DESDE el mes de mayo, se han ido acumulando los nubarrones de la tor-
menta de una guerra nuclear total entre India y Pakistán. Desde
el atentado del 13 de diciembre de 2001 contra el Parlamento indio, las
relaciones indo-pakistaníes no han cesado de degradarse. Tras el
de principios de mayo de 2002 en Jammu (estado indio de Jammu y Cachemira)
atribuido a terroristas islamistas, esa degradación ha desembocado
en los recientes enfrentamientos en Cachemira.
El conflicto actual entre esos dos países, que hasta ahora se había
limitado a los que los media nombran "duelos de artillería"
por encima de una población aterrorizada, no es el primero, especialmente
a causa de Cachemira, que ya ha conocido varias centenas de miles de muertos,
pero nunca antes la amenaza de usar el arma nuclear había sido
tan seria. Pakistán, en inferioridad, pues dispone de 700 000 soldados
(mientras que India posee 1 200 000) y 25 misiles nucleares, de menor
alcance (mientras que India posee 60), "había anunciado claramente
que frente a un enemigo superior, estaba dispuesto a lanzar un ataque
nuclear" (The Guardian, 23 mayo de 2002). India, por su parte, intenta
deliberadamente arrastrar al enfrentamiento militar abierto. El objetivo
de Pakistán es, en efecto, desestabilizar Cachemira y hacer que
esta región caiga de su lado, a través de guerrillas y grupos
infiltrados. India, por su parte, tiene el mayor interés en atajar
ese proceso mediante un enfrentamiento directo.
Por eso les ha entrado una verdadera inquietud a las burguesías
de los países desarrollados, la norteamericana y la británica
en primer término (1), de encontrarse ante una catástrofe
que podría producir millones de muertos. Y, tras el fracaso de
la conferencia de países de Asia central, celebrada en Kazajistán
a primeros de junio, orquestada por un Putin, teledirigido para la ocasión
por la Casa Blanca, se ha necesitado todo el peso de Estados Unidos enviando
al secretario de estado de Defensa, Donald Rumsfeld, a Karachi e interviniendo
Bush directamente ante los dirigentes indios y pakistaníes, para
que bajara la tensión. Pero como lo reconocen los propios dirigentes
occidentales, los riesgos de un patinazo sólo momentáneamente
han sido postergados. Nada está arreglado.
Cuando se partió el antiguo imperio británico de las Indias
en 1947, y de él nacieron (además de Sri Lanka y Birmania)
los estados independientes de India y Pakistán occidental y oriental,
la burguesía inglesa y, con ella, su aliada estadounidense, sabían
perfectamente que estaban fabricando dos naciones rivales de nacimiento.
Siguiendo el refrán "divide y vencerás", el objetivo
de semejantes recortes artificiales era debilitar, en sus fronteras oriental
y occidental, a ese inmenso país cuyo dirigente Nehru había
declarado su deseo de mantenerse "neutral" respecto a las grandes
potencias y de hacer de India una superpotencia regional. En el período
inmediato de posguerra en que se estaban dibujando ya los bloques del
Este y del Oeste, el acceso a la independencia de India significaba, en
efecto, para una Gran Bretaña ferozmente antirrusa y unos Estados
Unidos que intentaba imponer su hegemonía en el mundo, el riesgo
de verla pasarse al enemigo soviético.
Cuando se forma la "democrática" "nación"
india bajo la dirección del pandit, tres regiones, entre las cuales
el futuro estado de Jammu y Cachemira, que debían formar parte
de Pakistán, fueron anexionadas a la fuerza por India, primera
expresión de una manzana de la discordia permanente que se cristalizaba
en reivindicaciones territoriales. Toda la historia de esos dos países
está jalonada por enfrentamientos bélicos a repetición
en los que el gobierno de Nueva Delhi, en general a la ofensiva, intenta
ganar zonas que considera que le pertenecen por "naturaleza".
Así fue con la guerra de Cachemira en 1965, las de 1971 en Pakistán
oriental (que será el Bangladesh actual) y en Cachemira, hasta
el conflicto de este año.
El interés de la burguesía india no se limita, sin embargo,
a la necesidad de expansión inherente a todo imperialismo. Radica
en la necesidad de que el Estado indio sea reconocido como superpotencia
con la que se debe contar, no sólo ante la llamada "comunidad
internacional" de los Grandes, sino también frente a su rival
principal, China. Pues tras la permanente agresividad de India hacia Pakistán
hay que ver la competencia fundamental con China por la plaza de "gendarme"
del Sureste asiático.
En 1962, la guerra chino-india y la victoria de Pekín revelaron
a la burguesía india que China era su peor enemigo, al igual que
la mediocridad de su propio armamento. Lo que el Estado indio procura
hacer es tomarse la revancha contra China. La guerra en Pakistán
oriental en 1971 debe ya entenderse en ese marco de hostilidad imperialista
que anima a ambas burguesías. Es evidente que hoy un conflicto
de gran envergadura entre India y Pakistán que dejara exangüe
a éste e incluso borrado del mapa, sería un revés
para un Estado chino que había puesto todas sus fuerzas en apoyar
a Islamabad. No es casualidad si fue China, cuando la URSS "regaló"
el arma nuclear a India como sello del "Pacto de cooperación"
entre ambos países, quien hizo lo mismo con Pakistán, con
el beneplácito estadounidense, para así rebajar las pretensiones
indias.
Las grandes potencias, EE.UU en cabeza, están hoy sin lugar a
dudas muy inquietas ante la posibilidad de que estalle una guerra nuclear
entre India y Pakistán, pero no es evidentemente por razones humanitarias,
ni mucho menos. La preocupación que tienen es, ante todo, impedir
que se produzca una nueva etapa en la agravación de la tendencia
de "cada uno para sí" que hoy impera en el planeta desde
que se hundió en bloque del Este y la desaparición tras
él del que fue su rival del Oeste. Durante el periodo de guerra
fría que siguió a la Segunda Guerra mundial, las rivalidades
entre Estados estaban bajo el control de la necesaria disciplina de bloques
y reguladas por esa disciplina. Ni siquiera un país como India
que intentaba ir por su cuenta y sacar partido a la vez del potencial
militar del Este y de la tecnología del Oeste, tenía campo
libre para imponerse como gendarme del Sureste asiático. Hoy los
Estados dan rienda suelta a sus ambiciones. Ya en 1990, un año
apenas después del desmoronamiento del bloque ruso, la amenaza
de guerra nuclear entre India y Pakistán tuvo que ser conjurada
mediante las presiones de EE.UU.
Puede uno darse cuenta de la intensidad alcanzada por el antagonismo entre
esas dos potencias nucleares de segundo orden por las propias dificultades
de EE.UU para imponer su voluntad en la región. Apenas unos meses
después de haber dado una importante demostración de fuerza
en Afganistán, con el fin de obligar a otros Estados a alinearse
tras EE.UU, dos de sus aliados en esta guerra se enfrentan. He aquí
una región más, en la que EE.UU quería imponer su
orden por medios militares, amenazada de desastre.
Desde el final de la Guerra fría, EE.UU ha lanzado operaciones
militares de gran envergadura para afirmar su dominio sobre el mundo como
única superpotencia mundial. Tras la Guerra del Golfo de 1991,
en lugar de nuevo orden mundial, lo que hemos visto ha sido el estallido
de la región balcánica, acompañado de los horrores
de la guerra y de una insondable miseria ahora permanente. En 1999, tras
la demostración de fuerza americana contra Serbia, las potencias
imperialistas europeas han seguido oponiéndose abiertamente a la
política estadounidense, en especial sobre el tema del "escudo
antimisiles" cuya realización está acelerando Bush
a toda velocidad. Y también ha sido para mostrar esa voluntad si
EE.UU está machacando Afganistán, con el pretexto de los
atentados del 11 septiembre.
Ya sean grandes potencias como Alemania, Francia o Gran Bretaña,
ya sean potencias regionales como Rusia, China, India e incluso Pakistán,
todas se ven abocadas a lanzarse a mutuo degüello en peleas cada
vez más destructoras. Y de ello es una ilustración patente
el actual conflicto entre India y Pakistán, que, junto a la posguerra
en Afganistán, es el ojo del huracán.
En una situación general semejante, de caos y de "cada uno
para sí", provocada en primer término por las tensiones
crecientes entre grandes potencias, la hipocresía de éstas
ha aparecido una vez más ante el mundo. Expresando la inquietud
de las burguesías "civilizadas" ante la posibilidad de
estallido de un conflicto nuclear, sus medios de comunicación señalan
con el dedo al presidente pakistaní, Musharraf, y al primer ministro
indio, Vajpayee, tildándolos de irresponsables que parecen "no
darse cuenta de la verdadera escala del desastre que resultaría
del uso de armas atómicas, incapaces de no ver que las consecuencias
serían la destrucción total de sus países" (The
Times, 1 junio de 2002).
¡Es como el cerdo llamando cochino al burro! ¿Serían
las grandes potencias "responsables"? Sin duda, sí, responsables
de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki al final de
la Segunda Guerra mundial, responsables de la proliferación espantosa
de armas nucleares durante toda la Guerra fría, responsables de
su acumulación so pretexto de que la "disuasión nuclear",
el "equilibrio del terror" (!) serían la mejor garantía
de paz. Y son hoy esos países desarrollados los que siguen poseyendo
los depósitos más importantes de armas de destrucción
masiva, incluidas las nucleares.
Para la mayoría de los media, esta situación se debería
al "fundamentalismo religioso". Para la clase dominante india,
los responsables de los atentados terroristas en Cachemira y contra el
Parlamento indio son los fundamentalistas islamistas apoyados por Pakistán.
Del otro lado, la clase dominante pakistaní denuncia los excesos
nacionalistas del fundamentalismo hindú del BJP, partido en el
poder en India, y en especial su represión contra los "combatientes
de la libertad" en Cachemira.
En India, el BJP utiliza los atentados terroristas en Cachemira y en el
resto de India para justificar sus amenazas militares contra Pakistán.
Mientras tanto, ese partido estaba involucrado en las matanzas intercomunitarias
que ocurrieron en el Estado de Gujarat, durante las cuales cientos de
fundamentalistas hindúes fueron quemados vivos en un tren por militantes
islamistas y después, en represalia, fueron asesinados miles de
musulmanes. Paralelamente, la burguesía pakistaní no sólo
ha intentado desestabilizar a India aportando su apoyo a la lucha organizada
en Cachemira contra la dominación india, sino también denunciando
algo que es cierto: que India apoya a grupos terroristas en Pakistán.
