Revista Internacional nº 107, 4º trimestre 2001

En Nueva York como por todas partes el capitalismo siembra la muerte

SABEMOS ahora que los atentados de Nueva York han causado más de 6000 muertos. Más allá de esta cantidad - espantosa ya - la destrucción del World Trade Center significa un giro en la historia cuyo alcance no podemos hoy calibrar. Es el primer ataque contra territorio estadounidense desde Pearl Harbour en 1941. El primer bombardeo de su historia en el territorio americano de Estados Unidos. El primer bombardeo de una metrópoli de un país desarrollado desde la Segunda Guerra mundial. Ha sido un indudable acto de guerra como dice la prensa. Y como todo acto de guerra ha sido un crimen abominable, un crimen cometido contra una población civil sin defensa. Como siempre, ha sido la clase obrera la principal víctima de ese acto. Secretarias, barrenderos, obreros almacenistas, oficinistas, la amplia mayoría de los muertos eran de los nuestros, de nuestra clase.
Negamos todo derecho a la burguesía hipócrita y a la prensa a sus órdenes a lloriquear por los obreros asesinados. La clase dominante es responsable de ya demasiadas matanzas: la espantosa carnicería de la Primera Guerra mundial; la todavía más atroz de la Segunda, en la que por vez primera, los civiles fueron sus blancos principales. recordemos de qué ha sido capaz la burguesía: bombardeos de Londres, de Dresde y de Hamburgo, de Hiroshima y Nagasaki, millones de muertos en los campos de concentración nazis y en los gulags estalinistas. Recordemos el infierno de los bombardeos sobre poblaciones civiles, y del ejército iraquí huyendo durante la Guerra del Golfo en 1991, y sus cientos de miles de muertos.
Recordemos las matanzas cotidianas, de hoy de ayer y de mañana, en Chechenia, perpetradas por la burguesía rusa con la complicidad plena de los Estados democráticos de Occidente. Recordemos la complicidad de los Estados belga, francés o norteamericano en la guerra civil en Argelia, las matanzas horribles en Ruanda.
Recordemos en fin que hoy, la población afgana, aterrorizada por los inminentes bombardeos estadounidense, ha sufrido veinte años de guerra ininterrumpida, que han dejado dos millones de refugiados en Irán, dos millones más en Pakistán, más de un millón de muertos, y la mitad de la población dependiente de abastecimientos de la ONU o una ONG.
Son esos solo unos cuantos ejemplos de los desmanes de una capitalismo hundido en una crisis económica sin salida, en una decadencia irremediable. Un capitalismo en el atolladero.
El bombardeo no es un ataque "contra la civilización", sino, al contrario, la mismísima expresión de la "civilización" burguesa.
Hoy, cínica, hipócrita, la clase dirigente de este sistema putrefacto, se planta ante nosotros, con las manos chorreando todavía la sangre de tantos obreros y desventurados asesinados bajo sus bombas, lloriqueando por unas personas de cuya muerte es ella la responsable.
Las campañas actuales de las democracias occidentales contra el terrorismo son especialmente hipócritas. No solo porque la destrucción perpetrada contra poblaciones civiles por el terror estatal de esas democracias es mil veces más carnicero que el peor de los atentados (millones de muertos, citando solo las guerras de Corea o de Vietnam). No solo porque, so pretexto de combatir el terrorismo, esas mismas democracias se asocian con Rusia, entre otras potencias, de la que han denunciado en varias ocasiones los actos de guerra contra su propia población en Chechenia. No sólo porque nunca vacilaron en usar el golpe de Estado y las dictaduras más bestiales para imponer sus intereses (como Estados Unidos en Chile, por ejemplo). Son hipócritas porque ellas mismas nunca han hecho ascos al uso del arma terrorista, al sacrificio de vidas civiles, si esos métodos podían servir a sus intereses del momento. Recordemos algunos ejemplos de la historia reciente:
- En los años 80, la aviación rusa derriba un Boeing de la Korean Air Lines en el espacio aéreo de la URSS; después se supo que el desvío había sido provocado por los servicios de inteligencia de EE.UU. para estudiar las reacciones rusas ante la incursión en su espacio aéreo.
- Durante la guerra Irán-Iraq, EE.UU. derriba un avión de línea iraní que sobrevolaba el golfo Pérsico. Fue una advertencia al Estado iraní para que se mantuviera tranquilo y no desencadenara la guerra en los Estados del Golfo.
- Mientras llevaba a cabo sus pruebas nucleares en Mururoa en el Pacífico, Francia mandó a sus servicios secretos a Nueva Zelanda a que dinamitaran y hundieran el navío "Rainbow Warrior" de Greenpeace.
-Un atentado en la estación italiana de Bolonia que mató a unas cien personas en los años 70 se achacó durante mucho tiempo a las Brigadas Rojas, para acabar reconociendo que fueron los servicios secretos italianos. Estos mismos servicios estuvieron involucrados en toda la madeja mafiosa de la red Gladio instalada por EE.UU. en Europa entera y de la que se sospecha toda una serie de ataques asesinos en Bélgica.
- Durante la guerra civil en Nicaragua, el gobierno Reagan organizó el transporte de armas y dinero para los guerrilleros de la "Contra". Fue una acción ilegal, ocultada al Congreso y financiada con la venta de armas a Irán (ilegal también) y el narcotráfico.
- El Estado tan democrático de Israel prosigue hoy una campaña de asesinatos y atentados en territorio palestino contra dirigentes del Fatah, de Hamas y otros (1).
No podemos hoy afirmar con certeza que haya sido Osama Ben Laden el responsable del ataque a las Torres Gemelas, como lo acusa el Estado norteamericano. Si esta hipótesis se confirmara, se trataría de un señor de la guerra vuelto incontrolable por sus antiguos dueños. Ben Laden no es un simple terrorista fanático ahíto de Islam. Su carrera, al contrario, se inició como eslabón de la cadena del imperialismo americano durante la guerra contra la URSS en Afganistán. Perteneciente a una pudiente familia saudí apoyada plenamente por la familia real, Ben Laden fue reclutado por la C.I.A. en Estambul en 1979:
"La guerra de Afganistán acaba de estallar. Estambul es el lugar de tránsito escogido por EEUU para conducir a los voluntarios hacia la guerrilla afgana. Osama Ben Laden se convierte en intermediario financiero del tráfico de armas, financiado a partes iguales por EE.UU y Arabia Saudí, hasta 1200 millones de $ por año. En 1980, llega a Afganistán en donde permanecerá hasta la retirada de las tropas rusas en 1989. Se encarga de repartir el tesoro entre las diferentes facciones de la resistencia, función clave, eminentemente política. En aquel entonces, goza del apoyo total de los americanos y del régimen saudí, gracias a su amigo el príncipe Turki Ben Faysal, hermano del rey y jefe de los servicios secretos saudíes, y a la familia de éste. Transforma dinero "limpio" en "sucio" y después hará lo contrario"
(Le Monde, 15 de septiembre).
Según este diario francés, Ben Laden construyó una red de tráfico de opio junto con su amigo Gulbuddin Hekmatyar, jefe talibán apoyado también por EE.UU. Quienes ahora se tratan mutuamente de "gran Satán" o "terrorista mundial nº 1" y otras lindezas, cual si fueran enemigos irreductibles, eran ayer mismo en realidad aliados indefectibles (2).


El marco general


Más allá, sin embargo, de la aversión que nos inspiran a la vez las matanzas de Nueva York y la hipocresía de la burguesía que las denuncia, los revolucionarios y la clase obrera necesitan comprender los porqués de esa masacre si no queremos quedarnos de simples espectadores aterrorizados por el acontecimiento. Y contra la prensa y los medios burgueses que no cesan de declarar que el responsable es el integrismo, los "Estados delincuentes", los "fanáticos", nosotros contestamos que el verdadero responsable es el sistema capitalista como un todo.
Para nosotros (3), los inicios del siglo pasado estuvieron marcados por la entrada de la sociedad capitalista en su período de decadencia a nivel mundial. Con la entrada en los años 1900, el capitalismo terminó su misión histórica: la integración de todo el planeta en un único mercado mundial; la eliminación del dominio de antiguas formas de poder (feudal, tribal, etc.) todo lo que puso las bases materiales sobre las que se hacía posible la construcción de una verdadera comunidad humana por vez primera en la historia. Al mismo tiempo, el que las fuerzas productivas hubieran alcanzado ese punto de desarrollo significó que las relaciones de producción capitalistas se convirtieron entonces en una traba para su desarrollo posterior. Desde entonces, el capitalismo dejó de ser un sistema progresista, convirtiéndose en un estorbo para la sociedad.
La decadencia de una forma social nunca se abre a un simple período histórico de declive o de estancamiento. Al contrario, el conflicto entre fuerzas productivas y relaciones de producción es obligatoriamente violento. En la historia es lo que se vio en el período de decadencia del Imperio romano esclavista, marcado por convulsiones, guerras internas y externas, invasiones de los bárbaros, hasta la instalación de nuevas relaciones de producción, las feudales, que permitieran la eclosión de una nueva forma de sociedad. De igual modo, la decadencia del modo de producción feudal estuvo marcado por dos siglos de guerras destructoras hasta que las revoluciones burguesas (especialmente en Inglaterra en el siglo XVII y en Francia en el XVIII) acabaran con el poder de los señores feudales y de las monarquías absolutas, abriéndose así el período de dominación de la burguesía capitalista.
El modo de producción capitalista ha sido el más dinámico de toda la historia humana, pues vive únicamente mediante el trastorno constante de las técnicas productivas existentes y - lo que es todavía más importante - mediante la ampliación continua de su campo de actividad. Menos todavía que otro modo de producción, su decadencia no podía ser un período de paz. Materialmente, la entrada del capitalismo en su decadencia estuvo marcada por dos hechos gigantescos y contrarios: la Primera Guerra mundial y la Revolución obrera de 1917 en Rusia.
Con la guerra de 1914, los enfrentamientos entre grandes potencias imperialistas ya no serán guerras limitadas o enfrentamientos en países lejanos como cuando la carrera colonial. Desde entonces los conflictos van a ser mundiales, de una inconcebible mortandad y destrucción.
Con la Revolución de Octubre de 1917, el proletariado ruso logró por vez primera en la historia derrocar un Estado capitalista; la clase obrera reveló su naturaleza de clase revolucionaria capaz de poner fin a la barbarie bélica y abrir los caminos hacia la constitución de una nueva sociedad.
En su Manifiesto, la IIIª Internacional, fundada precisamente para dirigir al proletariado por el camino de la revolución, declaró que el período abierto por la guerra era el de la decadencia capitalista, el "período de guerras y de revoluciones", en el que - como decían Marx y Engels en El manifiesto comunista - la alternativa era o victoria de la revolución o "ruina común de las clases en conflicto". Los revolucionarios de la Internacional comunista consideraban o la victoria o la caída en los infiernos de toda la civilización humana.
No podían ni imaginarse lo que serían los horrores de la Segunda Guerra mundial, los campos de concentración, los bombardeos nucleares. Todavía menos podrían haberse imaginado la situación histórica inédita en la que nos encontramos hoy.
Al igual que la guerra de 1914 significó la entrada del capitalismo en su período de decadencia, el desmoronamiento del bloque ruso en 1989 marcó la entrada del capitalismo en una nueva fase de esa decadencia: la fase de la descomposición. La tercera guerra mundial, que se fue preparando desde que terminó de la Segunda Guerra mundial en 1945, no se produjo. Desde mayo de 1968 en Francia, donde ocurrió la mayor huelga de la historia, una serie de luchas obreras que estremeció a los principales países capitalistas hasta finales de los años 80, demostró que el proletariado mundial, y especialmente el de los países del corazón del sistema, no estaba dispuesto a alistarse en guerras "como en 1914", ni siquiera como en 1939. Sin embargo, por mucho que la clase obrera se negara implícitamente y por sus actos a dejarse alistar, no por ello logró alcanzar la conciencia de su verdadero lugar en la sociedad capitalista, ni de su papel histórico de enterrador del capitalismo. Una de las expresiones más patentes de esa dificultad se plasma en la incapacidad de las organizaciones comunistas de hoy para ser algo más que unos grupos minúsculos, dispersos y sin eco significativo en la clase obrera.
Desapareció pues la amenaza de guerra mundial en dos bloques imperialistas, pero el peligro para la humanidad permanece. La descomposición del capitalismo no es una "fase más" a la que le sucederían otras. No, es la última de su decadencia, que sólo tiene dos salidas: o la revolución proletaria con el paso a otra forma de sociedad humana o caída más o menos acelerada en una barbarie infinita, que ya conocen bastantes países subdesarrollados y que acaba de golpear por vez primera en el corazón mismo de la sociedad burguesa. Eso es lo que está en juego en el período en el que vivimos.
La desaparición del imperio ruso no ha acabado, ni mucho menos, con las rivalidades imperialistas. Muy al contrario, ha permitido la libre expresión de las ambiciones imperialistas no solo de las antiguas grandes potencias europeas, sino también de las potencias secundarias, regionales, y hasta los países más pequeños y hasta los últimos y más cutres señores de la guerra.
El 1989, el presidente Bush nos anunció el final del conflicto contra el "imperio del mal", prometiéndonos una nueva era de paz y de prosperidad. En 2001, Estados Unidos es golpeado por primera vez en su historia y el Bush-hijo, presidente ahora, nos propone una cruzada del "bien contra el mal", una cruzada que durará "hasta la erradicación de todos los grupos terroristas de alcance mundial". El 16 de septiembre, Donald Rumsfeld, ministro de Defensa de EE.UU., repite que será "un esfuerzo largo, amplio, sostenido" que se extenderá no solo "durante semanas y días, sino por años" (citado en Le Monde del 18/09/01). Estamos pues ante una guerra cuyo fin ni siquiera la clase dominante pretende vislumbrar. No es el momento de hacer aspavientos sobre los diez años pasados de "prosperidad" americana, sino de tomar conciencia de una realidad que Winston Churchill prometió al pueblo inglés en 1940: "sangre, sudor y lágrimas".
La situación ante la que hoy estamos confirma palabra por palabra la resolución que en nuestro XIVº Congreso internacional verificado en la primavera de este año:
"la dislocación de los antiguos bloques, en su estructura y su disciplina dio rienda suelta a las rivalidades entre naciones a unos niveles desconocidos, resultado de un combate cada día más caótico, cada uno para sí, un combate que involucra desde las grandes potencias mundiales hasta los más ruines caudillos de guerras locales (…) La característica de las guerras en la fase actual de descomposición del capitalismo es que no son menos imperialistas que las guerras en las fases anteriores de su decadencia, pero sí se han vuelto más extensas, más incontrolables y más difíciles de hacer cesar incluso temporalmente. (…) [Los Estados capitalistas] están todos entrampados en una lógica que no pueden controlar, una "lógica" que cada vez lo es menos, incluso con un enfoque capitalista, y es eso precisamente lo que hace que la situación ante la que está enfrentada la humanidad sea tan peligrosa e inestable".


