LOS ATENTADOS del 11 de septiembre han sido ampliamenteutilizados por
la burguesía para extender el veneno nacionalista, pero también
para desviar la atención de la clase obrera de las preocupaciones
socioeconómicas y para trastornar su conciencia sobre las verdaderas
causas de la profunda recesión que hoy se está extendiendo
a nivel mundial. Contrariamente a lo que cuenta la clase dominante, la
degradación económica no es el resultado del hundimiento
de las Torres Gemelas de Nueva York, por mucho que el atentado haya sido
un factor agravante de ella, especialmente en algunos sectores económicos
como el transporte aéreo o el turismo. Como así lo afirman
los expertos de la OCDE "el freno económico que se inició
en EE.UU en el 2000 y alcanzó a otros países se ha transformado
en retroceso mundial de la actividad económica que pocos países
han podido evitar" (Le Monde, 21/11/01). La crisis actual no tiene
nada de específicamente americano. Según los sesudos cálculos
de la OCDE, el crecimiento de los 30 países que pertenecen a este
organismo no superará el 1 % en 2001, ni en 2002. El sistema capitalista
ha entrado en su quinta fase de recesión desde que volviera a presentarse
la crisis en el escenario de la historia a finales de los años
60.
Tras la caída del bloque soviético en 1989, la realidad
desmintió rápidamente todos los discursos sobre el pretendido
nuevo orden mundial que iba a surgir desde entonces. Guerras multiplicadas,
genocidios diversos, todo ha puesto en solfa las mentiras de que con el
final de la guerra fría, el mundo iba a conocer una era de paz.
Los propios institutos de estadística de la clase dominante reconocen,
aunque confidencialmente. que la cantidad de conflictos y víctimas
desde hace diez años es muy superior en intensidad a la del período
de la guerra fría. Hoy, el Bush hijo, definiendo la primera guerra
del nuevo milenio como un estado de conflicto permanente, entierra definitivamente
las patrañas proferidas por su padre sobre el advenimiento de un
nuevo orden internacional. En cambio, hay que reconocer que la propaganda
ideológica sobre la victoria de la democracia y del capitalismo
ha tenido cierto eco y sigue pesando con fuerza en la conciencia de clase
de los explotados. Los trastornos en el ruedo político mundial
y la guerra del Golfo pudieron, en gran parte, ocultar la recesión
precedente, la de finales de los 80 y principios de los 90. El krach económico
del Sudeste asiático en 1997 y las quiebras de Rusia y Brasil en
1998, seguidas por la de Turquía, fueron avisos considerados como
limitados; a pesar de ellos, la propaganda siguió con las falaces
profecías sobre una nueva era de prosperidad económica,
reforzadas por el rebote del crecimiento que se prolongó un poco
más de lo normal y la incesante tabarra mediática sobre
la "nueva economía". Esta matraca consistía en
hacernos tragar que había nacido una especie de nueva revolución
tecnológica basada en la informática, las telecomunicaciones
e Internet. Hoy, en cambio, cuando la recesión está causando
estragos a mansalva con una degradación de las condiciones de vida
de la clase obrera, con el riesgo para la burguesía de que quede
al desnudo su tinglado de monsergas ideológicas, se trata, para
ella, de ocultar al máximo la profundidad de la agonía de
su sistema económico ante el proletariado, impedir que éste
tome conciencia del atolladero tanto político como económico
del capitalismo.
Lo que caracteriza la recesión actual, según los propios
comentaristas burgueses, es la rapidez y la intensidad de su despliegue.
Estados Unidos, primera economía mundial, se ha visto rápidamente
hundido en la recesión. El repliegue del Producto Interior Bruto
(PIB) norteamericano está siendo más rápido que el
de la recesión anterior. El incremento del desempleo está
alcanzando un récord desconocido desde la crisis de 1974. Japón,
segunda potencia mundial, no anda mucho mejor. Ese modelo tan alabado
durante los años 1970-80 está anémico desde hace
más de diez años. Y solo ha sido gracias a los planes de
reactivación intensivos y continuos si Japón ha logrado
mantenerse dificultosamente a flote con tasas de crecimiento rayanas en
el 0 %. Y con todo y eso, la economía japonesa ha vuelto a hundirse
en la recesión por tercera vez. Es la mayor crisis desde hace 20
años según dice el FMI: Japón podría conocer
dos años consecutivos de contracción de la actividad económica
por primera vez desde la IIª Guerra. Tras sus planes de relanzamiento
sucesivos, en Japón, la deuda pública que se ha vuelto la
más alta de todos los países industrializados, ha venido
a añadirse a su endeudamiento bancario sideral. La pública
alcanza hoy el 130 % del PIB y alcanzará el 153 % en 2003, pero
ya hay quienes predicen que ya será de ¡ 180 % en 2002 !
Esta montaña de deudas que se han ido acumulando no sólo
en Japón sino en todos los países desarrollados es un polvorín
amenazador a medio plazo. La deuda mundial de todos los agentes económicos
(Estados, empresas, familias y banca) se estima grosso modo entre 200
y 300 % del Producto mundial. Esto significa, concretamente, dos cosas:
por un lado, el sistema ha adelantado lo equivalente a 2 o 3 veces el
producto mundial para paliar así su crisis letal de sobreproducción,
pues éste es el cuño que ha marcado el retorno de la crisis
económica a principio de los años 1970. Por otro lado, que
habría que trabajar dos o tres años por nada si esa deuda
tuviera que ser reembolsada de un día para otro. Ese endeudamiento
colosal mundial es algo históricamente inédito y es la plasmación
del callejón sin salida en el que está metido el sistema
capitalista, pero también expresa su capacidad para manipular la
ley del valor para así asegurar su perennidad. Se entiende así
por qué la burguesía habla de "contracción de
la actividad económica", un eufemismo que significa ni más
ni menos que se está produciendo un nuevo hundimiento del sistema
capitalista en una recesión abierta. Esto es lo que los marxistas
llevan poniendo de relieve desde hace tiempo: la recesión es una
expresión de la sobreproducción, o sea de la incapacidad
del sistema para encontrar salida a nuevas mercancías en un mercado
mundial sobresaturado. Si esta deuda masiva puede ser todavía soportada
por las economías desarrolladas, está, en cambio, ahogando
uno tras otro a los países llamados "emergentes". Mientras
la e-economía se transformaba en e-quiebra en los países
desarrollados en 2000-2001, los países pretendidamente emergentes
se transformaban en sumergibles. En estos, la fragilidad de sus economías
los hace incapaces de soportar una deuda de unas cuantas decenas porcentuales
del Producto Interior Bruto. Así, tras la crisis de la deuda en
México a principios de los años 80, otros países
vinieron a aumentar la lista: Brasil, México una vez más
en 1994, los países del Sureste asiático, Rusia, Turquía,
y hoy Argentina. En cuanto a la zona "euro", la parte del capitalismo
que, pretendidamente, iría mejor, ya se están anunciando
tasas de crecimiento nulas para el 2002 y una tasa oficial de desempleo
que se ha vuelto a incrementar entre 8,5 y 9 % en 2001.
Como podemos comprobar, la crisis hace mayores estragos a medida que pasan
las recesiones. Tras los países más pobres del Tercer mundo,
que han conocido retrocesos netos de su PIB per cápita desde hace
dos o tres décadas, fue la caída del "Segundo mundo",
o sea el desmoronamiento económico de los países del bloque
del Este. Después le tocó el turno a Japón de quedarse
averiado y, ocho años más tarde, al conjunto de los países
del Sureste asiático. O sea que lo que durante mucho tiempo se
consideró como nuevo polo de desarrollo según los ideológos
del capitalismo volvía a su sitio. En los últimos tiempos
se han ido hundiendo una tras otra las economías "intermedias",
"emergentes" y demás. Hoy la recesión está
llamando a las puertas del centro mismo del capitalismo, en los países
desarrollados, y ya no solo afecta a las viejas tecnologías (carbón,
siderurgia, etc.) o a las ya maduras (astilleros, automóvil, etc.),
sino claramente a los sectores punta, los que se consideraban como la
flor y nata de la nueva economía, crisol de la nueva revolución
industrial: la informática, internet, telecomunicaciones, aeronáutica,
etc. En estos ramos industriales, las quiebras, las reestructuraciones,
las fusiones y adquisiciones se cuentan por cientos, y por cientos de
miles los despidos, acumulándose las bajas salariales y la degradación
de las condiciones de trabajo.
La crisis por muy terrible que sea para los explotados sirve, en última
instancia, para desgarrar el velo mistificador con el que la clase dominante
envuelve su sistema. Se evaporó la euforia con la que terminó
el milenio. Es verdad que algunos cometieron la imprudencia de anunciar
la recesión como algo inminente tras la quiebra de los países
de Sudeste asiático en 1998, seguida poco después por la
bancarrota rusa. No sólo no se produjo tal cosa; sino que incluso
Estados Unidos tuvo un crecimiento ligeramente mayor entre 1991 y 2000
que en la década anterior y, además, de una duración
media sin precedentes desde el siglo XIX. Se asistió además
a una carrera desenfrenada por los récords bursátiles, especialmente
en el sector de las nuevas tecnologías. Todo ello acompañado
a profusión de los discursos sobre la "fuerza renovada del
capitalismo", su "capacidad para digerir las crisis financieras"
y hacer surgir una "nueva revolución tecnológica"
cuyo corazón serían los Estados Unidos. En realidad, poco
misterio en todo eso. El crecimiento estadounidense ha estado drogado
por tres factores: el primero, y más importante, ha sido el consumo
de las familias que han gastado muy por encima de sus ingresos hasta tal
punto que el ahorro ¡se ha vuelto negativo! En 1993 las familias
americanas consumían 91 % de sus ingresos; en 2000 más de
100%. Esto explica las ganancias bursátiles tan drogadas (especialmente
para las familias más ricas) así como la rápida progresión
del endeudamiento individual. Este pasó de 85% a 100% del total
de los ingresos durante los años 90, o dicho de otro modo, las
deudas de las familias americanas es, hoy por hoy, ¡equivalente
a un año de sus ingresos! El segundo factor se apoya en la reanudación
de la inversión basada, no en el ahorro al ser éste negativo,
sino en el afluir de capitales europeos y japoneses, a causa de los tipos
de interés más altos en EE.UU, nutriendo así un déficit
rápido y colosal de la balanza corriente: 200 mil millones de $
en 1998, 400 mil millones en 2000. El tercer factor, que explica perfectamente
la duración excepcional del ciclo, es, en realidad, un efecto paradójico
de la crisis financiera de 1998: el regreso de los capitales a las plazas
financieras de Europa y EE.UU. El tan cacareado ciclo de alta tecnología
estadounidense fue en realidad estimulado por un retorno masivo de los
capitales especulativos invertidos en los países del Sudeste asiático
para comprar acciones del sector de la "economía-Internet".
Esto no ha sido nada extraordinario como para andar especulando sobre
el retorno de un pretendido nuevo "ciclo de Kondratiev" basado
en no se sabe qué nueva revolución tecnológica. Este
ciclo se ha cerrado, además, con una quiebra bursátil que
ha sido particularmente severa en el sector que se consideraba precisamente
como portador de un nuevo capitalismo.
Un segundo mito que se está gastando seriamente es el pretendido
retroceso del capitalismo de Estado a causa del "rumbo neoliberal"
de los años 80. En realidad fue la propia iniciativa del Estado
la que impuso ese rumbo y no contra él. Además, cuando se
consultan las estadísticas se comprueba que a pesar de los veinte
años de "neoliberalismo", el peso económico del
Estado (más precisamente del sector "no mercantil") no
ha retrocedido prácticamente: está, en los 30 países
de la OCDE, entre 40 y 45 %, entre 30 a 35 % en Estados Unidos y Japón
y 75 a 80 % en los países nórdicos. El peso político
de los Estados, por su parte, no ha hecho sino incrementarse. Hoy, como
durante todo el siglo XX, el capitalismo de Estado no tiene color político
preciso. En Estados Unidos, son los republicanos (la derecha) quienes
acaban de tomar la inciativa de un apoyo público a la reactivación
y subvención a las compañías aéreas. El Banco
Federal, por su parte, que depende totalmente del poder, ha bajado sus
tipos de interés a medida que se iba precisando la recesión
para así intentar reactivar la máquina económica:
¡pasaron de 6,5% a principios de 2001 a 2 % a finales de año!.
En Japón, el Estado ha puesto a flote a los bancos en dos ocasiones
y algunos de ellos han sido incluso nacionalizados. En Suiza, es el Estado
el que organiza la gigantesca operación de puesta a flote de la
compañía aérea nacional Swissair. Incluso en Argentina,
con la bendición del FMI y del Banco Mundial, el gobierno ha recurrido
a un amplio programa de obras públicas para intentar crear empleos,
etc. En el siglo XIX los partidos políticos hicieron del Estado
su instrumento por sus intereses; en la decadencia del capitalismo, son
los imperativos económicos e imperialistas globales los que dictan
la política que debe seguirse sea cual sea el color político
del gobierno del momento. Este análisis básico de la Izquierda
Comunista se confirmó durante todo el siglo XX y es hoy todavía
más actual puesto que lo que está en juego se ha agudizado
todavía más.