Y también inyectando constantemente el nacionalismo más
violento en ambos campos, los explotadores arrastran a amplias capas de
la población en apoyo de sus ambiciones imperialistas. El uso de
los nacionalismos, de los odios raciales y religiosos, no es desde luego
algo nuevo ni propio de los países de la periferia del capitalismo.
Las burguesías de los principales países capitalistas han
transformado esas manipulaciones en un verdadero arte. Durante la Primera
Guerra mundial, cada campo acusó al otro de ser el "mal"
y una "amenaza para la civilización". En los años
30, Hitler y también Stalin usaron el antisemitismo y el nacionalismo
para movilizar a las poblaciones. Los Aliados "civilizados"
lo hicieron todo por atizar la histeria anti-alemana y anti-japonesa,
con el uso cínico del Holocausto para justificar los bombardeos
sobre la población alemana y con el punto culminante del horror
nuclear contra Japón por dos veces. Durante la Guerra fría,
los dos bloques cultivaron odios parecidos para ajustarse las cuentas.
Y desde 1989, en nombre de lo "humanitario", los dirigentes
de las grandes potencias han permitido que se multiplicaran las "limpiezas
étnicas" y han atizado los odios religiosos y raciales que
han llevado a tantas regiones del planeta a una sucesión de guerras
y de carnicerías.
La clase obrera es una amenaza y por eso el capitalismo necesita usar
todas las mentiras a su disposición para ocultar la verdadera naturaleza
imperialista de sus guerras y desviar así a la clase obrera del
camino de su propio combate de clase. Localmente, en Asia del Sureste,
la clase obrera no da muestras de una combatividad capaz de hacer cesar
una guerra. Internacionalmente, la clase obrera está en un estado
momentáneo de impotencia frente a un capitalismo que se desgarra,
con el peligro de ver millones de cadáveres en unos cuantos minutos
por los suelos de una región del planeta.
Y sin embargo la única fuerza histórica capaz de parar el
carro incontrolable y destructor del capitalismo en plena descomposición
sigue siendo el proletariado internacional y, sobre todo, el de los países
centrales del capitalismo. Éste, mediante del desarrollo de sus
luchas por la defensa de sus propios intereses, podrá mostrar a
los obreros del subcontinente asiático y de otras zonas del mundo
que existe una alternativa de clase al nacionalismo, al odio religioso
y racial, a la guerra. Es pues una enorme responsabilidad la que incumbe
al proletariado de los países centrales del capitalismo. No debe
éste perder de vista que al defender sus intereses de clase también
posee entre sus manos el porvenir de la humanidad.
Ante la locura del capitalismo en decadencia, el proletariado internacional
debe recuperar la consigna: "Proletarios de todos los países,
¡uníos!". El capitalismo no podrá sino arrastrarnos
a la guerra, la barbarie y la destrucción total de la humanidad.
La lucha de la clase obrera es la clave de la única alternativa
posible: la revolución comunista mundial.
ZG (18 de junio de 2002)
La RESOLUCIÓN sobre la situación internacional de nuestro
XIV° Congreso -adoptada en mayo de 2001- se centró en el curso
histórico en la fase de descomposición del capitalismo (ver
Revista internacional n° 106). En ella poníamos en evidencia
la aceleración tanto de la crisis económica como del hundimiento
del planeta en la guerra y la barbarie; y, al mismo tiempo, analizábamos
los problemas y las potencialidades de una respuesta proletaria frente
a esta situación. La Resolución que publicamos a continuación,
propuesta en la Conferencia extraordinaria de la CCI en abril de 2002,
se plantea complementar la primera a la luz de los acontecimientos del
11 de Septiembre y de la posterior "guerra antiterrorista",
que han confirmado claramente los análisis generales del Congreso
de 2001.
La ofensiva imperialista norteamericana
1. Los revolucionarios marxistas pueden hasta
estar de acuerdo con el presidente Bush cuando este describió el
ataque del 11 de Septiembre como un "acto de guerra" aunque,
eso sí, añadirían que se trata de un acto de guerra
capitalista, un momento de la guerra imperialista permanente que caracteriza
la época de la decadencia capitalista. La matanza intencionada
de miles de civiles (proletarios en su mayoría) mediante la destrucción
de las Torres Gemelas ha constituido un nuevo crimen bárbaro contra
la humanidad, a añadir a una larga lista que incluiría Guernica,
Londres, Dresde, Hiroshima... Que el probable ejecutor del crimen haya
sido un grupo terrorista vinculado a un Estado pobrísimo no cambia,
para nada, su carácter imperialista, ya que en el período
actual todos los Estados, o quienes aspiran a legitimarse como Estados,
del mismo modo que todos los "señores de la guerra",
son imperialistas.
El carácter criminal del 11 de Septiembre no sólo reside
en el propio acto, sino también en su manipulación cínica
por parte del Estado norteamericano, una manipulación totalmente
comparable a la conspiración de Washington ante Pearl Harbor cuando,
a sabiendas, permitió el ataque japonés, para poder tener
una coartada para entrar en la guerra y movilizar a la población
tras el Estado. No se sabe aún hasta qué punto los servicios
secretos del Estado norteamericano han estado implicados "dejando
hacer" a los terroristas en los ataques del 11 de Septiembre, aunque
ya haya un montón de elementos que apuntan a una intriga maquiavélica
y sin escrúpulos por su parte, pero lo que sí está
claro es de qué manera los Estados Unidos han sacado provecho del
crimen, utilizando el shock y la cólera causados en la población
para movilizar a ésta en apoyo de una ofensiva imperialista de
una amplitud sin precedentes.
2. Enarbolando la bandera del antiterrorismo,
el imperialismo USA ha extendido la sombra de la guerra al planeta entero.
La "guerra al terrorismo" lanzada por USA ha devastado ya Afganistán,
y la amenaza de que se extienda a Irak es cada vez más explícita.
Pero la presencia armada norteamericana se ha ampliado a otras regiones
del globo aunque no formen parte del llamado "eje del mal" (Irán,
Irak y Corea del Norte). Así, en Filipinas se han desplegado tropas
USA con la excusa de ayudar a combatir militarmente la "insurrección
islamista"; y en Yemen y Somalia han llevado a cabo acciones espectaculares.
El presupuesto de defensa americano se incrementará este año
en un 14 %, y seguirá creciendo hasta que en el año 2007
supere en un 11 % el nivel medio que tenía durante la guerra fría.
Estos datos proporcionan una elocuente imagen del enorme desequilibrio
que existe en los gastos militares de los diferentes Estados: EE.UU representa
casi el 40 % de los gastos mundiales totales, por sí sólo
el presupuesto estadounidense es muy superior a la suma de los presupuestos
británico, francés y de otros 12 países de la OTAN.
A través de una reciente "indiscreción", la Administración
estadounidense ha hecho saber que están dispuestos a emplear este
terrorífico arsenal -incluyendo el nuclear- contra ciertos rivales.
Al mismo tiempo la guerra en Afganistán ha reavivado las tensiones
entre India y Pakistán; y entre Israel y Palestina, la carnicería
sigue en aumento, mientras EEUU -invocando siempre la cruzada antiterrorista-
apoya el plan apenas disimulado de Sharon de deshacerse de Arafat, de
la Autoridad palestina, y de cualquier posibilidad de un arreglo negociado.
En los días que siguieron al 11 de Septiembre se habló mucho
de la posibilidad de una 3ª guerra mundial. Este término se
manejó profusamente en las redacciones y las tertulias, asociado
por lo general a la idea de un "choque de civilizaciones" entre
el "Occidente" moderno" y el Islam "fanático"
(mostrado en el llamamiento de Bin Laden a una Yihad islámica "contra
cruzados y judíos"). Esta idea ha encontrado, incluso, cierto
eco en algunos grupos del medio político proletario, por ejemplo
en el PCI (Il Partito) que en su hoja a propósito del 11 de Septiembre,
escribía:
"Si la primera guerra imperialista basó su propaganda en la
demagogia irredentista de la defensa nacional, si la segunda fue antifascista
y democrática, la tercera, que será igual de imperialista,
se disfrazará con el ropaje de una cruzada entre religiones opuestas,
contra personajes tan donquijotescos, increíbles y turbios como
esos Saladinos barbudos".
Otras formaciones del medio proletario, como el BIPR, más aptas
para reconocer que lo que se esconde detrás de la campaña
norteamericana contra el Islam es el conflicto ínterimperialista
entre USA y sus principales rivales (en particular las principales potencias
europeas); no son, sin embargo, capaces de refutar de arriba abajo el
machaconeo mediático sobre la 3ª guerra mundial, pues no comprenden
las especificidades históricas del período abierto con la
desintegración de los dos bloques imperialistas a finales de los
80. Sobre todo, porque tienden a creer que la formación de bloques
imperialistas que llevarían a la 3ª guerra mundial, se encuentra
ya hoy muy avanzada.
A pesar de la agravación de las contradicciones del capitalismo,
la guerra mundial no está al orden del día
3. Para comprender lo que tiene de inédito
este período y seamos, por tanto, capaces de ver las perspectivas
reales que se abren hoy ante la humanidad, es necesario que recordemos
lo que de verdad representa una guerra mundial. La guerra mundial es la
expresión de la decadencia del capitalismo, del carácter
obsoleto del modo de producción capitalista. Es el producto del
callejón sin salida histórico en el que este sistema se
adentró cuando llegó a establecerse como economía
mundial a comienzos del siglo XX. Las raíces materiales de la guerra
mundial se encuentran pues, efectivamente, en una crisis sin solución
como sistema económico, aunque no exista una relación mecánica
entre los indicadores económicos y el desencadenamiento de tal
guerra. Partiendo de esa base, la experiencia de las dos guerras mundiales
anteriores, y los largos preparativos para la tercera entre los bloques
norteamericano y ruso, han demostrado que una guerra mundial equivale
a un conflicto directo por el control del planeta entre los bloques militares
constituidos por las potencias imperialistas dominantes. Como se trata
de una guerra entre los Estados capitalistas más potentes, se necesita
también la movilización y la adhesión activa de los
obreros de esos Estados, y esto sólo puede conseguirse si la clase
dominante es capaz de derrotar a los principales batallones de ese proletariado.
Si examinamos la situación actual nos daremos cuenta de que las
condiciones que se necesitarían para una 3ª guerra mundial,
no se vislumbran en un futuro inmediato.
