Desde hace 5 años, el desarrollo de la lucha de clases se ha venido confirmando a escala internacional. La clase obrera, frente a unos ataques simultáneos y cada día más duros por todas las partes del mundo, está reaccionando y expresando su combatividad, afirmando su solidaridad de clase tanto en los países más desarrollados como en los que lo están mucho menos.
Así, en los últimos meses del año 2007, ha habido cantidad de países que han sido escenario de luchas obreras.
Egipto
Una vez más, en medio de una fuerte oleada de huelgas, los 27 000 obreras y obreros de una fábrica de Al Mahallah, a unos 100 kilómetros de El Cairo, que ya había sido el corazón de la oleada de luchas de diciembre de 2006 y de la primavera de 2007, volvieron al combate a partir del 23 septiembre. Las promesas del gobierno de entregar a cada uno lo equivalente de 150 días de salario, que puso fin a la huelga, no se cumplieron. Un huelguista, detenido durante algún tiempo por la policía, declaraba: "Nos prometieron 150 días de prima, lo único que queremos es que se respeten nuestros derechos; estamos decididos a ir hasta el final". Los obreros de la empresa redactaron entonces una lista de reivindicaciones: 150 libras egipcias de prima (menos de 20 euros, cuando los salarios mensuales varían entre 200 y 250 libras); desconfianza hacia el comité sindical y el director de la empresa; inclusión de las primas en el sueldo base, o sea, un ingreso no vinculado a la producción; aumento de los subsidios para alimentos; subsidio suplementario de alojamiento; salario mínimo ajustado al alza de precios; medios de transporte para los obreros que viven lejos de la factoría; mejora de los servicios médicos.
Los obreros de otras fábricas textiles, los de Kafr al Dawar, por ejemplo, que ya en diciembre de 2006 habían declarado: "Estamos en el mismo barco que vosotros y nos embarcamos para el mismo viaje", volvieron a manifestar su solidaridad desde finales de septiembre, entrando ellos también en huelga. En otros sectores, como el de los harineros de El Cairo, los obreros decidieron hacer una sentada, transmitiendo un mensaje de solidaridad en apoyo a las reivindicaciones de los obreros textiles. En otros lugares, como en las fábricas de Tanta Linseed and Oil, los obreros siguieron el ejemplo de Al Mahallah exponiendo públicamente unas serie de reivindicaciones similares. Esas luchas han expresado un rechazo firme a los sindicatos oficiales, considerados como fieles perros guardianes del gobierno y la patronal: "El representante del sindicato oficial, controlado por el Estado, que fue a pedir a los obreros que cesaran la huelga, acabó en el hospital, apedreado por los obreros soliviantados. ‘El sindicato está a las órdenes del poder, queremos elegir a nuestros verdaderos representantes' explican los obreros" (citado por el diario francés Libération, 1/10/07).
El gobierno se ha visto obligado a proponer a los obreros el pago de 120 días de primas y a prometer sanciones contra la dirección. Pero los proletarios mostraron que ya no se fiaban de promesas y, cobrando poco a poco confianza en su fuerza colectiva, manifestaron una determinación intacta para luchar hasta que sus reivindicaciones fueran realmente satisfechas.
Dubai
Con mayor fuerza que en la primavera de 2006, en octubre de 2007, 4000 obreros, casi todos inmigrados de origen indio, pakistaní, bengalí o chino, trabajadores en la construcción de rascacielos gigantescos y de palacios superlujosos, tratados peor que el ganado, con sueldos de unos cien euros por mes, viviendo amontonados en chabolas, se lanzaron a la calle para expresar su revuelta contra unas condiciones de sobreexplotación inhumanas, desafiando la "legalidad", la represión, la pérdida del sueldo, del empleo y la expulsión vitalicia. Cuatrocientos mil obreros de la construcción se lanzaron durante dos días a la movilización.
Argelia
Para hacer frente al descontento creciente, los sindicatos autónomos de la función pública han convocado una huelga nacional de funcionarios, especialmente de los profesores, para el 12 y 15 enero de 2008, contra el desgaste del poder adquisitivo y el nuevo estatuto en la enseñanza que cuestiona la escala de salarios. Pero esa huelga también ha implicado y movilizado a los demás funcionarios y del sector de la salud. La ciudad de Tizi Uzu quedó totalmente paralizada y la huelga del personal docente ha sido muy seguida en Orán, Constantina, Annaba, Bechar, Adrar y Saida.
Venezuela
Los obreros petroleros, tras haberse opuesto a finales de mayo de 2007 a los despidos de una empresa estatal, se volvieron a movilizar en septiembre para exigir alzas salariales cuando se renovaron los convenios colectivos del sector. A la vez, en mayo, el movimiento de protesta de los estudiantes contra el régimen exigiendo una mejora de la situación de la población y de los trabajadores más pobres. Para ello, los estudiantes organizaron asambleas generales abiertas a todos, eligiéndose comités de huelga. Cada vez, el gobierno de Chávez, "el apóstol de la revolución bolivariana", dio la misma respuesta: la represión, que se ha saldado con muertos y cientos de heridos.
Perú
En abril, una huelga ilimitada, surgida de una empresa china, se propagó después por todo el país en las minas de carbón, por primera vez desde hace 20 años. En Chimbote, la empresa SiderPerú quedó totalmente paralizada, a pesar de las maniobras de sabotaje de la huelga y de los intentos de aislamiento por parte de los sindicatos. Las mujeres de los mineros se manifestaron con ellos, así como una gran parte de la población de la ciudad, incluidos campesinos y desempleados. Cerca de Lima, los mineros de Casapalca secuestraron a los ingenieros de la mina que los amenazaban con despedirlos si abandonaban su puesto de trabajo. Estudiantes de Lima y parte de la población acudieron a aportar alimentos y apoyo a los huelguistas. En junio, se movilizó una gran parte de los 325 000 docentes ampliamente movilizados con, también, el apoyo de una buena parte de la población, a pesar de un reparto de trabajo, también aquí, entre los sindicatos para que la lucha se apagara. El gobierno reaccionó cada vez con detenciones, amenazas de despidos, poniendo "precarios" para sustituir a los mineros huelguistas, organizando amplias campañas mediáticas de denigración contra los profesores.
Turquía
Veintiséis mil obreros de Türk Telekom se lanzaron a una huelga masiva de 44 días a finales del año pasado contra la pérdida de garantía de salario y empleo, tras la privatización y la transferencia de 10 000 de entre ellos a empresas subcontratadas. Ha sido la huelga más importante de la historia turca después de la huelga de los mineros de 1991. En plena campaña de movilización bélica antikurda, algunos "agitadores" fueron detenidos y acusados de sabotaje, y hasta de alta traición al interés nacional, amenazados con despidos y sanciones. Acabaron siendo readmitidos, negociándose aumentos de sueldo de 10 %.
Grecia
La huelga general del 12 de diciembre de 2007, contra un proyecto de reforma de los "planes especiales" de pensiones (la edad de jubilación ya se ha pospuesto a los 65 años para los hombres y 60 para las mujeres en el plan general) que conciernen a 700 000 trabajadores (32 % de la población activa) reunió a empleados del sector privado y de los funcionarios: banca, tribunales, administraciones, correos, electricidad, teléfono, hospitales así como transportes públicos (metros, tranvías, puertos, aeropuertos). Hubo más de 100 000 manifestantes en Atenas, Salónica y otras grandes ciudades del país.
Finlandia
En este país, donde la burguesía ha llevado muy lejos el desmantelamiento de la protección social, más de 70 000 asalariados de la salud (la mayoría enfermeras) se pusieron en huelga en octubre reclamando subidas de sueldos (que varían entre 400 y 600 euros mensuales) de al menos 24 %, pues el bajo nivel de salarios obliga a muchos trabajadores a irse a Suecia. Doce mil ochocientas enfermeras amenazaron con dimitir colectivamente si las negociaciones entre el gobierno, que no propone más que una revalorización del 12 % en dos años y medio, y el sindicato Tehy no concluyen. Hay servicios hospitalarios enteros amenazados de cierre.
Bulgaria
Tras una huelga simbólica el día de la vuelta a clase, los profesores se pusieron en huelga ilimitada, a finales de septiembre, exigiendo aumentos de sueldo: 100 % para los profesores de la secundaria (cobran una media de 174 euros por mes...) y un aumento del 5 % del presupuesto de la educación nacional. La promesa del gobierno de revisar los salarios en 2008 puso un fin provisional a la huelga.
Hungría
Tras una huelga en protesta contra el cierre de líneas ferroviarias declaradas no rentables y contra la reforma de las jubilaciones y del sistema de salud impuesta por el gobierno, los ferroviarios lograron arrastrar tras ellos, el 17 de diciembre, a 32 000 asalariados descontentos de diferentes sectores (profesores, personal sanitario, chóferes de autobús, empleados del aeropuerto de Budapest...). Pero en esta movilización interprofesional, los sindicatos ahogaron la lucha de los ferroviarios en cuanto el Parlamento acabó de votar la reforma, llamándolos a la vuelta al trabajo para el día siguiente.
Rusia
Plantando cara a la represión (toda huelga de más de 24 horas es ilegal), a pesar de la condena sistemática de los huelguistas por los tribunales, del recurso sistemático a la violencia policíaca y el uso de bandas de matones contra los obreros combativos, por primera vez en diez años, una oleada de huelgas inundó el país en la última primavera, desde Siberia oriental hasta el Cáucaso. La huelga afectó a muchos sectores: obras de la construcción en Chechenia, una fábrica del sector maderero en Nóvgorod, un hospital en la región de Chitá, el servicio de mantenimiento de las viviendas en Saratov, restaurantes "fast-food" en Irkutsk, la fábrica de la General Motors en Togliattigrad y una importante fábrica metalúrgica en Carelia. Y el movimiento culminó en noviembre con la huelga de tres días de los de los estibadores de Tuapse en el mar Negro, después los de 3 empresas del puerto de San Petersburgo del 13 al 17, mientras los empleados de correos cesaban el trabajo el 26 de octubre, así como los del sector de la energía. Los maquinistas de ferrocarriles amenazaron con entrar en huelga por primera vez desde 1988. Pero fue la huelga de los obreros de la factoría Ford de Vsevoloshsk, en la región de San Petersburgo, a partir del 20 noviembre lo que contribuyó a romper el silencio total sobre esta oleada de huelgas, provocada sobre todo por la subida imparable de la inflación y el alza entre 50 y 70% de los productos alimenticios de base. Ante esa situación, la Federación de Sindicatos independientes de Rusia, abiertamente sometida al gobierno y hostil a todo tipo de huelga, resulta incapaz de encuadrar las luchas obreras. En cambio, con la ayuda de la burguesía occidental, las direcciones de las grandes multinacionales procuran explotar al máximo las ilusiones sobre un sindicalismo "libre" y "de lucha" favoreciendo la emergencia y el desarrollo de nuevas estructuras sindicales como el Sindicato interregional de los Trabajadores del automóvil, fundado a instigación del Comité sindical de Ford y que agrupa a sindicatos independientes de varias grandes empresas como AvtoVAZ-General Motors en Togliattigrad y Renault-Autoframos en Moscú. Han sido esos nuevos "sindicatos independientes" los que, encerrando y aislando totalmente a los obreros en "su" fábrica, limitando las expresiones de solidaridad de otros sectores al envío de mensajes de simpatía y apoyo financiero, precipitaron a los obreros en la más amarga derrota. Al cabo de un mes de huelga, agotados, tuvieron que reanudar el trabajo sin haber obtenido nada, doblegándose a las condiciones de la dirección: una vaga promesa de negociación tras el cese de la huelga.
Italia
El 23 de noviembre, los sindicatos de base (Confederación unitaria de base-CUB, Cobas, y otros "sindicatos de lucha" intercategorías) lanzaron una jornada de huelga general seguida por 2 millones de asalariados contra el acuerdo firmado el 23 de julio último entre el gobierno de centro izquierda y las 3 grandes centrales sindicales (CGIL/CISL/UIL) que legaliza la creciente precariedad del trabajo, la reducción drástica de las pensiones y de la protección social en gastos de salud. 25 manifestaciones organizadas en todo el país ese día reunieron a 400 000 personas, en Roma y Milán sobre todo. Todos los sectores estuvieron afectados, especialmente los transportes (ferrocarriles, aeropuertos bloqueados), la metalurgia (90 % de huelguistas de Fiat en Pomigliano), y los hospitales. La huelga fue especialmente seguida por jóvenes con empleos precarios (son más de 6 millones) y por no sindicados. La cólera debida a la baja del poder adquisitivo fue también un factor importante en la amplitud de la movilización.
Gran Bretaña
En Correos, en Liverpool y en el sector sur de Londres especialmente, los empleados iniciaron espontáneamente, por vez primera desde hace más de diez años, una serie de huelgas contra la baja de los salarios reales y las nuevas amenazas de reducción de plantilla, y, a la vez, el sindicato de obreros de la comunicación (CWU) aislaba a los obreros, mediante unos piquetes de huelga que los encerraba, en realidad, en cada sector. Y, al mismo tiempo, ese sindicato firmaba un acuerdo con la dirección que establece una mayor flexibilidad en el empleo y los salarios.
Alemania
La huelga "intermitente" de ferroviarios por subidas de sueldo habrá durado 10 meses bajo la batuta del sindicato del personal móvil GDL. Los sindicatos han desempeñado un papel de primer orden para dividir a los obreros con un reparto de tareas entre sindicatos partidarios de la legalidad y los más radicales dispuestos a transgredirla. Una gran campaña fue organizada por los medios denunciando el carácter "egoísta" de la huelga, cuando en realidad, la huelga obtuvo la simpatía de otros obreros "usuarios", cada vez más numerosos en identificarse, ellos también, como víctimas de las mismas "injusticias sociales". Ahora que la cantidad de empleados de los ferrocarriles ha quedado reducida a la mitad en 20 años, que las condiciones de trabajo se han degradado y los salarios están bloqueados desde hace 15 años, el sector es uno donde peor se paga (con una media de menos de 1500 euros por mes). Bajo la presión de los ferroviarios, los tribunales legalizaron una nueva huelga de 3 días en noviembre, justo a la vez que se desarrollaba en Francia una huelga ferroviaria que, por cierto, ha sido muy popular en Alemania. La huelga acabó en enero con aumentos de sueldo de 11% (lejos del 31% reivindicados y ya en parte recortados por la inflación) y, para dejar escapar un poco de presión de la olla social, se ha reducido la duración semanal del trabajo para los 20 000 maquinistas, pasando de 41 a 40 horas, pero sólo a partir de... febrero de 2009.
