EDITORIAL
¡Máscaras fuera!
Los hechos desmienten sin piedad la propaganda de la clase dominante. Posiblemente nunca antes la realidad se ha encargado como ahora de poner al desnudo las mentiras que sueltan masivamente los medios de información hipertrofiados de la burguesía. La «nueva era de paz y de prosperidad» que anunciaban tras el hundimiento del bloque del Este, y que ha sido trovada en todos los tonos por los responsables políticos de los diferentes países, se ha quedado en un sueño apenas unos meses después. Este nuevo período aparece como el escenario histórico del desarrollo de un caos creciente, de un hundimiento en la crisis económica más grave que el capitalismo haya conocido, de la explosión de conflictos, desde la guerra del Golfo a la ex-Yugoslavia, en los que la barbarie militar alcanza cotas raramente igualadas.
sta agravación brutal de las tensiones en la escena internacional es expresión del atolladero en el que se hunde el capitalismo, de la crisis catastrófica y explosiva que sacude todos los aspectos de su existencia. La clase dominante evidentemente no puede reconocer esta realidad; eso sería admitir su propia impotencia, y aceptar la quiebra del sistema que representa. Todas las afirmaciones tranquilizadoras, todas las pretensiones voluntaristas de controlar la situación, se ven desmentidas ineluctablemente por el propio desarrollo de los acontecimientos. Cada vez más, los discursos de la clase dominante aparecen como lo que son: mentiras. Que sean a propósito, o producto de sus propias ilusiones, no cambia nada la cosa; nunca antes la contradicción entre la propaganda burguesa y la verdad de los hechos había sido tan escandalosa.
Para las potencias occidentales, la guerra en Bosnia ha sido la ocasión de revolcarse en una orgía informativa en la que todos comulgaban con la defensa de la pequeña Bosnia contra el ogro serbio. Los hombres políticos de todos los horizontes no encontraban palabras bastante duras, imágenes suficientemente evocadoras, para denunciar la barbarie de el expansionismo serbio: los campos de prisioneros asimilados a los campos de exterminio nazis, la limpieza étnica, la violación de las mujeres musulmanas, los sufrimientos indecibles a los cuales se ha confrontado la población civil tomada como rehén. Una hermosa unanimidad de fachada en la que las demagogias humanitarias se han conjugado con los llamamientos repetidos y las amenazas de intervención militar.
Pero lo que se ha afirmado realmente detrás de esa homogeneidad informativa es la desunión. Los intereses contradictorios de las grandes potencias, no han determinado tanto su impotencia para acabar con el conflicto (cada una achacaba a las demás esa responsabilidad), sino que sobre todo han sido el factor esencial que ha determinado el conflicto. Por medio de Serbia, de Croacia y de Bosnia, Francia, Gran Bretaña, Alemania y los Estados Unidos han jugado sus cartas imperialistas en el tablero de los Balcanes; sus lágrimas de cocodrilo sólo han servido para ocultar su papel activo en la continuación de la guerra.
Los recientes acuerdos de Washington, firmados por Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, España y Rusia, consagran la hipocresía de las campañas ideológicas que han marcado el ritmo de dos años de guerra y masacres. Los acuerdos reconocen en la práctica las conquistas territoriales serbias. Adiós al dogma de la «inviolabilidad de las fronteras reconocidas internacionalmente». Y la prensa, a disertar sin fin sobre la impotencia de la Europa de Maastrich, y los USA de Clinton, después de los de Bush, para meter a los serbios en cintura, y para imponer su voluntad «pacífica» al nuevo Hitler: Milosevic, que ha sustituido a Saddam Hussein en el bestiario de la propaganda. Una mentira más, destinada a mantener la idea de que las grandes potencias son pacíficas, que desean realmente acabar con los conflictos sangrientos que arrasan el planeta, que los principales promotores de la guerra son los pequeños déspotas de las potencias locales de tercer orden.
El capitalismo es la guerra. Esta verdad está inscrita con letras de sangre durante toda su historia. Desde la IIª Guerra mundial, no ha pasado un año, ni un mes, ni un día, sin que, en un lugar u otro del planeta, algún conflicto aportara su montón de masacres y de miseria atroces; sin que las grandes potencias no estuvieran presentes, en diversos grados, para atizar el fuego en nombre de la defensa de sus intereses estratégicos globales: guerras de descolonización en Indochina, guerra de Corea, guerra de Argelia, guerra de Vietnam, guerras árabe-israelís, guerra «civil» de Camboya, guerra Irán-Irak, guerra en Afganistán, etc. No ha habido ni un instante en que la prensa burguesa no se apiadara de las poblaciones mártires, de las atrocidades cometidas, de la barbarie de uno u otro bando, para justificar un apoyo a uno de los bandos en litigio. No ha habido ningún conflicto que no se terminara por la afirmación hipócrita de una vuelta a la paz eterna, mientras que en el secreto de los ministerios y de los estados mayores se preparaban los planes para una nueva guerra.
Con el hundimiento del bloque del Este, se ha desencadenado la propaganda occidental para pretender que, con la desaparición del antagonismo Este-Oeste, desaparecía la principal fuente de conflictos, y que se abría pues, una «nueva era de paz». Esta mentira ya se había utilizado tras la derrota de Alemania al final de la IIª Guerra mundial, hasta que, muy rápidamente, los aliados de entonces: la URSS estalinista y las democracias occidentales, estuvieron listos para destriparse por un nuevo reparto del mundo. La situación actual, a este nivel, no es fundamentalmente diferente. Aún si la URSS no ha sido vencida militarmente, su hundimiento ha dejado vía libre al desencadenamiento de las rivalidades entre los aliados de ayer por un nuevo reparto del mundo. La guerra del Golfo mostró cómo se proponen mantener la paz las grandes potencias: por la guerra. La masacre de cientos de miles de irakíes, soldados y civiles, no era para meter en vereda a un tirano local, Sadam Hussein, que por otra parte continúa en el poder, y que Occidente no ha dudado en armar abundantemente durante años, apoyándolo frente a Irán. Este conflicto fue consecuencia de la voluntad de la primera potencia mundial, USA, de advertir a sus antiguos aliados de los riesgos que corrían si, en un contexto en el que la desaparición del bloque del Este y de la amenaza rusa hacía perder el principal cimiento del bloque occidental, querían jugar sus propias bazas en el futuro.
El estallido de Yugoslavia es producto de la voluntad de Alemania de sacar provecho de la crisis yugoslava para recuperar una de sus antiguas zonas de influencia, y por medio de Croacia, poner un pie en las orillas del Mediterráneo. La guerra entre Serbia y Croacia es resultado de la voluntad de los «buenos amigos» de Alemania de no dejarle aprovecharse de los puertos croatas, y con ese objeto, han animado a Serbia a pelearse con Croacia. A continuación, USA ha animado a Bosnia a proclamar su independencia, esperando así poder beneficiarse de un aliado fiel en la región, cuestión que las potencias europeas, por razones en todo caso múltiples y contradictorias, no querían en absoluto, lo que se ha traducido por su parte en un doble lenguaje que en esta ocasión ha alcanzado las cumbres más altas. Mientras que todos proclaman vehementemente querer proteger a Bosnia, por bajo mano se han empleado a fondo para favorecer los avances serbios y croatas, y para sabotear las perspectivas de intervención militar americana que hubiera podido invertir la relación de fuerzas en el terreno. La expresión de esta realidad compleja se ha traducido en el plano de la propaganda. Mientras que todos comulgaban hipócritamente con la defensa de la pequeña Bosnia agredida, y practicaban la demagogia «pacifista» y «humanitaria», cuando se trataba de proponer medidas concretas reinaba la mayor cacofonía. Por una parte, USA empujaba en el sentido de una intervención contundente, mientras por otra, Francia y Gran Bretaña particularmente, empleaban todas las medidas dilatorias y las argucias diplomáticas posibles para evitar semejante salida.
Al final, todos los ardientes discursos humanitarios aparecen como lo que son: pura propaganda destinada a ocultar la realidad de las tensiones imperialistas que se exacerban entre las grandes potencias que antes eran aliados frente a la URSS, pero que tras el hundimiento y la implosión de ésta, se implican en un juego complejo de reorganización de sus alianzas. Alemania aspira a jugar de nuevo el papel de jefe de bloque que le fue arrebatado tras su derrota en la IIª Guerra mundial. Y ante la ausencia de la disciplina impuesta por los viejos bloques, que ya no existen, o por otros nuevos, que todavía no se han constituido, la dinámica de «cada uno a la suya» se refuerza y empuja a cada país a jugar prioritariamente su propia opción imperialista. En Bosnia pues, no se trata de la incapacidad de las grandes potencias imperialistas para restablecer la paz, sino mas bien al contrario, de la dinámica presente que empuja a los aliados de ayer a enfrentarse, aunque indirectamente y de forma oculta, en el terreno imperialista.
Sin embargo hay una potencia para la cual el conflicto en Bosnia aparece más particularmente como un fracaso, como una confesión de impotencia: USA. Después del alto el fuego entre Croacia y Serbia, conflicto que los USA habían aprovechado para poner de manifiesto la impotencia de la Europa de Maastrich y sus divisiones, USA ha apostado por Bosnia. Su incapacidad para asegurar la supervivencia de este Estado, deja sus pretensiones de ser un guardián más eficaz que los europeos a la altura de las baladronadas de un bravucón de teatro. USA ha practicado más que nadie la demagogia informativa, criticando la timidez de los acuerdos Vance-Owen, su parcialidad respecto a los serbios, y amenazando continuamente a estos últimos con una intervención masiva. Pero no ha podido llevar a cabo esa intervención. Esta incapacidad de USA para poner de acuerdo sus actos con sus palabras es un duro golpe asestado a su credibilidad internacional. Los beneficios que USA se granjeó con la intervención en el Golfo, se anulan en gran parte por el revés que ha sufrido en Bosnia. En consecuencia, las tendencias centrífugas de sus ex aliados a librarse de la tutela americana, a jugar sus propias bazas en la arena imperialista, se refuerzan y se aceleran. En cuanto a las fracciones de la burguesía que contaban con que las defendiera la potencia americana, se lo pensarán dos veces antes de actuar; la suerte de Bosnia les va a hacer meditar.
Los aliados de ayer aún comulgan con la ideología que los reagrupaba frente a la URSS, pero detrás de esta unidad, la cueva de bandidos se va llenando y las rivalidades se acentúan y anuncian, después de Bosnia, futuras guerras y masacres. Todos los preciosos discursos que se han hecho, y las lágrimas de cocodrilo que se han vertido abundantemente, sólo sirven para ocultar la naturaleza imperialista del conflicto que arrasa la ex-Yugoslavia y para justificar la guerra.
La guerra no es expresión de la impotencia de la burguesía, sino de la realidad intrínsecamente belicista del capitalismo. Pero la crisis económica, al contrario, es una expresión clara de la impotencia de la clase dominante para superar las contradicciones insolubles de la economía capitalista. Las proclamaciones pacifistas de la clase dominante son una puñetera mentira; la burguesía nunca ha sido pacífica; la guerra siempre ha sido un medio para que una fracción de la burguesía defendiera sus intereses contra otras, un medio ante el que la burguesía nunca se ha echado atrás. Sin embargo, todas las fracciones de la burguesía sueñan sinceramente con un capitalismo sin crisis, sin recesión, que prospere eternamente, que permita extraer beneficios cada vez más jugosos. La clase dominante no puede vislumbrar que la crisis es insuperable, que no tiene solución, ya que semejante punto de vista, semejante conciencia, significaría el reconocimiento de sus límites históricos, significaría su propia negación, que precisamente porque es una clase explotadora dominante, no puede ni contemplar ni aceptar.
Entre el sueño de un capitalismo sin crisis y la realidad de una economía mundial que no consigue salir de la recesión, hay un abismo que la burguesía ve aumentar día a día con angustia creciente. Hace muy poco tiempo, justo tras el hundimiento económico de la URSS, el capitalismo «liberal» a la occidental creía haber encontrado la prueba de su inquebrantable salud, de su capacidad para superar todos los obstáculos. ¿Qué nos contaba la clase dominante en aquellos momentos de euforia?. Una orgía propagandística de auto-satisfacción que nos prometía un futuro sin problemas. Cansada, la Historia ha tomado una revancha mordaz sobre estas ilusiones y no ha esperado mucho para oponer un desmentido brutal a estas mentiras.
La recesión vuelve a golpear con fuerza en el corazón de la primera potencia mundial: los EE.UU., antes incluso de que la URSS haya acabado de hundirse. Es más, la recesión se ha extendido como una epidemia al conjunto de la economía mundial. Japón y Alemania han sido fulminados por el mismo mal. Apenas firmado el Tratado de Maastrich, que prometía la renovación de Europa y la prosperidad económica, ¡cataplum!, el bello montaje se hunde, primero con la crisis del Sistema monetario europeo y después a golpe de recesión.
Ante la aceleración brutal de la crisis mundial que pone patas arriba la machacona propaganda sobre el relanzamiento, propaganda que sufrimos en todos los países desde hace más de dos años, la burguesía sigue repitiendo sin cesar la misma canción: «tenemos soluciones» y, proponiendo nuevos planes que habrían de sacar al capitalismo del marasmo. Pero, todas las medidas puestas en práctica no tienen ningún efecto. La burguesía no tiene tiempo de cantar victoria ante el estado de algunos índices económicos, porque los hechos se encargan de desmentir todas sus ilusiones. El último dato significativo de esta realidad es el crecimiento de la economía americana: recién llegado a la Casa Blanca el equipo de Clinton anunció pomposamente una tasa de crecimiento inesperada del + 4,7 % en el 4º trimestre de 1992, para predecir acto seguido el fin de la recesión. Pero la ilusión ha durado poco. Tras haber previsto un crecimiento del + 2,4 % para el 1er trimestre de 1993, el crecimiento real ha sido un pequeño + 0,9 %. La recesión mundial está presente, y mucho, sin que hasta ahora ninguna de las medidas empleadas por la clase dominante haya conseguido cambiar esta realidad. En las esferas dirigentes cunde el pánico y nadie sabe qué hacer. La actual situación en Francia es un hecho del todo significativo respecto del desconcierto y la improvisación con la que actúa la clase dominante: el nuevo gobierno de Balladur que había tenido mucho tiempo para preparar sus planes ya que la victoria electoral de la derecha estaba anunciada desde hace meses, ha presentado en el plazo de pocas semanas tres planes de medidas económicas contradictorios, y por supuesto en completa oposición a su programa electoral.
