Estamos asistiendo en toda Europa Oriental y en la URSS a una violenta explosión nacionalista.
Yugoslavia está en vías de desintegración. La civilizada y «europea» Eslovenia pide la independencia y, entre tanto, somete las repúblicas «hermanas» de Serbia y Croacia a un fuerte bloqueo económico. En Serbia, el nacionalismo agitado por el estalinista Milosevic lleva a pogromos, al envenenamiento de aguas, a la represión más brutal contra las minorías albanesas. En Croacia, las primeras elecciones «democráticas» dan el triunfo al CDC grupo violentamente revanchista y nacionalista; un partido de fútbol entre el Dynamo de Zagreb y otro equipo de Belgrado (Serbia) degenera en violentos enfrentamientos.
Toda Europa del Este está sacudida por las tensiones nacionalistas. En Rumania, una organización parafascista repleta de elementos de la antigua Securitate, Cuna Rumana, que cuenta con el apoyo indirecto de los «liberadores» del FSN, lleva a cabo sádicos apaleamientos de húngaros. Estos a su vez, aprovecharon la caída de Ceaucescu para perpetrar pogromos antirumanos. Por su parte, el gobierno central de Bucarest, niña bonita de los gobiernos «democráticos», persigue con saña a las minorías gitanas y de origen alemán. Hungría, pionera de los cambios «democráticos», discrimina a los gitanos y azuza las reivindicaciones de la minoría húngara en la Transilvania rumana. En Bulgaria, la recién estrenada «democracia» da cobijo a huelgas y manifestaciones masivas contra las minorías turcas. En la Checoslovaquia de la «revolución de terciopelo», el gobierno del «soñador» Havel persigue «democráticamente» a los gitanos y una violenta polémica sazonada de manifestaciones y enfrentamientos se ha destapado entre checos y eslovacos centrándose en la trascendente cuestión de si el nombre de la «nueva» República «libre» será Checoslovaquia o Checo-Eslovaquia...
Pero es, sobre todo, en la URSS donde el estallido nacionalista alcanza proporciones que están poniendo en entredicho la existencia de un Estado que era, hasta hace 6 meses, la segunda potencia mundial. Este estallido es especialmente sangriento y caótico. Matanzas de azeríes a manos de armenios y de armenios a manos de azeríes, de absajios víctimas de georgianos, de turcomanos linchados por uzbekos, de rusos apaleados por kazakos... Entre tanto, Lituania, Estonia, Letonia, Georgia, Armenia, Azerbaiyán, Ucrania... piden la independencia.
La explosión nacionalista:
la descomposición capitalista en carne viva
Para los propagandistas de la burguesía estos movimientos serían una «liberación» producto de la «revolución democrática» con la que los pueblos del Este se han quitado de encima la bota «comunista».
Si «liberación» ha habido es la de la caja de Pandora. El hundimiento del estalinismo ha destapado las violentas tensiones nacionalistas, las fuertes tendencias centrífugas, que con la decadencia del capitalismo se habían incubado, radicalizado, profundizado, en esos países, alimentadas por su atraso insuperable y por la dominación estalinista, expresión y factor activo de dicho atraso[1].
El llamado «orden de Yalta» que ha dominado el mundo durante 45 años encaminaba las enormes tensiones y contradicciones que la decadencia del capitalismo madura inexorablemente hacia el holocausto total de una III guerra imperialista mundial; sin embargo, el renacimiento de la lucha proletaria desde 1968 ha bloqueado este curso «natural» del capitalismo decadente. Ahora bien, al no haber sido capaz la lucha proletaria de ir hasta sus últimas consecuencias -la ofensiva revolucionaria internacional- las tendencias centrífugas, las contradicciones cada vez más profundas, las aberraciones crecientemente destructivas, propias de la decadencia capitalista, continúan operando y agravándose, originando un pudrimiento en la raíz del orden capitalista que es lo que denominamos su descomposición generalizada[2].
Esta descomposición en los antiguos dominios del Oso Ruso ha «liberado» los peores sentimientos de racismo, revanchismo nacionalista, chovinismo, antisemitismo, fanatismo patriótico y religioso... que han acabado expresándose en toda su furia destructora.
«Avergonzada, deshonrada, nadando en sangre y chorreando mugre: así vemos a la sociedad capitalista. No como la vemos siempre, desempeñando papeles de paz y rectitud, orden, filosofía, ética, sino como bestia vociferante, orgía de anarquía, vaho pestilente, devastadora de la cultura y la humanidad así se nos aparece en toda su horrorosa crudeza» (Rosa Luxemburgo, La crisis de la socialdemocracia, cap. I).
La burguesía suele distinguir entre un nacionalismo «salvaje», «fanático», «agresivo»... y un nacionalismo «democrático», «civilizado», «respetuoso de los demás», etc.
Esta distinción es una pura superchería fruto de la hipocresía de los grandes Estados «democráticos» de Occidente cuya posición de fuerza les permite emplear con más inteligencia y astucia la barbarie, la violencia y la destrucción inherentes por principio a toda nación y todo nacionalismo en el capitalismo decadente.
El nacionalismo «democrático», «civilizado»y «pacífico» de Francia, USA y demás, es el de las matanzas y las torturas en Vietnam, Argelia, Panamá, África Central, Chad o el de su apoyo sin disimulos a Irak en la guerra del Golfo...
Es el de dos guerras mundiales con un saldo de más de 70 millones de muertos donde la exaltación del patriotismo, de la xenofobia, del racismo, acompañaron, cual manto protector, actos de barbarie que nada tienen que envidiar a sus rivales nazis: los bombardeos americanos de Dresde o de Hirosima y Nagasaki o las atrocidades francesas con las poblaciones alemanas de sus zonas de ocupación tanto tras la I Guerra Mundial como después de la segunda.
Es la «civilización» y el «pacifismo» de la «liberación» francesa con la derrota de los nazis: las fuerzas «republicanas» de De Gaulle y el P «C» F los que alentaban conjuntamente a la delación, al pogromo de alemanes; «A cada uno su boche[3]» era la «civilizada» consigna de la Francia «eterna» encarnada por esos postores del nacionalismo más vociferante y agresivo que siempre han sido los estalinistas.
Es el del cinismo hipócrita de favorecer la emigración ilegal de obreros de África para tener una mano de obra barata permanentemente intimidada y chantajeada por la represión policial (que según las necesidades de la economía nacional no duda en devolver en condiciones atroces a su país de origen miles de obreros emigrantes) y, al mismo tiempo, exhibir con lágrimas de cocodrilo un «antirracismo» enternecedor...
Es el del fariseísmo descarado de la Thatcher que al mismo tiempo que «lamenta» «horrorizada» la barbarie en Rumanía devuelve a Vietnam a 40 000 emigrantes ilegales cazados como ratas por la policía de Su Majestad en Hong Kong.
Toda forma, toda expresión de nacionalismo, grande o pequeño, lleva necesaria y fatalmente la marca de la agresión, de la guerra, del «todos contra todos», del exclusivismo y la discriminación.
Si en el periodo ascendente del capitalismo, la formación de nuevas naciones, constituía un paso adelante en el desarrollo de las fuerzas productivas, en el camino para darles un marco de expansión y pleno desenvolvimiento, el del mercado mundial, en el siglo XX, en cambio, en la decadencia del capitalismo, estalla brutalmente la contradicción entre el carácter mundial de la producción y la naturaleza inevitablemente privada-nacional de las relaciones capitalistas. Bajo tal contradicción la nación, como célula básica de agrupamiento de cada bando de capitalistas en la guerra a muerte por el reparto de un mercado sobresaturado, revela su carácter reaccionario, su naturaleza congénita de fuerza de división, traba al desarrollo de las fuerzas productivas de la humanidad.
«De un lado la formación de un mercado mundial internacionaliza la vida económica marcando profundamente la vida de los pueblos; pero, de otro lado se produce la nacionalización, cada vez más acentuada, de los intereses capitalistas lo que traduce, del modo más manifiesto la anarquía de la concurrencia capitalista en el marco de la economía mundial y que conduce a violentas conmociones y catástrofes, a una inmensa pérdida de energías, planteando imperiosamente el problema de la organización de nuevas formas de vida social». (Bujarín, La economía mundial y el imperialismo, 1916).
Todo nacionalismo es imperialista
Los trotskistas, extrema izquierda del capital, permanentes apoyos «críticos» del imperialismo ruso, presentan una lectura «positiva» de la explosión nacionalista en el Este. Según ellos significaría el ejercicio de la «autodeterminación de los pueblos» lo que habría supuesto un golpe contra el imperialismo, una desestabilización de los bloques imperialistas.
Ya hemos argumentado y ampliamente demostrando la falacia de la consigna «autodeterminación de los pueblos» incluso en el periodo ascendente del capitalismo[4]. Aquí queremos demostrar que tal explosión nacionalista si bien es una consecuencia de la hecatombe del bloque imperialista ruso y se inscribe en un proceso de desestabilización de las constelaciones imperialistas que han dominado el mundo los últimos 40 años (el «orden» de Yalta), no supone ninguna puesta en cuestión del imperialismo y, desde luego, lo que es más importante, semejante proceso de descomposición no aporta nada favorable al proletariado.
Toda mistificación se apoya, para engañar con eficacia, en falsas verdades o en apariencias de verdad. Así, es obvio que el bloque imperialista occidental ve con embarazo y preocupación el actual proceso de estallido en mil pedazos de la URSS. Su actitud ante la independencia de Lituania ha sido, aparte de las bravatas propagandísticas de «no me toquen a Lituania» y las palmaditas al hombro a Landsbergis y su panda, la de un apoyo muy poco disimulado a Gorbachov.
Estados Unidos y sus aliados de Occidente, no tienen, por el momento, ningún interés en que la URSS reviente. Saben que tal estallido daría lugar a una enorme desestabilización, con salvajes guerras civiles y nacionalistas, donde podrían ponerse en juego los arsenales nucleares acumulados por Rusia. Por otro lado, una desestabilización de las actuales fronteras en la URSS repercutiría inevitablemente sobre Oriente Medio y Asia, destapando las igualmente enormes tensiones nacionalistas, religiosas, étnicas, etc., allí acumuladas y a duras penas contenidas.
No obstante, esta actitud por el momento unánime de las grandes potencias imperialistas de Occidente es circunstancial. Inevitablemente, a medida que se agudice el proceso, ya en curso, de dislocación del bloque occidental -cuyo principal factor de cohesión, la unidad contra el peligro del Oso Ruso, ha desaparecido- cada potencia empezará a jugar sus propias cartas imperialistas, soplando el fuego de tal o cual bando nacionalista, apoyando a tal o cual nación contra otra, sosteniendo tal o cual independencia nacional, etc.
De esta forma, esa burda especulación sobre la desestabilización del imperialismo, queda claramente desmentida, poniéndose en evidencia lo que los revolucionarios hemos defendido desde la I Guerra mundial: «Las "luchas de liberación nacional" son momentos de la lucha a muerte entre las potencias imperialistas, grandes o pequeñas, para controlar más y mejor el mercado mundial. La consigna de "apoyo a los pueblos en lucha" no es, de hecho, sino un llamamiento para la defensa de una potencia imperialista contra otra con palabrería nacionalista o "socialista"» (Principios Básicos de la CCI).
Sin embargo, aún admitiendo que la actual fase de descomposición del capitalismo acentúa la expresión anárquica y caótica de los apetitos imperialistas de cada nación, por pequeña que sea, y que tal «libre expresión» tiende a escapar cada vez más del control de las grandes potencias, semejante realidad no elimina el imperialismo, ni las guerras imperialistas localizadas, ni las hace menos mortíferas; todo lo contrario, aviva las tensiones imperialistas y radicaliza y agrava sus capacidades de destrucción.
Lo que todo esto demuestra es otra posición de clase de los revolucionarios: todo capital nacional, por pequeño que sea, es imperialista, y no puede sobrevivir sin recurrir a una política imperialista. Esta posición la defendimos con la máxima firmeza frente a las especulaciones en el medio revolucionario, expresadas particularmente por la CWO, de que no todos los capitales nacionales eran imperialistas, lo que daba pie a todo género de peligrosas ambigüedades, entre otras la reducción del imperialismo, en última instancia, a una «superestructura» localizada en un reducido grupo de superpotencias, lo que, se quiera o no, hace de la «independencia nacional» del resto de naciones algo que tendría algo de «positivo»[5].
Lo que la época actual de descomposición del capitalismo pone de manifiesto es que toda nación o pequeña nacionalidad, todo grupo de gángsters capitalistas, ya tenga por finca privada el territorio gigantesco de los USA, ya un minúsculo barrio de Beyruth, es necesariamente imperialista, su objetivo, su medio de vida, es la rapiña y la destrucción.
Si la descomposición del capitalismo y, por tanto, la expresión caótica y descontrolada, de la barbarie imperialista, es resultado de la dificultad del proletariado para llevar su lucha hasta lo que reclama su propio ser, o sea, el de una clase internacional y por consiguiente revolucionaria; entonces, lógicamente, todo apoyo al nacionalismo, incluso disfrazado de «táctica marxista» -el llamado de los trotskistas «apoyemos a las pequeñas naciones que desestabilizan al imperialismo»- aleja al proletariado de su vía revolucionaria y alimenta el pudrimiento del capitalismo, su descomposición hasta la destrucción de la humanidad.
El único golpe real, en la raíz, al imperialismo, es la lucha revolucionaria internacional del proletariado, su lucha autónoma como clase, desligada y claramente opuesta a todo terreno nacionalista, interclasista.
La falsa comunidad nacional
La actual «primavera de los pueblos» es vista por los anarquistas como una «confirmación» de sus posturas. Expresarían su idea de la «federación» de los pueblos agrupados libremente en pequeñas comunidades según afinidades de lengua, territorio etc. y su otra idea, la «autogestión» es decir la descomposición del aparato económico en pequeñas unidades supuestamente así más accesibles al pueblo.