4. No es éste, sin embargo, el caso
en cuanto a la crisis económica mundial. La economía capitalista
se enfanga cada día más en sus propias contradicciones,
cuyo nivel es muy superior al que alcanzaron en los años 30. En
aquel entonces, la burguesía fue capaz de reaccionar ante el hundimiento
en la recesión, gracias a los nuevos instrumentos del capitalismo
de Estado. Hoy, esos mismos instrumentos, que sigue siendo necesario utilizar
para gestionar la crisis e impedir la parálisis total, son los
que agudizan profundamente las contradicciones que sacuden al sistema
capitalista. En los años 30, aunque los mercados extra-capitalistas
residuales que seguían subsistiendo eran insuficientes para permitir
una expansión "pacífica" del sistema, es cierto,
sin embargo, que seguían quedando grandes zonas receptivas a un
desarrollo capitalista (en Rusia, África, Asia...). Finalmente,
en aquel período ya de declive capitalista, la guerra mundial a
pesar de su coste en muertes de millones de seres humanos y de destrucción
del resultado de siglos de trabajo humano, podía aún producir
un aparente beneficio económico (si bien jamás éste
ha sido el objetivo de guerra de los beligerantes): un largo período
de reconstrucción que, acompañado de la política
del capitalismo de Estado de recurrir al déficit, parecía
dar un nuevo hálito de vida al sistema. En cambio, una tercera
guerra mundial significaría, ni más ni menos, la destrucción
del género humano.
Lo más significativo del curso de la crisis económica que
se abrió al acabarse la etapa de reconstrucción, es que
cada "solución", cada una de las "panaceas"
que se han aplicado a la economía capitalista, han demostrado ser
en realidad -y cada vez en un plazo de tiempo más breve- auténticas
pócimas de charlatán.
Ante la reaparición de la crisis a finales de los años 60,
la respuesta inicial de la burguesía fue la de volver a emplear
gran parte de las políticas keynesianas utilizadas ya en la reconstrucción.
La reacción "monetarista" de los años 80, que
se presentó como una "vuelta a la realidad" (acordémonos
del discurso de Thatcher que decía que un país, como una
familia, no puede gastar más de lo que ingresa) fracasó,
sin embargo, estrepitosamente, en la reducción de los gastos producidos
por el endeudamiento o por el coste del funcionamiento del Estado ("boom"
del consumo alimentado por la especulación inmobiliaria en Gran
Bretaña, programa de la "guerra de las galaxias" de Reagan
en Estados Unidos).
Este "boom" ficticio de los años 80, basado en el endeudamiento
y la especulación y acompañado por un desmantelamiento de
sectores enteros del aparato productivo e industrial, se paró en
seco con el crash financiero de 1987. La crisis que sucedió a ese
quiebra dio paso, a su vez, al "crecimiento" alimentado por
el endeudamiento que ha caracterizado los años 90.
Cuando, tras el hundimiento de las economías del Sudeste asiático
a finales de la década pasada, se pudo comprobar que ese crecimiento
había sido en realidad la causa de la agravación de la situación
económica, nos vendieron entonces un ramillete de nuevas "soluciones
definitivas" a la crisis, tales como la "revolución tecnológica",
o la cacareada "nueva economía". Los efectos de estas
panaceas han sido los más efímeros de todos: sólo
unos meses después de lanzar el bombardeo propagandístico
sobre "la economía basada en Internet", ésta ha
demostrado ser un enorme fraude especulativo.
Hoy, los "diez gloriosos años" de crecimiento norteamericano
están oficialmente finiquitados. Los Estados Unidos han reconocido
que están en recesión, y otro tanto sucede en potencias
como Alemania. Además el estado de la economía japonesa
supone un quebradero de cabeza constante para la burguesía mundial
que se teme, incluso, que Japón acabe tomando el mismo rumbo que
Rusia. Y eso por no hablar del estado de las regiones periféricas,
donde el hundimiento catastrófico de la economía argentina
no es más que la punta del iceberg, pues un montón de países
más se encuentra precisamente en esa misma situación.
Es verdad que a diferencia de lo que sucedió en los años
30, el estallido de la crisis no ha derivado inmediatamente en que cada
país "tire por su lado" en sus políticas económicas,
parapetándose a sí mismo con barreras proteccionistas. Aquella
reacción de entonces aceleró, sin duda, el curso hacia la
IIª Guerra mundial. En cambio hoy, el desmoronamiento de unos bloques
imperialistas, que también sirvieron al capitalismo para regular
los problemas económicos entre 1945 y1989, prácticamente
solo ha repercutido en las esferas militar e imperialista. En lo económico,
las antiguas estructuras del bloque han sido adaptadas a la nueva situación
y ha habido una política global consistente en impedir una quiebra
catastrófica de las economías centrales (permitiendo así
también un hundimiento "controlado" de las economías
periféricas más afectadas); gracias al recurso masivo a
los préstamos administrados por instituciones como el Banco mundial
o el FMI. Lo que se llama "mundialización" consiste,
en cierto modo, en ese consenso entre las economías más
poderosas para controlar mínimamente una competencia entre ellas
que consistiría en tratar de mantenerse a flote a costa de hundir
al resto del mundo. Además la burguesía insiste frecuentemente
en que ha aprendido la lección de los años 30, y que no
va a consentir, por tanto, que una guerra comercial degenere en guerra
mundial entre las principales potencias. Hay una pizca de verdad en esta
afirmación puesto que, a pesar de las rivalidades nacional-imperialistas
entre las grandes potencias, se ha conseguido mantener una estrategia
de "gestión" internacional de la economía.
Pero por mucho que la burguesía se empeñe en tratar de contener
las tendencias más devastadoras de la economía mundial (la
simultaneidad de hiperinflación y depresión, la competencia
irrefrenable entre sus diferentes unidades nacionales), lo cierto es que
cada día más debe enfrentarse a las contradicciones inherentes
al proceso mismo. Esto se ve muy claramente en el caso de una pieza fundamental
de su política como es el recurso al endeudamiento, que cada vez
está más cerca de explotarle en la cara al capitalismo.
Por ello, a pesar de los discursos optimistas sobre la "futura"
reactivación económica, el horizonte se oscurece y el futuro
de la economía mundial aparece cada vez más incierto. Y
esto va a aguijonear, sin duda, las rivalidades imperialistas. La posición
extremadamente agresiva adoptada hoy por Estados Unidos tiene ciertamente
que ver con sus dificultades económicas, y éstas le obligarán,
cada vez más, a recurrir a la fuerza militar para mantener su dominación
sobre el mercado mundial. Al mismo tiempo, la formación de una
zona "euro" contiene las premisas de una guerra comercial que
se acentuará en el futuro pues las principales economías
se verán obligadas a responder a la agresividad comercial norteamericana.
La gestión "global" de la crisis económica por
parte de la burguesía es pues extremadamente frágil, y se
verá crecientemente minada por las rivalidades, tanto económicas
como estratégico-militares.
5. Si dependiese únicamente del nivel
alcanzado por la crisis económica, el capitalismo habría
ido a la guerra mundial en los años 80. En el período de
la guerra fría, cuando los bloques militares necesarios para llevar
a cabo la contienda se encontraban formados, el principal obstáculo
para el desencadenamiento de la guerra lo constituía el hecho de
que la clase obrera no estaba derrotada. Hoy, ese factor subsiste, a pesar
de todas las dificultades que ha sufrido la clase obrera en el período
abierto en 1989, el período que nosotros hemos caracterizado como
el de la descomposición del capitalismo. Pero antes de examinar
este punto, debemos considerar un segundo factor histórico que
dificulta hoy el estallido de una 3ª guerra mundial: la inexistencia
de bloques militares.
En el pasado, la derrota de un bloque en la guerra conducía rápidamente
a la formación de nuevos bloques: así el bloque alemán,
contendiente en la Iª Guerra mundial, comenzó a reconstituirse
a principios de los años 30 y, el bloque ruso se formó inmediatamente
después de la IIª Guerra mundial. Tras el hundimiento del
bloque ruso (más como consecuencia de la crisis económica
que directamente de la guerra), la tendencia inherente al capitalismo
decadente a la división del mundo en dos bloques imperialistas
adversarios, volvió a ponerse de manifiesto con la reunificación
de Alemania que es el único país que puede aspirar a encabezar
un nuevo bloque que rete la hegemonía de EE.UU. Este desafío
se vislumbró sobre todo a través de la injerencia alemana
en el desmantelamiento de la ex Yugoslavia, lo que precipitó a
los Balcanes en una guerra que dura ya más de diez años.
Sin embargo esta tendencia a la formación de un nuevo bloque se
ha visto contrarrestada por otras tendencias opuestas:
- La tendencia de cada nación, tras acabarse el sistema de bloques
de la guerra fría, a mantener su propia política imperialista
"independiente". Este factor tiene desde luego mucho que ver
con la necesidad imperiosa por parte de las grandes potencias del antiguo
bloque occidental de liberarse de la tutela norteamericana; pero también
ha jugado en contra de la posibilidad de la formación de un nuevo
bloque cohesionado antagonista de EEUU. Y si bien es verdad que la única
candidatura posible para llegar a ser ese bloque es la de una Europa dominada
por Alemania, sería un error suponer que la Unión Europea
actual constituye ya tal bloque. La Unión Europea es, primera y
principalmente, una institución económica, aunque tenga
pretensiones de desempeñar un papel más relevante en lo
político y en lo militar. Un bloque imperialista es, ante todo,
una alianza militar. La "Unión" Europea dista mucho de
estar unida a ese nivel. Los dos actores clave de cualquier futuro bloque
imperialista basado en Europa (Francia y Alemania), andan continuamente
a la gresca por razones que se remontan muy atrás en la historia.
Lo mismo cabe decir de Gran Bretaña, cuya orientación "independiente"
se basa, esencialmente, en enfrentar a Alemania con Francia, a ésta
con los alemanes, a Estados Unidos con Europa y a ésta con los
norteamericanos. La fuerza de esta tendencia a "cada uno para sí"
ha quedado demostrada en estos últimos años a través
de la voluntad creciente por parte de potencias de tercera y cuarta división
de retar frecuentemente los designios de EE.UU (por ejemplo Israel en
Oriente Medio, India y Pakistán en Asia, etc.) y de jugar sus propias
bazas. Una demostración más de ello es la proliferación
de "señores de la guerra" imperialistas, que aspiran
a tener una relevancia mundial y no sólo local, aún cuando
no lleguen a controlar siquiera un Estado particular.
- La superioridad militar aplastante de los USA, que se ha hecho aún
más evidente en los diez últimos años, y que ellos
mismos no han dejado de reforzar en las grandes intervenciones que han
realizado en este período: el Golfo, Kosovo y, hoy, Afganistán.
