El surgimiento internacional de las luchas obreras a partir de 1968 acabó con el largo período de contrarrevolución padecido por el proletariado tras la derrota de los asaltos revolucionarios de 1917-23. Una de las expresiones más importantes de ese cambio fue la aparición de grupos proletarios y de círculos que intentaron, a pesar de su inexperiencia y confusiones importantes, reanudar los lazos destruidos junto con el movimiento comunista del pasado. Durante los años 70, el optimismo inmediato, cuando no inmediatista, producido por la reaparición de la lucha de clases seguía muy presente e hizo surgir a corrientes políticas proletarias como la CCI, o permitió a organizaciones como el PCI bordiguista conocer una fase de crecimiento acelerado y espectacular. Pero la construcción de una organización comunista, al igual que la evolución de la lucha de clases en su conjunto, han sufrido un proceso mucho más difícil y penoso del que se había imaginado “la generación del 68”, y muchos de sus elementos, militantes o ex militantes, han pasado de un optimismo superficial a un pesimismo que también lo es. Tras sacar la conclusión de que nunca acabaría el período de contrarrevolución o al quedar decepcionados por la clase obrera, abandonaron la lucha revolucionaria.
Aquí no se trata de entrar en los detalles de las razones de las importantes dificultades y de las crisis aparentemente sin fin vividas por las organizaciones revolucionarias estos dos pasados decenios. Entre ellas se destacan las repercusiones ideológicas del hundimiento del bloque del Este, el reflujo de la lucha de clases que produjo y los efectos perniciosos del avance de la descomposición del capitalismo, cuestiones que exigen un desarrollo más profundo que el que podemos hacer en estas líneas. Pero a pesar de también confrontarse con estas dificultades, la CCI sigue manteniendo lo que ya iba afirmando en los años 70, o sea que la clase obrera no ha sufrido una derrota histórica fundamental y que se está produciendo, a pesar de un retroceso significativo de la conciencia en la clase obrera, un proceso de “maduración subterránea” de la conciencia que se expresa claramente hoy en la aparición de una nueva generación de elementos que intentan apropiarse de lo esencial del programa comunista.
La CCI ya ha escrito varios artículos en su prensa territorial sobre la evolución de estos elementos que se sitúan en esa área intermediaria entre las posiciones políticas de la burguesía y las de la clase obrera. Esta evolución sin la menor duda es un proceso muy heterogéneo obstaculizado por cantidad de trampas ideológicas, en particular el anarquismo y las diversas formas de la ideología del mundo “alternativo”. Se extiende sin embargo con ramificaciones al conjunto del planeta. También hemos asistido a la emergencia de grupos que se definen desde el inicio como simpatizantes de las posiciones de la Izquierda comunista.
En este marco general, una evolución particularmente significativa ha sido la de la aparición de esta nueva generación en dos países que al ser precisamente las zonas en las que la revolución alcanzó su punto más álgido también sufrieron la más brutal contrarrevolución: Alemania y Rusia. Nuestras secciones en Alemania y Suiza han sido particularmente activas y han intervenido en este nuevo medio en Alemania, como lo demuestran el gran número de artículos que les ha dedicado nuestra prensa territorial en alemán (también se han publicado algunos de ellos en inglés, francés y otros idiomas).
Al mismo tiempo, la CCI también ha dedicado un esfuerzo significativo para seguir y participar en el desarrollo del medio político en Rusia. Desde la Conferencia de Moscú en 1997 sobre la herencia de Trotski, sobre la que ya escribimos en la Revista internacional no 92, hemos publicado varios artículos a propósito de los nuevos grupos en Rusia, como han podido comprobarlo los lectores de nuestra prensa: debates con el Buró Sur del Marxist Labour Party sobre la decadencia del capitalismo y la cuestión nacional, debates sobre el mismo tipo de cuestiones con la Unión comunista internacional, publicación de tomas de posición internacionalistas tanto de los anarcosindicalistas revolucionarios de Moscú (KRAS) como del Grupo de colectivistas proletarios revolucionarios (GPRC) contra la guerra en Chechenia, informe de la reunión pública organizada por la CCI en Moscú en octubre del 2002 para presentar la publicación en ruso de nuestro libro sobre la decadencia (véase por ejemplo la Revista internacional nos 101, 104, 111, 112 y 115, la mayoría de estos artículos son accesibles en nuestro sitio web). Más recientemente, como se puede consultar en la Revista internacional no 118 (únicamente en inglés, posterior a la edición en español), hemos colaborado en la realización de un sitio de discusión en Internet con algunos elementos internacionalistas en Rusia (KRAS, GPRC y más recientemente la UCI) con vistas a ampliar y profundizar los debates que animan a este medio.
Hemos proseguido este trabajo mandando en junio del 2004 una delegación de la CCI para participar en la Conferencia convocada por la biblioteca Victor Serge y el Centro de estudios y de investigación Praxis, que así definían en su circular los temas y objetivos de la reunión:
“... discutir del carácter, de las metas y de las experiencias históricas del socialismo democrático y libertario en tanto que conjunto de ideas y de movimientos sociales (...);
– socialismo y democracia (...);
– socialismo y libertad (...);
– el carácter internacional del socialismo democrático y libertario (...);
– los protagonistas de las transformaciones socialistas (...);
– la educación socialista (...).”
Ni que decir tiene que tenemos muchas divergencias fundamentales con las ideas “democráticas” y “libertarias” citadas en la circular y con el grupo Praxis; ya hemos mencionado algunas en nuestra reseña de la reunión pública de octubre del 2002, en particular en lo que toca a la guerra en Chechenia. La experiencia nos ha demostrado sin embargo que este grupo es perfectamente capaz de crear un foro para un debate abierto a los elementos en búsqueda en Rusia, como lo verificó la conferencia de junio. No solo porque muchos de los temas principales se referían realmente a problemas a los que están confrontados los revolucionarios, sino también porque atrajo, como las precedentes conferencias, a un amplio panel de participantes. Así es como al lado de cierta cantidad de elementos academicistas rusos y “occidentales”, que defendían variantes de la ideología democrática desde la socialdemocracia hasta el trotskismo y el “mundialismo alternativo”, también había varios representantes del medio auténticamente internacionalista que se está desarrollando actualmente en Rusia.
La CCI propuso tres textos a la conferencia, para dar una respuesta comunista a las preguntas planteadas en la circular de llamamiento, sobre estos temas: el verdadero significado del internacionalismo proletario, el mito de la democracia y la alternativa proletaria de los consejos obreros, el carácter reaccionario de cualquier sindicato en este período de la historia (colgado en nuestro sitio web). No nos sorprendimos al ver que los debates en esta conferencia ponían en evidencia una línea de demarcación entre aquellos para quienes internacionalismo significaba solidaridad de clase por encima y contra las divisiones nacionales y aquellos para quienes significaba “amistad entre naciones” o apoyo a los “movimientos de liberación nacional”. Tampoco nos sorprendió el que esta división coincida igualmente con el abismo que separa a quienes afirman que el derrocamiento revolucionario y mundial del capitalismo es hoy en día la única posibilidad progresista para la humanidad, de quienes consideran que puede seguir habiendo algo de progresista en no se sabe qué movimiento parcial y de luchas por “reformas” en este sistema.
Sin embargo, siguen existiendo al mismo tiempo desacuerdos importantes entre los mismos internacionalistas, como lo pusieron en evidencia las discusiones al margen de la conferencia formal, sobre la cuestión de la decadencia del capitalismo, el carácter de la Revolución de Octubre, la cuestión organizativa e incluso sobre el método fundamental del marxismo.
Algunos de estos temas serán debatidos en el foro que hemos mencionado, elaborado en común con el KRAS y el GPRC, ya que para él se han publicado textos sobre la Revolución rusa por parte de las tres organizaciones. Publicamos en este número de la Revista internacional la respuesta sintética que hacemos a las contribuciones del KRAS (sobre la Revolución de octubre) y del GPRC (sobre la idea de que la informatización sería una condición necesaria de la revolución proletaria).
En el número anterior de esta Revista publicamos el último artículo de una serie sobre “El nacimiento del bolchevismo” en 1903-1904. Cien años más tarde, sigue siendo posible hacer interesantes comparaciones entre la situación a la que estaban enfrentados los revolucionarios rusos en los tiempos de Lenin y la situación del medio político actual. Las tareas del momento siguen siendo fundamentalmente idénticas: la definición y la elaboración de un programa comunista y la necesidad de construir una organización de revolucionarios que supere la dispersión extrema de los grupos y círculos existentes. También es comparable el contexto social general, pues podemos discernir en el horizonte (aunque sea más lejano que en 1903) amplios conflictos sociales y huelgas de masas que serán sin la menor duda tan significativos históricamente como los de 1905 en Rusia. Esto tiene como consecuencia que los revolucionarios hoy no tienen a su disposición un tiempo infinito para obrar en la construcción de una organización capaz de intervenir e influir en esos movimientos. Una cosa, eso sí, ha evolucionado desde la primera mitad del siglo XX, y es que la construcción de una organización así no se hará en cada país de forma separada, en un aislamiento relativo con respecto al movimiento comunista internacional, puesto que la cuestión se plantea ya a nivel internacional. Las cuestiones a las que se enfrentan los revolucionarios en Rusia son en lo esencial las mismas que las que se plantean a los revolucionarios de todos los países, y precisamente es la razón por la que los debates de los que tratamos han de ser abordados no solo en el marco general de los principios internacionalistas, sino también en un sentido concretamente internacional. Animamos activamente a todos quienes –en Rusia y en cualquier parte del mundo– estén de acuerdo con las bases de este foro de discusión internacionalista para que manden sus contribuciones al sitio web directamente y a que participen en las futuras conferencias organizadas por el medio ruso.
CCI, Agosto del 2004
La visión de Lenin contra la visión burguesa del trotskismo de hoy
A principios de este año 2004 iniciamos un intercambio de correo electrónico con el grupo CRI (1) el cual, en nombre de un trotskismo auténtico pretendía romper con la lógica trotskista oficial. También recibimos cierta cantidad de documentos de ese grupo que leímos junto con publicaciones de su sitio Internet. Tras esa lectura, estamos ahora en disposición de darle una respuesta apropiada, respuesta que aquí publicamos. En ella ponemos de relieve, apoyándonos en Lenin, que en el trotskismo actual no hay posibilidades de defender posiciones del proletariado. Pretender romper con una organización trotskista particular, sin romper con la propia lógica trotskista solo puede llevar al cabo, en la cuestión de la guerra, a dar su apoyo a una fracción de la burguesía contra otra.
Tenemos en cuenta que vosotros afirmáis tanto en el e-mail que nos habéis mandado como en todos vuestros textos que vuestra acción pretende ser parte del combate de la clase obrera y que vuestro “objetivo histórico” es la revolución comunista Sin embargo, la historia del movimiento obrero ha enseñado trágicamente a los comunistas que unos partidos que pretendieron defender a la clase obrera y luchar por el socialismo o el comunismo no tenían otro objetivo verdadero, fuera cual fuera la conciencia que de ello tenían sus militantes, que el de la derrota de la clase obrera, el mantenimiento de la explotación capitalista y, finalmente, el sacrificio de la vida de millones de proletarios en aras de los intereses de sus burguesías nacionales durante las guerras imperialistas del siglo XX.
La historia del siglo pasado demostró con creces que el criterio primordial que define la verdadera pertenencia de clase de una organización que se reivindica del proletariado es el internacionalismo. No fue casualidad si fueron las mismas corrientes que se habían pronunciado claramente contra la guerra imperialista en 1914 y que habían impulsado las conferencias de Zimmerwald y Khiental (los bolcheviques y los espartaquistas, sobre todo) las que volvemos a encontrar después a la cabeza de la revolución, mientras que las corrientes social-chovinistas e incluso centristas (Ebert-Scheidemann, o los mencheviques) fueron la avanzadilla de la contrarrevolución. No es tampoco casual si es la consigna “Proletarios de todos los países, ¡uníos!” la que concluye no solo el Manifiesto comunista de 1848, sino también el Llamamiento inaugural de la AIT en 1864.
Hoy, cuando las guerras no paran de hacer estragos por todas las partes del planeta, la defensa del internacionalismo sigue siendo el criterio decisivo de pertenencia de una organización al campo de la clase obrera. Ante esas guerras la única actitud conforme a los intereses de nuestra clase es la de rechazar toda participación en uno u el otro de los campos antagónicos, denunciar todas las fuerzas burguesas que llaman a los proletarios, sea cual sea el pretexto, a que entreguen sus vidas por uno de esos campos capitalistas, suscitar, como lo hicieron los bolcheviques en 1914, la única perspectiva: la de la lucha de clases intransigente por el derrocamiento del capitalismo.
Cualquier otra actitud que lleve a pedir a los proletarios que se alisten en uno u otro de los campos militares antagónicos significa transformarse en reclutadores de la guerra capitalista, en cómplices de la burguesía y, por lo tanto, en traidor. Y del mismo modo consideraron Lenin y los bolcheviques a los socialdemócratas, quienes, en nombre de la lucha contra el “militarismo prusiano” unos, y contra “la opresión zarista” otros, llamaron a los obreros a destriparse mutuamente en 1914. Y, desgraciadamente, por muchas buenas intenciones que anunciéis, es esa misma política nacionalista que denunciaba Lenin la que habéis adoptado ante la guerra de Irak.
