Revista Internacional nº 108, 1er trimestre 2002

Crisis económica: Recesión sin tapujos

LOS ATENTADOS del 11 de septiembre han sido ampliamenteutilizados por la burguesía para extender el veneno nacionalista, pero también para desviar la atención de la clase obrera de las preocupaciones socioeconómicas y para trastornar su conciencia sobre las verdaderas causas de la profunda recesión que hoy se está extendiendo a nivel mundial. Contrariamente a lo que cuenta la clase dominante, la degradación económica no es el resultado del hundimiento de las Torres Gemelas de Nueva York, por mucho que el atentado haya sido un factor agravante de ella, especialmente en algunos sectores económicos como el transporte aéreo o el turismo. Como así lo afirman los expertos de la OCDE "el freno económico que se inició en EE.UU en el 2000 y alcanzó a otros países se ha transformado en retroceso mundial de la actividad económica que pocos países han podido evitar" (Le Monde, 21/11/01). La crisis actual no tiene nada de específicamente americano. Según los sesudos cálculos de la OCDE, el crecimiento de los 30 países que pertenecen a este organismo no superará el 1 % en 2001, ni en 2002. El sistema capitalista ha entrado en su quinta fase de recesión desde que volviera a presentarse la crisis en el escenario de la historia a finales de los años 60.
Tras la caída del bloque soviético en 1989, la realidad desmintió rápidamente todos los discursos sobre el pretendido nuevo orden mundial que iba a surgir desde entonces. Guerras multiplicadas, genocidios diversos, todo ha puesto en solfa las mentiras de que con el final de la guerra fría, el mundo iba a conocer una era de paz. Los propios institutos de estadística de la clase dominante reconocen, aunque confidencialmente. que la cantidad de conflictos y víctimas desde hace diez años es muy superior en intensidad a la del período de la guerra fría. Hoy, el Bush hijo, definiendo la primera guerra del nuevo milenio como un estado de conflicto permanente, entierra definitivamente las patrañas proferidas por su padre sobre el advenimiento de un nuevo orden internacional. En cambio, hay que reconocer que la propaganda ideológica sobre la victoria de la democracia y del capitalismo ha tenido cierto eco y sigue pesando con fuerza en la conciencia de clase de los explotados. Los trastornos en el ruedo político mundial y la guerra del Golfo pudieron, en gran parte, ocultar la recesión precedente, la de finales de los 80 y principios de los 90. El krach económico del Sudeste asiático en 1997 y las quiebras de Rusia y Brasil en 1998, seguidas por la de Turquía, fueron avisos considerados como limitados; a pesar de ellos, la propaganda siguió con las falaces profecías sobre una nueva era de prosperidad económica, reforzadas por el rebote del crecimiento que se prolongó un poco más de lo normal y la incesante tabarra mediática sobre la "nueva economía". Esta matraca consistía en hacernos tragar que había nacido una especie de nueva revolución tecnológica basada en la informática, las telecomunicaciones e Internet. Hoy, en cambio, cuando la recesión está causando estragos a mansalva con una degradación de las condiciones de vida de la clase obrera, con el riesgo para la burguesía de que quede al desnudo su tinglado de monsergas ideológicas, se trata, para ella, de ocultar al máximo la profundidad de la agonía de su sistema económico ante el proletariado, impedir que éste tome conciencia del atolladero tanto político como económico del capitalismo.


Una profunda recesión


Lo que caracteriza la recesión actual, según los propios comentaristas burgueses, es la rapidez y la intensidad de su despliegue. Estados Unidos, primera economía mundial, se ha visto rápidamente hundido en la recesión. El repliegue del Producto Interior Bruto (PIB) norteamericano está siendo más rápido que el de la recesión anterior. El incremento del desempleo está alcanzando un récord desconocido desde la crisis de 1974. Japón, segunda potencia mundial, no anda mucho mejor. Ese modelo tan alabado durante los años 1970-80 está anémico desde hace más de diez años. Y solo ha sido gracias a los planes de reactivación intensivos y continuos si Japón ha logrado mantenerse dificultosamente a flote con tasas de crecimiento rayanas en el 0 %. Y con todo y eso, la economía japonesa ha vuelto a hundirse en la recesión por tercera vez. Es la mayor crisis desde hace 20 años según dice el FMI: Japón podría conocer dos años consecutivos de contracción de la actividad económica por primera vez desde la IIª Guerra. Tras sus planes de relanzamiento sucesivos, en Japón, la deuda pública que se ha vuelto la más alta de todos los países industrializados, ha venido a añadirse a su endeudamiento bancario sideral. La pública alcanza hoy el 130 % del PIB y alcanzará el 153 % en 2003, pero ya hay quienes predicen que ya será de ¡ 180 % en 2002 ! Esta montaña de deudas que se han ido acumulando no sólo en Japón sino en todos los países desarrollados es un polvorín amenazador a medio plazo. La deuda mundial de todos los agentes económicos (Estados, empresas, familias y banca) se estima grosso modo entre 200 y 300 % del Producto mundial. Esto significa, concretamente, dos cosas: por un lado, el sistema ha adelantado lo equivalente a 2 o 3 veces el producto mundial para paliar así su crisis letal de sobreproducción, pues éste es el cuño que ha marcado el retorno de la crisis económica a principio de los años 1970. Por otro lado, que habría que trabajar dos o tres años por nada si esa deuda tuviera que ser reembolsada de un día para otro. Ese endeudamiento colosal mundial es algo históricamente inédito y es la plasmación del callejón sin salida en el que está metido el sistema capitalista, pero también expresa su capacidad para manipular la ley del valor para así asegurar su perennidad. Se entiende así por qué la burguesía habla de "contracción de la actividad económica", un eufemismo que significa ni más ni menos que se está produciendo un nuevo hundimiento del sistema capitalista en una recesión abierta. Esto es lo que los marxistas llevan poniendo de relieve desde hace tiempo: la recesión es una expresión de la sobreproducción, o sea de la incapacidad del sistema para encontrar salida a nuevas mercancías en un mercado mundial sobresaturado. Si esta deuda masiva puede ser todavía soportada por las economías desarrolladas, está, en cambio, ahogando uno tras otro a los países llamados "emergentes". Mientras la e-economía se transformaba en e-quiebra en los países desarrollados en 2000-2001, los países pretendidamente emergentes se transformaban en sumergibles. En estos, la fragilidad de sus economías los hace incapaces de soportar una deuda de unas cuantas decenas porcentuales del Producto Interior Bruto. Así, tras la crisis de la deuda en México a principios de los años 80, otros países vinieron a aumentar la lista: Brasil, México una vez más en 1994, los países del Sureste asiático, Rusia, Turquía, y hoy Argentina. En cuanto a la zona "euro", la parte del capitalismo que, pretendidamente, iría mejor, ya se están anunciando tasas de crecimiento nulas para el 2002 y una tasa oficial de desempleo que se ha vuelto a incrementar entre 8,5 y 9 % en 2001.
Como podemos comprobar, la crisis hace mayores estragos a medida que pasan las recesiones. Tras los países más pobres del Tercer mundo, que han conocido retrocesos netos de su PIB per cápita desde hace dos o tres décadas, fue la caída del "Segundo mundo", o sea el desmoronamiento económico de los países del bloque del Este. Después le tocó el turno a Japón de quedarse averiado y, ocho años más tarde, al conjunto de los países del Sureste asiático. O sea que lo que durante mucho tiempo se consideró como nuevo polo de desarrollo según los ideológos del capitalismo volvía a su sitio. En los últimos tiempos se han ido hundiendo una tras otra las economías "intermedias", "emergentes" y demás. Hoy la recesión está llamando a las puertas del centro mismo del capitalismo, en los países desarrollados, y ya no solo afecta a las viejas tecnologías (carbón, siderurgia, etc.) o a las ya maduras (astilleros, automóvil, etc.), sino claramente a los sectores punta, los que se consideraban como la flor y nata de la nueva economía, crisol de la nueva revolución industrial: la informática, internet, telecomunicaciones, aeronáutica, etc. En estos ramos industriales, las quiebras, las reestructuraciones, las fusiones y adquisiciones se cuentan por cientos, y por cientos de miles los despidos, acumulándose las bajas salariales y la degradación de las condiciones de trabajo.


Mitos que se desmoronan


La crisis por muy terrible que sea para los explotados sirve, en última instancia, para desgarrar el velo mistificador con el que la clase dominante envuelve su sistema. Se evaporó la euforia con la que terminó el milenio. Es verdad que algunos cometieron la imprudencia de anunciar la recesión como algo inminente tras la quiebra de los países de Sudeste asiático en 1998, seguida poco después por la bancarrota rusa. No sólo no se produjo tal cosa; sino que incluso Estados Unidos tuvo un crecimiento ligeramente mayor entre 1991 y 2000 que en la década anterior y, además, de una duración media sin precedentes desde el siglo XIX. Se asistió además a una carrera desenfrenada por los récords bursátiles, especialmente en el sector de las nuevas tecnologías. Todo ello acompañado a profusión de los discursos sobre la "fuerza renovada del capitalismo", su "capacidad para digerir las crisis financieras" y hacer surgir una "nueva revolución tecnológica" cuyo corazón serían los Estados Unidos. En realidad, poco misterio en todo eso. El crecimiento estadounidense ha estado drogado por tres factores: el primero, y más importante, ha sido el consumo de las familias que han gastado muy por encima de sus ingresos hasta tal punto que el ahorro ¡se ha vuelto negativo! En 1993 las familias americanas consumían 91 % de sus ingresos; en 2000 más de 100%. Esto explica las ganancias bursátiles tan drogadas (especialmente para las familias más ricas) así como la rápida progresión del endeudamiento individual. Este pasó de 85% a 100% del total de los ingresos durante los años 90, o dicho de otro modo, las deudas de las familias americanas es, hoy por hoy, ¡equivalente a un año de sus ingresos! El segundo factor se apoya en la reanudación de la inversión basada, no en el ahorro al ser éste negativo, sino en el afluir de capitales europeos y japoneses, a causa de los tipos de interés más altos en EE.UU, nutriendo así un déficit rápido y colosal de la balanza corriente: 200 mil millones de $ en 1998, 400 mil millones en 2000. El tercer factor, que explica perfectamente la duración excepcional del ciclo, es, en realidad, un efecto paradójico de la crisis financiera de 1998: el regreso de los capitales a las plazas financieras de Europa y EE.UU. El tan cacareado ciclo de alta tecnología estadounidense fue en realidad estimulado por un retorno masivo de los capitales especulativos invertidos en los países del Sudeste asiático para comprar acciones del sector de la "economía-Internet". Esto no ha sido nada extraordinario como para andar especulando sobre el retorno de un pretendido nuevo "ciclo de Kondratiev" basado en no se sabe qué nueva revolución tecnológica. Este ciclo se ha cerrado, además, con una quiebra bursátil que ha sido particularmente severa en el sector que se consideraba precisamente como portador de un nuevo capitalismo.
Un segundo mito que se está gastando seriamente es el pretendido retroceso del capitalismo de Estado a causa del "rumbo neoliberal" de los años 80. En realidad fue la propia iniciativa del Estado la que impuso ese rumbo y no contra él. Además, cuando se consultan las estadísticas se comprueba que a pesar de los veinte años de "neoliberalismo", el peso económico del Estado (más precisamente del sector "no mercantil") no ha retrocedido prácticamente: está, en los 30 países de la OCDE, entre 40 y 45 %, entre 30 a 35 % en Estados Unidos y Japón y 75 a 80 % en los países nórdicos. El peso político de los Estados, por su parte, no ha hecho sino incrementarse. Hoy, como durante todo el siglo XX, el capitalismo de Estado no tiene color político preciso. En Estados Unidos, son los republicanos (la derecha) quienes acaban de tomar la inciativa de un apoyo público a la reactivación y subvención a las compañías aéreas. El Banco Federal, por su parte, que depende totalmente del poder, ha bajado sus tipos de interés a medida que se iba precisando la recesión para así intentar reactivar la máquina económica: ¡pasaron de 6,5% a principios de 2001 a 2 % a finales de año!. En Japón, el Estado ha puesto a flote a los bancos en dos ocasiones y algunos de ellos han sido incluso nacionalizados. En Suiza, es el Estado el que organiza la gigantesca operación de puesta a flote de la compañía aérea nacional Swissair. Incluso en Argentina, con la bendición del FMI y del Banco Mundial, el gobierno ha recurrido a un amplio programa de obras públicas para intentar crear empleos, etc. En el siglo XIX los partidos políticos hicieron del Estado su instrumento por sus intereses; en la decadencia del capitalismo, son los imperativos económicos e imperialistas globales los que dictan la política que debe seguirse sea cual sea el color político del gobierno del momento. Este análisis básico de la Izquierda Comunista se confirmó durante todo el siglo XX y es hoy todavía más actual puesto que lo que está en juego se ha agudizado todavía más.