Lo que confirma la barbarie anárquica y caótica de la explosión nacionalista en el Este es el carácter radicalmente reaccionario de las posturas anarquistas.
La descomposición en curso de amplios territorios del mundo, hundidos en un caos tremendo, confirma que la «autogestión» es una forma radicaloide, «asamblearia», de adaptarse y, consecuentemente espolear, tal descomposición.
Si algo aportó el capitalismo a la humanidad fue la tendencia a la centralización de las fuerzas productivas a escala del planeta, con la formación de un mercado mundial. Lo que revela la decadencia del capitalismo es su incapacidad para ir más allá en tal proceso de centralización y su tendencia inevitable a la destrucción, a la dislocación. «La realidad del capitalismo decadente, a pesar de los antagonismos imperialistas que lo hacen aparecer momentáneamente como dos unidades monolíticas enfrentadas, es la tendencia a la dislocación y desintegración de sus componentes. La tendencia del capitalismo decadente es el cisma, el caos, de ahí la necesidad esencial del socialismo que quiere realizar el mundo como una unidad» (Internationalisme, «Informe sobre la situación internacional», 1945).
Lo que pone en evidencia con toda su agudeza la descomposición del capitalismo es el desarrollo de tendencias crecientes a una dislocación, a un caos, a una anarquía cada vez menos controlable en segmentos enteros del mercado mundial.
Si las grandes naciones, que en el siglo pasado constituyeron unidades económicas coherentes, son hoy un marco demasiado estrecho, un obstáculo reaccionario, contra todo desarrollo real de las fuerzas productivas, una fuente de concurrencia destructiva y de guerras; la dislocación en pequeñas naciones agudiza aún más fuertemente esas tendencias hacia la distorsión y el caos de la economía mundial.
Por otra parte, en esta época de descomposición del capitalismo, la falta de perspectivas de la sociedad, la evidencia manifiesta del carácter destructivo y reaccionario del orden social, genera un formidable vacío de valores, de guías a las que atenerse, de creencias a las que agarrarse para sostener la vida de los individuos.
Ello hace crecer las tendencias, que el anarquismo estimula con su consigna de las «pequeñas comunas federadas», a agarrarse como clavo ardiendo a todo tipo de falsas comunidades como la nacional, que proporcionen una sensación ilusoria de seguridad, de «respaldo colectivo».
Es evidente que la clientela privilegiada de tales manipulaciones suelen ser las clases medias, pequeño burguesas, marginadas, que por su falta de perspectiva y de cohesión como clase, necesitan el falso agarradero de la «comunidad nacional».
«Aplastadas materialmente, sin porvenir alguno ante sí, vegetando en un presente con los horizontes completamente cerrados y en una mediocridad cotidiana sin límites, esas clases son, por su falta de esperanzas, presa fácil para toda clase de mistificaciones, desde las más pacíficas hasta las más sangrientas (grupos patrioteros, pogromistas, racistas, Ku-Klux-Klan, bandas fascistas, gangsters y mercenarios de toda ralea). Es sobre todo en estas últimas, las más sangrientas, donde encuentran la compensación de una dignidad ilusoria a su decadencia real que el desarrollo del capitalismo aumenta día a día. Es ése el heroísmo de la cobardía, la valentía del pusilánime, la gloria de la mediocridad sórdida» (Revista Internacional nº 14, «Terror, terrorismo y violencia de clase» p. 9).
En las matanzas nacionalistas, en los enfrentamientos interétnicos que sacuden el Este, vemos el sello de estas masas pequeño burguesas, desesperadas por una situación que no pueden mejorar, envilecidas por la barbarie del antiguo régimen al que a menudo han servido desempeñando las más bajas tareas, soliviantadas por fuerzas políticas burguesas abiertamente reaccionarias.
Pero ese peso de la «comunidad nacional» como falsa comunidad, como raíces ilusorias, actúa también sobre el proletariado. En el Este, su debilidad, su terrible atraso político como fruto de la barbarie estalinista, han determinado su ausencia como clase autónoma en los acontecimientos que han sellado la caída de los regímenes del «socialismo real» y tal ausencia ha alimentado con mayor fuerza la acción irracional y reaccionaria de esas capas, a la vez que, consecuentemente, incrementaba la vulnerabilidad del proletariado.
Lo que la clase obrera debe afirmar contra las ilusiones reaccionarias del nacionalismo, propagadas por la pequeña burguesía, es que la «comunidad nacional» es el disfraz que toma la dominación de cada Estado capitalista.
La nación no es el dominio soberano de todos los «nacidos en la misma tierra» sino la finca privada del conjunto de los capitalistas que organizan desde ella, a través del Estado Nacional, la explotación de los trabajadores y la defensa de sus intereses frente a la concurrencia despiadada de los demás Estados Capitalistas.
«Estado Capitalista y Nación son dos conceptos indisolubles subordinados uno al otro. La nación sin Estado es tan imposible como el Estado sin la nación. En efecto, esta última es el medio social necesario para movilizara todas las clases en torno a los intereses de una burguesía que lucha por la conquista del mundo, pero como expresión de las posiciones de la clase dominante, la nación no puede tener otro eje que el aparato de opresión de aquella: el Estado» (Bilan nº 14, «El problema de las minorías nacionales» p. 474).
La cultura, la lengua, la historia, el territorio comunes, que intelectuales y plumíferos a sueldo del Estado nacional presentan como «fundamento» de la «comunidad nacional», son el producto de siglos de explotación, son el sello marcado a sangre y fuego con el que la burguesía ha acabado creándose un coto privado en el mercado mundial. «Para los marxistas no existe verdaderamente ningún criterio suficiente para indicar dónde comienza y dónde termina una "nación", un "pueblo" y el "derecho" de minorías nacionales a erigirse en naciones... Ni desde el punto de vista de la raza, ni del de la historia, el conglomerado que representan los Estados burgueses nacionales o los grupos nacionales, se justifican. Dos hechos solamente animan la charlatanería académica sobre el nacionalismo: la lengua y el territorio comunes y estos dos elementos han variado continuamente a través de guerras y de conquistas» (Bilan, ídem. p. 473).
La falsa comunidad nacional es la máscara de la explotación capitalista, la coartada de todo Capital Nacional para embarcar a sus «ciudadanos» en el crimen que son las guerras imperialistas, la justificación para pedir a los obreros aceptar despidos, hachazos al salario etc. -pues la «economía nacional no puede»-, el reclamo para embarcarlos en la batalla de la «competitividad» con los demás capitalismos nacionales; lo que con la misma fuerza que los separa y enfrenta respecto a sus hermanos de clase de los demás países, los encadena a nuevos y peores sacrificios, a la miseria y el paro.
La única comunidad hoy progresista es la unificación autónoma de toda la clase obrera. «Para que los pueblos puedan unificarse realmente sus intereses deben ser comunes. Para que sus intereses sean realmente comunes es menester abolir las actuales relaciones de propiedad, pues éstas condicionan la explotación de los pueblos entre sí; la abolición de las actuales relaciones de propiedad es interés exclusivo de la clase obrera. También es la única que posee los medios para ello. La victoria del proletariado sobre la burguesía es, al mismo tiempo, la victoria sobre los conflictos nacionales e industriales que enfrentan hostilmente entre sí, hoy en día, a los diversos pueblos» (Karl Marx, «Discurso sobre Polonia», 1847).
La lucha del proletariado lleva en germen la superación de las divisiones de tipo nacional, étnico, religioso, lingüístico, con el que el capitalismo -continuando la obra opresora de anteriores modos de producción- ha atormentado a la humanidad. En el cuerpo común de la lucha unida por los intereses de clase desaparecen de manera natural y lógica semejantes divisiones. La base común son unas condiciones de explotación que en todas partes tienden a empeorarse con la crisis mundial, el interés común es la afirmación de sus necesidades como seres humanos contra las necesidades inhumanas, cada vez más despóticas, de la mercancía y el interés nacional.
La meta del proletariado, el comunismo, es decir la comunidad humana mundial, representa una nueva centralización, una nueva unidad de la humanidad, a la altura del nivel alcanzado por las fuerzas productivas, capaz de darles el marco que permita su desarrollo y plena expansión. Es la unidad de la centralización consciente basada en intereses comunes producto de la abolición de las clases, de la destrucción de la explotación asalariada y de las fronteras nacionales.
«La aparente comunidad en que se han asociado hasta ahora los individuos ha cobrado siempre una existencia propia e independiente contra ellos y, por tratarse de la asociación de una clase en contra de otra, no sólo era, al mismo tiempo, una comunidad puramente ilusoria para la clase dominada sino también una nueva traba Dentro de la comunidad real y verdadera, los individuos adquieren, al mismo tiempo su libertad al asociarse y por medio de la asociación». (Marx, Engels, La ideología alemana, cap. I: «Feuerbach: contraposición entre la concepción materialista y la idealista»).
Adalen 16/05/1990
[1] Véase en la Revista Internacional nº 60, «Tesis sobre la crisis económica y política en los países del Este».
[2] Véase «La descomposición, fase última de la decadencia capitalista» en este mismo número.
[3] Alemán o alemana.
[4] Véase «Los revolucionarios ante la cuestión nacional », en la Revista Internacional nº 34 y 42.
[5] Véase «Acerca del Imperialismo», Revista Internacional nº 19.
El hundimiento del bloque imperialista del Este ha venido a confirmar la entrada del capitalismo en una nueva fase de su período de decadencia: la de la descomposición general de la sociedad. Antes incluso de que se produjera lo del Este, la CCI ya había puesto de relieve ese fenómeno histórico (ver en especial la Revista Internacional nº 57). Esos acontecimientos, la entrada del mundo en un período de inestabilidad nunca antes vista, obliga a los revolucionarios a analizar con mayor atención dicho fenómeno, para ver lo que en la nueva situación histórica se está jugando.
1. Todos los modos de producción del pasado conocieron un período de ascendencia y un período de decadencia. Para el marxismo, aquel período corresponde a una plena adecuación de las relaciones de producción dominantes con el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad, y el segundo período es expresión de que las relaciones de producción se han vuelto demasiado estrechas para contener ese desarrollo. Contrariamente a las aberraciones defendidas por los bordiguistas, el capitalismo también está sometido a esas leyes. Desde principios de siglo, y en especial desde la primera guerra mundial, los revolucionarios han puesto de relieve que, a su vez, ese modo de producción había entrado en su período de decadencia. Sin embargo, sería falso contentarse con afirmar que el capitalismo seguiría el mismo camino que los modos de producción que lo precedieron. También hay que subrayar las diferencias fundamentales entre la decadencia del capitalismo y las de las sociedades pasadas. En realidad, la decadencia del capitalismo, tal como la conocemos desde principios del siglo XX, aparece como el período de decadencia por excelencia, si puede definirse así. Comparada con la decadencia de otras sociedades anteriores (la esclavista y la feudal), la decadencia del capitalismo se sitúa a un nivel muy diferente. Y esto es así, porque:
- el capitalismo es la primera sociedad de la historia que se ha extendido a escala mundial, que ha sometido a sus leyes a todo el planeta; por eso mismo, su decadencia marca a toda la sociedad humana;
- mientras que en las sociedades pasadas, las nuevas relaciones de producción que iban a suceder a las relaciones de producción ya caducas, podían desarrollarse junto a éstas, dentro de la misma sociedad -lo cual podía en cierto modo limitar los efectos y la amplitud de la decadencia-, la sociedad comunista, única capaz de suceder al capitalismo, no podrá en absoluto desarrollarse en su seno; no existe pues la más mínima posibilidad de no se sabe qué regeneración de la sociedad sin derrocamiento violento del poder de la clase burguesa y la destrucción de las relaciones de producción capitalistas;
- el fenómeno de hipertrofia del Estado, típico de los períodos de decadencia, ha encontrado en la decadencia del capitalismo, con la tendencia histórica al capitalismo de Estado, su forma más rematada y extrema, la de la absorción prácticamente total de la sociedad civil por el monstruo estatal;
- aunque los períodos de decadencia del pasado también estuvieron marcados por conflictos guerreros, no tenían éstos ni punto de comparación con las guerras mundiales que, por dos veces ya, han asolado la sociedad capitalista.
En fin de cuentas, la diferencia entre la amplitud y la profundidad de la decadencia capitalista y las decadencias del pasado no pueden quedar resumidas a un problema de simple cantidad. Lo cuantitativo mismo da una «calidad» diferente y nueva. La decadencia del capitalismo es, en efecto:
- la de la última sociedad de clases, la última sociedad basada en la explotación del hombre por el hombre, sometida a la penuria y a las exigencias de la economía;
- es la primera en poner en peligro la supervivencia misma de la humanidad, la primera que puede acabar destruyendo la especie humana.
2. Todas las sociedades en decadencia contenían aspectos de descomposición, dislocación del cuerpo social, putrefacción de sus estructuras económicas políticas e ideológicas, etc. Lo mismo ha ocurrido en el capitalismo desde que se inició su decadencia. Sin embargo, del mismo modo que hay que distinguir claramente esa decadencia de las del pasado, también es indispensable poner de relieve las diferencias fundamentales entre el principio de este siglo y la descomposición generalizada en la que hoy se está hundiendo el sistema y que no cesará de agravarse. Y en eso, más allá de lo puramente cuantitativo, el fenómeno de descomposición social está hoy alcanzando tal profundidad y tal extensión que está cobrando una cualidad nueva, una cualidad singular, expresión de la entrada del capitalismo decadente en una fase específica -y última- de su historia, aquella en la que la descomposición social se convierte en un factor, incluso en el factor decisivo de la evolución de la sociedad.
Por ello, sería falso identificar decadencia y descomposición social. No puede concebirse que exista una fase de descomposición fuera de un período de decadencia; pero sí puede concebirse la existencia de una decadencia sin que ésta se plasme en la descomposición social.
