Revista Internacional nº 110, 3er trimestre 2002

Alza de la extrema derecha en Europa : ¿Existe hoy un peligro fascista?

LOS HECHOS recientes han venido a ilustrar el auge de los partidos de extrema derecha (los llamados "populistas") en Europa:
- la inesperada presencia de Le Pen en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas con 17 % de votos en la primera;
- el ascenso fulgurante y espectacular de la "lista Pim Fortuyn" en Holanda (Fortuyn fue asesinado unos días antes de las elecciones; tuvo grandiosos funerales de máxima difusión que nutrieron una auténtica histeria nacionalista). Esa lista arrambló 26 escaños de 150, entrando así en el Parlamento una fuerza política inexistente tres meses antes.
Esos hechos no son algo aislado. Se integran en una tendencia más general que se ha expresado en los países de Europa occidental en los últimos años:
- en Italia, en donde al gobierno actual de Berlusconi dispone de la alianza y el apoyo de las dos formaciones de extrema derecha que ya fueron sus socios gubernamentales entre 1995 y 1997: la Liga Norte de Umberto Bossi y la Alianza Nacional (ex-MSI) de Gianfranco Fini;
- en Austria, el FPÖ de Jorg Haider entró en el gobierno y comparte el poder desde octubre de 1999 con el partido conservador;
- en Bélgica, en donde el Vlaams Blok obtuvo 33 % de sufragios en las elecciones municipales de Amberes en octubre de 2000 y cerca del 10 % en las últimas legislativas y europeas (más del 15 % en Flandes);
- en Dinamarca, país cuyas endurecidas leyes contra la inmigración han sido presentadas en la cumbre de Sevilla del 21 y 22 de junio como modelo para Europa, el Partido del Pueblo Danés, tenor de los discursos más abiertamente xenófobos, representa el 12% del electorado y aporta su apoyo al Partido Liberal Conservador en el poder;
- en Suiza, tras una campaña centrada casi exclusivamente contra la emigración, la Unión Democrática de Centro obtuvo 22,5 % de votos en las legislativas de octubre de 1999;
- también el llamado Partido del Progreso (más de 15 % del electorado en las legislativas de 1997) tiene una influencia importante en Noruega.


Contrariamente a los años 1930, los progresos de la extremaderecha en Europa no significanni mucho menos una amenazade fascismo hacia el poder.

¿Qué sentido tiene este fenómeno? ¿Se estará extendiendo una nueve "peste parda" por Europa? ¿Existe de verdad un peligro fascista? ¿Podría un régimen fascista alcanzar el poder? Eso es lo que nos quieren hacer tragar las ensordecedoras campañas de la burguesía con el objetivo de arrastrar a la población y a la clase obrera especialmente hacia una "movilización ciudadana" contra el "peligro fascista" tras las banderas de la defensa de la democracia burguesa y de sus "partidos democráticos", como así ha ocurrido en Francia entre las dos vueltas de las elecciones presidenciales.
La respuesta es negativa, por mucho que lo pretenda la burguesía, la cual intenta hacer una amalgama entre la situación actual y el auge del fascismo en los años 30. Tal paralelo es totalmente falso; es una mentira, pues la situación histórica es totalmente diferente.
En los años 1920 y 1930, la instalación en el poder de regímenes fascistas fue favorecida y apoyada por amplias fracciones de la clase dominante, especialmente por los grandes grupos industriales. En Alemania, desde Krupp hasta Siemens pasando por Thyssen, Messerschmitt, IG Farben, agrupados en cárteles (Konzerns), fusiones de capital financiero e industrial, que controlan los sectores clave de la economía de guerra desarrollada por los nazis: carbón, siderurgia, metalurgia. En Italia, los fascistas son también subvencionados por la gran patronal italiana de la industria de armamento y de suministros bélicos (Fiat, Ansaldo, Edison) y después por el conjunto de los industriales y financieros centralizados en la Confindustria o la Asociación bancaria. Frente a la crisis, la emergencia de los regímenes fascistas correspondió a las necesidades del capitalismo, especialmente en los países vencidos y perjudicados tras el primer conflicto mundial (1914-18), obligados para sobrevivir a lanzarse a la preparación de una nueva guerra mundial para obligar a un nuevo reparto del pastel imperialista. Para ello, concentraron todos los poderes en el Estado, aceleraron la instauración de una economía de guerra, militarizaron el trabajo e hicieron silenciar todas las disensiones internas de la burguesía. Los regímenes fascistas fueron la respuesta directa a esa exigencia del capital nacional. No fueron otra cosa, al igual que el estalinismo, sino una de las expresiones más brutales a la tendencia general hacia el capitalismo de Estado. El fascismo no fue ni mucho menos la manifestación de una pequeña burguesía desposeída y amargada por la crisis, por mucho que esta clase le sirviera con creces de masa de maniobra, sino que fue una expresión de las necesidades de la burguesía en unos determinados países y en un determinado momento histórico.
Hoy, en cambio, los "programas económicos" de los partidos populistas son o inexistentes, o inaplicables desde el punto de vista de los intereses de la burguesía. No son ni serios ni dignos de crédito. Su aplicación (por ejemplo la retirada de la Unión europea que propone un Le Pen en Francia) implicaría una incapacidad total para mantener la competencia económica en el mercado mundial frente a los demás capitales nacionales. La aplicación de los programas de los partidos de extrema derecha sería una catástrofe segura para la burguesía nacional. Semejantes propuestas retrógradas y delirantes no pueden sino ser rechazadas desdeñosamente por todos los sectores responsables de la cada economía nacional.
Así, para acceder al poder, los partidos "populistas" actuales están obligados a renegar de sus programas, a dejar de lado su parafernalia ideológica y a reconvertirse en ala derecha ultraliberal y proeuropea, como el MSI de Fini en Italia, por ejemplo, que en 1995 rompió con la ideología fascista para adoptar una doctrina liberal y ultraeuropea. Igual que el FPÖ de Haider en Austria que ha tenido que alinearse con un "programa responsable y moderado" para poder ejercer responsabilidades gubernamentales.
Y mientras que el fascismo constituyó el eje de un bloque imperialista en torno a Alemania en la preparación de la IIª Guerra mundial, hoy, en cambio, los partidos populistas son incapaces de hacer surgir y representar una opción imperialista particular.
La otra gran condición indispensable para la instauración del fascismo es la derrota física y política del proletariado. De igual modo que el estalinismo, el fascismo es una expresión de la contrarrevolución en unas condiciones históricas determinadas. Su acceso al poder se vio favorecido por el aplastamiento y la represión directa de la oleada revolucionaria de 1917/1923. Fue el aplastamiento sangriento en 1919 y 1923 de la revolución alemana, fueron los asesinatos de revolucionarios como Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, perpetrados por la izquierda del aparato político de la burguesía, la socialdemocracia, lo que permitió la llegada del nazismo. Fue la represión de la clase obrera, tras el fracaso del movimiento de las ocupaciones de fábrica en el otoño de 1920, por las fuerzas democráticas del gobierno Nitti lo que abrió el camino al fascismo italiano. Nunca habría podido la burguesía imponer el fascismo si las fuerzas "democráticas", y sobre todo las de la izquierda de la burguesía, no se hubieran encargado previamente de aplastar al proletariado allí donde éste constituyó la amenaza más fuerte y más directa contra el sistema capitalista.
Y fue precisamente esa derrota de la clase obrera lo que dejó cancha libre a un curso hacia la guerra mundial. El fascismo fue ante todo una forma de alistamiento de la clase obrera en la guerra para uno de los dos bloques imperialistas, del mismo modo que el antifascismo, en los países llamados "democráticos", lo fue en el campo contrario (véase nuestro folleto Fascismo y democracia, dos expresiones de la dictadura del capital, en francés).
Eso no está ocurriendo hoy. La clase obrera se mantiene en una dinámica de enfrentamientos de clase desde finales de los años 60. A pesar de sus retrocesos y de sus dificultades para afirmarse en su terreno de clase, la clase obrera no está derrotada, no ha conocido una derrota decisiva desde entonces. No se encuentra en un curso contrarrevolucionario. Hay ya una condición objetiva que impide a la burguesía ir hacia una guerra mundial: la incapacidad para ella, desde la implosión de la URSS, de formar dos bloques imperialistas rivales. Pero, sobre todo, hay otro factor determinante para afirmar que no tiene cancha libre, y es que no ha logrado encuadrar masivamente al proletariado de los países centrales del capitalismo tras la defensa del capital nacional hacia la guerra, ni encaminarlo hacia un apoyo ciego a las incesantes cruzadas imperialistas.
Por todas esas razones, no existe el menor peligro de un retorno de regímenes fascistas, un peligro que la burguesía agita como un espantajo.
La aparición actual de los partidos populistas se inscribe, por lo tanto, en un contexto muy diferente al de los años 30.


La aparición de las ideologíasde extrema derecha es unaexpresión de la descomposicióndel capitalismo