Más recientemente, el constructor finlandés de teléfonos móviles Nokia anunció el cierre, a finales de 2008, de su factoría de Bochum que emplea a 2300 obreros. Esto implicará, debido a las repercusiones en las empresas subcontratadas, la pérdida de 4000 empleos en esa ciudad. Al día siguiente, 16 de enero, los obreros se negaron a acudir a sus puestos de trabajo y hubo obreros de la factoría vecina de Opel, otros de Mercedes, siderúrgicos de la empresa Hoechst de Dortmund, metalúrgicos de Herne, mineros de la región que afluyeron a las puertas de la fábrica Nokia para dar su pleno apoyo solidario a sus compañeros. El proletariado alemán, en el corazón de Europa, al sistematizar sus experiencias recientes de combatividad y solidaridad, tiende a volver a ser un faro en el desarrollo de la lucha de clases a nivel internacional. Ya en 2004, los obreros de la factoría Daimler-Benz de Bremen se pusieron espontáneamente en huelga, en solidaridad con los obreros de Stuttgart de la misma empresa amenazados por los despidos, rechazando así el chantaje de la dirección consistente en hacer competir entre sí a diferentes lugares de producción. Y a su vez, unos meses más tarde, otros obreros del automóvil, ya entonces precisamente los de Opel de Bochum, lanzaron una huelga espontánea ante una presión semejante de la dirección. Por eso, hoy, para desviar esta nueva expresión de solidaridad y esta amplia movilización intersectorial, la burguesía alemana se ha puesto inmediatamente a focalizar la atención sobre este enésimo ejemplo de deslocalizacion (la fábrica de Nokia va a ser transferida a Cluj, en Rumania), dando bombo y platillo a una gran campaña mediática (en un amplio frente común que une a gobierno, electos locales y regionales, Iglesia y sindicatos) acusando al constructor finlandés de haber traicionado al gobierno, tras haberse aprovechado de las subvenciones que debían permitir el mantenimiento de la actividad en Bochum.
Y así, a la lucha contra los despidos y las reducciones de plantilla se le van añadiendo otras reivindicaciones por subidas de salario y contra la pérdida de poder adquisitivo, además ahora que toda la clase obrera del país está cada vez más expuesta a los ataques incesantes de la burguesía (edad de jubilación pospuesta a los 67 años, planes de despidos, recortes en todas las prestaciones sociales de la Agenda 2010...). En 2007, Alemania tuvo, además, la mayor cantidad de jornadas de huelga acumuladas (el 70 % por las huelgas de primavera contra la "externalización" de 50 000 empleos en las telecomunicaciones) desde 1993, al poco de la reunificación de Alemania.
Francia
Pero fue sobre todo la huelga de ferroviarios y chóferes de transporte público de Francia, en octubre-noviembre, lo que ha revelado las nuevas potencialidades para el porvenir, un año y medio después de la lucha de la primavera de 2006, animada ésta sobre todo por la juventud estudiantil que obligó al gobierno a retirar un proyecto (el CPE) con el que iba a incrementarse la precariedad de los jóvenes trabajadores. Ya en octubre, la huelga de 5 días de azafatas y camareros de Air France contra el deterioro de sus condiciones de trabajo había demostrado la combatividad y un descontento social en ascenso.
Los ferroviarios no se quedaron agarrados a su "régimen especial de jubilación", exigiendo el retorno a los 37,5 años de cuotas para todos. Entre los jóvenes obreros de la Compañía nacional de ferrocarriles (SNCF), en especial, se fue consolidando la voluntad de extensión de la lucha en ruptura con el peso del corporativismo de los ferroviarios y de los "rodantes" que había predominado en las huelgas de 1986/87 y de 1995, mostrando así un elevado sentimiento de solidaridad en el seno del conjunto de la clase obrera.
El movimiento estudiantil, por su parte, contra la Ley de Reforma de las Universidades (o ley Pécresse), cuyo objetivo es crear universidades de élite de la burguesía, echando a la mayoría de los estudiantes hacia "facultades basurero" y el trabajo precario, ha seguido situándose en continuidad con el movimiento antiCPE de la primavera de 2006. Su plataforma reivindicativa mencionaba no sólo la retirada de la Ley Pécresse sino de todos los ataques del gobierno. Se tejieron verdaderos lazos de solidaridad entre estudiantes y ferroviarios o conductores, que se plasmaron, por mucho que quedaran limitados a ciertos lugares y a los momentos más álgidos de la lucha, en que hubo encuentros mutuos en asambleas y acciones comunes o comidas compartidas.
Por todas partes las luchas topan y se enfrentan a la labor de sabotaje y de división de los sindicatos, los cuales, obligados a ponerse en la primera fila de los ataques antiobreros, dejan cada día más al descubierto su papel y su verdadera función al servicio del Estado burgués. En la lucha de los ferroviarios y conductores de Francia en octubre-noviembre de 2007, las componendas entre sindicato y gobierno para hacer tragar los ataques ha sido algo patente. En ese reparto cada sindicato tuvo su papel en la división y el aislamiento de las luchas ([1]).
Estados Unidos
El sindicato UAW saboteó la huelga de General Motors en septiembre, después la de Chrysler en octubre, negociando con la dirección de esas empresas la transferencia de la gestión de la "protección medico-social" al sindicato a cambio del "mantenimiento" de los empleos en la empresa y de la congelación salarial durante 4 años. Ha sido una estafa total, pues el mantenimiento de la cantidad de empleos prevé la sustitución por eventuales sometidos a contratos más precarios, con salarios más bajos y obligados, además, a afiliarse al sindicato. Y así, la acción sindical ha permitido un resultado inverso al obtenido por la lucha ejemplar de los obreros de los transportes de Nueva York que, en diciembre de 2005, habían rechazado que se instaurara, para sus hijos y las generaciones futuras, un sistema diferente de contrato y de salarios.
La burguesía se ve obligada cada vez más a instalar contrafuegos ante el desgaste y el desprestigio de los aparatos sindicales. Por eso, según los países, surgen sindicatos de base, sindicatos "más radicales", otros dizque "libres e independientes" para encuadrar las luchas, para no dejar que los obreros se apoderen de ellas y, sobre todo, bloquear y dejar que se enfangue el proceso de reflexión, de discusión y de toma de conciencia en el seno de la clase obrera.
El desarrollo de las luchas se enfrenta a una amplia operación de denigración ignominiosa por parte de la burguesía para desprestigiarlas, además de acarrear un incremento de la represión. No sólo ya se organizó una gran campaña, en Francia, para hacer impopular la huelga de los transportes, para soliviantar a los "usuarios" contra los huelguistas, dividir a la clase obrera, quebrar el ímpetu de solidaridad en su seno, impedir todo intento de ampliación de la lucha y culpabilizar a los huelguistas. Además, lo hicieron todo por criminalizar a los huelguistas. Organizaron así una campaña al final de la huelga, el 21 de noviembre, en torno a un sabotaje de las vías férreas y de un incendio de cables eléctricos para hacer que los huelguistas aparecieran como "terroristas" o "asesinos irresponsables". La misma "criminalización" se hizo contra estudiantes "bloqueadores" a los que algunos rectores de universidad calificaron de "jemeres rojos" o de "delincuentes". Por otra parte, los estudiantes fueron víctimas de una represión violenta en intervenciones policiales para "desbloquear" las universidades ocupadas. Resultaron heridos decenas de estudiantes, muchos fueron detenidos con juicios inmediatos y penas de cárcel.
Las luchas recientes confirman plenamente unas características que ya afirmamos en la Resolución sobre la situación internacional que la CCI adoptó en mayo de 2007 en su XVIIº Congreso (publicada en la Revista internacional nº 130, 3er trimestre de 2007):
Hoy el principal alimento del proceso de reflexión no es tanto la posibilidad de la revolución, sino más bien, vistas las catastróficas perspectivas que nos ofrece el capitalismo, su necesidad.". La reflexión sobre el callejón sin salida que nos "ofrece" el capitalismo es más y más un factor determinante de la maduración de la conciencia de clase.
El incremento de la lucha de clases hoy está también marcado por le desarrollo de discusiones en la clase obrera, por la necesidad de reflexión colectiva, la politización de elementos en búsqueda, una búsqueda que también se realiza mediante el surgir o la reactivación de grupos proletarios, círculos de discusión, ante acontecimientos importantes (como el estallido de conflictos imperialistas) o como consecuencia de las huelgas. Hay una tendencia por el mundo entero, a acercarse a las posiciones internacionalistas. Una ilustración significativa de ese fenómeno es el ejemplo en Turquía de los compañeros de EKS, los cuales, en su posicionamiento internacionalista en un terreno de clase, han asumido su papel de militantes defensores de las posiciones de la Izquierda comunista ante la agravación de la guerra en Irak, marcada por la intervención directa de su país en el conflicto.
Aparecen minorías revolucionarias tanto en países menos desarrollados como Perú o Filipinas como en países altamente industrializados pero que carecen, en gran parte, de una tradición de lucha de clases como en Japón, o, en menor grado, en Corea. En este contexto, la CCI asume también sus responsabilidades hacia esas personas como lo demuestran sus intervenciones en diferentes países en los que la CCI ha impulsado, organizado y participado en reuniones públicas en lugares tan diversos como Perú, Brasil, Santo Domingo, Japón o Corea del Sur.
"La responsabilidad de las organizaciones revolucionarias, y de la CCI en particular, es participar plenamente en la reflexión que ya se está desarrollando en el seno de la clase obrera, no solo interviniendo activamente en las luchas que están ya desarrollándose, sino también estimulando la posición de los grupos y elementos que se plantean sumarse a su combate.".
El eco creciente en esas minorías, que recibirán la propaganda y las posiciones de la Izquierda comunista será un factor esencial en la politización de la clase obrera para echar abajo al capitalismo.
W (19 enero)
[1]) Para más detallada información sobre las maniobras del sabotaje sindical, pueden leerse nuestros artículos de la prensa territorial "Frente a los ataques múltiples, no nos dejemos dividir" y "Lucha de los ferroviarios, movimiento de los estudiantes: gobierno y sindicatos de la mano contra la clase obrera" (en francés) publicados en Révolution internationale (publicación de la CCI en Francia) de noviembre y diciembre 2008 y disponibles en nuestra página web.
[2]) Todas estas citas están sacadas de la Resolución sobre la situación internacional del XVIIº Congreso de la CCI publicada en la Revista internacional n° 130 (III/2007).
Decadencia del capitalismo
En 1915, mientras que la realidad de la guerra en Europa iba revelando siempre más su horror espantoso, Rosa Luxemburg escribía la Crisis de la socialdemocracia, texto más conocido por el nombre Folleto de Junius debido al seudónimo - Junius - utilizado. Escribió esa obra en la cárcel y el grupo Die Internationale, formado en Alemania en cuanto estalló la guerra, lo difundió clandestinamente. Es una feroz acusación contra las posiciones adoptadas por la dirección del Partido socialdemócrata alemán (SPD). El 4 de agosto de 1914, día en el que empezaron las hostilidades, el SPD abandonó sus principios internacionalistas y se unió a la defensa de "la patria en peligro", llamando a suspender la lucha de clases y a participar en la guerra. En la medida en que el SPD había sido hasta entonces el orgullo de toda la Segunda Internacional, esa posición fue un golpe terrible a todo el movimiento socialista internacional; en vez de servir de faro a la solidaridad internacional de la clase obrera, su capitulación ante la guerra sirvió de pretexto para la traición en los demás países. El resultado fue el hundimiento ignominioso de la Internacional.
El SPD se constituyó como partido marxista en los años 1870, simbolizando la creciente influencia de la corriente del "socialismo científico" en el movimiento obrero. En 1914, el SPD conservaba en apariencia sus lazos con la letra del marxismo, aunque pisoteaba su espíritu: ¿No había puesto Marx en guardia contra el peligro del absolutismo zarista en apoyo a la reacción? ¿No se había formado la Primera Internacional con ocasión de un mitin de apoyo a la independencia de Polonia del yugo zarista? ¿No expresó Engels la idea de que los socialistas alemanes tendrían que adoptar una posición "revolucionaria defensiva" en caso de una agresión franco-rusa contra Alemania, aunque advirtiendo contra los peligros de una guerra en Europa? Por eso, ahora, el SPD llamaba a la unidad nacional contra el principal peligro al que se enfrentaba Alemania, la potencia del despotismo zarista cuya victoria, decían, echaría abajo todas las adquisiciones económicas y políticas tan difícilmente ganadas por la clase obrera durante años de luchas pacientes y tenaces. Y así se presentaban como los herederos de Marx y Engels, de su defensa decidida de todo lo progresivo de la civilización europea.
Pero como decía Lenin, el revolucionario que no vaciló en denunciar la traición vergonzosa de los "social-chovinistas":
"Quienes invocan hoy la actitud de Marx ante las guerras de la época de la burguesía progresista y olvidan las palabras de Marx, de que "los obreros no tienen patria" - palabras que se refieren precisamente a la época de la burguesía reaccionaria y caduca, a la época de la revolución socialista -, tergiversan desvergonzadamente a Marx y sustituyen el punto de vista socialista por un punto de vista burgués" (el Socialismo y la guerra, Cap. I, "Los principios del socialismo y la guerra de 1914-15", 1915).
