Situación internacional
Desde Somalia a Angola, desde Venezuela a Yugoslavia, entre hambrunas y matanzas, entre golpes de Estado y guerras «civiles», el torbellino de la descomposición acelerada de todos los engranajes de la sociedad capitalista provoca cada día más estragos. Por todas partes, no sólo la prosperidad y la libertad prometidas no llegan nunca, sino que, además, el capitalismo instala su hierro y su fuego, desata el militarismo, reduce a las masas de la inmensa mayoría de la población mundial a la desesperación, a la miseria y a la muerte, y lleva a cabo ataques masivos contra las condiciones de existencia del proletariado en los grandes centros urbanos e industrializados.
El llamado «nuevo orden mundial» es en realidad el caos generalizado. Esto están obligados a reconocerlo hasta los más acérrimos defensores del orden imperante. Incluso, al no poder ocultar el deterioro actual, los diarios, las radios y televisiones de todos los países, todos esos voceros de las clases dominantes, se han puesto ahora a rivalizar en «poner al desnudo» la realidad. Escándalos políticos, genocidios étnicos, deportaciones, represiones y persecuciones raciales, pogromos y catástrofes de toda índole, epidemias y hambrunas, de todo hay. Pero, evidentemente, esos acontecimientos tristemente reales, no nos los van a explicar por lo que son en sus raíces, o sea, consecuencia de la crisis mundial del capitalismo([1]), sino que son presentados cual fatalidad imparable.
Cuando la propaganda muestra las hambrunas en Somalia, las matanzas de la «purificación étnica» en la ex Yugoslavia, las deportaciones y torturas a las poblaciones en las repúblicas del Sur de la ex URSS, los chanchullos de políticos y demás, está dando cuenta de la realidad de la descomposición actual. Pero lo hacen sin establecer la más mínima relación entre esos fenómenos, inoculando así un sentimiento de impotencia, entorpeciendo la toma de conciencia de que es el modo de producción capitalista en su conjunto el responsable de la situación, en todos sus aspectos más corruptos, y que, en primera fila, se encuentran las burguesías de los grandes países.
La descomposición es el resultado del bloqueo de todos los engranajes de la sociedad: la crisis general de la economía mundial, abierta hace ya 25 años y la ausencia de la menor perspectiva de solución de esa crisis. Las grandes potencias, que, con el derrumbamiento del estalinismo, pretendían abrir una «era de paz y de prosperidad» para el capitalismo, se ven en realidad arrastradas cada una por sus intereses de una forma desordenada, lo cual a la vez nutre e incrementa la disgregación social tanto dentro de cada país como internacionalmente.
En el plano interior de los países industrializados, las burguesías nacionales se esfuerzan por contener las expresiones de la descomposición, a la vez que las utilizan para reforzar la autoridad del Estado([2]). Eso es lo que hizo la burguesía de EEUU durante las revueltas de Los Ángeles de la primavera del 92: se permitió el lujo de controlar su explosión y extensión([3]). Eso también lo está haciendo la burguesía alemana, la cual, desde el otoño, está desarrollando una campaña sobre la «caza de extranjeros». La burguesía alemana controla los acontecimientos, cuando no los provoca bajo mano, para así hacer pasar las medidas de reforzamiento del «control de la emigración», o sea su propia «caza a los extranjeros». Intenta encuadrar a la población en general y a la clase obrera en particular, en la política del Estado, mediante el montaje de manifestaciones en defensa de la «democracia».
En el plano internacional, desde que desapareció la disciplina del bloque occidental, impuesta frente al bloque imperialista ruso, con la aceleración de la crisis que los golpea de lleno, en el corazón de la economía mundial, los países industrializados son cada vez menos «aliados». Se ven arrastrados a un enfrentamiento encarnizado entre sus intereses capitalistas e imperialistas opuestos. No van hacia no se sabe qué «paz». Están, en realidad, afilando sus tensiones militares.
Desde hace año y medio, Alemania ha andado echando leña al fuego en Yugoslavia, rompiendo el statu quo que aseguraba el dominio americano en el Mediterráneo, con su apoyo a una Eslovenia y a una Croacia «independientes». Estados Unidos intenta, desde el inicio del conflicto, frenar la extensión de una zona de influencia dominada por Alemania. Después de haber apoyado veladamente a Serbia, saboteando las «iniciativas europeas» que habrían consagrado el debilitamiento relativo de su hegemonía, los Estados Unidos han acelerado la cadencia.
La intervención militar norteamericana no aportará la «paz» a Somalia, como tampoco atajará las hambres que tantos estragos están causando en ese país como en tantos otros, en una de las regiones más desheredadas del mundo. Somalia no es sino un campo de entrenamiento de operaciones militares de mayor envergadura que los Estados Unidos están preparando y que están dirigidas en primer término contra las grandes potencias que pudieran poner en entredicho su supremacía en el escenario mundial, y en primer término, Alemania.
La «acción humanitaria» de las grandes potencias no es más que un pretexto para «ocultar los sórdidos intereses imperialistas que fundamentan su acción y por los cuales se pelean. Para cubrir, pues, con una cortina de humo su propia responsabilidad en la barbarie actual y justificar nuevas escaladas»([4]). En el raid de las fuerzas armadas estadounidenses en Somalia la miseria es lo de menos, el hambre y las matanzas que abruman a ese país les importa un rábano, del mismo modo que en la Guerra del Golfo de hace dos años, guerra en la que el destino de las poblaciones locales no contaba para nada, cuya situación, por otra parte, no ha hecho más que empeorar desde esa primera «victoria» del «nuevo orden mundial».
Desde hace dos años se ha ido relajando la disciplina impuesta a todos por la «coalición» bajo la batuta norteamericana en la guerra del Golfo. Estados Unidos tiene cada día más dificultades para mantener su «orden mundial», orden que se parece cada vez más a un gallinero. Ahogada por el agotamiento y la quiebra de partes enteras de su economía, la burguesía estadounidense necesita de una nueva ofensiva de amplitud, que deje de nuevo bien clara su superioridad militar para así poder seguir imponiendo sus dictados a sus antiguos «aliados».
La primera fase de esta ofensiva consiste para los norteamericanos en darle un buen palo a las pretensiones del imperialismo francés, imponiendo un control total de las operaciones en Somalia, dejando a las tropas francesas de Yibuti el papel de extra de la película sin ninguna función de importancia en Mogadiscio. Esta primera fase no es, sin embargo, más un primer round de preparación comparada con las necesidades de la intervención en la ex Yugoslavia, en Bosnia, intervención que tendrá que ser masiva para ser eficaz como así lo han declarado desde el verano de 1992 los jefes de Estado mayor de los ejércitos estadounidenses, especialmente Colin Powell, uno de los jefes de la guerra del Golfo([5]). Aunque el cuerno de África es, por su situación geográfica, una zona estratégica de gran interés, la amplitud de la operación de los USA([6]) y su masiva publicidad, van sobre todo a servir para justificar y preparar operaciones más importantes, en los Balcanes, en Europa, que sigue siendo la clave de todo lo que se juega en el enfrentamiento imperialista, como lo han demostrado las dos guerras mundiales.
EEUU no tiene el objetivo de machacar a Somalia bajo una marea de bombas como hizo en Irak([7]), pero tampoco harán nada para que cesen las matanzas y atajar el hambre en la región. Su objetivo es primero intentar restablecer una imagen de «guerra limpia», necesaria para obtener la suficiente adhesión de la población para otras intervenciones difíciles, costosas y duraderas. En segundo lugar, intenta dar un aviso a la burguesía francesa, y por detrás de ésta, a la alemana y a la japonesa, sobre la determinación de los Estados Unidos en mantener su liderazgo. Por último, la operación en Somalia, prevista desde hace tiempo ya, sirve, como cualquier otra acción de «mantenimiento del orden» para reforzar los preparativos de guerra, y, más concretamente, el despliegue de la acción militar norteamericana en Europa.
Por algo la alianza franco-alemana exige, a través, por ejemplo, del presidente de la comisión de la CEE, Delors, que participen más tropas de los países de Europa en Yugoslavia, no para restablecer la paz como pretenden sino para estar presentes militarmente en el terreno frente a las iniciativas estadounidenses. Alemania, por primera vez desde la Segunda Guerra mundial, envía 1500 soldados fuera de sus fronteras. De hecho, so pretexto de «hacer llegar víveres» a Somalia, es un primer paso hacia una participación directa en los conflictos. Y es un mensaje a Estados Unidos sobre la voluntad de Alemania de que estará militarmente presente en el campo de batalla ex yugoslavo. Es una nueva etapa que la confrontación va a franquear, en especial en el plano militar, pero también en todos los aspectos de la política capitalista. La elección de Clinton en EEUU no modificará las principales opciones de la estrategia de la burguesía norteamericana; y además expresa los cambios que se están produciendo en la situación mundial.
En 1991, unos meses después de la «victoria» de la «tempestad del desierto», pese a la baja de popularidad debida a la agravación de la crisis en EEUU, el futuro de Bush era una reelección sin problemas. Ha ganado finalmente Clinton, al haberse granjeado poco a poco el apoyo de fracciones de peso de la burguesía americana, el de medios de comunicación influyentes en particular y gracias también al sabotaje deliberado de la campaña de Bush por la candidatura de Perot. Ésta fue relanzada una segunda vez directamente contra Bush. Con las revelaciones del escándalo del «Irakgate»([8]), con las acusaciones a Bush, ante miles de televidentes, de haber animado a Irak a invadir Kuwait, la burguesía de EEUU le hacía entender al vencedor de la «tempestad del desierto» qué salida le quedaba: la puerta de la calle. El resultado relativamente confortable de Clinton frente a Bush, ha plasmado la voluntad de cambio ampliamente mayoritario en el seno de la burguesía americana.
Lo primero que decidió a la burguesía americana, después algunas vacilaciones, a dejar de lado su discurso ideológico basado en un liberalismo incapaz de atajar el declive económico y, lo que es peor, visto como responsable de éste, fue precisamente la amplitud de la catástrofe económica. Con la recesión abierta desde 1991, la burguesía se ha visto obligada a sentenciar la quiebra de tal ultraliberalismo, inadaptado para justificar la intervención creciente del Estado, necesaria para proteger los restos de un aparato productivo y financiero que está haciendo aguas por todas partes. En su gran mayoría se ha adherido al discurso sobre la necesidad de «más Estado» que Clinton propone, que se adapta mejor a la realidad de la situación que el discurso de Bush, basado en la continuidad de la «reaganomics»([9]).
En segundo lugar, la administración Bush no ha logrado mantener la iniciativa de EEUU en el ruedo mundial. Sí pudo, durante la guerra del Golfo, hacer la unanimidad en torno al papel incuestionado de superpotencia militar mundial desempeñado en el montaje y ejecución de esa guerra; pero, desde entonces, esa unanimidad se ha ido desmoronando sin haber podido encontrar los medios para organizar otra intervención tan espectacular y eficaz para imponerse frente a los rivales potenciales de EEUU.
En Yugoslavia, en un momento en que, ya en verano del 92, los Estados Unidos habían previsto una intervención aérea en Bosnia, los europeos les metieron la zancadilla. El viaje «sorpresa» de Mitterrand a Sarajevo permitió dar al traste con la campaña «humanitaria» norteamericana que estaba entonces sirviendo para preparar los bombardeos. Además, el inextricable ovillo de fracciones armadas y la geografía de la región hacen mucho más peligrosa cualquier operación militar, disminuyendo especialmente la eficacia de la aviación, pieza clave del ejército americano. La administración Bush no pudo desplegar los medios necesarios. Y aunque se montó una nueva acción en Irak, neutralizando una parte del espacio aéreo del país, tal acción no le dio la ocasión de hacer una nueva demostración de fuerza, al no haber caído esta vez Sadam Husein en la provocación.
Al perder las elecciones, Bush ha servido de chivo expiatorio de los reveses de la política de EEUU, tanto del balance económico más que alarmante como del mediano balance en el liderazgo militar mundial. Señalado como responsable, Bush rinde un último servicio al permitir que se oculte el hecho de que no puede existir una política diferente y que es el sistema mismo el que está definitivamente carcomido. Lo que es más, para una burguesía enfrentada a una «opinión pública» desilusionada por los resultados económicos y sociales desastrosos de los años 80 y más que escéptica sobre el «nuevo orden mundial», la alternancia con Clinton, tras doce años de Partido republicano, da oxígeno a la credibilidad de la «democracia» norteamericana.
Y en cuanto a asumir el incremento de intervenciones militares, la burguesía puede confiar plenamente en el Partido demócrata, el cual tiene en ello una experiencia todavía mayor que la del Partido republicano, pues fue aquél el que gobernaba el país antes y durante la Segunda Guerra mundial, el que desencadenó y llevó a cabo la guerra de Vietnam, el que relanzó la política de armamento con Carter a finales de los años 70.
Con Clinton, la burguesía de EEUU intenta encarar la encrucijada, primero frente la crisis económica y, para mantener su liderazgo mundial en el terreno imperialista mundial, frente a la tendencia a la formación de un bloque rival encabezado por Alemania.
Tras el hundimiento del bloque del Este, los diferentes acuerdos e instituciones que garantizaban cierto grado de unidad entre los diferentes países de Europa se basaban, debajo del «paraguas» de EEUU, en un interés común de esos países contra la amenaza del bloque imperialista ruso. Con la desaparición de esa amenaza, la «unidad europea» perdió sus cimientos y la famosa «Europa del 93» está resultando un aborto.
