Editorial
«The new world (dis)order», así califica la prensa anglosajona al llamado «nuevo orden mundial» que Bush ha dejado en herencia a su sucesor. El panorama es aterrador. La lista de desdichas que abruman a la humanidad es larga. La prensa y la televisión lo dicen, pues resulta imposible ocultar los hechos y además si no lo contaran se desprestigiarían por completo. Además, lo que les importa precisamente es dar cuenta de unos acontecimientos trágicos que se van acumulando pero que no tendrían ninguna relación entre ellos, no tendrían, en su variedad, raíces comunes. En resumen, lo que les interesa cuando con tanta «libertad» nos hablan de todo lo que ocurre, es que no se vean las causas profundas de esos acontecimientos, o sea, el atolladero histórico en que está metido el capitalismo, su putrefacción. Eso es lo que relaciona la multiplicación de guerras imperialistas, la agravación brutal de la crisis económica mundial, los estragos que ésta provoca. Ser capaz de ver la íntima relación entre todas esas características del mundo capitalista de hoy, reconocer la influencia mutua en la agravación de cada una de ellas, significa poner al desnudo la barbarie sin límites a la que el capitalismo nos está arrastrando, el abismo sin fondo en el que hunde a la especie humana.
Reconocer el vínculo, la causa y la unidad entre esos diferentes elementos de la realidad del capital favorece además la toma de conciencia de los retos históricos que la humanidad tiene ante sí. Sólo existe una alternativa a la catástrofe irreversible. Es la de destruir la sociedad capitalista e instaurar otra radicalmente diferente. Sólo existe una fuerza social capaz de asumir esa tarea: el proletariado, el cual es a la vez clase explotada y clase revolucionaria. Sólo él podrá derrocar al capital, acabar con todas las catástrofes, hacer que surja el comunismo, una sociedad en la cual los hombre no se verán condicionados a lanzarse bestialmente a mutuo degüello y en la que podrán vivir sus contradicciones en armonía.
Poco peso tienen las palabras para denunciar la barbarie y la multitud de los mortíferos conflictos locales que salpican de sangre el planeta. Ni un sólo continente se salva. Y por mucho que se diga, esos conflictos no son el resultado de odios ancestrales que los harían fatales, inevitables, ni el resultado de una especie de ley natural según la cual el ser humano sería malo por definición, buscador ansioso de guerras y enfrentamientos. Este progresivo hundimiento en la barbarie de las guerras imperialistas no se debe en absoluto a no se sabe qué sino natural. Es la plasmación del atolladero histórico en el que se encuentra el capitalismo. La descomposición que corroe la sociedad capitalista, la ausencia de perspectiva y de esperanza, si no es la de la supervivencia individual, en bandas armadas contra todos los demás, es la responsable de las guerras locales entre poblaciones que vivían muy a menudo en relativo buen entendimiento, poblaciones que llevaban conviviendo desde hace décadas o siglos.
La putrefacción del capitalismo es la responsable de los miles de muertos, de las violaciones y torturas, de las hambrunas y privaciones que afectan a las poblaciones, a mujeres, a hombres, jóvenes y ancianos. Es la responsable de los millones de refugiados aterrorizados, obligados a abandonar sus casas, sus aldeas y regiones y sin duda para siempre. Aquélla es responsable de la separación de familias enlutadas, de los niños que enviados a otras partes suponiendo que así evitarán los horrores, las matanzas y la muerte, o el alistamiento forzado y a quienes ya nadie volverá a ver. Es responsable de la sima de sangre y venganzas que se ha abierto para largo tiempo entre pueblos, etnias, regiones, aldeas, vecinos, parientes. Es responsable de la pesadilla cotidiana en la que viven inmersos millones de seres humanos.
La descomposición del capitalismo es responsable también de la expulsión fuera de la producción capitalista, de toda producción, de cientos de miles de personas, mujeres y hombres, que por el ancho mundo se ven reducidos a hacinarse en los inmensos suburbios de las villasmiseria que rodean las megalópolis. Quienes tienen más «suerte» logran a veces encontrar un trabajo sobreexplotado con el que intentar subalimentarse; los demás empujados por el hambre, obligados a pedir limosna, a robar, a dedicarse a tráficos de todo tipo, a buscar qué comer en los basureros, inexorablemente arrastrados a la delincuencia, a la droga y al alcohol, abandonan a sus hijos cuando no los venden todavía críos para trabajar como esclavos en las minas, en los incontables talleres, cuando no es para prostituirlos desde la más tierna edad. ¿Con qué palabras decir esa multiplicación de raptos de niños a quienes se les extraen órganos, a aquél un riñón, al otro un ojo, a aquel los dos para la venta? ¿Cómo extrañarse después que semejante decrepitud moral y material, que afecta a millones de seres humanos, haya abastecido y siga abasteciendo cantidades de hombres, adolescentes, críos de 10 años listos para toda clase de horrores y bajezas, «libres» de todo tipo de moral, desprovistos de los valores más elementales, sin el menor respeto, para quienes la vida ajena vale menos que nada pues la suya propia no tiene el menor valor desde que nacieron, dispuestos a convertirse en mercenarios de cualquier ejército, guerrilla o banda armada, dirigida por cualquier jefezuelo, capo mafioso, general, sargento o caid, dispuestos a torturar a quien haga falta, a matar al primero que se ponga por delante, a violar, al servicio de la primera «limpieza étnica» que se presente y demás horrores.
Causa y responsable de tal creciente desbarajuste: el callejón sin salida histórico en que está metido el capitalismo.
La descomposición del capitalismo es responsable de las aterradoras guerras que se propagan como la pólvora por los territorios de la ex-URSS, en Tayikistán, en Armenia, en Georgia... Es responsable de la continuación interminable de los enfrentamientos entre milicias, ayer aliadas, en Afganistán, las cuales disparan a ciegas sus misiles, hoy una y mañana la otra, sobre Kabul. Es responsable de la continuación de la guerra en Camboya. Es responsable de la propagación dramática de las guerras y enfrentamientos interétnicos en todo el continente africano. Es responsable del resurgir de las «pequeñas» guerras entre ejércitos, guerrillas y mafias en Perú, Colombia, Centroamérica. Y si a la población le falta de todo, las bandas armadas, sean estatales o no, poseen existencias considerables de armas gracias a menudo al dinero del narcotráfico, en plena expansión mundial, que ellas controlan.
La descomposición del capitalismo es, en fin, responsable del estallido de Yugoslavia y del caos que en ella se ha instalado. Obreros que trabajaban en las mismas fábricas, que luchaban y hacían huelga juntos, contra el Estado capitalista yugoslavo, campesinos que cultivaban tierras vecinas, niños que iban a la misma escuela, muchas familas, fruto de matrimonios «mixtos», se ven hoy separados por un abismo de sangre, de matanzas, de torturas, de violaciones, de odio.
«Los combates entre serbios y croatas acarrearon unos 10 000 muertos. Los combates en Bosnia Herzegovina, varias decenas de miles (el presidente bosnio habla de 200 000), de los cuales 8000 en Sarajevo. (...) En el territorio de la ex Yugoslavia, se calcula en 2 millones la cantidad de refugiados y de víctimas de la “limpieza étnica”»([1]).
Millones de mujeres, de hombres, de familias, han visto sus vidas y sus esperanzas arruinadas, sin posible retorno. Sin ninguna otra perspectiva si no es la desesperanza o peor todavía, la venganza ciega.
Hay que denunciar con la mayor de las energías las mentiras de la burguesía de que el período actual de caos sería pasajero. Sería el precio a pagar por la muerte del estalinismo en los países del Este. Nosotros, comunistas, afirmamos que el caos y las guerras van a seguir desarrollándose y multiplicándose. La fase de descomposición del capitalismo no va a ofrecer ni paz ni prosperidad. Muy al contrario, va a agudizar todavía más que en el pasado los apetitos imperialistas de todos los Estados capitalistas sean poderosos o más débiles. «Cada uno a por la suya» y «todos contra todos», esa es la ley que se impone a todos, pequeños o grandes. No hay ni un solo conflicto donde los intereses imperialistas estén ausentes. Al igual que la naturaleza, que como suele decirse no soporta el vacío, lo mismo le ocurre al imperialismo. Ningún Estado, sean cuales sean sus fuerzas, puede dejar abandonada a una región o a un país «a su alcance» so pena de ver cómo se apodera de ellos un rival. La lógica infernal del capitalismo empuja inevitablemente a la intervención de los diferentes imperialismos.
Ningún Estado, sea cual sea, grande o pequeño, poderoso o débil, puede evitar la lógica implacable de las rivalidades y enfrentamientos imperialistas. Lo que sencillamente ocurre es que los países más débiles, al procurar defender sus intereses particulares lo mejor que pueden, acaban alineándose, de grado o por la fuerza, en función de cómo evolucionan los grandes antagonismos mundiales. Y así participan todos en la extensión devastadora de las guerras locales.
El actual período de caos no es pasajero. La evolución de los frentes imperialistas globales en torno a las principales potencias imperialistas del planeta, los Estados Unidos, claro está, pero también Alemania, Japón y, en menor medida, Francia, Gran Bretaña, Rusia([2]) y China, es la de seguir echando leña al fuego de las guerras locales. De hecho, es el corazón mismo del capitalismo mundial, especialmente las viejas potencias imperialistas occidentales, el que está alimentando la hoguera de los enfrentamientos y de las guerras locales. Así ocurre en Afganistán, en las repúblicas asiáticas de la ex URSS, en Oriente Medio, en Africa (Angola, por ejemplo), en Rwanda, en Somalia, y, claro está, en ex Yugoslavia.
La ex Yugoslavia se ha convertido en punto central de las rivalidades imperialistas globales, el lugar en el cual, con la espantosa guerra que allí está desarrollándose, se cristalizan los principales choques imperialistas del período actual. El atolladero histórico en que se encuentra el capitalismo decadente, su fase de descomposición, es responsable del estallido de Yugoslavia (al igual que el de la URSS) y de la agravación de las tensiones entre los pueblos que formaban parte de ella. Pero son los intereses imperialistas de las grandes potencias los responsables del estallido y de la dramática agravación de la guerra. El reconocimiento de Eslovenia y de Croacia por Alemania provocó la guerra, como lo dice y repite, no sin segundas intenciones, la prensa anglosajona. Los Estados Unidos, pero también Francia y Gran Bretaña, animaron firmemente a Serbia, la cual no se hizo de rogar, a dar una corrección militar a Croacia. A partir de entonces, los intereses imperialistas divergentes de las grandes potencias han sido determinantes en el incremento de la barbarie guerrera.
Las atrocidades perpetradas por unos y otros, especialmente la abominable «limpieza étnica» de la que son culpables las milicias serbias en Bosnia, son cínicamente utilizadas por la propaganda mediática de las potencias occidentales para justificar sus intervenciones políticas, diplomáticas y militares y ocultar sus intereses imperialistas divergentes. De hecho, tras los discursos humanitarios, las grandes potencias se enfrentan y mantienen encendida la hoguera mientras siguen haciendo de bomberos.
Desde que terminó la llamada guerra fría y desaparecieron los bloques imperialistas, la sumisión al imperialismo americano por parte de potencias como Alemania, Francia y Japón, por sólo citar a las más intrépidas, ha desaparecido. Desde el final de la guerra del Golfo, esas potencias han venido defendiendo cada vez más sus propios intereses, poniendo en entredicho el liderazgo de EE.UU.
El estallido de Yugoslavia y la influencia creciente de Alemania en aquella zona, especialmente en Croacia, y por lo tanto en el Mediterráneo, significa un revés para la burguesía estadounidense en términos estratégicos([3]) y un mal ejemplo sobre sus capacidades de intervención política, diplomática y militar. Todo lo contrario de la lección que dio cuando la guerra del Golfo.
«Hemos fracasado» ha afirmado Eagelburger, ex secretario de Estado de Bush. «Desde el principio hasta ahora, les digo que no conozco medio alguno para parar (la guerra) si no es el uso masivo de la fuerza militar»([4]). ¿Cómo es posible que el imperialismo americano, tan rápido para usar una impresionante armada contra Irak hace dos años, no haya recurrido hasta ahora al uso masivo de la fuerza militar?.
Desde el verano pasado, cada vez que los americanos estaban a punto de intervenir militarmente en Yugoslavia, cuando querían bombardear las posiciones y los aeropuertos serbios, sus rivales imperialistas europeos les ponían una oportuna zancadilla que frenaba la máquina de guerra norteamericana. En junio del año pasado el viaje de Mitterrand a Sarajevo hecho en nombre de la «ingerencia humanitaria», permitió a los serbios liberar el aeropuerto a la vez que salvaban la cara ante las amenazas de intervención de EEUU; el envío de fuerzas francesas y británicas entre los soldados de la ONU y su posterior reforzamiento, las negociaciones, después, del Plan Owen-Vance entre todas las partes en conflicto, han ido desmontando las justificaciones y, sobre todo, han debilitado considerablemente las posibilidades de éxito de una intervención militar estadounidense. Lo que sí han incrementado, en cambio, son los combates y las matanzas. Como así se ha visto cuando las negociaciones de Ginebra del Plan Owen-Vance, que aprovecharon los croatas para reanudar la guerra contra Serbia en Krajina.
