Revista internacional n° 131 - 4° trimestre de 2007

 

Crisis financiera - De la crisis de liquidez a la liquidación del capitalismo…

Crisis financiera

De la crisis de liquidez a la liquidación del capitalismo...

El verano de 2007 ha confirmado el hundimiento del capitalismo en catástrofes cada día más frecuentes: el barrizal imperialista ilustrado por un baño permanente de sangre de civiles en Irak; los estragos causados por el cambio climático provocado por la búsqueda desenfrenada de beneficios; y un nuevo desplome en la crisis económica con la promesa de un mayor empobrecimiento de la población mundial. A la inversa, la clase obrera, la única fuerza capaz de salvar la sociedad humana, está cada vez más insatisfecha con este sistema capitalista en putrefacción. Es, sin embargo, sobre la crisis económica sobre lo que vamos a tratar aquí, debido a los acontecimientos dramáticos que comenzaron en el sector inmobiliario en Estados Unidos y que han zarandeado las finanzas internacionales y el sistema económico del mundo entero.

Estalla la burbuja

La crisis se desató con el desplome de los precios inmobiliarios en Estados Unidos y el freno de la actividad en el sector de la construcción y la incapacidad de muchos deudores, sin medios para hacer frente al alza de los tipos de interés, para reembolsar los créditos, famosos ahora con el nombre de subprime o hipotecas de alto riesgo. A partir de ese epicentro, las ondas de choque se fueron ampliando por todo el sistema financiero mundial. En agosto se desmoronaron o tuvieron que ser socorridos cantidad de fondos de inversión y bancos comerciales cuyos haberes se componían de miles de millones de dólares de esos créditos. Se hundieron dos hedge funds (fondos de inversión de alto riesgo o especulativos) del banco norteamericano Bear Sterns, costando a los inversores mil millones de dólares. El banco alemán ADF fue salvado in extremis y el francés BNP Paribas se vio fuertemente zarandeado. Han bajado considerablemente las acciones de organismos de crédito inmobiliario y otros bancos, lo cual desembocó en una caída vertiginosa de todas las principales plazas bursátiles del planeta, aniquilándose así miles de millones de dólares de "trabajo acumulado". Para atajar la pérdida de confianza y la reticencia de los bancos a otorgar préstamos, los bancos centrales (la Reserva Federal estadounidense, FED, y el Banco europeo, BE) intervinieron, inyectando miles de millones para préstamos menos caros. Ese dinero no se ha destinado, claro está, a los cientos de miles de personas que han perdido sus casas en la quiebra de las subprimes, ni a los miles de obreros desempleados a causa de la crisis de la construcción, sino a los propios mercados de crédito. De este modo, las instituciones financieras que dilapidaron cantidades enormes de activos, han sido recompensadas con más liquidez para seguir haciendo sus divertidas apuestas. Pero eso no ha puesto fin a la crisis, ni mucho menos. En Gran Bretaña, iba a acabar en farsa.

En septiembre, el Banco de Inglaterra criticó a los demás bancos centrales por haber avalado a los inversores peligrosos e imprudentes que desencadenaron la crisis, recomendando una política más severa que castigue a los malos agentes e impida que reaparezcan los mismos problemas de especulación. Pero al día siguiente, el presidente del Banco, Mervyn King, dio media vuelta al timón. El banco debía auxiliar al quinto abastecedor de créditos inmobiliarios del Reino Unido, el Northern Rock. La "estrategia de empresa" de este banco era pedir préstamos en el mercado crediticio para luego él, a su vez, prestar dinero a compradores de viviendas con un tipo de interés superior. Y cuando los mercados crediticios empezaron a desmoronarse, al Northern Rock le ocurrió lo mismo.

Después de que se anunciara el auxilio a ese banco se formaron colas interminables delante de sus agencias; los ahorradores venían a llevarse su dinero: en tres días se sacaron 2 mil millones de libras esterlinas. Era la primera desbandada de ese estilo que se producía en un banco inglés desde hacía 140 años (1866). Para prevenir los riesgos de contagio, el gobierno volvió a intervenir, garantizando el 100 % de sus haberes a los clientes del Northern Rock y a los ahorradores de otros bancos amenazados ([1]). Finalmente, "la vieja dama de Threadneedle Street" (el Banco de Inglaterra) se vio obligada, como todos los demás bancos centrales que acababa de criticar, a inyectar enormes cantidades de dinero en un sistema bancario resquebrajado. Resultado: el crédito de la propia dirección del centro financiero de Londres - que hoy representa la cuarta parte de la economía británica - estaba por los suelos.

El acto siguiente del drama que prosigue cuando esto escribimos, trata del efecto de la crisis financiera en la economía en general. El primer descenso, desde hace cinco años, del tipo de interés de la FED para hacer más disponibles los créditos no ha sido, por ahora, muy exitoso que digamos. No ha acabado con el continuo desmoronamiento del mercado inmobiliario en Estados Unidos ni tampoco con el de los otros 40 países en los que se ha ido hinchando la misma burbuja especulativa. Tampoco ha impedido el aumento de restricciones en los créditos con sus efectos inevitables en las inversiones y los gastos de las familias en general. Lo que sí ha acarreado, en cambio, ha sido la caída acelerada del dólar (que ha llegado a su nivel más bajo respecto a las demás divisas desde que el presidente Nixon lo devaluara en 1971), la subida récord del euro y de las materias primas como el petróleo y el oro.

Son signos anunciadores tanto de la caída del crecimiento de la economía mundial, incluso de una posible recesión abierta, y de un aumento de la inflación para los tiempos venideros.

En una palabra, se acabó el período de crecimiento económico de los últimos seis años basado en el crédito hipotecario y el consumo y la gigantesca deuda externa y presupuestaria de EEUU.

Esos son los datos de la situación económica actual. La pregunta que cabe hacerse es: la recesión que se perfila y que todos consideran probable, ¿se integra en los altibajos inevitables de una economía capitalista básicamente sana, o es la señal de un proceso de desintegración, de avería interna del propio capitalismo asaltado por convulsiones cada vez más violentas?

Para contestar a esa pregunta, es necesario, primero, examinar la idea de que el desarrollo de la especulación y la crisis del crédito de ella resultante serían, en cierto modo, una aberración o una especie de extravío fuera del funcionamiento sano del sistema, que podrían, pues, corregirse mediante el control del Estado o una mejor regulación. O dicho de otra manera, ¿no se deberá la crisis actual a unos financieros que tienen a la economía de rehén?

El papel del crédito en el capitalismo

El desarrollo del sistema bancario, de la Bolsa y demás mecanismos de crédito forma parte íntegra del desarrollo del capitalismo desde el siglo xviii. Fueron necesarios para reunir y centralizar el capital financiero y permitir los niveles de inversión necesarios para una expansión industrial tan vasta que ningún capitalista individual, por muy rico que fuera, podía encarar. La idea del empresario industrial que se ganaría su capital ahorrando y arriesgando su propio dinero es pura ficción. La burguesía debe poder acceder a las cantidades de capital ya concentradas en los mercados crediticios. En las plazas financieras, no son sus propias fortunas personales lo que los representantes de la clase burguesa ponen en juego, sino la riqueza social en forma monetaria.

El crédito, enormes cantidades de crédito, ha desempeñado un papel importantísimo en la aceleración del gigantesco crecimiento de las fuerzas productivas -comparado con épocas anteriores- y en la formación del mercado mundial.

Por otra parte, a causa de las tendencias inherentes a la producción capitalista, el crédito también ha sido un poderoso factor de aceleración de la sobreproducción, de la supervaloración de la capacidad de los mercados para absorber los productos, concentrando así unas burbujas especulativas cuyas consecuencias son las crisis y el agotamiento del crédito. Al mismo tiempo que favorecían esas catástrofes sociales, las Bolsas y el sistema bancario han alentado todos los vicios como la codicia y la duplicidad, típicos de una clase explotadora que vive del trabajo ajeno; vicios que hoy vemos prosperar con la forma de "delito de iniciados" y pagos ficticios, "primas" de escándalo equivalentes a fortunas enormes, o los llamados "paracaídas dorados", fraudes en la contabilidad o robos notorios, etc.

La especulación, los créditos de alto riesgo, las estafas, las quiebras bursátiles resultantes de todo ello y la desaparición de cantidades enormes de plusvalía son, pues, una característica intrínseca de la anarquía de la producción capitalista.

En última instancia, la especulación es una consecuencia y no una causa de las crisis capitalistas. Si hoy la actividad especulativa de las finanzas parece dominar la economía entera, es porque desde hace unos 40 años la sobreproducción ha ido hundiéndose en una crisis continua en la que los mercados mundiales están saturados de productos, siendo cada día menos lucrativa la inversión en la producción; al capital financiero no le queda otro recurso que invertir en lo que ha acabado siendo una "economía de casino" ([2]).

Un capitalismo sin excesos financieros no es posible; estos forman parte intrínseca de la tendencia del capitalismo a producir como si el mercado no tuviera límites, de ahí la incapacidad incluso de un Alan Greenspan, antiguo presidente de la FED, para saber si "el mercado está sobrevalorado".

El reciente hundimiento del mercado inmobiliario en Estados Unidos y en otros países es una ilustración de la verdadera relación que hay entre la sobreproducción y la presión del crédito.

El sector inmobiliario ilustra el anacronismo
de la producción capitalista

Las características de la crisis del mercado inmobiliario recuerdan las descripciones de las crisis capitalistas de Karl Marx en el Manifiesto comunista: "En esas crisis se desata una epidemia social que en cualquiera de las épocas anteriores hubiera parecido absurda e inconcebible: la epidemia de la superproducción (...) la sociedad posee demasiada civilización, demasiados recursos, demasiada industria, demasiado comercio"

No es a causa de una penuria de viviendas por lo que hay miles y miles de personas sin techo; paradójicamente, hay demasiadas, hay una verdadera sobreabundancia de casas vacías. La industria de la construcción ha trabajado sin descanso en los últimos cinco años. Y a la vez, en cambio, el poder adquisitivo de los obreros norteamericanos ha disminuido, pues lo que buscaba el capitalismo US era aumentar sus beneficios. Entre las nuevas viviendas en el mercado y quienes las necesitaban se fue abriendo un foso infranqueable. De ahí el invento de las hipotecas de alto riesgo -los créditos subprimes- para seducir a los nuevos compradores con escasos recursos. La cuadradura del círculo. Al final, el mercado ha acabado por hundirse. Y ahora que cada vez más propietarios de viviendas son expulsados y sus bienes embargados a causa de unos reembolsos hipotecarios aplastantes, el mercado inmobiliario estará cada día más saturado: en Estados Unidos se supone que habrá unos 3 millones de personas que perderán su vivienda por imposibilidad de reembolso de sus préstamos subprime. Cabe suponer que esa aceleración de la indigencia ocurra en otros países en los que ha estallado o está por estallar la burbuja inmobiliaria. De ese modo, el desarrollo de la actividad constructora y de los créditos hipotecarios durante la última década no va a reducir ni mucho menos el número de los sin techo, sino, al contrario, ha alejado de la gran masa de población la posibilidad de disfrutar de un alojamiento decente y ha puesto a los propietarios de viviendas en una situación precaria ([3]).

Evidentemente, lo que preocupa a los dirigentes del sistema capitalista - sus ejecutivos de hedge funds, sus ministros de Finanzas, sus banqueros de los bancos centrales, etc. - en la crisis actual, no son las tragedias humanas provocadas por el desastre de las subprimes, y las pequeñas aspiraciones a una vida mejor (salvo si crecieran esas aspiraciones y acabaran poniendo en entredicho la inhumanidad de este modo de producción), sino la imposibilidad de los consumidores de pagar los elevados precios de las viviendas y las hipotecas usureras.

El descalabro de las subprimes ilustra, pues, la crisis del capitalismo, su tendencia crónica, en su carrera por las ganancias, a la sobreproducción con relación a una demanda solvente, su incapacidad, a pesar de los recursos materiales, tecnológicos y humanos fenomenales a su disposición para satisfacer las necesidades humanas más elementales ([4]).

Sin embargo, por muy absurdo, despilfarrador y anacrónico que aparezca el capitalismo a la luz de la crisis reciente, la burguesía siempre intenta calmarse tanto a sí misma como al resto de la población: al menos, las cosas no irán peor que en 1929, afirma.

La situación actual:
el mismo problema que en 1929

El crac de Wall Street en 1929 y la Gran depresión siguen obsesionando a la burguesía como lo demuestra el tratamiento que los medios han dado a los acontecimientos recientes. Editoriales, artículos de fondo, analogías históricas con las que procuran convencernos de que la crisis financiera actual no desembocará en una catástrofe semejante, que 1929 fue algo único que acabó en desastre a causa de decisiones erróneas.

Los "peritos" de la burguesía nos construyen la ilusión de que la crisis financiera actual sería como una especie de repetición de las quiebras financieras del siglo xix, limitadas en el tiempo y el espacio. En realidad, la situación actual tiene más que ver con 1929 que con aquel período de ascendencia del capitalismo, pues comparte muchas características con las crisis económicas y financieras catastróficas de sus decadencia, período abierto con la Iª Guerra mundial, de desintegración del modo de producción capitalista, une período de guerras et de revoluciones.

Les crisis económicas de la ascendencia capitalista y la actividad especulativa que a menudo las acompañó y precedió eran los latidos del corazón de un sistema sano que abrían el camino a una nueva expansión capitalista por continentes enteros, a unos avances tecnológicos de primera importancia, a la conquista de mercados coloniales, a la transformación de los artesanos y campesinos en ejércitos de trabajadores asalariados...

La quiebra de la Bolsa de Nueva York en 1929, que anunció la crisis más importante del capitalismo en declive, dejó en la sombra a todas las crisis especulativas del siglo xix. Durante "los años locos" de 1920, el valor de las acciones de la Bolsa neoyorquina, la más importante del mundo, se habían multiplicado por cinco. El capitalismo mundial no había superado la catástrofe de la Primera Guerra mundial y en el país que se había convertido en el más rico del mundo, la burguesía buscaba salidas en la especulación bursátil.