Ataques sin precedentes contra la clase obrera


Lo que es totalmente cierto es que con el desarrollo de la recesión a nivel internacional, la burguesía va a imponer una nueva y violenta degradación del nivel de vida de la clase obrera. Así, con el pretexto del estado de guerra y en nombre de los intereses superiores de la nación, la burguesía estadounidense aprovecha la ocasión para hacer tragar las medidas de austeridad que la recesión hace necesarias, una recesión que se desarrolla desde hace un año: despidos masivos, esfuerzos productivos incrementados, medidas de excepción en nombre del antiterrorismo pero que servirán sobre todo como terreno de ensayo para mantener el orden social… Por todas las partes del mundo, las curvas del desempleo se han orientado al alza. En años pasados, la burguesía consiguió ocultar una parte de la amplitud real del desempleo con políticas "sociales" - o sea de gestión de la precariedad - o groseras manipulaciones de las estadísticas. En Europa, los presupuestos se están revisando a la baja y se han programado nuevas medidas de austeridad. En nombre de una pretendida estabilidad presupuestaria que al proletariado debe importarle un bledo, la burguesía europea está volviendo al tema de las pensiones, considerando la posibilidad de reducirlas y aumentar la duración de la actividad laboral. Se prevén nuevas medidas para hacer saltar "los frenos al crecimiento" como dicen a medias palabras los expertos de la OCDE, "atenuar las rigideces", "favorecer la oferta de empleo" mediante un incremento de la precariedad laboral y una reducción de todas las indemnizaciones sociales (desempleo, salud, subsidios diversos…) En Japón, el Estado ha planificado una reestructuración de 40 % de los organismos públicos: 17 van a cerrar y 45 serán privatizados. En fin, a la vez que aumentan los ataques contra el proletariado en el centro del capitalismo mundial, la pobreza se incrementa a velocidad de vértigo en los países de la periferia del capitalismo. La situación en los países llamados emergentes es de lo más significativo al respecto. Argentina es en el día de hoy el último ejemplo de todo ello. Citada por el Banco Mundial durante mucho tiempo como modelo, se encuentra ahora en recesión desde hace más de tres años, en una quiebra total. Han estallado huelgas importantes en las principales ciudades obreras del país para protestar contra los ataques del Estado que ha despedido por miles a asalariados de la función pública, ha reducido los salarios de 20 %, ha suspendido los pagos de pensiones y ha privatizado la Seguridad social. Otros países como Venezuela están siendo zarandeados por fuertes tensiones sociales. Otros, como Brasil, Turquía o Rusia siguen estando bajo perfusión y vigilados con lupa. Turquía, por ejemplo, país que debe encontrar cada año entre 50 y 60 mil millones de dólares para financiar su economía, está estrechamente vigilada por el FMI.
A esta situación de atolladero económico, de caos social y de miseria creciente para la clase obrera, a ésta solo le queda una respuesta que dar: desarrollar masivamente sus luchas en su propio terreno de clase en todos los países, pues ninguna "alternancia democrática", ningún cambio de gobierno (como han hecho en Argentina), ninguna política nueva, podrá aportar la más mínima solución a la enfermedad mortal del capitalismo. La generalización y la unificación de los combates del proletariado mundial, hacia el derrocamiento del capitalismo, es la única alternativa capaz de sacar a la sociedad del callejón en que está metida.

C.Mlc

La guerra 'antiterrorista' siembra el terror y la barbarie

LA INTENSIFICACION de la ofensiva de Estados Unidos para mantener su liderazgo mundial ha llevado a ese país a desencadenar, con el pretexto de la lucha antiterrorista, una nueva guerra en Afganistán y desplegar sus tropas en este país. Como ponemos de relieve en el artículo siguiente, lejos de representar no se sabe qué estabilización del mundo, esta escalada guerrera y su conclusión actual, o sea la aplastante victoria americana, es, al contrario, el preludio a nuevas guerras y nuevas matanzas. Desde la redacción de este artículo, la situación en Oriente Medio se ha vuelto a agravar, lo cual merece esta breve toma de posición, previa al editorial mismo.
En la estela de la ofensiva victoriosa americana, que no ha suscitado la menor reacción hostil significativa entre los países árabes, y aprovechándose del debilitamiento causado a Arafat, acusado de tolerancia hacia el terrorismo palestino, Israel está poniendo brutalmente contra las cuerdas al líder de la OLP al mismo tiempo que provoca una nueva oleada de violencia en los territorios ocupados. A los actos de terrorismo ciego cometidos contra la población israelí, el ejército de Israel replica con una violencia tan ciega como aquélla y cuya víctima principal es la población de a pie, muy a menudo niños. Desde los acuerdos de Oslo, Estados Unidos no paró de criticar, incluso descalificar la política de "cuanto peor mejor" de los diferentes gobiernos israelíes, una política basada en sabotear la puesta en práctica del proceso de paz. Esto se debía a que Estados Unidos era perfectamente consciente de la necesidad de limitar a toda costa la agudización de las tensiones entre israelíes y palestinos, pues podían acabar cristalizando en la región la creciente reacción de hostilidad del mundo árabe contra Israel. Una situación así hubiera acabado por repercutir en la política de Estados Unidos, pues este país no podía en ningún caso abandonar Israel, que es su brazo armado en la región. Pero hubiera sido sobre todo una ocasión para algunos países europeos de jugar sus propias bazas mediante el apoyo que habrían aportado a tal o cual fracción nacional de la burguesía, en apoyo de esta o aquella solución diplomática, la que fuera con tal de que fuera diferente de la de Estados Unidos. Hoy la situación es muy otra a causa del enorme ascendiente que sobre el resto del mundo han ganado los Estados Unidos, una ventaja que este país llevará lo más lejos posible. Al asumir plenamente la brutalidad de la ofensiva israelí en los territorios ocupados, Estados Unidos hace todavía más patente la incapacidad actual de cualquier otro país, especialmente de los europeos, para convertirse en pivote de una alternativa a la política estadounidense en Oriente Medio. De todos modos la situación actual, ni más ni menos que la "paz de Oslo", no significará en ningún caso estabilidad, sino que, al contrario, está acumulando las condiciones, sobre todo con el incremento de un profundo sentimiento de odio a Estados Unidos e Israel, para el estallido futuro de esas tensiones.
Estados Unidos ha logrado hoy marginalizar por completo en el ruedo mundial a las potencias europeas (Gran Bretaña, Alemania, Francia), principales rivales suyos, no dejándoles desempeñar el menor papel en el conflicto de Afganistán, si no es el de comparsas en la gestión de la situación dejada por la derrota de los talibanes. En efecto, las tropas de la ONU, mediante las cuales esas potencias pretendían instalarse en aquel país (como así fue en Kosovo), estarán claramente bajo el mando y control norteamericano, interviniendo únicamente como auxiliar del nuevo poder instalado en Kabul por Estados Unidos.
Todas las potencias de segunda o tercera fila, dejadas de lado por ese éxito alcanzado por primera potencia mundial, no van a quedarse, sin embargo, de brazos cruzados. Al contrario, van a hacerlo todo y más, con los medios a su alcance, para poner zancadillas a la política estadounidense, explotando al máximo, entre otras cosas, las tensiones locales alimentadas por la presencia de Estados Unidos. Decir que esa nueva afirmación del orden mundial americano no arregla ninguna de las tensiones que pululan por el mundo queda confirmado en la reanudación de las hostilidades entre dos potencias nucleares, India y Pakistán. Desde el atentado terrorista perpetrado por un grupo islámico en el Parlamento indio el 13 de diciembre de 2001, la tensión no ha cesado entre esos dos países, a niveles nunca alcanzados hasta ahora (como, entre otros hechos, demuestra el que India haya evacuado la población fronteriza en Cachemira).
Por otra parte, el fragor y el humo de las bombas habrán podido durante algún tiempo ocultar la agravación dramática de la crisis económica, pero no por ello han cambiado su realidad. Hoy la recesión es oficial en Japón, se instala en Alemania y en Estados Unidos, mientras que en el resto de Europa el crecimiento se reduce aceleradamente en el momento mismo en que se estrena el euro. Muy significativo de la situación mundial ha sido el desmoronamiento brutal de la economía argentina, la cual, tras cuatro años de recesión, está literalmente en quiebra, con lo que todo eso significa para el proletariado: desempleo, miseria y, por vez primera desde la independencia, la aparición del espectro de la hambruna. Lo que hoy presenciamos en Argentina - un país que hace 40 años se jactaba de pertenecer al "selecto" club de los países "más desarrollados"- es revelador de la perspectiva que nos ofrece el capitalismo.
Argentina por un lado, Afganistán por el otro nos muestran ambos las amenazas: hundimiento económico con sus consecuencias de desempleo, miseria y hambre (ver el artículo correspondiente en esta Revista) y estallido de la barbarie bélica con su cortejo de muertos, destrucción y bestialidad. 8 de enero de 2002
AL BARBARO baño de sangre de las Torres Gemelas, Estados Unidos ha respondido con una Cruzada "Antiterrorista" que está suponiendo nuevos y peores baños de sangre. Las primeras víctimas son los trabajadores, los campesinos, la población de Afganistán, que desde el 7 de octubre están recibiendo un terrible lote de bombas a la vez que los ejércitos locales libran feroces combates.
Muchas personas están muriendo o van a morir; están siendo aniquiladas viviendas, industrias, campos de labranza, hospitales, vías de comunicación; el hambre, las enfermedades, la rapiña están golpeando a la población; miles y miles de refugiados intentan cruzar las fronteras de los países vecinos siendo brutalmente tratados por todos: militares, salteadores de caminos, guardias fronterizos ...
Es una nueva hecatombe que se abate sobre miles y miles de seres humanos. Afganistán lleva ya 23 años de guerra. Ha sufrido la guerra de todas las formas del capitalismo: primero fue el capitalismo pretendidamente "socialista" de la antigua URSS; después el capitalismo "islámico" en sus diferentes versiones - los mujaidines, los talibán - y ahora, la del capitalismo "más capitalista" de todos, el de la primera potencia mundial. Es la barbarie infinita de un sistema que deja de lado la careta engañosa con la que pretende revestirse de dignidad, cultura, derechos, progreso, y muestra su verdadero rostro, el de un organismo agonizante que causa cada vez más guerras, destrucción, hambre... "Avergonzada, deshonrada, nadando en sangre, así vemos a la sociedad capitalista. No como la vemos siempre, desempeñando papeles de paz y rectitud, orden, filosofía, ética, sino como bestia vociferante, orgía de anarquía, vaho pestilente, devastadora de la cultura y la humanidad: así se nos aparece en toda su horrorosa crudeza" (Rosa Luxemburgo, La Crisis de la socialdemocracia, escrito en 1915 contra la Primera Guerra mundial).