¿ Quién saca provecho del crimen ?


En el momento en que escribimos, nadie - ningún Estado, ningún grupo terrorista - ha reivindicado el atentado. Es sin embargo evidente que ha exigido una larga preparación y unos medios materiales importantes; el debate entre "especialistas" sigue abierto para saber si ha sido obra de un grupo terrorista únicamente, o si una acción de tal calibre no necesitaba que se involucraran los servicios secretos de un Estado. Todas las declaraciones públicas de las autoridades estadounidenses señalan a la organización Al Qaida de Osama Ben Laden, pero ¿habrá que creer esas declaraciones a pies juntillas? (4).
A falta de elementos verdaderamente concretos y con la poca confianza que podamos acordar a los medios de la burguesía, nos vemos obligados a seguir el viejo método de cualquier detective que se precie, o sea, buscar el móvil. ¿A quién favorece el crimen?
¿Lo habría intentado otra gran potencia? Uno de los Estados europeos, por qué no Rusia o China, perjudicados por la superpotencia norteamericana, que hace sombra a sus propias ambiciones, ¿no habría intentado dar un tremendo golpe en el corazón de Estados Unidos desprestigiando así la imagen de la superpotencia en el mundo? Esta tesis nos parece, a priori, tanto más imposible por cuanto el resultado de los atentados parece previsible en el plano internacional, o sea, la determinación estadounidense de golpear militarmente donde le parezca oportuno y su capacidad para involucrar, de mal o buen grado, a todas las potencias.
Están después los llamados "Estados delincuentes" como Irak, Irán, Libia, etc. La tesis, en este caso también, nos parece de lo más improbable. Porque, además de que esos Estados son menos "indeseables" que lo que quieren hacer creer (el gobierno iraní, por ejemplo, es más bien favorable a una alianza con EE.UU.), es evidente que el riesgo para ellos sería enorme si se descubriera el crimen. Arriesgarían el aplastamiento militar total por unas ventajas muy inciertas.
En Oriente Próximo están también los palestinos y el Estado de Israel que se acusan mutuamente de terrorismo. Apartamos inmediatamente la hipótesis palestina: Arafat y sus secuaces saben perfectamente que solo EE.UU. puede impedir a Israel acabar con su aborto estatal; para ellos, los atentados de Nueva York son un desastre total, pues hacen caer el desprestigio sobre todo lo árabe. Es este mismo razonamiento, pero en el otro sentido (para mostrar al mundo y sobre todo a EE.UU. que hay que acabar con el "terrorista Arafat") lo que podría incitar a plantearse la pista israelí. Es un crimen del que sería posiblemente capaz el Mosad (servicios secretos de Israel) en lo que a organización se refiere, pero es difícil imaginarse cómo iba el Mosad a actuar sin el acuerdo del Estado norteamericano.
Las acusaciones estadounidenses están sin duda justificadas: los atentados se deberían a uno de esos grupo de la enorme nebulosa de grupos terroristas que pululan en Oriente Medio y diseminados por el mundo entero. En este caso, sería más difícil encontrar el móvil, al no tener esos grupos un interés estatal fácilmente identificable. Puede sin embargo ponerse de relieve que incluso si el grupo Al Qaida fuera inculpado, no por ello se esclarecerían las cosas; el deterioro de la economía capitalista mundial ha venido acompañada por el desarrollo de una gigantesca economía paralela, basada en la droga, la prostitución, el tráfico de armas y el de refugiados. Así, el austero régimen islámico de los talibán no ha impedido - ni mucho menos - que Afganistán se haya convertido en el abastecedor principal del mundo en opio y en heroína. En Rusia, el hombre de negocios Berezovski, gran amiguete de Yeltsin, apenas si ha ocultado sus vínculos de negocios con las mafias chechenas. En Latinoamérica, las guerrillas izquierdistas, como las FARC colombianas, se financian con la venta de cocaína. Por todas partes, los Estados manipulan esos grupos por sus propios intereses. Y esto, como mínimo desde la guerra de 1939-1945 cuando el ejército americano mandó sacar de la cárcel al mafioso Lucky Luciano para que éste pudiera favorecer el desembarco de las tropas aliadas en Sicilia. Tampoco puede excluirse que algunos servicios secretos hayan podido actuar por cuenta propia fuera de la voluntad de sus gobiernos.
La última hipótesis podría parecer la más "descabellada": el gobierno norteamericano, o una fracción de éste en el seno de la CIA por ejemplo, habría podido, aunque no fuera preparar el atentado, haberlo provocado y dejarlo ejecutar sin intervenir. Cierto es que los destrozos en la credibilidad de EE.UU. en el mundo y en la economía son demasiado descomunales para que tal teoría fuera tal solo imaginable.
Sin embargo, antes de descartarla, vale la pena hacer una comparación en profundidad con el ataque japonés a Pearl Harbour (comparación muy presente en la prensa, por lo demás), haciendo un paréntesis histórico.
El 8 de diciembre de 1841, la fuerza aeronaval japonesa ataca la base estadounidense de Pealr Harbour, en Hawai, en donde se ha agrupado la práctica totalidad de las fuerzas navales americanas del Pacífico. El ataque sorprende totalmente a los militares encargados de la seguridad de la base, provocando grandes estragos: la mayoría de los navíos anclados son destruidos, al igual que la mitad de los aviones, hubo más de mil muertos o heridos del lado americano contra solo 30 aviones del lado japonés. Hasta entonces, la mayoría de la población de EE.UU. se opone a la entrada en guerra contra las fuerzas del Eje y los sectores aislacionistas de la burguesía americana, que animan el Comité "América primero", ocupan el terreno. El ataque "hipócrita y cobarde" de los japoneses hará callar todas las resistencias. El presidente Roosevelt, quien, ya desde el principio, quería que su país participara en la guerra, aportando ya desde hacía tiempo un apoyo al esfuerzo bélico de Gran Bretaña, declara: "debemos constatar que la guerra moderna, conducida a la manera nazi, es algo repugnante. Nosotros no queríamos entrar en ella. En ella estamos y vamos a combatir con todos nuestros recursos." Y realiza desde entonces una unión nacional sin fisuras en torno a su política.
Después de la guerra, impulsada por el Partido republicano, se lleva a cabo una amplia investigación para determinar por qué causas los militares norteamericanos fueron sorprendidos hasta semejante grado por el ataque japonés. La investigación hizo aparecer claramente que las autoridades políticas más elevadas eran las responsables del ataque japonés y de su éxito. Por un lado, durante las negociaciones americano-japonesas que se estaban desarrollando en esos momentos, se había impuesto a Japón condiciones inaceptables, en particular, el embargo de petróleo. Por otro lado, aun cuando estaban al corriente de los preparativos japoneses (especialmente en la intercepción de mensajes del estado mayor cuyo código secreto conocían), los dirigentes americanos no informaron al mando de la base de Pearl Harbour. Roosevelt incluso desautorizó al almirante Richardson, que se había opuesto a que toda la flota del Pacífico se amontonara en esa base. Cabe señalar, sin embargo, que los tres portaaviones (o sea los tres navíos, con mucho, más importantes) que habitualmente fondeaban en Pearl Harbour habían dejado puerto unos cuantos días antes. De hecho, la mayoría de los historiadores serios está hoy de acuerdo en considerar que el gobierno provocó a Japón para justificar la entrada de EE.UU. en la Segunda Guerra mundial obteniendo de ese modo la adhesión de la población estadounidense y de todos los sectores de la burguesía.
Es difícil hoy decir quién es el responsable de los atentados de Nueva York, ni afirmar que hayan sido una especie de reedición del ataque de Pearl Harbour. En cambio, lo que sí podemos afirmar con la mayor certidumbre es que el poder estadounidense es el primero en sacar provecho de ellos, demostrando así una gran capacidad para transformar en ventajas los contratiempos.


Cómo saca partido Estados Unidos de la situación

The Economist lo dice con pocas palabras:"La coalición que Estados Unidos ha reunido es extraordinaria. Una alianza que incluye a Rusia, a los países de la OTAN, a Uzbekistán, a Tayikistán, Pakistán, Arabia Saudí y a los demás países del Golfo, con el acuerdo tácito de Irán y de China no hubiera sido imaginable antes del 11 de septiembre"
Y, en efecto, la OTAN ha invocado por vez primera en su historia el artículo Vº del Tratado del Atlántico, que obliga a todos los miembros a acudir en ayuda de otro Estado atacado desde el extranjero. Todavía más extraordinario, el presidente ruso Putin ha dado su acuerdo para el uso de las bases en operaciones "humanitarias" (tan "humanitarias" sin duda como los bombardeos de la guerra de Kosovo), proponiendo incluso su ayuda logística: Rusia no se opone a que Tayikistán y Uzbekistán permitan el uso de sus bases aéreas para operaciones militares americanas contra Afganistán: ya habría tropas norteamericanas y británicas echándole una fuerte mano a la Alianza del Norte, única fuerza afgana todavía activa contra el gobierno talibán.
Todo eso no deja de tener, claro está, segundas intenciones. Rusia, en primer lugar, procura sacar tajada de la situación y que se acaben las críticas a su sanguinaria guerra en Chechenia y cortar los víveres transportados a los rebeldes desde Afganistán (rebeldes apoyados sin lugar a dudas por el ISI, los servicios secretos pakistaníes). El poder uzbeko saluda la llegada de las fuerzas americanas como medio de presión contra Rusia, hermano mayor demasiado "atento" para su gusto.
En cuanto a los Estados europeos, no se han puesto tras Estados Unidos con una alegría desbordante, contando cada uno de ellos con la posibilidad de guardar su libertad de acción. Por ahora, sólo la burguesía británica muestra una solidaridad total y militar con Estados Unidos, con una fuerza embarcada de 20000 hombres ya en ejercicio en el golfo Pérsico, la mayor desde la guerra de las Malvinas, y el envío de unidades de élite de la SAS a Uzbakistán. Incluso si la burguesía inglesa ha tomado algunas distancias respecto de EE.UU. en los últimos años (apoyo a la formación de una fuerza de reacción rápida europea capaz de actuar por su cuenta, sin EE.UU., cooperación naval con Francia), su historia particular en Oriente Medio, con sus intereses vitales e históricos en la región, hace que la defensa de sus propios intereses en esa región la obligue hoy a ponerse detrás de EE.UU., Gran Bretaña juega su partida como los demás, pero en este caso su juego exige una cooperación fiel con EE.UU. Como ya decía lord Palmerston en el siglo XIX: "Nosotros no tenemos ni aliados eternos, ni enemigos permanentes. Nuestros intereses son eternos, y es nuestro deber darles continuidad" (citado por Kissinger en La Diplomacia). Lo cual no ha impedido a otro lord, Robertson, actual secretario general de la OTAN, insistir sobre la independencia de cada Estado miembro: "Está claro que hay una obligación solemne, moral, para cada país de aportar una asistencia. Esta dependerá a la vez de lo que el país atacado (…) decida que es idóneo, y también de la manera que los países miembros estiman que pueden contribuir en esta operación" (Le Monde, 15 de septiembre).
Francia matiza mucho más; para Alain Richard, ministro de Defensa, los principios de "apoyo mutuo [de la OTAN] se van a aplicar", pero "cada nación (…) lo hace con los medios que ella considera adecuados" y que si "la acción militar puede ser una de las herramientas para debilitar la amenaza terrorista, también hay otras". "Solidaridad no significa ceguera", añade H. Emmanuelli, uno de los dirigentes del Partido socialista francés (5). El presidente Chirac, de visita en Washington quiso puntualizar:
"La cooperación militar puede, evidentemente, imaginarse, pero en la medida en que nos hayamos concertado previamente sobre objetivos y modalidades de una acción cuya finalidad sea la eliminación del terrorismo"
(citas sacadas de Le Monde, 15 y 20 de diciembre).
Hay sin embargo una diferencia entre la situación de hoy y la de la Guerra del Golfo en 1990-91. Hace once años, la Alianza reunida por EE.UU. incorporó fuerzas de varios Estados europeos y árabes (Arabia Saudí y Siria, en particular). Hoy, en cambio, Estados Unidos ha dado a entender de que va a actuar solo en el plano militar. Lo cual muestra hasta qué punto ha ido incrementándose el aislamiento diplomático de EE.UU. desde aquella guerra, al igual que la desconfianza de este país hacia sus "aliados". EE.UU. acabará obligándolos a apoyar, claro está, incluso, y especialmente, intentando acaparar sus redes de información, pero no soportarán el más mínimo estorbo ante sus acciones armadas.
Puede ponerse de relieve otra ventaja que saca la fracción dominante de la burguesía estadounidense, esta vez hacia el interior. Desde siempre existe una tendencia "aislacionista" de la burguesía norteamericana que considera que su país está lo bastante aislado por los océanos, que es lo bastante rico para no andar metiéndose en los asuntos del mundo. Fue esa misma fracción la que resistió contra la entrada de EE.UU. en la Segunda Guerra mundial, y a la que, como hemos dicho, Roosevelt redujo al silencio tras el ataque japonés contra Pearl Harbour. Está claro que hoy esa fracción ha perdido su influencia: el Congreso acaba de votar una partida suplementaria de 40000 millones de dólares para la defensa y la lucha "antiterrorista", 20000 millones de entre los cuales dejados a discreción del Presidente. O sea, un fortalecimiento importantísimo del poder del Estado central.