En lugar de la «unión económica y monetaria», de la que el Tratado de Maastricht iba a ser una epata decisiva, que agruparía primero a todos los países de la «Comunidad económica europea», para luego integrar a otros, lo que se vislumbra en el horizonte es una «Europa a dos velocidades». Por un lado, la alianza de Francia y Alemania, hacia la que se inclinan España, Bélgica, en parte Italia, alianza que presiona para que se tomen medidas con las que contrarrestar la competencia americana y japonesa, y está intentando librarse de la tutela militar americana([10]). Por otro lado, los demás países, con Gran Bretaña en cabeza, Holanda también, que se resisten al auge del poderío de Alemania en Europa, apostando por la alianza con Estados Unidos, país que, por su parte, está dispuesto a oponerse por todos los medios a que surja un bloque rival.
Entre conferencias y cumbres europeas, entre ratificaciones parlamentarias y referendos, no está dibujándose ni mucho menos esa gran unidad y armonía entre las burguesías nacionales de los diferentes países de Europa. A lo que sí asistimos es a un férreo pulso cada día más duro a causa de la necesidad de escoger entre la alianza con Estados Unidos, que siguen siendo la primera potencia mundial, y su challenger, Alemania, y todo ello con el telón de fondo de una crisis económica sin precedentes y una descomposición social que empiezan a hacer notar sus desastrosas consecuencias en el meollo mismo de los países desarrollados. Y por mucho que ese pulso tenga las apariencias de un reto entre «democracias» apegadas al método del «diálogo» para «encontrar terrenos de entendimiento», la guerra carnicera en la ex Yugoslavia, alimentada por el enfrentamiento entre las grandes potencias por detrás de las rivalidades entre los nuevos Estados «independientes»([11]), nos da ya una primera idea de la mentira de la «unidad» de las «grandes democracias» y de la barbarie de que son capaces para defender sus intereses imperialistas([12]). No sólo continúa la guerra en Bosnia, sino que corre el riesgo de alcanzar a Kosovo y a Macedonia en donde la población también se verá arrastrada por el torbellino de la barbarie.
Europa, a donde confluyen las rivalidades entre las principales potencias, es un continente evidentemente central en la tendencia a la formación de un bloque alemán, y la ex Yugoslavia es su «laboratorio» militar europeo. Pero es el planeta entero el escenario de las tensiones entre los nuevos polos imperialistas, tensiones alimentadas por los conflictos armados en el Tercer mundo y en el ex bloque soviético.
Tras el desmoronamiento del antiguo «orden mundial», no sólo no han cesado los antiguos conflictos locales, como atestigua la situación en Afganistán o en Kurdistán por ejemplo, sino que además surgen otras nuevas «guerras civiles» entre fracciones locales de la burguesía, obligadas antes a colaborar por un mismo interés nacional. Sin embargo, el estallido de nuevos focos de tensión no queda nunca limitado a lo estrictamente local. Cualquier conflicto atrae inmediatamente la codicia de fracciones de la burguesía de países vecinos y, en nombre de las étnias, de disputas fronterizas, por querellas religiosas, aduciendo el «peligro de desorden» o con cualquier otro pretexto, desde el más pequeño sátrapa local hasta las grandes potencias, todos van corriendo a meterse en la espiral del enfrentamiento armado. La menor guerra «civil» o «local» desemboca inevitablemente en enfrentamiento entre grandes potencias.
No todas las tensiones se deben en su origen a los intereses de esas grandes potencias capitalistas. Pero éstas, por la imparable «lógica» misma de la guerra capitalista, acaban siempre metiéndose en ellas, aunque sólo sea por impedir que lo hagan sus competidores y marcar puntos que pudieran tener su importancia en la relación de fuerzas general.
Así, los Estados Unidos intervienen o siguen de cerca situaciones «locales» que pueden servir sus intereses frente a rivales potenciales. En África, en Liberia, la guerra, al principio entre bandas rivales, se ha transformado hoy en punta de lanza de la ofensiva estadounidense para acabar con la presencia francesa en sus «cotos de caza» que son Mauritania, Senegal y Costa de Marfil. En América del Sur, Estados Unidos ha mantenido una apacible neutralidad durante el intento de golpe de Estado en Venezuela contra Carlos Andrés Pérez, amigo de Mitterrand, González y del difunto Willy Brandt, miembros todos ellos de la Internacional socialista, y favorable al mantenimiento de la influencia de Francia, España y de Alemania. En Asia, EEUU se interesa muy de cerca por la política prochina de los Jemeres rojos, haciéndolo todo por mantener a China en su órbita antes que verla meterse en el juego de Japón.
Las grandes potencias se inmiscuyen también en enfrentamientos entre subimperialismos regionales que, por su situación geográfica, su dimensión y el armamento nuclear que poseen, pesan peligrosamente en la balanza de la relación de fuerzas imperialistas del mundo. Así ocurre con el subcontinente indio, en donde impera una situación desastrosa que acarrea todo tipo de rivalidades dentro de cada país entre fracciones de la burguesía, como lo atestiguan las recientes masacres de musulmanes en India. Esas rivalidades se han visto agudizadas por la permanente confrontación entre India y Pakistán, apoyando éste a los musulmanes de India, fomentando ésta la rebelión contra el gobierno pakistaní en Cachemira. La desaparición de las antiguas alianzas internacionales de India con la URSS y de Pakistán con China y USA, ha llevado a este último país, no ya a calmar los conflictos sino a correr el riesgo de alimentarlos.
Las grandes potencias se van aspiradas también por conflictos nuevos que, en un principio, ni deseaban ni han fomentado. En los países del Este, en el territorio de la ex URSS especialmente, las tensiones entre las repúblicas no han cesado de agravarse. Cada república se ve enfrentada a minorías nacionales que se proclaman «independientes» y forman milicias, recibiendo el apoyo abierto o solapado de otras repúblicas: los armenios de Azerbaiyán, los chechenos de Rusia, los rusos de Moldavia y Ucrania, las facciones de la guerra «civil» en Georgia, y un largo etcétera. A las grandes potencias les repugna el inmiscuirse en el barrizal de esas situaciones locales, pero el hecho de que otras potencias secundarias, como Turquía, Irán o Pakistán miren codiciosamente hacia esas zonas de la antigua URSS, o el hecho de que hoy sea la misma Rusia la que se está desgarrando en medio de una lucha feroz entre «conservadores» y «reformistas», todo eso está abriendo las puertas a la extensión de los conflictos.
Ante la descomposición que agudiza las contradicciones, engendra rivalidades y conflictos, las fracciones de la burguesía, desde las más pequeñas hasta las más poderosas, sólo tienen una respuesta: el militarismo y las guerras.
Se han hundido los regímenes capitalistas de tipo estalinista, surgidos tras la contrarrevolución de los años 20-30 en Rusia, que habían instaurado una forma rígida y totalmente militarizada de capitalismo. Los burócratas de ayer han dado una nueva mano de pintura a su nacionalismo de siempre con la fraseología de la «independencia» y de la «democracia». Lo único que pueden ofrecer, hoy como ayer, es corrupción, gangsterismo y guerra.
En el proceso de desmoronamiento del sistema capitalista, les toca ahora hundirse a los regímenes capitalistas de tipo occidental, los que pretendían haber dado la prueba, gracias a su supremacía económica, de la «victoria del capitalismo»: freno sin precedentes de las economías, purga drástica de los beneficios, desempleo por millones de obreros y empleados, degradación en constante aumento de las condiciones de trabajo, alojamiento, educación, salud y seguridad.
Pero en estos países, contrariamente al del llamado Tercer mundo, o al del ex bloque del Este, el proletariado no está dispuesto a soportar sin reacción las consecuencias dramáticas de ese hundimiento para sus condiciones de vida, como así lo ha demostrado la formidable expresión de cólera de la clase obrera en Italia en otoño del 92.
Después de tres años de pasividad, las manifestaciones, los paros y las huelgas de cientos de miles de obreros y empleados en Italia, en otoño de 1992, han sido las primeras señales de un cambio de considerable importancia. La clase obrera respondió ante los ataques más brutales desde la Segunda Guerra mundial. En todos los sectores y en todas las regiones, durante algunas semanas, la clase obrera ha recordado que la crisis económica mide a todos los obreros por el mismo rasero atacando por todas partes sus condiciones de existencia; ha recordado, sobre todo, que todos juntos, por encima de las divisiones que el capitalismo impone, los obreros son la fuerza social que puede oponerse a las consecuencias de la crisis.
Las iniciativas obreras en las huelgas, la participación masiva en las manifestaciones de protesta contra el plan de austeridad del gobierno, y la bronca contra los sindicatos oficiales que apoyaban ese plan, han demostrado una capacidad de respuesta intacta por parte de los proletarios. Aunque la burguesía haya guardado la iniciativa y el movimiento masivo del principio se haya ido deshilachando después, es ya una experiencia de las primeras luchas importantes de los obreros desde 1989 en los países industrializados, es el retorno de la combatividad obrera.
Los acontecimientos en Italia han sido una etapa para que la clase obrera, con su vuelta a la lucha, en el terreno común de la resistencia a la crisis, tome confianza en su capacidad para responder a los ataques del capitalismo, y abrir una perspectiva.
La ausencia de información sobre los acontecimientos en Italia, tan en contraste con la publicidad que tuvieron la «huelga» de los siderúrgicos, la «huelga» de los transportes, la «huelga» del sector público durante las grandes maniobras sindicales en la primavera de 1992 en Alemania([13]), es, en cierto modo, reveladora de lo que ha significado ese auténtico avance obrero en el movimiento de Italia. Cuando la burguesía alemana logró en la primavera pasada ahogar la más mínima iniciativa obrera, sus maniobras obtuvieron espacios abiertos en todos los medios de comunicación de la clase dominante de todos los países. En otoño, la burguesía italiana obtuvo, gracias al black-out de esa misma propaganda, el apoyo de la burguesía internacional, ya que podía esperarse y temer la reacción de los obreros a las medidas de austeridad, que el Estado italiano no podía postergar por más tiempo.
Ese movimiento ha sido un primer paso hacia la reanudación de la lucha de clases internacional. Italia es el país del mundo en donde el proletariado tiene mayor experiencia de luchas obreras y mayor desconfianza hacia los sindicatos, lo cual no es ni mucho menos lo que ocurre en otros países europeos. Por ello las reacciones obreras en otros países europeos o en EEUU no tendrán de entrada un carácter tan radical y masivo como en Italia.
En Italia mismo, por lo demás, el movimiento topó con sus límites. Por un lado, el rechazo masivo de los sindicatos por la mayoría de los obreros en ese movimiento, ha demostrado que, a pesar de la ruptura de los tres últimos y largos años, la experiencia antigua de la clase obrera de su enfrentamiento con los sindicatos no se ha perdido. Pero, por otro lado, la burguesía se esperaba ese rechazo. Y lo ha hecho todo por focalizar la cólera obrera en acciones espectaculares, contra los dirigentes sindicales, evitándose así una respuesta más amplia contra las medidas y el conjunto del aparato de Estado y de todos sus apéndices sindicales.
En lugar de haber tomado el control de la lucha en las asambleas generales, en las que, colectivamente, los obreros pueden decidir los objetivos y los medios de acción, los organismos «radicales», de tipo sindicalista de base, organizaron un desahogo del descontento. Con las piedras y las tuercas lanzadas a la cabeza de los dirigentes sindicaleros, los «basistas» mantenían la trampa de la falsa oposición entre el sindicalismo de base y los sindicatos oficiales, sembrando así la desorientación y quebrando la movilización masiva y la unidad, que es lo único que permite que se desarrolle una eficaz resistencia contra los ataques del Estado.
Las luchas obreras en Italia han significado una reanudación de la combatividad a la vez que han plasmado las dificultades que por todas partes se presentan ante la clase obrera, y, en primer término, el sindicalismo, oficial o de base, y el corporativismo.
El ambiente de desconcierto y de confusión que se respira en los medios obreros a causa de las campañas ideológicas sobre la «quiebra del comunismo», el final del marxismo, el final de la lucha de clases, sigue todavía presente. La combatividad es sólo la condición previa para salir de ese ambiente. La clase obrera deberá tomar conciencia de que su lucha exige un cuestionamiento general, de que a quien se enfrenta es al capitalismo como sistema mundial que domina el planeta, un sistema en crisis, portador de miseria, guerra y destrucción.
Hoy, empieza a desaparecer la pasividad ante esas promesas de «paz» de un capitalismo triunfante. La «tempestad del desierto» ha contribuido a desvelar las mentiras de esa «paz».
Poner al desnudo lo que significa la participación de los ejércitos de los grandes países «democráticos» en guerras como la de Somalia y en la ex Yugoslavia es menos evidente. Pretenden intervenir para «proteger a la población» y «acompañar la ayuda alimenticia». Sin embargo, la lluvia de ataques que está cayendo sobre las condiciones de vida de la clase obrera pondrá al desnudo los pretextos «humanitarios» para mandar tropas pertrechadas con las armas más sofisticadas, costosas y asesinas, y va a contribuir a hacer comprender la mentira «humanitaria» y la verdad de la labor de los ejércitos «democráticos», labor tan sucia como la de todas las cuadrillas, bandas, milicias y ejércitos de todo pelaje y convicción que aquéllos pretenden combatir.