En la medida en que todas las medidas clásicas de relanzamiento se muestran ineficaces, la burguesía no puede emplear más que un solo argumento: «hay que aceptar sacrificios para que mañana todo vaya mejor». Este argumento se utiliza constantemente para justificar los programas de austeridad contra la clase obrera. Desde el retorno de la crisis histórica, a finales de los años 60, este tipo de argumento ha chocado evidentemente con el descontento de los trabajadores que siempre pagan los platos rotos pero, no es menos cierto que durante todos estos años ha mantenido una cierta credibilidad en la medida en que la alternancia entre los períodos de recesión y relanzamiento le daban un aire de validez. Pero la realidad de la miseria que no ha dejado de desarrollarse por todas partes, el pasar de un plan de rigor a un plan de austeridad, con el único resultado de la situación catastrófica presente, demuestra que todos los sacrificios pasados no han servido para nada.
A pesar de todos los planes «contra el paro» aplicados desde hace años con gran publicidad por todos los gobiernos de las metrópolis industriales, esta lacra no ha parado de crecer alcanzando, hoy día, siniestros récords. Cada día se anuncian nuevos planes de despidos. Ante la evidencia del aumento de impuestos, de los salarios que disminuyen o en todo caso aumentan menos rápido que la inflación, nadie puede creer que el nivel de vida progresa. En las grandes ciudades del mundo desarrollado, los pobres, sin hogar por no poder pagar un alquiler, reducidos a la mendicidad, son cada día más numerosos y un testimonio dramático de la ruina social que afecta al corazón del capitalismo.
Sacando provecho a la quiebra política, económica y social del «modelo» estalinista de capitalismo de Estado cínicamente identificado al comunismo, la burguesía ha repetido hasta la saciedad que solo el capitalismo «liberal» podía aportar prosperidad. Ahora debe cambiar de tono porque la crisis ha puesto las cosas en su sitio.
Con la agravación brutal de la crisis, la burguesía ve perfilarse, con pavor, el espectro de una crisis social. A pesar de ello, hace poco tiempo, los ideólogos de la burguesía creían poder afirmar que la quiebra del estalinismo demostraba la muerte del marxismo y lo absurdo de la idea de la lucha de clases. La existencia misma de la clase obrera se ha negado y la perspectiva histórica del socialismo se nos ha presentado como un ideal generoso, pero imposible de realizar. Toda esta propaganda ha determinado una duda profunda en el seno de la clase obrera sobre la necesidad y la posibilidad de otro sistema, de otro modo de relaciones entre los hombres, para acabar con la barbarie capitalista.
Pero si bien es cierto que la clase obrera aún está profundamente desorientada por la rápida sucesión de acontecimientos y por la matraca ideológica intensa de las campañas de los medias, está también, bajo la presión de los acontecimientos empujada a reencontrar el camino de la lucha frente a los ataques sin fin, cada vez más duros, a sus condiciones de vida.
Desde el otoño de 1992, tras las manifestaciones masivas de los trabajadores italianos en respuesta al nuevo plan de austeridad aplicado por el Gobierno, los signos de una lenta recuperación de la combatividad del proletariado se han expresado en numerosos países: Alemania, Gran Bretaña, Francia, España, etc. En una situación en la que la agravación incesante de la crisis implica planes de austeridad cada vez más draconianos, esta dinámica de la lucha obrera no puede más que acelerarse y ampliarse. La clase dominante ve avanzar con inquietud creciente esta perspectiva ineluctable de desarrollo de la lucha de clases. Su margen de maniobra se reduce cada vez más. No puede retrasar tácticamente sus ataques contra la clase obrera y además todo su arsenal ideológico para hacer frente a la lucha de clases sufre una erosión acelerada.
La impotencia de todos los partidos de la burguesía para vencer la crisis, para aparecer como buenos gestores refuerza su descrédito. Ningún partido en el gobierno puede esperar en las condiciones presentes beneficiarse de gran popularidad, como lo demuestra en pocos meses la aceleración de la crisis. Mitterand en Francia, Major en Gran Bretaña e incluso el mismo Clinton en USA, han pagado ese precio con una caída vertiginosa en los sondeos de opinión. En todas partes la situación es la misma gobierne la derecha o la izquierda, los gestores del capital al mostrar su impotencia ponen, involuntariamente, al desnudo todas las mentiras que han contado durante años. La implicación de los partidos socialistas en la gestión estatal en Francia, España, Italia, etc., demuestra, internacionalmente que no son diferentes de los partidos de derecha de los que tanto se querían diferenciar. Los partidos estalinistas sufren de lleno el golpe de la quiebra del modelo ruso y los partidos socialistas lo sufren también. Del mismo modo, los sindicatos también están afectados por la situación ya que sus lazos con el estado y el aparato político, unido a la experiencia acumulada por los trabajadores sobre su papel de sabotaje de las luchas refuerza la desconfianza. Con el desarrollo de los «asuntos» que ponen en evidencia la corrupción generalizada reinante en el seno de la clase dominante y de su aparato político, el rechazo roza el asco. El conjunto del modelo «democrático» de gestión del capital y de la sociedad esta estremeciéndose. El desfase entre los discursos de la burguesía y la realidad se hace cada día más evidente. En consecuencia el divorcio entre el Estado y la sociedad civil no puede más que agrandarse. Resultado, hoy día, es una obviedad afirmar que los hombres políticos mienten, todos los explotados están profundamente convencidos.
Pero el hecho de constatar una mentira no significa que se esta automáticamente inmunizado contra nuevas mistificaciones, ni tampoco que se conozca la verdad. El proletariado está en esa situación en estos momentos. La constatación de que nada va bien, de que el mundo va camino de hundirse en la catástrofe y que todos los discursos tranquilizados son pura propaganda, de ello, la gran masa de trabajadores se da cuenta. Pero esta constatación, si no se acompaña de una reflexión en el sentido de la búsqueda de una alternativa, de una reapropiación por parte de la clase obrera de sus tradiciones revolucionarias, de la reafirmación en las luchas del papel central que ocupa en la sociedad y de su afirmación como clase revolucionaria portadora de un futuro para la humanidad, la perspectiva comunista, puede llevar también al desánimo y la resignación. La dinámica presente, con la crisis económica que actúa como revelador, lleva a la clase obrera hacia la reflexión, a la búsqueda de una solución que, para ella, conforme a su ser, no puede ser otra que la nueva sociedad de la que es portadora: el comunismo. Cada vez más, frente a la catástrofe que la clase dominante no puede esconder, se plantea como cuestión de vida o muerte, la necesidad de plantearse la perspectiva revolucionaria.
Ante esta situación la clase dominante no se queda pasiva. Aunque ese sistema se desmorone y se precipite en el caos, no por eso va abandonar. Al contrario, se agarra con todas sus fuerzas a su poder en la sociedad, para por todos los medios intentar dificultar y bloquear el proceso de toma de conciencia del proletariado porque sabe que eso significa su propia pérdida. Ante el desgaste de mistificaciones que viene usando desde hace años, inventa nuevas y las viejas las repite con fuerza renovada. Utiliza incluso la descomposición que corroe todo su sistema como nuevo instrumento de confusión contra el proletariado. La miseria en el «tercer mundo» y las atrocidades de las guerras sirven de excusa para reforzar la idea de que, allí donde la catástrofe no tiene tales dimensiones no hay razón para protestar y rebelarse. La aparición de los escándalos, de la corrupción de los políticos, como en Italia, se utiliza para desviar la atención sobre los ataques económicos y para justificar una renovación del aparato político en nombre del «Estado limpio»
Incluso la miseria de los trabajadores se utiliza para engañar. El miedo al paro sirve para justificar bajadas de salarios en nombre de la «solidaridad». La «protección de los empleos» en cada país es el pretexto de las campañas chovinistas que hacen de los trabajadores «inmigrados» el chivo expiatorio para alimentar las divisiones en el seno de la clase obrera. En una situación en la que la burguesía no es portadora de ningún porvenir histórico, no puede sobrevivir más que con la mentira, es la clase de la mentira. Y cuando esto no le es suficiente, le queda el arma de la represión, que no mistifica, sino que muestra abiertamente la cara bestial del capitalismo.
Socialismo o barbarie. Esta alternativa planteada por los revolucionarios a principios de siglo está más que nunca a la orden del día. O bien la clase obrera se deja atar a las mistificaciones de la burguesía y el conjunto de la humanidad se condena entonces a hundirse con el capitalismo en su proceso de descomposición que a término significaría su fin. O bien el proletariado desarrolla su capacidad de luchar, su capacidad de poner en evidencia las mentiras de la burguesía, para avanzar hacia la perspectiva revolucionaria.
Tales son los dilemas que contiene el período presente. Los vientos de la historia empujan al proletariado hacia la afirmación de su ser revolucionario, pero el futuro nunca se gana de antemano. Incluso si las caretas de la burguesía caen cada vez más, ella forja constantemente otras nuevas para ocultar la horrible cara del capitalismo, por ello el proletariado debe arrancárselas definitivamente.
JJ.
Xo Congreso de la CCI
Presentación
La CCI acaba de celebrar su Xo Congreso, durante el cual nuestra organización hizo un balance de las actividades, tomas de posición y análisis de los últimos dos años, y ha trazado las perspectivas para los que vienen. El elemento central durante este Congreso ha sido el reconocimiento por la organización del cambio que se ha iniciado en la lucha de clases. Las luchas masivas del proletariado italiano del otoño de 1992, nos señalan que comienza a acabarse el período de reflujo que se inició en el 89 con el hundimiento del bloque ruso y del estalinismo. Este reflujo no sólo ha afectado a la combatividad que había manifestado el proletariado hasta esa fecha en su resistencia a las medidas de austeridad que impone la burguesía, sino también y de manera significativa al desarrollo de su conciencia de clase revolucionaria. Bajo esta perspectiva, el Congreso se dio como norte el trazar las perspectivas para una intervención en las luchas que se inician, con miras a que la CCI, como organización política del proletariado, esté lo mejor preparada para jugar su papel en este período de luchas decisivas para el proletariado y la humanidad en su conjunto.
s indudable que para trazar estas perspectivas es fundamental conocer si los análisis y posiciones defendidas por la organización en el período pasado se correspondieron con el desarrollo de los acontecimientos que dominaron la escena internacional. El Congreso cumplió con esta tarea, analizando el avance del caos y de los conflictos guerreros, la crisis, las tensiones interimperialistas, y, evidentemente, la lucha de clases. Asimismo, fueron analizadas las actividades realizadas en este período para adaptarlas al nuevo.
Acentuación del caos
El IXo Congreso de la CCI, del verano de 1991, había definido como fase de descomposición del capitalismo, la iniciada con la década de los 80. Tal descomposición ha sido la causa principal del derrumbe del bloque imperialista del Este, del estallido de la URSS y de la muerte del estalinismo.
El Xo Congreso ha constatado que han sido perfectamente correctos nuestros análisis sobre la fase de descomposición y sus consecuencias. No sólo ha continuado la explosión del ex-bloque del Este, sino que el ex-bloque occidental también ha entrado en un proceso similar, al romperse la «armonía» existente entre los países que lo conformaban, incluidos entre ellos los países más industrializados. Esta ruptura del sistema de bloques existente desde 1945 ha desatado una situación de caos, que en vez de aminorarse se extiende como gangrena a todo el planeta.
Un elemento acelerador del caos ha sido la acentuación de los antagonismos imperialistas entre las grandes potencias, quienes aprovechan cualquier conflicto entre fracciones de la burguesía de diferentes países o de un mismo país, para tratar de ganar posiciones estratégicas frente a las potencias contrarias, arrasando con las raquíticas economías de los países en conflicto, lo que pone en evidencia una vez más la irracionalidad de las guerras en el período de decadencia. En este sentido, no hay conflicto, sea grande o pequeño, sea armado o no, donde no esté presente la lucha de los grandes gángsteres imperialistas.
Otro elemento acelerador del caos es la tendencia a la formación de un nuevo sistema de bloques, y la lucha de EEUU por mantenerse como único «gendarme del mundo». Los avances estratégicos de Alemania en el conflicto de los Balcanes, mediante el apoyo sin tapujos a la independencia de Eslovenia y Croacia, unido a su fortaleza económica, la colocan como la primera potencia a encabezar el bloque rival a EE.UU. Sin embargo, cada vez más se cierra el camino para que pueda formarse ese nuevo bloque: por un lado está la confrontación que realizan Gran Bretaña y Holanda a la estrategia alemana, como principales aliados de EE.UU. en Europa; y por otra parte, los apetitos imperialistas propios de Alemania y Francia, impiden que se fortalezca una alianza en la que Francia vendría a compensar las limitaciones militares de Alemania.
Los EE.UU. ya no tienen las manos libres para sus acciones militares. Los despliegues militares y diplomáticos de sus potencias rivales en Yugoslavia han mostrado las limitaciones de la eficacia de la operación Tormenta del desierto de 1991, destinada a reafirmar el liderazgo de EE.UU. sobre el mundo. Por esta razón y por la oposición interna a desatar otro Vietnam, EE.UU. no ha tenido la misma capacidad y libertad de movilización en Yugoslavia; pero es indudable que no se ha quedado como espectador: ha iniciado una ofensiva mediante la ayuda «humanitaria» a Somalia y a las poblaciones musulmanas acorraladas por las milicias serbias en Bosnia-Herzegovina, la cual ha tomado un carácter de mayor envergadura con las movilizaciones aéreas sobre estos territorios.