¿Por qué Afganistán?


Ha sido con una rapidez extraordinaria con la que la policía y los servicios secretos de EE.UU han señalado con el dedo al culpable del atentado: Osama Ben Laden y sus anfitriones talibanes (6). Y mucho antes de presentar la menor prueba concreta, el Estado norteamericano ya había designado su diana y sus intenciones: acabar con el régimen talibán. En el momento en que escribimos esto (7), la prensa anuncia que cinco portaaviones americanos y británicos ya está en la zona o en camino, que ya están aterrizando aviones americanos en Uzbekistán y que se prevé un ataque en 48 horas. Si se compara con los seis meses de preparación que precedieron el ataque contra Irak en 1991, puede uno preguntarse si no estaba previsto de antemano. Sea como sea, es evidente que la burguesía estadounidense ha decidido imponer su orden en Afganistán. Y no será, desde luego, para conquistar riquezas económicas ni mercados en ese país exangüe. ¿Por qué, entonces, Afganistán?
Si bien ese país nunca tuvo el menor interés en el plano económico, basta, en cambio, observar un mapa para comprender su importancia estratégica desde hace más de dos siglos. Desde la creación del Raj (el imperio británico en India) y durante todo el siglo XIX, Afganistán fue el lugar privilegiado de enfrentamientos entre los imperialismos inglés y ruso, en lo que entonces solía llamarse "El Gran Juego". A Gran Bretaña la contrariaba el avance del imperialismo ruso hacia los emiratos de Tashkent, Samarcanda, y Bujara y más todavía hacia sus "cotos privados" de la antigua Persia (Irán hoy). El Reino Unido consideraba, con razón para él, que la meta de los ejércitos del Zar era la conquista de la India de donde sacaba pingües beneficios y un gran prestigio. Por eso envió en dos oca siones expediciones militares a Afganistán; en la primera sufrió una derrota humillante en la que perdieron la vida 16000 hombres y hubo un solo superviviente.
Antes del siglo XX, el descubrimiento de inmensas reservas de petróleo en Oriente Medio, la creciente dependencia de las economías capitalistas desarrolladas y, especialmente, de sus ejércitos de esa materia prima incrementó tanto más la importancia estratégica de Oriente Medio. Tras la Segunda Guerra mundial, Afganistán se convierte en encrucijada regional en los mecanismos militares de los dos grandes bloques imperialistas. Estados Unidos reúnen a Turquía, Irán y Pakistán en el CENTO (Central Teatry Organisation), Irán se atiborra de estaciones de escucha norteamericanas, Turquía se convierte en uno de los países más poderosos militarmente de Oriente Próximo y Pakistán, por su parte, es indefectiblemente apoyado por EE.UU para hacer contrapeso a una India demasiado abierta a las demandas rusas.
La "revolución" islámica en Irán extrajo a este país del dispositivo americano. La invasión de 1979 de Afganistán por la URSS, la cual intenta sacar partido de esa debilidad estadounidense, es una amenaza de lo más peligroso para la posición estratégica del bloque americano no sólo en Oriente Medio, sino en toda Asia del Sur. Al no poder atacar directamente las posiciones rusas (debido en parte al resurgir espectacular de las luchas obreras con la huelga masiva en Polonia), EE.UU. interviene a través de la guerrilla. A partir de entonces, mediante el Estado pakistaní y su ISI con el papel de secuaces, EE.UU. apoya con las armas más modernas el movimiento de "liberación" sin duda más atrasado del planeta. Y para no quedarse de espectadores, los servicios secretos ingleses y franceses se apresuraron en aportar su ayuda a la Alianza del Norte del comandante Masud.
Al amanecer de este siglo XXI, dos nuevos acontecimientos han vuelto a realzar la importancia estratégica de Afganistán. Por un lado, el desmoronamiento del imperio ruso y la aparición de nuevos Estados inestables (los cinco "stán": Kazajstan, Uzbekistán, Tayikistán y Turkmenistán, y Armenia, Azerbaiyán y Georgia) ha agudizado los apetitos imperialistas de las potencias secundarias: Turquía intenta montar alianzas con los nuevos Estados de lengua turca, Pakistán presiona al gobierno Talibán para fortalecer su influencia y ganar terreno en su guerra larvada contra India en Cachemira. Y eso sin hablar de los nuevos intentos rusos para imponer de nuevo su presencia militar en la región. Por otro lado, el descubrimiento de importantes reservas de petróleo en torno al mar Caspio, sobre todo en Kazajstán, atrae a las grandes empresas petroleras occidentales.
No podemos aquí desmadejar todas las rivalidades y conflictos interimperialistas que agitan la región desde 1989 (8). No obstante, para darse una idea del polvorín que rodea Afganistán, baste con enumerar algunos de los conflictos y rivalidades actuales:
- La geografía absurda que ha dejado el desmoronamiento de la URSS ha hecho que la región más rica y más poblada - el valle del Fergana - esté compartida por Uzbekistán, Tayikistán y Kirguizistán, de tal modo que ninguno de esos países dispone de ruta directa entre su capital y su área más poblada…
- Tras una guerra civil de cinco años, los islamistas de la Oposición unificada tayik han entrado en el gobierno; sin embargo, se sospecha que no han abandonado sus vínculos con el Movimiento islámico de Uzbekistán (la organización guerrillera más importante), sobre todo porque éste tiene que atravesar Tayikistán para atacar Uzbekistán a partir de sus bases en Afganistán.
- Uzbekistán es el único país en haberse negado a aceptar tropas rusas en su territorio; está así sometido a todo tipo de presiones de Rusia.
- Pakistán apoya desde el principio a los Talibán, incluso con 2000 soldados en la última ofensiva contra la Alianza del Norte. Espera así darse una "profundidad estratégica" en la región contra Rusia e India, y eso por no hablar del lucrativo negocio de la heroína que pasa en gran parte por Pakistán y está en manos de los generales del ISI.
- China, que ya tiene sus propios problemas con los separatistas uiguros en Xingjiang, intenta también incrementar su influencia en la zona mediante la Shanghai Cooperation Organisation que agrupa a los "cinco Stán" (salvo Turkmenistán, reconocido como país neutral por la ONU) y Rusia. China quiere a la vez mantener buenas relaciones con los talibanes y acaba de firmar un acuerdo industrial y comercial con ese gobierno.
- Y, claro está, Estados Unidos no quiere quedar fuera del tinglado. Ya ha aportado su apoyo al tan poco recomendable gobierno uzbeko: "Los militares US conocen muy bien a los militares uzbekos y la base aérea de Tashkent. Unidades US han participado en ejercicios de entrenamiento militar con tropas uzbekas, kazajas y kirguisas como parte de los ejercicios Centrazbat en el marco del programa de la OTAN 'Asociación por la Paz'. algunos de esos ejercicios se han desarrollado en la base militar de Shirshik en las cercanías de Tashkent. Uzbekistán ha buscado también un apoyo US desde su independencia en 1991, a menudo en detrimento de sus relaciones con Rusia (…) Durante una visita en el año 2000 de la secretaria de Estado de entonces, M.Albright, Estados Unidos prometió a Uzbekistán varios millones de dólares de equipamiento militar y las fuerzas especiales US han entrenado a las tropas uzbekas en los métodos antiterroristas y de combate de montaña."
Los Estados Unidos intervienen, por lo tanto, en un verdadero polvorín, con la pretensión de aportar en él nada menos que una "Libertad duradera". No podemos evidentemente prever hoy cuál será el resultado final de semejante aportación. Lo que sí nos indica, en cambio, la historia de la Guerra del Golfo es que diez años después del final de la guerra:
- la región en sentido amplio no conoce la paz ni mucho menos, pues los enfrentamientos entre israelíes y palestinos, entre kurdos y turcos, entre gobiernos y guerrillas fundamentalistas siguen con mayor fuerza todavía, así como los bombardeos casi cotidianos de la aviación americana y británica en Irak;
- las tropas estadounidenses se han instalado durablemente en la región, gracias a las nuevas bases en Arabia Saudí, en donde esta presencia es a su vez fuente de inestabilidad (atentado antiamericano en Dahran)
No podemos sino afirmar con certeza que la intervención que se prepara en Afganistán no aportará ni paz, ni libertad, ni justicia, ni estabilidad, sino más guerra, más miseria que atizarán más y más las brasas del resentimiento y de la desesperanza de las poblaciones que se apoderó de los kamikazes del once de septiembre.


La crisis y la clase obrera

Unos días antes del atentado, Hewlett-Packard anunciaba su fusión con Compaq. Esta fusión se iba a concretar en la pérdida de 14000 empleos. Es ése un ejemplo entre muchos más de que la crisis se ahonda, que se dispone a golpear más y más duramente a los obreros.
Apenas unos días después del atentado, United Airlines, US Air y Boeing anunciaron decenas de miles de despidos. Desde entonces, les han seguido los pasos las líneas aéreas del mundo entero (Bombardier Aircraft, Air Canada, Scandinavian Airlines, British Airways y Swissair, por solo mencionar las más recientes).
Además, la burguesía tiene el descaro de usar el atentado del Wolrd Trade Center para explicar la nueva crisis abierta que está cayendo sobre la clase obrera (9). Es una explicación que podría parecer aceptable, con los 6 billones de dólares en valores perdidos en la auténtica quiebra bursátil mundial que se ha producido desde el 11 de septiembre. En realidad, la crisis ya estaba ahí y los patronos no han hecho sino aprovechar la ocasión. Así, según Leo Mullin, patrón de Delta Airlines :
"incluso si el Congreso otorga una ayuda financiera global a la industria, la aportación se ha calculado en función de lo no ganado por causa únicamente de los acontecimientos del 11 de septiembre (...) Ahora bien, la demanda baja mientras que los costes de explotación se incrementan. Delta está registrando un flujo de tesorería negativo".
Y, en efecto, el mundo capitalista ya se está ahogando con la tenaza de la recesión, lo cual se concreta en primer lugar en los ataques contra la clase obrera. En Estados Unidos, entre enero y finales de agosto de 2001, hubo un millón de desempleados suplementarios. Gigantes como Motorola y Lucent, la canadiense Nortel, la francesa Alcatel, la sueca Erikson, han despedido a mansalva por decenas de miles. En Japón, donde el desempleo era de 2 %, ha subido a 5 % este año (10). La fulgurante celeridad de nuevas pérdidas de empleo anunciadas (57 700 entre el 11 y el 21 de septiembre) nos muestran cómo los patronos han echado mano del pretexto del atentado para llevar a cabo los planes de despidos que ya tenían previstos desde hacía meses.
La clase obrera no sólo deberá pagar por la crisis, también deberá pagar por la guerra, y no sólo en EE.UU., en donde la cuenta alcanza ya a 40 000 millones de $ como mínimo. En Europa todos los gobiernos están de acuerdo para incrementar sus esfuerzos por construir fuerzas de intervención rápida que den a las potencias europeas una capacidad de acción independiente. En Alemania, 20000 millones de marcos para la reestructuración militar no han encontrado todavía su sitio en el presupuesto federal. Ni que decir tiene que el sitio lo van a encontrar y que serán los obreros quienes tendrán que pagar el pato.
Sin lugar a dudas, la solidaridad de la unión sagrada es una solidaridad de sentido único, o sea la de los obreros para con la clase dominante. Y el cinismo de esta clase, que utiliza a los muertos de la clase obrera de pretexto para despedir, no parece tener límites.

