¿Qué futuro para la humanidad? ¿Guerra imperialista o solidaridad de clase?
En 1867, en el prefacio de la primera edición de su famosa obra, El Capital, Carlos Marx observaba que las condiciones económicas de Inglaterra, primer país industrializado, eran un modelo para el desarrollo del capitalismo en los demás países. Fue así Gran Bretaña el “país referencia” de las relaciones de producción capitalistas. A partir de entonces, el sistema capitalista ascendente iba a dominar el mundo. Cien años más tarde, en 1967, la situación en Gran Bretaña volvía a ser simbólicamente significativa y profética con la devaluación de la libra esterlina: esta vez, lo que simbolizaba era el declive del mundo capitalista y su creciente quiebra. Los acontecimientos del verano de 2005 en Londres han mostrado una vez más que Gran Bretaña ha vuelto a ser una especie de jalón indicador para el capitalismo mundial. El verano londinense ha sido precursor en dos planos: el de las tensiones imperialistas, o sea el conflicto mortífero entre los Estados nacionales en el ruedo mundial y el de la lucha de clases internacional, o sea el conflicto entre las dos clases principales de la sociedad: la burguesía y el proletariado.
Los atentados terroristas del 7 de julio en Londres fueron reivindicados por Al Qaeda, como represalias contra la participación de tropas británicas en la ocupación de Irak. Ese martes por la mañana, las explosiones ocurrieron en una hora punta de los transportes públicos, recordando brutalmente a la clase obrera que es ella la que paga por el capitalismo, no solo por el trabajo de forzado y la pobreza que éste le impone, sino también con su sangre. Las 4 bombas del metro londinense y la del autobús mataron en medio del espanto a 52 (<!--[if !supportFootnotes]-->[1]<!--[endif]-->) obreros, jóvenes en su mayoría, dejando además lisiados y traumatizados a cientos. Y los atentados han tenido un impacto mucho mayor. Su siniestro mensaje para millones de obreros es que desde ahora se pregunten, al ir o al volver del trabajo, si su próximo trayecto o el de sus allegados no será el último. En palabras es difícil expresar mayor compasión que la expresada por el gobierno de Tony Blair, o el alcalde de Londres, Ken Livingstone (representante del ala izquierda del Partido laborista), la prensa o la patronal. Sin embargo, tras las consignas de “no cederemos a los terroristas” y “Londres se mantiene unida”, la burguesía hacía saber que las actividades debían seguir como si no hubiera pasado nada. Los obreros debían correr el riesgo de nuevas explosiones en la red de transportes si querían seguir “disfrutando de su tradicional modo de vida”.
El imperialismo vuelve a golpear
el corazón del capitalismo
Esos atentados han sido el ataque más mortífero contra civiles en Londres desde la Segunda Guerra mundial. La comparación con la carnicería imperialista de 1939-45 se justifica plenamente. Los atentados de Londres, después de los del 11 septiembre en Nueva York y los de marzo de 2004 en Madrid, muestran que el imperialismo “vuelve a casa”, a las principales metrópolis del mundo.
Tampoco hubo que esperar 60 años para que volvieran a Londres ataques militares contra sus habitantes. La ciudad fue también el blanco de las bombas de los “Provisionals” del IRA (Ejército republicano irlandés) (<!--[if !supportFootnotes]-->[2]<!--[endif]-->) durante casi dos décadas desde 1972. La población ya pudo probar lo que es el terror imperialista. Pero las atrocidades del 7 de julio de 2005 no son únicamente una repetición de esas experiencias; son una amenaza creciente, representativa de la fase actual, mucho más mortífera, de la guerra imperialista.
Naturalmente, los atentados terroristas del IRA fueron un anticipación de la barbarie de los ataques de Al Qaeda. Más en general, aquellos ataques eran ya la expresión de la tendencia a que el terrorismo contra la población civil fuera cada vez más un método predilecto de la guerra imperialista en la segunda mitad del siglo xx.
Sin embargo, durante la mayor parte del período durante el que se produjeron los atentados del IRA el mundo estaba dividido en dos bloques imperialistas bajo control de Estados Unidos y de la URSS. Esos bloques regulaban más o menos los conflictos imperialistas secundarios, aislados entre Estados en su propio campo, como el de Gran Bretaña en Irlanda en el bloque de Estados Unidos, país que no podía tolerar ni permitir que tal conflicto cobrase una amplitud que pudiera debilitar el frente militar principal contra la URSS y sus satélites. De hecho, la amplitud de las campañas del IRA para desalojar a Gran Bretaña de Irlanda del Norte dependía, y sigue dependiendo todavía en gran parte, del total de la ayuda financiera de Estados Unidos al IRA. Los ataques terroristas del IRA en Londres eran algo relativamente excepcional, en aquel entonces, en las metrópolis de los países avanzados. Los escenarios principales de la guerra imperialista en donde se enfrentaban los bloques por naciones interpuestas, estaban, efectivamente, en la periferia del sistema: Vietnam, Afganistán, Oriente Medio. Aunque entre las víctimas del IRA hubo civiles indefensos, los objetivos de sus bombas (fuera de Irlanda del Norte) correspondían, en general, a una lógica imperialista más clásica. Eran áreas militares como Chelsea Barracks en 1981, o Hyde Park en 1982 (<!--[if !supportFootnotes]-->[3]<!--[endif]-->) las escogidas, o, también, símbolos del poder económico como Bishopsgate en la City de Londres (<!--[if !supportFootnotes]-->[4]<!--[endif]-->), o Canary Wharf en 1996 (<!--[if !supportFootnotes]-->[5]<!--[endif]-->). En cambio, los atentados de Al Qaeda contra unos transportes públicos abarrotados, son síntoma de una situación imperialista más peligrosa y más típica de las nuevas tendencias internacionales resultantes de una situación en la que ya no hay bloques imperialistas que impongan una especie de pretendido orden al militarismo capitalista. “Cada cual para sí” es ahora el lema principal del imperialismo, afirmada, para empezar, de la manera más violenta y cruel por parte de Estados Unidos en su afán de mantener su hegemonía en el mundo. La estrategia unilateral de Washington, llevada a cabo en diferentes ocasiones, especialmente con la invasión y la ocupación de Irak, no hace más que exacerbar el caos. El incremento de la influencia global de Al Qaeda y demás señores imperialistas de la guerra en Oriente Medio es el producto de esta refriega imperialista general que las principales potencias imperialistas, cada una contra las demás, son incapaces de impedir.
Las grandes potencias, incluida Gran Bretaña, han contribuido activamente en la propagación de la amenaza terrorista, la han utilizado y han intentado utilizarla en provecho propio.
El imperialismo británico estaba decidido a que no se le dejara al margen de la invasión estadounidense de Irak. Estaba así dispuesto a proteger sus propios intereses en la región y conservar su grado de potencia militar de cierto prestigio. Al construir pieza a pieza un pretexto para unirse a la “coalición” estadounidense gracias al famoso dossier sobre unas imaginarias armas de destrucción masiva, el imperialismo británico ha desempeñado plenamente su papel en el naufragio de Irak en un océano caótico de sangre. El Estado británico ha contribuido en fomentar la campaña terrorista de Al Qaeda contra el imperialismo occidental. Verdad es que esta campaña terrorista empezó antes de la invasión de Irak, pero fueron las grandes potencias las que, por así decirlo, participaron en su procreación. En efecto, Gran Bretaña, al igual que Estados Unidos, participó, durante los años 1980, en el entrenamiento y armamento de la guerrilla de Bin Laden en su combate contra la ocupación de Afganistán por la URSS.
Tras el 7 de julio, los principales “aliados” de Gran Bretaña (sus rivales, en realidad) no han perdido la ocasión de hacer notar que a la capital británica se la tildaba de “Londonistán” –o sea, refugio de toda clase de grupos islamistas radicales vinculados a organizaciones terroristas de Oriente Medio. El Estado británico ha permitido la presencia en su suelo de una serie de individuos a los que incluso protegió, con la esperanza de que le sirvieran para sus propios intereses en Oriente Medio, en detrimento de las demás grandes potencias “aliadas”. Por ejemplo, Gran Bretaña se ha negado durante diez años a ceder a las demandas del Estado francés de extradición de Rachid Ramda, acusado de implicación en los atentados del metro parisino. Devolviéndole la pelota, la dirección central de los servicios secretos franceses (según el International Herald Tribune, 09/08/05) nunca comunicó a sus colegas británicos el informe de sus servicios, escrito en junio, en el que se preveía que unos simpatizantes paquistaníes de Al Qaeda estaban preparando un atentado con bombas en Gran Bretaña.
La política imperialista de Gran Bretaña –que observa los mismos “principios” que sus rivales: “hacedlo a los demás antes de que ellos os lo hagan”– ha dado su contribución para que ocurran ataques terroristas en su propio suelo.
En el período actual, el terrorismo ya no es la excepción en la guerra entre Estados o protoEstados, sino que se ha vuelto el método privilegiado. El desarrollo del terrorismo corresponde en parte a la ausencia de alianzas estables entre potencias imperialistas y es típico de un período en el que cada potencia procura socavar y sabotear el poder de sus rivales.
En ese contexto, no debemos subestimar el papel creciente de las operaciones secretas y de guerra psicológica llevadas a cabo por las principales potencias imperialistas sobre su propia población para así desprestigiar a sus rivales y encontrar un pretexto a sus iniciativas bélicas. Salvo imprevistos nunca habrá confirmación oficial, claro está, pero hay fuertes sospechas de que el atentado de las Torres Gemelas, o el del edificio de pisos de Moscú, que abrieron el camino a aventuras bélicas fundamentales a Estados Unidos y a Rusia respectivamente, hayan sido obra de los servicios secretos de esos Estados. En ese aspecto, tampoco es inocente el imperialismo británico ni mucho menos. Su incorporación abierta o camuflada en ambos bandos del conflicto terrorista en Irlanda del Norte es bien conocida, de igual modo que la presencia de varios de sus agentes en las filas del “Real IRA”, la organización terrorista responsable del atentado de Omagh (<!--[if !supportFootnotes]-->[6]<!--[endif]-->). Más recientemente, en septiembre de 2005, dos miembros de SAS (Fuerzas especiales británicas) eran detenidos en Basora por la policía iraquí cuando, según algunos periodistas, estaban de misión para realizar un atentado terrorista (<!--[if !supportFootnotes]-->[7]<!--[endif]-->). Esos ejecutantes subterráneos fueron después liberados mediante un asalto del ejército británico contra la cárcel en que estaban detenidos. En base a acontecimientos así, es legítimo pensar que el imperialismo británico está también él implicado en la carnicería terrorista cotidiana en Irak: probablemente para permitirle justificar su presencia “estabilizadora” como fuerza de ocupación. Fue el propio imperialismo británico, antigua potencia colonial, el primero que puso a punto el principio subyacente de “divide y reinarás” que hoy, en Irak, está detrás de las tácticas de terror.
La tendencia creciente a usar el terrorismo en los conflictos imperialistas lleva la marca del período final del declive del capitalismo, el período de descomposición social en el que la ausencia de perspectivas a largo plazo domina la sociedad en todos los planos.
Significativo de esa situación es que los atentados del 7 de julio hayan sido obra de unos kamikazes nacidos y educados Gran Bretaña. Así, los países del corazón del capitalismo son tan capaces como los de la periferia del sistema de engendrar entre los jóvenes esta especie de irracionalismo que lleva a la autodestrucción más violenta y más infame. Es demasiado pronto para saber si el Estado británico está, él también, implicado en los atentados.
El horror de la sinrazón de la guerra imperialista ha vuelto pues al corazón del capitalismo donde viven los sectores más concentrados de la clase obrera. Ya no está reservado a los países del Tercer Mundo, sino que golpea cada vez más frecuentemente las metrópolis industriales: Nueva York, Washington, Madrid, Londres. Los blancos ya no son expresamente económicos o militares: son escogidos para matar a la mayor cantidad de civiles.
La antigua Yugoslavia ya fue, en los años 90, una expresión de esa tendencia al retorno de la guerra imperialista a los países centrales del capitalismo. Hoy, después de España, le ha tocado a Gran Bretaña.