Todo este contexto no hace más que confirmar una tendencia cada vez mayor al desarrollo de conflictos armados.
La crisis azota a los países centrales
En el plano de la crisis económica, el Congreso ha podido constatar que la crisis, expresada a través de la recesión económica, ha venido a ser una de las preocupaciones mayores de la burguesía de los países centrales.
Con la entrada en la década de los 90 se ha hecho evidente un agotamiento de los remedios utilizados por la burguesía para intentar paliar la crisis: ya no son sólo los EE.UU. quienes se encuentran en recesión abierta (la cual ya cuenta su tercer año consecutivo), sino que «la recesión abierta se ha generalizado hasta alcanzar a países que hasta ahora había evitado, como Francia y, entre los más sólidos, como Alemania e incluso Japón»([1]). El capital mundial está padeciendo una crisis de un grado cualitativamente mayor a todas las crisis vividas hasta el presente.
Ante la imposibilidad de obtener alguna salida con las políticas «neoliberales» aplicadas en la década de los 80, la burguesía de los países centrales inicia un giro estratégico hacia una mayor participación del Estado en la economía, lo cual ha sido una constante en el capitalismo decadente, incluso en la época de Reagan, como única forma de sobrevivir, haciendo trampas constantemente con sus propias leyes económicas. Con la elección de Clinton, la primera potencia mundial concreta esta estrategia.
Sin embargo, «sean cuales sean las medidas aplicadas, la burguesía estadounidense se ve ante un atolladero: en lugar de un relanzamiento de la economía y una reducción de la deuda (sobre todo la del Estado), está condenada, en un plazo que no podrá ser muy lejano, a un nuevo freno de la economía y a una agravación irreversible de su endeudamiento»([2]).
Pero no es sólo la recesión la que expresa la acentuación de la crisis, sino que la desaparición de los bloques imperialistas también viene a acentuar la crisis y el caos económico.
Las consecuencias de la acentuación de la crisis en los países más desarrollados se manifiestan de forma inmediata en un deterioro en las condiciones de vida del proletariado de estos países.
Pero el proletariado de los países centrales no está dispuesto a quedarse pasivo viéndose sumergido en la miseria y el desempleo. El proletariado en Italia en el otoño del 92 lo ha recordado: la crisis sigue siendo la mejor aliada del proletariado.
La reanudación de la combatividad obrera
La reanudación de las luchas obreras ha sido un elemento central, un eje de nuestro Xo Congreso. Después de tres años de reflujo, las luchas masivas del proletariado italiano en el otoño del 92([3]), así como las manifestaciones masivas de los mineros en Gran Bretaña ante el anuncio de cierre de la mayoría de las minas, las movilizaciones de los obreros alemanes en el invierno pasado, y demás manifestaciones de combatividad obrera en otros países de Europa y del resto del mundo, vienen a confirmar la posición defendida por la CCI de que el curso histórico va hacia confrontaciones masivas entre proletariado y burguesía.
Pero el hecho mas significativo de esta reanudación de las luchas del proletariado de los países centrales, es que marcan el inicio de un proceso de superación del reflujo en la conciencia que se abrió en el 89. Pero seríamos ilusos si pensáramos que este reinicio de las luchas se va a dar sin traumas y de manera lineal: los efectos negativos, las confusiones, las dudas sobre sus capacidades como clase revolucionaria, como consecuencia del reflujo de 1989, aún están lejos de superarse totalmente.
Junto a estos factores, se añaden los efectos nefastos de la descomposición del capitalismo sobre la clase obrera: la atomización, el «cada uno para sí», que socava la solidaridad entre los proletarios; la pérdida de perspectiva ante el caos reinante; el desempleo masivo y de larga duración, que tiende a separar a los proletarios desempleados del resto de la clase, y a muchos otros, en su mayoría jóvenes, a sumirse en la lumpenización; las campañas xenófobas y antirracistas, que tienden a dividir a los obreros; la putrefacción de la clase dominante y de su aparato político, que favorece las campañas de distracción de «lucha contra la corrupción»; las campañas «humanitarias» desatadas por la burguesía, ante la barbarie en que está sumido el Tercer Mundo, que tienden a culpabilizar a los obreros, para así justificar la degradación de sus condiciones de vida. Todos estos factores, junto a las guerras como las de ex Yugoslavia, donde no es evidente la participación y confrontación entre las grandes potencias, tienden a hacer difícil el proceso de toma de conciencia del proletariado y de reanudación de su combatividad.
Sin embargo, la gravedad de la crisis y la brutalidad de los ataques de la burguesía, así como el despliegue inevitable de guerras en que se van a involucrar de manera abierta los países centrales, mostrarán a los ojos de los obreros la quiebra del modo de producción capitalista.
La perspectiva entonces es hacia un despliegue masivo de luchas obreras. Esta reanudación de la combatividad del proletariado exige la intervención de los revolucionarios, y que sean partícipes de los combates para impulsar en ellos todas sus potencialidades y defender con decisión la perspectiva comunista.
Actividades
Para enfrentar los retos que presenta la reanudación de las luchas obreras, era una exigencia del Xo Congreso hacer el balance más objetivo de las actividades desde el Congreso pasado, verificar el cumplimiento de su orientación, conocer las dificultades que se presentaron, con miras a estar mejor preparados para el próximo período.
El Congreso ha sacado un balance positivo de las actividades realizadas por la organización: «La organización ha sido capaz de resistir ante el incremento de desorientación debido al relanzamiento de la campaña ideológica de la burguesía sobre el “final del marxismo y de la lucha de clases”; ha sido capaz de marcar perspectivas, confirmadas cada vez, sobre la aceleración de las tensiones interimperialistas y de la crisis, sobre la reanudación de la combatividad que el alud de ataques contra la clase obrera iba a acarrear obligatoriamente. Todo esto teniendo en cuenta lo específico de la fase actual de descomposición, desarrollando su actividad en función de las condiciones de la situación y del estado de sus fuerzas militantes»([4]).
El fortalecimiento teórico-político
Uno de los aspectos positivos de las actividades ha sido el proceso de profundización teórico-político al que se ha dedicado la organización debido a la necesidad de enfrentar las campañas de la burguesía que planteaban la «muerte del comunismo», lo que implicaba expresar de la manera más clara y elaborada, el carácter contrarrevolucionario del estalinismo; sin embargo, uno de los factores (el otro, al que había que responder rápidamente, era la aceleración de la historia) que nos ha llevado a esta tarea ha sido el desarrollo hacia los elementos revolucionarios con quienes ha estado en contacto la CCI. Esos contactos, a contracorriente del ambiente general, son la expresión de la maduración subterránea de la conciencia de la clase expresada a través de estas minorías.
Por otra parte, los nuevos acontecimientos nos han demostrado que no es suficiente el manejo del marco general. Se requiere también «hablar el marxismo» con propiedad para aplicarlo al análisis de los acontecimientos y situaciones particulares, lo que únicamente puede suceder si existe una profundización teórico-política. «La continuación de los esfuerzos de profundización teórico-política, junto con la vigilancia en el seguimiento de la situación internacional y de las situaciones nacionales, van a ser determinantes en la capacidad de la organización para ser factor activo en la clase obrera, en su contribución para sacar una perspectiva general de lucha y, al cabo, de la perspectiva comunista».
La centralización
«Desde el principio, desde los grupos que originaron la CCI hasta la CCI misma, la organización se concibió siempre como internacional. Pero la capacidad para hacer vivir la visión internacionalista, tan dinámica en la formación de la CCI, se ha ido aflojando. Hoy, la descomposición está incrementando considerablemente la presión hacia el individualismo, al “cada uno para sí”, al localismo, al espíritu de funcionario, más todavía que la ideología pequeño burguesa de después del 68 en los primeros años de vida de la organización». Con la voluntad de encarar y superar las nuevas dificultades, el Xo congreso ha discutido sobre la necesidad de reforzar la vida política y organizativa internacional de la CCI:
«En cada aspecto de nuestras actividades, a cada instante, en el funcionamiento y en la profundización política, en la intervención, en lo cotidiano, en cada tarea de las secciones locales, todas son tareas “internacionales”, las discusiones son “discusiones internacionales”, los contactos son “contactos internacionales”. El fortalecimiento del marco internacional es condición previa en el fortalecimiento de toda actividad local».
La centralización internacional es un requisito fundamental para poder desempeñar de manera efectiva el papel de vanguardia del proletariado:
«Nosotros no tenemos la visión de una organización cuyo órgano central dictaría las orientaciones que bastaría con aplicar, sino la de un tejido vivo en el que todos los componentes actúan constantemente como partes de un todo. (...) Que un órgano central sea el sustituto de la vida de la organización es algo totalmente ajeno a nuestro funcionamiento. La disciplina de la organización se basa en la convicción de un modo de funcionamiento internacional vivo en permanencia, e implica una responsabilidad a todos los niveles en la elaboración de las tomas de posición y en la actividad respecto a la organización en su conjunto».
La intervención
«El giro actual de la situación internacional abre unas perspectivas de intervención en las luchas como nunca las habíamos visto durante los últimos años».
A través de la prensa, nuestro principal instrumento de intervención, debemos iniciar los cambios para adaptarnos a la dinámica del nuevo período. Tendremos que intervenir simultáneamente en todos los planos: descomposición, crisis económica, imperialismo, lucha de clases.
«En tal contexto, los reflejos y la rapidez, el rigor en el seguimiento de los acontecimientos, la profundidad en la asimilación de las orientaciones, serán decisivos más todavía que en el pasado. (...) La prensa debe intervenir de manera decidida ante las primeras expresiones de la reanudación obrera, y al mismo tiempo tratar sobre la agudización de las tensiones imperialistas, las cuestiones de la guerra y de la descomposición, responder permanente y adecuadamente a lo que se desarrolla ante nosotros con toda la complejidad de la situación, denunciando sin descanso las maniobras y mentiras de la burguesía, mostrando las perspectivas al proletariado, (...) participando al desarrollo en la clase obrera de la conciencia de que es una clase histórica portadora de la única alternativa al capitalismo en descomposición, dimensión de su conciencia que ha quedado más dura y duraderamente afectada por las campañas ideológicas que han acompañado la quiebra histórica del estalinismo».
La intervención hacia los simpatizantes
La organización ha desarrollado una cantidad importante de contactos en sus diversas secciones, producto de la aproximación a las posiciones revolucionarias de una minoría de la clase obrera. Uno de los aspectos que hemos podido reconocer es que el desarrollo y número de contactos se va a incrementar con la intervención en las luchas, por lo que la organización debe estar muy decidida a intervenir ante ellos para permitir su incorporación real al movimiento revolucionario del proletariado. Por su parte, la CCI, a través de la intervención hacia los contactos, debe reafirmarse como el principal polo de reagrupamiento de las fuerzas revolucionarias en el momento actual.
La intervención en las luchas
«El cambio más importante para nuestra intervención en el período venidero, es la perspectiva de reanudación de las luchas obreras». La intervención en las luchas fue uno de los elementos centrales debatido en el Congreso. Después de tres años de reflujo de la lucha de clases, hemos insistido en la necesidad de que la organización reaccione rápidamente y esté preparada para intervenir, sin vacilaciones, en la nueva situación. Las líneas fundamentales que debe seguir nuestra intervención quedan expresadas así:
«Primero, nuestra capacidad para ser parte activa de la lucha, nuestra preocupación de intentar, cuando es posible, tener influencia en el discurrir de las luchas y hacer propuestas concretas de acción. Así es como asumiremos nuestra función de organización revolucionaria».
Uno de los aspectos principales de la intervención en las luchas es no dejar el terreno libre a la acción de la izquierda, izquierdistas y sindicatos, principalmente del sindicalismo de base. Como nos lo han mostrado las recientes luchas en Italia, todos ellos van a desempeñar un papel de primer orden en el intento de desviar y controlar las luchas, impidiendo que se desarrollen en su propio terreno de clase e intentando confundir y desmoralizar a los trabajadores.
Nuestra intervención debe orientarse a fortalecer la mayor unidad posible en el seno de la clase: «En toda la experiencia de lucha de la clase obrera, habrá que insistir en lo que de verdad defiende los intereses inmediatos de la clase, los intereses comunes a toda la clase. Eso es lo que permitirá la extensión, la unidad, el control de las luchas por la clase misma. Así es como la organización deberá llevar a cabo su intervención».
De igual manera, «en el contexto de debilidad de la clase obrera en el plano de su conciencia, insistir más todavía que antes en la quiebra histórica del sistema capitalista, en su crisis internacional y definitiva, en el hundimiento inevitable en la miseria, la barbarie y las guerras adónde la dominación de la burguesía arrastra a la humanidad, debe, junto con la perspectiva del comunismo, formar parte de la intervención que estamos llevando a cabo en las luchas obreras».
La intervención hacia el medio político proletario
La tendencia hacia la reanudación de las luchas a niveles nunca vistos desde la década de los 60, no sólo requiere un fortalecimiento de la CCI, sino de todo el medio político proletario. Por esta razón nuestro Xo Congreso dedicó particular atención a evaluar su intervención hacia él. Aunque haya que constatar el bajo nivel de respuestas del medio político proletario a nuestro llamamiento del IXo Congreso, no por ello debe desanimarse la CCI. Debemos desarrollar más todavía el seguimiento, la movilización y la intervención respecto a dicho medio.