Hoy como siempre, es la clase obrera la primera víctima de la guerra.

Víctima primero en carne propia. Víctima sobre todo en su conciencia. Aún cuando es la clase obrera la única capaz de acabar con este sistema responsable de la guerra, la burguesía se sirve de ella, antes y ahora, para llamar a la unión sagrada. La unión sagrada de los explotados con sus explotadores. La unión sagrada entre quienes sufren en primer término del capitalismo con quienes sacan de él sus satisfacciones y privilegios.
La primera reacción de los proletarios neoyorquinos, de una de las primeras ciudades obreras del mundo, no fue la del patrioterismo vengativo. Asistimos, primero, a una reacción espontánea de solidaridad hacia las víctimas, como testimoniaron las colas para donar sangre, los miles de actos individuales de ayuda y ánimo. En los barrios obreros, después, en donde se lloraba a los muertos sin poderlos enterrar, podían leerse declaraciones en pancartas como: "Zona libre de odio", "Vivir como un solo mundo es la única manera de honrar a los muertos", "La guerra no es la respuesta". Evidentemente, consignas así están impregnadas de sentimientos democráticos y pacifistas. Sin un movimiento de lucha capaz de dar consistencia a una enérgica resistencia contra los ataques capitalistas y, sobre todo, sin un movimiento revolucionario capaz de hacerse oír en la clase obrera, esa solidaridad espontánea no podrá sino ser barrida por la descomunal oleada de patriotismo transmitida por los medios después del atentado. Quienes intenten rechazar la lógica de la guerra corren el riesgo de verse arrastrados por el pacifismo, el cual acaba siempre siendo el primer belicista cuando "la patria está en peligro". Como ejemplo valga esta declaración individual que puede leerse en un sitio web pacifista: "cuando una nación es atacada, la primera decisión debe ser o capitular o combatir. Creo que no hay camino intermedio aquí: o luchas o no luchas y no hacer nada equivale a capitular" (según el Willamette Week Online). Para los ecologistas, "la nación está hoy unida: nosotros no queremos aparecer en desacuerdo con el gobierno" (Alan Metrick, portavoz del Natural Ressources Defense Council, 530 000 miembros, citado en Le Monde del 28 de sep tiembre). "La paz mundial no puede ser salvaguardada mediante planes utópicos o básicamente reaccionarios tales como los tribunales internacionales de diplomáticos capitalistas, de convenciones diplomáticas sobre el "desarme" (…) etc. No se podrá eliminar ni siquiera poner coto al imperialismo, el militarismo y la guerra mientras las clases capitalistas sigan ejerciendo su dominación de clase de manera indiscutible. El único medio de resistir con éxito y salvaguardar la paz mundial, es la capacidad de acción política del proletariado internacional y su voluntad revolucionaria de poner todo su peso en la balanza".
Así escribía Rosa Luxembug en 1915 (Tesis sobre las tareas de la socialdemocracia internacional) en medio de uno de los períodos más negros que haya conocido la humanidad, en un momento en el que los proletarios de los países más desarrollados se estaban matando unos a otros en los campos de batalla de la guerra imperialista. Hoy también el período es duro para los obreros y los revolu cionarios que siguen manteniendo bien izado el estandarte de la revolución comunista.
Como Rosa Luxemburg, sin embargo, seguimos convencidos de que la alternativa es socialismo o barbarie y que la clase obrera mundial sigue siendo la única fuerza para resistir a la barbarie y crear el socialismo. Con Rosa Luxemburg afirmamos que la implicación de los obreros en la guerra :
"... es un atentado no contra la cultura burguesa del pasado, sino contra la civilización socialista del porvenir, un golpe mortal asestado a esta fuerza que lleva en sí el porvenir de la humanidad y que solo ella puede transmitir los valiosos tesoros del pasado a una sociedad mejor. Aquí el capitalismo ha descubierto su calavera, aquí ha desvelado que se terminó su derecho de existencia histórica, que el mantenimiento de su dominación ha dejado de ser compatible con el progreso de la humanidad (…) Esta locura cesará el día que los obreros (…) se despierten al fin de su borrachera y se den una mano fraterna, que haga callar a la vez el coro bestial de los causantes de guerras imperialistas y el ronco aullido de las hienas capitalistas, lanzando el antiguo y poderoso grito de guerra del Trabajo: ¡proletarios de todos los países, uníos!" (Folleto de Junius, 1915).

Jens
3 de octubre de 2001

1) En realidad todos los Estados mantienen servicios secretos dispuestos a realizar "golpes sucios" y cuando no usan sus propios asesinos, pagan los servicios de "agencias" independientes. 2) Según las revelaciones de R. Gates (antiguo jefe de la CIA), Estados Unidos no sólo replicó a la invasión rusa en Afganistán sino que la había provocado mediante la ayuda a la oposición al régimen prosoviético de Kabul de entonces. Entrevistado por el Nouvel observateur en 1998, Zbigniew Brzezinski (que fue consejero del presidente Carter) contestó: "Aquella operación secreta fue una idea excelente. Metió a los rusos en la trampa afgana, ¿y usted quiere que yo lo lamente? 3) Ver nuestro folleto La decadencia del capitalismo. 4) Se puede recordar aquí, por ejemplo, el juicio a los agentes secretos libios acusados de haber cometido el atentado de Lockerbie. Gran Bretaña y Estados Unidos mantuvieron sin transigir que debía juzgarse a los libios, incluso cuando fue evidente que los responsables eran más bien sirios. Pero entonces, Estados Unidos andaba guiñándole el ojo a Siria intentando que este país se metiera en el proceso de paz entre Israel y los palestinos. 5) Añadamos de paso que el llamado Partido comunista francés no anda con tales remilgos: el 13 de septiembre, el consejo nacional del PCF observa dos minutos de silencio para "expresar su solidaridad con todo el pueblo americano, con todos los ciudadanos y ciudadanas de ese gran país y con los dirigentes que se ha dado". Y qué decir de los titulares de primera página de Lutte ouvrière (trotskista): "No se puede andar manteniendo guerras por el mundo entero sin que un día te alcancen", lo cual podría traducirse por: "Obreros americanos asesinados: os han dado lo que merecíais". 6) Cabe hacerse conjeturas sobre tal celeridad: un coche de alquiler encontrado unas cuantas horas después del atentado con manuales de aviación redactados en árabe, aún cuando los pilotos kamikazes llevaban viviendo desde hacía meses cuando no años en EE.UU donde proseguían estudios; y el informe según el cual se habría encontrado entre los escombros del World Trade Center un pasaporte de uno de los terroristas, que la explosión de cientos de toneladas de queroseno no habría destruido… 7) Es evidente que la situación habrá evolucionado ampliamente cuando salga esta revista de imprenta. 8) Mencionemos de paso los conflictos permanentes por la construcción de nuevos oleoductos para el crudo entre el Caspio y los países desarrollados, con el Estado ruso que intenta imponer una ruta que pasara por Chechenia y Rusia acabando en Novosibirks en la costa rusa del mar Negro, con el gobierno de EE.UU. que promueve la ruta Bakú- Tiflis-Ceyhan (o sea Azarbaiyán-Georgia-Turquía) que dejaría fuera de juego a los rusos. Hay que decir que el gobierno americano ha tenido que imponer su opción en contra de las compañías petroleras que la consideraban económicamente ruinosa. 9) Como lo hizo en 1974, cuando pretendía que la crisis se debía al incremento del precio del petróleo y fue la misma explicación que nos volvieron a dar en 1980. En cuanto a la crisis de 1990-93 habría sido una consecuencia de la Guerra del Golfo… 10) Señalemos además que si esa tasa parece relativamente baja con relación a otros países, ello muestra no ya los éxitos del Estado nipón en el freno del desempleo, sino en la manipulación de las cifras.

La descomposición, fase última de la decadencia del capitalismo

LOS ATENTADOS terroristas que han provocado más de 6000 muertos en Estados Unidos el 11 de septiembre, igual modo que la nueva guerra que se está preparando tras ellos, son una nueva ilustración trágica de la barbarie en la que se está hundiendo hoy la sociedad capitalista. Como lo decíamos en el artículo "En Nueva York como por todas partes, el capitalismo siembra la muerte", en esta misma Revista internacional dedicada a este acontecimiento, esta barbarie es expresión de que el capitalismo, que desde la Primera Guerra mundial entró en su período de decadencia, conoce desde hace más de una década una nueva agravación de dicha decadencia cuya característica más importante es la descomposición de la sociedad, su verdadera putrefacción de raíz. Nuestra organización señaló esta nueva fase de la decadencia capitalista, la fase de descomposición, desde finales de los años 80 (ver nuestro primer artículo sobre esta cuestión: "La descomposición del capitalismo" en la Revista internacional nº 57, 1989), sistematizando su análisis en 1990 en un documento publicado en la Revista internacional nº 62, justo después del desmoronamiento de los regímenes estalinistas y del bloque del Este. Es este documento el que aquí publicamos, pues nos parece que sigue, cada vez más, de plena actualidad. Es el marco que permite comprender el porqué del empleo creciente del terrorismo en los conflictos entre Estados así como el incremento de la desesperanza, del nihilismo, del oscurantismo religioso, de todo lo cual los atentados de Nueva York son hoy por hoy las expresiones más patentes. También se aborda en este texto por qué las diferentes manifestaciones de la descomposición son hoy un obstáculo importante para la toma de conciencia de la clase obrera. Eso es precisamente lo que hoy podemos comprobar, al ser aprovechados por la burguesía la emoción y el miedo provocados por los atentados de Nueva York, especialmente en Estados Unidos, para amordazar a la clase obrera en nombre de la "unión nacional".   La descomposición, fase última de la decadencia del capitalismo
EL HUNDIMIENTO del bloque imperialista del Este ha venido a confirmar la entrada del capitalismo en una nueva fase de su período de decadencia : la de la descomposición general de la sociedad. Antes incluso de que se produjera lo del Este, la CCI ya había puesto de relieve ese fenómeno histórico (ver en especial la Revista internacional n° 57). Esos acontecimientos, la entrada del mundo en un período de inestabilidad nunca antes vista, obligan a los revolucionarios a analizar con la mayor atención dicho fenómeno, sus causas y sus consecuencias, para poner de relieve lo que en la nueva situación histórica se está jugando.
1
. Todos los modos de producción del pasado conocieron un período de ascendencia y un período de decadencia. Para el marxismo, aquel período corresponde a una plena adecuación de las relaciones de producción dominantes con el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad, y el segundo período es expresión de que las rela ciones de producción se han vuelto demasiado estrechas para contener ese desarrollo. Contrariamente a las aberraciones defendidas por los bordiguistas, el capitalismo también está sometido a esas leyes. Desde principios de siglo, y en especial desde la primera guerra mundial, los revolucionarios han puesto de relieve que, a su vez, ese modo de producción había entrado en su período de decadencia. Sin embargo, sería falso contentarse con afirmar que el capitalismo seguiría el mismo camino que los modos de producción que lo precedieron. También hay que subrayar las diferencias fundamentales entre la decadencia del capitalismo y las de las sociedades pasadas. En realidad, la decadencia del capitalismo, tal como la conocemos desde principios del siglo XX, aparece como el período de decadencia por excelencia, valga la expresión. Comparada con la decadencia de otras sociedades anteriores (la esclavista y la feudal), la decadencia del capitalismo se sitúa a un nivel muy diferente. Y esto es así, porque :
- el capitalismo es la primera sociedad de la historia que se ha extendido a escala mundial, que ha sometido a sus leyes a todo el planeta ; por eso mismo, su decadencia marca a toda la sociedad humana ;
- mientras que en las sociedades pasadas, las nuevas relaciones de producción que iban a suceder a las relaciones de producción ya caducas, podían desarrollarse junto a éstas, dentro de la misma sociedad - lo cual podía en cierto modo limitar los efectos y la amplitud de la decadencia - la sociedad comunista, única capaz de suceder al capitalismo, no podrá en absoluto desarrollarse en su seno ; no existe pues la más mínima posibilidad de no se sabe qué regeneración de la sociedad sin derrocamiento violento del poder de la clase burguesa y la destrucción de las relaciones de producción capitalistas ;
- el fenómeno de hipertrofia del Estado, típico de los períodos de decadencia, ha encontrado en la decadencia del capitalismo, con la tendencia histórica al capitalismo de Estado, su forma más rematada y extrema, la de la absorción prácticamente total de la sociedad civil por el monstruo estatal ;
- aunque los períodos de decadencia del pasado también estuvieron marcados por conflictos guerreros, no tenían éstos ni punto de comparación con las guerras mundiales que, por dos veces ya, han asolado la sociedad capitalista.
En fin de cuentas, la diferencia entre la amplitud y la profundidad de la decadencia capitalista y las decadencias del pasado no pueden quedar resumidas a un problema de simple cantidad. Lo cuantitativo mismo da una "calidad" diferente y nueva. La decadencia del capitalismo es, en efecto :
- la de la última sociedad de clases, la última sociedad basada en la explotación del hombre por el hombre, sometida a la penuria y a las exigencias de la economía ;
- es la primera en poner en peligro la supervivencia misma de la humanidad, la primera que puede acabar destruyendo la especie humana.