Cada nación a la suya y el caos entodas partes


Estados Unidos ha dejado bien claro que su cruzada "antiterrorista" no se limitará a Afganistán. El secretario de defensa anuncia "10 años de guerra", mientras que MrBush, en su charla radiofónica del sábado 24 de noviembre, afirma que "el hundimiento del régimen talibán es solo el principio. Ahora tenemos que dar los pasos más difíciles". También aclara que piensa invadir los países que haga falta con la excusa de que "Estados Unidos no esperará a que los terroristas intenten atacarnos otra vez. Donde sea que se oculten y donde sea que conspiren seremos nosotros quienes atacaremos", precisando que "el Ejército de Estados Unidos deberá actuar en distintas zonas del mundo".
¿Para qué estos planes de barbarie? ¿Son realmente una defensa contra el terrorismo? En el editorial del número anterior de la Revista internacional denunciamos la hipocresía de esa envoltura "antiterrorista". El terrorismo - que puede tomar diversas formas todas ellas ajenas al proletariado (1) - forma parte de la acción corriente de todos los Estados y constituye un arma de guerra cada vez más importante.
¿Es, simplemente, una operación de conquista de los yacimientos petrolíferos de Asia Central, como pretenden grupos del medio político proletario?. No podemos desarrollar aquí el análisis que contiene el "Informe sobre los conflictos imperialistas" de nuestro XIVo Congreso publicado en la Revista internacional nº107 donde afirmamos que "si en los comienzos del imperialismo y después en la decadencia del capitalismo, la guerra se concebía como medio para repartirse los mercados, en el estadio actual se ha convertido en un medio de imponerse como gran potencia, de hacerse respetar, de defender su rango frente a las otras, de salvar la nación. Las guerras no tienen una racionalidad económica, cuestan mucho más de lo que permiten ganar". El objetivo real de la cadena de operaciones bélicas que USA ha abierto en Afganistán es político-estratégico (2). Es una respuesta al creciente desafío a su liderazgo mundial que se ha agudizado tras la guerra de Kosovo y que protagonizan, en primera línea, las potencias europeas - Alemania, Francia -, seguidas por toda clase de potencias regionales, locales e incluso Señores de la Guerra como el propio Bin Laden.
En el Editorial de la Revista anterior expusimos las premisas generales de nuestro análisis: la actual crisis guerrera es un exponente, no solo de la decadencia del capitalismo, que se extiende desde principios del siglo XX, sino de lo que hemos calificado como su fase terminal de descomposición que se puso claramente de manifiesto en 1989 con el hundimiento del antiguo bloque soviético. El rasgo más característico de esta fase última de la decadencia del capitalismo es el enorme desorden que reina tanto en las relaciones entre Estados como en la forma que toma la confrontación imperialista entre ellos. Cada Estado Nacional "barre para casa" sin aceptar la más mínima disciplina. Es lo que hemos caracterizado como cada nación a la suya que traduce, y a su vez agrava, un estado general de caos imperialista mundial, tal y como previmos hace más de 10 años con el hundimiento del antiguo bloque soviético: "el mundo aparece como una inmensa timba en la que cada quien va a jugar por su cuenta y para sí, en la que las alianzas entre Estados no tendrán ni mucho menos el carácter de estabilidad de los bloques, sino que estarán dictadas por las necesidades del momento. Un mundo de desorden asesino, de caos sanguinario" (Revista internacional nº 64: "Militarismo y Descomposición").
El capitalismo encierra desde sus primeros estadios una contradicción irresoluble entre el carácter de la producción que tiende a ser social y mundial y su modo de apropiación y organización que es necesariamente privado y nacional. En el genoma del capitalismo está inscrito el cisma, el enfrentamiento y la destrucción que nacen de esa contradicción. Esta tendencia era menos visible en el período ascendente del capitalismo pues lo que dominaba entonces era la dinámica hacia la formación del mercado mundial. Esta produjo una unificación objetiva pues sometió los territorios más significativos del planeta y el intercambio general en todo el mundo a las relaciones capitalistas de producción (3).
Con la decadencia del capitalismo, la guerra de todos los Estados entre sí, la batalla de cada imperialismo nacional para escapar de las contradicciones crecientes del régimen capitalista a costa de sus rivales, adquiere una virulencia asesina. Fue la época que va desde 1914 y 1945 que provocó dos guerras mundiales. Sin embargo, en el período de la llamada "guerra fría" (1945-89) el "todos contra todos" pareció atenuarse al imponerse una férrea disciplina de bloques, basada en la supremacía militar, el chantaje estratégico y político y el soborno económico. Sin embargo, la desaparición de los bloques desde 1989 ha desatado la expresión de los intereses imperialistas nacionales en toda su furia caótica y destructora : "La fragmentación de las estructuras y la disciplina de los antiguos bloques imperialistas ha liberado las rivalidades entre naciones a una escala sin precedentes, provocando un combate cada vez más caótico, cada uno a la suya, desde las mayores potencias mundiales hasta los más pequeños señores de la guerra... Las guerras en la fase actual de descomposición del capitalismo no son menos imperialistas que las de fases precedentes de la decadencia pero, en cambio, se han hecho más extensas, más incontrolables y más difíciles de detener, incluso temporalmente" ("Resolución sobre la situación internacional del XIV Congreso de la CCI" en Revista internacional nº 106). La fase de descomposición del capitalismo ha puesto claramente de manifiesto que "la realidad del capitalismo decadente, a pesar de los antagonismos imperialistas que lo hacen aparecer momentáneamente como dos unidades monolíticas enfrentadas, es la tendencia a la dislocación y la desintegración de sus componentes. La tendencia del capitalismo decadente es al cisma, el caos, de ahí la necesidad esencial del socialismo que quiere realizar el mundo como una unidad" (Internationalisme, Gauche Communiste de France, "Informe sobre la situación internacional", enero 1945).
Los Estados Unidos son los grandes perdedores de esta situación. Sus intereses nacionales se identifican con el mantenimiento de un orden mundial construido en su propio beneficio. Frente a los designios imperialistas de sus grandes rivales (Alemania, Francia, Gran Bretaña etc.), frente a la contestación de numerosos Estados con ambiciones regionales e incluso de sus más fieles aliados (el caso de Israel que desde 1995 está saboteando cada vez más abiertamente la "Pax Americana"), USA, como "Sheriff Mundial", se ve obligado a continuos y repetidos golpes de fuerza, auténticos puñetazos sobre la mesa, como vimos con la Guerra del Golfo o con Kosovo y ahora en Afganistán.
Pero la actual "cruzada antiterrorista", tiene objetivos mucho más ambiciosos. En el Golfo, USA se limitó a una apabullante demostración de fuerza destinada a meter en cintura a sus antiguos aliados. En Kosovo volvió a exhibir su inmenso poderío militar, aunque sus "aliados" le jugaron una mala pasada en los "planes de paz" agarrando cada cual su zona de influencia y frustrando sus planes. Ahora pretende por un lado marginar totalmente del teatro de guerra a los aliados infligiéndoles una patente humillación y, por otra parte, instalar sus posiciones militares de forma estable en una zona clave como es Asia Central.
En el primer plano, USA ha pedido una "colaboración" a sus "aliados" consistente en quedarse en el patio de butacas aplaudiendo las hazañas de los Rambos. El intento de Francia de enviar un contingente de soldados disfrazado de "ayuda humanitaria" ha sido bloqueado por USA en Termez en la frontera uzbeka. El "ofrecimiento" alemán de 3900 soldados ha sido despreciado. Gran Bretaña que al principio apareció como socio activo de la operación ha sufrido un bochornoso desplante. El intento de Blair de presentarse como "Comandante en Jefe" ha sido respondido con el bloqueo de 6000 soldados desde hace más de una semana. Esta marginación les ha supuesto a esos países un duro golpe a su rango en el escenario mundial. El segundo objetivo es más importante. Por primera vez en toda su historia, los Estados Unidos se instalan, con vocación de quedarse, en Asia Central, no solo en Afganistán sino también en dos repúblicas ex soviéticas vecinas (Tayikistán y Uzbekistán). Esto supone una clara amenaza para China, Rusia, India e Irán. Sin embargo, su alcance es más profundo: constituye un paso para establecer un auténtico cerco - una nueva edición de la vieja política de "contención" que se empleó con Rusia - a las potencias europeas. Desde las altas montañas de Asia Central se controla estratégicamente Oriente Medio y el suministro de petróleo, clave para la economía y la acción militar de las naciones europeas.
Arropado por la "coalición antiterrorista" y marginados los "aliados" europeos, Norteamérica puede ahora seguir sus fechorías bélicas en otros países. Ha puesto Irak en el punto de mira. Habla también de Yemen y Somalia etc. Estos nuevos actos de sangre no tendrán como objetivo "perseguir terroristas" sino que irán dirigidos al fin estratégico de cercar a los "aliados" europeos.
Como dijimos en el Editorial de la anterior Revista internacional no sabemos si los autores del crimen de las Torres Gemelas son Bin Laden y sus compinches, pero lo que sí sabemos es que el beneficiario del crimen ha sido Estados Unidos como el mismísimo Bush reconoce indirectamente en su charla radiofónica del 24 de noviembre: "el mal que nos deseaban los terroristas ha resultado en un bien que nunca habrían esperado y estos días los americanos tienen muchas razones para dar las gracias".


Estados Unidos: el bombero pirómano


Analizando la guerra de Kosovo, nuestro XIIIº Congreso internacional, celebrado en abril de 1999, señalaba que "la guerra actual, con la nueva desestabilización que representa en la situación europea y mundial, es una nueva ilustración del dilema en que se encuentran encerrados actualmente los Estados Unidos. La tendencia al "cada uno para sí" y la afirmación cada vez más explícita de las pretensiones imperialistas de sus antiguos aliados, les obligan de manera creciente a hacer alarde y usar su enorme superioridad militar. Al mismo tiempo, esa política conduce únicamente a una agravación mayor todavía del caos que reina ya en la situación mundial" (Revista internacional nº 97: "Resolución sobre la situación internacional").
La virulencia de esa contradicción, lejos de atenuarse no ha hecho sino agravarse en los diez últimos años. Las exhibiciones apabullantes de su poderío militar logran en un primer momento que sus rivales plieguen alas y se alineen tras el Gran Padrino. Pero los efectos son poco duraderos. Tras el Golfo, Alemania se atrevió a hacer estallar Yugoslavia para lograr una salida al Mediterráneo vía el mar Adriático. Los objetivos americanos en los Balcanes fueron frustrados en cuanto terminaron los bombardeos en Kosovo. Los políticos de Washington han intentado todos los métodos posibles para encauzar la situación pero han fracasado no tanto por su incompetencia sino porque las condiciones de evolución del capitalismo en descomposición juegan en su contra. El puñetazo sobre la mesa intimida a los demás gángsteres, pero al poco tiempo vuelven a las andadas. Primero comienzan las intrigas diplomáticas, las sórdidas maniobras, después vienen las jugadas de desestabilización de tal o cual país, de tal o cual zona. Más tarde, los acuerdos con Señores de la guerra locales, finalmente, las operaciones de "injerencia humanitaria". Todo ello es reproducido a escala regional por Estados de segunda o tercera división, configurando entre todos un amasijo sangriento de influencias cruzadas. Es un círculo vicioso que no hace sino sembrar el mundo de ruina, hambrunas y montañas de cadáveres. Las grandes potencias, que se presentan como bomberos apagafuegos, son en realidad, los pirómanos que con nocturnidad y alevosía rocían previamente con gasolina.
Sin embargo, la situación convierte a Estados Unidos en el principal bombero pirómano. Las contradicciones propias de su posición en este período histórico de descomposición capitalista hacen de él a la vez el pirómano que siembra de incendios del mundo y el bombero que tiene que apagarlos abriendo nuevos fuegos. Es una contradicción que revela la profunda gravedad de la situación mundial. Estados Unidos, principal garante y beneficiario del "orden mundial" es a la vez quien más lo socava al intentar defenderlo con sus devastadoras operaciones militares.
En la 1ª y la 2ª Guerra mundial, vimos que eran las potencias peor dotadas en el reparto imperialista, y por consiguiente las más débiles (especialmente Alemania) las que desafiaban el estado de cosas existente poniendo en peligro la "paz mundial". Durante el período de violenta rivalidad entre la URSS y Estados Unidos, desde principios de los años 50 hasta finales de los 80, siempre correspondió el papel desestabilizador al bando más débil, es decir al bloque ruso. Estados Unidos adoptaría después una política más ofensiva sobre todo en la carrera de armamento, aunque podía permitirse el lujo de aparecer como "atacado", imponiendo así al bloque adverso unos retos que la debilidad económica de éste le impedían aceptar, lo cual acabó arrastrándolo a su destrucción.. Pero hoy, como expresión del descenso del capitalismo en la barbarie, se da la situación absurda de que Estados Unidos, principal beneficiario del orden mundial y potencia ampliamente dominante en el mundo tanto en lo militar como en lo económico, es quien más hace para desafiarlo.
La actual cruzada "antiterrorista" va a seguir indefectiblemente el mismo camino solo que las dosis de destrucción y de caos que va a crear serán cualitativa y cuantitativamente más graves que las resultantes de anteriores operaciones.
Para empezar, en el propio Afganistán no va establecerse la "paz" y la reconstrucción, sino las premisas para nuevas convulsiones guerreras. La Alianza del Norte es un conglomerado de Señores de la Guerra y de facciones tribales que se han soldado momentáneamente contra el enemigo común. Pero el reparto del poder, las rencillas entre ellos y los fuegos que azuzarán los diversos padrinos extranjeros (Rusia, Irán, India) les llevarán a violentos enfrentamientos como ya ha sido el caso con la toma de Kunduz donde han chocado las tropas "aliadas" de Dostum y Daud. La relegación, o al menos la toma de ventajas frente a las facciones que se apoyan en la etnia pastún, mayoritaria, anuncia la fiereza de la confrontación. USA, que no tiene ningún interés en una ocupación de todo Afganistán (4), despliega tropas en Kandahar para apadrinar a los pastunes y contrapesar a la Alianza.
Para llevar a cabo su intervención en Afganistán, Estados Unidos necesita el apoyo de Pakistán, país que, a cambio, ha recibido la confirmación por parte de Estados Unidos de que apoyarían a las etnias capaces de hacer contrapeso a la Alianza del Norte, tradicional enemigo de Pakistán y, por lo tanto, obstáculo en su influencia en Afganistán. Esta "zona de influencia" es necesaria a Pakistán para darle "profundidad estratégica" en el encarnizado enfrentamiento que mantiene con la India y cuyo eje es Cachemira. El ascenso de la influencia de la Alianza del Norte en la gestión de la situación post-talibán es, pues, una brecha en el dispositivo de Pakistán frente a India.
India, China, Rusia e Irán, están furiosas por la instalación de los americanos en Asia central. No han tenido más remedio que sumarse al Frente "antiterrorista", pero todos sus esfuerzos se van a dirigir a sabotear por todos los medios las operaciones del Gran Hermano pues éste amenaza sus intereses vitales. No pueden hacer otra cosa que responderle con los medios de que disponen: intrigas, operaciones de desestabilización de zonas clave, apoyo a las fracciones más díscolas.
En los países árabes e islámicos, la operación americana no puede sino encender todavía más los odios en amplios sectores de la población, acentuando los riesgos de desestabilización y empujando a todas las burguesías de la zona a aumentar sus distancias respecto a Estados Unidos como se ve actualmente con Arabia Saudita que manifiesta abiertamente su mal humor.
Del mismo modo, la operación afgana, con el fuerte desprestigio que provoca en la "causa árabe", es catastrófica para Arafat que sale debilitado, lo cual facilita las cosas a los planes israe líes de poner contra las cuerdas a su enemigo palestino con la consecuencia de una agravación de la guerra abierta que se arrastra desde hace años.
Japón ha aprovechado la circunstancias para enviar, por primera vez desde el fin de la Segunda Guerra mundial, una flota naval. Se trata de un gesto más bien simbólico que muestra cómo el imperialismo nipón trata de afirmar su potencia despertando un nuevo frente de tensión que añadirá más fuego a la situación mundial.
Pero Alemania, Francia y Gran Bretaña, los más perjudicados por la guerra actual, tienen necesariamente que responder puesla maniobra americana supone unagrave amenaza ya que es el principio de una estrategia de "cerco continental" que puede acabar asfixiándolas. Tendrán que contraatacar, quizá en África, quizá en los Balcanes, e, imperiosamente, tendrán que acelerar los gastos militares y los planes de crear brigadas de intervención rápida en el marco del famoso "Euroejército".
En definitiva, Estados Unidos no logrará estabilizar en su favor la situación mundial sino que ya desde ahora la está desestabilizando muy gravemente.