¿Cómo explicar ese fenómeno? El ascenso de los partidos "populistas" es una expresión característica de la putrefacción de raíz de la sociedad capitalista (1), de la disgregación del tejido social y de la degradación de las relaciones sociales que afectan a todas las clases de la sociedad, incluida una parte de la clase obrera. El alza de los partidos de extrema derecha corresponde al resurgir de una yuxtaposición de las ideologías más reaccionarias y retrógradas que han ido acumulando los sectores de la burguesía más atrasados y trasnochados, que el capitalismo ha ido dejando en la cuneta en todas las fases históricas, en especial la pequeña burguesía del comercio y del campo: el racismo, la xenofobia, la exaltación autárquica de la "preferencia nacional". Se apoyan en las manifestaciones actuales de las contradicciones del capitalismo en crisis, como el desempleo, la inmigración (2), la inseguridad, el terrorismo, para suscitar sentimientos de frustración y rencor, de miedo al futuro, de miedo al "extranjero", al vecino de tez oscura, el miedo y el odio al "otro", la obsesión "de seguridad", el repliegue hacia sí (corolario de "cada uno para sí" de la competencia capitalista), la atomización, ingredientes todos de la descomposición del tejido social. Es la expresión ideológica de una revuelta desesperada y sin porvenir, la expresión del "no future" de la sociedad capitalista que sólo desemboca en el nihilismo.
Esos temas segregados o reactivados por la descomposición del capitalismo se han visto favorecidos estos últimos años por varios factores.
El desmoronamiento del bloque del Este y la guerra en Yugoslavia han sido los catalizadores. Los éxodos provocados por la miseria y la barbarie bélica han creado unos flujos migratorios importantes procedentes de Europa del Este y de la cuenca mediterránea.
"El efecto 11 de septiembre" ha reforzado el clima de pánico, el sentimiento de inseguridad, la tendencia a la amalgama entre Islam y terrorismo y, por consiguiente, la xenofobia. Y el conflicto de Oriente Medio ha reactivado las manifestaciones de antisemitismo. Esto va paralelo con otras expresiones de la descomposición, como el fanatismo religioso (3). El fenómeno es, sin embargo, más amplio: en Estados Unidos, los portavoces de una derecha dura, xenófoba y securitaria, sobre todo desde el 11 de septiembre, marcan puntos. En Israel, los pequeños partidos extremistas religiosos o la fracción de Netanyahu, de marcada tendencia ultraderechista, ejercen una presión permanente para "radicalizar" las acciones del gobierno de Sharon. El fenómeno no es pues únicamente europeo u occidental, sino que se desarrolla a escala internacional.
La gangrena de la descomposición afecta en primer término a la clase que la segrega, la burguesía, para la cual es una espina clavada en el pie, una espina que le crea problemas y que ha podido provocar patinazos incontrolados como el de los resultados de Le Pen en Francia. Ha sido la burguesía, sobre todo en ese país, la que incitó por razones de politiquería a que los partidos populistas tengan representación en el Parlamento, aunque ahora ese fenómeno tienda a írsele de las manos.
La implantación desigual y los éxitos electorales de esos partidos revelan una conjunción de varios factores:
* Dependen de la fuerza o de la debilidad de la burguesía nacional. En Italia, las debilidades y las divisiones internas de la burguesía, incluido también el aspecto imperialista, tienden a hacer resurgir una derecha populista importante. En Gran Bretaña, al contrario, la casi inexistencia de un partido de extrema derecha se debe a la experiencia y al mayor control del juego político por parte de la burguesía de ese país. De hecho, las ideas de extrema derecha están representadas como simple tendencia en el seno del partido conservador, a la vez que puede observarse la capacidad del gobierno laborista de Blair para navegar por corrientes de extrema derecha, como ocurre con el endurecimiento actual de las medidas contra la inmigración.
* También dependen de las condiciones específicas, que varían de un país a otro. En Alemania, por ejemplo, la extrema derecha no tiene la menor posibilidad de ir más allá que unos cuantos gropúsculos, a causa de la persistencia del sentimiento de culpabilidad de la población en relación con el pasado nazi del país. En cambio, el éxito de Heider se ha visto favorecido por el hecho de que en Austria, la Anschluss (la unión de Austria a la Alemania nazi en una única entidad nacional entre 1938 y 1945) no provocó tal sentimiento de culpabilidad de modo que el nazismo ha mantenido cierto arraigo en parte de la población.
* En fin, el éxito de los partidos "populistas" depende en gran medida del carisma del "jefe". El ejemplo más evidente es el del éxito de Le Pen en Francia, típico brontosaurio de la extrema derecha, antiguo torturador de la guerra de Argelia y diputado pujadista (4) de esa época, mientras que el MNR de Megret (escisión del FN de Le Pen favorecida en 1998 por el resto de la burguesía para debilitar a la extrema derecha), que se llevó consigo a la mayoría de los "mandos" y de los "pensadores" del aparato, se ha quedado marginado. Seis semanas después del "efecto Le Pen" en las presidenciales francesas, el Frente nacional no dispone de un solo diputado en el parlamento tras unas legislativas a las que no se presentaba el "jefe". Ese fue el caso también de Pim Fortuyn cuyo renombre se basaba en una excéntrica y provocadora "personalidad", pero que construyó sin embargo su partido, variopinto revoltijo contestatario del "establishment" político, en torno a temas de lo más trillado como el respeto del orden y otros temas dignos del más rancio pujadismo de salón.
La dominación ideológica de los temas populistas corresponde ante todo a las características del período, existan o no partidos que las representen electoralmente. En la España actual, por ejemplo, no existe partido de extrema derecha constituido, pero sí existe una fuerte xenofobia que se ha cebado en particular en los temporeros agrícolas emigrados a Andalucía, obreros que deben soportar periódicamente verdaderas "cazas al hombre".
Para la clase obrera, esa ideología reaccionaria, como todos los productos de la descomposición, es un auténtico veneno que intoxica y pudre las conciencias individuales, y es un gran obstáculo contra el desarrollo de la conciencia de clase. Pero la influencia y el grado de nocividad de esa ideología en esa conciencia deben ser evaluados en el contexto más general de la relación de fuerzas entre las clases e integrarse en un análisis más amplio del período y no de hoy para mañana. Afecta a las capas más marginales y "lumpenizadas" del proletariado, pero éste posee el más poderoso, único en realidad, antídoto contra semejante ideología, o sea, el desarrollo de la lucha de clase en un terreno radicalmente opuesto a los temas reaccionarios del "populismo". Los proletarios no tienen patria, son una clase de emigrantes, unidos entre sí por los mismos intereses de clase, sea cual sea su origen o color de piel, sus luchas se cimientan en la solidaridad internacional de los obreros. En realidad, esa ideología letal que deben soportar solo puede afectar a los proletarios si están aislados, atomizados, si están reducidos a su condición de "ciudadanos", y no se expresan como clase en lucha.
Y es ahí donde cobra todo su sentido ese desencadenamiento de campañas ideológicas jaleadas por la burguesía sobre el pretendido peligro fascista. La burguesía demuestra así su capacidad para utilizar los miasmas de su propia descomposición contra la conciencia de clase de los proletarios. Es la burguesía la que utiliza sus propias circunstancias contra la conciencia de clase de los proletarios. Procura aprovecharse de la falta de confianza de la clase obrera en sus propias fuerzas, de su desorientación, de los retrocesos momentáneos de su conciencia y de las dificultades actuales de la lucha de clases para que no se afirme su perspectiva revolucionaria. La burguesía anima a los obreros a que se movilicen tras la defensa de la democracia burguesa, detrás del Estado burgués contra el pretendido peligro fascista. La burguesía suscita y propaga el miedo a la extrema derecha por dos razones:
- por un lado, eso le permite someter a la población a la defensa del Estado. Con la pretensión de querer "tomarle la delantera" a los partidos populistas, aquélla intenta dar crédito a la idea, mediante "debates de sociedad" y la "concertación social", de que debe reforzarse el Estado para que éste dé más seguridad, con más medios para su policía, con un control más estricto de la inmigración, etc.;
- por otro lado, empuja a la clase obrera en particular a que adopte ese mismo comportamiento: echarse en brazos del Estado "democrático", haciéndole participar, a través de diversos movimientos asociativos y "ciudadanos" suscitados y animados por los partidos de izquierda y los sindicatos, en la defensa de ese mismo Estado, una defensa basada en la ilusión del "Estado de los ciudadanos", algo así como "el Estado somos nosotros". Se trata de una operación para anegar la conciencia de clase en una "conciencia ciudadana", que ni es conciencia ni es nada.
Frente a esa operación la clase obrera corre los peores peligros de perder de vista su identidad de clase.
Aunque las campañas antifascistas de la burguesía no pueden hoy tener la función de alistamiento directo del proletariado en la guerra, conservan en cambio, más que nunca, la función de servir de trampa mortal en el desarme de la clase obrera. Ésta no deberá nunca dejarse encadenar a las campañas democráticas y antifascistas que la empujan a abandonar su terreno de clase en provecho de la defensa de la democracia burguesa.

Win



1) No volveremos aquí sobre nuestro marco de análisis de la descomposición, que hemos desarrollado ya ampliamente en nuestra prensa. Por ello, recomendamos a nuestros lectores los principales artículos sobre el tema, en especial, la Revista internacional no 57 (2o trimestre 1989) y la no 62 (3er trimestre 1990). 2) La inmigración, como la emigración, siempre han formado parte de la vida del capitalismo, que siempre ha obligado al campesinado arruinado o a los proletarios sin trabajo a marcharse de su país de origen para buscar trabajo donde sea. En las condiciones actuales de crisis del capitalismo, la immigración tiene sin embargo particularidades, o sea que las oleadas masivas de immigrados huyendo del hambre vienen a amontonarse en verdaderos ghettos en los que no tienen la más mínima esperanza de encontrar un trabajo que les permitiría integrar las filas de los obreros asalariados. 3) Léanse nuestros artículos sobre el islamismo en la Revista internacional n° 109 y en este número. 3 El pujadismo ("poujadisme") fue un movimiento (cuyo nombre le viene de su promotor, Pierre Poujade) que obtuvo unas cuantas decenas de diputados en el Parlamento francés; se granjeó cierto prestigio en los años 50 entre los pequeños comerciantes y empresarios, apoyándose en las reivindicaciones corporativistas de los sectores más retrógrados de la pequeña burguesía como la reducción del impuesto sobre la renta, la rebaja de contribuciones sociales, la supresión de toda tasa profesional.

Amenaza de guerra nuclear entre India y Pakistán : La locura asesina del capitalismo

DESDE el mes de mayo, se han ido acumulando los nubarrones de la tor- menta de una guerra nuclear total entre India y Pakistán. Desde el atentado del 13 de diciembre de 2001 contra el Parlamento indio, las relaciones indo-pakistaníes no han cesado de degradarse. Tras el de principios de mayo de 2002 en Jammu (estado indio de Jammu y Cachemira) atribuido a terroristas islamistas, esa degradación ha desembocado en los recientes enfrentamientos en Cachemira.
El conflicto actual entre esos dos países, que hasta ahora se había limitado a los que los media nombran "duelos de artillería" por encima de una población aterrorizada, no es el primero, especialmente a causa de Cachemira, que ya ha conocido varias centenas de miles de muertos, pero nunca antes la amenaza de usar el arma nuclear había sido tan seria. Pakistán, en inferioridad, pues dispone de 700 000 soldados (mientras que India posee 1 200 000) y 25 misiles nucleares, de menor alcance (mientras que India posee 60), "había anunciado claramente que frente a un enemigo superior, estaba dispuesto a lanzar un ataque nuclear" (The Guardian, 23 mayo de 2002). India, por su parte, intenta deliberadamente arrastrar al enfrentamiento militar abierto. El objetivo de Pakistán es, en efecto, desestabilizar Cachemira y hacer que esta región caiga de su lado, a través de guerrillas y grupos infiltrados. India, por su parte, tiene el mayor interés en atajar ese proceso mediante un enfrentamiento directo.
Por eso les ha entrado una verdadera inquietud a las burguesías de los países desarrollados, la norteamericana y la británica en primer término (1), de encontrarse ante una catástrofe que podría producir millones de muertos. Y, tras el fracaso de la conferencia de países de Asia central, celebrada en Kazajistán a primeros de junio, orquestada por un Putin, teledirigido para la ocasión por la Casa Blanca, se ha necesitado todo el peso de Estados Unidos enviando al secretario de estado de Defensa, Donald Rumsfeld, a Karachi e interviniendo Bush directamente ante los dirigentes indios y pakistaníes, para que bajara la tensión. Pero como lo reconocen los propios dirigentes occidentales, los riesgos de un patinazo sólo momentáneamente han sido postergados. Nada está arreglado.


India y Pakistán, una rivalidad insuperable


Cuando se partió el antiguo imperio británico de las Indias en 1947, y de él nacieron (además de Sri Lanka y Birmania) los estados independientes de India y Pakistán occidental y oriental, la burguesía inglesa y, con ella, su aliada estadounidense, sabían perfectamente que estaban fabricando dos naciones rivales de nacimiento. Siguiendo el refrán "divide y vencerás", el objetivo de semejantes recortes artificiales era debilitar, en sus fronteras oriental y occidental, a ese inmenso país cuyo dirigente Nehru había declarado su deseo de mantenerse "neutral" respecto a las grandes potencias y de hacer de India una superpotencia regional. En el período inmediato de posguerra en que se estaban dibujando ya los bloques del Este y del Oeste, el acceso a la independencia de India significaba, en efecto, para una Gran Bretaña ferozmente antirrusa y unos Estados Unidos que intentaba imponer su hegemonía en el mundo, el riesgo de verla pasarse al enemigo soviético.
Cuando se forma la "democrática" "nación" india bajo la dirección del pandit, tres regiones, entre las cuales el futuro estado de Jammu y Cachemira, que debían formar parte de Pakistán, fueron anexionadas a la fuerza por India, primera expresión de una manzana de la discordia permanente que se cristalizaba en reivindicaciones territoriales. Toda la historia de esos dos países está jalonada por enfrentamientos bélicos a repetición en los que el gobierno de Nueva Delhi, en general a la ofensiva, intenta ganar zonas que considera que le pertenecen por "naturaleza". Así fue con la guerra de Cachemira en 1965, las de 1971 en Pakistán oriental (que será el Bangladesh actual) y en Cachemira, hasta el conflicto de este año.
El interés de la burguesía india no se limita, sin embargo, a la necesidad de expansión inherente a todo imperialismo. Radica en la necesidad de que el Estado indio sea reconocido como superpotencia con la que se debe contar, no sólo ante la llamada "comunidad internacional" de los Grandes, sino también frente a su rival principal, China. Pues tras la permanente agresividad de India hacia Pakistán hay que ver la competencia fundamental con China por la plaza de "gendarme" del Sureste asiático.
En 1962, la guerra chino-india y la victoria de Pekín revelaron a la burguesía india que China era su peor enemigo, al igual que la mediocridad de su propio armamento. Lo que el Estado indio procura hacer es tomarse la revancha contra China. La guerra en Pakistán oriental en 1971 debe ya entenderse en ese marco de hostilidad imperialista que anima a ambas burguesías. Es evidente que hoy un conflicto de gran envergadura entre India y Pakistán que dejara exangüe a éste e incluso borrado del mapa, sería un revés para un Estado chino que había puesto todas sus fuerzas en apoyar a Islamabad. No es casualidad si fue China, cuando la URSS "regaló" el arma nuclear a India como sello del "Pacto de cooperación" entre ambos países, quien hizo lo mismo con Pakistán, con el beneplácito estadounidense, para así rebajar las pretensiones indias.