Es más, en cada una de esas intervenciones los USA han ido abandonando
progresivamente la pretensión de actuar como parte de una presunta
"comunidad internacional". Y así mientras la guerra del
Golfo fue llevada a cabo "legalmente" bajo mandato de la ONU;
la guerra de Kosovo se desarrolló "ilegalmente" en el
marco de la OTAN, y la reciente campaña en Afganistán ha
sido ejecutada enarbolando la bandera de la "acción unilateral".
El presupuesto de defensa que acaba de ser aprobado en EE.UU no deja lugar
a dudas de que los europeos son -en palabras de Lord Robertson, secretario
general de la OTAN- auténticos "pigmeos militares", lo
que no ha dejado de suscitar multitud de artículos en la prensa
europea que se preguntaban: "¿No serán demasiado poderosos
los americanos para lo que les interesa?"; así como una inquietud
generalizada por el hecho de que la Alianza transatlántica sea
ya algo del pasado. Por todo ello si bien la "cruzada contra el terrorismo"
es una respuesta a las crecientes tensiones entre USA y sus principales
competidores (véanse por ejemplo las desavenencias con ocasión
de los "acuerdos de Kyoto" o sobre la reedición de la
Guerra de las galaxias), exacerbando aún más esas disputas,
el resultado de la acción norteamericana es el de resaltar aún
más cuán lejos están los europeos de poder desafiar
el liderazgo mundial de los Estados Unidos. El desequilibrio es pues tan
enorme que como señalábamos en nuestro texto de orientación
"Militarismo y descomposición", escrito en 1991:
"La reconstitución de un nuevo dúo de bloques imperialistas
no sólo resulta imposible antes de que pasen muchos años,
es que puede que nunca vuelva a producirse: la revolución o la
destrucción de la humanidad acontecerán antes de que esto
suceda" (Revista internacional nº 64).
Diez años más tarde, la formación de un verdadero
bloque antinorteamericano, se sigue enfrentando a los mismos enormes obstáculos.
- La formación de bloques imperialistas exige, también,
una justificación ideológica, sobre todo para poder entrampar
en sus redes a la clase obrera. Esta ideología no existe hoy. El
"Islam" ha demostrado ser una fuerza capaz de movilizar a explotados
de ciertas partes del planeta, pero carece de un impacto significativo
entre los obreros de los países centrales del capitalismo. Por
la misma razón, menos todavía serviría el "antiislamismo"
para movilizar a los trabajadores norteamericanos contra sus hermanos
europeos. El problema, tanto para EE.UU como para sus principales rivales,
es que comparten la defensa de la misma ideología "democrática",
lo cual les hace aparecer más como aliados que como rivales. Es
verdad que en Europa, la clase dominante empieza a instigar una significativa
corriente de antiamericanismo, pero en ningún caso puede ésta
compararse al antifascismo o al anticomunismo que les sirvieron en el
pasado para suscitar la adhesión a la guerra imperialista. Detrás
de esas dificultades ideológicas, lo que hay, en realidad, es un
problema mucho más profundo para la clase dominante: la clase obrera
no está derrotada, no se muestra dispuesta a aceptar los sacrificios
que su enemigo de clase pretende imponerle para hacer frente a las exigencias
de guerra.
El curso a los enfrentamientos entre las clases sigue estando vigente
6. La enorme demostración de patriotismo
que vimos en Estados Unidos tras los atentados del 11 de septiembre hace
necesario que reexaminemos este aspecto fundamental de nuestra comprensión
de la situación mundial. En EE.UU una atmósfera de chovinismo
se apoderó de todas las clases sociales, lo que, por descontado,
ha aprovechado la clase dominante para, por un lado y a corto plazo, desencadenar
la "guerra contra el terrorismo", pero también para impulsar,
más a largo plazo, una política tendente a eliminar el llamado
"síndrome de Vietnam", es decir, las reticencias del
proletariado de EE.UU a dejarse sacrificar en aras de las aventuras imperialistas
norteamericanas. Es innegable que el capitalismo norteamericano ha hecho
bastantes progresos ideológicos en este terreno, del mismo modo
que ha reforzado todo su arsenal de vigilancia y represión (un
éxito que también ha encontrado eco en Europa). Pero esto
no representa una derrota histórica mundial para la clase obrera,
por las razones siguientes:
- La relación de fuerzas entre las clases sólo puede determinarse
a escala internacional, y se juega, por encima de todo, en el corazón
de los países europeos, que es donde se decide y se decidirá
la suerte de la revolución. Y si bien los atentados del 11 de septiembre
permitieron a la burguesía europea montar también su particular
versión de la campaña antiterrorista, en Europa no se ha
dado el desbordamiento de patriotismo que hemos visto en EE.UU. Al contrario,
la guerra norteamericana en Afganistán ha suscitado, más
bien, una considerable inquietud en la población europea que se
ha visto reflejada, parcialmente, en la amplitud del movimiento "contra
la guerra" en el viejo continente. Es cierto que este movimiento
ha sido auspiciado por la propia burguesía, en parte como expresión
de sus reticencias a dejarse arrastrar en la campaña belicista
de los USA, pero también como medio para impedir cualquier oposición
verdaderamente de clase a la guerra capitalista.
- Ni siquiera en los mismos Estados Unidos puede decirse que la marea
patriótica lo anegara todo. En las mismas fechas en que se producían
los ataques, había huelgas en diferentes sectores de la clase obrera
norteamericana, aún cuando los huelguistas fueran denunciados como
"antipatrióticos" por defender sus intereses de clase.
Así pues los diferentes factores que, en la Resolución de
nuestro XIVº Congreso, identificamos como la confirmación
del curso histórico hacia los enfrentamientos de clases, siguen
plenamente vigentes:
- El lento desarrollo de la combatividad de la clase obrera sobre todo
en las concentraciones centrales del proletariado. Esto se ha visto recientemente
confirmado en la huelga de ferrocarriles en Gran Bretaña, así
como en el movimiento más extenso, aunque también más
disperso, de huelgas en Francia.
- La maduración subterránea de la conciencia que se pone
de manifiesto en el desarrollo de minorías politizadas en numerosos
países. Este proceso continúa e incluso se desarrolla después
de la guerra de Afganistán (por ejemplo los grupos que defienden
posiciones de clase y que emergen del pantano de confusión, en
Gran Bretaña, Alemania...).
- El peso "en negativo" del proletariado sobre la preparación
y la forma de conducir los conflictos. Esto puede verse, sobre todo, en
cómo la clase dominante se ve obligada a presentar sus principales
operaciones militares. Tanto en el Golfo, en Kosovo como en Afganistán,
la función real de estas guerras ha sido sistemáticamente
ocultada. No sólo en cuanto a los verdaderos objetivos (el capitalismo
camufla siempre sus objetivos criminales con pomposas declaraciones),
sino incluso sobre quién es el verdadero enemigo. Al mismo tiempo
la burguesía sigue siendo muy prudente a la hora de movilizar a
un número importante de obreros en estas guerras. Y si bien la
burguesía estadounidense ha conseguido, sin duda, ciertos éxitos
ideológicos en este terreno, la verdad es que continúa estando
muy interesada en minimizar sus bajas en Afganistán. En cuanto
a Europa, no se ha producido ninguna tentativa de cambiar la política
consistente en enviar a la guerra únicamente a soldados profesionales.
La guerra en la descomposición del capitalismo
7. Por todo lo anterior no se vislumbra en
un futuro inmediato el estallido de una tercera guerra mundial. Pero esto
no debe servirnos de consuelo. Los acontecimientos del 11 de Septiembre
han engendrado un fuerte sentimiento de que una especie de apocalipsis
es inminente, quedando un sentimiento de que "el fin del mundo"
se acerca, si entendemos por "mundo", el mundo del capitalismo,
un sistema condenado por la Historia y que ha agotado cualquier posibilidad
de reforma. La perspectiva que el marxismo anuncia desde el siglo XIX
sigue siendo la de socialismo o barbarie, pero la forma concreta que puede
tomar la amenaza de barbarie es diferente de la que preveían los
revolucionarios del siglo pasado (la destrucción de la civilización
únicamente a través de una guerra imperialista). La entrada
del capitalismo en la fase terminal de su decadencia, la fase de descomposición,
se ve condicionada por la incapacidad de la clase dominante de "resolver"
su crisis histórica mediante otra guerra mundial, pero trae consigo
nuevos y más insidiosos peligros de una gradual caída en
el caos y la autodestrucción. En este escenario, la guerra imperialista,
o más bien una espiral de guerras imperialistas, seguiría
siendo el principal jinete del Apocalipsis pero cabalgaría en medio
de hambrunas, enfermedades, desastres ecológicos a escala planetaria,
y disolución de todas las relaciones sociales. A diferencia de
la guerra imperialista mundial, para que tal escenario llegue a su conclusión,
no es necesario que el capitalismo logre alistar o derrotar a los batallones
centrales de la clase obrera. Hoy nos enfrentamos ya al peligro de que
la clase obrera sea progresivamente sumergida en todo el proceso de descomposición,
y pierda poco a poco la capacidad de actuar como una fuerza consciente,
antagónica al capital y a la pesadilla en la que éste adentra
a la humanidad.
8. "La guerra contra el terrorismo"
es, verdaderamente, una guerra de la descomposición capitalista.
Aunque las contradicciones económicas del sistema le empujan insistentemente
a una conflagración entre los principales centros del capitalismo
mundial, resulta que la vía de esa confrontación está
bloqueada, por lo que, inevitablemente, debe tomar otro camino como en
el Golfo, Kosovo y Afganistán, es decir guerras en las que el conflicto
subyacente entre las grandes potencias se ha "desviado" hacia
acciones militares contra potencias capitalistas más débiles.
En los tres casos mencionados EE.UU ha sido el principal protagonista.
A diferencia de lo que ocurrió en las dos primeras guerras mundiales,
el Estado más poderoso del planeta es quien se ve obligado a pasar
a la ofensiva, tratando de impedir que surja un rival lo suficientemente
fuerte para que se les oponga abiertamente.
9. Pero es que la actual "guerra contra
el terrorismo" es mucho más que una simple reedición
de las precedentes intervenciones de Estados Unidos en el Golfo Pérsico
y en los Balcanes, pues representa, en realidad, una aceleración
cualitativa de la descomposición y la barbarie:
- ya no se trata de una campaña de corta duración con objetivos
precisos y limitados a una región particular, sino una operación
por tiempo ilimitado, un conflicto prácticamente permanente que
tiene el mundo entero de teatro de operaciones.