Las vacilaciones de la nueva administración Clinton en el apoyo del Plan Owen-Vance, hecho en nombre de la CEE y de la ONU, ponen de relieve las dificultades americanas. Lee Hamilton, presidente demócrata del Comité de Asuntos exteriores de la Cámara de representantes, resume bien el problema al que está enfrentada la política imperialista de EEUU: «El hecho sobresaliente aquí es que ningún líder está dispuesto a intervenir masivamente en la ex Yugoslavia con el tipo de medios que hemos utilizado en el Golfo para rechazar la agresión, y si no están dispuestos a intervenir de esta manera, tendrán ustedes entonces que arreglárselas con medios más débiles y trabajar en ese marco»([5]).
Siguiendo los consejos realistas de Hamilton, el gobierno de Clinton ha entrado en razón y ha acabado apoyando el Plan Owen-Vance. Igual que en una partida de póker, decidió acto seguido reanudar los convoyes humanitarios y mandar a su aviación a lanzar víveres en paracaídas a las poblaciones hambrientas de Bosnia([6]). En el momento en que escribimos este artículo, los contenedores de alimentos lanzados «al paisaje» no han sido todavía encontrados...Por lo visto, los lanzamientos «humanitarios» tienen tanta precisión como las bomas de la guerra «quirúrgica» en Irak. Lo que si han dado como resultado, en cambio, es que se haya reanudado la guerra en torno a las ciudades asediadas. El número de víctimas aumenta dramáticamente, los desmanes se multiplican, cada vez más ancianos, niños, mujeres y hombres se ven obligados a huir desesperadamente entre la nieve y el frío, bajo los bombardeos, los disparos de los «snipers» aislados. Lo que le importa a la burguesía americana es empezar a imponer su presencia en el terreno. Sus rivales no se engañan. «Ante el recrudecimiento de los combates y a título humanitario», claro está, las burguesías alemana y rusa ya hablan abiertamente de intervenir a su vez participando en el lanzamiento de víveres e incluso el envío de tropas al campo de batalla. La población podrá inquietarse aún más: sus penas distan mucho de haberse terminado.
Todas las declaraciones de los dirigentes americanos lo confirman: Estados Unidos está obligado a hacer cada vez más uso de la fuerza militar. O lo que es lo mismo, a añadir leña al fuego de los conflictos y las guerras. Las campañas humanitarias han sido la justificación de las demostraciones de fuerza que los EEUU han llevado a cabo en Somalia e Irak últimamente. Esas demostraciones «humanitarias» tenían como objetivo el reafirmar la potencia militar estadounidense ante el mundo entero y, por contraste, la impotencia europea en Yugoslavia. También tenían la finalidad de preparar la intervención militar en Yugoslavia respecto los demás imperialismos rivales (como ante la población norteamericana). Como ya hemos dicho, hasta ahora el resultado no ha estado ni mucho menos a la altura de las esperanzas de EEUU. En cambio, sí que continúan el hambre y los enfrentamientos militares entre fracciones rivales en Somalia. En cambio, sí que se están agudizando las tensiones imperialistas regionales en Oriente Medio y los kurdos y los shiíes siguen soportando el terror de los Estados de la zona.
El incremento del uso de la fuerza militar por parte del imperialismo USA tiene la consecuencia de que sus rivales se ven arrastrados a desarrollar su fuerza militar. Así ocurre con Alemania y Japón, países que quieren cambiar sus constituciones respectivas, herencia de su derrota en 1945, que pone límites a sus capacidades de intervención militar. También tiene la consecuencia de la agudización de la rivalidad entre EEUU y Europa. La formación del cuerpo de ejército franco-alemán ha sido ya una plasmación de esa agudización. En Yugoslavia, una verdadera controversia política se ha iniciado para saber si «la ingerencia humanitaria» debe realizarse bajo mado de la ONU o de la OTAN. De manera más general, «una situación crítica se está desarrollando entre el gobierno de Bonn y la OTAN»([7]), cosa que afirma también el antiguo presidente francés Giscard d'Estaing: «la defensa es el punto de bloqueo de las relaciones euro-norteamericanas»([8]).
La repugnante hipocresía de la burguesía no tiene límites. Todas las intervenciones militares norteamericanas o con tapadera onusiana, en Somalia, Irak, Camboya, Yugoslavia, se han hecho en nombre de la ayuda e ingerencia humanitarias. Y lo único que han acarreado es que se han incrementado el horror, las guerras, las matanzas, ha aumentado el número de refugiados que huyen de los combates, ha multiplicado la miseria y el hambre. Además han puesto de manifiesto agudizándolas todavía más, las rivalidades imperialistas entre pequeñas, medianas y sobre todo grandes potencias. Todas se ven acuciadas a desarrollar sus gastos de armamento, a reorganizar sus fuerzas militares en función de los nuevos antagonismos. Ese es el significado real del «deber de ingerencia humanitaria» que se otorga la burguesía, ésos son los resultados de las campañas sobre el humanitarismo y la defensa de los derechos del hombre.
La razón básica del callejón sin salida en que está metido el capitalismo y que provoca la multiplicación y la horrible agravación de las matanzas imperialistas, es su incapacidad para superar y resolver las contradicciones de su economía. La burguesía es incapaz de resolver la crisis económica. Así presenta un economista burgués esa contradicción, expresando su preocupación por el futuro de los habitantes de Bangladesh:
«Incluso si, por no se sabe qué milagro de la ciencia [sic], pudieran producirse bastantes alimentos para que pudieran comer, ¿cómo encontrarían el empleo remunerado necesario para comprar esos alimentos?»([9]).
Para empezar, hay que tener más cara que espalda para afirmar semejantes cosas. Decir que hoy es imposible (sin un milagro, dice ese tipo) alimentar a la población de Bangladesh es indignante. Al mundo entero podría alimentarse hoy. Y de eso es el propio capital quien da la prueba, cuando incita y paga a los campesinos de los países industriales para que autolimiten su producción y dejen en barbecho más y más tierras. No es desde luego una sobreproducción de bienes, especialmente los nutritivos, respecto a las necesidades, sino, como el ilustre profesor de universidad citado (un inútil al no poder resolver la contradicción y un hipócrita pues hace como si no hubiera tal contradicción, como si no existieran hoy unas inmensas capacidades de producción) lo subraya, es una sobreproducción porque la mayoría de la población mundial no tiene la menor posibilidad de comprarla. Porque los mercados están saturados.
Hoy en día, el capitalismo mundial son millones de seres humanos que se mueren porque ni posibilidad tienen de procurarse alimentos, miles de millones están malnutridos mientras las principales potencias industriales, las mismas que gastan miles de millones de dólares en sus intervenciones militares imperialistas, a sus campesinos les imponen disminuir la producción. Ya no sólo es que el capitalismo sea un sistema brutal y asesino, es que además se ha vuelto totalmente absurdo e irracional. Por un lado, sobreproducción que obliga a cerrar fábricas, a dejar baldías tierras de cultivo, a millones de obreros sin trabajo, por otro lado, millones de personas sin recursos y atenazados por el hambre.
El capitalismo no puede superar esa contradicción como lo hacía en el siglo pasado mediante la conquista de nuevos mercados. Ya no quedan mercados en el planeta. Tampoco puede el capitalismo, por ahora, meterse en la única perspectiva que pueda él «ofrecer» a la humanidad: una tercera guerra mundial, como así pudo hacerlo en dos ocasiones ya desde 1914, dos guerras mundiales con sus riadas de millones de muertos. Y no puede, primero porque han dejado de existir dos bloques constituidos, necesarios para semejante holocausto, desde que desaparecieron la URSS y el Pacto de Varsovia; por otro lado, la población, y muy especialmente el proletariado, de las principales potencias imperialistas de Occidente, no está dispuesta para tal sacrificio. Y así, el capitalismo se está hundiendo en una situación sin salida pudriéndose en sus propias raíces.
En estas condiciones de atolladero histórico, las rivalidades económicas se agudizan tanto como las rivalidades imperialistas. La guerra comercial se agrava al igual que se agravan las guerras imperialistas. Y la descomposición de la URSS, etapa importante en el desarrollo dramático del caos general en el plano imperialista, también ha sido un acelerador importante de la competencia entre las naciones capitalistas y muy especialmente entre las grandes potencias: «Con la desaparición de la amenaza soviética, las desigualdades y los conflictos económicos entre los países ricos son más difíciles de controlar»([10]). Por eso resulta imposible, hasta ahora, cerrar las negociaciones del GATT, por eso no cesan las querellas y las amenazas de proteccionismo entre EEUU, Europa y Japón.
El capitalismo está en bancarrota y la guerra comercial se ha desatado. La recesión hace estragos hasta en las economías más fuertes, Estados Unidos, Alemania, Japón, todos los Estados europeos. Ningún país está protegido contra ella. A cada uno la recesión obliga a defender con uñas y dientes sus intereses. Es un factor suplementario de tensiones entre las grandes potencias.
A partir de la descomposición del capitalismo, del caos que le acompaña y, sobre todo, a partir de la explosión de la URSS, las guerras imperialistas se han vuelto más salvajes, más bestiales y al mismo tiempo más numerosas. Ningún continente se libra de ellas. Asimismo, hoy, la crisis económica toma un carácter más profundo, más irreversible que nunca, más dramático, y afecta a todos los países del globo. Uno y otro vienen a agravar dramáticamente la catástrofe generalizada que representa la supervivencia del capitalismo.
Cada día que pasa es una tragedia suplementaria para millones de seres humanos. Cada día que pasa es también un paso más hacia la caída irreversible del capitalismo en la destrucción de la humanidad. La alternativa es terrible: o caída definitiva en la barbarie, sin posible retorno, o revolución proletaria y apertura de una perspectiva de un mundo en el que los hombres vivirán en una auténtica comunidad. ¡Obreros de todos los países, listos para el combate contra el capitalismo!
RL
4/03/93
[1] Le Monde des débats, febrero de 1993.
[2] Después de haber visto el final de la URSS, ¿vamos a presenciar el de la Federación rusa?. En todo caso, la situación se está deteriorando rápidamente tanto en lo económico como en lo político. El caos despliega sus alas, la anarquía, las mafias, la violencia imperan, la recesión se instala, la miseria y la desesperación se hacen cotidianas. Yeltsin parece no gobernar nada, con un poder debilitado y puesto en constante entredicho. La agravación de la situación en Rusia tendrá inevitables consecuencias a nivel internacional.
[3] El interés directamente económico, el apoderarse de un mercado particular, es algo cada día más secundario en el desarrollo de las rivalidades imperialistas. El control de Oriente Medio, y por lo tanto del petróleo, por Estados Unidos, corresponde más a un interés estratégico respecto a otras potencias rivales, Alemania y Japón especialmente, las cuales dependen de esa región para su abastecimiento, que a los beneficios financieros que pudieran sacar de ese control.
[4] International Herald Tribune, 9/02/93.
[5] International Herald Tribune, 5/02/93.
[6] En el momento en que redactamos este artículo, el atentado del World Trade Center de Nueva York no ha sido todavía elucidado. Es muy probable que sea el resultado de agudización de las rivalidades imperialistas. Puede que sea obra de un Estado que intenta presionar en la clase dominante americana (como así ocurrió con los atentados terroristas de septiembre de 1976 en París), puede que sea una provocación. En cualquier caso, el crimen es utilizado por la burguesía americana para crear un sentimiento de miedo en la población, para que ésta cierre filas en torno al Estado y para justificar intervenciones militares en el futuro.
[7] Die Welt, 8 de febrero de 1993.
[8] Le Monde, 13 de febrero de 1993.
[9] M.F. Perutz, de la Universidad de Cambridge citado por el International Herald Tribune, 20/02/93.
[10] Washington Post, citado por International Herald Tribune, 15 febrero de 1993.
El despertar de la combatividad obrera
La quiebra económica del capitalismo tiene consecuencias terribles para el proletariado mundial. Los cierres de empresas y los despidos se multiplican por todas partes. Especialmente en las principales potencias económicas e imperialistas, en Estados Unidos, en Europa, e incluso en Japón; en los sectores centrales como el automóvil, la construcción aeronáutica, la siderurgia, la informática, los bancos y los seguros, el sector público, etc. He aquí una pequeña muestra de lo que oficialmente se espera: 30 000 despidos en Volkswagen, 28 000 en Boeing, 40 000 en la siderurgia alemana, 25 000 en IBM donde ya hubo 43 000 en 1992... Esos despidos masivos, vienen acompañados de una baja de salarios, reducciones drásticas del « salario social » (seguridad social, ayudas y subsidios diversos), de las pensiones, etc. Las condiciones de trabajo para quienes tienen todavía la gran « suerte » de trabajar se están deteriorando gravemente. Se reducen los subsidios de desempleo y eso cuando existen. La cantidad de vagabundos sin techo, de familias obreras obligadas a tender el plato en los organismos de caridad, de pordioseros, se está incrementando a toda velocidad en todos los países industrializados. Obreros de Norteamérica y de Europa occidental empiezan a sufrir la pauperización absoluta como, antes que ellos, sus hermanos de clase de los países del llamado Tercer mundo y de Europa del Este.
Del mismo modo que los conflictos imperialistas estallan por todas partes a la vez, y con una bestialidad inaudita, los ataques contra los obreros caen con una dureza que hace poco tiempo ni siquiera podía imaginarse, en todos los sectores y en todos los países al mismo tiempo.