La inestabilidad y las convulsiones guerreras amenazan los países centrales


Desde 1945 los países centrales del capitalismo (Estados Unidos, Europa Occidental) han gozado de un largo período de estabilidad y paz dentro de sus fronteras. El capitalismo mundial, como un todo, se ha ido hundiendo progresivamente en una dinámica de guerras, destrucción, hambrunas... pero aquellos han permanecido como un oasis de paz. Pero esa situación está empezando a cambiar. Las guerras balcánicas de la década de los 90 fueron el primer aviso. Una guerra devastadora se instalaba a las puertas de las grandes concentraciones industriales. En esa línea, los hechos de Nueva York tienen un significado grave y profundo más allá de su alcance inmediato. Un acto de guerra ha golpeado directamente a la primera potencia mundial causando una matanza equivalente a una noche de bombardeos de la aviación.
No estamos afirmando que la guerra se ha instalado, o está próxima a instalarse, en las grandes metrópolis del planeta. Estamos lejos de esa situación entre otras razones por la más importante: el proletariado de esos países, pese a las dificultades que sufre, se resiste a caer en la degradación moral, el sufrimiento físico, el terror vital y el sacrificio extenuante que significan soportar cotidianamente un estado de guerra. Pero esta constatación no nos puede ocultar la gravedad de lo ocurrido. Unos meses antes, analizando la dinámica profunda de la situación histórica y sacando lecciones de las tendencias que encerraba, nuestro XIVº Congreso, en su Resolución sobre la situación internacional, afirmaba "la clase obrera puede verse arrastrada a una reacción en cadena de guerras locales y regionales. Esta apocalipsis no está tan lejana como a primera vista podría parecer: el rostro de la barbarie está a punto de tomar una forma material ante nuestros ojos. Hoy la humanidad no hace frente simplemente a la perspectiva de la barbarie: eldescenso hacia la barbarie ha comenzado ya y lleva consigo el peligro de demoler toda tentativa futura de regeneración social" (Revista Internacional nº106).
El significado del ataque de las Torres Gemelas es que la inestabilidad, la garra sangrienta de acciones terroristas planteadas directamente como actos de guerra, amenaza de forma mucho más directa a los grandes Estados industrializados y que, de ahora en adelante, serán cada vez menos esos "refugios de orden y estabilidad", que hasta ahora aparentaban (5). Es un elemento de la situación que el proletariado debe tomar en cuenta pues constituye un nuevo peligro, no solo físico (los obreros han sido las principales víctimas del golpe de las Torres Gemelas) sino fundamentalmente político pues el Estado de las grandes metrópolis "democráticas" aprovecha la inseguridad y el terror que generan tales acciones para pedir que se cierren filas a su alrededor para "defender la seguridad nacional" y se ofrece como "única garantía" frente al caos y la barbarie.
El terrorismo, como arma utilizada en la guerra entre Estados, no es ninguna novedad. Lo que resulta "novedoso" es la amplitud del fenómeno en los últimos años. Los grandes Estados, y tras su estela los más pequeños, han multiplicado sus relaciones con toda clase de grupos mafiosos y /o terroristas, tanto para el control de toda clase de tráficos ilegales que proporcionan lucrativos negocios como para utilizarlos como elemento de presión contra Estados rivales. La utilización del IRA por parte de Estados Unidos como medio de presión sobre Gran Bretaña o de Francia presionando a España mediante ETA, son dos ejemplos significativos. A su vez, todos los Estados han desarrollado los "departamentos especiales" en sus ejércitos y servicios secretos: han preparado comandos de tropa muy especializados, entrenados para acciones de "guerrilla", sabotaje y terrorismo, etc.
Esa utilización del arma terrorista acompaña una tendencia creciente a que en la guerra entre Estados se violen las reglas mínimas, hasta ahora respetadas, en la confrontación entre ellos. Como dijimos en las "Tesis sobre la descomposición del capitalismo", "... la situación mundial se caracteriza por el aumento del terrorismo, de las capturas de rehenes como medio de guerra entre Estados en detrimento de las 'leyes' que el capitalismo se había dado en el pasado para 'reglamentar' los conflictos entre las fracciones de la clase dirigente" (6). La reacción de los gobiernos occidentales tras el 11 de septiembre endureciendo con una inusitada rapidez el arsenal represivo del Estado muestra de forma inequívoca que han captado el peligro. Estados Unidos ha dado la medida: instauración de controles de identidad, suspensión del habeas corpus, tribunales militares secretos, "debate" sobre la instauración de una tortura "moderada" para "evitar males mayores" etc. En esta política se desarrollan armas cuyo destinatarios últimos serán el proletariado y los revolucionarios, pero lo que revelan ya desde ahora es el riesgo en ciernes de inestabilidad, de caos, de golpes bajos de rivales, que se instaura en los países centrales.
El cordón sanitario contra el caos, levantado cual nuevo muro de Berlín, para proteger a las "grandes democracias" va a hacerse más vulnerable. Bush ha caracterizado la "cruzada antiterrorista" como "una guerra larga, en muchos lugares de la Tierra, que tendrá fases visibles y fases secretas, que exigirá muchos medios, algunos se darán a conocer, otros no" mostrando la etapa de convulsiones, de inestabilidad, que va a afectar a los países centrales.
Para darnos una medida del significado de esas amenazas es útil referirse a otras épocas históricas. Cuando el Imperio Romano, en el siglo I de la era cristiana, entra en decadencia, la primera etapa se caracteriza por violentas convulsiones en su propio centro, Roma. Es la época de los emperadores "dementes" como Nerón, Calígula etc. Las "reformas" de los emperadores del siglo II -época de grandes obras públicas que ha legado los más imponentes monumentos - alejan las convulsiones del centro arrojándolas a la periferia que se hunde en un marasmo total y es víctima de invasiones bárbaras cada vez más victoriosas. El siglo III ve la vuelta, como un boomerang, de esa avalancha hacia el centro, afectando cada vez más a Roma y Bizancio. El saqueo de Roma será la conclusión de ese proceso donde el centro, hasta entonces una fortaleza inexpugnable, cae como un castillo de naipes a manos de hordas bárbaras.
Ese mismo proceso se anuncia ya, como tendencia progresiva, en el capitalismo actual. Las guerras, las hambrunas, las ruinas, que en las últimas décadas han martirizado a millones de seres humanos en los países subdesarrollados, pueden acabar instalándose con toda su fuerza destructora en el corazón mismo del capitalismo, si el proletariado no es capaz de reaccionar a tiempo llevando su lucha hasta la revolución mundial. Hace casi 90 años, Rosa Luxemburgo anunciaba "el triunfo del imperialismo lleva a la negación de la civilización, esporádicamente durante la duración de la guerra y definitivamente si el período de guerras mundiales que comienza ahora prosigue sin obstáculos hasta sus últimas consecuencias. Es exactamente lo que Federico Engels predijo una generación antes que la nuestra, hace cuarenta años. Estamos hoy situados ante esta elección: o bien triunfo del imperialismo y decadencia de toda la civilización como en la Roma antigua, la despoblación, la desolación, la tendencia a la degeneración, un enorme cementerio; o bien, victoria del socialismo, es decir, de la lucha consciente del proletariado internacional contra el imperialismo y contra su método de acción: la guerra" (La Crisis de la socialdemocracia).


