LA Corriente comunista internacional ha celebrado recientemente su XIVº
Congreso. Publicamos en este mismo número un articulo sobre las
tareas y lo que debía zanjarse en este congreso. En él se
adoptó una Resolución sobre la Situación internacional
publicada aquí.
La finalidad de esa Resolución no es pronunciarse sobre los acontecimientos
inmediatos de la situación, sino dar el marco más general
y profundo posible para entenderlos. Además, ese documento se redactó
hace más de dos meses por lo que no están incluidos en él
los acontecimientos más recientes. Sin embargo, como habremos de
ver, esos acontecimientos han venido a ilustrar de manera patente el análisis
que se hace en la Resolución. Ésta, además, está
completada e ilustrada por extractos del Informe sobre la Crisis económica
presentado en el Congreso (1).
La Resolución sobre la Situación internacional del XIVº
Congreso de la CCI consta de tres partes: la situación económica
del capitalismo, los conflictos imperialistas y el estado de la lucha
de clases.
En la parte titulada "La lenta agonía de la economía
capitalista", la resolución señala que: "El 'boom'
[de la economía estadounidense durante los años 90] ya es
algo del pasado, hablándose cada día más de una caída
de Estados Unidos en la recesión. Ya no solo tienen dificultades
las 'punto.com', sino también amplios sectores de la producción.
A pesar de esas señales alarmantes, la burguesía sigue hablando
de 'booms' especiales en Gran Bretaña, en Francia, en Irlanda,
en España…pero sólo es para tranquilizarse a sí
misma. Al depender estrechamente de Estados Unidos los demás países
industriales, el final evidente de los 'diez años de crecimiento
de Estados Unidos' tendrá obligatoriamente serias repercusiones
por todo el mundo industrializado."
Esa previsión no ha tardado en verificarse, pues estamos asistiendo
últimamente a una serie de "profits warnings" (o sea,
bajas de ganancias en comparación con lo previsto) en gran cantidad
de empresas entre las más punteras, especialmente las de la "nueva"
economía, lo cual ha llevado a una caída continua de los
índices bursátiles (que han perdido casi 30% en un año).
Gigantes como Philips o Nokia, líder mundial de teléfonos
móviles, anuncian o el abandono de la fabricación de ese
producto o reducciones drásticas de su fabricación, todo
ello acompañado de despidos a mansalva. Incluso una empresa como
Alcatel, gigante francés de telecomunicaciones, anuncia que iba
a deshacerse ¡de más de cien de sus ciento veinte fábricas!
Al mismo tiempo, las previsiones para el crecimiento del PIB de 2001 son
regularmente revisadas hacia abajo en la mayoría de los países
europeos (cerca de un punto desde principios de año, o sea que
el crecimiento será 30% más débil de lo que estaba
previsto). En fin, las tasas oficiales de desempleo, que se han reducido
en los últimos tiempos están volviendo a incrementarse por
todas partes (en Alemania desde hace varios meses así como en Francia,
uno de los países alabados por sus "resultados" económicos).
En su parte "Caída hacia la barbarie", la resolución
indica que: "La dislocación de los antiguos bloques, en su
estructura y su disciplina dio rienda suelta a las rivalidades entre naciones
a unos niveles desconocidos, resultado de un combate cada día más
caótico, cada uno para sí, un combate que involucra desde
las grandes potencias mundiales hasta los más cutres caudillos
de guerras locales. Esto ha cobrado la forma de un incremento constante
de guerras locales y regionales, en torno a las cuales las grandes potencias
procuran adelantar sus peones en propia ventaja. (…) A lo largo de
esta década, la supremacía militar de Estados Unidos se
ha visto incapaz de poner coto a la aceleración centrífuga
de las rivalidades interimperialistas. En lugar de un nuevo orden mundial
dirigido por Estados Unidos, que en sus tiempos prometiera su padre, el
ahora nuevo Bush está confrontado a un desorden militar creciente,
a una proliferación de guerras por todo el planeta". Entre
los ejemplos de esta situación, la Resolución cita la agravación
del conflicto en Oriente Medio, el nuevo despegue de la guerra en los
Balcanes, en Macedonia ahora. Desde que se redactó la Resolución,
las cosas han ido de mal en peor. Cada día aporta su lista de muertos
en Israel y Palestina, sin que nada puedan hacer los esfuerzos diplomáticos
a repetición del "padrino" americano. Entre "tregua"
que nadie respeta y "alto el fuego" violado nada más
firmarlo, nada parece poner fin a la demencia bélica en esta parte
del mundo. Y para todos está claro que aunque hubiera algún
que otro receso, nunca desembocaría en paz verdadera, una paz que
se proponía el "proceso de Oslo" nada menos que a principios
de los años 90.
En cuanto a los Balcanes, cabe hacer una mención especial a lo
que acaba de ocurrir, el 28 de junio, con la entrega de Milosevic al Tribunal
penal internacional de La Haya por parte del Gobierno de Belgrado, inmediatamente
seguida por el desbloqueo de más de mil millones de dólares
por los países "donantes" para la reconstrucción
de Serbia. Tenemos ahí patente un buen ejemplo de la hipocresía
que puede desplegar la burguesía. Milosevic fue, a principios de
los 90, el amiguete de los americanos y de algunos otros países
europeos, como Francia y Gran Bretaña, que querían refrenar
las ambiciones alemanas en los Balcanes por medio sobre todo de Croacia.
Después, los norteamericanos cambiaron de chaqueta aportando su
apoyo a los bosnios, mientras que aquellos dos países europeos
seguían apoyando a Milosevic. Los EE.UU. necesitaron llegar a la
prueba de fuerza de la conferencia de Rambouillet a principios de 1999,
que hizo inevitable la guerra entre la OTAN y Serbia, para forzarlos a
alinearse con la potencia norteamericana durante los "bombardeos
humanitarios" sobre Serbia y Kosovo de la primavera de ese año.
Esta guerra, que pretendidamente era para "proteger" a la población
albanesa de Kosovo lo que hizo fue aumentar las matanzas antes de que
los supervivientes pudieran volver a una región transformada en
montón de ruinas.
La potencia estadounidense necesitaba un "happy end", el castigo
del "malo" para justificar la barbarie guerrera que ella misma
había desencadenado. Y así se ha hecho: el "bueno"
de antes transformado en "malo" por necesidades del guión,
está ahora en manos del sherif.
El conflicto en Macedonia, por su parte, no ha cesado de agravarse. Una
buena parte del norte del país está ya en manos de la guerrilla
proalbanesa del UCK. Y es ésta una nueva ocasión para las
grandes potencias de hacer surgir sus rivalidades, por mucho que todas
parezcan estar de acuerdo en que el UCK llegue a sus fines: ante el anuncio
de EE.UU. de mandar tropas de la OTAN para calmar los ánimos, la
diplomacia europea contesta nombrando a un "Especial Macedonia"
en la persona de F. Leotard, antiguo ministro francés de Defensa.
El que Solana haya escogido a un político del país tradicionalmente
más opuesto a Estados Unidos, da una idea de que en Macedonia como
en otras partes, los discursos de paz y las expresiones manifiestas de
"amistad" entre EE.UU. y sus ex aliados europeos, sólo
sirven de tapadera para lo contrario, o sea el incremento irresistible
de sus rivalidades. Esto quedó confirmado durante la visita de
Bush a Europa en junio: el presidente de EE.UU. no ha logrado ni mucho
menos "vender" a los europeos su proyecto de escudo antimisiles,
el cual es, como lo dice la Resolución: "Una gran ofensiva
por parte del imperialismo americano para convertir su ventaja tecnológica
en una supremacía planetaria sin precedentes. Ese proyecto es un
paso más en una carrera de armamento cada día más
aberrante que va a exacerbar el antagonismo con sus rivales".
Y, para terminar, la perspectiva de desarrollo de la lucha y de la conciencia
de clase no ha tenido, en esos últimos tiempos, una evolución
significativa. Vale sin embargo la pena subrayar, como lo hace la Resolución
en la parte "La clase obrera sigue teniendo en sus manos la llave
del futuro", la idea de que una de las maneras con las que valorar
la amenaza potencial que sigue siendo la clase obrera para el orden burgués
es "la enorme cantidad de tiempo y de energía dedicado a sus
campañas ideo lógicas [de la burguesía] contra el
proletariado, y entre ellas, las dedicadas a demostrar que éste
sería una fuerza totalmente agotada son de las más ruidosas".