Los argumentos de Rosa Luxemburg trataban exactamente de las mismas cuestiones. La guerra actual no tenía nada que ver con las que habían sacudido Europa a mediados del siglo precedente. Éstas eran de corta duración, eran limitadas en espacio y objetivos y utilizaban esencialmente ejércitos profesionales. Ocurrieron además tras un periodo largo de paz, de una expansión económica sin precedentes y de mejora regular de las condiciones de vida de la población en el continente europeo, que empezó más o menos a partir de 1815 al término de las guerras napoleónicas. Aquellas guerras, muy lejos de arruinar a sus protagonistas, sirvieron al contrario, a menudo, para acelerar el proceso global de expansión capitalista, barriendo los obstáculos feudales que entorpecían la unificación nacional y permitiendo que nuevos Estados nacionales aparecieran como marco más adaptado al desarrollo del capitalismo (las guerras por la unidad italiana y la guerra franco-prusiana de 1870 son ejemplos típicos de ello).
Pero en adelante, esas guerras (guerras nacionales que podían todavía tener un papel progresista para el capital) pertenecían al pasado. Por su capacidad de destrucción y de muerte - diez millones de hombres murieron en los campos de batalla europeos, la mayoría agonizando en un cenagal sangriento y vano, mientras que millones de civiles también morían debido a la miseria y la hambruna impuestas por la guerra -, por la amplitud de sus consecuencias como guerra que implicó a potencias de dimensión mundial que, de hecho, se daban objetivos de conquista literalmente ilimitados y de derrota total del enemigo, por su carácter de guerra "total" que no solo alistó a millones de obreros mandándolos a la muerte en el frente, sino también a los que quedaron en la retaguardia, exigiéndoles en las industrias sudor y sacrificios infinitos, por todas esas razones fue una guerra de un tipo nuevo que desmintió rápidamente todas las previsiones de la clase dominante de que estaría terminada "para Navidad". La monstruosa matanza de la guerra fue evidentemente intensificada por los medios tecnológicos muy desarrollados de los que disponían los protagonistas y que habían sobrepasado ampliamente las tácticas y las estrategias enseñadas en las escuelas de guerra tradicionales; e incrementaron más todavía las cotas en matanzas. Pero la barbarie alcanzada por la guerra expresó algo mucho mas profundo que el nivel de desarrollo tecnológico del sistema burgués. También fue la expresión de un modo de producción que entraba en una crisis fundamental e histórica, que revelaba el carácter caduco de las relaciones sociales capitalistas y ponía a la humanidad ante la alternativa histórica: revolución socialista o hundimiento en la barbarie. De ahí ese famoso pasaje del Folleto de Junius:
"Federico Engels dijo una vez: ‘La sociedad capitalista se halla ante un dilema: avance al socialismo o regresión a la barbarie' ¿Qué significa "regresión a la barbarie" en la etapa actual de la civilización europea? Hemos leído y citado estas palabras con ligereza, sin poder concebir su terrible significado. En este momento basta mirar a nuestro alrededor para comprender qué significa la regresión a la barbarie en la sociedad capitalista. Esta guerra mundial es una regresión a la barbarie. El triunfo del imperialismo conduce a la destrucción de la cultura, esporádicamente si se trata de una guerra moderna, para siempre si el período de guerras mundiales que se acaba de iniciar puede seguir su maldito curso hasta sus últimas consecuencias. Así nos encontramos, hoy tal y como profetizó Engels hace una generación, ante la terrible opción: o triunfa el imperialismo y provoca la destrucción de toda la cultura y, como en la antigua Roma, la despoblación, desolación, degeneración, un inmenso cementerio; o triunfa el socialismo, es decir la lucha consciente del proletariado internacional contra el imperialismo, sus métodos, sus guerras. Tal es el dilema de la historia universal, su alternativa de hierro, su balanza temblando en el punto de equilibrio, aguardando la decisión del proletariado. De ella depende el futuro de la cultura y de la humanidad. En esta guerra ha triunfado el imperialismo. Su espada brutal y asesina ha precipitado la balanza, con sobrecogedora brutalidad, a las profundidades del abismo de la vergüenza y la miseria. Si el proletariado aprende a partir de esta guerra y en esta guerra a esforzarse, a sacudir el yugo de las clases dominantes, a convertirse en dueño de su destino, la vergüenza y la miseria no habrán sido en vano" (Cap. "Socialismo o barbarie").
Ese cambio de época hizo caducos los argumentos de Marx a favor del apoyo a la independencia nacional (de todos modos, el mismo Marx ya lo rechazó tras la Comuna de Paris de 1871 en lo que concernía a los países europeos). Ya no se trataba de buscar causas nacionales progresistas en el conflicto, puesto que las luchas nacionales habían perdido su papel progresista al volverse simples instrumentos de la conquista imperialista y de la marcha del capitalismo hacia la catástrofe.
"El programa nacional podía desempeñar un papel histórico siempre que representara la expresión ideológica de una burguesía en ascenso, ávida de poder, hasta que ésta afirmara su dominación de clase en las grandes naciones del centro de Europa de uno u otro modo, y creara en su seno las herramientas y condiciones necesarias para su expansión. Desde entonces, el imperialismo ha enterrado por completo el viejo programa democrático burgués reemplazando el programa original de la burguesía en todas las naciones por la actividad expansionista sin miramientos hacia las relaciones nacionales. Es cierto que se ha mantenido la fase nacional, pero su verdadero contenido, su función ha degenerado en su opuesto diametral. Hoy la nación no es sino un manto que cubre los deseos imperialistas, un grito de combate para las rivalidades imperialistas, la última medida ideológica con la que se puede convencer a las masas de que hagan de carne de cañón en las guerras imperialistas" (Cap. "Invasión y lucha de clases").
No solo cambió entonces la "táctica nacional", sino toda la situación quedó profundamente transformada por la guerra. Ya no era posible la vuelta atrás, a la época anterior en la que la socialdemocracia había luchado paciente y sistemáticamente por establecerse como fuerza organizada en la sociedad burguesa, del mismo modo que el proletariado entero:
"Una cosa es cierta, y es que la guerra mundial ha significado un giro para el mundo. Es una locura insensata imaginarse que solo nos quedaría esperar a que acabe la guerra, como la liebre que está esperando debajo de una mata a que se termine la tormenta y reanudar alegremente su quehacer diario. La guerra mundial ha cambiado las condiciones de nuestra lucha, nos ha cambiado a nosotros mismos de manera radical. No que las leyes fundamentales de la evolución del capitalismo, la lucha a muerte entre capital y trabajo, deban conocer una desviación o una mejora. Ahora ya, en plena guerra, caen las máscaras y los viejos rasgos que tan bien conocemos nos miran riendo burlonamente. Pero tras la erupción del volcán imperialista, el ritmo de la evolución recibió una tan violenta impulsión que comparados a los conflictos que van a surgir en la sociedad y a la inmensidad de las tareas que esperan al proletariado socialista de inmediato, toda la historia del movimiento obrero hasta hoy parecerá haber sido una época paradisíaca" (Cap. "Socialismo o barbarie").
Si son inmensas las tareas, es que exigen mucho más que la lucha defensiva tenaz contra la explotación; exigen una lucha revolucionaria ofensiva para acabar de una vez con la explotación, par dar "a la acción social de los hombres un sentido consciente, introducir en la historia un pensamiento metódico y, con eso, una voluntad libre" (ídem). La insistencia de Rosa Luxemburg sobre la apertura de una época radicalmente nueva de la lucha de la clase obrera iba a ser rápidamente una posición común del movimiento revolucionario internacional que se reconstituía sobre las ruinas de la socialdemocracia y que, en 1919, fundó el partido mundial de la revolución proletaria: la Internacional comunista (IC). En su Primer congreso de Moscú, la IC adoptó en su Plataforma la celebre consigna:
"Ha nacido una nueva época. Época de desmoronamiento del capitalismo, de su hundimiento interior. Época de la revolución comunista del proletariado".
La IC compartía con Rosa Luxemburg la idea de que si la revolución proletaria - que estaba en aquel entonces en su cenit tras la insurrección de Octubre 1917 en Rusia y la oleada revolucionaria que barría Alemania, Hungría y otros países - no lograba derrocar al capitalismo, la humanidad se vería hundida en otra guerra, o más bien en una época de guerras incesantes que pondría en peligro el porvenir de la humanidad.
Casi cien años han pasado, sigue estando ahí el capitalismo y según la propaganda oficial sería la única forma posible de organización social. ¿Qué es del dilema enunciado por Luxemburg, "socialismo o barbarie"? Si escuchamos los discursos de la ideología dominante, se intentó el socialismo durante el siglo xx y no funcionó. Las deslumbrantes esperanzas que hizo albergar la Revolución rusa de 1917 se estrellaron contra los arrecifes del estalinismo y yacen juntas con su cadáver desde que se hundió el bloque del Este a finales de los años 1980. El socialismo no solo habría revelado ser, en el mejor de los casos, una utopía y el en peor una pesadilla, sino que la misma noción de lucha de clases, considerada por los marxistas como su base esencial, habría desaparecido en la niebla átona de una "nueva" forma de capitalismo que presuntamente viviría no de la explotación de una clase productora, sino gracias a una masa infinita de "consumidores" y de una economía más virtual que material.
Este es el cuento que nos quieren hacer tragar. De seguro que si Rosa Luxemburg pudiera volver de entre los muertos, se quedaría sorprendida de ver la civilización capitalista seguir dominando el planeta; en otra ocasión examinaremos cómo ha hecho el sistema para sobrevivir a pesar de todas las dificultades atravesadas durante el siglo pasado. Pero si nos quitamos las lentes deformantes de la ideología dominante y examinamos seriamente el curso del siglo xx, podremos constatar que se verificaron las previsiones de Luxemburg y de la mayoría de los socialistas revolucionarios de la época. Debido a la derrota de la revolución proletaria, ese siglo ya ha sido el más bárbaro de toda la historia de la humanidad y contiene la amenaza de un descenso aun más profundo en la barbarie, cuyo punto culminante sería no ya la "aniquilación" de la civilización, sino la desaparición de la vida humana en el planeta.
En 1915 no se levantaron claramente contra la guerra más que un puñado de socialistas. Trotski bromeaba diciendo que los internacionalistas que se reunieron aquel año en Zimmerwald hubiesen podido caber en un solo taxi. Pero la Conferencia de Zimmerwald, que solo agrupó a un puñado de socialistas opuestos a la guerra, fue el signo de que algo estaba cambiando en las filas de la clase obrera internacional. En 1916, el desengaño respecto a la guerra, tanto en el frente como en la retaguardia, se fue haciendo cada vez más profundo, como lo demostraron las huelgas que estallaron en Alemania y en Gran Bretaña así como las manifestaciones que saludaron la puesta en libertad de Karl Liebknecht, camarada de Rosa Luxemburg, cuyo nombre se había vuelto sinónimo de la consigna: "nuestro principal enemigo está en nuestro propio país". La revolución estalló en Rusia en febrero del 17, acabando con el reino de los zares; pero no fue en nada un 1789 ruso, una nueva revolución burguesa atrasada, sino que Febrero abrió el camino a Octubre, a la toma del poder por la clase obrera organizada en soviets, que proclamó que esa insurrección sólo era el primer golpe de la revolución mundial que acabaría no sólo con la guerra sino con el propio capitalismo.
Como lo repetían Lenin y los bolcheviques, la Revolución rusa triunfaría o caería con la revolución mundial. Su llamamiento a la sublevación tuvo un eco rápido: motines en el ejército francés en 1917, revolución en Alemania en 1918 que obligó a los gobiernos burgueses del mundo a concluir a toda prisa una paz precipitada por miedo a que la epidemia bolchevique se extendiera, República de los soviets en Baviera y en Hungría en 1919, huelgas generales en Seattle, Estados Unidos, y en Winnipeg, Canadá, necesidad para la burguesía de mandar tanques para oponerse a la agitación obrera en el valle del Clyde en Escocia el mismo año, ocupaciones de fábricas en Italia en 1920. Fue una deslumbrante confirmación del análisis de la IC: se abría un nuevo periodo de guerras y de revoluciones. Al mismo tiempo que aplastaba a la humanidad con su apisonadora de militarismo y guerra, el capitalismo también hacía necesaria la revolución proletaria.
Pero desgraciadamente, la conciencia que tenían los elementos más dinámicos y clarividentes de la clase obrera, los comunistas, no coincidía ni mucho menos con el nivel alcanzado por el conjunto de la clase. La mayor parte de ésta no entendía todavía que era imposible volver al antiguo periodo de paz y de reformas graduales. Quería que se acabara la guerra, y a pesar de haber debido imponer la paz a la burguesía, ésta supo jugar sobre la idea de que se podía volver al status quo ante bellum, la situación de preguerra, aderezándolo con unas cuantas reformas presentadas como "ventajas obreras": en Gran Bretaña, fueron los homes fit for heroes, "hogares de los héroes" que volvían de la guerra, fue el derecho de voto para las mujeres y la cláusula 4 en el programa del partido Laborista que prometía las nacionalizaciones de las fábricas mas importantes de la economía; En Alemania, en donde la revolución ya había empezado a concretarse, las promesas fueron más radicales, usándose palabras como socialización y consejos obreros; se comprometían a que abdicara el Káiser y a instaurar una República basada en el sufragio universal.
Fueron esencialmente los socialdemócratas, esos especialistas experimentados de la lucha por reformas, quienes vendieron esas ilusiones a los obreros, ilusiones que les permitieron por un lado declararse a favor de la revolución y por otro utilizar a los grupos protofascistas para asesinar a los obreros revolucionarios en Berlín y Munich, entre ellos a Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht; también apoyaron la asfixia económica y la ofensiva militar contra el poder soviético en Rusia, con el pretexto falaz de que los bolcheviques habrían forzado la historia al llevar a cabo una revolución en un país atrasado en el que la clase obrera era minoritaria, "ofendiendo" así los sagrados principios de la democracia.