Un elemento central para superar las debilidades frente a la intervención en el medio político proletario, del cual formamos parte, es reafirmar que es una expresión de la vida de la clase, de su proceso de toma de conciencia. El fortalecimiento de la intervención hacia el medio político proletario requiere que se desarrolle el debate mas abierto, riguroso y fraterno entre sus integrantes, que se rompa con el sectarismo y con la visión retorcida que expresan algunos grupos, quienes consideran que «todo cuestionamiento, cualquier divergencia o debate, no son expresión de un proceso de reflexión en la clase, sino una “traición a principios invariables”»([5]).
Estos debates permitirán, a su vez, tener una mejor claridad de los nuevos acontecimientos, tanto para la CCI como para el resto del medio, quien ha expresado ciertas confusiones para comprenderlos: «Esto quedó especialmente confirmado con los acontecimientos del Este y la Guerra del Golfo. Ante estas situaciones, esos grupos manifestaron confusiones muy importantes y un retraso considerable con relación a la CCI, y eso cuando lograron un mínimo de claridad. Tal constatación no la hacemos para contentarnos o dormirnos en nuestros laureles, sino, al contrario, para tomar la medida exacta de nuestras responsabilidades respecto al medio en su conjunto. Debe incitarnos a un incremento de atención, de movilización y de rigor en el cumplimiento de nuestras tareas de seguimiento del medio político proletario y de intervención en su seno»([6]).
La defensa del medio político proletario planteó al Congreso la necesidad de tener la mayor claridad con respecto a los grupos del medio parásito, quienes gravitan en torno al medio político proletario y derraman su veneno sobre éste. «Sea cual sea su plataforma (la cual puede ser formalmente aceptable), los grupos del medio parásito no expresan ni mucho menos un esfuerzo de la toma de conciencia del proletariado, aunque no por ello haya que considerarlos como pertenecientes al campo burgués, pues esa pertenencia está formalmente determinada por un programa burgués (defensa de la URSS, de la democracia, etc). Lo que los anima y determina su evolución (sea o no conscientemente por parte de sus miembros) no es la defensa de los principios revolucionarios en la clase, la clarificación de las posiciones políticas, sino el espíritu de secta, de “círculo de amistades”, la afirmación de su individualidad ante las organizaciones a las que parasitan, todo ello basado en reproches personales, resentimientos, frustraciones y demás preocupaciones mezquinas que se entroncan con las ideologías pequeño burguesas»([7]).
No debe haber la menor concesión a este medio parásito, pues es un factor de confusión y sobre todo de destrucción del medio político proletario. Y hoy menos que nunca, ahora que para responder a los retos del nuevo período, la defensa y el reforzamiento del medio político proletario es indispensable frente a todos los ataques que tendrá que soportar.
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La CCI ha celebrado su Xo Congreso en un momento crucial de la historia: el proletariado retoma su camino de lucha contra el capital. Ya la monstruosa campaña desatada por la burguesía sobre la «muerte del comunismo», comienza a ceder frente a la brutal realidad de la barbarie de las guerras y el ataque despiadado a las condiciones de vida del proletariado de los países más desarrollados, como resultado de una mayor aceleración de la crisis de sobreproducción.
Nuestro Xo Congreso ha dejado mejor armada a la organización para enfrentar los retos del nuevo período: existe una homogeneización con respecto al giro que ha dado la situación internacional con el reinicio de la lucha de clases. Por otra parte, este Congreso ha consolidado nuestros análisis sobre las tensiones imperialistas y la crisis, aspectos que con su aceleración, eleva a niveles mayores la situación de caos producto de la descomposición del capitalismo.
También el Congreso ha constatado que este reinicio de luchas no será fácil, que el peso en el desarrollo de la conciencia que trajo el derrumbe del bloque del Este y la muerte del estalinismo, no se superarán fácilmente. Además, la burguesía utilizará todo lo que esté a su alcance para intentar evitar que el proletariado eleve sus luchas a niveles mayores de combatividad y conciencia. Por eso es por lo que nuestro Congreso ha elaborado las perspectivas para fortalecer la organización, fundamentalmente la centralización internacional, así como los medios para estar mejor armados para la intervención, no sólo en cuanto a la lucha de clases, sino también en las otras manifestaciones del desarrollo de la conciencia de la clase como lo son los contactos que emergen y ante el medio político proletario.
Con el Xo Congreso, la CCI se ubica al nivel de las exigencias del momento histórico, para asumir su papel como vanguardia del proletariado, y de esta manera contribuir a superar el reflujo en el desarrollo de la conciencia de la clase, para que ésta se reafirme y pueda plantear la única alternativa a la barbarie capitalista: el comunismo.
CCI
[1] Ver la «Resolución sobre la situación internacional», en este número.
[2] Ídem.
[3] Ver Revista internacional, no 72, 1er trimestre 1993.
[4] «Resolución de actividades». Todas las citas siguientes están sacadas de esta misma resolución.
[5] «Resolución sobre el medio político proletario».
[6] Ídem.
[7] Ídem.
Resolución sobre la situación internacional
Desde hace cerca de diez años, la descomposición se cierne sobre toda la sociedad. El marco de la descomposición es, cada día más, la única manera de comprender lo que está ocurriendo en el mundo. Pero, además, la fase de descomposición forma parte del período de decadencia del capitalismo y las tendencias propias al conjunto de este período no desparecen, ni mucho menos. Por ello, cuando se examina la situación mundial, importa distinguir entre los fenómenos producto de la decadencia y los que pertenecen a su fase última, la descomposición, en la medida en que sus impactos respectivos en la clase obrera no son idénticos, pudiendo incluso actuar en sentido opuesto. Y esto es cierto tanto en el plano de los conflictos imperialistas como en el de la crisis económica, elementos esenciales que determinan el desarrollo de las luchas de la clase obrera y de su conciencia.
1. Raras veces desde la IIª Guerra mundial, el mundo había conocido tal multiplicación e intensificación de los conflictos militares como la que hoy estamos viviendo. Con la guerra del Golfo, de principios del 91, se pretendía instaurar un «nuevo orden mundial» basado en el «Derecho». Desde entonces, no ha parado de incrementarse y agudizarse el incesante pugilato iniciado tras el final del reparto del mundo entre dos mastodontes imperialistas. África y Asia del Sureste, canchas tradicionales de la pugna imperialista han seguido hundiéndose en guerras y convulsiones. Liberia, Rwanda, Angola, Somalia, Afganistán, Camboya: todos esos países siguen siendo sinónimo de choques armados y de desolación, a pesar de todos los «acuerdos de paz» y de todas las intervenciones de la «comunidad internacional» que organiza directa o indirectamente la ONU. Y a esas zonas de «turbulencias» han venido a añadírseles el Caucazo y Asia central, regiones que están pagando la desaparición de la URSS al alto precio de las matanzas interétnicas. En fin, el paraíso de estabilidad que había sido Europa desde la IIª Guerra mundial se ha enfangado en uno de los conflictos más asesinos y bestiales que imaginarse pueda. Esos enfrentamientos expresan trágicamente las características del mundo capitalista en descomposición. Son en gran parte el resultado de la situación creada por lo que hasta hoy ha sido la expresión más patente de tal descomposición, o sea, el desmoronamiento de los regímenes estalinistas y del bloque del Este entero. Pero, al mismo tiempo, los conflictos se han agravado más todavía a causa de la característica más general y básica de la decadencia, que es el antagonismo entre las diferentes potencias imperialistas. La pretendida «ayuda humanitaria» a Somalia no es más que un pretexto y un instrumento del enfrentamiento de las dos principales potencias que se oponen hoy en África: los Estados Unidos y Francia. Detrás de la ofensiva de los Jemeres rojos está China. Detrás de las diferentes pandillas que se pelean por el poder en Kabul se perfilan los intereses de potencias regionales como Pakistán, India, Irán, Turquía, Arabia Saudí, potencias que a su vez integran sus intereses y sus antagonismos dentro de los que oponen a los «grandes» como Estados Unidos o Alemania. Y, en fin, las convulsiones que han puesto a sangre y fuego a la ex Yugoslavia, a unos cientos de kilómetros de la Europa «desarrollada», también son expresión de los antagonismos que hoy dividen al planeta.
2. La antigua Yugoslavia es hoy la baza principal de lo que está en juego en las rivalidades entre las grandes potencias del mundo. Es posible que los enfrentamientos y las matanzas que allí están teniendo lugar desde hace dos años hayan encontrado un terreno favorable en los ancestrales antagonismos étnicos que el régimen de cuño estalinista había mantenido sujetos y que volvieron a surgir al hundirse dicho régimen. Pero lo que de verdad ha sido el factor determinante en la agudización de esos antagonismos han sido los sucios cálculos de las grandes potencias. Lo que de verdad abrió la caja de Pandora yugoslava fue el indefectible apoyo dado por Alemania a la secesión de las repúblicas del norte, Eslovenia y Croacia, con la intención de aquel país de abrirse camino hacia el Mediterráneo. Y lo que ha animado directa o indirectamente a Serbia y a sus milicias a dar rienda suelta a la «purificación étnica», en nombre de la «defensa de las minorías», no es otra cosa sino la oposición de los demás Estados europeos así como la de Estados Unidos a dicha ofensiva alemana. La ex Yugoslavia es de hecho una especie de resumen, una ilustración patente y trágica del conjunto de la situación mundial en lo que a conflictos imperialistas se refiere.
3. En primer lugar, los enfrentamientos que están hoy asolando esta parte del mundo son una nueva confirmación de la irracionalidad económica total de la guerra imperialista. Desde hace tiempo, y siguiendo los pasos a la Izquierda comunista de Francia, la Corriente comunista internacional ha puesto de relieve la diferencia fundamental que existe entre las guerras del período ascendente del capitalismo, que tenían una racionalidad real para el desarrollo del sistema, y las del período de decadencia, las cuales lo único que expresan es la absurdez económica total de un modo de producción en la agonía. La agravación de los antagonismos imperialistas se debe en última instancia a una huida ciega de cada burguesía nacional ante la situación totalmente bloqueada de la economía capitalista. Y los conflictos militares no van a aportar la más mínima «solución» a la crisis, ni a la economía mundial en general ni a la de ningún país en particular. Como ya lo decía Internationalisme en 1945, ya no es la guerra la que está al servicio de la economía, sino la economía la que se ha puesto al servicio de la guerra y de sus preparativos.
Este fenómeno no ha hecho más que intensificarse. En el caso de la ex Yugoslavia, ninguno de los protagonistas podrá esperar el menor beneficio económico de su participación en el conflicto. Eso es evidente para todas las repúblicas enfrentadas hoy en la guerra: las destrucciones masivas de medios de producción y de fuerza de trabajo, la parálisis de los transportes y de la actividad productiva, la enorme punción que son las armas en la economía local no van a beneficiar a ninguno de los Estados en presencia. Asimismo, contrariamente a la idea que incluso ha circulado en el medio político proletario, la economía ex Yugoslava totalmente destrozada no podrá transformarse ni mucho menos en mercado solvente para la producción excedentaria de los países industrializados. No son mercados lo que se disputan las grandes potencias en la ex Yugoslavia, sino posiciones estratégicas destinadas a preparar lo que ya es desde hace tiempo la principal actividad del capitalismo decadente: la guerra imperialista en una escala siempre más amplia.
4. La situación en la ex Yugoslavia también confirma un punto que la CCI ya puso de relieve hace tiempo: la fragilidad del edificio europeo. Con sus diferentes instituciones (Organización europea de cooperación económica, la encargada del plan Marshall, la Unión de la Europa occidental fundada en 1949, la Comunidad europea del carbón y del acero que entró en actividad en 1952 y que acabaría convirtiéndose, cinco años más tarde, en Mercado común europeo) el edificio europeo se fue construyendo como instrumento del bloque americano frente a la amenaza del bloque ruso. Ese interés común de los diferentes Estados de Europa occidental frente a esa amenaza (lo cual tampoco impidió los intentos por parte de algunos, como la Francia de De Gaulle, de limitar la hegemonía norteamericana) fue un factor muy poderoso para estimular la cooperación, la económica especialmente, entre esos Estados. Esta cooperación no podía, sin embargo, suprimir las rivalidades económicas entre ellos, pues eso es imposible bajo el capitalismo, pero sí permitió que reinara cierta «solidaridad» frente a la competencia comercial de Japón y de EE.UU. Con el hundimiento del bloque del Este, los cimientos del edificio europeo se han visto sacudidos. Desde entonces, la Unión europea, que el tratado de Maastricht de finales de 1991 declaraba sucesora de la Comunidad económica europea, ya no puede ser considerada instrumento de un bloque occidental que también ha desaparecido. Al contrario, esa estructura se ha convertido en cancha cerrada de los antagonismos imperialistas que hoy han aparecido o se han puesto en primer plano a causa de la desaparición de la antigua configuración del mundo. Eso es lo que han evidenciado los enfrentamientos en Yugoslavia cuando pudimos ver la profunda división entre los Estados europeos, incapaces de construir la más mínima política común frente a un conflicto que empezaba a desarrollarse a sus puertas. La Unión europea podrá quizás servir a sus participantes de muralla contra la competencia comercial de Japón o de EEUU, o de instrumento contra la emigración y contra los combates de la clase obrera. Pero lo que importa es que su componente diplomática y militar es ya objeto de una disputa que va a irse agudizando. Una disputa entre, por un lado, quienes (especialmente Francia y Alemania) quieren que la Unión europea sirva de estructura capaz de rivalizar con la potencia norteamericana (poniendo así las bases de un futuro bloque imperialista) y, por otro, los aliados de Estados Unidos (esencialmente Gran Bretaña y Holanda), los cuales conciben su presencia en las instancias de decisión como medio para frenar tal tendencia([1]).
