Caos imperialista, desastre ecológico
Hace más de un siglo, Friedrich Engels predijo que, dejada a su aire, la sociedad capitalista arrastraría a la humanidad a la barbarie. Y así es: durante los últimos cien años, la guerra imperialista no ha cesado de aportar su serie de hechos cada vez más graves y abominables, desgraciada ilustración de aquella previsión. Hoy, el mundo capitalista ha abierto una nueva vía al desastre que se avecina, por así decirlo, a rematar la ya bestial de la guerra imperialista: la de una catástrofe ecológica “man-made” – o sea “fabricada por el hombre” – que en el espacio de unas cuantas generaciones, podría transformar la Tierra en un planeta tan inhóspito para la vida humana como Marte. Por muy conscientes que sean los defensores del orden capitalista de semejante perspectiva, nada en absoluto podrán contra ella, por la sencilla razón de que es la propia perpetuación contra natura de su modo de producción agonizante lo que provoca tanto la guerra imperialista como la catástrofe ecológica.
El sangriento descalabro en que ha desembocado la invasión de Irak por la “coalición” dirigida por Estados Unidos en 2003, ha sido una señal fatídica en el desarrollo de la guerra imperialista hacia la destrucción misma de la sociedad. Cuatro años después de la invasión, muy lejos de ser “liberado”, Irak se ha transformado en lo que púdicamente los periodistas burgueses llaman “una sociedad bloqueada” en donde la población, tras haber sufrido las matanzas de la Guerra del Golfo de 1991, tras haber quedado, después, exangüe durante una década de sanciones económicas ([1]), está día tras día sometida a los atentados suicidas, a los pogromos de todo tipo de “insurgentes”, a los asesinatos de los escuadrones de la muerte del ministerio del Interior o la eliminación arbitraria por parte de las fuerzas de ocupación. La situación en Irak no es sino el epicentro de un proceso de desintegración y de caos militarizados que se extiende por Palestina, Somalia, Sudan, Líbano hasta Afganistán que amenaza constantemente con tragarse a nuevas regiones del planeta entre las que no hay que excluir, ni mucho menos, a las metrópolis capitalistas centrales, como lo han demostrado los atentados terroristas de Nueva York, Madrid y Londres durante esta primera década del nuevo siglo. Lejos de construir un nuevo orden mundial en Oriente Medio, el poder militar norteamericano no ha hecho más que propagar un caos militar sin límites.
En cierto modo no hay nada nuevo en lo que a matanzas militares masivas se refiere. La Primera Guerra mundial de 1914-18 fue ya un paso de gigante en el “porvenir” de barbarie. Al mutuo degüello de millones de jóvenes obreros enviados a las trincheras por sus amos imperialistas respectivos le sucedió una pandemia, la llamada “gripe española”, que se llevó por delante a varios millones más, a la vez que las naciones industriales europeas más poderosas del capitalismo se encontraban económicamente por los suelos. Tras el fracaso de la revolución de Octubre de 1917 y las revoluciones obreras que aquélla inspiró por el resto del mundo durante los años 1920, quedó libre el camino para otro episodio de guerra total todavía más catastrófico, la Segunda Guerra mundial de 1939-45. Fue entonces la población civil el objetivo principal de una matanza de masas sistemática realizada por las fuerzas aéreas. Fue entonces cuando se realizó el genocidio de varios millones de seres humanos perpetrado en el corazón mismo de la civilización europea.
Llegó después la “Guerra fría” entre 1947 y 1989, que produjo una cantidad de masacres tan destructoras como aquéllas, en Corea, en Vietnam, en Camboya y por toda África, y, además, el antagonismo entre EEUU y la URSS conllevaba la amenaza permanente de un holocausto nuclear total.
Lo que es nuevo en la guerra imperialista de hoy no es el nivel absoluto de destrucción, pues los conflictos recientes, aún realizándose con una potencia de fuego incomparablemente más mortífera que antes (al menos en lo que concierne a EEUU) no han llevado todavía al abismo a las concentraciones de población del corazón del capitalismo, como sí había ocurrido durante las dos guerras mundiales. Lo diferente es que el aniquilamiento de toda sociedad humana que provocaría tal guerra, aparece hoy mucho más claramente. En 1918, Rosa Luxemburgo comparaba la barbarie de la Primera Guerra mundial a la decadencia de la Roma antigua y los sombríos años que la siguieron. Hoy ni siquiera esa comparación parece la adecuada para expresar el horror sin fin que la barbarie capitalista nos reserva. A pesar de la brutalidad y el caos destructor de las dos guerras mundiales del siglo pasado, siempre les quedaba una perspectiva – por muy ilusoria que fuera en fin de cuentas – de reconstruir un orden social en interés de las potencias imperialistas dominantes. Los focos de tensión de la época contemporánea, al contrario, no “ofrecen” a los protagonistas en guerra más perspectiva que la de caer todavía más bajo en una fragmentación social a todos los niveles, en una descomposición del orden social, en un caos sin fin.