Lo que es totalmente cierto es que con el desarrollo de la recesión
a nivel internacional, la burguesía va a imponer una nueva y violenta
degradación del nivel de vida de la clase obrera. Así, con
el pretexto del estado de guerra y en nombre de los intereses superiores
de la nación, la burguesía estadounidense aprovecha la ocasión
para hacer tragar las medidas de austeridad que la recesión hace
necesarias, una recesión que se desarrolla desde hace un año:
despidos masivos, esfuerzos productivos incrementados, medidas de excepción
en nombre del antiterrorismo pero que servirán sobre todo como
terreno de ensayo para mantener el orden social… Por todas las partes
del mundo, las curvas del desempleo se han orientado al alza. En años
pasados, la burguesía consiguió ocultar una parte de la
amplitud real del desempleo con políticas "sociales"
- o sea de gestión de la precariedad - o groseras manipulaciones
de las estadísticas. En Europa, los presupuestos se están
revisando a la baja y se han programado nuevas medidas de austeridad.
En nombre de una pretendida estabilidad presupuestaria que al proletariado
debe importarle un bledo, la burguesía europea está volviendo
al tema de las pensiones, considerando la posibilidad de reducirlas y
aumentar la duración de la actividad laboral. Se prevén
nuevas medidas para hacer saltar "los frenos al crecimiento"
como dicen a medias palabras los expertos de la OCDE, "atenuar las
rigideces", "favorecer la oferta de empleo" mediante un
incremento de la precariedad laboral y una reducción de todas las
indemnizaciones sociales (desempleo, salud, subsidios diversos…)
En Japón, el Estado ha planificado una reestructuración
de 40 % de los organismos públicos: 17 van a cerrar y 45 serán
privatizados. En fin, a la vez que aumentan los ataques contra el proletariado
en el centro del capitalismo mundial, la pobreza se incrementa a velocidad
de vértigo en los países de la periferia del capitalismo.
La situación en los países llamados emergentes es de lo
más significativo al respecto. Argentina es en el día de
hoy el último ejemplo de todo ello. Citada por el Banco Mundial
durante mucho tiempo como modelo, se encuentra ahora en recesión
desde hace más de tres años, en una quiebra total. Han estallado
huelgas importantes en las principales ciudades obreras del país
para protestar contra los ataques del Estado que ha despedido por miles
a asalariados de la función pública, ha reducido los salarios
de 20 %, ha suspendido los pagos de pensiones y ha privatizado la Seguridad
social. Otros países como Venezuela están siendo zarandeados
por fuertes tensiones sociales. Otros, como Brasil, Turquía o Rusia
siguen estando bajo perfusión y vigilados con lupa. Turquía,
por ejemplo, país que debe encontrar cada año entre 50 y
60 mil millones de dólares para financiar su economía, está
estrechamente vigilada por el FMI.
A esta situación de atolladero económico, de caos social
y de miseria creciente para la clase obrera, a ésta solo le queda
una respuesta que dar: desarrollar masivamente sus luchas en su propio
terreno de clase en todos los países, pues ninguna "alternancia
democrática", ningún cambio de gobierno (como han hecho
en Argentina), ninguna política nueva, podrá aportar la
más mínima solución a la enfermedad mortal del capitalismo.
La generalización y la unificación de los combates del proletariado
mundial, hacia el derrocamiento del capitalismo, es la única alternativa
capaz de sacar a la sociedad del callejón en que está metida.
C.Mlc
LA INTENSIFICACION de la ofensiva de Estados Unidos
para mantener su liderazgo mundial ha llevado a ese país a desencadenar,
con el pretexto de la lucha antiterrorista, una nueva guerra en Afganistán
y desplegar sus tropas en este país. Como ponemos de relieve en
el artículo siguiente, lejos de representar no se sabe qué
estabilización del mundo, esta escalada guerrera y su conclusión
actual, o sea la aplastante victoria americana, es, al contrario, el preludio
a nuevas guerras y nuevas matanzas. Desde la redacción de este
artículo, la situación en Oriente Medio se ha vuelto a agravar,
lo cual merece esta breve toma de posición, previa al editorial
mismo.
En la estela de la ofensiva victoriosa americana, que no ha suscitado
la menor reacción hostil significativa entre los países
árabes, y aprovechándose del debilitamiento causado a Arafat,
acusado de tolerancia hacia el terrorismo palestino, Israel está
poniendo brutalmente contra las cuerdas al líder de la OLP al mismo
tiempo que provoca una nueva oleada de violencia en los territorios ocupados.
A los actos de terrorismo ciego cometidos contra la población israelí,
el ejército de Israel replica con una violencia tan ciega como
aquélla y cuya víctima principal es la población
de a pie, muy a menudo niños. Desde los acuerdos de Oslo, Estados
Unidos no paró de criticar, incluso descalificar la política
de "cuanto peor mejor" de los diferentes gobiernos israelíes,
una política basada en sabotear la puesta en práctica del
proceso de paz. Esto se debía a que Estados Unidos era perfectamente
consciente de la necesidad de limitar a toda costa la agudización
de las tensiones entre israelíes y palestinos, pues podían
acabar cristalizando en la región la creciente reacción
de hostilidad del mundo árabe contra Israel. Una situación
así hubiera acabado por repercutir en la política de Estados
Unidos, pues este país no podía en ningún caso abandonar
Israel, que es su brazo armado en la región. Pero hubiera sido
sobre todo una ocasión para algunos países europeos de jugar
sus propias bazas mediante el apoyo que habrían aportado a tal
o cual fracción nacional de la burguesía, en apoyo de esta
o aquella solución diplomática, la que fuera con tal de
que fuera diferente de la de Estados Unidos. Hoy la situación es
muy otra a causa del enorme ascendiente que sobre el resto del mundo han
ganado los Estados Unidos, una ventaja que este país llevará
lo más lejos posible. Al asumir plenamente la brutalidad de la
ofensiva israelí en los territorios ocupados, Estados Unidos hace
todavía más patente la incapacidad actual de cualquier otro
país, especialmente de los europeos, para convertirse en pivote
de una alternativa a la política estadounidense en Oriente Medio.
De todos modos la situación actual, ni más ni menos que
la "paz de Oslo", no significará en ningún caso
estabilidad, sino que, al contrario, está acumulando las condiciones,
sobre todo con el incremento de un profundo sentimiento de odio a Estados
Unidos e Israel, para el estallido futuro de esas tensiones.
Estados Unidos ha logrado hoy marginalizar por completo en el ruedo mundial
a las potencias europeas (Gran Bretaña, Alemania, Francia), principales
rivales suyos, no dejándoles desempeñar el menor papel en
el conflicto de Afganistán, si no es el de comparsas en la gestión
de la situación dejada por la derrota de los talibanes. En efecto,
las tropas de la ONU, mediante las cuales esas potencias pretendían
instalarse en aquel país (como así fue en Kosovo), estarán
claramente bajo el mando y control norteamericano, interviniendo únicamente
como auxiliar del nuevo poder instalado en Kabul por Estados Unidos.
Todas las potencias de segunda o tercera fila, dejadas de lado por ese
éxito alcanzado por primera potencia mundial, no van a quedarse,
sin embargo, de brazos cruzados. Al contrario, van a hacerlo todo y más,
con los medios a su alcance, para poner zancadillas a la política
estadounidense, explotando al máximo, entre otras cosas, las tensiones
locales alimentadas por la presencia de Estados Unidos. Decir que esa
nueva afirmación del orden mundial americano no arregla ninguna
de las tensiones que pululan por el mundo queda confirmado en la reanudación
de las hostilidades entre dos potencias nucleares, India y Pakistán.
Desde el atentado terrorista perpetrado por un grupo islámico en
el Parlamento indio el 13 de diciembre de 2001, la tensión no ha
cesado entre esos dos países, a niveles nunca alcanzados hasta
ahora (como, entre otros hechos, demuestra el que India haya evacuado
la población fronteriza en Cachemira).
Por otra parte, el fragor y el humo de las bombas habrán podido
durante algún tiempo ocultar la agravación dramática
de la crisis económica, pero no por ello han cambiado su realidad.
Hoy la recesión es oficial en Japón, se instala en Alemania
y en Estados Unidos, mientras que en el resto de Europa el crecimiento
se reduce aceleradamente en el momento mismo en que se estrena el euro.
Muy significativo de la situación mundial ha sido el desmoronamiento
brutal de la economía argentina, la cual, tras cuatro años
de recesión, está literalmente en quiebra, con lo que todo
eso significa para el proletariado: desempleo, miseria y, por vez primera
desde la independencia, la aparición del espectro de la hambruna.
Lo que hoy presenciamos en Argentina - un país que hace 40 años
se jactaba de pertenecer al "selecto" club de los países
"más desarrollados"- es revelador de la perspectiva que
nos ofrece el capitalismo.
Argentina por un lado, Afganistán por el otro nos muestran ambos
las amenazas: hundimiento económico con sus consecuencias de desempleo,
miseria y hambre (ver el artículo correspondiente en esta Revista)
y estallido de la barbarie bélica con su cortejo de muertos, destrucción
y bestialidad.
8 de enero de 2002
AL BARBARO baño de sangre de las Torres Gemelas, Estados Unidos
ha respondido con una Cruzada "Antiterrorista" que está
suponiendo nuevos y peores baños de sangre. Las primeras víctimas
son los trabajadores, los campesinos, la población de Afganistán,
que desde el 7 de octubre están recibiendo un terrible lote de
bombas a la vez que los ejércitos locales libran feroces combates.
Muchas personas están muriendo o van a morir; están siendo
aniquiladas viviendas, industrias, campos de labranza, hospitales, vías
de comunicación; el hambre, las enfermedades, la rapiña
están golpeando a la población; miles y miles de refugiados
intentan cruzar las fronteras de los países vecinos siendo brutalmente
tratados por todos: militares, salteadores de caminos, guardias fronterizos
...
Es una nueva hecatombe que se abate sobre miles y miles de seres humanos.
Afganistán lleva ya 23 años de guerra. Ha sufrido la guerra
de todas las formas del capitalismo: primero fue el capitalismo pretendidamente
"socialista" de la antigua URSS; después el capitalismo
"islámico" en sus diferentes versiones - los mujaidines,
los talibán - y ahora, la del capitalismo "más capitalista"
de todos, el de la primera potencia mundial. Es la barbarie infinita de
un sistema que deja de lado la careta engañosa con la que pretende
revestirse de dignidad, cultura, derechos, progreso, y muestra su verdadero
rostro, el de un organismo agonizante que causa cada vez más guerras,
destrucción, hambre... "Avergonzada, deshonrada, nadando en
sangre, así vemos a la sociedad capitalista. No como la vemos siempre,
desempeñando papeles de paz y rectitud, orden, filosofía,
ética, sino como bestia vociferante, orgía de anarquía,
vaho pestilente, devastadora de la cultura y la humanidad: así
se nos aparece en toda su horrorosa crudeza" (Rosa Luxemburgo, La
Crisis de la socialdemocracia, escrito en 1915 contra la Primera Guerra
mundial).
Cada nación a la suya y el caos entodas partes
Estados Unidos ha dejado bien claro que su cruzada "antiterrorista"
no se limitará a Afganistán. El secretario de defensa anuncia
"10 años de guerra", mientras que MrBush, en su charla
radiofónica del sábado 24 de noviembre, afirma que "el
hundimiento del régimen talibán es solo el principio. Ahora
tenemos que dar los pasos más difíciles". También
aclara que piensa invadir los países que haga falta con la excusa
de que "Estados Unidos no esperará a que los terroristas intenten
atacarnos otra vez. Donde sea que se oculten y donde sea que conspiren
seremos nosotros quienes atacaremos", precisando que "el Ejército
de Estados Unidos deberá actuar en distintas zonas del mundo".
¿Para qué estos planes de barbarie? ¿Son realmente
una defensa contra el terrorismo? En el editorial del número anterior
de la Revista internacional denunciamos la hipocresía de esa envoltura
"antiterrorista". El terrorismo - que puede tomar diversas formas
todas ellas ajenas al proletariado (1) - forma parte de la acción
corriente de todos los Estados y constituye un arma de guerra cada vez
más importante.
¿Es, simplemente, una operación de conquista de los yacimientos
petrolíferos de Asia Central, como pretenden grupos del medio político
proletario?. No podemos desarrollar aquí el análisis que
contiene el "Informe sobre los conflictos imperialistas" de
nuestro XIVo Congreso publicado en la Revista internacional nº107
donde afirmamos que "si en los comienzos del imperialismo y después
en la decadencia del capitalismo, la guerra se concebía como medio
para repartirse los mercados, en el estadio actual se ha convertido en
un medio de imponerse como gran potencia, de hacerse respetar, de defender
su rango frente a las otras, de salvar la nación. Las guerras no
tienen una racionalidad económica, cuestan mucho más de
lo que permiten ganar".
El objetivo real de la cadena de operaciones bélicas que USA ha
abierto en Afganistán es político-estratégico (2).
Es una respuesta al creciente desafío a su liderazgo mundial que
se ha agudizado tras la guerra de Kosovo y que protagonizan, en primera
línea, las potencias europeas - Alemania, Francia -, seguidas por
toda clase de potencias regionales, locales e incluso Señores de
la Guerra como el propio Bin Laden.