La hipocresía de las grandes potencias


Las grandes potencias, EE.UU en cabeza, están hoy sin lugar a dudas muy inquietas ante la posibilidad de que estalle una guerra nuclear entre India y Pakistán, pero no es evidentemente por razones humanitarias, ni mucho menos. La preocupación que tienen es, ante todo, impedir que se produzca una nueva etapa en la agravación de la tendencia de "cada uno para sí" que hoy impera en el planeta desde que se hundió en bloque del Este y la desaparición tras él del que fue su rival del Oeste. Durante el periodo de guerra fría que siguió a la Segunda Guerra mundial, las rivalidades entre Estados estaban bajo el control de la necesaria disciplina de bloques y reguladas por esa disciplina. Ni siquiera un país como India que intentaba ir por su cuenta y sacar partido a la vez del potencial militar del Este y de la tecnología del Oeste, tenía campo libre para imponerse como gendarme del Sureste asiático. Hoy los Estados dan rienda suelta a sus ambiciones. Ya en 1990, un año apenas después del desmoronamiento del bloque ruso, la amenaza de guerra nuclear entre India y Pakistán tuvo que ser conjurada mediante las presiones de EE.UU.
Puede uno darse cuenta de la intensidad alcanzada por el antagonismo entre esas dos potencias nucleares de segundo orden por las propias dificultades de EE.UU para imponer su voluntad en la región. Apenas unos meses después de haber dado una importante demostración de fuerza en Afganistán, con el fin de obligar a otros Estados a alinearse tras EE.UU, dos de sus aliados en esta guerra se enfrentan. He aquí una región más, en la que EE.UU quería imponer su orden por medios militares, amenazada de desastre.
Desde el final de la Guerra fría, EE.UU ha lanzado operaciones militares de gran envergadura para afirmar su dominio sobre el mundo como única superpotencia mundial. Tras la Guerra del Golfo de 1991, en lugar de nuevo orden mundial, lo que hemos visto ha sido el estallido de la región balcánica, acompañado de los horrores de la guerra y de una insondable miseria ahora permanente. En 1999, tras la demostración de fuerza americana contra Serbia, las potencias imperialistas europeas han seguido oponiéndose abiertamente a la política estadounidense, en especial sobre el tema del "escudo antimisiles" cuya realización está acelerando Bush a toda velocidad. Y también ha sido para mostrar esa voluntad si EE.UU está machacando Afganistán, con el pretexto de los atentados del 11 septiembre.
Ya sean grandes potencias como Alemania, Francia o Gran Bretaña, ya sean potencias regionales como Rusia, China, India e incluso Pakistán, todas se ven abocadas a lanzarse a mutuo degüello en peleas cada vez más destructoras. Y de ello es una ilustración patente el actual conflicto entre India y Pakistán, que, junto a la posguerra en Afganistán, es el ojo del huracán.
En una situación general semejante, de caos y de "cada uno para sí", provocada en primer término por las tensiones crecientes entre grandes potencias, la hipocresía de éstas ha aparecido una vez más ante el mundo. Expresando la inquietud de las burguesías "civilizadas" ante la posibilidad de estallido de un conflicto nuclear, sus medios de comunicación señalan con el dedo al presidente pakistaní, Musharraf, y al primer ministro indio, Vajpayee, tildándolos de irresponsables que parecen "no darse cuenta de la verdadera escala del desastre que resultaría del uso de armas atómicas, incapaces de no ver que las consecuencias serían la destrucción total de sus países" (The Times, 1 junio de 2002).
¡Es como el cerdo llamando cochino al burro! ¿Serían las grandes potencias "responsables"? Sin duda, sí, responsables de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki al final de la Segunda Guerra mundial, responsables de la proliferación espantosa de armas nucleares durante toda la Guerra fría, responsables de su acumulación so pretexto de que la "disuasión nuclear", el "equilibrio del terror" (!) serían la mejor garantía de paz. Y son hoy esos países desarrollados los que siguen poseyendo los depósitos más importantes de armas de destrucción masiva, incluidas las nucleares.


La lucha antiterrorista, un pretexto y una mentira


Para la mayoría de los media, esta situación se debería al "fundamentalismo religioso". Para la clase dominante india, los responsables de los atentados terroristas en Cachemira y contra el Parlamento indio son los fundamentalistas islamistas apoyados por Pakistán. Del otro lado, la clase dominante pakistaní denuncia los excesos nacionalistas del fundamentalismo hindú del BJP, partido en el poder en India, y en especial su represión contra los "combatientes de la libertad" en Cachemira.
En India, el BJP utiliza los atentados terroristas en Cachemira y en el resto de India para justificar sus amenazas militares contra Pakistán. Mientras tanto, ese partido estaba involucrado en las matanzas intercomunitarias que ocurrieron en el Estado de Gujarat, durante las cuales cientos de fundamentalistas hindúes fueron quemados vivos en un tren por militantes islamistas y después, en represalia, fueron asesinados miles de musulmanes. Paralelamente, la burguesía pakistaní no sólo ha intentado desestabilizar a India aportando su apoyo a la lucha organizada en Cachemira contra la dominación india, sino también denunciando algo que es cierto: que India apoya a grupos terroristas en Pakistán.
Y también inyectando constantemente el nacionalismo más violento en ambos campos, los explotadores arrastran a amplias capas de la población en apoyo de sus ambiciones imperialistas. El uso de los nacionalismos, de los odios raciales y religiosos, no es desde luego algo nuevo ni propio de los países de la periferia del capitalismo. Las burguesías de los principales países capitalistas han transformado esas manipulaciones en un verdadero arte. Durante la Primera Guerra mundial, cada campo acusó al otro de ser el "mal" y una "amenaza para la civilización". En los años 30, Hitler y también Stalin usaron el antisemitismo y el nacionalismo para movilizar a las poblaciones. Los Aliados "civilizados" lo hicieron todo por atizar la histeria anti-alemana y anti-japonesa, con el uso cínico del Holocausto para justificar los bombardeos sobre la población alemana y con el punto culminante del horror nuclear contra Japón por dos veces. Durante la Guerra fría, los dos bloques cultivaron odios parecidos para ajustarse las cuentas. Y desde 1989, en nombre de lo "humanitario", los dirigentes de las grandes potencias han permitido que se multiplicaran las "limpiezas étnicas" y han atizado los odios religiosos y raciales que han llevado a tantas regiones del planeta a una sucesión de guerras y de carnicerías.


Una amenaza de primer orden contra la clase obrera y el resto de la humanidad


La clase obrera es una amenaza y por eso el capitalismo necesita usar todas las mentiras a su disposición para ocultar la verdadera naturaleza imperialista de sus guerras y desviar así a la clase obrera del camino de su propio combate de clase. Localmente, en Asia del Sureste, la clase obrera no da muestras de una combatividad capaz de hacer cesar una guerra. Internacionalmente, la clase obrera está en un estado momentáneo de impotencia frente a un capitalismo que se desgarra, con el peligro de ver millones de cadáveres en unos cuantos minutos por los suelos de una región del planeta.
Y sin embargo la única fuerza histórica capaz de parar el carro incontrolable y destructor del capitalismo en plena descomposición sigue siendo el proletariado internacional y, sobre todo, el de los países centrales del capitalismo. Éste, mediante del desarrollo de sus luchas por la defensa de sus propios intereses, podrá mostrar a los obreros del subcontinente asiático y de otras zonas del mundo que existe una alternativa de clase al nacionalismo, al odio religioso y racial, a la guerra. Es pues una enorme responsabilidad la que incumbe al proletariado de los países centrales del capitalismo. No debe éste perder de vista que al defender sus intereses de clase también posee entre sus manos el porvenir de la humanidad.
Ante la locura del capitalismo en decadencia, el proletariado internacional debe recuperar la consigna: "Proletarios de todos los países, ¡uníos!". El capitalismo no podrá sino arrastrarnos a la guerra, la barbarie y la destrucción total de la humanidad. La lucha de la clase obrera es la clave de la única alternativa posible: la revolución comunista mundial.

ZG (18 de junio de 2002)

Conferencia extraordinaria de la CCI: Resolución sobre la situación internacional

La RESOLUCIÓN sobre la situación internacional de nuestro XIV° Congreso -adoptada en mayo de 2001- se centró en el curso histórico en la fase de descomposición del capitalismo (ver Revista internacional n° 106). En ella poníamos en evidencia la aceleración tanto de la crisis económica como del hundimiento del planeta en la guerra y la barbarie; y, al mismo tiempo, analizábamos los problemas y las potencialidades de una respuesta proletaria frente a esta situación. La Resolución que publicamos a continuación, propuesta en la Conferencia extraordinaria de la CCI en abril de 2002, se plantea complementar la primera a la luz de los acontecimientos del 11 de Septiembre y de la posterior "guerra antiterrorista", que han confirmado claramente los análisis generales del Congreso de 2001.


La ofensiva imperialista norteamericana
1. Los revolucionarios marxistas pueden hasta estar de acuerdo con el presidente Bush cuando este describió el ataque del 11 de Septiembre como un "acto de guerra" aunque, eso sí, añadirían que se trata de un acto de guerra capitalista, un momento de la guerra imperialista permanente que caracteriza la época de la decadencia capitalista. La matanza intencionada de miles de civiles (proletarios en su mayoría) mediante la destrucción de las Torres Gemelas ha constituido un nuevo crimen bárbaro contra la humanidad, a añadir a una larga lista que incluiría Guernica, Londres, Dresde, Hiroshima... Que el probable ejecutor del crimen haya sido un grupo terrorista vinculado a un Estado pobrísimo no cambia, para nada, su carácter imperialista, ya que en el período actual todos los Estados, o quienes aspiran a legitimarse como Estados, del mismo modo que todos los "señores de la guerra", son imperialistas.
El carácter criminal del 11 de Septiembre no sólo reside en el propio acto, sino también en su manipulación cínica por parte del Estado norteamericano, una manipulación totalmente comparable a la conspiración de Washington ante Pearl Harbor cuando, a sabiendas, permitió el ataque japonés, para poder tener una coartada para entrar en la guerra y movilizar a la población tras el Estado. No se sabe aún hasta qué punto los servicios secretos del Estado norteamericano han estado implicados "dejando hacer" a los terroristas en los ataques del 11 de Septiembre, aunque ya haya un montón de elementos que apuntan a una intriga maquiavélica y sin escrúpulos por su parte, pero lo que sí está claro es de qué manera los Estados Unidos han sacado provecho del crimen, utilizando el shock y la cólera causados en la población para movilizar a ésta en apoyo de una ofensiva imperialista de una amplitud sin precedentes.

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. Enarbolando la bandera del antiterrorismo, el imperialismo USA ha extendido la sombra de la guerra al planeta entero. La "guerra al terrorismo" lanzada por USA ha devastado ya Afganistán, y la amenaza de que se extienda a Irak es cada vez más explícita. Pero la presencia armada norteamericana se ha ampliado a otras regiones del globo aunque no formen parte del llamado "eje del mal" (Irán, Irak y Corea del Norte). Así, en Filipinas se han desplegado tropas USA con la excusa de ayudar a combatir militarmente la "insurrección islamista"; y en Yemen y Somalia han llevado a cabo acciones espectaculares. El presupuesto de defensa americano se incrementará este año en un 14 %, y seguirá creciendo hasta que en el año 2007 supere en un 11 % el nivel medio que tenía durante la guerra fría. Estos datos proporcionan una elocuente imagen del enorme desequilibrio que existe en los gastos militares de los diferentes Estados: EE.UU representa casi el 40 % de los gastos mundiales totales, por sí sólo el presupuesto estadounidense es muy superior a la suma de los presupuestos británico, francés y de otros 12 países de la OTAN. A través de una reciente "indiscreción", la Administración estadounidense ha hecho saber que están dispuestos a emplear este terrorífico arsenal -incluyendo el nuclear- contra ciertos rivales. Al mismo tiempo la guerra en Afganistán ha reavivado las tensiones entre India y Pakistán; y entre Israel y Palestina, la carnicería sigue en aumento, mientras EEUU -invocando siempre la cruzada antiterrorista- apoya el plan apenas disimulado de Sharon de deshacerse de Arafat, de la Autoridad palestina, y de cualquier posibilidad de un arreglo negociado.
En los días que siguieron al 11 de Septiembre se habló mucho de la posibilidad de una 3ª guerra mundial. Este término se manejó profusamente en las redacciones y las tertulias, asociado por lo general a la idea de un "choque de civilizaciones" entre el "Occidente" moderno" y el Islam "fanático" (mostrado en el llamamiento de Bin Laden a una Yihad islámica "contra cruzados y judíos"). Esta idea ha encontrado, incluso, cierto eco en algunos grupos del medio político proletario, por ejemplo en el PCI (Il Partito) que en su hoja a propósito del 11 de Septiembre, escribía:
"Si la primera guerra imperialista basó su propaganda en la demagogia irredentista de la defensa nacional, si la segunda fue antifascista y democrática, la tercera, que será igual de imperialista, se disfrazará con el ropaje de una cruzada entre religiones opuestas, contra personajes tan donquijotescos, increíbles y turbios como esos Saladinos barbudos"
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Otras formaciones del medio proletario, como el BIPR, más aptas para reconocer que lo que se esconde detrás de la campaña norteamericana contra el Islam es el conflicto ínterimperialista entre USA y sus principales rivales (en particular las principales potencias europeas); no son, sin embargo, capaces de refutar de arriba abajo el machaconeo mediático sobre la 3ª guerra mundial, pues no comprenden las especificidades históricas del período abierto con la desintegración de los dos bloques imperialistas a finales de los 80. Sobre todo, porque tienden a creer que la formación de bloques imperialistas que llevarían a la 3ª guerra mundial, se encuentra ya hoy muy avanzada. A pesar de la agravación de las contradicciones del capitalismo, la guerra mundial no está al orden del día