El terror del Estado burgués
Sin embargo, los londinenses no sólo tuvieron que enfrentarse a la amenaza mortal de los atentados terroristas en julio de 2005. El 22 de julio, un joven electricista brasileño, Jean Charles de Menezes, fue ejecutado cuando acudía a su trabajo de 8 balazos disparados por la policía en la estación del metro Stockwell. La policía pretende que lo había tomado por un kamikaze. Gran Bretaña, conocida por la imagen de integridad de Scotland Yard y de su simpático “bobby” local que ayuda a las ancianitas a cruzar la calle, siempre ha querido hacer creer que su policía está al servicio de la comunidad democrática, que sus policías son los protectores de los derechos de los ciudadanos y los garantizadores de la paz. Lo que ha aparecido claramente en esta ocasión, es que la policía británica no es fundamentalmente diferente de la de cualquier dictadura tercermundista que utiliza sin tapujos sus “escuadrones de la muerte” para las necesidades del Estado. Según el discurso oficial de la policía británica, la ejecución de Jean Charles fue un trágico error. Sin embargo, a partir del 7 de julio, los destacamentos armados de la policía metropolitana recibieron la orden de “tirar a matar” a cualquier persona sospechosa de ser un kamikaze. Incluso después del asesinato de Jean Charles, se ha defendido y mantenido esa política con energía. Habida cuenta de que es casi imposible identificar o arrestar a un kamikaze antes de que dispare el detonador, esa orden daba efectivamente a la policía toda latitud para disparar contra cualquiera, sin prácticamente previo aviso. Como mínimo, la política instaurada al más alto grado, permitía semejantes “errores trágicos”, considerados inevitables efectos secundarios del reforzamiento del Estado.
Se puede suponer, pues, que ese asesinato no tiene nada de accidental, sobre todo si se considera que la función del Estado y de sus órganos de represión no es la que ellos pretenden, o sea, la de protectores al servicio de la población que a veces están obligados a escoger ante difíciles alternativas entre la defensa del ciudadano y la protección de sus derechos. En realidad, la tarea fundamental del Estado es otra: defender el orden existente en interés de la clase dominante. Eso quiere decir, ante todo, que el Estado debe preservar y hacer alarde de su monopolio de la fuerza armada. Eso es especialmente cierto en tiempos de guerra, cuando le es necesario y vital mostrar su fuerza y ejercer represalias. En respuesta a ataques terroristas como los del 7 de julio, la primera prioridad del Estado no es proteger a la población –tarea que, de todas maneras, no puede ser realizada si no es en favor de un puñado de altos funcionarios– sino hacer alarde de su poder. Reafirmar la superioridad de la fuerza del Estado es, pues, una necesidad para mantener la sumisión de su propia población e inspirar el respeto de las potencias extranjeras. En esas condiciones, la detención de los verdaderos criminales es algo secundario o no tiene nada que ver con el objetivo principal.
Es útil, aquí, otra comparación con la campaña de atentados del IRA. En reacción a los atentados contra los pubs de Birmingham y Guildford (<!--[if !supportFootnotes]-->[8]<!--[endif]-->), la policía británica detuvo a 10 irlandeses sospechosos, les arrancó falsas confesiones, amañó testimonios contra ellos, condenándolos la justicia a largas penas de cárcel. Sólo sería 15 años más tarde cuando el gobierno reconoció que había habido un “trágico error judicial”. ¿No se trataba, en realidad, de represalias contra una población “extranjera” y “enemiga”?
El 22 de julio de 2005 reveló la realidad de lo que se oculta detrás de la fachada democrática y humanitaria del Estado, tan sofisticadamente construida en Gran Bretaña. El papel esencial del Estado, como aparato de coerción que es, no es el de actuar para o por la mayoría de la población, sino contra ella.
Eso se ha confirmado con toda una serie de medidas “antiterroristas” propuestas tras los atentados por el gobierno de Blair para reforzar el control del Estado sobre la población en general, medidas que no podrán, en ningún caso, hacer cesar el terrorismo islamista. Medidas como la introducción del documento de identidad, la instauración, por un tiempo indeterminado, de la política de “tirar a matar”, las órdenes de control de los desplazamientos de los ciudadanos, la política de escuchas telefónicas y de vigilancia de Internet que va ser oficialmente reconocida, la detención de sospechosos sin acusación durante tres meses, la instauración de tribunales especiales con testigos y declaraciones a puerta cerrada y sin jurado.
Y es así como, durante el verano, el Estado, como ya lo hizo en otras ocasiones, utiliza el pretexto de los ataques terroristas para reforzar su aparato represivo y prepararse así a usarlo contra un enemigo mucho más peligroso: el proletariado que está resurgiendo.
La réplica obrera
El 21 de julio, tras los atentados fallidos de Londres que marcaron esa jornada, solo las líneas “Victoria” y “Metropolitan” del metro fueron cerradas oficialmente (el 7 de julio, se había cerrado toda la red). Pero también se cerraron ese día las líneas “Bakerloo” y “Northern” a causa de unas acciones obreras. Los maquinistas del metro se negaron a conducir los trenes por falta de garantías de seguridad. Lo que expresa esta acción, incluso puntualmente, es la perspectiva de solución a largo plazo de una situación intolerable, o sea, que los obreros se ocupen ellos mismos de su propia situación. Los sindicatos reaccionaron ante esa chispa de independencia de clase con tanta rapidez como los servicios de urgencia ante los atentados. Bajo su dirección, los conductores tuvieron que volver al trabajo esperando a que concluyeran las negociaciones entre sindicatos y dirección. Los sindicatos aseguraron que apoyarían a todo conductor que se negara a conducir, lo cual significa, en su lenguaje, que lo dejarían abandonado a su suerte.
Durante las primeras semanas de agosto, la resistencia de la clase obrera iba a tener un impacto mucho mayor con la huelga salvaje ocurrida en el aeropuerto de Londres Heathrow. Esta huelga fue iniciada por los empleados de la compañía Gate Gourmet que abastece en comidas los vuelos de la British Airways. Y suscitó la inmediata solidaridad de los mozos de equipaje de British Airways, unos 1000 trabajadores en total. Los vuelos de British Airways se quedaron en tierra durante varios días y las imágenes de pasajeros dejados a su suerte y de los piquetes masivos de huelga se difundieron por el mundo.
Los medios de comunicación británicos, furibundos, denunciaron la insolencia de unos obreros que habían tenido la osadía de reanudar con la táctica “anacrónica” de las huelgas de solidaridad. Se ve que los obreros todavía no se han enterado de que hubo expertos, juristas y demás especialistas en relaciones industriales al servicio del poder que decidieron que las acciones de solidaridad pertenecían a la prehistoria y, por si no había quedado claro, las habían declarado ilegales (<!--[if !supportFootnotes]-->[9]<!--[endif]-->). La prensa intentó denigrar el valor ejemplar de los obreros, hablando hasta la saciedad de las consecuencias nefastas para los pasajeros de su acción.
La prensa adoptó después un tono más conciliador, pero sin dejar de ser hostil a la causa obrera. Declararon que la huelga se debía a la táctica brutal de los propietarios norteamericanos de Gate Gourmet que habían anunciado a los obreros, por megafonía, los despidos masivos. La huelga sería pues “un error”, una consecuencia inútil de una gestión empresarial incompetente, una excepción en el manejo normal y civilizado de las relaciones industriales, entre sindicatos y dirección, método que hace inútiles las acciones de solidaridad. En realidad, la causa primera de la huelga no es la arrogancia de un pequeño patrón. La táctica brutal de Gate Gourmet no es nada excepcional. Tesco, por ejemplo, la cadena de supermercados mayor y más rentable de Gran Bretaña, anunció recientemente, sin más, que entraba en vigor la supresión del pago de los días de baja por enfermedad de sus empleados. Los despidos masivos no son tampoco el resultado de la falta de implicación de los sindicatos. Al contrario, según el International Herald Tribune (19/08/2005), la portavoz de British Airways, Sophie Greenyer, “ha dicho que la compañía logró en el pasado reducir empleos y costes gracias a la cooperación de los sindicatos. BA ha suprimido 13 000 empleos en los últimos tres años y reducido sus costes en 850 millones de libras esterlinas. “Hemos sido capaces de trabajar de manera razonable con los sindicatos “y lograr así hacer esos ahorros”, como ha dicho ella.”
Es la determinación de BA en reducir constantemente los costes operacionales lo que lleva a la empresa a reducir cada día más los salarios y empeorar las condiciones de vida de los obreros de Gate Gourmet. A su vez, Gate Gourmet se ha dedicado a lanzar provocaciones para poder sustituir la mano de obra actual por empleados de Europa del Este, en unas condiciones y con unos salarios peores todavía.
La reducción de costes que realiza BA sin cesar es de lo más corriente en los transportes aéreos y en muchos otros sectores. Muy al contrario, la intensificación de la competencia en unos mercados cada vez más saturados es la respuesta normal del capitalismo ante la agravación de la crisis económica.
La huelga de Heathrow no ha sido algo efímero, sino un ejemplo de lucha obrera, de unos trabajadores obligados a defenderse contra unos ataques feroces e incesantes de la burguesía como un todo. La voluntad de lucha de los obreros no ha sido el único aspecto significativo de la huelga. Las acciones ilegales de solidaridad de los demás trabajadores del aeropuerto son de una importancia mayor todavía. En efecto, esos empleados corrían el riesgo de perder sus propios medios de vida al ampliar así la lucha. Esa expresión de solidaridad de clase –por breve y embrionaria que haya sido– ha sido aire fresco en la atmósfera sofocante de sumisión nacional que la burguesía ha creado tras los ataques terroristas. Recuerda que lo que predomina hoy en la población londinense no es el “espíritu del Blitz” de 1940, cuando soportaba pasivamente los bombardeos nocturnos de la Luftwaffe en interés del esfuerzo de guerra imperialista.
Al contrario, la huelga de Heathrow ha sido la continuidad de toda una serie de luchas por el mundo entero desde 2003, como lo han sido también la acción de los trabajadores de Opel en Alemania y la acción solidaria de los obreros de Honda en India (<!--[if !supportFootnotes]-->[10]<!--[endif]-->).
La clase obrera internacional está volviendo a surgir, lentamente, casi imperceptiblemente a veces, después de un largo período de desorientación tras el derrumbamiento del bloque del Este en 1989. Está ahora avanzando con dificultades hacia una perspectiva de clase cada vez más evidente.
Las dificultades para desarrollar esa perspectiva pudieron comprobarse con el rápido sabotaje realizado por los sindicatos contra la acción de solidaridad en Heathrow. El Transport and General Workers Union acabó rápidamente con la huelga de los mozos de equipaje; los obreros despedidos de Gate Gourmet se quedaron entonces esperando el destino que les reservaban las negociaciones prolongadas entre sindicatos y patronal.
Sin embargo, la manifestación en Gran Bretaña de ese resurgir difícil de la lucha de clases es muy significativa. La clase obrera británica, después de haber alcanzado altas cotas en sus luchas con la huelga masiva del sector público en 1979 y la huelga de la minería de 1984/85, sufrió enormemente de la derrota de esta última, derrota el gobierno de Thatcher explotó al máximo, ilegalizando, en particular, las huelgas de solidaridad. Por eso, la reaparición de esas huelgas en Gran Bretaña es del mejor augurio.
Gran Bretaña no solo fue el primer país capitalista; también el testigo del nacimiento de las primeras expresiones de la clase obrera mundial y de sus primera organizaciones políticas, los Chartistas; allí tuvo su sede el Consejo general de la Asociación internacional de trabajadores (AIT). Gran Bretaña ya no es el eje de la economía mundial, pero sigue desempeñando un papel clave en el mundo industrializado. El aeropuerto de Heathrow es el mayor del mundo. La clase obrera británica sigue teniendo un peso significativo en la lucha de la clase mundial.
Durante este último verano, fue en Gran Bretaña donde lo que está en juego en la situación mundial apareció a las claras: por un lado, la tendencia del capitalismo a hundirse en la barbarie y el caos, en un desconcierto general en el que se van destruyendo todos los valores sociales; por otro lado, la huelga del aeropuerto de Londres ha vuelto a poner a las claras, durante un breve momento, que existen principios sociales totalmente diferentes basados en la solidaridad ilimitada de los productores, los principios del comunismo.
Como
<!--[if !supportFootnotes]-->[1]<!--[endif]-->) No están incluidos los 4 kamikazes que se hicieron reventar.
<!--[if !supportFootnotes]-->[2]<!--[endif]-->) Los “Provisionals” del IRA se llamaban así para distinguirse de la llamada “Official IRA” de tintes “socializantes”, de la que fueron una escisión; el “Official IRA” no desempeñó un papel significativo en la guerra civil que convulsionó Irlanda del Norte a partir de los años 1970.
<!--[if !supportFootnotes]-->[3]<!--[endif]-->) Chelsea Barracks es un cuartel en pleno centro de Londres, donde se alojaba entonces el regimiento de los Irish Guards. El atentado de Hyde Park iba dirigido contra una exhibición de la guardia real.
<!--[if !supportFootnotes]-->[4]<!--[endif]-->) La City de Londres es, en realidad, el distrito financiero, un área de un km2 en pleno Central London, el cual es a su vez una zona del Gran Londres. Canary Wharf es un rascacielos emblemático del nuevo barrio de negocios construido en el área de los antiguos muelles (docks) londinenses.
<!--[if !supportFootnotes]-->[5]<!--[endif]-->) Cabe señalar que uno de los atentados más asesinos del IRA (el del centro comercial de Arndale, en pleno centro de Manchester, en 1996) correspondía más bien a una época en la que el IRA servía de instrumento a la burguesía estadounidense en su campaña de intimidación contra las veleidades británicas de acción imperialista independiente, y forma más bien parte de la nueva época de caos que hizo surgir Al Qaeda.