En el Editorial de la Revista anterior expusimos las premisas generales
de nuestro análisis: la actual crisis guerrera es un exponente,
no solo de la decadencia del capitalismo, que se extiende desde principios
del siglo XX, sino de lo que hemos calificado como su fase terminal de
descomposición que se puso claramente de manifiesto en 1989 con
el hundimiento del antiguo bloque soviético. El rasgo más
característico de esta fase última de la decadencia del
capitalismo es el enorme desorden que reina tanto en las relaciones entre
Estados como en la forma que toma la confrontación imperialista
entre ellos. Cada Estado Nacional "barre para casa" sin aceptar
la más mínima disciplina. Es lo que hemos caracterizado
como cada nación a la suya que traduce, y a su vez agrava, un estado
general de caos imperialista mundial, tal y como previmos hace más
de 10 años con el hundimiento del antiguo bloque soviético:
"el mundo aparece como una inmensa timba en la que cada quien va
a jugar por su cuenta y para sí, en la que las alianzas entre Estados
no tendrán ni mucho menos el carácter de estabilidad de
los bloques, sino que estarán dictadas por las necesidades del
momento. Un mundo de desorden asesino, de caos sanguinario" (Revista
internacional nº 64: "Militarismo y Descomposición").
El capitalismo encierra desde sus primeros estadios una contradicción
irresoluble entre el carácter de la producción que tiende
a ser social y mundial y su modo de apropiación y organización
que es necesariamente privado y nacional. En el genoma del capitalismo
está inscrito el cisma, el enfrentamiento y la destrucción
que nacen de esa contradicción. Esta tendencia era menos visible
en el período ascendente del capitalismo pues lo que dominaba entonces
era la dinámica hacia la formación del mercado mundial.
Esta produjo una unificación objetiva pues sometió los territorios
más significativos del planeta y el intercambio general en todo
el mundo a las relaciones capitalistas de producción (3).
Con la decadencia del capitalismo, la guerra de todos los Estados entre
sí, la batalla de cada imperialismo nacional para escapar de las
contradicciones crecientes del régimen capitalista a costa de sus
rivales, adquiere una virulencia asesina. Fue la época que va desde
1914 y 1945 que provocó dos guerras mundiales. Sin embargo, en
el período de la llamada "guerra fría" (1945-89)
el "todos contra todos" pareció atenuarse al imponerse
una férrea disciplina de bloques, basada en la supremacía
militar, el chantaje estratégico y político y el soborno
económico. Sin embargo, la desaparición de los bloques desde
1989 ha desatado la expresión de los intereses imperialistas nacionales
en toda su furia caótica y destructora : "La fragmentación
de las estructuras y la disciplina de los antiguos bloques imperialistas
ha liberado las rivalidades entre naciones a una escala sin precedentes,
provocando un combate cada vez más caótico, cada uno a la
suya, desde las mayores potencias mundiales hasta los más pequeños
señores de la guerra... Las guerras en la fase actual de descomposición
del capitalismo no son menos imperialistas que las de fases precedentes
de la decadencia pero, en cambio, se han hecho más extensas, más
incontrolables y más difíciles de detener, incluso temporalmente"
("Resolución sobre la situación internacional del XIV
Congreso de la CCI" en Revista internacional nº 106). La fase
de descomposición del capitalismo ha puesto claramente de manifiesto
que "la realidad del capitalismo decadente, a pesar de los antagonismos
imperialistas que lo hacen aparecer momentáneamente como dos unidades
monolíticas enfrentadas, es la tendencia a la dislocación
y la desintegración de sus componentes. La tendencia del capitalismo
decadente es al cisma, el caos, de ahí la necesidad esencial del
socialismo que quiere realizar el mundo como una unidad" (Internationalisme,
Gauche Communiste de France, "Informe sobre la situación internacional",
enero 1945).
Los Estados Unidos son los grandes perdedores de esta situación.
Sus intereses nacionales se identifican con el mantenimiento de un orden
mundial construido en su propio beneficio. Frente a los designios imperialistas
de sus grandes rivales (Alemania, Francia, Gran Bretaña etc.),
frente a la contestación de numerosos Estados con ambiciones regionales
e incluso de sus más fieles aliados (el caso de Israel que desde
1995 está saboteando cada vez más abiertamente la "Pax
Americana"), USA, como "Sheriff Mundial", se ve obligado
a continuos y repetidos golpes de fuerza, auténticos puñetazos
sobre la mesa, como vimos con la Guerra del Golfo o con Kosovo y ahora
en Afganistán.
Pero la actual "cruzada antiterrorista", tiene objetivos mucho
más ambiciosos. En el Golfo, USA se limitó a una apabullante
demostración de fuerza destinada a meter en cintura a sus antiguos
aliados. En Kosovo volvió a exhibir su inmenso poderío militar,
aunque sus "aliados" le jugaron una mala pasada en los "planes
de paz" agarrando cada cual su zona de influencia y frustrando sus
planes. Ahora pretende por un lado marginar totalmente del teatro de guerra
a los aliados infligiéndoles una patente humillación y,
por otra parte, instalar sus posiciones militares de forma estable en
una zona clave como es Asia Central.
En el primer plano, USA ha pedido una "colaboración"
a sus "aliados" consistente en quedarse en el patio de butacas
aplaudiendo las hazañas de los Rambos. El intento de Francia de
enviar un contingente de soldados disfrazado de "ayuda humanitaria"
ha sido bloqueado por USA en Termez en la frontera uzbeka. El "ofrecimiento"
alemán de 3900 soldados ha sido despreciado. Gran Bretaña
que al principio apareció como socio activo de la operación
ha sufrido un bochornoso desplante. El intento de Blair de presentarse
como "Comandante en Jefe" ha sido respondido con el bloqueo
de 6000 soldados desde hace más de una semana. Esta marginación
les ha supuesto a esos países un duro golpe a su rango en el escenario
mundial. El segundo objetivo es más importante. Por primera vez
en toda su historia, los Estados Unidos se instalan, con vocación
de quedarse, en Asia Central, no solo en Afganistán sino también
en dos repúblicas ex soviéticas vecinas (Tayikistán
y Uzbekistán). Esto supone una clara amenaza para China, Rusia,
India e Irán. Sin embargo, su alcance es más profundo: constituye
un paso para establecer un auténtico cerco - una nueva edición
de la vieja política de "contención" que se empleó
con Rusia - a las potencias europeas. Desde las altas montañas
de Asia Central se controla estratégicamente Oriente Medio y el
suministro de petróleo, clave para la economía y la acción
militar de las naciones europeas.
Arropado por la "coalición antiterrorista" y marginados
los "aliados" europeos, Norteamérica puede ahora seguir
sus fechorías bélicas en otros países. Ha puesto
Irak en el punto de mira. Habla también de Yemen y Somalia etc.
Estos nuevos actos de sangre no tendrán como objetivo "perseguir
terroristas" sino que irán dirigidos al fin estratégico
de cercar a los "aliados" europeos.
Como dijimos en el Editorial de la anterior Revista internacional no sabemos
si los autores del crimen de las Torres Gemelas son Bin Laden y sus compinches,
pero lo que sí sabemos es que el beneficiario del crimen ha sido
Estados Unidos como el mismísimo Bush reconoce indirectamente en
su charla radiofónica del 24 de noviembre: "el mal que nos
deseaban los terroristas ha resultado en un bien que nunca habrían
esperado y estos días los americanos tienen muchas razones para
dar las gracias".
Estados Unidos: el bombero pirómano
Analizando la guerra de Kosovo, nuestro XIIIº Congreso internacional,
celebrado en abril de 1999, señalaba que "la guerra actual,
con la nueva desestabilización que representa en la situación
europea y mundial, es una nueva ilustración del dilema en que se
encuentran encerrados actualmente los Estados Unidos. La tendencia al
"cada uno para sí" y la afirmación cada vez más
explícita de las pretensiones imperialistas de sus antiguos aliados,
les obligan de manera creciente a hacer alarde y usar su enorme superioridad
militar. Al mismo tiempo, esa política conduce únicamente
a una agravación mayor todavía del caos que reina ya en
la situación mundial" (Revista internacional nº 97: "Resolución
sobre la situación internacional").
La virulencia de esa contradicción, lejos de atenuarse no ha hecho
sino agravarse en los diez últimos años. Las exhibiciones
apabullantes de su poderío militar logran en un primer momento
que sus rivales plieguen alas y se alineen tras el Gran Padrino. Pero
los efectos son poco duraderos. Tras el Golfo, Alemania se atrevió
a hacer estallar Yugoslavia para lograr una salida al Mediterráneo
vía el mar Adriático. Los objetivos americanos en los Balcanes
fueron frustrados en cuanto terminaron los bombardeos en Kosovo. Los políticos
de Washington han intentado todos los métodos posibles para encauzar
la situación pero han fracasado no tanto por su incompetencia sino
porque las condiciones de evolución del capitalismo en descomposición
juegan en su contra. El puñetazo sobre la mesa intimida a los demás
gángsteres, pero al poco tiempo vuelven a las andadas. Primero
comienzan las intrigas diplomáticas, las sórdidas maniobras,
después vienen las jugadas de desestabilización de tal o
cual país, de tal o cual zona. Más tarde, los acuerdos con
Señores de la guerra locales, finalmente, las operaciones de "injerencia
humanitaria". Todo ello es reproducido a escala regional por Estados
de segunda o tercera división, configurando entre todos un amasijo
sangriento de influencias cruzadas. Es un círculo vicioso que no
hace sino sembrar el mundo de ruina, hambrunas y montañas de cadáveres.
Las grandes potencias, que se presentan como bomberos apagafuegos, son
en realidad, los pirómanos que con nocturnidad y alevosía
rocían previamente con gasolina.
Sin embargo, la situación convierte a Estados Unidos en el principal
bombero pirómano. Las contradicciones propias de su posición
en este período histórico de descomposición capitalista
hacen de él a la vez el pirómano que siembra de incendios
del mundo y el bombero que tiene que apagarlos abriendo nuevos fuegos.
Es una contradicción que revela la profunda gravedad de la situación
mundial. Estados Unidos, principal garante y beneficiario del "orden
mundial" es a la vez quien más lo socava al intentar defenderlo
con sus devastadoras operaciones militares.
En la 1ª y la 2ª Guerra mundial, vimos que eran las potencias
peor dotadas en el reparto imperialista, y por consiguiente las más
débiles (especialmente Alemania) las que desafiaban el estado de
cosas existente poniendo en peligro la "paz mundial". Durante
el período de violenta rivalidad entre la URSS y Estados Unidos,
desde principios de los años 50 hasta finales de los 80, siempre
correspondió el papel desestabilizador al bando más débil,
es decir al bloque ruso. Estados Unidos adoptaría después
una política más ofensiva sobre todo en la carrera de armamento,
aunque podía permitirse el lujo de aparecer como "atacado",
imponiendo así al bloque adverso unos retos que la debilidad económica
de éste le impedían aceptar, lo cual acabó arrastrándolo
a su destrucción.. Pero hoy, como expresión del descenso
del capitalismo en la barbarie, se da la situación absurda de que
Estados Unidos, principal beneficiario del orden mundial y potencia ampliamente
dominante en el mundo tanto en lo militar como en lo económico,
es quien más hace para desafiarlo.
La actual cruzada "antiterrorista" va a seguir indefectiblemente
el mismo camino solo que las dosis de destrucción y de caos que
va a crear serán cualitativa y cuantitativamente más graves
que las resultantes de anteriores operaciones.
Para empezar, en el propio Afganistán no va establecerse la "paz"
y la reconstrucción, sino las premisas para nuevas convulsiones
guerreras. La Alianza del Norte es un conglomerado de Señores de
la Guerra y de facciones tribales que se han soldado momentáneamente
contra el enemigo común. Pero el reparto del poder, las rencillas
entre ellos y los fuegos que azuzarán los diversos padrinos extranjeros
(Rusia, Irán, India) les llevarán a violentos enfrentamientos
como ya ha sido el caso con la toma de Kunduz donde han chocado las tropas
"aliadas" de Dostum y Daud. La relegación, o al menos
la toma de ventajas frente a las facciones que se apoyan en la etnia pastún,
mayoritaria, anuncia la fiereza de la confrontación. USA, que no
tiene ningún interés en una ocupación de todo Afganistán
(4), despliega tropas en Kandahar para apadrinar a los pastunes y contrapesar
a la Alianza.
Para llevar a cabo su intervención en Afganistán, Estados
Unidos necesita el apoyo de Pakistán, país que, a cambio,
ha recibido la confirmación por parte de Estados Unidos de que
apoyarían a las etnias capaces de hacer contrapeso a la Alianza
del Norte, tradicional enemigo de Pakistán y, por lo tanto, obstáculo
en su influencia en Afganistán. Esta "zona de influencia"
es necesaria a Pakistán para darle "profundidad estratégica"
en el encarnizado enfrentamiento que mantiene con la India y cuyo eje
es Cachemira. El ascenso de la influencia de la Alianza del Norte en la
gestión de la situación post-talibán es, pues, una
brecha en el dispositivo de Pakistán frente a India.
India, China, Rusia e Irán, están furiosas por la instalación
de los americanos en Asia central. No han tenido más remedio que
sumarse al Frente "antiterrorista", pero todos sus esfuerzos
se van a dirigir a sabotear por todos los medios las operaciones del Gran
Hermano pues éste amenaza sus intereses vitales. No pueden hacer
otra cosa que responderle con los medios de que disponen: intrigas, operaciones
de desestabilización de zonas clave, apoyo a las fracciones más
díscolas.