En cuanto a la promesa de «prosperidad», la catástrofe y la aceleración sin precedentes de la crisis económica están haciendo añicos los últimos ejemplos-refugio donde las condiciones de vida han estado relativamente protegidas, en países como Alemania, Suecia o Suiza. El desempleo masivo se extiende ahora por sectores de mano de obra altamente cualificada, las menos afectadas hasta ahora, que vienen a unirse al tropel de los millones de desempleados en las áreas del mundo en donde el proletariado es más numeroso y está más concentrado.
El despertar de la lucha de clases en Italia del otoño de 1992 ha marcado una reanudación de la combatividad obrera. El desarrollo de la crisis, con el militarismo cada día más presente en el clima social de los países industrializados, va a servir para que las próximas luchas de importancia, que acabarán necesariamente por surgir, desemboquen en un desarrollo de la conciencia en la clase obrera de la necesidad de reforzar su unidad, y, junto con las organizaciones revolucionarias, forjar así su perspectiva hacia un verdadero comunismo.
OF
[1] Ver artículo sobre la crisis económica en este número.
[2] La burguesía lo intenta todo por atajar la descomposición que afecta a su orden social. Pero es una clase totalmente incapaz de destruir su causa profunda, puesto que es su propio sistema de explotación y de ganancia la raíz de tal descomposición. Sería como si quisiera cortar de raíz la rama en la que está encaramada.
[3] Véase Revista Internacional nº 71.
[4] Revista internacional nº 71. Como lo menciona el diario francés Libération del 9/12/92 : «Y ha sido así como, protegiéndose con el anonimato, un muy alto responsable de la misión de Naciones unidas en Somalia (Onusom) dio rienda suelta a su modo profundo de pensar: “La intervención norteamericana apesta a arrogancia. No han consultado a nadie. El desembarco ha sido preparado muy de antemano, lo humanitario sólo es un pretexto. Lo que aquí vienen a hacer, de hecho, es un test, del mismo modo que se prueba una vacuna en un animal, para probar su doctrina sobre cómo resolver futuros conflictos locales. Ahora bien, esta operación costará como los propios EEUU lo han reconocido, entre 400 y 600 millones de dólares en su primera fase. Con la mitad de esa cantidad, sin un solo soldado, devolveríamos su próspera estabilidad a Somalia”».
[5] Colin Powell se ha declarado contrario a la intervención en Yugoslavia en septiembre de 1992.
[6] Según fuentes próximas a Butros Ghali, secretario general de la ONU, las necesidades de intervención para llevar alimentos sería de 5 000 hombres. Los EEUU han desplazado a 30 000.
[7] Cerca de 500 000 muertos y heridos bajo los bombardeos.
[8] Ese escándalo así nombrado por analogía con el de Watergate, que hizo caer a Nixon, y el Irangate, que desestabilizó a Reagan, ha revelado, entre otras cosas, la importancia de la ayuda financiera otorgada por EEUU a Irak, a través de un banco italiano, en el año anterior a la guerra del Golfo, ayuda utilizada por Irak para desarrollar sus investigaciones e infraestructuras con vistas a dotarse del arma atómica...
[9] Ver artículo sobre la crisis.
[10] Recuérdese la formación de un cuerpo de ejército franco-alemán así como el proyecto de formación de una fuerza naval italo-franco-española.
[11] Sobre la guerra en Yugoslavia y la responsabilidad de las grandes potencias, léanse los nº 70 y 71 de la Revista Internacional.
[12] En cuanto a los acuerdos económicos, en nada son una expresión de una verdadera cooperación, o de un entendimiento entre burguesías nacionales, de igual modo que la competencia económica no engendra mecánicamente divergencias políticas y militares. Antes del hundimiento del bloque del Este, EEUU y Alemania eran ya serios competidores en lo económico, lo cual no les impedía ser perfectos aliados en el terreno político y militar. La URSS nunca fue un competidor serio de EEUU en el plano económico y sin embargo su rivalidad militar hizo que, durante cuarenta años, se cerniera sobre el planeta la amenaza de destrucción. Hoy, Alemania puede muy bien entablar acuerdos económicos con Gran Bretaña, en el marco europeo, incluso a veces contra los intereses de Francia, ello no impide que Gran Bretaña y Alemania estén en total oposición en el plano político y militar, mientras que Francia y Alemania hacen la misma política.
[13] Ver Revista internacional nº 70.
Crisis económica mundial
En lugar de vivir el «relanzamiento» tan cacareado, la economía mundial sigue hundiéndose en el marasmo. En el corazón del mundo industrializado, los estragos del capitalismo en crisis se plasman en millones de nuevos desempleados y en la degradación acelerada de las condiciones de vida de los proletarios que disponen todavía de un trabajo. Eso sí, ahora nos anuncian «novedades». Ante la impotencia de las antiguas recetas para relanzar la actividad productiva, los gobiernos de los grandes países industrializados (Clinton, en cabeza) han proclamado una «novísima» doctrina: el retorno a «más Estado». «Grandes obras», financiadas por los Estados nacionales, ésa sería la nueva poción mágica que debería dar nuevo impulso a la destartalada máquina de explotación capitalista. ¿Qué hay detrás de ese cambio de discurso de los gobiernos occidentales? ¿Qué expectativas de éxito van a tener políticas tan «originales»?
a deberíamos estar en plena reanudación de la economía mundial. Eso es al menos lo que desde hace dos años nos han venido prometiendo los «expertos» para «dentro de seis meses» ([1]). Sin embargo, el año 1992 termina en una situación catastrófica. En el centro del sistema, en esa parte del globo que hasta ahora ha podido librarse relativamente, la economía de los primeros países golpeados por la recesión desde 1990 (Estados Unidos, Gran Bretaña y Canadá) no logran salir realmente de ella ([2]), mientras se hunden las economías de las demás potencias, Japón y países europeos.
Desde 1990, la cantidad de desempleados se ha incrementado en EEUU en tres millones y medio. Un millón y medio en Gran Bretaña. En este país, que está viviendo la recesión más larga y profunda desde los años 30, la cantidad de quiebras durante este año de 1992 ha aumentado un 40 %. Japón acaba de entrar «oficialmente» en recesión, por primera vez desde hace 18 años ([3]). Y lo mismo ocurre con Alemania, en donde Kohl acaba de reconocer, también «oficialmente», la recesión. Las previsiones del gobierno anuncian para 1993 un aumento de medio millón de parados, a la vez que se calcula que en la ex Alemania del Este, el 40 % de la población activa no dispone de un empleo estable.
Pero, dejando de lado las previsiones oficiales, las perspectivas para los años venideros quedan muy claras con las supresiones masivas de empleos anunciadas en sectores de tanta importancia como la siderurgia y el automóvil y en sectores tan avanzados como la informática y la aeronáutica. Eurofer, organismo responsable de la siderurgia en la CEE, anuncia la supresión de 50 000 empleos en ese sector en los tres próximos años. General Motors, primera empresa industrial del mundo, que ya había anunciado el cierre de 21 de sus fábricas, acaba de anunciar que esta cantidad va a ser de 25. IBM, gigante de la informática mundial, ya suprimió 20 000 empleos en 1991 y había anunciado 20 000 más para principios del 92 y dice ahora que serán, en realidad, 60 000. Todos los grandes constructores de aviones civiles anuncian despidos (Boeing, uno de los más afectados por la crisis, tiene prevista la supresión de 9000 empleos sólo durante 1992).
En todos los países ([4]), en todos los sectores, antiguos o punteros, industriales o de servicios, por todas partes, la realidad de la crisis se impone brutalmente. El capitalismo mundial está viviendo una recesión sin precedentes por su profundidad, su extensión geográfica y su duración. Una recesión que, como ya lo hemos desarrollado en estas columnas, es cualitativamente diferente a las cuatro que la precedieron desde finales de los 60. Una recesión que expresa sin lugar a dudas la incapacidad crónica del capitalismo para superar sus propias contradicciones históricas (incapacidad para crear mercados suficientes para dar salida a su propia producción), y además dificultades nuevas engendradas por los «remedios» empleados durante dos décadas de huida ciega en el crédito y el endeudamiento masivo ([5]).
El gobierno de EEUU lo ha hecho todo desde hace dos años para volver a relanzar la máquina económica aplicando la conocida política de dar facilidades de crédito bajando los tipos de interés. Los tipos de interés del Banco federal ya han bajado 20 veces, hasta llegar a una situación en la que, debido a la inflación, un banco privado puede pedir préstamos sin pagar casi intereses en términos reales. Y a pesar de semejantes «novedades», el electrocardiograma del crecimiento sigue tan liso como antes. El estado de endeudamiento de la economía de EEUU es tal que los préstamos «gratuitos» han sido utilizados por la banca privada y las empresas no ya para invertir sino para... reembolsar sus deudas anteriores ([6]).
Las perspectivas económicas nunca habían sido antes tan sombrías para el capitalismo. Nunca antes la impotencia había aparecido tan evidente. Los milagritos de la «Reaganomics» (así se ha llamado a la economía de la década de Reagan en EEUU), los malabarismos del retorno al capitalismo «puro», un capitalismo triunfante sobre las ruinas del «comunismo», están terminado en bancarrota total.
Y mire Vd. por donde, el nuevo y juvenil candidato demócrata a la presidencia de los Estados Unidos se saca de la manga una nueva solución para este país y para el mundo entero.
«La única solución para el presidente Clinton es la que él ha mencionado a grandes rasgos durante toda su campaña. O sea, relanzamiento de la economía mediante el aumento del gasto público en las infraestructuras (red viaria, puertos, puentes), la investigación y la educación. Así se crearán empleos. Y lo que es tan importante, esos gastos contribuirán a la aceleración del crecimiento de la productividad a largo plazo y de los salarios reales» (Lester Thurow, uno de los consejeros económicos más escuchados por el partido demócrata de EEUU) ([7]). Clinton promete que el Estado inyectará entre 30 y 40 mil millones de $ en la economía.
En Gran Bretaña, el conservador Major, enfrentado a las primicias de la reanudación de la combatividad obrera, enfrentado también él a la bancarrota económica, abandona del día a la mañana su catecismo liberal, «antiestatal» y se pone a entonar también el himno keynesiano anunciando una «estrategia para el crecimiento» y la inyección de 1500 millones de dólares. Le toca luego a Delors, presidente de la Comisión de la Comunidad europea, insistir en la necesidad de acompañar la nueva política con una fuerte dosis de «cooperación entre los Estados»: «Esta iniciativa de crecimiento no es un relanzamiento keynesiano clásico. No se trata únicamente de inyectar dinero en el circuito. Queremos sobre todo dar la señal de que ha llegado la hora de la cooperación entre Estados» ([8]).
El gobierno japonés, por su parte, decide hacer entrega de una ayuda masiva a los principales sectores de la economía (90 000 millones de $, o sea lo equivalente del 2,5 % del PIB).
¿De qué se trata en realidad?
La propaganda demócrata en EEUU, al igual que la de algunos partidos de izquierda de Europa, presentan la cosa como un cambio respecto a las políticas demasiado «liberales» de la época de la «reaganomics». Tras el «menos Estado», le tocaría ahora el turno a una mayor justicia dejando que la institución estatal, supuesta representante de «los intereses comunes de toda la nación» actúe más todavía.
En realidad se trata de la continuación de la tendencia, propia del capitalismo decadente, de recurrir a la fuerza del Estado para hacer que funcione la máquina económica, la cual, si se la dejara actuar por libre y espontáneamente, estaría condenada a la parálisis a causa de sus propias contradicciones internas.
Propagandas burguesas aparte, desde la Primera Guerra mundial, desde que la supervivencia de cada nación depende de su capacidad para hacerse un sitio por la fuerza en un mercado mundial ya definitivamente limitado, la economía capitalista no ha hecho otra cosa sino estatalizarse permanentemente. En el capitalismo decadente, la tendencia al capitalismo de Estado es una tendencia universal. Según los países, según los períodos históricos, esa tendencia se ha ido concretando con ritmos y formas más o menos agudas. Pero no ha cesado de progresar hasta el punto de hacer de la máquina estatal el corazón mismo de la vida social y económica de todas las naciones.
El militarismo alemán de principios de siglo, el estalinismo, el fascismo de los años 30, las grandes obras del New Deal en los Estados Unidos tras la depresión económica de 1929, o el Frente popular en Francia en la misma época son otras tantas manifestaciones de un mismo movimiento de estatificación de la vida social. Y esa tendencia no dejó de evolucionar tras la Segunda Guerra. Muy al contrario. Y la economía al estilo Reagan o Thatcher, que pretendían ser una vuelta al «capitalismo liberal», menos estatal, no han interrumpido, ni mucho menos, esa tendencia. El «milagro» de la reanudación americana durante los años 80 no se ha basado en otra cosa sino en un déficit duplicado del Estado y en el aumento espectacular de los gastos de armamento. Y es así como, a principios de los 90, después de tres presidencias republicanas, la deuda pública bruta representa cerca del 60 % del PIB estadounidense (a principios de los 80 era de 40 %). Ya sólo financiar esa deuda cuesta la mitad del ahorro nacional ([9]).
Las políticas de «desregulación» y de «privatizaciones», aplicadas durante los 80 en los países industrializados, no significan ni mucho menos que el Estado haya retrocedido en la gestión de la economía ([10]). Han servido sobre todo de justificación para reorientar las ayudas del Estado hacia sectores más competitivos, para eliminar empresas menos rentables mediante la reducción de subvenciones públicas y llevar a cabo una concentración impresionante de capitales, lo cual ha acarreado inevitablemente una creciente fusión, en lo que a gestión se refiere, entre el Estado y el gran capital «privado».