Pero a diferencia de los conflictos guerreros producto de la descomposición del capitalismo, la catástrofe económica de este sistema y sus consecuencias para la clase obrera, van a permitir que se despierte la esperanza y la perspectiva de una alternativa comunista a este mundo de espantosas miserias y crueles atrocidades.
Ya desde el otoño del 92 y la reacción obrera masiva en Italia, el proletariado ha vuelto a reanudar la lucha. A pesar de sus debilidades, las manifestaciones de los mineros en Gran Bretaña, los signos patentes de cólera en Francia o España, y las manifestaciones de los obreros de la siderurgia en Alemania, son expresiones del retorno de la combatividad obrera. Inevitablemente, el proletariado internacional deberá contestar a los ataques que está soportando. Inevitablemente deberá volver al camino de la lucha de clase. Pero le queda mucho trecho antes de que pueda presentar claramente ante una humanidad humillada, la perspectiva de la revolución proletaria y del comunismo. Deberá luchar, claro está, pero también deberá aprender cómo hacerlo. En la defensa de sus condiciones de vida, en sus luchas económicas, en la búsqueda de una unidad cada vez más amplia, deberá afrontar las manipulaciones y salvar las zancadillas de los sindicatos, tendrá que desmontar las trampas corporativistas, identificar como tales las siniestras farsas de división de los sindicalistas radicales, «de base», evitar esas ratoneras políticas falsamente radicales que arman los izquierdistas. Deberá desarrollar sus capacidades de organización, agruparse, mantener asambleas generales abiertas a todos, trabajadores activos o desempleados, formar comités de lucha, manifestarse en las calles llamando a la solidaridad activa. Resumiendo, deberá llevar a cabo un combate político, difícil y firme, por el desarrollo de sus luchas y la afirmación de su perspectiva revolucionaria. Para los obreros no hay otra opción sino la de la lucha y el combate político. De ese combate dependen sus condiciones generales de existencia. De ese combate depende su futuro. De esa lucha depende el futuro de la humanidad entera.
RL
5 de marzo de 1993
Crisis económica mundial
Este texto está extraído de un Informe sobre la situación en Alemania, realizado por Weltrevolution, la sección de la CCI en ese país. Aunque trate la situación allí, la verdad es que traduce la situación generalizada de crisis capitalista que atraviesan todos los países del mundo. La economía alemana, antaño ejemplo de la «buena salud» del capitalismo que la propaganda burguesa nos refregaba continuamente, se ha convertido en un símbolo del hundimiento del sistema. Ese bastión esencial del capitalismo, que hace apenas unos años parecía de lo más sólido, cae hoy en la crisis más grave desde los años 30. Con ello se hacen patentes tanto la gravedad actual de la crisis económica mundial, como también la perspectiva de futuras tormentas que han de estremecer el conjunto del edificio económico capitalista. Ya no hay modelos de capitalismo en «buen estado de salud» que la burguesía pueda vendernos para hacernos creíble la ilusión de que para salir de la crisis, sería suficiente con aplicar una gestión rigurosa. La situación en Alemania muestra hoy que, incluso los países que se han distinguido por una gestión económica «intachable», y en los que los explotadores han felicitado a los obreros por su disciplina, no escapan sin embargo a la crisis. Quedan así ridiculizados los constantes llamamientos al rigor por parte de la clase dominante. Ninguna política económica de la burguesía puede solucionar la quiebra generalizada del sistema capitalista. Los sacrificios que en todas partes se imponen al proletariado no anuncian un futuro mejor, sino un crecimiento de la miseria sin que en el horizonte se perfile ninguna solución, ni siquiera en los países más industrializados.
La recesión en USA de finales de los años 80, aunque eclipsada por el hundimiento del Este y la celebración por parte de los medios de comunicación del «triunfo de la economía de mercado», no ha sido algo simplemente coyuntural, sino de una gran significación histórica. Tras el hundimiento definitivo del Tercer Mundo y del Este, llegaba el turno de la caída de uno de los tres principales motores de la economía mundial, paralizado por una montaña de deudas. Después, 1992 se ha revelado como un año verdaderamente histórico con el desplome económico, oficial y espectacular, de los dos gigantes que quedaban: Japón y Alemania.
Tras el «boom» puntual que produjo la unificación, ni siquiera el endeudamiento ha impedido la entrada de Alemania en la recesión. Esto significa que, como en USA, esta recesión es de una importancia sin precedentes. El incremento de la deuda pública impide a Alemania financiar una salida de su marasmo actual. Con ello no sólo se certifica su entrada oficial en la recesión, sino también su fracaso como polo de crecimiento de la economía mundial y como pilar de la estabilidad económica en Europa.
La burguesía alemana es la última y más espectacular víctima de la explosión del caos económico y de la crisis incontrolable.
En comparación con el boom de los tres últimos años, la economía alemana se hundió, literalmente, durante el tercer trimestre de 1992. El crecimiento anual del Producto nacional bruto (PNB), que a finales de 1990 se situaba en un 5 %, ha caído de repente a cerca de un 1 %, para los seis primeros meses de 1993. Si se preveía un crecimiento del 7 % en la ex RDA, la realidad depara un crecimiento negativo. Los pedidos de bienes y servicios han caído un 8 % en los últimos seis meses. La producción de un sector tan vital como el de maquina-herramientas cayó un 20 % en 1991 y un 25 % en 1992. La producción industrial total bajó el año pasado y se espera un descenso del 2 % para éste. La producción textil ha caído un 12 %. La exportación, motor tradicional de la economía alemana, habitualmente capaz de hacerla salir de los baches anteriores, ya no es ahora capaz de engendrar el menor efecto positivo, dada la restricción de exportaciones debidas a la recesión mundial y el crecimiento de la importaciones por las necesidades de la unificación. La balanza de pagos, que en 1989 presentaba un superávit de más de 57 mil millones de dólares, ha alcanzado en 1992 un déficit récord de 25 mil millones de dólares. La devaluación durante el pasado otoño de las divisas británica, italiana, española, portuguesa, sueca y noruega, ha hecho que en pocos días, las mercancías alemanas hayan pasado a ser casi unos 15 % más caras. El número de quiebras de empresas, aumentó el pasado año casi un 30 %. La industria automovilística ha planificado para este año una reducción de la producción de cerca del 7 %. Otras industrias básicas como el acero, la química, la electrónica y la mecánica prevén recortes similares. Uno de los más importantes productores de acero y maquinaria –Klöckner– está al borde de la bancarrota.
La consecuencia de todo ello es una brutal escalada de despidos. Así la Volkswagen, que prevé para este año una caída de las ventas de un 20 %, pretende despedir este año a 12 500 trabajadores, uno de cada diez empleados. La Daimler Benz (Mercedes, AEG, DASA Aeroespacial) despedirá a 11 800 obreros este año, y pretende liquidar 40 mil puestos de trabajo de aquí a 1996. Igualmente, en Correos-Telecomunicaciones (13 500 despidos), Veba (7000), MAN (4500), Lufthansa (6000), Siemens (4000), etc.
La cifra oficial del paro a finales de 1992 era de 3 126 000 trabajadores, el 6,6 % en Alemania occidental y del 13,5 % en la ex RDA (1,1 millones de obreros). Casi 650 mil trabajadores están empleados a tiempo parcial en el Oeste y 233 mil en el Este. En lo que fue la RDA, en estos tres últimos años, se han eliminado 4 millones de puestos de trabajo y cerca de medio millón de trabajadores se encuentra realizando cursos de reciclaje del Estado. Y esto no es más que el principio. Incluso las predicciones oficiales, prevén tres millones y medio de parados a finales de este año, en el conjunto de Alemania. En la parte oriental, para mantener el nivel de empleo actual, la producción de bienes y servicios debería aumentar este año un imposible 100 %. Según datos oficiales, en las ciudades alemanas faltan tres millones de viviendas, mientras 4,2 millones de personas viven por debajo del nivel del salario mínimo (es decir casi cincuenta veces más que en 1970). Según las previsiones de organizaciones semioficiales, el paro alcanzará este año la cifra de cinco millones y medio de trabajadores, y eso sin incluir a las 1,7 millones de personas que están haciendo cursos de aprendizaje en las nuevas regiones del Este, con contratos de creación de trabajo, en trabajo a tiempo parcial o jubilaciones anticipadas (que por sí solas cuestan 50 mil millones de marcos).
Cuando Kohl llegó a la cancillería en 1982, la deuda pública ascendía a 615 mil millones de marcos, el 39 % del PNB, es decir 10 mil marcos por habitante. Hoy, la deuda alcanza los 21 mil marcos por habitante, más del 42 % del Producto nacional bruto, y se espera que pronto supere el 50 % del PNB. Para devolver esta deuda, cada alemán debería trabajar sin cobrar seis meses. La deuda pública se sitúa hoy en 1,7 billones de marcos y se prevé que a finales de siglo supere los dos billones y medio de marcos. Ha habido que esperar cuarenta años para que en 1990 el Estado alemán se endeudara con un primer billón de marcos. El segundo billón se espera para finales de 1994, o 1995 como más tarde. El Estado alemán sustrae en impuestos 1,4 millones de marcos por minuto. En esa misma fracción de tiempo contrae nuevas deudas por valor de 217 mil marcos.
Las banca bajo control estatal (Kreditanstalt für Wiederaufbau, Deutsche Ausgleichsbank, Berliner Industriebank), han prestado mas de cien mil millones de marcos a las empresas de Alemania del Este de 1989 a 1991. La mayor parte de esos prestamos jamás se cobrarán, lo mismo que los 41 mil millones de marcos prestados a Rusia. En muy poco tiempo los enormes recursos financieros acumulados durante décadas, que hicieron de Alemania no sólo la potencia más solvente, sino la primera prestataria de capitales en los mercados mundiales, se han fundido como la nieve al sol. Los instrumentos esenciales para el control de la economía se han despilfarrado. Y la recesión va a agravar esta situación. Por cada 1 % de crecimiento del PNB que se pierde, la administración central deja de ingresar 10 mil millones de marcos y la de las regiones, municipios... 20 mil millones, sólo a causa de la disminución de entradas por impuestos. Y eso que los impuestos y las cotizaciones sociales han alcanzado un nivel récord. De cada dos marcos de ingresos, uno va al Estado o a los llamados «fondos sociales». A esto hay que añadir los nuevos impuestos: un brutal aumento del precio de la gasolina y una tasa especial para financiar la reconstrucción del Este. La parte del presupuesto federal destinada a pagar los intereses de la deuda, que en 1970 era el 18 %, pasó al 42 % en 1990. Para 1995 se espera que supere el 50 %.
El hundimiento de la economía alemana, la reducción de sus mercados, su ocaso como poder financiero internacional, constituyen una catástrofe flagrante, no sólo para Alemania sino para el mundo entero y más particularmente para la economía europea.
Es difícil encontrar un ejemplo más claro de cómo cada vez resulta más incontrolable la crisis económica mundial, que la política a la que se ve forzada la burguesía más potente de Europa. Una política que agrava la crisis y que le obliga a abandonar los principios a los que parecía más aferrada. Por ejemplo, la política inflacionista de endeudamiento público que financia un consumo improductivo, y que va a la par con un crecimiento constante de la masa monetaria en circulación -una política lanzada cuando la unificación con la RDA y que ha seguido después-. El aumento del índice de precios, tradicionalmente entre los más bajos de los países desarrollados, tiende a estar ahora entre los más altos, en torno al 4 y al 5 % incluso. Y si han conseguido frenarla ahí, ha sido gracias a la implacable política antiinflacionista de los tipos de interés del Busdenbank. La clásica política antiinflacionista alemana de los últimos cuarenta años (tanto la estabilidad de los precios, como la autonomía del Bundesbank, figuran en la Constitución) reflejaba no sólo los intereses económicos inmediatos, sino toda una «filosofía» política nacida de las experiencias de la gran inflación de 1923, del desastre económico de 1929, y de las inclinaciones típicas del «carácter alemán» al orden, la estabilidad y la seguridad. Mientras que en los países anglosajones se considera que los altos tipos de interés son la principal barrera a la expansión económica, la «escuela alemana» afirma que lo que pone en aprietos a las empresas rentables no son los tipos de interés sino la inflación. Igualmente, la fe profundamente enraizada en las ventajas de un «marco fuerte» se sustenta en la tesis de que las ventajas de la devaluación para la exportación quedan contrarrestadas por la inflación que resulta de unas importaciones más caras. El hecho de que sea precisamente Alemania la que, más que otros países, practique una política inflacionista, es revelador de la pérdida de control sobre la crisis.
Lo mismo puede decirse de las convulsiones del SME (Sistema monetario europeo) que constituyen una verdadera catástrofe para los intereses alemanes. Para la industria alemana resultan cruciales unas relaciones estables entre las distintas divisas, puesto que tanto las grandes como las pequeñas industrias alemanas, no sólo exportan principalmente a los países de la Comunidad europea, sino que también realizan en ellos una parte de su producción. Sin esa estabilidad es imposible un cálculo de los precios, y la vida económica se ha mucho mas difícil. A ese nivel, el SME constituía todo un éxito para Alemania, ya que le hacía quedar más al margen de las fluctuaciones y las manipulaciones del dólar. Pero ni siquiera el Bundesbank con sus enormes reservas de divisas, fue capaz de hacer frente a un movimiento especulativo que movió diariamente entre 500 mil millones y 1 billón de dólares en el mercado de divisas. Alemania como potencia económica que opera a escala mundial, es más vulnerable frente a la fragilización de los mercados, incluido el financiero y el monetario. Y sin embargo, se ve igualmente forzada a llevar una política nacional que socava los cimientos de esos mercados.