En los países árabes e islámicos, la operación
americana no puede sino encender todavía más los odios en
amplios sectores de la población, acentuando los riesgos de desestabilización
y empujando a todas las burguesías de la zona a aumentar sus distancias
respecto a Estados Unidos como se ve actualmente con Arabia Saudita que
manifiesta abiertamente su mal humor.
Del mismo modo, la operación afgana, con el fuerte desprestigio
que provoca en la "causa árabe", es catastrófica
para Arafat que sale debilitado, lo cual facilita las cosas a los planes
israe líes de poner contra las cuerdas a su enemigo palestino con
la consecuencia de una agravación de la guerra abierta que se arrastra
desde hace años.
Japón ha aprovechado la circunstancias para enviar, por primera
vez desde el fin de la Segunda Guerra mundial, una flota naval. Se trata
de un gesto más bien simbólico que muestra cómo el
imperialismo nipón trata de afirmar su potencia despertando un
nuevo frente de tensión que añadirá más fuego
a la situación mundial.
Pero Alemania, Francia y Gran Bretaña, los más perjudicados
por la guerra actual, tienen necesariamente que responder puesla maniobra
americana supone unagrave amenaza ya que es el principio de una estrategia
de "cerco continental" que puede acabar asfixiándolas.
Tendrán que contraatacar, quizá en África, quizá
en los Balcanes, e, imperiosamente, tendrán que acelerar los gastos
militares y los planes de crear brigadas de intervención rápida
en el marco del famoso "Euroejército".
En definitiva, Estados Unidos no logrará estabilizar en su favor
la situación mundial sino que ya desde ahora la está desestabilizando
muy gravemente.
La inestabilidad y las convulsiones guerreras amenazan los países
centrales
Desde 1945 los países centrales del capitalismo (Estados Unidos,
Europa Occidental) han gozado de un largo período de estabilidad
y paz dentro de sus fronteras. El capitalismo mundial, como un todo, se
ha ido hundiendo progresivamente en una dinámica de guerras, destrucción,
hambrunas... pero aquellos han permanecido como un oasis de paz. Pero
esa situación está empezando a cambiar. Las guerras balcánicas
de la década de los 90 fueron el primer aviso. Una guerra devastadora
se instalaba a las puertas de las grandes concentraciones industriales.
En esa línea, los hechos de Nueva York tienen un significado grave
y profundo más allá de su alcance inmediato. Un acto de
guerra ha golpeado directamente a la primera potencia mundial causando
una matanza equivalente a una noche de bombardeos de la aviación.
No estamos afirmando que la guerra se ha instalado, o está próxima
a instalarse, en las grandes metrópolis del planeta. Estamos lejos
de esa situación entre otras razones por la más importante:
el proletariado de esos países, pese a las dificultades que sufre,
se resiste a caer en la degradación moral, el sufrimiento físico,
el terror vital y el sacrificio extenuante que significan soportar cotidianamente
un estado de guerra. Pero esta constatación no nos puede ocultar
la gravedad de lo ocurrido. Unos meses antes, analizando la dinámica
profunda de la situación histórica y sacando lecciones de
las tendencias que encerraba, nuestro XIVº Congreso, en su Resolución
sobre la situación internacional, afirmaba "la clase obrera
puede verse arrastrada a una reacción en cadena de guerras locales
y regionales. Esta apocalipsis no está tan lejana como a primera
vista podría parecer: el rostro de la barbarie está a punto
de tomar una forma material ante nuestros ojos. Hoy la humanidad no hace
frente simplemente a la perspectiva de la barbarie: eldescenso hacia la
barbarie ha comenzado ya y lleva consigo el peligro de demoler toda tentativa
futura de regeneración social" (Revista Internacional nº106).
El significado del ataque de las Torres Gemelas es que la inestabilidad,
la garra sangrienta de acciones terroristas planteadas directamente como
actos de guerra, amenaza de forma mucho más directa a los grandes
Estados industrializados y que, de ahora en adelante, serán cada
vez menos esos "refugios de orden y estabilidad", que hasta
ahora aparentaban (5). Es un elemento de la situación que el proletariado
debe tomar en cuenta pues constituye un nuevo peligro, no solo físico
(los obreros han sido las principales víctimas del golpe de las
Torres Gemelas) sino fundamentalmente político pues el Estado de
las grandes metrópolis "democráticas" aprovecha
la inseguridad y el terror que generan tales acciones para pedir que se
cierren filas a su alrededor para "defender la seguridad nacional"
y se ofrece como "única garantía" frente al caos
y la barbarie.
El terrorismo, como arma utilizada en la guerra entre Estados, no es ninguna
novedad. Lo que resulta "novedoso" es la amplitud del fenómeno
en los últimos años. Los grandes Estados, y tras su estela
los más pequeños, han multiplicado sus relaciones con toda
clase de grupos mafiosos y /o terroristas, tanto para el control de toda
clase de tráficos ilegales que proporcionan lucrativos negocios
como para utilizarlos como elemento de presión contra Estados rivales.
La utilización del IRA por parte de Estados Unidos como medio de
presión sobre Gran Bretaña o de Francia presionando a España
mediante ETA, son dos ejemplos significativos. A su vez, todos los Estados
han desarrollado los "departamentos especiales" en sus ejércitos
y servicios secretos: han preparado comandos de tropa muy especializados,
entrenados para acciones de "guerrilla", sabotaje y terrorismo,
etc.
Esa utilización del arma terrorista acompaña una tendencia
creciente a que en la guerra entre Estados se violen las reglas mínimas,
hasta ahora respetadas, en la confrontación entre ellos. Como dijimos
en las "Tesis sobre la descomposición del capitalismo",
"... la situación mundial se caracteriza por el aumento del
terrorismo, de las capturas de rehenes como medio de guerra entre Estados
en detrimento de las 'leyes' que el capitalismo se había dado en
el pasado para 'reglamentar' los conflictos entre las fracciones de la
clase dirigente" (6).
La reacción de los gobiernos occidentales tras el 11 de septiembre
endureciendo con una inusitada rapidez el arsenal represivo del Estado
muestra de forma inequívoca que han captado el peligro. Estados
Unidos ha dado la medida: instauración de controles de identidad,
suspensión del habeas corpus, tribunales militares secretos, "debate"
sobre la instauración de una tortura "moderada" para
"evitar males mayores" etc. En esta política se desarrollan
armas cuyo destinatarios últimos serán el proletariado y
los revolucionarios, pero lo que revelan ya desde ahora es el riesgo en
ciernes de inestabilidad, de caos, de golpes bajos de rivales, que se
instaura en los países centrales.
El cordón sanitario contra el caos, levantado cual nuevo muro de
Berlín, para proteger a las "grandes democracias" va
a hacerse más vulnerable. Bush ha caracterizado la "cruzada
antiterrorista" como "una guerra larga, en muchos lugares de
la Tierra, que tendrá fases visibles y fases secretas, que exigirá
muchos medios, algunos se darán a conocer, otros no" mostrando
la etapa de convulsiones, de inestabilidad, que va a afectar a los países
centrales.
Para darnos una medida del significado de esas amenazas es útil
referirse a otras épocas históricas. Cuando el Imperio Romano,
en el siglo I de la era cristiana, entra en decadencia, la primera etapa
se caracteriza por violentas convulsiones en su propio centro, Roma. Es
la época de los emperadores "dementes" como Nerón,
Calígula etc. Las "reformas" de los emperadores del siglo
II -época de grandes obras públicas que ha legado los más
imponentes monumentos - alejan las convulsiones del centro arrojándolas
a la periferia que se hunde en un marasmo total y es víctima de
invasiones bárbaras cada vez más victoriosas. El siglo III
ve la vuelta, como un boomerang, de esa avalancha hacia el centro, afectando
cada vez más a Roma y Bizancio. El saqueo de Roma será la
conclusión de ese proceso donde el centro, hasta entonces una fortaleza
inexpugnable, cae como un castillo de naipes a manos de hordas bárbaras.
Ese mismo proceso se anuncia ya, como tendencia progresiva, en el capitalismo
actual. Las guerras, las hambrunas, las ruinas, que en las últimas
décadas han martirizado a millones de seres humanos en los países
subdesarrollados, pueden acabar instalándose con toda su fuerza
destructora en el corazón mismo del capitalismo, si el proletariado
no es capaz de reaccionar a tiempo llevando su lucha hasta la revolución
mundial. Hace casi 90 años, Rosa Luxemburgo anunciaba "el
triunfo del imperialismo lleva a la negación de la civilización,
esporádicamente durante la duración de la guerra y definitivamente
si el período de guerras mundiales que comienza ahora prosigue
sin obstáculos hasta sus últimas consecuencias. Es exactamente
lo que Federico Engels predijo una generación antes que la nuestra,
hace cuarenta años. Estamos hoy situados ante esta elección:
o bien triunfo del imperialismo y decadencia de toda la civilización
como en la Roma antigua, la despoblación, la desolación,
la tendencia a la degeneración, un enorme cementerio; o bien, victoria
del socialismo, es decir, de la lucha consciente del proletariado internacional
contra el imperialismo y contra su método de acción: la
guerra" (La Crisis de la socialdemocracia).
La respuesta de la clase obrera
La escalada guerrera va subiendo peldaños. La época de guerras
fundamentalmente localizadas, alejadas de las grandes metrópolis,
está tocando a su fin. No pasamos a una situación de guerra
generalizada, de guerra mundial, sino a un estadio definido por guerras
de mayor dimensión e implicación mundial y, sobre todo,
por su repercusión más directa en la vida de los países
centrales.
Esta evolución de la situación histórica debe hacer
reflexionar al proletariado. Como decíamos en la Resolución
de nuestro XIVo Congreso, el rostro de la barbarie se hace más
preciso, sus contornos más definidos. La barbarie del atentado
de las Torres Gemelas ha tenido su prolongación en la campaña
guerrera que la burguesía americana ha impuesto a toda la sociedad.
El lenguaje bélico se ha generalizado entre los políticos
americanos de todas las tendencias. Mac Cain, antiguo rival de Bush en
el partido republicano vocifera "que Dios tenga piedad de los terroristas
porque nosotros no la vamos a tener", el secretario de Defensa se
distingue por sus bravatas bélicas y su desprecio arrogante de
las vidas humanas. A propósito de Kunduz dice "quiero talibanes
muertos o prisioneros". Un soldado enardecido por uno de los discursos
del generalísimo Bush declara "después de oír
al presidente tengo ganas de salir a matar enemigos".
"La guerra es un asesinato metódico, organizado, gigantesco.
Para que unos hombres normalmente constituidos asesinen sistemáticamente,
es necesario, en primer lugar, producir una embriaguez apropiada. Desde
siempre, producir esa embriaguez ha sido el método habitual de
los beligerantes. La bestialidad de los pensamientos y de los sentimientos
debe corresponder a la bestialidad de la práctica, debe prepararla
y acompañarla" (Rosa Luxemburgo, op. cit.). Esa presión
sobre el proletariado y la población americana para despertar los
más bajos instintos y catalizar la peor bestialidad ha sido animada
por el Estado americano con sistemáticas campañas de ardor
patriótico, con histerias cuidadosamente cultivadas sobre la amenaza
del ántrax, con increíbles rumores sobre atentados de "los
árabes" etc. Y, de forma más discreta, pero más
cínica y sofisticada, por sus cofrades europeos.
Pero, por fuerte que sea el impacto inmediato de esta campaña -complemento
indispensable del estruendo de las bombas y de los aviones - no estamos
ni mucho menos en la situación que combatía Rosa Luxemburgo
en 1914 o la de 1939, en las que el proletariado fue masivamente arrastrado
a la guerra. Hoy, la tendencia de la sociedad mundial es hacia el desarrollo
de la lucha de clase del proletariado y no hacia la guerra mundial generalizada.
Las condiciones de embriaguez patriótica, de odio bestial hacia
los pueblos designados como enemigos, de aceptar ser pisoteados todos
los días en las fábricas, en la oficinas, en la calle, por
las exigencias de la bota militar, de disponibilidad para el asesinato
metódico y sistemático por la "justa causa" enarbolada
por el poder; hoy no están reunidas en el proletariado ni de Estados
Unidos ni de los demás países principales.
¿Quiere eso decir que debemos respirar tranquilos y echarnos a
dormir sin sobresaltos? ¡Ni mucho menos! Hemos puesto de manifiesto
en el informe sobre el curso histórico aprobado por nuestro último
Congreso (7) que en la época actual, fase terminal de descomposición
capitalista, el tiempo no juega a favor del proletariado y cuanto más
se retrase en llegar al nivel de conciencia, unidad y fuerza colectiva
necesarios para abatir el monstruo capitalista, más riesgo correremos
de que las bases del comunismo queden destruidas y de que las capacidades
de unidad, solidaridad y confianza del proletariado se debiliten sin remisión.
El cúmulo de acontecimientos que se ha producido en los 2 últimos
meses ha revelado una brusca aceleración de la situación.
Se han concatenado 3 elementos muy importantes de la situación
mundial:
- la aceleración de la guerra imperialista;
- un salto violento y espectacular de la crisis económica con un
aluvión de despidos ya desde ahora muy superior al del período
1991-93;
- una cascada de medidas represivas, en nombre del "antiterrorismo",
por parte de los Estados más "democráticos".