El apoyo a “la resistencia iraquí”: una consigna burguesa
Cuando en vuestra prensa apoyáis “incondicionalmente la resistencia armada del pueblo iraquí ante el invasor”, lo que en realidad estáis haciendo es llamar a los proletarios de Irak a convertirse en carne de cañón al servicio de tal o cual sector de su burguesía nacional fuera y en contra de la alianza con Estados Unidos (mientras que otros sectores burgueses consideran preferible aliarse a EE.UU. en la defensa de sus intereses). Cabe hacer notar que los sectores dominantes de la burguesía iraquí (que durante décadas estuvo tras Sadam Husein) pudieron ser, según las circunstancias, los mejores aliados de EE.UU. (especialmente en la guerra contra Irán durante los años 1980) o pertenecer al “eje del mal” que por lo visto pretendía acabar con la potencia estadounidense.
Para justificar vuestro apoyo a uno de los sectores de la burguesía iraquí, os basáis (es lo que hicisteis en una de vuestras reuniones de la fiesta de Lutte Ouvrière) en la posición que defendió Lenin durante la Primera Guerra mundial cuando en El socialismo y la guerra, escribía, por ejemplo: “… si mañana Marruecos declarara la guerra a Francia, India a Inglaterra, Persia o China a Rusia, etc. (…) todo socialista desearía la victoria de los Estados oprimidos, dependientes, amputados en sus derechos, sobre las ‘grandes’ potencias opresoras, esclavistas, expoliadoras” (Cap. 1, “Los principios del socialismo y la guerra de 1914-1915”)
Lo que, sin embargo, olvidáis (o habéis decidido olvidar) es precisamente que uno de los ejes esenciales de ese texto fundamental de Lenin (como, por otra parte, de los demás textos escritos en esa época) es el de denunciar sin contemplaciones los pretextos invocados por las corrientes social-chovinistas para justificar su apoyo a la guerra imperialista, unos pretextos basados en la “independencia nacional” de tal o cual país o nacionalidad.
Así, Lenin afirma por un lado que:
“En realidad, la burguesía alemana emprendió una guerra de rapiña contra Serbia para someter y ahogar la revolución nacional de los Eslavos del Sur…” (La guerra y la socialdemocracia rusa).
Escribe también que:
“El factor nacional en la guerra actual sólo está representado por la guerra de Serbia contra Austria (…). Solo en Serbia y entre los serbios existe un movimiento de liberación nacional viejo ya de muchos años, que aglutina a millones de individuos entre las “masas populares”, y cuya “prolongación” es la guerra de Serbia contra Austria. Si esta guerra estuviera aislada, o sea, si no estuviera vinculada a la guerra europea general, a las pretensiones egoístas y expoliadoras de Inglaterra, de Rusia y demás, todos los socialistas estarían obligados a desear la victoria de la burguesía serbia – es ésa la única conclusión justa y totalmente necesaria que pueda sacarse del factor nacional en la guerra actual”.
Y, no obstante, prosigue:
“La dialéctica de Marx, que es la expresión más acabada del método evolucionista científico, excluye precisamente el examen aislado, o sea unilateral y deformado, del objeto estudiado. El factor nacional en la guerra serbio-austriaca ni tiene ni puede tener la menor importancia seria en la guerra europea general. Si vence Alemania, ésta se tragará a Bélgica, una parte de Polonia otra vez, quizás una parte de Francia, etc. Si se lleva Rusia la victoria, se tragará a Galizia, parte de Polonia otra vez, Armenia, etc. Si la partida queda “en tablas”, permanecerá la antigua opresión nacional. Para Serbia, o sea para más o menos una centésima parte de los beligerantes en la guerra actual, ésta es la “continuación de la política” del movimiento de liberación nacional burgués. Para el 99 por ciento, la guerra es la continuación de la política de la burguesía imperialista, es decir algo caduco, capaz de corromper a las naciones, y ni mucho menos redimirlas.. La Entente, al “liberar” a Serbia, vende los intereses de la libertad serbia al imperialismo italiano a cambio de su apoyo en el saqueo de Austria. Todo eso, de notoriedad pública, ha sido deformado sin escrúpulos por Kautsky para justificar a los oportunistas” (La quiebra de la IIª Internacional, Cap. 6)
Recordemos respecto a la Serbia de 1914 que el Partido socialista de ese país (y por ello fue saludado por todos los internacionalistas de entonces) se negó en redondo y denunció la “resistencia del pueblo serbio contra el invasor austriaco” y eso que éste estaba entonces bombardeando la población civil de Belgrado.
Volviendo a hoy, “es de notoriedad pública” (y podría añadirse que quienes no lo reconocen no hacen sino “deformar sin escrúpulos la realidad”) que la guerra llevada a cabo por Estados Unidos y Gran Bretaña contra Irak (al igual que la guerra desencadenada en agosto de 1914 por Austria y Alemania contra la “pequeña Serbia”) tiene repercusiones imperialistas que superan con mucho a Irak. Concretamente, frente a los países de la “coalición”, hay un grupo de países como Francia y Alemania cuyos intereses son antagónicos de aquellos. Por eso esos dos países lo hicieron todo por impedir la intervención norteamericana del año pasado y, desde entonces, se han negado a enviar cualquier tipo de tropas a Irak. El que votaran en la ONU una resolución presentada por Estados Unidos y Gran Bretaña lo único que significa es que los acuerdos diplomáticos, como las discordias, no son sino otros tantos momentos de la guerra larvada que se libran las grandes potencias.
Por muchas declaraciones de amistad que se hagan, tan cacareadas sobre todo con ocasión del aniversario del desembarco de junio de 1944, el imperialismo francés saca ventajas en las dificultades que pueda encontrar EE.UU. en Irak. En resumen, en lo que desemboca vuestro apoyo a la “resistencia del pueblo iraquí” es a hacerle el juego a la burguesía de “vuestro” país. Y no nos saquéis aquí a Lenin para justificar esa política, pues a lo que él llamaba era a “… combatir en primer lugar el chovinismo (patriotismo) de ‘su propia’ burguesía” (La situación y las tareas de la Internacional socialista, 1/11/1914).
Hay que aceptar la evidencia y dejar de contarse cuentos de hadas si queréis seguir el ejemplo de Lenin en la defensa del internacionalismo: el apoyo a la “resistencia del pueblo iraquí contra el invasor” es pura y simplemente una traición al internacionalismo y es, por lo tanto, una política chovinista antiproletaria. Fue contra una política como la vuestra contra lo que Lenin escribió:
“Les socialchovinistas hacen suya la mistificación del pueblo por parte de la burguesía, según la cual la guerra se haría por la defensa de la libertad y de la existencia de naciones, poniéndose así al lado de la burguesía contra el proletariado” (El socialismo y la guerra, cap. 1).
Pero, además, el apoyo a la “resistencia del pueblo iraquí”, o sea a los sectores antiamericanos de la burguesía iraquí, no solo es una traición al internacionalismo desde el enfoque de lo que representa Irak en los antagonismos entre grandes potencias imperialistas. O sea que no solo es una traición al internacionalismo respecto a los proletarios de esas potencias. Lo es también para con los proletarios iraquíes a quienes se les quiere vender gato por liebre, llamándoles a hacerse matar en defensa de los intereses imperialistas de su burguesía. Hay que dejar de contarse cuentos: el Estado iraquí es imperialista. En realidad, en el mundo actual, todos los Estados son imperialistas, desde el más poderoso hasta el más pequeño. Así, la “pequeña Serbia”, cuya historia la ha transformado en una de las presas favoritas de los apetitos imperialistas de potencias mayores como Alemania o Rusia (pasando por Francia) se ha portado durante los años 90 en Estado imperialista modelo a base de matanzas y “limpiezas étnicas” para construir la “Gran Serbia” a expensas de otras nacionalidades de la antigua Yugoslavia. Todo ello, claro está, en un contexto dominado por el antagonismo entre las diferentes potencias que defendían ya a Croacia (Alemania o Austria), ya a Bosnia (Estados Unidos) o a Serbia (Francia y Gran Bretaña).
El Estado iraquí no es para nada una excepción en esa realidad del mundo actual. Ni mucho menos. Es, al contrario, una ilustración de lo más instructiva.
En efecto, desde su independencia de la esfera británica, tras la Segunda Guerra mundial, el Estado iraquí, por el lugar que ocupa y sus recursos petrolíferos, no ha dejado nunca de ser un punto central en las rivalidades entre las grandes potencias. “Cliente” durante cierto tiempo de la URSS, se volteó hacia la alianza occidental (sobre todo con un acercamiento espectacular con Alemania y, sobre todo, Francia) durante los años 70 cuando la influencia soviética retrocedió en Oriente Medio. Entre 1980 y 1988, en una de las guerras más largas y mortíferas (1 200 000 muertos) desde 1945, Irak fue la avanzadilla de la ofensiva de los países occidentales contra el Irán de Jomeini, el cual había llamado a la guerra santa contra el “Gran Satán” norteamericano. Las potencias occidentales, especialmente EE.UU. dieron un apoyo sin fisuras a Irak, a partir del verano de 1987 sobre todo, mandando al golfo Pérsico una importante flota que se enfrentó cotidianamente a las fuerzas de Irán, obligando a este país a aceptar el cese de las hostilidades durante en verano de 1988, y eso que antes había infligido punzantes derrotas a Irak.
Está claro que no fue por amor a EE.UU. si Sadam Husein mandó a cientos de miles de proletarios y campesinos en uniforme a hacerse matar en el frente iraní a partir de 1980 (y que de paso gaseó a 5000 civiles kurdos en un solo día, el 16 marzo 1988 en Halabia). En realidad, la burguesía iraquí tenía sus propios objetivos de guerra al lanzarse al conflicto. Además de someter por el terror a la población kurda y shií, quería apoderarse del Chat al Arab (estuario de los ríos Éufrates y Tigris) que Irán controlaba. Además la guerra debía permitir a Irak y a Sadam ocupar el liderazgo del mundo árabe. En resumen, una guerra plenamente imperialista.
La guerra de 1990-91 fue, por su parte, de la misma índole. Ya hemos puesto a menudo en evidencia y hemos denunciado ampliamente los objetivos imperialistas de EE.UU. y sus aliados de entonces en la operación “Tempestad del desierto”. Pero el acontecimiento que sirvió de pretexto para la cruzada contra Irak fue la invasión de Kuwait por ese país durante el verano de 1990. Evidentemente no se trata para los marxistas de entrar en consideraciones de saber quién era el “agresor” y quién el “agredido”, ni ponerse a defender al jeque Yaber y su cuenta bancaria o sus reservas petrolíferas. Lo cual no quita que la operación militar de agosto de 1990 de Irak contra Kuwait fue la de un bandido imperialista contra otro bandido imperialista (empleando la terminología que tanto gustaba a Lenin). El que fueran bandidillos no cambia nada en la naturaleza profunda de su política ni de la que debe tener el proletariado respecto a ese tipo de conflictos.
Un último comentario respecto a la naturaleza imperialista de los Estados del mundo actual. Uno de los argumentos dado a menudo para apoyar la idea de un Estado como Irak no sería imperialista es que no exporta capitales. Este argumento pretende estar en conformidad con el análisis desarrollado por Lenin en su obra El imperialismo, fase suprema del capitalismo que insiste muy especialmente en ese aspecto de política imperialista. En realidad, la explotación que hacen los epígonos de esa visión unilateral del imperialismo para justificar sus traiciones al internacionalismo es del mismo tipo que la que hacen los estalinistas de una frase (totalmente aislada de su contexto por lo demás) de un artículo de Lenin escrito durante la Primera Guerra mundial.
“La desigualdad del desarrollo económico y político es una ley absoluta del capitalismo. de aquí se deduce que es posible que socialismo triunfe primeramente en unos cuantos países capitalistas o incluso en un solo país capitalista. El proletariado triunfante de este país, después de expropiar a los capitalistas y organizar la producción socialista dentro de sus fronteras, se enfrentaría con el resto del mundo, con el mundo capitalista atrayendo a su lado las clases oprimidas de los demás países, levantando en ellos la insurrección contra los capitalistas, empleando, en caso necesario, incluso la fuerza de las armas contra las clases explotadoras y sus Estados” (“La consigna de los Estados Unidos de Europa”, Obras escogidasI).
Para los estalinistas (que en general “se olvidan” de la última frase de esa cita),
“Fue éste el mayor descubrimiento de la época y pasó a ser el principio rector de toda la actividad del Partido Comunista, de toda su lucha por la victoria de la revolución socialista y la edificación del socialismo en nuestro país. La doctrina de Lenin acerca de la posibilidad de la victoria del socialismo en un solo país ofreció al proletariado una clara perspectiva de lucha, liberó la energía y la iniciativa de los proletarios de cada país para el embate contra su burguesía nacional, y pertrechó al partido y a la clase obrera de una seguridad, científicamente fundamentada, en la victoria.” (Instituto de marxismo-leninismo del C.C. del P.C.U.S., Prefacio a las Obras escogidas de Lenin, Moscú, 1961).