La respuesta de la clase obrera

La escalada guerrera va subiendo peldaños. La época de guerras fundamentalmente localizadas, alejadas de las grandes metrópolis, está tocando a su fin. No pasamos a una situación de guerra generalizada, de guerra mundial, sino a un estadio definido por guerras de mayor dimensión e implicación mundial y, sobre todo, por su repercusión más directa en la vida de los países centrales.
Esta evolución de la situación histórica debe hacer reflexionar al proletariado. Como decíamos en la Resolución de nuestro XIVo Congreso, el rostro de la barbarie se hace más preciso, sus contornos más definidos. La barbarie del atentado de las Torres Gemelas ha tenido su prolongación en la campaña guerrera que la burguesía americana ha impuesto a toda la sociedad. El lenguaje bélico se ha generalizado entre los políticos americanos de todas las tendencias. Mac Cain, antiguo rival de Bush en el partido republicano vocifera "que Dios tenga piedad de los terroristas porque nosotros no la vamos a tener", el secretario de Defensa se distingue por sus bravatas bélicas y su desprecio arrogante de las vidas humanas. A propósito de Kunduz dice "quiero talibanes muertos o prisioneros". Un soldado enardecido por uno de los discursos del generalísimo Bush declara "después de oír al presidente tengo ganas de salir a matar enemigos".
"La guerra es un asesinato metódico, organizado, gigantesco. Para que unos hombres normalmente constituidos asesinen sistemáticamente, es necesario, en primer lugar, producir una embriaguez apropiada. Desde siempre, producir esa embriaguez ha sido el método habitual de los beligerantes. La bestialidad de los pensamientos y de los sentimientos debe corresponder a la bestialidad de la práctica, debe prepararla y acompañarla" (Rosa Luxemburgo, op. cit.). Esa presión sobre el proletariado y la población americana para despertar los más bajos instintos y catalizar la peor bestialidad ha sido animada por el Estado americano con sistemáticas campañas de ardor patriótico, con histerias cuidadosamente cultivadas sobre la amenaza del ántrax, con increíbles rumores sobre atentados de "los árabes" etc. Y, de forma más discreta, pero más cínica y sofisticada, por sus cofrades europeos.
Pero, por fuerte que sea el impacto inmediato de esta campaña -complemento indispensable del estruendo de las bombas y de los aviones - no estamos ni mucho menos en la situación que combatía Rosa Luxemburgo en 1914 o la de 1939, en las que el proletariado fue masivamente arrastrado a la guerra. Hoy, la tendencia de la sociedad mundial es hacia el desarrollo de la lucha de clase del proletariado y no hacia la guerra mundial generalizada. Las condiciones de embriaguez patriótica, de odio bestial hacia los pueblos designados como enemigos, de aceptar ser pisoteados todos los días en las fábricas, en la oficinas, en la calle, por las exigencias de la bota militar, de disponibilidad para el asesinato metódico y sistemático por la "justa causa" enarbolada por el poder; hoy no están reunidas en el proletariado ni de Estados Unidos ni de los demás países principales.
¿Quiere eso decir que debemos respirar tranquilos y echarnos a dormir sin sobresaltos? ¡Ni mucho menos! Hemos puesto de manifiesto en el informe sobre el curso histórico aprobado por nuestro último Congreso (7) que en la época actual, fase terminal de descomposición capitalista, el tiempo no juega a favor del proletariado y cuanto más se retrase en llegar al nivel de conciencia, unidad y fuerza colectiva necesarios para abatir el monstruo capitalista, más riesgo correremos de que las bases del comunismo queden destruidas y de que las capacidades de unidad, solidaridad y confianza del proletariado se debiliten sin remisión.
El cúmulo de acontecimientos que se ha producido en los 2 últimos meses ha revelado una brusca aceleración de la situación. Se han concatenado 3 elementos muy importantes de la situación mundial:
- la aceleración de la guerra imperialista;
- un salto violento y espectacular de la crisis económica con un aluvión de despidos ya desde ahora muy superior al del período 1991-93;
- una cascada de medidas represivas, en nombre del "antiterrorismo", por parte de los Estados más "democráticos".
Asimilar estos acontecimientos, desgajar las perspectivas que encierran, no es nada fácil. Pese a que no nos han sorprendido, confesamos sin embargo, que su virulencia y su velocidad han sido muy superiores a lo esperado y estamos lejos de haber sacado de ellos todas las consecuencias que contienen. Es pues natural que una cierta perplejidad, combinada con sentimientos de temor y desarraigo, dominen al proletariado por un cierto tiempo. Esto ha ocurrido en otras ocasiones. Por ejemplo, ante los momentos de aceleración de la crisis económica con su cortejo de ataques, el proletariado no entró inmediatamente en combate pues en un primer momento se sintió aturdido y sorprendido. Solo posteriormente, cuando empezó a digerir los acontecimientos, sus luchas surgieron ampliamente. Así pasó tanto frente a la recesión abierta de 1974-75, como a las de 1980-82 o 1991-93.
Sin embargo, el hecho de que los tres elementos (crisis, guerra y aumento del aparato represivo) se presenten a la vez, concatenados y en proporciones tan enormes, puede, si se desarrolla la combatividad y las luchas en respuesta al eje central - la agudización de la crisis -, sentar las premisas de una toma de conciencia más profunda, más global, en las filas del proletariado.
Las guerras actuales, tal y como se presentan, no hacen fácil la toma de conciencia sobre su naturaleza pues la maraña de fanatismos religiosos y étnicos, propios de la descomposición, así como la proliferación de actos terroristas, son como árboles que impiden ver el verdadero responsable y los principales culpables: el capitalismo y las grandes potencias. Igualmente, la burguesía está muy preparada. No en balde, como dijimos en nuestro anterior Congreso, "en esta situación cargada de peligros, la burguesía ha puesto las riendas del gobierno en manos de la corriente política con mayor capacidad para velar por sus intereses: la socialdemocracia, la principal corriente responsable del aplastamiento de la revolución mundial tras 1917-18. La corriente que salvó al capitalismo en esa época y que vuelve al puesto de mando para asegurar la defensa de los intereses amenazados de la clase capitalista" ("Resolución sobre la situación internacional del XIIIo Congreso de la CCI", en Revista internacional nº 97, 1999).
Esa Izquierda que en la mayoría de países europeos está en el poder, empuja hacia la guerra pero dando a la vez cancha al pacifismo y buscando toda clase de justificaciones a los desmanes bélicos muy consciente de que "desde que la llamada opinión pública juega un papel en los cálculos de los gobernantes, ¿ha habido jamás una guerra en la que cada partido beligerante no haya sacado la espada de la vaina con corazón deprimido, únicamente para la defensa de la Patria y de su propia causa justa, ante la indigna invasión del adversario?. Esta leyenda forma parte del arte de la guerra como la pólvora y el plomo" (Rosa Luxemburgo, op. cit.)
Estos obstáculos pueden, sin embargo, ser superados por el proletariado pues posee, de manera global e histórica aunque no esté presente masivamente en la actualidad, el arma de la conciencia. Porque "Las revoluciones burguesas, como las del siglo XVIII, avanzan arrolladoramente de éxito en éxito, sus efectos dramáticos se atropellan, los hombres y las cosas parecen iluminados por fuegos de artificio, el éxtasis es el espíritu de cada día; pero estas revoluciones son de corta vida, llegan enseguida a su apogeo y una larga depresión se apodera de la sociedad, antes de haber aprendido a asimilarse serenamente los resultados de su período impetuoso y agresivo. En cambio, las revoluciones proletarias, como las del siglo XIX, se critican constantemente a si mismas, se interrumpen constantemente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado, para comenzarlo de nuevo, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que solo derriban al adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas, retroceden constantemente aterradas ante la vaga inmensidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan: Hic Rhodas, hic salta" (Marx, El 18 de Brumario de Luis Bonaparte).
"Para el triunfo definitivo de las tesis expuestas en El Manifiesto, Marx confiaba tan solo en el desarrollo intelectual de la clase obrera, que debía resultar inevitablemente de la acción conjunta y la discusión. Los acontecimientos y las vicisitudes de la lucha contra el capital, las derrotas, más aún que las victorias, no podían dejar de hacer ver a los combatientes, la insuficiencia de todas las panaceas en que hasta entonces habían creído y de tornarles más capaces de penetrar hasta las verdaderas condiciones de la emancipación obrera" (8).
Rosa Luxemburgo dice que en el proletariado internacional "tan gigantescos como sus problemas son sus errores. Ningún plan firmemente elaborado, ningún ritual ortodoxo válido para todos los tiempos le muestra el camino a seguir. La experiencia histórica es su único maestro, su vía dolorosa hacia la libertad está jalonada no solo de sufrimientos inenarrables sino de incontables errores. La meta del viaje, la liberación definitiva, depende por entero del proletariado, de si este aprende de sus propios errores. La autocrítica, la crítica cruel e implacable que va hasta la raíz del mal, es vida y aliento para el proletariado. La catástrofe a la que el mundo ha arrojado al proletariado socialista es una desgracia sin precedentes para la humanidad. Pero el socialismo está perdido únicamente si el proletariado es incapaz de medir la envergadura de la catástrofe y se niega a comprender sus lecciones" (op. cit.).
Las revoluciones burguesas fueron actos mucho más conscientes que los procesos sociales que acabaron con el esclavismo y llevaron a los regímenes feudales. Sin embargo, todavía estuvieron dominadas por el peso arrollador de los factores objetivos. La revolución proletaria es la primera en la historia donde el factor determinante es su conciencia de clase. Este rasgo crucial de la revolución proletaria, que fue enérgicamente subrayado por los marxistas como acabamos de ver, tiene aún más fuerza y es más vital ante la presente situación histórica de descomposición del capitalismo.

Adalen, 28-11-2001

1) Ver en Revista internacional números 14 y 15 nuestras tomas de posición sobre Terror, Terrorismo y Violencia de Clase. 2) Cf. nuestro artículo " La guerra en Afganistán: ¿estrategia o beneficios petroleros?" en este mismo número. 3) Por eso, es absurdo que hoy se hable de "mundialización". Hace por lo menos un siglo que el mercado mundial se formó y esa capacidad objetiva de unificación de las condiciones de existencia de la gran mayoría de la humanidad que tenía el capitalismo hace ya tiempo que se ha agotado. Sobre el sentido real de la llamada "globalización" ver nuestro artículo "Tras la 'globalización' de la economía la agravación de la crisis del capitalismo" en Revista internacional nº 86. 4) Han aprendido de la ratonera en la que se metieron los rusos en la guerra de 1979-89. 5) Como ya dijimos en la Editorial de la Revista internacional nº 107 no sabemos quien es el verdadero responsable del atentado de 11 de septiembre. Sin embargo, que tal monstruosidad se haya producido es reveladora del avance del caos y la inestabilidad y de sus efectos directos en los países centrales. 6) Publicado en Revista internacional nº 62 y vuelto a publicar en Revista internacional nº 107. 7) Revista internacional no 107, 2001, "Informe sobre el curso histórico". 8) Engels, "Prólogo" a la edición alemana de 1890 de El Manifiesto comunista.

Pearl Harbor 1941, 'Torres Gemelas' 2001 : El maquiavelismo de la burguesía

LA PROPAGANDA burguesa norte-americana comparó desde los primeros instantes el atentado contra el World Trade Center con el ataque japonés sobre Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941. Esa asimilación tiene en sí misma un impacto considerable, tanto psicológico, histórico como político, pues Pearl Harbor fue la causa de la entrada directa del imperialismo norteamericano en la Segunda Guerra mundial. Según la campaña ideológica actual que desarrolla la burguesía norteamericana, en particular en los media, el paralelo es sencillo directo y evidente:
1) En ambos casos, Estados Unidos fue atacado a traición, por un ataque sorpresa que lo ha pillado desprevenido. En el primer caso se trataba de la perfidia del imperialismo japonés, que pretendía cínicamente negociar con Washington para evitar una guerra cuando en realidad estaba preparando un ataque sorpresa. En el caso actual, Estados Unidos ha sido víctima de integristas musulmanes fanáticos, que se habrían aprovechado de la apertura y de la libertad de la sociedad americana para cometer una atrocidad cuyas dimensiones no tiene precedentes, y cuyo carácter criminal pone a sus autores fuera de la civilización.
2) En ambos casos, las muertes provocadas por los ataques sorpresa han provocado un sentimiento de indignación en unas poblaciones aterrorizadas. Hubo 2043 muertos en Pearl Harbor, cuya mayoría eran militares norteamericanos; el crimen es peor en las Torres Gemelas, en las que perecieron unos 3000 civiles inocentes.
3) En ambos casos, los ataques se han vuelto contra quienes los cometieron. En vez de aterrorizar a la nación norteamericana y hundirla en el derrotismo y la sumisión silenciosa, han logrado provocar la mayor fiebre patriótica en la población, incluida la clase obrera, lo que ha permitido su alistamiento tras el Estado hacia una guerra imperialista duradera.
4) Al fin y al cabo, el "Bien", aquí representado por el "american way of life" democrático y su potencia militar, triunfa sobre "Mal".
Como todos los mitos ideológicos burguesese, sean cuales sean los elementos verdaderos que les dan una credibilidad superficial, le historia de ambas tragedias distantes de sesenta años está cargada de mentiras, semiverdades y deformaciones interesadas. Esto no es, evidentemente, una sorpresa. En política, la burguesía como clase siempre utilizó las mentiras, las falsificaciones, les manipulaciones y las mentiras. Y esto sigue siendo particularmente justo cuando se trata de movilizar a la sociedad para la guerra total de los tiempos modernos. Los fundamentos de esta campaña ideológica de la burguesía están en total contradicción con la realidad histórica de ambos acontecimientos. Varios son los hechos que muestran que la burguesía norteamericana no fue atacada por sorpresa, que en cada uno de esos dos acontecimientos aceptó con cinismo la muerte de miles de seres humanos porque así le convenía, para alcanzar sus proyectos imperialistas y otros objetivos políticos a más largo plazo.


Las diferentes características de la guerra, en la ascendencia y en la decadencia del capitalismo


