva economía”. (…) Desde los sesenta, la productividad no ha hecho sino disminuir. (…) Además, se cultiva permanentemente esta confusión: la de una relación directa entre la aparición de nuevos bienes de consumo y los progresos de la productividad. El flujo de innovaciones, la multiplicación de novedades por extraordinarias que sean como bienes de consumo (DVD, GSM, Internet, etc.), no pueden tapar lo que está ocurriendo con la productividad. Progreso de la productividad significa capacidad para ahorrar en los recursos requeridos para la producción de un bien o de un servicio. La expresión “progreso técnico” debe siempre entenderse en el sentido de progreso de las técnicas de producción y/o de organización, desde el estricto enfoque de la capacidad para ahorrar en los recursos usados en la fabricación de un bien o en la prestación de un servicio. Por impresionantes que sean, los progresos de lo digital (o numérico) no se plasman en progresos significativos de la productividad en el seno del proceso de producción. Ahí radica todo el bluff de la ‘nueva economía’”.

[28] F. Engels, El Anti-Dühring (Sección II. I, Objeto y método)

[29] Leer nuestra serie de artículos “La teoría de la decadencia en la médula del materialismo histórico” iniciada en la Revista internacional nº 118.

[30] Ésa es la razón por la que Battaglia communista ha anunciado en el nº 8 de su revista teórica un gran estudio sobre la cuestión de la decadencia: “... el objetivo de nuestra investigación será verificar si el capitalismo ha agotado su desarrollo de las fuerzas productivas y, si eso es cierto, en qué medida y sobre todo por qué” (Prometeo nº 8, serie VI, diciembre 2003, “Por una definición del concepto de decadencia”).

[31] “Estamos pues, ciertamente confrontados a una forma tal de aumento de la barbarie de la formación social, de sus relaciones sociales, políticas y civiles y, verdaderamente –a partir de los años 90–, a un retroceso en la relación capital/trabajo (con el retorno, al modo del más puro estilo manchesteriano, de la búsqueda de plusvalía absoluta, además de la de plusvalía relativa) pero esta “decadencia” no concierne al modo de producción capitalista sino más bien a su formación social en el ciclo actual de acumulación capitalista, en crisis desde hace algo de más 30 años” (Prometeo nº 10, “Decadencia, descomposición, productos de la confusión”). Nosotros volveremos en un próximo número de Revista internacional a tratar sobre esta elucubración teórica de Battaglia communista consistente en pretender que ¡únicamente la “formación social capitalista” está en decadencia y no el modo de producción capitalista! Señalemos, no obstante, que en la cita de Engels reproducida arriba, lo mismo que en todos los escritos de Marx y Engels (cf. nuestro artículo en la Revista internacional nº 118) ellos hablan siempre y claramente de decadencia del modo de producción capitalista y no de decadencia de la formación social capitalista.

[32] “… el ciclo actual de acumulación capitalista ¡en crisis desde algo más de 30 años!” (Prometeo nº10, diciembre 2004, “Decadencia, descomposición, productos de la confusión”).

[33] Prometeo nº 8, diciembre2003, “Proyecto de tesis del BIPR sobre la clase obrera en el periodo actual y sus perspectivas”.

[34] “Según la crítica marxista de la economía política, existe una relación muy estrecha entre la crisis del ciclo de acumulación de capital y la guerra, debida al hecho de que en un cierto momento de todo ciclo de acumulación, a causa de la tendencia decreciente de la cuota media de ganancia, se determina una verdadera sobre-acumulación de capital cuya destrucción, por medio de la guerra, se hace necesaria para reemprender un nuevo ciclo de acumulación” (Traducción nuestra, Prometeo nº 8, diciembre 2003 “La guerra que falta”).

[35] “La larga resistencia del capital occidental a la crisis del ciclo de acumulación (o a la actualización de la tendencia decreciente de las cuota de ganancia) ha evitado hasta ahora el desplome…” (“Prometeo nº 8, diciembre 2003, “Proyecto de tesis del BIPR sobre la clase obrera en el periodo actual y sus perspectivas”).