En USA con Clinton, en Japón, o en la Comunidad Europea con las propuestas de Delors..., las políticas de una más brutal y mas abierta intervención del Estado a través de financiación de obras públicas y programas de infraestructuras (que muchas veces ignoran las necesidades reales del mercado) vuelven a estar en boga en los países industrializados. Este cambio se acompaña también con el giro ideológico correspondiente. Las mistificaciones del liberalismo, del «laissez faire» de los años 80, especialmente desarrollados en los países anglosajones por Reagan y Thatcher, han sido abandonadas. Pero es que esa «nueva» política económica tampoco constituye una solución, ni siquiera un paliativo a medio plazo. Son simplemente la prueba de que la burguesía no va a suicidarse y se prepara para retrasar la gran catástrofe aunque ello implique que esa catástrofe será finalmente más dramática. El bestial nivel alcanzado tanto por las deudas como por la sobreproducción hacen imposible cualquier estímulo real a la economía capitalista.
El fiasco de tales políticas queda perfectamente ilustrado en el país que, por razones particulares, se vio obligado a poner antes en marcha tales políticas: Alemania. A través de su programa de reconstrucción del Este, Alemania ha destinado cada año decenas de billones de marcos a sus regiones orientales. El resultado está a la vista: explosión de la deuda, regreso de la inflación, despilfarro de reservas, déficit de la balanza de pagos y, finalmente, la recesión.
Pero si bien Alemania fue precursora de este movimiento de «más Estado», sus objetivos y motivaciones no son los mismos que en USA o Japón. En éstos la principal preocupación es la de detener la caída de la actividad económica, mientras que en Alemania no debemos perder de vista que el principal objetivo de esta política era de orden político (unificación, estabilización, extensión del poder del Estado alemán...). Por ello tiene una dinámica distinta a la política anunciada por ejemplo por Clinton en USA. De un lado en Alemania esas inversiones pueden ser «rentables» desde un punto de vista político aunque supongan importantes pérdidas económicas. Pero también implica que la burguesía alemana no puede dar marcha atrás a esta política aunque le resulte demasiado cara, como es efectivamente el caso, ni incluso ante el peligro de bancarrota. La burguesía alemana ha calculado mal, a nivel económico, el precio de la reunificación; ha subestimado tanto el coste general como el nivel de degradación de la industria de Alemania del Este. No preveía un hundimiento tan rápido de los mercados de exportación de la ex RDA en el Este. De hecho ha modificado su estrategia y el territorio de la ex RDA debe ser transformado en un trampolín para la conquista de los mercados del Oeste. Y esto no será posible si no consigue una ventaja en la competencia con sus rivales, especialmente los de la Comunidad Europea. Los tres pilares de esta estrategia son los siguientes:
• El programa de desarrollo de las infraestructuras del Estado. – En una época en que los métodos de producción y la tecnología son cada vez más uniformes, la infraestructura (los transportes, comunicaciones...) puede proporcionar una ventaja decisiva frente a los competidores. No cabe duda sobre la determinación de la burguesía alemana de equipar a las provincias del Este con la infraestructura mas moderna de Europa, de avanzar este programa a toda marcha, de finalizarlo antes de fin de siglo... si el capital alemán no se hunde antes.
• El bajo nivel de los salarios. – Según los acuerdos firmados, los salarios del Este deberían igualarse muy pronto con los del Oeste. Sin embargo, los sindicatos han pactado un acuerdo no oficial, por el que se mantiene el bajo nivel de los salarios en aquellas empresas que luchan por su supervivencia (o sea el 80 % del total).
• Las inversiones por razones políticas. – La anterior política económica hacia el Este partía de la base de que el Estado ponía las infraestructuras y las medidas económicas, mientras que los capitalistas privados ponían las inversiones. Sin embargo estos no han «cumplido» porque se han atenido a eso que se llama «economía de mercado». El resultado ha sido que nadie ha querido comprar la industria de la RDA que, en lo sustancial, ha desaparecido en la más rápida y espectacular desindustrialización de la historia. Al final deberá ser el Estado quien emprenda las inversiones directas a largo plazo, que los inversores privados han tenido pavor a realizar.
Toda la política del gobierno Kohl consistía en llevar a término la unificación sin lanzar brutales ataques contra la población, de forma que no desfalleciera el entusiasmo nacional. Pero eso ha conducido a un crecimiento masivo del endeudamiento en vez de un ataque masivo a los trabajadores. Hasta los impuestos especiales de «solidaridad con el Este» sobre los salarios fueron anulados. En los primeros momentos, la unificación se acompañó de impuestos y tributos especiales en el Oeste, pero se daban en un momento en que había un boom económico y un relativo descenso del paro.
Pero ahora asistimos a un giro total de la situación. El boom de la unificación ha quedado en agua de borrajas por la recesión mundial, y la deuda ha llegado a ser tan gigantesca que amenaza la estabilidad no sólo de Alemania, sino del mundo entero. Los altos tipos de interés alemanes amenazan el sistema monetario, y también otros sistemas de estabilización de Europa, de los que la propia Alemania depende. Y ahora que resulta evidente que nada puede detener el despegue del endeudamiento, llega el momento en que toda la población, y especialmente la clase obrera deberá pagar, directa y brutalmente, a través de ataques masivos, frontales y generalizados. Ya empezaron sobre los salarios en 1992, que en general han registrado subidas inferiores a la inflación, gracias a la maniobra de la lucha en el sector público.
Este ataque a los salarios va a continuar, ya que los sindicatos no cesan de proclamar su voluntad de moderación y su sentido de la responsabilidad en este sentido. El segundo frente de ataques es, sin duda, la explosión del paro, del trabajo a tiempo parcial, los despidos masivos, más particularmente en los sectores clave de la economía. Lo que ha estado sucediendo en el Este durante los últimos tres años, va a tomar un desarrollo nuevo y brutal en el Oeste. Se preparan ya suspensiones de empleo y «sacrificios particulares», incluso en el sector público. Last but not least (por último y no por ello menos importante): el gobierno ha preparado un gigantesco programa de recortes en los servicios sociales. No se conocen todavía los detalles de dicho plan, pero se habla de una reducción, para «empezar», del 3 % , en subsidios de paro, de vivienda, de prestaciones familiares.
Aunque no tengamos datos concretos, podemos sin embargo estar seguros de que 1993 significará un cambio cualitativo en las condiciones de vida del proletariado, una avalancha de ataques como no se han conocido desde la IIª Guerra mundial, a una escala, como mínimo, comparable a la de otros países de Europa Occidental.
Durante los últimos tres años, a nivel de despidos y del paro, los obreros de la ex-Alemania del Este han sido los más golpeados de Europa Occidental. La expulsión de 4 millones de personas (sobre una población de 17 millones) fuera del proceso de producción en un plazo tan corto, sobrepasa las dimensiones de la crisis económica mundial de los años 30. Esto se ha acompañado con un proceso de pauperización absoluta en particular entre las personas de edad o enfermas; de lumpenización, sobre todo entre los jóvenes; y, de manera general, con un desarrollo de la inseguridad.
Para los que todavía tienen un empleo o los que realizan cursos de formación, el nivel de ingresos a aumentado de manera relativa, siguiendo la política de reunificación que prevé al cabo la igualdad de sueldos entre Este y Oeste. Pero esos aumentos, que atañen a una parte solamente de los trabajadores (sobre todo los hombres, a condición que no sean jóvenes o viejos, y que no estén enfermos) quedan cortos frente a la meta de la igualdad de sueldos. En términos reales, se estima que el salario de los obreros del Este equivale a la mitad de los del Oeste. Además, la patronal acaba de anunciar que no podrá respetar los aumentos previstos en los contratos firmados con los sindicatos el año pasado, por causa de marasmo económico. Cuatro años después del derrumbe del muro de Berlín, los obreros de la ex-Alemania del Este siguen siendo extranjeros mal pagados en «su patria».
Como a menudo durante la historia del capitalismo decadente, Alemania constituye un lugar privilegiado de explosión de las contradicciones que desgarran al capitalismo mundial. La economía más «sana» del planeta sufre hoy las tormentas destructoras de la recesión económica mundial, del endeudamiento sin límites, de la perdida de control sobre la máquina económica, de la anarquía financiera y monetaria internacional. Y, como en todos los países, la clase dominante responde con el reforzamiento de su aparato de Estado y con inauditos ataques contra la clase obrera.
Más allá de las especificidades debidas a la reunificación, el problema en Alemania no es una cuestión alemana sino la de la bancarrota del capitalismo mundial.
Decadencia del capitalismo
¿Será capaz la burguesía de dar aunque sólo sea un principio de respuesta al problema de la división del mundo en naciones, origen de los millones de muertos en las guerras mundiales y locales que han ensangrentado el planeta desde principios de siglo?. Eso es lo que nos quieren hacer creer, con diferentes matices y niveles, las variadas tendencias políticas proeuropeas. La realidad demuestra hoy, sin embargo, que una Europa unida, agrupadora en su seno de los países de la Comunidad Económica Europea (CEE) o incluso más allá, no era sino una utopía como lo demuestran las disensiones en todas las direcciones que enfrentan a esos países y su incapacidad para tener una influencia en acontecimientos internacionales tan trágicos como los de Yugoslavia, que tienen lugar tan cerca de los países industrializados de Europa. Lo cual no impedirá que la burguesía vuelva en el futuro, en otras circunstancias y en especial para las necesarias alianzas imperialistas, a poner de moda la idea de la unidad europea con otros contornos. La burguesía intentará entonces de nuevo como lo ha hecho en el pasado, utilizar las campañas sobre Europa para polarizar las preocupaciones de la clase obrera sobre un problema totalmente ajeno a sus intereses de clase, y sobre todo para dividirla haciéndole tomar partido en ese falso debate. Por eso es necesario demostrar por qué cualquier proyecto de construcción de la unidad europea no es sino participar en la instauración de alianzas en la despiadada guerra económica que tienen entablada todos los países del mundo, o en la formación de alianzas imperialistas para la guerra de las armas, única salida a la que les empuja la crisis económica.
Los diferentes intentos de construcción europea han sido a menudo presentados como etapas hacia la creación de una «nueva nación, Europa» con un peso político y económico considerable en el mundo. Cada una de esas etapas, especialmente la última, iba a ser, según sus propagandistas, factores de paz y de justicia en el mundo.
Semejante idea ha tenido gran impacto al haber ilusionado a amplios sectores de la burguesía que se transformaron a lo largo de los años en sus más porfiados portavoces. Algunos hasta han llegado a dar de su proyecto la forma de unos «Estados Unidos de Europa» como queriendo imitar a los otros Estados Unidos.
De hecho, ese proyecto es una utopía pues no hace sino escamotear dos factores indispensables para su realización.
El primero de esos factores es que para que pueda constituirse una nueva nación digna de ese nombre debe existir un proceso que sólo es posible en ciertas circunstancias históricas. Y el período actual, contrariamente a ciertos períodos anteriores, es, en ese plano, totalmente desfavorable.
El segundo factor es el de la violencia. Esta violencia nunca podrá ser sustituida ni por la «voluntad política de los gobiernos» ni por la «aspiración de los pueblos», que es lo que pretende la propaganda de la burguesía. Al estar la existencia de la burguesía indisolublemente vinculada a la de la propiedad privada, individual o estatal, un proyecto semejante exige obligatoriamente la expropiación o la sumisión violenta de unas fracciones nacionales de la burguesía por otras.
La historia de la formación de las naciones desde la Edad media hasta nuestros días ilustra esa realidad.
En la Edad media, la situación social, económica y política puede resumirse en la definición de Rosa Luxemburgo: «En la Edad media, con un feudalismo dominante, los lazos entre las partes y regiones de un mismo Estado eran muy distendidas. Cada ciudad importante y sus alrededores producía, para satisfacer sus necesidades, la mayoría de los objetos de uso cotidiano; también cada ciudad tenía su propia legislación, su propio gobierno, su ejército; las ciudades mayores y prósperas, en el Oeste, a veces hacían guerras o establecían tratados con potencias exteriores. Del mismo modo, las comunidades más importantes tenían su propia vida aislada, y cada parcela del dominio de un señor feudal o incluso cada una de las propiedades de los caballeros eran por sí solas un pequeño Estado casi independiente»([1]).
Aunque a un ritmo y a una escala muy inferiores a lo que serían después, una vez que el modo de producción capitalista era dominante, ya está en marcha entonces el proceso de transformación de la sociedad: «La revolución en la producción y en las relaciones comerciales a finales de la Edad Media, el aumento de los medios de producción y el desarrollo de la economía basada en el dinero, junto con el desarrollo del comercio internacional y la revolución simultánea en el sistema militar, el declive de la realeza y el desarrollo de los ejércitos permanentes, ésos fueron los factores que, en las relaciones políticas, favorecieron el desarrollo del poder del monarca y el auge del absolutismo. La tendencia principal del absolutismo fue la de crear un aparato de Estado centralizado. Los siglos xvi y xvii fueron un período de luchas incesantes entre la tendencia centralizadora del absolutismo contra los restos de los particularismos feudales»([2]).