Pero el "jueves negro", 24 de octubre de 1929, fue el desplome total. Las ventas convulsivas prosiguieron el "martes negro" de la semana siguiente. Y la Bolsa siguió hundiéndose hasta 1932; entonces, los títulos habían perdido 89 % de lo que su valor máximo de 1929. Habían bajado a unos niveles nunca vistos desde el siglo xix. El nivel máximo del valor de las acciones de 1929 ¡no sería alcanzado hasta 1954!

Durante ese tiempo, el sistema bancario de EEUU que había prestado dinero para comprar títulos se desmoronó a su vez. Aquel desastre anunció la Gran Depresión de los años 1930, la crisis más profunda que jamás haya conocido el capitalismo. El PIB de EEUU se dividió por dos. Se echaron al desempleo a 13 millones de obreros con casi ningún auxilio. Un tercio de la población quedó sumida en la mayor pobreza. Los efectos se repercutieron por todo el planeta.

Y no hubo rebote económico como ocurría tras las crisis del siglo xix. La producción sólo se reanudó cuando la orientaron hacia la producción de armamento con vistas a preparar un nuevo reparto del mercado mundial en la riada de sangre imperialista de la Segunda Guerra mundial; en otras palabras, cuando los desempleados fueron transformados en carne de cañón.

La depresión de los años 1930 parece haber sido el resultado de 1929. En realidad, lo que hizo el crac de Wall Street fue precipitar la crisis, una crisis de sobreproducción crónica del capitalismo en su fase de decadencia: ahí radica la identidad entre la crisis de los 30 y la de hoy, iniciada a finales de los años 60.

La burguesía de los años 1950 y 1960 proclamó con suficiencia que había resuelto el problema de las crisis, reduciéndolas a una curiosidad histórica gracias a paliativos como la intervención del Estado en la economía en el plano nacional e internacional, mediante la financiación de los déficits y la imposición progresiva. La crisis mundial de sobreproducción, para desesperación de la clase dominante, volvió a aparecer a finales de los años 60.

Desde hace 40 años, la crisis ha ido dando tumbos de una depresión a otra, de una recesión abierta a otra más grave, de una quimérica mina de oro a otra. La crisis, desde los años 1968, no ha tenido la forma abrupta del crac de 1929.

En 1929, los expertos financieros de la burguesía tomaron medidas que no lograron contener la crisis financiera. Esas medidas no eran erróneas, pero los métodos que habían funcionado en las quiebras precedentes del sistema, como la de 1907 y el pánico que habían engendrado, ya no eran suficientes en el nuevo período. El Estado se negó a intervenir. Los tipos de interés aumentaron, se dejó que disminuyeran las reservas monetarias, que aumentaran las restricciones de créditos y que se desmoronara la confianza en el sistema bancario y crediticio. Las leyes arancelarias Smoot-Hawley, en EEUU, impusieron barreras a las importaciones, lo cual provocó la baja del comercio mundial, empeorando así la depresión.

En los últimos 40 años, la burguesía ha aprendido a usar los mecanismos estatales reduciendo los tipos de interés, inyectando liquidez en el sistema bancario para encarar las crisis financieras. Ha sido capaz de "acompañar" la crisis, pero a costa de una sobrecarga del sistema capitalista de una montaña de deudas. El declive ha sido mucho más gradual que en los años 1930; sin embargo, los paliativos acaban gastándose y el sistema financiero es cada día más frágil. El aumento fenomenal de la deuda en la economía mundial durante la última década se revela en el crecimiento descomunal, en los mercados crediticios, de los hedge funds hoy ya tan famosos. Se estima que el capital de esos fondos ha subido de 491 mil millones de dólares en 2000 a 1 billón 745 mil millones en 2007 ([5]). Las transacciones financieras complicadas de esos fondos, secretas y no reguladas la mayoría de ellas, utilizan la deuda como una seguridad negociable en busca de ganancias a corto plazo. Se considera que los hedge funds han extendido las malas deudas por todo el sistema financiero, acelerando rápidamente la crisis financiera actual.

Le keynesianismo, sistema de financiación del déficit por el Estado para así mantener el pleno empleo, fue desapareciendo con la inflación galopante de los años 1970 y las recesiones de 1975 y 1981. La "reaganomics" y el "thatcherismo" ([6]), medios para restaurar las ganancias mediante la reducción del salario social, la reducción de impuestos, dejando que quebraran las empresas no rentables, provocando un desempleo masivo, se extinguieron con el crac bursátil de 1987, el escándalo de las Savings and Loans (Cajas de ahorros para la vivienda social) y la recesión de de 1991. A los "dragones" asiáticos se les apagaron las llamaradas en 1997, con deudas enormes. La revolución Internet, la "nueva economía", quedó al desnudo sin ningún ingreso aparente y el boom de sus acciones se desinfló en 1999. Después le llegó el turno al boom inmobiliario y del crédito en los últimos cinco años, y el uso de la gigantesca deuda externa de Estados Unidos para fomentar una demanda para la economía mundial y la expansión "milagrosa" de la economía china. Y ahora todo eso también se está poniendo en entredicho.

No puede predecirse cómo va a ser el declive que va a seguir la economía mundial, pero lo que sí es inevitable son las convulsiones crecientes y una austeridad cada día peor.

El capitalismo ha preparado
las condiciones del socialismo

En el volumen III de el Capital, Marx argumenta que el sistema del crédito desarrollado por el capitalismo reveló de manera embrionaria un nuevo modo de producción en el seno del antiguo. Al ampliar y socializar la riqueza, al quitársela de las manos a los miembros individuales de la burguesía, el capitalismo fue abriendo el camino para una sociedad en la que la producción podría centralizarse y ser controlada por los productores mismos y en el que la propiedad burguesa podría abolirse como anacronismo histórico:

"por consiguiente, el crédito acelera el desarrollo material de las fuerzas productivas y la instauración del mercado mundial, bases de la nueva forma de producción, que es misión histórica del régimen de producción capitalista implantar hasta cierto nivel. El crédito acelera al mismo tiempo las explosiones violentas de esta contradicción, que son las crisis, y con ellas los elementos para la disolución del régimen de producción vigente." ([7])

Ya hace ahora casi un siglo que las condiciones están maduras para que sean eliminados el reino de la burguesía y la explotación capitalista. Sin una respuesta radical del proletariado que lo lleve hacia el derrocamiento del capitalismo a escala mundial, las contradicciones de este sistema moribundo, la crisis económica en particular, se irán agravando más y más. El crédito sigue desempeñando un papel en la evolución de esas contradicciones, pero ya no lo es para la conquista del mercado mundial (ya hace mucho tiempo que el capitalismo y sus relaciones de producción dominan el mundo). Lo que, en cambio, sí ha permitido al capitalismo ese endeudamiento masivo de todos los Estados, es haber evitado caídas brutales de la actividad económica, pero no a cualquier precio. Y tras haber ocultado durante décadas el antagonismo entre el desarrollo de las fuerzas productivas y unas relaciones de producción capitalistas ya caducas, el abuso masivo y general del crédito, ("expresiones violentas de esa contradicción"), va a seguir con sobredosis masivas que acabarán destruyendo el cuerpo social. Esos sobresaltos, sin embargo, no significarán, ni mucho menos, que vaya a destruirse por sí sola la sociedad de clases, pero sí serán un incentivo para que el proletariado se ponga en movimiento.

Ahora bien, los revolucionarios siempre han puesto de relieve que es la crisis la que va a acelerar el proceso, ya iniciado, de toma de conciencia del atolladero que es el mundo actual. La crisis hará lanzarse a la lucha, cada vez más masivamente, a cantidad de sectores de la clase obrera lo que le permitirá a ésta multiplicar sus experiencias. Lo que está en juego en las experiencias futuras es la capacidad de la clase obrera para defenderse y afirmarse frente a las fuerzas de la burguesía, para tomar confianza en sus propias fuerzas y adquirir progresivamente la conciencia de que solo ella es la fuerza capaz de derribar el capitalismo.

Como, 29/10/2007


 


[1])  Según la revista de negocios británica The Economist, esa garantía era, en realidad, un bluf.

[2]) "Y no serán las peroratas de los "altermundistas" y demás denunciadores de la "financiarización" de la economía las que van a cambiar nada. Esas corrientes políticas desearían un capitalismo "limpio", "equitativo" que dejara de lado la especulación. En realidad ésta no se debe ni mucho menos a un "mal capitalismo" que "se olvidaría" de su responsabilidad de invertir en sectores realmente productivos. Como Marx lo dejó claro desde el siglo xix, la especulación es resultado de que, en la perspectiva de una ausencia de salidas suficientes para las inversiones productivas, los poseedores de capitales prefieren rentabilizarlos a corto plazo en una gigantesca lotería, una lotería que está transformando hoy el capitalismo en un casino planetario. Pretender que el capitalismo renuncie a la especulación en el periodo actual es tan realista como pretender que los tigres se hagan vegetarianos" (Resolución sobre la situación internacional adoptada por el XVIIe congreso de la CCI - Ver la Revista internacional n° 130).

[3]) Benjamin Bernanke, presidente de la FED, habla de los atrasos en el pago de las hipotecas y alquileres como actos de "delincuencia", algo así como un pecado contra Mammon, el demonio de la riqueza. Y por lo tanto, se ha castigado a los "criminales"... ¡con tipos de interés todavía más elevados!

[4]) No podemos tratar aquí la situación de los sin techo en el mundo. Según la Comisión de la ONU para los Derechos humanos, mil millones de personas carecen de un alojamiento adecuado, y 100 millones carecen de alojamiento sin más.

[5]) www.mcclatchydc.com

[6]) "Reaganomics", neologismo inglés para nombrar la política económica durante la presidencia de Reagan en EEUU en los años 80. Thatcher fue la primera ministra británica en esos mismos años.

[7])  El Capital, libro III, c. XXVII "El papel del crédito en la producción capitalista". FCE, México.

Octubre del 17 - La mayor experiencia revolucionaria de la clase obrera

 

Hace 90 años ocurrió uno de los acontecimientos más importantes de la historia de la humanidad. Mientras la Primera Guerra mundial todavía estaba devastando la mayor parte de los países avanzados, segando a generaciones enteras y hundiendo siglos de progreso de la civilización, el proletariado en Rusia reanimó con valentía las esperanzas de decenas de millones de seres humanos aplastados por la explotación y la barbarie bélica.

La matanza imperialista era testimonio de que, tras haber sido la condición del desarrollo de la civilización contra el sistema feudal, el capitalismo había pasado a la historia, no solo porque se había convertido en el obstáculo principal para cualquier desarrollo ulterior de la civilización, sino también porque era una amenaza para ésta. La Revolución de Octubre de 1917 demostró que el proletariado es efectivamente la clase capaz de derrocar la dominación capitalista y apoderarse de la dirección del planeta para conducirlo hacia una sociedad liberada de la explotación y de la guerra.

Cada sector de la clase dominante y de su aparato político va a celebrar ese aniversario según sus matices propios. Unos no lo recordarán para nada, lo ignorarán, prefiriendo hablar de cualquier tema espectacular como el drama de la pequeña Maddie McCann, la Copa del mundo de rugby o el porvenir de la monarquía en España. Otros lo evocarán, únicamente para repetir una vez más lo que nos han machacado hasta la náusea tras el hundimiento de la URSS y de su bloque, o sea que el estalinismo fue el hijo legítimo de la revolución, que cualquier intento por parte de los explotados de librarse de sus cadenas no puede engendrar sino terror y asesinatos en masa. Los demás, por fin, elogiarán la insurrección obrera del 17, a Lenin y a los bolcheviques que la encabezaron, para concluir que hoy en día la revolución ya no es necesaria o ya no es posible.

Los revolucionarios tienen la responsabilidad de luchar contra las mentiras que los defensores del orden capitalista derraman incansablemente para desviar a la clase obrera de su perspectiva revolucionaria. Eso es lo que hacemos nosotros en los artículos que publicamos a continuación. El primero tiene como objetivo esencial mostrar que la revolución no es un deseo piadoso, sino que es necesaria, posible y realizable. El segundo denuncia una de las mayores mentiras de la historia: la idea según la cual la sociedad existente en URSS sería una sociedad "socialista" puesto que abolió la propiedad individual de los medios de producción, mentira que compartieron de forma interesada tanto los sectores clásicos de la burguesía democrática como los estalinistas, y también los trotskistas, corriente política que se presenta como "revolucionaria", "comunista" y "antiestalinista".

Ese segundo artículo fue publicado por primera vez en 1946 en la revista Internationalisme por el grupo de la Izquierda comunista de Francia, precursor de la CCI, y lo volvimos a publicar en la Revista internacional no 61, en 1990. Es un artículo un poco difícil, lo que justificó la redacción de una presentación ([1]) que también publicamos. Añadimos también unas cuantas notas al artículo de 1946 en la medida en que hace referencia a hechos o a organizaciones que no podrán recordar muy bien las nuevas generaciones que hoy, sesenta años después, se interesan por la reflexión comunista. La CCI ha dedicado evidentemente varios artículos más a un acontecimiento tan importante como la Revolución de 1917, y esperamos que los artículos que aquí publicamos sean una incitación para leerlos ([2]).

Las masas obreras se apoderan de su destino

En las discusiones, hay jóvenes que nos dicen a menudo: "Es verdad que todo va muy mal, que cada vez hay más miseria y guerras, que nuestras condiciones de vida empeoran, que está amenazado el porvenir del planeta. Se ha de hacer algo, ¿pero qué? ¿Una revolución? Eso es imposible, es utópico". Esa es la gran diferencia entre mayo del 68 y hoy. En 1968, la idea de revolución estaba presente por todas partes y eso que la crisis solo empezaba a golpear. La quiebra del capitalismo es algo evidente, pero existe hoy un gran escepticismo en cuanto a la posibilidad de cambiar el mundo. Los conceptos de comunismo, de lucha de clases, suenan como un sueño de otros tiempos. Parece que estaría ya pasado de moda hablar de clase obrera y de burguesía.