Asimilar estos acontecimientos, desgajar las perspectivas que encierran,
no es nada fácil. Pese a que no nos han sorprendido, confesamos
sin embargo, que su virulencia y su velocidad han sido muy superiores
a lo esperado y estamos lejos de haber sacado de ellos todas las consecuencias
que contienen. Es pues natural que una cierta perplejidad, combinada con
sentimientos de temor y desarraigo, dominen al proletariado por un cierto
tiempo. Esto ha ocurrido en otras ocasiones. Por ejemplo, ante los momentos
de aceleración de la crisis económica con su cortejo de
ataques, el proletariado no entró inmediatamente en combate pues
en un primer momento se sintió aturdido y sorprendido. Solo posteriormente,
cuando empezó a digerir los acontecimientos, sus luchas surgieron
ampliamente. Así pasó tanto frente a la recesión
abierta de 1974-75, como a las de 1980-82 o 1991-93.
Sin embargo, el hecho de que los tres elementos (crisis, guerra y aumento
del aparato represivo) se presenten a la vez, concatenados y en proporciones
tan enormes, puede, si se desarrolla la combatividad y las luchas en respuesta
al eje central - la agudización de la crisis -, sentar las premisas
de una toma de conciencia más profunda, más global, en las
filas del proletariado.
Las guerras actuales, tal y como se presentan, no hacen fácil la
toma de conciencia sobre su naturaleza pues la maraña de fanatismos
religiosos y étnicos, propios de la descomposición, así
como la proliferación de actos terroristas, son como árboles
que impiden ver el verdadero responsable y los principales culpables:
el capitalismo y las grandes potencias. Igualmente, la burguesía
está muy preparada. No en balde, como dijimos en nuestro anterior
Congreso, "en esta situación cargada de peligros, la burguesía
ha puesto las riendas del gobierno en manos de la corriente política
con mayor capacidad para velar por sus intereses: la socialdemocracia,
la principal corriente responsable del aplastamiento de la revolución
mundial tras 1917-18. La corriente que salvó al capitalismo en
esa época y que vuelve al puesto de mando para asegurar la defensa
de los intereses amenazados de la clase capitalista" ("Resolución
sobre la situación internacional del XIIIo Congreso de la CCI",
en Revista internacional nº 97, 1999).
Esa Izquierda que en la mayoría de países europeos está
en el poder, empuja hacia la guerra pero dando a la vez cancha al pacifismo
y buscando toda clase de justificaciones a los desmanes bélicos
muy consciente de que "desde que la llamada opinión pública
juega un papel en los cálculos de los gobernantes, ¿ha habido
jamás una guerra en la que cada partido beligerante no haya sacado
la espada de la vaina con corazón deprimido, únicamente
para la defensa de la Patria y de su propia causa justa, ante la indigna
invasión del adversario?. Esta leyenda forma parte del arte de
la guerra como la pólvora y el plomo" (Rosa Luxemburgo, op.
cit.)
Estos obstáculos pueden, sin embargo, ser superados por el proletariado
pues posee, de manera global e histórica aunque no esté
presente masivamente en la actualidad, el arma de la conciencia. Porque
"Las revoluciones burguesas, como las del siglo XVIII, avanzan arrolladoramente
de éxito en éxito, sus efectos dramáticos se atropellan,
los hombres y las cosas parecen iluminados por fuegos de artificio, el
éxtasis es el espíritu de cada día; pero estas revoluciones
son de corta vida, llegan enseguida a su apogeo y una larga depresión
se apodera de la sociedad, antes de haber aprendido a asimilarse serenamente
los resultados de su período impetuoso y agresivo. En cambio, las
revoluciones proletarias, como las del siglo XIX, se critican constantemente
a si mismas, se interrumpen constantemente en su propia marcha, vuelven
sobre lo que parecía terminado, para comenzarlo de nuevo, se burlan
concienzuda y cruelmente de las indecisiones, los lados flojos y de la
mezquindad de sus primeros intentos, parece que solo derriban al adversario
para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse
más gigantesco frente a ellas, retroceden constantemente aterradas
ante la vaga inmensidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación
que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan:
Hic Rhodas, hic salta" (Marx, El 18 de Brumario de Luis Bonaparte).
"Para el triunfo definitivo de las tesis expuestas en El Manifiesto,
Marx confiaba tan solo en el desarrollo intelectual de la clase obrera,
que debía resultar inevitablemente de la acción conjunta
y la discusión. Los acontecimientos y las vicisitudes de la lucha
contra el capital, las derrotas, más aún que las victorias,
no podían dejar de hacer ver a los combatientes, la insuficiencia
de todas las panaceas en que hasta entonces habían creído
y de tornarles más capaces de penetrar hasta las verdaderas condiciones
de la emancipación obrera" (8).
Rosa Luxemburgo dice que en el proletariado internacional "tan gigantescos
como sus problemas son sus errores. Ningún plan firmemente elaborado,
ningún ritual ortodoxo válido para todos los tiempos le
muestra el camino a seguir. La experiencia histórica es su único
maestro, su vía dolorosa hacia la libertad está jalonada
no solo de sufrimientos inenarrables sino de incontables errores. La meta
del viaje, la liberación definitiva, depende por entero del proletariado,
de si este aprende de sus propios errores. La autocrítica, la crítica
cruel e implacable que va hasta la raíz del mal, es vida y aliento
para el proletariado. La catástrofe a la que el mundo ha arrojado
al proletariado socialista es una desgracia sin precedentes para la humanidad.
Pero el socialismo está perdido únicamente si el proletariado
es incapaz de medir la envergadura de la catástrofe y se niega
a comprender sus lecciones" (op. cit.).
Las revoluciones burguesas fueron actos mucho más conscientes que
los procesos sociales que acabaron con el esclavismo y llevaron a los
regímenes feudales. Sin embargo, todavía estuvieron dominadas
por el peso arrollador de los factores objetivos. La revolución
proletaria es la primera en la historia donde el factor determinante es
su conciencia de clase. Este rasgo crucial de la revolución proletaria,
que fue enérgicamente subrayado por los marxistas como acabamos
de ver, tiene aún más fuerza y es más vital ante
la presente situación histórica de descomposición
del capitalismo.
Adalen, 28-11-2001
1) Ver en Revista internacional números 14 y 15 nuestras tomas de posición sobre Terror, Terrorismo y Violencia de Clase. 2) Cf. nuestro artículo " La guerra en Afganistán: ¿estrategia o beneficios petroleros?" en este mismo número. 3) Por eso, es absurdo que hoy se hable de "mundialización". Hace por lo menos un siglo que el mercado mundial se formó y esa capacidad objetiva de unificación de las condiciones de existencia de la gran mayoría de la humanidad que tenía el capitalismo hace ya tiempo que se ha agotado. Sobre el sentido real de la llamada "globalización" ver nuestro artículo "Tras la 'globalización' de la economía la agravación de la crisis del capitalismo" en Revista internacional nº 86. 4) Han aprendido de la ratonera en la que se metieron los rusos en la guerra de 1979-89. 5) Como ya dijimos en la Editorial de la Revista internacional nº 107 no sabemos quien es el verdadero responsable del atentado de 11 de septiembre. Sin embargo, que tal monstruosidad se haya producido es reveladora del avance del caos y la inestabilidad y de sus efectos directos en los países centrales. 6) Publicado en Revista internacional nº 62 y vuelto a publicar en Revista internacional nº 107. 7) Revista internacional no 107, 2001, "Informe sobre el curso histórico". 8) Engels, "Prólogo" a la edición alemana de 1890 de El Manifiesto comunista.
LA PROPAGANDA burguesa norte-americana comparó desde los primeros
instantes el atentado contra el World Trade Center con el ataque japonés
sobre Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941. Esa asimilación tiene
en sí misma un impacto considerable, tanto psicológico,
histórico como político, pues Pearl Harbor fue la causa
de la entrada directa del imperialismo norteamericano en la Segunda Guerra
mundial. Según la campaña ideológica actual que desarrolla
la burguesía norteamericana, en particular en los media, el paralelo
es sencillo directo y evidente:
1) En ambos casos, Estados Unidos fue atacado a traición, por un
ataque sorpresa que lo ha pillado desprevenido. En el primer caso se trataba
de la perfidia del imperialismo japonés, que pretendía cínicamente
negociar con Washington para evitar una guerra cuando en realidad estaba
preparando un ataque sorpresa. En el caso actual, Estados Unidos ha sido
víctima de integristas musulmanes fanáticos, que se habrían
aprovechado de la apertura y de la libertad de la sociedad americana para
cometer una atrocidad cuyas dimensiones no tiene precedentes, y cuyo carácter
criminal pone a sus autores fuera de la civilización.
2) En ambos casos, las muertes provocadas por los ataques sorpresa han
provocado un sentimiento de indignación en unas poblaciones aterrorizadas.
Hubo 2043 muertos en Pearl Harbor, cuya mayoría eran militares
norteamericanos; el crimen es peor en las Torres Gemelas, en las que perecieron
unos 3000 civiles inocentes.
3) En ambos casos, los ataques se han vuelto contra quienes los cometieron.
En vez de aterrorizar a la nación norteamericana y hundirla en
el derrotismo y la sumisión silenciosa, han logrado provocar la
mayor fiebre patriótica en la población, incluida la clase
obrera, lo que ha permitido su alistamiento tras el Estado hacia una guerra
imperialista duradera.
4) Al fin y al cabo, el "Bien", aquí representado por
el "american way of life" democrático y su potencia militar,
triunfa sobre "Mal".
Como todos los mitos ideológicos burguesese, sean cuales sean los
elementos verdaderos que les dan una credibilidad superficial, le historia
de ambas tragedias distantes de sesenta años está cargada
de mentiras, semiverdades y deformaciones interesadas. Esto no es, evidentemente,
una sorpresa. En política, la burguesía como clase siempre
utilizó las mentiras, las falsificaciones, les manipulaciones y
las mentiras. Y esto sigue siendo particularmente justo cuando se trata
de movilizar a la sociedad para la guerra total de los tiempos modernos.
Los fundamentos de esta campaña ideológica de la burguesía
están en total contradicción con la realidad histórica
de ambos acontecimientos. Varios son los hechos que muestran que la burguesía
norteamericana no fue atacada por sorpresa, que en cada uno de esos dos
acontecimientos aceptó con cinismo la muerte de miles de seres
humanos porque así le convenía, para alcanzar sus proyectos
imperialistas y otros objetivos políticos a más largo plazo.
Al haber sido utilizados Pearl Harbor y el atentado del World Trade Center
por la burguesía para alistar el pueblo americano en la guerra,
es necesario examinar brevemente las tareas políticas que la burguesía
debe encarar para preparar la guerra imperialista en el período
decadente del capitalismo. La guerra en este período tiene características
fundamentalmente diferentes de las del período en que fue un sistema
progresista. Antaño las guerras podían tener un papel progresista,
en la medida en que posibilitaban el desarrollo de las fuerzas productivas.
Por esto podemos considerar la Guerra de Secesión en Estados Unidos
como históricamente progresista, al haber destruido aquel sistema
anacrónico esclavista y poner en marcha la industrialización
a gran escala del país, como también fueron progresistas
aquellas guerras nacionales en Europa que permitieron la creación
y unidad de los Estados modernos y por consiguiente la base del desarrollo
del capital nacional de cada país. Esas guerras, de forma general,
podían quedar limitadas al personal militar implicado en el conflicto
y no ocasionaban destrucciones masivas sistemáticas de los medios
de producción así como tampoco de las infraestructuras o
de las poblaciones de las países en guerra.
Las guerras imperialistas de la decadencia del capitalismo tienen características
profundamente diferentes. Mientras que las guerras nacionales de la época
ascendente podían tener la función de sentar las bases para
el avance cualitativo del desarrollo de las fuerzas productivas, las de
la decadencia ya no permiten ese progreso porque el sistema en sí
ya ha alcanzado su más alto nivel de desarrollo histórico.
El capitalismo ya terminó la extensión del mercado mundial,
y todos aquellos mercados extracapitalistas que permitían su expansión
global quedaron integrados en el sistema. La única posibilidad
de extensión que tiene hoy cualquier capital nacional es a costa
de otro: conquistar territorios o mercados controlados por el adversario.
El crecimiento de las rivalidades imperialistas favorece el desarrollo
de alianzas que preparan el terreno para la guerra imperialista generalizada.
En vez de quedar limitada a batallas entre militares profesionales, las
guerras en la decadencia exigen la movilización total de la sociedad,
lo que tiene como consecuencia la emergencia de una forma nueva del Estado:
el capitalismo estatal, cuya función es la de ejercer un control
total sobre cualquier aspecto de la sociedad, para poder abarcar las contradicciones
de clase que amenazan hacerla estallar y también organizar la movilización
exigida por la guerra total moderna.
Sea cual sea el éxito con que haya sido preparada la guerra a nivel
ideológico, la burguesía en decadencia siempre disfraza
sus guerras imperialistas con el mito de la autodefensa contra la tiranía
de la que supuestamente sería víctima. La realidad de la
guerra moderna, con sus destrucciones masivas y sus innumerables muertos,
con toda su barbarie desplegada sobre la humanidad, es tan espantosa,
tan horrible, que el proletariado, pese a estar derrotado e ideológicamente
destrozado, no puede ir al degolladero así como así. Cada
burguesía nacional cuenta mucho con la falsificación de
la realidad para dar la ilusión de que es ella la víctima
de una agresión y que no tiene más remedio que defenderse.