En el próximo número de esta Revista escribiremos sobre
un ejemplo muy significativo de esas campañas, aquellas cuyo objetivo
es pervertir el significado verdadero de los movimientos sociales de los
últimos años 60. Para ocultar el hecho de que esos movimientos
fueron el final de la contrarrevolución, fueron el inicio de un
período en el que el proletariado iba a volver a ser capaz de desempeñar
un papel de actor en el escenario social; para incrustar la idea de que
nuestra clase "está acabada", los medios y los políticos
burgueses, como dice la Resolución, han desempolvado y sacado a
la luz a los "excombatientes" de las luchas estudiantiles de
entonces. Se trata para la clase dominante de hacer que se olvide que
las luchas obreras de entonces tuvieron una importancia sin comparación
posible con las estudiantiles. También quieren hacer creer que
al haberse integrado en el sistema (como el actual ministro alemán
de Exteriores) los pretendidos "revolucionarios" de entonces
habrían dado la prueba de que también ellos habían
comprendido que la revolución es imposible.
Lo que demuestran esas campañas, aunque la gran mayoría
de obreros no sea todavía hoy consciente de ello, es que los sectores
más lúcidos de la burguesía sí saben que la
revolución es posible. El proletariado deberá, en el período
que nos espera, alcanzar la conciencia de que la revolución es
posible y que el porvenir de la revolución está en sus manos.
1) Se publicarán extractos de los demás informes en los números siguientes de la Revista internacional.
A PRIMEROS de mayo del 2001 se celebró el XIVo congreso de la
Corriente comunista internacional. Al igual que para cualquier otra organización
del movimiento obrero, el congreso es la instancia suprema de la Corriente
comunista internacional. Es la ocasión privilegiada para hacer
balance del trabajo cumplido desde el congreso anterior y darse las perspectivas
para el período venidero.
Tal balance y tales perspectivas no se establecen en "circuito cerrado".
Dependen de las condiciones con las que la organización hace frente
a sus responsabilidades y en primer lugar, claro está, al contexto
histórico. Le incumbe pues al congreso hacer un análisis
del mundo actual, de lo que se está jugando en los acontecimientos
de la vida de la sociedad tanto en lo económico (de la que los
marxistas saben que determina en última instancia todos los demás
aspectos), en la vida política de la clase dominante y los conflictos
que enfrentan a sus diversos sectores, y, en fin, en la vida de la única
clase, el proletariado, capaz de derrocar el orden existente.
Al examinar la situación de éste, los comunistas han de
analizar el estado y las perspectivas de las luchas de clase actualmente,
el nivel de conciencia en las masas obreras de los retos que esas luchas
plantean, pero también han de analizar el estado y la actividad
de las fuerzas comunistas existentes pues también ellas forman
parte del proletariado.
Para terminar, y en ese mismo contexto, el congreso ha de examinar la
actividad de nuestra propia organización y plantear las perspectivas
que le permitan asumir sus responsabilidades en la clase.
Esos son los diferentes puntos que va a abordar este artículo de
presentación de nuestro XIVo congreso internacional.
También publicamos en esta Revista internacional la Resolución
sobre la situación internacional adoptada por el congreso, síntesis
de varios informes presentados ante él, así como de la discusión
habida sobre esos informes. En este sentido no vale la pena volver a los
diferentes aspectos de las discusiones sobre la situación internacional.
Nos limitaremos en recordar el principio de esta resolución, que
da el marco para entender lo que se está jugando actualmente en
el mundo:
"La alternativa ante la que se encuentra en estos principios del
siglo XXI la humanidad es la misma que la de principios del XX: la caída
en la barbarie o la regeneración de la sociedad mediante la revolución
comunista. Los marxistas revolucionarios, quienes, durante el período
tumultuoso de 1914-1923, insistieron en ese dilema inevitable, no hubieran
podido imaginarse nunca que sus herederos políticos estén
todavía obligados a insistir en él al iniciarse este nuevo
milenio.
"De hecho, incluso la generación de los revolucionarios "post68",
surgida de la reanudación de las luchas proletarias tras un largo
período de contrarrevolución iniciado en los años
20, no podía de verdad imaginarse que el capitalismo en declive
fuese tan hábil como para sobrevivir a sus propias contradicciones,
como así lo ha demostrado desde los años 60.
"Para la burguesía todo es una prueba suplementaria de que
el capitalismo sería la última y ahora ya única forma
de sociedad humana y el proyecto comunista no habría sido más
que un sueño utópico. La caída del bloque "comunista"
en 1989-91 aportó una aparente verificación histórica
a esa idea, que es la piedra clave de toda ideología burguesa"
(Punto 1).
"Las generaciones futuras mirarán con el mayor de los desprecios
las justificaciones propuestas por la burguesía durante esta década
y verán sin duda este período como el de la ceguera, la
estupidez, el horror y el sufrimiento sin precedentes (…).
"Hoy, lo que ante la humanidad se presenta no es ya únicamente
la perspectiva de la barbarie: la caída ya ha empezado, con el
peligro de destruir todo intento de futura regeneración social.
La revolución comunista, lógico punto culminante de la lucha
de la clase obrera contra la explotación capitalista, no es una
utopía, contrariamente a las campañas de la clase dominante.
Esta revolución sigue siendo una necesidad impuesta por la agonía
mortal del modo de producción actual, y es, al mismo tiempo, una
posibilidad concreta, pues la clase obrera ni ha desaparecido ni ha sido
vencida de manera decisiva" (Punto 2).
De hecho, gran parte de cada uno de los documentos presentados, discutidos
y adoptados por el congreso (1) se dedicó a rebatir las mentiras
que la burguesía difunde hoy tanto para tranquilizarse como para
justificar la supervivencia de su sistema ante las masas explotadas. Y
eso es así porque los análisis y las discusiones de los
revolucionarios sobre la situación en la que viven no tiene más
objetivo que el de afilar las armas del combate de la clase obrera contra
el capitalismo. El movimiento obrero sabe muy bien desde hace mucho tiempo
que su mayor fuerza está, además de en su organización,
en su conciencia, una conciencia que se basa necesariamente en un profundo
conocimiento del mundo que hay que transformar y del enemigo que habrá
que destruir. Por eso el carácter combatiente de los documentos
presentados al congreso y de sus discusiones no significa en absoluto
que nuestra organización haya caído en la trampa de limitarse
a afirmar unas cuantas consignas de denuncia de las mentiras burguesas.
Al contrario, la profundidad con la que los revolucionarios abordan estas
cuestiones forma parte de su combate. Ha sido una constante en el movimiento
obrero desde hace más de siglo y medio, y hoy cobra una importancia
todavía más fundamental. En una sociedad entrada en decadencia
con la Primera Guerra mundial y que hoy en día está pudriéndose
de raíz, la clase dominante es incapaz de proponer el más
mínimo pensamiento social coherente o simplemente racional, y menos
todavía dotado de un mínimo de profundidad. Lo más
que puede hacer es producir cantidad de baratijas ideológicas a
cuál más superficial, presentándolas como "verdades
profundas" (la "victoria definitiva del capitalismo sobre el
comunismo", la "democracia" como "supremo valor",
la"mundialización", etc.), y que ni siquiera poseen la
cualidad de ser originales, pues su "novedad" consiste en poner
un nuevo envoltorio a ramplonerías de lo más gastado. Pero
por pobre que sea el "pensamiento" burgués actual, todavía
logra, gracias a la matraca mediática, desconcertar a los obreros,
colonizar su pensamiento. En este sentido, el esfuerzo de los comunistas
por ir a la raíz de las cosas no solo es un medio para entender
mejor el mundo actual, sino que también es un antídoto indispensable
contra la tendencia a la destrucción del pensamiento. Esta destrucción
es una de las manifestaciones de la descomposición en la que se
está hundiendo hoy la sociedad. Esto es lo que explica que una
de las características más importantes de los informes preparados
para el congreso, decidida por la organización, era que no se limitasen
a analizar los tres aspectos esenciales de la situación mundial
- crisis económica, conflictos imperialistas, relación de
fuerzas entre proletariado y burguesía y por lo tanto, la perspectiva
de la lucha proletaria -, sino que analizasen cómo el movimiento
obrero planteó estas cuestiones en el pasado.
Tal enfoque es tanto más importante, porque estamos empezando un
nuevo siglo y toda una serie de características de la situación
mundial cambiaron totalmente durante la última década del
siglo pasado. A finales de 1989, el bloque del Este se desmoronó
cual un castillo de naipes, provocando no solo un cambio total en los
alineamientos imperialistas surgidos en Yalta en 1945, sino también
un profundo retroceso de la clase obrera enfrentada a las descomunales
campañas sobre "la quiebra del comunismo". Esos trastornos
exigían evidentemente una actualización de sus análisis
por parte de los revolucionarios, de la que se encargó nuestra
organización a medida que se iban produciendo los acontecimientos.