Existe sin embargo en la historia una respuesta a esas dudas. Por su actuación, el proletariado ha dado la prueba hace noventa años de que se puede cambiar el mundo. La Revolución de Octubre en Rusia, la mayor acción de las masas explotadas hasta ahora, mostró que la revolución no solo es necesaria sino que ¡es posible!

La fuerza de Octubre del 17: el desarrollo de la conciencia...

Las mentiras que la clase dominante vuelca sobre ese acontecimiento no cesan. Obras como El Fin de una ilusión o el Libro negro del comunismo no hacen más que retomar por su cuenta una propaganda ya existente en aquellos tiempos: la revolución habría sido un mero golpe de los bolcheviques, Lenin un agente del imperialismo alemán, etc. Los burgueses consideran que las revoluciones obreras no son más que actos de locura colectiva, caos horrorosos que acaban espantosamente ([3]). La ideología burguesa no puede aceptar que los explotados puedan actuar por cuenta propia. La acción colectiva, solidaria y consciente de la mayoría trabajadora es una noción que para el pensamiento burgués es una utopía antinatural.

Sin embargo, mal que les pese a nuestros explotadores, la realidad muestra que en 1917, la clase obrera supo levantarse colectiva y conscientemente contra este sistema inhumano. Demostró que los obreros no son bestias de carga que solo valen para obedecer y trabajar. Muy al contrario, los acontecimientos revolucionarios revelaron las capacidades gigantescas y a menudo insospechadas del proletariado, liberando un río de energías creadoras y una prodigiosa dinámica de cambios colectivos de las conciencias. Así resume John Reed la efervescencia e intensidad de la vida de los proletarios durante el año 1917:
"Toda Rusia aprendía a leer y efectivamente leía libros de economía, de política, de historia, leía porque la gente quería saber (...) La sed de instrucción tanto tiempo frenada abrióse paso al mismo tiempo que la revolución con fuerza espontánea. En los primeros seis meses de la Revolución tan sólo del Instituto Smolny se enviaban a todos los confines del país toneladas, camiones y trenes de publicaciones. (...) Luego la palabra. Conferencias, controversias, discursos en los teatros, circos, escuelas, clubs, cuarteles, salas de los Soviets. Mítines en las trincheras del frente, en las plazuelas aldeanas, en los patios de las fábricas. ¡Qué asombroso espectáculo ofrece la fábrica Putilov cuando de sus muros salen en compacto torrente 40 000 obreros para oír a los socialdemócratas, eseristas, anarquistas, o quien sea, hable de lo que hable y por mucho tiempo que hable! Surgían discusiones y mítines espontáneos en los trenes, en los tranvías, en todas partes (...) Las tentativas de limitar el tiempo de los oradores fracasaban estrepitosamente en todos los mítines y cada cual tenía la plena posibilidad de expresar todos sus sentimientos e ideas" ([4]).

La "democracia" burguesa habla mucho de la "libertad de expresión", mientras la experiencia nos confirma que todo en ella es manipulación, teatro y lavado de cerebro. La auténtica libertad de expresión es la que conquistan las masas obreras en su acción revolucionaria:
"En cada fábrica, en cada taller, en cada compañía, en cada café, en cada cantón, incluso en la aldea desierta, el pensamiento revolucionario realizaba una labor callada y molecular. Por doquier surgían intérpretes de los acontecimientos, obreros a los cuales podía preguntarse la verdad de lo sucedido y de quienes podía esperarse las consignas necesarias (...) Estos elementos de experiencia, de crítica, de iniciativa, de abnegación, iban impregnando a las masas y constituían la mecánica interna, inaccesible a la mirada superficial, y sin embargo decisiva, del movimiento revolucionario como proceso consciente" ([5]).

Esa capacidad de la clase obrera a entrar colectiva y conscientemente en lucha no es un milagro repentino: es fruto de muchas luchas y de una larga reflexión subterránea. Marx y Engels hicieron la comparación entre la clase obrera y un topo que excava lentamente su camino para surgir de repente más lejos. En la insurrección de Octubre del 17 está el sello de las experiencias de la Comuna de París de 1871 y de la Revolución de 1905, de las batallas políticas de la Liga de los comunistas, de la Primera y de la Segunda internacionales, de la Izquierda de Zimmerwald, de los espartaquistas en Alemania y del Partido bolchevique en Rusia. La Revolución rusa es evidentemente una respuesta a la guerra, al hambre y a la barbarie del zarismo moribundo, pero también es una respuesta consciente, guiada por una continuidad histórica y mundial del movimiento obrero. Concretamente, los obreros rusos habían vivido antes de la insurrección victoriosa las grandes luchas de 1898, la Revolución de 1905 y las batallas de 1912-14.

"Era necesario contar no con una masa como otra cualquiera, sino con la masas de los obreros petersburgueses y de los obreros rusos en general, que había pasado por la experiencia de la revolución de 1905, por la insurrección de Moscú del mes de diciembre del mismo año, y era necesario que en el seno de esa masa hubiera obreros que hubiesen reflexionado sobre la experiencia de 1905, que se asimilaran la perspectiva de la revolución, que meditaran docenas de veces acerca de la cuestión del ejército" ([6]).

Así Octubre de 1917 fue la cumbre de un proceso largo de toma de conciencia de las masas obreras que se concretó, en vísperas de la insurrección, en una atmósfera profundamente fraterna entre los obreros. Ese ambiente es perceptible, casi palpable, en esas líneas de Trotski:
"Las masas sentían la necesidad de hallarse juntas; cada cual quería someter a prueba sus juicios a través de los demás, y todos observaban, atenta e intensamente, cómo una misma idea giraba en su conciencia, con sus distintos rasgos y matices. (...) Aquellos meses de febril vida política habían educado a centenares y miles de trabajadores que estaban acostumbrados a observar la política desde abajo y no desde arriba... La masa ya no toleraba en sus filas a los vacilantes, a los neutrales; afanábase por atraer, por persuadir, por conquistar a todo el mundo. Fábricas y regimientos mandaban delegados al frente. Las trincheras se ponían en relación con los obreros y campesinos del frente interior inmediato. En las ciudades del frente se celebraban innumerables mítines y conferencias en que soldados y marinos coordinaban su acción con obreros y campesinos" ([7]).

Gracias a esa efervescencia de los debates, los obreros pudieron ganarse efectivamente soldados y campesinos. La Revolución del 17 corresponde al ser mismo de la clase obrera, clase explotada a la vez que revolucionaria que no puede emanciparse si no es capaz de actuar de forma colectiva y consciente. La lucha colectiva del proletariado es la única esperanza de liberación para todas las masas explotadas. La política burguesa siempre aprovecha a una minoría de la sociedad. Al contrario, la política del proletariado no busca un beneficio particular sino el del conjunto de la humanidad.
"El proletariado ya no puede emanciparse de la clase que le explota y oprime sin emancipar, al mismo tiempo y para siempre, a la sociedad entera de la explotación" ([8]).

... y de la organización de la clase obrera

Esa efervescencia de discusión, esa sed de acción y de reflexión colectivas se materializaron muy concretamente en los soviets (o consejos obreros), permitiendo a los obreros organizarse y luchar como clase unida y solidaria.

La jornada del 22 de octubre convocada por el Soviet de Petrogrado selló definitivamente la insurrección: se organizaron mítines y asambleas en todos los barrios, en todas las fábricas y se tomó masivamente una decisión: "¡Abajo Kerenski!", "¡Todo el poder para los soviets!". Fue un acto grandioso en el que obreros, empleados, soldados, muchos cosacos, mujeres, niños, sellaron abiertamente su compromiso con la insurrección.

"La insurrección fue determinada, por decirlo así, para una fecha fija: el 25 de octubre. Y no fue fijada en una sesión secreta, sino abierta y públicamente, y la revolución triunfante se hizo precisamente el 25 de octubre (6 de noviembre), como había sido establecido de antemano. La historia universal conoce un gran número de revueltas y revoluciones: pero buscaríamos en ella otra insurrección de una clase oprimida que hubiera sido fijada anticipada y públicamente para una fecha señalada, y que hubiera sido realizada victoriosamente en el día indicado de antemano. En este sentido y en varios otros, la Revolución de Octubre es única e incomparable" ([9]).

El proletariado se dio los medios de tener la fuerza necesaria -armamento general de los obreros, formación del Comité militar revolucionario, insurrección- para que el Congreso de los soviets pudiera tomar efectivamente el poder.

En toda Rusia, mucho más allá que Petrogrado, una infinidad de soviets locales llamaban a la toma del poder o lo tomaban efectivamente, confirmando el triunfo de la insurrección. El Partido bolchevique sabía perfectamente que la revolución no era cosa ni del partido únicamente ni únicamente de los obreros de Petrogrado, sino del proletariado entero. Los acontecimientos fueron la prueba de que Lenin y Trotski habían tenido razón al considerar que los soviets, desde que surgieron espontáneamente durante las huelgas de masas de 1905, eran "la forma por fin encontrada de la dictadura del proletariado". En 1917, esa organización unitaria del conjunto de la clase en lucha desempeñó, a través de la generalización de asambleas soberanas y su centralización por delegados elegidos y revocables en cualquier momento, un papel político esencial y determinante en la toma de poder, cuando los sindicatos no tuvieron ninguno.

Al lado de los soviets hubo otra forma de organización que desempeñó un papel fundamental cuando no vital para el triunfo de la insurrección: el Partido bolchevique. Los soviets permitieron a toda la clase obrera luchar colectivamente, y el partido -que organizaba por su parte la fracción más consciente y determinada- tuvo la responsabilidad de participar activamente en la lucha favoreciendo el desarrollo más amplio y profundo de la conciencia y orientando de forma decisiva por sus consignas la actividad de la clase. Las masas son las que toman el poder, los soviets son los que lo organizan, pero el partido de clase sigue siendo un arma indispensable de la lucha. En julio del 17, fue el partido el que evitó una derrota a la clase ([10]). También fue él quien encaminó a la clase hacia la toma de poder en octubre. Sin embargo, la Revolución de Octubre demuestra concretamente que el partido ni puede ni debe sustituir a los soviets: por indispensable que sea la dirección política que asume, tanto durante la lucha por el poder como durante la dictadura del proletariado, su tarea no es, sin embargo, la toma del poder. El poder no ha de ser asumido por una minoría -por consciente que sea-, sino por el conjunto de la clase obrera a través del único organismo que la representa como un todo: los soviets. La Revolución rusa fue sobre este aspecto una experiencia dolorosa puesto que el partido fue ahogando poco a poco la vida y la efervescencia de los consejos obreros. Ni Lenin ni los demás bolcheviques, como tampoco los espartaquistas en Alemania, eran muy claros sobre esta cuestión en 1917, y tampoco podían serlo. No se ha de olvidar que Octubre de 1917 fue la primera experiencia para la clase obrera de una insurrección triunfante a nivel de un país entero.

La revolución internacional no es el pasado, sino el porvenir de la lucha de clases

"La Revolución rusa no es sino un destacamento del ejército socialista mundial, y el triunfo de la revolución que hemos realizado depende de la acción de ese ejército. Esto es algo que ninguno de nosotros olvida. (...) El proletariado ruso tiene conciencia de su aislamiento revolucionario, y sabe que su victoria tiene como condición indispensable y premisa fundamental: la intervención unida de los obreros del mundo entero" (Lenin, 23 de julio de 1918).

Quedaba claro para los bolcheviques que la Revolución rusa no era sino el primer acto de la revolución internacional. La insurrección de Octubre del 17 fue la avanzadilla de una oleada revolucionaria mundial, con un proletariado que llevó a cabo unas luchas formidables que casi echan abajo el capitalismo. En 1917, logró acabar con el poder burgués en Rusia. Entre 1918 y 1923, lo asaltó varias veces en el principal país europeo, Alemania. Esa oleada revolucionaria mundial tuvo repercusiones en el mundo entero. Allí en donde existía una clase obrera desarrollada, los obreros se levantaban y luchaban contra los explotadores, de Italia a Canadá, de Hungría hasta China.

Este impulso y esta unidad de la clase obrera a escala internacional no fueron una casualidad. Ese sentimiento común de pertenecer, por todas partes, a la misma clase y a la misma lucha corresponde al ser del proletariado. Sea cual sea el país, la clase obrera sufre el mismo yugo de la explotación, y enfrente tiene a la misma clase dominante y el mismo sistema de explotación. Esta clase de explotados forma una cadena que atraviesa los continentes, cada victoria y cada derrota de uno de sus eslabones afecta inevitablemente a los demás. Por ello la teoría comunista desde sus orígenes, puso en primera línea de sus principios el internacionalismo proletario y la solidaridad de todos los obreros del mundo. "Proletarios del mundo entero, ¡uníos!", fue la consigna del Manifiesto comunista redactado por Marx y Engels. Ese mismo Manifiesto afirma claramente que "los proletarios no tienen patria". La revolución del proletariado, única capaz de acabar con la explotación del hombre por el hombre, no puede realizarse sino a escala internacional. Esa es la realidad que se expresó fuertemente desde 1847:
"la revolución comunista no será una revolución puramente nacional, sino que se producirá simultáneamente en todos los países civilizados (...) Ejercerá igualmente una influencia considerable en los demás países del mundo, modificará de raíz y acelerará extraordinariamente su anterior marcha del desarrollo. Es una revolución universal y tendrá, por eso, un ámbito universal" ([11]).