Le incumbió evidentemente a la burguesía el haber dado el impulso decisivo al proceso de formación de los Estados modernos y llevarlo a su remate: «La abolición de las aduanas y de las autonomías en materia de impuestos en los municipios y propiedades de la pequeña nobleza y en la administración de la justicia, fueron las primeras realizaciones de la nobleza moderna. Con ello vino la creación de un fuerte aparato estatal que combinaba todas las funciones: la administración en manos de un gobierno central; la legislación en manos de un órgano legislativo, el parlamento; las fuerzas armadas agrupadas en un ejército centralizado bajo las órdenes de un gobierno central; los derechos de aduana uniformizados frente al exterior; una moneda única en todo el estado, etc. En ese mismo sentido, el estado moderno introdujo, en el ámbito de la cultura, una homogeneización en la educación y en las escuelas, en el ámbito eclesiástico, etc., organizados según los mismos principios del estado en su conjunto. En resumen, la centralización más extensa posible es la tendencia dominante del capitalismo»([3]).
En ese proceso de formación de las naciones modernas, la guerra desempeñó un papel de primera importancia, para eliminar las resistencias interiores de los sectores reaccionarios de la sociedad, y frente a otros países para delimitar sus propias fronteras haciendo prevalecer por las armas el derecho a la existencia. Por esta razón, entre los Estados legados por la Edad media, no fueron viables sino los que poseían condiciones para un desarrollo económico suficiente que les permitiera asumir su independencia.
Alemania, por ejemplo, es una ilustración, entre otras, del papel de la violencia en la formación de un Estado fuerte: tras haber derrotado a Austria y haber sometido a los príncipes alemanes, fue la victoria contra Francia en 1871 lo que permitió a Prusia imponer de modo duradero la unidad alemana.
También la constitución de los Estados Unidos de América en 1776, aunque sus bases no se hubieran desarrollado en una sociedad feudal (pues la colonia había conquistado su independencia por las armas frente a Gran Bretaña) fue una buena ilustración de lo dicho: «El primer núcleo de la Unión de las colonias inglesas en América del Norte fue creado por la revolución, colonias que, sin embargo, habían sido hasta entonces independientes unas de otras, se diferenciaban en gran medida unas de otras social y políticamente y en muchos aspectos tenían intereses divergentes»([4]). Pero habrá que esperar a la victoria del Norte sobre el Sur con la guerra de Secesión en 1861, para que quede terminado, gracias a una constitución que permitiría la cohesión que hoy posee, el estado moderno que los Estados Unidos son: «Como abogados del centralismo actuaron los Estados del Norte, representando así el desarrollo del gran capital moderno, el maquinismo industrial, la libertad individual y la libertad ante la ley, o sea los verdaderos corolarios del trabajo asalariado, de la democracia y del progreso burgueses»([5]).
El siglo xix se caracteriza por la formación de nuevas naciones (Alemania, Italia) o por la lucha encarnizada por dicha formación (Polonia, Hungría). Eso «no es ni mucho menos algo fortuito, sino que corresponde al empuje ejercido por la economía capitalista en pleno auge y que encuentra en la nación el marco más apropiado para su desarrollo»([6]).
La entrada del capitalismo en su fase de decadencia, a principios de siglo, impide desde entonces la emergencia de nuevas naciones capaces de integrarse en el el pelotón de cabeza de las naciones más industrializadas y competir con ellas([7]). Y es así como las seis mayores potencias industriales de los años 1980 (EEUU, Japón, Rusia, Alemania, Francia e Inglaterra) ya lo eran, aunque en orden diferente, en vísperas de la Primera Guerra mundial. La saturación de los mercados solventes, causa primera de la decadencia del capitalismo, engendra la guerra comercial entre naciones, engendra el desarrollo del imperialismo que no es sino la huida ciega en el militarismo frente al callejón sin salida de la crisis económica. En este contexto, las naciones llegadas con retraso al ruedo mundial no podrán nunca superarlo, sino que, al contrario, la diferencia no hace sino aumentar. Ya Marx, en el siglo pasado, ponía de relieve el antagonismo permanente que existe entre las fracciones nacionales de la burguesía: «La burguesía vive en estado perpetuo de guerra: primero contra la aristocracia, después contra las fracciones de la burguesía misma con intereses contradictorios con los progresos de la industria, y siempre contra la burguesía de todos los países extranjeros»([8]). Si bien la contradicción que la oponía a los restos del feudalismo ha sido superada por el capitalismo, en cambio los antagonismos entre las naciones no ha cesado de agudizarse con la decadencia. Esto ya nos da idea de lo utópica, o hipócrita y embustera que es esa idea de la unión pacífica entre diferentes países, sean o no europeos.
Todas las naciones que surgirán en este período de decadencia serán el resultado de la modificación de fronteras, del descuartizamiento de los países vencidos o de sus imperios en las guerras mundiales. Así fue, por ejemplo, con Yugoslavia el 28 de octubre de 1918. En esas condiciones, esas naciones se verán privadas de entrada de todos los atributos de una gran nación.
La fase actual y postrera de la decadencia, la de la descomposición de la sociedad, no sólo sigue siendo tan desfavorable al surgimiento de nuevas naciones, sino lo que es peor, ejerce una presión hacia el estallido de las que tenían menor cohesión. El estallido de la URSS es resultado en parte de ese fenómeno y desde entonces sigue actuando como factor de desestabilización especialmente en las repúblicas surgidas de ese estallido, pero también a escala del continente europeo. Yugoslavia, entre otras, no ha resistido.
Europa no pudo constituirse como entidad nacional antes de este siglo, en una época favorable al resurgir de nuevas naciones, porque no reunía las condiciones de cohesión necesarias para ello. Después sería imposible. Sin embargo, teniendo en cuenta la importancia de esta región, la de mayor densidad industrial del mundo, y por lo tanto con un interés imperialista de primer orden, resultó inevitable que fuera el escenario en el que se ataron y desataron las alianzas imperialistas que han determinado la relación de fuerzas entre las naciones. Así, desde el final de la segunda guerra mundial hasta el hundimiento del bloque oriental, Europa fue, frente a este bloque, la avanzadilla del bloque occidental, dotado de una cohesión política y militar en relación con la amenaza de su enemigo. Y, desde el desmoronamiento del bloque del Este y la disolución del Occidental, Europa es el escenario de la lucha de influencia entre Alemania y Estados Unidos fundamentalmente, países que serían cabeza de los dos bloques imperialistas adversos en caso de que algún día pudieran éstos surgir.
Por encima de esas alianzas imperialistas, y no siempre en correlación con ellas, a veces incluso antagónicas, se han superpuesto coaliciones económicas de los países europeos para encarar la competencia internacional.
Tras la Segunda Guerra mundial, Europa, desestabilizada por la crisis económica y la desorganización social, fue una presa fácil para el imperialismo ruso. Por eso, el jefe del bloque adverso hizo todo lo que estuvo a su alcance para volver a poner en pie, en esta parte del mundo, una organización económica y social haciéndola así menos vulnerable a las pretensiones rusas: «La Europa occidental, sin haber soportado los inmensos estragos que habían afectado a la parte oriental del continente, sufría a los casi dos años de terminado el conflicto, de un marasmo del que parecía incapaz de salir (...) tomada en su conjunto (Europa occidental), se encuentra, en aquel principio de 1947, al borde del abismo... existe el riesgo de que todos esos factores provoquen, en breve plazo, un desmoronamiento general de las economías, a la vez que se acentúan las tensiones sociales que amenazan con hacer caer a Europa occidental en el campo de la URSS, bloque en vías de rápida formación»([9]).
El plan Marshall, votado en 1948, que prevé para el período de 1948-1952 una ayuda de 17 mil millones de dólares, sirvió plenamente para los objetivos imperialistas de EEUU([10]). Se inscribe así en la dinámica de reforzamiento de ambos bloques y del aumento de las tensiones entre ellos, tensiones que vienen a acentuarse con otros acontecimientos importantes. En favor del bloque del Oeste, se producen en el mismo año: la ruptura de Yugoslavia con Moscú (impidiendo así la creación, junto con Bulgaria y Albania, de una federación balcánica bajo influencia soviética); la creación del Pacto de Asistencia de Bruselas (para estrechar lazos militares entre los Estados del Benelux, Francia y Gran Bretaña), seguido al año siguiente por el Pacto Atlántico, el cual desemboca en la creación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en 1950. El bloque del Este tampoco se queda inactivo, iniciando la «guerra fría» con el bloqueo de Berlín y el golpe de Estado prosoviético en Checoslovaquia en 1948; se forma el COMECON (Consejo de ayuda mutua económica) entre los países de ese bloque. Además el antagonismo entre los dos bloques no se limita a Europa sino que polariza todas las tensiones imperialistas del mundo. Y es así como entre 1946 y 1954 se desarrolla la primera fase de la guerra de Indochina que terminará con la capitulación de las tropas francesas en Dien Bien Phu.
La aplicación del plan Marshall va a ser un poderoso factor de estrechamiento de los lazos entre los países beneficiarios, y la estructura que se encarga de esa aplicación, la Organización Europea de Cooperación Económica, es la precursora de las coaliciones que más tarde surgirán. Y serán también las necesidades imperialistas los motores que pondrán en marcha esas coaliciones, especialmente de la siguiente, la Comunidad Europea del carbón y del acero (CECA). «El partido europeo que él (Robert Schumann) anima, cobra firmeza hacia 1949, 1950, en el momento en que más se teme una ofensiva de la URSS y en que más se desea consolidar la resistencia económica de Europa, mientras que en el ámbito político, se edifican el Consejo de Europa y la OTAN. Se va precisando así el deseo de renunciar a los particularismos y proceder a la puesta en común de los grandes recursos europeos, o sea de las bases de la potencia, que eran, en aquel entonces, el carbón y el acero»([11]). Y es así como en 1952 nace la CECA, mercado común para el carbón y el acero entre Francia, Alemania, Italia y Benelux (Bélgica, Holanda y Luxemburgo). Aunque formalmente más autónomo respecto a Estados Unidos que lo era la OECE, esta nueva comunidad sigue yendo en el sentido de los intereses de este país gracias al reforzamiento económico, y por lo tanto político, de esta parte del bloque occidental que se enfrenta directamente con el bloque ruso. Gran Bretaña no entra en la CECA, por razones que le son propias, debidas a una preocupación por su «independencia» respecto a los demás países europeos y de la integridad de la «zona de la libra esterlina», al ser entonces esta moneda la segunda moneda mundial. Esta excepción es perfectamente aceptable por el bloque occidental pues no debilita su cohesión, teniendo en cuenta la situación geográfica de Gran Bretaña y sus estrechos vínculos con EEUU.
La creación de la Comunidad económica europea (CEE) en 1957 que pretende «la supresión gradual de los aranceles, la armonización de las políticas económicas, monetarias, financieras y sociales, la libre circulación de la mano de obra y la libre competencia»([12]) va a ser una etapa suplementaria en el fortalecimiento de la cohesión europea y por lo tanto, de la del bloque occidental. Aunque en lo económico, la CEE es un competidor potencial de EEUU, durante cierto tiempo será, al contrario, un factor del propio desarrollo de este país: « El conjunto geográfico más favorecido por las inversiones directas norteamericanas desde 1950 es Europa, pues se multiplicaron por quince. El movimiento se mantuvo relativamente bajo hasta 1957 para luego acelerarse.
La unificación del mercado continental europeo indujo a los norteamericanos a replantear su estrategia en función de varios imperativos: la creación de tarifas económicas comunes podría acabar excluyéndolos si no estaban presentes en el terreno mismo. Las antiguas implantaciones se veían cuestionadas, pues, dentro del mercado unificado, las ventajas en mano de obra, impuestos o subvenciones podían salir ganando en Bélgica o en Italia, por ejemplo. Además, las duplicaciones entre dos países se volvían innecesarias. Y, en fin y sobre todo, el nuevo mercado europeo representaba un conjunto comparable, en población, en potencia industrial y, a medio plazo, de nivel de vida, al de Estados Unidos, todo lo cual conllevaba posibilidades nada desdeñables»([13]).
De hecho, el desarrollo de la Europa de la CEE fue tal (durante los años 60 se convirtió en la primera potencia comercial del globo) que sus productos acabaron por ir a competir directamente con los americanos en EEUU. Si embargo, y a pesar de sus éxitos económicos, la CEE no podía trascender las divisiones en su seno, surgiendo intereses económicos opuestos y opciones políticas diferentes que, sin llegar nunca a poner en entredicho la pertenenecia al bloque occidental, expresaban divergencias en cuanto a las modalidades de esa pertenencia. La oposición de intereses económicos se expresa, entre otros ejemplos, entre Alemania, la cual desearía, para dar salida a sus exportaciones, que la CEE se ampliara y un estrechamiento de los vínculos con EEUU, y, por otro lado, Francia, la cual, al contrario, estaba por una CEE más cerrada en sí misma para así proteger su industria de la competencia internacional. La oposición política se cristaliza entre Francia y los 6 otros países miembros a propósito de las repetidas demandas de adhesión de Gran Bretaña, país que antes se había negado a entrar en la CEE. El gobierno de De Gaulle, queriendo hacer menos pesada la tutela de Estados Unidos, alegaba en aquel entonces (años 60) la incompatibilidad entre formar parte de la Comunidad y las relaciones «privilegiadas» de Gran Bretaña con EEUU.