El trotskismo, extrema izquierda del capital
El método no es nuevo. Siempre fue empleado por los falsificadores del marxismo, por los renegados. Los socialdemócratas alemanes se apoyaron en tal o cual fórmula errónea o ambigua del marxismo para justificar su política reformista y su traición al socialismo. En especial abusaron sin cesar de la cita de Engels sacada de su prefacio de 1895 al folleto de Marx La Lucha de clases en Francia:
“Como Marx predijo, la guerra de 1870-1871 y la derrota de la Comuna desplazaron por el momento de Francia a Alemania el centro de gravedad del movimiento obrero europeo. En Francia, naturalmente, necesitaba años para reponerse de la sangría de mayo de 1871. En cambio, en Alemania, donde la industria –impulsada como una planta de estufa por el maná de miles de millones pagados por Francia– se desarrollaba cada vez más rápidamente, la socialdemocracia crecía todavía más deprisa y con más persistencia. Gracias a la inteligencia con que los obreros alemanes supieron utilizar el sufragio universal, implantado en 1866, el crecimiento asombroso del partido aparece en cifras indiscutibles a los ojos del mundo entero. (…) Pero con este eficaz empleo del sufragio universal entraba en acción un método de lucha del proletariado totalmente nuevo, método de lucha que se siguió desarrollando rápidamente. Se vio que las instituciones estatales en las que se organizaba la dominación de la burguesía ofrecían nuevas posibilidades a la clase obrera para luchar contra estas mismas instituciones. Y se tomó parte en las elecciones a las dietas provinciales, a los organismos municipales, a los tribunales de artesanos, se le disputó a la burguesía cada puesto, en cuya provisión mezclaba su voz una parte suficiente del proletariado. Y así se dio el caso de que la burguesía y el Gobierno llegasen a temer mucho más la actuación legal que la actuación ilegal del partido obrero, más los éxitos electorales que los éxitos insurreccionales.”
Y fue el uso antiproletario de una cita errónea de Engels, lo que Rosa Luxemburg denunció en la tribuna del Congreso de fundación del Partido comunista alemán:
“Engels no vivió el tiempo suficiente para ver los resultados, las consecuencias políticas del uso que se hizo de su prefacio, de su teoría. Pero estoy segura de una cosa: cuando se conocen las obras de Marx y de Engels, cuando se conocen el espíritu revolucionario vivo, auténtico, inalterado, que se despeja de todos sus escritos, de todas sus enseñanzas, está una convencida de que Engels habría sido el primero en protestar contra los excesos resultantes del parlamentarismo puro y simple; el movimiento obrero en Alemania cedió a la corrupción, a la degradación mucho antes que el 4 de agosto, pues el 4 de agosto no cayó de los cielos, no fue un viraje inesperado, sino la continuación lógica de las experiencias que habíamos hecho anteriormente, día tras día, año tras año; Engels e incluso Marx – si hubiera vivido –habrían sido los primeros en erguirse violentamente contra eso, en detener, frenar brutalmente el vehículo para impedir que se enfangara en un barrizal. Pero Engels falleció el mismo año en que había escrito su prefacio” (Rosa Luxemburg, “Nuestro programa y la situación política”, Informe para el congreso de fundación del P.C.A.)
Volviendo a la idea de que la única manifestación de una política imperialista sería la exportación de capitales, hay que precisar que esa idea no está en el libro de Lenin El imperialismo, fase suprema del capitalismo. Muy al contrario, ya que escribe:
“A los numerosos “antiguos” móviles de la política colonial, el capital financiero [que es según Lenin el motor principal del imperialismo] ha añadido la lucha por los recursos en materias primas, por la exportación de capitales, por “zonas de influencia”, es decir por las zonas de transacciones ventajosas, de concesiones, de obtención de monopolios, etc., –y, en fin, por el territorio económico en general” (El imperialismo, fase suprema del capitalismo, cap. X).
En realidad, la deformación unilateral del análisis del imperialismo de Lenin tenía un objetivo del mismo orden que la interpretación hecha por los estalinistas del corto pasaje citado arriba, sobre la “edificación del socialismo en un solo país”: intentar hacer creer que el sistema que se instauró en la URSS después de la revolución de octubre de 1917, una vez fracasada la ola revolucionaria mundial que la siguió, no tenía nada de capitalista ni imperialista. Como la URSS no poseía los medios financieros de exportar capitales (si no era a una escala ridícula comparada con la de las potencias occidentales), la política que llevaba a cabo no podía ser imperialista, según semejante noción. Y eso incluso cuando esa política consistía en la conquista territorial, en la ampliación de sus “zonas de influencia”, en el saqueo de las materias primas y de los recursos agrícolas, y hasta del desmontaje puro y simple de las factorías de los países ocupados. En realidad, la de la URSS fue una política muy parecida a la de la Alemania nazi en la Europa ocupada (en donde hubo muy poco capital exportado y sí mucho saqueo puro y simple). Evidentemente, tal análisis del imperialismo era pan bendito para la propaganda estalinista contra quienes denunciaban las acciones imperialistas del Estado soviético. Pero cabe recordar que los estalinistas no eran los únicos en rechazar cualquier idea que la URSS fuera capitalista o imperialista. En su mentiroso montaje recibieron el indefectible apoyo del movimiento trotskista con el análisis desarrollado por Trotski que presentaba a la URSS como un “Estado obrero degenerado” en el que habrían desaparecido las relaciones de producción capitalistas.
No es el marco de esta ya larga carta para intentar demostrar la inconsistencia del análisis de Trotski sobre las relaciones de producción en la URSS. Os recomendamos al respecto diferentes artículos publicados en nuestra Revista internacional, especialmente “La clase no identificada, la burocracia soviética vista por Trotski” (Revista internacional no 92). Es importante, sin embargo, subrayar que fue sobre todo en nombre de la “defensa de la URSS y de sus conquistas obreras” si el movimiento trotskista apoyó el campo de los aliados durante la Segunda Guerra mundial, participando, en particular, en los movimientos de “resistencia”, o sea adoptando la misma política que los social-chovinistas de 1914. En otras palabras, traicionó el campo de la clase obrera uniéndose al de la burguesía.
El que los “argumentos” empleados por la corriente trotskista para apoyar la participación en la guerra imperialista no fueran idénticos a los de los social-chovinistas de la Primera Guerra mundial no cambia para nada el fondo del problema. En realidad, eran de la misma naturaleza puesto que ambos llamaban a hacer una diferencia fundamental entre dos formas de capitalismo y apoyar a una de ellas en nombre del “mal menor”. En la Iª Guerra mundial, los chovinistas convictos llamaban a defender la patria. Los social-chovinistas llamaban, unos a defender la “civilización alemana” contra le “despotismo del zar”, y otros la “Francia de la Gran Revolución” contra el “militarismo prusiano”. En la Segunda Guerra mundial, junto a De Gaulle que defendía la “Francia eterna”, los estalinistas (que también se referían, por cierto, a esa “Francia eterna”) llamaban a defender la democracia contra el fascismo y a defender la “patria del socialismo”. Por su parte, los trotskistas le siguieron los pasos a los estalinistas llamando a participar en la “Resistencia” en nombre de la “defensa de las conquistas obreras de la URSS”. De este modo, como los estalinistas, se convirtieron en banderines de enganche para el campo anglo-norteamericano en la guerra imperialista.
Fue dando su apoyo a la Unión Sagrada en la Iª Guerra mundial como los partidos socialistas firmaron su paso al campo de la burguesía. Fue adoptando la teoría de la “edificación del socialismo en un solo país” como los partidos estalinistas dieron el paso decisivo en su camino hacia el campo del capital nacional que quedó rematado con su apoyo a los esfuerzos de rearme de sus burguesías nacionales respectivas y a la preparación activa para la guerra que se anunciaba. Fue su participación en la IIª Guerra mundial lo que rubricó el paso de la corriente trotskista al campo del capital. Por eso no puede haber otra alternativa, si se quiere volver a encontrar el terreno de clase del proletariado sino la de romper que con el trotskismo y desde luego no pretendiendo volver al “trotskismo verdadero”. Eso fue lo que comprendieron las corrientes en el seno de la IVª Internacional que quisieron mantenerse en una oposición internacionalista, corrientes como la de Munis (representante oficial del trotskismo en España), la de Scheuer en Austria, de Stinas en Grecia, Socialisme ou Barbarie en Francia. También fue el caso de la propia viuda de Trotski, Natalia Sedova quien rompió con la IVª Internacional tras la Segunda Guerra mundial sobre la cuestión de la defensa de la URSS y de la participación, en nombre de esa defensa, en la guerra imperialista.
En cuanto a vosotros, si queréis sinceramente, como así lo escribís, llevar a cabo un combate junto a la clase obrera, no podréis evitar la ruptura clara con la corriente trotskista y no solo con esta o aquella organización de dicha corriente.
Una vez más, al problema se le pueden dar las vueltas que se quieran, se puede invocar a Trotski, a Lenin, incluso a Marx, recitar de memoria tal pasaje de El imperialismo, fase suprema del capitalismo; puede uno taparse los ojos o los oídos, o ambos a la vez; puede uno meter la cabeza en la arena o en otra parte, nada podrá cambiar la dura realidad: un grupo que hoy, en Francia, apoya la “resistencia iraquí”, no solo es un banderín de enganche para transformar en carne de cañón a los proletarios iraquíes al servicio de unos sectores (sean shiíes o suníes) entre los más retrógrados de la burguesía iraquí, sino que además aporta un apoyo garantizado a los intereses imperialistas de su propia burguesía nacional, a la vez que cultiva los sentimientos nacionalistas antiamericanos de los proletarios franceses. En todo caso, semejante grupo está usurpando el calificativo de comunista o de internacionalista. No es diferente de los que Lenin tildaba de social-chovinistas: socialistas en palabras, patrioteros y burgueses en los actos.
En cuanto a los argumentos de tinte “marxista” aderezados con tal o cual frase de Lenin o incluso de Marx para justificar la participación en la guerra imperialista, Lenin ya respondió de antemano:
“De liberador de naciones que fue el capitalismo en la lucha contre le régimen feudal, le capitalismo imperialista se ha convertido en el mayor opresor de naciones. Antiguo factor de progreso, el capitalismo se ha vuelto reaccionario; ha desarrollado hasta tal grado las fuerzas productivas que a la humanidad ya no le queda sino pasar al socialismo, o, si no, soportar durante años, décadas incluso, la lucha armada de las “grandes” potencias por el mantenimiento artificial del capitalismo gracias a las colonias, los monopolios, los privilegios y opresiones nacionales de todo tipo” (Los principios del socialismo y la guerra de 1914-1915 – La guerra actual es una guerra imperialista).
“Los social chovinistas rusos (Plejánov a la cabeza) invocan la táctica de Marx en la guerra de 1870; los social chovinistas alemanes (estilo Lensch, David y Cia.) invocan las declaraciones de Engels en 1891 sobre la necesidad, para los socialistas, de defender la patria en caso de guerra contra Rusia y Francia reunidas; en fin, los social chovinistas estilo Kautsky, deseosos de transigir con el chovinismo internacional y darle legitimidad, invocan que Marx y Engels, aún condenando las guerras, se pusieron cada vez, sin embargo, desde 1854-1855 a 1870-1871 y en 1876-1877, del lado de tal o cual Estado beligerante, una vez iniciado el conflicto. Todas esas referencias deforman de una manera asquerosa las ideas de Marx y de Engels por su zalamera complacencia hacia la burguesía y los oportunistas (…) Invocar hoy la actitud de Marx hacia las guerras de la época de la burguesía progresista y olvidar las palabras de Marx: “Los obreros no tienen patria”, palabras que se refieren precisamente a la época de la burguesía reaccionaria cuyo tiempo ha caducado, a la época de la revolución socialista, es deformar cínicamente el pensamiento de Marx sustituyendo el enfoque socialista por el burgués.” (El socialismo y la guerra, cap. 1).
Esperemos que estos elementos os permitan proseguir vuestra reflexión para así no pararos en una simple ruptura con una organización trotskista particular, sino con el trotskismo en general y con todas las ideas burguesas que transmite.
Saludos comunistas,
CCI (junio de 2004)
1 Groupe communiste révolutionnaire internationaliste, escisión del partido trotskista francés Parti des travailleurs. Su sitio Internet es http://groupecri.free.fr
A continuación publicamos extractos de un extenso artículo de los compañeros del Núcleo comunista internacional de Argentina dedicado a analizar en profundidad el llamado movimiento piquetero, denunciar su carácter antiobrero y combatir las mentiras interesadas con las que los grupos izquierdistas de todo pelaje “se dedicaron a engañar al proletariado con falsas expectativas haciéndole creer que los objetivos y los medios del movimiento piquetero contribuyen a hacer avanzar su lucha”.
A esta tarea de engañar, falsificar e impedir que el proletariado saque las verdaderas lecciones y se arme contra las trampas de su enemigo de clase, se apresta a hacer su contribución inestimable un grupo de tendencia anarquista como el GCI con su lenguaje pseudomarxista, como muy bien denuncian los compañeros del NCI.