Al haber sido utilizados Pearl Harbor y el atentado del World Trade Center por la burguesía para alistar el pueblo americano en la guerra, es necesario examinar brevemente las tareas políticas que la burguesía debe encarar para preparar la guerra imperialista en el período decadente del capitalismo. La guerra en este período tiene características fundamentalmente diferentes de las del período en que fue un sistema progresista. Antaño las guerras podían tener un papel progresista, en la medida en que posibilitaban el desarrollo de las fuerzas productivas. Por esto podemos considerar la Guerra de Secesión en Estados Unidos como históricamente progresista, al haber destruido aquel sistema anacrónico esclavista y poner en marcha la industrialización a gran escala del país, como también fueron progresistas aquellas guerras nacionales en Europa que permitieron la creación y unidad de los Estados modernos y por consiguiente la base del desarrollo del capital nacional de cada país. Esas guerras, de forma general, podían quedar limitadas al personal militar implicado en el conflicto y no ocasionaban destrucciones masivas sistemáticas de los medios de producción así como tampoco de las infraestructuras o de las poblaciones de las países en guerra.
Las guerras imperialistas de la decadencia del capitalismo tienen características profundamente diferentes. Mientras que las guerras nacionales de la época ascendente podían tener la función de sentar las bases para el avance cualitativo del desarrollo de las fuerzas productivas, las de la decadencia ya no permiten ese progreso porque el sistema en sí ya ha alcanzado su más alto nivel de desarrollo histórico. El capitalismo ya terminó la extensión del mercado mundial, y todos aquellos mercados extracapitalistas que permitían su expansión global quedaron integrados en el sistema. La única posibilidad de extensión que tiene hoy cualquier capital nacional es a costa de otro: conquistar territorios o mercados controlados por el adversario. El crecimiento de las rivalidades imperialistas favorece el desarrollo de alianzas que preparan el terreno para la guerra imperialista generalizada. En vez de quedar limitada a batallas entre militares profesionales, las guerras en la decadencia exigen la movilización total de la sociedad, lo que tiene como consecuencia la emergencia de una forma nueva del Estado: el capitalismo estatal, cuya función es la de ejercer un control total sobre cualquier aspecto de la sociedad, para poder abarcar las contradicciones de clase que amenazan hacerla estallar y también organizar la movilización exigida por la guerra total moderna.
Sea cual sea el éxito con que haya sido preparada la guerra a nivel ideológico, la burguesía en decadencia siempre disfraza sus guerras imperialistas con el mito de la autodefensa contra la tiranía de la que supuestamente sería víctima. La realidad de la guerra moderna, con sus destrucciones masivas y sus innumerables muertos, con toda su barbarie desplegada sobre la humanidad, es tan espantosa, tan horrible, que el proletariado, pese a estar derrotado e ideológicamente destrozado, no puede ir al degolladero así como así. Cada burguesía nacional cuenta mucho con la falsificación de la realidad para dar la ilusión de que es ella la víctima de una agresión y que no tiene más remedio que defenderse. Para justificar los conflictos, tiene que hablar de la necesidad de defender la madre patria contra las agresiones exteriores y tiránicas, para esconder las verdaderas razones imperialistas que provocan las guerras en el capitalismo. ¿Quién podría movilizar a cualquier población con consignas como: "A oprimir el mundo con nuestro imperialismo cueste lo que cueste"? En el capitalismo decadente, el control de los medios de información por el Estado facilita el lavado de cerebro de la población a través de toda una serie de mentiras y propaganda.
Durante su historia, la burguesía norteamericana ha sido una adicta muy especial a esa estratagema que consiste a hacerse pasar por víctima, y esto incluso antes de la decadencia del capitalismo ya en el siglo XIX. Así, por ejemplo, "Remember the Alamo" (émonos de El Álamo") fue la consigna de la guerra de 1845-48 contra México. Ese grito inmortalizó la "matanza" cometida por las tropas mexicanas del general Santa Ana de 136 rebeldes norteamericanos en San Antonio, Texas, que en aquel entonces era territorio mexicano. Que los mexicanos "sedientos de sangre" propusieran varias veces a los rebeldes la rendición y permitieran que mujeres y niños evacuaran El Álamo antes del asalto final no impidió que la clase dirigente norteamericana pusiera a los defensores de la fortaleza con la corona del martirio, y utilizara el incidente para movilizar todo el esfuerzo necesario para la guerra cuyo punto culminante fue la anexión por Estados Unidos de la mayoría de territorios que hoy son los estados del Suroeste.
Del mismo modo, la explosión más que sospechosa del acorazado "Maine" en el puerto de La Habana en 1898 fue el pretexto a la guerra hispano-norteamericana de 1898 que dio luz a la consigna "Remember the Maine".
Más recientemente, en 1964, un pretendido ataque contra dos cañoneros norteamericanos frente a las costas vietnamitas sirvió de pretexto para la "Resolución sobre el Golfo de Tonkín" adoptada por el Congreso estadounidense en verano del 64, la cual, a pesar de no ser una declaración de guerra formal, sirvió de trama legal para la intervención americana en Vietnam. A pesar de que la Administración Johnson se enteró al cabo de unas horas de que no había habido tal "ataque" contra el "Maddox" y el "Turner Joy", sino que el informe sedebía a un error de jóvenes oficialesde radar algo nerviosos, la ley sobre la autorización de intervenir militarmente fue sin embargo presentada al Congreso, y sirvió de cobertura legal para una guerra que duró hasta la caída de Saigón en 1975 a manos de las tropas estalinistas.
Es de lo más cierto que la burguesía utilizó el ataque contra Pearl Harbor para alistar a la población vacilante ante el esfuerzo de guerra, como utiliza hoy el horror del atentado del 11 de Setiembre para movilizar para otra guerra. Sin embargo, sigue planteándose la cuestión de saber si Estados Unidos en ambos casos fue atacado por sorpresa, y hasta qué punto funcionó y ha vuelto a funcionar el maquiavelismo de la burguesía para provocar o permitir esos ataques y utilizar en ventaja propia la indignación popular que provocaron.


El maquiavelismo de la burguesía


En cuanto la CCI denuncia el maquiavelismo de la burguesía, nuestros críticos nos acusan de no considerar la historia más que como una sucesión de conspiraciones. No solo entienden al revés nuestros análisis, sino que además caen en la trampa ideológica de la burguesía que se esfuerza, en particular a través de los media, en denigrar a quienes ponen en evidencia las maniobras que utiliza en su vida política, económica y social, para se les considere como teóricos irracionales de la conspiración. Sin embargo, no es algo del otro mundo afirmar hoy que "las mentiras, el terror, la coerción, el doble juego, la corrupción, los golpes y los asesinatos políticos" ("Maquiavelismo, conciencia y unidad de la burguesía", Revista internacional no 31, 1982) siempre han sido la base del negocio de la clase explotadora a lo largo de su historia, sea en el feudalismo o en el capitalismo moderno. "La diferencia entre ambos períodos está en que "patricios y aristócratas 'hacían ma quia velismo sin saberlo', mientras que la burguesía es maquiavélica y lo sabe. Ésta hace del maquiavelismo una 'verdad eterna' porque ella misma se considera como eterna, porque supone eterna la explotación" (ibid). En este sentido, las mentiras y manipulaciones, que ya habían utilizado todas las clases ex plotadoras que la habían precedido enla historia, se han transformado en características centrales del modo de funcionamiento de la burguesía mo derna. Ésta, al utilizar la formidable herramienta de control social que da el capitalismo dirigido por el Estado, ha alzado el maquiavelismo a su más alta expresión.
La emergencia del capitalismo de Estado en la época de decadencia capitalista, una forma estatal que concentra el poder en manos de un ejecutivo, en particular de la burocracia permanente, y que permite al Estado un poder cada vez más totalitario sobre todos los aspectos de la vida social y económica, le ha dado a la burguesía medios mucho más eficaces para poner en ejecución sus esquemas maquiavélicos. "En el plano de su propia organización para sobrevivir, para defenderse, la burguesía ha demostrado una inmensa capacidad de desarrollo de las técnicas de control económico y social, mucho más allá de los sueños de la clase dominante en el siglo XIX. En este sentido, la burguesía se ha vuelto 'inteligente' respecto a la crisis de su sistema socioeconómico" (ídem). El desarrollo de un sistema de medios de información totalmente controlados por el Estado, sea con formas jurídicas o por métodos más flexibles, es un elemento central en el esquema maquiavélico de la burguesía. "La propaganda, la mentira, es un arma esencial de la burguesía. Para alimentar su propaganda, la burguesía no vacila, si es necesario, en provocar acontecimientos" (ídem). La historia de Estados Unidos está cargada de ejemplos, tanto de manipulaciones de la opinión pública con respecto a sucesos como de manipulaciones más importantes a nivel histórico. Podemos citar como ejemplo de la utilización de sucesos el incidente ocurrido en 1955 en que el secretario del Presidente para las relaciones con la prensa, James Hagerty, inventó totalmente un suceso para esconder la incapacidad del presidente Eisenhower, hospitalizado en Denver tras una crisis cardiaca. Hagerty organizó para todo el equipo ministerial un viaje de dos mil millas, de Washington a Denver, para dar la ilusión de que Eisenhower estaba en buenas condiciones físicas para presidir un consejo de ministros que nunca se hizo. Un ejemplo más importante en el plano histórico es la forma con la que fue manipulado Sadam Husein en 1990 por la embajadora de Estados Unidos en Irak, cuando ésta le dijo que su país no intervendría en el conflicto fronterizo entre Irak y Kuwait, haciéndole creer que tenía la bendición del imperialismo norteamericano para invadir Kuwait. Estados Unidos aprovechó el pretexto de la invasión para desencadenar la Guerra del Golfo en 1991, cuyo objetivo era reafirmar que ellos solos seguían siendo una superpotencia tras el hundimiento del estalinismo, del bloque del Este y de la consecuente desintegración del bloque occidental.
Esto no implica en nada que todos los acontecimientos de la sociedad contemporánea estén necesariamente predeterminados por esquemas secretos preparados en círculos restringidos de líderes capitalistas. Está claro que existen enfrentamientos en los círculos dirigentes de los Estados capitalistas y que sus resultados no se conocen de antemano. Del mismo modo, el desenlace de los enfrentamientos con la clase obrera en la lucha de clases no es conocido de antemano por la burguesía. Por bien planificadas que estén las manipulaciones, siempre pueden ocurrir accidentes en la historia. De forma general, se ha de tener bien claro que si la burguesía como clase explotadora es incapaz tanto de tener una conciencia global y unificada como de entender claramente el funcionamiento de su sistema y el callejón sin salida que ofrece a la sociedad, es, sin embargo, consciente de que su sistema se está hundiendo en una crisis social y económica. "En los más altos niveles del aparato estatal, es posible, para los que mandan, tener una especie de tablero global de la situación y de las opciones que se han de tomar de forma realista para enfrentarla" (idem). Y aunque no lo haga con conciencia total, la burguesía es más que capaz de establecer estrategias y tácticas y de aprovecharse de los mecanismos de control totalitario del capitalismo de Estado para ponerlas en práctica. Les incumbe a los marxistas revolucionarios la responsabilidad de denunciar semejantes maniobras y mentiras maquiavélicas. Hacerse los desentendidos sobre este aspecto de la ofensiva de la clase dominante por controlar la sociedad es una actitud irresponsable y hace el juego del enemigo de clase.


El maquiavelismo de la clase dominante norteamericana en el ataque de Pearl Harbor