La mayor parte de la burguesía estadounidense se ha visto obligada a reconocer que su estrategia imperialista de imponer unilateralmente su hegemonía mundial, ya sea en lo diplomático como en lo militar o ideológico, se ha ido al garete. El Informe del Grupo de Estudios sobre Irak (Irak Study Group), presentado en el Congreso norteamericano no ha ocultado esa evidencia. En lugar de fortalecer el prestigio del imperialismo americano, la ocupación de Irak ha acabado debilitándolo a casi todos los niveles. Pero ¿qué alternativa a la política de Bush proponen las críticas más severas en el seno de la clase dominante de EEUU? La retirada es imposible sin debilitar todavía más la hegemonía norteamericana e incrementar el caos. La división de Irak en base a los grupos étnicos tendría los mismos resultados. Algunos incluso proponen volver a la política de “contención” como durante la Guerra fría. Pero es evidente que no puede volverse al orden mundial de dos bloques imperialistas. Por eso, el descalabro en Irak es mucho peor que el de Vietnam pues, contrariamente a esta guerra, es ahora al mundo entero al que Estados Unidos intenta contener y no sólo al que era, en aquel entonces, su bloque rival, la URSS.
Por eso, a pesar de las agrias críticas del ISG y del control del Congreso americano por el partido demócrata, el presidente Bush ha sido autorizado a aumentar en al menos 20 000 soldados enviados a Irak, lanzándose además a una nueva política de amenazas militares y diplomáticas hacia Irán. Sean cuales sean las estrategias alternativas que esté estudiando la clase dominante de EEUU, se verá, tarde o temprano, obligada a dar una nueva prueba sangrienta de su estatuto de superpotencia con unas consecuencias todavía más abominables para las poblaciones del mundo. Y eso incrementará más todavía la extensión de la barbarie.
Eso no es el resultado ni de la incompetencia ni de la arrogancia de la administración republicana de Bush y de los neoconservadores como así no paran de repetirnos las burguesías de las demás potencias imperialistas. Dejar las cosas en manos de Naciones Unidas o abogar por la “cooperación multilateral” no es una opción más, como lo pregonan esas burguesías y los pacifistas de todo tipo. Desde 1989, Washington lo comprendió perfectamente: la ONU se había vuelto una tribuna para atajar los proyectos norteamericanos, un lugar donde sus rivales menos poderosos podían retrasar, diluir y hasta imponer un veto a la política de EEUU para impedir que se debilitaran sus propias posiciones. Al presentar a EEUU como único responsable de la guerra y el caos, Francia, Alemania y los demás, lo que hacen resaltar es la parte que plenamente les incumbe en la lógica destructora actual del imperialismo: una lógica en la cada cual juega para sí y debe oponerse a todos los demás.
No es de extrañar que las manifestaciones regulares sobre el tema de “Stop the War” – “¡Alto a la guerra!” – en las grandes ciudades de las potencias más importantes den en general un ruidoso apoyo a los pequeños hampones imperialistas de Oriente Medio, como los insurgentes de Irak o Hizbolá de Líbano que luchan contra Estados Unidos. Lo que eso revela es que el imperialismo es un proceso que ninguna nación puede evitar. Eso significa que la guerra no solo es la consecuencia de la agresión de las potencias mayores.
Otros siguen proclamando, contra las evidencias, que la aventura americana en Irak es una “guerra por el petróleo”, ocultando así por completo el peligro que significan los objetivos geoestratégicos fundamentales de la potencia estadounidense. Es ésa una gran subestimación de la gravedad de la situación actual. En realidad, el callejón sin salida en que está metido en imperialismo americano en Irak no es sino la expresión del atolladero general en que está metida la sociedad capitalista. George Bush padre anunció que con la desaparición del bloque ruso se abría una nueva era de paz y estabilidad, un “nuevo orden mundial”. Rápidamente, sobre todo con la primera guerra del Golfo y luego con el feroz conflicto en Yugoslavia, en el corazón de Europa, la realidad se encargaría de desmentir aquella previsión. Los años 90 no fueron los del orden mundial, sino los de un caos bélico creciente. Ironías de la historia, será el George Bush hijo el actor de primer plano en el nuevo paso decisivo de un caos irreversible.