Por la mentira y la represión brutal, la oleada revolucionaria fue atajada en una serie de derrotas sucesivas. Cortada del oxígeno de la revolución mundial, la revolución en Rusia empezó a ahogarse y a devorarse a sí misma; ese proceso lo simboliza muy bien el desastre de Cronstadt, en donde obreros y marinos descontentos que exigían nuevas elecciones de los soviets fueron aplastados por el gobierno bolchevique. Fue Stalin el "vencedor" de ese proceso de degeneración, y su primera víctima fue el propio Partido bolchevique que se transformó final e irrevocablemente en instrumento de una nueva burguesía de Estado, tras haber sustituido toda apariencia de internacionalismo por la noción fraudulenta de "socialismo en un solo país".
El capitalismo sobrevivió entonces al terror que le infundió la oleada revolucionaria, a pesar de algunas "réplicas" como la huelga general en Gran Bretaña en 1926 y la insurrección obrera de Shangai en 1927. Proclamó su firme intención de volver a la normalidad. Durante la guerra, el principio de "pérdidas y ganancias" había quedado temporal y parcialmente suspendido al orientar casi toda la producción hacia el esfuerzo de guerra, dejando el aparato estatal controlar directamente el conjunto de los sectores de la economía. En un Informe al Tercer Congreso de la Internacional comunista, Trotski señaló de qué forma la guerra había favorecido una nueva forma de funcionar del capitalismo, esencialmente basada en la manipulación de la economía por el Estado y la creación de montones de deudas, de capital ficticio:
"Como saben, el capitalismo como sistema económico está lleno de contradicciones. Durante los años de guerra, éstas alcanzaron proporciones monstruosas. Para hallar los recursos necesarios a la guerra, el Estado ha aplicado principalmente dos medidas: la primera es emitir papel moneda, la segunda emitir obligaciones. Así es cómo una cantidad creciente de pretendidos "valores papel" (las obligaciones) entró en circulación, como medio por el que el Estado sonsacó valores materiales reales del país para destruirlos en la guerra. Cuanto mayores fueron las sumas gastadas por el Estado, o sea los valores reales destruidos, mayor ha sido la cantidad de seudoriqueza, de valores ficticios acumulados en el país. Los títulos de Estado se acumularon como montañas. Puede a primera vista parecer que un país se haya vuelto muy rico pero, en realidad, se ha socavado su fundamento económico, haciéndolo vacilar, conduciéndolo al límite del hundimiento. Las deudas de Estado han subido hasta casi un billón de marcos oro, que se añaden a los 62 % de recursos nacionales actuales de los países en guerra. Antes de la guerra, la cantidad total mundial de papel moneda y de crédito se acercaba a los 28 000 millones de marcos. Hoy está entre 220 y 280 mil millones, o sea que se ha multiplicado por diez. Y además esas cifras no tienen en cuenta a Rusia sino únicamente al mundo capitalista. Todo esto se aplica en particular, aunque no exclusivamente, a los países europeos principalmente a la Europa continental y, en particular, a la Europa central. A medida que Europa se empobrece -lo que está sucediendo hasta hoy- se cubre cada día más de capas cada vez más espesas de "valores papel", de lo que se llama capital ficticio. Esa moneda ficticia de capital papel, esas notas del tesoro, bonos de guerra, billetes, representan o el recuerdo de un capital difunto o la espera de un capital por llegar. Ya no tienen ninguna relación con un capital verdaderamente existente. Sin embargo siguen funcionando como capital y como moneda y eso da una imagen increíblemente desformada de la sociedad y de la economía mundial en su conjunto. Cuanto más se empobrece esa economía, más rica parece ser esa imagen reflejada por ese espejo del capital ficticio. Al mismo tiempo, la creación de ese capital ficticio significa, como lo veremos, que las clases se reparten de manera diferente la distribución de una renta nacional y de una riqueza que se contraen gradualmente. La renta nacional también se ha contraído pero no tanto como la riqueza nacional. La explicación es sencilla: la vela de la economía capitalista se ha prendido por los dos cabos" (2 de junio de 1921; traducido del inglés por nosotros).
Lo que esos métodos significaban claramente es que el sistema no podía existir sin trampear con sus propias leyes. Los nuevos métodos se describían como "socialismo de guerra", pero no eran sino un medio de preservar el sistema capitalista en un período en el que se hacía obsoleto y formaba un baluarte desesperado contra el socialismo, contra la ascensión de un modo de producción social superior. Como el "socialismo de guerra" no era esencialmente necesario sino para ganar la guerra, fue efectivamente desmantelado cuando se acabó. A principios de los años 20, en una Europa devastada por la guerra, empezó un difícil periodo de reconstrucción pero las economías del Viejo Mundo seguían estancadas: las tasas de crecimiento espectaculares que habían caracterizado a los principales países capitalistas de preguerra no volvían a producirse. El paro se instaló en permanencia en países como Gran Bretaña, mientras la economía alemana, sangrada por los costes de las indemnizaciones de guerra, batía todos los récords de inflación conocidos y estaba alimentada casi totalmente por el endeudamiento.
La excepción principal fueron los Estados Unidos que se desarrollaron durante la guerra desempeñando el papel de "intendente de Europa", como dice Trotski en ese mismo Informe. EE.UU. apareció entonces definitivamente como la economía más poderosa del mundo y floreció precisamente porque sus rivales fueron derribados por los costes enormes de la guerra, las alteraciones sociales de posguerra y la desaparición completa del mercado ruso. Fue para Norteamérica la época del jazz, los "años locos"; las imágenes del Ford "T", producido masivamente en las fábricas de Henry Ford, reflejaba la realidad de unas tasas de crecimiento vertiginosas. Tras haber llagado hasta el final de su expansión interna y aprovechándose del estancamiento de las viejas potencias europeas, el capital norteamericano empezó a invadir el globo con sus mercancías, desde Europa hasta los países subdesarrollados, alcanzando incluso regiones todavía precapitalistas. Tras haber sido deudor durante el siglo xix, Estados Unidos se convirtió en principal acreedor mundial. El boom no influyó demasiado en la agricultura estadounidense, en cambio, sí hubo un aumento perceptible de poder adquisitivo de la población urbana y proletaria. Todo ello parecía ser la prueba de que se podía volver al mundo del capitalismo liberal, al "dejar hacer" que había permitido la extraordinaria expansión del siglo xix. Era el triunfo de la filosofía tranquilizadora de un Calvin Coolidge, presidente de Estados Unidos en aquel entonces. Así habló al Congreso americano en diciembre de 1928:
"Ninguno de los Congresos de Estados Unidos hasta ahora reunidos para examinar el estado de la Unión había tenido ante sí una perspectiva tan favorable como la que se nos ofrece en los actuales momentos. En lo que respecta a los asuntos internos, hay tranquilidad y satisfacción, relaciones armoniosas entre patronos y asalariados, liberadas de los conflictos sociales, y el nivel más alto de prosperidad. La paz triunfa en el plano exterior, la buena voluntad debida de la comprensión mutua, y el reconocimiento de que los problemas que parecían tan amenazadores hace poco tiempo, están desapareciendo bajo la influencia de un comportamiento claramente amistoso. La importante riqueza creada por nuestra mentalidad empresarial y nuestro trabajo, salvada por nuestro sentido de la economía, ha conocido la distribución más amplia en nuestra población y su flujo continuo ha servido para las obras caritativas y la industria del mundo entero. Lo mínimo para vivir ya no se limita a lo estrictamente necesario y y ahora ya se extiende a lo lujoso. El incremento de la producción es consumido por la creciente demanda interior y un comercio exterior en expansión. El país puede mirar el presente con satisfacción y anticipar con optimismo el futuro."
¡Palabras pertinentes si las hay! En octubre del 29, menos de un año después, fue el "crash". El crecimiento convulsivo de la economía norteamericana chocó contra los límites inherentes al mercado. Muchos de los que habían creído que el crecimiento era ilimitado, que el capitalismo era capaz de crear sus propios mercados para siempre y habían invertido sus ahorros basándose en ese mito cayeron desde muy alto.
Además no fue una crisis como las que habían marcado el siglo xix, crisis tan regulares durante la primera mitad de ese siglo que incluso fue posible hablar de "ciclo decenal". En aquel tiempo, tras un breve período de hundimiento, se encontraban nuevos mercados en el mundo y volvía a iniciarse una nueva fase de crecimiento, todavía más vigorosa; además, en el período entre 1870 a 1914, caracterizado por un empuje imperialista acelerado por la conquista de las regiones no capitalistas restantes, las crisis que golpearon los centros del sistema fueron mucho menos violentas que durante la juventud del capitalismo, a pesar de que lo que se llamó la "larga depresión", entre 1870 y 1890, que reflejó, en cierto modo, el principio del fin de la supremacía económica mundial de Gran Bretaña. Y, de todas maneras, no hay comparación posible entre los problemas comerciales del siglo xix y el hundimiento ocurrido en los años 1930. Era una situación cualitativamente diferente: algo fundamental había cambiado en las condiciones de la acumulación capitalista. La depresión era mundial: desde su centro, Estados Unidos, pasó a golpear a Alemania, que entonces era casi totalmente dependiente de EEUU, después al resto de Europa. La crisis fue igualmente devastadora para las regiones coloniales o semidependientes, obligadas en gran parte por sus grandes "propietarios" imperialistas, a producir en primer lugar para las metrópolis. La caída repentina de los precios mundiales sumió en la ruina a la mayoría de esos países.
Puede medirse la profundidad de la crisis en que la producción mundial, que había descendido en torno al 10 % con la Primera Guerra mundial, tras el crash, se desmoronó 36,2 % (esta cifra no incluye a la URSS ; cifras sacadas del libro de Sternberg, el Conflicto del siglo, 1951). En Estados Unidos, gran beneficiario de la guerra, la caída de la producción industrial alcanzó 53,8 %. Las estimaciones de las cifras del desempleo son variables; Sternberg lo estima en 40 millones de desempleados en los principales países desarrollados. La caída del comercio mundial fue también catastrófica, reduciéndose a un tercio del nivel de antes de 1929. Pero la diferencia principal entre el desmoronamiento de los años 1930 y las crisis del siglo xix es que ya no existía, a partir de entonces, ningún mecanismo "automático" de reanudación de un nuevo ciclo de crecimiento y de expansión hacia las regiones del planeta que todavía no eran capitalistas. La burguesía se dio cuenta en seguida de que ya no seguiría habiendo una "mano invisible" del mercado para que la economía siguiera funcionando en el futuro inmediato. Debía pues abandonar el liberalismo ingenuo de Coolidge y de su sucesor, Hoover, y reconocer que, a partir de entonces, el Estado debería intervenir autoritariamente en la economía para así preservar el sistema capitalista. Fue sobre todo Keynes quien teorizó esa política; comprendió que el Estado debía sostener las industrias en declive y generar un mercado artificial para compensar la incapacidad del sistema para desarrollar otras nuevas. Ése es el sentido de las "obras públicas" a gran escala emprendidas por Roosevelt con el nombre de New Deal, del apoyo que le otorgó la nueva central sindical, la CIO, para estimular la demanda de los consumidores, etc. En Francia, la nueva política tomó la forma del Frente popular. En Alemania e Italia, la forma del fascismo y en Rusia, la del estalinismo. Todas esas políticas tenían la misma causa subyacente. El capitalismo había entrado en una nueva época, la época del capitalismo de Estado.
Pero el capitalismo de Estado no existe en cada país de un modo aislado de los demás. Al contrario, está en gran parte determinado por la necesidad de centralizar y defender la economía nacional contra la competencia de las demás naciones. En los años 30, eso comprendía un aspecto económico: se consideraba que el proteccionismo era un medio de defender sus propias industrias y sus mercados contra la intrusión de industrias de otros países; pero el capitalismo de Estado contenía un aspecto militar, mucho más significativo, pues la competencia económica aceleraba la marcha hacia una nueva guerra mundial. El capitalismo de Estado es, por esencia, una economía de guerra. El fascismo, que celebraba ruidosamente los ventajas de la guerra, era la expresión más patente de esa tendencia. Bajo el régimen de Hitler, el capital alemán respondió a su situación económica catastrófica lanzándose a una carrera desenfrenada de rearme. Eso produjo el efecto "benéfico" de absorber rápidamente el desempleo, pero no era ése el objetivo verdadero de la economía de guerra. Su objetivo era prepararse para un nuevo y violento reparto de los mercados. De igual modo, el régimen estalinista en Rusia y la subordinación despiadada del nivel de vida de los proletarios al desarrollo de la industria pesada, respondía a la necesidad de hacer de Rusia una potencia militar mundial con la que había que contar y, como en la Alemania nazi y el Japón militarista (que ya había lanzado una campaña de conquista militar invadiendo Manchuria en 1931 y el resto de China en 1937), esos regímenes resistieron al desmoronamiento con "éxito" pues habían subordinado toda la producción a las necesidades de la guerra. Pero el desarrollo de la economía de guerra fue también el secreto de los programas masivos de obras públicas en los países del "New Deal" y del Frente Popular, por mucho que éstos tardaran más tiempo en adaptar las fábricas a la producción masiva de armas y material militar.
Victor Serge calificó el período de los años 1930 de "medianoche en el siglo". Al igual que la guerra de 1914-18, la crisis económica de 1929 confirmó la senilidad del modo de producción capitalista. A una escala mucho mayor que lo que se había conocido en el siglo xix, se asistía a una "epidemia que, en otro tiempo cualquiera, hubiera parecido una paradoja, [abatirse] sobre la sociedad- la epidemia de la sobreproducción" (Manifiesto comunista). Millones de personas sufrían hambre, soportando un desempleo forzoso, en las naciones más industrializadas del globo, no porque las fábricas y los campos no pudieran producir lo suficiente, sino porque producían "demasiado" para la capacidad de absorción del mercado. Era una nueva confirmación de la necesidad de la revolución socialista.