El ataque de Pearl Harbor es un ejemplo excelente para entender el funcionamiento del maquiavelismo de la burguesía. Podemos aprovecharnos de más de medio siglo de trabajos históricos, de cantidad de investigaciones hechas por militares y partidos de oposición. Según la versión oficial de los acontecimientos, el 7 de diciembre de 1941 quedará en la historia como día de infamia, tal como lo definió el Presidente Roosevelt. El acontecimiento fue utilizado para movilizar a la opinión pública a favor de la guerra en 1941, y así lo presentan los medios de comunicación capitalistas, los libros escolares y la cultura popular. Numerosas pruebas históricas demuestran sin embargo que el ataque japonés fue conscientemente provocado por la política norteamericana; el ataque no vino por sorpresa, y la administración del presidente Roosevelt tomó con plena conciencia la decisión de permitir que se realizara con todas sus consecuencias en pérdidas de vidas humanas y de material naval, para así tener el pretexto para que Estados Unidos entrara en la Segunda Guerra mundial. Ya se han sido escrito varios libros sobre el tema y numerosos documentos se pueden consultar por Internet. Nos limitaremos aquí en ver los más importantes para ilustrar cómo funciona el maquiavelismo de la burguesía.
Los acontecimientos de Pearl Harbor ocurrieron en un momento en el que EE.UU estaba listo para decidirse a entrar en la IIª Guerra mundial junto a los aliados. La administración del presidente Roosevelt estaba impaciente para entrar en guerra contra Alemania. Aunque la clase obrera americana fuese totalmente prisionera de un aparato sindical (en cuyo seno el partido estalinista desempeñaba una papel significativo) impuesto por la autoridad del Estado para controlar la lucha de clases en las industrias clave, aunque estaba empapada de la ideología del antifascismo, la burguesía estadounidense tenía que enfrentarse a una fuerte oposición a la guerra, no solo por parte de la clase obrera, sino en el seno de la propia burguesía. Antes de Pearl Harbor, los sondeos mostraban que el 60 % de la opinión pública era desfavorable a la entrada en guerra, y las campañas de los grupos aislacionistas como "American first" tenían un apoyo considerable en la burguesía. Por mucho que la Administración de EE.UU hiciera alarde de su voluntad política y demagógica de permanecer fuera de la contienda europea, en secreto no cejaba en su voluntad de encontrar un pretexto para entrar en combate. Los Estados Unidos violaban cada día más su pretendido neutralismo, ofreciendo ayuda a los Aliados, transportando importantes cantidades de material bélico siguiendo el programa "Lend Lease". El gobierno esperaba forzar a los alemanes a lanzarse a un ataque contra las fuerzas norteamericanas en el Atlántico Norte, lo cual serviría de pretexto para entrar en guerra. Al no caer en la trampa el imperialismo alemán, EE.UU se fijó entonces en Japón. La decisión de imponer un embargo petrolero a Japón y transferir la flota del Pacífico de la costa oeste de EE.UU hacia una posición más expuesta de Hawai fue el motivo y la oportunidad para Japón de "disparar primero" contra Estados Unidos, y, de este modo, proporcionar el pretexto para la intervención estadounidense en la guerra imperialista. En marzo de 1941, el informe secreto del Departamento de la Marina preveía que si Japón atacaba a EE.UU sería de madrugada, y con un ataque aéreo sobre Pearl Harbor lanzado desde un portaaviones. Como lo anotó el consejero presidencial Harold Ickes en un memorándum de junio de 1941, justo cuando Alemania acababa de atacar a Rusia, "desde el embargo petrolero a Japón podría crearse una situación que no solo permitiría sino que facilitaría nuestra entrada en guerra". En octubre Ickes escribía: "Siempre he pensado que nuestra entrada en guerra se haría a través de Japón". A finales de noviembre, Stimson, secretario de Estado de la Guerra reseñó en su diario sus pláticas con el presidente Roosevelt: "Se trataba de saber cómo maniobrar para llevarlos (a Japón) a disparar los primeros sin demasiado peligro para nosotros. A pesar de los riesgos que implicaba dejarlos disparar primero, nos dábamos nosotros cuenta de que para recabar el apoyo total del pueblo norteamericano, mejor era que así hicieran los japoneses para que no cupiera la menor duda en la mente de nadie de que eran ellos los agresores".
El Informe del Mando de Pearl Harbor, fechado el 20 de octubre de 1944, describe esta acción maquiavélica tomada con la certeza de que iban a ser sacrificadas vidas humanas y destruir equipos concluyendo así: "durante este período decisivo, entre el 27 de noviembre y el 6 de diciembre de 1941, nos llegaron múltiples informaciones del más alto nivel al departamento de Estado, al Departamento de la Marina y de la Guerra, con indicaciones precisas sobre las intenciones de los japoneses, incluida la hora y la fecha exactas en que el ataque iba a verificarse" (Army Board Report, Pearl Harbor Attack, cap. 29, pp. 221-230). Esas informaciones eran las siguientes:
- los servicios secretos USA se habían enterado el 24 de noviembre de que "estaban listas las operaciones militares ofensivas de Japón";
- esos mismos servicios secretos había recibido el 26 de noviembre "pruebas evidentes de las intenciones japonesas de lanzar una guerra ofensiva contra Gran Bretaña y Estados Unidos";
- En un informe también fechado el 26 de noviembre, se señalaba "una concentración de unidades de la flota japonesa en un puerto desconocido, listas para entrar en acción ofensiva";
- el 1º de diciembre, "llegaron informaciones precisas procedentes de tres fuentes independientes, según las cuales Japón iba a atacar a Gran Bretaña y Estados Unidos, pero que permanecería en paz con Rusia";
- el 3 de diciembre, "informaciones de que los japoneses destruían sus códigos secretos y sus máquinas de cifrado fueron la culminación de esa revelación completa de las intenciones bélicas de Japón y del ataque inminente. Esto fue analizado…con el pleno sentido de guerra inmediata".
Esas informaciones de los servicios secretos se entregaban a los funcionarios de más alto rango del Departamento de Estado y de la Guerra y, al mismo tiempo, a la Casa Blanca, en donde Roosevelt en persona recibía dos veces por día información sobre los mensajes japoneses interceptados. Mientras que los oficiales de los servicios de información apremiaban para que se enviase con la mayor urgencia una "alerta de guerra" al Mando Militar de Hawai para así prepararse a un ataque inminente, los peces gordos civiles y militares decidieron lo contrario, enviando, en lugar de la alarma, un mensaje que el Mando calificó de "anodino".
La prueba de que el ataque japonés se conocía de antemano quedó confirmada por diferentes fuentes entre las cuales artículos periodísticos y memorias escritas por participantes. Se podía leer, por ejemplo, en un despacho de la agencia United Press publicado en el New York Times del 8 de diciembre con el título "El ataque se esperaba": "Es ahora posible revelar que las fuerzas armadas estadounidenses estaban enteradas desde hace una semana de que el ataque iba a ocurrir, de modo que no las sorprendió" (New York Times, 8/12/1941, p. 13). En una entrevista de 1944, Eleanor Roosevelt, esposa del Presidente, reconoció que "el 7 de diciembre no fue ni mucho menos el choque brutal para el país en el que tanto se ha insistido. Hacía ya tiempo que se esperaba un acontecimiento así" (New York Times Magazine, 8/10/1944, p. 44) El 20 de junio de 1944, el ministro británico sir Oliver Littleton declaró ante la Cámara de comercio americana: "Japón fue impelido a atacar a los americanos en Pearl Harbor. Es falsificar la historia decir que Norteamérica se vio forzada a entrar en guerra. Todos saben hacia quiénes iba la simpatía norteamericana. Es incorrecto hablar de verdadera neutralidad de EE.UU, incluso antes de su participación en los combates" (Prang, Pearl Harbor: Verdict of History, p. 39-40).
Winston Churchill confirmó la duplicidad de los dirigentes norteamericanos en lo que al ataque de Pearl Harbor se refiere, en este fragmento de su libro The Grand Alliance: "En 1946 se publicaron los resultados de una investigación del Congreso estadounidense en la que se exponía cada detalle de los hechos que llevaron a la guerra entre EE.UU y Japón, y, también, el hecho de que los departamentos militares no enviaron nunca mensaje alguno de "alerta" a los navíos o las guarniciones más expuestas. Cada detalle, incluido el texto cifrado de los telegramas japoneses, se ha expuesto al mundo en cuarenta volúmenes. La fuerza de EE.UU ha sido suficiente para permitirle soportar esta dura prueba que exige el espíritu de la Constitución norteamericana. No es mi intención emitir en estas páginas un juicio sobre ese espantoso acontecimiento de su historia. Sabemos bien que todas las eminencias americanas que rodeaban al Presidente, en quien tenían confianza, se percataban, con tanta perspicacia como yo, de ese terrible peligro de que Japón acabara atacando las posesiones inglesas y holandesas en Extremo Oriente evitando tocar a Estados Unidos, de tal modo que el Congreso americano no habría autorizado la declaración de guerra. (…) El Presidente y sus hombres de confianza se daban perfecta cuenta desde hacía tiempo de los graves riesgos que a Estados Unidos hacía correr su neutralidad en la guerra contra Hitler y todo lo que éste representaba. Habían sentido duramente las obligaciones que les imponía el Congreso cuando varios meses antes, la Cámara de Representantes había reconducido la ley sobre el servicio militar obligatorio con un solo voto de mayoría, una ley necesaria sin la cual sus ejércitos habrían sido desmantelados en medio de las convulsiones que agitaban el mundo. Roosevelt, Hull, Stimson, Knox, el general Marshall, el almirante Stark y Harry Hopkins eran todos ellos de la misma opinión. (…) Un ataque japonés contra Estados Unidos iba a facilitarles considerablemente sus problemas y sus tareas. ¿Puede uno entonces extrañarse de que hubieran considerado la forma que iba a tener este ataque, incluso su intensidad, como algo mucho menos importante que el hecho de que la nación americana entera se volviera a encontrar unificada en una causa justa para defender su seguridad como nunca antes lo había estado?" (Winston Churchill, The Grand Alliance, p. 603).
Es posible que Roosevelt no previera la amplitud de las destrucciones y de las pérdidas que los japoneses iban a infligir en Pearl Harbor, pero lo que sí está claro es que estaba dispuesto a sacrificar vidas y navíos americanos para hacer surgir un sentimiento de odio en la población y llevarla así hacia la guerra.