«La CEE no tuvo sino parcialmente el éxito esperado y no logró imponer una estrategia común. De ello son testimonio el fracaso del EURATOM, en 1969-1970, el limitado éxito del avión Concorde»([14]). Esto no fue por casualidad, pues una estrategia común y autónoma de Europa en el plano político y por lo tanto y en gran medida en el plano económico, chocaba de entrada con los límites impuestos por la disciplina del bloque dirigido por Estados Unidos.
Esa disciplina de bloque ha desaparecido con el desmoronamiento del bloque del Este y la disolución en los hechos del bloque del Oeste, despareciendo también lo que cimentaba principalmente la unidad europea, unidad que se debía sobre todo, como hemos visto, a la situación imperialista.
El único factor de cohesión de Europa, tal como ahora se presenta tras la desaparición de hecho del bloque del Oeste, es el económico, una coalición destinada a enfrentar en las mejores condiciones la competencia norteamericana y japonesa. Ahora bien, teniendo en cuenta el incremento de las tensiones imperialistas que atraviesan Europa desgarrándola, este factor de cohesión es, por sí solo, muy débil.
Los acuerdos que en el plano económico definen a la actual Comunidad europea conciernen esencialmente el libre cambio entre los países miembros de una gran cantidad de mercancías aunque con cláusulas especiales que permiten a ciertos países proteger una producción nacional durante cierto tiempo y en ciertas condiciones. A estos acuerdos se les unen medidas proteccionistas abiertas u ocultas hacia países que no pertenecen a la Comunidad. Incluso si esos acuerdos no eliminan evidentemente la competencia entre los países miembros, y tampoco es ésa su finalidad, son sin embargo bastante eficaces, por ejemplo, frente a la competencia estadounidense y japonesa. De esto son testimonio las trabas hipócritas impuestas a la importación de vehículos japoneses en algunos países de la CEE para así proteger la industria automovilística europea. Y, en el sentido contrario, es también testimonio el encarnizado empeño de Estados Unidos en las negociaciones del GATT, por hacer grietas en la unidad europea y, en particular, en el tema de la producción agrícola. Las medidas de libre cambio son completadas en el plano económico por la adopción de ciertas normas comunes sobre impuestos diversos cuya finalidad es facilitar los intercambios y la cooperación económica entre los países miembros.
Más allá de las medidas estrictamente económicas hay otras proyectadas o ya en vigor cuya finalidad evidente es la de estrechar vínculos entre los países de la Comunidad.
Así, para «protegerse de la inmigración masiva» y, aprovechando la ocasión, contra los «factores internos de desestabilización», fueron adoptados los acuerdos de Schengen firmados por Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Luxemburgo y Holanda, a los cuales se unirán más tarde España y Portugal.
Del mismo modo, los acuerdos de Maastricht, a pesar de sus imprecisiones, han sido una tentativa para ir hacia adelante en el estrechamiento de lazos.
El alcance de esos acuerdos va más allá de la simple defensa común de ciertos intereses además de los económicos, puesto que el incremento de la dependencia mutua que esos acuerdos implican entre los países firmantes, abren las puertas a una mayor autonomía política respecto a Estados Unidos. Esta posibilidad cobra toda su importancia cuando entre los países europeos concernidos, se encuentra Alemania, el más poderoso de todos ellos, el único país que podría ser capaz de encabezar un futuro bloque imperialista opuesto a los EEUU. Esta es la única razón que explica por qué hoy estamos asistiendo, por parte de Holanda y sobre todo de Gran Bretaña, países que siguen siendo en Europa los más fieles aliados de Estados Unidos, a tentativas evidentes de sabotaje de la construcción de una Europa más «política».
La cuestión imperialista se afirma más claramente todavía cuando se establecen acuerdos de cooperación militar que implican a una cantidad restringida de países europeos, que son el núcleo central del proyecto de afirmarse cada día más claramente frente a la hegemonía norteamericana. Alemania y Francia han creado un cuerpo de ejército común. A un nivel menor, pero también significativo, Francia, Italia y España han firmado un acuerdo para un proyecto de fuerza aeronaval común([15]).
Las críticas de Gran Bretaña a la creación de un cuerpo de ejército franco-alemán, la reacción holandesa sobre ese tema, («Europa no debe someterse al consenso franco-alemán»), son también muy significativas de los antagonismos.
Del mismo modo, a pesar de alguna que otra declaración favorable y más bien discreta y puramente «diplomática», los Estados Unidos han sido de lo más reticente sobre la firma de los acuerdos de Maastricht, incluso si, gracias a su derecho de veto, sus aliados ingleses u holandeses podrán siempre paralizar las instituciones europeas([16]).
La tendencia es evidentemente que Francia y Alemania sigan intentando usar cada día más las estructuras comunitarias para hacer más autónoma a Europa respecto a EEUU. Y, en sentido contrario, Gran Bretaña y Holanda se verán obligadas a responder a esos intentos mediante la paralización de cualquier iniciativa.
Pero esas acciones por parte de Holanda y Gran Bretaña tienen sus límites que acabarían marginalizando a esos dos países en la estructura comunitaria.
Esa perspectiva, que iniciaría un proceso de ruptura de la Comunidad europea, tiene sus inconvenientes en el ámbito de las relaciones económicas de los países miembros. Pero, por otro lado, sería un acicate que reforzaría las bases de la formación de un bloque opuesto a Estados Unidos.
En el «proyecto europeo», pura mitología que para lo único que podría servir es para dar cohesión a un bloque imperialista, la clase obrera no tiene por qué tomar partido en las peleas de la burguesía sobre las diferentes opciones imperialistas que se presentan. Debe rechazar tanto los llamamientos nacional-chovinistas, que se presentan como «garantizadores de la integridad nacional» y hasta como «defensores de los intereses de los obreros amenazados por la Europa del capital» como los llamamientos tan nacionalistas como los otros de los partidarios de la «construcción europea». La clase obrera tiene todas las de perder si se deja arrastrar a semejantes peleas que acabarían produciendo su propia división, minada por las peores ilusiones. Entre las mentiras que usa la burguesía para embaucar a los obreros hay cierta cantidad de mentiras «clásicas» que los obreros deberán aprender a desvelar.
Esas ideas que son otras tantas mentiras se formulan más o menos así: «La unión de una mayoría de países de Europa sería un factor de paz en el mundo o, al menos, en Europa». Esta burda trola se basa a menudo en la idea de que si Francia y Alemania son aliadas en la misma estructura, se evitaría así otra guerra mundial. Sin duda es ése un medio para evitar un conflicto entre esos dos países, y eso en caso de que Francia no acabe de decidirse por el campo alemán y se pase en el último momento al de EEUU. Pero eso no soluciona en nada el problema crucial de la guerra. En efecto, si los vínculos políticos entre algunos países europeos se hicieran más fuertes de lo que hasta ahora han ido, ello seria obligatoriamente el resultado de la tendencia a la formación de un nuevo bloque imperialista en torno a Alemania, opuesto a los Estados Unidos. Y si la clase obrera dejara a la burguesía las manos libres, el remate de esa dinámica no sería otro que el de una nueva guerra mundial.
«La Unión europea permitiría evitar a sus habitantes calamidades como la miseria, las guerras étnicas, las hambres, (...) que hacen estragos en una gran parte del resto del mundo». Esta idea es complementaria de la anterior. Además de la patraña con la que se pretende hacer creer que una parte del planeta podría evitar la crisis mundial del sistema, esa idea forma parte de una propaganda cuyo objetivo es llevar a la clase obrera de Europa a dejar en manos de sus burguesías el problema fundamental de su supervivencia, independientemente, y eso no se dice de manera abierta, y en detrimento de la clase obrera del resto del mundo. Tiene el objetivo de encadenar la clase obrera a la burguesía en la defensa de los intereses nacionales de ésta. No es otra cosa sino lo equivalente, a escala de un bloque imperialista en formación, de todas las campañas nacionalistas y chovinistas que despliega la burguesía en todos los países. Puede en esto compararse a las campañas desplegadas por el bloque occidental contra el bloque estalinista adverso cuando lo llamaba «el imperio del mal».
«La clase obrera sería de hecho, en gran parte, asimilable a las fracciones más nacionalistas de la burguesía, ya que, como ellas, se sitúa mayoritariamente contra la unión europea». Es cierto que ante la matraca mediática de la burguesía ha habido obreros que se han visto arrastrados, en ciertas circunstancias especialmente en el referéndum de 1992 en Francia sobre la ratificación de los acuerdos de Maastricht, y han tomado parte masivamente en el «debate sobre Europa». Eso es expresión evidente de una debilidad de la clase obrera. También es cierto que, en ese contexto, algunos obreros han sido sensibles a los argumentos que mezclaban, a diferentes niveles, la pretendida defensa de sus intereses con el nacionalismo, el chovinismo y la xenofobia. En realidad esta situación se debe sencillamente al hecho de que la clase obrera sufre globalmente el peso de la ideología dominante bajo todas sus formas y entre ellas el nacionalismo. Pero, además, esta situación la explota la burguesía para echar la culpa a la clase obrera de generar en su seno semejantes «monstruosidades», para dividirla entre fracciones pretendidamente «reaccionarias» contra otras que se denominan «progresistas».
Los obreros no tienen por qué escoger entre la mentira de la superación de las fronteras mediante la construcción europea o la de la Europa social y los llamamientos al repliegue nacionalista con la patraña de protegerse de los estragos sociales de la Unión europea, El único camino es el de la lucha intransigente contra todas las fracciones de la burguesía, por la defensa de sus condiciones de existencia y el desarrollo de la perspectiva revolucionaria, por el desarrollo de su solidaridad y unidad internacionales de clase. Su única salvación es la de poner en práctica el ya antiguo y tan actual lema del movimiento obrero: los obreros no tienen patria. Proletarios de todos los países, ¡uníos!
M., 20 de febrero de 1993
[1] Rosa Luxemburg en La cuestión nacional.
[2] Ídem.
[3] Ídem.
[4] Ídem.
[5] Ídem.
[6] «La lucha del proletariado en la decadencia del capitalismo. El desarrollo de nuevas unidades capitalistas», Revista internacional, nº 23.
[7] Leer el artículo « Las nuevas naciones nacen moribundas » en Revista internacional nº 69.
[8] El Manifiesto comunista.
[9] «Le second XXe siècle» (El segundo siglo XX), Tomo 6, pág. 241; Pierre Léon, Histoire économique et sociale du monde.
[10] No es por casualidad si ese plan fue iniciado por Marshall, jefe de Estado mayor del ejército USA durante la Segunda Guerra mundial.
[11] Ídem.
[12] Ídem.
[13] Ídem.
[14] Ídem.
[15] Esa iniciativa también es reveladora de la necesidad de Francia, pero también de España e Italia, de no encontrarse debilitadas frente al poderoso vecino y aliado alemán.
[16] Los Estados Unidos, por su parte, lo hacen todo no sólo por hacer fracasar todos los intentos de Alemania y Francia de irse por su cuenta, sino que también organizan su propio mercado común para prepararse a una situación mundial más difícil. La ALENA, Asociación norteamericana de libre cambio, mercado común con México y Canadá, no es sólo una alianza económica, sino un intento por reforzar la estabilidad y la cohesión en su zona de inmediata influencia, tanto frente a la descomposición como frente a las «incursiones» posibles de las potencias europeas o de Japón.
¿Quién podrá cambiar el mundo? (primera parte)
«¡El comunismo ha muerto! ¡El capitalismo ha vencido porque es el único sistema que puede funcionar. Es inútil y peligroso soñar con otro tipo de sociedad!». Estos mensajes forman parte de la gigantesca campaña con la que la burguesía nos atiza desde el hundimiento del bloque del Este y la caída de los regímenes supuestamente «comunistas». Al mismo tiempo, como colofón, la propaganda burguesa intenta, una vez más, desmoralizar a la clase obrera intentando persuadirla de que en lo sucesivo ya no será una fuerza en la sociedad, de que ya no tiene nada que decir, en definitiva de que ya no existe. Para ello, se apresura a poner de manifiesto la caída general de la combatividad en las filas obreras de estos últimos años, como resultado de la desorientación provocada entre los trabajadores por los grandes cambios históricos ocurridos. El resurgir de los combates de clase, que ya se anuncia, desmentirá en la práctica tales mentiras, pero aún así, la burguesía no cesará, incluso en el curso de grandes luchas obreras, de machacar la idea de que esas luchas en modo alguno podrán darse como objetivo el derrocamiento del capitalismo y la instauración de una sociedad que nos libre de las plagas que este sistema impone a la humanidad. Así las cosas, contra todas las mentiras de la burguesía, y también contra el escepticismo de algunos que pretenden ser combatientes de la revolución, la afirmación del carácter revolucionario del proletariado sigue siendo una responsabilidad de los comunistas. Es el objetivo de este artículo.
De entre las campañas que hemos sufrido en estos últimos años, uno de los temas mayores ha sido la «refutación» del marxismo. Según los ideólogos a sueldo de la burguesía el marxismo está en quiebra. Su puesta en práctica y su fracaso en los países del Este constituirían una ilustración mayor de esta quiebra. En nuestra Revista internacional, hemos puesto de manifiesto hasta qué punto el estalinismo no ha tenido nada que ver con el comunismo tal y como Marx y el conjunto del movimiento obrero lo han planteado([1]). Respecto a la capacidad revolucionaria de la clase obrera, la tarea de los comunistas es reafirmar la posición marxista sobre esta cuestión, y en primer lugar, recordar lo que el marxismo entiende por clase revolucionaria.