2
. Todas las sociedades en decadencia contenían aspectos de descomposición ; dislocación del cuerpo social, putrefacción de sus estructuras económicas, políticas e ideológicas, etc. Lo mismo ha ocurrido en el capitalismo desde que se inició su decadencia. Sin embargo, del mismo modo que hay que distinguir claramente esa decadencia de las del pasado, también es indispensable poner de relieve las diferencias fundamentales entre el principio de este siglo y la descomposición generalizada en la que hoy se está hundiendo el sistema y que no cesará de agravarse. Y en eso, más allá de lo puramente cuantitativo, el fenómeno de descomposición social está hoy alcanzando tal profundidad y tal extensión que está cobrando una calidad nueva, una cualidad singular, expresión de la entrada del capitalismo decadente en una fase específica - y última - de su historia, aquélla en la que la descomposición social se convierte en un factor, incluso en el factor, decisivo de la evolución de la sociedad.
Por ello, sería falso identificar decadencia y descomposición social. No puede concebirse que exista una fase de descomposición fuera de un período de decadencia ; pero sí puede concebirse la existencia de una decadencia sin que ésta se plasme en descomposición social.

3.
De hecho, del mismo modo que el capitalismo conoce diferentes períodos en su recorrido histórico - nacimiento, ascendencia, decadencia -, cada uno de esos períodos contiene también sus distintas fases. Por ejemplo, el período de ascendencia tuvo las fases sucesivas del libre mercado, de la sociedad por acciones, del monopolio, del capital financiero, de las conquistas coloniales, del establecimiento del mercado mundial. Del mismo modo, el período de decadencia ha tenido también su historia : imperialismo, guerras mundiales, capitalismo de Estado, crisis permanente y, hoy, descomposición. Se trata de diferentes expresiones sucesivas de la vida del capitalismo ; esas expresiones quizás ya existían en la fase anterior, quizás se mantenían en la siguiente, pero son, sin embargo, lo característico de una fase determinada de la vida del capitalismo. Por ejemplo, en un plano más general, si bien el salariado existía ya en la sociedad esclavista o feudal (al igual que el esclavismo o la servidumbre se mantuvieron en el capitalismo), sólo en el capitalismo esa relación de explotación llegó a ser dominante en la sociedad. El imperialismo existió durante la fase ascendente del capitalismo. Sin embargo, no adquiere el lugar preponderante en la sociedad, en la política de los Estados y en las relaciones internacionales más que con la entrada del capitalismo en su período de decadencia imprimiendo con su marca la primera fase de esa decadencia lo que hizo que los revolucionarios de entonces lo identificaran con la decadencia misma.
Así, la fase de descomposición de la sociedad capitalista no aparece únicamente como la continuación cronológica de las caracterizadas por el capitalismo de Estado y la crisis permanente. En realidad, las contradicciones y expresiones de la decadencia del capitalismo que la han ido marcado sucesivamente en sus distintas fases se mantienen e incluso se han profundizado, de tal modo que la fase de descomposición es la resultante de la acumulación de todas esas características de un sistema moribundo, la fase que remata tres cuartos de siglo de agonía de un modo de producción condenado por la historia. O sea que no sólo el carácter imperialista de todos los Estados, la amenaza de guerra mundial, la absorción de la sociedad civil por el monstruo estatal, la crisis permanente de la economía capitalista, se mantienen en la fase de descomposición, sino que además, ésta aparece como la consecuencia última, como síntesis acabada de todos esos elementos. Es el resultado :
- de la prolongación (siete décadas, o sea más que la duración de la "revolución industrial") de la decadencia de un sistema que ha tenido como característica entre las principales, la extraordinaria rapidez de las transformaciones que ha hecho vivir a la sociedad (en eso, 10 años de la vida del capitalismo valen tanto como un siglo de sociedad esclavista) ;
- de la acumulación de las contradicciones que esa decadencia ha desencadenado.
Es la última y definitiva etapa hacia la que tienden las espeluznantes convulsiones que, desde principios de siglo, a través de una espiral infernal de crisis-guerra-reconstrucción-nueva crisis, han zarandeado a la sociedad y a sus diferentes clases :
- dos espantosas carnicerías imperialistas que dejaron exangües a la mayoría de los principales países y que tuvieron repercusiones sin precedentes en toda la humanidad ;
- una oleada revolucionaria que hizo temblar a la burguesía mundial entera, y que desembocó en una contrarrevolución con formas de lo más bestial como las del fascismo y el estalinismo o de lo más cínico como la de la "democracia" y el antifascismo ;
- el retorno sistemático de la pobreza absoluta, de una miseria en las masas obreras que parecían fenómenos del pasado, caducos ;
- el desarrollo de las hambres más considerables y asesinas de la historia humana ;
- el hundimiento durante dos décadas de la economía capitalista en una nueva crisis abierta, sin que la burguesía, por su incapacidad para alistar tras sus banderas a la clase obrera, pueda dar su propia respuesta a esa crisis : la guerra mundial, respuesta que evidentemente no es ninguna "solución".

4
. Ese último punto es precisamente lo nuevo, lo específico, lo inédito que, en última instancia, ha sido la causa de la entrada del capitalismo decadente en una nueva fase de su historia, la de la descomposición. La crisis abierta que se inicia a finales de los años 60, consecuencia del agotamiento de la reconstrucción de la posguerra, abre de nuevo la vía a la alternativa histórica de guerra mundial o enfrentamientos de clase generalizados hacia la revolución proletaria. Pero, contrariamente a la crisis abierta de los años 30, la crisis actual se ha desarrollado en un momento en el que la clase obrera no estaba sometida a la contrarrevolución. Por eso, con su resurgir histórico a partir del año 1968, dio la prueba de que la burguesía no tenía las manos libres para desencadenar una tercera guerra mundial. Al mismo tiempo, aunque el proletariado ha encontrado las fuerzas para impedir esa "solución", en cambio no ha encontrado todavía las fuerzas necesarias para echar abajo al capitalismo. Veamos por qué :
- a causa del ritmo de la crisis mucho más lento que en el pasado ;
- a causa del retraso histórico en el desarrollo de su conciencia y de sus organizaciones políticas, debido a la trágica ruptura orgánica en la continuidad de esas organizaciones, ruptura causada por la profundidad y la duración de la contrarrevolución.
En una situación así, en la que las dos clases fundamentales - y antagónicas - de la sociedad se enfrentan sin lograr imponer su propia respuesta decisiva, la historia sigue, sin embargo, su curso. En el capitalismo, todavía menos que en los demás modos de producción que lo precedieron, la vida social no puede "estancarse" ni quedar "congelada". Mientras las contradicciones del capitalismo en crisis no cesan de agravarse, la incapacidad de la burguesía para ofrecer a la sociedad entera la menor perspectiva y la incapacidad de proletariado para afirmar, en lo inmediato y abiertamente, la suya propia, todo ello no puede sino desembocar en un fenómeno de descomposición generalizada, de putrefacción de la sociedad desde sus raíces.

5
. En efecto, ningún modo de producción puede seguir viviendo, desarrollarse, afianzarse en bases firmes, mantener la cohesión social, si no es capaz de dar una perspectiva al conjunto de la sociedad en la que impera. Y esto es tanto más cierto para el capitalismo, al haber sido el modo de producción más dinámico de la historia. Cuando las relaciones de producción capitalistas eran el marco apropiado para el desarrollo de las fuerzas productivas, esta perspectiva se confundía con el progreso histórico, no sólo de la sociedad capitalista, sino de la humanidad entera. En estas circunstancias, a pesar de los antagonismos de clase o de rivalidades entre sectores, en especial nacionales, de la clase dominante, el conjunto de la vida social podía irse desarrollando sin mayores convulsiones. Cuando esas relaciones de producción se convirtieron en trabas para el crecimiento de las fuerzas productivas y, por lo tanto, en trabas para el desarrollo social, marcando así la entrada en un período de decadencia, surgieron las convulsiones que hemos conocido desde hace tres cuartos de siglo. En un marco así, la perspectiva que el capitalismo podía ofrecer a la sociedad no podía sino depender de los límites que su decadencia permite :
- la "unión sagrada" o movilización de todas las fuerzas económicas, polí ticas y militares en torno al Estado nacional, para la "defensa de la patria", de la "civilización" y demás...;
- la "unión de todos los demócratas", de todos los "defensores de la civilización" contra la "hidra y la barbarie bolcheviques" ;
- la movilización económica por la reconstrucción después de la ruinas de la guerra ;
- la movilización ideológica, política, económica y militar por la "conquista del espacio vital" o contra el "peligro fascista". Ninguna de esas perspectivas significaba, claro está, la más mínima "solución" para las contradicciones del capitalismo. Todas ellas tenían sin embargo, la ventaja de aparecer como objetivos "realistas" : ya fuera preservar la supervivencia de su sistema contra la amenaza de su enemigo de clase, el proletariado, ya fuera organizar la preparación de la guerra mundial o su desencadenamiento, ya fuera llevar a cabo un relanzamiento de la economía tras dicha guerra.
La situación actual se define, en cambio, en que la clase obrera no es todavía capaz de entablar ya el combate por su propia perspectiva, la única verdaderamente realista, la de la revolución comunista, pero también en que la burguesía es incapaz de proponer la menor perspectiva, ni siquiera a corto plazo, pues la capacidad que ésta demostró en el pasado, incluso en el período de decadencia, para limitar y controlar el fenómeno de descomposición va a desaparecer ante los golpes de ariete de la crisis. Por eso es por lo que la situación actual de crisis abierta aparece como totalmente diferente a los de la anterior crisis del mismo tipo, la de los años 30. Si esta última no dio lugar a un fenómeno de descomposición, ello no se debe a que sólo duró diez años, mientras que la actual ya dura desde hace dos décadas. Si no se desarrolló la descomposición de la sociedad en los años 30, ello se debió, sobre todo, a que la burguesía, frente a la crisis, tenía las manos libres para dar rienda suelta a su "solución". Una solución de una crueldad indecible, una respuesta a la crisis de carácter suicida que produjo la mayor catástrofe de la historia humana, una respuesta que la burguesía no había escogido deliberadamente puesto que le venía impuesta por la agravación de la crisis ; pero también una solución en torno a la cual, ella pudo, al no haber una resistencia significativa del proletariado, organizar el aparato productivo, político e ideológico de la sociedad. Hoy en cambio, por el hecho mismo que desde hace dos décadas el proletariado ha sabido impedir que pueda llevarse a cabo semejante solución, la burguesía ha sido incapaz de organizar lo mínimo para movilizar a los diferentes componentes de la sociedad, incluso entre la clase dominante, en torno a un objetivo común, si no es el de aguantar paso a paso y sin esperanzas de lograrlo, ante los avances de la crisis.