3. De hecho, del mismo modo que el capitalismo conoce diferentes períodos en su recorrido histórico -nacimiento, ascendencia, decadencia-, cada uno de esos períodos contiene también sus distintas fases. Por ejemplo, el periodo de ascendencia tuvo las fases sucesivas del libre mercado, de la sociedad por acciones, del monopolio, del capital financiero, de las conquistas coloniales, del establecimiento del mercado mundial. Del mismo modo, el período de decadencia ha tenido también su historia: imperialismo, guerras mundiales, capitalismo de Estado, crisis permanente y hoy, descomposición. Se trata de diferentes expresiones sucesivas del capitalismo; esas expresiones quizás ya existían en la fase anterior, quizás se mantenían en la siguiente, pero son, sin embargo, lo característico de una fase determinada de la vida del capitalismo. Por ejemplo, en un plano más general, si bien el salariado existía ya en la sociedad esclavista o feudal (al igual que el esclavismo o la servidumbre se mantuvieron en el capitalismo), sólo en el capitalismo esa relación de explotación llegó a ser dominante en la sociedad. El imperialismo existió durante la fase ascendente del capitalismo. Sin embargo, no adquiere el lugar preponderante en la sociedad, en la política de los Estados y en las relaciones internacionales más que con la entrada del capitalismo en su período de decadencia imprimiendo con su marca la primera fase de esa decadencia, lo que hizo que los revolucionarios de entonces lo identificaran con la decadencia misma.
Así, la fase de descomposición de la sociedad capitalista no aparece únicamente como la continuación cronológica de las caracterizadas por el capitalismo de Estado y la crisis permanente. En realidad, las contradicciones y expresiones de la decadencia del capitalismo que la han ido marcando sucesivamente en sus distintas fases se mantienen e incluso se han profundizado, de tal modo que la fase de descomposición es la resultante de la acumulación de todas esas características de un sistema moribundo, la fase que remata tres cuartos de siglo de agonía de un modo de producción condenado por la historia. O sea que no sólo el carácter imperialista de todos los Estados, la amenaza de guerra mundial, la absorción de la sociedad civil por el monstruo estatal, la crisis permanente de la economía capitalista, se mantienen en la fase de descomposición, sino que además, ésta aparece como la consecuencia última, como síntesis acabada de todos esos elementos. Es el resultado:
- de la prolongación (siete décadas, o sea más que la duración de la "revolución industrial") de la decadencia de un sistema que ha tenido como característica entre las principales, la extraordinaria rapidez de las transformaciones que ha hecho vivir a la sociedad (en eso, 10 años de la vida del capitalismo valen unto como un siglo de la sociedad esclavista) ;
- de la acumulación de las contradicciones que esa decadencia ha desencadenado.
Es la última y definitiva etapa hacia la que tienden las espeluznantes convulsiones que, desde principios de siglo, a través de una espiral infernal de crisis-guerra-reconstrucción-nueva crisis, han zarandeado a la sociedad y a sus diferentes clases:
- dos espantosas carnicerías imperialistas que dejaron exangües a la mayoría de los principales países y que tuvieron repercusiones sin precedentes en toda la humanidad;
- una oleada revolucionaria que hizo temblar a la burguesía mundial entera, y que desembocó en una contrarrevolución con formas de lo más bestial como las del fascismo y el estalinismo o de lo más cínico como la de la «democracia» y el antifascismo;
- el retorno sistemático de la pobreza absoluta, de una miseria en las masas obreras que parecían fenómenos del pasado, caducos;
- el desarrollo de las hambres más considerables y asesinas de la historia humana;
- el hundimiento durante dos décadas de la economía capitalista en una nueva crisis abierta, sin que la burguesía, por su incapacidad para alistar tras sus banderas a la clase obrera, pueda dar su respuesta a esa crisis: la guerra mundial, respuesta que evidentemente no es ninguna «solución».
4. Ése último punto es precisamente lo nuevo, lo específico, lo inédito que, en última instancia, ha sido la causa de la entrada del capitalismo decadente en una nueva fase de su historia, la de la descomposición. La crisis abierta que se inicia a finales de los años 60 consecuencia del agotamiento de la reconstrucción de posguerra, abre de nuevo la vía a la alternativa histórica guerra mundial o enfrentamientos de clase generalizados hacia la revolución proletaria. Pero, contrariamente a la crisis abierta de los años 30, la crisis actual se ha desarrollado en un momento en el que la clase obrera no estaba sometida a la contrarrevolución. Por eso, con su resurgir histórico a partir del año 1968, dio la prueba de que la burguesía no tenía las manos libres para desencadenar una tercera guerra mundial. Al mismo tiempo, aunque el proletariado ha encontrado las fuerzas para impedir esa «solución», en cambio no ha encontrado todavía las fuerzas necesarias para echar abajo al capitalismo. Veamos por qué:
- a causa del ritmo de la crisis mucho más lento que en el pasado;
- a causa del retraso histórico en el desarrollo de su conciencia y de sus organizaciones políticas, debido a la trágica ruptura orgánica en la continuidad de esas organizaciones, ruptura causada por la profundidad y la duración de la contrarrevolución.
En una situación así, en la que las dos clases fundamentales -y antagónicas- de la sociedad se enfrentan sin lograr imponer su propia respuesta decisiva, la historia sigue, sin embargo, su curso. En el capitalismo, todavía menos que en los demás modos de producción que lo precedieron, la vida social no puede «estancarse» ni quedar «congelada». Mientras las contradicciones del capitalismo en crisis no cesan de agravarse, la incapacidad de la burguesía para ofrecer a la sociedad entera la menor perspectiva y la incapacidad del proletariado para afirmar, en lo inmediato y abiertamente la suya propia, todo ello no puede sino desembocar en un fenómeno de descomposición generalizada, de putrefacción de la sociedad desde sus raíces.
5. En efecto, ningún modo de producción puede seguir viviendo, desarrollarse, afianzarse en bases firmes, mantener la cohesión social, si no es capaz de dar una perspectiva al conjunto de la sociedad en la que impera. Y esto es tanto más cierto para el capitalismo, al haber sido el modo de producción más dinámico de la historia. Cuando las relaciones de producción capitalistas eran el marco apropiado para el desarrollo de las fuerzas productivas, esta perspectiva se confundía con el progreso histórico, no sólo de la sociedad capitalista, sino de la humanidad entera. En estas circunstancias, a pesar de los antagonismos de clase o de rivalidades entre sectores, en especial nacionales, de la clase dominante, el conjunto de la vida social podía irse desarrollando sin mayores convulsiones. Cuando esas relaciones de producción se convirtieron en trabas para el crecimiento de las fuerzas productivas y por lo tanto, en trabas para el desarrollo social, marcando así la entrada en un período de decadencia, surgieron las convulsiones que hemos conocido desde hace tres cuartos de siglo. En un marco así, la perspectiva que el capitalismo podía ofrecer a la sociedad no podía sino depender de los límites que su decadencia le permite:
- la «unión sagrada» o movilización de todas las fuerzas económicas, políticas y militares en torno al Estado nacional, para la «defensa de la patria», de la «civilización» y demás;
- la «unión de todos los demócratas», de todos los «defensores de la civilización» contra la «hidra y la barbarie bolcheviques»;
- la movilización económica por la reconstrucción después de la ruinas de la guerra;
- la movilización ideológica, política, económica y militar por la «conquista del espacio vital» o contra el «peligro fascista».
Ninguna de esas perspectivas significaba, claro está, la más mínima «solución» para las contradicciones del capitalismo. Todas ellas tenían sin embargo, la ventaja de aparecer como objetivos «realistas»: ya fuera preservar la supervivencia de su sistema contra la amenaza de su enemigo de clase, el proletariado, ya fuera organizar la preparación de la guerra mundial o su desencadenamiento, ya fuera llevar a cabo un relanzamiento de la economía tras dicha guerra.
La situación actual se define, en cambio, en que la clase obrera no es todavía capaz de entablar ya el combate por su propia perspectiva, la única verdaderamente realista, la de la revolución comunista, pero también en que la burguesía es incapaz de proponer la menor perspectiva, ni siquiera a corto plazo, pues la capacidad que ésta demostró en el pasado, incluso en el período de decadencia, para limitar y controlar el fenómeno de descomposición va a desaparecer ante los golpes de ariete de la crisis. Por eso es por lo que la situación actual de crisis abierta aparece como totalmente diferente a los de la anterior crisis del mismo tipo, la de los años 30. Si esta última no dio lugar a un fenómeno de descomposición, ello no se debe a que sólo duró diez años, mientras que la actual ya dura desde hace dos décadas. Si no se desarrolló la descomposición de la sociedad en los años 30, ello se debió, sobre todo, a que la burguesía, frente a la crisis, tenía las manos libres para dar rienda suelta a su «solución». Una solución de una crueldad indecible, una respuesta a la crisis de carácter suicida que produjo la mayor catástrofe de la historia humana, una respuesta que la burguesía no había escogido deliberadamente puesto que le venía impuesta por la agravación de la crisis; pero también una solución en torno a la cual ella pudo, al no haber una resistencia significativa del proletariado, organizar el aparato productivo, político e ideológico de la sociedad. Hoy en cambio, por el hecho mismo que desde hace dos décadas el proletariado ha sabido impedir que pueda llevarse a cabo semejante solución, la burguesía ha sido incapaz de organizar lo mínimo para movilizar a los diferentes componentes de la sociedad, incluso entre la clase dominante, en torno a un objetivo común, si no es el de aguantar paso a paso y sin esperanzas de lograrlo, ante los avances de la crisis.
6. Es así como, incluso si la fase de descomposición aparece como remate, como síntesis de todas las contradicciones y manifestaciones sucesivas de la decadencia capitalista:
- se integra plenamente en el ciclo crisis-guerra-reconstrucción-retorno de la crisis;
- se enfanga en la orgía guerrera y militarista típica de todos los períodos de decadencia y que ha sido desde hace dos décadas factor de primer orden de la agravación de la crisis abierta;
- es resultado de la capacidad de la burguesía (adquirida tras la crisis de los años 30) para aminorar, mediante el capitalismo de Estado a escala de bloque imperialista, el ritmo de hundimiento en la crisis;
- es también resultado de la experiencia de esa clase (adquirida durante las dos guerras mundiales) que le evita lanzarse, sin la suficiente adhesión política por parte del proletariado, en la aventura del enfrentamiento imperialista generalizado;
- es resultado de la capacidad de la clase obrera de hoy para desmontar las trampas del período de contrarrevolución, pero también de la situación de inmadurez política herencia de esa misma contrarrevolución.
Esta fase de descomposición está determinada esencialmente por condiciones históricas nuevas, inéditas e inesperadas: la situación de bloqueo momentáneo de la sociedad, a causa de la «neutralización» mutua de sus dos clases fundamentales, lo que impide que cada una de ellas aporte su respuesta decisiva a la crisis abierta de la economía capitalista. Las manifestaciones de la descomposición, las condiciones de su evolución sólo pueden examinarse poniendo en primer plano ese aspecto.
7. Si pasamos revista a las características esenciales de la descomposición tal como hoy están apareciendo, podemos comprobar que tienen como denominador común la mencionada falta de perspectivas. Por ejemplo:
- la multiplicación de hambres en los países del llamado Tercer mundo, a la vez que se destruyen reservas de mercancías agrícolas, o que se decide dejar baldías cantidad de tierras cultivables;
- la transformación de ese Tercer mundo en inmensas villas miseria, en donde miles de millones de personas procuran sobrevivir como ratas en alcantarillas;
- el desarrollo de ese mismo fenómeno en el corazón mismo de las ciudades de los países «adelantados», en donde la cantidad de gente sin techo, sin recursos, no hace sino aumentar, hasta el punto que la esperanza de vida en algunos barrios ya es menor que la de los países atrasados;
- las catástrofes «accidentales» que se han ido multiplicando en los últimos tiempos (aviones que se aplastan, trenes y metros que se transforman en ataúdes, no sólo en los países atrasados como India o la URSS, sino también en el centro de ciudades occidentales como París o Londres);
- los efectos cada día más devastadores, en lo humano, social y económico, de las catástrofes «naturales» (inundaciones, sequía, terremotos, ciclones), ante los cuales los hombres parecen estar cada día más desarmados, a la vez que la tecnología no para de progresar y que ya existen todos los medios para protegerse de aquéllas (diques, sistemas de irrigación, viviendas antisísmicas, antitempestades), a la vez que se cierran empresas que fabrican esos medios y que se despide a los obreros;
- la degradación del medio ambiente que está alcanzando cotas impresionantes (agua corriente asquerosa, ríos muertos, océanos basura, aire irrespirable de las ciudades, decenas de kilómetros cuadrados contaminadas por la radioactividad en Ukrania y Bielorusia), que está amenazando el equilibrio del planeta entero con la desaparición de las selvas ecuatoriales, como la amazónica, los «pulmones de la Tierra», con el llamado efecto invernadero, con la destrucción de la capa de ozono.
Todas esas calamidades económicas y sociales, se deben en general a la decadencia misma del sistema, dan cuenta, por su acumulación y amplitud, del callejón sin salida en que se ha metido un sistema que no tiene el más mínimo porvenir que proponer a la inmensa mayoría de la población Mundial, si no es el de una barbarie en aumento e inimaginable. Un sistema cuyas políticas económicas, cuya investigación e inversiones se hacen sistemáticamente en detrimento del futuro de la humanidad y, por lo tanto, en detrimento del sistema mismo.