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. Para comprender lo que tiene de inédito este período y seamos, por tanto, capaces de ver las perspectivas reales que se abren hoy ante la humanidad, es necesario que recordemos lo que de verdad representa una guerra mundial. La guerra mundial es la expresión de la decadencia del capitalismo, del carácter obsoleto del modo de producción capitalista. Es el producto del callejón sin salida histórico en el que este sistema se adentró cuando llegó a establecerse como economía mundial a comienzos del siglo XX. Las raíces materiales de la guerra mundial se encuentran pues, efectivamente, en una crisis sin solución como sistema económico, aunque no exista una relación mecánica entre los indicadores económicos y el desencadenamiento de tal guerra. Partiendo de esa base, la experiencia de las dos guerras mundiales anteriores, y los largos preparativos para la tercera entre los bloques norteamericano y ruso, han demostrado que una guerra mundial equivale a un conflicto directo por el control del planeta entre los bloques militares constituidos por las potencias imperialistas dominantes. Como se trata de una guerra entre los Estados capitalistas más potentes, se necesita también la movilización y la adhesión activa de los obreros de esos Estados, y esto sólo puede conseguirse si la clase dominante es capaz de derrotar a los principales batallones de ese proletariado. Si examinamos la situación actual nos daremos cuenta de que las condiciones que se necesitarían para una 3ª guerra mundial, no se vislumbran en un futuro inmediato.

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. No es éste, sin embargo, el caso en cuanto a la crisis económica mundial. La economía capitalista se enfanga cada día más en sus propias contradicciones, cuyo nivel es muy superior al que alcanzaron en los años 30. En aquel entonces, la burguesía fue capaz de reaccionar ante el hundimiento en la recesión, gracias a los nuevos instrumentos del capitalismo de Estado. Hoy, esos mismos instrumentos, que sigue siendo necesario utilizar para gestionar la crisis e impedir la parálisis total, son los que agudizan profundamente las contradicciones que sacuden al sistema capitalista. En los años 30, aunque los mercados extra-capitalistas residuales que seguían subsistiendo eran insuficientes para permitir una expansión "pacífica" del sistema, es cierto, sin embargo, que seguían quedando grandes zonas receptivas a un desarrollo capitalista (en Rusia, África, Asia...). Finalmente, en aquel período ya de declive capitalista, la guerra mundial a pesar de su coste en muertes de millones de seres humanos y de destrucción del resultado de siglos de trabajo humano, podía aún producir un aparente beneficio económico (si bien jamás éste ha sido el objetivo de guerra de los beligerantes): un largo período de reconstrucción que, acompañado de la política del capitalismo de Estado de recurrir al déficit, parecía dar un nuevo hálito de vida al sistema. En cambio, una tercera guerra mundial significaría, ni más ni menos, la destrucción del género humano.
Lo más significativo del curso de la crisis económica que se abrió al acabarse la etapa de reconstrucción, es que cada "solución", cada una de las "panaceas" que se han aplicado a la economía capitalista, han demostrado ser en realidad -y cada vez en un plazo de tiempo más breve- auténticas pócimas de charlatán.
Ante la reaparición de la crisis a finales de los años 60, la respuesta inicial de la burguesía fue la de volver a emplear gran parte de las políticas keynesianas utilizadas ya en la reconstrucción.
La reacción "monetarista" de los años 80, que se presentó como una "vuelta a la realidad" (acordémonos del discurso de Thatcher que decía que un país, como una familia, no puede gastar más de lo que ingresa) fracasó, sin embargo, estrepitosamente, en la reducción de los gastos producidos por el endeudamiento o por el coste del funcionamiento del Estado ("boom" del consumo alimentado por la especulación inmobiliaria en Gran Bretaña, programa de la "guerra de las galaxias" de Reagan en Estados Unidos).
Este "boom" ficticio de los años 80, basado en el endeudamiento y la especulación y acompañado por un desmantelamiento de sectores enteros del aparato productivo e industrial, se paró en seco con el crash financiero de 1987. La crisis que sucedió a ese quiebra dio paso, a su vez, al "crecimiento" alimentado por el endeudamiento que ha caracterizado los años 90.
Cuando, tras el hundimiento de las economías del Sudeste asiático a finales de la década pasada, se pudo comprobar que ese crecimiento había sido en realidad la causa de la agravación de la situación económica, nos vendieron entonces un ramillete de nuevas "soluciones definitivas" a la crisis, tales como la "revolución tecnológica", o la cacareada "nueva economía". Los efectos de estas panaceas han sido los más efímeros de todos: sólo unos meses después de lanzar el bombardeo propagandístico sobre "la economía basada en Internet", ésta ha demostrado ser un enorme fraude especulativo.
Hoy, los "diez gloriosos años" de crecimiento norteamericano están oficialmente finiquitados. Los Estados Unidos han reconocido que están en recesión, y otro tanto sucede en potencias como Alemania. Además el estado de la economía japonesa supone un quebradero de cabeza constante para la burguesía mundial que se teme, incluso, que Japón acabe tomando el mismo rumbo que Rusia. Y eso por no hablar del estado de las regiones periféricas, donde el hundimiento catastrófico de la economía argentina no es más que la punta del iceberg, pues un montón de países más se encuentra precisamente en esa misma situación.
Es verdad que a diferencia de lo que sucedió en los años 30, el estallido de la crisis no ha derivado inmediatamente en que cada país "tire por su lado" en sus políticas económicas, parapetándose a sí mismo con barreras proteccionistas. Aquella reacción de entonces aceleró, sin duda, el curso hacia la IIª Guerra mundial. En cambio hoy, el desmoronamiento de unos bloques imperialistas, que también sirvieron al capitalismo para regular los problemas económicos entre 1945 y1989, prácticamente solo ha repercutido en las esferas militar e imperialista. En lo económico, las antiguas estructuras del bloque han sido adaptadas a la nueva situación y ha habido una política global consistente en impedir una quiebra catastrófica de las economías centrales (permitiendo así también un hundimiento "controlado" de las economías periféricas más afectadas); gracias al recurso masivo a los préstamos administrados por instituciones como el Banco mundial o el FMI. Lo que se llama "mundialización" consiste, en cierto modo, en ese consenso entre las economías más poderosas para controlar mínimamente una competencia entre ellas que consistiría en tratar de mantenerse a flote a costa de hundir al resto del mundo. Además la burguesía insiste frecuentemente en que ha aprendido la lección de los años 30, y que no va a consentir, por tanto, que una guerra comercial degenere en guerra mundial entre las principales potencias. Hay una pizca de verdad en esta afirmación puesto que, a pesar de las rivalidades nacional-imperialistas entre las grandes potencias, se ha conseguido mantener una estrategia de "gestión" internacional de la economía.
Pero por mucho que la burguesía se empeñe en tratar de contener las tendencias más devastadoras de la economía mundial (la simultaneidad de hiperinflación y depresión, la competencia irrefrenable entre sus diferentes unidades nacionales), lo cierto es que cada día más debe enfrentarse a las contradicciones inherentes al proceso mismo. Esto se ve muy claramente en el caso de una pieza fundamental de su política como es el recurso al endeudamiento, que cada vez está más cerca de explotarle en la cara al capitalismo. Por ello, a pesar de los discursos optimistas sobre la "futura" reactivación económica, el horizonte se oscurece y el futuro de la economía mundial aparece cada vez más incierto. Y esto va a aguijonear, sin duda, las rivalidades imperialistas. La posición extremadamente agresiva adoptada hoy por Estados Unidos tiene ciertamente que ver con sus dificultades económicas, y éstas le obligarán, cada vez más, a recurrir a la fuerza militar para mantener su dominación sobre el mercado mundial. Al mismo tiempo, la formación de una zona "euro" contiene las premisas de una guerra comercial que se acentuará en el futuro pues las principales economías se verán obligadas a responder a la agresividad comercial norteamericana. La gestión "global" de la crisis económica por parte de la burguesía es pues extremadamente frágil, y se verá crecientemente minada por las rivalidades, tanto económicas como estratégico-militares.

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. Si dependiese únicamente del nivel alcanzado por la crisis económica, el capitalismo habría ido a la guerra mundial en los años 80. En el período de la guerra fría, cuando los bloques militares necesarios para llevar a cabo la contienda se encontraban formados, el principal obstáculo para el desencadenamiento de la guerra lo constituía el hecho de que la clase obrera no estaba derrotada. Hoy, ese factor subsiste, a pesar de todas las dificultades que ha sufrido la clase obrera en el período abierto en 1989, el período que nosotros hemos caracterizado como el de la descomposición del capitalismo. Pero antes de examinar este punto, debemos considerar un segundo factor histórico que dificulta hoy el estallido de una 3ª guerra mundial: la inexistencia de bloques militares.
En el pasado, la derrota de un bloque en la guerra conducía rápidamente a la formación de nuevos bloques: así el bloque alemán, contendiente en la Iª Guerra mundial, comenzó a reconstituirse a principios de los años 30 y, el bloque ruso se formó inmediatamente después de la IIª Guerra mundial. Tras el hundimiento del bloque ruso (más como consecuencia de la crisis económica que directamente de la guerra), la tendencia inherente al capitalismo decadente a la división del mundo en dos bloques imperialistas adversarios, volvió a ponerse de manifiesto con la reunificación de Alemania que es el único país que puede aspirar a encabezar un nuevo bloque que rete la hegemonía de EE.UU. Este desafío se vislumbró sobre todo a través de la injerencia alemana en el desmantelamiento de la ex Yugoslavia, lo que precipitó a los Balcanes en una guerra que dura ya más de diez años. Sin embargo esta tendencia a la formación de un nuevo bloque se ha visto contrarrestada por otras tendencias opuestas:
- La tendencia de cada nación, tras acabarse el sistema de bloques de la guerra fría, a mantener su propia política imperialista "independiente". Este factor tiene desde luego mucho que ver con la necesidad imperiosa por parte de las grandes potencias del antiguo bloque occidental de liberarse de la tutela norteamericana; pero también ha jugado en contra de la posibilidad de la formación de un nuevo bloque cohesionado antagonista de EEUU. Y si bien es verdad que la única candidatura posible para llegar a ser ese bloque es la de una Europa dominada por Alemania, sería un error suponer que la Unión Europea actual constituye ya tal bloque. La Unión Europea es, primera y principalmente, una institución económica, aunque tenga pretensiones de desempeñar un papel más relevante en lo político y en lo militar. Un bloque imperialista es, ante todo, una alianza militar. La "Unión" Europea dista mucho de estar unida a ese nivel. Los dos actores clave de cualquier futuro bloque imperialista basado en Europa (Francia y Alemania), andan continuamente a la gresca por razones que se remontan muy atrás en la historia. Lo mismo cabe decir de Gran Bretaña, cuya orientación "independiente" se basa, esencialmente, en enfrentar a Alemania con Francia, a ésta con los alemanes, a Estados Unidos con Europa y a ésta con los norteamericanos. La fuerza de esta tendencia a "cada uno para sí" ha quedado demostrada en estos últimos años a través de la voluntad creciente por parte de potencias de tercera y cuarta división de retar frecuentemente los designios de EE.UU (por ejemplo Israel en Oriente Medio, India y Pakistán en Asia, etc.) y de jugar sus propias bazas. Una demostración más de ello es la proliferación de "señores de la guerra" imperialistas, que aspiran a tener una relevancia mundial y no sólo local, aún cuando no lleguen a controlar siquiera un Estado particular.
- La superioridad militar aplastante de los USA, que se ha hecho aún más evidente en los diez últimos años, y que ellos mismos no han dejado de reforzar en las grandes intervenciones que han realizado en este período: el Golfo, Kosovo y, hoy, Afganistán. Es más, en cada una de esas intervenciones los USA han ido abandonando progresivamente la pretensión de actuar como parte de una presunta "comunidad internacional". Y así mientras la guerra del Golfo fue llevada a cabo "legalmente" bajo mandato de la ONU; la guerra de Kosovo se desarrolló "ilegalmente" en el marco de la OTAN, y la reciente campaña en Afganistán ha sido ejecutada enarbolando la bandera de la "acción unilateral". El presupuesto de defensa que acaba de ser aprobado en EE.UU no deja lugar a dudas de que los europeos son -en palabras de Lord Robertson, secretario general de la OTAN- auténticos "pigmeos militares", lo que no ha dejado de suscitar multitud de artículos en la prensa europea que se preguntaban: "¿No serán demasiado poderosos los americanos para lo que les interesa?"; así como una inquietud generalizada por el hecho de que la Alianza transatlántica sea ya algo del pasado. Por todo ello si bien la "cruzada contra el terrorismo" es una respuesta a las crecientes tensiones entre USA y sus principales competidores (véanse por ejemplo las desavenencias con ocasión de los "acuerdos de Kyoto" o sobre la reedición de la Guerra de las galaxias), exacerbando aún más esas disputas, el resultado de la acción norteamericana es el de resaltar aún más cuán lejos están los europeos de poder desafiar el liderazgo mundial de los Estados Unidos. El desequilibrio es pues tan enorme que como señalábamos en nuestro texto de orientación "Militarismo y descomposición", escrito en 1991:
"La reconstitución de un nuevo dúo de bloques imperialistas no sólo resulta imposible antes de que pasen muchos años, es que puede que nunca vuelva a producirse: la revolución o la destrucción de la humanidad acontecerán antes de que esto suceda" (Revista internacional nº 64).
Diez años más tarde, la formación de un verdadero bloque antinorteamericano, se sigue enfrentando a los mismos enormes obstáculos.
- La formación de bloques imperialistas exige, también, una justificación ideológica, sobre todo para poder entrampar en sus redes a la clase obrera. Esta ideología no existe hoy. El "Islam" ha demostrado ser una fuerza capaz de movilizar a explotados de ciertas partes del planeta, pero carece de un impacto significativo entre los obreros de los países centrales del capitalismo. Por la misma razón, menos todavía serviría el "antiislamismo" para movilizar a los trabajadores norteamericanos contra sus hermanos europeos. El problema, tanto para EE.UU como para sus principales rivales, es que comparten la defensa de la misma ideología "democrática", lo cual les hace aparecer más como aliados que como rivales. Es verdad que en Europa, la clase dominante empieza a instigar una significativa corriente de antiamericanismo, pero en ningún caso puede ésta compararse al antifascismo o al anticomunismo que les sirvieron en el pasado para suscitar la adhesión a la guerra imperialista. Detrás de esas dificultades ideológicas, lo que hay, en realidad, es un problema mucho más profundo para la clase dominante: la clase obrera no está derrotada, no se muestra dispuesta a aceptar los sacrificios que su enemigo de clase pretende imponerle para hacer frente a las exigencias de guerra.