La dimensión internacional de la oleada revolucionaria de los años 1917-23 pone de manifiesto que el internacionalismo proletario no es un bello y gran principio abstracto, sino, al contrario, una realidad tangible. Frente al nacionalismo sanguinario de la burguesía revolcándose en la barbarie de la Primera Guerra mundial, la clase obrera fue capaz de oponer su lucha y su solidaridad internacional. "No hay socialismo fuera de la solidaridad internacional del proletariado", ese fue el mensaje fuerte y claro de las octavillas que se repartían en las fabricas en Alemania ([12]). La victoria de la insurrección de Octubre del 17, que contenía la amenaza de la extensión de la revolución a Alemania, obligó a la burguesía a acabar con ese ignominioso río de sangre que fue la Primera Guerra mundial, acallando los antagonismos imperialistas que la habían desgarrado durante cuatro años para oponer un frente unido y atajar la oleada revolucionaria.

La oleada revolucionaria del siglo pasado fue el punto culminante alcanzado por la humanidad hasta hoy. Contra el nacionalismo y la guerra, contra la explotación y la miseria del mundo capitalista, el proletariado supo ofrecer otra perspectiva, su perspectiva: la del internacionalismo y de la solidaridad entre todas las capas oprimidas. La Revolución de Octubre del 17 demostró la fuerza de la clase obrera. Por primera vez, una clase explotada tuvo la valentía y la capacidad de arrancar el poder de manos de los explotadores e inaugurar la revolución proletaria mundial. Aunque fue pronto derrotada, en Berlín, Budapest y Turín, y aunque el proletariado ruso pagase terriblemente esa derrota -los horrores de la contrarrevolución estalinista, una Segunda Guerra mundial y la barbarie que no ha cesado desde entonces-, la burguesía sigue sin ser capaz de borrar completamente de la memoria obrera el recuerdo exaltador y las lecciones de Octubre. La monstruosidad de las falsificaciones de la burguesía sobre ese acontecimiento es paralela al terror que éste le provocó. La memoria de Octubre sigue recordando al proletariado que el destino de la humanidad está en sus manos y que es capaz de cumplir esa gigantesca tarea. ¡La revolución internacional sigue siendo como nunca el porvenir!

Pascale



[1]) La presentación de ese segundo artículo la firmó MC, compañero que falleció a finales de ese mismo año. Fue el último artículo que firmó para nuestra Revista, y expresa el vigor de pensamiento que conservó hasta la muerte. El que el compañero, que fue el principal animador de la Izquierda comunista de Francia (GCF), haya vivido directamente la Revolución de 1917 en su ciudad natal de Kishinev, le da un valor particular a ese documento, cuando se conmemoran los 90 años de esa revolución (sobre MC, véase nuestro articulo "Marc", en los nos 65 y 66 de la Revista internacional).

[2]) Se trata esencialmente de nuestro folleto Octubre del 17, inicio de la revolución mundial y de los artículos publicados en la Revista internacional (nos 12, 13, 51, 89, 90 y 91).

[3]) Anastasia, película de dibujos animados de Don Bloth y Gary Goldman, que presenta la Revolución rusa como un golpe de Rasputín que habría hechizado al pueblo ruso, es una caricatura grosera, ¡pero muy reveladora!

[4]) J. Reed, Diez días que estremecieron al mundo.

[5]) Trotski, Historia de la Revolución rusa.

[6]) Trotski, op. cit.

[7]) Trotski, op. cit.

[8]) Engels, "Prólogo" de 1883 al Manifiesto comunista.

[9]) Trotski, La Revolución de noviembre, 1919.

[10]) Léase nuestro articulo "Las Jornadas de julio: el papel indispensable del partido" en el sitio Web internationalism.org.

[11]) Engels, Principios del comunismo.

[12]) Fórmula de Rosa Luxemburg en la Crisis de la socialdemocracia, citada en muchas hojas espartaquistas.

La experiencia rusa - Propiedad privada y propiedad colectiva

  Introducción de la CCI

El artículo que aquí traducimos fue publicado originalmente por el grupo de la Izquierda comunista de Francia (GCF) en el número 10 de la revista lnternationalisme (mayo 1946). Internationalisme se sitúa políticamente como continuación de Bilan y Octobre, publicaciones de la Izquierda comunista internacional antes del estallido de la Primera Guerra mundial. Pero Internationalisme no es una simple continuación, sino un enriquecimiento y desarrollo respecto a Bilan.

La cuestión rusa va a estar en el centro de los debates y las preocupaciones del medio político proletario desde principios de los años 30, y estos debates se irán intensificando durante la guerra y los primeros años de la posguerra. En líneas generales, pueden despejarse cuatro análisis divergentes de estos debates.

1) Aquellos que niegan cualquier carácter proletario a la Revolución de Octubre de 1917 y al Partido bolchevique, y para los que la Revolución rusa no fue más que una revolución burguesa. Los principales defensores de este análisis fueron los grupos partidarios del movimiento consejista, en particular Pannekoek y la Izquierda holandesa.

2) En el extremo opuesto encontramos a la Oposición de izquierda de Trotski, para la que, a pesar de toda la política contrarrevolucionaria del estalinismo, Rusia guarda las conquistas fundamentales de la revolución proletaria de Octubre: expropiación de la burguesía, paso a la planificación estatal de la economía, monopolio del comercio exterior; y consecuentemente, el régimen en Rusia sigue siendo un Estado-obrero, eso sí, en degeneración, y como tal debe ser defendido cada vez que entre en conflicto armado con otras potencias; y el deber del proletariado ruso y mundial es defenderlo incondicionalmente.

3) Una tercera posición "anti-defensista" estaba basada en un análisis del régimen en Rusia según el cual este régimen y su Estado no eran "ni capitalista, ni obrero", sino un "régimen colectivista burocrático". Este análisis pretendía ser un complemento a la alternativa marxista (barbarie capitalista o revolución proletaria por una sociedad socialista), añadiendo una tercera vía, la de una nueva sociedad - no prevista por el marxismo -, la sociedad burocrática anticapitalista ([1]). Esta nueva corriente encontrará sus adeptos en las filas del trotskismo antes y durante la guerra, y, en 1948, romperá con el trotskismo para alumbrar el grupo Socialismo o barbarie bajo la "honorable" dirección de Chaulieu-Castoriadis ([2]).

4) La Fracción italiana de la Izquierda comunista internacional combatirá enérgicamente esta teoría aberrante de una "tercera alternativa", que pretendía aportar una "corrección", una "innovación" al marxismo. Pero al no llegar a hacer un análisis propio adecuado de la realidad de la evolución del capitalismo decadente, preferirá -en espera de ese análisis- atenerse a la tierra firme de la fórmula clásica: capitalismo = propiedad privada, limitación de la propiedad privada = marcha hacia el socialismo, que se traducía por lo que respecta al régimen ruso en esta otra fórmula: persistencia del Estado obrero degenerado con una política contrarrevolucionaria y no defensa de Rusia en caso de guerra.

Esta fórmula contradictoria, híbrida y que abre la puerta a toda clase de confusiones peligrosas, ya había suscitado críticas en el seno de la Fracción italiana en vísperas de la guerra, pero estas críticas se vieron suplantadas por una cuestión mucho más urgente, a saber: la perspectiva del estallido de una guerra imperialista generalizada, que la dirección de la Fracción (tendencia Vercesi) negaba ([3]).

La discusión sobre la naturaleza de clase de la Rusia estalinista fue reanudada, durante la guerra, por la Fracción italiana reconstituida en el sur de Francia en 1940 (reconstitución que se hizo sin la tendencia Vercesi que negaba toda posibilidad de existencia y de vida de una organización revolucionaria en nombre de la teoría de la desaparición social del proletariado durante esa guerra). Esta discusión rechazó rápida y categóricamente todas las ambigüedades y los sofismas contenidos en la posición sobre el Estado obrero degenerado defendida por la Fracción antes de la guerra, y enunció el análisis del Estado estalinista como capitalismo de Estado ([4]).

Pero fue sobre todo la GCF la que, a partir de 1945, en su revista Internationalisme, profundizó y amplió la noción de capitalismo de Estado en Rusia, integrándola en una visión global de una tendencia general del capitalismo en su período de decadencia.

El artículo que aquí publicamos, forma parte de los numerosos textos de Internationalisme dedicados al problema del capitalismo de Estado.

El artículo dista mucho de zanjar la cuestión por sí solo, pero al publicarlo queremos mostrar, además de su interés innegable, la continuidad y el desarrollo del pensamiento y de la teoría en el movimiento de la Izquierda comunista internacional, del que nos reivindicamos.

Internationalisme terminó definitivamente con el "misterio" del Estado estalinista en Rusia, al poner en evidencia la tendencia histórica general hacia el capitalismo de Estado, de la que el estalinismo formaba parte.

Igualmente puso en evidencia las especificidades del capitalismo de Estado ruso que, lejos de expresar "una transición de la dominación formal a la dominación real del capitalismo", como estúpidamente pretenden nuestros disidentes de la FECCI ([5]), tiene sus raíces en el hecho de haber surgido del triunfo de la contrarrevolución estalinista después de que la Revolución de Octubre hubiera aniquilado a la antigua clase burguesa.

Pero Internationalisme no tuvo tiempo de llevar más lejos su análisis del capitalismo de Estado, y particularmente sobre los límites objetivos de esa tendencia. Incluso si Internationalisme pudo escribir: "La tendencia económica hacia el capitalismo de Estado, aún no pudiéndose consumar en una socialización y una colectivización en la sociedad capitalista, es sin embargo una tendencia bien real..." (Internationalisme, n° 9), eso no significa que llevara el análisis hasta las razones, hasta los límites que impiden que "se pueda consumar". A la CCI le ha tocado abordar esta cuestión en el marco trazado por Internationalisme.

Nos corresponde demostrar que el capitalismo de Estado, lejos de resolver las contradicciones insuperables del período de decadencia, no hace sino añadir nuevas contradicciones, nuevos factores que agravan finalmente la situación del capitalismo mundial. Uno de estos factores es la creación de una masa cada vez más pletórica de capas improductivas y parasitarias, una irresponsabilización creciente de los agentes del Estado que, paradójicamente, son los encargados de dirigir, orientar y gestionar la economía.

El hundimiento reciente del bloque estalinista, la multiplicación de los escándalos de corrupción que reinan en todos los aparatos de Estado del mundo entero, aportan la confirmación del parasitismo de toda la clase dominante. Es absolutamente necesario proseguir ese trabajo de investigación y de puesta en evidencia de la tendencia al parasitismo, a la irresponsabilidad de todos los altos funcionarios, tendencia acelerada con el régimen de capitalismo de Estado.

M. C.


Internationalisme n° 10 - Gauche communiste de France, 1946

No puede ya quedar ninguna duda: la primera experiencia de revolución proletaria, tanto por sus adquisiciones positivas, pero más todavía por las enseñanzas negativas que comporta, está en la base de todo el movimiento obrero moderno. En tanto no se haga el balance de esta experiencia y sus enseñanzas salgan a la luz y se asimilen, la vanguardia revolucionaria y el proletariado estarán condenados a marcar el paso sin avanzar.

Incluso suponiendo lo imposible, es decir que el proletariado se haga con el poder, por un juego de circunstancias milagrosamente favorables, no podría mantenerlo en esas condiciones. En un lapso muy corto perdería el control de los acontecimientos y la revolución no tardaría en encarrilarse en las vías de vuelta al capitalismo.

Los revolucionarios no pueden contentarse simplemente con tomar posición respecto a la Rusia de hoy. El problema de la defensa o la no-defensa de Rusia ya hace tiempo que ha dejado de ser un debate en el campo de la vanguardia.

La guerra imperialista de 1939-45 en la que Rusia ha demostrado ser, a la vista de todo el mundo, una potencia imperialista, la más rapaz, la mas sanguinaria, ha transformado definitivamente a los defensores de Rusia, cualesquiera que sean las formas como se presenten, en agencias y prolongaciones políticas del Estado imperialista ruso entre el proletariado; del mismo modo que la guerra imperialista de 1914-18 reveló la integración definitiva de los partidos socialistas en los Estados capitalistas nacionales.

No se trata de volver sobre esa cuestión en este estudio. Ni tampoco sobre la naturaleza del Estado ruso, que la tendencia oportunista en el seno de la Izquierda comunista internacional aún intenta representar como "una naturaleza proletaria con función contrarrevolucionaria", como un "Estado obrero degenerado". Creemos haber terminado con este sofisma sutil de una pretendida oposición que existiría entre la naturaleza proletaria y la función contrarrevolucionaria del Estado ruso, y que, en lugar de aportar el menor análisis y explicación sobre la evolución de Rusia, lleva directamente al refuerzo del estalinismo, del Estado capitalista ruso y del capitalismo internacional. Podemos constatar además que después de nuestro estudio y polémica contra esa concepción, en el nº 6 del Boletín internacional de la Fracción italiana en junio de 1944, los defensores de esa teoría no han osado volver a la carga abiertamente. La Izquierda comunista de Bélgica ha hecho saber oficialmente que rechaza esa concepción. El PCInt de Italia parece que aún no ha tomado posición. Aunque no encontramos una defensa abierta metódica de esa concepción errónea, tampoco encontramos un rechazo explícito. Lo que explica que en las publicaciones del PCInt de Italia encontremos constantemente los términos de "Estado obrero degenerado" cuando se trata del Estado capitalista ruso.

Es evidente que no se trata de una simple cuestión de terminología, sino de la subsistencia de un falso análisis de la sociedad rusa, de una falta de precisión teórica que encontramos igualmente en otras cuestiones políticas y programáticas.

El objeto de nuestro estudio se dirige exclusivamente a sacar lo que nos parece que son las enseñanzas fundamentales de la experiencia rusa. No es una historia de los acontecimientos que se desarrollaron en Rusia lo que nos proponemos hacer, cualquiera que sea su importancia. Un trabajo semejante exige un esfuerzo que está más allá de nuestra capacidad. Lo que queremos es intentar un ensayo sobre esa parte de la experiencia rusa que, más allá del marco de una situación histórica contingente, muestra una enseñanza válida para todos los países y el conjunto de la revolución social por venir. Con ello queremos participar y aportar nuestra contribución al estudio de cuestiones fundamentales cuya solución no puede venir sino del esfuerzo de todos los grupos revolucionarios a través de una discusión internacional.