El atentado de las Torres Gemelas y el maquiavelismo de la burguesía


Es desde luego más difícil evaluar el maquiavelismo de la burguesía americana en el caso del atentado del World Trade Center ocurrido hace poco más de tres meses en el momento en que escribimos este artículo. No conocemos las investigaciones habidas desde entonces y que podrían sacar a la luz secretos sobre gente perteneciente a la clase dominante que habría sido más o menos cómplice en esos atentados o que, aún estando al corriente de su preparación, dejaron hacer. Pero como la historia de la clase dominante lo muestra, y muy especialmente lo de Pearl Harbor, tal posibilidad es algo perfectamente posible. Si examinamos lo ocurrido recientemente, basándonos únicamente en lo que ha sido reproducido por los medios - los cuales, no es casualidad, están totalmente alistados en la ofensiva política e imperialista actual del gobierno y a la que le dan todo su apoyo - podemos perfectamente justificar tal hipótesis.
Hagámonos primero la pregunta de ¿a quién beneficia el crimen políticamente hablando? Sin la menor duda a la clase dominante norteamericana. Solo ya esta constatación basta para hacer brotar sospechas sobre el atentado del World Trade Center. Con la mayor prontitud y sin la menor vacilación, la burguesía americana ha sacado la mayor ventaja de lo ocurrido el 11 de septiembre para hacer avanzar sus proyectos tanto en el plano nacional como el internacional: movilización de la población tras el estado de guerra, fortalecimiento del aparato represivo del Estado, reafirmación de la superpotencia americana frente a la tendencia general a que cada país juegue sus propias bazas en el ruedo internacional.
Inmediatamente tras el atentado, el aparato político americano y los media fueron requisados para movilizar a la población para la guerra, en un esfuerzo concertado para superar el llamado "síndrome de Vietnam" que ha impedido al imperialismo americano durante tres décadas hacer la guerra. El pretendido "desorden psicológico de masas" era en realidad la expresión de la resistencia, especialmente por parte de la clase obrera, a dejarse movilizar tras el Estado en una guerra imperialista de larga duración y fue en gran parte responsable de que EE.UU recurriera a guerras locales, mediante otros países, en su conflicto con el imperialismo ruso durante los años 70 y 80 o también a intervenciones a corto plazo y de limitada duración, con el apoyo de bombardeos aéreos y de misiles más que mediante ataques en tierra, como así fue en la Guerra del Golfo y en Kosovo. Evidentemente, esa resistencia no es ni mucho menos el resultado de no se sabe qué desorden psicológico. Lo que refleja es la incapacidad de la clase dirigente a infligir una derrota ideológica y política al proletariado, a alistar a la generación actual de obreros detrás del Estado para la guerra imperialista, como sí lo consiguió en la preparación de la IIª Guerra mundial. El editorial de una edición de la revista Time, publicada justo después del atentado, muestra bien cómo se ha fomentado la campaña actual de psicosis bélica. El título desarrollado en ese número "Día de infamia" evoca de entrada la comparación con Pearl Harbor. El editorial de Lance Morrow, titulado y castigo" subraya los detalles de la campaña ideológica que siguió. Escrito en una publicación que participa en el esfuerzo de propaganda, el artículo de Morrow ilustra además lo bien que habían entendido los propagandistas de la clase dominante todos los beneficios que podían sacar de los atentados del World Trade Center, en comparación con los atentados precedentes, para manipular a la población para la guerra gracias a la gran cantidad de víctimas y al enorme dramatismo de las imágenes: "No podemos vivir un día de infamia sin que nos embargue un sentimiento de furor. ¡Liberemos nuestro furor!
Necesitamos un sentimiento de rabia comparable al provocado por Pearl Harbor! Una indignación despiadada que no se agotará al cabo de una o dos semanas. (…)
Ha sido un terrorismo cercano a la perfección dramática. Nunca el espectáculo del Mal había alcanzado una producción de tal valor. Hasta ahora el público solo había visto los resultados todavía humeantes: la embajada destruida por una explosión, los cuarteles en ruinas, el boquete negruzco en el casco del navío. Esta vez, el primer avión al percutir la primera torre atrajo nuestra atención. Alertó a los medios, convocó a las cámaras para poder filmar así la segunda explosión, un estallido fuera de la realidad…
El Mal posee un instinto teatral y es por eso por lo que en una época en la que los medios son tan propensos al mal gusto, puede exagerar sus destrozos gracias al poder de las horrorosas imágenes"
(Time Magazine, número especial, septiembre 2001).
Al mismo tiempo, el aparato político burgués desplegó y puso en marcha sus planes para reforzar el aparato represivo del Estado. Una nueva legislación "de seguridad", que legaliza prácticas que quedaron desautorizadas tras la guerra de Vietnam y el caso Watergate, así como todo un nuevo arsenal de medidas represivas preparadas, discutidas, adoptadas y firmadas por el Presidente en un tiempo récord. Tenemos buenas razones para sospechar que tal legislación ya estaba preparada desde hacía tiempo para ser puesta en práctica en el mejormomento. Han detenido a más de 1000 sospechosos, simplemente por sus apellidos árabes o por llevar ropa oriental, encarcelados sin acusación precisa y por tiempo indeterminado. Se han congelado los fondos de organizaciones de las que se sospecha tener simpatías por Bin Laden y eso sin ningún tipo de proceso judicial. Han restringido la inmigración, especialmente la procedente de países islámicos, lo cual es más una respuesta a las preocupaciones permanentes de la burguesía sobre los flujos de inmigrantes ilegales que intentan huir de las horribles condiciones de descomposición y de barbarie que golpean a sus países subdesarrollados, que algo directamente relacionado con los atentados terroristas.
Del día a la mañana, la crisis terrorista se ha convertido en explicación de la agravación de la recesión económica y justificación en los recortes en los presupuestos de programas sociales, al haber dirigido los fondos disponibles hacia la guerra y la seguridad nacional. La rapidez con la que se han presentado esas medidas demuestra que no fueron redactadas en la urgencia, sino preparadas, discutidas y planificadas para cualquier contingencia.
En el plano internacional, el objetivo real de la guerra contra el terrorismo no es tanto destruirlo, sino reafirmar con fuerza la dominación imperialista de Estados Unidos, única superpotencia que queda en un ruedo internacional cada vez más marcado por los constantes retos que esa superpotencia debe enfrentar. El desmoronamiento del bloque del Este en 1989 provocó la rápida disgregación del bloque occidental, al haber desaparecido lo que le daba cohesión, es decir la existencia del bloque imperialista ruso. A pesar de su aparente victoria en la guerra fría, el imperialismo americano se vio ante una situación mundial en la que las grandes potencias, antiguas aliadas suyas, y muchos otros países de menor envergadura, se pusieron a retar su liderazgo, intentando dar salida a sus propias ambiciones imperialistas. Para forzar a volver a filas a sus antiguos aliados y que éstos reconocieran quién manda y ordena, Estados Unidos emprendió en la última década tres operaciones militares de gran envergadura: la primera contra Irak, luego contra Serbia y ahora contra Afganistán y la red de Al Qaeda. En los tres casos, el despliegue militar estadounidense ha forzado a sus "aliados", Francia, Gran Bretaña y Alemania, a unirse en las "alianzas" dirigidas por EE.UU a riesgo de quedarse al margen del juego imperialista mundial.
En segundo lugar, basándose únicamente en los medios burgueses de comunicación, se pueden reunir suficientes elementos probatorios del más que probable maquiavelismo de la burguesía norteamericana, por mucho que la única versión oficial autorizada sea que Estados Unidos no se lo esperaba. Un maquiavelismo consistente en dejar hacer esos atentados:
Las fuerzas que parecen haber cometido la atrocidad del World Trade Center no estarían sin duda bajo control del imperialismo americano, pero sí que eran perfectamente conocidas por sus servicios secretos, pues, en realidad, habían sido agentes de la CIA durante la guerra que, gracias a diferentes pandillas afganas, el imperialismo americano entabló contra el imperialismo ruso en 1979-89. Para contener la invasión de Afganistán por parte del imperialismo ruso en 1979, la CIA reclutó, entrenó, armó y utilizó a miles de integristas islámicos para llevar a cabo una guerra santa, una yihad, contra los rusos. El concepto de yihad estaba más o menos soterrado en la teología musulmana hasta que el imperialismo americano lo volvió a resucitar, hace dos décadas, para sus propios objetivos. Miles de islamistas fueron reclutados por el mundo musulmán, en Pakistán, en Arabia Saudí en particular. Fue entonces cuando se oyó hablar por vez primera de Osama Bin Laden como agente de EE.UU. Tras la retirada de Afganistán del imperialismo ruso en 1989 y el desplome del gobierno de Kabul en 1992, el imperialismo americano se retiró de Afganistán, concentrándose en Oriente Medio y los Balcanes. Cuando luchaban contra los rusos, los integristas islámicos eran aplaudidos por Ronald Reagan como combatientes de la "Libertad". Cuando hoy usan la misma brutalidad contra el imperialismo americano, el presidente Bush dice que son bárbaros fanáticos que hay que exterminar. Al igual que Timothy Mac Veigh, el norteamericano fanático de extrema derecha autor del atentado de Oklahoma City en 1995, educado en la ideología de la guerra fría, en el odio a los rusos, reclutado por el ejército USA, los jóvenes reclutados por la CIA para la yihad lo único que conocieron, en su vida de adultos, es el odio y la guerra. Tanto aquél como éstos se sintieron traicionados por el imperialismo americano una vez terminada la guerra fría, volviendo la violencia contra sus antiguos dueños.
Desde 1996, el FBI investigaba sobre la posibilidad de que hubiese terroristas que utilizaran escuelas de pilotos norteamericanas para aprender a volar en jumbo jets: las autoridades anticiparon elmodo operativo de los terroristas (TheGuardian: "FBI failed to find suspects named before hijackings", 25/09/01).
El piso en Alemania en el que se planificó y coordinó el atentado estaba vigilado por la policía alemana desde hacía más de tres años.
El FBI, al igual que otras agencias de contraespionaje estadounidenses, había recibido avisos e interceptado mensajes según los cuales se preveía un atentado terrorista coincidiendo con la ceremonia en la Casa Blanca entre Clinton, Rabin y Arafat. Los servicios secretos israelíes y franceses avisaron a los norteamericanos. Y por eso las autoridades de EEUU supieron cuándo se iba a producir el atentado. ¿Y no era esta vez evidente que el objetivo iba a ser el World Trade Center cuando ya este centro había sido el objetivo de terroristas islamistas en un atentado de 1993, al ser considerado como símbolo del capitalismo americano?
En agosto, el FBI detuvo a Zacarías Moussaoui, quien había despertado las sospechas al empeñarse en entrenarse en una escuela de pilotos de Minnesota y afirmar que, en la enseñanza, no le interesaban ni el despegue ni el aterrizaje. A principios de septiembre, las autoridades francesas mandaron un aviso sobre los vínculos sospechosos entre Moussaoui y los terroristas. En noviembre, el FBI cambió repentinamente de opinión desmintiendo que Moussaoui estuviera implicado en el atentado. En todo caso, el que a unos pilotos no les interesara aprender a despegar ni atterrizar, dando con ello a sospechar de un posible secuestro suicida, volvió a hacer surgir las sospechas.
Mohammed Atta, el supuesto organizador del 11 de septiembre, el que, por lo visto, habría pilotado del primer avión que golpeó las Torres Gemelas, era alguien muy conocido por las autoridades, pero llevaba, sin embargo, una vida muy normal, con autorización para circular libremente por Estados Unidos. Aunque constaba desde hacía años en las listas de terroristas de especial vigilancia por parte del Departamento de Estado, sospechoso de haber atentado con bomba contra un autobús en Israel en 1986, se le había autorizado a salir de EE.UU y regresar a este país durante estos dos últimos años. Entre enero y mayo de 2000, estuvo bajo vigilancia de agentes estadounidenses por sus sospechosas compras en grandes cantidades de productos químicos idóneos para fabricar bombas. En enero de 2001, estuvo detenido durante 57 minutos por los servicios de Inmigración y Naturalización en el aeropuerto internacional de Miami porque su visado estaba caducado y ya no valía para entrar en EE.UU. Atta constaba en las listas de vigilancia del Departamento de Estado, el FBI tenía sospechas sobre alguna gente de que podría recibir clases de pilotaje en Estados Unidos; a pesar de todo ello, Atta pudo entrar en el país y matricularse en una escuela de pilotaje. En abril de 2001, lo detuvo la policía por conducir sin permiso. En mayo, no se presentó ante el tribunal, se publicó un acta de busca y captura contra él, pero nunca se le daría cumplimiento. Se le detuvo dos veces por conducir borracho. A Atta ni se le ocurrió cambiar de nombre durante su estancia en EE.UU, sino que viajaba, vivía y estudiaba pilotaje con el suyo verdadero. ¿Es el FBI tan abismalmente incompetente? ¿Estaba, como lo pretende, tan entorpecido por la falta de agentes e intérpretes árabes?, ¿no habráuna explicación más maquiavélica para que las autoridades le dejaran en libertad una y otra vez? ¿Estaba "protegido" o sirvió de cabeza de turco? ("Terrorists among us", Atlanta Journal Constitution, 16/09/01. The Guardian, 25/09/01)
El 23 de agosto de 2001, la CIA hizo llegar una lista de presuntos miembros de la red de Bin Laden, identificados ya en Estados Unidos o de viaje a este país, entre los cuales Jalid Al Midhar y Nawak Alhazmi, que estaban en el avión que chocó contra el Pentágono.
Mucho tiempo antes de los atentados pretendidamente inesperados del 11 de septiembre, Estados Unidos llevaba preparando, desde hacía casi tres años, en secreto, el terreno para una guerra en Afganistán. Tras los atentados terroristas contra las embajadas americanas de Dar es Salam en Tanzania y de Nairobi en Kenia en 1998, el presidente Clinton autorizó a la CIA a prepararse para posibles acciones contra Bin Laden, el cual estaba fuera de todo control. Fue por eso por lo que se establecieron contactos secretos y se abrieron negociaciones con antiguas repúblicas de la URSS, Uzbekistán y Tayikistán, para instalar en ellas bases militares con las que dar apoyo logístico a posibles operaciones y acopiar información. Todo esto no solo habría de servir para preparar una intervención militar en Afganistán, sino que ha favorecido una implantación norteamericana importante en la zona de influencia rusa de Asia central. Por todo ello se puede decir que aunque EE.UU pretenda que lo alcanzaron por sorpresa, sí que ya estaba preparado para aprovecharse inmediatamente de la oportunidad que se le presentó con el atentado contra las Torres Gemelas y tomar una serie de medidas estratégicas y tácticas que estaban preparándose desde hacía tiempo.
Es también verosímil que la administración de Estados Unidos haya impulsado deliberadamente a Bin Laden a lanzar un ataque contra el país. El diario The Guardian del 22 de septiembre nos lleva hacia esa hipótesis: "Una investigación del periódico ha establecido que Osama Bin Laden y los talibanes recibieron amenazas de un posible ataque militar de EE.UU dos meses antes de los atentados terroristas contra Nueva York y Washington. Pakistán había advertido al régimen de Afganistán de la amenaza de una guerra si los talibanes no entregaban a Osama Bin Laden…Los talibanes se negaron a someterse, pero la gravedad de la advertencia recibida, plantea la posibilidad de que el atentado de hace diez días contra el World Trade Center de Nueva York y contra el Pentágono por Bin Laden, lejos de proceder de ningún sitio, fue de hecho un ataque preventivo, como respuesta a lo que Bin Laden consideraba una amenaza de parte de Estados Unidos…Esa advertencia destinada a los talibanes se lanzó durante una reunión de cuatro días entre americanos, rusos, iraníes y pakistaníes en un hotel de Berlín, a mediados de julio. Esa conferencia, la tercera de una serie llamada 'Brainstorming sobre Afganistán' pertenece a un método diplomático clásico conocido bajo el nombre de 'vía nº 2'." En otras palabras, es muy posible que Estados Unidos no solo no intentara impedir de verdad el atentado cometido por Bin Laden, sino que, incluso, por "vía diplomática" semioficial, hubiera provocado deliberadamente tanto a ése como a los talibanes a que emprendieran una acción que justificara una réplica militar norteamericana.
Las destrucciones devastadoras y la cantidad de muertos han sido la piedra angular de la campaña ideológica lanzada tras el desastre de las Torres Gemelas. Durante semanas, los miembros del gobierno y los media nos han repetido hasta la saciedad las 6000 vidas perdidas en el World Trade Center, o sea dos veces más que en Pearl Harbor. El jefe de Estado Mayor repitió esas cifras en una entrevista a una cadena nacional de televisión a principios de noviembre (entrevista al general Richard Myers, presidente de Jefes de E.M. en el canal NBC, el 4/11/01). Sin embargo, hay indicios de que esos cómputos, cuya única finalidad es apoyar la propaganda con todo su peso emotivo, son muy exagerados. Las estadísticas realizadas por agencias de prensa independientes han estimado el total en menos de 3000muertos, o sea lo equivalente a las pérdidas sufridas en Pearl Harbor. Por ejemplo, el New York Times establece el total en 2943, la agencia Associated Press en 2626 y el diario USA Today en 2680. La Cruz Roja norteamericana, que distribuye ayudas financieras a las familias de las víctimas, sólo ha tratado 2563 demandas. El gobierno se ha negado a entregar a la Cruz Roja la copia de la lista oficial, por ahora secreta, de las víctimas del World Trade Center ("Numbers vary in tallies of the victims", New York Times, 25/10/01). Mientras tanto, los políticos y los media siguen utilizando, por necesidades de propaganda, la cifra muy sobrevalorada de 5000-6000 muertos o desaparecidos, cifra ahora ya incrustada en las conciencias populares.
El gobierno de EE.UU no ha desvelado públicamente las pruebas de la responsabilidad de Bin Laden en los atentados. Recientemente, mientras proseguían las operaciones militares, Bush anunció que si capturaban vivo a Bin Laden, éste sería juzgado a puerta cerrada por un tribunal militar, para así no hacer público de dónde proceden laspruebas contra él. Rumsfeld, secre tario de Defensa, ha dicho claramente que prefiere que se mate a Bin Laden aque se le capture vivo, para evitar asíun juicio. Es perfectamente lógico pues preguntarse por qué a Estados Unidos le interesa tanto guardar secretasesas pretendidas pruebas tan evidentes.
¿No es todo eso, en cambio, la prueba por la contraria de que la Administración estadounidense, o quizás por lo menos la CIA, estaban al corriente de los atentados contra las Torres, dejando que ocurrieran? No hace falta ser un maniático que "ve conspiraciones por doquier" para albergar ese tipo de sospechas. Dejemos a los historiadores el cuidado de investigar más detalladamente durante los años venideros, pero a nosotros ni nos sorprendería ni desde luego nos "escandalizaría" enterarnos de que la burguesía estadounidense aceptó que hubiera víctimas en esos atentados del World Trade Center para satisfacer sus intereses políticos.


¿Es el atentado de las Torres Gemelas un nuevo Pearl Harbor?

Contrariamente a la insistencia de los medios de comunicación, la situación actual no puede ser comparada a la de Pearl Harbor en el plano histórico. Pearl Harbor ocurrió casi veinte años después de derrotas que aplastaron al proletariado mundial política, ideológica e incluso físicamente, abriéndose así el curso histórico hacia la guerra imperialista. Esas derrotas fueron un grave peso histórico encima del proletariado: el fracaso de la Revolución alemana y de la oleada revolucionaria; la degenera