6
. Es así como, incluso si la fase de descomposición aparece como remate, como síntesis de todas las contradicciones y manifestaciones sucesivas de la decadencia capitalista :
- se integra plenamente en el ciclo crisis-guerra-reconstrucción-retorno de la crisis ;
- se enfanga en la orgía guerrera y militarista típica de todos los períodos de decadencia y que ha sido desde hace dos décadas factor de primer orden de la agravación de la crisis abierta ;
- es resultado de la capacidad de la burguesía (adquirida tras la crisis de los años 30) para frenar, mediante el capitalismo de Estado a escala de bloque imperialista, el ritmo de hundimiento en la crisis ;
- es también resultado de la experiencia de esa clase (adquirida durante las dos guerras mundiales) que le evita lanzarse, sin la suficiente adhesión política por parte del proletariado, en la aventura del enfrentamiento imperialista generalizado ;
- es resultado de la capacidad de la clase obrera de hoy para desmontar las trampas del período de contrarrevolución, pero también de la situación de inmadurez política herencia de esa misma contrarrevolución.
Esta fase de descomposición está determinada esencialmente por condiciones históricas nuevas, inéditas e inesperadas : la situación de bloqueo momentáneo de la sociedad, a causa de la "neutralización" mutua de sus dos clases fundamentales, lo que impide que cada una de ellas aporte su respuesta decisiva a la crisis abierta de la economía capitalista. Las manifestaciones de la descomposición, las condiciones de su evolución sólo pueden examinarse poniendo en primer plano ese aspecto.

7
. Si pasamos revista a las características esenciales de la descomposición tal como hoy están apareciendo, podemos comprobar que tienen como denominador común la mencionada falta de perspectivas. Por ejemplo :
- la multiplicación de hambrunas en los países del llamado Tercer mundo, a la vez que se destruyen reservas de mercancías agrícolas, o que se decide dejar baldías cantidad de tierras cultivables ;
- la transformación de ese Tercer mundo en inmensas villas miseria, en donde miles de millones de personas procuran sobrevivir como ratas en alcantarillas ;
- el desarrollo de ese mismo fenómeno en el corazón mismo de las ciudades de los países "adelantados", en donde la cantidad de gente sin techo, sin recursos, no hace sino aumentar, hasta el punto que la esperanza de vida en algunos barrios ya es menor que la de los países atrasados ;
- las catástrofes "accidentales" que se han ido multiplicando en los últimos tiempos (aviones que se aplastan, trenes y metros que se transforman en ataúdes, no sólo en los países atrasados como India o la URSS, sino también en el centro de ciudades occidentales como París o Londres) ;
- los efectos cada día más devastadores, en lo humano, social y económico, de las catástrofes "naturales" (inundaciones, sequía, terremotos, ciclones), ante los cuales los hombres parecen estar cada día más desarmados, a la vez que la tecnología no para de progresar y que ya existen todos los medios para protegerse de aquéllas (diques, sistemas de irrigación, viviendas antisísmicas, antitempestades), a la vez que se cierran empresas que fabrican esos medios y que se despide a los obreros ;
- la degradación del medio ambiente que está alcanzando cotas impresionantes (agua corriente asquerosa, ríos muertos, océanos basura, aire irrespirable de las ciudades, decenas de kilómetros cuadrados contaminadas por la radioactividad en Ucrania y Bielorusia), que está amenazando el equilibrio del planeta entero con la desaparición de las selvas ecuatoriales, como la amazónica, los "pulmones de la Tierra", con el llamado efecto invernadero, con la destrucción de la capa de ozono.
Todas esas calamidades económicas y sociales, aunque se deben en general a la decadencia misma del sistema, dan cuenta, por su acumulación y amplitud, del callejón sin salida en que se ha metido un sistema que no tiene el más mínimo porvenir que proponer a la inmensa mayoría de la población mundial, si no es el de una barbarie en aumento e inimaginable. Un sistema cuyas políticas económicas, cuya investigación e inversiones se hacen sistemáticamente en detrimento del futuro de la humanidad y, por lo tanto, en detrimento del sistema mismo.

8
. La ausencia total de perspectivas de la sociedad actual se expresa con todavía mayor evidencia en lo político e ideológico. Por ejemplo :
- la increíble corrupción que está aumentando, prosperando en los aparatos políticos, la oleada de escándalos en la mayoría de los países, como en Japón, donde resulta cada día más difícil distinguir aparato de gobierno y hampa gangsteril, o en España, en donde está en entredicho el mismísimo brazo derecho del jefe de gobierno socialista, en Bélgica, en Italia y en Francia, en donde los diputados han decidido amnistiarse a sí mismos de sus mangoneos y bajezas ;
- el aumento del terrorismo, de las capturas de rehenes como medio de guerra entre Estados, en detrimento de las "leyes" que el capitalismo se había dado en el pasado para "reglamentar" los conflictos entre fracciones de la clase dirigente ;
- el aumento constante de la criminalidad, de la inseguridad, de la violencia urbana, en la que se han ido metiendo cada día más y más niños, los cuales acaban también siendo víctimas de la prostitución ;
- el aumento del nihilismo, del suicidio de los jóvenes, de la desesperanza, como así lo expresaba el "no future" de las revueltas urbanas en Gran Bretaña, del odio y de la xenofobia que animan a "skinheads" y "hooligans", para quienes los encuentros deportivos son una ocasión de desahogarse y sembrar el terror ;
- la imparable marea de la drogadicción, fenómeno hoy de masas, poderosa causa de la corrupción de los Estados y de los organismos financieros, que afecta a todas las partes del mundo y, en especial, a la juventud, un fenómeno que expresa cada vez menos la huida hacia mundos quiméricos, que se parece cada día más a la locura y al suicidio ;
- la profusión de sectas, el resurgir del espíritu religioso, incluidos algunos países avanzados, el rechazo hacia un pensamiento racional, coherente, construido, incluso en algunos ámbitos "científicos", y que ocupa en los media un lugar preponderante gracias a la embrutecedora publicidad y a sus emisiones estúpidas ;
- la invasión en esos mismos media del espectáculo de la violencia, del horror, de la sangre y de las matanzas, incluso en programas para niños ;
- la nulidad y la venalidad de la mayoría de las producciones "artísticas", literarias, musicales, de pintura y arquitectura, que no saben sino expresar la angustia, la desesperación, el estallido del pensamiento, la nada ;
- el "cada cual a lo suyo", la marginalización, la atomización de los individuos, la destrucción de las relaciones familiares, la exclusión de los ancianos, la aniquilación de lo afectivo y su sustitución por la pornografía, el deporte comercializado y mediatizado, las concentraciones de masas de jóvenes en plena histeria colectiva a modo de canción y baile, sustituto siniestro de una solidaridad y de unos lazos sociales totalmente ausentes.
Todas esas manifestaciones de la putrefacción social que, hoy, a una escala desconocida en la historia, invaden por todos sus poros a la sociedad humana, expresan no sólo la dislocación de la sociedad burguesa, sino y sobre todo la destrucción de todo principio de vida colectiva en el seno de una sociedad sin el menor proyecto, la menor perspectiva, incluso a corto plazo, incluso la más ilusoria.

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. Entre las características más importantes de la descomposición de la sociedad capitalista, hay que subrayar la creciente dificultad de la burguesía para controlar la evolución de la situación en el plano político. La base de este fenómeno es, claro está, que la clase dominante cada día controla menos su aparato económico, infraestructura de la sociedad. El atolladero histórico en que está metido el modo de producción capitalista, los fracasos sucesivos de las diferentes políticas instauradas por la burguesía, la huida ciega permanente en el endeudamiento con el cual va sobreviviendo la economía mundial, todos esos factores repercuten obligatoriamente en un aparato político incapaz, por su parte, de imponer a la sociedad, y en especial a la clase obrera, la "disciplina" y la adhesión que se requieren para movilizar todas las fuerzas y todos las energía para la guerra mundial, única "respuesta" histórica que la burguesía sea capaz de "ofrecer". La falta de la menor perspectiva (si no es la de ir parcheando la economía) hacia la cual pueda movilizarse como clase, y cuando el proletariado no es todavía una amenaza de su supervivencia, lleva a la clase dominante, y en especial a su aparato político, a una tendencia a una indisciplina cada vez mayor y al sálvese quien pueda. Es un fenómeno que nos permite explicar el hundimiento del estalinismo y del bloque imperialista del Este. Ese derrumbe es globalmente consecuencia de la crisis económica mundial del capitalismo ; pero tampoco puede analizarse sin tener en cuenta lo que las circunstancias históricas de su aparición han hecho de específico en los regímenes estalinistas (véase al respecto las "Tesis sobre la crisis económica y política en la URSS y en los países del Este", Revista internacional n° 60). Sin embargo, no puede comprenderse plenamente ese hecho histórico tan importante e inédito (el hundimiento desde dentro de todo un bloque imperialista sin que se deba a una revolución o a una guerra) si no se tiene en cuenta en el análisis a ese otro factor inédito que es la entrada de la sociedad en una fase de descomposición tal como hoy puede verificarse. La centralización extrema y la total estatalización de la economía, la confusión entre aparato económico y político, la tramposería constante y a gran escala con la ley del valor, la movilización de todos los recursos económicos para lo militar, todas esas características propias de los regímenes estalinistas estaban perfectamente adaptadas a un contexto de guerra imperialista (ese tipo de régimen atravesó victoriosamente la Segunda Guerra mundial, reforzándose incluso gracias a ella), pero se toparon brutal y radicalmente con sus límites en cuanto la burguesía tuvo que afrontar durante años la agravación de la crisis económica sin que esta situación pudiera desembocar en tal guerra imperialista. El desinterés general que en esos países reina, al no existir la sanción del mercado (y que precisamente el restablecimiento del mercado pretende eliminar) es inconcebible en tiempos de guerra cuando la ón" primera de los obreros, y de los responsables de la economía, era el fusil que tenían detrás. La desbandada general dentro mismo del aparato estatal, la pérdida de control de su propia estrategia política, ese espectáculo que hoy nos están ofreciendo la URSS y sus satélites, son, en realidad la caricatura (caricatura debida a lo específico de esos regímenes) de un fenómeno mucho más general que afecta al conjunto de la burguesía mundial, un fenómeno que es propio de la fase de descomposición.

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. Esa tendencia general a que la burguesía pierda el control de su política, si ya es uno de los primeros factores en el hundimiento del bloque del Este, se va a agudizar todavía más precisamente por ese hundimiento, a causa de :
- la agravación de la crisis económica resultante ;
- el desmembramiento del bloque occidental que la desaparición de su rival supone ;
- la agudización de las rivalidades particulares que el alejamiento momentáneo de la perspectiva de guerra mundial va a provocar entre sectores de la burguesía, tanto entre las diferentes fracciones nacionales como entre camarillas de un mismo Estado.
Esa desestabilización política de la clase burguesa, bien ilustrada por la inquietud que aparece entre sus sectores más sólidos respecto a la posible contaminación del caos que se está desplegando en los países del ex bloque del Este, podría acabar desembocando incluso en la incapacidad para volver a formar un nuevo orden mundial en dos bloques imperialistas. La agravación de la crisis mundial conduce obligatoriamente a la agudización de las rivalidades imperialistas entre Estados. Por eso, el aumento y la agravación de los enfrentamientos militares entre ellos están ya a la orden del día de la actualidad. En cambio, la reconstitución de una estructura económica, política y militar que agrupe a esos diferentes Estados supone que exista entre ellos una disciplina que la descomposición hará cada día más problemática. Por ello, este fenómeno, que ya es responsable en parte de la desaparición del sistema de bloques heredado de la Segunda Guerra mundial, puede, al impedir que vuelva a formarse un nuevo sistema de bloques, no sólo alejar, como ya está ocurriendo ahora, sino incluso a que desaparezca definitivamente la perspectiva de guerra mundial.