Propiedad privada y propiedad colectiva

El concepto marxista según el cual la propiedad privada de los medios de producción es el fundamento de la producción capitalista, y por tanto, de la sociedad capitalista, parecía contener la otra formula: la desaparición de la propiedad privada de los medios de producción equivaldría a la desaparición de la sociedad capitalista También encontramos en toda la literatura marxista la fórmula de la desaparición de la propiedad privada de los medios de producción como sinónimo de socialismo. Ahora bien, el desarrollo del capitalismo, o más exactamente el capitalismo en su fase decadente, nos presenta una tendencia más o menos acentuada, pero igualmente generalizada en todos los sectores, hacia la limitación de la propiedad privada de los medios de producción, hacia su nacionalización.

Pero las nacionalizaciones no son el socialismo, y no nos detendremos aquí para demostrarlo. Lo que nos interesa es la tendencia misma y su significado desde el punto de vista de clase.

Si concebimos que la propiedad privada de los medios de producción es la base fundamental de la sociedad capitalista, toda constatación de una tendencia hacia la limitación de esa propiedad nos conduce a una contradicción insuperable, a saber: el capitalismo atenta contra su propia condición, se dedica él mismo a sabotear su propia base.

Sería vano jugar con las palabras y especular sobre las contradicciones inherentes al régimen capitalista. Cuando hablamos por ejemplo de la contradicción mortal del capitalismo, a saber: que éste, para desarrollar su producción, necesita conquistar nuevos mercados, pero que a medida que adquiere esos nuevos mercados y los incorpora a su sistema de producción, está destruyendo el mercado sin el cual no puede vivir, señalamos una contradicción real, que surge del desarrollo objetivo de la producción capitalista, independiente de su voluntad e insoluble para el capitalismo. Es lo mismo cuando citamos la guerra imperialista y la economía de guerra, en la que el capitalismo, por sus contradicciones internas, produce su autodestrucción.

Y así para todas las contradicciones objetivas en las que evoluciona el régimen capitalista.

Pero es diferente respecto a la propiedad privada de los medios de producción, pues en ello no vemos qué fuerzas obligarían al capitalismo a implicarse, deliberada y conscientemente, en la formación de una estructura que representaría un atentado contra su naturaleza, contra su esencia misma.

En otros términos, al declarar la propiedad privada de los medios de producción como naturaleza del capitalismo, se está proclamando al mismo tiempo que fuera de esa propiedad privada el capitalismo no puede subsistir, y de este modo lo que se está afirmando es que toda modificación para limitar esa propiedad privada, significaría limitar el capitalismo, modificándolo en un sentido no capitalista, opuesto al capitalismo, anticapitalista. Una vez más, no se trata del tamaño de esta limitación; no se trata de refugiarse en cálculos cuantitativos o que quieran demostrar que de lo que se trata es únicamente de una pequeña limitación sin importancia; eso seria esquivar la cuestión. Y encima sería falso, puesto que bastaría citar la amplitud de la tendencia a la limitación en los países totalitarios y en Rusia, en donde afecta a todos los medios de producción, para convencerse. De lo que se trata, no es del tamaño, sino de la naturaleza misma de la tendencia.

Si la tendencia a la liquidación de la propiedad privada significase realmente una tendencia anticapitalista, llegaríamos a la sorprendente conclusión de que, ya que tal tendencia se opera bajo la dirección del Estado, el propio Estado capitalista acabaría siendo agente de su propia destrucción.

A esta teoría del Estado capitalista-anticapitalista se apuntan todos los protagonistas "socialistas" de las nacionalizaciones, del dirigismo económico, y todos los hacedores de "planes", que sin ser agentes conscientes del reforzamiento del capitalismo, sí son, sin embargo, reformadores al servicio del capital.

Los trotskistas, cuyas seseras también carecen de raciocinio, están evidentemente a favor de esta limitación de la propiedad privada, pues todo aquello que se opone a la naturaleza capitalista, debe ser forzosamente de carácter proletario. Son quizás un poco escépticos, pero consideran criminal descartar cualquier posibilidad. Las nacionalizaciones son, para ellos, en todo caso, un debilitamiento de la propiedad privada capitalista. Aunque no las califiquen -como hacen estalinistas y socialistas- de "islotes de socialismo" en régimen capitalista, están sin embargo convencidos de que son "progresistas". Tan astutos como ellos son, cuentan con que sea el Estado capitalista quien se encargue de lo que le correspondería hacer al proletariado tras la revolución. "Mira, algo ya hecho y que nos evitamos hacer", se dicen, frotándose las manos, satisfechos de haber timado al Estado capitalista.

Pero "¡eso es reformismo!" clama el comunista de izquierda, tipo Vercesi. Y en plan "marxista", el comunista de izquierda estilo Vercesi, se pone no a explicar el fenómeno, sino a negarlo simple y llanamente, demostrando, por ejemplo, que las nacionalizaciones ni existen, ni pueden existir, y que no son más que una invención, una mentira demagógica de los reformistas.

Pero, ¿a qué viene esta indignación, a primera vista, sorprendente? ¿por qué esa obstinación en la negación? Pues porque su punto de partida es común con los reformistas, dado que en él reside toda su teoría del carácter proletario de la sociedad rusa. Y puesto que comparten el mismo criterio para apreciar la naturaleza de clase de la economía, el reconocimiento de tal tendencia en los países capitalistas les lleva al reconocimiento de una transformación evolutiva del capitalismo al socialismo.

No por que se atengan a la fórmula "marxista" sobre la propiedad privada, sino por que, precisamente, se encuentran aprisionados por esa fórmula, o más exactamente, por su caricatura extrema. Es decir, que la idea de que la ausencia de propiedad privada de los medios de producción es el criterio que determina la naturaleza proletaria del Estado ruso, no les deja más salida que negar la tendencia y la posibilidad de la limitación de la propiedad privada de los medios de producción en el régimen capitalista. En vez de observar el desarrollo objetivo y real del capitalismo y su tendencia hacia el capitalismo de Estado, y rectificar su posición sobre la naturaleza del Estado ruso, prefieren aferrarse a la fórmula y salvar su teoría de la naturaleza proletaria de Rusia, desdeñando la realidad. Y dado que la contradicción entre la fórmula y la realidad es insuperable, se niega llanamente ésta, y la jugada está hecha.

Una tercera tendencia intentará encontrar la solución, negando el marxismo. Esta doctrina -dicen- era justa cuando se aplicaba a la sociedad capitalista, pero lo que Marx no había previsto, y por lo que el marxismo está ya "superado", es que ha surgido una nueva clase que se apodera gradual y, en parte, pacíficamente (!) del poder político y económico de la sociedad, a expensas del capitalismo y del proletariado. Esta nueva (?) clase sería, para unos la burocracia, para otros la tecnocracia, incluso para otros la "sinarquía".

Abandonemos todas estas elucubraciones y volvamos a lo que nos interesa. Resulta innegable que existe una tendencia a la limitación de la propiedad privada de los medios de producción, y que esta tendencia se acentúa día tras día, y en todos los países. Tal tendencia se concreta en la formación general de un capitalismo estatal, gerente de las principales ramas de la producción y de la vida económica del país. El capitalismo de Estado, no es patrimonio de una fracción de la burguesía, ni de una escuela ideológica en particular. Lo vemos instaurarse tanto en la América democrática como en la Alemania hitleriana; en la Inglaterra "laborista", como en la Rusia "soviética".

No nos podemos permitir, en el marco de este estudio, el exponer a fondo el análisis del capitalismo de Estado, de las condiciones y causas históricas que determinan esta forma. Señalaremos, simplemente, que el capitalismo de Estado es la forma que corresponde a la fase decadente del capitalismo, al igual que el capitalismo monopolista corresponde a su fase de desarrollo pleno. Otro rasgo que nos parece característico del capitalismo de Estado es su desarrollo más acentuado en relación directa con los efectos de la crisis económica permanente en los diferentes países capitalistas desarrollados. Pero el capitalismo de Estado no implica, en absoluto, la negación del capitalismo, y aún menos la transformación gradual de éste en el socialismo, como pretenden los reformistas de las distintas escuelas.

El miedo a caer en el reformismo, por reconocer la tendencia al capitalismo de Estado, se fundamenta en una incomprensión sobre la naturaleza del capitalismo. Este no está determinado por la posesión privada de los medios de producción - lo que en realidad no es más que una forma, propia de un período dado del capitalismo, el del capitalismo liberal - sino por la separación existente entre los medios de producción y el productor.

El capitalismo representa la separación entre el trabajo ya realizado, acumulado en manos de una clase, y el trabajo vivo de otra clase explotada y dominada por la primera. En realidad, poco importa cómo reparte la clase poseedora la porción que corresponde a cada uno de sus miembros. En el régimen capitalista, ese reparto se modifica continuamente por medio de la lucha económica o la violencia militar. Por importante que sea el estudio de dicho reparto, desde el punto de vista de la economía política, no es eso lo que ahora nos interesa aquí.

Cualesquiera que sean las modificaciones que se operan en la clase capitalista en las relaciones entre las distintas capas de la burguesía, desde el punto de vista del sistema social, de las relaciones entre las clases, la relación de la clase poseedora con la clase productora sigue siendo capitalista.

Que la plusvalía extraída a los obreros durante el proceso de producción se reparta de un modo u otro, que sea más o menos grande la parte correspondiente al capital financiero, comercial, industrial..., no influye ni modifica la naturaleza misma de la plusvalía. Para que exista producción capitalista, es completamente indiferente que haya propiedad privada o colectiva de los medios de producción. Lo que determina el carácter capitalista de la producción es la existencia de capital, es decir, de trabajo acumulado en manos de unos, que impone el traspaso del trabajo vivo de otros para la producción de plusvalía. La transferencia de capital de manos privadas individuales a manos del Estado no es una modificación, no es un cambio del capitalismo al no-capitalismo, sino estrictamente una concentración de capital para asegurar más racionalmente, con mayor perfección, la explotación de la fuerza de trabajo.

Lo que está en juego, no es pues el concepto marxista, sino, exclusivamente, su comprensión obtusa, su interpretación estrecha y formal. Lo que otorga carácter capitalista a la producción no es la propiedad privada de los medios de producción. La propiedad privada y la de los medios de producción existían igualmente tanto en la sociedad esclavista como en la feudal. Lo que hace que la producción sea una producción capitalista es la separación de los medios de producción de los productores, su transformación en medios de adquisición y dominio del trabajo vivo con objeto de hacerle producir un excedente, la plusvalía. Es decir, la transformación de los medios de producción, los cuales, al perder su carácter de simple instrumento en el proceso de producción, se transforman y existen como capital.

La forma bajo la cual existe el capital - privada o concentrada (trust, monopolio o estatal) - no determina tampoco su existencia, al igual que la amplitud o las formas que pueda tomar la plusvalía (beneficios, rentas de bienes raíces...) tampoco determinan la de ésta. Las formas no son sino la manifestación de la existencia de lo sustancial, y no hacen más que expresarlo de diversas maneras.

En la época del capitalismo liberal, el capital tomó esencialmente la forma del capitalismo privado individual. Por eso, los marxistas podían servirse, sin demasiadas pegas, de la fórmula que representaba fundamentalmente la forma para presentar y explicar su contenido.

Para la propaganda ante las masas, esta fórmula tenía además la ventaja de traducir una idea algo abstracta, en una imagen concreta, viva, más fácilmente comprensible. "Propiedad privada de los medios de producción = capitalismo" y "ataque a la propiedad privada = socialismo" resultaron ser fórmulas impactantes, pero sólo parcialmente justas. El inconveniente surge cuando la forma tiende a modificarse. La costumbre de representar el contenido mediante la forma, puesto que en un momento dado se correspondieron plenamente, deja paso a una identificación que ya no es tal, y que conduce al error de sustituir el contenido por la forma. Este error es plenamente identificable en la Revolución rusa.

El socialismo exige un alto grado de desarrollo de las fuerzas productivas que sólo es concebible a través de una gran concentración y centralización de las fuerzas de producción.

Esta concentración se realiza por la desposesión al capital privado de los medios de producción. Pero tal desposesión, al igual que la concentración a escala nacional o incluso internacional de las fuerzas productivas, no es más que una condición - tras el triunfo de la revolución proletaria - de la evolución hacia el socialismo. Pero no representa en absoluto, todavía, el socialismo.

La más amplia expropiación, puede, como mucho, hacer desaparecer a los capitalistas como individuos, que se benefician de la plusvalía, pero no hace desaparecer la producción de plusvalía, es decir el capitalismo.

Esta afirmación puede parecer a primera vista, una paradoja, pero un atento examen de la experiencia rusa nos revelará su certeza. Para que exista socialismo, o incluso simplemente tendencia al socialismo, no basta con que haya expropiación. Es necesario, además, que los medios de producción dejen de existir como capital. En otros términos, es necesario acabar con el principio capitalista de la producción.

El principio capitalista de preponderancia del trabajo acumulado sobre el trabajo vivo, con vistas a la producción de plusvalía, debe ser sustituido por el principio del trabajo vivo dominante sobre el trabajo acumulado, con el objeto de producir objetos de consumo que satisfagan las necesidades de los miembros de la sociedad.

El socialismo reside en este principio y solo en él.

El principio del socialismo

El error de la Revolución rusa y del Partido bolchevique fue el de insistir en la condición (la expropiación) que en sí misma no es todavía socialismo, ni siquiera el factor determinante de la orientación en un sentido socialista de la economía, y haber descuidado y relegado a un segundo plano el principio mismo de una economía socialista.

Nada más instructivo en ese sentido que la lectura de los numerosos discursos y textos de Lenin en favor de la necesidad de un desarrollo creciente de la industria y la producción en la Rusia soviética. Lenin empleó habitualmente, y casi sin la debida distinción, los términos capitalismo de Estado y socialismo de Estado. Fórmulas como las de "cooperativas más electricidad: eso es el socialismo" y otras por el estilo revelan la confusión y las vacilaciones de los dirigentes de la Revolución de Octubre del 17, en este terreno.