El curso a los enfrentamientos entre las clases sigue estando vigente

6. La enorme demostración de patriotismo que vimos en Estados Unidos tras los atentados del 11 de septiembre hace necesario que reexaminemos este aspecto fundamental de nuestra comprensión de la situación mundial. En EE.UU una atmósfera de chovinismo se apoderó de todas las clases sociales, lo que, por descontado, ha aprovechado la clase dominante para, por un lado y a corto plazo, desencadenar la "guerra contra el terrorismo", pero también para impulsar, más a largo plazo, una política tendente a eliminar el llamado "síndrome de Vietnam", es decir, las reticencias del proletariado de EE.UU a dejarse sacrificar en aras de las aventuras imperialistas norteamericanas. Es innegable que el capitalismo norteamericano ha hecho bastantes progresos ideológicos en este terreno, del mismo modo que ha reforzado todo su arsenal de vigilancia y represión (un éxito que también ha encontrado eco en Europa). Pero esto no representa una derrota histórica mundial para la clase obrera, por las razones siguientes:
- La relación de fuerzas entre las clases sólo puede determinarse a escala internacional, y se juega, por encima de todo, en el corazón de los países europeos, que es donde se decide y se decidirá la suerte de la revolución. Y si bien los atentados del 11 de septiembre permitieron a la burguesía europea montar también su particular versión de la campaña antiterrorista, en Europa no se ha dado el desbordamiento de patriotismo que hemos visto en EE.UU. Al contrario, la guerra norteamericana en Afganistán ha suscitado, más bien, una considerable inquietud en la población europea que se ha visto reflejada, parcialmente, en la amplitud del movimiento "contra la guerra" en el viejo continente. Es cierto que este movimiento ha sido auspiciado por la propia burguesía, en parte como expresión de sus reticencias a dejarse arrastrar en la campaña belicista de los USA, pero también como medio para impedir cualquier oposición verdaderamente de clase a la guerra capitalista.
- Ni siquiera en los mismos Estados Unidos puede decirse que la marea patriótica lo anegara todo. En las mismas fechas en que se producían los ataques, había huelgas en diferentes sectores de la clase obrera norteamericana, aún cuando los huelguistas fueran denunciados como "antipatrióticos" por defender sus intereses de clase.
Así pues los diferentes factores que, en la Resolución de nuestro XIVº Congreso, identificamos como la confirmación del curso histórico hacia los enfrentamientos de clases, siguen plenamente vigentes:
- El lento desarrollo de la combatividad de la clase obrera sobre todo en las concentraciones centrales del proletariado. Esto se ha visto recientemente confirmado en la huelga de ferrocarriles en Gran Bretaña, así como en el movimiento más extenso, aunque también más disperso, de huelgas en Francia.
- La maduración subterránea de la conciencia que se pone de manifiesto en el desarrollo de minorías politizadas en numerosos países. Este proceso continúa e incluso se desarrolla después de la guerra de Afganistán (por ejemplo los grupos que defienden posiciones de clase y que emergen del pantano de confusión, en Gran Bretaña, Alemania...).
- El peso "en negativo" del proletariado sobre la preparación y la forma de conducir los conflictos. Esto puede verse, sobre todo, en cómo la clase dominante se ve obligada a presentar sus principales operaciones militares. Tanto en el Golfo, en Kosovo como en Afganistán, la función real de estas guerras ha sido sistemáticamente ocultada. No sólo en cuanto a los verdaderos objetivos (el capitalismo camufla siempre sus objetivos criminales con pomposas declaraciones), sino incluso sobre quién es el verdadero enemigo. Al mismo tiempo la burguesía sigue siendo muy prudente a la hora de movilizar a un número importante de obreros en estas guerras. Y si bien la burguesía estadounidense ha conseguido, sin duda, ciertos éxitos ideológicos en este terreno, la verdad es que continúa estando muy interesada en minimizar sus bajas en Afganistán. En cuanto a Europa, no se ha producido ninguna tentativa de cambiar la política consistente en enviar a la guerra únicamente a soldados profesionales. La guerra en la descomposición del capitalismo

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. Por todo lo anterior no se vislumbra en un futuro inmediato el estallido de una tercera guerra mundial. Pero esto no debe servirnos de consuelo. Los acontecimientos del 11 de Septiembre han engendrado un fuerte sentimiento de que una especie de apocalipsis es inminente, quedando un sentimiento de que "el fin del mundo" se acerca, si entendemos por "mundo", el mundo del capitalismo, un sistema condenado por la Historia y que ha agotado cualquier posibilidad de reforma. La perspectiva que el marxismo anuncia desde el siglo XIX sigue siendo la de socialismo o barbarie, pero la forma concreta que puede tomar la amenaza de barbarie es diferente de la que preveían los revolucionarios del siglo pasado (la destrucción de la civilización únicamente a través de una guerra imperialista). La entrada del capitalismo en la fase terminal de su decadencia, la fase de descomposición, se ve condicionada por la incapacidad de la clase dominante de "resolver" su crisis histórica mediante otra guerra mundial, pero trae consigo nuevos y más insidiosos peligros de una gradual caída en el caos y la autodestrucción. En este escenario, la guerra imperialista, o más bien una espiral de guerras imperialistas, seguiría siendo el principal jinete del Apocalipsis pero cabalgaría en medio de hambrunas, enfermedades, desastres ecológicos a escala planetaria, y disolución de todas las relaciones sociales. A diferencia de la guerra imperialista mundial, para que tal escenario llegue a su conclusión, no es necesario que el capitalismo logre alistar o derrotar a los batallones centrales de la clase obrera. Hoy nos enfrentamos ya al peligro de que la clase obrera sea progresivamente sumergida en todo el proceso de descomposición, y pierda poco a poco la capacidad de actuar como una fuerza consciente, antagónica al capital y a la pesadilla en la que éste adentra a la humanidad.

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. "La guerra contra el terrorismo" es, verdaderamente, una guerra de la descomposición capitalista. Aunque las contradicciones económicas del sistema le empujan insistentemente a una conflagración entre los principales centros del capitalismo mundial, resulta que la vía de esa confrontación está bloqueada, por lo que, inevitablemente, debe tomar otro camino como en el Golfo, Kosovo y Afganistán, es decir guerras en las que el conflicto subyacente entre las grandes potencias se ha "desviado" hacia acciones militares contra potencias capitalistas más débiles. En los tres casos mencionados EE.UU ha sido el principal protagonista. A diferencia de lo que ocurrió en las dos primeras guerras mundiales, el Estado más poderoso del planeta es quien se ve obligado a pasar a la ofensiva, tratando de impedir que surja un rival lo suficientemente fuerte para que se les oponga abiertamente.

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. Pero es que la actual "guerra contra el terrorismo" es mucho más que una simple reedición de las precedentes intervenciones de Estados Unidos en el Golfo Pérsico y en los Balcanes, pues representa, en realidad, una aceleración cualitativa de la descomposición y la barbarie:
- ya no se trata de una campaña de corta duración con objetivos precisos y limitados a una región particular, sino una operación por tiempo ilimitado, un conflicto prácticamente permanente que tiene el mundo entero de teatro de operaciones.
- tiene objetivos estratégicos mucho más globales y vastos que incluyen una presencia decisiva de EE.UU en Asia Central para asegurarse el control no sólo de esta región, sino también de Oriente Medio y del subcontinente indio, bloqueando así cualquier posibilidad de expansión europea (especialmente de Alemania) en esta zona del planeta. Ello supone, efectivamente, cercar a Europa. Por esta razón, y contrariamente a lo que sucedió en 1991, Estados Unidos puede permitirse ahora el derrocamiento de Sadam, ya que no le necesita como gendarme local habida cuenta de la intención norteamericana de imponer directamente su presencia. Las ambiciones estadounidenses de controlar el petróleo y otras fuentes de energía de Oriente Medio y Asia Central deben verse en este contexto. Al revés de lo que plantean los izquierdistas, no es que el gobierno de Washington actúe en nombre de las grandes compañías petrolíferas en busca de un beneficio inmediato, sino que está llevando a cabo una política estratégica para controlar sin réplica posible las principales vías de circulación de los recursos energéticos en caso de futuros conflictos imperialistas. Paralelamente, la insistencia estadounidense en situar a Corea del Norte dentro del "eje del mal" debe entenderse como un aviso por parte de Washington de que se reserva el derecho de realizar una gran operación en Asia Oriental, lo que supone un desafío a las ambiciones tanto de China como de Japón en esa región.

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. Sin embargo, si la "cruzada antiterrorista" deja claro que los Estados Unidos necesitan imperiosamente crear un orden mundial sometido, total y permanentemente, a sus intereses militares y económicos, esta guerra no puede escapar al sino de todas las guerras del período actual: ser un factor más de la agravación del caos mundial, sólo que esta vez a un nivel mucho más elevado que en los conflictos precedentes.
En Afganistán la victoria de Estados Unidos no ha servido, en absoluto, para estabilizar la situación interna en este país en el que ya han estallado las querellas entre las fracciones que se han hecho con el poder tras derrocar a los talibanes. Los bombardeos norteamericanos han sido ya utilizados como "instrumentos de mediación" en estas disputas, mientras otras potencias, sobre todo Irán, que controla a algunas fracciones disidentes, no dejan de echar leña al fuego.
- El "éxito" de la campaña americana contra el terrorismo islámico ha hecho que EE.UU revise también su política respecto a los países árabes con los que se muestra mucho menos complaciente. El apoyo norteamericano a la actitud extremadamente agresiva de Sharon respecto a la Autoridad palestina, ha terminado por enterrar el "proceso de paz" de Oslo, elevando la intensidad de la confrontación militar. Pero también los desacuerdos sobre la presencia de tropas USA en suelo saudí han supuesto un enrarecimiento de las relaciones con quien, antaño, fue un cliente dócil.
- La derrota de los talibanes ha puesto a Pakistán en una situación de mucha dificultad, lo que la burguesía india no ha tardado en tratar de rentabilizar. La escalada de tensiones entre estas dos potencias nucleares tiene repercusiones muy graves para el futuro de esa zona, sobre todo si tenemos en cuenta que China y Rusia están también implicadas en ese laberinto de rivalidades y alianzas.