Hemos considerado sin embargo necesario volver a comentar las implicaciones
de esos extraordinarios acontecimientos que se desarrollaron a finales
del 89, insistiendo particularmente en:
- cómo se manifiestan los antagonismos imperialistas en una situación
en la que ya no existe un reparto del mundo entre dos bloques, tal como
se había conocido desde el final la Segunda Guerra mundial;
- qué es el curso histórico en una época en la que
no está al orden del día una nueva guerra mundial, debido
a la desaparición de los bloques.
Es tanto más indispensable la mayor claridad sobre estas cuestiones
porque engendran mucha confusión en las organizaciones de la Izquierda
comunista. A ese tipo de confusiones, que no son sino concesiones a los
temas ideológicos de la burguesía, responden también
los informes y resoluciones adoptados por el congreso. En particular,
esos documentos:
- rebaten la idea de que pueda haber una "racionalidad" económica
como causa fundamental de las guerras que se desencadenan actualmente
(punto 9 de la Resolución);
- ponen en evidencia que "el curso histórico hacia enfrentamientos
de clase masivos, que se abrió con la oleada internacional de luchas
de los años 1968-72 no se ha invertido: La clase obrera demostró
que fue una barrera contra la guerra mundial. Y aunque existe el peligro
de que el proceso de descomposición más insidioso podría
anegar a la clase sin que el capitalismo tuviera que infligirle una derrota
frontal, la clase sigue siendo un obstáculo histórico contra
el deslizamiento del capitalismo hacia la barbarie guerrera. Es más:
la clase obrera posee todavía la capacidad de resistir a los efectos
de la descomposición social mediante el desarrollo de sus luchas
y el fortalecimiento de su identidad y, por consiguiente, de la solidaridad
que puede ofrecer una verdadera alternativa a la atomización, a
la violencia autodestructiva y a la desesperanza, características
de este sistema putrefacto" (punto 13).
De hecho, la preocupación de examinar detalladamente, y eventualmente
de criticar, los análisis de la situación histórica
actual hechos por el medio político proletario forma parte del
esfuerzo permanente de nuestra organización para definir y precisar
las responsabilidades de los grupos revolucionarios, responsabilidades
que van, claro está, mucho más allá que el mero análisis
de la situación.
Los informes, resoluciones y discusiones del congreso han puesto en evidencia
que hoy existe, tras una década de grandes dificultades para el
desarrollo de la conciencia en la clase obrera, cierta maduración
subterránea de ésta.
"Seguimos viviendo en un contexto en el que sigue vigente el curso
histórico a los enfrentamientos de clase. En este contexto se produce
una maduración subterránea de la conciencia de clase que
expresa un proceso de reflexión que -aún siendo minoritario-
afecta a más sectores de la clase y es más profundo que
en la época que siguió a 1989. Las expresiones visibles
de tal maduración son:
- el crecimiento numérico de las principales organizaciones del
medio proletario y de su entorno de simpatizantes y de contactos;
- la influencia creciente de la Izquierda comunista en esos espacios intermedios
entre burguesía y proletariado ("el pantano"), incluso
en sectores del medio anarquista.
- el aumento de las posibilidades de fundación y desarrollo de
círculos de discusión proletarios;
- ciertas experiencias de agrupamientos minoritarios de obreros combativos
en quienes los problemas de resistencia a los ataques del capital, pero
también las lecciones de las luchas de antes de 1989 empiezan a
plantearse;
- ciertas luchas obreras - hoy por hoy más bien la excepción
y no la regla- en las que la autonomía en la actividad de la clase,
la desconfianza hacia los sindicatos empiezan a expresarse" (Resolución
sobre Actividades de la CCI).
Esta situación otorga nuevas responsabilidades a los grupos que
se reivindican de la Izquierda comunista. El congreso dedicó, pues,
una parte importante de su tiempo a examinar la evolución de esos
grupos. Puso de relieve una dificultad de esos grupos para asumir esas
responsabilidades. Por un lado, con la interrupción de la publicación
de Daad en Gedachte en Holanda, ya no existe manifestación organizada
de la rama germano-holandesa de la Izquierda comunista (la corriente "consejista").
Por otro lado están las corrientes que se reivindican de la Izquierda
italiana, por un lado los diferentes grupos de tradición "bordiguista"
(que se autodenominan todos ellos Partido comunista internacional), y,
por otro lado, el Buró Internacional para el Partido Revolucionario.
Estos grupos siguen estando muy encerrados cuando no se repliegan más
todavía en el sectarismo, como ya quedó patente hace dos
años cuando rechazaron la eventualidad de una toma de posición
común sobre la guerra en Kosovo (véase Revista internacional
nº 98).
No obstante, con la aparición actual de nuevos elementos que se
orientan hacia la Izquierda comunista, es importante que ésta recobre
plenamente su tradición, que asociaba estrechamente el mayor rigor
en lo que a posiciones políticas se refiere con una actitud de
apertura de cada uno de sus grupos a la discusión con los demás.
Esa es la condición para que esas organizaciones sean realmente
parte activa del proceso que se está anunciando de un nuevo desarrollo
de la conciencia en la clase obrera.
Por eso es por lo que nuestra resolución sobre la situación
internacional incluye las responsabilidades específicas de nuestra
propia organización dentro de las del conjunto de la corriente
revolucionaria actual: "Las responsabilidades que ante sí
tiene la clase obrera son inmensas: nada menos que el destino de la humanidad
entre sus manos. Y esto, por consiguiente, confiere enormes responsabilidades
a la minoría revolucionaria, cuya tarea esencial en los años
que vienen será:
- intervenir cotidianamente en los combates de clase, insistiendo en la
solidaridad necesaria, en la implicación de la mayor cantidad posible
de trabajadores en cada movimiento de resistencia a los ataques del capitalismo;
- explicar con todos los medios a su alcance (prensa, folletos, reuniones,
etc.), de manera a la vez profunda y comprensible, por qué capitalismo
significa quiebra, por qué todas sus "soluciones" (especialmente
las que sirven de "gancho" a la izquierda e izquierdistas) son
engañifas, y explicar lo que de verdad es la alternativa proletaria;
- ayudar a las minorías combativas (grupos de lucha sobre los lugares
de trabajo, círculos de discusión, etc.) en sus esfuerzos
por sacar lecciones de las experiencias recientes, para prepararse a las
luchas venideras, y al mismo tiempo reanudar los lazos con las tradiciones
históricas del proletariado;
- intervenir en el medio político proletario, que ha entrado en
un período de crecimiento significativo, insistiendo para que el
medio actúe como una verdadera referencia en un debate serio y
esclarecedor para todos que aquellos que se acercan a él.
"El curso histórico hacia enfrentamientos de clase nos proporciona
el contexto para formar el partido comunista mundial. El medio político
proletario es la matriz del futuro partido, pero no existe garantía
alguna de que algún día lo haga nacer. Sin una rigurosa
preparación responsable por parte de los revolucionarios de hoy,
el partido nacerá muerto, y los tumultuosos conflictos de clase
hacia los que vamos no serían capaces de transformar lo esencial:
la revuelta en revolución" (punto 15).
El congreso consideró que, por su parte, nuestra organización
podía sacar un balance positivo del cumplimiento de esas responsabilidades
en el período pasado. Sin embargo, concluyó que la CCI,
consciente de que está sometida como el conjunto de la clase obrera
a la presión letal de la descomposición creciente de la
sociedad, tiene que mantenerse muy vigilante frente a las manifestaciones
de esta presión, tanto en el plano de sus esfuerzos en la elaboración
de sus análisis y posiciones políticas como en el de su
vida organizativa. Hoy más que nunca, el combate para la construcción
de la organización comunista, herramienta indispensable de la lucha
revolucionaria del proletariado, sigue siendo un combate permanente y
cotidiano.
(1) Extractos del informe sobre la crisis económica presentado al congreso se publican en esta Revista internacional. Extractos de otros informes se publicarán en próximos números.
1. La alternativa ante la que se encuentra
en estos principios del siglo XXI la humanidad es la misma que la de principios
del XX: la caída en la barbarie o la regeneración de la
sociedad mediante la revolución comunista. Los marxistas revolucionarios,
quienes, durante el período tumultuoso de 1914-1923, insistieron
en ese dilema inevitable, no hubieran podido imaginarse nunca que sus
herederos políticos estén todavía obligados a insistir
en él al iniciarse este nuevo milenio.