Resulta significativo que Lenin se preocupara tanto por el sector privado y la pequeña propiedad agraria, sectores que, según él, podían tener un mayor peso en la amenaza de una evolución de la economía rusa hacia el capitalismo, y desdeñase, en cambio, el peligro mucho más patente y decisivo que representaba la industria estatalizada.

La historia ha desmentido totalmente el análisis de Lenin sobre esta cuestión. La liquidación de la pequeña propiedad campesina podía significar en Rusia, no el reforzamiento de un sector socialista, sino más bien de un sector estatalizado, en provecho de un apuntalamiento del capitalismo de Estado.

Es cierto que las dificultades que tuvo que encarar la Revolución rusa, tanto por el aislamiento como por el estado atrasado de su economía, estarán muy atenuadas en una revolución a escala internacional. Sólo a esta escala es posible un desarrollo socialista de la sociedad y de cada país. Pero no es menos cierto que, incluso a escala internacional, el problema fundamental no reside en la expropiación sino en el principio mismo de la producción.

No sólo en los países atrasados, también en aquellos en los que el capitalismo ha alcanzado un mayor desarrollo, subsistirá, durante cierto tiempo y en determinados sectores de la producción, la propiedad privada, la cual sólo podrá ser reabsorbida tras un proceso lento y gradual.

Sin embargo, el riesgo de una vuelta al capitalismo no provendrá de este sector, pues la sociedad en evolución hacia el socialismo no puede retroceder hacia un capitalismo en su forma más primitiva y que él mismo ha superado.

La temible amenaza de una vuelta al capitalismo procederá esencialmente del sector estatalizado. Y tanto más por cuanto el capitalismo encuentra en ese sector su forma más impersonal, o por así decirlo etérea. La estatificación puede servir para camuflar por largo tiempo un proceso opuesto al socialismo.

El proletariado no superará este peligro más que en la medida en que rechace la identificación entre expropiación y socialismo, que sepa distinguir entre la estatificación, incluso con adjetivo "socialista", y el principio socialista de la economía.

La experiencia rusa nos enseña y nos recuerda que no son los capitalistas los que hacen el capitalismo. Más bien al contrario el capitalismo engendra a los capitalistas. Los capitalistas no pueden existir sin capitalismo. Pero la afirmación recíproca no es cierta.

El principio capitalista de la producción puede existir tras la desaparición jurídica, incluso efectiva de los capitalistas beneficiarios de la plusvalía. En tal caso, la plusvalía, al igual que bajo el capitalismo privado, será invertida de nuevo en el proceso de producción con miras a la extracción de una masa todavía mayor de plusvalía.

A corto plazo, la existencia de plusvalía engendrará a los hombres que formen la clase destinada a apropiarse del usufructo de esa plusvalía. La función crea el órgano. Ya sean los parásitos, la burócratas o los técnicos, ya sea que la plusvalía se reparta de manera directa o indirecta por medio del Estado mediante salarios elevados o dividendos proporcionales a las acciones y préstamos de Estado (como ocurre en Rusia), todo ello no cambia para nada el hecho fundamental de que nos hallamos ante una nueva clase capitalista.

El punto central de la producción capitalista se encuentra en la diferencia existente entre el valor de la fuerza de trabajo - determinado por el tiempo de trabajo necesario - y la fuerza de trabajo que reproduce más que su propio valor. Ello se expresa en la diferencia entre el tiempo de trabajo que el obrero necesita para reproducir su propia subsistencia y que le es remunerado, y el tiempo de trabajo que hace de más y que no le es pagado, constituyendo la plusvalía de la que se adueña el capitalismo. La distinción de la producción capitalista respecto a la socialista reside, pues, en la relación entre el tiempo de trabajo remunerado y el no remunerado.

Toda sociedad necesita un fondo de reserva económico para poder asegurar la continuidad de la producción y de la producción ampliada. Este fondo está formado por el trabajo sobrante indispensable. Por otra parte, es necesaria una cantidad de trabajo sobrante para subvenir a las necesidades de los miembros improductivos de la población. La sociedad capitalista, antes de desaparecer, tenderá a destruir la masa enorme de trabajo acumulado sobre la base de la explotación feroz del proletariado.

Tras la revolución, el proletariado victorioso se encontrará ante ruinas, y ante una situación económica catastrófica legada por la sociedad capitalista. Habrá pues que reconstruir el fondo de reserva económico.

Es decir que la parte de trabajo sobrante que deberá añadir el proletariado será quizás, al principio, tan grande como bajo el capitalismo. El principio económico socialista no se distinguirá en ese momento por la dimensión inmediata de la relación entre trabajo remunerado y el no remunerado. Sólo la tendencia, la creciente aproximación de ambos trabajos, servirá de indicador de la evolución de la economía, y constituirá el barómetro que indique la naturaleza de clase de la producción.

El proletariado y su partido de clase tendrán entonces que ser muy vigilantes. Las mejores conquistas industriales (incluso aquellas en las que los obreros obtienen más en términos absolutos, aunque sean menores relativamente) podrían significar el regreso al principio capitalista de la producción.

Todas las sutiles demostraciones de la inexistencia del capitalismo, desposeído a través de las nacionalizaciones de los medios de producción, no deberán ocultar esa realidad.

Sin dejarse llevar por ese sofisma, interesado en la perpetuación de la explotación del obrero, el proletariado y su partido deberán implicarse inmediatamente en una lucha implacable para frenar esa orientación de retorno a la economía capitalista, imponiendo por todos los medios su política económica hacia el socialismo.

En conclusión y para ilustrar y resumir nuestra posición, citaremos el siguiente pasaje de Marx:

"La gran diferencia entre los principios capitalista y socialista de la producción es siguiente: ¿Se encuentran los obreros ante los medios de producción como capital, sin poder disponer de ellos más que para aumentar el sobreproducto y la plusvalía en provecho de sus explotadores, o bien, en lugar de estar ocupados por esos medios de producción, los emplean para producir riqueza en su propio beneficio".

Internationalisme, 1946



[1]) Entre los primeros defensores de esta teoría cabe citar a Albert Treint, quien en 1932 había publicado dos fascículos titulados l'Enigme russe (el Enigma ruso). Con esa posición había roto con el grupo conocido por el nombre de Grupo de Bagnolet. Albert Treint, antiguo secretario general del PCF, antiguo dirigente del grupo de Oposición de izquierda l'Unité léniniste (la Unidad leninista), en 1927, y del Redressement communiste (Reconstrucción comunista) de 1928 a 1931, tras haber roto con aquel grupo, había « evolucionado », como tantos otros, adhiriéndose al Partido socialista en 1935 y a la Resistencia durante la guerra. Y en 1945, se le encuentra no sólo integrado en el ejército sino incluso al mando de un batallón de ocupación en Alemania con la graduación de comandante...

[2]) Hay que señalar que los consejistas de la Izquierda holandesa, y para empezar el mismísimo Pannekoek, compartirán las grandes líneas de ese brillante análisis de una tercera alternativa (véase la correspondencia Chaulieu-Pannekoek en Socialisme ou barbarie).

[3]) Vercesi fue hasta la Segunda Guerra mundial el representante más destacado de la Fracción de izquierdas del Partido comunista de Italia, creado en 1927 en Pantin (barrio suburbano de París) que se denominó Fracción italiana de la Izquierda comunista en 1935. Su contribución en el desarrollo teórico y político de la Fracción fue considerable, como lo atestiguan numerosos textos suyos publicados en Bilan, revista de la Fracción. Sin embargo, empezó a desarrollar a partir de 1938 una teoría sobre la "economía de guerra como solución a la crisis del capitalismo", cuya consecuencia era la negación de la amenaza de guerra mundial. La Fracción estuvo desorientada y paralizada políticamente cuando de hecho estalló la guerra, y Vercesi teorizó entonces la necesidad de su disolución debido a "la inexistencia del proletariado durante la guerra". Eso no impidió que varios miembros de la sección, entre ellos nuestro compañero MC, la reconstituyeran en el Sur de Francia. En cuanto a Vercesi, se manifestó en Bruselas a finales de la guerra animando un Comité de coalición antifascista, que publicaba la revista L'Italia di domani (La Italia del mañana), cuyo nombre ya es todo un programa, y de la que fue el principal redactor hasta que se adhirió al Partito comunista internacionalista que se había constituido en 1943 en el Norte de Italia en torno a Onorato Damen. Ese grupo volvió a fundarse en 1945 con la llegada de otros elementos y grupos (los elementos del Sur en torno a Bordiga, los que rompieron con la Fracción italiana en 1938 sobre la Guerra de España, etc.) y hoy sigue existiendo como rama italiana del Buró internacional para el Partido revolucionario (BIPR). El PCInt publica Battaglia comunista y la revista Prometeo, y su homologo británico, la Communist Worker's Organisation, publica Revolutionary Perspectives.

[4]) En 1945, con la constitución ad-hoc del Partido comunista internacional en Italia, la disolución precipitada de la Fracción, la llegada de Bordiga con sus teorías sobre la "invariación" del marxismo, la "revolución doble", el "apoyo a las liberaciones nacionales", las distinciones de "áreas geográfica", la proclamación del "enemigo número 1, el imperialismo USA", etc., significan una patente regresión de ese nuevo partido sobre la naturaleza de clase del régimen estalinista, y una negación de la noción de decadencia y de su expresión política, el capitalismo de Estado.

[5]) Fracción externa de la CCI (Fecci) : se trata de una escisión en 1985 de nuestra organización que consideró que la CCI estaba en vías de "traicionar" su plataforma y que se dio como objetivo ser su "verdadero defensor". Ese grupo, que publica Perspective internationaliste, ha seguido una trayectoria hacia el consejismo abandonando progresivamente sus referencias a la Plataforma de la CCI hasta cuestionar particularmente uno de sus ejes esenciales, el análisis de la decadencia del capitalismo.

La cultura del debate: un arma de la lucha de la clase

La cultura del debate: un arma de la lucha de la clase

La "cultura del debate" no es una novedad, ni para el movimiento obrero, ni para la CCI. Sin embargo, la evolución histórica obliga a nuestra organización - desde el cambio de siglo - a volver a esa cuestión y examinarla con mayor atención. Dos evoluciones principales nos han obligado a hacerlo: la primera es la aparición de una nueva generación de revolucionarios y, la segunda, la crisis interna que atravesamos a principios de este nuevo siglo.

La nueva generación y el diálogo político

Ha sido, ante todo, el contacto con una nueva generación de revolucionarios lo que ha obligado a la CCI a desarrollar y cultivar más conscientemente su apertura hacia el exterior y su capacidad de diálogo político.

Cada generación es un eslabón en la historia de la humanidad. Cada una de ellas se enfrenta a tres tareas fundamentales: recoger la herencia colectiva de la precedente, enriquecer esa herencia sobre la base de su propia experiencia, trasmitirla a la generación siguiente para que esta vaya más lejos que la anterior.

No son nada fáciles de llevar acabo esas tareas, son un difícil reto. Y esto es igualmente válido para el movimiento obrero. La vieja generación debe hacer entrega de su experiencia, pero también lleva en sí las heridas y los traumatismos de sus luchas; ha conocido derrotas, decepciones, ha tenido que encarar y tomar conciencia de que una vida no es a menudo suficiente para construir adquisiciones duraderas de la lucha colectiva ([1]). Esto requiere el ímpetu y la energía de la generación siguiente, pero también a ésta se le plantean los nuevos problemas y su capacidad para ver el mundo con nuevos ojos.

Pero incluso si las generaciones se necesitan mutuamente, su capacidad para forjar la unidad necesaria entre sí no es algo dado automáticamente. Cuanto más se ha ido alejando la sociedad de una economía tradicional natural, cuanto más constante y rápidamente ha ido "revolucionando" el capitalismo las fuerzas productivas y la sociedad entera, tanto más difiere la experiencia de una generación y la de la siguiente. El capitalismo, sistema de la competencia por excelencia, también solivianta a una contra la otra a las generaciones en la lucha de todos contra todos.

En ese marco, nuestra organización se empezó a preparar para la tarea de forjar ese vínculo intergeneracional. Pero lo que dio a la cultura del debate un significado especial para nosotros más que esa preparación fue el encuentro con la nueva generación en la vida real. Nos encontramos ante una generación que da a esta cuestión mucha más importancia que la que le dio la generación de "1968". El primer indicio de importancia de ese cambio, a nivel de la clase obrera en su conjunto, nos lo dio el movimiento masivo de estudiantes en Francia contra la "precarización" del empleo en la primavera de 2006. Era de notar la insistencia, especialmente en las asambleas generales, en que el debate fuera lo más libre y amplio posible, al contrario del movimiento estudiantil de finales de los años 1960, marcado a menudo por la incapacidad de llevar a cabo un diálogo político. La diferencia procede ante todo de que el medio estudiantil está hoy mucho más proletarizado que el de hace 40 años. El debate intenso, a una escala más amplia, siempre fue una marca importante de los movimientos proletarios de masas y fue también característico de las asambleas obreras de la Francia de 1968 o de la Italia de 1969. Pero lo nuevo de 2006 era la mentalidad abierta de la juventud en lucha, hacia las generaciones mayores y su avidez por aprender de la experiencia de éstas. Esta actitud es muy diferente de la del movimiento estudiantil de finales de los años 60, especialmente en Alemania (quizás la expresión más caricaturesca de la mentalidad de entonces), donde uno de los esloganes era: "¡Los mayores de 30 años a los campos de concentración!" Esa idea se concretaba en la práctica con el abucheo mutuo, la interrupción violenta de las reuniones "rivales", etc. La ruptura de la continuidad entre las generaciones de la clase obrera es una de las raíces del problema, pues las relaciones entre generaciones son el terreno privilegiado, desde siempre, para forjar la actitud para el diálogo. Los militantes de 1968 consideraban a la generación de sus padres o como una generación que "se había vendido" al capitalismo, o (en Alemania o Italia, por ejemplo) como una generación de fascistas y criminales de guerra. Para los obreros que habían soportado la horrible explotación de la fase que siguió a 1945 con la esperanza de que sus hijos vivieran mejor que ellos, era una decepción amarga oír cómo sus hijos los acusaban de "parásitos" que vivían de la explotación del Tercer Mundo. Pero también es verdad que la generación de los padres de aquella época había perdido, o no había logrado adquirir, la aptitud para el diálogo. Aquella generación fue brutalmente mortificada y traumatizada por la Segunda Guerra mundial y la Guerra fría, por la contrarrevolución fascista, estalinista y socialdemócrata.