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. Toda esta situación encierra un muy serio peligro de degenerar en una espiral fuera de control, en la que Estados Unidos se vea, cada vez más, obligado a intervenir para imponer su autoridad, lo que a su vez puede multiplicar las fuerzas dispuestas a defender sus intereses particulares y a oponerse a los designios de Washington. Y esto no es menos cierto cuando nos referimos a los principales rivales de los norteamericanos. Tras la comedia inicial del "cerremos filas con Estados Unidos", la "cruzada antiterrorista" ha acentuado considerablemente las tensiones entre EE.UU y sus aliados europeos. A la inquietud por el desmedido nivel del nuevo presupuesto estadounidense de defensa, se han unido las críticas sin tapujos al discurso de Bush sobre el "eje del mal". Alemania, Francia, e incluso Gran Bretaña, han expresado sus reticencias a dejarse arrastrar en los planes norteamericanos de ataque a Irak, y han mostrado abiertamente su disgusto por la inclusión de Irán en dicho "eje". Esto es lógico por cuanto Alemania y también Gran Bretaña habían aprovechado la crisis afgana para aumentar sus influencias en Teherán. Estas potencias están contrariadas por tener que reconocer que Estados Unidos, al mismo tiempo que se enfada con el régimen iraní porque éste ha tratado de sacar ventaja de la situación en Afganistán, utiliza a Irán como bastón para golpear a sus rivales europeos. La siguiente fase de la "guerra contra el terrorismo" que implica, probablemente, un importante ataque contra Irak, incrementará esas diferencias. En esto podemos ver una nueva manifestación de la tendencia a la formación de nuevos bloques en torno a USA por un lado, y a Europa por otro. Pero por las razones que antes hemos analizado, las tendencias contrarias a esa formación de nuevos bloques ganan la partida. Si embargo esto no hará que el mundo sea más pacífico. Frustradas por su inferioridad militar y por los factores sociales y políticos que imposibilitan una confrontación directa con Estados Unidos, el resto de grandes potencias multiplicarán sus esfuerzos por desafiar, con los medios que tienen a su alcance (las guerras mediante países interpuestos, las intrigas diplomáticas, etc.), la autoridad norteamericana. El ideal americano de un mundo unido bajo las barras y estrellas de su bandera es un sueño tan imposible como el que tenía Hitler de un Reich de mil años.

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. En los próximos años, el proletariado, y sobre todo la clase obrera de los principales países capitalistas, se verá ante una aceleración de la situación mundial en todos los terrenos. Sobre todo aparecerá en la práctica la relación estrecha existente entre la crisis económica y la escalada de la barbarie capitalista. La intensificación de la crisis y de los ataques contra las condiciones de vida de los trabajadores no coincide, mecánicamente, con el desarrollo de las guerras y de las tensiones imperialistas. Ambas se refuerzan mutuamente. El mortal callejón sin salida en el que se encuentra la economía capitalista empuja hacia soluciones militares; y a su vez, el aumento vertiginoso de los presupuestos militares implica nuevos sacrificios para la clase obrera, la devastación causada por la guerra, sin la recompensa de una verdadera "reconstrucción", entraña antes o después una dislocación de la maquinaria económica. A la vez, la necesidad de justificar estas agresiones al proletariado dará lugar a nuevos ataques ideológicos a la conciencia de la clase obrera. En su lucha por defender sus condiciones de vida, los trabajadores no tendrán más opción que comprender la estrecha vinculación que hay entre crisis y guerra, y reconocer así las implicaciones históricas y políticas de su combate.


Los peligros que supone para el proletariado la descomposición capitalista

13. Los revolucionarios pueden tener confianza en el hecho de que el curso histórico hacia los enfrentamientos de clase sigue estando abierto, y que ellos tienen una misión vital en la futura politización de la lucha de clases. Pero su papel no es de consolar a la clase obrera. El mayor peligro para el proletariado en el próximo período es la erosión de su identidad de clase, causada por el retroceso de su conciencia como resultado del hundimiento del bloque del Este en 1989, y agravada por el avance pernicioso de la descomposición en todas las esferas de la sociedad. Si ese proceso prosigue sin freno, la clase obrera será incapaz de tener una influencia decisiva en las convulsiones sociales y políticas que se avecinan, inexorablemente, con el ahondamiento de la crisis económica mundial y la deriva hacia el militarismo. Los últimos acontecimientos en Argentina nos dan una ilustración clarísima de este peligro: confrontada a una parálisis severa no sólo de la economía, sino también del aparato político de la clase dominante, la clase obrera ha sido incapaz de afirmarse como fuerza autónoma. Al contrario, sus movimientos embrionarios (huelgas, comités de parados, etc.) se han visto anegados en una "protesta interclasista" que no podía ofrecer ninguna perspectiva, sino que, al revés, ha permitido a la burguesía tener todas las bazas para manejar la situación a su favor. Es muy importante que los revolucionarios tengamos claridad sobre esto, ya que las letanías izquierdistas sobre un supuesto desarrollo de una situación revolucionaria en Argentina, han aparecido de manera similar en ciertos sectores del medio político proletario (e incluso en el seno de la CCI), como expresión de un embalamiento inmediatista y oportunista. Nuestra posición sobre la situación en Argentina, no es, en ningún caso, el resultado de una especie de "indiferencia" ante las luchas del proletariado de los países periféricos. Ya hemos insistido muchas veces en la capacidad del proletariado de esas regiones, cuando lucha en su propio terreno de clase, de ofrecer una dirección política a todos los oprimidos. Así, por ejemplo, el movimiento de luchas obreras masivas de Córdoba en 1969 ofreció claramente una perspectiva a las demás capas no explotadoras en Argentina, y representó una lucha ejemplar para la clase obrera mundial. Pero los acontecimientos de hoy, que algunos han tomado por un movimiento insurreccional muy avanzado del proletariado, han manifestado todo lo contrario: que las escasas expresiones embrionarias del proletariado han sido incapaces de ofrecer una referencia y una dirección a una revuelta que ha sido rápidamente recuperada por las fuerzas de la burguesía. El proletariado argentino tiene todavía un inmenso papel que desempeñar en el desarrollo de las luchas en América Latina, pero lo que está viviendo últimamente no debe ser confundido con sus futuras potencialidades que, más que nunca, vienen determinadas por el desarrollo de los combates, en su propio terreno de clase, de los trabajadores de los países centrales.


Las responsabilidadesde los revolucionarios
14. Todas las clases de la sociedad están afectadas por la descomposición capitalista. La primera de todas la propia burguesía, pero eso no quiere decir que el proletariado se encuentre a salvo, ya que su conciencia de clase, su confianza en el porvenir, su solidaridad de clase, se ven continuamente atacadas por la ideología y las prácticas sociales producidas por dicha descomposición: el nihilismo, la huida hacia delante a través de lo irracional y el misticismo, la atomización y la disolución de la solidaridad humana sustituida por la falsa colectividad de las bandas, las pandillas mafiosas y los clanes. Tampoco la minoría revolucionaria está inmunizada frente a estos efectos negativos de la descomposición, sobre todo del recrudecimiento del parasitismo político, un fenómeno que si bien no es específico de la etapa de la descomposición, sí se ve fuertemente estimulado por ésta. La gran dificultad de los grupos del medio político proletario para tomar conciencia de este peligro, pero también la falta de vigilancia de la propia CCI frente a él (1), suponen una gran debilidad. A esto cabe añadir la acentuación de una tendencia a la fragmentación y a la cerrazón por parte del resto de grupos del medio político proletario, justificada con nuevas teorías sectarias que llevan también la marca del período. Si en este medio no se expresan con suficiente fuerza la conciencia y la voluntad políticas de combatir tales debilidades, el potencial que representa la emergencia, en todo el planeta, de nuevas capas de elementos en búsqueda de posiciones revolucionarias, corre entonces el peligro de quedar abortada. La formación del futuro partido depende de que el MPP sea capaz de situarse a la altura de sus responsabilidades.
La comprensión que tiene la CCI del fenómeno de la descomposición del capitalismo, lejos de ser una manera de evitar las verdaderas cuestiones políticas reales, es, en cambio, la clave para entender las dificultades políticas a las que, hoy, deben hacer frente la clase obrera y sus minorías revolucionarias. A los revolucionarios siempre les ha correspondido el deber de realizar un esfuerzo permanente de elaboración teórica para clarificar, en sus filas y en el seno del conjunto del proletariado, las cuestiones planteadas por las necesidades de la lucha. Esa necesidad es aún más imperiosa en nuestros días, para que la clase obrera -la única fuerza que mediante su conciencia, su confianza y su solidaridad tiene capacidad de resistir la descomposición- pueda asumir sus responsabilidades históricas de destrucción del capitalismo.

1º de Abril de 2002



1) Ver en este número el artículo "Balance de la Conferencia extraordinaria de la CCI".

Historia del Movimiento obrero: Las fracciones frente a la cuestión de la disciplina en la organización

En un artículo anterior (Revista internacional nº 108) describimos la emergencia de las fracciones de izquierda que combatieron la degeneración de los antiguos partidos obreros, especialmente la del SPD (Partido socialdemócrata de Alemania), el cual había apoyado el esfuerzo de guerra de su capital nacional en 1914, la del Partido comunista ruso y de la Tercera internacional a medida que se transformaban en instrumentos del Estado ruso con la derrota gradual de la Revolución de octubre. En este proceso, la tarea de las fracciones era luchar para reconquistar la organización para las posiciones centrales del programa proletario, contra su abandono por la derecha oportunista y la traición total de la dirección que controla la mayoría de la organización. Para salvaguardar la organización como instrumento de lucha de la clase y salvar el máximo de militantes, una preocupación esencial de las fracciones de izquierda era la de quedarse el mayor tiempo posible en el partido. Sin embargo, el proceso de degeneración política venía inevitablemente acompañado de una modificación profunda del modo de funcionamiento de los partidos mismos, de las relaciones entre militantes y el conjunto de la organización. Esta situación planteó irremediablemente a las fracciones la cuestión de la ruptura de la disciplina de partido para poder cumplir la tarea de preparación del nuevo partido del proletariado.
Ahora bien, en el movimiento obrero, la izquierda ha defendido siempre el respeto riguroso de las reglas de la organización y de la disciplina en su seno. Romper la disciplina de partido no era algo que se planteaba a la ligera, sino que, al contrario requería un gran sentido de las responsabilidades, una evaluación profunda de lo que está en juego y de las perspectivas para el porvenir de la organización del proletariado y para el proletariado mismo.
EL OBJETIVO de este artículo es examinar cómo se planteó el problema de la disciplina en la historia de la organización de la clase obrera, especialmente cómo fue tratada por las izquierdas en los grandes partidos obreros, los de la IIª y IIIª Internacional, por las fracciones de izquierda que lucharon en esos partidos para defender la línea revolucionaria durante la degeneración de éstos y, en fin, en la izquierda comunista internacional de la que nosotros, como la mayoría de las demás organizaciones del medio proletario de hoy, somos herederos. Para ello, es necesario tratar la cuestión más general de cómo se plantea la disciplina en la sociedad de clases, especialmente en el seno de la burguesía y en el proletariado.