A la vez que el capitalismo en descomposición estimula su carrera imperialista hacia una barbarie cada vez más evidente, también ha acelerado el asalto contra la biosfera con tal ferocidad que un holocausto climático creado artificialmente podría también aniquilar la civilización y la vida humanas. Según el consenso al que han llegado los científicos en temas ecológicos del planeta, en el informe de febrero de 2007 del Grupo intergubernamental de expertos en evolución del clima (GIEC), queda claro que la teoría según la cual el calentamiento del planeta, debido a la acumulación de elevadas tasas de dióxido de carbono en la atmósfera, se debería a la combustión a gran escala de energías fósiles, ya no es una simple hipótesis, sino considerada como “muy probable”. El dióxido de carbono de la atmósfera retiene el calor del sol reflejado por la superficie de la Tierra, irradiándolo por el aire ambiente y provocando así el “efecto invernadero”. Ese proceso se inició hacia 1750, al principio de la revolución industrial capitalista y, desde entonces, el incremento de las emisiones de dióxido de carbono y el calentamiento del planeta no han cesado de aumentar. Desde 1950, ese doble incremento se aceleró en paralelo con la subida de la curva de crecimiento, y se han alcanzado nuevos récords de temperatura planetarios prácticamente cada año durante la última década. Las consecuencias de ese calentamiento del planeta ya han empezado a aparecer a una escala alarmante: un cambio en el clima que provoca a la vez sequías a repetición e inundaciones a gran escala, oleadas de calor mortales en Europa del Norte y unas condiciones climáticas extremas muy destructivas que, a su vez, son ya responsables del incremento de hambrunas y enfermedades en el Tercer mundo y de la ruina de ciudades enteras como Nueva Orleáns tras el paso del huracán Katrina.
No se trata, desde luego, de ponerse ahora a denunciar el capitalismo por haber empezado a quemar energías fósiles o actuar contra el medio ambiente con consecuencias imprevistas o peligrosas. En realidad, esto ocurre desde los albores de la civilización humana:
“Los hombres que en Mesopotamia, Grecia, Asia Menor y otras regiones talaban los bosques para obtener tierra de labor, ni siquiera podían imaginarse que, al eliminar con los bosques los centros de acumulación y reserva de humedad, estaban sentando las bases de la actual aridez de esas tierras. Los italianos de los Alpes, que talaron en las laderas meridionales los bosques de pinos, conservados con tanto celo en las laderas septentrionales, no tenía idea de que con ello destruían las raíces de la industria lechera en su región; y mucho menos podían prever que, al proceder así, dejaban la mayor parte del año sin agua sus fuentes de montaña, con lo que les permitían, al llegar el período de las lluvias, vomitar con tanta mayor furia sus torrentes sobre la planicie. Los que difundieron el cultivo de la patata en Europa no sabían que con este tubérculo farináceo difundían a la vez la escrofulosis. Así, a cada paso, los hechos nos recuerdan que nuestro dominio sobre la naturaleza no se parece en nada al dominio de un conquistador sobre el pueblo conquistado, que no es el dominio de alguien situado fuera de la naturaleza, sino que nosotros, por nuestra carne, nuestra sangre y nuestro cerebro, pertenecemos a la naturaleza, nos encontramos en su seno, y todo nuestro dominio sobre ella consiste en que, a diferencia de los demás seres, somos capaces de conocer sus leyes y de aplicarlas adecuadamente” (Friedrich Engels, El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre).
El capitalismo es sin embargo responsable del enorme acelerón de ese proceso de deterioro del entorno. No a causa de la industrialización en sí, sino como resultado de su búsqueda de la máxima ganancia y, por lo tanto, de la indiferencia ante las necesidades ecológicas y humanas si no coinciden con el objetivo de acumular riquezas. Además, el modo de producción capitalista tiene otras características que acentúan la destrucción desenfrenada del entorno. La competencia intrínseca entre capitalistas, sobre todo entre cada Estado nacional, impide, en última instancia cuando menos, que pueda establecerse la menor verdadera cooperación a escala mundial. Y, relacionado con esa característica, la tendencia del capitalismo a la sobreproducción en su búsqueda insaciable de ganancia.