- tiene objetivos estratégicos mucho más globales y vastos
que incluyen una presencia decisiva de EE.UU en Asia Central para asegurarse
el control no sólo de esta región, sino también de
Oriente Medio y del subcontinente indio, bloqueando así cualquier
posibilidad de expansión europea (especialmente de Alemania) en
esta zona del planeta. Ello supone, efectivamente, cercar a Europa. Por
esta razón, y contrariamente a lo que sucedió en 1991, Estados
Unidos puede permitirse ahora el derrocamiento de Sadam, ya que no le
necesita como gendarme local habida cuenta de la intención norteamericana
de imponer directamente su presencia. Las ambiciones estadounidenses de
controlar el petróleo y otras fuentes de energía de Oriente
Medio y Asia Central deben verse en este contexto. Al revés de
lo que plantean los izquierdistas, no es que el gobierno de Washington
actúe en nombre de las grandes compañías petrolíferas
en busca de un beneficio inmediato, sino que está llevando a cabo
una política estratégica para controlar sin réplica
posible las principales vías de circulación de los recursos
energéticos en caso de futuros conflictos imperialistas. Paralelamente,
la insistencia estadounidense en situar a Corea del Norte dentro del "eje
del mal" debe entenderse como un aviso por parte de Washington de
que se reserva el derecho de realizar una gran operación en Asia
Oriental, lo que supone un desafío a las ambiciones tanto de China
como de Japón en esa región.
10. Sin embargo, si la "cruzada antiterrorista"
deja claro que los Estados Unidos necesitan imperiosamente crear un orden
mundial sometido, total y permanentemente, a sus intereses militares y
económicos, esta guerra no puede escapar al sino de todas las guerras
del período actual: ser un factor más de la agravación
del caos mundial, sólo que esta vez a un nivel mucho más
elevado que en los conflictos precedentes.
En Afganistán la victoria de Estados Unidos no ha servido, en absoluto,
para estabilizar la situación interna en este país en el
que ya han estallado las querellas entre las fracciones que se han hecho
con el poder tras derrocar a los talibanes. Los bombardeos norteamericanos
han sido ya utilizados como "instrumentos de mediación"
en estas disputas, mientras otras potencias, sobre todo Irán, que
controla a algunas fracciones disidentes, no dejan de echar leña
al fuego.
- El "éxito" de la campaña americana contra el
terrorismo islámico ha hecho que EE.UU revise también su
política respecto a los países árabes con los que
se muestra mucho menos complaciente. El apoyo norteamericano a la actitud
extremadamente agresiva de Sharon respecto a la Autoridad palestina, ha
terminado por enterrar el "proceso de paz" de Oslo, elevando
la intensidad de la confrontación militar. Pero también
los desacuerdos sobre la presencia de tropas USA en suelo saudí
han supuesto un enrarecimiento de las relaciones con quien, antaño,
fue un cliente dócil.
- La derrota de los talibanes ha puesto a Pakistán en una situación
de mucha dificultad, lo que la burguesía india no ha tardado en
tratar de rentabilizar. La escalada de tensiones entre estas dos potencias
nucleares tiene repercusiones muy graves para el futuro de esa zona, sobre
todo si tenemos en cuenta que China y Rusia están también
implicadas en ese laberinto de rivalidades y alianzas.
11. Toda esta situación encierra un
muy serio peligro de degenerar en una espiral fuera de control, en la
que Estados Unidos se vea, cada vez más, obligado a intervenir
para imponer su autoridad, lo que a su vez puede multiplicar las fuerzas
dispuestas a defender sus intereses particulares y a oponerse a los designios
de Washington. Y esto no es menos cierto cuando nos referimos a los principales
rivales de los norteamericanos. Tras la comedia inicial del "cerremos
filas con Estados Unidos", la "cruzada antiterrorista"
ha acentuado considerablemente las tensiones entre EE.UU y sus aliados
europeos. A la inquietud por el desmedido nivel del nuevo presupuesto
estadounidense de defensa, se han unido las críticas sin tapujos
al discurso de Bush sobre el "eje del mal". Alemania, Francia,
e incluso Gran Bretaña, han expresado sus reticencias a dejarse
arrastrar en los planes norteamericanos de ataque a Irak, y han mostrado
abiertamente su disgusto por la inclusión de Irán en dicho
"eje". Esto es lógico por cuanto Alemania y también
Gran Bretaña habían aprovechado la crisis afgana para aumentar
sus influencias en Teherán. Estas potencias están contrariadas
por tener que reconocer que Estados Unidos, al mismo tiempo que se enfada
con el régimen iraní porque éste ha tratado de sacar
ventaja de la situación en Afganistán, utiliza a Irán
como bastón para golpear a sus rivales europeos. La siguiente fase
de la "guerra contra el terrorismo" que implica, probablemente,
un importante ataque contra Irak, incrementará esas diferencias.
En esto podemos ver una nueva manifestación de la tendencia a la
formación de nuevos bloques en torno a USA por un lado, y a Europa
por otro. Pero por las razones que antes hemos analizado, las tendencias
contrarias a esa formación de nuevos bloques ganan la partida.
Si embargo esto no hará que el mundo sea más pacífico.
Frustradas por su inferioridad militar y por los factores sociales y políticos
que imposibilitan una confrontación directa con Estados Unidos,
el resto de grandes potencias multiplicarán sus esfuerzos por desafiar,
con los medios que tienen a su alcance (las guerras mediante países
interpuestos, las intrigas diplomáticas, etc.), la autoridad norteamericana.
El ideal americano de un mundo unido bajo las barras y estrellas de su
bandera es un sueño tan imposible como el que tenía Hitler
de un Reich de mil años.
12. En los próximos años, el
proletariado, y sobre todo la clase obrera de los principales países
capitalistas, se verá ante una aceleración de la situación
mundial en todos los terrenos. Sobre todo aparecerá en la práctica
la relación estrecha existente entre la crisis económica
y la escalada de la barbarie capitalista. La intensificación de
la crisis y de los ataques contra las condiciones de vida de los trabajadores
no coincide, mecánicamente, con el desarrollo de las guerras y
de las tensiones imperialistas. Ambas se refuerzan mutuamente. El mortal
callejón sin salida en el que se encuentra la economía capitalista
empuja hacia soluciones militares; y a su vez, el aumento vertiginoso
de los presupuestos militares implica nuevos sacrificios para la clase
obrera, la devastación causada por la guerra, sin la recompensa
de una verdadera "reconstrucción", entraña antes
o después una dislocación de la maquinaria económica.
A la vez, la necesidad de justificar estas agresiones al proletariado
dará lugar a nuevos ataques ideológicos a la conciencia
de la clase obrera. En su lucha por defender sus condiciones de vida,
los trabajadores no tendrán más opción que comprender
la estrecha vinculación que hay entre crisis y guerra, y reconocer
así las implicaciones históricas y políticas de su
combate.
Los peligros que supone para el proletariado la descomposición
capitalista
13. Los revolucionarios pueden tener confianza
en el hecho de que el curso histórico hacia los enfrentamientos
de clase sigue estando abierto, y que ellos tienen una misión vital
en la futura politización de la lucha de clases. Pero su papel
no es de consolar a la clase obrera. El mayor peligro para el proletariado
en el próximo período es la erosión de su identidad
de clase, causada por el retroceso de su conciencia como resultado del
hundimiento del bloque del Este en 1989, y agravada por el avance pernicioso
de la descomposición en todas las esferas de la sociedad. Si ese
proceso prosigue sin freno, la clase obrera será incapaz de tener
una influencia decisiva en las convulsiones sociales y políticas
que se avecinan, inexorablemente, con el ahondamiento de la crisis económica
mundial y la deriva hacia el militarismo. Los últimos acontecimientos
en Argentina nos dan una ilustración clarísima de este peligro:
confrontada a una parálisis severa no sólo de la economía,
sino también del aparato político de la clase dominante,
la clase obrera ha sido incapaz de afirmarse como fuerza autónoma.
Al contrario, sus movimientos embrionarios (huelgas, comités de
parados, etc.) se han visto anegados en una "protesta interclasista"
que no podía ofrecer ninguna perspectiva, sino que, al revés,
ha permitido a la burguesía tener todas las bazas para manejar
la situación a su favor. Es muy importante que los revolucionarios
tengamos claridad sobre esto, ya que las letanías izquierdistas
sobre un supuesto desarrollo de una situación revolucionaria en
Argentina, han aparecido de manera similar en ciertos sectores del medio
político proletario (e incluso en el seno de la CCI), como expresión
de un embalamiento inmediatista y oportunista. Nuestra posición
sobre la situación en Argentina, no es, en ningún caso,
el resultado de una especie de "indiferencia" ante las luchas
del proletariado de los países periféricos. Ya hemos insistido
muchas veces en la capacidad del proletariado de esas regiones, cuando
lucha en su propio terreno de clase, de ofrecer una dirección política
a todos los oprimidos. Así, por ejemplo, el movimiento de luchas
obreras masivas de Córdoba en 1969 ofreció claramente una
perspectiva a las demás capas no explotadoras en Argentina, y representó
una lucha ejemplar para la clase obrera mundial. Pero los acontecimientos
de hoy, que algunos han tomado por un movimiento insurreccional muy avanzado
del proletariado, han manifestado todo lo contrario: que las escasas expresiones
embrionarias del proletariado han sido incapaces de ofrecer una referencia
y una dirección a una revuelta que ha sido rápidamente recuperada
por las fuerzas de la burguesía. El proletariado argentino tiene
todavía un inmenso papel que desempeñar en el desarrollo
de las luchas en América Latina, pero lo que está viviendo
últimamente no debe ser confundido con sus futuras potencialidades
que, más que nunca, vienen determinadas por el desarrollo de los
combates, en su propio terreno de clase, de los trabajadores de los países
centrales.