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. La posibilidad de semejante cambio de perspectiva general del capitalismo, resultado de las importantísimas transformaciones que la descomposición está haciendo en la vida de la sociedad, no pone, ni mucho menos, en entredicho el resultado final que este sistema reserva para la humanidad en caso de que el proletariado resultara incapaz de derrocarlo. En efecto, si bien la perspectiva histórica de la sociedad ya se planteó en términos generales por Marx y Engels con la forma de "socialismo o barbarie", el desarrollo mismo de la vida del capitalismo (y en especial en su decadencia) ha permitido precisar, e incluso agravar, ese juicio con la forma de :
- "guerra o revolución", fórmula adoptada por los revolucionarios desde antes de la Primera Guerra mundial y que fue uno de los principios fundadores de la Internacional comunista ;
- "revolución comunista o destrucción de la humanidad", que se impone tras la Segunda Guerra mundial con la aparición de las armas atómicas.
Hoy, tras la desaparición del bloque del Este, esa espeluznante perspectiva sigue siendo totalmente válida. Pero cabe precisar que la destrucción de la humanidad puede venir tanto de la guerra imperialista generalizada como de la descomposición de la sociedad.
En efecto, no debe considerarse la descomposición como regresión de la sociedad. Aunque es cierto que la descomposición hace que vuelvan a surgir algunas características típicas del pasado del capitalismo, y en particular del período ascendente de ese modo de producción, como, por ejemplo :
- la ausencia actual de división del mundo en dos bloques imperialistas ;
- y, por consiguiente, las luchas entre naciones (cuyo recrudecimiento ac tual, sobre todo en el ex bloque del Este es una buena expresión de la descomposición) no deben considerarse como momentos de un enfrentamiento entre dos bloques.
La descomposición no retrotrae a ningún tipo de sociedad anterior, a ninguna fase precedente de la vida del capitalismo. Ocurre con la sociedad capitalista como con un anciano de quien se dice que "ha vuelto a la infancia". Quizás haya podido perder éste ciertas facultades y comportamientos adquiridos en la madurez y recobrar algunos de la infancia (fragilidad, dependencia, debilidad de raciocinio), no por eso va a recobrar la vitalidad propia de la tierna edad. Hoy, la civilización humana está perdiendo cierta cantidad de lo adquirido (el dominio de la naturaleza, por ejemplo) ; pero no por eso va a volver a recuperar la capacidad de progreso y de conquista, características, en especial, del capitalismo ascendente. El discurrir de la historia es irreversible : la descomposición lleva, como su nombre tan bien lo indica, al desmembramiento y a la putrefacción de la sociedad, a la nada. Abandonada a su propia lógica, a sus consecuencias últimas, arrastraría a la humanidad a los mismos resultados que la guerra mundial. Ser aniquilado bestialmente por un chaparrón de bombas termonucleares en una guerra generalizada o serlo por la contaminación, la radioactividad de las centrales nucleares, las hambres, las epidemias y las matanzas en conflictos guerreros, en los que, además, se utilizarían las armas atómicas, todo ello es, en fin de cuentas, lo mismo. La única diferencia entre ambas formas de destrucción es que aquélla es más rápida mientras que ésta va más lenta y, por ende, con muchos más sufrimientos si cabe.

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. Es de la mayor importancia que el proletariado, y en su seno los revolucionarios, sean capaces de captar la amenaza mortal que la descomposición es para la sociedad entera. En un momento en el que las ilusiones pacifistas pueden desarrollarse a causa del alejamiento de una posible guerra generalizada, hay que combatir con el mayor ahínco toda tendencia en la clase obrera a buscar consuelos, a ocultarse la extrema gravedad de la situación mundial. Y muy especialmente, sería tan falso como peligroso el considerar que la descomposición, porque es una realidad, sería, por ello, una necesidad para avanzar hacia la revolución.
Hay que poner sumo cuidado en no confundir necesidad y realidad. Ya Engels criticaba duramente la fórmula de Hegel : "Todo lo que es racional es real y todo lo que es real es racional", rechazando la segunda parte de esta fórmula y dando el ejemplo de la persistencia de la monarquía en Alemania, que era muy real pero en absoluto racional (y este razonamiento de Engels podría aplicarse hoy todavía y desde hace mucho tiempo a las monarquías de muchos paises). La descomposición, si bien es un hecho real hoy, no por eso es una prueba de que sea necesaria para la revolución proletaria.Con un enfoque así, se podrían en entredicho la Revolución de Octubre de 1917 y toda la oleada revolucionaria de la primera posguerra que surgieron sin que hubiera fase de descomposición del capitalismo. De hecho, el distinguir claramente la decadencia del capitalismo y esa fase específica, fase postrera de la decadencia que es la descomposición, tiene una de sus aplicaciones en la cuestión de la realidad y de la necesidad : la decadencia del capitalismo era necesaria para que el proletariado fuera capaz de echar abajo el sistema ; en cambio, la aparición del fenómeno histórico de la descomposición, resultado de la prolongación de la decadencia al no haber revolución proletaria, no es en absoluto una etapa necesaria en el camino de su emancipación.
Con esta fase de la descomposición ocurre como con lo de la guerra imperialista.La guerra de 1914 fue un hecho fundamental que la clase obrera y los revolucionarios debían tener evidentemente en cuenta (¡ y de qué modo !), pero eso no implica ni mucho menos que fuera una condición necesaria a la revolución.Sólos los bordiguistas lo creen y lo afirman. La CCI ya tuvo ocasión de demostrar que la guerra no es ni mucho menos una condición especialmente favorable para el triunfo de la revolución internacional.Y si se considera la perspectiva de una tercera guerra mundial, el problema queda inmediatamente "resuelto".

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. En realidad, hay que ser de lo más clarividente sobre el peligro que significa la descomposición en la capacidad del proletariado para ponerse a la altura de su tarea histórica. Del mismo modo que el estallido de la guerra imperialista en el corazón del mundo "civilizado" fue una "sangría que podía acabar por agotar mortalmente al movimiento obrero europeo", que "amenazaba con enterrar las perspectivas del socialismo bajo las ruinas amontonadas por la barbarie imperialista", "segando en los campos de batalla (...) a las mejores fuerzas (...) del socialismo internacional, las tropas de vanguardia del proletariado mundial entero" (Rosa Luxemburg, La Crisis de la socialdemocracia), la descomposición de la sociedad, que no hará sino agravarse, puede también segar, en los años venideros, las mejores fuerzas del proletariado, comprometiendo definitivamente la perspectiva del comunismo. Y ello es así porque el envenenamiento de la sociedad que acarrea la putrefacción del capitalismo no deja libre a ninguno de sus componentes, a ninguna de sus clases, ni siquiera al proletariado. Y aunque el debilitamiento del imperio de la ideología burguesa debido a la entrada del capitalismo en su fase de decadencia era una de las condiciones de la revolución, el fenómeno de descomposición de esa misma ideología, tal como hoy se está desarrollando, aparece esencialmente como un obstáculo a la toma de conciencia del proletariado.
La descomposición ideológica afecta, evidentemente, en primer lugar a la clase capitalista misma y de rebote, a las capas pequeñoburguesas, que carecen de la menor autonomía. Puede incluso decirse que estas capas se identifican muy bien con la descomposición, pues al dejarlas su propia situación sin la menor posibilidad de porvenir, se amoldan a la causa principal de la descomposición ideológica : la ausencia de toda perspectiva inmediata para el conjunto de la sociedad. Unicamente el proletariado lleva en sí una perspectiva para la humanidad, y por eso es en sus filas en donde existen las mejores capacidades de resistencia a la descomposición. Pero también le afecta ésta, sobre todo porque la pequeña burguesía, con la que convive, es uno de sus principales vehículos. Los diferentes factores que son la fuerza del proletariado chocan directamente con las diferentes facetas de la descomposición ideológica :
- la acción colectiva, la solidaridad, encuentran frente a ellas la atomización, el "sálvese quién pueda", el "arreglárselas por su cuenta" ;
- la necesidad de organización choca contra la descomposición social, la dislocación de las relaciones en que se basa cualquier vida en sociedad ;
- la confianza en el porvenir y en sus propias fuerzas se ve minada constantemente por la desesperanza general que invade la sociedad, el nihilismo, el "no future" ;
- la conciencia, la clarividencia, la coherencia y unidad de pensamiento, el gusto por la teoría, deben abrirse un difícil camino en medio de la huida hacia quimeras, drogas, sectas, misticismos, rechazo de la reflexión y destrucción del pensamiento que están definiendo a nuestra época.

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. Uno de los factores que está agravando esa situación es evidentemente, que una gran proporción de jóvenes generaciones obreras está recibiendo en pleno rostro el latigazo del desempleo, incluso antes de que muchos hayan podido tener ocasión, en los lugares de producción, junto con los compañeros de trabajo y lucha, de hacer la experiencia de una vida colectiva de clase. De hecho, el desempleo, resultado directo de la crisis económica, aunque en sí no es una expresión de la descomposición, acaba teniendo, en esta fase particular de la decadencia, consecuencias que lo transforman es aspecto singular de la descomposición. Aunque en general sirve para poner al desnudo la incapacidad del capitalismo para asegurar un futuro a los proletarios, también es, hoy, un poderoso factor de "lumpenización" de ciertos sectores de la clase obrera, sobre todo entre los más jóvenes, lo que debilita de otro tanto las capacidades políticas actuales y futuras de ella, lo cual ha implicado, a lo largo de los años 80, que han conocido un aumento considerable del desempleo, una ausencia de movimientos significativos o de intentos reales de organización por parte de obreros sin empleo. El que en pleno período de contrarrevolución, cuando la crisis de los años 30, el proletariado, en especial en Estados Unidos, hubiera sido capaz de darse formas de lucha da una idea, por contraste, del peso de las dificultades que hoy acarrea el desempleo en la toma de conciencia del proletariado, a causa de la descomposición.

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. De hecho, no sólo es en la cuestión del desempleo en donde se han visto en los últimos años el peso de la descomposición como factor de las dificultades en la toma de conciencia del proletariado. Incluso dejando de lado el hundimiento del bloque del Este y la agonía del estalinismo (que son una expresión de la fase de descomposición y que han provocado un retroceso evidente en la conciencia de clase, véase al respecto la Revista internacional nos 60 y 61), debemos considerar que las dificultades de la clase obrera para hacer avanzar la perspectiva de unificación de las luchas, aún cuando esto ya estaba contenido en la dinámica misma de su lucha contra los ataques cada día más frontales del capitalismo, se deben en gran parte a la presión que está ejerciendo la descomposición. Las vacilaciones del proletariado, ante la necesidad de alzarse a un nivel superior de su lucha, aunque es una característica general del movimiento obrero analizada ya por Marx en El 18 de Brumario, se ha acentuado con la falta de confianza en sí mismo y en el porvenir que la descomposición inocula en la clase. E igualmente, la ideología del "cada uno a lo suyo", que marca especialemente el período actual, ha favorecido las trampas del corporativismo que la burguesía ha puesto delante de las luchas obreras en los últimos años.
Es así como a lo largo de los años 80, la descomposición de la sociedad capitalista ha desempeñado un papel de freno de la toma de conciencia de la clase obrera. Junto a otros factores, identificados ya en el pasado, que también han contribuido a frenar ese proceso, como :
1)el ritmo lento de la crisis misma ;
2)la debilidad de las organizaciones políticas de la clase debida a la ruptura orgánica entre las formaciones del pasado y las que han surgido con la reanudación histórica de finales de los años 60, es importante añadir la presión de la descomposición. Estos factores no actúan, sin embargo, de la misma manera.Mientras que el tiempo que pasa es un factor que contribuye a restar importancia a aquéllos, no hace sino aumentar la importancia de éste. Es, pues, fundamental, comprender que cuanto más tarde el proletariado en derrocar al capitalismo, tanto más importantes serán los peligros y los efectos nocivos de la descomposición.

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. Es conveniente poner en evidencia que hoy, contrariamente a la situación de los años 70, el tiempo ya no juega en favor de la clase obrera. Mientras la amenaza de destrucción de la sociedad estaba representada por la guerra imperialista "únicamente", al ser capaces de mantenerse como obstáculo decisivo ante semejante conclusión, las luchas obreras cerraban el camino a la destrucción. En cambio, contrariamente a la guerra imperialista, la cual, para poder estallar, requiere la adhesión del proletariado a los ideales de la burguesía, la descomposición no necesita ningún alistamiento de la clase obrera para destruir a la humanidad. Del mismo modo que no pueden oponerse al hundimiento económico, las luchas proletarias en este sistema tampoco serán capaces de llegar a ser un freno a la descomposición.En estas condiciones, aunque la amenaza que representa la descomposición para la vida social aparece como algo a más largo plazo que la que vendría de una guerra mundial (si las condiciones para ésta estuvieran reunidas, lo que no es el caso hoy), es, en cambio, mucho más insidiosa.Para acabar con la amenaza que es la descomposición, las luchas obreras de resistencia a los efectos de la crisis no son suficientes: únicamente la revolución comunista podrá destruir esa amenaza. Del mismo modo, en todo el período venidero, el proletariado no podrá utilizar en beneficio propio el debilitamiento que la descomposición está provocando en el seno de la burguesía misma. En este período, su objetivo será resistir ante los efectos nocivos de la descomposición en su propio seno, no contando más que con sus propias fuerzas, con su capacidad para luchar colectiva y solidariamente, en defensa de sus intereses como clase explotada, aunque, eso sí, la propaganda de los revolucionarios deberá insistir constantemente en los peligros de la descomposición. Sólo será en el período revolucionario, cuando el proletariado esté a la ofensiva, cuando entable directa y abiertamente el combate por su propia perspectiva histórica, cuando entonces podrá utilizar ciertos efectos de la descomposición de la ideología burguesa y de las fuerzas del poder capitalista, como punto de apoyo para volverlas contra el capital.