En el capitalismo decadente, en su período de crisis permanente, la tendencia a la sobreproducción se ha vuelto crónica. Esto se ha plasmado muy claramente desde la Segunda Guerra mundial cuando la expansión de las economías capitalistas se produjo artificialmente, en parte mediante la política de financiación de los déficits, gracias a una extensión gigantesca de todo tipo de endeudamientos en la economía. Esto no llevó a satisfacer las necesidades de las masas obreras que siguieron empantanadas en la pobreza, pero sí a un despilfarro enorme: desde los montones de mercancías sin vender hasta el dumping de millones de toneladas de alimentos, o la producción de una ingente cantidad de productos, desde los automóviles hasta los ordenadores, que se desechan rápidamente, o la gigantesca masa de productos idénticos producidos por diferentes contrincantes en competencia por el mismo mercado.
Además, a la vez que los ritmos de los cambios y de la sofisticación tecnológica aumenta en la decadencia, las innovaciones resultantes, contrariamente a la situación del período de ascendencia del capitalismo, tienden a ser estimulados sobre todo por el sector militar. Al mismo tiempo, en lo que a infraestructuras se refiere (construcción, sistemas sanitarios, producción de energía, sistemas de transporte…), asistimos a muy pocos desarrollos revolucionarios comparándolos con los que caracterizaron el surgimiento de la economía capitalista. En el período de descomposición capitalista, fase final de la decadencia, se produce una aceleración de la tendencia opuesta, un intento de reducir los costes de mantenimiento, incluso de viejas infraestructuras, en busca de ganancias inmediatas. Puede observarse la caricatura de ese proceso en la expansión actual de la producción en China e India, en donde todo tipo de infraestructura industrial brilla por su casi total ausencia. En lugar de proporcionar un nuevo ímpetu a la vida del capitalismo, esa expansión da lugar a niveles de contaminación estremecedores: destrucción de los sistemas fluviales, capas de smog que cubren comarcas enteras, etc.
Este largo proceso de declive, de descomposición, del modo de producción capitalista permite explicar por qué se han incrementado de manera tan dramática las emisiones de dióxido de carbono y el calentamiento del planeta durante las últimas décadas. También permite explicar por qué, ante semejante evolución económica y climática del capitalismo, ese sistema y sus “ejecutivos” serán incapaces de corregir los efectos catastróficos del calentamiento climático.
Esos dos escenarios apocalípticos que pueden destruir la propia civilización humana son en cierto modo reconocidos y hechos públicos por los portavoces y los medias de los dirigentes de todas las naciones capitalistas. El hecho de que recomienden cantidad de soluciones para evitar ese término irremediable no quiere decir que alguno de esos dirigentes y sus acólitos propongan una alternativa realista ante la atroz perspectiva que hemos esbozado. Al contrario, ante el desastre ecológico como ante la barbarie imperialista que genera, el capitalismo es tan impotente en uno como en otro caso.
Los gobiernos del mundo han financiado generosamente, a través de la ONU, las investigaciones del Grupo intergubernamental de expertos sobre la evolución del clima (GIEC) desde 1990, y los medias han divulgado ampliamente sus recientes conclusiones, las más angustiosas.
Los principales partidos políticos de la burguesía de todos los países, por su parte, se han vestido con toda clase de matices del color verde. Pero cuando se mira de cerca, la política ecológica de esos partidos, por muy radical que parezca, oculta deliberadamente la gravedad del problema, pues la única solución posible para solucionarlo pondría el peligro el sistema mismo que tanto alaban. El denominador común de todas esas campañas “verdes” es impedir que se desarrolle una conciencia revolucionaria en una población horrorizada, con razón, por el calentamiento climático. El mensaje ecológico permanente de los gobiernos es que “salvar el planeta es la responsabilidad de cada cual” cuando, en realidad, la gran mayoría está privada de todo poder económico y político, del mínimo control de la producción y del consumo, de todo lo que se produce y cómo se produce. Y la burguesía, que sí tiene ese poder de decisión, tiene menos que nunca la intención de satisfacer las necesidades ecológicas y humanas en detrimento de sus ganancias.