En lo social, esas políticas han facilitado el recurso a los despidos, la sistematización del trabajo precario así como la reducción de los gastos llamados «sociales». Al cabo de una década de «liberalismo antiestatal», el control del Estado sobre la vida económica no ha disminuido, sino que se ha reforzado haciéndose todavía más eficaz.
O sea que el actual «más Estado» no es, desde luego, un cambio sino un fortalecimiento de la tendencia.
¿En qué consiste entonces el cambio propuesto?
La economía capitalista acaba de vivir, a lo largo de los años 80, el mayor delirio especulativo de su historia. Ahora que se está deshinchando «la burbuja» que tal delirio ha engendrado, esa economía necesita que se aprieten las tuercas burocráticas para intentar limitar los efectos de la resaca especulativa ([11]).
Pero también necesita que los Estados recurran más todavía a la máquina de billetes. Puesto que el sistema financiero «privado» no puede seguir asegurando la expansión del crédito a causa de su exagerado endeudamiento y del desinflamiento de los valores especulativos adquiridos por ese sector, el Estado se propone relanzar la máquina inyectando dinero, creando un mercado artificial. El Estado compraría «infraestructuras: red viaria, puertos, puentes, etc.», lo cual orientaría la actividad económica hacia sectores más productivos que la especulación. Y el Estado pagaría esas infraestructuras con... papel, con la moneda emitida por los bancos centrales sin ninguna cobertura.
De hecho, la política de «grandes obras» que hoy se propone es, en gran medida, la que lleva aplicando Alemania desde hace dos años en su esfuerzo por «reconstruir» la ex RDA. Nos podemos hacer así una idea de las consecuencias de semejante política fijándonos en lo que ha ocurrido en ese país. Son significativas en dos ámbitos: el de la inflación y el del comercio exterior. En 1989, Alemania federal tenía una de las tasas de inflación más bajas del mundo, en cabeza de los países industrializados. Hoy, la inflación en Alemania es la más alta de los siete grandes ([12]), exceptuando Italia. Hace dos años, la RFA tenía el mayor excedente comercial del mundo, superando incluso a Japón. Hoy se ha ido derritiendo bajo el peso de sus importaciones, incrementadas en un 50 %.
Y el ejemplo de Alemania es el de una de las economías más poderosas y, financieramente «sanas» del planeta ([13]). O sea que en países como EEUU, en especial, la misma política va a tener, a corto, a medio y al plazo que sea, efectos mucho más estragadores ([14]). El déficit del Estado y el déficit comercial, esas dos enfermedades crónicas de la economía norteamericana desde hace dos décadas, han alcanzado cotas mucho más altas que en Alemania. Aunque esos déficits son relativamente inferiores hoy a los del principio de las políticas «reaganianas», aumentarlos tendría repercusiones dramáticas no sólo para EEUU sino para toda la economía mundial, en especial en inflación y en aumento de la anarquía en los tipos de cambio de las monedas. Por otro lado, la fragilidad del aparato financiero norteamericano es tal que un aumento de los déficits estatales puede acabar de hundirlo del todo. Pues ha sido, en efecto, el Estado quien se ha hecho cargo sistemáticamente de las bancarrotas cada día más importantes y numerosas de las cajas de ahorro y de los bancos, incapaces de reembolsar sus deudas. Al relanzar una política de déficits del Estado, el gobierno va a debilitar el último y ya débil garantizador de un orden financiero que todo el mundo sabe que está resquebrajado por todas partes.
¿Mayor cooperación entre los Estados?
No es por casualidad si Delors ha expresado tantas veces su deseo de que esas políticas de grandes obras vengan acompañadas de una mayor «cooperación entre los Estados». Como lo ha demostrado la experiencia alemana, unos nuevos gastos del Estado acarrean inevitablemente un incremento de las importaciones y por tanto, una agravación de los desequilibrios comerciales. Durante los años 30, las políticas de grandes obras vinieron acompañadas de un brusco reforzamiento del proteccionismo, llegando incluso hasta la autarquía de la Alemania hitleriana. Ningún país tiene ganas de que aumenten sus déficits para relanzar la economía de sus vecinos y competidores. El lenguaje del presidente electo, Clinton, y de sus consejeros exigiendo un poderoso reforzamiento del proteccionismo americano es de lo más explícito al respecto.
El llamamiento de Delors es un deseo piadoso. Ante la agravación de la crisis económica mundial lo que está al orden del día, no es una mayor «cooperación entre Estados», sino, al contrario, la guerra de todos contra todos. Todas las políticas de cooperación, construidas en principio para establecer alianzas parciales para ser más capaces de enfrentar a otros competidores, chocan permanentemente contra fuerzas centrífugas internas. De esto son testimonio las convulsiones crecientes que desgarran la CEE y de las que la reciente explosión del Sistema monetario europeo ha sido una espectacular expresión. Lo mismo ocurre con las tensiones en el Tratado de libre cambio entre EEUU, Canadá y México o los abortados intentos de marcado común entre los países del cono Sur o de los países del «Pacto andino» en América del Sur.
El proteccionismo no ha cesado de propagarse a lo largo de los años 80. Por muchos discursos sobre «la libre circulación de las mercancías» principio en el que el capitalismo occidental defiende como más alta expresión de los «derechos humanos» (los humanos... burgueses, se supone), las trabas al comercio mundial no han cesado de multiplicarse ([15]). La guerra despiadada que enfrenta a las grandes potencias comerciales, y de las «negociaciones» del GATT no son sino un botón de muestra, no va a atenuarse sino todo lo contrario. Las tendencias al capitalismo de Estado van a fortalecerse y agudizarse estimuladas por las políticas de «grandes obras».
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Los gobiernos, claro está, no van a quedarse de brazos cruzados ante la situación catastrófica de su economía. Mientras el proletariado no haya logrado destruir para siempre el poder político de la burguesía mundial, ésta gestionará de un modo u otro la máquina de explotación capitalista por muy decadente que ésta sea, por muy descompuesta que esté. Las clases explotadoras no se suicidan. Pero las «soluciones» que encuentren tendrán inevitablemente dos características de primera importancia. La primera es que no les queda más remedio que recurrir cada día más a la acción del Estado, fuerza organizada del poder de la clase dominante, única capaz de imponer por la violencia la supervivencia de los mecanismos que espontáneamente tienden a la parálisis y a la autodestrucción. Ése es el «más Estado» que hoy proponen. La segunda característica es que esas «soluciones» siempre conllevan una parte, cada día mayor, de aberración y de absurdo. Y es así como hoy podemos ver a las diferentes fracciones del capital mundial enfrentarse en las negociaciones del GATT, agrupadas en torno a sus Estados respectivos, para decidir cuántas hectáreas de tierras cultivables deberán quedar baldías en Europa. Ésta es la «solución» al problema de «sobreproducción» agrícola que han encontrado, mientras, en el mismo momento, en todas las pantallas del mundo y a todas horas, nos muestran una de las tantas hambrunas que están asolando a las gentes africanas, la de Somalia, y todo ello por las necesidades de su indecente propaganda guerrera.
Durante décadas, las ideologías estalinistas y «socialistas» han inculcado entre los trabajadores la mentira de que la estatificación de la economía era sinónimo de mejora de la condición obrera. El Estado en una sociedad capitalista sólo puede ser el Estado del capital, el Estado de los capitalistas, sean éstos ricos propietarios o grandes burócratas. El inevitable reforzamiento del Estado que hoy nos anuncian no aportará nada a los proletarios, si no es más miseria, más represión y más guerras.
RV
[1] En diciembre de 1991, podía leerse en el nº 50 de Perspectivas económicas de la OCDE: «Cada país debería comprobar cómo su demanda progresa ya que una expansión comparable tendrá lugar más o menos simultáneamente en los demás países: una reanudación del comercio mundial está despuntando... la aceleración de la actividad debería confirmarse en la primavera de 1992... Esta evolución traerá consigo un crecimiento progresivo del empleo y una reanudación de las inversiones de las empresas...». Cabe señalar que ya en esas fechas, los mismos «expertos» habían tenido que hacer constar que «el crecimiento de la actividad en la zona de la OCDE en el segundo semestre de 1991 aparece más floja de lo que había previsto el Perspectivas económicas de julio...».
[2] Los pocos signos de reanudación que han aparecido hasta ahora en los Estados Unidos son muy frágiles, y aparecen más como un freno momentáneo de la caída, efecto de los esfuerzos desesperados de Bush durante la campaña electoral, que como anuncio de un verdadero cambio de tendencia.
[3] La definición técnica de entrada en recesión, según los criterios estadounidenses, es de dos trimestres consecutivos de crecimiento negativo del PIB (Producto Interior Bruto: el conjunto de la producción, incluidos los salarios de la burocracia estatal supuesta productora de lo equivalente de su salario). En el 2o y 3er trimestres de 1992, el PIB japonés bajó 0,2 y 0,4 %. Pero, durante ese mismo período, la caída de la producción industrial con relación al año anterior fue de 6 %.
[4] No vamos a recordar aquí la evolución de la situación en los países del llamado Tercer mundo cuyas economías no han cesado de desmoronarse desde principios de los 80. Son, sin embargo, significativos algunos elementos de lo que ha sido la evolución en los países que antes se denominaban «comunistas» (o sea, para que nos entendamos, se trata de los países en los que dominaba la forma estalinista de capitalismo de Estado), esos países que han accedido a una «economía de mercado» que los iba a hacer prósperos, transformándolos en pingues mercados para las economías occidentales. La dislocación de la ex URSS ha venido acompañada de un desastre económico sin igual en la historia. A finales de este año de 1992, la cantidad de desempleados alcanza ya los 10 millones y la inflación avanza a un ritmo anual de 14 000 %. Sin comentarios. En cuanto a los demás países de Europa del Este, sus economías están todas en recesión y el más adelantado de ellos, Hungría, el primero en iniciar «las reformas capitalistas» y que con más facilidad debía ya estar disfrutando del maná del liberalismo, está siendo zarandeado por un terremoto de quiebras. La tasa de desempleo ya ha alcanzado oficialmente el 11 % y está previsto que se duplique de aquí a finales del año que viene. En cuanto al último bastión del pretendido «socialismo real», Cuba, la producción industrial ha descendido a la mitad de la de 1989. Únicamente China parece una excepción: partiendo de un nivel bajísimo (la producción industrial de la China popular es apenas superior a la de Bélgica) está conociendo ahora tasas de crecimiento relativamente altas debidas a la expansión de las «áreas abiertas a la economía capitalista» en las que se están consumiendo a toda máquina las masas de créditos que en ellas invierte Japón.
Los cuatro dragoncitos «capitalistas» de Asia (Corea el Sur, Taiwan, Hongkong y Singapur), por su parte, empiezan a comprobar que sus crecimientos excepcionales están bajando a su vez.
[5] Ver, en especial, «Una recesión peor que las anteriores» y «Catástrofe económica en el corazón del mundo capitalista» en Revista internacional, nº 70 y 71.
[6] La deuda total de la economía de EEUU (Gobierno, más empresas, más particulares) equivale a más de dos años de producción nacional.
[7] Del diario francés le Monde, 17/11/92.
[8] Del diario francés Libération, 24/11/92.
[9] Hablando concretamente, el desarrollo de la deuda pública, fenómeno que ha marcado esta década, quiere decir que el Estado toma a su cargo la responsabilidad de proporcionar una renta regular, una parte de la plusvalía social, en forma de intereses, a una cantidad creciente de capitales que se invierten en «Bonos del Tesoro». Eso quiere decir que una cantidad creciente de capitalistas saca sus rentas no ya de los resultados de la explotación de las empresas que le pertenecen sino de los impuestos que el Estado extrae.
Cabe señalar que en la CEE, el monto de la deuda pública, en porcentaje del PIB, es superior al de Estados Unidos (62 %).
[10] Incluso desde un enfoque puramente cuantitativo, si se mide el peso del Estado en la economía por el porcentaje que representan las administraciones públicas en el producto interior bruto, esa tasa es más alta a principios de los años 90 que lo era a principios de los 80. Cuando salió elegido Reagan, esa cifra era de unos 32 % y ahora que Bush deja la presidencia ya supera el 37 %.
[11] Las quiebras de cajas de ahorro y de bancos norteamericanos, las dificultades de los bancos japoneses, el hundimiento de la bolsa de Tokio (equivalente ya hoy al krach de 1929), la quiebra de una cantidad creciente de compañías gestoras de capitales en la bolsa, etc., son las primeras consecuencias directas de la resaca tras el delirio especulativo. Únicamente los Estados pueden pretender hacer frente a los desastres financieros resultantes.
[12] Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Italia, Gran Bretaña y Canadá.
[13] Además, el gobierno ha financiado el déficit del Estado recurriendo a préstamos internacionales a la vez que se esforzaba en mantener controlada la inflación limitando, con cada vez menos eficacia, el incremento de la masa monetaria y manteniendo tipos de interés muy altos.
[14] En países como Italia, España o Bélgica, la deuda del Estado ha alcanzado tales cotas (más del 100 % del PIB en Italia, 120 % en Bélgica) que semejantes políticas son impensables.
[15] Esas trabas al comercio no se concretan en aranceles, sino claramente en restricciones: cuotas de importaciones, acuerdos de autorestricción, leyes «anti-dumping», reglamentos sobre calidad de los productos, etc., «...la parte de los intercambios que provoca medidas no arancelarias se ha incrementado no sólo en EEUU sino también en la Comunidad europea, bloques que representan juntos cerca del 75 % de las importaciones de la zona OCDE (excepto combustibles)» (OCDE, Progreso de la reforma estructural: visión de conjunto, 1992).