«La historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de las luchas de clases»([2]). Tal es el comienzo de uno de los textos más importantes del movimiento obrero: el Manifiesto comunista. Esta tesis no es propia del marxismo([3]), pero una de las aportaciones fundamentales de la teoría comunista es el haber establecido que el enfrentamiento de la clases en la sociedad capitalista tiene como perspectiva última al derrocamiento de la burguesía por el proletariado y la instauración del poder de este último sobre el conjunto de la sociedad, tesis que siempre ha sido rechazada, evidentemente, por los defensores del sistema capitalista. Sin embargo, si algunos burgueses del período ascendente de este sistema pudieron descubrir (de forma incompleta y mistificada, evidentemente) cierto numero de leyes de la sociedad([4]), este fenómeno no se va a reproducir hoy en día: la burguesía en la decadencia capitalista es totalmente incapaz de producir tales pensadores. Para los ideólogos de la clase dominante, la prioridad fundamental de todos sus esfuerzos de «pensamiento» es demostrar que la teoría marxista es errónea (incluso en el caso de reclamarse de tal o cual aportación de Marx). La piedra angular de sus «teorías» es la afirmación de que la lucha de clases no juega ningún papel en la historia, cuando no de negar, pura y simplemente, la existencia de tal lucha, o peor aún, la existencia de clases sociales.
Pero la defensa de tales ideas no sólo se limita a los defensores ciegos de la sociedad burguesa. Algunos «pensadores radicales», que hacen carrera de la contestación al orden establecido, se les han unido desde hace unas cuantas décadas. El gurú del grupo «Socialismo o Barbarie» (el inspirador del grupo Solidarity en Gran Bretaña), Cornelius Castoriadis, al mismo tiempo que preveía el recambio del capitalismo por un «tercer sistema», la «sociedad burocrática», anunció hace cerca de 40 años que el antagonismo entre burguesía y proletariado, entre explotadores y explotados, estaba destinado a ceder el lugar al antagonismo entre «dirigentes y dirigidos»([5]). Más recientemente, otros «pensadores» que conocieron su apogeo, como el profesor Marcuse, afirmaron que la clase obrera había sido «integrada» en la sociedad capitalista y que las únicas fuerzas de contestación a la misma se encontraban entre las categorías sociales marginadas tales como los negros en Estados Unidos, los estudiantes o los campesinos de los países subdesarrollados. Por tanto, las teorías sobre «el fin de la clase obrera» que vuelven a florecer hoy día, son en realidad muy viejas: una de las características del «pensamiento» de la burguesía decadente, que expresa muy bien la senilidad de esta clase social, es la incapacidad para producir la menor idea novedosa. Lo único que es capaz de hacer es rebuscar en la basura de la historia para sacar viejos tópicos que nos vende como «el descubrimiento del siglo».
Uno de los medios favoritos que utiliza hoy la burguesía para escamotear los antagonismos de clase, e incluso la realidad de las clases sociales, lo constituyen los «estudios» sociológicos. A golpe de estadísticas, han «demostrado» que las verdaderas separaciones sociales no tienen nada que ver con las diferencias de clase sino con criterios como el nivel de instrucción, el lugar donde se vive, la edad, el origen étnico, o la práctica religiosa([6]). En apoyo de este tipo de afirmaciones se empeñan en exhibir el hecho, por ejemplo, de que el voto «campesino» en favor de la derecha o de la izquierda depende menos de su situación económica que de otros criterios. En los Estados Unidos, la Nueva Inglaterra, los negros y los judíos votan tradicionalmente demócrata, en Francia, los católicos practicantes, los alsacianos y los habitantes de Lyón votan tradicionalmente a la derecha. Se olvidan, y no es por casualidad, de subrayar que la mayoría de los obreros americanos no vota jamás y que en las huelgas, los obreros franceses que van a la iglesia no son necesariamente los menos combativos. De manera general, la «ciencia» sociológica «olvida» siempre dar una dimensión histórica a sus afirmaciones. Así, se empeñan en olvidar que los mismos obreros rusos que se lanzaron a la primera revolución proletaria del siglo XX, la de 1905, comenzaron, el 9 de Enero (el «Domingo rojo») con una manifestación conducida por un sacerdote pidiendo benevolencia al zar para que los librara de la miseria([7]).
Cuando los expertos en sociología hacen referencia a la historia, es solo para afirmar que las cosas han cambiado radicalmente en el último siglo. En esa época, según ellos, el marxismo y la teoría de la lucha de clases podían tener cierto sentido cuando las condiciones de vida y trabajo de los asalariados de la industria eran efectivamente penosas. Pero, después, los obreros se han «aburguesado» y han accedido a la «sociedad de consumo» hasta el punto de perder su identidad. De la misma forma, los burgueses de alto nivel de vida y gruesas barrigas habrían cedido su lugar a los «directivos» asalariados. Todas estas consideraciones quieren ocultar que, fundamentalmente, las estructuras profundas de la sociedad no han cambiado. En realidad, las condiciones que en el siglo pasado dieron a la clase obrera su naturaleza revolucionaria, han estado y están siempre presentes. El hecho de que hoy en día el nivel de vida de los obreros sea superior al de sus hermanos de clase de generaciones pasadas no modifica en modo alguno su lugar en las relaciones de producción que dominan la sociedad capitalista. Las clases sociales siguen existiendo y la lucha entre ellas sigue siendo el motor fundamental del desarrollo histórico.
Es, ciertamente, una ironía de la historia que los ideólogos oficiales de la burguesía pretendan, de un lado, que las clases no juegan ningún papel específico (es decir que no existen) y reconozcan, por otra parte, que la situación económica del mundo es el problema esencial, crucial, al que se enfrenta esta misma burguesía.
En realidad la importancia fundamental de las clases sociales se desprende justamente del lugar preponderante que ocupa la actividad económica de los hombres. Una de las afirmaciones de base del materialismo histórico es que, en última instancia, la economía determina las otras esferas de la sociedad: las relaciones jurídicas, las formas de gobierno, los modos de pensar. Esta visión materialista de la historia da el traste con las filosofías que ven los acontecimientos históricos como el resultado del fruto del azar, la expresión de la voluntad divina, o el simple resultado de las pasiones y los pensamientos de los hombres. Pero como ya decía Marx en sus tiempos, «la crisis se encarga de hacer entrar la dialéctica en la cabeza de los burgueses». El hecho, hoy evidente, de esta preponderancia de la economía en la vida de la sociedad se encuentra justamente en la base de la importancia de las clases sociales porque éstas están determinadas, contrariamente a otras clasificaciones sociológicas, por el lugar que ocupan respecto de las relaciones económicas. Esto siempre ha sido cierto desde que existen sociedades de clase, pero en el capitalismo es una realidad que se expresa con mayor claridad.
En la sociedad feudal, por ejemplo, la diferenciación social estaba consignada en las leyes. Existía una diferencia jurídica fundamental entre los explotadores y los explotados: los nobles tenían, por ley, un estatuto oficial de privilegiados (dispensa de pagar impuestos, recepción de un tributo pagado por sus siervos, por ejemplo) mientras que los campesinos que estaban ligados a su tierra, estaban obligados a ceder una parte de sus ganancias al señor (o bien trabajar gratuitamente las tierras de éste). En tal sociedad, la explotación, que era fácilmente medible (por ejemplo bajo la forma de tributo pagado por el siervo) parecía desprenderse del estatuto jurídico. Sin embargo, en la sociedad capitalista, la abolición de los privilegios, la introducción del sufragio universal, la Igualdad y la Libertad proclamadas por sus constituciones, no permite a la explotación y a la división en clases esconderse tras las diferencias de estatuto jurídico. Es la posesión, o la no posesión, de los medios de producción([8]), así como el modo de su puesta en práctica, lo que determina, en esencia, el lugar en la sociedad de sus miembros y su acceso a las riquezas, es decir, la pertenencia a una clase social y la existencia de intereses comunes con otros miembros de la misma clase. De forma general, el hecho de poseer medios de producción y ponerlos a trabajar individualmente determina la pertenencia a la pequeña-burguesía (artesanos, explotaciones agrícolas, profesiones liberales, etc.)([9]). El hecho de estar privado de medios de producción y de estar obligado, para vivir, a vender su fuerza de trabajo a los que los detentan y los utilizan en su provecho para apropiarse de una plusvalía, determina la pertenencia a la clase obrera. En fin, forman parte de la burguesía, los que detentan (en el sentido jurídico o en el sentido global de su control, de manera colectiva o individual) medios de producción que para ponerlos en marcha utilizan el trabajo asalariado y que viven de la explotación de este último bajo la forma de la plusvalía que éste produce. En esencia, esta división en clases es hoy día tan presente como lo era en el siglo pasado. Del mismo modo que han subsistido los intereses de cada clase y los conflictos entre estos intereses. Por esta razón los antagonismos entre los principales componentes de la sociedad determinados por lo que constituye el armazón de la misma, la economía, continúan encontrándose en el centro de la vida social.
Dicho esto, hay que señalar que si bien los antagonismos entre explotadores y explotados constituyen uno de los motores principales de la historia de las sociedades, esto no se expresa de idéntica forma para todas ellas. En la sociedad feudal, las luchas, a menudo feroces y de gran envergadura, entre los siervos y los señores feudales no llevaron jamás a un cambio radical de la misma. El antagonismo de clase que condujo al derrocamiento del antiguo régimen, y abolió los privilegios de la nobleza, no fue el que oponía a esta y a la clase que explotaba, la población sierva, sino el enfrentamiento entre esta nobleza y otra clase explotadora, la burguesía (revolución inglesa de mitad del siglo XVII, revolución francesa a finales del siglo XVIII). Del mismo modo, la sociedad esclavista de la antigüedad romana no fue abolida por las clases de esclavos (a pesar de haber llevado a cabo algunos combates formidables, como la revuelta de Espartaco y su gente en el año 73 antes de Jesucristo), sino por la nobleza que llegó a dominar el Occidente cristiano durante más de un milenio.
En realidad, en las sociedades del pasado, las clases revolucionarias no fueron jamás clases explotadas sino nuevas clases explotadoras. Este hecho no se debe en modo alguno al azar, evidentemente. El marxismo distingue a las clases revolucionarias (que llama igualmente clases «históricas») de otras clases de la sociedad por el hecho de que, contrariamente a estas últimas, éstas tienen la capacidad de tomar la dirección de la sociedad. Y en tanto que el desarrollo de las fuerzas productivas era insuficiente para asegurar una abundancia de bienes al conjunto de la sociedad, imponía a éstas el mantenimiento de desigualdades económicas y por tanto de relaciones de explotación, solo una clase explotadora estaba en condiciones de imponerse a la cabeza del cuerpo social. Su papel histórico era el de favorecer la eclosión y el desarrollo de las relaciones de producción de las que era portadora y que tenía como vocación, suplantando las antiguas relaciones de producción vueltas caducas, resolver las contradicciones hasta entonces insuperables engendradas por estas últimas.
Así, la sociedad esclavista romana en decadencia estaba socavada por el hecho de que el «aprovisionamiento» de esclavos, basado en la conquista de nuevos territorios, chocaba con la dificultad que tenía Roma para controlar fronteras cada vez más alejadas y por la incapacidad de obtener de parte de los esclavos la capacidad exigida por la puesta en práctica de nuevas tecnologías agrícolas. En tal situación, las relaciones feudales, en las que los explotados no tenían un estatuto idéntico al del ganado (como era el caso de los esclavos)([10]), y estaban estrechamente interesados en una gran productividad del suelo que trabajaban porque de él vivían, se impusieron como las más aptas para hacer salir a la sociedad del marasmo en que vivía. Es por esto que estas relaciones se desarrollaron, fundamentalmente por una liberación creciente de los esclavos (lo que fue acelerado, en ciertos lugares, por la llegada de los «bárbaros» de entre los cuales ya algunos vivían desde hacia tiempo bajo una forma de sociedad feudal).
Del mismo modo, el marxismo (empezando por el Manifiesto comunista) ha insistido sobre el papel eminentemente revolucionario desempeñado por la burguesía a lo largo de la historia. Esta clase, que aparece y se desarrolla en el seno de la sociedad feudal, vio crecer su poder respecto a la nobleza y a una monarquía, cada vez más dependiente de ella tanto en lo que se refiere a sus fortunas en bienes de toda clase (telas, muebles, especias, armas) como a la financiación de sus gastos. Al agotarse las posibilidades de roturar los montes y extender las tierras cultivadas se fue secando una de las fuentes de la dinámica de las relaciones de producción feudales que, junto a la constitución de grandes reinos, el papel protector de las poblaciones -que había sido inicialmente la vocación principal de la nobleza- pierde su razón de ser, así el control de la sociedad por esta clase pierde sentido y se convierte en una traba al desarrollo de dicha sociedad. Esto se amplifica por el hecho de que ese desarrollo es cada vez más tributario del crecimiento del comercio, la banca y el artesanado de las grandes ciudades que logra un progreso considerable de las fuerzas productivas.