Disciplina y conciencia


Es una evidencia afirmar la necesidad de reglas comunes para la organizar cualquier actividad humana, ya sea a nivel de una pequeña colectividad o a escala de toda la sociedad. La diferencia entre el comunismo y las demás sociedades de clase anteriores no es que el comunismo estará menos organizado (al contrario, será la primera comunidad humana organizada a escala planetaria), sino que la organización social no será impuesta a una clase explotada por, y en provecho de, una clase explotadora. "Al gobierno de los hombres, decía Marx, le sucederá la administración de las cosas". En cambio, mientras vivamos en una sociedad de clases, "el gobierno de los hombres" no es algo neutral. En el capitalismo, la disciplina en la fábrica o en la oficina la impone la clase dominante sobre la clase explotada, garantizada, en última instancia por el Estado a través de sus leyes sobre el trabajo y gracias a la fuerza armada. La burguesía pretende hacernos creer que el Estado y su disciplina están por encima de la sociedad, independientemente de las clases, que todos somos iguales ante la disciplina de la ley. El marxismo denunció de inmediato esa mentira, demostrando que ningún aspecto de la organización o del comportamiento social debe considerarse ajeno a su estatuto y a su función en la sociedad de clases. Como lo escribió Lenin:
"…los conceptos "democracia en general" y "dictadura en general", sin plantear la cuestión de qué clase (…) es una descarada mofa de la teoría principal del socialismo (…) Porque en ningún país capitalista civilizado existe la "democracia en general", pues lo que existe en ellos es únicamente la democracia burguesa" (1).
Es de igual modo un sinsentido hablar de "disciplina" en sí: hay que identificar la naturaleza de clase de la disciplina que se considera. En la sociedad capitalista la libertad en sí (en apariencia, lo contrario de la disciplina) es un engaño, pues la humanidad, por un lado, sigue viviendo sometida a la necesidad y no es, por lo tanto, libre de elegir y además, la conciencia humana está inevitablemente mistificada por la falsa conciencia de la ideología dominante. La libertad no es hacer lo que uno quiere, sino alcanzar la conciencia más completa posible de lo que es necesario hacer. Como lo escribió Engels en Anti-Düring:
"Así pues, la libertad de la voluntad no es otra cosa que la facultad para decidir con conocimiento de causa. Cuanto más libre es el juicio de un hombre sobre un tema determinado tanto mayor es la necesidad que determina el contenido de ese juicio; mientras que la incertidumbre que se basa en la ignorancia, que aparentemente escoge de manera arbitraria entre varias posibilidades de decisión diversas y contradictorias, lo único que expresa es su ausencia de libertad, su sumisión al objeto al que precisamente debería someter".
El objetivo de la teoría marxista -el materialismo histórico y dialéctico- es precisamente permitir al proletariado adquirir ese "conocimiento de las causas" de la sociedad burguesa. Sólo así podrá la clase revolucionaria quebrar la disciplina de la clase enemiga, imponer la suya propia, su dictadura, sobre la sociedad y, al hacerlo, poner las bases para la creación de la primera sociedad humana libre: libre porque, por primera vez, la humanidad entera dominará conscientemente a la vez el mundo natural y su propia organización social.
El marxismo siempre combatió la influencia de la rebelión pequeño burguesa que se infiltra en el movimiento obrero, la idea típica del anarquismo según la cual bastaría con oponer a la disciplina burguesa la "no disciplina", una especie de pretendida "indisciplina proletaria". Para el obrero la experiencia de la disciplina burguesa la vive como algo que le es ajeno, contrario a sus intereses, una disciplina impuesta desde arriba para hacer respetar el poder y los intereses de la clase dominante. Sin embargo, a diferencia de la pequeña burguesía, la cual lo único que es capaz de hacer es rebelarse sin ir más lejos, la clase obrera es capaz de comprender la disciplina impuesta por el capitalismo en su doble naturaleza: por un lado, su vertiente opresiva, expresión de la dominación de clase de la hurguesía que se apropia de manera privada del fruto del trabajo del proletariado; por otro, un aspecto potencialmente revolucionario al ser un componente esencial del proceso colectivo del trabajo, impuesto por el capital al proletariado, proceso que es una condición fundamental de la socialización de la producción a escala planetaria. Eso es precisamente lo que expresa Lenin en Un paso adelante, dos pasos atrás cuando trata este tema con el único enfoque posible para un marxista: considerando la "disciplina" no como una categoría abstracta en sí, sino como factor de organización, determinado por su pertenencia de clase:
"Precisamente la fábrica, que a algunos les parece sólo un espantajo, representa la forma superior de cooperación capitalista que ha unificado y disciplinado al proletariado, que le ha enseñado a organizarse y lo ha colocado a la cabeza de todos los demás sectores de la población trabajadora y explotada. Precisamente el marxismo, como ideología del proletariado instruido por el capitalismo, ha enseñado y enseña a los intelectuales vacilantes la diferencia que existe entre el factor de explotación de la fábrica (disciplina fundada en el miedo a la muerte por hambre) y su factor organizador (disciplina fundada en el trabajo en común, unificado por las condiciones en que se realiza la producción, altamente desarrollada desde el punto de vista técnico). La disciplina y la organización, que tan difícilmente adquiere el intelectual burgués, son asimiladas con singular facilidad por el proletariado, gracias precisamente a esta "escuela" de la fábrica. El miedo mortal a esta escuela, la completa incomprensión de su valor organizador, caracterizan precisamente los métodos del pensamiento que reflejan las condiciones de vida pequeño burguesas".
Es evidente que Lenin no quiere idealizar la disciplina impuesta a los obreros por la burguesía (2), pero lo que sí quiere mostrar es cómo las condiciones de su existencia determinan la actitud de la clase obrera hacia las cuestiones de disciplina, así como hacia otros aspectos de su autoactividad. Las condiciones de su existencia demuestran al obrero que forma parte de un proceso de producción colectivo y que solo puede defender sus intereses contra la clase dominante mediante la acción colectiva. La gran diferencia entre la disciplina de la burguesía y la del proletariado es: mientras que la de aquélla es una disciplina impuesta por una clase explotadora detentora de todos los poderes del aparato de Estado para mantener su propia dominación, la segunda es básicamente la autodisciplina de una clase explotada para oponer una resistencia colectiva a la explotación y acabar por derrocarla del todo. La disciplina que reclama el proletariado es una disciplina voluntaria, consciente, animada por la compresión de los objetivos de su lucha. Mientras que la disciplina burguesa es ciega y opresiva, la del proletariado es liberadora y consciente. Por ello, la disciplina no podrá nunca servir para sustituir el desarrollo de la conciencia en el proletariado entero, la conciencia de los fines de su lucha y de los medios para alcanzarlos.
Y eso que es válido para el conjunto de la clase obrera, lo es también para sus organizaciones revolucionarias. Existen, sin embargo, diferencias. Mientras que la disciplina de la clase obrera, su unidad de acción, su centralización son la expresión directa de su naturaleza colectiva y organizada, de su propio ser de clase revolucionaria, la disciplina en el seno de sus organizaciones se basa en el compromiso de cada uno de sus miembros para respetar las reglas de la organización y el más alto grado de desarrollo de la conciencia a que corresponden esas reglas. Ninguna organización revolucionaria podrá servirse de la disciplina para sustituir esa conciencia proletaria. De igual modo que la clase obrera nunca podrá avanzar en su combate contra la burguesía y por el comunismo sin desarrollar una conciencia cada vez más profunda y extensa de las necesidades de la lucha y del camino a seguir, tampoco las organizaciones podrán servirse de la disciplina para sustituir el debate más extenso en su seno.
Y así ocurrió con la Gauche communiste de France (GCF), la cual hizo una polémica contra la disciplina impuesta, sin debate, sobre sus propios militantes por parte del Partido comunista internacionalista para imponer la política de la dirección de participar en las elecciones de la Italia de 1946.
"El socialismo sólo será posible como acto consciente de la clase obrera (…) No se impone el socialismo a garrotazos. Y no porque el palo sea un medio inmoral (…) sino porque no contiene el más mínimo factor de conciencia. (…) La organización y la acción concertada comunistas no tienen otra base que la conciencia de los militantes que las animan. Cuanto mayor, más diáfana es esa conciencia tanto más fuerte es la organización, y tanto más concertada y eficaz es su acción.
"Lenin denunció con vehemencia en múltiples ocasiones el recurrir a la 'disciplina libremente consentida' como una estaca de la burocracia. Cuando empleaba el término de disciplina, Lenin lo entendía -y así lo dijo varias veces- en el sentido de la voluntad de acción organizada, basada en la convicción revolucionaria de cada militante".

No es casualidad si el artículo se reivindica de Lenin, el Lenin de Un paso adelante, dos pasos atrás. La organización que publica este artículo en 1947 es la misma que dos años antes supo reaccionar con la mayor firmeza en sus propias filas contra aquellos que ponían en peligro "la voluntad de acción organizada" (véase más lejos).
En el seno de la organización comunista, la disciplina proletaria es pues algo inseparable de la discusión, de la crítica sin tregua, a la vez de la sociedad capitalista y de sus propios errores y los de la clase obrera. Vamos ahora a interesarnos por la manera con que las izquierdas lucharon por la disciplina de partido en el seno de la IIª y la IIIª Internacionales.


El revisionismo del SPD contra la disciplina del partido


Durante las dos décadas que precedieron la Primera Guerra mundial, el SPD, mascarón de proa de la IIª Internacional, fue el escenario de un enfrentamiento entre la izquierda y la derecha oportunista, revisionista. Ésta estaba personificada en el plano ideológico en las teorías revisionistas de Eduard Bernstein, surgiendo con dos formas relacionadas entre sí, pero diferenciadas: por un lado, la tendencia de las fracciones parlamentarias a tomar iniciativas independientemente del conjunto del partido; por otro lado, la negativa por parte de los dirigentes sindicales a vincularse a las decisiones del partido. En Reforma social o revolución (publicado por primera vez en 1899), Rosa Luxemburg ponía de relieve el desarrollo del oportunismo práctico que había preparado el terreno a la teoría oportunista de Bernstein:
"Si se tiene en cuenta una serie de manifestaciones esporádicas (por ejemplo, la famosa cuestión de la subvención acordada a las compañías marítimas), las tendencias oportunistas dentro de nuestro movimiento remontan a hace bastante tiempo. Pero será sólo en 1890 cuando se vea perfilarse una tendencia declarada y única en ese sentido, tras la abolición de las leyes de excepción contra los socialistas, cuando la socialdemocracia hubo reconquistado el terreno de la legalidad. El socialismo de Estado al modo de Vollmar, la votación del presupuesto en Baviera, el socialismo agrario en Alemania del Sur, los proyectos de Heine tendentes a establecer una política de mercaderías, las opiniones de Schippel sobre la política aduanera y la milicia: son esas otros tantos jalones en el camino de la práctica oportunista".
Sin entrar en más detalles sobre esos ejemplos, es significativo que el "socialismo de Estado" al modo de Vollmar se plasmara, en particular, en el voto favorable por el SPD bávaro a los presupuestos del Land (parlamento) bávaro, explícitamente en contra de la decisión de la mayoría del partido. Contra la negativa de la derecha oportunista de respetar las decisiones de la mayoría y del congreso del partido, la izquierda pidió que se reforzara la centralización del partido, especialmente el Parteivorstand (centro ejecutivo) y la subordinación de las fracciones parlamentarias al partido en su conjunto. Parece evidente que Rosa Luxemburg tenía en mente la experiencia de esa lucha en la respuesta a Lenin de 1904 sobre Las cuestiones de organización en la socialdemocracia rusa:
"en ese caso [el alemán] una aplicación más rigurosa de la idea de centralismo en la constitución y una aplicación más estricta de la disciplina de partido puede ser sin duda alguna una barrera útil contra la corriente oportunista (…). Una revisión de ese tipo de la constitución del partido alemán se ha vuelto hoy necesaria. Pero incluso en este caso, la constitución del partido no podrá ser considerada como una especie de arma que sería ella sola suficiente contra el oportunismo, sino simplemente sería como un medio externo mediante el cual podría ejercerse la influencia decisiva de la mayoría proletaria-revolucionaria actual. Cuando falta una mayoría así, la constitución escrita más rigurosa no puede actuar en su lugar".
Es así evidente que la izquierda era favorable a la defensa más intransigente de la disciplina y de la centralización del partido y al respeto de los estatutos (3). De hecho, del mismo modo que aquí expresa su preocupación de defender el partido alemán mediante una disciplina rigurosa, Rosa Luxemburg, desde finales del siglo XIX no cesó de batirse por el respeto, por parte de todos los partidos de la IIª Internacional, de las decisiones tomadas por sus Congresos (4).