Al Gore, que por poco casi llega a ser presidente de Estados Unidos en 2000, se ha puesto en cabeza de una campaña internacional contra las emisiones de carbono con su película Una verdad inconveniente, obteniendo un Óscar en Hollywood por la manera dinámica con la que trata el peligro de la subida de las temperaturas del planeta, del deshielo en los polos, de la subida de los mares y de todos los estragos resultantes. Pero la película es también una plataforma electoral para el propio Al Gore. No es el único político veterano en tomar conciencia de que al miedo justificado de la población hacia una crisis ecológica puede sacársele tajada en la carrera por el poder propia del juego democrático de los grandes países capitalistas. En Francia, todos los candidatos à la presidencia han firmado el “Pacto ecológico” del periodista Nicolás Hulot. En Gran Bretaña, los principales partidos políticos rivalizan por ver cuál es el más “verde” de todos. El informe Stern pedido por Gordon Brown del Nuevo partido laborista en el poder, se ha plasmado en unas cuantas iniciativas gubernamentales para reducir las emisiones de carbono. David Cameron, jefe de la oposición conservadora, va en bici al Parlamento, aunque, eso sí, los de su entorno llegan detrás en Mercedes.
Basta con examinar los resultados de las políticas precedentes de los gobiernos para reducir las emisiones de carbono para darse cuenta de la incapacidad de los Estados para alcanzar un mínimo de eficacia. En lugar de estabilizar las emisiones de gas de efecto invernadero en el año 2000 a los niveles de 1990, a lo que se habían muy modestamente comprometido los firmantes del protocolo de Kyoto en 1997, hubo un aumento de 10,1% de esas emisiones en los principales países industrializados a finales del siglo pasado, previéndose que la contaminación habrá aumentado… ¡un 25,3 % en 2010! (Deutsche Umwelthilfe)
Basta con constatar la negligencia total de los Estados capitalistas hacia las calamidades que se han abatido sobre el mundo a causa del cambio climático, para juzgar la sinceridad de las interminables peroratas con las mejores intenciones.
Los hay que, tras reconocer que la ganancia es un poderoso factor para no limitar eficazmente la contaminación, creen que puede resolverse el problema sustituyendo las políticas liberales por soluciones puestas en práctica por los Estados. Pero está claro, sobre todo a escala internacional, que los Estados capitalistas, por mucho que se organizaran dentro de sus fronteras, son incapaces de cooperar entre ellos sobre este tema, pues cada uno, por su lado, debería hacer sacrificios. El capitalismo es competencia y hoy más que nunca lo que en él manda es “cada uno por su cuenta”.
El mundo capitalista es incapaz de unirse en torno a un proyecto común tan masivo y costoso como lo sería una transformación completa de la industria y de los transportes para lograr una reducción drástica en la producción de energía que desecha carbono. La principal preocupación de todas las naciones capitalistas es, al contrario, hacerlo todo por utilizar ese problema para promover las propias ambiciones sórdidas de cada uno. Como en el plano imperialista y militar, el capitalismo está, en el ecológico, atravesado por sus divisiones nacionales insuperables y nunca podrá, por lo tanto, responder significativamente a las necesidades más urgentes de la humanidad.
Sería un gran error adoptar una actitud de resignación y pensar que la sociedad humana acabará destruyéndose a causa de esas fuertes tendencias hacia la barbarie que son el imperialismo y la destrucción ecológica. Frente a la inutilidad arrogante de todos esos “parches” que el capitalismo propone para establecer la paz y la armonía con la naturaleza, el fatalismo es una actitud tan errónea como la de creerse ingenuamente esas cataplasmas cosméticas.
Al mismo tiempo que lo sacrifica todo por la ganancia y la competencia, el capitalismo también ha producido, a su pesar, los factores de la superación de su modo de explotación. Ha producido los medios tecnológicos y culturales para, potencialmente, crear un sistema de producción mundial, unificado y planificado, en armonía con las necesidades de la humanidad y de la naturaleza. Ha generado una clase, el proletariado, que no necesita prejuicios nacionales o competitivos, y cuyo máximo interés es desarrollar la solidaridad internacional. La clase obrera no tiene ningún interés, ni ansias por la ganancia. Dicho de otro modo, el capitalismo ha puesto las bases para construir un sistema superior de la sociedad por medio de su superación por el socialismo. El capitalismo ha desarrollado los medios para destruir la sociedad humana, pero también ha creado su propio enterrador, la clase obrera, que podrá preservar la sociedad humana, haciéndole dar un paso decisivo hacia su pleno florecer.