La Revolución de Octubre, obra colectiva del proletariado - IIª parte
En la Iª parte de este artículo vimos que la Revolución rusa no fue, como proclama la propaganda burguesa, un «vulgar golpe de Estado», sino que constituyó el movimiento de las masas explotadas más gigantesco, más consciente, más rico en experiencias, iniciativas y creatividad, que jamás haya podido verse en la historia. Fue –pese a su posterior derrota– la prueba más evidente de que la clase obrera es la clase revolucionaria de la sociedad, de que sólo ella puede salvar a la humanidad de la catástrofe a la que la conduce el capitalismo en descomposición. Octubre 1917 nos legó una lección fundamental: la burguesía no deja el camino libre a la lucha revolucionaria de las masas obreras. Al contrario, trata de sabotearla por todos los medios. Para ello, además del palo y la pistola, utiliza un arma muy peligrosa: el sabotaje desde dentro realizado por las fuerzas burguesas con ropaje «obrero» y «radical» entonces los partidos «socialistas», hoy los partidos de «izquierdas» y «extrema izquierda» y los sindicatos. Ese sabotaje constituyó la principal amenaza para la Revolución iniciada en febrero: el sabotaje de los Soviets por los partidos social-traidores que mantenían en pie el aparato del Estado burgués. En esta segunda parte abordamos este problema y los medios a través de los cuales el proletariado consigue resolverlo: la renovación de los Soviets, el Partido bolchevique, la insurrección.
La burguesía presenta la Revolución de febrero como un movimiento hacia la «democracia» violentado por el golpe bolchevique. Sus fábulas consisten en oponer Febrero a Octubre, presentando el primero como una auténtica «fiesta democrática» y el segundo como un golpe de Estado «contra la voluntad popular».
Esta mentira es producto de la rabia que siente la burguesía porque los acontecimientos entre febrero y octubre no se desarrollaron de acuerdo con el esquema esperado. La burguesía pensaba que una vez pasadas las convulsiones que en febrero derribaron al Zar, las masas volverían tranquilamente a sus casas y dejarían a los políticos burgueses mangonear a sus anchas, avalados de vez en cuando por elecciones «democráticas». Sin embargo, el proletariado no picó el anzuelo, desplegó una inmensa actividad, tomó conciencia de su misión histórica y se dio los medios para su combate: los soviets. Con ello se planteó una situación de doble poder: «o la burguesía se apoderaba realmente del viejo aparato del Estado, poniéndolo al servicio de sus fines, en cuyo caso los Soviets tenían que retirarse por el foro, o estos se convierten en la base del nuevo Estado, liquidando no solo el viejo aparato político sino el régimen de predominio de las clases a cuyo servicio se hallaba éste» (Trotski, Historia de la Revolución rusa, tomo I, capítulo «El nuevo poder»).
Para destruir los Soviets e imponer la autoridad del Estado, la burguesía utilizó la carta de los partidos menchevique y socialrevolucionario, antiguos partidos obreros que con la guerra habían pasado al campo burgués. Estos gozaban, al principio de la revolución de Febrero, de una inmensa confianza en las filas obreras, que aprovecharon para copar los órganos ejecutivos de los Soviets y encubrir a la burguesía: «Allí donde ningún ministro burgués podía comparecer ante los obreros revolucionarios, presentábase (o mejor dicho, era enviado por la burguesía) un ministro “socialista”, Skobelev, Tsereteli, Chernov u otro, que cumplía concienzudamente con su misión burguesa, desviviéndose por defender al gobierno y limpiar de culpa a los capitalistas, engañando con promesas y más promesas, con consejos que se reducían a esperar, esperar y esperar» (Lenin, Las enseñanzas de la revolución, punto VI).
Desde febrero se da una situación extremadamente peligrosa para las masas obreras: éstas luchan, con los bolcheviques a la vanguardia, por acabar con la guerra, por la solución del problema agrario, por abolir la explotación capitalista, y para ello crean los soviets y confían sin reservas en ellos. Y, sin embargo, esos Soviets, que han nacido de sus entrañas, copados por los demagogos mencheviques y social-revolucionarios, niegan las necesidades más sentidas por ellas.
El 27 de marzo el Gobierno provisional trata de desencadenar la ofensiva de los Dardanelos cuyo objetivo es conquistar Constantinopla. El 18 de abril Miliukov, ministro de Exteriores, ratifica en una famosa nota la adhesión de Rusia al bando de la «Entente» (Francia y Gran Bretaña). En mayo, Kerenski emprende una campaña en el frente para elevar la moral de los soldados y hacerles pelear, llegando a decir en el colmo del cinismo que «vosotros llevareis la paz en la punta de vuestras bayonetas». De nuevo en junio y en agosto, los socialdemócratas en estrecha colaboración con los odiados generales zaristas, intentarán arrastrar a los obreros y soldados a la carnicería guerrera.
Del mismo modo, esos demagogos de los «derechos humanos» tratan de reestablecer la brutal disciplina militar en el ejército: restauran la pena de muerte, convencen a los Comités de soldados para que «no se metan con los oficiales». Por ejemplo, cuando de forma masiva el soviet de Petrogrado publica el famoso Decreto nº 1 que prohíbe los castigos corporales a los soldados y defiende sus derechos y su dignidad, los social-traidores del Comité Ejecutivo «mandaron a la imprenta, a modo de contraveneno, un manifiesto dirigido a los soldados, que, so pretexto de condenar los actos en que los soldados hacían justicia a los oficiales por propia iniciativa, exigía la sumisión al viejo comando» (Trotski, ob.cit., tomo I, capítulo «Los gobernantes y la guerra»).
Así, bloquean sistemáticamente los decretos más tímidos sobre la cuestión agraria por ejemplo, el que prohibía las transferencias de tierras, devuelven las tierras ocupadas espontáneamente por los campesinos a sus antiguos dueños; reprimen a sangre y fuego, enviando expediciones punitivas, las sublevaciones campesinas; restauran la pena de azotes en las aldeas.
Dejan a los patronos sabotear la producción con objeto, por un lado, de matar de hambre a los obreros y, de otra parte, dispersarlos y desmoralizarlos: «Aprovechando la producción capitalista moderna su estrecha relación con la banca nacional e internacional y con las demás organizaciones del capital unificado (sindicatos patronales, trusts, etc.), los capitalistas comenzaron a aplicar un sistema de sabotaje a amplia escala y cuidadosamente calculado. No repararon en la elección de medios, comenzando con la ausencia administrativa en las fábricas, la desorganización artificial de la vida industrial, el ocultamiento y la fuga de materiales, acabando con la quema y clausura de las empresas desprovistas de recursos» (Ana M. Pankratova, Los consejos de fábrica en la Rusia de 1917, capítulo «El desarrollo de la lucha entre Capital y Trabajo y la Iª Conferencia de Comités de fábrica»).
«En Jarkov, 30 000 mineros se organizaron y aprobaron el punto del preámbulo de los estatutos de Obreros industriales del mundo que reza “la clase de los obreros y la clase de los patronos no tienen nada en común”. Los cosacos aplastaron la organización, muchos mineros fueron despedidos del trabajo. El ministro de Comercio e Industria, Konovalov, envió a su subsecretario Orlov, concediéndole amplios poderes para que pusiera fin a los disturbios. Los mineros odiaban a Orlov, pero el CEC (Comité ejecutivo central) –copado por los socialtraidores no sólo aprobó su nombramiento, sino que se negó a retirar las tropas cosacas de la cuenca del Donetz» (J. Reed, Diez días que estremecieron al mundo, capítulo III).
Tratan de liquidar los soviets desde dentro: incumplen sus acuerdos, posponen las reuniones plenarias dejándolo todo a la conspiración del «petit comité», buscan dividir y enfrentar a las masas explotadas: «Ya desde abril los mencheviques y los social-revolucionarios apelaban a las provincias contra Petrogrado, a los soldados contra los obreros, a la caballería contra los regimientos de ametralladoras. En los soviets daban una representación más privilegiada a los regimientos que a las fábricas; protegían a los establecimientos pequeños y dispersos contra las empresas metalúrgicas gigantescas. Representantes como eran del pasado, buscaban un punto de apoyo en el retraso, en todos sus aspectos. Al perder el terreno, lanzaban a la retaguardia contra la vanguardia» (Trotski, ob.cit., tomo II, capítulo «Las jornadas de Julio»).
Igualmente, tratan de que los soviets entreguen el poder a los organismos «democráticos»: los zemstva –organismos locales de origen zarista–, la conferencia «democrática» de Moscú de agosto, auténtico nido de víboras donde se reúnen fuerzas tan «representativas» como nobles, militares, antiguos centurias negras, kadetes, etc., que bendicen el golpe militar de Kornilov. Igualmente, en septiembre hacen otra intentona para relegar a los soviets: la convocatoria de la Conferencia predemocrática en la cual los delegados de la burguesía y la nobleza tienen, por expreso deseo de los social-traidores, 683 representantes frente a sólo 230 delegados de los soviets. Kerenski llega a prometer al embajador americano que «haremos que los soviets mueran de muerte natural. El centro de gravedad de la vida política se irá trasladando progresivamente de los soviets a los nuevos órganos democráticos de representación autónoma».
Los soviets que piden la toma del poder los aplastan «democráticamente» por la fuerza de las armas: «Los bolcheviques, que habían conquistado la mayoría del Soviet de Kaluga, lograron la excarcelación de los presos políticos. La duma municipal, con la sanción del comisario del gobierno, llamó tropas de Minsk que cañonearon con artillería el soviet. Los bolcheviques capitularon, pero en el momento en que salían del edificio, los cosacos se arrojaron sobre ellos, gritando: ¡Aquí tenéis lo que les va a pasar a todos los soviets bolcheviques!» (J. Reed, ídem).
Los obreros veían cómo sus órganos de clase eran confiscados, desnaturalizados y encadenados a una política que iba en contra de sus intereses. Esto que, como vimos en la primera parte de este artículo, se planteó en las crisis políticas de abril, junio y, sobre todo, julio, les llevó a la acción decisiva: renovar los Soviets para orientarlos hacia la toma del poder.
Los soviets eran –como decía Lenin– «órganos, donde la fuente del poder está en la iniciativa directa de las masas populares desde abajo» (La dualidad del poder). Ello permitió a las masas cambiarlos con mucha rapidez desde el momento en que se convencieron de que no respondían a sus intereses. Desde mediados de agosto, la vida de los soviets se acelera a un ritmo vertiginoso. Las reuniones se suceden día y noche casi sin interrupción. Obreros y soldados discuten concienzudamente, toman resoluciones, votan varias veces al día. En este clima de intensa auto-actividad de las masas, numerosos soviets (Helsinfords, Ural, Krondstadt, Reval, la flota del Báltico, etc.) eligen mayorías revolucionarias formadas por delegados bolcheviques, mencheviques internacionalistas, maximalistas, social-revolucionarios de izquierda, anarquistas, etc.
El 31 de agosto, el Soviet de Petrogrado aprueba una moción bolchevique. Sus dirigentes –mencheviques y socialrevolucionarios– se niegan a aplicarla y dimiten. El 9 de septiembre el soviet elige una mayoría bolchevique, seguido después por Moscú y, a continuación, por el resto del país. Las masas eligen los soviets que necesitan y se preparan así para tomar el poder y ejercerlo.
En esta lucha de las masas por tomar el control de sus organizaciones contra el sabotaje burgués, los bolcheviques jugaron un papel decisivo.
Los bolcheviques tomaron como centro de su actividad el desarrollo de los soviets: «La Conferencia decide desplegar una actividad múltiple dentro de los soviets de diputados obreros y soldados, aumentar su número, consolidar sus fuerzas y aglutinar en su seno a los grupos proletarios internacionalistas de nuestro partido» (Actas de la VIIª Conferencia bolchevique de toda Rusia, abril 1917).
Esta actividad tenía como eje el desarrollo de la conciencia de clase: «es precisa una paciente labor de esclarecimiento de la conciencia de clase del proletariado y de cohesión de los proletarios de la ciudad y el campo» (ídem): por una parte, confiaban en la capacidad de crítica y análisis de las masas ([1]): «mientras la agitación de los mencheviques y social-revolucionarios tenía un carácter disperso, contradictorio y casi siempre evasivo, la de los bolcheviques se distinguía por su carácter reflexivo y concentrado. Aquellos se sacudían las dificultades hablando a diestro y siniestro, estos acudían a su encuentro. El análisis constante de la situación, la comprobación de las consignas en los hechos, la actitud seria frente al adversario, aunque este fuera poco serio, daban a la agitación bolchevique una eficacia extraordinaria y una gran fuerza de persuasión» (Trotski, ob.cit., tomo II, capítulo «Los bolcheviques y los soviets»); por otra, en su capacidad de unión y auto-organización: «no creáis en las palabras. No os dejéis arrastrar por las promesas. No exageréis vuestras fuerzas. Organizaos en cada fábrica, en cada regimiento y en cada compañía, en cada barriada. Realizad un trabajo perseverante de organización cada día, cada hora; trabajad vosotros mismos, ya que esta labor no puede confiarse a nadie» (Lenin, Introducción a la Conferencia de Abril 1917).