Pero el primer intento del proletariado de realizar el veredicto de la historia había sido definitivamente vencido a finales de los años 1920 y por todas partes imperaba la contrarrevolución. Y ésta alcanzó las simas más profundas y más terroríficas precisamente allí donde la revolución había llegado más alto. En Rusia, la contrarrevolución fueron los campos de trabajo y las ejecuciones masivas; poblaciones enteras deportadas, millones de campesinos deliberadamente matados de hambre; los obreros, en las fábricas, sometidos a la sobreexplotación stajanovista. En lo cultural, todas las experiencias sociales y artísticas de los primeros años de la revolución fueron suprimidas en nombre del "realismo socialista", imponiéndose el retorno a las normas burguesas más vulgares.
En Alemania e Italia el proletariado había estado más cerca de la revolución que en cualquier otro país de Europa occidental. La consecuencia de su derrota fue la instauración de un régimen policiaco brutal. El fascismo se caracterizó por una amplia burocracia de informadores, la persecución feroz de los disidentes y de las minorías sociales y étnicas, entre ellas, el caso más conocido es la eliminación de los judíos en Alemania. El régimen nazi pisoteo cientos de años de cultura, enfangándose en teorías ocultistas seudocientíficas sobre la misión civilizadora de la raza aria, quemando libros con ideas "no alemanas", exaltando las virtudes de la sangre, de la tierra y de la conquista. Trotski consideró la destrucción de la cultura en la Alemania nazi como una prueba muy elocuente de la decadencia de la cultura burguesa:
"El fascismo ha hecho accesible la política a los bajos fondos de la sociedad. En la actualidad, no sólo en los hogares campesinos, sino también en los rascacielos urbanos, viven conjuntamente los siglos veinte y diez o trece. Cien millones de personas utilizan la electricidad y todavía creen en el poder mágico de gestos y exorcismos. El papa de Roma siembra por la radio la milagrosa transformación del agua en vino. Los astros del cine van a los mediums. Los aviadores que pilotan milagrosos mecanismos creados por el genio del hombre utilizan amuletos en sus ropas. ¡Qué reservas inagotables de oscurantismo, ignorancia y barbarie! La desesperación los ha puesto en pie, el fascismo les ha dado una bandera. Todo lo que debía haberse eliminado del organismo nacional en forma de excremento cultural en el curso del desarrollo normal de la sociedad lo arroja por la boca ahora la sociedad capitalista, que vomita la barbarie no digerida. Tal es la fisiología del nacionalsocialismo" (¿Qué es el nacional-socialismo?, 1933).
Pero, precisamente porque el fascismo era una expresión concentrada del declive del capitalismo como sistema, pensar que podía combatirse sin luchar contra el capitalismo en su conjunto, como lo afirmaban toda clase de "antifascistas", era una pura mistificación. Esto quedó patente en la España de 1936: los obreros de Barcelona replicaron al primer golpe de Estado del general Franco, con sus propios métodos de lucha de clases - la huelga general, la confraternización con las tropas, el armamento de los obreros - paralizando en unos cuantos días la ofensiva fascista. Fue cuando dejaron su lucha en manos de la burguesía democrática personificada en el Frente Popular, cuando fueron vencidos y arrastrados a una lucha interimperialista que confirmó ser un ensayo general de la matanza mucho más mortífera que sucedería después. La Izquierda italiana sacó, escuetamente, la conclusión: la guerra de España fue la confirmación terrible de que el proletariado mundial había sido derrotado; y como el proletariado era el único obstáculo en el camino del capitalismo hacia la guerra, la marcha hacia una nueva guerra mundial quedaba abierto.
El cuadro de Picasso, Guernica, es célebre, con razón, por ser una representación sin parangón de los horrores de la guerra moderna. El bombardeo ciego de la población civil de la ciudad de Guernica por la aviación alemana que apoyaba al ejército de Franco, provocó una enorme conmoción pues era un fenómeno relativamente nuevo. El bombardeo aéreo de objetivos civiles fue muy limitado durante la Iª Guerra mundial y muy ineficaz. La gran mayoría de los muertos de esa guerra eran soldados en los campos de batallas. La IIª Guerra mundial mostró hasta qué punto la barbarie del capitalismo en decadencia se había incrementado, pues esta vez la mayoría de los muertos eran civiles:
"El cálculo total de vidas humanas perdidas a causa de la Segunda Guerra mundial, dejando de lado el campo al que pertenecían, es alrededor de 72 millones. La cantidad de civiles alcanza los 47 millones, incluidos los muertos por hambre y enfermedad causadas por la guerra. Las pérdidas militares ascienden a unos 25 millones, incluidos 5 millones de prisioneros de guerra" (http://en.wikipedia.org/wiki/World_War_II_casualties).
La expresión más aterradora y en la que se concentra el horror fue la matanza industrial de millones de judíos y de otras minorías por el régimen nazi, fusilados por paquetes en los guetos y los bosques de Europa del Este, hambrientos y explotados en el trabajo como esclavos, hasta la muerte, gaseados por cientos de miles en los campos de Auschwitz, Bergen-Belsen o Treblinka. Pero la cantidad de muertos civiles, víctimas de los bombardeos de ciudades por las acciones bélicas de ambos bandos es la prueba de que el holocausto, el asesinato sistemático de inocentes, fue una característica general de esa guerra. Y en este aspecto, las democracias incluso sobrepasaron sin duda a las potencias fascistas, pues el manto de bombas, especialmente las incendiarias, que cubrieron las ciudades alemanas y japonesas dan, por comparación, un aspecto un poco "aficionado" al Blitz alemán sobre el Reino Unido. El punto álgido y simbólico de ese nuevo método de matanza de masas fue el bombardeo atómico de las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki; pero en lo que a muertos civiles se refiere, el bombardeo "convencional" de ciudades como Tokio, Hamburgo y Dresde fue todavía más mortífero.
El uso de la bomba atómica por Estados Unidos abrió, de dos maneras, un nuevo período. Primero confirmó que el capitalismo se había vuelto un sistema de guerra permanente. Pues si bien la bomba atómica marcó el fin de las potencias del Eje, también abrió un nuevo frente de guerra. El objetivo verdadero detrás de Hiroshima no era Japón, que estaba ya por los suelos y pedía condiciones para rendirse, sino la URSS. Era un aviso para que este país moderara sus ambiciones imperialistas en Extremo Oriente y en Europa. En realidad "los jefes del Estado mayor estadounidense elaboraron un plan de bombardeo atómico de las veinte principales ciudades soviéticas en las diez semanas que siguieron al fin de la guerra" (Walker, The Cold War and the making of the Modern World, citado por Eric Hobsbawm, La edad de los extremos, p. 518 de la ed. francesa). En otras palabras, la bomba atómica no puso fin a la Segunda Guerra mundial más que para erigir los frentes de la tercera, aportando un significado nuevo y aterrador a las palabras de Rosa Luxemburg sobre las "últimas consecuencias" de un período de guerras sin trabas. La bomba atómica demostraba que a partir de entonces, el sistema capitalista poseía ya la capacidad de acabar con la vida humana en la Tierra.
Los años 1914-1945 - que Hobsbawm llama "la era de las catástrofes" - confirman claramente el diagnóstico según el cual el capitalismo se volvió un sistema social decadente - al igual que lo que le ocurrió a la Roma antigua o al feudalismo antes de aquél. Los revolucionarios que sobrevivieron a las persecuciones y a la desmoralización de los años 1930 y 1940 y que mantuvieron los principios internacionalistas contra los dos campos imperialistas antes y durante la guerra, eran poco numerosos, pero para la mayoría de ellos, era algo definitivo. Dos guerras mundiales, la amenaza inmediata de una tercera y la crisis económica mundial a una escala sin precedentes, parecían confirmarlo claramente.
En las décadas siguientes, sin embargo, empezaron a surgir dudas. Era algo seguro que la humanidad vivía ahora bajo la amenaza permanente de ser aniquilada. Durante los 40 años siguientes, aunque los dos nuevos bloques imperialistas no arrastraron a la humanidad a una nueva guerra mundial, permanecieron en situación de conflicto y de hostilidad permanente, llevando a cabo una serie de guerras, mediante terceros, en Extremo y Medio Oriente y en África; y, en varias ocasiones, especialmente durante la crisis de los misiles en Cuba en octubre de 1962, llevaron a la humanidad al borde del abismo. Un cálculo aproximado oficial da cuenta de 20 millones de muertos, matados durante esas guerras; otros cálculos dan cifras mucho más altas.
Esas guerras asolaron las regiones subdesarrolladas del mundo y, durante el período de posguerra, esas zonas conocieron problemas espantosos de pobreza y desnutrición. Sin embargo, en los países capitalistas principales, se produjo un boom espectacular durante algunos años que los expertos de la burguesía llamaron retrospectivamente los "Treinta Gloriosos". Las tasas de crecimiento igualaron o superaron incluso las del siglo xix, subían los salarios con regularidad, se instituyeron servicios sociales y de salud bajo la dirección "protectora" de los Estados... En 1960, en Gran Bretaña, el diputado británico Harold Macmillan dijo a la clase obrera "la vida nunca ha sido tan hermosa". Entre los sociólogos florecieron nuevas teorías sobre la transformación del capitalismo en "sociedad de consumo" en la cual la clase obrera "se había aburguesado" gracias a la incesante acumulación de televisores, lavadoras, coches y vacaciones organizadas. Para muchos, incluidos algunos en el movimiento revolucionario, ese período contradecía la idea de que el capitalismo había entrado en decadencia, demostrando su capacidad para desarrollarse de forma casi ilimitada. Los teóricos "radicales", como Marcuse, empezaron a buscar fuera de la clase obrera el sujeto del cambio revolucionario: los campesinos del Tercer mundo o los estudiantes rebeldes de los centros capitalistas.
Examinaremos en otro lugar las bases reales de ese boom de posguerra y, especialmente, qué medios adoptó el capitalismo en declive para conjurar las consecuencias inmediatas de sus contradicciones. Digamos ya que quienes declararon que el capitalismo había logrado superar sus contradicciones iban a aparecer como lo que eran, unos empiristas superficiales, cuando, a finales de los años 1960, aparecieron los primeros síntomas de una nueva crisis económica en los principales países occidentales. A partir de los 70 la enfermedad ya estaba declarada: la inflación empezó a hacer estragos en las economías principales, incitando a abandonar los métodos keynesianos de apoyo directo a la economía por parte del Estado, métodos que tan bien habían funcionado durante las décadas anteriores. Y así, los 80 fueron los años del "thatcherismo" y de la "reaganomics", o sea de las políticas propugnadas por la primera ministra británica, Margaret Thatcher, y el presidente de EEUU, Ronald Reagan, que consistían en dejar que la economía descendiera a su nivel real abandonando las industrias más débiles. Desde entonces, hemos atravesado una serie de minibooms y de recesiones, y el proyecto del thatcherismo sigue existiendo en el plano ideológico con las perspectivas del neoliberalismo y de las privatizaciones. Sin embargo, más allá de la retórica sobre el retorno a los valores económicos de la época de la reina Victoria sobre la libre empresa, el papel del Estado capitalista sigue siendo tan decisivo o más: el Estado sigue manipulando el crecimiento económico mediante toda clase de maniobras financieras, todas ellas basadas en un montón creciente de deudas, cuyo mejor ejemplo y símbolo son los Estados Unidos. El desarrollo de esta potencia se plasmó en que de deudora se transformó en acreedora y, en cambio, ahora se ahoga bajo una deuda de más de 36 billones (36+12 ceros) de dólares ([1]):
"Este amontonamiento constante de deudas, no sólo en Japón sino en todos los países desarrollados, es una auténtica bomba de relojería con un potencial de destrucción insospechado. Una estimación aproximada del endeudamiento mundial para todos los agentes económicos (Estados, empresas, familias y bancos) oscila entre 200 y 300 % del producto mundial. En concreto eso significa dos cosas: por un lado, el sistema ha adelantado el equivalente monetario del valor de entre dos y tres veces el producto mundial para paliar la crisis de sobreproducción permanente y, por otro lado, habría que trabajar dos a tres años por nada, si esa deuda tuviera que ser devuelta del día a la mañana. Si un endeudamiento masivo puede ser hoy soportado por las economías desarrolladas, está, en cambio, ahogando uno por uno a los países llamados "emergentes". Esa deuda fenomenal a nivel mundial es algo históricamente sin precedentes y es expresión a la vez de la profundidad del laberinto en que está inmerso el sistema capitalista, pero, también, de su capacidad para manipular la ley del valor para que perdure", (Revista internacional no 114, 3er trimestre de 2003).
Mientras que la burguesía nos pide que confiemos en todos esos remedios como la "economía de la información" u otras baratijas como las "revoluciones tecnológicas", la dependencia de toda la economía mundial respecto al endeudamiento implica una acumulación de fuerzas subterráneas cuya presión acabará haciendo reventar el volcán. Lo observamos regularmente: el motor del crecimiento de los "tigres" y de los "dragones" asiáticos se caló en 1997; ha sido quizás el ejemplo más significativo. Hoy, en 2007, se nos repite que las tasas de crecimiento espectaculares de India y China nos muestran el futuro. Pero, justo después, las palabras no logran ocultar el miedo a que todo esto acabe mal. El crecimiento de China, al fin y al cabo, se basa en exportaciones baratas hacia "Occidente", cuya capacidad de consumo se basa en enormes montones de deudas... ¿Y qué ocurrirá cuando haya que reembolsarlas? Tras el crecimiento sustentado por la deuda de los últimos veinte años, aparece su fragilidad en muchos de sus aspectos más claramente negativos: la desindustrialización de partes enteras de la economía occidental, la creación de una multitud de empleos improductivos y a menudo precarios, cada vez más vinculados a ámbitos parásitos de la economía; la creciente distancia entre ricos y pobres, no sólo entre los países capitalistas centrales y las regiones más pobres del mundo, sino en las economías más desarrolladas; la incapacidad evidente para absorber verdaderamente la masa de desempleados que se ha vuelto permanente y cuya amplitud se oculta con cantidad de artimañas (cursillos de formación que no van a ninguna parte, cambios constantes en los cálculos del desempleo, etc.).