El capitalismo ha permitido la creación de una cultura científica capaz de identificar y medir gases invisibles como el dióxido de carbono tanto en la atmósfera actual como en la de hace 10 000 años. Los científicos saben identificar los isótopos de dióxido de carbono específicos producidos por la combustión de energías fósiles. La comunidad científica ha sido capaz de probar y comprobar la hipótesis del “efecto invernadero”. Y sin embargo, queda muy lejos el tiempo en que el capitalismo, como sistema social, era capaz de usar los métodos científicos y sus resultados en interés del progreso de la humanidad. La mayoría de las investigaciones y descubrimientos científicos de hoy se dedican a la destrucción, al desarrollo de métodos cada vez más sofisticados de muerte masiva. Solo un nuevo sistema social, una sociedad comunista, podrá poner la ciencia al servicio de la humanidad.
A pesar de los cien últimos años de declive y putrefacción del capitalismo y las derrotas sufridas por la clase obrera, las bases necesarias para crear una nueva sociedad siguen intactas. De esto es prueba el resurgir del proletariado mundial desde 1968. El desarrollo de su lucha de clase contra la presión constante sobre el nivel de vida de los proletarios durante las décadas siguientes, impidió la “solución” bárbara prometida por la Guerra fría, la del enfrentamiento total entre bloques imperialistas. Sin embargo, desde 1989 y la desaparición de los bloques, la posición defensiva de la clase obrera no ha permitido impedir la sucesión de guerras locales que amenazan con intensificarse fuera de todo control y de implicar a más y más zonas del planeta. En esta época de descomposición capitalista, el tiempo no pasa a favor del proletariado y menos lo tiene a favor ahora, porque a la ecuación histórica ha venido a añadirse el factor de una catástrofe ecológica inminente.
Pero no por eso podemos afirmar que el declive y la descomposición del capitalismo hayan alcanzado “el límite sin retorno”, un límite en el que no podría ya echarse abajo la barbarie capitalista.
Desde 2003, la clase obrera empezó a reanudar su lucha con renovado vigor, después de que el hundimiento del bloque del Este pusiera momentáneamente un término a su resurgir desde 1968.
En las condiciones actuales de desarrollo de la confianza de la clase, los peligros crecientes que representan la guerra imperialista y la catástrofe ecológica, en lugar de crear sentimientos de impotencia y fatalismo, pueden llevar a una mayor reflexión política y mayor conciencia de lo que nos estamos jugando en el mundo, una conciencia de la necesidad de un derrocamiento revolucionario de la sociedad capitalista. Es de la mayor responsabilidad de los revolucionarios participar activamente en esa toma de conciencia.
Como
3/04/2007
[1]) La mortalidad infantil en Irak pasó de 40 por 1000 en 1990 a 102 por 1000 en 2005, The Times, 26 marzo 2007.
Carta de un lector
Las reivindicaciones nacionales y democráticas, ayer y hoy
Hemos mantenido recientemente con un lector de Quebec una correspondencia que, una vez más, nos ha llevado a presentar nuestra visión de las luchas de “liberación nacional”, tratada ya a menudo en nuestras publicaciones, y también la cuestión mas general de las “reivindicaciones democráticas”, que hasta ahora no había sido tratada específicamente en nuestra prensa. Hemos considerado útil publicar largos extractos de esa correspondencia porque los argumentos que presentamos a nuestro lector contienen una dimensión general y responden a unos interrogantes presentes en la clase obrera debido en particular a la influencia que ejercen sobre ella los partidos de izquierda y de extrema izquierda.
En una de sus primeras cartas, nuestro lector nos preguntaba lo que la CCI pensaba de la cuestión nacional quebequense. Esta fue nuestra primera respuesta: “En cuanto a la cuestión nacional quebequense, no es en nada diferente a la que plantea cualquier movimiento de independencia nacional desde hace más de un siglo, y significa un reforzamiento de las ilusiones nacionalistas en el proletariado, conllevando un debilitamiento de sus luchas. Consideramos que cualquier organización en Quebec que apoye la reivindicación de la “Bella provincia” participa, sea o no consciente de ello, en el debilitamiento del proletariado quebequense, canadiense y norteamericano.”
Los peligros del nacionalismo quebequense
Precisamos nuestra posición sobre esa cuestión en una segunda carta:
“Sobre la cuestión especifica de Quebec y de la actitud que tomar frente al movimiento independentista, escribes en tu carta del 1ro de enero:
“En lo que a Quebec se refiere, entiendo vuestra oposición a la independencia de la provincia y al nacionalismo quebequense, pero yo tampoco creo que el nacionalismo canadiense sea más “progresista”, ni mucho menos. Creo que hemos de oponernos resueltamente a todas las campañas de defensa del Estado canadiense y de mantenimiento de la unidad nacional de Canadá. Canadá es un Estado imperialista y opresor que ha de ser destruido de arriba abajo. No quiero decir que se haya de apoyar la independencia de Quebec y de los pueblos autóctonos, pero sí hay que rechazar cualquier apoyo al chovinismo canadiense-inglés dominante en el Estado canadiense”.