De hecho, incluso la generación de los revolucionarios "post68",
surgida de la reanudación de las luchas proletarias tras un largo
período de contrarrevolución iniciado en los años
20, no podía de verdad imaginarse que el capitalismo en declive
fuese tan hábil como para sobrevivir a sus propias contradicciones,
como así lo ha demostrado desde los años 60.
Para la burguesía todo es una prueba suplementaria de que el capitalismo
sería la última y ahora ya única forma de sociedad
humana y el proyecto comunista no habría sido más que un
sueño utópico. La caída del bloque "comunista"
en 1989-91 aportó una aparente verificación histórica
a esa idea, que es la piedra clave de toda ideología burguesa.
Presentando hábilmente la caída de una parte del sistema
capitalista mundial como si fuera la desaparición final del marxismo
y del comunismo, la burguesía, desde entonces, ha concluido, basándose
en esa falsa hipótesis, que el capitalismo habría entrado
en una nueva fase más dinámica de su existencia.
Desde ese punto de vista:
- por vez primera, el capitalismo sería un sistema global; la libre
aplicación de las leyes del mercado ya no estaría entorpecida
por los engorrosos obstáculos "socialistas" levantados
por los regímenes estalinistas y sus imitadores;
- el uso de ordenadores y de la red Internet se habría revelado
no solo ya como una enorme revolución tecnológica, sino
además como una especie de mercado sin límites;
- la competencia entre naciones y las guerras se habrían convertido
en cosas del pasado;
- la lucha de clases habría desaparecido, pues la propia noción
de clase sería ya caduca; la clase obrera sería una especie
de reliquia del pasado.
En este nuevo capitalismo dinámico, la paz y prosperidad estarían
al orden del día. Se habría desterrado la barbarie; el socialismo
se habría convertido en un absurdo total inaplicable.
2. En la realidad de los hechos, durante
la década iniciada en 1991, todas esas patrañas han ido
apareciendo como tales una tras otra.
Cada vez que se han sacado un nuevo tinglado ideológico para dar
la prueba de que el capitalismo podría ofrecer a la humanidad un
porvenir radiante, ha aparecido inmediatamente como una mala chapuza,
como un juguete barato que se estropea nada más jugar con él.
Las generaciones futuras mirarán con el mayor de los desprecios
las justificaciones propuestas por la burguesía durante esta década
y verán sin duda este período como el de la ceguera, la
estupidez, el horror y el sufrimiento sin precedentes.
La previsión marxista de que el capitalismo ha podido seguir viviendo
después de haber dejado de ser útil a la humanidad quedó
confirmada por las guerras mundiales y las crisis totales de la primera
mitad del siglo XX. La continuación de este sistema senil en su
fase de descomposición aporta nuevas pruebas a aquella previsión;
esa descomposición sí que es el "nuevo" período
cuyo inicio vino marcado por los acontecimientos de 1989-91.
Hoy, lo que ante la humanidad se presenta no es ya únicamente la
perspectiva de la barbarie: la caída ya ha empezado, con el peligro
de destruir todo intento de futura regeneración social. La revolución
comunista, lógico punto culminante de la lucha de la clase obrera
contra la explotación capitalista, no es una utopía, contrariamente
a las campañas de la clase dominante. Esta revolución sigue
siendo una necesidad impuesta por la agonía mortal del modo de
producción actual, y es, al mismo tiempo, una posibilidad concreta,
pues la clase obrera ni ha desaparecido ni ha sido vencida de manera decisiva.
La lenta agonía de la economía capitalista
3. Todas las promesas hechas por la clase
dirigente sobre la nueva era de prosperidad iniciada por "la victoria
del capitalismo sobre el socialismo" han demostrado ser una tras
otra puras burbujas llenas de aire:
- primero nos dijeron que el desmoronamiento del "comunismo"
y la apertura de amplios y nuevos mercados en los países del ex
bloque del Este iban a dar nuevo estímulo al capitalismo mundial.
En realidad, esos países no estaban fuera del sistema capitalista,
sino que eran sencillamente Estados capitalistas atrasados incapaces de
rivalizar con los países del bloque del Oeste en un mercado mundial
sobresaturado. El que no hubiera sitio para ninguna otra economía
capitalista importante obligó a esos países a rodearse de
murallas proteccionistas, mientras que su jefe, la URSS, se dedicaba a
intentar hacerle la competencia en el plano militar a su rival occidental.
La apertura de esas economías al capital de los países más
industrializados no ha hecho sino subrayar sus debilidades intrínsecas
y sólo ha servido para hundir a las poblaciones en una miseria
todavía más profunda que la que soportaban bajo los regímenes
estalinistas: hundimiento de sectores enteros de la producción,
desempleo masivo, penuria de bienes de consumo, inflación, corrupción
endémica, salarios no pagados desde hace meses, descalabro de los
servicios sociales, convulsiones financieras cada día más
importantes, y fracaso sistemático de todos los "paquetes
de reformas" impuestos por Occidente. El ex bloque del Este no fue
ni mucho menos un regalo navideño para las economías occidentales,
sino que, al contrario, ha resultado ser una pesada rémora. Eso
es evidente en Alemania, cuya parte oriental va a arrastras de toda la
economía; pero también a gran escala, al considerar las
masas enormes de capital que se han inyectado en el pozo sin fondo que
son esas economías, capital sin retorno visible. Hay que añadir
el flujo creciente de refugiados que intentan huir del caos económico
y militar que son los Balcanes y los territorios de la antigua URSS.
- Le tocó después el turno a Extremo Oriente de los "tigres
y dragones", fieras que iban a mostrar al resto del mundo el camino
a seguir, gracias a sus impresionantes cifras de crecimiento. Esas economías
han demostrado sobre todo que no eran más que un espejismo. Al
principio, cuando había dos bloques, fueron artificialmente levantadas
pieza a pieza por el capitalismo estadounidense para que sirvieran de
cortafuegos ante la expansión del "comunismo"; su crecimiento
espectacular de los años 80 y 90 se construyó en las mismas
arenas movedizas que el resto de la economía mundial: recurso masivo
al crédito, un recurso que ya era el resultado de la insuficiencia
de nuevos mercados para el capital global. La crisis de 1997, tan espectacular
como aquel crecimiento, fue la prueba: bastó que el pago de las
deudas fuera exigido para que el castillo de naipes se viniera abajo.
Y aunque una serie de medidas dirigidas por Estados Unidos, ha ido permitiendo
que esa crisis quedara dentro de ciertos límites, impidiendo la
recesión abierta en Occidente, el estancamiento duradero de la
economía japonesa, durante largos años considerada como
imbatible, es una prueba suplementaria de que Extremo Oriente no podrá
proporcionar una nueva "locomotora" a la economía. El
estado de la economía japonesa es tan peligroso que provoca periódicamente
una oleada de pánico a través del mundo, como cuando el
ministro japonés de Finanzas declaró el país en quiebra.
A pesar de la reaparición, en versión adaptada, del mito
del "peligro amarillo" de principios de siglo XX, hay todavía
menos posibilidades de que China llegue a ser una especie de nuevo motor
de desarrollo económico. Sea cual fuere el desarrollo económico
en China, también está basado en un endeudamiento masivo;
y tampoco ha impedido que millones de obreros se pudran en el desempleo
de larga duración y que muchos otros millones no hayan sido pagados
desde hace tiempo.
- la última gran esperanza del capitalismo se ha basado en los
resultados de la economía de EEUU y sus "diez años
de crecimiento ininterrumpido", y, especialmente, en su función
motora en la nueva economía basada en Internet. La "net-economía"
ha mostrado ser una promesa fallida; incluso los propios comentaristas
burgueses han acabado burlándose de ella. Las "start-up"
y demás "patrañas.com" han acabado quebrando a
un ritmo de fórmula-1, demostrando la mayoría de ellas que
no eran más que un timo especulativo, una especia de metáfora
de la engañifa real de que el capitalismo podría salvarse
a sí mismo funcionando como una gigantesca gran superficie electrónica.
Además, la caída de la "nueva economía"
no es sino el reflejo mismo de los problemas más profundos de la
economía norteamericana entera. No es ya un secreto para nadie
que el boom de EE.UU. se ha basado esencialmente en un despegue vertical
de una deuda que ha llegado a ser inconmensurable, tanto para las empresas
como para los particulares, lo cual ha hecho que la tasa de ahorro sea
negativa por vez primera desde hace décadas. Las tasas de crecimiento
considerables de las que alardea la burguesía se basan en realidad
en un sistema financiero que la locura especulativa ha ido debilitando
cada día más y en una agudización de los ataques
contra las condiciones de vida de los obreros: aumento de los empleos
precarios, reducción del salario social, desvío de una parte
creciente de los ingresos de los trabajadores hacia la timba de la Bolsa;
- en todo caso, el boom ya es algo del pasado, hablándose cada
día más de una caída de Estados Unidos en la recesión.