8. La ausencia total de perspectivas de la sociedad actual se expresa con todavía mayor evidencia en lo político e ideológico. Por ejemplo:
- la increíble corrupción que está aumentando, prosperando en los aparatos políticos, la oleada de escándalos en la mayoría de los países, como en Japón, donde resulta cada día más difícil distinguir aparato de gobierno y hampa gangsteril, o en España, en donde está en entredicho el mismísimo brazo derecho del jefe de gobierno socialista, en Bélgica, en Italia y en Francia, en donde los diputados han decidido amnistiarse a sí mismos de sus mangoneos y bajezas;
- el aumento del terrorismo, de las capturas de rehenes como medio de guerra entre Estados, en detrimento de las «leyes» que el capitalismo se había dado en el pasado para «reglamentar» los conflictos entre fracciones de la clase dirigente;
- el aumento constante de la criminalidad, de la inseguridad, de la violencia urbana, en la que se han ido metiendo cada día más y más niños, los cuales acaban también siendo víctimas de la prostitución;
- el aumento del nihilismo, del suicidio de los jóvenes, de la desesperanza, como así lo expresaba el «no future» de las revueltas urbanas en Gran Bretaña, del odio y de la xenofobia que animan a «skinheads» y «hooligans», para quienes los encuentros deportivos son una ocasión de desahogarse y sembrar el terror;
- la imparable marea de la drogadicción, fenómeno hoy de masas, poderosa causa de la corrupción de los Estados y de los organismos financieros, que afecta a todas las partes del mundo y, en especial, a la juventud, un fenómeno que expresa cada vez menos la huida hacia mundos quiméricos, que se parece cada día más a la locura y al suicidio;
- la profusión de sectas, el resurgir del espíritu religioso, incluidos algunos países avanzados, el rechazo hacia un pensamiento racional, coherente, construido, incluso en algunos ámbitos «científicos», y que ocupa en los media un lugar preponderante gracias a la embrutecedora publicidad y a sus emisiones estúpidas;
- la invasión en esos mismos media del espectáculo de la violencia, del horror, de la sangre y de las matanzas, incluso en programas para niños;
- la nulidad y la venalidad de la mayoría de las producciones «artísticas», literarias, musicales, de pintura y arquitectura, que no saben sino expresar la angustia, la desesperación, el estallido del pensamiento, la nada;
- el «cada cual a lo suyo», la marginalización, la atomización de los individuos, la destrucción de las relaciones familiares, la exclusión de los ancianos, la aniquilación de lo afectivo y su sustitución por la pornografía, el deporte comercializado y mediatizado, las concentraciones de masas de jóvenes en plena histeria colectiva a modo de canción y baile, sustituto siniestro de una solidaridad y de unos lazos sociales totalmente ausentes.
Todas esas manifestaciones de la putrefacción social que, hoy, a una escala desconocida en la historia, invaden por todos sus poros a la sociedad humana, expresan no sólo la dislocación de la sociedad burguesa, sino y sobre todo la destrucción de todo principio de vida colectiva en el seno de una sociedad sin el menor proyecto, la menor perspectiva, incluso a corto plazo, incluso la más ilusoria.
9. Entre las características más importantes de la descomposición de la sociedad capitalista, hay que subrayar la creciente dificultad de la burguesía para controlar la evolución de la situación en el plano político. La base de este fenómeno es, claro está, que la clase dominante cada día controla menos su aparato económico, infraestructura de la sociedad. El atolladero histórico en que está metido el modo de producción capitalista, los fracasos sucesivos de las diferentes políticas instauradas por la burguesía, la huida ciega permanente en el endeudamiento con el cual va sobreviviendo la economía mundial, todos esos factores repercuten obligatoriamente en un aparato político incapaz, por su parte, de imponer a la sociedad, y en especial a la clase obrera, la «disciplina» y la adhesión que se requieren para movilizar todas las fuerzas y todas las energías para la guerra mundial, única «respuesta» histórica que la burguesía sería capaz de «ofrecer». La falta de la menor perspectiva (si no es la de ir parcheando la economía) hacia la cual pueda movilizarse como clase, y cuando el proletariado no es todavía una amenaza de su supervivencia, lleva a la clase dominante, y en especial a su aparato político, a una tendencia a una indisciplina cada vez mayor y al sálvese quien pueda. Es un fenómeno que nos permite explicar el hundimiento del estalinismo y del bloque imperialista del Este. Ese derrumbe es globalmente consecuencia de la crisis económica mundial del capitalismo; pero tampoco puede analizarse sin tener en cuenta lo que las circunstancias históricas de su aparición han hecho de específico en los regímenes estalinistas (véase al respecto las «Tesis sobre la crisis económica y política en la URSS y en los países del Este», Revista Internacional nº 60). Sin embargo, no puede comprenderse plenamente ese hecho histórico tan importante e inédito (el hundimiento desde dentro de todo un bloque imperialista sin que se deba a una revolución o a una guerra) si no se tiene en cuenta en el análisis a ese otro factor inédito que es la entrada de la sociedad en una fase de descomposición tal como hoy puede verificarse. La centralización extrema y la total estatificación de la economía, la confusión entre aparato económico y político, la tramposería constante y a gran escala con la ley del valor, la movilización de todos los recursos económicos para lo militar, todas esas características propias de los regímenes estalinistas estaban perfectamente adaptadas a un contexto de guerra imperialista (ese tipo de régimen atravesó victoriosamente la segunda guerra mundial, reforzándose incluso gracias a ella), pero se toparon brutal y radicalmente con sus límites en cuanto la burguesía ha tenido que afrontar durante años la agravación de la crisis económica sin que esta situación pudiera desembocar en tal guerra imperialista. El desinterés general que en esos países reina, al no existir la sanción del mercado (y que precisamente el restablecimiento del mercado pretende eliminar) es inconcebible en tiempos de guerra cuando la «motivación» primera de los obreros, y de los responsables de la economía, era el fusil que tenían detrás. La desbandada general dentro mismo del aparato estatal, la pérdida de control de su propia estrategia política, ese espectáculo que hoy nos están ofreciendo la URSS y sus satélites, son, en realidad la caricatura (caricatura debida a lo específico de esos regímenes) de un fenómeno mucho más general que afecta al conjunto de la burguesía mundial, un fenómeno que es propio de la fase de descomposición.
10. Esa tendencia general a que la burguesía pierda el control de su política, si ya es uno de los primeros factores en el hundimiento del bloque del Este, se va a agudizar todavía más precisamente por ese hundimiento, a causa de:
- la agravación de la crisis económica resultante;
- el desmembramiento del bloque occidental que la desaparición de su rival supone;
- la agudización de las rivalidades particulares que el alejamiento momentáneo de la perspectiva de guerra mundial va a provocar entre sectores de la burguesía, tanto entre las diferentes fracciones nacionales como entre camarillas de un mismo Estado.
Esa desestabilización política de la clase burguesa, bien ilustrada por la inquietud que aparece entre sus sectores más sólidos respecto a la posible contaminación del caos que se está desplegando en los países del ex bloque del Este, podría acabar desembocando incluso en la incapacidad para volver a formar un nuevo orden mundial en dos bloques imperialistas. La agravación de la crisis mundial conduce obligatoriamente a la agudización de las rivalidades imperialistas entre Estados. Por eso, el aumento y la agravación de los enfrentamientos militares entre ellos están ya a la orden del día de la actualidad. En cambio, la reconstitución de una estructura económica, política y militar que agrupe a esos diferentes Estados supone que exista entre ellos una disciplina que la descomposición hará cada día más problemática. Por ello, este fenómeno, que ya es responsable en parte de la desaparición del sistema de bloques heredado de la segunda guerra mundial, puede, al impedir que vuelva a formarse un nuevo sistema de bloques, no sólo alejar, como ya está ocurriendo ahora, sino incluso llevar a que desaparezca definitivamente la perspectiva de guerra mundial.
11. La posibilidad de semejante cambio de perspectiva general del capitalismo, resultado de las importantísimas transformaciones que la descomposición está haciendo en la vida de la sociedad, no pone, ni mucho menos, en entredicho el resultado final que este sistema reserva para la humanidad en caso de que el proletariado resultara incapaz de derrocarlo. En efecto, si bien la perspectiva histórica de la sociedad ya se planteó en términos generales por Marx y Engels con la forma de «socialismo o barbarie», el desarrollo mismo de la vida del capitalismo (y en especial en su decadencia) ha permitido precisar, e incluso agravar, ese juicio con la forma de:
- «guerra o revolución», fórmula adoptada por los revolucionarios desde antes de la primera guerra mundial y que fue uno de los principios fundadores de la Internacional Comunista;
- «revolución comunista o destrucción de la humanidad», que se impone tras la segunda guerra mundial con la aparición de las armas atómicas.
Hoy, tras la desaparición del bloque del Este esa espeluznante perspectiva sigue siendo totalmente válida. Pero cabe precisar que la destrucción de la humanidad puede venir tanto, de la guerra imperialista generalizada como de la descomposición de la sociedad.
En efecto, no debe considerarse la descomposición como regresión de la sociedad. Aunque es cierto que la descomposición hace que vuelvan a surgir algunas características típicas del pasado del capitalismo, y en particular del periodo ascendente de ese modo de producción, como, por ejemplo:
- la ausencia actual de división del mundo en dos bloques imperialistas;
- y que, por consiguiente, las luchas entre naciones (cuyo recrudecimiento actual, sobre todo en el ex bloque del Este es una buena expresión de la descomposición) no deben considerarse como momentos de un enfrentamiento entre dos bloques.
La descomposición no retrotrae a ningún tipo de sociedad anterior, a ninguna fase precedente de la vida del capitalismo. Ocurre con la sociedad capitalista como con un anciano de quien se dice que «ha vuelto a la infancia». Quizás haya podido perder éste ciertas facultades y comportamientos adquiridos en la madurez y recobrar algunos de la infancia (fragilidad, dependencia, debilidad de raciocinio), no por eso va a recobrar la vitalidad propia de la tierna edad. Hoy, la civilización humana está perdiendo cierta cantidad de lo adquirido (el dominio de la naturaleza, por ejemplo); pero no por eso va a volver a recuperar la capacidad de progreso y de conquista, características, en especial, del capitalismo ascendente. El discurrir de la historia es irreversible: la descomposición lleva, como su nombre lo indica, al desmembramiento y a la putrefacción de la sociedad, a la nada. Abandonada a su propia lógica, a sus consecuencias últimas, arrastraría a la humanidad a los mismos resultados que la guerra mundial. Ser aniquilado bestialmente por un chaparrón de bombas termonucleares en una guerra generalizada o serlo por la contaminación, la radioactividad de las centrales nucleares, las hambres, las epidemias y las matanzas en conflictos guerreros, en los que, además, se utilizarían las armas atómicas, todo ello es, en fin de cuentas, lo mismo. La única diferencia ente ambas formas de destrucción es que aquella es más rápida mientras que ésta va más lenta y, por ende, con muchos más sufrimientos, si cabe.
12. Es de la mayor importancia que el proletariado, y en su seno los revolucionarios, sean capaces de captar la amenaza mortal que la descomposición es para la sociedad entera. En un momento en el que las ilusiones pacifistas pueden desarrollarse a causa del alejamiento de una posible guerra generalizada, hay que combatir con el mayor ahínco toda tendencia en la clase obrera a buscar consuelos, a ocultarse la extrema gravedad de la situación mundial. Y muy especialmente, sería tan falso como peligroso el considerar que la descomposición, porque es una realidad, sería, por ello, una necesidad para avanzar hacia la revolución.
Hay que poner sumo cuidado en no confundir necesidad y realidad. Ya Engels criticaba duramente la fórmula de Hegel: «Todo lo que es racional es real y todo lo que es real es racional», rechazando la segunda parte de esta fórmula y dando el ejemplo de la persistencia de la monarquía en Alemania, que era muy real pero en absoluto racional (y este razonamiento de Engels podría aplicarse hoy todavía y desde hace mucho tiempo a las monarquías de muchos países). La descomposición, si bien es un hecho real hoy, no por eso es una prueba de que sea necesaria para la revolución proletaria. Con un enfoque así, se pondría en entredicho la revolución de Octubre de 1917 y toda la oleada revolucionaria de la primera posguerra que surgieron sin que hubiera fase de descomposición del capitalismo. De hecho, el distinguir claramente la decadencia del capitalismo y esa fase específica, fase postrera de la decadencia que es la descomposición, tiene una de sus aplicaciones en la cuestión de la realidad y la necesidad: la decadencia del capitalismo era necesaria para que el proletariado fuera capaz de echar abajo el sistema; en cambio, la aparición del fenómeno histórico de la descomposición, resultado de la prolongación de la decadencia al no haber revolución proletaria, no es en absoluto una etapa necesaria para el proletariado en el camino de su emancipación.
Con esta fase de la descomposición ocurre como con la de la guerra imperialista. La guerra de 1914 fue un hecho fundamental que la clase obrera y los revolucionarios debían tener evidentemente en cuenta (¡y de qué modo!), pero eso no implica ni mucho menos que fuera una condición necesaria a la revolución. Sólo los bordiguistas lo creen y lo afirman.
La CCI ya tuvo ocasión de demostrar que la guerra no es ni mucho menos, una condición especialmente favorable para el triunfo de la revolución internacional. Y si se considera la perspectiva de una tercera guerra mundial, el problema queda inmediatamente «resuelto».
13. En realidad, hay que ser de lo más clarividente sobre lo que significa la descomposición en la capacidad del proletariado para ponerse a la altura de su tarea histórica. Del mismo modo que el estallido de la guerra imperialista en el corazón del mundo «civilizado» fue «una sangría que podía acabar por agotar mortalmente al movimiento obrero europeo», que «amenazaba con enterrar las perspectivas del socialismo bajo las ruinas amontonadas por la barbarie imperialista», «segando en los campos de batalla (...) a las mejores fuerzas (...) del socialismo internacional las tropas de vanguadia del proletariado mundial entero» (Rosa Luxemburgo, La Crisis de la Socialdemocracia), la descomposición de la sociedad, que no hará sino agravarse, puede también segar, en los años venideros, las mejores fuerzas del proletariado, comprometiendo definitivamente la perspectiva del comunismo. Y ello es así porque el envenenamiento de la sociedad que acarrea la putrefacción del capitalismo no deja libre a ninguno de sus componentes, a ninguna de sus clases, ni siquiera al proletariado. Y aunque el debilitamiento del imperio de la ideología burguesa debido a la entrada del capitalismo en su fase de decadencia era una de las condiciones de la revolución, el fenómeno de descomposición de esa misma ideología, tal como hoy se está desarrollando, aparece esencialmente como un obstáculo a la toma de conciencia del proletariado.