En el plano económico, pues, el capitalismo no ha invertido, ni mucho menos, su curso a la catástrofe. Y lo mismo ocurre en el plano imperialista. Cuando se hundió el bloque del Este a finales de los años 1980, poniendo un fin espectacular a cuatro décadas de "Guerra fría", el presidente de EEUU, George Bush senior, pronunció su célebre frase en la que anunciaba la apertura de un nuevo orden mundial de paz y prosperidad. Pero el capitalismo decadente es guerra permanente; la forma de los conflictos imperialistas podrá cambiar, pero no desaparecer. Lo vimos en 1945, lo hemos vuelto a comprobar desde 1991. En lugar del conflicto relativamente "disciplinado" entre los dos bloques, estamos asistiendo a una guerra mucho más caótica, de todos contra todos, con una única superpotencia restante, Estados Unidos, que recurre vez más a la fuerza militar para intentar imponer su autoridad declinante. Y ha ocurrido lo contrario: cada despliegue de esa superioridad militar incontestable lo único que ha logrado es incrementar más todavía la oposición a su hegemonía. Lo vimos cuando la primera Guerra del Golfo en 1991: por mucho que entonces Estados Unidos consiguiera momentáneamente obligar a sus antiguos aliados, Alemania y Francia, a unirse a su cruzada contra Sadam Husein en Irak, los dos años siguientes demostraron claramente que la antigua disciplina del bloque occidental había desaparecido para siempre: durante las guerras que devastaron los Balcanes durante la década de los 90, Alemania primero, con su apoyo a Croacia y Eslovenia, Francia después con su apoyo a Serbia, mientras que EEUU decidía apoyar a Bosnia, se dedicaron a hacer la guerra contra esta potencia mediante terceros. Incluso el "lugarteniente" de Estados Unidos, Gran Bretaña, se situó por una vez en el campo adverso apoyando a Serbia hasta el momento en que este país ya no pudo impedir la ofensiva estadounidense y sus bombardeos. La reciente "guerra contra el terrorismo", preparada gracias a la destrucción de las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001, por un comando suicida muy probablemente manipulado por el Estado norteamericano (otra expresión de la barbarie del mundo actual) ha agudizado las divergencias: Francia, Alemania y Rusia formaron una coalición de opositores a la invasión de Irak por Estados Unidos. Las consecuencias de la invasión de Irak en 2003 han sido todavía más desastrosas. Lejos de consolidar el control de Oriente Medio por Estados Unidos y favorecer la Full spectrum dominance, el dominio tecnológico de EEUU con el que sueñan los neoconservadores de la administración Bush y sus secuaces, la invasión ha sumido toda la región en el caos con una inestabilidad creciente en Israel/Palestina, Líbano, Irán, Turquía, Afganistán y Pakistán. Durante ese tiempo, el equilibrio imperialista estaba ya más minado todavía por la emergencia de nuevas potencias nucleares, India y Pakistán; es posible que Irán sea pronto la siguiente y, de todas maneras, este país ha ampliado sus ambiciones imperialistas tras la caída de su gran rival, Irak. El equilibrio imperialista también está minado por la posición hostil que ha ido tomando cada vez más la Rusia de Putin hacia Occidente, por el peso creciente del imperialismo chino en los asuntos mundiales, por la proliferación de Estados que se desintegran y de "Estados gamberros" en Oriente Medio, Extremo Oriente y África, por la extensión del terrorismo islamista a escala mundial, que actúa a veces por cuenta de tal o cual potencia, pero, a menudo, como potencia imprevisible por cuenta propia ... Desde el final de la "guerra fría", el mundo no es, desde luego, menos peligroso sino mucho más.
Y si ya a lo largo de todo el siglo xx, no han hecho más que aumentar los peligros que amenazan a la especie humana, sobre todo la crisis y la guerra imperialista, ahora, en las últimas décadas, ha aparecido una tercera dimensión del desastre que el capitalismo reserva a la humanidad: la crisis ecológica. Este modo de producción, aguijoneado por una competencia cada vez más agitada en busca de la última oportunidad de encontrar un mercado, debe continuar extendiéndose por todos los rincones del planeta, saquear sus recursos a toda costa. Y este "crecimiento" frenético aparece cada día más como un cáncer para la Tierra entera. Durante las dos últimas décadas, la población ha ido tomando conciencia poco a poco de la amplitud de esa amenaza porque, aunque hoy seamos testigos de algo que no es sino el punto álgido de un proceso ya antiguo, el problema ya ha empezado a plantearse a unos niveles muy elevados. La contaminación del aire, de los ríos y los mares a causa de las emisiones de la industria y los transportes, la destrucción de las selvas tropicales y de cantidad de otros hábitats silvestres o la amenaza de extinción de innumerables especies animales han alcanzado cotas alarmantes, combinándose ahora con el problema del cambio climático que amenaza con devastar la civilización humana con una sucesión de inundaciones, sequías, hambrunas y plagas de todo tipo. El propio cambio climático puede acabar provocando una espiral de desastres como lo reconoce, entre otros, el célebre físico Stephen Hawking. En una entrevista a ABC News, en agosto de 2006, explicaba que:
"el peligro es que el calentamiento global puede autoalimentarse si es que no lo está haciendo ya. El deshielo de los polos del Ártico y del Antártico reduce la parte de energía solar que se refleja en el espacio, incrementando la temperatura más todavía. El cambio climático puede destruir la Amazonia y otras selvas tropicales, eliminando así uno de los medios principales con los que se absorbe el dióxido de carbono de la atmósfera. La subida de la temperatura de los océanos puede liberar grandes cantidades de metano aprisionados en forma de hidratos en el fondo de los mares. Esos dos fenómenos aumentarían el efecto invernadero, acentuando el calentamiento global. Es urgente darle la vuelta al calentamiento climático si todavía es posible".
Las amenazas económica, militar y ecológica no van separadas, sino que están íntimamente unidas. Es evidente, sobre todo, que las naciones capitalistas ante la ruina de su economía, frente a las catástrofes ecológicas no van a sufrir tranquilamente su propia desintegración sino que se verán forzadas a adoptar soluciones militares contra las demás naciones.
Como nunca antes se nos plantea la alternativa socialismo o barbarie. E igual que, como lo decía Rosa Luxemburg, la Iª Guerra mundial era ya la barbarie, el peligro que amenaza a la humanidad, y, para empezar, a la única fuerza que pueda salvarla, el proletariado, es que éste se vea arrastrado por la barbarie creciente que se expande por el planeta antes de que pueda actuar y aportar su propia solución.
La crisis ecológica plantea claramente el peligro: la lucha de clase proletaria apenas puede influir en ella antes de que el proletariado haya tomado el poder y esté en situación de reorganizar la producción y el consumo a escala mundial. Y cuanto más se retrase la revolución mayor será el peligro de que la destrucción del medio ambiente socave las bases materiales de la transformación comunista. Pero lo mismo ocurre con los efectos sociales que engendra la fase actual de la decadencia. En muchas ciudades existe una tendencia a que la clase obrera pierda su identidad de clase y que una generación de jóvenes proletarios sea víctima de la mentalidad de pandilla, de ideologías irracionales y de la desesperanza nihilista. Esto también conlleva el peligro de que sea demasiado tarde para que el proletariado se reconstituya como fuerza social revolucionaria.
Sin embargo, el proletariado no debe jamás olvidar su verdadero potencial. Por su parte, la burguesía siempre ha sido consciente de ese potencial. En el período que desembocó en la Iª Guerra mundial, la clase dominante esperaba con ansiedad la respuesta que daría la socialdemocracia, pues sabía muy bien que no podría obligar a los obreros a ir a la guerra sin el apoyo activo de ésa. La derrota ideológica denunciada por Rosa Luxemburg era la condición sine qua non para desencadenar la guerra; y fue la reanudación de los combates del proletariado, a partir de 1916, lo que iba a ponerle fin. A la inversa, la derrota y desmoralización tras el reflujo de la oleada revolucionaria abrieron el curso a la IIª Guerra mundial, aunque sí necesitara la burguesía un largo período de represión y de intoxicación ideológica antes de poder movilizar a la clase obrera para esa nueva carnicería. Y la burguesía, al final de esa guerra era muy consciente de la necesidad de llevar a cabo acciones preventivas para apagar el menor peligro de que se repitiera lo ocurrido en 1917 al final de la guerra. Esa "conciencia de clase" de la burguesía estuvo ante todo personificada por el Greatest Ever Briton ("el británico más grande de la historia"), Winston Churchill, que había aprendido mucho del papel que desempeñó para ahogar la amenaza bolchevique en 1917-20. Tras las huelgas masivas del Norte de Italia en 1943, fue Churchill quien formuló la política de "dejar (a los italianos) cocerse en su propia salsa", o sea retrasar la llegada de los Aliados que venían del Sur del país para, así, permitir a los nazis que aplastaran a los obreros italianos; fue Churchill también quien mejor comprendió el siniestro mensaje del terror de los bombardeos sobre Alemania en la última fase de la guerra; su objetivo era cortar de raíz cualquier posibilidad de revolución allí donde la burguesía tenia más miedo de ella.
La derrota mundial y la contrarrevolución duraron cuatro décadas. Pero no fue el final de la lucha de clases como algunos empezaron a creer. Con el retorno de la crisis a finales de los 60, volvió a aparecer una nueva generación de proletarios que luchaban por sus propias reivindicaciones: los "acontecimientos" de Mayo de 1968 en Francia que, oficialmente, se mencionan como una "revuelta estudiantil", si llevaron casi al Estado francés al borde del abismo fue porque la revuelta de las universidades vino acompañada por la mayor huelga general de la historia. En los años siguientes, Italia, Argentina, Polonia, España, Gran Bretaña y muchos otros países conocieron a su vez movimientos masivos de la clase obrera, dejando atrás muy a menudo, a los representantes oficiales del "Trabajo", sindicatos y partidos de izquierda. Las huelgas "salvajes" fueron la norma, en oposición a la movilización sindical "disciplinada", y los obreros empezaron a desarrollar nuevas formas de lucha para zafarse del control paralizante de los sindicatos: asambleas generales, comités de huelga elegidos, delegaciones masivas hacia otros lugares de trabajo. En las grandes huelgas de Polonia, en 1980, los obreros utilizaron esos medios para coordinar su lucha a nivel de todo el país.
Las luchas del período 1968-89 se terminaron a menudo en derrotas si nos referimos a las reivindicaciones exigidas. Pero lo que es seguro es que si no hubieran sucedido, la burguesía habría tenido las manos libres para imponer ataques mucho mayores contra las condiciones de vida de la clase obrera, en particular en los países avanzados del sistema. Y, sobre todo, la negativa del proletariado a pagar los efectos de la crisis capitalista significaba también que no iba a dejarse alistar sin resistencia en una nueva guerra, y eso cuando la reaparición de la crisis había agudizado las tensiones entre los dos grandes bloques imperialistas a partir de los años 70 y, sobre todo, en los 80. La guerra imperialista es un elemento implícito de la crisis económica del capitalismo, aunque no sea, ni mucho menos, una "solución" a dicha crisis, sino un hundimiento del sistema todavía más profundo. Para la guerra, la burguesía debe disponer de un proletariado sumiso e ideológicamente leal, y eso la burguesía no lo poseía. Y quizás era en el bloque del Este donde se eso se observaba más claramente: la burguesía rusa, que era la que estaba más obligada a ir hacia la solución militar a causa de su desmoronamiento económico y el asedio militar crecientes, acabó dándose cuenta de que le era imposible usar al proletariado como carne de cañón en una guerra contra Occidente, especialmente después de la huelga de masas de Polonia en 1980. Fue ese atolladero el que, en gran parte, llevó a la implosión al bloque del Este en 1989-91.
El proletariado, sin embargo, fue incapaz de proponer su propia y auténtica solución a las contradicciones del sistema: la perspectiva de una nueva sociedad. Mayo de 1968 planteó esa cuestión a un alto nivel, haciendo surgir una nueva generación de revolucionarios, pero éstos siguieron siendo una minoría ínfima. Ante la agravación de la crisis económica, la mayor parte de la luchas obreras de los años 70 y 80 se limitaron a un nivel económico defensivo y las décadas de desilusión hacia los partidos "tradicionales" de izquierda difundieron por la clase obrera una profunda desconfianza hacia "la política" fuera cual fuera.
Hubo así una especie de bloqueo en la lucha entre las clases: la burguesía no tenía ningún porvenir que ofrecer a la humanidad, y el proletariado no había vuelto a descubrir su propio futuro. Pero la crisis del sistema no se queda inmóvil y esa situación de bloqueo ha acarreado una descomposición creciente de la sociedad a todos los niveles. En el plano imperialista, esa situación llevó a la desintegración de los dos bloques y, por ello, la perspectiva de una guerra mundial ha desaparecido por un tiempo indeterminado. Pero, como ya hemos visto, el proletariado, y con él la humanidad entera, están expuestos a un nuevo peligro, una especie de barbarie rampante que en muchos aspectos es todavía más nefasta que la guerra.
La humanidad está pues en la encrucijada. Los años, las décadas que vienen pueden ser cruciales para toda su historia, pues determinarán si la sociedad humana se va a hundir en una regresión sin precedentes e incluso a extinguirse o si será capaz de dar el salto hacia una nueva forma de organización en la cual la humanidad será por fin capaz de controlar su propia fuerza social y crear un mundo en armonía con sus necesidades.
Como comunistas que somos, estamos convencidos de que no es demasiado tarde para esta alternativa, que la clase obrera, a pesar de todos los ataques económicos, políticos e ideológicos que ha sufrido en los últimos años, sigue siendo capaz de resistir, sigue siendo todavía la única fuerza que pueda impedir la caída al abismo. De hecho, desde 2003, hay un desarrollo perceptible de luchas obreras por el mundo entero; y, a la vez, estamos asistiendo al surgir de una nueva generación de grupos y personas que cuestionan las bases mismas del sistema social actual, que buscan seriamente cuáles son las posibilidades de un cambio fundamental. En otras palabras, estamos asistiendo a una verdadera maduración de la conciencia de clase.