Ya no solo tienen dificultades las "punto.com", sino también
amplios sectores de la producción. A pesar de esas señales
alarmantes, la burguesía sigue hablando de booms especiales en
Gran Bretaña, en Francia, en Irlanda, en España… pero
sólo es para tranquilizarse a sí misma.
Al depender estrechamente de Estados Unidos los demás países
industriales, el final evidente de los "diez años de crecimiento
de Estados Unidos" tendrá obligatoriamente serias repercusiones
por todo el mundo industrializado.
4. El modo de producción capitalista
entró en su crisis histórica de sobreproducción a
principios del siglo XX. En realidad, es desde entonces que el capitalismo
está "globalizado", "mundializado". Simultáneamente,
alcanzó los límites de su expansión hacia el exterior
y puso las bases de la revolución proletaria mundial. Pero el fracaso
de la clase obrera en ejecutar la sentencia de muerte del sistema significó
que el capitalismo haya podido sobrevivir a pesar del peso cada día
mayor de sus contradicciones internas. El capitalismo no se para así
como así en cuanto deja de ser un factor de progreso histórico.
Al contrario, sigue "creciendo" y funcionando, aunque sea con
una base corroída que ha acabado metiendo a la humanidad en una
espiral catastrófica.
El capitalismo decadente entró en un ciclo de crisis-guerra-reconstrucción,
que marcó los dos primeros tercios del siglo XX. Las guerras mundiales
permitieron un reparto del mercado mundial y la reconstrucción
que las siguió proporcionaron un estímulo temporal.
Pero también la supervivencia del sistema necesitó la intervención
política creciente por parte de la clase dominante, la cual ha
utilizado su aparato de Estado para esquivar las leyes "normales"
del mercado, sobre todo mediante políticas de déficit presupuestario
y la creación de mercados artificiales mediante el crédito.
El krach de 1929 demostró a la burguesía que el proceso
de reconstrucción de posguerra, por sí solo, no podía
sino desembocar en crisis mundial general, tan solo una década
después de terminada la Primera guerra. En otras palabras, ya no
era posible volver a encontrar firme y duraderamente el nivel de producción
capitalista mediante un retorno a una aplicación "espontánea"
de las leyes comerciales. La decadencia del capitalismo es precisamente
la expresión del antagonismo entre las fuerzas de producción
y su forma mercantil; así pues, en aquel tiempo, la burguesía
misma se vio obligada a actuar cada vez más en desacuerdo con las
leyes naturales de la producción de las mercancías a la
vez que tal producción seguía estando dictada por esas mismas
leyes.
Por eso es por lo que Estados Unidos financió conscientemente la
reconstrucción de 1945, usando ese mecanismo que parece irracional:
prestó dinero a sus clientes para que construyeran un mercado para
sus productos. Una vez alcanzados los límites de ese absurdo, a
mediados de los años60, la burguesía mundial no ha cesado
de llevar más lejos las cotas del intervencionismo. En los tiempos
de los bloques imperialistas, esa intervención se coordinaba en
general a escala de bloque; la desaparición de los bloques, a la
vez que ha provocado peligrosas tendencias centrífugas tanto en
lo económico como en el plano imperialista, no ha llevado a la
desaparición de los mecanismos internacionales de intervención:
han renacido e incluso reverdecido instituciones cada vez más identificadas
como agentes principales de la "mundialización", como
la OMC (Organización mundial del comercio). Estos organismos, aunque
funcionan como un campo de batalla entre los principales capitales nacionales
o como coaliciones entre agrupamientos geopolíticos particulares
(TLCN: Tratado de libre comercio norteamericano; UE: Unión europea,
etc.) expresan la necesidad fundamental para la burguesía de impedir
la parálisis de la economía mundial. Esto se concreta, por
ejemplo, en los esfuerzos constantes de EE.UU. por avalar a su rival económico
principal, Japón, aunque ello signifique achicar las enormes deudas
japonesas mediante deudas todavía mayores.
Ese trampeo organizado con la ley del valor mediante el capitalismo de
Estado no suprime las convulsiones del sistema; sencillamente las va postergando
o las desplaza. Las difiere en el tiempo, especialmente en las economías
más avanzadas, evitando constantemente que resbalen hacia la recesión;
y las desplaza en el espacio arrojando sus peores efectos hacia las regiones
periféricas del planeta, más o menos abandonadas a su suerte,
excepto cuando sirven de peones en el tablero interimperialista. Pero
también en los países avanzados, ese aplazamiento de las
recesiones abiertas o de depresiones se hace notar en la presión
inflacionista, en las "mini quiebras" bursátiles, el
desmantelamiento de partes enteras de la industria, el hundimiento de
la agricultura y el deterioro de las infraestructuras (carreteras, ferrocarriles,
servicios), fenómenos todos ellos en constante aumento. Este proceso
incluye también recesiones declaradas, aunque la mayoría
de las veces la profundidad real de la crisis es ocultada adrede mediante
manipulaciones conscientes de la burguesía. Por eso, la perspectiva
para los tiempos venideros es la de un descenso largo y lento hacia las
profundidades, aderezado de vez en cuando con caídas cada vez más
violentas. Pero no existe, en lo absoluto, una especie de punto sin retorno
para la producción capitalista, en términos puramente económicos.
Mucho antes de que ese punto se hubiera alcanzado, el capitalismo habría
quedado destruido ya sea por la generalización de su tendencia
a la barbarie, ya sea mediante la revolución proletaria.
5. A principios de los años 90 se
nos dijo que la desaparición de la superficie del planeta del agresivo
"comunismo" iba a abrir una nueva era de paz, puesto que el
capitalismo, en su forma democrática, había dejado de ser
imperialista desde hacía tiempo. Esta ideología se combinó
después con el mito de la mundialización, con el cuento
de que las rivalidades entre naciones era ya cosa del pasado.
Es cierto que el desmoronamiento del bloque del Este y la consecuente
dislocación de su adversario occidental, suprimieron una condición
fundamental para la guerra mundial, o sea la de la existencia de bloques
constituidos (haciendo aquí abstracción de las condiciones
sociales necesarias y previas a ese tipo de conflictos). Pero ese desarrollo
no ha cambiado en nada la realidad esencial de que los Estados-nación
capitalistas son incapaces de superar esa situación de lucha sin
cuartel por dominar el mundo. De hecho, la dislocación de los antiguos
bloques, en su estructura y su disciplina dio rienda suelta a las rivalidades
entre naciones a unos niveles desconocidos, resultado de un combate cada
día más caótico, cada uno para sí, un combate
que involucra desde las grandes potencias mundiales hasta los más
cutres caudillos de guerras locales. Esto ha cobrado la forma de un incremento
constante de guerras locales y regionales, en torno a las cuales las grandes
potencias procuran avanzar sus peones en ventaja propia.
6. Desde el principio, los Estados Unidos,
como gendarme del mundo se dieron cuenta del peligro de la nueva tendencia
y tomaron medidas inmediatas para atajarla. Ése fue el sentido
de la Guerra del Golfo de 1991, gigantesco despliegue de la supremacía
militar de Estados Unidos, no dirigida, en primer término contra
el Irak de Sadam Husein, sino destinada a intimidar a las grandes potencias
rivales de EE.UU. y someterlas a su autoridad. Sin embargo, aunque EE.UU.
logró temporalmente fortalecer su liderazgo mundial obligando a
las demás potencias a participar en su coalición antiSadam,
se puede juzgar el éxito verdadero de sus esfuerzos cuando se comprueba
que diez años después, EE.UU. se sigue viendo obligado a
usar la táctica del bombardeo a Irak, y cada vez que lo hace, tiene
que enfrentarse a las críticas de la mayoría de sus aliados
y también a verse obligado a efectuar despliegues de fuerza del
mismo tipo en otras zonas conflictivas, especialmente en los Balcanes.