La descomposición ideológica afecta, evidentemente, en primer lugar a la clase capitalista misma y de rebote, a las capas pequeño burguesas, que carecen de la menor autonomía. Puede incluso decirse que estas capas se identifican muy bien con la descomposición, pues al dejarlas su propia situación sin la menor posibilidad de porvenir, se amoldan a la causa principal de la descomposición ideológica: la ausencia de toda perspectiva inmediata para el conjunto de la sociedad. Únicamente el proletariado lleva en sí una perspectiva para la humanidad, y por eso es en sus filas en donde existen las mayores capacidades de resistencia a la descomposición. Pero también le afecta ésta, sobre todo porque la pequeña burguesía con la que convive es uno de sus principales vehículos. Los diferentes factores que son la fuerza del proletariado chocan directamente con las diferentes facetas de la descomposición ideológica:
- la acción colectiva, la solidaridad, encuentran frente a ellas la atomización, el «sálvese quien pueda» el «arreglárselas por su cuenta»;
- la necesidad de organización choca contra la descomposición social, la dislocación de las relaciones en que se basa cualquier vida en sociedad;
- la confianza en el porvenir y en sus propias fuerzas se ve minada constantemente por la desesperanza general que invade la sociedad, el nihilismo, el «no future»;
- la conciencia, la clarividencia, la coherencia y unidad de pensamiento, el gusto por la teoría, deben abrirse un difícil camino en medio de la huida hacia quimeras, drogas, sectas, misticismos, rechazo de la reflexión y destrucción del pensamiento que están definiendo a nuestra época.
14. Uno de los factores que está agravando esa situación es evidentemente, que una gran proporción de jóvenes generaciones obreras está recibiendo en pleno rostro el latigazo del desempleo, incluso antes de que muchos hayan podido tener ocasión, en los 1ugares de producción, en compañía de los compañeros de trabajo y lucha, de hacer la experiencia de una vida colectiva de clase. De hecho, el desempleo, resultado directo de la crisis económica, aunque en sí no es una expresión de la descomposición, acaba teniendo, en esta fase particular de la decadencia, consecuencias que lo transforman en aspecto singular de la descomposición. Aunque en general sirve para poner al desnudo la incapacidad del capitalismo para asegurar un futuro a los proletarios, también es, hoy, un poderoso factor de «lumpenización» de ciertos sectores de la clase obrera, sobre todo entre los más jóvenes, lo que debilita de otro tanto las capacidades políticas actuales y futuras de ella, lo cual ha implicado, a lo largo de los años 80, que han conocido un aumento considerable del desempleo, una ausencia de movimientos significativos o de intentos reales de organización por parte de obreros sin empleo. El que en pleno período de contrarrevolución, cuando la crisis de los años 30, el proletariado, en especial en Estados Unidos, hubiera sido capaz de darse formas de lucha da una idea, por contraste, del peso de las dificultades que hoy acarrea el desempleo en la toma de conciencia del proletariado, a causa de la descomposición.
15. De hecho, no sólo es en la cuestión del desempleo en donde se ha visto en los últimos años el peso de la descomposición como factor de las dificultades en la toma de conciencia del proletariado. Incluso dejando de lado el hundimiento del bloque del Este y la agonía del estalinismo (que son una expresión de la fase de descomposición y que han provocado un retroceso evidente en la conciencia de clase, véase al respecto la Revista Internacional 60 y 61), debemos considerar que las dificultades de la clase obrera para avanzar la perspectiva de unificación de las luchas, aún cuando esto ya estaba contenido en la dinámica misma de su lucha contra los ataques cada día más frontales del capitalismo, se deben en gran parte a la presión que está ejerciendo la descomposición. Las vacilaciones del proletariado ante la necesidad de alzarse a un nivel superior de su lucha, aunque es una característica general del movimiento obrero analizada ya por Marx en El 18 de Brumario, se ha acentuado con la falta de confianza en sí mismo y en el porvenir que la descomposición inocula en la clase. E igualmente, la ideología del «cada uno a lo suyo», que marca especialmente el período actual ha favorecido las trampas del corporativismo que la burguesía ha puesto delante de las luchas obreras en los últimos años.
Es así como a lo largo de los años 80, la descomposición de la sociedad capitalista ha desempeñado un papel de freno en el proceso de toma de conciencia de la clase obrera. Junto a otros factores, identificados ya en el pasado, que también han contribuido a frenar ese proceso, como:
1) el ritmo lento de la crisis misma;
2) la debilidad de las organizaciones políticas de la clase debida a la ruptura orgánica entre las formaciones del pasado y las que han surgido con la reanudación histórica de finales de los 60, es importante añadir la presión de la descomposición. Estos factores no actúan, sin embargo, de la misma manera. Mientras que el tiempo que pasa es un factor que contribuye a restar importancia a aquéllos, no hace sino aumentar la importancia de éste. Es, pues, fundamental, comprender que cuanto más tarde el proletariado en derrocar al capitalismo tanto más importantes serán los peligros y los efectos nocivos de la descomposición.
16. Es conveniente poner en evidencia que hoy, contrariamente a la situación de los años 70, el tiempo ya no juega favor de la de la clase obrera. Mientras la amenaza de destrucción de la sociedad estaba representada por la guerra imperialista «únicamente», al ser capaces de mantenerse como obstáculo decisivo ante semejante conclusión, las luchas proletarias cerraban el camino a la destrucción, En cambio, contrariamente a la guerra imperialista, la cual, para poder estallar, requiere la adhesión del proletariado a los ideales de la burguesía, la descomposición no necesita ningún alistamiento de la clase para destruir a la humanidad. Del mismo modo que no pueden oponerse al hundimiento económico, las luchas proletarias en este sistema tampoco serán capaces de llegar a ser un freno a la descomposición. En estas condiciones, aunque la amenaza que representa la descomposición para la vida social aparece como algo a más largo plazo que la que vendría de una guerra mundial (si las condiciones para éstas estuvieran reunidas, lo que no es el caso hoy), es, en cambio, mucho más insidiosa. Para acabar con la amenaza que es la descomposición, las luchas obreras de resistencia a los efectos de la crisis no son suficientes: únicamente la revolución comunista podrá destruir esa amenaza. Del mismo modo, en todo el período venidero, el proletariado no podrá utilizar en beneficio propio el debilitamiento que la descomposición está provocando en el seno de la burguesía misma. En este período, su objetivo será resistir ante los efectos nocivos de la descomposición en su propio seno, no contando más que con sus propias fuerzas, con su capacidad para luchar colectiva y solidariamente en defensa de sus intereses como clase explotada, aunque eso sí, la propaganda de los revolucionarios deberá insistir constantemente en los peligros de la descomposición. Sólo será en el período revolucionario, cuando el proletariado esté a la ofensiva, cuando entable directa y abiertamente el combate por su propia perspectiva histórica, cuando entonces podrá utilizar ciertos efectos de la descomposición burguesa y de las fuerzas del poder capitalista, como puntos de apoyo para volverlos contra el capital.
17. La evidencia de los peligros considerables que a la clase obrera y a la humanidad entera hace correr el fenómeno histórico de la descomposición no debe llevar a la clase y especialmente a sus minorías a adoptar frente a ella una actitud fatalista. La perspectiva histórica sigue abierta. A pesar del golpe en su toma de conciencia dado por el hundimiento del bloque del Este, el proletariado no ha sufrido derrotas importantes en el terreno de sus luchas. Su combatividad sigue intacta. Pero, además, y es éste un factor que determina en última instancia la evolución de la situación mundial, la misma causa básica del desarrollo de la descomposición, o sea, la agravación inexorable de la crisis del capitalismo, es un estímulo esencial de la lucha y de la toma de conciencia de la clase, condición misma en su capacidad para resistir el veneno ideológico de la putrefacción de la sociedad. En efecto, si bien las luchas parciales contra los efectos de la descomposición no pueden ser un terreno de unificación de clase, en cambio la lucha contra los efectos de la crisis es la base para que se desarrolle su fuerza y su unidad de clase. Y esto es así porque:
- si bien lo efectos de la descomposición (la contaminación, la droga, la inseguridad, etc.) afectan de modo relativamente indiferenciado a todas las capas de la sociedad y son el terreno idóneo para las campañas y trampas aclasistas (ecologismo, colectivos y movimientos antinucleares, movilizaciones antirracistas, etc.), en cambio, los ataques económicos (baja del salario real, despidos, aumentos de cadencias, etc.) resultados directos de la crisis, afectan de modo específico al proletariado, o sea, a la clase que produce la plusvalía y que enfrenta al capital en ese terreno;
- la crisis económica, al contrario de la descomposición social, la cual concierne esencialmente las superestructuras, es un fenómeno que afecta directamente la infraestructura de la sociedad en la que se basan aquellas; por eso, la crisis pone al desnudo las causas primeras de toda la barbarie que se cierne sobre la sociedad, permitiendo así al proletariado tomar conciencia de la necesidad de cambiar radicalmente de sistema y no ya de pretender mejorar algunos aspectos de él.
Sin embargo, la conciencia de la crisis por sí sola no puede resolver los problemas y las dificultades ante los que se enfrenta y deberá enfrentarse cada día más el proletariado. Únicamente:
- la conciencia de la importancia de lo que se está jugando en la situación histórica de hoy y, en especial, de los peligros mortales que la descomposición entraña para la humanidad;
- su determinación en proseguir, desarrollar y unificar su combate de clase;
- su capacidad para desactivar la cantidad de trampas que la burguesía, incluso afectada por su propia descomposición, no dejará de tenderle en su camino;
permitirán a la clase obrera responder golpe a golpe a los ataques de todo tipo desencadenados por el capitalismo para finalmente pasar a la ofensiva y acabar de una vez con este sistema cruel y despiadado.
La responsabilidad de los revolucionarios es participar activamente en el desarrollo de ese combate del proletariado.
Mayo de 1990
Informe sobre la situación nacional
Sección de la CCI en Alemania
La evolución de las contradicciones que se concentran hoy en Alemania constituye una clave fundamental de la evolución de la situación mundial. Publicamos aquí un informe de nuestra sección en ese país que destaca la dinámica global y las diversas hipótesis que se presentan.
El desarrollo de la economía alemana
antes de la unión económica y monetaria
A finales de los años 80 y principios de los 90, cuando la economía mundial ha vuelto a encontrar problemas cada vez más fuertes, la economía alemana estaba todavía en pleno auge. Batió muchos records de producción durante varios años seguidos, especialmente en el sector del automóvil. En 1989 batió un nuevo record de excedente comercial. La tasa de utilización de las capacidades industriales alcanzó su punto culminante desde los años 1970. En los últimos meses, la falta de mano de obra calificada fue el factor principal que impidió la expansión de la producción en muchos sectores. Numerosas empresas tuvieron que rechazar pedidos por esa causa.
Ese boom no es expresión de la salud de la economía mundial, sino de la competitividad aplastante del capital de Alemania occidental, conforme a la ley según la cual sobreviven los más adaptados. Alemania se ha desarrollado a expensas de sus rivales, como lo demuestran ampliamente sus excedentes de exportación.
La posición de Alemania en la competencia se ha ido reforzando notablemente a todo lo largo de los años 1980. En lo económico, la tarea principal del gobierno Kohl-Genscher ha sido permitir un aumento enorme de los capitales de las grandes empresas, lo cual ha permitido una modernización y una automatización gigantescas de la producción. El resultado ha sido una marea de «racionalización» increíble, comparable en extensión a la que existió en la Alemania de los años 20. Los ejes principales de esa política han sido:
- más de 100 mil millones de marcos economizados gracias a reducciones de los gastos sociales y transferidos más o menos directamente a manos de los capitalistas, mediante reducciones masivas de impuestos;
- una serie de nuevas leyes que han sido adoptadas autorizando a las empresas a acumular enormes reservas totalmente libres de impuestos -por ejemplo la creación de compañías de seguros privadas en donde se acumulan fondos de inversión, producto en gran parte de especulaciones gigantescas.
El resultado es que hoy, el gran capital está «nadando en dinero». Mientras que a principios de los años 80, cerca de los dos tercios de las inversiones de las mayores empresas eran financiadas por préstamos bancarios, hoy las 40 empresas más importantes pueden financiar sus inversiones casi íntegramente con sus fondos propios, situación única en Europa.
Además de los medios financieros, el gobierno ha aumentado considerablemente el poder de los dirigentes de empresas sobre la fuerza de trabajo que emplean: flexibilidad, desregulación, jornada continua a cambio de una reducción mínima de la semana laboral.
No cabe duda de que la industria alemana está profundamente satisfecha del trabajo a ese nivel del gobierno Kohl durante los años 1980. A principios de 1990, el portavoz liberal de los industriales, Lambsdorff, anunciaba orgullosamente: «Alemania occidental es hoy el líder mundial de los países industrializados y el que menos necesita medidas proteccionistas»
Por ejemplo, mientras todos los demás países de la CEE (Comunidad Económica Europea) han adoptado medidas proteccionistas radicales contra las importaciones de automóviles japoneses, Alemania fue capaz de limitar el porcentaje japonés en el mercado alemán de automóviles a un poco menos del 20 % y, en términos de valor, exporta más automóviles a Japón que Japón a Alemania.