Queda claro que los comunistas no apoyan ni el chovinismo canadiense-inglés, ni cualquier otro chovinismo. Sin embargo hablas de “chovinismo canadiense-inglés” y de “nacionalismo quebequense”. ¿Por qué haces esa diferencia? ¿Crees que el nacionalismo quebequense es menos nocivo para el proletariado que el nacionalismo canadiense-inglés? Nosotros no lo creemos. Para ilustrar lo que afirmamos, supongamos una situación hipotética, sin llegar a ser absurda, de un potente movimiento de la clase obrera en Quebec que no alcanzara en un primer tiempo a las provincias anglófonas. Está claro que la burguesía canadiense (la quebequense incluida) haría todo lo que pudiera para que no se extendiera el movimiento a esas provincias y uno de los medios más eficaces sería que los obreros de Quebec mezclaran sus reivindicaciones de clase con otras específicamente independentistas o autonomistas. Así el nacionalismo quebequense puede ser un poderoso veneno contra el proletariado quebequense y canadiense, probablemente más peligroso que el nacionalismo canadiense-inglés, pues resulta muy improbable que un movimiento de clase de los obreros anglófonos tenga su inspiración en la condena de la independencia de Quebec...
En una situación que puede considerarse como parecida a la de Quebec en el Estado canadiense, Lenin escribió, hablando de la cuestión de la independencia de Polonia ([1]):
“La situación es sin lugar a dudas muy confusa, pero hay una salida que permitiría a todos los participantes seguir siendo internacionalistas: los socialdemócratas rusos y alemanes exigen la “libertad de separación” incondicional de Polonia, y los socialdemócratas polacos se dedican a realizar la unidad de la lucha proletaria en los países grandes o pequeños sin lanzar la consigna de independencia de Polonia” (“Balance de una discusión sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación”, 1916).
Si se quiere seguir siendo fiel a la posición de Lenin, los comunistas deberían defender la independencia de Quebec en las provincias anglófonas y negarse a hacerlo en Quebec mismo. (…)
Nosotros no compartimos la posición de Lenin: pensamos que hemos de decir lo mismo a todos los obreros, sea cual sea su nacionalidad o su lengua. Es lo que hacemos por ejemplo en Bélgica, país en el que nuestra publicación Internationalisme difunde exactamente los mismos artículos en francés y en flamenco. Dicho lo cual, hemos de reconocer que aun errónea, la posición de Lenin estaba inspirada por un internacionalismo inquebrantable que no puede existir en Quebec sin denunciar rotundamente el nacionalismo y las reivindicaciones independentistas.
La respuesta de nuestro lector fue más bien cortante:
“Creo que tenéis una visión profundamente errónea de la relación entre el nacionalismo quebequense y el chovinismo canadiense-inglés. Éste es dominante en el Estado canadiense y alimenta el racismo antiquebequense y antifrancófono. La existencia de ese chovinismo y su arraigo en la clase obrera anglo-canadiense impide cualquier unidad de la clase obrera pan-canadiense. Fomenta el desarrollo de tendencias nacionalistas en los trabajadores quebequenses. Uno de sus aspectos es el rechazo del bilingüismo, siendo sin embargo éste más un mito que una realidad en Canadá. La mayor parte de los francófonos se ven obligados a hablar inglés y la mayoría de los anglófonos no saben o se niegan a hablar francés.
“Contrariamente a lo que afirmáis, el movimiento obrero en el Canadá inglés se basa en la defensa de la unidad canadiense y la defensa de la “integridad” del Estado canadiense en detrimento de los quebequenses y de las naciones nativas [naciones indias, ndlr]. Nunca habrá unidad de la clase obrera en Canadá mientras se mantenga la opresión de las minorías nacionales y el racismo anglo-nacionalista” (…).
“Una cosa es rechazar el nacionalismo quebequense y considerar que la independencia de Quebec es un callejón sin salida y una trampa para la clase obrera, pero de ahí a pretender que es más “peligroso” que el chovinismo anglófono, que se parece al unionismo protestante de Irlanda del Norte, ¡hay un gran diferencia!