Para justificar los conflictos, tiene que hablar de la necesidad de defender
la madre patria contra las agresiones exteriores y tiránicas, para
esconder las verdaderas razones imperialistas que provocan las guerras
en el capitalismo. ¿Quién podría movilizar a cualquier
población con consignas como: "A oprimir el mundo con nuestro
imperialismo cueste lo que cueste"? En el capitalismo decadente,
el control de los medios de información por el Estado facilita
el lavado de cerebro de la población a través de toda una
serie de mentiras y propaganda.
Durante su historia, la burguesía norteamericana ha sido una adicta
muy especial a esa estratagema que consiste a hacerse pasar por víctima,
y esto incluso antes de la decadencia del capitalismo ya en el siglo XIX.
Así, por ejemplo, "Remember the Alamo" (émonos
de El Álamo") fue la consigna de la guerra de 1845-48 contra
México. Ese grito inmortalizó la "matanza" cometida
por las tropas mexicanas del general Santa Ana de 136 rebeldes norteamericanos
en San Antonio, Texas, que en aquel entonces era territorio mexicano.
Que los mexicanos "sedientos de sangre" propusieran varias veces
a los rebeldes la rendición y permitieran que mujeres y niños
evacuaran El Álamo antes del asalto final no impidió que
la clase dirigente norteamericana pusiera a los defensores de la fortaleza
con la corona del martirio, y utilizara el incidente para movilizar todo
el esfuerzo necesario para la guerra cuyo punto culminante fue la anexión
por Estados Unidos de la mayoría de territorios que hoy son los
estados del Suroeste.
Del mismo modo, la explosión más que sospechosa del acorazado
"Maine" en el puerto de La Habana en 1898 fue el pretexto a
la guerra hispano-norteamericana de 1898 que dio luz a la consigna "Remember
the Maine".
Más recientemente, en 1964, un pretendido ataque contra dos cañoneros
norteamericanos frente a las costas vietnamitas sirvió de pretexto
para la "Resolución sobre el Golfo de Tonkín"
adoptada por el Congreso estadounidense en verano del 64, la cual, a pesar
de no ser una declaración de guerra formal, sirvió de trama
legal para la intervención americana en Vietnam. A pesar de que
la Administración Johnson se enteró al cabo de unas horas
de que no había habido tal "ataque" contra el "Maddox"
y el "Turner Joy", sino que el informe sedebía a un error
de jóvenes oficialesde radar algo nerviosos, la ley sobre la autorización
de intervenir militarmente fue sin embargo presentada al Congreso, y sirvió
de cobertura legal para una guerra que duró hasta la caída
de Saigón en 1975 a manos de las tropas estalinistas.
Es de lo más cierto que la burguesía utilizó el ataque
contra Pearl Harbor para alistar a la población vacilante ante
el esfuerzo de guerra, como utiliza hoy el horror del atentado del 11
de Setiembre para movilizar para otra guerra. Sin embargo, sigue planteándose
la cuestión de saber si Estados Unidos en ambos casos fue atacado
por sorpresa, y hasta qué punto funcionó y ha vuelto a funcionar
el maquiavelismo de la burguesía para provocar o permitir esos
ataques y utilizar en ventaja propia la indignación popular que
provocaron.
En cuanto la CCI denuncia el maquiavelismo de la burguesía, nuestros
críticos nos acusan de no considerar la historia más que
como una sucesión de conspiraciones. No solo entienden al revés
nuestros análisis, sino que además caen en la trampa ideológica
de la burguesía que se esfuerza, en particular a través
de los media, en denigrar a quienes ponen en evidencia las maniobras que
utiliza en su vida política, económica y social, para se
les considere como teóricos irracionales de la conspiración.
Sin embargo, no es algo del otro mundo afirmar hoy que "las mentiras,
el terror, la coerción, el doble juego, la corrupción, los
golpes y los asesinatos políticos" ("Maquiavelismo, conciencia
y unidad de la burguesía", Revista internacional no 31, 1982)
siempre han sido la base del negocio de la clase explotadora a lo largo
de su historia, sea en el feudalismo o en el capitalismo moderno. "La
diferencia entre ambos períodos está en que "patricios
y aristócratas 'hacían ma quia velismo sin saberlo', mientras
que la burguesía es maquiavélica y lo sabe. Ésta
hace del maquiavelismo una 'verdad eterna' porque ella misma se considera
como eterna, porque supone eterna la explotación" (ibid).
En este sentido, las mentiras y manipulaciones, que ya habían utilizado
todas las clases ex plotadoras que la habían precedido enla historia,
se han transformado en características centrales del modo de funcionamiento
de la burguesía mo derna. Ésta, al utilizar la formidable
herramienta de control social que da el capitalismo dirigido por el Estado,
ha alzado el maquiavelismo a su más alta expresión.
La emergencia del capitalismo de Estado en la época de decadencia
capitalista, una forma estatal que concentra el poder en manos de un ejecutivo,
en particular de la burocracia permanente, y que permite al Estado un
poder cada vez más totalitario sobre todos los aspectos de la vida
social y económica, le ha dado a la burguesía medios mucho
más eficaces para poner en ejecución sus esquemas maquiavélicos.
"En el plano de su propia organización para sobrevivir, para
defenderse, la burguesía ha demostrado una inmensa capacidad de
desarrollo de las técnicas de control económico y social,
mucho más allá de los sueños de la clase dominante
en el siglo XIX. En este sentido, la burguesía se ha vuelto 'inteligente'
respecto a la crisis de su sistema socioeconómico" (ídem).
El desarrollo de un sistema de medios de información totalmente
controlados por el Estado, sea con formas jurídicas o por métodos
más flexibles, es un elemento central en el esquema maquiavélico
de la burguesía. "La propaganda, la mentira, es un arma esencial
de la burguesía. Para alimentar su propaganda, la burguesía
no vacila, si es necesario, en provocar acontecimientos" (ídem).
La historia de Estados Unidos está cargada de ejemplos, tanto de
manipulaciones de la opinión pública con respecto a sucesos
como de manipulaciones más importantes a nivel histórico.
Podemos citar como ejemplo de la utilización de sucesos el incidente
ocurrido en 1955 en que el secretario del Presidente para las relaciones
con la prensa, James Hagerty, inventó totalmente un suceso para
esconder la incapacidad del presidente Eisenhower, hospitalizado en Denver
tras una crisis cardiaca. Hagerty organizó para todo el equipo
ministerial un viaje de dos mil millas, de Washington a Denver, para dar
la ilusión de que Eisenhower estaba en buenas condiciones físicas
para presidir un consejo de ministros que nunca se hizo. Un ejemplo más
importante en el plano histórico es la forma con la que fue manipulado
Sadam Husein en 1990 por la embajadora de Estados Unidos en Irak, cuando
ésta le dijo que su país no intervendría en el conflicto
fronterizo entre Irak y Kuwait, haciéndole creer que tenía
la bendición del imperialismo norteamericano para invadir Kuwait.
Estados Unidos aprovechó el pretexto de la invasión para
desencadenar la Guerra del Golfo en 1991, cuyo objetivo era reafirmar
que ellos solos seguían siendo una superpotencia tras el hundimiento
del estalinismo, del bloque del Este y de la consecuente desintegración
del bloque occidental.
Esto no implica en nada que todos los acontecimientos de la sociedad contemporánea
estén necesariamente predeterminados por esquemas secretos preparados
en círculos restringidos de líderes capitalistas. Está
claro que existen enfrentamientos en los círculos dirigentes de
los Estados capitalistas y que sus resultados no se conocen de antemano.
Del mismo modo, el desenlace de los enfrentamientos con la clase obrera
en la lucha de clases no es conocido de antemano por la burguesía.
Por bien planificadas que estén las manipulaciones, siempre pueden
ocurrir accidentes en la historia. De forma general, se ha de tener bien
claro que si la burguesía como clase explotadora es incapaz tanto
de tener una conciencia global y unificada como de entender claramente
el funcionamiento de su sistema y el callejón sin salida que ofrece
a la sociedad, es, sin embargo, consciente de que su sistema se está
hundiendo en una crisis social y económica. "En los más
altos niveles del aparato estatal, es posible, para los que mandan, tener
una especie de tablero global de la situación y de las opciones
que se han de tomar de forma realista para enfrentarla" (idem). Y
aunque no lo haga con conciencia total, la burguesía es más
que capaz de establecer estrategias y tácticas y de aprovecharse
de los mecanismos de control totalitario del capitalismo de Estado para
ponerlas en práctica. Les incumbe a los marxistas revolucionarios
la responsabilidad de denunciar semejantes maniobras y mentiras maquiavélicas.
Hacerse los desentendidos sobre este aspecto de la ofensiva de la clase
dominante por controlar la sociedad es una actitud irresponsable y hace
el juego del enemigo de clase.
El ataque de Pearl Harbor es un ejemplo excelente para entender el funcionamiento
del maquiavelismo de la burguesía. Podemos aprovecharnos de más
de medio siglo de trabajos históricos, de cantidad de investigaciones
hechas por militares y partidos de oposición. Según la versión
oficial de los acontecimientos, el 7 de diciembre de 1941 quedará
en la historia como día de infamia, tal como lo definió
el Presidente Roosevelt. El acontecimiento fue utilizado para movilizar
a la opinión pública a favor de la guerra en 1941, y así
lo presentan los medios de comunicación capitalistas, los libros
escolares y la cultura popular. Numerosas pruebas históricas demuestran
sin embargo que el ataque japonés fue conscientemente provocado
por la política norteamericana; el ataque no vino por sorpresa,
y la administración del presidente Roosevelt tomó con plena
conciencia la decisión de permitir que se realizara con todas sus
consecuencias en pérdidas de vidas humanas y de material naval,
para así tener el pretexto para que Estados Unidos entrara en la
Segunda Guerra mundial. Ya se han sido escrito varios libros sobre el
tema y numerosos documentos se pueden consultar por Internet. Nos limitaremos
aquí en ver los más importantes para ilustrar cómo
funciona el maquiavelismo de la burguesía.
Los acontecimientos de Pearl Harbor ocurrieron en un momento en el que
EE.UU estaba listo para decidirse a entrar en la IIª Guerra mundial
junto a los aliados. La administración del presidente Roosevelt
estaba impaciente para entrar en guerra contra Alemania. Aunque la clase
obrera americana fuese totalmente prisionera de un aparato sindical (en
cuyo seno el partido estalinista desempeñaba una papel significativo)
impuesto por la autoridad del Estado para controlar la lucha de clases
en las industrias clave, aunque estaba empapada de la ideología
del antifascismo, la burguesía estadounidense tenía que
enfrentarse a una fuerte oposición a la guerra, no solo por parte
de la clase obrera, sino en el seno de la propia burguesía. Antes
de Pearl Harbor, los sondeos mostraban que el 60 % de la opinión
pública era desfavorable a la entrada en guerra, y las campañas
de los grupos aislacionistas como "American first" tenían
un apoyo considerable en la burguesía. Por mucho que la Administración
de EE.UU hiciera alarde de su voluntad política y demagógica
de permanecer fuera de la contienda europea, en secreto no cejaba en su
voluntad de encontrar un pretexto para entrar en combate. Los Estados
Unidos violaban cada día más su pretendido neutralismo,
ofreciendo ayuda a los Aliados, transportando importantes cantidades de
material bélico siguiendo el programa "Lend Lease". El
gobierno esperaba forzar a los alemanes a lanzarse a un ataque contra
las fuerzas norteamericanas en el Atlántico Norte, lo cual serviría
de pretexto para entrar en guerra. Al no caer en la trampa el imperialismo
alemán, EE.UU se fijó entonces en Japón. La decisión
de imponer un embargo petrolero a Japón y transferir la flota del
Pacífico de la costa oeste de EE.UU hacia una posición más
expuesta de Hawai fue el motivo y la oportunidad para Japón de
"disparar primero" contra Estados Unidos, y, de este modo, proporcionar
el pretexto para la intervención estadounidense en la guerra imperialista.
En marzo de 1941, el informe secreto del Departamento de la Marina preveía
que si Japón atacaba a EE.UU sería de madrugada, y con un
ataque aéreo sobre Pearl Harbor lanzado desde un portaaviones.
Como lo anotó el consejero presidencial Harold Ickes en un memorándum
de junio de 1941, justo cuando Alemania acababa de atacar a Rusia, "desde
el embargo petrolero a Japón podría crearse una situación
que no solo permitiría sino que facilitaría nuestra entrada
en guerra". En octubre Ickes escribía: "Siempre he pensado
que nuestra entrada en guerra se haría a través de Japón".
A finales de noviembre, Stimson, secretario de Estado de la Guerra reseñó
en su diario sus pláticas con el presidente Roosevelt: "Se
trataba de saber cómo maniobrar para llevarlos (a Japón)
a disparar los primeros sin demasiado peligro para nosotros. A pesar de
los riesgos que implicaba dejarlos disparar primero, nos dábamos
nosotros cuenta de que para recabar el apoyo total del pueblo norteamericano,
mejor era que así hicieran los japoneses para que no cupiera la
menor duda en la mente de nadie de que eran ellos los agresores".