Los orígenes y la naturaleza del movimiento piquetero
Tal vez pueda suceder que muchos consideren que estas corrientes de desocupados se han iniciado en estos últimos cinco ó seis años cuando la miseria, la desocupación y el hambre arreciaban en las grandes barriadas del Gran Buenos Aires, Rosario, Córdoba, etc. Ello no es así, las corrientes piqueteras, tienen un origen diferente, y este es las llamadas “Manzaneras” que comandaba la esposa del entonces gobernador de la provincia de Buenos Aires, Eduardo Duhalde, en la década del 90, y que cumplían una doble función: una de un control social y político y tejer la capacidad de movilización de las amplias capas desesperadas a favor de la fracción burguesa que representaba Duhalde, y por otro lado las encargadas del reparto de los alimentos a los desocupados (un huevo y medio litro de leche diaria), ya que por ese entonces no existían planes de desempleo, subsidios, etc. Pero a medida que los índices de desocupación aumentaban geométricamente y también las protestas de los desocupados, las manzaneras comienzan a desaparecer de la escena. Había un espacio vacío, que era preciso ocupar, y lo ocupó un ramillete de organizaciones, la mayoría manejadas por la iglesia católica, las corrientes políticas izquierdistas, etc, más tarde entran en escena el maoísta Partido comunista revolucionario con su Corriente clasista y combativa, el trotskista Partido obrero que conformaron su propio aparato de desocupados, el Polo obrero, y sucesivamente, las demás corrientes.
Estas primeras organizaciones hicieron su bautismo de fuego en Buenos Aires, a nivel masivo, con los cortes de ruta sobre la estratégica ruta 3, que une Buenos Aires con el extremo Sur de la Patagonia con la exigencia de más subsidios de desempleo, subsidios que eran controlados y manejados por consejos consultivos que integraban la municipalidad, las corrientes piqueteras, la iglesia, etc., o sea por el Estado burgués.
Es así que los “planes Trabajar” y los distintos subsidios permitieron a la burguesía ejercer un control social y político de los desempleados a través de las respectivas organizaciones piqueteras, sean estas de corte peronista, trotskista, guevarista, estalinista o sindical a través de la C.T.A. Luego estas corrientes comenzaron a esparcirse a través de las barriadas obreras duramente castigadas por la desocupación, el hambre y la marginación, y comenzaron a tejer su estructura, todo ello con el dinero del estado burgués.
Solamente les eran exigidas dos cosas para poder ser beneficiario del subsidio y de los bolsones de comida (5 kg): movilizarse tras las banderas de la organización, y participar en los actos políticos si ésta poseía una estructura política, y aceptar y levantar la mano votando favorablemente las proposiciones de aquel grupo al cual “pertenecía”, todo ello so pena de perder el beneficio del plan, o sea de los míseros $150 pesos, o 50 dólares.
Pero las obligaciones para con la corriente de desocupados no finaliza aquí. Estos últimos se hallaban por parte de las organizaciones de desocupados sujetos a una serie de obligaciones, y su cumplimiento es consignado en libretas donde el que mayor puntaje obtiene, o sea participa en reuniones, marchas, y da su acuerdo a la posición oficial, no corre peligro de ver decaído su beneficio; en cambio, aquel que emite opiniones de disconformidad, el puntaje se reduce hasta perder el plan.
Pero así también, las organizaciones extraían de los desocupados un porcentaje o una suma fija de dinero en concepto de “cotización”, este dinero es para pagar rentados de las corrientes, pagar locales, en donde funcionan tanto la corriente de desocupados como el grupo político de quien depende la primera, etc.
La entrega de esta cotización es de carácter obligatorio, y para tales fines, los llamados “referentes” de cada local barrial de los diversos movimientos de desocupados acompañaban a los desempleados al mismísimo banco en donde luego de cobrar, estos últimos debían entregar el dinero.
En el año 2001, previo a las jornadas interclasistas del 19 y 20 de diciembre, la llamada asamblea piquetera estaba hegemonizada por el Polo obrero, la maoísta Corriente clasista y combativa, y la Federación de tierras, vivienda y habitat.
Las posiciones sustentadas en dichas asambleas y las siguientes demostraron claramente la naturaleza de los diversos movimientos piqueteros, como aparatos al servicio del estado burgués. Dicha naturaleza no ha desaparecido posteriormente cuando la ruptura de la asamblea piquetera de La Matanza, entre el Polo obrero y las otras dos corrientes, ocasionó la conformación del Bloque piquetero.
Las caracterizaciones que se les da a los desocupados, o al “sujeto piquetero” como gusta decir el Partido obrero, en su publicación semanal Prensa obrera cuando expresa que el objetivo del movimiento piquetero es convertirse en un movimiento de masas, entendido esto como de la masa de desocupados, de obreros activos y de todos los sectores medios que son empujados a la clase obrera y de los desposeídos, es decir la clase obrera debe insertarse en un amplio frente interclasista y debe luchar, no en su propio terreno sino en un campo que le es totalmente ajeno.
Lo que demuestra lo correcto de la posición de la CCI, como la que entonces defendimos, cuando calificaba a los sucesos del 19 y 20 de diciembre como una revuelta interclasista.
El Partido obrero en un párrafo sin desperdicio de su XIIIº Congreso dice sin el menor rubor: “El que controla la comida de las masas controla a las masas...”, o sea que a pesar de las declamaciones del Partido obrero por impedir que la burguesía controle a las masas al controlar los alimentos, plantea en realidad la misma actitud que la burguesía, es decir controlar los planes sociales, controlar los bolsones de comida, para poder así controlar a los desocupados. Esta actitud no es privativa del Partido obrero, sino del conjunto y de la totalidad de las corrientes, grupos y /o agrupaciones piqueteras.
Estos pequeños ejemplos sirven para demostrar que los movimientos de desocupados que han ocupado los medios masivos de comunicación, tanto en el plano nacional como internacional, y que llevó a la pequeña burguesía radicalizada a imaginarse el inicio de “una revolución”, de la existencia de “consejos obreros” etc., es una falacia absoluta.
Al considerar, como hace el Partido obrero, que el movimiento piquetero es el hecho más significativo del movimiento obrero desde el “cordobazo” [levantamiento de los obreros de Córdoba en 1969, NDLR], ello así, ya que éste último como también las luchas de carácter netamente obreras que tuvieron lugar en aquellos días no fue una rebelión popular o de neto corte o tinte interclasista, todo lo contrario, fueron combates obreros que desarrollaron comités obreros, que tuvieron a su cargo las mas diversas funciones, como comités de defensa, solidaridad, etc.
Un censor podrá criticarnos diciéndonos que esa es la posición de las direcciones de los movimientos y organizaciones piqueteras, pero lo que importa es la dinámica del proceso o del fenómeno piquetero, sus luchas, sus movilizaciones, sus iniciativas.
La respuesta es sencilla, a quienes nos censuren de esta manera debemos responderles, al igual que lo hicimos con el BIPR en la crítica que en Revolución comunista nº 2 [publicación del NCI] se realizó sobre sus posiciones relativas al “argentinazo” del 19 y 20 de diciembre, que las posturas que esa corriente adoptó son simples deseos de carácter idealista.
Las organizaciones piqueteras son sus líderes, sus jefes, nada más. El resto, los piqueteros con rostros cubiertos quemando neumáticos, son prisioneros de los $150 mensuales y de 5 kg de alimentos que el Estado burgués le otorga vía las organizaciones.
Y, como se dijo más arriba, todo ello debe ser realizado so pena de perder dichos “beneficios”. En síntesis las corrientes piqueteras no significan en absoluto desarrollo de la conciencia, todo lo contrario es retraso en la conciencia obrera, ya que aquellas imprimen una ideología ajena a la clase obrera. Asimismo, en lo expresado de que quien maneja la comida maneja la conciencia, el Partido obrero hace mención a una posición de la burguesía, es su lógica también, perversa, que solamente lleva a la derrota de la clase obrera y de los desocupados, ya que la función del izquierdismo es eso: derrota de la clase obrera, pérdida de la autonomía de clase por más consignas “revolucionarias” que puedan adoptar.
El GCI miente sobre la naturaleza obrera del movimiento piquetero
Las inexactitudes, las medias verdades, y las mistificaciones no ayudan al proletariado mundial, todo lo contrario, profundizan más los errores y las limitaciones en las nuevas luchas por venir. Esa es la actitud del GCI cuando escribe en su revista Comunismo (números 49, 50 y 51), que: “... la primera vez en la historia de Argentina en que la violencia revolucionaria del proletariado logra derribar el gobierno”, y continúa : “reparto de mercancías expropiadas entre los proletarios y comidas “populares” surtidas con el producto de las recuperaciones... Enfrentamientos con la policía y con otros cuerpos de choque del estado, como las patotas mercenarias peronistas, especialmente el día de la asunción de la presidencia del gobierno de Duhalde…”
El GCI, con su actitud y sus falsedades confunde a la clase obrera mundial impidiéndole extraer las necesarias lecciones de los sucesos en Argentina del año 2001.
En primer lugar no se trató de una “violencia revolucionaria” que derribó al gobierno de De La Rúa; todo lo contrario, este gobierno burgués cayó como producto de los conflictos y de las luchas interburguesas. Tampoco hubo reparto de las “mercaderías expropiadas”, los saqueos no fueron tal como pretenden el GCI “un ataque generalizado de la propiedad privada y el estado”, más bien se trató de personas desesperadas, hambrientas, y jamás se pusieron a pensar ni tan siquiera tangencialmente en atacar a la propiedad privada, sino calmar el hambre por un par de días.
Asimismo las falsificaciones de los hechos continúan, cuando habla de la asunción de Duhalde como una lucha entre el “movimiento” del proletariado contra las patotas peronistas; es falso, es mentira, el enfrentamiento que existió el día que asumió Duhalde la primera magistratura nacional, fue entre aparatos del estado burgués: por un lado el peronismo, y por el otro el izquierdismo del MST, PCA, y otros grupos menores trotskistas y guevaristas; pero la clase obrera estuvo ausente ese día.
Quizá por un momento alguien puede pensar que, tal vez, dichos “errores” del GCI se deben a un exceso de entusiasmo revolucionario, a la buena fe, pero al continuar con la lectura de dicha revista, es dable a observar que ello no existe, juega un rol de confusión que solo favorece a la burguesía. El GCI miente a la clase obrera mundial y alimenta la mistificación piquetero, cuando dice que: “… La afirmación proletaria en Argentina no hubiese sido posible sin el desarrollo del movimiento piquetero, puntal del asociacionismo proletario durante el último lustro...” y “… En Argentina, el desarrollo de esta fuerza de clase se muestra, en unos meses tan potente que los proletarios que todavía tienen un trabajo se asocian a la misma… Durante los últimos años toda gran lucha se coordina y articula en torno a los piquetes, a las asambleas y estructuras de coordinación de los piqueteros…”. Sería preocupante que estas afirmaciones las realizaran corrientes del medio político proletario, en cambio no nos extrañan en boca del GCI, un grupo semianarquista que reivindica la ideología pequeña burguesa y racista de Bakunin, lo que nos preocupa son los engaños que dicha publicación está llevando a sus lectores.
El movimiento piquetero, ya se dijo más arriba (con las excepciones de la Patagonia y del norte de Salta) es el heredero de las Manzaneras, y el supuesto asociacionismo que generarían los piquetes, no es más que la obligación que posee cada uno de los beneficiarios del “plan Trabajar” o de cualquiera de los subsidios para no perder dichas migajas que el estado burgués le otorga. No existe entre sí solidaridad, todo lo contrario, es todos contra todos, buscar obtener un beneficio en perjuicio y a costa del hambre del otro.
Por ello no puede calificarse el piquete, ni mucho menos, como el hecho más significativo de la clase obrera y no se puede mentir descaradamente acerca de la “coordinación” de los obreros ocupados con los piquetes. Sigue mintiendo cuando dice que “el asociacionismo generalizado del proletariado en Argentina es sin dudas una afirmación incipiente de esa autonomización del proletariado… La acción directa, la organización en fuerza contra la legalidad burguesa, la acción sin mediaciones intermediarias… el ataque a la propiedad privada… son extraordinarias afirmaciones de esa tendencia del proletariado a constituirse en fuerza destructora de todo el orden establecido..”.
Estas afirmaciones son sin lugar a dudas una muestra cabal de un intento abierto de estafa a la clase obrera mundial para evitar que pueda extraer las lecciones y las enseñanzas necesarias. Es en definitiva un gran servicio que el GCI presta a la burguesía y a la clase dominante. No puede estafarse a la clase obrera intentado dibujar y cambiar el sentido de los hechos, de las acciones y de las consignas, “el que se vayan todos…” no es una afirmación revolucionaria, sino más bien una afirmación para que se queden todos, es la búsqueda de un “gobierno burgués honesto”.
Pero cabe preguntarse a qué se refiere el GCI con lo de “proletario”. Para este grupo, el proletariado no se define según el papel que juegan en la producción capitalista, es decir si son los dueños de los medios de producción o si venden su fuerza de trabajo. Para el GCI, proletario es una categoría que abarca tanto a los desocupados (que son parte de la clase obrera) como a los lumpen y demás capas o estratos sociales no explotadores, como puede verse en su publicación Comunismo nº 50.
La posición del GCI, de considerar al lumpen dentro de la categoría proletario, no es más ni menos que un intento de plantear en forma encubierta que se ha constituido un nuevo sujeto social revolucionario así como de dividir a los desocupados de su pertenencia a la clase obrera. Por más que lo niegue, el GCI, tiene en muchos aspectos posiciones similares a las adoptadas por el izquierdismo argentino, como el Partido obrero, cuando crea una subcategoría de obreros, los “ obreros piqueteros”. Y eso se ve cuando el GCI intenta explicar su visión (semianarquista y guerrillerista que nada tiene que ver con el marxismo) sobre ese sujeto proletario y dice acerca de los lumpen que son “los elementos más decididos a contraponerse a la propiedad privada” por ser los elementos más desesperados.