<!--[if !supportFootnotes]-->[6]<!--[endif]-->) El “Real IRA” era una escisión del IRA que reivindicaba la prosecución del combate contra los británicos. Fue el responsable del atentado en la ciudad de Omagh (Irlanda del Norte) que mató a 29 civiles el 15 de agosto de1998.
<!--[if !supportFootnotes]-->[7]<!--[endif]-->) Ver la página web prisonplanet.com:
http://www.prisonplanet.com/articles/september2005/270905plantingbombs.htm.
<!--[if !supportFootnotes]-->[8]<!--[endif]-->) El IRA justificó esos atentados, en 1974, porque esos pubs estaban sobre todo frecuentados por militares.
<!--[if !supportFootnotes]-->[9]<!--[endif]-->) Las huelgas de solidaridad son efectivamente ilegales en Gran Bretaña tras una ley adoptada por el gobierno de Thatcher en los años 1980 que el gobierno laborista de Blair ha mantenido.
<!--[if !supportFootnotes]-->[10]<!--[endif]-->) Leer al respecto, en nuestra página web, el artículo publicado por la sección de la CCI en India: http://en.internationalism.org/
icconline/2005_hondaindia.
La catástrofe que ha golpeado el sur de Estados Unidos y sobre todo la ciudad de Nueva Orleáns no ha sido, contrariamente a lo machacan los medios de la burguesía, consecuencia de la irresponsabilidad del presidente Bush y de su administración. Esta propaganda antiamericana, tan difundida en esta ocasión por los medios europeos para desprestigiar la potencia estadounidense oculta, en realidad, a la vista de los proletarios, al verdadero responsable de las consecuencias dramáticas del huracán Katrina a su paso por esa región del mundo. Los trastornos climáticos, provocados en parte por el efecto invernadero, son la consecuencia de una economía capitalista cuya única razón de ser es la ganancia. Esos desajustes hacen que las “catástrofes naturales” sean más numerosas y mucho más devastadoras que en el pasado. Y además, la ausencia de auxilios, de equipos especiales y médicos, son también la expresión inmediata de la quiebra del capitalismo.
Un revelador de la quiebra del capitalismo
Todo el mundo ha visto las imágenes de la catástrofe. Cuerpos hinchados flotando en las fétidas aguas de la inundación en Nueva Orleáns. Un anciano sentado en una silla de camping, acurrucado, sufriendo sed, calor, hambre, mientras otros supervivientes languidecían a su alrededor. Madres atrapadas con sus hijos pequeños sin nada que comer o beber durante tres días. Caos en los propios centros de refugiados adonde las autoridades habían dicho a las víctimas que fueran para ponerse a salvo. Esta tragedia de la que a duras penas se encuentran precedentes, no se ha producido en ningún rincón del tercer mundo azotado por la miseria, sino en el corazón de la primera potencia capitalista e imperialista mundial.
Cuando el tsunami afectó al continente asiático en diciembre, la burguesía de los países desarrollados echó la culpa de la catástrofe a la incompetencia política de los países pobres por negarse a tomar en cuenta las señales de alarma. Esta vez no sirve la misma excusa.
Hoy el contraste no es entre países ricos y pobres, sino entre gente rica y pobre. Cuando se ordenó evacuar Nueva Orleáns y el resto de la costa del Golfo, imperó el sálvese quien pueda para cada cual o cada familia. Quienes tenían coche y pudieron conseguir gasolina (su precio se elevó siguiendo también la norma moral capitalista de aprovechar las oportunidades de “negocio”), se dirigieron al norte y al oeste para resguardarse, buscando refugio en hoteles, moteles y en casa de familiares y amigos. Pero la mayoría de los pobres, los ancianos, los enfermos, quedaron a merced del huracán, incapaces de escapar. En Nueva Orleáns, las autoridades locales abrieron el Superdome y el Centro de convenciones como refugios frente a la tormenta, pero no suministraron ningún tipo de servicio, ni agua, ni alimentos, ni asistencia. Cuando miles de personas, la mayoría de raza negra, ocuparon estas instalaciones, fueron abandonados a su suerte. Para los ricos que se quedaron en Nueva Orleáns, la situación fue totalmente distinta. Los turistas y los VIP’s que se alojaban en hoteles de cinco estrellas adyacentes al Superdome, nadaban en la abundancia y estaban protegidos por agentes de policía armados, que mantenían a la “chusma” del Superdome a raya. En vez de organizar la distribución de agua y alimentos guardados en los depósitos y almacenes de la ciudad, la policía se cruzó de brazos y la gente empezó a asaltarlos para distribuir productos de primera necesidad.
Indudablemente que elementos lumpen se aprovecharon de la situación y comenzaron a robar aparatos electrónicos, dinero y armas, pero los “saqueos”, desde luego, empezaron como tentativa de sobrevivir a unas condiciones más que inhumanas. Mientras tanto, en cambio, agentes de policía con armas de fuego protegían a los empleados enviados por un hotel de lujo a una farmacia de la vecindad a buscar agua, medicamentos y alimentos para el confort de sus distinguidos huéspedes. Un oficial de policía explicaba que esto no eran saqueos, sino “incautación” de mercancías por la policía, que está autorizada para eso en caso de emergencia. La diferencia entre “saqueos” e “incautaciones” es la diferencia entre ser pobre o rico.
La culpa es del sistema. La incapacidad del capitalismo para responder a esta crisis siquiera con una mínima apariencia de solidaridad humana, demuestra que la clase capitalista no merece seguir gobernando, que su modo de producción se hunde en un proceso de descomposición social, de pudrimiento de raíz, que sólo ofrece a la humanidad un futuro de muerte y destrucción.
El caos que ha consumido países enteros uno tras otro en África y en Asia estos años atrás es una muestra del futuro que el capitalismo reserva incluso a los países industrializados, y hoy Nueva Orleáns proporciona un fugaz anticipo de ese futuro desolador. Como siempre, la burguesía se ha dado prisa en plantear todo tipo de coartadas para excusar sus crímenes y sus fracasos.
En su última serie de excusas, hemos soportado un coro de lloriqueos diciendo que han hecho todo lo que han podido; que estamos ante un desastre natural, y no provocado por el hombre, que nadie podía haberse esperado el peor desastre natural de la historia de la nación, que nadie podía prever que los diques fueran a romperse. Las críticas a la administración, tanto en EEUU como en el extranjero, culpan a la incompetencia del régimen de Bush de haber convertido un desastre natural en una calamidad social.
Ninguna de esas cacatúas burguesas da en el clavo. Lo que buscan es desviar la atención de la realidad de que el responsable es el sistema capitalista. «Hacemos todo lo que podemos» se está convirtiendo en el latiguillo más repetido de la propaganda burguesa. Hacen «todo lo que pueden» para terminar la guerra de Irak, para mejorar la economía, para mejorar la educación, para acabar con la criminalidad, para mejorar la seguridad de la lanzadera espacial, para terminar con las drogas, etc., «No se puede hacer más»; tendríamos que tener claro que el gobierno nunca puede tomar decisiones políticas, nunca tiene la posibilidad de intentar otras medidas alternativas ¡Pamplinas! En realidad siguen la política que han decidido conscientemente y que claramente tiene consecuencias desastrosas para la sociedad. Respecto a si se trata de una catástrofe natural, o producto de la intervención humana, está claro que el huracán Katrina ha sido producto de la naturaleza, pero la escala alcanzada por el desastre natural y social podía haberse evitado. Se mire como se mire, ha sido el capitalismo, y el Estado que lo representa, quien ha permitido la catástrofe.
La nocividad creciente de los desastres naturales que hoy vivimos en todo el mundo es consecuencia de políticas económicas y ambientales temerarias del capitalismo en busca de incesantes beneficios, ya sea por “ahorrarse” la tecnología disponible para alertar de la posibilidad de tsunamis y poder avisar a tiempo a la población amenazada, o por arrasar los bosques en los países del tercer mundo, lo que exacerba el potencial devastador de las inundaciones provocadas por las mareas, o por la polución irresponsable de la atmósfera, con la emisión de gases que provocan el efecto invernadero y empeoran el calentamiento global, contribuyendo al cambio climático.
En ese sentido hay probadas evidencias de que el calentamiento global produce incrementos en la temperatura de los océanos y con ello al desarrollo de depresiones tropicales, tormentas y huracanes que hemos visto los últimos años. Cuando Katrina llegó a Florida, era solo un huracán de fuerza 1, pero planeó una semana sobre las aguas del golfo de México, a casi 32 ºC y se elevó a la categoría de fuerza 5, con vientos de 280 Km/hora antes de alcanzar la costa del Golfo. Los izquierdistas ya han empezado a citar los vínculos de Bush y a la industria energética y su oposición al protocolo de Kyoto, como responsables del desastre del Katrina, pero esta crítica acepta las premisas del debate de la clase capitalista, como si llevar a la práctica los acuerdos de Kyoto pudiera realmente invertir los efectos del calentamiento global, o como si la burguesía de los países que están a favor de dichos protocolos estuviera de verdad interesadas en someter la producción capitalista a la preservación de la ecología. Peor aún, olvida que fue la administración Clinton la primera que, llenándose eso sí la boca de declaraciones en defensa del medio ambiente, rechazó los acuerdos de Kyoto. Rechazar el problema del calentamiento global es la posición de la burguesía norteamericana y no solo de la administración Bush.
Además Nueva Orleáns, que tiene casi 600 000 habitantes (muchos más contando los suburbios), es una ciudad cuya mayor parte está construida bajo el nivel del mar, lo que la hace vulnerable a las inundaciones cuando se desborda el río Mississipi, o el lago Pontchartrain, o sube la marea del golfo de México. Desde 1927, el cuerpo de ingenieros del ejército USA desarrolló y puso a punto un sistema de diques para prevenir las inundaciones anuales del río Mississipi, lo que permitió a la industria y la agricultura florecer junto al río haciendo que creciera la ciudad de Nueva Orleáns; pero con ello impedían también que las aguas fluviales llevaran el sedimento y el barro que normalmente contienen los pantanos y los marjales del delta del Mississipi río abajo, hasta el golfo de México. Debido a eso, las zonas pantanosas que proporcionaban una protección natural a Nueva Orleáns, como una esponja, frente a la crecida de la marea, quedaron peligrosamente erosionadas, y la ciudad fue más vulnerable a las inundaciones marítimas. Esto no fue algo “natural” sino producto de la acción humana.
Tampoco fue la fuerza de la naturaleza lo que mermó los efectivos de la guardia nacional de Luisiana. Un gran contingente de ésta había sido movilizado para la guerra de Irak, dejando sólo 250 Guardias nacionales disponibles para apoyar los esfuerzos de rescate de los departamentos de policía y bomberos los tres primeros días tras la rotura de los diques. Un porcentaje aún mayor de la guardia de Mississipi había sido desplegado igualmente en Irak.
El argumento de que este desastre no podía preverse es igualmente absurdo. Durante casi 100 años, los científicos, los ingenieros y los políticos, han discutido cómo abordar la vulnerabilidad de Nueva Orleáns ante los huracanes y las inundaciones. A mediados de la década de 1990, diferentes grupos de científicos e ingenieros presentaron distintos proyectos, lo que finalmente llevó en 1998 (durante la administración Clinton) a una propuesta llamada Coast 2050. Este plan proponía reforzar y rediseñar los diques construyendo un sistema de compuertas, y excavar nuevos canales que aportaran agua con sedimentos fluviales para restaurar el tampón que suponen las zonas pantanosas del delta. El coste de este proyecto era de 14 mil millones de dólares que tendrían que invertirse en un periodo de 10 años. Washington, sin embargo, no lo aprobó (bajo el mandato de Clinton, no de Bush).
El año pasado, el ejército pidió 105 millones de dólares para programas contra huracanes e inundaciones en Nueva Orleáns, pero el gobierno sólo aprobó 42 millones. Al mismo tiempo, el Congreso aprobaba 231 millones de dólares para la construcción de un puente en una pequeña isla deshabitada de Alaska. Otra refutación de la excusa de que «nadie podía haberlo previsto» es que la víspera de la llegada del huracán, el director de la FEMA (Administración Federal para las emergencias) Michel D. Brown, alardeaba en entrevistas en televisión, de que había dado órdenes para la puesta en marcha de un plan de emergencia en caso de que se produjese el peor de los escenarios en Nueva Orleáns, tomando en cuenta lo que ocurrió con el tsunami en el Sudeste Asiático, y de que la FEMA confiaba en que podría hacerse cargo de cualquier eventualidad.
Informes de Nueva Orleáns indican que este plan de la FEMA incluía la decisión… de rechazar camiones con donaciones de agua embotellada y de cerca de 3700 litros de diesel transportados en los guardacostas, así como el corte de las líneas de comunicación de emergencia que usan las autoridades de la policía local en los suburbios de Nueva Orleáns. Brown tuvo incluso la cara dura de excusar la inoperancia en el rescate de las 25 000 personas del Centro de Convenciones diciendo que las autoridades federales no fueron conscientes de que esas personas estaban allí hasta bien entrada la semana; a pesar de que los informativos habían informado de la situación por televisión desde hacía 3 ó La prensa intentó 4 días.