Así la burguesía, poniéndose a la cabeza del cuerpo social, primero en la esfera económica y después en la esfera política, libera a la sociedad de las trabas que la habían hundido en el marasmo y crea la condiciones de un crecimiento de las riquezas más formidable que la humanidad haya conocido. Y al mismo tiempo sustituye una forma de explotación, la servidumbre, por otra forma de explotación, el trabajo asalariado. Para ello, durante el período que Marx llama la acumulación primitiva, toma medidas de una barbarie tal que bien podían compararse a las impuestas a los esclavos, para que los campesinos se vieran obligados a vender su fuerza de trabajo en las ciudades (ver, a este respecto, las páginas admirables del libro Iº de El Capital). Esa barbarie es el anuncio de la barbarie que empleará el capital para explotar al proletariado (trabajo de niños pequeños, trabajo nocturno de mujeres y niños, jornadas de trabajo de hasta 18 horas, encierro a los trabajadores en las «Work-houses», etc.) hasta que las luchas de éste no logren obligar a los capitalistas a atenuar la brutalidad de sus métodos.
La clase obrera, desde su aparición, ha protagonizado revueltas contra la explotación. Asimismo, estas revueltas han puesto en evidencia un proyecto de cambio de la sociedad, de abolición de las desigualdades, de compartir los bienes sociales. En eso no se diferencia fundamentalmente de las clases explotadas precedentes, particularmente los siervos quienes, en algunas de sus revueltas, podían adherir a un proyecto de transformación social. Ese fue el caso durante la guerra de los campesinos en el siglo XVI, en Alemania, cuando los explotados adoptaron como portavoz a Tomas Münzer que preconizaba una forma de comunismo (ver el primer artículo de nuestra serie sobre el comunismo). Sin embargo, contrariamente al proyecto de transformación social de otras clases explotadas, el del proletariado no es una simple utopía irrealizable. El sueño de una sociedad igualitaria, sin amos y sin explotación, que podían albergar los esclavos o los siervos, era una quimera porque el grado de desarrollo económico alcanzado por la sociedad en aquel tiempo no permitía la abolición de la explotación. En cambio, el proyecto comunista del proletariado es perfectamente realizable, no solo porque el capitalismo ha creado las premisas para tal sociedad, sino porque es el único proyecto que puede sacar a la humanidad del marasmo en el que se hunde.
Desde que el proletariado empezó a proponer su propio proyecto, la burguesía lo ha despreciado considerándolo elucubraciones de profetas sin público. Cuando se toman la molestia de ir más allá del simple desprecio, lo único que pueden imaginar es que los obreros serían como las demás clases explotadas de épocas pasadas: que solo pueden soñar utopías imposibles. Evidentemente la historia parece dar la razón a la burguesía, cuya filosofía se reduce al «siempre ha habido pobres y ricos, y siempre los habrá. Los pobres no ganan nada rebelándose: lo que hay que hacer es que los ricos no abusen de su riqueza y se preocupen de aliviar la miseria de los más pobres». Los sacerdotes y las damas de caridad son de hecho los portavoces, y los practicantes, de esta «filosofía». Lo que la burguesía no quiere reconocer es que su sistema económico y social, ni más ni menos que los precedentes, no puede ser eterno, y que, al mismo nivel que el esclavismo o el feudalismo, está condenado a dejar su lugar a otro tipo de sociedad. Y del mismo modo que las características del capitalismo permitieron resolver las contradicciones que habían atenazado a la sociedad feudal (como había sido el caso de ésta ultima frente a la antigua sociedad), las característica de la sociedad llamada a resolver las mortales contradicciones del capitalismo se derivan del mismo tipo de necesidad. Por tanto, es posible definir las características de la futura sociedad partiendo de estas contradicciones.
No podemos, por razones obvias, en el contexto de este artículo tratar en detalle estas contradicciones. Hace más de un siglo que el marxismo de forma sistemática ha tratado sobre ellas, y nuestra propia organización le ha dedicado numerosos textos([11]). Sin embargo, podemos resumir las grandes líneas de los orígenes de esas contradicciones. Residen en las características esenciales del sistema capitalista: es un modo de producción que ha generalizado el intercambio mercantil a todos los bienes producidos, mientras que en las sociedades del pasado, solo una parte, a menudo muy pequeña, de estos bienes era transformados en mercancías. Esta colonización de la economía por la mercancía ha afectado incluso, en el capitalismo, a la fuerza de trabajo puesta en marcha por los hombres en su actividad productiva. Privado de medios de producción, el productor no tiene otra posibilidad para sobrevivir que vender su fuerza de trabajo a quienes detentan los medios de producción: la clase capitalista, mientras que en la sociedad feudal, por ejemplo, donde existía ya una economía mercantil, lo que vendían el artesano o el campesino era fruto de su trabajo. Es ciertamente esta generalización de la mercancía lo que está en la base de las contradicciones del capitalismo: la crisis de sobreproducción encuentra sus raíces en el hecho de que el sistema no produce valores de uso, sino valores de cambio que deben encontrar sus compradores. Es la incapacidad de la sociedad para comprar la totalidad de las mercancías producidas (mientras que las necesidades están muy lejos de satisfacerse) donde reside esta calamidad que aparece como un verdadero absurdo: el capitalismo se hunde no porque produce poco, sino porque produce demasiado([12]).
La primera característica del comunismo será pues la abolición de la mercancía, el desarrollo de la producción de valores de uso en lugar de valores de cambio.
Además el marxismo, y particularmente Rosa Luxemburgo, ha puesto en evidencia que el origen de la sobreproducción reside en la necesidad para el capital, considerado como un todo, de realizarse, por la venta fuera de sus propia esfera, de la parte de valores producidos correspondiente a la plusvalía extraída a los obreros y destinada a su acumulación. A medida que esta esfera extra-capitalista se reduce, la convulsiones de la economía toman formas cada vez más catastróficas.
Así, el único medio de superar las contradicciones del capitalismo reside en la abolición, al mismo tiempo que de todas las otras formas de mercancía, de la mercancía fuerza de trabajo, es decir del salariado.
La abolición del intercambio mercantil implica que sea abolida igualmente lo que constituye su base: la propiedad privada. Solo si las riquezas de la sociedad son apropiadas de forma colectiva podrá desaparecer la compra y la venta de estas riquezas (lo que ya existía, de forma embrionaria, en la comunidad primitiva). Tal apropiación colectiva por la sociedad de las riquezas que ella produce, y en primer lugar, de los medios de producción, significa que ya no es posible que una parte de esta sociedad, cualquier clase social (incluso bajo la forma de burocracia de Estado), pueda disponer de medios con los que explotar a otra parte. Así, la abolición del salariado no puede realizarse sobre la base de introducir otra forma de explotación. Únicamente puede darse bajo la abolición de la explotación en todas sus formas. Contrariamente al pasado el tipo de transformación que puede hoy salvar a la sociedad no puede basarse en nuevas relaciones de explotación. Es más, el capitalismo ha creado realmente las premisas materiales de una abundancia que permite la superación de la explotación. Estas condiciones de abundancia también las pone de manifiesto la existencia de crisis de sobreproducción (como lo señaló el Manifiesto comunista).
La cuestión planteada es ¿qué fuerza en la sociedad está en condiciones de operar esta transformación, de abolir la propiedad privada y de poner fin a toda forma de explotación?.
La primera característica de esta clase es ser explotada, porque solo una clase así está interesada en la abolición de la explotación. En las revoluciones del pasado la clase revolucionaria no podía ser, en modo alguno, una clase explotada, en la medida en que las nuevas relaciones de producción eran necesariamente relaciones de explotación, justo lo contrario de lo que pasa hoy. En su tiempo los socialistas utópicos (Fourier, Saint-Simon, Owen)([13]) albergaron la ilusión de que elementos de la propia burguesía podrían tomar a su cargo la revolución. Confiaban en que de la propia clase dominante, surgirían filántropos esclarecidos y adinerados que, al darse cuenta de la superioridad del comunismo sobre el capitalismo, estarían dispuestos a financiar proyectos de comunidades ideales, y que el ejemplo de estos «benefactores» se extendería como una mancha de aceite.
Pero no son los hombres los que hacen la historia, sino las clases, por lo que estas esperanzas quedaron prontamente defraudadas. Es verdad que existieron algunos escasísimos burgueses que simpatizaron con las ideas de los utopistas([14]), pero el conjunto de la clase dominante, como tal, se opuso, cuando no combatió abiertamente, esas tentativas que tenían como proyecto su desaparición.
Ser una clase explotada no basta pues -como hemos visto- para ser una clase revolucionaria. Existen, por ejemplo, aún hoy en el mundo, y especialmente en los países subdesarrollados, una multitud de campesinos pobres que sufren el expolio de una parte del fruto de su trabajo, que va a enriquecer a una parte de la clase dominante bien directamente o bien a través de los impuestos, o de los intereses que deben reembolsar a los bancos y usureros con los que han de endeudarse. Sobre esta miseria, a menudo insoportable de estas capas campesinas, se han levantado todas las mistificaciones de los tercermundistas, maoístas, guevaristas... Cuando esos campesinos han sido empujados a tomar las armas, lo han hecho como carne de cañón de tal o cual banda de la burguesía, que una vez llegada al poder se ha encargado de intensificar aún más esa explotación, y a menudo de manera más salvaje (por ejemplo la aventura de los «jémeres rojos» en Camboya, a mitad de los años 70). Que esas mistificaciones (difundidas tanto por estalinistas y trotskistas como por «intelectuales radicales», como Marcuse) anden hoy «de capa caída», es la prueba más evidente del fiasco en que ha acabado la pretendida «perspectiva revolucionaria» del campesinado pobre. En realidad los campesinos, a pesar de que son explotados de múltiples formas y que pueden emprender luchas -a menudo muy violentas- para limitar su explotación, no pueden nunca dar como objetivo a sus luchas la abolición de la propiedad privada, por la sencilla razón de que ellos mismos son pequeños propietarios, o viven junto a estos, por lo que aspiran a serlo algún día([15]). Aún cuando los campesinos se dotan de estructuras colectivas para aumentar sus ingresos, a través de una mejora de su productividad o de la comercialización de sus productos, éstas toman por lo general la forma de cooperativas lo que no cuestiona ni la propiedad privada, ni el intercambio de mercancías([16]). En resumen las clases y capas sociales que aparecen como residuos del pasado (explotadores agrícolas, artesanos, profesiones liberales...)([17]) que subsisten simplemente por el hecho de que el capitalismo, si bien domina totalmente la economía mundial, es incapaz de transformar a todos los productores en asalariados, no pueden tener ningún proyecto revolucionario. Al revés, lo único que pueden anhelar es la vuelta a una mítica «edad de oro» del pasado. Por ello la dinámica de sus luchas específicas es siempre reaccionaria.
En realidad al ser la abolición de la explotación sustancialmente idéntica a la abolición del asalariado, sólo la clase que sufre esa forma específica de explotación, es decir el proletariado, está en condiciones de desarrollar un proyecto revolucionario. Sólo la clase explotada en el seno de las relaciones de producción capitalistas, producto del desarrollo de esas relaciones de producción, es capaz de dotarse de una perspectiva de superación de éstas.
El proletariado es el producto del desarrollo de la gran industria, de una socialización del proceso productivo como nunca antes conoció la humanidad. Por ello el proletariado no puede soñar con ninguna vuelta atrás([18]). Por ejemplo, si bien la redistribución o el reparto de las tierras puede ser una reivindicación «realista» de los campesinos pobres, resultaría absurdo que los obreros que fabrican de manera asociada productos compuestos de piezas, de materias primas y de tecnología provenientes del mundo entero, se propusieran desmontar su empresa a trozos para repartírsela. Incluso las ilusiones sobre la autogestión, es decir una propiedad común de la empresa por los que trabajan en ella (versión moderna de la cooperativa obrera), comienzan a ser cosa del pasado. Después de múltiples experiencias, incluso recientes (como la de la fábrica LIP en Francia a comienzos de los 70) que han acabado por lo general en enfrentamientos entre los que trabajan y quienes habían sido nombrados gerentes, la mayoría de los trabajadores es bastante consciente de que, dada la necesidad de mantener la competitividad de la empresa en el mercado capitalista, la autogestión equivale a la autoexplotación. En el desarrollo de su lucha histórica, el proletariado sólo puede mirar hacia adelante: no hacia la partición de la propiedad y la producción capitalistas, sino llevar hasta el final el proceso de socialización de éstas, lo que el capitalismo ha hecho avanzar de manera considerable pero que por su propia naturaleza no puede acabar, aunque concentre la propiedad en las manos de un Estado nacional (caso por ejemplo de los regímenes estalinistas).
Para cumplir esta misión histórica, el proletariado cuenta con una formidable fuerza potencial. En primer lugar porque en la sociedad capitalista avanzada, lo esencial de la riqueza social es producido por el trabajo de la clase obrera. Incluso aunque hoy sea minoritaria en la población mundial. En los países industrializados, la parte del producto nacional que puede atribuirse a los trabajadores independientes (campesinos, artesanos...) es desdeñable. Y esto es válido también en el caso de los países atrasados donde, en cambio, la mayoría de la población vive (o sobrevive) del trabajo de la tierra.
Pero por otro lado, también por necesidad, el capital ha concentrado a la clase obrera en unidades de producción gigantes, que no tienen nada que ver con las que existían en tiempos de Marx. Además estas unidades de producción se encuentran por lo general concentradas en torno a ciudades cada vez más pobladas. Este reagrupamiento de la clase obrera, tanto en sus lugares de residencia como de trabajo, constituye una fuerza incomparable cuando saca provecho de ella, en particular mediante el desarrollo de su lucha colectiva y de su solidaridad.
Finalmente, una de las fuerzas esenciales del proletariado es su capacidad de tomar conciencia. Todas las clases, y especialmente las clase