El plan de la burguesía alemana para
los años 90 antes del derrumbe del Este
A pesar de esa fuerza relativa, se suponía que la onda de racionalización de los años 80 no era más que un comienzo. Ante una sobreproducción masiva, ante la perspectiva de la recesión, de la bancarrota del «tercer mundo» y de Europa del Este, estaba claro que los años 90 iban a ser los de la lucha por la supervivencia, y eso hasta para los países más industrializados. Y que esa supervivencia no podría hacerse más que a expensas de los demás países industrializados rivales.
Ante ese reto, Alemania occidental no está tan bien preparada como parece a primera vista.
§ El sector de producción de medios de producción (maquinarias, electrónica, química) es temiblemente fuerte. En la medida en que Alemania no ha tenido nunca un mercado colonial cerrado, y en que es un productor clásico de medios de producción, creando constantemente su propia competencia, ese sector ha aprendido históricamente que la supervivencia no es posible sino a condición de estar siempre un paso delante de los demás.
§ Alemania fue, inicialmente, mucho más lenta que Estados Unidos (EEUU), Gran Bretaña o Francia en desarrollar una producción masiva de bienes de consumo, y especialmente la industria del automóvil. Ésta se desarrolló esencialmente después de la segunda guerra mundial, con la apertura del mercado mundial a las exportaciones alemanas, mientras que al mismo tiempo, Alemania, al igual que Japón, estaba excluida en gran parte del sector militar, lo cual le permitió superar su atraso y convertirse en uno de los líderes mundiales del sector del automóvil Hoy, ante la sobreproducción absoluta (se estima que la industria occidental tiene, para 1990, una capacidad de producción excedentaria de ¡8 millones de automóviles!) y, con una competencia internacional cada vez más intensa en ese sector, la gran dependencia de Alemania de la industria del automóvil (cerca de 1/3 de los empleos industriales dependen directa o indirectamente de ella) anuncia hoy perspectivas realmente catastróficas para la economía alemana.
§ El campo principal en el cual Alemania ha sufrido la derrota de la segunda guerra mundial es el sector de la alta tecnología, que fue desarrollado históricamente en relación con el sector militar del cual Alemania fue excluida. El resultado es que hoy, a pesar de su aparato productivo de lo más moderno, Alemania tiene un atraso masivo con respecto a EEUU y Japón en ese campo.
La perspectiva de los años 90 era, por consiguiente, reducir radicalmente la dependencia de la economía alemana de la industria del automóvil, no abandonando voluntariamente partes del mercado, claro está, sino desarrollando fuertemente el sector de la alta tecnología. De hecho la burguesía alemana está convencida de que en los años 90, o se impone entre las naciones líderes de la alta tecnología, al lado de EEUU y de Japón, o desaparece completamente como potencia industrial independiente de primera importancia. Esa lucha a muerte ha sido preparada durante los años 80, no solamente con la racionalización y la acumulación de inversiones enormes, sino también con la creación simbólica de la mayor empresa europea de alta tecnología, bajo la dirección de Daimler-Benz y de la Deutsche Bank. Se supone que Daimler y Siemens van a ser la punta de lanza de esa ofensiva. Esa tentativa de la industria alemana hacia la hegemonía mundial en los años 90 requiere:
- inversiones absolutamente gigantescas, dejando las de los años 80 pequeñas en comparación, e implicando una transferencia aun más masiva de ingresos de la clase obrera hacia la burguesía;
- la existencia de una estabilidad política a la vez internacionalmente (disciplina del bloque americano) y, en el interior, especialmente por parte de la clase obrera.
El
derrumbe del Este: el objetivo de guerra
alemán finalmente alcanzado
Después de la caída del muro de Berlín, el mundo imperialista tembló ante la idea de una Alemania unificada. No solamente en el extranjero sino en la misma Alemania, el SPD[1], los sindicatos, iglesia, la prensa, todos lanzaron advertencias contra un nuevo revanchismo alemán, peligro aparentemente presente con las ambigüedades de Kohl acerca de la frontera Oder-Neisse. La visión de una nueva Alemania que ponga en tela de juicio sus fronteras con los vecinos, siguiendo los pasos de Adolfo Hitler, no inquietan verdaderamente a la burguesía alemana. En realidad esas advertencias no hacen sino disfrazar la realidad de las cosas, a saber, que con la carrera hacia la Europa del 92 y el hundimiento del bloque del Este, la burguesía alemana ha alcanzado ya los objetivos que fueron la causa de dos guerras mundiales. Hoy, la burguesía alemana triunfante no necesita en absoluto poner en tela de juicio ninguna frontera porque es ella la potencia dominante en Europa. El establecimiento de una «Grossraumwirtschaft» (zona extensa de economía y de intercambio) dominada por Alemania, en Europa occidental, y de una reserva de mano de obra barata y de materias primas en Europa del Este, dominada también por Alemania, objetivos del imperialismo alemán, formulados desde antes de 1914, son hoy prácticamente una realidad. Es por eso que toda la bulla que se está armando en torno a la frontera Oder-Neisse no sirve en realidad más que para esconder la victoria real del imperialismo alemán en la Europa de hoy.
Pero una cosa debe estar clara: esa victoria del imperialismo alemán, cuyo mejor representante es el ministro liberal de asuntos exteriores, Genscher (y no los extremistas de derecha), no implica que Alemania pueda hoy dominar a Europa de la manera en que Hitler lo quería hacer. No existe actualmente ningún bloque europeo constituido y dirigido por Alemania, Mientras que en las primera y segunda guerras mundiales, Alemania se creía suficientemente fuerte para dominar a Europa de manera dictatorial, esa ilusión es imposible hoy. Si en aquella época, Alemania era el único país industrializado importante en el continente europeo (sin contar Gran Bretaña), hoy no es el caso (Francia, Italia...). La unificación alemana no aumentará más que de 21 a 24 % el porcentaje de Alemania en la producción de la CEE. Además, en la primera y segunda guerras mundiales, la tentativa alemana de dominación de Europa se hizo contando con el aislacionismo de EEUU; hoy el imperialismo americano está masiva e inmediatamente presente en el viejo continente y se esmerará en prevenir esas ambiciones. En fin, Alemania es hoy demasiado frágil militarmente y no posee armas de destrucción masiva. La formación de un bloque europeo no es posible, en las condiciones actuales más que si existe una potencia suficientemente fuerte como para someter a todas las demás. No es el caso hoy.
La victoria de Alemania: victoria pírrica
A diferencia de los años 30, la Alemania de hoy no es la «nación proletaria» (¡fórmula del KPD -Partido comunista- en los años 20!), excluida del mercado mundial e intentando trastornar las fronteras en torno suyo. Mientras no esté cortada del mercado mundial y del abastecimiento en materias primas, la burguesía alemana no tiene absolutamente ninguna ambición ni ningún interés en formar un bloque militar opuesto a EEUU. De hecho la Alemania de hoy es, en cierto modo, mas bien una potencia «conservadora» que ha «obtenido lo que deseaba» y que está más preocupada por «no perder lo que tiene». Y es verdad: Alemania es una potencia que tiene todas la de perder en el caos y la descomposición actuales. Su preocupación principal hoy es evitar que su victoria se transforme en catástrofe, una catástrofe que es muy probable.
El coste de la unificación
El coste de la unificación es tan gigantesco que pone en peligro la salud de las finanzas del Estado y la posición inmediata de Alemania en la competencia internacional. Es más que probable que los capitales que van a ser utilizados para la unificación, sean los mismos que estaban previstos para financiar la famosa imposición en el mercado de la alta tecnología, para alcanzar a EEUU y a Japón. En otras palabras, lejos de ser un refuerzo a ese nivel, la unificación podría muy bien ser, para la burguesía alemana, el factor de destrucción de sus esperanzas de seguir siendo una de las potencias industriales dominantes del mundo.
El coste de Europa del Este
Del mismo modo que tratará de erigir un nuevo «muro de Berlín» a lo largo de la línea Oder-Neisse para contener el caos del Este, es seguro que Alemania se verá obligada a invertir en los países limítrofes para crear una especie de «cordón sanitario» contra la anarquía total que se está desarrollando todavía más al Este. Claro, Alemania va a dominar y domina ya los mercados de Europa del Este. Sin embargo, es interesante notar que la burguesía alemana, lejos de saborear su triunfo, lanza gritos de alarma sobre los peligros que eso implica:
- peligro que la obligación de invertir en el Este acarree pérdidas de mercados occidentales, cuando son éstos mucho más importantes en la medida en que pagan al contado y son mucho más solventes;
- peligro de que disminuya el nivel técnico de la industria por el hecho que las mercancías que Europa del Este va a necesitar serán más simples y rudimentarias que las que exige el mercado mundial.
El coste de la desintegración del bloque USA
La desintegración del bloque occidental que pierde su razón de ser con la desaparición del bloque del Este, contiene el peligro, a largo plazo, de disgregación del mercado mundial que hasta ahora había sido mantenido y vigilado militarmente por la disciplina impuesta por EEUU. Esa eventualidad sería un desastre para Alemania occidental como nación exportadora líder y como principal potencia, junto con Japón, beneficiaria a nivel industrial del orden establecido después de la guerra.
El coste de toda fragilización
del Mercado común europeo
El mercado europeo, y sobre todo el proyecto de la Europa del 92, están amenazados por la influencia creciente del «cada uno a lo suyo», por la voluntad de evitar compartir el coste de Europa del Este, las reacciones de Francia ante la pérdida del liderazgo frente a Alemania occidental que ocupaba en Europa, liderazgo que asumirá ahora Alemania sola.
Si la Europa del 92 (con lo cual entendemos el establecimiento de normas para la «liberalización» de los intercambios, de reglas para regir la batalla de todos contra todos, que favorecen siempre a los más fuertes, que no es lo mismo que los irrealizables «Estados Unidos de Europa») fracasara, y si el mercado europeo debiera desintegrarse, sería una catástrofe total para Alemania occidental, puesto que es ahí donde se encuentran sus principales mercados de exportación. Por eso es una fórmula incorrecta, a menudo utilizada por la prensa burguesa, el decir que Bonn, al conducir rápidamente la reunificación, puso en primer plano sus propios intereses en contra de los de la CEE. El interés particular de Bonn es la CEE. Fue la aceleración increíble del caos lo que la obligó a hacer la unificación inmediatamente
El desmoronamiento de la Unión Soviética
Mientras la URSS se mantenía todavía en pie, Europa del Este era, por un lado, un territorio enemigo y una amenaza militar para Alemania del Oeste, pero, por otro lado, una garantía de vecindad estable en la frontera oriental de Alemania. El caos terrible que se está desplegando hoy en la URSS es una preocupación de primer orden para EEUU, y de lo más inquietante para Francia y Gran Bretaña. Pero para la burguesía alemana, que está justo al lado, es una visión de pesadilla absoluta. En la nueva Alemania unificada, sólo Polonia la separará de la URSS. El ministerio de Asuntos Exteriores de Genscher vive con la pesadilla de guerras civiles sangrientas, de toneladas de armamentos y de centrales nucleares que explotan, de millones de refugiados de la Unión Soviética invadiendo Occidente, amenazando con destruir completamente la estabilidad política de Alemania. Para evitar ese «guión catastrófico», la burguesía alemana deberá asumir una responsabilidad importante para tratar de limitar la anarquía en la Unión Soviética, lo que representará también una carga económica enorme. Por ejemplo: el gobierno de Alemania occidental se ha comprometido a respetar y honrar todos los anteriores compromisos comerciales entre Alemania del Este y la Unión Soviética, promesa que es de inspiración política y que será respetada a regañadientes. Así como la ruptura de la CEE significaría la anulación de la victoria de los objetivos de guerra del imperialismo alemán (Grossraumwirtschaft), el desarrollo de una anarquía total en la Unión Soviética destruiría el segundo plan, el de una Europa del Este suministradora de materias primas baratas. Esto sería trágico para el capitalismo alemán, en la medida en que la Unión soviética es la única reserva disponible de materias primas no procedentes de ultramar y por lo tanto no dependientes de EEUU. Un ejemplo de los efectos de la anarquía del Este sobre las ambiciones del imperialismo alemán: uno de los proyectos preferidos de Gorbachov es la creación de una zona industrial libre de impuestos en Kaliningrado, a la que quiere convertir en el nuevo escaparate de Rusia hacia el Oeste. Tiene la intención de transferir alemanes del Volga hacia esa zona de la que fue antigua ciudad alemana con el nombre de Konigsberg, como medida estimulante suplementaria para atraer capitales alemanes. Así que se quiere hacer de Kaliningrado una ventana alemana hacia el Este, es decir, una «vía segura» para las materias primas procedentes de Siberia, evitando las repúblicas asiáticas de la Unión soviética. Hoy, el separatismo y el mini-imperialismo de las repúblicas del Báltico están sembrando desorden en esos planes. Ya Landbergis ha dejado que los lituanos reivindiquen Kaliningrado.
Las medidas de la burguesía alemana
contra el caos y la descomposición
Ante la tremenda aceleración de la crisis, de las guerras económicas, de la descomposición, del hundimiento del Este, existe un peligro real:
- que el combate de la burguesía alemana para abrirse un camino en la lucha por la hegemonía en el mercado mundial contra EEUU y Japón, se de en condiciones mucho menos favorables;
- que Alemania pierda completamente su puesto privilegiado de «surfista» por encima de la ola de la crisis a expensas de sus rivales. Por el contrario, existe realmente el peligro de que la posición de Alemania se fragilice particularmente, como en los años 30, pero esta vez ante una clase obrera no derrotada;
- que la descomposición y el caos mundiales arruinen la famosa estabilidad política alemana.