Y por mucho que el vociferante alcalde Ray Nagin, un demócrata, haya cubierto de vituperios la pasividad de las autoridades federales, fue su administración local la que no hizo absolutamente ningún esfuerzo por garantizar la evacuación de los pobres y los ancianos, ni tomó ninguna responsabilidad en la distribución de agua y comida, ni proporcionó suministros de primera necesidad, ni garantizó la seguridad en los centros de evacuación, abandonando la ciudad al caos y la violencia.
Sólo la clase obrera puede ofrecer una alternativa
El sufrimiento en la costa del Golfo ha conmovido a millones de trabajadores, que al mismo tiempo se sienten furiosos por la falta de sensibilidad de la respuesta oficial al desastre. Especialmente en las filas de la clase obrera hay un sentimiento de auténtica solidaridad humana hacia las víctimas de esta calamidad. Mientras que la burguesía parcela su compasión, dependiendo de criterios económicos o de raza, entre ricos y pobres, blancos o negros, para la mayoría de trabajadores americanos no existen tales distinciones. Aunque la burguesía emplea a menudo la carta del racismo para dividir y oponer a los obreros negros y blancos, y a pesar de que varios líderes del movimiento “negro” están poniéndose al servicio del capitalismo de esa forma, insistiendo en que la crisis de Nueva Orleáns es en realidad un problema de racismo, el sufrimiento de los pobres en Nueva Orleáns repugna a toda la clase obrera. La administración Bush es indudablemente un equipo de gobierno incompetente para una clase capitalista, propenso a la ineptitud, a los gestos vacuos, y con una capacidad de respuesta lenta frente a la crisis actual, que añadirá leña al fuego de su creciente impopularidad. Pero la administración de Bush no es una aberración, sino más bien un reflejo de la cruda realidad de que EEUU es una superpotencia en declive que gobierna un “orden mundial” que se hunde en el caos.
La guerra, el hambre y los desastres ecológicos son el futuro que nos reserva el capitalismo. Si hay alguna esperanza para el futuro de la humanidad, es que la clase obrera desarrolle la conciencia y la comprensión de la verdadera naturaleza de la sociedad de clases, y asuma su responsabilidad histórica de acabar con este anacronismo, de destruir el sistema capitalista y reemplazarlo por una sociedad revolucionaria, controlada por la clase obrera, en la que la auténtica solidaridad humana, y la satisfacción de las necesidades humanas sean el principio rector.
Internationalism
sección de la CCI en Estados Unidos (4 Septiembre 2005)
El surgimiento de los soviets abre un período histórico nuevo para la lucha de clases (2)
Aquí publicamos la continuación del artículo aparecido en el número anterior de nuestra Revista internacional. En la primera parte resaltamos que el cambio de periodo histórico en la vida del capitalismo, el paso de su ascendencia a su decadencia, es el escenario sobre el que se desarrollan los sucesos de 1905 en Rusia. En esa primera parte también insistimos en las condiciones favorables para la radicalización de las luchas que existían en Rusia: una clase obrera moderna y concentrada, con un alto nivel de conciencia frente a unos ataques capitalistas agravados por las consecuencias desastrosas de la guerra ruso-japonesa. La clase obrera, para defender sus condiciones de existencia, tiene que enfrentar directamente al Estado, y se organiza en soviet para asumir esta nueva fase histórica de su lucha. La segunda parte de este artículo analiza, más en detalle, cómo se formaron los soviets, su relación con el movimiento global de la clase obrera, así como su relación con los sindicatos. De hecho, los sindicatos ya no eran una forma de organización que necesitaba la clase obrera en ese nuevo periodo de la vida del capitalismo que se abría, y sólo podían jugar un papel positivo al estar empujados por la dinámica del movimiento, tras la estela de los soviets y bajo su autoridad.
El Soviet de diputados obreros es el punto culminante de la Revolución de 1905
Las tendencias manifestadas en Ivanovo-Vosnesensk culminaron en el Soviet de diputados obreros de San Petersburgo.
El Soviet era el resultado del desarrollo de las luchas obreras de San Petersburgo. Contrariamente a Ivanovo-Vosnesensk, no había surgido de una lucha particular sino a iniciativa de los mencheviques que convocaron su primera reunión. Está tan enraizado en las luchas obreras que es una expresión más del movimiento en su conjunto que de una parte de él. De hecho supone un avance. Es un formalismo superficial pensar que sería menos auténticamente proletario, o en cierta forma una creación de la Socialdemocracia. En realidad los revolucionarios fueron arrastrados por la oleada de acontecimientos y por el desarrollo espontáneo de la lucha a un ritmo que no habían previsto.
El Soviet desde su aparición explicita su carácter político:
“Se decide llamar inmediatamente al proletariado de la capital a la huelga general política y a elegir delegados”.
El llamamiento de su primera reunión dice:
“la clase obrera tiene que recurrir a la última medida de la que dispone el movimiento obrero mundial y que le da su fuerza: la huelga general” (…) “En breve se van a producir en Rusia acontecimientos decisivos que determinarán la suerte de la clase obrera durante años, debemos ir por delante de los hechos con todas nuestras fuerzas disponibles, unificados bajo la égida de nuestro Soviet” (<!--[if !supportFootnotes]-->[1]<!--[endif]-->).
La segunda reunión del Soviet planteará reivindicaciones frente a la clase dominante:
“Una diputación especial se encargará de formular ante la Duma municipal las siguientes reivindicaciones: 1) adoptar medidas inmediatas para garantizar el aprovisionamiento de las masas obreras; 2) disponer de locales para las reuniones; 3) suspender toda atribución de provisiones, locales, fondos, a la policía, a la gendarmería, etc; 4º) asignar las sumas necesarias para armar al proletariado de Petersburgo que lucha por la libertad” (<!--[if !supportFootnotes]-->[2]<!--[endif]-->).
El Soviet, rápidamente, se convierte en el centro de coordinación de las luchas y dirige la huelga de masas, los sindicatos y los comités de huelga específicos se ponen a sus órdenes y adoptan sus decisiones. El Manifiesto constitucional que firma el Zar, y que se publica el 18 de octubre, puede parecer un documento no muy radical, pero en el contexto político de la época expresa la relación de fuerzas entre las clases durante la revolución y tiene un significado histórico. Como señala Trostski:
“El 17 de octubre, el gobierno del Zar cubierto por la sangre y las maldiciones de los siglos, había capitulado ante la sublevación de las masas obreras en huelga. Ningún intento de restauración podría borrar de la historia este acontecimiento. Sobre la corona sagrada del absolutismo, la bota del proletariado había aplicado su marca imborrable” (<!--[if !supportFootnotes]-->[3]<!--[endif]-->).
Los siguientes dos meses y medio fueron testigos del conflicto entre el proletariado revolucionario, dirigido por el Soviet que aquél había hecho nacer, y la burguesía. El 21 de octubre, el Soviet, ante el decaimiento de la huelga decide ponerle fin y organiza la vuelta al trabajo de todos los obreros a la misma hora, demostrando con ello su fuerza. La manifestación planificada para finales de octubre, a favor de la amnistía de los detenidos por el Estado, se desconvocó ante los preparativos de la clase dominante para provocar incidentes. Con acciones como esa se trataba de tomar la iniciativa ante los inevitables enfrentamientos de clase que se avecinaban:
“Esta era, precisamente, en su dirección general, la política del Soviet: miraba bien de frente y marchaba hacia un conflicto. Sin embargo no se sentía autorizado a acelerar su llegada. Mejor sería más tarde” (<!--[if !supportFootnotes]-->[4]<!--[endif]-->).
A finales de octubre la ola de pogromos en la que se movilizan las Centurias negras aliadas al lumpen y criminales, deja entre 3500 y 4000 muertos, y 10 000 heridos. En San Petersburgo mismo, la burguesía prepara la confrontación final a través de ataques puntuales y batallas aisladas. La respuesta de la clase obrera es reforzar su milicia, tomar las armas e instaurar patrullas, lo que obliga al gobierno a enviar soldados a la ciudad.
En noviembre se desarrolla una nueva huelga, en parte como respuesta a la ley marcial instaurada en Polonia y la creación de un tribunal militar para juzgar a los soldados y marinos que se habían rebelado en Cronstadt. El Soviet, de nuevo ante la realidad de que el movimiento pierde impulso tras haber obtenido algunas concesiones, decide acabar la huelga y los obreros vuelven al trabajo como un cuerpo disciplinado. El éxito de la huelga era haber movilizado a nuevos sectores de la clase obrera y haber conectado con los soldados y los marinos:
“De un solo golpe, removió las masas del ejército y, en el curso de los días que siguieron, ocasionó una serie de mítines en los cuarteles de la guarnición de Petersburgo. En el comité ejecutivo, e incluso en las sesiones del Soviet, se vio aparecer no solo a soldados aislados, sino a delegados de la tropa que pronunciaron discursos y solicitaron ser apoyados; el vínculo revolucionario se afirmó entre ellos, las proclamas revolucionarias se difundieron con profusión en ese medio” (<!--[if !supportFootnotes]-->[5]<!--[endif]-->).
Aunque la tentativa de consolidar lo ganado en la jornada de 8 horas no podía mantenerse y lo adquirido se perdió una vez que la campaña fue desconvocada, su impacto sobre la conciencia de la clase obrera permanece:
“Al defender el Soviet la moción que debía terminar la lucha, el portavoz del comité ejecutivo resumía de la manera siguiente los resultados de la campaña: Si no hemos conquistado la jornada de 8 horas para las masas, al menos hemos conquistado a las masas para la jornada de 8 horas. En adelante, en el corazón de todo obrero petersburgués resonará el mismo grito de batalla: ¡Las ocho horas y un fusil!” (<!--[if !supportFootnotes]-->[6]<!--[endif]-->).
Las huelgas continúan, surgen nuevos movimientos espontáneos, especialmente por parte de los ferroviarios y empleados de telégrafos, pero la contrarrevolución gana fuerza progresivamente. El 26 de noviembre detienen a Georgi Nosar, presidente del Soviet. El Soviet sabe que es inevitable el enfrentamiento y adopta una resolución en la que deja claro que sigue preparado la insurrección armada. Obreros, campesinos y soldados afluyen al Soviet, apoyan su llamamiento a las armas y comienzan los preparativos. Pero el 6 de diciembre sitian el Soviet y detienen a sus miembros. El Soviet de Moscú va más lejos y llama a la huelga general e intenta transformarla en insurrección armada. Pero la reacción ya ha movilizado masivamente sus fuerzas y la tentativa de insurrección se convierte en un combate de retaguardia, en una acción defensiva. A mediados de diciembre se consuma su derrota. La represión que le sigue deja 14 mil muertos en los combates, 20 mil heridos y 70 mil prisioneros o exiliados.
La propia burguesía se interroga sobre lo sucedido en 1905. Como no puede entender el carácter revolucionario de la clase obrera, la confrontación armada y la derrota del proletariado le parecen una locura:
“El Soviet de Petrogrado espoleado por el éxito sucumbe a la hibris (<!--[if !supportFootnotes]-->[7]<!--[endif]-->), sucumbe a un orgullo desmesurado… En vez de consolidar lo ganado se vuelve cada vez más osado y combativo. Muchos de sus dirigentes hacen el razonamiento siguiente: ¿No sería mejor hacer una autocrítica, obtener más concesiones para la clase obrera, que forzar el paso hacia una revolución socialista?. Prefieren ignorar que el éxito de la huelga general se debía a que había logrado unificar a todos los grupos sociales; no podían entender que el Soviet al concentrar su fuego contra la autocracia atraía la simpatía de las clases medias” (<!--[if !supportFootnotes]-->[8]<!--[endif]-->).
La importancia de 1905 para los revolucionarios no está en las adquisiciones intermedias, fueran las que fueran, sino en sus lecciones para el desarrollo de la revolución respecto al papel del proletariado y de la organización de revolucionarios, especialmente sobre los medios que puede usar el proletariado para llevar su lucha a delante: los soviets.
Y estas lecciones se pudieron sacar gracias al “orgullo desmesurado” y a la “osadía” del proletariado, cualidades inestimables para poder acabar con el capitalismo.
Los bolcheviques dudan frente a la constitución de los soviets. En San Petersburgo la organización bolchevique de la ciudad, que participa en su formación, adopta una resolución para que el Soviet acepte el programa socialdemócrata. En Saratov se oponen hasta finales de noviembre a que se constituya un soviet; por el contrario en Moscú, tras algún retraso, participan activamente en el Soviet. Lenin viendo las potencialidades de los soviets criticó –en una carta escrita a principios de noviembre y no publicada en Pravda– a los que, en el partido, se oponían, y defendió la idea de que:
“hay que llegar absolutamente a esta solución: tanto el soviet de diputados obreros como el partido”,
argumentando:
“me parece inútil exigir al soviet de diputados obreros que adopte el programa socialdemócrata o que se adhiera al Partido obrero socialdemócrata de Rusia” (<!--[if !supportFootnotes]-->[9]<!--[endif]-->).