Los bolcheviques no pretendían someter a las masas a un «plan de acción» preconcebido, llevándolas como el estado mayor lleva a los soldados, reconocían que la revolución es la obra de la acción directa de las masas y dentro de esa acción directa desempeñaron su misión política: «La fuerza principal de Lenin estaba en comprender la lógica interna del movimiento y reglaba su política de acuerdo a ella. No imponía su plan a las masas. Ayudaba a éstas a concebir y realizar sus propios planes» (Trotski, ob.cit., tomo I, capítulo «El rearme del partido»).
El partido no desarrolla su papel de vanguardia diciéndole a la clase: «he aquí la verdad, arrodíllate», al contrario, está atravesado por las inquietudes y preocupaciones que recorren la clase y cómo esta, aunque no de la misma manera, está expuesto a la influencia destructiva de la ideología burguesa. Su papel de motor en el desarrollo de la conciencia de clase lo cumple mediante una serie de debates políticos donde va superando los errores e insuficiencias de sus posiciones anteriores y pelea a muerte por erradicar las desviaciones oportunistas que pueden golpearlo.
Así, a principios de marzo un importante sector de los bolcheviques planteó que había que unirse a los partidos socialistas (mencheviques y socialrevolucionarios). Agitaban un argumento aparentemente infalible y que en esos primeros momentos de alegría general e inexperiencia de las masas, tenía mucho impacto en ellas: ¿en vez de andar cada uno por su lado por qué no unirnos todos los socialistas?, ¿por qué confundir a los obreros con 2 o 3 partidos distintos reclamándose todos del proletariado y el socialismo?.
Esto suponía una grave amenaza para la revolución: el partido que desde 1902 había luchado contra el oportunismo y el reformismo, que desde 1914 había sido el más consecuente y decidido en oponer la revolución internacional contra la Primera Guerra mundial, corría peligro de diluirse en las aguas turbias de los partidos «socialtraidores». ¿Cómo iba el proletariado a superar en su seno las confusiones e ilusiones que padecía?, ¿cómo iba a combatir las maniobras y trampas del enemigo?, ¿cómo iba a mantener permanentemente el norte de su combate frente a los momentos de vacilación o derrota?. Lenin y la base del Partido lucharon victoriosamente contra esa falsa unidad que en realidad significaba unirse tras la burguesía.
El partido bolchevique era al principio muy minoritario. Muchos obreros tenían ilusiones en el Gobierno provisional y lo veían como una emanación de los soviets, cuando en realidad era su peor enemigo. Los órganos dirigentes de los bolcheviques en Rusia adoptaron en marzo-abril una actitud conciliante con el gobierno provisional, llegando a caer en un apoyo abierto a la guerra imperialista.
Contra ese desvarío oportunista se levantó un movimiento de la base del partido (Comité de Vyborg) que encontró en Lenin y sus Tesis de Abril la más clara expresión. Para Lenin el fondo del problema estaba en que «no podemos dar ningún apoyo al Gobierno provisional. Hemos de explicar la completa falsedad de todas sus promesas. Hemos de desenmascarar a este gobierno que es un gobierno de capitalistas, en vez de propugnar la inadmisible e ilusoria “exigencia” de que deje de ser imperialista» («Las tareas del proletariado en la presente revolución», tesis 3).
Igualmente, Lenin denunciaba el arma fundamental de los mencheviques y social-revolucionarios contra los soviets: «El “error” de los jefes mencionados reside en que embotan la conciencia de los obreros en vez de abrirles los ojos, en que les inculcan ilusiones pequeñoburguesas en vez de destruírselas, en que refuerzan la influencia de la burguesía sobre las masas en vez de emancipar a éstas de esa influencia» (Lenin, La dualidad de poderes).
Contra los que veían esta denuncia «poco práctica» Lenin arguye que «en realidad es la labor revolucionaria más práctica, pues es imposible impulsar una revolución que se ha estancado, que se ahoga entre frases y se dedica a marcar el paso sin moverse del sitio... por la inconciencia confiada de las masas. Sólo luchando contra esa inconciencia confiada (lucha que puede y debe librarse únicamente con las armas ideológicas, por la persuasión amistosa, invocando la experiencia de la vida) podremos desembarazarnos del desenfreno de frases revolucionarias imperante e impulsar de verdad tanto la conciencia del proletariado como la conciencia de las masas, la iniciativa local, audaz y resuelta de las mismas» (Lenin, «Las tareas del proletariado en la presente revolución», tesis 7).
Defender la experiencia histórica del proletariado, mantener vivas sus posiciones de clase, exige quedarse en minoría en muchas ocasiones dentro de los obreros. Esto es así porque «las masas vacilan entre la confianza en sus antiguos señores, los capitalistas, y la cólera contra ellos; entre la confianza en la clase nueva, que abre el camino de un porvenir luminoso para todos los trabajadores y la conciencia, todavía no clara, de su papel histórico-mundial» (Lenin, «Las enseñanzas de la crisis», abril 1917).
Para ayudar a superar esas vacilaciones, «lo importante no es el número sino que se expresen de modo exacto las ideas y la política del proletariado verdaderamente revolucionario» (ob.cit., tesis 17).
Como todo partido auténtico del proletariado, el Partido bolchevique era parte integrante del movimiento de la clase. Sus militantes eran los más activos en las luchas, en los soviets, en los consejos de fábrica, en los mítines y reuniones. Las jornadas de julio pusieron en evidencia ese compromiso inquebrantable del Partido con la clase.
Como vimos en la primera parte, la situación a finales de junio se hacía insostenible por el hambre, la guerra, el caos, el sabotaje de los soviets, la política de encubrir a la burguesía y no hacer nada del Comité ejecutivo central en manos de los social-traidores. Los obreros y los soldados, sobre todo los de la capital, empezaban a sospechar abiertamente de los social-traidores. Cada vez la impaciencia, la desesperación, la rabia, eran más fuertes en las filas obreras, impulsándolas a tomar ya el poder mediante una acción de envergadura. Sin embargo, las condiciones no estaban todavía reunidas:
– los obreros y soldados de las provincias no estaban al mismo nivel político que sus hermanos de Petrogrado;
– los campesinos confiaban todavía en el Gobierno provisional;
– en los propios obreros de Petrogrado la idea que reinaba no era realmente tomar el poder sino hacer un acto de fuerza para obligar a los dirigentes «socialistas» a «tomar de verdad el poder», o sea, pedir a la quinta columna de la burguesía que tome el poder en nombre de los obreros.
En tal situación lanzarse al enfrentamiento decisivo con la burguesía y sus secuaces era embarcarse en una aventura que podía comprometer definitivamente el destino de la Revolución. Era un choque prematuro que podía saldarse con una derrota definitiva.
El Partido Bolchevique desaconseja la acción, pero al ver que las masas no le hacen caso y siguen adelante, no se retira y dice «allá os apañáis». El Partido participa en la acción tratando de que no se convierta en una aventura desastrosa y en que los obreros saquen de ella el máximo de lecciones para preparar la insurrección definitiva. Lucha con todas sus fuerzas para que sea el propio Soviet de Petrogrado, mediante una discusión seria y dándose los dirigentes adecuados, quien se ponga de acuerdo con la orientación política que reina en las masas.
Sin embargo, el movimiento fracasa y sufre una derrota. La burguesía y sus acólitos mencheviques y social-revolucionarios lanzan una violenta represión contra los obreros y, sobre todo, contra los bolcheviques. Estos pagaron un duro precio: detenciones, ajusticiamientos, destierro... Pero ese sacrificio ayudó decisivamente a la clase a limitar los efectos de la derrota sufrida y a plantear de manera más consciente y organizada, en mejores condiciones, la insurrección.
Este compromiso del Partido con la clase permite, a partir de agosto, una vez pasados los peores momentos de reacción burguesa, la plena sintonía Partido-clase imprescindible para el triunfo de la revolución: «En los días de la Revolución de febrero se puso de manifiesto toda la labor realizada anteriormente por los bolcheviques, durante muchos años, y hallaron su sitio en la lucha los obreros avanzados educados por el partido; pero no hubo una dirección por parte de éste. En los acontecimientos de abril, las consignas del partido pusieron de manifiesto su fuerza dinámica, pero el movimiento se desarrolló de forma espontánea. En junio se exteriorizó la inmensa influencia del partido, pero las masas obreras entraban en acción todavía dentro del marco de una manifestación organizada oficialmente por los adversarios. Hasta julio, el partido bolchevique, impulsado por la fuerza de la presión de las masas, no se lanza a la calle contra todos los demás partidos y define el carácter fundamental del movimiento, no sólo con sus consignas, sino también con su dirección organizada. La importancia de una vanguardia compacta aparece por primera vez con toda su fuerza durante las Jornadas de julio, cuando el partido evita, a un precio muy elevado, la derrota del proletariado y garantiza el porvenir de la revolución» (Trotski, ob.cit., tomo II, capítulo ¿Podían los bolcheviques tomar el poder en julio?).
La situación de doble poder que domina todo el período que va desde febrero a octubre es una situación inestable y peligrosa. Su prolongación excesiva sin que ninguna de las dos clases acabe imponiéndose es sobre todo dañina para el proletariado: sí la incapacidad y el caos que caracterizan en esos momentos a la clase gobernante acentúan su desprestigio, al mismo tiempo, provocan el cansancio y desorientación de las masas obreras, las desangran en combates estériles y empieza a enajenar las simpatías de las clases intermedias hacia el proletariado. Por ello éste necesita decantar, decidir, la situación, tomando el poder mediante la insurrección. «O la revolución avanza a un ritmo rápido, tempestuoso y decidido, derriba todos los obstáculos con mano de hierro y se da objetivos cada vez más avanzados, o pronto retrocede de su débil punto de partida y resulta liquidada por la contrarrevolución» (Rosa Luxemburgo, La Revolución rusa, Cáp. I).
La insurrección es un arte. Necesita hacerse en el momento preciso de la evolución de la situación revolucionaria, ni prematuramente con lo cual fracasaría; ni demasiado tarde, con lo cual, una vez pasada la oportunidad, el movimiento revolucionario se iría desintegrando víctima de la contrarrevolución.
A principios de septiembre la burguesía, a través de Kornilov, intenta un golpe de Estado que constituye la señal de la ofensiva final de la burguesía para derribar a los soviets y restablecer plenamente su poder.
El proletariado, con el concurso masivo de los soldados, hizo fracasar la intentona y, con ello se aceleró la descomposición del Ejército: los soldados de numerosos regimientos se pronunciaban a favor de la Revolución, expulsando a los oficiales y organizándose el consejo de soldados.
Como hemos visto antes, la renovación de los soviets desde mediados de agosto estaba decantando claramente la relación de fuerzas en favor del proletariado. La derrota del golpe de Kornilov aceleró el proceso.
Desde mediados de septiembre una marea de resoluciones reclamando la toma del poder (Krondstadt, Ekaterinoslav, etc.) surge de los soviets locales o regionales: el Congreso de soviets de la región norte, celebrado el 11-13 de octubre, llama abiertamente a la insurrección. En Minsk, el Congreso regional de soviets decide apoyar la insurrección y enviar tropas de soldados favorables a la revolución. El 12 de octubre, «los obreros de una de las fábricas más revolucionarias de la capital (Stari Parviainen), reunidos en asamblea general, acuerdan: “declaramos firmemente que nos echaremos a la calle cuando lo juzguemos necesario. No nos asusta la lucha que se aproxima y estamos firmemente convencidos que saldremos de ella victoriosos» (Trotski, Historia de la Revolución rusa, tomo II, Cáp. El comité militar revolucionario). El 17 de octubre, el Soviet de soldados de Petrogrado decide: «La guarnición de Petrogrado deja de reconocer al Gobierno provisional. Nuestro gobierno es el Soviet de Petrogrado. Acataremos solamente las órdenes del Soviet de Petrogrado dadas por su Comité militar revolucionario» (J. Reed, Diez días que estremecieron al mundo). El Soviet distrital de Vyborg decide una marcha para apoyar dicha Resolución, a la que se unen los marinos. Un diario liberal de Moscú –citado por Trotski– describe así el ambiente en la capital: «en los barrios, en las fábricas de Petrogrado, Nevski, Obujov y Putilov, la agitación bolchevique por el levantamiento alcanza su mayor intensidad. El estado de ánimo de los obreros es tal que están dispuestos a ponerse en marcha en cualquier momento».
La aceleración de las insurrecciones campesinas en septiembre constituye otro elemento de la maduración de las condiciones necesarias para la insurrección: «Teniendo la mayoría de los Soviets de las dos capitales, permitir el aplastamiento de la insurrección campesina significaría perder, y perder merecidamente, toda la confianza de los campesinos, significaría equipararse ante sus ojos a los Liberdan y demás miserables» (Lenin, La crisis ha madurado, parte VI).
Pero es a nivel mundial donde está el factor clave de la Revolución. Esto lo pone en claro Lenin en una Carta a los camaradas bolcheviques del Congreso de soviets de la región norte (8 de octubre del 17): «Nuestra revolución vive momentos críticos en extremo. Esta crisis ha coincidido con la gran crisis de crecimiento de la revolución socialista mundial y de la lucha del imperialismo mundial contra ella. Sobre los dirigentes responsables de nuestro partido recae una gigantesca tarea, cuyo incumplimiento amenaza la bancarrota completa del movimiento proletario internacionalista. El momento es tal que la demora equivale verdaderamente a la muerte». En otra carta (el 1o de octubre del 17) precisa: «Los bolcheviques no tienen derecho a esperar al Congreso de los soviets, deben tomar el poder inmediatamente. Con ello salvarán tanto la revolución mundial (pues, de otro modo, existe el peligro de una confabulación de los imperialistas de todos los países, que después de los ametrallamientos en Alemania serán complacientes unos con otros y se unirán contra nosotros) como la Revolución rusa (pues, de otro modo, la ola presente de anarquía puede ser más fuerte que nosotros)».