5. La evolución del conflicto balcánico ha venido a ilustrar también otra de las características de la situación mundial: las dificultades para que se forme un nuevo sistema de bloques imperialistas. La tendencia hacia ese nuevo sistema ha aparecido desde que se desmoronó el bloque del Este, como la CCI lo ha venido afirmando desde entonces. La aparición de un candidato a la dirección de un nuevo bloque imperialista, rival del dirigido por EE.UU., se confirmó rápidamente con el avance por parte de Alemania de sus posiciones en Europa central y en los Balcanes, aun cuando su libertad de maniobra militar y diplomática está limitada por la herencia de la derrota en la IIª Guerra mundial. El ascenso de Alemania se ha apoyado ampliamente en su poder económico y financiero, pero también ha podido beneficiarse del apoyo de su viejo cómplice en la CEE, Francia (acción concertada respecto a la Unión europea, creación de un cuerpo de ejército común, etc). Yugoslavia ha puesto, sin embargo, de relieve la cantidad de contradicciones que dividen a ese tándem: mientras que Alemania ha otorgado un apoyo sin falla a Eslovenia y a Croacia, Francia ha mantenido durante largo tiempo una política pro serbia, alineándose en un principio con la postura de Gran Bretaña y de EEUU, lo que ha permitido a esta potencia meter una cuña en la alianza privilegiada entre los dos principales países europeos. Francia y Alemania han hecho todo lo posible para que el sangriento embrollo yugoslavo no acabe comprometiendo su cooperación como se ha visto con el apoyo del Bundesbank al franco francés cada vez que éste ha sufrido ataques especulativos. Pero resulta cada vez más evidente que Alemania y Francia no ponen las mismas esperanzas en su alianza. Alemania, por su potencia económica y su posición geográfica, aspira al liderazgo de una «Gran Europa», que sería el eje central de un nuevo bloque imperialista. La burguesía francesa, aunque esté de acuerdo para que la estructura europea desempeñe ese papel, no quiere contentarse con la plaza de segundón que en fin de cuentas le propone en su alianza su poderoso vecino del Este, cuya potencia ha podido comprobar desde el año 1870. Por eso Francia no está interesada en un desarrollo demasiado importante de la potencia militar de Alemania (acceso al Mediterráneo, adquisición del arma nuclear, en especial). Si Alemania siguiera aumentando su poderío militar, las bazas que Francia posee todavía para intentar mantener cierta igualdad con su vecina para dirigir Europa y atribuirse el mando de la oposición a la hegemonía norteamericana, perderían su valor. La reunión de París presidida por Mitterrand de marzo del 93 entre Vance, Owen y Milosevic ha ilustrado una vez más esta realidad. En resumen, el crecimiento significativo de las capacidades militares de Alemania es una de las condiciones para que vuelva a hacerse un nuevo reparto del mundo entre dos bloques imperialistas. Y esto significaría una seria amenaza de dificultades entre los dos países europeos candidatos al liderazgo de un nuevo bloque. El conflicto en lo que fue Yugoslavia ha venido a confirmar que la tendencia hacia la reconstitución de un nuevo bloque, que la desaparición del bloque del Este puso al orden del día en 1989, no es algo que pueda llegar a realizarse con toda seguridad: la situación geopolítica específica de las dos burguesías que pretenden ser los principales protagonistas de esa reconstitución viene a añadirse a las dificultades generales propias de este período de descomposición social, en el cual se agudizan las tendencias a «cada uno para sí» de cada Estado.
6. Y el conflicto en la ex Yugoslavia ha venido a confirmar otra de las características principales de la situación mundial: la eficacia limitada de la operación «Tempestad del desierto» de 1991, destinada a afirmar el liderazgo de los Estados Unidos sobre el mundo entero. Como la CCI lo afirmó en aquel entonces, el principal objetivo de esa operación de gran envergadura no era el régimen de Sadam Husein ni tampoco otros países de la periferia que hubieran tenido la tentación de imitar a Irak. Para EEUU se trataba ante todo de afianzar y recordar su papel de «gendarme del mundo» ante las convulsiones resultantes del hundimiento del bloque ruso y obtener la obediencia de las demás potencias occidentales, a las cuales, una vez desaparecida la amenaza del Este, se les subían los humos. Pocos meses después de la guerra del Golfo, el inicio de las hostilidades en Yugoslavia ha venido a ilustrar el hecho de que esas mismas potencias, especialmente Alemania, estaban decididas a hacer prevalecer sus intereses imperialistas a expensas de los de Estados Unidos. Este país ha conseguido, desde entonces, poner en evidencia la impotencia de la Unión europea en una situación que es incumbencia de ella, y el desconcierto que impera en sus filas, incluso entre los mejores aliados, Francia y Alemania. Pero no por ello, EEUU ha logrado contener realmente los avances de los demás imperialismos, especialmente el de Alemania, la cual ha alcanzado más o menos los fines que se había propuesto en la ex Yugoslavia. Este fracaso de Estados Unidos es, desde luego, muy grave para la primera potencia mundial, pues no hará sino animar a numerosos países, en todos los continentes, a aprovecharse de la nueva situación para soltar algo las amarras con las que los ha tenido sujetos el Tío Sam desde hace décadas. Por eso no ha cesado el activismo estadounidense en torno a Bosnia después de haber hecho alarde de su fuerza militar con su masivo y espectacular despliegue «humanitario» en Somalia y la prohibición del espacio aéreo del sur irakí.
7. Esa última operación militar ha venido a confirmar también una serie de realidades que la CCI ha puesto de relieve anteriormente. Ha ilustrado el hecho de que el verdadero objetivo de EEUU en esa parte del mundo no es ni mucho menos Irak, por la sencilla razón de que lo que los Estados Unidos han hecho es reforzar el régimen de Sadam tanto dentro como fuera del país. El verdadero objetivo de esa reciente operación en el sur irakí son los «aliados» de EEUU, a quienes ha intentado arrastrar una vez más en la aventura con mucho menos éxito que en 1991 (el tercer compinche de la «coalición», Francia, se ha limitado esta vez a mandar aviones de reconocimiento). Esa operación ha sido, además, un mensaje dirigido a Irán cuya potencia militar en ascenso viene acompañada de un estrechamiento de lazos con algunos países europeos, Francia especialmente. Y como Kuwait ya no tenía nada que ver en el asunto esta vez, la operación ha venido a confirmar también que la guerra del Golfo no se debió a un problema de precio de petróleo o de salvaguarda para EEUU de su «renta petrolera» como lo afirmaban los izquierdistas e incluso, en un momento dado, ciertos grupos del medio proletario. Si la potencia norteamericana está interesada en conservar y reforzar su imperio sobre Oriente Medio y sus campos petrolíferos no es fundamentalmente por razones comerciales o puramente económicas. Es ante todo para estar capacitado, por si acaso, para privar a sus rivales japonés y europeos de sus abastecimientos en una materia prima esencial para la economía desarrollada y más todavía para cualquier iniciativa militar (materia prima de la que, dicho sea de paso, dispone en abundancia el principal aliado de Estados Unidos, Gran Bretaña).
8. Y es así como los acontecimientos recientes han confirmado que, frente a un caos y una tendencia a «cada uno para sí» cada vez más agudos y al fortalecimiento de sus nuevos rivales imperialistas, la primera potencia mundial deberá echar mano cada día más de la fuerza militar para guardar su supremacía. No faltan los terrenos potenciales de enfrentamiento y se irán multiplicando. Ya hoy, el subcontinente indio, dominado por el antagonismo entre India y Pakistán, es cada día más uno de esos terrenos. De ello son testimonio los incesantes enfrentamientos entre comunidades religiosas en India, brutales choques que aunque son también testimonio de la descomposición, son azuzados por aquel antagonismo. De igual modo, Extremo Oriente es hoy escenario de maniobras imperialistas de amplitud como el acercamiento entre China y Japón (sellada por la visita del emperador a Pekín por primera vez en la historia). Es más que probable que esta tendencia se confirmará:
– al no existir ya contencioso alguno entre China y Japón;
– porque ambos países tienen un contencioso con Rusia: trazado de la frontera ruso-china y el problema de las islas Kuriles;
– porque esta incrementándose la rivalidad entre EEUU y Japón en torno al Sureste de Asia y el Pacífico;
– por estar «condenada» Rusia, por mucho que eso avive las resistencias de los «conservadores» contra Yeltsin, a la alianza con EEUU a causa precisamente de la importancia de su armamento atómico, cuyo paso al servicio de otra alianza, Estados Unidos no toleraría.
Los antagonismos que enfrentan la primera potencia mundial a sus ex aliados ni siquiera dejan de lado al resto de las Américas. El objetivo de las repetidas intentonas golpistas contra Carlos Andrés Pérez en Venezuela, al igual que la creación de la ANALC (o NAFTA, Asociación norteamericana de libre cambio entre EEUU, México y Canadá), más allá de sus causas o implicaciones económicas y sociales, ha sido el de poner coto a las pretensiones de incremento de influencia de ciertos estados europeos. La perspectiva mundial está caracterizada por lo tanto, en el plano de las tensiones imperialistas, por un incremento ineluctable de éstas con el uso creciente de la fuerza militar por parte de EEUU. Y no será la reciente elección del demócrata Clinton lo que vaya a cambiar esa tendencia, sino todo lo contrario. Hasta ahora, las tensiones se han desarrollado esencialmente como consecuencia del desmoronamiento del antiguo bloque del Este. Pero cada día más se verán agravadas por la caída catastrófica en la crisis mortal de la economía capitalista.
9. El año 1992 se ha caracterizado por una agravación considerable de la situación económica mundial. En especial, la recesión abierta se ha ido generalizando hasta alcanzar a los países que la habían evitado en un primer tiempo, como Francia y entre los más sólidos como Alemania e incluso Japón. Si ya, como decíamos, la elección de Clinton significa continuación, e incluso acentuación, de la política de la primera potencia mundial en el ruedo imperialista, también es signo de que se ha acabado todo un período en la evolución de la crisis y de las políticas de la burguesía para encararla. La elección de Clinton rubrica la quiebra definitiva de las «reaganomics» que tan alocadas esperanzas había provocado en las filas de la clase dominante y bastantes ilusiones entre los proletarios. Hoy, en los discursos burgueses, ha desparecido la menor referencia a las míticas virtudes de la «desregulación» y del «menos Estado». Incluso hombres políticos pertenecientes a fuerzas políticas que habían sido las misioneras del catecismo «reaganomics», como Major en Gran Bretaña, admiten hoy, frente a la acumulación de dificultades de la economía, la necesidad de «más Estado» en ella.
10. Los «años Reagan», con la prórroga de los «años Bush» nunca significaron que se hubiera invertido de verdad la tendencia histórica propia de la decadencia del capitalismo, que es el reforzamiento del capitalismo de Estado. Durante todo ese período, medidas como el aumento masivo de los gastos militares, el rescate del sistema de cajas de ahorro por el Estado federal (que costó 1 billón de $ del presupuesto) o la baja voluntarista de los tipos de interés por debajo de la tasa de inflación no fueron ni más ni menos que un incremento significativo de la intervención del Estado en la economía de la primera potencia mundial. En realidad, sean cuales sean los temas ideológicos empleados o la manera de emplearlos, la burguesía no podrá nunca renunciar, en este período de decadencia, a echar mano del Estado para reunir los trozos de una economía que tiende a hacerse añicos por todas partes, para intentar hacer trampa con las propias leyes capitalistas, siendo además el Estado la única instancia que pueda hacerlo, especialmente mediante la máquina de billetes. Sin embargo, a causa de:
– la agravación de la crisis económica mundial;
– el nivel crítico alcanzado por el desmoronamiento de ciertos sectores cruciales de la economía norteamericana (sistemas de salud y de educación, infraestructuras y equipamiento, investigación...) favorecido por la política «liberal» a ultranza de Reagan y compañía;
– la explosión inverosímil de la especulación en detrimento de las inversiones productivas, animada también por las «reaganomics»;
el Estado federal está obligado a intervenir más abiertamente y sin tapujos, en la economía. Por eso, el significado de la llegada al poder ejecutivo estadounidense del demócrata Clinton no puede limitarse a puros imperativos ideológicos. Estos imperativos no son nada desdeñables, especialmente para favorecer una mayor adhesión de la población de Estados Unidos a la política imperialista de la burguesía. Pero, mucho más fundamentalmente, el «New Deal» clintoniano procede de la necesidad de reorientar significativamente la política de la burguesía del país, una reorientación que Bush, demasiado relacionado con la política anterior, tenía dificultades para llevarla a cabo.
11. Esa reorientación política, contrariamente a las promesas del candidato Clinton, no va a frenar, ni mucho menos, la degradación de las condiciones de vida de la clase obrera, a la cual las necesidades de la propaganda califica de «clase media». Los cientos de millones de dólares de economías que Clinton anunció a finales de febrero, son un aumento considerable de la austeridad destinada a aliviar el déficit federal colosal y a mejorar la competitividad de la producción norteamericana en el mercado mundial. Esta política se enfrenta, sin embargo, a límites infranqueables. La reducción del déficit presupuestario, y eso en caso de que consigan realizarla, no hará más que acentuar las tendencias al freno de una economía drogada por ese mismo déficit durante casi diez años. Ese freno, al reducir las entradas fiscales (a pesar del aumento previsto de impuestos) acabará agravando todavía más el déficit. Y así, sean cuales sean las medidas aplicadas, la burguesía estadounidense se ve ante un atolladero: en lugar de un relanzamiento de la economía y una reducción de la deuda (sobre todo la del Estado), está condenada, en un plazo que no podrá ser muy lejano, a un nuevo freno de la economía y a una agravación irreversible de su endeudamiento.