Pero la pregunta a formularse es la siguiente: ¿el lumpenproletariado es una capa social distinta al proletariado? Para el GCI no lo es, más bien es el sector más golpeado del proletariado. Aquí evidentemente el GCI asimila desocupados con lúmpenes lo cual es radicalmente falso. Ello no implica en lo absoluto que la burguesía con la desocupación procura que dichos destacamentos obreros sin trabajo se desmoralicen producto de su aislamiento y que procure asimismo lumpenizarlos para que pierdan su conciencia de clase. Pero de ello a la posición sustentada por el GCI hay una gran diferencia, ya que pensar tan siquiera tangencialmente que el lumpen es el sector más desesperado del proletariado y que dicha desesperación conlleva a “no respetar la propiedad privada”, es falso.
Los lumpenes son alguien plenamente integrado a la actual sociedad capitalista del sálvese quien pueda, de cada uno a la suya, y su “no respeto a la propiedad privada” es la desesperación de esta capa social.
Cabe afirmar que el GCI proclama de forma solapada el fin del proletariado, haciéndose eco de las ideologías y teorías propagandizadas por la burguesía en la década de los 90, al proclamar que dichas capas sociales sin futuro son parte del proletariado, y al negar a la clase obrera su carácter de la única clase social revolucionaria en nuestra época y la única clase que tiene una perspectiva comunista y de destrucción del sistema de explotación que impone el capitalismo.
Es falso el carácter proletario y revolucionario de la revuelta del 2001, es falso que el proletariado haya desafiado a la propiedad privada. Las estructuras asociativas a las que se refiere el GCI son parte integrante del aparato estatal, para dividir y desunir a la clase obrera, ya que los grupos piqueteros cualquiera que fuera su estructura, jamás pensaron ni se plantearon destruir la propiedad privada ni propusieron una perspectiva comunista.
En realidad, el GCI es parte integrante de toda la parafernalia mediática en torno a los piquetes y sus grupos piqueteros, mistificando, dividiendo, y desuniendo a la clase obrera, y negando el carácter revolucionario del proletariado, a través de temas a los que, por mucho que intente darles una apariencia marxista, no son más que una deformación de la ideología burguesa.
Además, el GCI lanza un artero ataque contra la CCI, y contra la posición que dicha corriente defendió con relación a los acontecimientos del 2001. Consideramos firmemente que la posición que adoptó la CCI en los sucesos de Argentina fue la única que extrajo correctamente las enseñanzas de dicha revuelta popular, mientras que el BIPR se basó pura y exclusivamente en el fetiche de las “nuevas vanguardias” y de las “masas radicalizadas de las naciones periféricas”.
El GCI (así como la Fracción interna de la CCI) adoptó una posición de carácter pequeño burgués, no proletaria y de neto tinte anarquista.
Nuestro pequeño grupo extrajo de las lecciones de la revuelta interclasista en Argentina, las mismas lecciones que los camaradas de la CCI, sin encandilarse por el impresionismo tercermundista del BIPR, ni por la “acción revolucionaria proletaria” de los lúmpenes tal como lo plantea el GCI.
¡Qué despropósito es asimilar a la rebelión interclasista argentina y las capas que intervinieron en ella con la revolución rusa de 1917!, ¿qué tiene de común denominador las expresiones de Kerensky con los análisis acerca del levantamiento del 2001?. La respuesta es NADA.
La analogía del GCI es evidentemente interesada. Pero ello no se debe a errores o análisis apresurados o a visiones idealistas, todo lo contrario, ello es producto pura y simplemente de su opción ideológica que se aleja de la dialéctica materialista y del materialismo histórico, y abraza posiciones anarquistas, en una mezcla difícil de digerir, o sea, utilizando términos llanos, adoptan la ideología pequeña burguesa de las capas medias desesperadas y sin futuro.
Las posiciones de la FICCI
Capitulo aparte merece debatir las posiciones de la FICCI, este grupo a pesar de sus expresiones de ser la “verdadera CCI”, de ser la “única continuadora del programa revolucionaria de la CCI”, demuestra cabalmente su carácter de seguidista al BIPR, y sus análisis equivocados con respecto a la Argentina, lamentablemente no poseemos en español las posiciones de la FICCI con respecto de la Argentina, pero es indudable que de la lectura de la respuesta que dicho grupo realizó a una nota efectuada en Revolución comunista [publicación del NCI], respecto de Bolivia, da una cabal idea de las posiciones de dicho grupo.
“… La CCI actual, contrariamente al resto de todas las fuerzas comunistas, ha rechazado la realidad de las luchas obreras en Argentina (…) Pensamos que los movimientos en Argentina fueron un movimiento de lucha obrera (…) una visión esquemática puede comprender que el proletariado de los países de la periferia no tenga otra cosa que hacer más que esperar a que el proletariado de los países centrales abra la perspectiva de la revolución. Evidentemente, tal visión tiene implicaciones, consecuencias, en las orientaciones e incluso en la actitud militante hacia la lucha. Ya en los años 70 en la CCI, esta incomprensión incorrecta y vulgar, mecánica, había tendido a expresarse incluso en la prensa. Hoy, pensamos que esta visión vuelve con fuerza en las posiciones de la CCI actual bajo una visión absoluta, y por tanto idealista, de la descomposición, lo que ha conducido a que “nuestra” organización adoptara una posición indiferentista, derrotista, e incluso de denuncia, de las luchas obreras argentinas (ver su prensa de ese tiempo) en 2001-2002”.
Estas dos largas citas de la publicación de la FICCI, demuestra cabalmente los mismos errores cometidos por el BIPR, al cual aquella le hace seguidismo en forma no principista, y del GCI, los puntos de contacto es el de considerar en forma absurda que la revuelta popular en la Argentina fue una lucha obrera. Nada más falso.
Es cierto que la posición de la CCI, y de nuestro pequeño grupo difieren con relación al resto de las corrientes comunistas, especialmente el BIPR, y la misma no se refiere, como mal pretenden la FICCI, a una posición derrotista, todo lo contrario, no nos cansamos en reiterar hasta el hartazgo que es necesario extraer de las luchas todas las lecciones y experiencias a fin de no cometer errores o caer en impresionismo, como parece que estas fuerzas han sufrido con la experiencia piquetero. No implica decir que en Argentina 2001, 19 de diciembre no hubo lucha obrera, ser un desertor de la lucha de clases como expresa la FICCI, esta posición es típica de pequeños burgueses desesperados en busca de ver luchas obreras cuando en realidad no las hay.
Las naciones más industrializadas se hallan en condiciones más favorables para las luchas obreras revolucionarias, ya sea por su número, concentración en comparación con las naciones periféricas. Pero las condiciones para una revolución proletaria, entendida como una ruptura con la clase dominante, serán más favorables en aquellos países donde la burguesía es más fuerte y las fuerzas productivas han alcanzado un alto grado de desarrollo (…)
La FICCI, solamente ha llevado a cabo una política de calumnias e injurias contra la CCI, al igual que el GCI, y dicho accionar los ha llevado a negar lo innegable, a aceptar lo inaceptable, en primer lugar que la lucha en Argentina en el 2001 fue obrera, y a mistificar como órganos de la clase a los movimientos de desocupados, piquetes etc., cuando la práctica concreta de la lucha de clases ha demostrado lo contrario.
Por una perspectiva revolucionaria
Las corrientes piqueteras que en su conjunto manejan alrededor de 200 000 trabajadores desempleados, si bien no son sindicatos en el término exacto de la palabra, tienen aspectos de sindicatos (pago de cuota, adhesión ciega a la corriente que gestionó el plan, o le hace entrega de la bolsa de mercaderías etc., y fundamentalmente su carácter permanente). No importa que sean manejados por partidos izquierdistas o por la CTA en el caso del FTV, es así que de las primitivas luchas de los desocupados allá por 1996-1997 en la Patagonia en donde los desocupados se organizaron a través de comités, asambleas, etc., los partidos izquierdistas han logrado infiltrarse, como órganos del capital y han esterilizado la lucha de los trabajadores ocupados y desocupados.
Pero algún censor puede decir: ¿no pueden estas corrientes por acción de las bases regenerarse?, ¿deben los desocupados abandonar la lucha? La respuesta a estas preguntas es simplemente NO. Las organizaciones piqueteras, sean apéndices de un partido de izquierda, “independientes”, o brazo de una central obrera, como es el caso de la CTA con el FTV que lidera el oficialista D´Elia, son irrecuperables, están en función del capital, son aparatos de la burguesía, con el objetivo de dividir y dispersar las luchas, y esterilizarlas hasta transformar a los desocupados como parte integrante del paisaje urbano, sin perspectiva revolucionaria, y aislados de su clase.
Asimismo, no se plantea que los trabajadores desocupados deban abandonar la lucha, todo lo contrario deben redoblarla, pero es necesario dejar constancia que los trabajadores desempleados jamás podrán lograr sus reivindicaciones o reformas dentro de este sistema, es por ello que los desempleados deben luchar codo a codo con los ocupados contra este sistema, pero para ello es necesario romper con el aislamiento, no solo con respecto a los ocupados sino entre los desocupados entre sí, que hábilmente la burguesía a través de los partidos izquierdistas y corrientes piqueteras han establecido entre las mismas agrupaciones o con agrupaciones distintas, ya que han introducido la división entre los desempleados generando el pensamiento que el vecino o el compañero de barrio desocupado es un potencial adversario y enemigo que puede sacarle el subsidio y los alimentos.
Hay que romper esta trampa, es necesario que los desocupados rompan el aislamiento que el capital les ha impuesto, cohesionándose con el conjunto de la clase, de la cual ellos son parte, pero es necesario producir una gran transformación en la manera de organizarse, no a través de órganos permanentes, sino siguiendo los ejemplos de los trabajadores de la Patagonia en 1997, o del norte de Salta, en donde se dio la unidad entre la clase y los organismos de lucha fueron los comités, las asambleas generales con mandato revocable, aunque posteriormente fueron encuadrados por los partidos izquierdistas.
Pero igualmente, estas experiencias de lucha son válidas, ya que el desocupado debe luchar contra los subsidios miserables que les dan, contra el aumento de las tarifas públicas, etc., que es en cierta manera la misma lucha que llevan a cabo los ocupados por el salario, deben participar como apoyo en las luchas de clases y transformar sus luchas como parte integrante de un lucha general contra el capital.
Las corrientes piqueteras han creado el término “piquetero” para establecer no solo una diferenciación con los ocupados, sino también con los desocupados que no se hallan encuadrados en sus organizaciones. Las corrientes de desempleados al establecer categorías sociales o nuevos sujetos sociales como: obrero piquetero, desocupado piquetero, intentan dividir y excluir a millones de trabajadores ocupados y desocupados, siendo esta situación beneficiosa a la clase dominante: la burguesía.
Los piqueteros, al igual que en un momento dado los zapatistas fueron y son herramientas al servicio del capital, la “moda” de los pasamontañas, los neumáticos ardiendo en el medio de una autopista, es solamente un marketing del capitalismo, para decir a la clase en su conjunto dos cosas: que existen millones de desocupados prestos a ocupar por menores salarios el puesto de trabajo del obrero ocupado, y así paralizar el desarrollo de la lucha de clases, y por otro lado, con los programas levantados por las diversas corrientes piqueteras, planes de $150, más bolsones de comidas, trabajo genuino en las fabricas capitalistas, que no hay salida fuera de este sistema, por más gobierno obrero y popular que proclamen.
Es así la necesidad de los trabajadores desocupados de romper la trampa de la burguesía, y ello se lograra rompiendo las organizaciones piqueteras, abandonándolas, ya que estas al igual que los sindicatos y los partidos de izquierda son parte integrante del capital. Los trabajadores desocupados son eso, y no como lo plantea el izquierdismo piquetero, esta denominación es para aislar y dividir a los trabajadores desempleados del conjunto de la clase obrera, y transformarlos en una casta, tal como surge de las posiciones de la izquierda del capital.
Los trabajadores ocupados y desocupados en su conjunto deben tender a la unidad de la clase, ya que ambos sectores pertenecen a la misma clase social: obrera, y que ninguna solución provendrá en este sistema, ya que el mismo se halla en bancarrota, que solamente la revolución proletaria que destruya este sistema podrá acabar con la miseria, el hambre, la marginación. Esa es la tarea.
Buenos Aires, junio 16 de 2004
¿Cuál es el medio más efectivo de lucha cuando “nuestro” puesto de trabajo o la planta de producción ya no se consideran productivos? ¿El arma de la huelga pierde su efectividad cuando el capitalista intenta cerrar la fábrica a toda costa o cuando la empresa está al borde de la bancarrota?
Estas cuestiones se han planteado de forma muy concreta, no sólo en Opel, Karstadt o en Wolkswagen sino en todos los lugares donde, como resultado de la crisis económica del capitalismo, las fábricas o las empresas se hallan inmersas en un proceso de “salvamento” o simplemente cierran. Esto no ocurre únicamente en Alemania sino también en Estados Unidos o en China. Y no se limita tampoco a la industria, también los hospitales o las administraciones públicas están afectadas.
Necesitamos luchar pero ¿cómo hacerlo?
A mediados de los años 80 tuvieron lugar grandes luchas defensivas contra los despidos masivos. Recordemos las luchas de Krupp Rheinhausen o la minería británica. En aquel periodo, ramas enteras de la industria tales como siderurgia, minería o astilleros fueron cerradas.