La tendencia a la ruina económica total y al caos completo es históricamente irreversible. No obstante, toda tendencia tiene sus contratendencias, que en este caso no van a detener pero sí pueden frenar, o por lo menos influenciar momentáneamente el curso de ese movimiento, haciendo que no se desarrolle de la misma manera en todos los países. Es necesario examinar especialmente las medidas que la burguesía alemana está tomando para protegerse, La burguesía alemana- no es sólo la más poderosa de Europa en lo económico y una de las más ricas en experiencias amargas, sino que tiene también las estructuras políticas y estatales más modernas (por ejemplo, la modernidad política del Estado alemán comparado con el británico es tan marcada como su diferencia en lo económico). La burguesía alemana ha sido capaz de combinar sus «cualidades tradicionales» y todo lo que aprendió de su mentor americano a finales de los años 1940 (Alemania occidental es sin duda alguna, en muchos respectos, el país europeo más «americanizado»).
Unificar al mejor precio
A través de la unión monetaria, Bonn tiene la intención de dar a los alemanes del Este dinero del Oeste, pero tan poquito como sea posible, y así tener la justificación política para detener su venida hacia el Oeste. El objetivo es que la RDA asuma ella misma, lo más posible, la carga de la unificación, así como la CEE y, sobre todo (como veremos más adelante), la clase obrera del Este y del Oeste. Por lo demás, la burguesía alemana occidental trata de conservar exclusivamente para ella los aspectos más benéficos de esa unificación, es decir, fuentes de fuerza de trabajo increíblemente barata con las cuales podrá también ejercer presiones en los salarios del Oeste, o el acceso a las materias primas soviéticas y a la tecnología espacial gracias a los lazos históricos que la unen con las empresas de Alemania del Este.
Evitar la disgregación de la CEE
Si existe una tendencia hacia la disgregación de la CEE, también existen importantes contra-tendencias. Entre ellas:
- el interés imperioso de Alemania por evitarlo;
- el interés de los demás países europeos que viven con la obsesión de que les gane Japón. Aunque es cierto que hoy la tendencia es hacia el «cada uno por su cuenta», los gangsters tienden, a pesar de todo, a reagruparse para enfrentar a otros gangsters.
La Europa del 92 no es un nuevo bloque contra Estadas Unidos. Y seguramente no tiene ninguna posibilidad de serlo si los norteamericanos deciden sabotearla. Bonn está tratando actualmente de convencer a Washington de que Europa del 92 está esencialmente dirigida contra Japón, y no contra EEUU. La burguesía de Alemania occidental está convencida de que una de las bases principales de la gran competitividad japonesa en el mercado mundial es la cerrazón total del mercado interior japonés, y que los altos precios en el mercado interior japonés financian su dumping en el mercado mundial. Bonn proclama que si Japón se ve obligado, con medidas proteccionistas, a construir fábricas en Europa, no serán éstas más competitivas que las europeas, o al menos que las alemanas. El mensaje es claro: si Europa 92 puede servir para obligar a Japón a abrir su mercado interior, es posible vencer al gigante asiático. Además, Bonn subraya sin cesar que el mercado europeo, que será entonces el mercado unificado mayor del mundo, es el único medio que pueda permitir a EEUU colmar su gigantesco déficit comercial, es decir que Bonn propone un reparto germano-norteamericano del mercado europeo.
***
Antes de las primera y segunda guerras mundiales, los marxistas alertaron a la clase obrera acerca de las matanzas por venir, y expresaron qué actitud debía adoptar el proletariado al respecto. Hoy nuestra tarea es alertar a los obreros contra la guerra mundial comercial que se ha desatado a una escala sin precedentes en la historia, y armarlos contra el peligro mortal del nacionalismo económico, es decir el tomar partido por su propia burguesía. El coste de esa guerra para la clase obrera será, sin lugar a dudas, terrible.
La unificación alemana y la posibilidad de una recesión brutal
Hemos mostrado hasta ahora las enormes implicaciones del caos y de la descomposición actuales para el capital alemán en la perspectiva de los años 90. Pero existe también una perspectiva inmediata, la de los efectos de la unión económica y monetaria especialmente. Esos efectos van a ser catastróficos para la clase obrera, y para la de Alemania del Este en especial.
Es difícil predecir las consecuencias inmediatas de la situación porque se trata de una situación inédita en la historia. Pero existe una posibilidad de que pueda permitir frenar temporalmente la tendencia de la economía mundial hacia la recesión, arruinando las finanzas del Estado alemán y agudizando aun más las contradicciones globales. La otra posibilidad que no se debe excluir, en vista de la gran fragilidad de la coyuntura económica mundial actual, es que los desórdenes monetarios y de las tasas de interés, el pánico de las inversiones y de las bolsas de valores que podrían suceder sean la gota de agua que haga derramar el vaso, hundiendo la economía mundial en una recesión declarada.
Lo que se puede decir con certeza es que la llegada del marco alemán a Alemania del Este va a provocar la pérdida de millones de empleos y la explosión de una pauperización masiva que, por su rapidez y su brutalidad, serán quizás sin precedentes en la historia del capitalismo para un país industrializado, fuera de un período de guerra. También es cierto que el coste incalculable de esas medidas drásticas no se puede conseguir sin presionar a los obreros de Alemania occidental... Los sistemas de subvención a los desempleados y de seguro social del Oeste, por ejemplo, se van a encontrar al borde de la insolvencia al tener que financiar al Este. Además, no existe absolutamente ninguna garantía de que se obtenga el principal objetivo político inmediato de la unión monetaria -evitar la venida de Alemanes del Este al Oeste-. Ante un mundo capitalista que se hunde, el dilema de la burguesía alemana occidental salta a la vista cuando se ve que la no realización inmediata de la unificación tendría seguramente efectos aun más desastrosos que la unificación. Lambsdorff no bromeaba cuando declaraba recientemente que si no se organizaban elecciones rápidamente en toda Alemania, se iría a la bancarrota, no solamente Alemania del Este sino también la del Oeste (se refería a la supervivencia de la burguesía estalinista de Alemania del Este que sueña con continuar sus cuarenta años de mala administración, pero financiada ahora directamente por el Oeste).
El desconcierto de la burguesía tras la caída del muro
Cuando cayó el muro, la burguesía se encontró desconcertada, sorprendida y dividida. Hubo una serie de crisis políticas:
- Genscher apoyaba -posición original- la pertenencia rápida pero separada de la RDA a la CEE, con lazos solamente federativos con Alemania occidental;
- Brandt tuvo que pelear entre bastidores para convencer al SPD sobre la posición a favor de la reunificación; una coalición regional y local SPD-CDU[2] fue necesaria para obligar a Kohl a poner fin a las leyes que incitaban a la emigración del Este, leyes útiles durante la guerra fría, pero que hoy conducen al desastre;
- Bonn tuvo que apoyar a la vez a los gobiernos de Krenz y de Modrow, en espera de colmar el vacío político;
- Bonn tuvo que cambiar su política inicial de ayuda económica vacilante, por la de unión monetaria inmediata y de unificación acelerada;
- la lucha del aparato de Estado estalinista de RDA por un puesto en la nueva Alemania causó una serie de crisis, desde la agravación de la inmigración hacia el Oeste, hasta los chantajes que hizo la Stasi («Staatssicheiheit», policía de Estado) a líderes políticos (no sólo del Este);
- las maniobras de Kohl en torno a la frontera Oder-Neisse causaron crisis internas y escándalos internacionales.
Ofensiva de estabilización hacia la unidad nacional
El primer eje de la ofensiva de estabilización fue el restablecimiento de la unidad de las corrientes burguesas dominantes. A pesar de todos los conflictos y del caos, se desarrolló muy rápidamente el sentimiento de que ese tipo de crisis histórica necesitaba cierto tipo de unidad nacional. Hoy existe un acuerdo real entre la CDU, el FDP y el SPD sobre los problemas fundamentales planteados por la apertura del muro: unificación rápida, unión monetaria inmediata (apoyada políticamente hasta por la Bundesbank, aunque la considere como suicida económicamente), política anti-inmigración con respecto al Este, permanencia en la OTAN (que integrará por etapas a la RDA), reconocimiento de la frontera Oder-Neisse.
Segunda fase de inestabilidad:
la «digestión» de la RDA
El otro eje de la «estabilización» no hace sino desplazar el caos de un nivel a otro. La unificación precipitada no es posible sin cierto grado de caos. Provoca conflictos con las grandes potencias y amenaza con desestabilizar aun más a la URSS. Y la unión monetaria es una de las políticas más aventureras de la historia humana, quizás comparable a la ofensiva «Barbarroja» de Hitler contra Rusia. El destrozo económico de la industria de la RDA va a ser tan sangriento, el desempleo masivo tan elevado (algunos hablan de 4 millones de desempleados), que a lo mejor incluso va a fracasar el objetivo inmediato que tiene: detener la inmigración masiva hacia el Oeste. El remedio contra el caos conducirá probablemente... al caos.
A pesar de la oposición directa, especialmente de las «grandes potencias» europeas, a la perspectiva de unificación inmediata de Alemania después de la apertura del muro de Berlín, el proceso de unificación se ha ido acelerando, con el apoyo especial de EEUU (cuya fórmula de pertenencia de una Alemania unida a la OTAN sirve sobre todo para mantener la presencia americana en Alemania y en Europa, a expensas no sólo de Alemania, sino también de Gran Bretaña, de Francia y de la URSS), y eso a pesar del riesgo de una desestabilización aún mayor del régimen de Gorbachov y de la URSS. Por dos razones:
- todas las potencias principales están asustadas por el vacío creado en Europa central, vacío que sólo Alemania puede colmar;
- es el hundimiento de la URSS, que convierte automáticamente a Alemania en la potencia dirigente de Europa, lo que hace que desaparezca la obligación de Bonn de compartir la dirección de Europa occidental con Paris, etc. Por el contrario, es poco probable, y no ha sido comprobado, que la actual unificación alemana conduzca al fortalecimiento de Alemania como potencia principal. Económicamente, la unificación representa sin duda un debilitamiento, y todas las ventajas estratégico-militares serán probablemente más que contrarrestadas por los .efectos del caos del Este. Cuando comprendieron que la unificación no significaba ni mucho menos un fortalecimiento automático de Alemania, sus «aliados» lo aceptaron mejor.
Cronológicamente hablando:
- Después de la apertura del muro, hubo una explosión nacionalista en la burguesía alemana, desde Kohl a Brandt: «nosotros, alemanes, somos los mejores» etc., a pesar de las advertencias inmediatas de los más moderados (por ejemplo Lafontaine). El pánico, el terror y la envidia de los aliados fueron simbolizados por la oposición declarada a la unificación y la visita relámpago de Mitterrand a Berlín-Este y a Budapest, para asegurarse de que Francia obtendría una parte del botín.
- La burguesía está de vuelta en sus ilusiones estúpidas. Cuanto más se va dando cuenta Bonn de que «la manzana está envenenada», tanto más está obligada la burguesía alemana a comérsela cuanto antes, para evitar que crezca y se multiplique el caos. Ahora es Bonn quien tiene pánico y quien está furioso ante la nueva actitud de los aliados, que dejan a Alemania del Oeste sola con sus problemas y sobre todo con el coste de ese embrollo.
- Bonn logró convencer a los demás de que no puede encargarse solo del problema y que si no participan activamente, el resultado podría ser la desestabilización de toda Europa occidental.
Las elecciones
venideras:
una tendencia a instaurar estructuras estabilizadoras
En Noviembre de 1989 habíamos notado que en la nueva situación la presencia del SPD en la oposición para controlar mejor a la clase obrera, ha dejado de ser una obligación para la burguesía, por el retroceso de la conciencia de clase provocado por los acontecimientos del Este, y que la continuación del gobierno Kohl-Genscher depende de la superación de sus divergencias. Ahora parece que esas divergencias no van a ser el centro de las elecciones (menos la extensión de la estabilidad, es decir la aplicación de las estructuras políticas de Alemania del Oeste a la RDA). La CDU sigue teniendo un poco más de fuerza que el SPD en una Alemania unida, el FDP sigue siendo el «factor de coalición», los Republicanos siguen fuera del Parlamento. No hay razón para pensar que un gobierno dirigido por Lafontaine sería fundamentalmente diferente del actual.
Un problema que se plantea es el de las tensiones y de las confusiones dentro del aparato político:
- rivalidades entre CDU y CSU en torno a su respectiva influencia en RDA;
- rivalidades entre el SPD y los estalinistas por el control de los sindicatos en RDA;
- divergencias fuertes en el partido de los Verdes sobre la unificación;
- desorientación en los izquierdistas, cuya mayoría se aferra al Estado de la RDA y al PDS (ex-SED, partido comunista) que ya nadie quiere ni en el Este (aparte de los principales funcionarios estalinistas), ni en el Oeste.
Por importantes que sean las tentativas de estabilización, nuevas oleadas de anarquía están ya a la vista:
- el hundimiento definitivo de la URSS ;
- la crisis económica mundial (después de la URSS, EEUU es probablemente el próximo gran barco que va a naufragar);
- las tensiones dentro de la OTAN.
Lucha de clases;
la combatividad de la clase sigue intacta
Evidentemente, Alemania no es una excepción en el reflujo, particularmente de la conciencia, en la clase obrera. Al contrario:
- el reflujo comenzó en Alemania antes que en otras partes, desde 1988-89, y ya esencialmente por la situación en el Este;
- las propuestas de reducción de armamentos por Moscú provocaron ilusiones reformistas en torno a la idea de un capitalismo más pacífico
- la afluencia de cerca de un millón de personas por año procedentes del Este;
- la enorme campaña sobre la «derrota del comunismo», desde la matanza de Pekín;
- un impacto más profundo, por la proximidad del Este, de las ilusiones democráticas reformistas, pacifistas e interclasistas que pesan más que en cualquier otra parte. Las cuestiones de la unificación de las luchas y del cuestionamiento de los sindicatos, aunque hayan sido planteadas ya por las luchas de Krupp en Diciembre de 1987, fueron planteadas de manera menos fuerte que en otras partes y están pues hoy todavía más debilitadas.