12. El callejón sin salida en que está metida la economía americana no es sino la expresión del que se encuentra el conjunto de la economía mundial. Todos los países están cada día más atenazados entre la caída de la producción, por un lado, y la explosión de la deuda por otro (especialmente la del Estado). Esa es la expresión más patente de la crisis de sobreproducción irreversible en la que se está hundiendo el modo de producción capitalista desde hace dos décadas. Sucesivamente, la explosión de la deuda del Tercer mundo, tras la recesión de 1973-74, luego la de la deuda norteamericana (tanto interna como externa) tras la recesión de 1981-82, permitieron que la economía mundial limitara las manifestaciones directas, y sobre todo ocultara las evidencias, de la sobreproducción. Hoy, las medidas draconianas que se dispone a aplicar la burguesía USA significan la entrada en vía muerta de la «locomotora» norteamericana que había arrastrado a la economía mundial en los años 80. El mercado interno de Estados Unidos se está cerrando cada día más y de modo irreversible. Y si no es gracias a una mejor competitividad de las mercancías made in USA, el cierre se hará mediante un incremento sin precedentes del proteccionismo, del que Clinton, en cuanto subió al poder, ya ha dado alguna idea (aumento de aranceles para los productos agrícolas, el acero, los aviones, bloqueo de los mercados públicos...). Por lo tanto, la única perspectiva que tiene ante sí el mercado mundial es la de un estrechamiento creciente e irremediable. Y eso tanto más porque está enfrentado a una crisis catastrófica del crédito, crisis plasmada en las quiebras bancarias cada día más numerosas: a fuerza de abusar hasta el delirio del endeudamiento, el sistema financiero internacional está al borde de la explosión, la cual acabaría precipitando, en una auténtica Apocalipsis, el desplome de los mercados y de la producción.
13. Otro factor que viene a agravar el estado de la economía mundial es el caos creciente que está cundiendo en las relaciones internacionales. Cuando el mundo vivía bajo la campana de los dos gigantes imperialistas, la necesaria disciplina que debían respetar los aliados dentro de cada bloque no sólo se plasmaba en lo militar y diplomático, sino también en lo económico. En el caso del bloque occidental, mediante estructuras como la OCDE, el FMI, el G7, los aliados, que eran además los principales países avanzados, habían establecido, bajo la batuta del jefe americano, una coordinación de sus políticas económicas y un modus vivendi para contener sus rivalidades comerciales. Hoy, la desaparición del bloque occidental, consecuencia del desmoronamiento del oriental, ha asestado un golpe decisivo a esa coordinación, por mucho que sigan existiendo las antiguas estructuras, dejando cancha libre a la agudización del «cada uno por su cuenta» en las relaciones económicas. Concretando, las guerras comerciales van a seguir desencadenándose con mayor violencia, de modo que agravarán todavía más las dificultades y la inestabilidad de la economía mundial que las habían originado. Eso es lo que plasma la parálisis actual en las negociaciones del GATT. Éstas debían oficialmente servir para limitar el proteccionismo entre los «socios» favoreciendo así los intercambios mundiales y, por ende, la producción de las economías nacionales. El que esas negociaciones se hayan convertido en una merienda de hienas, en las que los antagonismos imperialistas se superponen a las simples rivalidades comerciales, acabará provocando el resultado inverso: mayor desorganización en los intercambios, incremento de las dificultades de las economías nacionales.
14. Así, la gravedad de la crisis ha alcanzado, en este inicio de la última década del milenio, un grado cualitativamente superior a todo lo que el capitalismo había conocido hasta hoy. El sistema financiero mundial camina al borde del abismo con el riesgo permanente de precipitarse en él. La guerra comercial se va a desatar a escalas nunca antes vistas. Y el capitalismo no va a encontrar nuevas «locomotoras» para sustituir la norteamericana hoy pura chatarra. En especial, los miríficos mercados que según parece iban a ser los países antiguamente dirigidos por regímenes estalinistas no habrán existido más que en la imaginación calenturienta de algunos sectores de la clase dominante (y también, hay que decirlo, de algunos grupos del medio proletario). El destartalamiento sin esperanzas de esas economías, la sima insondable que son para cualquier intento de inversión que se proponga enderezarlas, las convulsiones políticas que agitan a la clase dominante y que intensifican más la catástrofe económica, todos esos elementos indican que están hundiéndose en una situación parecida a la del Tercer mundo, de modo que, lejos de llegar a ser un balón de oxigeno para las economías más desarrolladas, acabarán siendo un fardo cada día más pesado para ellas. Y en fin, aunque en dichas economías desarrolladas la inflación pueda ser contenida como hasta ahora está ocurriendo, eso no es expresión ni mucho menos de que hayan superado las dificultades económicas que la originan. Es, al contrario, la expresión de la reducción dramática de los mercados que ejerce una poderosa presión a la baja en el precio de las mercancías. Las expectativas de la economía mundial son pues la de una caída creciente de la producción con el abandono en el trastero de una parte cada vez más importante del capital invertido (quiebras en cadena, desertización industrial, etc.) y una reducción drástica del capital variable, lo cual significa, para la clase obrera, además de los ataques en aumento contra todos los aspectos del salario, despidos masivos, un aumento sin precedentes del desempleo.
15. Los ataques capitalistas de toda índole que hoy se desencadenan, y no harán sino acentuarse, están golpeando a un proletariado sensiblemente debilitado durante los tres últimos años, un debilitamiento que ha afectado tanto a su conciencia como a su combatividad.
Fue el hundimiento de lo regímenes estalinistas de Europa y la dislocación de todo el bloque del Este a finales de 1989 lo que ha sido el factor esencial del retroceso de la conciencia en el proletariado. La identificación, por todos los sectores de la burguesía, durante medio siglo, de esos regímenes con el «socialismo», el que esos regímenes no hayan caído bajo los golpes de la lucha de la clase obrera, sino como consecuencia de la implosión de su economía, ha permitido que se haya dado rienda suelta a unas campañas masivas sobre la «muerte del comunismo», sobre la «victoria definitiva de la economía liberal» y de la «democracia», sobre la perspectiva de un «nuevo orden mundial» hecho de paz, prosperidad y respeto del «Derecho». Cierto es que la gran mayoría de los proletarios de las grandes concentraciones industriales hacía ya mucho tiempo que habían dejado de hacerse ilusiones sobre los pretendidos «paraísos socialistas». Pero la estrepitosa y vergonzante desaparición de los regímenes estalinistas ha asestado, sin embargo, un duro golpe a la idea de que pueda existir en este mundo otra cosa que el sistema capitalista, y que la acción del proletariado pueda conducir a una alternativa a este sistema. Y ese golpe a la conciencia en la clase obrera se ha agravado con la explosión de la URSS tras el golpe fallido de agosto de 1991, una explosión que ha afectado al país que había sido escenario de la revolución proletaria de principios de siglo.
Por otro lado, la crisis del Golfo a partir del verano del 90, la operación «Tempestad del desierto» a principios del 91, engendraron un profundo sentimiento de impotencia entre los proletarios, los cuales se veían totalmente incapaces de actuar o influenciar en unos acontecimientos de cuya gravedad eran conscientes, pero que parecían ser de la incumbencia exclusiva de «los de arriba». Este sentimiento ha contribuido poderosamente en el debilitamiento de la combatividad obrera en un contexto en el que tal combatividad había quedado alterada, aunque en menor grado, por los acontecimientos del Este del año anterior. Y ese debilitamiento de la combatividad se ha visto agravado por la explosión de la URSS como también por el desarrollo en el mismo momento de los enfrentamientos en lo que fuera Yugoslavia.
16. Los acontecimientos que se han precipitado tras el desmoronamiento del bloque del Este, aportando, sobre una serie de temas, un mentís a las campañas burguesas de 1989, han minado una parte de las mentiras con las que se había abrumado a la clase obrera. La crisis y la guerra del Golfo empezaron ya desmintiendo decisivamente las ilusiones sobre la «era de paz» que se iba a instaurar y que Bush había proclamado cuando se desplomó su rival imperialista del Este. Además, el comportamiento criminal de la «gran democracia» americana y de sus secuaces, las matanzas perpetradas sobre soldados irakíes y la población civil le han quitado la careta a las mentiras sobre la «superioridad» de la «democracia», sobre la victoria del «derecho de las naciones» y los «derechos humanos». En fin, la agravación catastrófica de la crisis, la recesión abierta, las quiebras, las pérdidas registradas por empresas consideradas más prósperas, los despidos masivos en todos los sectores y especialmente en dichas empresas, la inexorable subida del desempleo, expresiones todas de las contradicciones insuperables con que tropieza la economía capitalista, están desmintiendo una tras otra todas las patrañas sobre la «prosperidad» del sistema capitalista, sobre su capacidad para superar las mismas dificultades que provocaron el desplome de su rival pretendidamente «socialista». La clase obrera no ha digerido todavía todos los golpes que recibió en su conciencia en el período precedente. En especial, la idea de que pueda existir una alternativa al capitalismo no se desprende automáticamente de la comprobación creciente de la quiebra del sistema, pudiendo muy bien desembocar en desesperanza. En el seno de la clase, sin embargo, se están desarrollando las condiciones de un rechazo de las mentiras de la burguesía y de un cuestionamiento en profundidad.
17. La reflexión en la clase obrera está produciéndose en un momento en el que se acumulan los ataques capitalistas y en el que la brutalidad de éstos la obligan a despertarse de la somnolencia que la ha invadido en los últimos años. Una tras otra, ha habido:
– la explosión de combatividad obrera en Italia durante el otoño de 1992, una combatividad que no se ha apagado desde entonces;
– en un menor grado, pero significativo, las manifestaciones masivas de obreros ingleses durante el mismo período ante el anuncio del cierre de la mayoría de las minas;
– la combatividad expresada por los proletarios de Alemania al final de este invierno, consecuencia de los despidos masivos, sobre todo en lo que ha sido uno de los símbolos de la industria capitalista, el Rhur;
– otras manifestaciones de combatividad obrera, de menor envergadura pero que se han multiplicado en varios países de Europa, particularmente en España, frente a planes de austeridad cada vez más draconianos;
esas expresiones de la combatividad han evidenciado que el proletariado está soltándose de las amarras que lo tenían agarrotado desde hace cuatro años, que se está liberando de la parálisis que le hizo soportar sin reaccionar los ataques de la burguesía. Es así como la situación actual se distingue fundamentalmente de la que habíamos descrito en nuestro anterior congreso en el cual teníamos que hacer constar que: «... los aparatos de izquierda de la burguesía han intentado desde hace varios meses lanzar movimientos de lucha prematuras para entorpecer la reflexión (en el seno del proletariado) y sembrar más confusión en las filas obreras». El ambiente de impotencia que ha imperado en la mayoría de los proletarios y que ha favorecido las maniobras de la burguesía de provocar luchas minoritarias abocadas al aislamiento está dejando el sitio a la voluntad de enfrentarse a la burguesía y responder con determinación a sus ataques.
18. Así, desde ahora ya, el proletariado de los principales países industriales está levantando cabeza confirmándose así lo que la CCI no ha dejado de decir: «El proletariado mundial sigue teniendo en sus manos las llaves del futuro» y anunciaba con confianza: «Y es precisamente porque el curso histórico no ha sido trastornado, y la burguesía no ha logrado con sus múltiples campañas y maniobras asestar una derrota decisiva al proletariado de los países avanzados y encuadrarlo tras sus banderas, por lo que el retroceso sufrido por éste, tanto en su conciencia como en su combatividad, será necesariamente superado.». Sin embargo, la reanudación del combate de clase se anuncia difícil. Las primeras tentativas del proletariado desde el atoño del 92 evidencian que todavía está sufriendo el peso del retroceso. En gran parte, la experiencia, las lecciones adquiridas durante las luchas de mediados de los años 80 no han sido repropiadas por la mayoría de los obreros. La burguesía, en cambio, sí que ha dado pruebas ya de que había sacado las lecciones de los combates anteriores:
– montando, desde hace ya tiempo, una serie de campañas para que los obreros pierdan confianza en su identidad de clase, especialmente las campañas antifascistas y antiracistas así como otras campañas cuyo objetivo es saturarles el cerebro con el nacionalismo;
– anticipándose con celeridad, gracias a los sindicatos, a las expresiones de combatividad;
– radicalizando el lenguaje de esos órganos de encuadramiento de la clase obrera;
– dando de entrada, cuando y donde sea necesario como en Italia, un papel de primer plano al sindicalismo de base;
– organizando o preparando, en cierto número de países, la salida del gobierno de los partidos «socialistas» para que éstos hagan mejor el papel en la oposición;
– procurando evitar, mediante una planificación internacional de sus ataques, un desarrollo simultáneo de luchas obreras en diferentes países;
– organizando un black-out sistemático de éstas.
Además, la burguesía ha sido capaz de utilizar el retroceso de la conciencia en la clase para introducir falsos objetivos y reivindicaciones en las luchas obreras (reparto del trabajo, «derechos sindicales», defensa de la empresa, etc.)