Hoy, sin embargo, el desempleo y el cierre de fábricas se han convertido en el pan nuestro de cada día. Esto produce en una primera fase un extendido sentimiento de intimidación. Muchos despidos han sido aceptados sin apenas resistencia. Sin embargo, la lucha de este verano en Daimler Chrysler ha establecido un jalón. Esta vez los obreros no se dejaron intimidar por sus patronos. Las acciones de solidaridad, particularmente de los obreros de Bremen con sus compañeros amenazados de la planta de Sindelfingen-Sttugart, demostraron que los obreros luchan contra los intentos de enfrentarlos unos con otros.
Actualmente, la huelga en Opel y particularmente en Bochum, como primera respuesta al anuncio de despidos masivos, evidencian de nuevo la voluntad de no aceptar pasivamente los despidos.
No obstante, la cuestión de las posibilidades y los objetivos de la lucha bajo tales circunstancias, debe plantearse. Sabemos que tanto la reciente lucha de Daimler Chrysler, como las anteriores de Krupp Rheinenhausen o la minería británica, acabaron en una derrota. También mostraron en numerosas ocasiones –hoy también- que los sindicatos y los Comités de Fábrica, cuando los obreros están dispuestos a resistir, se adaptan y adoptan el lenguaje de la lucha pero proclamando al mismo tiempo que no hay otra alternativa que la de someterse a la lógica del capitalismo. Lo que piden es evitar lo peor dentro de lo malo. Dicen que el objetivo es salvar la empresa y que ello hace necesarios despidos y sacrificios pero estos deben hacerse de la manera más “social” posible. Así tenemos que el acuerdo alcanzado en la cadena de almacenes de Karstadt-Quelle que ha supuesto la eliminación de 5.500 puestos de trabajo, el cierre de 77 establecimientos y tremendos recortes salariales (para ahorrar 760 millones de € hasta 2007) ¡fue presentado como una victoria de los trabajadores por el sindicato de Verdi!
Desde al menos dos siglos, los asalariados y el capital se han enfrentado sobre los salarios y las condiciones de trabajo, es decir, sobre el grado de explotación del trabajo asalariado por el capital. Sí los explotados no hubieran luchado, generación tras generación, la situación de los trabajadores actuales apenas sería mejor que la del esclavo, exprimidos hasta no disponer ni un gramo de energía o condenados a trabajar hasta la muerte.
Sin embargo, junto a esa cuestión del grado de explotación, que también se planteaba a los esclavos y a los siervos de épocas anteriores, la economía moderna plantea un segundo problema que aparece únicamente cuando la producción mercantil y el trabajo asalariado se convierten en dominantes: ¿qué hacer cuando el dueño de los medios de producción –la empresa- ya no es capaz de sacar provecho a la fuerza de trabajo? A lo largo de la historia del capitalismo este problema ha conducido siempre al problema del desempleo. Sin embargo, en la situación actual, cuando asistimos a una crisis de sobre producción crónica del mercado mundial, cuando la bancarrota del modo capitalista de producción se hace más y más visible, ese problema –el desempleo- se está convirtiendo en una cuestión de vida o muerte para los trabajadores.
La Perspectiva de la clase obrera contra la Perspectiva del Capital
Los empresarios, los políticos, aunque también los sindicatos y los Comités de Fábrica –es decir, todos aquellos que están implicados en la gestión de la fábrica, la compañía o el Estado- consideran a los trabajadores y a los empresarios como partes de una misma empresa, cuyo bienestar es inseparablemente dependiente de los intereses de la empresa, es decir, que “todos van en el mismo barco”. Según ese punto de vista resulta muy dañino que los “miembros de la empresa” se opongan al interés de la empresa que se resume a fin de cuentas en sacar la máxima ganancia. ¿Para que existen las empresas sino para realizar el máximo de ganancias?
Partiendo de esta lógica, el presidente del Comité General de Fábricas de Opel, Klaus Franz, declaró categóricamente desde el principio que «sabemos muy bien que los despidos son inevitables». Esta es la lógica del capitalismo.
Pero ese no es el único punto de vista desde el cual se puede considerar la situación. En vez de abordar el problema como el resultado de la posición competitiva de Opel, de Karlstadt o de Alemania entera, lo abordamos como el problema de la sociedad en su conjunto, aparece otro punto de vista, otra perspectiva. Sí se ve el mundo no tanto a partir de la estrecha mirada que se desprende de una empresa o de una nación, sino desde la óptica de toda la sociedad, de la humanidad entera, las víctimas ya no pertenecen a Karlstadt o a Opel, sino que forman parte de la clase de los trabajadores asalariados, que constituyen las principales víctimas de la crisis capitalista. Visto desde esta perspectiva, aparece mucho más claro que las vendedoras de Karlstadt, los obreros de las líneas de producción de Opel en Bochum, los desempleados de Alemania del Este, los obreros de la construcción traídos de Ucrania que trabajan en negro en condiciones que rozan la esclavitud, todos ellos comparten un mismo interés no con los explotadores sino unos con otros.
El bando del capital sabe muy bien que esta perspectiva diferente existe. Es la perspectiva que más teme. La clase dominante comprende que sí los obreros de Opel o de Wolkswagen ven los problemas desde el punto de vista de Opel o de Wolkswagen podrán resistirse o luchar pero acabarán “entrando en razón”. Sin embargo, cuando los obreros encuentran su propia perspectiva, cuando descubren el interés común que les une, entonces surge una perspectiva de lucha completamente diferente.
Adoptar el punto de vista de la Sociedad
Los representantes del capital siempre intentan convencernos que de que las catástrofes causadas por su sistema económico son el producto de “inadecuaciones” o de “especificidades” de tal o cual empresa o de tal o cual país. Así, alegan que los problemas de Karstadt son el resultado de una mala estrategia de ventas. Opel, por su parte, habría seguido una política equivocada al imitar el ejemplo de competidores como Daimler Chrysler o Toyota que habían desarrollado con éxito nuevos y atractivos modelos Diesel. Se ha dicho también que 10.000 de los 12.000 empleos previstos para eliminar por General Motors tengan lugar en Alemania sería una revancha de la burguesía americana por la política germana sobre Irak.
Estos argumentos son desmentidos por la realidad. Daimler Chrysler chantajeó a los obreros unos meses antes con argumentos similares. Karsdtadt-Quelle es una compañía cien por cien alemana y no ha tenido ningún reparo en echar sus empleados a la calle. El mismo día en que Karsdtadt decidía los despidos -14 de octubre-, Opel anunciaba los suyos, en la cadena de supermercados Spar se planteaba lo mismo y en Dutch Phillips se abría una nueva ronda de despidos para “salvar la empresa”.
Es significativo que el mismo “Jueves Negro”, el 14 de octubre, en el que coincidieron los despidos de Opel y los de Karstadt, toda una turba de políticos, negociadores sindicales, comentaristas de radio y TV, se apresuraran a distinguir entre los dos casos para dar a entender que había existido una “mera coincidencia”.
Podríamos pensar que los problemas de los empleados de ambas compañías son los mismos, que lo dominante es la similitud de sus intereses y de sus preocupaciones. Sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario. Nada más anunciara el líder sindical de Kardstadt que con los despidos el “futuro” de la empresa quedaba asegurado, los medios de comunicación lanzaron por todas partes el mensaje de que un problema quedaba resuelto y que “el único” quebradero de cabeza sería Opel. Es decir, los trabajadores de Kardstadt podrían dormir tranquilos, los únicos que deberían estar preocupados serían sus compañeros de Opel.
Pero la única diferencia entre las dos situaciones es que en los primeros, Kardstadt-Quelle, ya se ha decidido un terrible plan que incluye despidos, cierres parciales y el chantaje masivo de la fuerza de trabajo que “conserva su empleo”, mientras que en Opel las espadas siguen en alto. Sin embargo, entre las dos empresas los planes prevén realizar recortes en los costes laborales de ¡1,2 miles de millones de €!, lo que significará un importante recorte de los medios de existencia de muchos miles de trabajadores. ¡Y esto salvará las ganancias de las empresas pero no los puestos de trabajo!
No tiene ningún fundamento la afirmación repetida hasta la náusea según la cual la situación de los trabajadores de Kardstadt es completamente diferente de la de los Opel. Los trabajadores de Kardstadt-Quelle no han conseguido ninguna garantía. El sindicato Verdi habla de “salvación de empleos” y de “éxito de los trabajadores” porque el convenio colectivo se habría mantenido. Esto es vender una derrota amarga como una victoria radiante. ¿Qué valor pueden tener las “garantías de conservación del empleo” y el “mantenimiento del convenio” cuando las compañías están empeñadas en una guerra a muerte con sus competidores lo que les mueve a dejar de lado 6 meses o un año después las solemnes promesas de la víspera? En realidad, las víctimas de la “salvación” de Kardstadt son las mismas que las sacrificadas en Volkswagen, en Daimler Chrysler o en Siemens, en el sector público, o a las que se pretende inmolar en Opel…
Las negociaciones de Kardstadt se concluyeron a toda prisa para evitar que coincidieran con el inicio del “expediente Opel”. Hasta ahora existía una regla tácita entre los burgueses: no hacer coincidir ataques simultáneos a varios sectores importantes de la clase obrera con el objetivo de no despertar ni animar sentimientos de solidaridad mutua. La agudización de la crisis del capitalismo limita cada vez más la posibilidad de ese escalonamiento. Bajo tales circunstancias lo que ha hecho la burguesía ha sido precipitar un “acuerdo positivo” en Kardstadt el mismo día que llegaban las malas noticias procedentes de Detroit.
Los medios de la solidaridad en la lucha
Los despidos masivos y las amenazas de bancarrota no ha superflua el arma obrera de la huelga. Los paros que estallaron en Mercedes y ahora en Opel son una señal importante, un llamamiento a la lucha.
Sin embargo, es verdad que en tales situaciones el arma de la huelga como medio de intimidar al enemigo ha perdido mucha de su efectividad. Por ejemplo, los obreros desempleados no cuentan con esa arma de combate. Igualmente, cuando el objetivo de los empresarios es cerrar, la huelga pierde buena parte de su capacidad de amenaza.
Eso significa que ante el nivel actual de los ataques del Capital lo que necesitamos es la huelga de masas de todos los obreros. Sólo una acción defensiva de estas características podría empezar a proporcionar una confianza en si misma que le permitiera hacer frente a la arrogancia cada vez más prepotente de la clase dominante. Además, el desarrollo de tales movilizaciones masivas permitiría cambiar el clima social promoviendo el reconocimiento de algo elemental pero que hoy pretenden enterrarlo: la satisfacción de las necesidades humanas debe ser la guía de la sociedad.
Esta idea tan elemental significa poner en cuestión el capitalismo cuyo principio fundamental de funcionamiento no es satisfacer las necesidades humanas sino obtener la máxima ganancia. Esta puesta en cuestión es la que desarrollaría una creciente determinación de los obreros con empleo y los obreros desempleados para defender sus intereses.
Desde luego, tales acciones masivas, comunes y solidarias, no son todavía posibles. Pero esto no quiere decir que no podamos luchar y obtener algo ya desde ahora. Pero para ello es necesario comprender que la huelga no es la única arma de la lucha de clases. Todo aquello, ya hoy, que promueva el reconocimiento de los intereses comunes de todos los trabajadores, que revitalice las tradiciones de la solidaridad obrera, preocupa a la clase dominante, la hace menos segura en su arrogancia, le obliga a realizar al menos concesiones temporales.
En 1987, los obreros de Krupp Rheinenhausen, amenazados de cierre y despido masivo, decidieron realizar asambleas masivas abiertas a toda la población, invitaron a obreros de las demás fábricas y a los desempleados. Se popularizó el eslogan “Todos somos obreros de Krupp”. Hoy, sería aún más inaceptable para la burguesía el que los obreros de Kardstadt, Opel, Spar o Siemens, se reunieran juntos para discutir de su situación común. En 1980, durante la huelga de masas en Polonia, era frecuente que los obreros de una ciudad realizaran marchas de distintos puntos que convergían en la fábrica más grande donde se realizaba una gran asamblea y se decidían reivindicaciones comunes.
La lucha de Mercedes antes del verano expresó algo que en Opel o Kardstadt se ha vuelto a repetir: existe un sentimiento creciente de solidaridad entre la población obrera hacia aquellos de sus hermanos sometidos a ataque. En tales circunstancias, las manifestaciones callejeras que recorren una ciudad llamando a trabajadores de otras empresas y tratando de ganar a los desempleados pueden convertirse en el medio para desarrollar una solidaridad común.
La lucha de Mercedes empezó a demostrar también que frente a los despidos masivos los obreros no pueden tolerar que les dividan y enfrenten entre si. En dicha lucha, los capitalistas se dieron cuenta que no podían enfrentar de forma grosera a los obreros de las factorías de Stuttgart y Bremen. El Comité General de Opel anunció que frente a los despidos propuestos la prioridad era mantener la unidad de todas las plantas de General Motors en Alemania. ¿Pero qué quiere decir que los social-demócratas y los sindicalistas hablen de solidaridad? Dado que dichas instituciones forman parte de la sociedad capitalista su concepto de “unidad” no significa lo mismo que los obreros aspiran. Para ellos “unidad” quiere decir que las diferentes plantas se pongan de acuerdo en los precios manteniendo eso sí la competencia entre ellas. El presidente del Comité General de Opel declaró que iba a reunirse con sus colegas suecos de la Saab para discutir qué oferta haría cada cual para llevarse los nuevos modelos previstos por General Motors. ¡Esta es su “unidad”! Los Comités de Fábrica, como los sindicatos, forman parte del capitalismo y de la competencia mortal que hay en su seno.