A lo largo de esta década, la supremacía militar de Estados
Unidos se ha visto incapaz de poner coto a la aceleración centrífuga
de las rivalidades interimperialistas. En lugar de un nuevo orden mundial
dirigido por Estados Unidos, que en sus tiempos prometiera su padre, el
ahora nuevo Bush está confrontado a un desorden militar creciente,
a una proliferación de guerras por todo el planeta:
- en los Balcanes, región que, a pesar de las intervenciones masivas
en 1996 y 1999, dirigidas por EE.UU., sigue siendo un hervidero de tensiones
entre grandes potencias y susagentes locales. En 2001, en el"pacificado"
Kosovo sigue corriendo cada día la sangre, y la brutal sangría
étnica se ha extendido ahora a Macedonia, con la amenaza de una
entrada en liza de varias potencias regionales:
- en Oriente Medio, con unos acuerdos de Oslo en quiebra total, la escalada
del conflicto armado entre Israel y los palestinos es una patada a las
esperanzas de EE.UU. de establecer su "Pax americana" en la
región, dando oportunidades a las demás grandes potencias
que, por otra parte, no poseen la menor capacidad de imponer una alternativa
al orden americano;
- en Chechenia, en donde, aún con el apoyo activo de las demás
grandes potencias a las cuales no les apetece lo más mínimo
que la Federación Rusa de desgarre en múltiples movimientos
nacionalistas, el Kremlin es incapaz de poner fin a la guerra;
- en Afganistán, en donde continúa la guerra entre diferentes
fracciones musulmanas contra los talibanes por el control del país;
- en África, en donde ya las guerras no son solo endémicas,
desde Argelia en el norte hasta Angola en el sur, sino que se han extendido
en importancia para convertirse en verdaderas guerras regionales, involucrando
a ejércitos de muchos Estados vecinos, como así ocurre en
el Congo;
- en Extremo Oriente, países como Birmania y Camboya siguen desgarrándose
en combates internos, con una China que tiende cada día más
a hacer valer sus "derechos" a ser una potencia regional de
primer orden;
- en el subcontinente indio, India y Pakistán se amenazan mutuamente
agitando su panoplia nuclear y Sri Lanka sigue destrozándose con
la guerra contra los separatistas tamiles;
- en Latinoamérica, en donde la tensión se ha agravado con
la nueva "guerra contra la droga" que llevan los Estados Unidos,
que no es otra cosa sino un intento más para volver a asentar su
autoridad en su coto privado, ante la intervención creciente de
sus rivales europeos (por ejemplo, a través del apoyo abierto de
éstos a los zapatistas);
- en Irlanda, en donde otro "proceso de paz" es salpicado por
el ruido de las bombas y en el País Vasco, en donde se ha roto
la tregua, con una ETA que se ha lanzado a una escalada de actividades
terroristas.
La lista podría alargarse, pero basta para esclarecer el cuadro.
Lejos de aportar paz y estabilidad, la ruptura del sistema de bloques
ha acelerado considerablemente la caída del capitalismo hacia la
barbarie militar. La característica de las guerras en la fase actual
de descomposición del capitalismo es que no son menos imperialistas
que las guerras en las fases anteriores de su decadencia, pero sí
se han vuelto más extensas, más incontrolables y más
difíciles de hacer cesar incluso temporalmente.
7. En todos esos conflictos, ha quedado más
o menos enmascarada la rivalidad entre Estados Unidos y sus antiguas grandes
potencias "aliadas". Más en el Golfo Pérsico y
en los Balcanes, donde los conflictos han revestido la forma de una "alianza"
de los Estados democráticos contra tiranuelos locales; menos en
África, en donde cada potencia ha actuado más abierta y
separadamente para proteger sus intereses nacionales. Oficialmente, los
"enemigos" de Estados Unidos (los que citan los dirigentes de
este país para justificar unos presupuestos militares cada vez
mayores) son o pequeños Estados "sin escrúpulos",
como Corea del Norte o Irak, o sus antiguos rivales directos de la época
de la guerra fría, Rusia, o su rival primero y aliado después
en esa misma época, China. A China, en particular, la identifican
cada día más como potencialmente principal rival de Estados
Unidos. De hecho, en los últimos tiempos, se ha podido observar
un incremento de las tensiones entre EE.UU. y esas dos potencias, a propósito
de la extensión de la OTAN hacia la Europa del Este, el descubrimiento
de una red de espionaje ruso centrada en un antiguo responsable del FBI,
y, sobre todo, con el incidente del avión espía en China.
Existe además, en el seno de la burguesía norteamericana,
una fracción importante que está convencida de que China
es, sin lugar a dudas, el enemigo principal de Estados Unidos. Pero lo
más significativo de lo acontecido en los últimos tiempos
ha sido sin duda la multiplicación de declaraciones por parte de
sectores de la burguesía europea sobre la "arrogancia"
estadounidense, especialmente tras la decisión por parte de EEUU
de rechazar los acuerdos de Kioto sobre la emisión de dióxido
de carbono y de hacer avanzar su proyecto antimisiles "hijo de la
guerra de las galaxias". Este proyecto es de hecho una gran ofensiva
por parte del imperialismo americano para convertir su ventaja tecnológica
en una supremacía planetaria sin precedentes. Ese proyecto es un
paso más en una carrera de armamento cada día más
aberrante que va a exacerbar el antagonismo con sus rivales.
Esos antagonismos se van a agudizar más todavía con la decisión
de formar un "ejército europeo" separado de la OTAN.
Aunque existe una fuerte tendencia a cargar la responsabilidad de la creciente
ruptura en las relaciones entre Europa y Estados Unidos sobre la administración
de Bush, este nuevo "antiamericanismo" no es más que
el reconocimiento explícito de una tendencia que lleva obrando
desde la desaparición del bloque occidental a principios de los
años 90. Ideológicamente, refleja una tendencia que también
se desató con el desmoronamiento de los bloques, otra manera de
"cada uno para sí", la tendencia hacia un nuevo bloque
antiamericano basado en Europa.
8. Está sin embargo muy lejos la formación
de nuevos bloques imperialistas por razones a la vez estratégico-militares
como político-sociales:
- ningún Estado ni grupo de Estados es capaz de compararse a la
potencia de fuego de Estados Unidos. Alemania, el país que más
se ha beneficiado del proceso de descomposición haciendo avanzar
sus intereses hacia sus esferas de influencia tradicionales como Europa
oriental, no posee el arma nuclear y, a causa de su pasado, está
obligada a avanzar con cautela en su estrategia de expansión. Francia,
con mucho la potencia europea más abiertamente antiamericana, es
incapaz de presentarse como líder potencial de un nuevo bloque;
- "Europa" dista mucho de ser una "unión".
En ella la tendencia "cada uno para sí" está tan
viva como en otros continentes. Aunque Francia y Alemania pudieran ser
el eje central de un bloque europeo, hay tensiones entre ellas, a la vez
históricas e inmediatas. Por su parte, Gran Bretaña tiende
a jugar a una contra la otra para impedirles volverse demasiado poderosas,
a la vez que juega la baza de Estados Unidos contra ambas. Es importante
no confundir cooperación económica entre Estados europeos
y formación inmediata de una estructura de bloque, pues no hay
una relación mecánica entre intereses económicos
inmediatos e intereses estratégicos y militares;
- En el ámbito social, no es posible mantener una cohesión
de la sociedad en torno a una nueva ideología de guerra comparable
al antifascismo de los años 30 o al anticomunismo de la posguerra,
pues la clase obrera no está movilizada, ni mucho menos, tras los
estandartes de la nación. La base ideológica para la formación
de nuevos bloques no se ha edificado todavía, por mucho que el
nuevo antiamericanismo nos dé una idea de la forma que podría
tomar en el futuro.
La guerra mundial no está, pues, en la agenda de un futuro más
o menos cercano. Pero esto no minimiza en nada los peligros de la situación
actual. La proliferación de guerras locales, el despliegue de conflictos
regionales entre potencias con armas nucleares, como India y Pakistán,
la extensión de esos conflictos hacia los centros vitales del capital
(como testimonia la guerra en los Balcanes), la necesidad de EE.UU de
reafirmar su liderazgo declinante, sin cesar y con todo su peso, así
como las reacciones que esto podría acarrear por parte de las demás
potencias, todo ello podría ocasionar una terrible espiral destructora
que acabaría por arruinar las bases de una futura sociedad comunista,
incluso sin que el capitalismo hubiera obtenido el alistamiento activo
de los obreros en los lugares centrales del capital mundial.