19. Pero, más en general, al proletariado le espera un largo camino que recorrer antes de ser capaz de afirmar su perspectiva revolucionaria. Tendrá que desmontar todas las clásicas trampas que, en su andadura, le tenderán sistemáticamente todas las fuerzas de la burguesía. Y al mismo tiempo tendrá que enfrentarse a todo ese veneno que la descomposición está inoculando en las filas obreras, veneno que utilizará cínicamente una clase dominante cuya capacidad de maniobra contra su enemigo mortal no se verá afectada por las dificultades políticas debidas a la descomposición:
– la atomización, el «arreglárselas» individualmente, el «cada cual a lo suyo», todo lo que tiende a minar la solidaridad y la identidad de clase y que, incluso en momentos de combatividad, favorecerá el corporativismo;
– la desesperanza, la ausencia de perspectiva que va a seguir pesando, aunque a la burguesía ya no se le presente una ocasión como la del desplome del estalinismo;
– el proceso de lumpenización causado por el ambiente en el que el paro masivo y de larga duración tiende a separar a una parte importante de desempleados, especialmente los más jóvenes, del resto de su clase;
– el incremento de la xenofobia, incluso en sectores obreros de cierta importancia, que, además, tendrá como consecuencia el retorno de las campañas antiracistas y antifascistas, destinadas no sólo a dividir a la clase obrera, sino también a arrastrarla tras la defensa del Estado democrático;
– las revueltas urbanas, ya sean espontáneas o provocadas por la burguesía (como así ocurrió con las de Los Ángeles en la primavera del 92), que serán utilizadas por la clase dominante para sacar al proletariado de su terreno de clase;
– las diferentes manifestaciones de la putrefacción de la clase dominante, la corrupción y la gansterización de su aparato político, lo cual, aunque sí hacen tambalear su crédito ante los obreros, también sirven para montar campañas de diversión a favor de un Estado «limpio» o «verde»;
– el espectáculo de la barbarie inmensa en la que se hunde no sólo el Tercer mundo sino incluso una parte de Europa, como la ex Yugoslavia, lo cual es campo abonado para todo tipo de campañas «humanitarias» cuyo objetivo es, primero, culpabilizar a los obreros, hacerles aceptar la degradación de sus propias condiciones de vida, pero también, justificándolas, tapar con tupido y púdico velo las acciones imperialistas de las grandes potencias.
20. Este último aspecto de la situación actual pone de relieve la complejidad de la cuestión de la guerra como factor en la concientización del proletariado. Esta complejidad ya ha sido analizada por las organizaciones comunistas en el pasado, y en particular por la CCI. En lo esencial, la complejidad estriba en que, aunque es cierto que la guerra es una de las expresiones de mayor importancia de la decadencia del capitalismo, símbolo de lo absurdo de un sistema agonizante e indicador de la necesidad de derrocarlo, su impacto en la conciencia en la clase obrera depende estrechamente de las circunstancias en las que se desencadena. La guerra del Golfo de hace dos años, por ejemplo, fue una contribución importante para que los obreros de los países avanzados (implicados casi todos ellos en dicha guerra, directa o indirectamente) superaran las ilusiones sembradas por la burguesía el año anterior, lo cual sirvió para esclarecer la conciencia de los proletarios. La guerra en la ex Yugoslavia, en cambio, no ha contribuido en nada para esclarecer la conciencia en el proletariado, y eso lo confirma el que la burguesía ni siquiera se ha sentido obligada a organizar manifestaciones pacifistas, y eso que varios países avanzados, Francia y Gran Bretaña por ejemplo, ya han mandado allá miles de hombres. Lo mismo ocurre con la intervención masiva del gendarme USA en Somalia. Aparece así evidente que cuando el juego sucio del imperialismo puede ocultarse tras cortinas «humanitarias», o sea mientras puede presentar sus intervenciones guerreras como algo destinado a aliviar a la humanidad de las calamidades resultantes de la descomposición capitalista, entonces resulta imposible que las grandes masas obreras puedan aprovecharse de la ocasión, en el período actual, para reforzar su conciencia y su determinación de clase. No podrá la burguesía, sin embargo, ocultar, en todas las circunstancias, el rostro criminal de su guerra imperialista con la careta de las «buenas obras». La inevitable agravación de los antagonismos entre las grandes potencias las obligará con o sin pretexto «humanitario» (como se vio en la guerra del Golfo) a intervenir de modo cada vez más directo, masivo y asesino, lo cual es, en fin de cuentas, una de las principales características de todo el período de decadencia del capitalismo. Y esto acabará abriéndoles los ojos a los proletarios sobre lo que de verdad hoy está en juego. Con la guerra ocurre como con las demás expresiones del atolladero capitalista: cuando se deben específicamente a la descomposición del sistema, aparecen hoy como un obstáculo a la toma de conciencia en la clase; sólo cuando son una manifestación general de la decadencia del capitalismo pueden ser un factor positivo en dicha concientización. Esta posibilidad se irá haciendo cada día más realizable a medida que la gravedad de la crisis y de los ataques burgueses, al igual que el desarrollo de las luchas obreras, permitan a las masas proletarias identificar la estrecha relación que hay entre el atolladero en que se encuentra la economía capitalista y su caída en la mayor de las barbaries guerreras.
21. Es así como la evidencia de la crisis mortal del modo de producción capitalista, expresión primera de su decadencia, las terribles consecuencias que acarreará para todos los sectores de la clase obrera, la necesidad para ésta de entablar su lucha contra esas consecuencias (lucha que, por cierto, ya ha iniciado), todo ello va a ser un poderoso factor de toma de conciencia. La agravación de la crisis hará aparecer con mayor claridad que la tal crisis no se debe a una «mala gestión» y que los burgueses «virtuosos» y los Estados «limpios» son tan incapaces como los otros para superarla, pues la crisis es la expresión del mortal callejón sin salida en que está metido el capitalismo entero. El despliegue masivo de los combates obreros va a ser un eficaz antídoto contra los miasmas de la descomposición, permitiendo superar progresivamente, mediante la solidaridad de clase que esos combates llevan en sí, la atomización, el «cada uno para sí» y todas las divisiones que lastran al proletariado entre categorías, gremios, ramos, entre emigrantes y «del país», entre desempleados y quienes tienen un empleo. A causa de los efectos de la descomposición, los obreros en paro no pudieron, con pocas excepciones, entrar en lucha durante la década pasada, contrariamente a lo que sucedió en los años 30. Y contrariamente a lo podía preverse, tampoco podrán en el futuro desempeñar un papel de vanguardia comparable al de los soldados en la Rusia de 1917. Pero el desarrollo masivo de las luchas proletarias sí permitirá que los obreros en paro, sobre todo en las manifestaciones callejeras, se unan al combate general de su clase. Y esto será tanto más posible porque, entre ellos, la proporción de quienes ya han tenido una experiencia de trabajo asociado y de lucha en el lugar de trabajo será cada día mayor. Más en general, el desempleo ya no es un problema «particular» de quienes carecen de trabajo, sino que es algo que está afectando y que concierne a la clase obrera entera pues aparece ya como la trágica expresión de la evidencia cotidiana que es la bancarrota histórica del capitalismo. Por eso, los combates venideros permitirán al proletariado como un todo tomar plena conciencia de esa bancarrota.
22. Y también, y sobre todo, gracias a esos combates contra los ataques incesantes a sus condiciones de vida, el proletariado deberá superar las secuelas del hundimiento del estalinismo, pues este acontecimiento ha significado un golpe de una extrema violencia contra la comprensión misma de su perspectiva, contra la conciencia de que pueda existir una alternativa revolucionaria a la sociedad capitalista moribunda. Esos futuros combates «volverán a dar confianza a la clase obrera, le recordarán que ella es, ya desde ahora, una fuerza considerable en la sociedad y permitirán a una masa cada día mayor de obreros volver a encarar la perspectiva del derrocamiento del capitalismo.» («Resolución sobre la situación internacional», Revista internacional nº 70, marzo de 1992). Cuanto más presente esté esa perspectiva en la conciencia obrera, tantas más posibilidades tendrá la clase para desmontar las trampas de la burguesía, para desarrollar con plenitud sus luchas, para apropiarse de ellas en sus manos, para extenderlas, para generalizarlas. Para desarrollar esa perspectiva, la clase obrera no sólo tiene ante sí la obligación de recuperarse de la desorientación sufrida en el período reciente y volver a hacer suyas las lecciones de sus combates de los años 80; tendrá que reanudar el hilo histórico de sus tradiciones comunistas. La importancia primordial de ese desarrollo de su conciencia no hace sino subrayar la enorme responsabilidad que incumbe a la minoría revolucionaria en el período actual. Los comunistas deben ser parte activa de todos los combates de clase, para impulsar sus potencialidades, favorecer lo mejor posible la recuperación de la conciencia del proletariado corroída por el hundimiento del estalinismo, contribuir en el retorno de la confianza en sí mismo y poner en evidencia la perspectiva revolucionaria que esos combates contienen implícitamente. Eso debe acompañarse de la denuncia de la barbarie militarista del capitalismo decadente y, más globalmente, de la permanente advertencia contra la amenaza que este sistema en descomposición hace planear sobre la supervivencia misma de la humanidad. La intervención decidida de la vanguardia comunista es la condición indispensable para el éxito definitivo del combate de la clase proletaria.
CCI
[1] Se comprueba así una vez más que los antagonismos imperialistas no recubren automáticamente las rivalidades comerciales. Es cierto que, tras el hundimiento del bloque del Este, el mapa imperialista mundial está hoy en mayor correspondencia con las rivalidades comerciales, lo cual permite a un país como EEUU utilizar, en las negociaciones del GATT por ejemplo, su potencia económica y comercial como instrumento de chantaje contra sus ex aliados. La CEE podía ser un instrumento del bloque imperialista dominado por la potencia norteamericana y favorecer a la vez la competencia comercial de sus miembros contra esa potencia. De igual modo, países como Gran Bretaña y Holanda pueden perfectamente apoyarse hoy en la Unión europea para hacer valer sus intereses comerciales frente a Estados Unidos aún siendo los representantes de los intereses imperialistas de EEUU en Europa.
¿Quién podrá cambiar el mundo? (segunda parte)
En la primera parte de este artículo despejábamos las razones por las cuales el proletariado es la clase revolucionaria en la sociedad capitalista. Vimos por qué es la única fuerza capaz, al instaurar una nueva sociedad liberada de la explotación y capaz de satisfacer plenamente las necesidades humanas, de resolver las contradicciones insolubles que están socavando el mundo actual. Esta capacidad del proletariado, ya puesta en evidencia desde el siglo pasado, especialmente por la teoría marxista, no es el simple resultado del grado de miseria y opresión que sufre cotidianamente. Tampoco se basa, ni mucho menos, en no se sabe qué «inspiración divina» que convertiría al proletariado en el «Mesías de los tiempos modernos», como así pretenden que sería el «mensaje marxista» algunos ideólogos burgueses. Esa capacidad se basa en condiciones muy concretas y materiales: el lugar específico que ocupa la clase obrera en las relaciones de producción capitalistas, su estatuto de productor colectivo de lo esencial de la riqueza social y de clase explotada por esas mismas relaciones de producción. Ese lugar ocupado en el capitalismo no permite a la clase obrera, contrariamente a otras clases y capas explotadas que subsisten en la sociedad (como el pequeño campesinado por ejemplo), aspirar a una vuelta atrás. La obliga a mirar hacia el porvenir, hacia la abolición del salariado y la edificación de la sociedad comunista.
Todos esos elementos no son nuevos. Forman parte del patrimonio clásico del marxismo. Sin embargo, uno de los medios más pérfidos con los que la ideología burguesa intenta desviar al proletariado de su proyecto comunista, es la de convencerlo que estaría en vías de extinción, cuando no que ya ha desparecido. La perspectiva revolucionaria a lo mejor tenía sentido cuando los obreros industriales eran la inmensa mayoría de los asalariados, pero con la reducción actual de esa categoría, tal perspectiva ha caducado. Hay que reconocer que semejantes discursos no sólo hacen mella en los obreros menos conscientes, sino también en algunos grupos que se reivindican del comunismo. Razón de más para luchar con firmeza contra tales cuentos.
Las «teorías» burguesas sobre la «desaparición del proletariado» ya vienen de lejos. Durante algunas décadas, se basaban en que el nivel de vida de los obreros conocía ciertas mejoras. La posibilidad para éstos de adquirir bienes de consumo antes reservados a la burguesía grande o pequeña significaría la desaparición de la condición obrera. Ya en aquellos años, esas «teorías» eran puro humo: cuando el automóvil, el televisor o la nevera, gracias al incremento de la productividad del trabajo humano, se volvieron mercancías relativamente baratas, cuando además, se hicieron indispensables debido a la evolución del contexto vital de los obreros([1]), el hecho de poseer esos artículos no significa en absoluto librarse de la condición obrera, ni siquiera estar menos explotado. En realidad, el grado de explotación de la clase obrera nunca ha estado determinado por la cantidad o la naturaleza de los bienes de consumo de que puede disponer en un momento dado. Ya desde hace tiempo, Marx y el marxismo han aportado una respuesta a esa cuestión: a grandes rasgos el poder de consumo de los asalariados corresponde al precio de su fuerza de trabajo, es decir a la cantidad de bienes necesarios para la reconstitución de dicha fuerza de trabajo. Lo que busca el capitalista cuando paga un salario al obrero es procurar que éste siga participando en el proceso productivo en las mejores condiciones de rentabilidad para el capital. Esto supone que el trabajador logre no sólo alimentarse, vestirse y alojarse, sino también descansar y adquirir la calificación necesaria para hacer funcionar unos medios de producción en evolución constante.
La instauración de las vacaciones pagadas y su incremento en días que se ha ido produciendo a lo largo de este siglo en los países desarrollados no se deben ni mucho menos a no se sabe qué «filantropía» de la burguesía. Se han hecho necesarias por el impresionante aumento de la productividad del trabajo y, por lo tanto, de los ritmos de dicho trabajo y de la vida urbana en su conjunto, característico de nuestros tiempos. De igual modo, lo que gustan presentarnos como otra manifestación de lo bondadosa que es la clase dominante, la desaparición (relativa) del trabajo de los niños y la escolaridad alargada, se deben esencialmente, y eso antes de haberse convertido en un tapadera del desempleo, a la necesidad para el capital de disponer de una mano de obra adaptada a las exigencias de una producción de tecnología cada vez más compleja. Además, en el «aumento» del salario del que tanto alardea la burguesía, especialmente desde la Segunda guerra mundial, ha de tenerse en cuenta que los obreros deben mantener a sus hijos durante bastantes más años que antes. Cuando los niños iban a trabajar a los doce años o menos, aportaban durante unos cuantos años un sueldo de apoyo en la familia obrera antes de fundar un nuevo hogar. Con una escolaridad hasta los 18 años, ese apoyo ha desaparecido prácticamente. Dicho en otras palabras, los «aumentos» salariales también han sido, y en gran parte, uno de los medios mediante los cuales el capitalismo prepara el relevo de la fuerza de trabajo para las nuevas condiciones de la tecnología.