La lucha común de los trabajadores solo puede ser llevada a cabo por los trabajadores mismos.
La necesidad de poner en cuestión políticamente el capitalismo
Frente a la profundización de la crisis del capitalismo actual, los trabajadores tienen que superar el asco y la desconfianza reinantes hacia las cuestiones políticas. Evidentemente, no hablamos de la política burguesa que solo merece rechazo, sino de la necesidad de abordar los problemas generales de la sociedad y por tanto del problema del poder.
Los despidos masivos actuales nos plantean la realidad de esta sociedad: en ella no somos “trabajadores de Opel” o “trabajadores públicos”, sino que somos un objeto de explotación, un coste de producción, que puede ser despiadadamente apartados por las necesidades del Capital. Estos ataques muestran a las claras que los medios de producción no pertenecen a la sociedad entera ni se ponen a su servicio sino que constituyen la propiedad de una estrecha minoría. Sobre todo, los medios de producción están sometidos a las leyes, cada vez más ciegas y destructivas, del mercado y la competencia. Estas leyes no escritas hunden a partes cada vez más grandes de la humanidad en la pauperización y en una creciente inseguridad. Estas leyes socavan las más elementales reglas de la solidaridad humana, sin las cuales la sociedad acaba siendo imposible. Los obreros, que producen la mayoría de bienes y servicios de esta sociedad, empiezan a comprender lentamente que este orden social es cada vez más inhumano.
Las crisis de Karstadt o de Opel no son el producto de una mala gestión sino la expresión de una crisis crónica, de hace muchos años, que se agrava década tras década. Esta crisis lleva al hundimiento de la capacidad de compra de la población obrera lo que provoca el deterioro de la industria de consumo, de la producción automovilística etc., lo que a su vez acentúa la competencia entre capitalistas obligándoles a nuevos despidos, a nuevos recortes, que provoca nuevas caídas en la capacidad de compra…
Dentro del capitalismo es imposible salir de semejante círculo vicioso.
Corriente Comunista Internacional 15.10.04
En la Revista internacional nº 118 rememoramos ampliamente cómo Marx y Engels definieron las nociones de ascendencia y decadencia de un modo de producción ayudándonos de numerosos pasajes extraídos de sus principales escritos. Vimos, al analizar la sucesión de los distintos modos de producción, que la teoría de la decadencia está en la esencia misma del materialismo histórico. En un próximo número mostraremos cómo esta noción vuelve a aparecer en el núcleo de los programas políticos de la IIª y IIIª Internacionales, en los de las Izquierdas marxistas que se desgajaron de ellas y en los de los grupos actuales que se reivindican de la Izquierda comunista.
Al iniciar la publicación de esta nueva serie de artículos (1) titulada “La teoría de la decadencia en la médula del materialismo histórico” nos propusimos responder a ciertas dudas, desde luego legítimas, que fueron planteadas sobre la cuestión pero, sobre todo, para salir al paso de las confusiones que se han difundido a propósito de ella por quienes, sucumbiendo a la presión de la ideología burguesa, abandonan estas adquisiciones básicas del marxismo. El artículo publicado por Battaglia comunista, púdicamente titulado “Por una definición del concepto de decadencia” (2) es un ejemplo significativo. Hemos criticado ocasionalmente algunas de las ideas que aparecen en él (3). No obstante, la publicidad que se le ha dado traduciéndolo a tres idiomas, utilizándolo para a abrir una discusión sobre la decadencia en el seno del BIPR y la introducción que ha hecho la CWO (4) en su revista (5), nos ha llevado a referirnos otra vez al tema para responder lo más ampliamente posible.
Según Battaglia hay una doble razón que hace necesario “definir la noción de decadencia”.
– de una parte, desenmascarar las ambigüedades que contiene la aceptación actual de la noción de decadencia del capitalismo, y de ellas la que tiene del concepto “una visión fatalista y de espera a que muera el capitalismo”.
– de otra, dejar establecido que, mientras el proletariado no haya derrocado el capitalismo “el sistema económico se reproduce, reeditando a un nivel superior todas sus contradicciones, sin por ello crear las condiciones de su propia destrucción”. Por lo que no tiene “ningún sentido hablar de decadencia cuando nos referimos a la capacidad para mantenerse vivo de un sistema de producción” (International Communist nº 21).
La CCI rechaza la idea de que en el marxismo exista una ambigüedad que conduciría a una visión fatalista de la muerte del capitalismo; visión que llevaría a hacer pensar que este sistema, acorralado por contradicciones cada vez más insuperables, se retiraría él mismo de la escena histórica. En contra de esa visión, para el marxismo, la ausencia de una “transformación revolucionaria de toda la sociedad” acabaría en “la ruina de las diversas clases en lucha” (Manifiesto comunista), es decir con la desaparición de la sociedad misma. Como lo hemos demostrado, tal ambigüedad no existe más que en la mente de Battaglia . Hay que tomar nota de que, sin quererlo, Battaglia se ha convertido en vocero de los temas de la burguesía en los que se pretende que la visión marxista es “fatalista” y en los que se ensalza “la voluntad de los hombres” como motor de la historia. Por su parte, Battaglia dice que no pone en entredicho; sino que al contrario, es en nombre del marxismo (su “marxismo”, en realidad) como acomete la refutación de un concepto que realmente está en el núcleo mismo del marxismo y que ellos consideran “fatalista”, como lo veíamos en el artículo anterior de esta serie (Revista internacional nº 118). No es la primera vez, ni la última que un marxismo ficticio contribuye a “refutar” el marxismo real.
En cuanto a la segunda razón invocada por Battaglia para definir la noción de decadencia, esta se sitúa justamente en el extremo opuesto del marxismo, pues para éste, cuando el capitalismo “entra en su periodo senil… más obligado está a sobrevivir”, acaba transformado en “un sistema social regresivo”, “obstáculo para la expansión de las fuerzas productivas” (Marx: El Capital y otros textos).
Veamos cómo su error de método conduce a Battaglia a las peores banalidades: “Incluso en su fase progresista (…) hubo puntualmente crisis y guerras, así como también ataques contra las condiciones de la fuerza de trabajo”. Este error la lleva a asumir otra vez por cuenta propia los tópicos de la burguesía, la cual, con el argumento de que siempre ha habido guerras y miseria, banaliza la especificidad del cúmulo de atrocidades que recorrieron el siglo XX que fue, sin duda, el más bárbaro que la humanidad haya conocido jamás. Y ya puestos a ello, Battaglia acaba rechazando las manifestaciones esenciales de la decadencia del capitalismo.
Seguiremos con la crítica de la visión de Battaglia en la continuación de este artículo (que saldrá en el próximo número de esta Revista internacional), particularmente de su idea de que no habría dos fases fundamentales en la evolución del modo de producción capitalista sino periodos sucesivos de ascenso y de decadencia que seguirían a las grandes fases de evolución de la cuota de ganancia.
Mostraremos que ese camino les lleva a otorgar a las guerras del periodo de la decadencia, que son verdaderas expresiones de la crisis mortal de este sistema cuya proliferación e intensificación suponen amenazas crecientes para la supervivencia de la humanidad, una función de “regulación de las relaciones entre sectores del capital internacional”.
El error de comprensión de la realidad que comete Battaglia es un factor importante de subestimación de la gravedad de la situación. La coloca fuera de juego de la situación con lo que compromete su capacidad de entender el mundo que debe analizar para intervenir en la clase obrera y debilita el impacto de esta intervención por el empleo de argumentos insustanciales y poco convincentes.
¿Desarrollaron Marx y Engels una visión fatalista de la decadencia?
Battaglia comienza su artículo pretendiendo que el concepto de decadencia contiene ambigüedades y que la primera de ellas consistiría en una visión fatalista y de espera de la muerte del capitalismo:
“La ambigüedad reside –nos cuenta– en el hecho de que la idea de decadencia o declive progresivo del modo de producción capitalista deriva de la creencia en una autodestrucción ineluctable ligada a la propia naturaleza del capitalismo (…) de la ilusión de que la desaparición y la destrucción de la forma económica capitalista sería un evento históricamente fechado, económicamente ineludible y socialmente predeterminado. Nacido infantil e idealista, este enfoque acaba teniendo repercusiones negativas en el plano de lo político generando la hipótesis de que para ver la muerte del capitalismo, basta con sentarse en la orilla a esperar o, en el mejor de los casos, a intervenir en una situación de crisis ya que los elementos subjetivos de la lucha de clases son percibidos como el último empujón de ese proceso irreversible. Nada más falso”.
Nosotros, la CCI, afirmamos, de entrada, que esa ambigüedad está únicamente en la cabeza de Battaglia y que no hay ningún fatalismo ni en Marx ni en Engels, primeros en utilizar y desarrollar ampliamente esta noción de decadencia. Para los fundadores del marxismo la sucesión de modos de producción no obedece a ningún mecanismo ineluctable y autónomo, es la lucha de clases lo que constituye el motor de la historia y lo que zanja las contradicciones socio-económicas. Y parafraseando a Marx podemos decir que aunque se muevan en condiciones predeterminadas son los hombres quienes hacen la historia: “los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su antojo, en unas condiciones libremente elegidas; estos se las encuentran ahí, ya establecidas, dadas, heredadas del pasado” (Marx: “El 18 de brumario de Luis Napoleón Bonaparte”) o, como dice R. Luxemburgo,
“El socialismo científico nos ha enseñado a comprender las leyes objetivas del desarrollo histórico. Los hombres no hacen la historia libremente. Pero la hacen ellos mismos. El proletariado depende para actuar de su grado de madurez que depende ciertamente del desarrollo social de la época, pero la evolución social no tiene lugar independientemente de él. Él es su impulso y su causa, su producto y su resultado. Su propia acción forma parte de la historia pues contribuye a determinarla. Y si bien no podemos desgajarnos de la evolución histórica, de la misma manera que el hombre no puede librarse de su sombra, sí que podemos, no obstante, acelerarla o retrasarla” (R. Luxemburgo: La crisis de la socialdemocracia (Folleto de Junius)).
Una vieja clase dominante no abdica jamás de su poder. Lo defenderá hasta el final con la las armas y la represión. La noción de decadencia no contiene pues ninguna ambigüedad que pueda asimilarse a la idea de un “proceso de autodestrucción ineluctable”. Cualquiera que sea el estado de disolución de un modo de producción, tanto en el plano político como en el social o en el económico, si las nuevas fuerzas sociales no han tenido ocasión de emerger en las entrañas de la vieja sociedad y si no han tenido ocasión de desarrollar la fuerza suficiente para derrocar a la vieja clase dominante, ni morirá la vieja sociedad ni podrá ser establecida la nueva. El poder de la clase dominante y el apego de ésta a sus privilegios son potentes factores de conservación de una forma social. La decadencia de un modo de producción crea la posibilidad y la necesidad de su derribo pero de ninguna manera la eclosión automática de la nueva sociedad.
No hay ninguna “ambigüedad fatalista y de espera” en el análisis marxista de la sucesión de los modos de producción, contrariamente a lo que da a entender Battaglia. Marx precisa incluso que, cuando la lucha de clases no logra emerger y el resultado no se resuelve a favor de una nueva clase portadora de nuevas relaciones sociales de producción, el periodo de decadencia de un modo de producción puede acabar metido en una fase de descomposición generalizada. Esta posible indeterminación histórica fue definida desde el inicio del Manifiesto comunista por Marx, quien después de haber afirmado que “La historia de todas las sociedades existentes hasta el presente es la historia de la lucha de clases” continuaba con una disyuntiva (una transformación revolucionaria de toda la sociedad o con la destrucción de las clases beligerantes) que ilustra la alternativa posible de llevar, o no, hasta el final las contradicciones de clase.
“Libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales, etc., en suma, opresores y oprimidos siempre estuvieron opuestos entre sí; librando una lucha ininterrumpida, ora oculta, ora desembozada, una lucha que en todos los casos concluyó con una transformación revolucionaria de toda la sociedad o con la destrucción de las clases beligerantes” (Marx, Manifiesto comunista).
Numerosos ejemplos en la historia de las civilizaciones certifican tales periodos de bloqueo de la relación de fuerzas entre las clases que condenan a esas sociedades a conocer “la destrucción de las clases beligerantes” y en consecuencia a vegetar, a hundirse o incluso a volver a estadios anteriores de su desarrollo.
Es totalmente ridícula la condena por Battaglia de los conceptos descomposición y decadencia. Los anatemiza como “ajenos al método y al arsenal de la crítica de la economía política” (Internationalist Communist nº 21). Desde luego, los militantes de esta organización harían mejor releyendo a sus clásicos, comenzando por El Manifiesto comunista y El Capital, donde estas dos nociones están abundantemente presentes. (Revista Internacional nº 118). Otra cuestión son las incomprensiones o las desviaciones oportunistas que ciertos elementos o grupos hayan podido desarrollar en torno a la noción de decadencia. Con toda seguridad podemos decir que la visión fatalista-de espera es una de esas. Pero el método que estriba en desacreditar la noción de decadencia atribuyéndole los errores que unos y otros hayan podido cometer en su nombre sigue los pasos del que desacredita, como lo hacen los anarquistas, la noción de partido o de dictadura del proletariado a partir del rechazo del estalinismo. Otra cuestión semejante es la impaciencia o el optimismo del que buen número de conocidos revolucionarios dieron prueba, incluido el propio Marx. ¡Cuántas veces fue certificada la muerte del capitalismo en los textos del movimiento obrero! Es notorio el caso de la Internacional comunista y sus partidos afiliados, del que no estuvo exento, les guste o no a los bordiguistas, el Partido comunista de Italia: “La crisis del capitalismo sigue abierta y se agravará hasta su final” (Tesis de Lyón, 1926) (6). Este pecadillo, de alguna manera comprensible, pero del que conviene precaverse al máximo, no se vuelve peligroso mientras los revolucionarios sean capaces de reconocer su error en el momento en que se invierte la correlación de fuerzas entre las clases.