Frente a un mundo sumido en el caos, no faltan las explicaciones falsas a la crisis actual. Florecen hoy el fundamentalismo religioso, en sus variantes cristiana o musulmana, así como todo un abanico de explicaciones ocultistas o conspiradoras de la historia, precisamente porque los signos de un final apocalíptico de la civilización mundial son difíciles de negar. Y estas regresiones hacia la mitología sólo sirven para reforzar la pasividad y la desesperanza, pues subordinan invariablemente la capacidad del hombre para tener una actividad que le sea propia, a unas leyes irrevocables de unos poderes celestiales que planean por encima de él. La expresión más característica de esos cultos son sin duda las bombas humanas islámicas, cuyas acciones son la quintaesencia de la desesperanza, o los evangelistas americanos que glorifican la guerra y la destrucción ecológica como otros tantos jalones que llevan hacia el éxtasis del futuro. Y mientras el "sentido común" burgués racional se ríe de los absurdos de esos fanáticos, aprovecha para meter en el mismo saco de sus burlas a todos aquellos que mediante el raciocinio y la reflexión científica, están cada vez más convencidos de que el sistema social actual no puede durar, no podrá durar siempre. Contra las invectivas de los clérigos de todo tipo y la negación vacua de los burgueses estúpidamente optimistas, es más que nunca vital desarrollar una comprensión coherente de lo que Rosa Luxemburg llamaba "el dilema de la historia". Como ella, nosotros estamos convencidos de que las únicas bases de esa comprensión son la teoría revolucionaria del proletariado, o sea, el marxismo y la concepción materialista de la historia.
Gerrard
[1]) Estimación del tercer trimestre de 2003 según las estadísticas publicadas por el consejo de gobernadores de la Reserva federal y otras agencias gubernamentales de EEUU. Según las mismas fuertes, la deuda era de 1,6 billones de $ en 1970. Fuente: http://solidariteetprogres.online.fr/News/Etats-Unis/breve_908.html
La CCI celebró su XVIIo Congreso en 2007. Por primera vez desde 1979, en él participaron delegaciones de otros grupos internacionalistas venidos de varias partes del mundo, desde Corea a Brasil. Como lo pusimos en evidencia en el artículo que da cuenta de los trabajos de dicho Congreso ([1]), la CCI no inventaba nada cuando mandó esas invitaciones: ha repetido el modo de hacer con el que la propia CCI se constituyó, un método heredado, como veremos, de la Izquierda comunista, en particular de la Izquierda comunista de Francia (GCF). De ahí la importancia del artículo que aquí publicamos: se trata del Informe publicado en el no 23 de Internationalisme (publicación de la GCF) de una conferencia internacionalista que se celebró en mayo de 1947, 60 años exactamente antes de nuestro decimoséptimo Congreso.
La iniciativa de la Conferencia de 1947 fue de Communistenbond "Spartacus" de Holanda, grupo "comunista de consejos" que sobrevivió a la guerra de 1939-45 a pesar de la represión brutal que sufrió por su participación en movimientos obreros durante la Ocupación ([2]). La Conferencia se celebra en un momento particularmente difícil para los pocos revolucionarios que seguían fieles a los principios de internacionalismo proletario y se negaban a luchar por defender la democracia burguesa y la "patria socialista" de Stalin. En 1943, una oleada de huelgas en el Norte de Italia reanimó las esperanzas de ver la Segunda Guerra mundial acabarse como había acabado la Primera, por una sublevación obrera que se extendería de un país a otro y que sería capaz esta vez de barrer definitivamente el capitalismo y su séquito de bestialidad. Desgraciadamente, la burguesía había aprendido de la experiencia de 1917 y la Segunda Guerra mundial se acabó por el aplastamiento sistemático del proletariado antes de que pudiera sublevarse: el aplastamiento por el ejército alemán de la sublevación de Varsovia con la complicidad de su adversario soviético ([3]), el bombardeo masivo de los barrios obreros en Alemania por la aviación norteamericana y británica no son sino unos cuantos ejemplos. La GCF comprendió que la vía revolucionaria no estaba abierta en lo inmediato durante ese periodo. Contestó al Communistenbond, en una carta de preparación a la Conferencia:
"Resulta en cierta forma natural que la monstruosidad de la guerra abra los ojos y haga surgir nuevos militantes revolucionarios. Así es como se formaron en 1945, en varios lugares, grupos que a pesar de su inevitable confusión e inmadurez política presentan, sin embargo, en su orientación elementos sinceros hacia la reconstrucción del movimiento revolucionario del proletariado.
"La Segunda Guerra no se acabó como la Primera por una oleada de luchas revolucionarias de la clase. Al contrario. Tras unos débiles intentos, el proletariado ha sufrido una derrota desastrosa, abriendo en el mundo un curso general reaccionario. En estas condiciones, los pequeños grupos que surgieron en los últimos momentos de la guerra corren el riesgo de perderse o quedar desmembrados. Ese proceso ya se puede constatar en el debilitamiento de esos grupos y en la desaparición de otros, como los "Communistes révolutionnaires" en Francia" ([4]).
La GCF no se hacía la menor ilusión sobre las posibilidades abiertas por la Conferencia:
"En un periodo como el nuestro de reacción y de retroceso, no se puede tratar de formar partidos o una Internacional -como pretenden hacer los trotskistas y demás- puesto que el truco de semejantes construcciones artificiales nunca ha servido sino para nublar el cerebro de los obreros" (ídem).
Pero no por eso consideraba que la Conferencia fuese inútil; todo lo contrario, puesto que se trataba de la supervivencia misma de los grupos internacionalistas:
"Ningún grupo posee la exclusiva de la «verdad absoluta y eterna», y ningún grupo sabría resistir por sí solo y aisladamente a la terrible presión del curso actual. La existencia orgánica de grupos y su desarrollo ideológico están directamente condicionados por los lazos que sepan establecer, por el intercambio de puntos de vista, la confrontación de ideas, la discusión que sepan mantener y desarrollar a escala internacional.
"Esta tarea nos parece de primera importancia para los militantes hoy y por eso nos pronunciamos a favor y estamos decididos a obrar y apoyar cualquier esfuerzo que tienda a establecer contactos, multiplicar encuentros y correspondencias ampliadas" (ídem).
Fue importante esa conferencia por ser el primer encuentro internacional de revolucionarios tras los seis años terribles de guerra, de represión y de aislamiento. Pero, al cabo, el contexto histórico - el "periodo de reacción y de retroceso" - fue ganando terreno sobre la iniciativa de 1947. La Conferencia no abrió el camino a otras. En octubre del 47, la GCF escribió al Communistenbond para pedirle que se hiciera cargo de una nueva conferencia así como de los boletines preparatorios de la discusión, de los que solo se publicó uno; la segunda Conferencia nunca se celebró. Los grupos que participaron en la primera desaparecieron poco a poco, incluída la GCF que se redujo a unos pocos compañeros aislados que mantenían algún que otro contacto epistolar ([5]).
El contexto de hoy es muy diferente. Tras décadas de contrarrevolución, la oleada mundial de luchas que siguió a Mayo del 68 en Francia confirmó la vuelta de la clase revolucionaria al escenario de la historia. Las luchas no lograron sin embargo ponerse al nivel exigido por la gravedad de los ataques del capitalismo durante los años 80. Sufrieron luego un violento frenazo con el hundimiento del bloque del Este en 1989, y empezó entonces un periodo muy difícil de desorientación y de desaliento para el proletariado y sus minorías revolucionarias durante los 90. Las cosas se animan de nuevo con el nuevo milenio: los últimos años han conocido luchas obreras que plantean cada vez más la cuestión de la solidaridad. Paralelamente, la presencia de grupos invitados al Congreso de la CCI demuestra una evolución que se amplificará en el futuro, la del desarrollo de una reflexión verdaderamente mundial entre las minorías que se reivindican de una visión internacionalista y que intentan establecer contactos entre sí.
Sigue pues viva en la situación actual la experiencia de 1947. Como una semilla que hubiera quedado oculta en un suelo invernal, esa experiencia llevaba en sí el florecimiento potencial para los internacionalistas de hoy. En esta corta introducción, queremos poner en evidencia las principales lecciones que pensamos que deben sacarse de la Conferencia del 47 y de la participación de la GCF.
Desde 1914 y la traición de los partidos socialistas y de los sindicatos, más aun desde los años 30 cuando los partidos comunistas hicieron lo mismo y también los grupos trotskistas en 1939, existen montones de grupos y partidos que se reivindican de la clase obrera pero cuya función, en realidad, es la de apuntalar la dominación de la clase capitalista y de su Estado. En ese sentido, la GCF escribió, en 1947:
"No se trata de discusiones en general, sino de encuentros que permitan discusiones entre grupos proletarios revolucionarios. Eso implica obligatoriamente una diferenciación basada en criterios políticos ideológicos. Resulta entonces necesario precisar lo más posible esos criterios, para no hablar con vaguedades y evitar equívocos" (ídem).
La GCF identifica cuatro criterios esenciales:
1) Exclusión de la corriente trotskista por apoyar al Estado ruso y por haber participado de hecho en la guerra imperialista de 1939-45, del lado de las potencias imperialistas democráticas y estalinistas;
2) Exclusión de los anarquistas (en ese caso de la Federación anarquista francesa) por haber participado en el Frente popular y en el gobierno capitalista republicano español en 1936-38, así como en la Resistencia de 1939-45 bajo las banderas del antifascismo;
3) Exclusión de todos los demás grupos que, con cualquier pretexto, participaron en la Segunda Guerra mundial;
4) Reconocimiento de la necesidad de la "destrucción violenta del Estado capitalista" y, en ese sentido, del significado histórico de la Revolución de Octubre de 1917.
Los criterios propuestos en la carta de octubre del 47 por la GCF se resumen en dos:
1) la voluntad de obrar y luchar con vistas a la revolución del proletariado, mediante la destrucción violenta del Estado capitalista por la instauración del socialismo;
2) la condena de cualquier aceptación o participación en la Segunda Guerra mundial imperialista con todo lo que pudo conllevar de corrupción ideológica de la clase obrera, tal como las ideologías fascista y antifascista así como sus apéndices nacionales: los maquis, las liberaciones nacionales y coloniales, su aspecto político: la defensa de la URSS, de las democracias, del nacionalsocialismo europeo.
Como se puede ver, esos criterios se centran en las cuestiones de la guerra y la revolución y, a nuestro parecer, siguen siendo hoy perfectamente actuales ([6]). Lo que sí ha cambiado es el contexto histórico en el que se plantean. Para las generaciones que llegan hoy a la política, la Segunda Guerra mundial y la Revolución rusa son acontecimientos lejanos apenas estudiados en la escuela. Esas cuestiones siguen siendo críticas para el porvenir revolucionario de la clase obrera y determinantes para un compromiso profundo en la vía revolucionaria. Pero la problemática de la guerra hoy se plantea a las generaciones actuales a través de la necesaria denuncia de todas las guerras que proliferan en el planeta: Irak, conflicto árabe-israelí, Chechenia, pruebas nucleares en Corea del Norte, etc.; en lo inmediato, la cuestión de la revolución se plantea más en la denuncia de los simulacros de "revolución" tipo Chávez que con respecto a la Revolución rusa.
Tampoco existe hoy un peligro fascista contra el que alistar masivamente a la clase obrera para un conflicto imperialista, a pesar de que en ciertos países (y particularmente del ex bloque del Este), haya bandas fascistizantes más que menos manipuladas por servicios del Estado que siembran el terror entre la población y plantean un problema real para los revolucionarios. De ahí que en las circunstancias actuales, el antifascismo tampoco pueda ser uno de los principales medios de alistamiento ideológico del proletariado para la defensa del Estado democrático burgués, como así ocurrió con la guerra del 39-45, aunque esa ideología antifascista siga siendo utilizada contra el proletariado para intentar desviarlo de la defensa de sus intereses de clase.
Una discusión importante, tanto durante la preparación de la Conferencia como durante su celebración, se refirió a la actitud que adoptar con respecto al anarquismo. Para la GCF, quedaba claro que:
"el movimiento anarquista, así como los trotskistas u otras tendencias que participaron o participan en la guerra imperialista en nombre de la defensa de un país (de la URSS) o de una forma de dominación burguesa contra otra (defensa de la República o de la democracia contra el fascismo) no tiene sitio que ocupar en una conferencia de grupos revolucionarios".
Esa posición "fue apoyada por la mayoría de los participantes". La exclusión de los grupos anarquistas no se determina entonces por su referencia al anarquismo, sino por su actitud ante la guerra imperialista. Esa precisión, de la mayor importancia, se ilustra perfectamente por el hecho de que la Conferencia fue presidida por un anarquista (relatado en un "Rectificativo" al Informe publicado por Internationalisme no 24).
Hoy, la heterogeneidad de la corriente anarquista no permite que la cuestión se plantee tan sencillamente. En ella encontramos tanto a grupos que no se distinguen del trotskismo más que sobre la cuestión del "partido" pero que apoyan todas sus reivindicaciones (¡hasta el apoyo a un Estado palestino!) como también a grupos verdaderamente internacionalistas con los que es posible para los comunistas no solo discutir sino entablar una actividad común sobre una base internacionalista ([7]). No se trata entonces hoy de negarse a discutir con grupos o individuos por el hecho de que se reivindiquen del "anarquismo".