Durante cierto tiempo el capitalismo de los países desarrollados ha podido dar la ilusión de haber reducido los niveles de explotación de sus asalariados. En los hechos, la tasa de explotación, o sea la relación entre la plusvalía producida por el obrero y el salario que recibe([2]), se ha incrementado continuamente. Eso es lo que Marx llamaba pauperización «relativa» de la clase obrera como tendencia permanente en el capitalismo. Durante los años que la burguesía de algunos países europeos ha bautizado «los treinta gloriosos» (los años de relativa prosperidad del capitalismo correspondientes a la reconstrucción de la segunda posguerra), la explotación del obrero se ha incrementado continuamente, por mucho que eso no se haya plasmado en una baja del nivel de vida. Pero ya no se trata hoy de una pauperización simplemente relativa. Se acabaron las «mejoras» de sueldo para los obreros en los tiempos que corren y la pauperización absoluta, cuya desaparición definitiva habían anunciado todos los tenores de la economía burguesa, ha hecho una brusca reaparición en los países más «ricos». Ahora que la política de todos los sectores nacionales de la burguesía ante la crisis es la de asestar golpes y más golpes al nivel de vida de los proletarios, con el desempleo, la reducción drástica de las prestaciones «sociales» e incluso las bajas del salario nominal, todas aquellos estúpidos análisis sociológicos sobre la «sociedad de consumo» y «el emburguesamiento» de la clase obrera se han derrumbado por sí mismos. Por eso, ahora, el discurso sobre la «extinción del proletariado» ha cambiado de argumentos y, cada vez más, se apoya sobre todo en las modificaciones que han ido afectando a las diferentes partes de la clase obrera y, especialmente, la reducción de los efectivos industriales, de la proporción de obreros «manuales» en la masa total de los trabajadores asalariados.
Semejantes discursos se basan en una grosera falsificación del marxismo. El marxismo nunca ha limitado el proletariado al proletariado industrial o «manual». Es cierto que en tiempos de Marx la mayoría de la clase obrera estaba formada por obreros llamados «manuales». Pero en todas las épocas ha habido en el proletariado sectores que exigían una tecnología sofisticada o conocimientos intelectuales importantes. Algunos oficios tradicionales, como los practicados por algunos gremios, exigían un largo aprendizaje. De igual modo, oficios como el de los correctores de imprenta, exigían una preparación importante que los asimilaban a los «trabajadores intelectuales». Y esto no impidió, ni mucho menos, que estos trabajadores se encontraran muy a menudo en la vanguardia de las luchas obreras. De hecho, esa oposición entre «cuellos azules» y «cuellos blancos» o «mono azul» y «bata blanca» es uno de esos cortes que tanto gustan a los sociólogos y a los burgueses que los emplean y que sirven para dividir a los obreros. Esa oposición no es nueva ni mucho menos, al haber comprendido la clase dominante el partido que podía sacar de hacer creer a muchos empleados que no pertenecerían a la clase obrera. En realidad, la pertenencia o no a la clase obrera no depende de criterios sociológicos, y menos todavía ideológicos, o sea, de la idea que de su condición se hace tal o cual proletario e incluso toda una categoría de proletarios. Son fundamentalmente criterios económicos los que determinan tal pertenencia.
Fundamentalmente, el proletariado es la clase explotada específica de las relaciones de producción capitalista. Se deducen de ello, como ya vimos en la primera parte de este artículo, los criterios siguientes: «A grandes rasgos... el estar privado de medios de producción y estar obligado, para vivir, a vender su fuerza de trabajo a quienes los poseen y aprovechan ese intercambio para apropiarse de una plusvalía, determina la pertenencia a la clase obrera». Sin embargo, frente a todas las falsificaciones que, de manera interesada, se han infiltrado en esa cuestión, hay que precisar esos criterios.
Cabe decir, en primer lugar, que si bien es necesario ser asalariado para pertenecer a la clase obrera, no es, sin embargo, suficiente. De lo contrario los policías, los curas, algunos directores generales de grandes empresas (especialmente de las públicas) y hasta los ministros serían gente explotada y, potencialmente, compañeros de lucha de aquellos a quienes reprimen, embrutecen y hacen trabajar y que cobran sueldos diez o cien veces más bajos([3]). Por eso es indispensable señalar que una de las características del proletariado es la de producir plusvalía. Y esto significa dos cosas:
– el sueldo de un proletario no supera cierto nivel([4]) por encima del cual tal sueldo no podría sino proceder de la plusvalía extraída a otros trabajadores;
– un proletario es un productor real de plusvalía y no un agente asalariado del capital cuya función es hacer reinar el orden capitalista entre los productores.
Entre el personal de una empresa, por ejemplo, ciertos ejecutivos técnicos (e incluso ingenieros de proyectos) cuyo salario no supera demasiado el de un obrero cualificado, pertenecen a la misma clase que éste, mientras que aquellos cuyo sueldo se acerca más bien al del patrono, aunque no tengan una función de encuadramiento de la mano de obra, no forman parte de la clase obrera. De igual modo, en tal o cual empresa, este o aquel «jefezuelo» o «agente de seguridad» cuyo sueldo es a lo mejor más bajo que el de un técnico e incluso de un obrero cualificado pero cuya función es la de un «capo» de presidio industrial, no podrá considerarse como perteneciente al proletariado.
Por otro lado, formar parte de la clase obrera no implica necesariamente participar directa e inmediatamente en la producción de plusvalía. El personal docente que educa al futuro productor, la enfermera, e incluso en médico asalariado (cuyo sueldo es a veces menor que el del obrero cualificado), que «repara» la fuerza de trabajo de los obreros (por mucho que también cure a policías, curas, responsables sindicales, o hasta ministros) pertenecen sin lugar a dudas a la clase obrera tanto como el cocinero de un comedor de empresa. Eso no quiere decir, claro está, que también sea así con un cacique de la universidad o la enfermera que se ha instalado por su cuenta. Hay que precisar sin embargo que el hecho que los miembros del personal docente, incluidos los maestros cuya situación económica no es precisamente de lo más boyante en general, sean consciente o inconscientemente, voluntaria o involuntariamente, unos de los transmisores de los valores ideológicos de la burguesía, no los excluye de la clase explotada y revolucionaria como tampoco, por ejemplo, los obreros metalúrgicos que fabrican las armas([5]). Puede además comprobarse que, a lo largo de toda la historia del movimiento obrero, los enseñantes (especialmente los maestros de escuela) han proporcionado cantidades importantes de militantes revolucionarios. De igual modo, los obreros de los arsenales de Kronstadt formaban parte de la vanguardia de la clase obrera durante la revolución de octubre de 1917.
Hay que reafirmar también que la gran mayoría de los empleados también pertenecen a la clase obrera. Si tomamos el ejemplo de una administración como la de Correos, a nadie se le ocurrirá decir que los mecánicos que hacen el mantenimiento de los camiones postales o quienes los conducen, de igual modo que quienes transportan las sacas de correos, no pertenezcan al proletariado. No es difícil comprender, a partir de ahí, que sus compañeros que reparten el correo o despachan en las ventanillas para franquear los paquetes o pagar los giros postales están en la misma situación. Del mismo modo, los empleados de banca, los agentes de las compañías de seguros, los pequeños funcionarios de la seguridad social o de los impuestos, cuyo estatuto viene a ser equivalente al de aquéllos, también pertenecen a la clase obrera. Ni siquiera puede argüirse que éstos tendrían mejores condiciones de trabajo que los obreros de la industria, que un ajustador o un fresador por ejemplo. Trabajar un día entero detrás de una ventanilla o ante una pantalla de ordenador no es menos penoso, por muy limpias que queden las manos, que hacer funcionar una máquina-herramienta. Además, el carácter asociado de su trabajo, que es uno de los factores objetivos de la capacidad del proletariado tanto para llevar a cabo su lucha de clase como la de derrocar al capitalismo, no es en absoluto puesto en entredicho por las condiciones modernas de la producción. Al contrario, no cesa de acentuarse.
Y también, debido a la elevación del nivel tecnológico de la producción, ésta exige una cantidad en incremento de lo que la sociología y las estadísticas llaman «cuadros» (técnicos e incluso ingenieros), de modo que la mayoría de ellos comprueban, como hemos dicho antes, que su estatuto social, cuando no sus sueldos, se acercan al de los obreros cualificados. En este caso, no se trata en absoluto de un fenómeno de desaparición de la clase obrera en beneficio de las «capas medias», sino más bien de un fenómeno de proletarización de éstas([6]). Por eso, los discursos sobre la «desaparición del proletariado» debida al incremento constante de empleados o de «cuadros» con relación a los obreros «manuales» de la industria no tienen otro objetivo sino el de embaucar y desmoralizar a unos y a los otros. Nada cambia el hecho de que los autores de esos discursos se los crean o no, pues siempre servirán eficazmente a la burguesía aún siendo unos imbéciles incapaces de preguntarse quién habrá fabricado el bolígrafo con el que están escribiendo sus sandeces.
Para desmoralizar a los obreros, la burguesía no juega una única carta. Para quienes no se crean lo de la «desaparición de la clase obrera» tiene a sus especialistas en el tema «la clase obrera está en crisis». Uno de los argumentos definitivos de esta crisis sería la pérdida de audiencia que los sindicatos han sufrido en las últimas décadas. No vamos a desarrollar en este artículo nuestro análisis sobre la naturaleza burguesa del sindicalismo bajo todas sus formas. De hecho, es la propia experiencia cotidiana de la clase obrera del sabotaje sistemático y permanente de sus luchas por parte de organizaciones que pretenden defenderla, la que se encarga, día tras día, de demostrarlo([7]). Es precisamente esa experiencia de los obreros la primera responsable de ese rechazo. Y por eso mismo ese rechazo no es ni mucho menos una «prueba» de no se sabe qué crisis de la clase obrera, sino, al contrario y ante todo, una demostración de cierta toma de conciencia en su seno. Un ejemplo, entre miles, de lo que afirmamos es la actitud de los obreros en dos grandes movimientos ocurridos en el mismo país, Francia, en un intervalo de 32 años. Al final de las huelgas de mayo-junio de 1936, en plena época de la contrarrevolución que siguió a la oleada revolucionaria de la primera posguerra mundial, los sindicatos se beneficiaron de un movimiento de adhesiones sin precedentes. En cambio, al final de la huelga generalizada de mayo de 1968, que fue la señal de la reanudación histórica de los combates de clase y del final del período contrarrevolucionario, lo relevante fue la cantidad de dimisiones de los sindicatos y el montón de carnés hechos trizas.
El argumento de la desindicalización como prueba de las dificultades que tendría el proletariado es uno de los indicios más seguros de que quien utiliza semejante argumento pertenece al campo burgués. Tal argumento es parecido al de la pretendida naturaleza «socialista» de los regímenes estalinistas. La historia ha demostrado, sobre todo tras la Segunda guerra mundial, la amplitud de los estragos en las conciencias obreras de esa mentira propalada por todos los sectores de la burguesía, de derechas, de izquierdas y de extrema izquierda (estalinistas y trotskistas). En estos últimos años, hemos podido comprobar de qué modo ha sido utilizado el estalinismo como «prueba fehaciente» de la quiebra definitiva de cualquier perspectiva comunista. El modo de uso de la mentira de la «naturaleza obrera de los sindicatos» es, en parte, similar: en un primer tiempo, sirve para alistar a los obreros tras el Estado capitalista; en un segundo tiempo, se hace de ellos un instrumento para desmoralizarlos y desorientarlos. Existe, sin embargo, una diferencia de impacto entre esas dos mentiras. Al no haber sido el resultado de las luchas obreras, el desmoronamiento de los regímenes estalinistas ha podido ser utilizado con eficacia contra el proletariado; en cambio, el desprestigio de los sindicatos es esencialmente resultado de esas mismas luchas obreras, lo cual limita su impacto como factor de desmoralización. Por esta razón es por la que la burguesía ha hecho además surgir un sindicalismo «de base» encargado de tomar el relevo del sindicalismo tradicional. Y por esa razón también ha hecho la promoción de ideólogos de aires más «radicales» encargados de propagar el mismo estilo de mensaje.
Y es así como hemos podido ver florecer, promocionados por la prensa([8]), análisis como los del francés Don Alain Bihr, doctor en sociología y autor, entre otras producciones, de un libro titulado Du Grand soir à l'alternative: la crise du mouvement ouvrier européen (Del Gran día a la alternativa: la crisis del movimiento obrero europeo). En sí, las tesis del citado doctor tienen muy poco interés. El hecho, sin embargo, de que dicho doctor ande merodeando desde hace algún tiempo por los ámbitos que se reivindican de la izquierda comunista, de entre los cuales algunos no tienen el menor reparo en tomar a cuenta propia (de manera «crítica», eso sí) los «análisis» de aquél([9]), nos incita a poner de relieve el peligro que tales análisis representan.
El Señor Bihr se presenta como un genuino defensor de los intereses obreros. De ahí que no pretenda que la clase obrera estaría en vías de desaparición. Empieza afirmando, al contrario, que: «... las fronteras del proletariado se extienden hoy en día mucho más lejos que el tradicional “mundo obrero”». Esto sirve, sin embargo, para hecer pasar el mensaje central: «Ahora bien, a lo largo de los quince años de crisis, en Francia como en la mayoría de los países occidentales, se asiste a una fragmentación creciente del proletariado, la cual, al poner en entredicho su unidad, ha tendido a paralizarlo como fuerza social»([10]).
La intención principal del doctor en sociología es, pues, demostrar que el proletariado «