Después explica que el soviet ha surgido de la lucha, que es un producto del conjunto del proletariado y que su papel es agrupar al proletariado y a las fuerzas revolucionarias; y que cuando quiere agrupar a campesinos y elementos de la intelectualidad burguesa dentro de los soviets introduce una confusión significativa:
“… a mi modo de ver, el soviet de diputados obreros, como centro político dirigente revolucionario, no es una organización demasiado amplia, sino, al contrario, demasiado estrecha. El soviet debe proclamarse gobierno revolucionario provisional, o bien constituirlo, incorporando para ello a nuevos diputados, no solo de los obreros, sino, primero, de los marinos y soldados, que en todas partes se sienten ya atraídos por la libertad; segundo, del campesinado revolucionario, y tercero, de la intelectualidad burguesa revolucionaria. No nos asusta esa composición tan amplia y abigarrada, sino que la deseamos, pues sin la unidad del proletariado y el campesinado, sin el acercamiento militante de los socialdemócratas y demócratas revolucionarios es imposible el éxito total de la gran Revolución rusa”.
La posición de Lenin en el momento de la revolución es justa, aunque luego no siempre fue clara debido a que, en gran medida relacionaba los soviets con la revolución burguesa, y los consideraba como base de un gobierno revolucionario provisional. Sin embargo reconocía uno de los aspectos clave de los soviets: ser una forma surgida de la propia lucha, de la huelga de masas, que agrupa a la clase, un arma de la lucha revolucionaria o insurreccional que avanza y retrocede con ella:
“Los soviet de diputados son órganos de la lucha directa de las masas. Surgieron como órganos de la lucha huelguística. Por el peso de las circunstancias se convirtieron muy pronto en órganos de la lucha general revolucionaria contra el gobierno. Y, en virtud del desarrollo de los acontecimientos y del paso de la huelga a la insurrección se convirtieron inconteniblemente en órganos de la insurrección. Es un hecho absolutamente indiscutible que ese es el papel desempeñado en diciembre por toda una serie de “soviets” y “comités”. Y todos los acontecimientos han demostrado de la manera más palmaria y concluyente que la fuerza y la importancia de dichos órganos en el momento de la acción combativa depende totalmente del vigor y del éxito de la insurrección” (<!--[if !supportFootnotes]-->[10]<!--[endif]-->).
En 1917 esta comprensión permitió que Lenin reconociera el papel central que desempeñaban los soviets.
Los sindicatos y los soviets
Una de las principales lecciones de 1905 es sobre la función de los sindicatos. Ya hemos mencionado este punto fundamental: el nacimiento de los soviets pone en evidencia que la historia ha superado la forma sindical, pero conviene considerar esta cuestión con más detalle.
El Estado ruso prohibió durante años las asociaciones obreras, al contrario de lo que sucedía en los países capitalistas más avanzados donde los sindicatos se habían ganado el derecho a existir y reagrupaban a miles, cuando no a millones, de obreros. La situación particular que se daba en Rusia no impedía que los obreros lucharan, sino que hacía que esos movimientos tendieran a ser espontáneos y, especialmente, que las luchas generaran directamente organizaciones que tomaban la forma de comités de huelga y que desaparecían al terminar la huelga. Lo único legalmente permitido era organizar la recogida de fondos de apoyo a la huelga.
En 1905 Serguei Zubatov funda en Moscú una asociación de ayuda mutua de los trabajadores de la industria mecánica, su ejemplo cunde en otras ciudades en las que se crean organizaciones similares. El objetivo de estos sindicatos (montados y creados por la policía zarista) era separar las reivindicaciones económicas de las políticas, y permitir la satisfacción de las primeras para impedir que surgieran las segundas. Aunque tampoco se satisfacen las primeras, de un lado porque el Estado no quiere hacer la más mínima concesión (que permitiría a los sindicatos ganar un mínimo de credibilidad), y de otro porque la clase obrera y los revolucionarios los utilizan para sus propios fines:
“Los zubatovistas de Moscú encontraron audiencia en los talleres ferroviarios de la línea Moscú-Kursk pero, contrariamente a los planes de esos “socialistas de la policía”, los contactos que se establecían en las cantinas y en las librerías zubatovistas también reforzaban la organización de grupos socialdemócratas” (<!--[if !supportFootnotes]-->[11]<!--[endif]-->).
La amplia huelga de masas de 1902-1903, extendida por todo el sur del país con la participación de unos 225 mil trabajadores, barrió a los sindicatos zubatovistas.
Para sustituirlos, el Estado permitió la creación de starostes (<!--[if !supportFootnotes]-->[12]<!--[endif]-->), o decanos de fábrica, que negocian con la dirección. Ese tipo de delegación había surgido en el pasado ante la falta de otra forma de organización, pero con la nueva ley hecha para evitar la aparición de delegados que representaran realmente los intereses de los obreros, esos individuos solo pueden elegirse con el permiso de sus patronos de los que dependen completamente. No disfrutaban de ninguna inmunidad y podían ser despedidos por sus patronos o ser directamente apartados de sus puestos por los gobernantes de la región dependientes del Estado.
Cuando estalla la revolución los sindicatos aún eran ilegales. Sin embargo se habían formado muchos sindicatos durante la primera oleada de luchas. En San Petersburgo a finales de septiembre había 16 sindicatos, en Moscú 24, así como en otras partes del país. A finales de año pasaron a 57 en San Petersburgo, 67 en Moscú. Los intelectuales y las profesiones liberales también formaban sindicatos (abogados, personal sanitario, ingenieros, técnicos…), 14 de esos sindicatos formaron la Unión de sindicatos.
¿Qué relación había entre sindicatos y soviet? Sencillamente, los soviets dirigían la lucha, y los sindicatos se radicalizaban bajo su dirección:
“A medida que se desarrollaba la huelga de octubre, el soviet se convertía naturalmente en el centro que atraía la atención general de los hombres políticos. Su importancia crecía literalmente de hora en hora. El proletariado industrial había sido el primero en cerrar filas en torno a él. La unión de los sindicatos que se había adherido a la huelga a partir del 14 de octubre, tuvo casi inmediatamente que reconocer el protectorado del soviet. Numerosos comités de huelga –los de los ingenieros, abogados funcionarios del gobierno– regulaban sus actos por las decisiones del soviet. Sometiendo a las organizaciones independientes, el soviet unificó en torno suyo a toda la revolución” (<!--[if !supportFootnotes]-->[13]<!--[endif]-->).
El ejemplo del sindicato de ferroviarios es instructivo ya que muestra a la vez lo máximo a lo que pueden llegar los sindicatos en ese periodo revolucionario, y sus límites.
Como ya hemos dicho, los ferroviarios antes de 1905 tenían fama de combativos y, los revolucionarios, incluidos los bolcheviques tenían gran influencia en ellos. A finales de enero se producen oleadas de huelgas ferroviarias, primero en Polonia, luego en San Petersburgo, después en Bielorrusia, Ucrania y en las líneas con destino a Moscú. Las autoridades empiezan por hacer alguna concesión e inmediatamente tratan de imponer la ley marcial, pero ninguna de esas dos tácticas hace que los obreros se dobleguen. En abril se funda el Sindicato de empleados y obreros de ferrocarril de todas las Rusias. Al principio ese sindicato parece dominado por los técnicos y oficinistas, mientras los obreros guardan distancia respecto a él; pero eso cambia a lo largo del año. En julio se produce una nueva ola de luchas que arranca de la base y que inmediatamente adopta una forma más política. Como ya hemos recordado, en septiembre la Conferencia sobre las jubilaciones se transforma en “Primer Congreso de delegados de empleados de ferrocarril de todas las Rusias”. Esta marea de combatividad en alza comienza a sobrepasar los límites del sindicato y se desencadenan huelgas espontáneas en septiembre, lo que fuerza a los sindicatos a reaccionar, como señala un delegado al Congreso sobre las jubilaciones:
“Los empleados hicieron la huelga espontáneamente, ven inevitable una huelga en el ferrocarril Moscú-Kazan, el sindicato ve necesario apoyar a huelga en las demás vías que conectan Moscú” (<!--[if !supportFootnotes]-->[14]<!--[endif]-->).
Esas huelgas se convierten en la chispa que enciende la huelga de masas de octubre:
“El 9 de octubre igualmente, en una sesión extraordinaria del Congreso de delegados ferroviarios en Petersburgo, se formula y expide inmediatamente por telégrafo a todas las líneas el lema de la huelga de los ferrocarriles: la jornada de 8 horas, las libertades cívicas, la amnistía, la Asamblea constituyente.
“La huelga extiende ahora una mano dominadora por toda la extensión del país. Se deshace de todas sus vacilaciones. A medida que el número de huelguistas aumenta, su seguridad se hace mayor. Por encima de las necesidades económicas de las profesiones, se elevan las reivindicaciones revolucionarias de la clase. Despegándose de los marcos corporativos y locales, comienza a sentir que la revolución es ella misma, y esto le confiere una audacia inesperada.
“Corre sobre los raíles y, con un gesto autoritario, cierra el camino tras de sí. Advierte de su paso por el hilo telegráfico del ferrocarril: “¡La huelga! ¡Haced la huelga!” exclama en todas las direcciones” (<!--[if !supportFootnotes]-->[15]<!--[endif]-->).
Los obreros de base pasan al primer plano, inundan los sindicatos con su pasión revolucionaria:
“Entre el 9 y el 18 de octubre no emana ninguna nota del Buró central en la que se dé la más mínima instrucción a los sindicatos locales, y las memorias de sus líderes son especialmente silenciosas en lo que concierne los sucesos de aquellos días. De hecho, la aparición de una organización de obreros de base, promovida por el huelga, tendía a reforzar la influencia tanto de los grupos dirigentes locales como de los partidos revolucionarios a expensas del Buró central que sólo tenia de independiente su nombre, especialmente cuando la huelga implicaba a nuevas categorías de obreros” (<!--[if !supportFootnotes]-->[16]<!--[endif]-->).
Incluso la policía zarista reconocía que…
“… durante la huelga, los huelguistas formaban comités en cada una de las líneas férreas para asegurar su organización y su dirección” (<!--[if !supportFootnotes]-->[17]<!--[endif]-->).
Una de las características de esta huelga fue la aparición de “delegados de tren” cuya misión era extender la huelga y mantener las comunicaciones entre los centros en lucha.
Entre octubre y diciembre se formaron gran cantidad de nuevos sindicatos, como muestra un informe del Gobierno, que se comprometen inmediatamente en la lucha política:
“Al principio los sindicatos se forman para regular las relaciones económicas de los empleados pero, enseguida, influenciados por la propaganda contra el Estado, toman un giro más político y empiezan a luchar por derrocar el Estado y el orden social existentes” (<!--[if !supportFootnotes]-->[18]<!--[endif]-->).
Esta es muy probablemente una descripción fiel de la actitud de los obreros ferroviarios que, participando en la huelga y en la insurrección armada de diciembre en Moscú estaban en le primer plano de la escena de la revolución.
Los sindicatos de ferroviarios declinan rápidamente tras la revolución. En su Tercer Congreso, diciembre de 1906, su actividad descendió notablemente respecto al año anterior a pesar de que el número de obreros representados se había duplicado. En febrero de 1907 los socialdemócratas se retiran del sindicato y éste se hunde en 1908.
En el siglo xix, la clase obrera en Gran Bretaña se batió para crear sindicatos. Al principio agrupaban solo a los obreros más cualificados, hubo que esperar a las grandes luchas de la segunda mitad de ese siglo para que los obreros no cualificados superaran su dispersión y su debilidad, y formaran sus propios sindicatos. En la Rusia de 1905 son también los obreros más cualificados los que crean primero los sindicatos pero, al contrario de lo ocurrido en Inglaterra, la falta de participación de los no cualificados, de los obreros de base, no expresaba una falta de combatividad y de conciencia de clase sino un nivel más alto de estas. La ausencia de sindicatos no impidió el desarrollo de la conciencia de clase y de la combatividad que continuó progresando en 1905 creando las condiciones favorables para la huelga de masas y la aparición de los soviets. Se dio la forma sindical, pero su contenido tendía a inscribirse en la nueva forma de lucha. En la ebullición revolucionaria los obreros creaban nuevas formas de lucha pero también inyectaban ese nuevo contenido a las viejas formas, arrastrándolas en el torbellino revolucionario. La actividad revolucionaria de la clase obrera clarificó en la práctica la situación mucho antes de que se comprendiese a nivel teórico: en 1917 cuando la clase obrera parte al asalto contra el capital lo hace con los soviets.