9. La clase dominante tiende a reducir el
significado global de las crecientes tensiones buscando para cada conflicto,
causas específicas locales, ideológicas y económicas:
aquí serán los odios raciales fuertemente arraigados, allá
las discordias religiosas, en el Golfo, el petróleo, en Sierra
Leona, los diamantes, etc. Esto acaba a menudo haciendo mella en las confusiones
del medio político proletario, el cual cree con demasiada facilidad
que hacer un análisis materialista es esforzarse simplemente por
explicar cada conflicto imperialista por razones de la ganancia económica
inmediata que se pueda sacar. Muchos de esos factores son reales, pero
en nada explican las características generales del período
en el que ha entrado el capitalismo. En el período de decadencia,
la guerra ha sido, cada vez más, un desastre económico,
una pérdida completa. El mantenimiento de cada conflicto particular
acarrea costes que sobrepasan con mucho los beneficios que se puedan sacar
de él. Por ello, aunque hubo fuertes presiones económicas
que sin duda desempeñaron un papel clave para empujar a Zimbabwe
a invadir el Congo, o Irak a invadir Kuwait, las complicaciones militares
habidas después precipitaron a esos países en una ruina
todavía más profunda. Esto quiere decir, hablando ya en
general, que se terminó el ciclo crisis-guerra-reconstruccióbn,
que daba una especie de apariencia de racionalidad a la guerra mundial
en el pasado, pues ninguna nueva guerra mundial vendría seguida
de la menor reconstrucción. Pero ninguno de esos cálculos
de ganancias o pérdidas no impedirá que los Estados imperialistas
tengan que responder a la necesidad de defender su presencia imperialista
en el mundo, de sabotear las ambiciones de sus rivales, o de incrementar
sus presupuestos militares. Al contrario, están todos entrampados
en una lógica que no pueden controlar, una "lógica"
que cada vez lo es menos, incluso con un enfoque capitalista, y es eso
precisamente lo que hace que la situación ante la que está
enfrentada la humanidad sea tan peligrosa e inestable. Sobrestimar la
racionalidad del capital equivale a subestimar la amenaza real de guerra
en el período actual.
10. La clase obrera debe pues encarar la
posibilidad de verse arrastrada en una reacción en cadena de guerras
locales y regionales. Pero ése solo es un aspecto de la amenaza
que representa el capitalismo en descomposición.
La última década ha visto todas las consecuencias de la
descomposición transformarse poco a poco en mortíferas:
- en el ámbito de la vida social, especialmente con el fenómeno
de "gangsterización" creciente: corrupción en
las más altas esferas de los Estados, implicación cada día
mayor de las mafias y de los cárteles internacionales de la droga
en la vida política y económica de la burguesía,
alistamiento de explotados y oprimidos en bandas locales, pandillas que
en los países de la periferia se han convertido en instrumentos
de las guerras imperialistas; a estos fenómenos se vincula la extensión
de ideologías de lo más retrógrado, basadas en el
odio racial o étnico, la "normalización" del genocidio
y de la matanza interétnica como en Ruanda, Timor Oriental, Bosnia
o Borneo;
- con el desmoronamiento de las infraestructuras de transporte y alojamiento,
que afectan a cada vez más gente, provocando todavía más
víctimas en todo tipo de accidentes y de desastres (accidentes
de ferrocarril, inundaciones, terremotos y demás, etc.); estrechamente
vinculado a ello, la crisis de la agricultura resultante de las nuevas
erupciones de enfermedades que incrementan la crisis que las ha producido;
- más en general, a nivel del ecosistema planetario, cada día
se van acumulando más pruebas del calentamiento global del planeta
(subida de la temperatura de los mares, deshielo del banco polar, cambios
climáticos bruscos, etc.), mientras que los fracasos repetidos
de las conferencias internacionales sobre el clima muestran la incapacidad
total de las naciones capitalistas para cambiar lo más mínimo.
El capitalismo ofrece hoy una anticipación cada vez más
patente de lo que pudiera ser el hundimiento en la barbarie: una civilización
totalmente desintegrada, estragada por tempestades, sequías a repetición,
epidemias, hambres, envenenamiento irreversible del aire, de los suelos
y del agua; una sociedad de hecatombe con sus conflictos asesinos y guerras
de destrucción mutua que arruinan a países enteros, cuando
no continentes; guerras que emponzoñan todavía más
la atmósfera, que se vuelven más y más frecuentes
y devastadoras a causa de lo desesperado de las peleas entre naciones,
regiones o feudos locales por guardar sus reservas de unos recursos que
disminuyen y de lo mínimo necesario; un mundo de pesadilla donde
los últimos baluartes de prosperidad atrancan sus puertas a cal
y canto ante las hordas de refugiados que huyen de guerras y catástrofes;
en resumen, un mundo en el que la putrefacción se ha metido tanto
que ya no habría posible vuelta atrás y en el que, finalmente,
la civilización capitalista se hundiría en las arenas movedizas
que ella misma ha creado. Ese paisaje apocalíptico tampoco está
tan alejado de lo que hoy tenemos ante nuestros ojos; el rostro de la
barbarie está tomando forma material ante nosotros. Lo único
que queda por saber es si el socialismo, la revolución proletaria,
sigue siendo una alternativa viva.
11. A lo largo de los años 70 y 80,
el combate de la clase obrera en respuesta al resurgir de la crisis histórica
del capitalismo fue una defensa contra el posible estallido de una tercera
guerra mundial, la única verdadera defensa, pues el capitalismo
ya tenía formados los bloques imperialistas que debían lanzarse
a la guerra, y la crisis económica estaba ya empujando al sistema
hacia esa "solución". Pero por una serie de razones relacionadas
entre sí, algunas históricas, otras inmediatas, la clase
obrera tuvo enormes dificultades para saltar de un nivel defensivo a una
afirmación clara de su propia perspectiva política (el peso
de las décadas anteriores de una contrarrevolución que diezmó
su expresión política organizada, la naturaleza de una crisis
económica que se eternizaba y que hacía difícil ver
la situación catastrófica que ante sí tenía
en mundo capitalista, etc.). La incapacidad de las dos clases principales
de la sociedad para imponer su solución a la crisis hizo surgir
el fenómeno de la descomposición, el cual, a su vez, se
vio fuertemente acelerado por su propio resultado, o sea el desmoronamiento
del bloque del Este. Este hundimiento ha sido la señal, para el
capitalismo decadente, de la entrada en una fase en la cual la descomposición
será la característica principal. Antes de esta fase, la
lucha de la clase obrera estuvo marcada por tres oleadas internacionales
sucesivas, con unos avances evidentes en la conciencia y en la autoorganización.
En cambio, en esta nueva fase de descomposición, la lucha de la
clase obrera ha caído en un hondo reflujo, tanto en conciencia
como en combatividad.
La descomposición plantea dificultades a la clase obrera a la vez
materiales e ideológicas:
- en lo económico y social, los factores materiales de la descomposición
han tendido a socavar en el proletariado la conciencia de su identidad.
Cada vez se han ido destruyendo más concentraciones tradicionales
de la clase obrera; la vida social se ha ido atomizando cada día
más (lo cual refuerza la tendencia a la gangsterización
como falsa alternativa comunitaria); el desempleo de larga duración,
sobre todo entre los jóvenes, refuerza esa fragmentación
y destruye más todavía el vínculo con las tradiciones
del combate colectivo;
- esos factores objetivos se han hecho más eficaces todavía
con las campañas ideológicas incesantes de la clase dominante,
vendiendo nihilismo, individualismo, racismo, ocultismo, fundamentalismos
religiosos, todo para ocular la realidad de la sociedad cuyas divisiones
básicas siguen siendo la división en clases; esas campañas
han sido rematadas por el lavado de cerebro que acompañó
el desmoronamiento del bloque del Este y que se ha mantenido después:
fracasó el comunismo, ha sido rebatido el marxismo, la clase obrera
ha dejado de existir. Este tema también ha sido propuesto por todas
esas ideologías de la "novedad", las cuales explican
de qué modo el capitalismo ha superado sus antiguas divisiones
de clases ("nueva economía", "globalización"
o "mundialización, "recom po sición de la clase
obrera", etc.).
La clase obrera está hoy pues confrontada a una falta de confianza
grave, no solo ya en su capacidad para cambiar la sociedad, sino incluso
en su capacidad para defenderse a sí misma en lo cotidiano. Esto
ha permitido a los sindicatos, que en los años 80 llegaron a desenmascararse
como instrumentos del orden burgués, restaurar su control sobre
las luchas de los obreros. Al mismo tiempo, ha aumentado la capacidad
del capitalismo para desviar los esfuerzos obreros en la defensa de sus
propios intereses hacia todo un tinglado de movimientos "populares"
y "ciudadanos" en pos de una mayor "democracia".
12. La clase dominante explota, claro está,
las dificultades evidentes que hoy la clase obrera debe encarar, para
así dar consistencia a su mensaje sobre el final de la lucha de
clases. Los hay que reciben bien este mensaje: aquellos que, aún
viendo perfectamente el futuro de barbarie que el capitalismo nos está
preparando, no creen que la clase obrera sea el sujeto del cambio revolucionario
y se dedican a buscar "nuevos" movimientos para un mundo mejor.