Una concepción del materialismo histórico en el extremo opuesto al marxismo
En su combate contra el “fatalismo”, pretendidamente intrínseco a la noción marxista de decadencia, Battaglia nos desvela su propia visión del materialismo histórico. Veamos:
“el carácter contradictorio del modo capitalista de producción –escriben–, las crisis económicas que se derivan de ello, la renovación del proceso de acumulación que queda momentáneamente interrumpido por las crisis pero que recibe nuevas fuerzas a través de la destrucción de capitales y de medios de producción excedentes, no muestran automáticamente la desaparición de este sistema. O bien interviene el factor subjetivo, del cual la lucha de clases es el eje material e histórico y las crisis la premisa económica determinante, o bien el sistema económico se reproduce, reeditando a un nivel superior todas sus contradicciones sin por ello crear las condiciones de su propia destrucción”.
Para Battaglia mientras la lucha de clases no haya derrocado el capitalismo, este seguirá “recibiendo nuevas fuerzas a través de la destrucción de capitales y de medios de producción excedentes” y de esta manera “el sistema económico se reproduce, reeditando a un nivel superior todas sus contradicciones”. Battaglia se sitúa aquí a 180° de la visión desarrollada por Marx de la decadencia de un modo de producción y de la decadencia del capitalismo en particular: “más allá de un cierto punto del desarrollo de las fuerzas productivas estas se convierten en una difícil traba para el capital; en otros términos, el sistema capitalista se convierte en un obstáculo para la expansión de las fuerzas productivas del trabajo” (Marx: Principios de una crítica de la economía política). En 1881, en el segundo borrador de una carta a Vera Zasulich, Marx considera que “El sistema capitalista está superando su apogeo en Occidente, acercándose al momento en que no será sino un sistema social regresivo” y en El Capital, nos dirá que el capitalismo “…entra en su periodo senil y que cada vez más esta forzado simplemente a sobrevivir”. Los términos utilizados por Marx al tratar de la decadencia del capitalismo no son en absoluto ambiguos: “periodo de senilidad”, “sistema social regresivo”, “obstáculo para la expansión de las fuerzas productivas”, etc.; hasta tal punto que Marx y Battaglia utilizan ambos los mismos términos pero justo ¡para decir exactamente lo contrario el uno de la otra a propósito de la decadencia! Así, para Marx, cuando el capitalismo “entra en su periodo senil…cada vez más va simplemente sobreviviendo”; mientras que para Battaglia la “decadencia… no tiene ningún sentido cuando se trata de la capacidad de sobrevivir del modo de producción” (International Communist nº 21).
Esas citas sobre la definición marxista de la decadencia le servirán al lector para juzgar por sí mismo la diferencia entre la visión materialista e histórica de la decadencia del capitalismo desarrollada por Marx y la visión propia de Battaglia quien, ciertamente, reconoce que el capitalismo conoce crisis y contradicciones crecientes (7) pero que en cada una de ellas, como si de un eterno volver a empezar se tratase (salvo si interviene la lucha de clases), “retomará nuevas fuerzas” y “se reproducirá, reeditando a un nivel superior todas sus contradicciones”. Es cierto que Battaglia tiene algunas excusas para justificarse, pues ignoraba que Marx había hablado de decadencia en El Capital: “Hasta el punto de que la propia palabra de decadencia no aparece nunca en ninguno de los tres volúmenes que componen El Capital” (International Communist nº 21); y que estaba convencida de que Marx solo en un lugar de toda su obra evocó la noción de decadencia: “Marx se limitó a dar del capitalismo una definición progresista exclusivamente para la fase histórica en la que éste ha eliminado el mundo económico del feudalismo engendrando un vigoroso periodo de desarrollo de las fuerzas productivas que estaban inhibidas por la forma económica precedente, pero no avanzó más en una definición de la decadencia salvo puntualmente en la famosa Introducción a la Crítica de la economía política”. Por eso pensamos que en lugar de continuar vertiendo anatemas de excomunión a propósito de las nociones de “decadencia” y de “descomposición”, según ella ajenas al marxismo, sería mejor que Battaglia recapacitara sobre lo que Marx le dijo a Weitling: “La ignorancia no sirve de argumento” y después, volver a leer sus clásicos y en particular al que ellos mismos consideran su Biblia, o sea, El Capital (8) (para las numerosas citas de Marx sobre el concepto de decadencia remitimos al lector a nuestro artículo en la Revista internacional nº 118).
La reducción del método marxista al estudio de ciertos mecanismos económicos
El proceso de decadencia definido por Marx va más allá de una simple “explicación económica coherente”; constituye, sobre todo, el reconocimiento de que las relaciones sociales de producción (asalariado, servidumbre, esclavitud, etc.,) que están en la base de los diferentes modos de producción (capitalismo, feudalismo, esclavismo, etc.) han quedado históricamente caducas. Por tanto, podemos decir que el paso a un periodo de decadencia significa que el fundamento mismo de un determinado modo de producción ha entrado en crisis. El secreto, el fundamento oculto de un modo de producción es “esa forma económica específica en la que el trabajo excedente no pagado es arrebatado a los productores directos” (Marx: El Capital, Libro III). Esta es la base de toda forma de comunidad económica”, es ahí “donde hay que investigar el secreto más profundo, el fundamento oculto de todo el edificio social”. Marx no puede ser más explícito: “Las diferentes formas económicas que adopta la sociedad, el esclavismo, el salariado por ejemplo, solo se distinguen por el modo con el que se impone y es arrebatado ese sobretrabajo al productor inmediato, al obrero” (Marx: El Capital, Libro I). Las relaciones sociales de producción encubren desde luego algo más que simples “mecanismos económicos”; son sobre todo relaciones sociales entre clases ya que materializan las diferentes formas históricas tomadas por la extorsión del sobretrabajo (el asalariado, la esclavitud, la servidumbre, etc.) a lo largo de los diferentes sistemas de explotación. Por consiguiente, lo que indica la entrada en decadencia de un modo de producción es que son esas relaciones específicas entre clases las que entran en crisis, las que están históricamente inadaptadas. Estamos en el núcleo mismo del materialismo histórico, en un mundo que Battaglia, obnubilada por su obsesión por una “explicación económica coherente”, desconoce totalmente.
Oigamos a Battaglia:
“La teoría evolucionista según la cual el capitalismo se caracterizaría por una fase progresista y otra decadente, no tiene ningún valor si no está respaldada por una explicación económica coherente (…) La investigación sobre la decadencia o bien nos lleva a identificar los mecanismos que gobiernan la ralentización del proceso de valorización del capital, con todas las consecuencias que esto tiene, o bien a resistir en una falsa perspectiva, infantilmente profética… (…) Pero la enumeración de fenómenos económicos y sociales una vez identificados y descritos no puede ser considerada por sí misma como la demostración de la fase de decadencia del capitalismo. Esos fenómenos son los efectos, pero la causa que los impone reside en la ley de la crisis de las ganancias”...
... queriéndonos dar a entender, por un lado, que hoy no habría ninguna explicación económica coherente de la decadencia y decretando, por otro, que los fenómenos clásicamente identificados para caracterizar la decadencia de un modo de producción no serían adecuados (cf. infra, subrayado nuestro).
Antes de hacer referencia a una explicación económica particular, la decadencia muestra que las relaciones sociales de producción han llegado a ser demasiado estrechas para seguir impulsando el desarrollo de las fuerzas productivas y que esta colisión entre las relaciones sociales de producción y las fuerzas productivas afecta al conjunto de la sociedad, en todos sus aspectos. En efecto, el análisis marxista de la decadencia no se refiere a un nivel económico cuantitativo cualquiera, determinado fuera de los mecanismos socio-políticos. Se refiere al contrario al nivel cualitativo de la relación que liga las relaciones de producción mismas al desarrollo de las fuerzas productivas: “A un cierto nivel de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en colisión con las relaciones de producción existentes, o con las relaciones de propiedad en el seno de las cuales permanecieron hasta ese momento mudas… Es entonces cuado comienza una era de revolución social”. Es la aparición de esta “colisión” de forma definitiva, irremediable, y no un bloqueo del desarrollo de las fuerzas productivas lo que abre la época de decadencia de la vieja sociedad. Marx precisa bien el criterio: “Ayer todavía formas de desarrollo de las fuerzas productivas, se han transformado hoy en pesados obstáculos”. La frase de Marx, si uno quiere ser riguroso, debe ser pues comprendida en el sentido de que nunca una sociedad expira antes de que el desarrollo de las fuerzas productivas no haya comenzado a ser frenado por las relaciones de producción existentes. La decadencia se define como un conjunto de desajustes, con efectos acumulativos, que se agravan a partir del momento en que el sistema ha agotado lo esencial de sus posibilidades de desarrollo. En la visión marxista, el periodo de decadencia de una sociedad no es sinónimo de parada total y permanente del crecimiento de las fuerzas productivas; sino que se caracteriza por perturbaciones tanto cualitativas como cuantitativas inducidas por aquella colisión, a menudo permanente, entre las relaciones de producción que se han quedado caducas y el desarrollo de las fuerzas productivas que luchan por avanzar.
Mal que le pese a Battaglia, aunque Marx intentará repetidas veces determinar los criterios y el momento de la entrada en decadencia del capitalismo, no avanzará ninguna explicación económica precisa, todo lo más algún que otro criterio general en coherencia con su análisis de las crisis. Procederá, sobre todo, por comparaciones y analogías históricas (véase el artículo anterior en el nº 118 de esta Revista internacional). Marx no necesitó las estadísticas de la contabilidad nacional o las reconstituciones económicas de la cuota de ganancia utilizadas por Battaglia (9) para pronunciarse sobre el estado de madurez o de caducidad del capitalismo. Y lo mismo se puede decir respecto a los otros modos de producción, Marx y Engels no entraron muy a fondo en el análisis de los mecanismos económicos precisos de esos sistemas para explicar su entrada en decadencia. Lo que sí identificaron fueron los hitos históricos cruciales en su seno a partir de criterios cualitativos inequívocos: la aparición de un proceso global de frenado en el desarrollo de sus fuerzas productivas, un desarrollo cualitativo de los conflictos en el seno de la clase dominante y entre ésta y las clases explotadas, una hipertrofia del aparato del Estado, la aparición de una nueva clase revolucionaria portadora de nuevas relaciones sociales de producción impulsoras de un periodo de transición anunciador de revoluciones sociales, etc. (10).
Ese mismo será el método que habría de seguir la Internacional comunista: no esperar a que cuadrasen todos los componentes de una “explicación económica coherente” para identificar la apertura del periodo de decadencia del capitalismo que se abrió con el estallido de la Primera Guerra mundial (11). Aquélla supo percibir en ésta y en el surgimiento de una serie de criterios cualitativos en todos los planos (económico, social, político), que el capitalismo había acabado su misión histórica. Y si bien el conjunto del movimiento comunista se puso de acuerdo sobre este diagnóstico general, existieron, no obstante, grandes divergencias en cuanto a su explicación económica y a sus consecuencias políticas. Las explicaciones económicas oscilaban entre las avanzadas por Rosa Luxemburgo, acerca de la saturación mundial de los mercados (12), y las de Lenin, que se apoyaban en su análisis desarrollado en El imperialismo fase superior del capitalismo (13). Sin embargo, todos, Lenin el primero, estaban profundamente convencidos de que “la época de la burguesía progresista” había caducado y de que se había entrado en la “época de la burguesía reaccionaria” (14). La heterogeneidad en el análisis de las causas económicas fue tal que Lenin, aunque profundamente convencido de la entrada en decadencia del modo de producción capitalista, defendió la idea de que “En conjunto, el capitalismo se desarrolla infinitamente más rápidamente que antes” (15), mientras que Trotsky, sobre las mismas bases teóricas que Lenin, llegará poco después a la conclusión de la existencia de un colapso en el desarrollo de las fuerzas productivas; y la Izquierda italiana, por su parte, a considerar que “La guerra de 1914-18 ha marcado el punto final de la fase de expansión del régimen capitalista (…) En la última fase del capitalismo, la de su declive, lo fundamental es que la lucha de clases rige la evolución histórica…” (“Manifiesto” del Buró internacional de las fracciones de la Izquierda comunista, Octobre, nº 3).
Aparentemente, puede parecer poco lógico identificar la decadencia de un modo de producción a partir de sus manifestaciones y no a partir del estudio de esos substratos económicos que prefiere Battaglia, ya que las primeras son “en última instancia” el producto de estos últimos. Sin embargo es en este orden como los revolucionarios del pasado, incluidos Marx y Engels, han procedido en su investigación; no porque en general sean más fáciles de reconocer las manifestaciones superestructurales de una fase de decadenc