1905 anuncia el fin de la forma sindical de organización de la clase obrera
La Revolución de 1917 confirmará que el soviet es la única forma de organización que se adapta a las necesidades de la lucha de la clase obrera en “la era de las guerras y de las revoluciones” (términos con los que la Internacional comunista caracteriza el periodo que abre la Primera Guerra mundial en la vida del capitalismo).
La huelga de masas de 1905 y su tentativa de insurrección muestran que los consejos obreros eran capaces de tomar a su cargo todas las funciones esenciales asumidas hasta ese momento por los sindicatos, es decir ser un lugar donde el proletariado se unifica y desarrolla su conciencia de clase, especialmente bajo la influencia de la intervención de los revolucionarios (<!--[if !supportFootnotes]-->[19]<!--[endif]-->). Pero, mientras que durante todo el periodo precedente, en que la clase obrera estaba aún constituyéndose, los sindicatos normalmente debían su existencia a la intervención de los revolucionarios que organizaban a su clase; en cambio las masas obreras toman a cargo espontáneamente la creación del soviet, lo que se corresponde con la propia evolución de la clase obrera, a su madurez, a su nivel más alto de conciencia, y a las nuevas condiciones de se lucha. En efecto, mientras que la acción sindical se hacía en estrecha colaboración con los partidos parlamentarios de masas en torno a la lucha sistemática y progresiva por reformas, el consejo obrero corresponde a una necesidad de la lucha al tiempo económica y política, frontal contra el poder del Estado que es ya incapaz de satisfacer las reivindicaciones obreras. Es decir, el sindicato ya no sirve para llevar a delante una lucha capaz de agrupar y unir en la acción a fracciones crecientes y diversas de la clase obrera y ser el crisol de un desarrollo general de la conciencia.
Los sucesos de 1905 muestras por sí mismos que la practica sindical, instrumento por cuya constitución los obreros se batieron durante décadas, estaba perdiendo toda utilidad para la clase obrera. Si las circunstancias de 1905 dieron a los sindicatos la oportunidad de hacer todavía un papel positivo a favor de los obreros, esto sólo fue posible gracias a la propia existencia de los consejos obreros de los que los sindicatos se convirtieron en meros apéndices. En los años siguientes la sanción de la historia fue mucho más cruel para esas herramientas ya inadaptadas para la lucha obrera. En efecto en la primera carnicería mundial, la burguesía de los principales países beligerantes se adueñará de los sindicatos, poniéndolos al servicio del estado burgués, para con ellos atar a la clase obrera al esfuerzo de guerra.
Conclusion
La Revolución de 1905 es rica en lecciones de una importancia capital hoy en día para comprender el periodo histórico, para saber cuáles son las tareas y las formas de la lucha revolucionaria. La lucha de 1905 muestra los elementos esenciales de la lucha del proletariado en el periodo de decadencia del capitalismo. El desarrollo de la crisis del capitalismo platea a la lucha el objetivo de derrocar revolucionariamente al capitalismo, al tiempo que las consecuencias de la crisis, la guerra, la pobreza y una explotación aguda, imponen a toda lucha real darse una forma política. En tal situación nacieron los soviets. No fueron una especificidad rusa, sino que con diferentes ritmos y formas se dieron en los principales países capitalistas. En próximos artículos de esta serie veremos qué lecciones ha sido capaz de sacar el movimiento obrero.
North, 14/06/05
<!--[if !supportFootnotes]-->
<!--[if !supportFootnotes]-->[1]<!--[endif]-->) Trotski, 1905, Resultados y perspectivas, “La formación del Soviet de diputados obreros”.
<!--[if !supportFootnotes]-->[2]<!--[endif]-->) Ídem.
<!--[if !supportFootnotes]-->[3]<!--[endif]-->) Ídem, Capitulo 10, “El ministerio de Witte”.
<!--[if !supportFootnotes]-->[4]<!--[endif]-->) Ídem, Capitulo 11, “Los primeros días de la «libertad»”.
<!--[if !supportFootnotes]-->[5]<!--[endif]-->) Ídem, Capitulo 15: “La huelga de noviembre”
<!--[if !supportFootnotes]-->[6]<!--[endif]-->) Ídem, Capitulo 16: “¡Las ocho horas y un fusil!”.
<!--[if !supportFootnotes]-->[7]<!--[endif]-->) Ndlr: Hibris era en la Grecia antigua la personificación de la insolencia, de la trasgresión de las normas generalmente admitidas, y al castigo que reciben los hombres por ello, de querer parecerse a los dioses o pretender igualarse a ellos.
<!--[if !supportFootnotes]-->[8]<!--[endif]-->) Abraham Ascher: La Revolución de 1905, Cap. X: “Días de libertad” (en inglés, traducido por nosotros).
<!--[if !supportFootnotes]-->[9]<!--[endif]-->) Lenin: Obras completas,“Nuestras tareas y el Soviet de diputados obreros”.
<!--[if !supportFootnotes]-->[10]<!--[endif]-->) Ídem, “La disolución de la Duma y las tareas del proletariado”.
<!--[if !supportFootnotes]-->[11]<!--[endif]-->) Henry Reichman, Railwaymen and Revolution, Russia 1905 (Ferroviarios y revolución: 1905”, traducido del inglés por nosotros).
<!--[if !supportFootnotes]-->[12]<!--[endif]-->) Ese término, en su origen, se refiere a un veterano nombrado por los campesinos para hacer de policía en el pueblo, mediar en las disputas y tener en cuenta todos los intereses. Todos se sometían siempre a las decisiones del staroste.
<!--[if !supportFootnotes]-->[13]<!--[endif]-->) Trotski, 1905, Resultados y perspectivas, Capitulo 8: “La formación del Soviet de diputados obreros”.
<!--[if !supportFootnotes]-->[14]<!--[endif]-->) Henry Reichman: Ferroviarios y revolución: 1905, Capitulo 7 (en inglés, traducido por nosotros).
<!--[if !supportFootnotes]-->[15]<!--[endif]-->) Trotski, 1905, Resultados y perspectivas, Capitulo 7: “La huelga de octubre”.
<!--[if !supportFootnotes]-->[16]<!--[endif]-->) Reichman, Ídem.
<!--[if !supportFootnotes]-->[17]<!--[endif]-->) Ídem.
<!--[if !supportFootnotes]-->[18]<!--[endif]-->) Ídem, Capitulo 8.
<!--[if !supportFootnotes]-->[19]<!--[endif]-->) La actitud de los revolucionarios se distingue de la de los reformistas en que frente a cualquier lucha local siempre ponían por delante los intereses comunes a todo el proletariado como clase histórica y mundial revolucionaria y no la perspectiva de un “capitalismo social”.
De Marx a la Izquierda comunista (II) : Las tomas de posición políticas de la IIIª Internacional
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En el primer artículo de esta serie publicado en el nº 118 de esta Revista, pusimos en evidencia cómo la teoría de la decadencia, en Marx y Engels, está en la médula del materialismo histórico en el análisis de la evolución de los modos de producción. De igual modo la encontramos en el centro de los textos programáticos de las organizaciones de la clase obrera. En el segundo artículo, publicado en el nº 121 de la Revista internacional, hemos visto cómo las organizaciones obreras, tanto en los tiempos de Marx como en la Segunda Internacional, en sus Izquierdas marxistas así como en la Tercera Internacional, la Internacional comunista (IC), hicieron de este análisis el eje central de su comprensión de la evolución del capitalismo para ser capaces determinar las prioridades del momento. Marx y Engels, efectivamente, siempre dijeron claramente que la perspectiva de la revolución comunista dependía de la evolución material, histórica y global del capitalismo. La Internacional comunista, en particular, hará de este análisis el eje central de comprensión del nuevo período abierto con el estallido de la Primera Guerra mundial. Todas las corrientes políticas que la constituirán reconocerán el sello de la entrada del capitalismo en su período de decadencia en el primer conflicto mundial. Seguimos aquí evocando históricamente las principales expresiones políticas particulares de la IC sobre las cuestiones sindical, parlamentaria y nacional, para las cuales la entrada del sistema en su fase de declive tuvo consecuencias muy importantes.
El Primer congreso de la IC se celebró del 2 al 6 de marzo 1919, en plena culminación de la efervescencia revolucionaria internacional que se estaba desarrollando sobre todo en las principales concentraciones obreras de Europa. El joven poder soviético en Rusia apenas existía desde hacía dos años y medio. Un amplio movimiento insurreccional había estallado en septiembre del 18 en Bulgaria. Alemania estaba en plena agitación social, se habían formado consejos obreros en todo el país y una sublevación revolucionaria acababa de ocurrir en Berlín entre noviembre del 18 y febrero del 19. Llegó incluso a formarse una República socialista de consejos obreros en Baviera, que desgraciadamente sólo viviría entre noviembre del 1918 y abril de 1919. Una revolución socialista triunfadora estalló en Hungría inmediatamente después del congreso y resistir seis meses, de marzo a agosto del 19, a los asaltos de las fuerzas contrarrevolucionarias. Importantes movimientos sociales, consecuencia de las atrocidades de la guerra y de las dificultades de la posguerra, agitaban a todos los países europeos.
Al mismo tiempo, a causa de la traición de la socialdemocracia al haber tomado abiertamente partido por la burguesía al estallar la guerra en 1914, las fuerzas revolucionarias estaban en plena reorganización. Empezaban a desprenderse nuevas formaciones mediante un difícil proceso de decantación, con el objetivo de salvar los principios proletarios y las mayores fuerzas posibles de los antiguos partidos obreros. Las Conferencias de Zimmerwald (septiembre de 1915) y de Kienthal (abril del 16), que agruparon a todos los opositores a la guerra imperialista, contribuyeron ampliamente en esa decantación, permitiendo echar los primeros cimientos para la fundación de una nueva Internacional.
En el precedente artículo vimos cómo, tras el estallido de la Primera Guerra mundial, esa nueva Internacional hizo de la entrada del capitalismo en un nuevo período histórico su marco de comprensión de las tareas del momento. Examinaremos ahora cómo aparecerá ese marco, tanto explícita como implícitamente, en la elaboración de sus posiciones programáticas; hemos de poner también en evidencia que la rapidez del movimiento, en las difíciles condiciones de aquellos tiempos, no permitió a los revolucionarios sacar todas las implicaciones políticas de la entrada del capitalismo en su fase de decadencia en lo referente al contenido y las formas de lucha de la clase obrera.
La cuestión sindical
En el Primer congreso de la Tercera internacional en marzo del 19, las primeras cuestiones a las que han de confrontarse las nuevas organizaciones comunistas atañen a la forma, contenido y perspectivas del movimiento revolucionario que se está desarrollando en toda Europa. La tarea del momento ya no es la de conquistas progresivas en el marco de un sistema capitalista ascendente: es la de la conquista del poder contra un modo de producción que ha sellado su quiebra histórica con el estallido de la Primera Guerra mundial (<!--[if !supportFootnotes]-->[1]<!--[endif]-->). La forma de la lucha del proletariado debe entonces evolucionar para corresponderse con ese nuevo contexto histórico y con el nuevo objetivo.
La organización en sindicatos –esencialmente órganos de defensa de los intereses económicos del proletariado, que agrupaban minorías de la clase obrera– era la apropiada para los objetivos del movimiento obrero durante la fase ascendente del capitalismo, paro ya no correspondía a la perspectiva de conquista del poder. Por ello la clase obrera, en las huelgas de masas en Rusia de 1905 (<!--[if !supportFootnotes]-->[2]<!--[endif]-->), hizo surgir los soviets (consejos obreros), órganos que agrupan al conjunto de los obreros en lucha, siendo su contenido a la vez político y económico (<!--[if !supportFootnotes]-->[3]<!--[endif]-->) y cuyo objetivo fundamental es la preparación de la toma de poder:
« Lo fundamental es encontrar la vía practica que brindará al proletariado el medio para tomar el poder. Esa vía es el sistema de los soviets conjugado con la dictadura del proletariado. ¡Dictadura del proletariado!. Hasta hace poco estas palabras eran para las masas una expresión rebuscada y difícil, pero hoy, por la difusión que ha alcanzado en el mundo entero el sistema de los soviets, esa formulación ha sido traducida a todos los idiomas contemporáneos. Gracias al poder soviético que hoy gobierna en Rusia, gracias a los grupos espartaquistas de Alemania y a otros organismos similares de otros países (…)” (“Discurso de apertura del Primer Congreso de la IC” pronunciado por Lenin, citado en Los cuatro primeros congresos de la IC –primera parte).
Basándose en la experiencia de la Revolución rusa y en la aparición masiva de los consejos obreros en todos los movimientos insurreccionales en Europa, la IC en su Primer congreso era muy consciente de que el marco de las luchas consecuentes de la clase obrera ya no eran las organizaciones sindicales sino estos nuevos órganos unitarios: los soviets:
“En efecto, la victoria no podrá ser considerada como segura mientras no sean organizados no solo los trabajadores de la ciudad sino también los proletarios rurales, y organizados no como antes en los sindicatos y cooperativas sino en los soviets” (“Discurso de Lenin sobre las Tesis sobre la democracia burguesa y la dictadura del proletariado en el Primer Congreso de la IC”, Idem).