Esto ocurre, por ejemplo, con muchas personas involucradas en movilizaciones
"anticapitalistas"). Los comunistas saben perfectamente que
si la clase obrera estuviera acabada de verdad, ya no quedaría
ninguna otra barrera para impedir que el capitalismo arrastre a la destrucción
de la humanidad. Pero también son capaces de afirmar que esa barrera
sigue ahí, que la clase obrera internacional no ha dicho su última
palabra ni mucho menos. Esta confianza en la clase obrera no tiene nada
que ver con una especie de fe religiosa, sino que se basa en:
- una visión histórica de la clase obrera, que no es una
instantánea fotográfica inmediata, sino que es capaz de
ver el vínculo verdadero entre los combates pasados, presentes
y futuros de la clase y de sus organizaciones;
- un análisis de la última década en particular,
que les permite concluir que a pesar de todas las dificultades que ha
encontrado, la clase obrera no ha sufrido derrotas históricas a
escala mundial, comparables a las que sufrió al término
de la primera oleada revolucionaria.
13. La prueba de la certeza de esa conclusión
viene dada por:
- el hecho de que, a pesar de las dificultades innegables habidas durante
esta última década (aislamiento y dispersión y, por
consiguiente, ausencia en general de la lucha de clases en el escenario
social), la clase obrera de las concentraciones más importantes
sigue conservando importantes reservas de combatividad y no ha aceptado
los planes de austeridad que el capitalismo intenta imponerle. La combatividad
conoce un desarrollo tortuoso pero real en respuesta a la degradación
de las condiciones de vida y de trabajo de la clase obrera;
- los signos de una maduración subterránea de la conciencia
en la clase obrera. Contrariamente a la visión idealista según
la cual la conciencia sería algo aportado desde fuera de la clase,
o las teorías mecanicistas que solo ven desarrollarse la conciencia
en los combates inmediatos y visibles, los comunistas siempre han sido
plenamente conscientes de que las huelgas de masas o las revoluciones
no brotan de la nada, sino que encuentran sus fuentes en procesos subterráneos
que se van construyendo en largos períodos y que a menudo sólo
se pueden discernir en explosiones repentinas o en la aparición
de minorías combativas en el seno de la clase. Durante el período
reciente, ha sido evidente la emergencia de esas minorías. Esto
se ha notado en la ampliación de esa zona de transición
política entre burguesía y proletariado y en el desarrollo
de una minoría, poco numerosa pero importante, que se vincula al
medio político proletario. Es muy significativo que muchos de esos
elementos "en búsqueda" procedan no solo de ámbitos
politizados desde hace tiempo, sino de una nueva generación de
gentes que se plantean por vez primera problemas sobre el capitalismo;
- la clase obrera sigue ejerciendo un peso "negativo" en la
clase dirigente. Esto se plasma, entre otras cosas, en la repulsión
de la burguesía a admitir la verdadera amplitud de las rivalidades
imperialistas entre las principales potencias y a arrastrar directamente
a los trabajadores de esos países en las aventuras militares; se
plasma en la preocupación de la clase dominante de que no aparezca
claramente la amplitud de la crisis, evitando una crisis económica
demasiado evidente que podría provocar una reacción masiva
de la clase obrera; la enorme cantidad de tiempo y de energía dedicados
a sus campañas ideológicas contra el proletariado, y entre
ellas, las dedicadas a demostrar que éste sería una fuerza
totalmente agotada, son de las más ruidosas.
Los comunistas pueden seguir afirmando que el curso histórico hacia
enfrentamientos de clase masivos, que se abrió con la oleada internacional
de luchas de los años 1968-72 no se ha invertido: La clase obrera
demostró que fue una barrera contra la guerra mundial. Y aunque
existe el peligro de que el proceso de descomposición más
insidioso podría anegar a la clase sin que el capitalismo tuviera
que infligirle una derrota frontal, la clase sigue siendo un obstáculo
histórico contra el deslizamiento del capitalismo hacia la barbarie
guerrera. Es más: la clase obrera posee todavía la capacidad
de resistir a los efectos de la descomposición social mediante
el desarrollo de sus luchas y el fortalecimiento de su identidad y, por
consiguiente, de la solidaridad que puede ofrecer una verdadera alternativa
a la atomización, a la violencia autodestructiva y a la desesperanza,
características de este sistema putrefacto.
14. La clase obrera, en el difícil
camino de reencuentro con su espíritu combativo y de recuperación
de sus tradiciones del pasado y sus experiencias de lucha, topa, evidentemente,
con la estrategia antiproletaria de la burguesía:
a) primero, el uso de los partidos de izquierda en los gobiernos, en donde
siguen estando mejor situados en general que la derecha para:
- presentar los signos evidentes del hundimiento del capitalismo como
únicamente resultantes de la acción de sectores particulares
del capitalismo (sectores "egoístas", empresas irresponsables,
etc.); así, la única alternativa sería la acción
del Estado democrático defensor de los intereses de todos los ciudadanos;
- presentar la espiral de las guerras y el militarismo como resultado
únicamente de los sectores "belicistas" ("halcones")
del capitalismo, tales como Bush, Sharon, etc., contra quienes hay que
oponer la "ley internacional" basada en los "derechos humanos";
- escalonar los ataques contra las condiciones de vida de la clase obrera,
sobre todo en las concentraciones industriales más importantes,
para así procurar retrasar y dispersar la combatividad obrera,
crear la división en las filas proletarias, entre sectores "privilegiados"
(trabajadores con contratos fijos, trabajadores de los países occidentales,
etc.) y los sectores precarios (contratos temporales, inmigrados, etc.);
b) está después, en perfecta coherencia con todo eso, la
actividad de los izquierdistas así como la del sindicalismo radical,
destinada a neutralizar la desconfianza de los trabajadores hacia los
partidos de centro-izquierda, desviándolos hacia una defensa radical
de la democracia burguesa. El actual desarrollo en Gran Bretaña,
por ejemplo, de la "Alianza socialista" es un buen ejemplo de
esa función;
c) y, en fin, no menos importantes, nos encontramos con las actividades
de los antimundialistas, a quienes los medios suelen presentar como la
única forma posible de anticapitalismo. La ideología de
estos movimientos, cuando no es la del "no futur" de la pequeña
burguesía (defensa de la producción a pequeña escala,
culto de la violencia ciega que refuerza el sentimiento de desesperanza,
etc.), no es más que una versión más radical de lo
que proponen sus hermanos mayores de la pretendida izquierda "tradicional":
defensa del interés nacional contra los rivales. Esas ideologías
no sirven más que para paralizar la evolución posible de
nuevos elementos "en búsqueda" en la población
en general y en el seno de la clase obrera en particular. Como ya dijimos,
esas ideologías no contradicen la propaganda más general
sobre la muerte del comunismo (que seguirá siendo utilizada como
baza principal); son, en cambio, un complemento importante.
15. Las responsabilidades que ante sí tiene la clase obrera son
inmensas: nada menos que el destino de la humanidad entre sus manos. Y
esto, por consiguiente, confiere enormes responsabilidades a la minoría
revolucionaria, cuya tarea esencial en los años que vienen será:
- intervenir cotidianamente en los combates de clase, insistiendo en la
solidaridad necesaria, en la implicación de la mayor cantidad posible
de trabajadores en cada movimiento de resistencia a los ataques del capitalismo;
- explicar con todos los medios a su alcance (prensa, folletos, reuniones,
etc.), de manera a la vez profunda y comprensible, por qué capitalismo
significa quiebra, por qué todas sus "soluciones" (especialmente
las que sirven de "gancho" a la izquierda e izquierdistas) son
engañifas, y explicar lo que de verdad es la alternativa proletaria;
- ayudar a las minorías combativas (grupos de lucha sobre los lugares
de trabajo, círculos de discusión, etc.) en sus esfuerzos
por sacar lecciones de las experiencias recientes, para prepararse a las
luchas venideras, y al mismo tiempo reanudar los lazos con las tradiciones
históricas del proletariado;
- intervenir en el medio político proletario, que ha entrado en
un período de crecimiento significativo, insistiendo para que el
medio actúe como una verdadera referencia en un debate serio y
esclarecedor para todos que aquellos que se acercan a él.
El curso histórico hacia enfrentamientos de clase nos proporciona
el contexto para formar el partido comunista mundial. El medio político
proletario es la matriz del futuro partido, pero no existe garantía
alguna de que algún día lo haga nacer. Sin una rigurosa
preparación responsable por parte de los revolucionarios de hoy,
el partido nacerá muerto, y los tumultuosos conflictos de clase
hacia los que vamos no serían capaces de transformar lo esencial:
la revuelta en revolución.
Mayo de 2001