1914: golpe de estado en el seno mismo del Partido


Durante el período que precedió a la Primera Guerra mundial, la izquierda luchó por una disciplina fiel a los principios revolucionarios. Podemos pues imaginar fácilmente el terrible dilema ante el que se encontraron Karl Liebknecht y otros diputados de izquierda en el Parlamento, el 4 de agosto de 1914, cuando la mayoría de la fracción parlamentaria del SPD anunció que iba a votar los créditos de guerra requeridos por el gobierno del Káiser: o romper con el internacionalismo proletario votando a favor de los créditos de guerra, o votar como minoría contra la guerra y, por ello, romper la disciplina del partido. Lo que Liebknecht y sus camaradas fueron incapaces de comprender en esos momentos críticos es que, por haber traicionado los principios más fundamentales al haber abandonado el internacionalismo proletario con el apoyo al esfuerzo de guerra de la clase dominante, al haber roto con las decisiones de los congresos del partido y de la Internacional, fue la dirección de la Socialdemocracia la que abandonaba la disciplina del partido. A partir de aquí, la izquierda no podía seguir planteando el problema de la misma manera. Al aliarse con el Estado burgués, la fracción parlamentaria del SPD realizó un auténtico golpe de Estado en el seno del Partido, se apoderó de una autoridad a la que no tenía derecho, pero que impuso gracias a la potencia armada del Estado capitalista. Para Rosa Luxemburg: "La disciplina respecto al partido en su totalidad, es decir a su programa, pasa antes que cualquier disciplina de cuerpo y solo aquella puede servir de justificación a ésta, del mismo modo que es su límite natural". Fue la dirección, y no la izquierda, la que perpetró, desde el inicio de la guerra, violaciones sin fin a la disciplina del partido por su apoyo al Estado, "violaciones de la disciplina que consisten en que órganos sectoriales del partido traicionan por propia iniciativa la voluntad del conjunto, es decir del programa, en lugar de servirlo" (5). Y para asegurarse que la masa de militantes no pueda poner en entredicho la decisión de la dirección, el 5 de agosto (o sea el día siguiente de la votación de los créditos de guerra), el congreso del partido fue postergado hasta que terminara la guerra (6). El desarrollo de una oposición en el seno del SPD demostraría las razones de ese aplazamiento.
En los años siguientes, la izquierda del SPD, manteniéndose fiel al internacionalismo proletario, se vio enfrentada a una disciplina auténticamente burguesa en el seno del partido mismo. Inevitablemente la actividad del grupo Spartakus rompió la disciplina tal como la interpretaba ahora la dirección de un SPD aliado del Estado (7). La cuestión ahora ya no era cómo mantener la disciplina y la unidad de la organización del proletariado, sino cómo evitar dar a la dirección pretextos disciplinarios para expulsar a la izquierda del partido y aislar a militantes cuya resistencia a la guerra comenzaba a hacerse presente, expresándose inevitablemente como una resistencia al golpe de Estado de la dirección.
Un ejemplo de esta dificultad es la del desacuerdo surgido en el seno de Spartakus (8) sobre el pago de las cuotas al centro del SPD por las secciones locales. Era una cuestión verdaderamente difícil: el dinero -las cuotas de los militantes- es el "nervio de la guerra" para una organización de la clase obrera. Sin embargo, en 1916, era evidente que la dirección del SPD desviaba en realidad los fondos de organización de la lucha no hacia la guerra de clases del proletariado, sino hacia la guerra imperialista de la burguesía. En esas condiciones, Spartakus apeló a los militantes locales a "dejar de pagar las cuotas a la dirección del partido, pues ésta usa vuestro dinero, duramente ganado, para apoyar una política y publicar textos que quieren transformaros en paciente carne de cañón del imperialismo, todo ello con la finalidad de prolongar la matanza" (9).


Para una nueva Internacional, una disciplina internacional


Desde que se inició el combate de la izquierda contra la traición de 1914 se planteó la cuestión de crear una nueva Internacional. Si para ciertos revolucionarios como Otto Rühle (10), la traición total del SPD y su utilización feroz de la disciplina mecánica impuesta en colaboración con el Estado eran la prueba definitiva de que todos los partidos políticos estaban inevitablemente condenados a convertirse en monstruos burocráticos y a traicionar a la clase obrera, cualquiera que fuera su programa, no fue esa la conclusión sacada por la mayoría de la izquierda. Al contrario, se trataba de entablar una batalla por la construcción de una nueva Internacional y la victoria de la revolución proletaria iniciada en Petrogrado en octubre de 1917. Para Rosa Luxemburg, como lo explica Frölich:
"El movimiento obrero debía romper con quienes se habían entregado al imperialismo; había que crear una nueva Internacional, una Internacional de más altura que la que acababa de desmoronarse", poseedora de una idea homogénea de los intereses y de las tareas del proletariado, de una táctica coherente, y de una capacidad de intervención en tiempo de paz como en tiempo de guerra. Se daba la mayor importancia a la disciplina internacional: "El centro de gravedad de la organización de clase del proletariado está en la Internacional. La Internacional decide en tiempos de paz sobre la táctica que deben adoptar las secciones nacionales en lo que concierne al militarismo, la política colonial (…) etc., y además del conjunto de la táctica que adoptar en caso de guerra. La obligación de aplicar las resoluciones de la Internacional prevalece ante toda otra obligación de la organización (…) La patria de los proletarios, en cuya defensa debe quedar todo subordinado, es la Internacional socialista" (11).
Cuando en junio de 1920, se reunieron los delegados en Moscú para el IIº Congreso de la Internacional comunista, la guerra civil seguía causando estragos en Rusia y los revolucionarios del mundo entero estaban en pleno combate contra la burguesía y los social-traidores, o sea, los viejos partidos que habían traicionado a la clase obrera con su apoyo a la guerra.
Estaban también confrontados a las oscilaciones de las corrientes "centristas" que dudaban todavía en romper los vínculos con los viejos métodos socialistas o, al menos en el caso de muchos dirigentes, con sus viejos amigos que habían permanecido en la socialdemocracia corrupta. Los centristas tampoco estaban listos para romper radicalmente con las viejas tácticas legalistas. En una situación así, los comunistas, y en particular el ala izquierda, estaban decididos a que la nueva Internacional no repitiera los errores de la antigua en materia de disciplina. Dejaría de haber autonomía para los particularismos de los partidos nacionales, que sólo habían servido de taparrabos del chovinismo en la antigua Internacional (12), como tampoco se toleraría el arribismo pequeño burgués cuyos intereses eran llevar a cabo una carrera parlamentaria personal. La Internacional comunista debía ser una organización de combate, la dirección del proletariado en su lucha mundial decisiva por el derrocamiento del capitalismo y la toma del poder político. Esta determinación se plasmó en las 21 condiciones de adhesión a la Internacional, adoptadas por el Congreso. Citemos, por ejemplo, el punto 12:
"Los Partidos que pertenecen a la Internacional comunista deben edificarse sobre el principio de la centralización democrática. En la época actual de guerra civil encarnizada, el Partido comunista sólo podrá cumplir su función si está organizado de la manera más centralizada, si en él se admite una disciplina de hierro rayana en la disciplina militar y si su organismo central cuenta con amplios poderes, ejerce una autoridad indiscutible, se beneficia de la confianza unánime de los militantes".
Las 21 condiciones fueron reforzadas por los estatutos de la organización que establecían claramente que la Internacional debía ser un partido mundial y centralizado. Según el punto 9 de los estatutos: "El Comité Ejecutivo (órgano central internacional) de la Internacional comunista tiene derecho a exigir a los Partidos afiliados que sean excluidos grupos o individuos que hubieran infringido la disciplina proletaria; puede exigir la exclusión de Partidos que hayan violado las decisiones del Congreso mundial".
La izquierda compartía totalmente esa determinación, como lo ilustra con creces el hecho de que fuera Bordiga, dirigente de la izquierda del Partido socialista italiano, el que propuso la nº 21 (13):
"Los adherentes al Partido que rechacen las condiciones y las tesis establecidas por la Internacional comunista deben ser excluidos del Partido. Y lo mismo para los delegados al Congreso extraordinario".


Degeneración del Partido y pérdida de la disciplina proletaria


La trágica degeneración de la Internacional comunista fue paralela al retroceso a la oleada revolucionaria de 1917. La clase obrera rusa quedó desangrada por la guerra civil, la revuelta de Cronstadt fue aplastada, la revolución derrotada en todos los países centrales de Europa (Alemania, Italia, Hungría), sin ni siquiera conseguir desarrollarse en Francia o Gran Bretaña y la propia Internacional estaba dominada por el Estado ruso dirigido ya por Stalin y su policía política (la GPU). El año 1925 iba a ser el de la "bolchevización": la Internacional quedó reducida al papel de instrumento entre las manos del capitalismo de Estado ruso. A medida que la contrarrevolución ganaba la Internacional, la disciplina proletaria iba cediendo el terreno a la disciplina de la estaca burguesa.
Semejante degeneración, inevitablemente, tuvo que enfrentarse a una fuerte oposición por parte de los comunistas de izquierda, a la vez dentro de Rusia (Oposición de izquierda de Trotski, el grupo obrero de Miasnikov, el grupo "Centralismo democrático", etc.) y en el seno de la Internacional misma, especialmente por parte de la izquierda del PC italiano agrupada en torno a Bordiga (14). Una vez más, como durante la guerra de 1914, la izquierda se encontró enfrentada a la cuestión de la disciplina del partido, una disciplina que, en Rusia al menos, se identificaba con la GPU de Stalin, la cárcel y los campos de concentración. Pero la Internacional no era el Estado ruso, y la izquierda italiana estaba decidida a luchar, mientras fuera posible, para arrancarla de las manos de la derecha, preservándola para la clase obrera. Lo que no estaba dispuesta a hacer era llevar a cabo el combate negando los principios mismos por los que había luchado en el IIº Congreso. Más concretamente, Bordiga y la izquierda de la IC no estaban dispuestas a abandonar la disciplina de un partido centralizado a sus adversarios. En marzo-abril de 1925, el ala izquierda del partido italiano hizo un primer intento para trabajar como grupo organizado formando el "Comité de entendimiento":
"En cuanto se anunció el Congreso, un Comité de entendimiento se creó espontáneamente para así evitar las reacciones desordenadas de los militantes y de los grupos, que habrían llevado a la disgregación, y para canalizar la acción de todos los camaradas de la Izquierda en la línea común y responsable, en los estrictos límites de la disciplina, estando garantizados los derechos de todos en la constitución del partido. La dirección (15) echó mano de estos hechos para utilizarlos en su plan de agitación que presentaba a los camaradas de la Izquierda como fraccionistas y escisionistas a quienes se prohibió defenderse y contra los cuales se obtuvieron votos de los comités federales mediante presiones ejercidas desde arriba" (Tesis de Lyón, 1926) (16).
La dirección de la Internacional exigió la disolución del Comité de entendimiento y la izquierda se sometió a esta decisión aún protestando:
"Acusados de fraccionismo y de escisionismo, sacrificaremos nuestras opiniones por la unidad del partido ejecutando una orden que nosotros consideramos injusta y ruinosa para el partido. Demostraremos así que la Izquierda italiana es quizás la única corriente que considera la disciplina como algo serio con lo que no hay que regatear. Nosotros reafirmamos todas nuestras posiciones anteriores y todos nuestros actos. Negamos que el Comité de Entendimiento haya sido una maniobra para hacer una escisión en el partido y constituir una fracción en su seno y protestamos una vez más contra la campaña organizada con esas bases sin darnos siquiera el derecho de defendernos y engañando escandalosamente al partido. No obstante, ya que la dirección piensa que la disolución del Comité de entendimiento alejará el fraccionismo y, aún siendo nosotros de parecer contrario, obedeceremos. Pero dejamos a la dirección la entera responsabilidad de la evolución de la situación interior del Partido y de las reacciones determinadas por la manera con la que la dirección ha administrado la vida interior" (ídem).
Cuando Karl Korsch, excluido poco antes del KPD (17), escribió a Bordiga en 1926 para proponer una acción común entre la izquierda italiana y el grupo Kommunistische Politik, éste lo rechazó. Vale la pena citar dos de las razones que da. Por un lado, consideraba que la base teórica para tomar tal posición no había quedado establecida todavía:
"Creo, en general, que la prioridad de hoy debe ser, más que la organización y la maniobra, un trabajo de elaboración de una ideología política de la izquierda internacional, basada en las experiencias elocuentes que la IC ha atravesado. Como este punto dista mucho de ser alcanzado, toda iniciativa internacional parece difícil".
Por otro lado, la unidad y la centralización internacional de la Internacional no era algo que pudiera abandonarse a la ligera:
"No debemos favorecer nosotros la escisión en los partidos y en la Internacional. Debemos permitir que la experiencia de la disciplina artificial y mecánica alcance sus límites, respetando esa disciplina en todas sus absurdeces de leguleyo mientras sea posible, sin renunciar nunca a nuestra critica política e ideológica y sin solidarizarnos nunca con la orientación dominante".
La lucha de la Izquierda italiana contra la degeneración de la Internacional primero y después para extraer todas las lecciones de esa degeneración y de la derrota de la revolución rusa fue algo esencial para la creación del medio político proletario de hoy. Las principales corrientes existentes hoy, incluida la CCI, son descendientes directos de aquella lucha y, para nosotros, es indiscutible que la defensa de la disciplina proletaria en el seno de la Internacional que la Izquierda italiana llevó a cabo forma parte íntegra de la herencia que nos ha legado. La disciplina proletaria de la Internacional fue algo esencial para desmarcarse de los social-traidores, pues permitió definir lo que era y lo que no era aceptable en el seno de las organizaciones de la clase obrera. Sin embargo, como decía Bordiga, la disciplina proletaria es algo totalmente ajeno a la disciplina impuesta a las clases explotadas por el Estado capitalista.


La cuestión de la disciplina