Esta conciencia de la responsabilidad internacional del proletariado ruso no era algo que únicamente entendían Lenin y los bolcheviques. Al contrario, muchos sectores obreros participaban de ella:
– el 1o de Mayo de 1917, «en todos los ámbitos de Rusia los prisioneros de guerra tomaban parte en las manifestaciones al lado de los soldados, bajo banderas comunes y a veces entonando el mismo himno en varios idiomas... Cuando el ministro kadete Schingarev defendió el decreto de Guchkov contra la “excesiva indulgencia” hacia los prisioneros alemanes, se vio rechazado por los soldados que adoptaron una resolución reforzando un mejor trato hacia los prisioneros» (Trotski, ob.cit., tomo I, capítulo «Los gobernantes y la guerra»).
– «Habló un soldado del frente rumano, un hombre flaco, de expresión trágica y ardiente. “Camaradas –gritó– en el frente sufrimos hambre y nos helamos. Morimos por nada. Que los camaradas norteamericanos transmitan a América que nosotros nos batiremos hasta morir por nuestra revolución. ¡Resistiremos con todas nuestras fuerzas hasta que se alcen en nuestra ayuda todos los pueblos del mundo! ¡Digan a los obreros norteamericanos que se levanten y luchen por la Revolución social!» (J. Reed, ob.cit., capítulo II).
El Gobierno Kerenski intentó desplazar los regimientos de soldados más revolucionarios de Petrogrado, Moscú, Vladimir, Reval etc., hacia el frente o a regiones perdidas como medio de descabezar la lucha. En combinación con esta medida, la prensa liberal y menchevique inició una furiosa campaña de calumnias contra los soldados acusándoles de «cómodos», de «no exponer su vida por la patria», etc. Los obreros de la capital respondieron inmediatamente, y numerosas asambleas de fábrica apoyaban a los soldados, pedían todo el poder para los soviets y tomaban acuerdos para armar a los obreros.
En este marco, el Soviet de Petrogrado decide en una reunión el 9 de octubre crear un Comité militar revolucionario con el propósito inicial de controlar al gobierno, aunque pronto se transformará en centro organizador de la insurrección. En él se agrupan representantes del Soviet de Petrogrado, el Soviet de Marinos, el soviet de la Región de Finlandia, el Sindicato Ferroviario, el Congreso de Consejos de fábrica y la Guardia Roja.
Esta última era un cuerpo obrero que «se formó por primera vez durante la Revolución de 1905 y volvió a renacer en los días de marzo de 1917, cuando se necesitaba una fuerza para mantener el orden en la ciudad. En esta época los Guardias Rojos estaban armados y todos los esfuerzos del gobierno provisional para desarmarlos resultaron estériles. A cada crisis que se producía en el curso de la revolución, los destacamentos de la Guardia Roja aparecían en las calles, no adiestrados ni organizados militarmente, pero llenos de entusiasmo revolucionario» (J. Reed, ob.cit., Cáp. «Notas y aclaraciones»).
Apoyado en este reagrupamiento de fuerzas de clase, el Comité militar revolucionario (en adelante lo llamaremos CMR) convocó una Conferencia de Comités de regimiento que el 18de octubre discutió abiertamente la cuestión de la insurrección, pronunciándose la mayoría por ella excepto 2 que estaban en contra y otros dos que se declararon neutrales (hubo otros 5 regimientos más que no acudieron a la Conferencia). Del mismo modo, tomó una Resolución a favor del armamento de los obreros.
Esta Resolución ya se estaba aplicando en la práctica, los obreros en masa acudían a los arsenales del Estado y reclamaban la entrega de armas. Cuando el Gobierno prohibió tales entregas, los obreros y empleados del Arsenal de la fortaleza Pedro y Pablo (baluarte reaccionario) decidieron ponerse a disposición del CMR y en contacto con otros arsenales organizaron la entrega de armas a los obreros.
El 21 de octubre, la Conferencia de Comités de regimiento acordó la siguiente Resolución: «1º La guarnición de Petrogrado y región promete al CMR sostenerlo enteramente en toda su acción; 2º La guarnición se dirige a los cosacos: os invitamos a las reuniones de mañana, ¡sed bienvenidos hermanos cosacos!; 3º El Congreso panruso de los soviets debe tomar todo el poder. La guarnición promete poner todas sus fuerzas a disposición del Congreso. Contad con nosotros, representantes auténticos del poder de los soldados, obreros y campesinos. Estamos en nuestros puestos, resueltos a vencer o morir» (citado por Trotski).
Podemos ver aquí los rasgos característicos de la insurrección obrera: iniciativa creadora de las masas, organización sencilla y admirable, discusiones y debates que dan lugar a Resoluciones que sintetizan la conciencia que van adquiriendo las masas, recurso a la convicción y la persuasión el llamamiento a los Cosacos para que abandonaran el bando gubernamental o el mitin apasionado y dramático de los soldados de la fortaleza Pedro y Pablo celebrado el 23 de octubre y que decidió no obedecer más que al CMR. Todo ello son los rasgos característicos de un movimiento de emancipación de la humanidad, de protagonismo directo, apasionado, creador, de las masas de explotados.
La jornada del 22 de octubre convocada por el Soviet de Petrogrado selló definitivamente la insurrección: se reunieron mítines y asambleas en todos los barrios, en todas las fábricas, que acordaron masivamente: «Abajo Kerenski», «todo el poder para los soviets». Fue un acto gigantesco donde obreros, empleados, soldados, muchos cosacos, mujeres, niños, soldaron abiertamente su compromiso con la insurrección.
No es posible en el marco de este artículo contar todos sus pormenores (remitimos al libro ya mencionado de Trotski o al de J. Reed). Lo que pretendemos dejar claro es el carácter masivo, abierto, colectivo, de la insurrección. «La insurrección fue determinada, por decirlo así, para una fecha fija: el 25 de octubre. Y no fue fijada en una sesión secreta, sino abierta y públicamente, y la revolución triunfante se hizo precisamente el 25 de octubre (6 de noviembre), como había sido establecido de antemano. La historia universal conoce un gran número de revueltas y revoluciones: pero buscaríamos en ella otra insurrección de una clase oprimida que hubiera sido fijada anticipada y públicamente para una fecha señalada, y que hubiera sido realizada victoriosamente en el día indicado de antemano. En este sentido y en varios otros, la Revolución de noviembre es única e incomparable» (Trotski, La Revolución de noviembre, 1919).
Los bolcheviques plantearon claramente desde septiembre la cuestión de la insurrección en las asambleas de obreros y soldados, ocuparon los puestos más combativos y decididos dentro del CMR, la Guardia roja; se desplazaron a los cuarteles donde había más dudas o que estaban por el Gobierno provisional, a convencer a los soldados, el discurso de Trotski fue crucial para convencer a los soldados de la fortaleza de Pedro y Pablo; denunciaron sin tregua las maniobras, las dilaciones, las trampas de los mencheviques; lucharon para que el IIº Congreso de los soviets se convocara frente al sabotaje de los socialtraidores.
Sin embargo, no fueron los bolcheviques sino todo el proletariado de Petrogrado quien decidió y ejecutó la insurrección. Los mencheviques y socialrevolucionarios intentaron repetidas veces retrasar sine die la celebración del IIº Congreso de los soviets. Fue por la presión de las masas, la insistencia de los bolcheviques, el envío de miles de telegramas de los soviets locales reclamando su convocatoria, lo que, finalmente, obligó al CEC –guarida de los socialtraidores– a convocarlo para el 25.
«Después de la revolución del 25 de octubre, los mencheviques, y ante todo Martov, hablaron mucho acerca de la usurpación del poder a espaldas del soviet y de la clase obrera. Es difícil imaginarse una deformación más desvergonzada de los hechos. Cuando en la sesión de los soviets decidimos por mayoría la convocatoria del IIº Congreso para el 25 de octubre, los mencheviques decían: “vosotros decidís la revolución”. Cuando, con la mayoría abrumadora del Soviet de Petrogrado nos hemos negado a dejar partir a los regimientos de la capital, los mencheviques decían: “Esto es el principio de la insurrección”. Cuando en el Soviet de Petrogrado hemos creado el CMR, los mencheviques hicieron constar: “este es el organismo de la insurrección armada”. Pero cuando el día decisivo estalló la insurrección prevista por medio de este organismo, creado y “descubierto” anticipadamente, los mismos mencheviques gritaron: una maquinación de conspiradores ha provocado una revolución a espaldas de la clase» (Trotski, ob.cit.).
El proletariado se dio los medios de fuerza –armamento general de los obreros, formación del CMR, insurrección– para que el Congreso de los soviets pudiera tomar efectivamente el poder. Si el Congreso de los soviets hubiera decidido «tomar el poder» sin esa preparación previa tal decisión hubiera sido una gesticulación vacía fácilmente desarticulable por los enemigos de la Revolución. No se puede ver el Congreso de los soviets como un acto aislado, formal, sino dentro de toda la dinámica general de la clase y, concretamente, dentro de un proceso, donde a escala mundial se desarrollaban las condiciones de la revolución y dentro de Rusia infinidad de soviets locales llamaban a la toma del poder o lo tomaban efectivamente: simultáneamente con Petrogrado en Moscú, en Tula, en los Urales, en Siberia, en Jarkov, etc., los soviets hacían triunfar la insurrección.
El Congreso de los soviets tomó la decisión definitiva, confirmando la plena validez de la iniciativa del proletariado de Petrogrado: «Apoyándose en la voluntad de la inmensa mayoría de los obreros, los soldados y los campesinos y en la insurrección victoriosa de los obreros y la guarnición de Petrogrado, el Congreso toma en sus manos el poder... El Congreso acuerda: todo el poder en las localidades pasa a los soviets de diputados obreros, soldados y campesinos, llamados a asegurar un orden verdaderamente revolucionario».
Adalen, 5-11-1992
[1] Nunca hemos negado los errores que cometió el partido Bolchevique, ni su degeneración y transformación en columna vertebral de la odiosa dictadura estalinista (este proceso lo trataremos en próximos artículos de la presente serie). El papel del partido Bolchevique así como la crítica implacable de sus errores y de su degeneración lo hemos analizado en varios artículos de nuestra Revista internacional : «La degeneración de la Revolución rusa» y «Lecciones de Krondstadt» (nº 3) y «Defensa del carácter proletario de la Revolución de Octubre» (nos 12 y 13). La razón esencial de la degeneración de los partidos y organizaciones políticas del proletariado estriba en el peso de la ideología burguesa en sus filas que crea constantemente tendencias al oportunismo y al centrismo (ver «Resolución sobre el centrismo y el oportunismo» en Revista internacional, nº 44).
El comunismo no es un bello ideal, sino una necesidad material - Vª parte
Los dos artículos previos de esta serie([1]), se han centrado en gran medida en los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, porque son un rico filón de material sobre los problemas del trabajo alienado y sobre los objetivos finales del comunismo, tal y como Marx los veía cuando se adhirió por primera vez al movimiento proletario. Pero aunque Marx ya en 1843 había identificado el proletariado moderno como el agente de la transformación comunista, los Manuscritos todavía no son precisos respecto al movimiento práctico social que conducirá de la sociedad de la alienación a la auténtica comunidad humana mundial. Este desarrollo fundamental en el pensamiento de Marx, surgió de la convergencia de dos elementos vitales: la elaboración del método materialista histórico y la abierta politización del proyecto comunista.
Los Manuscritos ya contienen varias reflexiones sobre las diferencias entre feudalismo y capitalismo, pero en algunas partes, presentan una cierta imagen estática de la sociedad capitalista. El capital, y sus alienaciones asociadas, a veces aparecen en el texto descritos tal y como existen, pero sin ninguna explicación de su génesis. Como resultado, el actual proceso de hundimiento del capitalismo también queda bastante nebuloso. Pero apenas un año después, en La ideología alemana, Marx y Engels habían expuesto una visión coherente de las bases prácticas y objetivas del movimiento de la historia (y así de las distintas etapas en la alienación de la humanidad). La historia se presentaba ahora claramente como una sucesión de modos de producción, de la comunidad tribal, pasando por la sociedad de la antigüedad, hasta el feudalismo y el capitalismo; y el elemento dinámico en este movimiento no eran las ideas o los sentimientos de los hombres sobre ellos sí mismos, sino la producción material de las necesidades vitales:
«... debemos comenzar señalando que la primera premisa de toda existencia humana y también, por tanto, de toda historia, es que los hombres se hallen, para “hacer historia”, en condiciones de poder vivir. Ahora bien, para vivir hace falta comer, beber, alojarse bajo un techo, vestirse y algunas cosas más. El primer hecho histórico es, por consiguiente, la producción de los medios indispensables para la satisfacción de estas necesidades, es decir, la producción de la vida material misma...» (La ideología alemana, Pág. 28, Ed. Grijalbo, Barcelona 1972).