Las responsabilidadesde los revolucionarios
14. Todas las clases de la sociedad están
afectadas por la descomposición capitalista. La primera de todas
la propia burguesía, pero eso no quiere decir que el proletariado
se encuentre a salvo, ya que su conciencia de clase, su confianza en el
porvenir, su solidaridad de clase, se ven continuamente atacadas por la
ideología y las prácticas sociales producidas por dicha
descomposición: el nihilismo, la huida hacia delante a través
de lo irracional y el misticismo, la atomización y la disolución
de la solidaridad humana sustituida por la falsa colectividad de las bandas,
las pandillas mafiosas y los clanes. Tampoco la minoría revolucionaria
está inmunizada frente a estos efectos negativos de la descomposición,
sobre todo del recrudecimiento del parasitismo político, un fenómeno
que si bien no es específico de la etapa de la descomposición,
sí se ve fuertemente estimulado por ésta. La gran dificultad
de los grupos del medio político proletario para tomar conciencia
de este peligro, pero también la falta de vigilancia de la propia
CCI frente a él (1), suponen una gran debilidad. A esto cabe añadir
la acentuación de una tendencia a la fragmentación y a la
cerrazón por parte del resto de grupos del medio político
proletario, justificada con nuevas teorías sectarias que llevan
también la marca del período. Si en este medio no se expresan
con suficiente fuerza la conciencia y la voluntad políticas de
combatir tales debilidades, el potencial que representa la emergencia,
en todo el planeta, de nuevas capas de elementos en búsqueda de
posiciones revolucionarias, corre entonces el peligro de quedar abortada.
La formación del futuro partido depende de que el MPP sea capaz
de situarse a la altura de sus responsabilidades.
La comprensión que tiene la CCI del fenómeno de la descomposición
del capitalismo, lejos de ser una manera de evitar las verdaderas cuestiones
políticas reales, es, en cambio, la clave para entender las dificultades
políticas a las que, hoy, deben hacer frente la clase obrera y
sus minorías revolucionarias. A los revolucionarios siempre les
ha correspondido el deber de realizar un esfuerzo permanente de elaboración
teórica para clarificar, en sus filas y en el seno del conjunto
del proletariado, las cuestiones planteadas por las necesidades de la
lucha. Esa necesidad es aún más imperiosa en nuestros días,
para que la clase obrera -la única fuerza que mediante su conciencia,
su confianza y su solidaridad tiene capacidad de resistir la descomposición-
pueda asumir sus responsabilidades históricas de destrucción
del capitalismo.
1º de Abril de 2002
1) Ver en este número el artículo "Balance de la Conferencia
extraordinaria de la CCI".
En un artículo anterior (Revista internacional nº 108) describimos
la emergencia de las fracciones de izquierda que combatieron la degeneración
de los antiguos partidos obreros, especialmente la del SPD (Partido socialdemócrata
de Alemania), el cual había apoyado el esfuerzo de guerra de su
capital nacional en 1914, la del Partido comunista ruso y de la Tercera
internacional a medida que se transformaban en instrumentos del Estado
ruso con la derrota gradual de la Revolución de octubre. En este
proceso, la tarea de las fracciones era luchar para reconquistar la organización
para las posiciones centrales del programa proletario, contra su abandono
por la derecha oportunista y la traición total de la dirección
que controla la mayoría de la organización. Para salvaguardar
la organización como instrumento de lucha de la clase y salvar
el máximo de militantes, una preocupación esencial de las
fracciones de izquierda era la de quedarse el mayor tiempo posible en
el partido. Sin embargo, el proceso de degeneración política
venía inevitablemente acompañado de una modificación
profunda del modo de funcionamiento de los partidos mismos, de las relaciones
entre militantes y el conjunto de la organización. Esta situación
planteó irremediablemente a las fracciones la cuestión de
la ruptura de la disciplina de partido para poder cumplir la tarea de
preparación del nuevo partido del proletariado.
Ahora bien, en el movimiento obrero, la izquierda ha defendido siempre
el respeto riguroso de las reglas de la organización y de la disciplina
en su seno. Romper la disciplina de partido no era algo que se planteaba
a la ligera, sino que, al contrario requería un gran sentido de
las responsabilidades, una evaluación profunda de lo que está
en juego y de las perspectivas para el porvenir de la organización
del proletariado y para el proletariado mismo.
EL OBJETIVO de este artículo es examinar cómo se planteó
el problema de la disciplina en la historia de la organización
de la clase obrera, especialmente cómo fue tratada por las izquierdas
en los grandes partidos obreros, los de la IIª y IIIª Internacional,
por las fracciones de izquierda que lucharon en esos partidos para defender
la línea revolucionaria durante la degeneración de éstos
y, en fin, en la izquierda comunista internacional de la que nosotros,
como la mayoría de las demás organizaciones del medio proletario
de hoy, somos herederos. Para ello, es necesario tratar la cuestión
más general de cómo se plantea la disciplina en la sociedad
de clases, especialmente en el seno de la burguesía y en el proletariado.
Es una evidencia afirmar la necesidad de reglas comunes para la organizar
cualquier actividad humana, ya sea a nivel de una pequeña colectividad
o a escala de toda la sociedad. La diferencia entre el comunismo y las
demás sociedades de clase anteriores no es que el comunismo estará
menos organizado (al contrario, será la primera comunidad humana
organizada a escala planetaria), sino que la organización social
no será impuesta a una clase explotada por, y en provecho de, una
clase explotadora. "Al gobierno de los hombres, decía Marx,
le sucederá la administración de las cosas". En cambio,
mientras vivamos en una sociedad de clases, "el gobierno de los hombres"
no es algo neutral. En el capitalismo, la disciplina en la fábrica
o en la oficina la impone la clase dominante sobre la clase explotada,
garantizada, en última instancia por el Estado a través
de sus leyes sobre el trabajo y gracias a la fuerza armada. La burguesía
pretende hacernos creer que el Estado y su disciplina están por
encima de la sociedad, independientemente de las clases, que todos somos
iguales ante la disciplina de la ley. El marxismo denunció de inmediato
esa mentira, demostrando que ningún aspecto de la organización
o del comportamiento social debe considerarse ajeno a su estatuto y a
su función en la sociedad de clases. Como lo escribió Lenin:
"…los conceptos "democracia en general" y "dictadura
en general", sin plantear la cuestión de qué clase
(…) es una descarada mofa de la teoría principal del socialismo
(…) Porque en ningún país capitalista civilizado existe
la "democracia en general", pues lo que existe en ellos es únicamente
la democracia burguesa" (1).
Es de igual modo un sinsentido hablar de "disciplina" en sí:
hay que identificar la naturaleza de clase de la disciplina que se considera.
En la sociedad capitalista la libertad en sí (en apariencia, lo
contrario de la disciplina) es un engaño, pues la humanidad, por
un lado, sigue viviendo sometida a la necesidad y no es, por lo tanto,
libre de elegir y además, la conciencia humana está inevitablemente
mistificada por la falsa conciencia de la ideología dominante.
La libertad no es hacer lo que uno quiere, sino alcanzar la conciencia
más completa posible de lo que es necesario hacer. Como lo escribió
Engels en Anti-Düring:
"Así pues, la libertad de la voluntad no es otra cosa que
la facultad para decidir con conocimiento de causa. Cuanto más
libre es el juicio de un hombre sobre un tema determinado tanto mayor
es la necesidad que determina el contenido de ese juicio; mientras que
la incertidumbre que se basa en la ignorancia, que aparentemente escoge
de manera arbitraria entre varias posibilidades de decisión diversas
y contradictorias, lo único que expresa es su ausencia de libertad,
su sumisión al objeto al que precisamente debería someter".
El objetivo de la teoría marxista -el materialismo histórico
y dialéctico- es precisamente permitir al proletariado adquirir
ese "conocimiento de las causas" de la sociedad burguesa. Sólo
así podrá la clase revolucionaria quebrar la disciplina
de la clase enemiga, imponer la suya propia, su dictadura, sobre la sociedad
y, al hacerlo, poner las bases para la creación de la primera sociedad
humana libre: libre porque, por primera vez, la humanidad entera dominará
conscientemente a la vez el mundo natural y su propia organización
social.
El marxismo siempre combatió la influencia de la rebelión
pequeño burguesa que se infiltra en el movimiento obrero, la idea
típica del anarquismo según la cual bastaría con
oponer a la disciplina burguesa la "no disciplina", una especie
de pretendida "indisciplina proletaria". Para el obrero la experiencia
de la disciplina burguesa la vive como algo que le es ajeno, contrario
a sus intereses, una disciplina impuesta desde arriba para hacer respetar
el poder y los intereses de la clase dominante. Sin embargo, a diferencia
de la pequeña burguesía, la cual lo único que es
capaz de hacer es rebelarse sin ir más lejos, la clase obrera es
capaz de comprender la disciplina impuesta por el capitalismo en su doble
naturaleza: por un lado, su vertiente opresiva, expresión de la
dominación de clase de la hurguesía que se apropia de manera
privada del fruto del trabajo del proletariado; por otro, un aspecto potencialmente
revolucionario al ser un componente esencial del proceso colectivo del
trabajo, impuesto por el capital al proletariado, proceso que es una condición
fundamental de la socialización de la producción a escala
planetaria. Eso es precisamente lo que expresa Lenin en Un paso adelante,
dos pasos atrás cuando trata este tema con el único enfoque
posible para un marxista: considerando la "disciplina" no como
una categoría abstracta en sí, sino como factor de organización,
determinado por su pertenencia de clase:
"Precisamente la fábrica, que a algunos les parece sólo
un espantajo, representa la forma superior de cooperación capitalista
que ha unificado y disciplinado al proletariado, que le ha enseñado
a organizarse y lo ha colocado a la cabeza de todos los demás sectores
de la población trabajadora y explotada. Precisamente el marxismo,
como ideología del proletariado instruido por el capitalismo, ha
enseñado y enseña a los intelectuales vacilantes la diferencia
que existe entre el factor de explotación de la fábrica
(disciplina fundada en el miedo a la muerte por hambre) y su factor organizador
(disciplina fundada en el trabajo en común, unificado por las condiciones
en que se realiza la producción, altamente desarrollada desde el
punto de vista técnico). La disciplina y la organización,
que tan difícilmente adquiere el intelectual burgués, son
asimiladas con singular facilidad por el proletariado, gracias precisamente
a esta "escuela" de la fábrica. El miedo mortal a esta
escuela, la completa incomprensión de su valor organizador, caracterizan
precisamente los métodos del pensamiento que reflejan las condiciones
de vida pequeño burguesas".
Es evidente que Lenin no quiere idealizar la disciplina impuesta a los
obreros por la burguesía (2), pero lo que sí quiere mostrar
es cómo las condiciones de su existencia determinan la actitud
de la clase obrera hacia las cuestiones de disciplina, así como
hacia otros aspectos de su autoactividad. Las condiciones de su existencia
demuestran al obrero que forma parte de un proceso de producción
colectivo y que solo puede defender sus intereses contra la clase dominante
mediante la acción colectiva. La gran diferencia entre la disciplina
de la burguesía y la del proletariado es: mientras que la de aquélla
es una disciplina impuesta por una clase explotadora detentora de todos
los poderes del aparato de Estado para mantener su propia dominación,
la segunda es básicamente la autodisciplina de una clase explotada
para oponer una resistencia colectiva a la explotación y acabar
por derrocarla del todo. La disciplina que reclama el proletariado es
una disciplina voluntaria, consciente, animada por la compresión
de los objetivos de su lucha. Mientras que la disciplina burguesa es ciega
y opresiva, la del proletariado es liberadora y consciente. Por ello,
la disciplina no podrá nunca servir para sustituir el desarrollo
de la conciencia en el proletariado entero, la conciencia de los fines
de su lucha y de los medios para alcanzarlos.