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. La evidencia de los peligros considerables que a la clase obrera y a la humanidad entera hace correr el fenómeno histórico de la descomposición no debe llevar a la clase y especialmente a sus minorías revolucionarias a adoptar frente a ella una actitud fatalista.La perspectiva histórica sigue abierta. A pesar del golpe en su toma de conciencia dado por el hundimiento del bloque del Este, el proletariado no ha sufrido derrotas importantes en el terreno de sus luchas. Su combatividad sigue intacta. Pero, además, y es éste un factor que determina en última instancia la evolución de la descomposición, o sea, la agravación inexorable de la crisis del capitalismo, es un estimulo esencial de la lucha y de la toma de conciencia de la clase, condición misma en su capacidad para resistir al veneno ideológico de la putrefacción de la sociedad. En efecto, si bien las luchas parciales contra los efectos de la descomposición no pueden ser un terreno de unificación de clase, en cambio la lucha contra los efectos de la crisis misma es la base para que se desarrolle su fuerza y su unidad de clase. Y esto es así porque :
- si bien los efectos de la descomposición (la contaminación, la droga, la inseguridad...) afectan de modo relativamente indiferenciado a todas las capas de la sociedad y son un terreno idóneo para las campañas y trampas aclasistas (ecología, colectivos y movimientos antinucleares, movilizaciones antiracistas...), en cambio, los ataques económicos (baja del salario real, despidos, aumentos de cadencias...) resultados directos de la crisis, afectan de modo específico al proletariado, o sea, a la clase que produce la plusvalía y que enfrenta al capital en ese terreno ;
- la crisis económica, al contrario de la descomposición social, la cual concierne esencialmente las superestructuras, es un fenómeno que afecta directamente la infraestructura de la sociedad en la que se basan aquéllas ; por eso, la crisis pone al desnudo las causas primeras de toda la barbarie que se cierne sobre la sociedad, permitiendo así al proletariado tomar conciencia de la necesidad de cambiar radicalmente de sistema y no ya de pretender mejorar algunos aspectos de él.
Sin embargo, la conciencia de la crisis por sí sola no puede resolver los problemas y las dificultades ante los que se enfrenta y deberá enfrentarse cada día más el proletariado.Unicamente :
- la conciencia de la importancia de lo que se está jugando en la situación histórica de hoy y, en especial, de los peligros mortales que la des composición entraña para la humanidad;
- su determinación en proseguir, desarrollar y unificar su combate de clase ;
- su capacidad para desactivar la cantidad de trampas que la burguesía, incluso afectada por su propia descomposición, no dejará de tenderle en su camino ;
permitirá a la clase obrera responder golpe a golpe a los ataques de todo tipo desencadenados por el capitalismo para finalmente pasar a la ofensiva y acabar de una vez con este sistema cruel y despiadado.
La responsabilidad de los revolucionarios es participar activamente en el desarrollo de ese combate del proletariado.

FM, Mayo del 90

LA UNICA RESPUESTA A LA GUERRA IMPERIALISTA ES LA LUCHA DE CLASES INTERNACIONAL

EN RESPUESTA al horrible crimen de guerra del 11 de septiembre, con su trágico balance de más de 6000 muertos, nuevos e igualmente horribles crímenes de guerra están siendo cometidos por USA y sus "aliados".
Antes ya del comienzo de los nuevos ataques militares sobre un Afganistán completamente arruinado, decenas de miles de refugiados afganos estaban condenados a muerte por hambre y enfermedades. Sin embargo, la lista de muertes va a crecer dramáticamente ahora que las acciones militares han empezado. Las bombas y los misiles causarán desabastecimiento y hambrunas a una escala todavía mayor por mucho que Estados Unidos, por razones publicitarias, lance unos cuantos paquetes de alimentos. Respecto a los llamados "ataques de precisión" no tenemos más que recordar lo que ocurrió anteriormente en las guerras contra Irak en 1991 y contra Serbia en 1999. Las poblaciones de ambos países todavía están padeciendo los resultados devastadores de estos bombardeos "humanitarios".
Se nos dice que esta nueva guerra es una guerra en defensa de la democracia y la civilización contra la red de fanáticos islámicos dirigida por Ben Laden. Pero Ben Laden y sus secuaces, que han matado deliberadamente el máximo número de civiles posible, no hacen sino seguir el ejemplo de lo que tantas veces han hecho los llamados Estados "civilizados". La civilización que reina en el planeta, tanto en los países occidentales como en el llamado "mundo musulmán", es una civilización capitalista, y es este sistema social el que está en un profundo declive desde la Primera Guerra mundial. En esta época de decadencia nos ha dado numerosas muestras de barbarie y carnicería humana: los campos de concentración de los nazis y del estalinismo; los bombardeos de terror de Londres durante la Segunda Guerra Mundial, los bombardeos de Dresde y Hamburgo en 1944 realizados por los Aliados, Hiroshima y Nagasaki; Vietnam y Camboya. Muchas de estas carnicerías se han hecho en nombre de la democracia y de la civilización. Baste mirar la última década del siglo XX: masacres en Kuwait e Irak, en Yugoslavia, en Ruanda, en Argelia, Congo, Chechenia, en Oriente Medio. En cada una de esas historias de horror, la población civil ha sido tomada como rehén, forzada a huir, bombardeada, torturada, secuestrada, encerrada en campos de concentración. ¡Esa es la civilización que nos piden que defendamos!. Una civilización que vive en un estado de guerra caótica, que se hunde cada vez más profundamente en su propia descomposición, que amenaza la supervivencia de toda la especie humana.


La verdadera razón de la guerra actual


Lo de una "guerra contra el terrorismo" es una rematada mentira. En primer lugar, porque los primeros en utilizar el terrorismo o en alentarlo son los propios Estados "democráticos". Tomemos el ejemplo de Estados Unidos: en los años 80 apoyaron a los Contras de Nicaragua, en los 90 a los fundamentalistas islámicos de Argelia ... y sobre todo ¡al propio Ben Laden que empezó su carrera como agente de la CIA en la guerra contra los rusos en Afganistán!.
En realidad, la "lucha contra el terrorismo" no es el auténtico móvil de las acciones militares actuales. El hundimiento en 1989 del antiguo bloque soviético trajo como resultado la desaparición del bloque occidental alrededor de Estados Unidos. Este país se ha visto desde entonces ante una situación en la que sus antiguos aliados y toda clase de pequeños o medianos Estados intentan desafiar su liderazgo siguiendo sus propias ambiciones imperialistas. En respuesta, Estados Unidos ha realizado grandes exhibiciones de fuerza, en 1991 contra Irak, en 1999 contra Serbia y ahora contra Afganistán. En cada una de esas ocasiones, sus antiguos aliados - Gran Bretaña, Alemania, Francia - se han visto obligados a seguirles si no querían verse relegados en el tablero imperialista mundial.
Pero cuanto más intenta Estados Unidos imponer su autoridad más tensiones y desacuerdos genera. Con anterioridad al 11 de septiembre, EE.UU. tuvo que hacer frente a la creciente hostilidad de sus antiguos aliados europeos que se manifestó ruidosamente con ocasión de los Acuerdos de Kyoto, el Escudo antimisiles o el asunto del Euroejército. Por ello, con el nuevo despliegue militar supuestamente contra el terrorismo, Estados Unidos les fuerza una vez más a seguirle los pasos a la vez que intenta obtener importantes posiciones estratégicas en la región clave de Afganistán, pivote entre el subcontinente indio y Oriente Medio.
Por el momento, la "Coalición contra el Terrorismo" ha conseguido acallar las divisiones entre EE.UU. y las demás potencias. Pero esas divisiones volverán a estallar en el futuro. Actualmente, la guerra está desestabilizando profundamente el "mundo musulmán", creando nuevos conflictos que no dejarán de ser explotados por los rivales de los americanos. Lejos de crear un mundo más seguro, la guerra actual acelerará la caída hacia un caos militar. Este incluirá el empleo de atentados terroristas asesinos que se convertirán en un medio rutinario de la guerra interimperialista actual.


La clase obrera es la principal víctima de la guerra capitalista


Con la masacre del 11 de septiembre hemos entrado en una nueva etapa dentro del conflicto imperialista global, una etapa en la que la guerra se hará mucho más presente y tomará una amplitud que jamás había tenido desde 1945. Y como en todas las guerras capitalistas, la clase obrera y los sectores más desfavorecidos de la sociedad, serán las principales víctimas. En las Torres Gemelas la mayoría de los muertos son trabajadores administrativos, limpiadoras, bomberos, es decir, proletarios. En Afganistán, una población ya de por sí muy castigada por más de 20 años de guerra, es hoy de nuevo quien paga los platos rotos, víctima tanto de los talibanes que les obligan a alistarse en el ejército como de los bombardeos de Estados Unidos.
Pero la clase obrera no es solo víctima en sus propias carnes, lo es también en su conciencia. En Estados Unidos la burguesía se aprovecha de la legítima indignación que ha suscitado el ataque terrorista para desarrollar las peores formas de histeria patriótica, llamar a la unidad nacional, a la solidaridad entre explotadores y explotados.
En Europa nos dicen que "todos somos americanos" para, una vez más, tratar de transformar la solidaridad con los muertos en una apoyo hacia las nuevas acciones bélicas. Y si lo rechazamos, el bando de la "civilización contra el terrorismo" nos dice que estamos apoyando a Ben Laden. Nos quieren encerrar en una falsa disyuntiva: o la Coalición internacional o sostener a Bin Laden como pretendido símbolo de la "resistencia" contra la opresión, llamándonos a preparar la "guerra santa" como en Afganistán, Pakistán, Oriente Medio o entre las poblaciones musulmanas de los países centrales. Según esta versión de los hechos del 11 de septiembre "los americanos habrían recibido su merecido". Este antiamericanismo es otra forma de racismo y de chovinismo, su función es obstaculizar el desarrollo entre los trabajadores de su propia identidad de clase, la cual significa romper con las fronteras nacionales y los nacionalismos.
En todos los países, el proletariado está siendo sometido al terror estatal en nombre del "antiterrorismo". No solo el terror impuesto por el delirio nacionalista sino el de las medidas concretas de represión que se están estableciendo por el mundo entero. El temor real que generan los ataques terroristas proporciona a las autoridades el clima propicio para imponer un sistema completo de controles policiales, control de identidad, intervenciones telefónicas y otras medidas de "seguridad", un sistema que en el futuro no se usará contra los terroristas sino contra los trabajadores y revolucionarios que luchen contra el capitalismo. El establecimiento del carné de identidad en Estados Unidos y Gran Bretaña no es sino la punta del iceberg de este proceso.


La respuesta a la guerra no es el pacifismo sino la lucha de clases


La clase dominante es plenamente consciente de la necesidad de garantizarse la plena lealtad de toda la población y especialmente de la clase obrera, si quiere llevar adelante sus designios guerreros. Sabe muy bien que el único obstáculo a la guerra es la clase obrera que produce la mayoría de las riquezas sociales y es la primera en morir en las guerras capitalistas. Y esta es precisamente la razón por la cual los trabajadores deben rechazar cualquier identificación con cualquier interés nacional. La lucha contra la marcha hacia la guerra debe vivificar y desarrollar la lucha por sus propios intereses de clase. La lucha contra los despidos que están siendo impuestos no sólo a causa de los atentados terroristas sino sobre todo como consecuencia del propio desarrollo de la recesión. La lucha contra los sacrificios en el trabajo impuestos tanto para sostener a la economía nacional como para desarrollar el esfuerzo de guerra. Solo esta lucha puede hacer que los trabajadores entiendan la necesidad de la solidaridad de clase internacional con todas las víctimas de la devastación y la crisis capitalista. Solo esta lucha puede conducir hacia la perspectiva de una nueva sociedad liberada de la explotación y de la guerra.
La lucha del proletariado no tiene nada que ver con el pacifismo que defienden las diversas coaliciones "para detener la guerra" en la que participan grupos verdes, pacifistas, trotskistas u otros. El pacifismo solicita a la ONU, apelando a la "ley internacional", la lucha del proletariado solo puede desarrollarse si rompe las barreras de la ley burguesa. Actualmente, en muchos países "democráticos", toda forma efectiva de lucha (tentativas de extender las luchas a otros sectores, toma de decisiones mediante Asambleas Generales y no a través de votos sindicales) se ha convertido en ilegal con la ayuda de los Sindicatos. La ilegalización de la lucha de clases será cada vez más explícita en este periodo dominado por la guerra.
Los pacifistas también llaman a "las gentes de buena voluntad", a una alianza de todas las clases sociales que se oponen a la política de Bush, Blair y compañía. Pero esto es otra forma de diluir al proletariado entre la masa de la población, ahora que el problema principal que el proletariado tiene es el de volver a descubrir su propia identidad social y política.
Pero, por encima de todo, el pacifismo jamás se ha opuesto al interés nacional el cual, en la época del imperialismo, solo puede ser defendido por los métodos guerreros e imperialistas. Esto no solo se aplica a los grupos "respetables" del pacifismo, como el CND inglés o los Verdes alemanes, hoy en el gobierno, sino también a los que se proclaman su "ala radical" como es el ca