Esta simple verdad era la base para comprender el cambio de un tipo de sociedad a otra, para comprender que «... un determinado modo de producción o una determinada fase industrial, lleva siempre aparejado un determinado modo de cooperación o una determinada fase social, modo de cooperación que es, a su vez, una “fuerza productiva”; que la suma de las fuerzas productivas accesibles al hombre condiciona el estado social y que, por tanto, la “historia de la humanidad” debe estudiarse y elaborarse siempre en conexión con la historia de la industria y el intercambio» (ídem, Pág. 30).
Desde este punto de vista, las ideas y la lucha entre las ideas, la política, la moral y la religión cesan de ser factores determinantes en el desarrollo histórico:
«Totalmente al contrario de lo que ocurre en la filosofía alemana, que desciende del cielo sobre la tierra, aquí se asciende de la tierra al cielo. Es decir, no se parte de lo que los hombres dicen, se representan o se imaginan, ni tampoco del hombre predicado, pensado, representado o imaginado, para llegar, arrancando de aquí, al hombre de carne y hueso; se parte del hombre que realmente actúa y, arrancando de su proceso de vida real, se expone también el desarrollo de los reflejos ideológicos y de los ecos de este proceso de vida... No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia» (ídem, Pág. 26).
En el punto final de este vasto movimiento histórico, La ideología alemana apunta que el capitalismo, como los anteriores modos de producción, está condenado a desaparecer, no por sus deficiencias morales, sino porque sus contradicciones internas lo empujan a su autodestrucción, y porque ha hecho surgir una clase capaz de reemplazarlo por una forma más alta de organización social:
«En el desarrollo de las fuerzas productivas se llega a una fase en la que surgen fuerzas productivas y medios de intercambio que, bajo las relaciones existentes, sólo pueden ser fuente de males, que no son ya tales fuerzas de producción, sino más bien fuerzas de destrucción (maquinaria y dinero); y, lo que se halla íntimamente relacionado con ello, surge una clase condenada a soportar todos los inconvenientes de la sociedad sin gozar de sus ventajas, que se ve expulsada de la sociedad y a colocarse en la más resuelta contraposición a todas las demás clases; una clase que forma la mayoría de todos los miembros de la sociedad y de la que nace la conciencia de que es necesaria una revolución radical, la conciencia comunista...» (ídem, Pág.81).
Como resultado, en completo contraste con todas las visiones utopistas, que veían el comunismo como un ideal estático que no guardaba relación con el proceso real de la evolución histórica: «Para nosotros el comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que haya de sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual» (ídem, Pág. 37).
Habiendo establecido este cuadro y método general, Marx y Engels podían entonces proceder a un examen más detallado de las contradicciones específicas de la sociedad capitalista. De nuevo aquí, la crítica de la economía burguesa contenida en los Manuscritos había proporcionado mucho del trabajo de base para esto y Marx tuvo que volver a ellos una y otra vez. Pero el desarrollo del concepto de plusvalía marcó un paso decisivo, puesto que hizo posible enraizar la denuncia de la alienación capitalista en los más contundentes hechos económicos, en las cuentas de la explotación diaria. Este concepto preocupó a Marx en la mayoría de sus obras posteriores (Grundrisse, Capital, teorías de la plusvalía), que contenían importantes clarificaciones sobre el tema –en particular la distinción entre trabajo y fuerza de trabajo. Sin embargo lo esencial del concepto ya se señalaba en la Miseria de la filosofía y Trabajo asalariado y capital, escritos en 1847.
Los escritos posteriores también fueron para estudiar más profundamente la relación entre la extracción y la realización de la plusvalía, y las crisis periódicas de sobreproducción que sacudían hasta los cimientos la sociedad capitalista cada diez años o así. Pero Engels ya había comprendido el significado de las «crisis comerciales» en su Crítica de la economía política en 1844, y había convencido rápidamente a Marx de la necesidad de entenderlas como precursoras del hundimiento capitalista -la manifestación concreta de las contradicciones insolubles del capitalismo.
Puesto que ahora se había entendido el comunismo como un movimiento y no meramente como un objetivo -específicamente como el movimiento de la lucha de la clase proletaria-, sólo podía desarrollarse como un programa práctico por la emancipación del salariado -como un programa político revolucionario. Incluso antes de que hubiese adoptado una posición comunista, Marx rechazaba a todos esos intelectualillos «críticos» que se negaban a ensuciarse las manos con las sórdidas realidades de la lucha política. Como declaraba en su carta a Ruge en septiembre de 1843, «... de forma que nada nos impide ligar nuestra crítica a la crítica política, a la participación política y, consecuentemente, a las luchas políticas, e identificarnos con ellas». Y de hecho, la necesidad de comprometerse en luchas políticas para conseguir una transformación social completa estaba embebida en la propia naturaleza de la revolución proletaria: «No digáis que el movimiento social excluye el movimiento político» escribía Marx en su polémica con el «anti-político» Proudhon: «No existe jamás un movimiento político que al mismo tiempo no sea social. Solamente en un orden de cosas en el cual no existan clases ni antagonismos de clases las evoluciones sociales dejarán de ser revoluciones políticas» (Miseria de la filosofía, Pág. 245, ED Aguilar, Madrid, 1979).
Dicho de otra forma, el proletariado se diferenciaba de la burguesía en que, en tanto que clase desposeída y explotada, no podía construir las bases económicas de la nueva sociedad dentro de la cáscara de la vieja. La revolución que pondría fin a todas las formas de dominación de clase, sólo podía empezar como un asalto político al viejo orden; su primer acto tendría que ser la toma del poder político por la clase desposeída, que, sobre esa base, procedería a las transformaciones económicas y sociales que condujeran a la sociedad sin clases.
Pero la definición precisa del programa político de la revolución comunista no se hizo espontáneamente: tuvo que elaborarse por los elementos más avanzados del proletariado, que se habían organizado en distintas agrupaciones comunistas. Así, en los años 1845-48, Marx y Engels se implicaron incesantemente en la construcción de esa organización. En este tema, su posición de nuevo estaba dictada por su reconocimiento de la necesidad de insertarse en un «movimiento real» ya existente. Por eso, en vez de construir una organización de la nada, buscaron integrarse en las corrientes proletarias más avanzadas con el propósito de ganarlas a una concepción más científica del proyecto comunista. Concretamente esto les llevó a un grupo compuesto principalmente de trabajadores alemanes exilados: la Liga de los Justos. Para Marx y Engels, la importancia de este grupo estaba en que, a diferencia de las corrientes del «socialismo» de las clases medias, la Liga era una expresión real del proletariado combativo. Formada en París, en 1836, había estado conectada estrechamente con la «Société des Saisons» de Blanqui y había participado junto con ella en el fracasado alzamiento de 1839. Por tanto era una organización que reconocía la realidad de la guerra de clases y la necesidad de una batalla revolucionaria violenta por el poder. A decir verdad, junto con Blanqui, tendía a ver la revolución en términos conspirativos, como el acto de una minoría determinada, y su propia naturaleza de sociedad secreta reflejaba tales concepciones. También estuvo influenciada, especialmente a principios de los 40, por las concepciones semimesiánicas de Wilhelm Weitling.
Pero la Liga también había mostrado una capacidad de desarrollo teórico. Uno de los efectos de su carácter «de emigrados» fue confirmarla, en palabras de Engels, como «el primer movimiento internacional de obreros de todos los tiempos». Esto significaba que estaba abierta a los desarrollos internacionales más importantes de la lucha de clases. En la década de los 40 del siglo pasado, el principal centro de la Liga había emigrado a Londres, y a través de su contacto con el movimiento Cartista, sus miembros dirigentes habían empezado a alejarse de sus viejas concepciones conspirativas y a avanzar hacia una concepción de la lucha proletaria como un movimiento masivo, autoconsciente y organizado, donde los obreros industriales jugaban un papel clave.
Los conceptos de Marx y Engels cayeron así en suelo fértil en la Liga, aunque no sin un duro combate contra las influencias de Blanqui y Weitling. Pero en 1847, la Liga de los Justos se había convertido en la Liga de los Comunistas. Había cambiado su estructura organizativa de una secta conspirativa a una organización centralizada con estatutos claramente definidos y que funcionaba por comités elegidos. Y había delegado a Marx la tarea de esbozar la plataforma de principios políticos de la organización -el documento conocido como Manifiesto del Partido comunista([2]), publicado primero en alemán, en Londres en 1848, justo antes del estallido de la revolución de febrero en Francia.
La ascendencia y caída de la burguesía
El Manifiesto del Partido comunista, junto con su primer esbozo, Los principios del comunismo, representa la primera exposición global del comunismo científico. Aunque escrito para una audiencia de masas, en un tono apasionado y de agitación, nunca resulta superficial o vulgar. Realmente vale la pena reexaminarlo continuamente, porque condensa en relativamente pocas páginas las líneas generales del pensamiento marxista sobre una serie de cuestiones interconectadas.
La primera parte del texto esboza la nueva teoría de la historia anunciada desde el mismo comienzo con la famosa frase: «La historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases»([3]). Brevemente expone los diversos cambios en las relaciones de clase, la evolución desde la antigüedad al feudalismo y a la sociedad capitalista, para mostrar que «La burguesía moderna, como vemos, es por sí misma fruto de un largo proceso de desarrollo, de una serie de revoluciones en el modo de producción y de cambio». Renunciando a cualquier condena moral abstracta de la emergencia de la explotación capitalista, el texto enfatiza el papel eminentemente revolucionario de la burguesía por lo que concierne a la obra de barrer las viejas formas de sociedad, parroquiales, estrechas y rígidas, y reemplazarlas con el modo de producción más dinámico y expansivo jamás visto; un modo de producción que, al conquistar y unificar el mundo tan rápidamente, al poner en marcha inmensas fuerzas de producción, ponía los cimientos para una forma superior de sociedad que acabara finalmente con los antagonismos de clase. Igualmente desprovista de subjetivismo es la identificación que hace el texto de las contradicciones internas que conducirán al hundimiento del capitalismo.
Por una parte la crisis económica: «Las relaciones burguesas de producción y de cambio, las relaciones burguesas de propiedad, toda esa sociedad burguesa moderna, que ha hecho surgir tan potentes medios de producción y de cambio, se asemeja al mago que ya no es capaz de dominar las potencias infernales que ha desencadenado con sus conjuros. Desde hace algunas décadas, la historia de la industria y el comercio no es más que la historia de la rebelión de las fuerzas productivas modernas contra las actuales relaciones de producción, contra las relaciones de propiedad que condicionan la existencia de la burguesía y su dominación. Basta mencionar las crisis comerciales que, con su retorno periódico, plantean, en forma cada vez más amenazante, la cuestión de la existencia de toda la sociedad burguesa. Durante cada crisis comercial, se destruye sistemáticamente, no sólo una parte considerable de productos elaborados, sino incluso de las mismas fuerzas productivas ya creadas. Durante las crisis, una epidemia social, que en cualquier época anterior hubiera parecido absurda, se extiende sobre la sociedad; la epidemia de la sobreproducción. La sociedad se encuentra súbitamente retrotraída a un estado de barbarie momentánea; diríase que el hambre, que una guerra devastadora mundial la han privado de todos sus medios de subsistencia; la industria y el comercio parecen aniquilados. Y todo esto ¿por qué?. Porque la sociedad posee demasiada civilización, demasiados medios de vida, demasiada industria, demasiado comercio» (Manifiesto del Partido comunista, Marx/Engels, Obras escogidas, I, ED Akal, Madrid 1975, Págs. 27-28).
En los Principios del comunismo, se plantea que la tendencia innata del capitalismo a crisis de sobreproducción, no sólo indica el camino de su autodestrucción, sino que explica porqué al mismo tiempo, pone las condiciones para el comunismo, en el que «... en lugar de producir la miseria, la sobreproducción por encima de las necesidades más inmediatas de la sociedad asegurará la satisfacción de las necesidades de todos...» (Principios del comunismo, OME-9, Obras de Marx y Engels, ED Grijalbo, Barcelona 1978, Pág. 16).
Para el Manifiesto, las crisis de sobreproducción son por supuesto las crisis cíclicas que puntuaron la totalidad del período ascendente del capitalismo. Pero aunque el texto reconocía que esas crisis todavía podían superarse «por la conquista de nuevos mercados y la explotación más intensa de los antiguos» (ídem, Pág. 28), también tiende a esbozar la conclusión de que las relaciones burguesas ya se han convertido en una traba permanente para el desarrollo de las fuerzas productivas –en otras palabras, que la sociedad capitalista ya ha cumplido su misión histórica y ha entrado en su época de declive. Inmediatamente después del pasaje que describe las crisis periódicas, el texto continúa: «Las fuerzas productivas de que dispone la sociedad no sirven ya al desarrollo de la civilización burguesa y de las relaciones de propiedad burguesas; por el contrario, resultan ya demasiado poderosas para estas relaciones, que constituyen un obstáculo para su desarrollo... Las relaciones burguesas resultan demasiado estrechas para contener las riquezas creadas en su seno» (ídem, Pág. 28).
Esta estimación del estado alcanzado por la sociedad burguesa, no es consistente con otras formulaciones del Manifiesto, especialmente las nociones tácticas que aparecen al final del texto. Pero tuvo una influencia muy importante en las expectativas y las intervenciones de la minoría comunista durante los grandes levantamientos de 1848, que se veían como los precursores de una revolución proletaria inminente. Únicamente después, al hacer un balance de estos levantamientos, Marx y Engels revisaron la idea de que el capitalismo ya había alcanzado los límites de su curva ascendente. Pero ya volveremos sobre este asunto en un artículo subsiguiente.