Y eso que es válido para el conjunto de la clase obrera, lo es
también para sus organizaciones revolucionarias. Existen, sin embargo,
diferencias. Mientras que la disciplina de la clase obrera, su unidad
de acción, su centralización son la expresión directa
de su naturaleza colectiva y organizada, de su propio ser de clase revolucionaria,
la disciplina en el seno de sus organizaciones se basa en el compromiso
de cada uno de sus miembros para respetar las reglas de la organización
y el más alto grado de desarrollo de la conciencia a que corresponden
esas reglas. Ninguna organización revolucionaria podrá servirse
de la disciplina para sustituir esa conciencia proletaria. De igual modo
que la clase obrera nunca podrá avanzar en su combate contra la
burguesía y por el comunismo sin desarrollar una conciencia cada
vez más profunda y extensa de las necesidades de la lucha y del
camino a seguir, tampoco las organizaciones podrán servirse de
la disciplina para sustituir el debate más extenso en su seno.
Y así ocurrió con la Gauche communiste de France (GCF),
la cual hizo una polémica contra la disciplina impuesta, sin debate,
sobre sus propios militantes por parte del Partido comunista internacionalista
para imponer la política de la dirección de participar en
las elecciones de la Italia de 1946.
"El socialismo sólo será posible como acto consciente
de la clase obrera (…) No se impone el socialismo a garrotazos. Y
no porque el palo sea un medio inmoral (…) sino porque no contiene
el más mínimo factor de conciencia. (…) La organización
y la acción concertada comunistas no tienen otra base que la conciencia
de los militantes que las animan. Cuanto mayor, más diáfana
es esa conciencia tanto más fuerte es la organización, y
tanto más concertada y eficaz es su acción.
"Lenin denunció con vehemencia en múltiples ocasiones
el recurrir a la 'disciplina libremente consentida' como una estaca de
la burocracia. Cuando empleaba el término de disciplina, Lenin
lo entendía -y así lo dijo varias veces- en el sentido de
la voluntad de acción organizada, basada en la convicción
revolucionaria de cada militante".
No es casualidad si el artículo se reivindica de Lenin, el Lenin
de Un paso adelante, dos pasos atrás. La organización que
publica este artículo en 1947 es la misma que dos años antes
supo reaccionar con la mayor firmeza en sus propias filas contra aquellos
que ponían en peligro "la voluntad de acción organizada"
(véase más lejos).
En el seno de la organización comunista, la disciplina proletaria
es pues algo inseparable de la discusión, de la crítica
sin tregua, a la vez de la sociedad capitalista y de sus propios errores
y los de la clase obrera.
Vamos ahora a interesarnos por la manera con que las izquierdas lucharon
por la disciplina de partido en el seno de la IIª y la IIIª
Internacionales.
Durante las dos décadas que precedieron la Primera Guerra mundial,
el SPD, mascarón de proa de la IIª Internacional, fue el escenario
de un enfrentamiento entre la izquierda y la derecha oportunista, revisionista.
Ésta estaba personificada en el plano ideológico en las
teorías revisionistas de Eduard Bernstein, surgiendo con dos formas
relacionadas entre sí, pero diferenciadas: por un lado, la tendencia
de las fracciones parlamentarias a tomar iniciativas independientemente
del conjunto del partido; por otro lado, la negativa por parte de los
dirigentes sindicales a vincularse a las decisiones del partido. En Reforma
social o revolución (publicado por primera vez en 1899), Rosa Luxemburg
ponía de relieve el desarrollo del oportunismo práctico
que había preparado el terreno a la teoría oportunista de
Bernstein:
"Si se tiene en cuenta una serie de manifestaciones esporádicas
(por ejemplo, la famosa cuestión de la subvención acordada
a las compañías marítimas), las tendencias oportunistas
dentro de nuestro movimiento remontan a hace bastante tiempo. Pero será
sólo en 1890 cuando se vea perfilarse una tendencia declarada y
única en ese sentido, tras la abolición de las leyes de
excepción contra los socialistas, cuando la socialdemocracia hubo
reconquistado el terreno de la legalidad. El socialismo de Estado al modo
de Vollmar, la votación del presupuesto en Baviera, el socialismo
agrario en Alemania del Sur, los proyectos de Heine tendentes a establecer
una política de mercaderías, las opiniones de Schippel sobre
la política aduanera y la milicia: son esas otros tantos jalones
en el camino de la práctica oportunista".
Sin entrar en más detalles sobre esos ejemplos, es significativo
que el "socialismo de Estado" al modo de Vollmar se plasmara,
en particular, en el voto favorable por el SPD bávaro a los presupuestos
del Land (parlamento) bávaro, explícitamente en contra de
la decisión de la mayoría del partido. Contra la negativa
de la derecha oportunista de respetar las decisiones de la mayoría
y del congreso del partido, la izquierda pidió que se reforzara
la centralización del partido, especialmente el Parteivorstand
(centro ejecutivo) y la subordinación de las fracciones parlamentarias
al partido en su conjunto. Parece evidente que Rosa Luxemburg tenía
en mente la experiencia de esa lucha en la respuesta a Lenin de 1904 sobre
Las cuestiones de organización en la socialdemocracia rusa:
"en ese caso [el alemán] una aplicación más
rigurosa de la idea de centralismo en la constitución y una aplicación
más estricta de la disciplina de partido puede ser sin duda alguna
una barrera útil contra la corriente oportunista (…). Una
revisión de ese tipo de la constitución del partido alemán
se ha vuelto hoy necesaria. Pero incluso en este caso, la constitución
del partido no podrá ser considerada como una especie de arma que
sería ella sola suficiente contra el oportunismo, sino simplemente
sería como un medio externo mediante el cual podría ejercerse
la influencia decisiva de la mayoría proletaria-revolucionaria
actual. Cuando falta una mayoría así, la constitución
escrita más rigurosa no puede actuar en su lugar".
Es así evidente que la izquierda era favorable a la defensa más
intransigente de la disciplina y de la centralización del partido
y al respeto de los estatutos (3). De hecho, del mismo modo que aquí
expresa su preocupación de defender el partido alemán mediante
una disciplina rigurosa, Rosa Luxemburg, desde finales del siglo XIX no
cesó de batirse por el respeto, por parte de todos los partidos
de la IIª Internacional, de las decisiones tomadas por sus Congresos
(4).
Durante el período que precedió a la Primera Guerra mundial,
la izquierda luchó por una disciplina fiel a los principios revolucionarios.
Podemos pues imaginar fácilmente el terrible dilema ante el que
se encontraron Karl Liebknecht y otros diputados de izquierda en el Parlamento,
el 4 de agosto de 1914, cuando la mayoría de la fracción
parlamentaria del SPD anunció que iba a votar los créditos
de guerra requeridos por el gobierno del Káiser: o romper con el
internacionalismo proletario votando a favor de los créditos de
guerra, o votar como minoría contra la guerra y, por ello, romper
la disciplina del partido. Lo que Liebknecht y sus camaradas fueron incapaces
de comprender en esos momentos críticos es que, por haber traicionado
los principios más fundamentales al haber abandonado el internacionalismo
proletario con el apoyo al esfuerzo de guerra de la clase dominante, al
haber roto con las decisiones de los congresos del partido y de la Internacional,
fue la dirección de la Socialdemocracia la que abandonaba la disciplina
del partido. A partir de aquí, la izquierda no podía seguir
planteando el problema de la misma manera. Al aliarse con el Estado burgués,
la fracción parlamentaria del SPD realizó un auténtico
golpe de Estado en el seno del Partido, se apoderó de una autoridad
a la que no tenía derecho, pero que impuso gracias a la potencia
armada del Estado capitalista. Para Rosa Luxemburg: "La disciplina
respecto al partido en su totalidad, es decir a su programa, pasa antes
que cualquier disciplina de cuerpo y solo aquella puede servir de justificación
a ésta, del mismo modo que es su límite natural". Fue
la dirección, y no la izquierda, la que perpetró, desde
el inicio de la guerra, violaciones sin fin a la disciplina del partido
por su apoyo al Estado, "violaciones de la disciplina que consisten
en que órganos sectoriales del partido traicionan por propia iniciativa
la voluntad del conjunto, es decir del programa, en lugar de servirlo"
(5). Y para asegurarse que la masa de militantes no pueda poner en entredicho
la decisión de la dirección, el 5 de agosto (o sea el día
siguiente de la votación de los créditos de guerra), el
congreso del partido fue postergado hasta que terminara la guerra (6).
El desarrollo de una oposición en el seno del SPD demostraría
las razones de ese aplazamiento.
En los años siguientes, la izquierda del SPD, manteniéndose
fiel al internacionalismo proletario, se vio enfrentada a una disciplina
auténticamente burguesa en el seno del partido mismo. Inevitablemente
la actividad del grupo Spartakus rompió la disciplina tal como
la interpretaba ahora la dirección de un SPD aliado del Estado
(7). La cuestión ahora ya no era cómo mantener la disciplina
y la unidad de la organización del proletariado, sino cómo
evitar dar a la dirección pretextos disciplinarios para expulsar
a la izquierda del partido y aislar a militantes cuya resistencia a la
guerra comenzaba a hacerse presente, expresándose inevitablemente
como una resistencia al golpe de Estado de la dirección.
Un ejemplo de esta dificultad es la del desacuerdo surgido en el seno
de Spartakus (8) sobre el pago de las cuotas al centro del SPD por las
secciones locales. Era una cuestión verdaderamente difícil:
el dinero -las cuotas de los militantes- es el "nervio de la guerra"
para una organización de la clase obrera. Sin embargo, en 1916,
era evidente que la dirección del SPD desviaba en realidad los
fondos de organización de la lucha no hacia la guerra de clases
del proletariado, sino hacia la guerra imperialista de la burguesía.
En esas condiciones, Spartakus apeló a los militantes locales a
"dejar de pagar las cuotas a la dirección
del partido, pues ésta usa vuestro dinero, duramente ganado, para
apoyar una política y publicar textos que quieren transformaros
en paciente carne de cañón del imperialismo, todo ello con
la finalidad de prolongar la matanza" (9).