Es por supuesto la principal lección que se despeja de ese Primer congreso constitutivo de la IC, que se da como “tarea más esencial” la “propagación del sistema de los soviets”, según las propias palabras de Lenin:
«Sin embargo, creo que tras casi dos años de revolución no debemos plantear el problema de ese modo sino adoptar resoluciones concretas dado que la propagación del sistema de los soviets es para nosotros, y particularmente para la mayoría de los países de Europa occidental, la más esencial de las tareas (…) Deseo hacer una propuesta concreta tendente a la adopción de una resolución en la cual deben ser señalados particularmente tres puntos: 1. Una de las tareas más importantes para los camaradas de los países de Europa occidental consiste en explicar a las masas el significado, la importancia y la necesidad del sistema de los soviets (…) 3. Debemos decir que la conquista de la mayoría comunista en los soviets es la principal tarea en todos los países donde el poder soviético aún no triunfó” (idem).
El primer congreso de la IC también pone en evidencia que la clase obrera no solo hace surgir nuevos órganos de lucha –los consejos obreros– adaptados a los nuevos objetivos y contenido de su lucha en el período de decadencia del capitalismo, sino que éstos han de enfrentarse a los sindicatos que se han pasado al campo de la burguesía. Lo atestiguan los informes presentados por los delegados de varios países. Albert, delegado por Alemania, dice en su Informe:
«Es importante constatar que esos consejos de fábricas ponen entre la espada y la pared a los viejos sindicatos, incluso tan potentes como los alemanes, que habían prohibido a los obreros hacer huelga, que estaban contra cualquier movimiento declarado por parte de los obreros, y que habían apuñalado por la espalda a la clase obrera. Esos sindicatos están totalmente fuera de juego tras el golpe del 9 de noviembre. Todas la reivindicaciones salariales se han lanzado sin los sindicatos, e incluso contra ellos, porque ellos no han defendido ninguna reivindicación salarial » (citado en el Primer Congreso de la Internacional comunista).
El informe de Platten sobre Suiza va en el mismo sentido:
« El movimiento sindical en Suiza sufre del mismo mal que en Alemania (...) Los obreros suizos comprenden muy bien que solo podrán mejorar su situación material si vulneran los estatutos de sus sindicatos y parten en lucha, no bajo la dirección de la vieja Confederación sino bajo una dirección elegida por ellos. Se organizó un Congreso obrero en el que se formó un consejo obrero... (...) Congreso obrero que se realizó pese a la resistencia de la dirección sindical » (Idem).
Esa realidad del enfrentamiento, a menudo violento, entre movimiento obrero organizado en consejos y sindicatos transformados en último baluarte para salvar al capitalismo, es una experiencia que aparece en los informes de todos los delegados, a uno u otro nivel (<!--[if !supportFootnotes]-->[4]<!--[endif]-->).
Este papel contrarrevolucionario de los sindicatos es un descubrimiento para el Partido bolchevique y Zinoviev, en su Informe sobre Rusia, dice:
«El desarrollo histórico de nuestros sindicatos ha sido diferente al de Alemania. En 1904 y 1905 desempeñaron un gran papel revolucionario y, hasta ahora, han luchado a nuestro lado por el socialismo (...) La inmensa mayoría de sus miembros comparten los puntos de vista de nuestro partido y todo lo que votan es a nuestro favor» (Primer Congreso de la IC).
El propio Bujarin, como corredactor de la Plataforma que será votada, declara:
«Camaradas, mi labor consiste en analizar la plataforma que se presenta (...) Si la hubiéramos escrito para los rusos trataríamos del papel de los sindicatos en el proceso de transformación revolucionaria. Pero tras la experiencia de los comunistas alemanes, eso es imposible, ya que los camaradas nos dicen que los sindicatos en Alemania son lo opuesto a los nuestros. En nuestro caso, los sindicatos desempeñan un papel positivo dentro del proceso de trabajo. El poder soviético se apoya, precisamente, en ellos; en Alemania ocurre todo lo contrario » (Primer Congreso de la IC).
Eso no es una sorpresa cuando se sabe que los sindicatos no aparecen realmente en Rusia más que en 1905, en el período de efervescencia revolucionaria en el que son arrastrados por el movimiento, a menudo bajo la dependencia de los soviets. Cuando se hunde el movimiento tras el fracaso de la revolución, los sindicatos también tienen tendencia a desaparecer, pues, contrariamente a lo que ocurría en los países occidentales, el absolutismo del Estado ruso no les permitía integrarse en su seno. En la mayor parte de los países occidentales desarrollados, como Alemania, Gran Bretaña y Francia, los sindicatos tenían tendencia a implicarse cada día más en la gestión de la sociedad a través de su participación en organismos varios y lo que hoy se llama “comisiones paritarias”. La explosión de la guerra confiere a esa tendencia su carácter decisivo, poniendo a los sindicatos en la obligación de escoger explícitamente su campo; y todos lo harán en los países citados traicionando a la clase obrera, incluido el sindicato anarcosindicalista CGT en Francia (<!--[if !supportFootnotes]-->[5]<!--[endif]-->). En Rusia, sin embargo, con el desarrollo de la lucha de clases en reacción a las privaciones y al horror de la Primera Guerra mundial, la existencia de los sindicatos se reactiva. En el mejor de los casos, su papel es el de auxiliar de los soviets, como en 1905. Es preciso señalar, sin embargo, que a pesar de las condiciones desfavorables para su integración en el Estado, ciertos sindicatos como el de los ferroviarios ya eran muy reaccionarios en el periodo revolucionario de 1917.
Con el reflujo de la oleada revolucionaria y el aislamiento de Rusia, esas diferencias en la herencia de la experiencia obrera pesarán sobre la capacidad de la Internacional para sacar y hacer homogéneas todas las lecciones de las experiencias del proletariado a escala internacional. La fuerza del movimiento revolucionario, todavía aun muy importante cuando el Primer congreso, así como la convergencia de las experiencias sobre la cuestión sindical a la que se refieren todos los delegados de los países capitalistas más desarrollados, hacen que esta cuestión siga abierta. Así es como el camarada Albert, en nombre de la Mesa y como ponente de la Plataforma de la IC, concluirá sobre la cuestión sindical:
“Ahora abordo una cuestión capital que no se trata en la Plataforma, es decir la del movimiento sindical. Esta cuestión la hemos trabajado ampliamente. Hemos escuchado a delegados de diferentes países hablar del movimiento sindical y debemos constatar que no podemos adoptar hoy una posición internacional sobre esto en la Plataforma porque la situación del proletariado varía considerablemente de un país a otro. (...) Las circunstancias son muy diferentes según los países, de forma que nos parece imposible dar unas líneas directrices internacionales claras a los obreros. Ya que ello no es posible y no podemos zanjar la cuestión, debemos dejar que sean las diversas organizaciones nacionales las que definan su posición» (Primer Congreso de la IC)”.
Así contestará Albert, delegado del Partido comunista de Alemania, a la idea emitida por Reinstein, antiguo miembro del Socialist Labor Party americano y considerado como el delegado de Estados Unidos (<!--[if !supportFootnotes]-->[6]<!--[endif]-->), de “revolucionalizar” a los sindicatos:
“Estoy tentado de decir que hay que «revolucionarizar», cambiar a los dirigentes amarillos por dirigentes revolucionarios. Pero, en realidad, no es fácil pues todos las formas de organización de los sindicatos se adaptan al viejo aparato del Estado, y porque el sistema de los Consejos no se puede construir sobre la base de los sindicatos de ramo » (Idem).”
El final de la guerra, una cierta euforia de la “victoria” en los países vencedores y la capacidad de la burguesía, apoyada ahora por la ayuda indefectible de los partidos socialdemócratas y por los sindicatos, para mezclar la represión feroz de los movimientos sociales con concesiones importantes en lo económico y lo político a la clase obrera –tales como el sufragio universal y la jornada de ocho horas– le permitirán estabilizar poco a poco, según qué país, la situación socioeconómica. Esta situación favorecerá el declive progresivo de la intensidad de la oleada revolucionaria que precisamente había surgido contra las atrocidades de la guerra y de sus consecuencias. Ese agotamiento del impulso revolucionario y el frenazo a la degradación de la situación económica pesarán mucho sobre la capacidad del movimiento revolucionario para sacar todas las lecciones de las experiencias de lucha a escala internacional y unificar su comprensión de todas las implicaciones del cambio de período histórico sobre la forma y el contenido de la lucha del proletariado. El aislamiento de la Revolución rusa favorecerá que la IC esté dominada por las posiciones del Partido bolchevique, un partido al que la presión terrible de los acontecimientos obligará a hacer cada vez más concesiones para intentar ganar tiempo y romper el bloqueo que ahogaba a Rusia. Tres hechos significativos de esa involución se materializarán entre el Primer y el Segundo congreso de la IC (julio de 1920). Por un lado, la IC formará en 1920, antes de su Segundo congreso, una Internacional sindical roja que se presentará como contrincante de la Internacional de los sindicatos “amarillos” de Ámsterdam (ligados a los partidos traidores socialdemócratas). Por otro lado, la Comisión ejecutiva de la IS disolverá, en abril de 1920, su Buró para Europa occidental de Ámsterdam, que polarizaba las posiciones radicales de los partidos comunistas en Europa del Oeste, en oposición con ciertas orientaciones defendidas por dicha Comisión, en particular sobre las cuestiones sindical y parlamentaria. Y, para terminar, Lenin escribe, en abril-mayo de 1920, uno de sus peores libros, La enfermedad infantil del comunismo, en el que hace una critica errónea de los que él llamó en aquel entonces “izquierdistas”; estos agrupaban en realidad todas las expresiones de izquierda y expresaban las experiencias de los bastiones más concentrados y avanzados del proletariado europeo (<!--[if !supportFootnotes]-->[7]<!--[endif]-->). En lugar de proseguir la discusión, la confrontación y la unificación de las diferentes experiencias internacionales de las luchas del proletariado, ese cambio de perspectiva y de posición abría las puertas a un temeroso repliegue hacia las viejas posiciones socialdemócratas radicales (<!--[if !supportFootnotes]-->[8]<!--[endif]-->).
A pesar de los acontecimientos cada día más desfavorables, la IC muestra, en sus «Tesis sobre la cuestión sindical» adoptada en su Segundo congreso, que sigue siendo capaz de clarificaciones teóricas puesto que adquirió la convicción, gracias a la confrontación de las experiencias de lucha en el conjunto de los países y a la convergencia de las lecciones sobre el papel contrarrevolucionario de los sindicatos, y a pesar de la experiencia contraria en Rusia, que los sindicatos se habían pasado a la burguesía durante la Primera Guerra mundial:
“Las mismas razones que, con raras excepciones, habían hecho de la democracia socialista no un arma de la lucha revolucionaria del proletariado por la liquidación del capitalismo, sino una organización que encabezaba el esfuerzo del proletariado según los intereses de la burguesía, hicieron que, durante la guerra, los sindicatos se presentaran con frecuencia como elementos del aparato militar de la burguesía. Ayudaron a ésta a explotar a la clase obrera con la mayor intensidad y a llevar a cabo la guerra del modo más enérgico, en nombre de los intereses del capitalismo” (“El movimiento sindical, los comités de fábrica y de empresas”, Segundo Congreso de la IC, Idem)”.
También los bolcheviques estaban convencidos, a pesar de su experiencia en Rusia, de que los sindicatos desempeñaban ya un papel esencialmente negativo y eran un poderoso freno al desarrollo de la lucha de clases, el estar, como la socialdemocracia, contaminados por el virus del reformismo.
No obstante, debido al cambio de tendencia en la oleada revolucionaria, a la estabilización socioeconómica del capitalismo y al aislamiento de la Revolución rusa, la presión tremenda de los acontecimientos conducirá a la IC, bajo la influencia de los bolcheviques, a quedarse con las antiguas posiciones socialdemócratas radicales en vez de seguir la indispensable profundización política para así comprender los cambios habidos en la dinámica, el contenido y la forma de la lucha de clases en la fase de decadencia del capitalismo. No es extraño entonces que se produjeran unos evidentes retrocesos también en las tesis programáticas que se votaron en el Segundo congreso de la IC, a pesar de la oposición de muchas organizaciones comunistas que representaban las fracciones más avanzadas del proletariado de Europa del Oeste. Y fue así, sin la más mínima argumentación y en total contradicción con la orientación general del Primer congreso y de la realidad concreta de las luchas, cómo defenderán los bolcheviques la idea según la cual:
“… Los sindicatos, que durante la guerra se habían convertido en los órganos del sometimiento de las masas obreras a los intereses de la burguesía, representan ahora los órganos de la destrucción del capitalismo” (Ídem)”.