El Informe del Mando de Pearl Harbor, fechado el 20 de octubre de 1944,
describe esta acción maquiavélica tomada con la certeza
de que iban a ser sacrificadas vidas humanas y destruir equipos concluyendo
así: "durante este período decisivo, entre el 27 de
noviembre y el 6 de diciembre de 1941, nos llegaron múltiples informaciones
del más alto nivel al departamento de Estado, al Departamento de
la Marina y de la Guerra, con indicaciones precisas sobre las intenciones
de los japoneses, incluida la hora y la fecha exactas en que el ataque
iba a verificarse" (Army Board Report, Pearl Harbor Attack, cap.
29, pp. 221-230).
Esas informaciones eran las siguientes:
- los servicios secretos USA se habían enterado el 24 de noviembre
de que "estaban listas las operaciones militares ofensivas de Japón";
- esos mismos servicios secretos había recibido el 26 de noviembre
"pruebas evidentes de las intenciones japonesas de lanzar una guerra
ofensiva contra Gran Bretaña y Estados Unidos";
- En un informe también fechado el 26 de noviembre, se señalaba
"una concentración de unidades de la flota japonesa en un
puerto desconocido, listas para entrar en acción ofensiva";
- el 1º de diciembre, "llegaron informaciones precisas procedentes
de tres fuentes independientes, según las cuales Japón iba
a atacar a Gran Bretaña y Estados Unidos, pero que permanecería
en paz con Rusia";
- el 3 de diciembre, "informaciones de que los japoneses destruían
sus códigos secretos y sus máquinas de cifrado fueron la
culminación de esa revelación completa de las intenciones
bélicas de Japón y del ataque inminente. Esto fue analizado…con
el pleno sentido de guerra inmediata".
Esas informaciones de los servicios secretos se entregaban a los funcionarios
de más alto rango del Departamento de Estado y de la Guerra y,
al mismo tiempo, a la Casa Blanca, en donde Roosevelt en persona recibía
dos veces por día información sobre los mensajes japoneses
interceptados. Mientras que los oficiales de los servicios de información
apremiaban para que se enviase con la mayor urgencia una "alerta
de guerra" al Mando Militar de Hawai para así prepararse a
un ataque inminente, los peces gordos civiles y militares decidieron lo
contrario, enviando, en lugar de la alarma, un mensaje que el Mando calificó
de "anodino".
La prueba de que el ataque japonés se conocía de antemano
quedó confirmada por diferentes fuentes entre las cuales artículos
periodísticos y memorias escritas por participantes. Se podía
leer, por ejemplo, en un despacho de la agencia United Press publicado
en el New York Times del 8 de diciembre con el título "El
ataque se esperaba": "Es ahora posible revelar que las fuerzas
armadas estadounidenses estaban enteradas desde hace una semana de que
el ataque iba a ocurrir, de modo que no las sorprendió" (New
York Times, 8/12/1941, p. 13).
En una entrevista de 1944, Eleanor Roosevelt, esposa del Presidente, reconoció
que "el 7 de diciembre no fue ni mucho menos el choque brutal para
el país en el que tanto se ha insistido. Hacía ya tiempo
que se esperaba un acontecimiento así" (New York Times Magazine,
8/10/1944, p. 44) El 20 de junio de 1944, el ministro británico
sir Oliver Littleton declaró ante la Cámara de comercio
americana: "Japón fue impelido a atacar a los americanos en
Pearl Harbor. Es falsificar la historia decir que Norteamérica
se vio forzada a entrar en guerra. Todos saben hacia quiénes iba
la simpatía norteamericana. Es incorrecto hablar de verdadera neutralidad
de EE.UU, incluso antes de su participación en los combates"
(Prang, Pearl Harbor: Verdict of History, p. 39-40).
Winston Churchill confirmó la duplicidad de los dirigentes norteamericanos
en lo que al ataque de Pearl Harbor se refiere, en este fragmento de su
libro The Grand Alliance: "En 1946 se publicaron los resultados de
una investigación del Congreso estadounidense en la que se exponía
cada detalle de los hechos que llevaron a la guerra entre EE.UU y Japón,
y, también, el hecho de que los departamentos militares no enviaron
nunca mensaje alguno de "alerta" a los navíos o las guarniciones
más expuestas. Cada detalle, incluido el texto cifrado de los telegramas
japoneses, se ha expuesto al mundo en cuarenta volúmenes. La fuerza
de EE.UU ha sido suficiente para permitirle soportar esta dura prueba
que exige el espíritu de la Constitución norteamericana.
No es mi intención emitir en estas páginas un juicio sobre
ese espantoso acontecimiento de su historia. Sabemos bien que todas las
eminencias americanas que rodeaban al Presidente, en quien tenían
confianza, se percataban, con tanta perspicacia como yo, de ese terrible
peligro de que Japón acabara atacando las posesiones inglesas y
holandesas en Extremo Oriente evitando tocar a Estados Unidos, de tal
modo que el Congreso americano no habría autorizado la declaración
de guerra. (…) El Presidente y sus hombres de confianza se daban
perfecta cuenta desde hacía tiempo de los graves riesgos que a
Estados Unidos hacía correr su neutralidad en la guerra contra
Hitler y todo lo que éste representaba. Habían sentido duramente
las obligaciones que les imponía el Congreso cuando varios meses
antes, la Cámara de Representantes había reconducido la
ley sobre el servicio militar obligatorio con un solo voto de mayoría,
una ley necesaria sin la cual sus ejércitos habrían sido
desmantelados en medio de las convulsiones que agitaban el mundo. Roosevelt,
Hull, Stimson, Knox, el general Marshall, el almirante Stark y Harry Hopkins
eran todos ellos de la misma opinión. (…) Un ataque japonés
contra Estados Unidos iba a facilitarles considerablemente sus problemas
y sus tareas. ¿Puede uno entonces extrañarse de que hubieran
considerado la forma que iba a tener este ataque, incluso su intensidad,
como algo mucho menos importante que el hecho de que la nación
americana entera se volviera a encontrar unificada en una causa justa
para defender su seguridad como nunca antes lo había estado?"
(Winston Churchill, The Grand Alliance, p. 603).
Es posible que Roosevelt no previera la amplitud de las destrucciones
y de las pérdidas que los japoneses iban a infligir en Pearl Harbor,
pero lo que sí está claro es que estaba dispuesto a sacrificar
vidas y navíos americanos para hacer surgir un sentimiento de odio
en la población y llevarla así hacia la guerra.
Es desde luego más difícil evaluar el maquiavelismo de
la burguesía americana en el caso del atentado del World Trade
Center ocurrido hace poco más de tres meses en el momento en que
escribimos este artículo. No conocemos las investigaciones habidas
desde entonces y que podrían sacar a la luz secretos sobre gente
perteneciente a la clase dominante que habría sido más o
menos cómplice en esos atentados o que, aún estando al corriente
de su preparación, dejaron hacer. Pero como la historia de la clase
dominante lo muestra, y muy especialmente lo de Pearl Harbor, tal posibilidad
es algo perfectamente posible. Si examinamos lo ocurrido recientemente,
basándonos únicamente en lo que ha sido reproducido por
los medios - los cuales, no es casualidad, están totalmente alistados
en la ofensiva política e imperialista actual del gobierno y a
la que le dan todo su apoyo - podemos perfectamente justificar tal hipótesis.
Hagámonos primero la pregunta de ¿a quién beneficia
el crimen políticamente hablando? Sin la menor duda a la clase
dominante norteamericana. Solo ya esta constatación basta para
hacer brotar sospechas sobre el atentado del World Trade Center. Con la
mayor prontitud y sin la menor vacilación, la burguesía
americana ha sacado la mayor ventaja de lo ocurrido el 11 de septiembre
para hacer avanzar sus proyectos tanto en el plano nacional como el internacional:
movilización de la población tras el estado de guerra, fortalecimiento
del aparato represivo del Estado, reafirmación de la superpotencia
americana frente a la tendencia general a que cada país juegue
sus propias bazas en el ruedo internacional.
Inmediatamente tras el atentado, el aparato político americano
y los media fueron requisados para movilizar a la población para
la guerra, en un esfuerzo concertado para superar el llamado "síndrome
de Vietnam" que ha impedido al imperialismo americano durante tres
décadas hacer la guerra. El pretendido "desorden psicológico
de masas" era en realidad la expresión de la resistencia,
especialmente por parte de la clase obrera, a dejarse movilizar tras el
Estado en una guerra imperialista de larga duración y fue en gran
parte responsable de que EE.UU recurriera a guerras locales, mediante
otros países, en su conflicto con el imperialismo ruso durante
los años 70 y 80 o también a intervenciones a corto plazo
y de limitada duración, con el apoyo de bombardeos aéreos
y de misiles más que mediante ataques en tierra, como así
fue en la Guerra del Golfo y en Kosovo. Evidentemente, esa resistencia
no es ni mucho menos el resultado de no se sabe qué desorden psicológico.
Lo que refleja es la incapacidad de la clase dirigente a infligir una
derrota ideológica y política al proletariado, a alistar
a la generación actual de obreros detrás del Estado para
la guerra imperialista, como sí lo consiguió en la preparación
de la IIª Guerra mundial. El editorial de una edición de la
revista Time, publicada justo después del atentado, muestra bien
cómo se ha fomentado la campaña actual de psicosis bélica.
El título desarrollado en ese número "Día de
infamia" evoca de entrada la comparación con Pearl Harbor.
El editorial de Lance Morrow, titulado y castigo" subraya los detalles
de la campaña ideológica que siguió. Escrito en una
publicación que participa en el esfuerzo de propaganda, el artículo
de Morrow ilustra además lo bien que habían entendido los
propagandistas de la clase dominante todos los beneficios que podían
sacar de los atentados del World Trade Center, en comparación con
los atentados precedentes, para manipular a la población para la
guerra gracias a la gran cantidad de víctimas y al enorme dramatismo
de las imágenes: "No podemos vivir un día de infamia
sin que nos embargue un sentimiento de furor. ¡Liberemos nuestro
furor!
Necesitamos un sentimiento de rabia comparable al provocado por Pearl
Harbor! Una indignación despiadada que no se agotará al
cabo de una o dos semanas. (…)
Ha sido un terrorismo cercano a la perfección dramática.
Nunca el espectáculo del Mal había alcanzado una producción
de tal valor. Hasta ahora el público solo había visto los
resultados todavía humeantes: la embajada destruida por una explosión,
los cuarteles en ruinas, el boquete negruzco en el casco del navío.
Esta vez, el primer avión al percutir la primera torre atrajo nuestra
atención. Alertó a los medios, convocó a las cámaras
para poder filmar así la segunda explosión, un estallido
fuera de la realidad…
El Mal posee un instinto teatral y es por eso por lo que en una época
en la que los medios son tan propensos al mal gusto, puede exagerar sus
destrozos gracias al poder de las horrorosas imágenes" (Time
Magazine, número especial, septiembre 2001).
Al mismo tiempo, el aparato político burgués desplegó
y puso en marcha sus planes para reforzar el aparato represivo del Estado.
Una nueva legislación "de seguridad", que legaliza prácticas
que quedaron desautorizadas tras la guerra de Vietnam y el caso Watergate,
así como todo un nuevo arsenal de medidas represivas preparadas,
discutidas, adoptadas y firmadas por el Presidente en un tiempo récord.
Tenemos buenas razones para sospechar que tal legislación ya estaba
preparada desde hacía tiempo para ser puesta en práctica
en el mejormomento. Han detenido a más de 1000 sospechosos, simplemente
por sus apellidos árabes o por llevar ropa oriental, encarcelados
sin acusación precisa y por tiempo indeterminado. Se han congelado
los fondos de organizaciones de las que se sospecha tener simpatías
por Bin Laden y eso sin ningún tipo de proceso judicial. Han restringido
la inmigración, especialmente la procedente de países islámicos,
lo cual es más una respuesta a las preocupaciones permanentes de
la burguesía sobre los flujos de inmigrantes ilegales que intentan
huir de las horribles condiciones de descomposición y de barbarie
que golpean a sus países subdesarrollados, que algo directamente
relacionado con los atentados terroristas.
Del día a la mañana, la crisis terrorista se ha convertido
en explicación de la agravación de la recesión económica
y justificación en los recortes en los presupuestos de programas
sociales, al haber dirigido los fondos disponibles hacia la guerra y la
seguridad nacional. La rapidez con la que se han presentado esas medidas
demuestra que no fueron redactadas en la urgencia, sino preparadas, discutidas
y planificadas para cualquier contingencia.
En el plano internacional, el objetivo real de la guerra contra el terrorismo
no es tanto destruirlo, sino reafirmar con fuerza la dominación
imperialista de Estados Unidos, única superpotencia que queda en
un ruedo internacional cada vez más marcado por los constantes
retos que esa superpotencia debe enfrentar. El desmoronamiento del bloque
del Este en 1989 provocó la rápida disgregación del
bloque occidental, al haber desaparecido lo que le daba cohesión,
es decir la existencia del bloque imperialista ruso. A pesar de su aparente
victoria en la guerra fría, el imperialismo americano se vio ante
una situación mundial en la que las grandes potencias, antiguas
aliadas suyas, y muchos otros países de menor envergadura, se pusieron
a retar su liderazgo, intentando dar salida a sus propias ambiciones imperialistas.