Desde que se inició el combate de la izquierda contra la traición
de 1914 se planteó la cuestión de crear una nueva Internacional.
Si para ciertos revolucionarios como Otto Rühle (10), la traición
total del SPD y su utilización feroz de la disciplina mecánica
impuesta en colaboración con el Estado eran la prueba definitiva
de que todos los partidos políticos estaban inevitablemente condenados
a convertirse en monstruos burocráticos y a traicionar a la clase
obrera, cualquiera que fuera su programa, no fue esa la conclusión
sacada por la mayoría de la izquierda. Al contrario, se trataba
de entablar una batalla por la construcción de una nueva Internacional
y la victoria de la revolución proletaria iniciada en Petrogrado
en octubre de 1917. Para Rosa Luxemburg, como lo explica Frölich:
"El movimiento obrero debía romper con quienes se habían
entregado al imperialismo; había que crear una nueva Internacional,
una Internacional de más altura que la que acababa de desmoronarse",
poseedora de una idea homogénea de los intereses y de las tareas
del proletariado, de una táctica coherente, y de una capacidad
de intervención en tiempo de paz como en tiempo de guerra. Se daba
la mayor importancia a la disciplina internacional: "El centro de
gravedad de la organización de clase del proletariado está
en la Internacional. La Internacional decide en tiempos de paz sobre la
táctica que deben adoptar las secciones nacionales en lo que concierne
al militarismo, la política colonial (…) etc., y además
del conjunto de la táctica que adoptar en caso de guerra. La obligación
de aplicar las resoluciones de la Internacional prevalece ante toda otra
obligación de la organización (…) La patria de los
proletarios, en cuya defensa debe quedar todo subordinado, es la Internacional
socialista" (11).
Cuando en junio de 1920, se reunieron los delegados en Moscú para
el IIº Congreso de la Internacional comunista, la guerra civil seguía
causando estragos en Rusia y los revolucionarios del mundo entero estaban
en pleno combate contra la burguesía y los social-traidores, o
sea, los viejos partidos que habían traicionado a la clase obrera
con su apoyo a la guerra.
Estaban también confrontados a las oscilaciones de las corrientes
"centristas" que dudaban todavía en romper los vínculos
con los viejos métodos socialistas o, al menos en el caso de muchos
dirigentes, con sus viejos amigos que habían permanecido en la
socialdemocracia corrupta. Los centristas tampoco estaban listos para
romper radicalmente con las viejas tácticas legalistas. En una
situación así, los comunistas, y en particular el ala izquierda,
estaban decididos a que la nueva Internacional no repitiera los errores
de la antigua en materia de disciplina. Dejaría de haber autonomía
para los particularismos de los partidos nacionales, que sólo habían
servido de taparrabos del chovinismo en la antigua Internacional (12),
como tampoco se toleraría el arribismo pequeño burgués
cuyos intereses eran llevar a cabo una carrera parlamentaria personal.
La Internacional comunista debía ser una organización de
combate, la dirección del proletariado en su lucha mundial decisiva
por el derrocamiento del capitalismo y la toma del poder político.
Esta determinación se plasmó en las 21 condiciones de adhesión
a la Internacional, adoptadas por el Congreso. Citemos, por ejemplo, el
punto 12:
"Los Partidos que pertenecen a la Internacional comunista deben edificarse
sobre el principio de la centralización democrática. En
la época actual de guerra civil encarnizada, el Partido comunista
sólo podrá cumplir su función si está organizado
de la manera más centralizada, si en él se admite una disciplina
de hierro rayana en la disciplina militar y si su organismo central cuenta
con amplios poderes, ejerce una autoridad indiscutible, se beneficia de
la confianza unánime de los militantes".
Las 21 condiciones fueron reforzadas por los estatutos de la organización
que establecían claramente que la Internacional debía ser
un partido mundial y centralizado. Según el punto 9 de los estatutos:
"El Comité Ejecutivo (órgano central internacional)
de la Internacional comunista tiene derecho a exigir a los Partidos afiliados
que sean excluidos grupos o individuos que hubieran infringido la disciplina
proletaria; puede exigir la exclusión de Partidos que hayan violado
las decisiones del Congreso mundial".
La izquierda compartía totalmente esa determinación, como
lo ilustra con creces el hecho de que fuera Bordiga, dirigente de la izquierda
del Partido socialista italiano, el que propuso la nº 21 (13):
"Los adherentes al Partido que rechacen las condiciones y las tesis
establecidas por la Internacional comunista deben ser excluidos del Partido.
Y lo mismo para los delegados al Congreso extraordinario".
La trágica degeneración de la Internacional comunista fue
paralela al retroceso a la oleada revolucionaria de 1917. La clase obrera
rusa quedó desangrada por la guerra civil, la revuelta de Cronstadt
fue aplastada, la revolución derrotada en todos los países
centrales de Europa (Alemania, Italia, Hungría), sin ni siquiera
conseguir desarrollarse en Francia o Gran Bretaña y la propia Internacional
estaba dominada por el Estado ruso dirigido ya por Stalin y su policía
política (la GPU). El año 1925 iba a ser el de la "bolchevización":
la Internacional quedó reducida al papel de instrumento entre las
manos del capitalismo de Estado ruso. A medida que la contrarrevolución
ganaba la Internacional, la disciplina proletaria iba cediendo el terreno
a la disciplina de la estaca burguesa.
Semejante degeneración, inevitablemente, tuvo que enfrentarse a
una fuerte oposición por parte de los comunistas de izquierda,
a la vez dentro de Rusia (Oposición de izquierda de Trotski, el
grupo obrero de Miasnikov, el grupo "Centralismo democrático",
etc.) y en el seno de la Internacional misma, especialmente por parte
de la izquierda del PC italiano agrupada en torno a Bordiga (14). Una
vez más, como durante la guerra de 1914, la izquierda se encontró
enfrentada a la cuestión de la disciplina del partido, una disciplina
que, en Rusia al menos, se identificaba con la GPU de Stalin, la cárcel
y los campos de concentración. Pero la Internacional no era el
Estado ruso, y la izquierda italiana estaba decidida a luchar, mientras
fuera posible, para arrancarla de las manos de la derecha, preservándola
para la clase obrera. Lo que no estaba dispuesta a hacer era llevar a
cabo el combate negando los principios mismos por los que había
luchado en el IIº Congreso. Más concretamente, Bordiga y la
izquierda de la IC no estaban dispuestas a abandonar la disciplina de
un partido centralizado a sus adversarios. En marzo-abril de 1925, el
ala izquierda del partido italiano hizo un primer intento para trabajar
como grupo organizado formando el "Comité de entendimiento":
"En cuanto se anunció el Congreso, un Comité de entendimiento
se creó espontáneamente para así evitar las reacciones
desordenadas de los militantes y de los grupos, que habrían llevado
a la disgregación, y para canalizar la acción de todos los
camaradas de la Izquierda en la línea común y responsable,
en los estrictos límites de la disciplina, estando garantizados
los derechos de todos en la constitución del partido. La dirección
(15) echó mano de estos hechos para utilizarlos en su plan de agitación
que presentaba a los camaradas de la Izquierda como fraccionistas y escisionistas
a quienes se prohibió defenderse y contra los cuales se obtuvieron
votos de los comités federales mediante presiones ejercidas desde
arriba" (Tesis de Lyón, 1926) (16).
La dirección de la Internacional exigió la disolución
del Comité de entendimiento y la izquierda se sometió a
esta decisión aún protestando:
"Acusados de fraccionismo y de escisionismo, sacrificaremos nuestras
opiniones por la unidad del partido ejecutando una orden que nosotros
consideramos injusta y ruinosa para el partido. Demostraremos así
que la Izquierda italiana es quizás la única corriente que
considera la disciplina como algo serio con lo que no hay que regatear.
Nosotros reafirmamos todas nuestras posiciones anteriores y todos nuestros
actos. Negamos que el Comité de Entendimiento haya sido una maniobra
para hacer una escisión en el partido y constituir una fracción
en su seno y protestamos una vez más contra la campaña organizada
con esas bases sin darnos siquiera el derecho de defendernos y engañando
escandalosamente al partido. No obstante, ya que la dirección piensa
que la disolución del Comité de entendimiento alejará
el fraccionismo y, aún siendo nosotros de parecer contrario, obedeceremos.
Pero dejamos a la dirección la entera responsabilidad de la evolución
de la situación interior del Partido y de las reacciones determinadas
por la manera con la que la dirección ha administrado la vida interior"
(ídem).
Cuando Karl Korsch, excluido poco antes del KPD (17), escribió
a Bordiga en 1926 para proponer una acción común entre la
izquierda italiana y el grupo Kommunistische Politik, éste lo rechazó.
Vale la pena citar dos de las razones que da. Por un lado, consideraba
que la base teórica para tomar tal posición no había
quedado establecida todavía:
"Creo, en general, que la prioridad de hoy debe ser, más que
la organización y la maniobra, un trabajo de elaboración
de una ideología política de la izquierda internacional,
basada en las experiencias elocuentes que la IC ha atravesado. Como este
punto dista mucho de ser alcanzado, toda iniciativa internacional parece
difícil".
Por otro lado, la unidad y la centralización internacional de la
Internacional no era algo que pudiera abandonarse a la ligera:
"No debemos favorecer nosotros la escisión en los partidos
y en la Internacional. Debemos permitir que la experiencia de la disciplina
artificial y mecánica alcance sus límites, respetando esa
disciplina en todas sus absurdeces de leguleyo mientras sea posible, sin
renunciar nunca a nuestra critica política e ideológica
y sin solidarizarnos nunca con la orientación dominante".
La lucha de la Izquierda italiana contra la degeneración de la
Internacional primero y después para extraer todas las lecciones
de esa degeneración y de la derrota de la revolución rusa
fue algo esencial para la creación del medio político proletario
de hoy. Las principales corrientes existentes hoy, incluida la CCI, son
descendientes directos de aquella lucha y, para nosotros, es indiscutible
que la defensa de la disciplina proletaria en el seno de la Internacional
que la Izquierda italiana llevó a cabo forma parte íntegra
de la herencia que nos ha legado. La disciplina proletaria de la Internacional
fue algo esencial para desmarcarse de los social-traidores, pues permitió
definir lo que era y lo que no era aceptable en el seno de las organizaciones
de la clase obrera. Sin embargo, como decía Bordiga, la disciplina
proletaria es algo totalmente ajeno a la disciplina impuesta a las clases
explotadas por el Estado capitalista.