Al contrario, 2006 en Francia ha anunciado algo nuevo y muy fecundo ([2]). Pero ya unos años antes, esa preocupación de la nueva generación venía anunciada por minorías revolucionarias de la clase obrera. Esas minorías, en cuanto aparecieron en el ruedo de la vida política, ya llegaron armadas con sus propias críticas al sectarismo y al rechazo del debate. Entre las primeras exigencias que esas minorías expresaron estaba la necesidad de debatir, no como un lujo sino como requisito ineludible, la necesidad de que quienes participan tomen en serio a los demás, y aprendan a escuchar; la necesidad, también, de que en la discusión las armas sean los argumentos y no la fuerza bruta, ni apelar a la moral o a la autoridad de los "teóricos". Respecto al medio proletario internacionalista, aquellos camaradas han criticado, en general y con toda la razón, la ausencia de debate fraterno entre los grupos existentes, lo cual les ha chocado enormemente. De entrada rechazaron el concepto del que el marxismo sería un dogma que la nueva generación debería adoptar sin espíritu crítico ([3]).

A nosotros, por nuestra parte, nos sorprendió la reacción de la nueva generación hacia la CCI. Los nuevos camaradas que acudían a nuestras reuniones públicas, los contactos del mundo entero que iniciaron una correspondencia con nosotros, los diferentes grupos y círculos políticos con los que hemos discutido, nos han dicho repetidamente, que habían comprobado la naturaleza proletaria de la CCI tanto en nuestro comportamiento, especialmente en nuestro modo de llevar las discusiones, como en nuestras posiciones programáticas.

¿Cuál es el origen de esa preocupación en la nueva generación? A nuestro parecer, es el resultado de la crisis histórica del capitalismo, hoy mucho más grave y más profunda que en 1968. Esta situación exige la crítica más radical posible del capitalismo, la necesidad de ir a la raíz más profunda de los problemas. Uno de los efectos más corrosivos del individualismo burgués es la manera con la que destruye la capacidad de discutir y, especialmente, de escucharse y aprender unos de otros. Al diálogo se le sustituye el "parloteo", donde el que gana es el que más vocifera (como en las campañas electorales burguesas). La cultura del debate es el medio principal de desarrollar, gracias al lenguaje humano, la conciencia, arma principal del combate de la única clase portadora de un porvenir para la humanidad. Para el proletariado es el único medio de superar su aislamiento y su impaciencia y de encaminarse hacia la unificación de sus luchas.

Otra preocupación actual estriba en la voluntad de superar la pesadilla del estalinismo. En efecto, muchos militantes que hoy están en busca de posiciones internacionalistas proceden de un medio influido por el izquierdismo o directamente procedente de sus filas; presentar caricaturas de la ideología y del comportamiento burgués decadentes como si fueran "socialismo" es el objetivo del izquierdismo. Esos militantes han tenido una educación política que les ha hecho creer que intercambiar argumentos es "liberalismo burgués" y que "un buen comunista" es alguien que "cierra el pico" y hace acallar su conciencia y sus emociones. Los camaradas que están hoy decididos a rechazar los efectos de ese producto moribundo de la contrarrevolución comprenden cada día mejor que, para ello, no solo hay que rechazar las posiciones de ese producto sino también su mentalidad. Y así contribuirán a restablecer una tradición del movimiento obrero que podía haber acabado por desaparecer a causa de la ruptura orgánica provocada por la contrarrevolución ([4]).

Crisis organizativas y tendencias al monolitismo

La segunda razón esencial que llevó a la CCI a replantearse la cuestión de la cultura del debate fue nuestra propia crisis interna, a principios de este siglo, caracterizada por el comportamiento más ignominioso nunca antes visto en nuestras filas. Por vez primera desde su fundación, la CCI tuvo que excluir no a uno sino a varios de sus miembros ([5]). Al principio de esa crisis interna, aparecieron dificultades en nuestra sección en Francia, expresándose divergencias de opinión sobre nuestros principios organizativos de centralización. No hay razón para que divergencias como esas, por sí mismas, causen una crisis organizativa. Y no era ésa la razón. Lo que provocó la crisis fue la negativa a debatir y, sobre todo, las maniobras para aislar y calumniar - o sea atacar personalmente - a los militantes con quienes no se estaba de acuerdo.

Tras esa crisis, nuestra organización se comprometió a ir al fondo de las cosas, a las raíces más profundas de la historia de sus crisis y escisiones. Ya hemos publicado contribuciones sobre algunos aspectos ([6]). Una de las conclusiones a la que hemos llegado es que cierta tendencia al monolitismo había desempeñado un papel de primera importancia en todas las escisiones que hemos vivido. En cuanto aparecían divergencias ya había algunos militantes que afirmaban que les era imposible trabajar con los demás, que la CCI se había vuelto una organización estaliniana, o que estaba ya degenerando. Esas crisis surgían, pues, ante unas divergencias que, en su mayoría, podían existir perfectamente en el seno de una organización no monolítica y, en todo caso, debían ser discutidas y clarificadas antes de que una escisión fuera necesaria.

La repetición de procedimientos monolíticos es sorprendente en una organización que se basa específicamente en las tradiciones de la Fracción italiana, la cual siempre defendió que, fueran cuales fueran las divergencias sobre los principios fundamentales, la clarificación más profunda y colectiva debía preceder cualquier separación organizativa.

La CCI es la única corriente de la Izquierda comunista de hoy que se sitúa específicamente en la tradición organizativa de la Fracción italiana (Bilan) y de la Izquierda comunista de Francia (GCF). Contrariamente a los grupos procedentes del Partido comunista internacionalista fundado en Italia a finales de la Segunda Guerra mundial, la Fracción italiana reconoció el carácter profundamente proletario de las demás corrientes internacionales de la Izquierda comunista que surgieron contra la contrarrevolución estalinista, especialmente las Izquierdas alemana y holandesa. Nunca rechazó a esas corrientes como "anarco-espontaneistas" o "sindicalistas revolucionarios", sino que aprendió de ellas todo lo que pudo. De hecho, la crítica principal que la Fracción italiana hizo contra lo que acabaría siendo la corriente "consejista", era el sectarismo expresado en el rechazo de ésta a las contribuciones de la IIª Internacional y del bolchevismo ([7]). Y fue así cómo la Fracción italiana mantuvo, en plena contrarrevolución, la comprensión marxista según la cual la conciencia de clase se desarrolla colectivamente y ningún partido, ni ninguna tradición pueden proclamar la posesión de su monopolio. De ello se deduce que la conciencia no puede desarrollarse sin un debate fraterno, público e internacional ([8]).

Esa comprensión esencial, aún formando parte de la herencia principal de la CCI, no es, sin embargo, fácil de llevar a la práctica. La cultura del debate sólo puede desarrollarse a contracorriente de la sociedad burguesa. Como la tendencia espontánea en el capitalismo no es, ni mucho menos, el esclarecimiento de las ideas, sino la violencia, la manipulación y la lucha por obtener una mayoría (cuyo mejor ejemplo es el circo electoral de la democracia burguesa), la infiltración de esa ideología en las organizaciones proletarias siempre lleva gérmenes de crisis y de degeneración. La historia del Partido bolchevique lo ilustra perfectamente. Mientras el partido fue la punta de lanza de la revolución, los debates más vivos y dinámicos eran una de sus fuerzas principales. En cambio, la prohibición de verdaderas fracciones (tras el aplastamiento de Cronstadt en 1921) fue señal y factor activo de su degeneración. De igual modo, la práctica de una "coexistencia pacífica" (o sea de ausencia total de debate) entre las posiciones conflictivas que ya había sido una característica en el proceso de fundación del Partido comunista internacionalista, o la teoría de Bordiga y sus adeptos sobre las virtudes del monolitismo sólo pueden entenderse en el contexto de derrota histórica del proletariado a mediados del siglo xx.

Si las organizaciones revolucionarias quieren cumplir su papel fundamental de desarrollo y la extensión de la conciencia de clase, la cultura de la discusión colectiva, internacional, fraterna y pública es absolutamente esencial. Es cierto que eso requiere un elevado nivel de madurez política (y, más en general, de madurez humana). La historia de la CCI ilustra el hecho de que esa madurez no se adquiere en un día, sino que es el producto del desarrollo histórico. La nueva generación de hoy tiene un papel esencial que desempeñar en ese proceso que está madurando.

La cultura del debate en la historia

La capacidad de debatir es una característica esencial del movimiento obrero. Pero no la ha inventado él. En ese ámbito, como en tantos otros tan fundamentales, la lucha por el socialismo ha sido capaz de asimilar lo mejor de lo adquirido por la humanidad, y adaptarlo a sus propias necesidades. Y así, esa lucha transformó esas cualidades llevándolas a un nivel superior.

Fundamentalmente, la cultura del debate es una expresión del carácter social de la humanidad. Es la emanación del uso específicamente humano del lenguaje. El uso del lenguaje como medio de intercambiar informaciones es algo que la humanidad comparte con muchos animales. Lo que la distingue del resto de la naturaleza en ese plano, es su capacidad de cultivar e intercambiar una argumentación (vinculado al desarrollo de la lógica y de la ciencia) y alcanzar el conocimiento de los demás, desarrollándose la empatía, vinculada, entre otras cosas, al desarrollo del arte.

Por consiguiente, esa cualidad no es nueva, ni mucho menos. Es anterior a la sociedad de clases y, sin duda, desempeñó un papel decisivo en el desarrollo de la especie humana. Engels, por ejemplo, menciona el papel de las asambleas generales entre los griegos en la época de Homero, en las tribus germánicas o los iroqueses de Norteamérica, haciendo un elogio especial a la cultura del debate de éstos ([9]). Por desgracia, a pesar de los trabajos de Morgan en esa época y de sus colegas del siglo xix y de sus sucesores, no poseemos datos suficientes sobre los primeros pasos, quizás los más decisivos, en ese ámbito.

Lo que sí sabemos, en cambio, es que la filosofía y los inicios del pensamiento científico empezaron a prosperar allí donde la mitología y el realismo ingenuo - dúo antiguo a la vez contradictorio e inseparable - fueron puestos en entredicho. Esos dos modos de comprensión son prisioneros de la incapacidad de comprender más profundamente la experiencia inmediata. Los pensamientos que los primeros hombres formaron basándose en su experiencia práctica eran necesariamente religiosos.

"Desde los tiempos remotísimos, en que el hombre, sumido todavía en la mayor ignorancia acerca de la estructura de su organismo y excitado por las imágenes de los sueños, dio en creer que sus pensamientos y sus sensaciones no eran funciones de su cuerpo, sino de un alma especial, que moraba en ese cuerpo y lo abandonaba al morir; desde aquellos tiempos, el hombre tuvo forzosamente que reflexionar acerca de las relaciones de esta alma con el mundo exterior. Si el alma se separaba del cuerpo al morir éste y sobrevivía, no había razón para asignarle a ella una muerte propia; así surgió la idea de la inmortalidad del alma, idea que en aquella fase de desarrollo no se concebía, ni mucho menos, como un consuelo, sino como una fatalidad ineluctable, y no pocas veces, cual entre los griegos, como un infortunio verdadero" ([10]).

Fue en el marco de un realismo ingenuo en el que se dieron los primeros pasos de un desarrollo lentísimo de la cultura y de las fuerzas productivas. Por su parte, la tarea del pensamiento mágico, aun conteniendo cierto grado de sabiduría psicológica, era dar un sentido a lo inexplicable y, por lo tanto, encauzar los miedos. Ambos fueron unas contribuciones importantes en el avance del género humano. La idea según la cual el realismo ingenuo tendría una afinidad particular con la filosofía materialista, o que ésta se habría desarrollado directamente a partir de aquél, es una idea sin base alguna.

"Los extremos se tocan, reza un viejo dicho de la sabiduría popular, impregnado de dialéctica. Difícilmente nos equivocaremos, pues, si buscamos el grado más alto de la quimera, la credulidad y la superstición, no precisamente en la tendencia de las ciencias naturales que, como la filosofía alemana de la naturaleza, trata de encuadrar a la fuerza el mundo objetivo en los marcos de su pensamiento subjetivo, sino, por el contrario, en la tendencia opuesta, que, haciendo hincapié en la simple experiencia, trata al pensamiento con soberano desprecio y llega realmente más allá que ninguna otra en la ausencia de pensamiento. Es ésa la escuela que reina en Inglaterra" ([11]).

La religión, come dice Engels, nació no sólo de una visión mágica del mundo, sino también a partir del realismo ingenuo. Sus primeras generalizaciones sobre el mundo, a menudo audaces, tienen necesariamente un carácter que le da autoridad.

Las primeras comunidades agrarias, por ejemplo, comprendieron rápidamente que dependían de la lluvia, pero no podían comprender, ni mucho menos, las condiciones que la originaban. La invención de un dios de la lluvia fue un acto creador para tranquilizarse, dándose la impresión de que es posible, mediante ofrendas o rezos, influir en el curso de la naturaleza. Homo sapiens es la especie que aseguró su supervivencia mediante el desarrollo de la conciencia. Y se enfrenta a un problema sin precedentes: la parálisis que provoca, a menudo, el miedo a lo desconocido. Las explicaciones de lo desconocido no deben permitir la menor duda. De esa necesidad, y como expresión más desarrollada, aparecieron las religiones reveladas. La base emocional de esa visión del mundo es la creencia y no el conocimiento.