Para forzar a volver a filas a sus antiguos aliados y que éstos
reconocieran quién manda y ordena, Estados Unidos emprendió
en la última década tres operaciones militares de gran envergadura:
la primera contra Irak, luego contra Serbia y ahora contra Afganistán
y la red de Al Qaeda. En los tres casos, el despliegue militar estadounidense
ha forzado a sus "aliados", Francia, Gran Bretaña y Alemania,
a unirse en las "alianzas" dirigidas por EE.UU a riesgo de quedarse
al margen del juego imperialista mundial.
En segundo lugar, basándose únicamente en los medios burgueses
de comunicación, se pueden reunir suficientes elementos probatorios
del más que probable maquiavelismo de la burguesía norteamericana,
por mucho que la única versión oficial autorizada sea que
Estados Unidos no se lo esperaba. Un maquiavelismo consistente en dejar
hacer esos atentados:
Las fuerzas que parecen haber cometido la atrocidad del World Trade Center
no estarían sin duda bajo control del imperialismo americano, pero
sí que eran perfectamente conocidas por sus servicios secretos,
pues, en realidad, habían sido agentes de la CIA durante la guerra
que, gracias a diferentes pandillas afganas, el imperialismo americano
entabló contra el imperialismo ruso en 1979-89. Para contener la
invasión de Afganistán por parte del imperialismo ruso en
1979, la CIA reclutó, entrenó, armó y utilizó
a miles de integristas islámicos para llevar a cabo una guerra
santa, una yihad, contra los rusos. El concepto de yihad estaba más
o menos soterrado en la teología musulmana hasta que el imperialismo
americano lo volvió a resucitar, hace dos décadas, para
sus propios objetivos. Miles de islamistas fueron reclutados por el mundo
musulmán, en Pakistán, en Arabia Saudí en particular.
Fue entonces cuando se oyó hablar por vez primera de Osama Bin
Laden como agente de EE.UU. Tras la retirada de Afganistán del
imperialismo ruso en 1989 y el desplome del gobierno de Kabul en 1992,
el imperialismo americano se retiró de Afganistán, concentrándose
en Oriente Medio y los Balcanes. Cuando luchaban contra los rusos, los
integristas islámicos eran aplaudidos por Ronald Reagan como combatientes
de la "Libertad". Cuando hoy usan la misma brutalidad contra
el imperialismo americano, el presidente Bush dice que son bárbaros
fanáticos que hay que exterminar. Al igual que Timothy Mac Veigh,
el norteamericano fanático de extrema derecha autor del atentado
de Oklahoma City en 1995, educado en la ideología de la guerra
fría, en el odio a los rusos, reclutado por el ejército
USA, los jóvenes reclutados por la CIA para la yihad lo único
que conocieron, en su vida de adultos, es el odio y la guerra. Tanto aquél
como éstos se sintieron traicionados por el imperialismo americano
una vez terminada la guerra fría, volviendo la violencia contra
sus antiguos dueños.
Desde 1996, el FBI investigaba sobre la posibilidad de que hubiese terroristas
que utilizaran escuelas de pilotos norteamericanas para aprender a volar
en jumbo jets: las autoridades anticiparon elmodo operativo de los terroristas
(TheGuardian: "FBI failed to find suspects named before hijackings",
25/09/01).
El piso en Alemania en el que se planificó y coordinó el
atentado estaba vigilado por la policía alemana desde hacía
más de tres años.
El FBI, al igual que otras agencias de contraespionaje estadounidenses,
había recibido avisos e interceptado mensajes según los
cuales se preveía un atentado terrorista coincidiendo con la ceremonia
en la Casa Blanca entre Clinton, Rabin y Arafat. Los servicios secretos
israelíes y franceses avisaron a los norteamericanos. Y por eso
las autoridades de EEUU supieron cuándo se iba a producir el atentado.
¿Y no era esta vez evidente que el objetivo iba a ser el World
Trade Center cuando ya este centro había sido el objetivo de terroristas
islamistas en un atentado de 1993, al ser considerado como símbolo
del capitalismo americano?
En agosto, el FBI detuvo a Zacarías Moussaoui, quien había
despertado las sospechas al empeñarse en entrenarse en una escuela
de pilotos de Minnesota y afirmar que, en la enseñanza, no le interesaban
ni el despegue ni el aterrizaje. A principios de septiembre, las autoridades
francesas mandaron un aviso sobre los vínculos sospechosos entre
Moussaoui y los terroristas. En noviembre, el FBI cambió repentinamente
de opinión desmintiendo que Moussaoui estuviera implicado en el
atentado. En todo caso, el que a unos pilotos no les interesara aprender
a despegar ni atterrizar, dando con ello a sospechar de un posible secuestro
suicida, volvió a hacer surgir las sospechas.
Mohammed Atta, el supuesto organizador del 11 de septiembre, el que, por
lo visto, habría pilotado del primer avión que golpeó
las Torres Gemelas, era alguien muy conocido por las autoridades, pero
llevaba, sin embargo, una vida muy normal, con autorización para
circular libremente por Estados Unidos. Aunque constaba desde hacía
años en las listas de terroristas de especial vigilancia por parte
del Departamento de Estado, sospechoso de haber atentado con bomba contra
un autobús en Israel en 1986, se le había autorizado a salir
de EE.UU y regresar a este país durante estos dos últimos
años. Entre enero y mayo de 2000, estuvo bajo vigilancia de agentes
estadounidenses por sus sospechosas compras en grandes cantidades de productos
químicos idóneos para fabricar bombas. En enero de 2001,
estuvo detenido durante 57 minutos por los servicios de Inmigración
y Naturalización en el aeropuerto internacional de Miami porque
su visado estaba caducado y ya no valía para entrar en EE.UU. Atta
constaba en las listas de vigilancia del Departamento de Estado, el FBI
tenía sospechas sobre alguna gente de que podría recibir
clases de pilotaje en Estados Unidos; a pesar de todo ello, Atta pudo
entrar en el país y matricularse en una escuela de pilotaje. En
abril de 2001, lo detuvo la policía por conducir sin permiso. En
mayo, no se presentó ante el tribunal, se publicó un acta
de busca y captura contra él, pero nunca se le daría cumplimiento.
Se le detuvo dos veces por conducir borracho. A Atta ni se le ocurrió
cambiar de nombre durante su estancia en EE.UU, sino que viajaba, vivía
y estudiaba pilotaje con el suyo verdadero. ¿Es el FBI tan abismalmente
incompetente? ¿Estaba, como lo pretende, tan entorpecido por la
falta de agentes e intérpretes árabes?, ¿no habráuna
explicación más maquiavélica para que las autoridades
le dejaran en libertad una y otra vez? ¿Estaba "protegido"
o sirvió de cabeza de turco? ("Terrorists among us",
Atlanta Journal Constitution, 16/09/01. The Guardian, 25/09/01)
El 23 de agosto de 2001, la CIA hizo llegar una lista de presuntos miembros
de la red de Bin Laden, identificados ya en Estados Unidos o de viaje
a este país, entre los cuales Jalid Al Midhar y Nawak Alhazmi,
que estaban en el avión que chocó contra el Pentágono.
Mucho tiempo antes de los atentados pretendidamente inesperados del 11
de septiembre, Estados Unidos llevaba preparando, desde hacía casi
tres años, en secreto, el terreno para una guerra en Afganistán.
Tras los atentados terroristas contra las embajadas americanas de Dar
es Salam en Tanzania y de Nairobi en Kenia en 1998, el presidente Clinton
autorizó a la CIA a prepararse para posibles acciones contra Bin
Laden, el cual estaba fuera de todo control. Fue por eso por lo que se
establecieron contactos secretos y se abrieron negociaciones con antiguas
repúblicas de la URSS, Uzbekistán y Tayikistán, para
instalar en ellas bases militares con las que dar apoyo logístico
a posibles operaciones y acopiar información. Todo esto no solo
habría de servir para preparar una intervención militar
en Afganistán, sino que ha favorecido una implantación norteamericana
importante en la zona de influencia rusa de Asia central. Por todo ello
se puede decir que aunque EE.UU pretenda que lo alcanzaron por sorpresa,
sí que ya estaba preparado para aprovecharse inmediatamente de
la oportunidad que se le presentó con el atentado contra las Torres
Gemelas y tomar una serie de medidas estratégicas y tácticas
que estaban preparándose desde hacía tiempo.
Es también verosímil que la administración de Estados
Unidos haya impulsado deliberadamente a Bin Laden a lanzar un ataque contra
el país. El diario The Guardian del 22 de septiembre nos lleva
hacia esa hipótesis: "Una investigación del periódico
ha establecido que Osama Bin Laden y los talibanes recibieron amenazas
de un posible ataque militar de EE.UU dos meses antes de los atentados
terroristas contra Nueva York y Washington. Pakistán había
advertido al régimen de Afganistán de la amenaza de una
guerra si los talibanes no entregaban a Osama Bin Laden…Los talibanes
se negaron a someterse, pero la gravedad de la advertencia recibida, plantea
la posibilidad de que el atentado de hace diez días contra el World
Trade Center de Nueva York y contra el Pentágono por Bin Laden,
lejos de proceder de ningún sitio, fue de hecho un ataque preventivo,
como respuesta a lo que Bin Laden consideraba una amenaza de parte de
Estados Unidos…Esa advertencia destinada a los talibanes se lanzó
durante una reunión de cuatro días entre americanos, rusos,
iraníes y pakistaníes en un hotel de Berlín, a mediados
de julio. Esa conferencia, la tercera de una serie llamada 'Brainstorming
sobre Afganistán' pertenece a un método diplomático
clásico conocido bajo el nombre de 'vía nº 2'."
En otras palabras, es muy posible que Estados Unidos no solo no intentara
impedir de verdad el atentado cometido por Bin Laden, sino que, incluso,
por "vía diplomática" semioficial, hubiera provocado
deliberadamente tanto a ése como a los talibanes a que emprendieran
una acción que justificara una réplica militar norteamericana.
Las destrucciones devastadoras y la cantidad de muertos han sido la piedra
angular de la campaña ideológica lanzada tras el desastre
de las Torres Gemelas. Durante semanas, los miembros del gobierno y los
media nos han repetido hasta la saciedad las 6000 vidas perdidas en el
World Trade Center, o sea dos veces más que en Pearl Harbor. El
jefe de Estado Mayor repitió esas cifras en una entrevista a una
cadena nacional de televisión a principios de noviembre (entrevista
al general Richard Myers, presidente de Jefes de E.M. en el canal NBC,
el 4/11/01). Sin embargo, hay indicios de que esos cómputos, cuya
única finalidad es apoyar la propaganda con todo su peso emotivo,
son muy exagerados. Las estadísticas realizadas por agencias de
prensa independientes han estimado el total en menos de 3000muertos, o
sea lo equivalente a las pérdidas sufridas en Pearl Harbor. Por
ejemplo, el New York Times establece el total en 2943, la agencia Associated
Press en 2626 y el diario USA Today en 2680. La Cruz Roja norteamericana,
que distribuye ayudas financieras a las familias de las víctimas,
sólo ha tratado 2563 demandas. El gobierno se ha negado a entregar
a la Cruz Roja la copia de la lista oficial, por ahora secreta, de las
víctimas del World Trade Center ("Numbers vary in tallies
of the victims", New York Times, 25/10/01). Mientras tanto, los políticos
y los media siguen utilizando, por necesidades de propaganda, la cifra
muy sobrevalorada de 5000-6000 muertos o desaparecidos, cifra ahora ya
incrustada en las conciencias populares.
El gobierno de EE.UU no ha desvelado públicamente las pruebas de
la responsabilidad de Bin Laden en los atentados. Recientemente, mientras
proseguían las operaciones militares, Bush anunció que si
capturaban vivo a Bin Laden, éste sería juzgado a puerta
cerrada por un tribunal militar, para así no hacer público
de dónde proceden laspruebas contra él. Rumsfeld, secre
tario de Defensa, ha dicho claramente que prefiere que se mate a Bin Laden
aque se le capture vivo, para evitar asíun juicio. Es perfectamente
lógico pues preguntarse por qué a Estados Unidos le interesa
tanto guardar secretasesas pretendidas pruebas tan evidentes.
¿No es todo eso, en cambio, la prueba por la contraria de que la
Administración estadounidense, o quizás por lo menos la
CIA, estaban al corriente de los atentados contra las Torres, dejando
que ocurrieran? No hace falta ser un maniático que "ve conspiraciones
por doquier" para albergar ese tipo de sospechas. Dejemos a los historiadores
el cuidado de investigar más detalladamente durante los años
venideros, pero a nosotros ni nos sorprendería ni desde luego nos
"escandalizaría" enterarnos de que la burguesía
estadounidense aceptó que hubiera víctimas en esos atentados
del World Trade Center para satisfacer sus intereses políticos.
¿Es el atentado de las Torres Gemelas un nuevo Pearl Harbor?
Contrariamente a la insistencia de los medios de comunicación,
la situación actual no puede ser comparada a la de Pearl Harbor
en el plano histórico. Pearl Harbor ocurrió casi veinte
años después de derrotas que aplastaron al proletariado
mundial política, ideológica e incluso físicamente,
abriéndose así el curso histórico hacia la guerra
imperialista. Esas derrotas fueron un grave peso histórico encima
del proletariado: el fracaso de la Revolución alemana y de la oleada
revolucionaria; la degenera