Por otro lado, la combatividad, después de haber sufrido una parálisis momentánea bajo el impacto de la inmigración del Este, en vez de seguir retrocediendo después de la apertura del muro, como se hubiera podido suponer, ha vuelto a empezar a expresarse (como lo mostraron recientemente paros simbólicos durante las negociaciones sindicales). La ausencia de todo signo, por el momento, que indique que los obreros de Alemania occidental están dispuestos a aceptar sacrificios materiales por la unificación es el problema central de la burguesía. Parece más bien que sólo la idea ya hace desaparecer los últimos vestigios de patriotismo de las mentes de muchos obreros.
Crisis y unificación: balance de los años 80
La crisis juega un papel esencial para la unificación aun cuando la burguesía logra evitar que se concrete esta última en las luchas. La aparición, a principios de los años 80, del desempleo masivo, de «la nueva pobreza», a mediados de esos años, todo eso ha incrementado mucho el potencial de unificación. Pero su desarrollo es contradictorio y no lineal.
La ofensiva de modernización de los años 1980, el ataque más fuerte en Alemania desde los años 1920, ha transformado parcialmente el mundo del trabajo. El obrero industrial moderno tiene a menudo que controlar varias máquinas a la vez, tiene que responder a agotadoras exigencias de energía, de concentración, de calificación y recalificación permanente, etc., de tal modo que una parte creciente de la población se ve automáticamente excluida del proceso de producción (por edad avanzada, enfermedad, falta de fuerza mental para aguantar la presión, falta de calificación, etc.).
Eso explica en gran parte la paradoja de que exista por un lado, un desempleo masivo y, simultáneamente, millares de empleos vacantes en los sectores especializados. La anarquía es total. Millones de obreros están desempleados, no solamente porque no hay empleos, sino también porque no pueden responder a las increíbles exigencias actuales. Esa masa en constante aumento ya no es útil al capital como medio de presión sobre los salarios y sobre los trabajadores con empleo, así que no hay ninguna razón económica para mantenerlos en vida. Es así que se han aplicado medidas de lo mas radical en ese sector; por eso es por lo que en los años 80, Bonn decidió parar la construcción de viviendas sociales.
Los efectos inmediatos de la ofensiva de racionalización-modernización del capital alemán no sólo produjeron efectos positivos en la unificación de las luchas. También produjeron ciertas tendencias a la división entre obreros:
- entre quienes pueden todavía responder a los imperativos actuales de producción y que, a pesar del control de los salarios, tienen mas ingresos hoy que hace cinco años por la cantidad de horas extras que tienen que hacer (esto es válido seguramente para la mayoría de los obreros). Estos piensan que, por la falta actual de mano de obra calificada, el capital los necesita y eso favorece las ilusiones individualistas y corporativistas («nos podemos defender solos»);
- y quienes no pueden responder a esos imperativos, que se ven marginados y excluidos de la producción, que caen en una pobreza creciente y son a menudo las primeras victimas de la descomposición social (desesperación, droga, explosiones de violencia ciega -como el ejemplo de Kreuzberg en Berlín-), y que se sienten aislados del resto de su clase. En relación con eso (sin ser idéntico), se debe ver el fracaso de las luchas de los desempleados y su falta de conexión con los obreros activos.
La crisis y la unificación de las luchas en perspectiva
Entre los efectos más inmediatos del cambio histórico, cabe señalar:
- las ilusiones en un boom económico duradero como consecuencia de:
§ la apertura de Europa del Este,
§ la perspectiva de Europa del 92,
§ una esperanza de paz, como consecuencia de la reducción radical de los gastos militares;
- el miedo a un nuevo empobrecimiento, por causa de la unificación de Alemania, lo que no acarrea solamente una radicalización sino también tendencias a la división de la clase obrera (Oeste contra Este);
- la unión monetaria duplicará al fin y al cabo la cantidad de desempleados en Alemania;
- un verdadera escabechina de empleos parece inevitable en los sectores en donde la sobreproducción es más fuerte, especialmente en el sector del automóvil;
- el coste de los años 1990, los enormes programas de inversión, la anulación de las deudas impagables de los países de la periferia, etc., todo eso exigirá que el capital reduzca aún, más los ingresos de los proletarios;
- si la «racionalización» sigue al ritmo actual, a mediados de los años 90, millones de obreros se encontrarán en un estado de agotamiento total y de desgaste físico completo antes de los 40 años: es una amenaza que se cierne sobre fuerzas esenciales de la clase.
Las principales dificultades
para la unificación política de la clase obrera
El reforzamiento de la socialdemocracia, de los sindicatos, de la ideología reformista, del pacifismo, del interclasismo, nada de eso podrá ser superado ni fácil ni rápida ni automáticamente. Se necesitan:
- luchas repetidas;
- movilizaciones y discusiones colectivas;
- la intervención comunista.
Las lecciones de los últimos veinte años de crisis y de luchas no han desaparecido, pero se han vuelto menos accesibles, sumidas en una montaña de confusión. No es hora de complacencia; hay que sacar el tesoro a la superficie o, si no, la clase fracasará en su misión histórica.
El atraso del proletariado de RDA
Aunque la RDA haya formado parte de Alemania hasta en 1945, los efectos del estalinismo han sido profundamente catastróficos para la clase obrera. Existe un atraso fundamental que va aun más lejos que la falta de experiencia sobre la democracia, los sindicatos «libres», el odio violento al «comunismo». El aislamiento detrás del muro produjo en los obreros una verdadera «provincialización». La «economía de escasez» los llevó a considerar a los extranjeros como enemigos que «compran todo y nos dejan sin nada». El «internacionalismo» soviético y el aislamiento del mercado mundial estimularon un nacionalismo fuerte. Si en Alemania occidental, quizás un obrero de cada diez es racista, en RDA uno de cada diez no es racista. La economía burocrática acarreó una pérdida de dinamismo y de iniciativa, apatía y pasividad, siempre en la eterna «espera de órdenes», cierto servilismo (ni siquiera atenuada por un mercado negro floreciente como en Polonia). Y atraso técnico: la mayoría de los obreros ni siquiera están acostumbrados a usar teléfono. El estalinismo ha dejado a la clase profundamente dividida por el nacionalismo, los problemas étnicos, los conflictos religiosos, la delación (probablemente un obrero de cada cinco daba regularmente informaciones a la Stasi sobre sus colegas).
Es de alegrarse de que, cuando Alemania fue dividida después de la guerra, 63 millones de personas se encontraran en el Oeste y solamente 17 millones en el Este, y no el contrario.
El
papel crucial de los obreros del Oeste;
la alternativa histórica sigue abierta
La inmensa ola nacionalista reaccionaria venida del Este se ha quebrado, hasta el momento, en la roca del proletariado de Alemania occidental. Con eso no queremos decir que la contrarrevolución haya obtenido, en el Este, una victoria irreversible. Pero si es todavía posible que participen en movimientos revolucionarios en el futuro, es porque los obreros del Oeste no se han dejado arrastrar al mismo terreno burgués que en el Este, que es tan eficaz como lo fue en España durante la guerra civil. La clase obrera de Alemania occidental ha mostrado que no tiene, por el momento, la misma afición nacionalista.
El obrero alemán occidental típico asocia hoy el nacionalismo con las derrotas de las guerras mundiales y con la pobreza más tremenda, y asimila por el contrario cierta prosperidad a la CEE, al mercado mundial, etc. Un empleo industrial de dos en Alemania depende del mercado mundial. Y hasta la inmigración masiva procedente del Este tuvo efectos notables de división solamente en los sectores débiles y no en los «batallones» principales de la clase. El proletariado sigue siendo una fuerza decisiva de la situación mundial. Por ejemplo, si la burguesía alemana, a pesar del coste increíble de la unificación, de la lucha en el mercado mundial, etc. debiera emprender una carrera hacia el rearmamento para convertirse en una superpotencia militar, el precio sería tan elevado que acarrearía probablemente una guerra civil. La clase obrera en los países industriales del Oeste sigue invicta, sigue siendo una fuerza que la burguesía debe tener en cuenta en permanencia.
No sabemos con certeza si la clase obrera podrá superar las dificultades actuales y restablecer su propia perspectiva de clase. Ni siquiera podemos consolarnos con la ilusión determinista según la cual «el comunismo es inevitable». Pero sí sabemos que el proletariado hoy no sólo tiene que perder cadenas; es su propia vida la que está amenazada. En cambio sigue teniendo un mundo que ganar y para eso, no es todavía demasiado tarde.
Weltrevolution - 8/5/90
[1] La CDU es el partido de derechas del actual canciller Kohl al que hay que añadir la CSU bávara. El FDP es el partido de centro-derecha (liberales) que sirve para hacer coaliciones con la derecha o la Izquierda según las necesidades. Hoy gobierna con la CDU-CSU; es el partido de Genscher. El SPD es el partido socialista, en la oposición. Su candidato para las próximas elecciones es O. Lafontaine. Los Republicanos son la extrema derecha (NDT).
[2] La economía no constituye automática e inmediatamente un incentivo favorable a la tendencia hacia la unificación de las luchas. Pero, a largo plazo, la recesión es una fuerza poderosa en favor de esa unificación, aunque la situación del capital mundial ya sea desastrosa incluso sin recesión declarada.
Los acontecimientos de estos últimos meses en el ex bloque soviético han puesto cada vez más de relieve la ruina en que se encuentra la economía de todos los países de Europa del Este sin excepción y de la URSS en particular. A medida que la realidad es mejor conocida, las últimas esperanzas y todas las teorías sobre una posible mejora de la situación se van haciendo añicos. Los hechos cantan: es imposible levantar la economía de esos países; sus gobiernos, sean cuales sean sus componentes, el antiguo aparato «reformado» con o sin participación de las antiguas «oposiciones», o «nuevas» formaciones políticas, son totalmente incapaces de dominar la situación. Es el hundimiento en un caos sin precedentes que se confirma cada día más[1].
Los países occidentales no sacarán a flote
ni a los países del Este ni a la URSS
Por todas partes, la desbandada. A los países del Este les gustaría mucho ver a los grandes países industrializados venir en ayuda de sus economías en ruina total. Walesa no para de mendigar en nombre de Polonia la ayuda de «Occidente». Gorbachov pide ante Bush «la cláusula de la nación más favorecida», acuerdo preferencial en los contratos que Estados Unidos ha negado siempre a la URSS y que en su tiempo sí fue concluido con Rumania, el país más pobre del ya antiguo bloque del Este. La RDA espera de la reunificación con la RFA subsidios para salvar los escasísimos sectores de su aparato productivo que no están en la ruina.
Pero los países occidentales no parecen dispuestos ni siquiera a comprometer la décima parte de los gastos necesarios en una aventura que no es que sea arriesgada, es que ya es un fracaso seguro. Pocas ilusiones quedan sobre la perspectiva de enderezamiento económico de los países del Este. No hay ninguna ganancia que sacar de un aparato productivo con una infraestructura y unos medios de producción totalmente caducos y con una mano de obra sin la menor preparación para las normas de productividad draconianas impuestas por la guerra comercial en el mercado mundial, guerra que libran las principales potencias industriales occidentales, sobre todo Estados Unidos, Japón, Alemania Occidental y los demás países de Europa occidental.
Y aunque el FMI otorgara más créditos, se vería ante una situación parecida a la de los países del «tercer mundo», insolventes, con deudas por miles de millones y que nunca serán reembolsadas.
Es significativo que el encuentro Bush-Gorbachov (cuando escribimos estas líneas) no haya dado por ahora lugar a ningún acuerdo económico especial, si no es a la tímida reconducción de acuerdos ya existentes. Ya nadie apuesta por no se sabe qué éxito de la famosa «Perestroika». Lo que parece tenerse en cuenta en las relaciones occidentales con el Este, son más bien preocupaciones generales sobre cómo limitar que se generalice el desorden en Europa del Este, desorden que ninguna potencia occidental ve con buenos ojos. Ni acuerdos comerciales ni industriales que pudieran significar un balón de oxígeno para las economías totalmente asfixiadas de esos países.
No hay «planes Marshall» que valgan para los países del Este como el que sirvió para financiar la reconstrucción de Europa del Oeste y de Japón por EEUU tras la segunda guerra mundial. Y si queda alguna ilusión entre los defensores de la «victoria del capitalismo» sobre el interés económico que ofrecería la desaparición del «telón de acero», la actual experiencia dolorosa para la economía alemano-occidental que es la reunificación de Alemania y la toma a cargo de la RDA[2], acabará barriéndolas del todo. Para el capital alemán hay un interés puntual a causa de la mano de obra cualificada y muy mal pagada en RDA, pero lo que se va a ver, más que otra cosa, es una punción financiera altísima y la llegada de miles de desempleados e inmigrados[3].
Ahora que el sistema financiero internacional está amenazando con desmoronarse bajo el peso de la deuda mundial, cuando ya los despidos masivos han empezado, en particular en Estados Unidos, y no van a parar de aumentar en todos los grandes países desarrollados, esos países no tienen el más mínimo interés estrictamente económico, ningún mercado en los países del Este salvo raras excepciones. Sólo algún que otro «teórico» atrasado - y aún quedan incluso, y por desgracia, en el propio campo proletario[4]- se creen todavía el espejismo de la reestructuración económica de los países del Este.
La ruina total de la economía
Las cifras oficiales reconocidas hoy en la URSS sobre el estado exangüe de la economía a todos los niveles, están desmintiendo totalmente a la baja las antiguas estimaciones oficiosas que los especialistas occidentales oponían desde hace años a la mentira institucional de las «estadísticas» soviéticas.
Las nuevas estadísticas dejan patente una tasa de crecimiento que se acerca inexorablemente a cero, dando mejor cuenta de la realidad que las anteriores a la «Glasnost». Sin embargo, el incluir en el cálculo al sector militar, único de la economía ru