Appendix

Sobre el camelo de la nueva revolución industrial

Para permitirle al lector juzgar mejor si existe realmente “una tercera revolución tecnológica basada en el microprocesador”, como pretende Battaglia communista, reproducimos aquí algunos pasajes significativos del libro de P. Arthus (obra citada en nota) sobre la nueva economía, en el que se utilizan ampliamente herramientas del análisis marxista: “La nueva economía ha acelerado el crecimiento desde 1992 hasta 2000 en relación con la parte de capital utilizado que ella misma ha exigido, pero sin aumentar la productividad global de los factores (el progreso técnico global). En ese sentido, la nueva economía difiere claramente de otros descubrimientos tecnológicos del pasado, como la electricidad. (…) Paradójicamente, podría uno incluso preguntarse si la nueva economía existe realmente. Estamos efectivamente ante una “agitación” (…) No se trata de negarlo, sino de preguntarse si estamos en presencia de un verdadero ciclo tecnológico. Es decir, de una aceleración duradera del progreso técnico y del crecimiento incluso después de que el esfuerzo inversor haya cesado. (…) El sector de la nueva economía (telecomunicaciones, Internet, fabricación de ordenadores y soportes informáticos...) representa el 8 % del total de la economía americana; pero aunque su crecimiento es rápido no llega a incentivar el crecimiento del conjunto de Estados Unidos en más de un 0,3 % anual. En el resto de la economía (el 92 %), el crecimiento de la productividad global de los factores (es decir, el crecimiento de la productividad que es posible para un capital y un trabajo dados –el progreso técnico puro) no se ha acelerado mucho en los años 1990. Se observa, es cierto, un enorme esfuerzo de inversión de las empresas por incorporar las nuevas tecnologías a su capital productivo, y es esencialmente ese esfuerzo de inversión el que provoca el suplemento de crecimiento tanto desde el lado de la demanda (la inversión aumenta rápidamente), como desde el de la oferta (el stock de capital productivo aumenta en más de un 6 % anual en volumen). Insisto, esta situación no es sostenible a largo plazo. (…) Para que haya realmente ciclo tecnológico será necesario que en un momento dado la acumulación de capital produzca una aceleración del crecimiento de la productividad global de los factores y por tanto, que pueda haber crecimiento más rápido, espontáneamente, sin que el capital productivo continúe incrementándose más rápidamente que el PIB (*). Algunos sugieren que la nueva economía no existe, que Internet no es una innovación tecnológica a la altura de los grandes inventos del pasado (la electricidad, el automóvil, el teléfono, el motor de vapor,…). Una de las razones podría ser que las nuevas tecnologías de la información al sustituir a las antiguas tecnologías las reemplazan pero no son verdaderamente el producto radicalmente nuevo que provoca un suplemento neto de demanda y de oferta; otra es que los costes de instalación, de funcionamiento, de gestión de estas nuevas tecnologías son importantes, superiores a lo que aportan. (…) Las incertidumbres que, con motivo de la nueva economía, están evocadas aquí han sido evidentemente reforzadas por la recesión y la crisis financiera del periodo 2001-2002. Se ha demostrado claramente que hubo un exceso de inversión a finales de los años 90, que la rentabilidad de las empresas no ha mejorado sustancialmente porque hayan invertido en nuevas tecnologías…” (p. 4-8).

(*) Exactamente en eso está la diferencia entre una verdadera revolución industrial y el epifenómeno actual de la nueva economía. Si Battaglia communista fuese capaz de leer a Marx lo habría entendido hace tiempo.

La teoría de la decadencia en la médula del materialismo histórico (IV): de Marx a la Izquierda Comunista




En el primer artículo de esta serie publicado en la Revista internacional nº 118, vimos cómo y por qué, para Marx y Engels, la teoría de la decadencia estaba en el centro mismo del materialismo histórico en el análisis de la evolución de los modos de producción. La volvemos a encontrar con la misma importancia en el centro de los textos programáticos de las organizaciones de la clase obrera. Además, algunas de ellas no solo reafirmarán este fundamento del marxismo sino que también desarrollarán su análisis e implicaciones políticas. Siguiendo este doble punto de vista, pasaremos aquí revista a las principales expresiones políticas del movimiento obrero, empezando, en esta primera parte, por el movimiento obrero de la época de Marx, la Segunda internacional, las Izquierdas marxistas que se desgajaron de ella así como también la Internacional comunista en sus orígenes. En la segunda parte que publicaremos más tarde, examinaremos más en especial la corriente de los grupos de la Izquierda comunista, base de nuestra propia filiación política y organizativa.


El movimiento obrero en tiempos de Marx

Marx y Engels siempre expresaron claramente que la perspectiva de la revolución comunista dependía de la evolución material, histórica y global del capitalismo. O sea que la concepción según la cual un modo de producción no puede expirar antes de que las relaciones de producción que contiene no se hayan convertido en trabas al desarrollo de las fuerzas productivas fue la base de toda la actividad política de Marx y Engels y de la elaboración del programa político proletario.

A pesar de que Marx y Engels, en dos ocasiones, creyeron haber detectado el advenimiento de la decadencia del capitalismo (1), corrigieron sin embargo rápidamente su apreciación y reconocieron que el capitalismo seguía siendo un sistema progres