Esta afirmación, por supuesto, fue inmediata y enérgicamente matizada (<!--[if !supportFootnotes]-->[9]<!--[endif]-->), pero abrió la puerta a todos los subterfugios tácticos de “reconquista” de los sindicatos, de “ponerlos entre la espada y la pared” o desarrollar la táctica del frente único, so pretexto de que los comunistas seguían siendo muy minoritarios, que la situación era más desfavorable cada día, que había que “ir a las masas”, etc.
La evolución rápidamente descrita aquí se refiere a la cuestión sindical pero será idéntica, salvo algunos detalles, para las demás posiciones políticas desarrolladas por la IC. Tras haber realizado importantes clarificaciones y avances teóricos, ésta irá retrocediendo a medida que iba retrocediendo la oleada revolucionaria a nivel internacional. No se trata para nosotros de erigirnos en jueces de la historia y poner buenas o malas notas a unos y a otros, lo único que queremos es entender un proceso en el que cada factor cuenta, con sus fuerzas y debilidades. Ante el aislamiento creciente y sometido a la presión del retroceso de los movimientos sociales, cada componente de la IC tendrá tendencia a adoptar una actitud y unas posiciones determinadas por la experiencia específica de la clase obrera de cada país. La influencia predominante de los bolcheviques en la IC dejará progresivamente de ser un factor dinámico en el momento de su formación para acabar siendo un freno para la clarificación, cristalizando las posiciones de la IC a partir únicamente de la experiencia de la Revolución rusa (<!--[if !supportFootnotes]-->[10]<!--[endif]-->).
La cuestión parlamentaria
Así como para la cuestión sindical, la posición referente a la política parlamentaria sufrirá una evolución semejante, pasando de una tendencia a la clarificación, expresada incluso en las «Tesis sobre el parlamentarismo» adoptadas por el Segundo congreso de la IC, a una tendencia a la fijación en posiciones de repliegue a partir de esas mismas Tesis (<!--[if !supportFootnotes]-->[11]<!--[endif]-->). Pero, todavía más que sobre la cuestión sindical, y eso es lo que más nos interesa en este articulo, la cuestión parlamentaria será claramente analizada como algo propio de la evolución del capitalismo de su fase ascendente a su fase decadente. Se puede leer lo siguiente en las Tesis del Segundo Congreso:
« El comunismo debe tomar como punto de partida el estudio teórico de nuestra época (apogeo del capitalismo, tendencia del imperialismo a su propia negación y a su propia destrucción, agudización continua de la guerra civil, etc.) (...) La actitud de la IIIª Internacional con respecto al parlamentarismo no está determinada por una nueva doctrina sino por la modificación del papel del propio parlamentarismo. En la época precedente, el parlamentarismo, instrumento del capitalismo en vías de desarrollo, trabajó, en cierto sentido, por el progreso histórico. En las condiciones actuales, caracterizadas por el desencadenamiento del imperialismo, el parlamento se ha convertido en un instrumento de la mentira, del fraude, de la violencia, de la destrucción, de los actos de bandolerismo. Obras del imperialismo, las reformas parlamentarias, desprovistas del espíritu de continuidad y de estabilidad y concebidas sin un plan de conjunto, perdieron toda importancia práctica para las masas trabajadoras.(…) Para los comunistas, el parlamento no puede ser actualmente, en ningún caso, el teatro de una lucha por reformas y por el mejoramiento de la situación de la clase obrera, como sucedió en ciertos momentos de la época anterior. El centro de gravedad de la vida política actual está definitivamente fuera del marco del parlamento. (…) Es indispensable considerar siempre el carácter relativamente secundario de este problema (del “parlamentarismo revolucionario”). Al estar el centro de gravedad en la lucha extraparlamentaria por el poder político, es evidente que el problema general de la dictadura del proletariado y de la lucha de las masas por esa dictadura no puede compararse con el problema particular de la utilización del parlamentarismo” (“El partido comunista y el parlamentarismo”, Segundo Congreso de la IC, Ídem, subrayado nuestro).
Desgraciadamente, esas Tesis no serán consecuentes con sus propios presupuestos teóricos puesto que, a pesar de la nitidez de esas afirmaciones, la IC no sacará de ellas todas las consecuencias, pues acaba exhortando a todos los Partidos comunistas a que hagan una labor de propaganda “revolucionaria” desde la tribuna del Parlamento y durante las elecciones.
La cuestión nacional
El Manifiesto votado en el Primer congreso de la IC era muy clarividente sobre la cuestión nacional, al enunciar que en el nuevo periodo abierto por la Primera Guerra mundial:
« El Estado nacional, tras haber dado un impulso vigoroso al desarrollo capitalista, se ha vuelto demasiado estrecho para la expansión de las fuerzas productivas” (“Manifiesto de la Internacional comunista a los proletarios de todo el mundo”, Idem).
Y, por consiguiente, deduce:
“Este fenómeno ha hecho más difícil la situación de los pequeños Estados situados en medio de las grandes potencias europeas y mundiales” (Idem)…
En esto, los pequeños Estados también estaban obligados a desarrollar sus propias políticas imperialistas:
“… “Esos pequeños estados surgidos en diferentes épocas como fragmentación de los grandes, como la calderilla destinada a pagar diversos tributos, como tampones estratégicos, poseen sus dinastías, sus castas dirigentes, sus pretensiones imperialistas, sus maquinaciones diplomáticas (…) Al mismo tiempo el número de pequeños estados creció: de la monarquía austrohúngara, del imperio de los zares se desprendieron nuevos estados que apenas nacidos luchaban entre sí por problemas de fronteras” (Idem)...
Habida cuenta de estas debilidades en un contexto demasiado estrecho para la expansión de las fuerzas productivas, de la independencia nacional se dice que es “ilusoria” y no deja más posibilidades a esas pequeñas naciones que la de hacerles el juego a las grandes potencias vendiéndose a la que más paga en el concierto interimperialista mundial:
“Su independencia ilusoria estaba basada, antes de la guerra, del mismo modo como estaba basado el equilibrio europeo, en el antagonismo de los dos grandes campos imperialistas. La guerra ha destruido ese equilibrio. Al dar primeramente una inmensa ventaja a Alemania, la guerra obligó a los pequeños estados a buscar su salvación en la magnanimidad del militarismo alemán. Al ser vencida Alemania, la burguesía de los pequeños estados, de acuerdo con sus “socialistas” patriotas, se giró para saludar al imperialismo triunfante de los aliados, y en los hipócritas artículos del programa de Wilson se dedicó a buscar las garantías del mantenimiento de su independencia (…) Mientras tanto, los imperialistas aliados preparan acuerdos de pequeñas potencias, viejas y nuevas, para encadenarlas entre sí mediante un odio mutuo y un debilitamiento general” (Ídem)”.
Esa clarividencia será desgraciadamente abandonada ya en el Segundo congreso con la adopción de las «Tesis sobre la cuestión nacional y colonial» puesto que todas las naciones, por pequeñas que sean, ya no serán consideradas como coaccionadas a llevar una política imperialista e involucrase en el juego de las grandes potencias. Las naciones del planeta serán subdivididas en dos grupos,
«la neta y precisa división entre naciones oprimidas, dependientes, protectorados, y opresoras y explotadoras » (Idem).
lo cual implica que:
« Todo partido perteneciente a la IIIº Internacional tiene el deber de (...) apoyar, no con palabras sino con hechos, todo movimiento de emancipación en las colonias (...) Los adherentes al partido que rechacen las condiciones y las tesis establecidas por la Internacional comunista deben ser excluidos del partido” (“Condiciones de admisión de los partidos en la Internacional comunista”, Idem).
Además, contrariamente a lo que se enunciaba con razón en el Manifiesto del Primer congreso, al Estado nacional ya no se le considera como “demasiado estrecho para la expansión de las fuerzas productivas” puesto que:
“… la dominación extranjera traba el libre desarrollo de las fuerzas económicas. Por eso su destrucción es el primer paso de la revolución en las colonias” (ídem).
Aquí de nuevo, podemos constatar hasta qué punto el abandono de todo lo que implica en profundidad, el análisis de la entrada en decadencia del sistema capitalista, acabará llevando poco a poco a la IC hacia la pendiente resbaladiza del oportunismo.
Conclusiones
No pretendemos que la IC tuviera una perfecta comprensión de la decadencia del modo de producción capitalista. Como veremos en un próximo articulo, de lo que la IC y sus componentes eran plenamente conscientes, a un grado más o menos elevado, es que había nacido una nueva época, que el capitalismo había pasado a la historia, que la tarea del momento ya no era la conquista de reformas sino la conquista del poder, que la clase dominante, la burguesía, se había vuelto reaccionaria, al menos en los países centrales. Fue precisamente una de las principales debilidades de la IC el no haber sacado todas las lecciones del nuevo periodo abierto por la Primera Guerra mundial sobre la forma y el contenido de la lucha proletaria. Más allá de las fuerzas e insuficiencias de la IC y de sus principales componentes, esta debilidad se debía ante todo a las dificultades generales que tenía que encarar el movimiento obrero en su conjunto:
– la profunda división de las fuerzas revolucionarias tras la traición de la socialdemocracia y la necesidad de recomponerse en las condiciones difíciles de la guerra y de la inmediata posguerra;
– la separación entre países vencedores y países vencidos no eran las condiciones propicias para la generalización del movimiento revolucionario;
– la rápida involución de los movimientos de luchas por la capacidad, de la burguesía, diferente según los países, de estabilizar la situación económica y social inmediatamente después de la guerra.
Esta debilidad iba necesariamente a incrementarse y les incumbirá a las fracciones de izquierda que saldrán de la IC seguir el trabajo que no pudo cumplir ésta.
C. Mcl
<!--[if !supportFootnotes]-->[1]<!--[endif]-->) “La IIª Internacional ha hecho un trabajo útil organizando a las masas proletarias durante el « periodo pacífico » del peor esclavismo capitalista durante el último tercio del siglo xix y principios del xx. La tarea de la IIIª Internacional es la de preparar al proletariado para la lucha revolucionaria contra los gobiernos capitalistas, para la guerra civil contra la burguesía en todos los países, hacia la toma del poder público y la victoria del socialismo » (Lenin, noviembre 1914, citado por M. Rakosi en su “Introducción a los textos de los cuatro primeros congresos de la Internacional comunista”).
<!--[if !supportFootnotes]-->[2]<!--[endif]-->) Léase, en esta misma Revista internacional y en los nos 120 y 122, nuestra serie sobre la Revolución de 1905 en Rusia y la aparición de los soviets.
<!--[if !supportFootnotes]-->[3]<!--[endif]-->) “En la época en que el capitalismo cae en ruinas, la lucha económica del proletariado se transforma en lucha política mucho más rápidamente que en la época de desarrollo pacifico del régimen capitalista. Todo conflicto económico importante puede plantear ante los obreros el problema de la Revolución » (« El movimiento sindical, los comités de fábrica y de empresas », Segundo Congreso de la IC) “La lucha de los obreros por el aumento de los salarios, aún en el caso de tener éxito, no implica el mejoramiento esperado de las condiciones de existencia, pues el aumento de los precios de los productos invalida inevitablemente ese éxito. La enérgica lucha de los obreros por aumentos de salarios en los países cuya situación es evidentemente sin salida, imposibilita los progresos de la producción capitalista debido al carácter impetuoso y apasionado de esta lucha y su tendencia a la generalización. El mejoramiento de la condición de los obreros sólo podrá alcanzarse cuando el propio proletariado se apodere de la producción» (Plataforma de la IC adoptada en el Primer Congreso).
<!--[if !supportFootnotes]-->[4]<!--[endif]-->) Así, le Informe de Feinberg por Inglaterra señala que: “Los sindicatos renuncian a las conquistas arrancadas durante largos años de lucha, y la dirección de las trade-unions hace la unión sagrada con la burguesía. Pero la vida, la agravación de la explotación, la elevación del coste de la vida fuerzan a los obreros a volverse contra los capitalistas que utilizan la unión sagrada para sus objetivos de explotación. Se ven obligados a pedir aumentos de salarios y a apoyar esas reivindicaciones mediante huelgas. La dirección de los sindicatos y los antiguos líderes del movimiento habían prometido al gobierno sujetar a los obreros. Pero esos aumentos se producirían aunque de forma “no oficial” (Idem) Igualmente, por lo que respecta a los Estados Unidos, el Informe de Reinstein señala: “Pero, hay que destacar aquí que la clase capitalista norteamericana ha sido bastante pragmática y artera al dotarse de un pararrayos práctico y eficaz gracias al desarrollo de una gran organización sindical antisocialista bajo la dirección de Gompers. (...) Gompers es, más que nada, un Zubatov americano (Zubatov fue quien organizó los “sindicatos amarillos » por cuenta de la policía zarista). Siempre ha sido, y es, un decidido adversario de la concepción y de los objetivos socialistas, pero representa a una gran organización obrera, la Federación norteamericana del trabajo, fundada sobre los sueños de armonía entre el capital y el trabajo, que vela para que la