Para terminar, queremos poner de relieve tres elementos significativos:
- El primero, es la ausencia de declaraciones rimbombantes y vacuas por parte de la Conferencia, que supo ser modesta sobre su importancia y capacidades. Eso no significa que la GCF rechazara toda posibilidad de adoptar posiciones comunes. Pero tras seis años de guerra, la Conferencia no podía ser mas que una primera toma de contacto con la que, inevitablemente, "las discusiones no fueron lo suficientemente avanzadas para permitir y justificar el voto de resolución alguna". Los revolucionarios hoy han tener una visión clara de la inmensidad de sus responsabilidades, conservar una gran modestia sobre sus capacidades y medios y una comprensión clara del trabajo que les espera.
- El segundo, es la importancia dada a la discusión sobre la cuestión sindical. Aunque desde nuestro punto de vista, la cuestión sindical esté zanjada desde hace mucho tiempo, no lo estaba todavía para la GCF que, en 1947, apenas acababa de apropiarse las posiciones de las Izquierdas holandesa y alemana sobre el tema. Pero en 1947 como hoy, detrás de la cuestión sindical se plantea la cuestión mucho más amplia de "cómo luchar". Esta cuestión y la actitud que adoptar frente a los sindicatos es muy de actualidad para cantidad de obreros y de militantes del mundo entero ([8]).
- Y por fin, queremos repetir la cita que reproducíamos al empezar este articulo:
Ningún grupo posee la exclusiva de la «verdad absoluta y eterna», (...). La existencia orgánica de grupos y su desarrollo ideológico están directamente condicionados por los lazos que sepan establecer, por el intercambio de puntos de vista, la confrontación de ideas, la discusión que sepan mantener y desarrollar a escala internacional."
Este será nuestro lema para los años venideros y por ello la CCI ha dado tanta importancia a la cuestión de la cultura del debate, en particular en su XVIIº Congreso ([9]).
CCI, 6 de enero de 2008
Una Conferencia internacional de contacto entre agrupaciones revolucionarias se ha celebrado el 25 y 26 de mayo de 1947. No fue solo por razones de seguridad si ésta no fue anunciada con bombo y platillo, a la manera estalinista o socialista. Los participantes en la Conferencia tenían plena conciencia del terrible periodo de reacción que está atravesando el proletariado así como de su propio aislamiento, inevitable en un periodo de reacción social. Por eso no le dieron ese tono pomposo y espectacular al que son tan aficionadas las agrupaciones trotskistas.
Esa Conferencia no se fijó ningún objetivo concreto inmediato, imposible de realizar en la situación presente, del estilo de formar artificialmente una Internacional o lanzar proclamas incendiarias al proletariado. Su único objetivo era la de una primera toma de contacto entre grupos revolucionarios dispersos, de una confrontación de sus ideas respectivas sobre la situación actual y las perspectivas para la lucha emancipadora del proletariado.
Al tomar la iniciativa de esa Conferencia, el Communistenbond "Spartacus" de Holanda (más conocido por Comunistas de consejos) ([10]) ha roto el aislamiento nefasto en el que viven la mayoría de grupos revolucionarios, haciendo posible la clarificación de algunas cuestiones.
Estos grupos estaban representados en la Conferencia y participaron en el debate:
- Holanda: el Communistenbond "Spartacus";
- Bélgica: los grupos emparentados con "Spartacus", de Bruselas y de Gand;
- Francia: la Izquierda comunista de Francia y el grupo Le Prolétaire;
- Suiza: el grupo "Lutte de classe".
Participaron además en los debates de la Conferencia, directamente por su presencia o mediante posicionamientos escritos, algunos camaradas revolucionarios no organizados.
Señalemos también una larga carta del Partido socialista de Gran Bretaña dirigida a la Conferencia en la que explica ampliamente sus posiciones políticas particulares.
La FFGC también mandó una breve carta en la que desea a la Conferencia que haga un "buen trabajo", excusándose por no poder asistir por falta de tiempo y ocupaciones urgentes ([11]).
Éste fue el orden del día adoptado en la Conferencia:
1) La época actual.
2) Las nuevas formas de lucha del proletariado (de las antiguas a las nuevas).
3) Tareas y organización de la vanguardia revolucionaria
4) Estado - Dictadura del proletariado - Democracia obrera
5) Cuestiones concretas y conclusiones (acuerdo de solidaridad internacional, contactos, informaciones internacionales, etc.)
Ese orden de día se reveló demasiado importante para poder ser mantenido en una Primera conferencia insuficientemente preparada y limitada por el tiempo. No fueron abordados efectivamente más que los tres primeros puntos. Cada uno permitió un intercambio interesante de ideas.
Sería evidentemente presuntuoso pretender que ese intercambio de enfoques acabó en unanimidad. Los participantes en la Conferencia no tenían semejante pretensión. Sin embargo se puede afirmar que los debates, a menudo apasionados, revelaron una comunidad de ideas más importante que lo que se podía pensar.
Sobre el primer punto del orden del día, el análisis general de la época actual del capitalismo, la mayoría de las intervenciones rechazaba tanto las teorías de Burnham sobre la eventualidad de una revolución como la de la continuación de la sociedad capitalista por un desarrollo posible de la producción. La época actual fue definida como la del capitalismo decadente, de la crisis permanente, siendo el capitalismo de Estado su expresión estructural y política.
La cuestión de saber si los sindicatos y la participación en campañas electorales, como forma de organización y de acción, podían seguir siendo utilizados por el proletariado actualmente dio lugar a un debate muy animado e interesante. Es lamentable que las tendencias que siguen preconizando esas formas de la lucha de clases - sin darse cuenta de que esas formas superadas y caducas ya no pueden expresar hoy sino un contenido antiproletario -, y particularmente el PCI de Italia, no estuviesen presentes en la Conferencia para defender su posición. La Fracción belga y la Federación autónoma de Turín estaban presentes, pero su convicción en esa política, que todavía compartían hasta hace poco, es tan inestable e insegura que prefirieron no defenderla.
El debate no fue entonces sobre la posibilidad de defensa del sindicalismo y de la participación electoral como formas de lucha del proletariado, sino exclusivamente sobre las razones históricas y el porqué de la imposibilidad de utilizar ambas formas de lucha en el periodo actual. A partir de los sindicatos, el debate se fue ampliando hacia las formas de organización en general, que no es, en fin de cuentas, sino algo secundario, pero que hizo que se plantearan los objetivos que determinan esas formas: la lucha por reivindicaciones económicas corporativistas y parciales, en las condiciones actuales de decadencia del capitalismo, no pueden realizarse y menos aun servir de plataforma para la movilización de la clase.
La cuestión de los Comités o Consejos de fábrica como nueva forma de organización unitaria de los obreros alcanza todo su significado y se entiende si se vincula inseparablemente con los objetivos que hoy se plantea el proletariado, que ya no son de reformas económicas en el marco del sistema capitalista sino de transformación social contra el régimen capitalista.
El tercer punto, las tareas y la organización de la vanguardia revolucionaria, que plantean los problemas de la necesidad o no de la constitución de un partido político de la clase, del papel de ese partido en la lucha emancipadora de la clase y de las relaciones entre clase y partido, lamentablemente no pudo ser profundizado como era de desear.
La discusión, breve, no permitió a las diferentes tendencias más que exponer a grandes rasgos sus posiciones respectivas. Todos sabíamos que ahí se tocaba una cuestión decisiva tanto para un acercamiento eventual entre los diferentes grupos revolucionarios como para el porvenir y los éxitos del proletariado en su lucha por la destrucción de la sociedad capitalista y la instauración del socialismo. Esa cuestión, fundamental a nuestro parecer, apenas si fue tocada y exigirá todavía muchas discusiones para profundizar y precisar. Es importante señalar, sin embargo, que en la Conferencia, aunque han aparecido divergencias sobre la importancia del papel de una organización de militantes revolucionarios conscientes, nadie, ni tampoco los Comunistas de consejos, negó la necesidad de la existencia de ese tipo de organización, se llame o no partido, para el triunfo final del socialismo. Es un punto común importante que debe ponerse de relieve.
El tiempo faltó para que la Conferencia pudiera abordar los demás temas al orden del día. Una corta discusión se entabló al terminar la Conferencia sobre el carácter y la función del movimiento anarquista. Al reflexionar sobre los grupos a los que habría que invitar a las próximas Conferencias, pusimos de relieve el papel social-patriotero del movimiento anarquista que, a pesar de su fraseología revolucionaria, participó durante la guerra de 39-45 en la lucha partisana por la "liberación nacional y democrática" en Francia, en Italia y actualmente todavía en España, continuación lógica de su participación en el gobierno burgués "republicano y antifascista" y en la guerra imperialista en España de 36-39.
Nuestra posición, o sea que el movimiento anarquista, así como los trotskistas u otras tendencias que participaron o participan en la guerra imperialista en nombre de la defensa de un país (de la URSS) o de una forma de dominación burguesa contra otra (defensa de la República o de la democracia contra el fascismo) no tienen sitio en una conferencia de grupos revolucionarios, fue apoyada por la mayoría de los participantes. Solo el representante de le Prolétaire se hizo el abogado para que se invitara a ciertas tendencias no ortodoxas del anarquismo y del trotskismo.
Como dijimos, la Conferencia se acabó sin agotar el orden del día, sin tomar decisiones prácticas y sin votar ningún tipo de resolución. Así tenia que ser. No tanto, como decían algunos compañeros, para evitar reproducir el ceremonial religioso de todas las conferencias que consiste en la adopción final obligatoria de resoluciones que no significan nada, sino más bien, a nuestro parecer, porque las discusiones no avanzaron suficientemente para permitir y justificar el voto de cualquier tipo de resolución.
"Entonces, la Conferencia no fue sino una discusión más y sin mayor interés...", pensarán escépticos y astutos. Totalmente falso. Al contrario, consideramos que la Conferencia fue muy interesante y que su importancia seguirá haciéndose sentir en el porvenir en las relaciones entre los grupos revolucionarios. Hace 20 años que éstos viven aislados, compartimentados, en su mundo, lo que inevitablemente ha provocado en algunos de ellos una mentalidad de secta; tantos años de aislamiento también han determinado en cada grupo una forma de pensar, de razonar y de expresarse que los hace incomprensibles a los demás. Esa es una de las explicaciones de tantos malentendidos e incomprensiones entre ellos. La Conferencia tuvo la cualidad de poner en evidencia la necesidad de saber escuchar las ideas y argumentos de los demás y de someter sus propias ideas a la crítica. Es una condición esencial de lucha contra el embotamiento dogmático y por el desarrollo continuo del pensamiento revolucionario vivo.
Se ha dado el primer paso, el menos brillante pero el más difícil. Todos los participantes en la Conferencia, incluida la Fracción belga que acabó participando tras muchas vacilaciones y con mucho escepticismo, expresaron su satisfacción y se felicitaron de la atmósfera fraterna y de lo serio de las discusiones. Todos han expresado también su voluntad de participar en una nueva Conferencia más amplia y mejor preparada para proseguir el trabajo de clarificación y confrontación común.
Es un resultado positivo que permite esperar que perseverando por esa vía, militantes y grupos revolucionarios sabrán superar la fase actual de dispersión y lograrán trabajar así mas eficazmente por la emancipación de una clase cuya misión es salvar a la humanidad entera de la terrible y sangrienta destrucción hacia la que lleva el capitalismo decadente.
Marco
Notas de la redacción de la Revista internacional
1) Una "Rectificación" publicada en Internationalisme no 24 indica la presencia también de la Sección autónoma de Turín del PCI (o sea del Partito Comunista Internazionalista y no el PC de Italia, estalinista). Esa Sección escribe, entre otras cosas para corregir la impresión dada por el Informe, sobre algunas de sus posiciones, que "se declara autónoma precisamente por divergencias sobre la cuestión electoral et la cuestión clave de la unidad de las fuerzas revolucionarias."
2) La pretendida Fracción francesa de la Izquierda comunista rompió con la GCF con bases políticas bastantes confusas que mas parecían rencores y resentimientos personales que desacuerdos políticos de fondo. Véase el folleto la Izquierda comunista de Francia para más detalles.
[1]) Véase Revista internacional no 130.
[2]) Véase nuestro libro la Izquierda holandesa, en particular en penúltimo capitulo. El Communistenbond Spartacus tiene sus orígenes en el "Marx-Lenin-Luxemburg Front" que participó enérgicamente en la huelga de los trabajadores holandeses en 1941 contra la persecución de los judíos por el ocupante alemán y repartió hojas llamando a la confraternización lanzadas incluso dentro de los cuarteles alemanes durante la guerra.
[3]) Churchill dijo que había que "dejar a los Italianos cocer en su propia salsa". Stalin frenó durante varios meses el avance de los ejércitos soviéticos ante Varsovia, del otro lado de la Vístula, esperando a que se acabara la represión alemana.
[4]) Publicado en Internationalisme no 23. Las palabras en negrita lo están en el original. Los "Communistes révolutionnaires" eran un grupo cuyos orígenes remontan a los RKD, un grupo de trotskistas austríacos refugiados en Francia. Fueron los únicos delegados en oponerse a la fundación de la IVa Internacional en el Congreso de Périgny en 1938, considerándola como "aventurista".
[5]) No es éste el lugar para escribir la historia del Communistenbond Spartakus en la posguerra (véase el ultimo capitulo de nuestro libro la Izquierda holandesa). Nos limitaremos a señalar los hechos significativos: muy rápidamente tras la Conferencia de 1947, el Communistenbond adoptó una orientación mucho mas "consejista" en la línea del antiguo GIC (Groepen van internationale communisten) en el plano organizativo. En 1964, el grupo se dividió y se formaron el Spartacusbond y el grupo en torno a la revista Daad en Gedachte (Actos y pensamiento) inspirado particularmente por Cajo Brendel. El Spartacusbond se lanzó al activismo después de 1968 y acabó desapareciendo en 1980. Daad en Gedachte fue hasta el final de su lógica consejista y acabó desapareciendo en 1998 por falta de redactores.
[6]) Es el mismo enfoque que adoptamos en 1976 cuando el grupo Battaglia Comunista lanzó su llamamiento a conferencias de la Izquierda comunista sin plantear el más mínimo cr