El realismo ingenuo no es sino la otra cara de la misma moneda, una especie de "división elemental del trabajo" mental. Todo lo que no puede explicarse en un sentido práctico inmediato, entra necesariamente en el ámbito de lo mágico. Además, la comprensión práctica está también basada en una visión religiosa, la visión animista en su origen. En esta visión, el mundo entero se hace fetiche. Incluso las técnicas que los seres humanos pueden, conscientemente, producir y reproducir, parecen realizarse gracias a la ayuda de fuerzas personalizadas que existen independientemente de nuestra voluntad.

Es evidente que en un mundo así había una posibilidad muy limitada para el debate en el sentido moderno de la palabra. Hace unos 2500 años, una nueva cualidad empezó a afirmarse con más fuerza, poniendo inmediata y directamente en entredicho el dúo religión y "buen sentido común". Se desarrolló a partir del antiguo modo de pensar tradicional, en el sentido de que éste se convirtió en su contrario. Así, el primer modo de pensamiento dialéctico que precedió a la sociedad de clases (que en China, por ejemplo, se plasmó en la idea de la polaridad entre el yin y el yang, el principio masculino y el principio femenino) se transformó en pensamiento crítico, basado en los componentes esenciales de la ciencia, de la filosofía y del materialismo. Pero todo esto era inconcebible sin que apareciera lo que nosotros hemos llamado cultura del debate. La palabra griega dialéctica significa, de hecho, diálogo o debate.

¿Qué fue lo que permitió esas nuevas prácticas y costumbres? De manera general, fue la extensión del ámbito de las relaciones sociales y del conocimiento. En un nivel más global fue la naturaleza cada vez más compleja del mundo social. Como le gustaba repetir a Engels, el sentido común es un muchacho fuerte y vigoroso mientras esté en su casa entre cuatro paredes, pero conoce cantidad de aprietos en cuanto sale por el ancho mundo. Y aparecieron los límites de la religión en su capacidad para apaciguar el miedo. En realidad, no había eliminado el miedo, lo único que había hecho era sacarlo al exterior. Mediante el mecanismo religioso, la humanidad intentó encarar un terror que, sin ella, la habría aplastado en una época en que no disponía de otros medios de autodefensa. Pero de ese modo, la humanidad transformó también su propio miedo en una fuerza suplementaria que la dominaba.

"Explicar" lo que es todavía inexplicable significa renunciar a una investigación verdadera. Es de ahí de donde surge el conflicto entre religión y ciencia o, como decía Spinoza, entre la sumisión y la investigación. Al principio, los filósofos griegos se opusieron a la religión. Tales de Mileto, primer filósofo conocido, rompió ya con la visión mística del mundo. Anaximandro, que le sucedió, pedía que se explicara la naturaleza a partir de ella misma.

Y el pensamiento griego fue también una declaración de guerra contra el realismo ingenuo. Heráclito explicó que la esencia de las cosas no la llevan escrita encima. "A la naturaleza le gusta ocultarse", decía éste, o, como lo diría Marx, "toda ciencia estaría de más, si la forma de manifestarse las cosas y la esencia de éstas coincidiesen directamente." ([12]).

El nuevo método ponía en entredicho tanto a la creencia como también a los prejuicios y la tradición que son el credo de la vida cotidiana (en alemán, por ejemplo, las dos palabras están relacionadas: Glaube = creencia y Aberglaube = superstición). Se les oponía la teoría y la dialéctica.

"Por mucho desdén que se sienta por todo lo que sea pensamiento teórico, no es posible, sin recurrir a él, relacionar entre sí dos hechos naturales o penetrar en la relación que entre ellos existe" ([13]).

El desarrollo de las relaciones sociales era, evidentemente, el resultado del desarrollo de las fuerzas productivas. Aparecieron pues, al mismo tiempo que el problema - la inadecuación de los modos de pensar existentes -, los medios para resolverlo. Ante todo se desarrolló la confianza en uno mismo, en la potencia del espíritu humano. La ciencia sólo puede desarrollarse cuando posee la capacidad y la voluntad de aceptar la existencia de la duda y de la incertidumbre. Contrariamente a la autoridad de la religión y de la tradición, la verdad de la ciencia no es absoluta sino relativa. Y así surgen no solo la posibilidad, sino también la necesidad de intercambiar opiniones.

Está claro que reivindicar la autoridad del conocimiento solo podía plantearse si las fuerzas productivas (en el sentido cultural más amplio) habían alcanzado cierto grado de desarrollo. No podía ni siquiera imaginarse sin un desarrollo correspondiente de las artes, de la educación, de la literatura, de la observación de la naturaleza, del lenguaje. Y esto va paralelo con la aparición, en cierta fase de la historia, de una sociedad de clases cuya capa dirigente se ha liberado de la producción material. Pero esos desarrollos no hicieron surgir automáticamente un método nuevo e independiente. Ni los Egipcios, ni los Babilonios, a pesar de los progresos científicos que aportaron, ni los Fenicios, los primeros en desarrollar un alfabeto moderno, fueron tan lejos como los Griegos por ese camino.

En Grecia fue el desarrollo de la esclavitud lo que permitió la emergencia de una clase de ciudadanos libres al lado de los sacerdotes. Eso puso las bases materiales que socavaron la religión (podemos entender así mejor la expresión de Engels en el Anti-Dühring: sin la esclavitud de la antigüedad, no habría socialismo moderno). En India, por la misma época, el desarrollo de la filosofía, del materialismo (llamado Lokayata) y el estudio de la naturaleza coinciden con la formación y el desarrollo de una aristocracia guerrera que se oponía a la teocracia brahmán, y que se basaba, en parte, en la esclavitud agrícola. Como en Grecia, donde la lucha de Heráclito contra la religión, contra la inmortalidad y contra la condena de los placeres carnales estaba dirigida a la vez contra los prejuicios de los tiranos y contra los de las clases oprimidas, los nuevos procedimientos en India eran practicados por una aristocracia. El budismo y el jainismo, surgidos en la misma época, estaban mucho más extendidos entre la población laboriosa, pero se mantenían en un marco religioso, con su idea sobre la reencarnación del alma típica de la sociedad de castas a la que querían oponerse (y que se encuentra también en Egipto).

En China, en cambio, donde había un desarrollo de la ciencia y una especie de materialismo rudimentario (por ejemplo en la Lógica de Mo Ti), ese desarrollo fue limitado porque no existía una casta dirigente sacerdotal contra la cual podría haberse organizado la revuelta. El país estaba dirigido por una burocracia militar formada gracias a la lucha contra los bárbaros que lo rodeaban ([14]).

En Grecia existía un factor suplementario y, en muchos aspectos, decisivo que también desempeñó un papel importante en India: un desarrollo más avanzado de la producción de mercancías. La filosofía griega no se inició en la propia Grecia, sino en las colonias portuarias de Asia menor. Producir mercancías implica intercambio no sólo de bienes, sino también de la experiencia que contienen en su producción. Esa producción acelera la historia, favoreciendo una expresión superior del pensamiento dialéctico. Permite un grado de individualización sin el cual el intercambio de ideas a un nivel tan elevado es imposible. Y empieza a acabar con el aislamiento en el que hasta entonces se movía la evolución social. La unidad económica fundamental de todas las sociedades agrícolas basadas en la economía natural era la aldea o, en el mejor de los casos, la región autárquica. Pero las primeras sociedades de explotación basadas en una cooperación más amplia, a menudo para desarrollar la irrigación, siempre eran básicamente agrícolas. En cambio, el comercio y la navegación abrieron la sociedad griega al mundo. Reprodujo, pero a un nivel superior, la actitud de conquista y descubrimiento del mundo de la comunidades nómadas. La historia muestra que, en cierta fase de su desarrollo, la aparición del debate público fue un fenómeno indispensable para un desarrollo internacional (incluso aunque estuviera concentrado en una región) y, en ese sentido, tenía un carácter "internacionalista". Diógenes y los Cínicos estaban en contra de la distinción entre helenos y bárbaros y se declaraban ciudadanos del mundo. A Demócrito le hicieron un juicio acusándolo de haber dilapidado una herencia con la que se había pagado viajes educativos por Egipto, Babilonia, Persia e India. Se defendió leyendo extractos de sus escritos, fruto de sus viajes; se le declaró inocente.

El debate nació respondiendo a una necesidad material. En Grecia se fue desarrollando con la comparación entre las diferentes fuentes del conocimiento. Se comparan diferentes modos de pensar, diferentes modos de investigar y sus resultados, los métodos de producción, las costumbres y las tradiciones. Se descubre que se contradicen, se confirman a se completan. Se combaten o se completan o ambas cosas. A través de la comparación, las verdades absolutas se vuelven relativas.

Esos debates son públicos. Se verifican en puertos, plazas de mercado (los foros), escuelas, academias. Y, por escrito, llenan las bibliotecas y se extienden por todo el mundo conocido.

Sócrates - el filósofo que pasó su tiempo debatiendo en las plazas - encarna la esencia de esa evolución. Su preocupación principal - cómo alcanzar un verdadero conocimiento de la moral - es ya un ataque contra la religión y los prejuicios que suponen que la respuesta para todo ya existe. Sócrates declaró que el conocimiento era la condición principal para una ética correcta y la ignorancia su peor enemigo. Es, pues, el desarrollo de la conciencia, y no el castigo, lo que permite el progreso moral, pues la mayoría de los humanos no puede ir, durante mucho tiempo y de manera deliberada, en contra de la voz de su propia conciencia.

Pero Sócrates fue más allá, poniendo las bases teóricas de toda ciencia y toda clarificación colectiva: el reconocimiento de que el punto de partida del conocimiento es la toma de conciencia, o sea la necesidad de dejar de lado los prejuicios. Eso abre el camino de lo esencial: la búsqueda, la investigación. Se oponía vigorosamente a las conclusiones precipitadas, a las opiniones no críticas y satisfechas de sí mismas; a la arrogancia y la presunción. Creía en "la modestia del no conocimiento" y en la pasión que brota del verdadero conocimiento, basado en una visión y una convicción profundas. Es el punto de partida del "diálogo socrático". La verdad es el resultado de una búsqueda colectiva que consiste en el diálogo entre todos los alumnos en el que cada uno es a la vez maestro y alumno. El filósofo no es un profeta que anuncia revelaciones, sino alguien que está, junto con otros, en busca de la verdad. Esto aporta un nuevo concepto de los dirigentes: el dirigente es el más determinado en hacer avanzar la clarificación sin perder nunca de vista el objetivo final. El paralelo con la definición del papel de los comunistas en la lucha de clases que se hace en el Manifiesto comunista, es sorprendente.

Sócrates era un experto para estimular y dirigir las discusiones. Hizo evolucionar el debate público hasta niveles del arte o de la ciencia. Su alumno, Platón, desarrolló el diálogo hasta unas cotas que raramente se han alcanzado desde entonces.

En la "Introducción" a la Dialéctica de la naturaleza, Engels habla de tres grandes períodos en la historia del estudio de la naturaleza hasta hoy: las "geniales intuiciones" de los antiguos griegos y "los descubrimientos extraordinariamente importantes, pero esporádicos" de los árabes como precursores del tercer período, "la ciencia moderna" cuyos primeros pasos se realizaron en el Renacimiento. Llama la atención la sorprendente capacidad, en "la época cultural árabe-musulmana", para absorber y hacer una síntesis de diferentes culturas antiguas y su apertura a la discusión. August Bebel cita a un testigo presencial de la cultura del debate público en Bagdad:

"Imaginaos simplemente que en la primera reunión no sólo había representantes de todas las sectas musulmanas existentes, ortodoxas y heterodoxas, sino también adoradores del fuego (Parsi); materialistas, ateos; judíos y cristianos, en una palabra toda clase de infieles. Cada secta tenía su portavoz que debía representarla. Cuando uno de los dirigentes de partido entraba en la sala, todo el mundo se levantaba respetuosamente de su asiento y nadie se habría sentado antes de que ocupara su sitio. Cuando la sala estuvo casi llena, uno de los infieles dijo: ‘Todo el mundo conoce las reglas. Los musulmanes no tienen derecho a combatirnos con pruebas sacadas de sus libros sagrados o con discursos basados en los de su profeta, puesto que nosotros no creemos en vuestros libros ni en vuestro profeta. Aquí solo puede uno usar argumentos basados en la razón humana'. Estas palabras fueron acogidas con regocijo general" ([15]).

Bebel añade:

"La diferencia entre la cultura árabe y la cristiana era la siguiente: los árabes recogieron durante sus conquistas todas las obras que podían servirles para sus estudios e instruirlos sobre los pueblos y países que habían conquistado. Los cristianos, al ir extendiendo su doctrina, destruían todos esos monumentos de la cultura como productos del diablo u horrores paganos."

Y concluye:

"La época árabe-musulmana fue el eslabón que une la cultura greco-romana y la cultura antigua en general a la cultura europea que floreció desde el Renacimiento. Sin aquélla, ésta no habría alcanzado sus cimas actuales. El cristianismo era hostil a todo ese desarrollo cultural."

Una de las razones del fanatismo y del sectarismo ciego del cristianismo ya fue identificado por Heinrich Heine y más tarde confirmado por el movimiento obrero: cuantos más sacrificios y renuncias exige una cultura tanto más intolerable es la propia idea de que esos principios puedan un día ser puestos en entredicho.

Y sobre el Renacimiento y la Reforma, a los que Engels califica de "la más grandiosa transformación progresiva que la humanidad había vivido hasta entonces", también subraya no sólo su papel en el desarrollo del pensamiento, sino también en el de las emociones, de la personalidad, del potencial humano y de la combatividad. Era una época que:

"... requería titanes y supo engendrarlos; titanes, por su vigor mental, sus pasiones y su carácter, por la universalidad de sus intereses y conocimientos y por su erudición. (...) Y es que los héroes de aquel tiempo no vivían aún esclavizados por la divi