“El gobierno canadiense hace todo lo que puede por guardar a Quebec a la fuerza en la Confederación, yendo hasta amenazar con no reconocer el resultado positivo en el referéndum de 1995 e incluso desmembrar un eventual Quebec independiente según unas fronteras étnicas, lo que se ha dado en llamar el reparto de Quebec. Después llegó la ley sobre la Claridad del referéndum, según la cual el gobierno se arrogaría el derecho de decidir las reglas de un próximo referéndum sobre la soberanía, sobre la pregunta planteada en el referéndum y el umbral de mayoría necesario para proclamar la independencia de Quebec.
“No vengáis ahora diciéndome que el chovinismo anglo-canadiense es menos nocivo para la unidad de la clase obrera. Os invito fuertemente a que os enteréis y documentéis sobre la cuestión nacional quebequense.”
Así contestábamos nosotros a esa carta:
“Parece ser que, lo que te hace reaccionar vivamente es que escribamos que en algunos aspectos, el nacionalismo quebequense pueda ser “mas peligroso que el nacionalismo canadiense-inglés”. No discutimos los hechos que mencionas para criticar nuestra posición, en particular que:
“el chovinismo canadiense-inglés es dominante en el Estado canadiense y alimenta el racismo anti-quebequense y anti-francófono, fomenta el desarrollo de tendencias nacionalistas en los trabajadores quebequenses”.
También estamos dispuestos a admitir que el chovinismo anglófono “se parece al unionismo protestante de Irlanda del Norte”.
Vamos a contestar precisamente a partir de este argumento. Nos parece que haces una falsa interpretación de nuestro análisis. Cuando decimos que el nacionalismo quebequense puede revelarse más peligroso que el anglófono para la clase obrera, eso no significa para nada que se pueda considerar a éste como un “mal menor” o que sea menos odioso que aquél. En la medida en que la población francófona sufre por parte del Estado canadiense una forma de opresión nacional, las reivindicaciones independentistas pueden presentarse como una especie de lucha contra la opresión. Y la lucha de clase del proletariado también es una lucha contra la opresión. Ahí está precisamente el peligro.
Cuando los obreros anglófonos entran en lucha, en particular contra los ataques llevados a cabo por el gobierno federal contra la clase obrera, es muy poco probable que su lucha pueda reivindicarse del mantenimiento de la opresión nacional sobre los obreros francófonos, puesto que éstos también son victimas de la política del gobierno. Por mucho que haya obreros anglófonos que no sientan la menor simpatía hacia los francófonos, seria muy sorprendente que los tomen de chivos expiatorios en sus enfrentamientos contra la burguesía. La historia nos demuestra que cuando entran en lucha los obreros (hablamos de lucha auténtica y no de las “acciones” que suelen organizar los sindicatos cuya función es precisamente sabotear y desviar la combatividad obrera), existe en ellos una fuerte tendencia a expresar una forma de solidaridad con los demás trabajadores con quienes comparten un enemigo común. Repetimos que no conocemos en detalle la situación en Canadá, pero sí otras muchas experiencias de ese tipo en Europa. Por ejemplo, a pesar de todas las propagandas nacionalistas de que son víctimas los obreros flamencos y francófonos en Bélgica, a pesar de que tanto los partidos políticos como los sindicatos están organizados con un criterio comunitario, hemos constatado que cuando surgen luchas importantes en ese país los obreros no se preocupan de su origen lingüístico y geográfico, sintiendo la satisfacción profunda de luchar codo a codo, mientras que en “tiempos normales” la burguesía lo hace todo por que se opongan mutuamente. Otro ejemplo ha sido el de hace apenas un año con lo ocurrido en Irlanda del Norte, país en donde el nacionalismo ha sido un enorme lastre. Los empleados de Correos católicos y protestantes de Belfast hicieron huelga en febrero de 2006, manifestándose codo a codo por los barrios católicos y protestantes contra su enemigo común ([2]).
Escribes: “Nunca habrá unidad de la clase obrera en Canadá mientras se mantenga la opresión de las minorías nacionales y el racismo anglo-nacionalista”.
Pareces decir, por consiguiente, que el rechazo por parte de los obreros anglófonos de su propio chovinismo es algo así como una condición para que puedan existir luchas unitarias contra la burguesía canadiense. En realidad, la experiencia histórica desmiente ese esquema: es precisamente durante los combates de clase, y no como condición previa, cuando los obreros superan todo tipo de mistificaciones incluidas las nacionalistas que la burguesía utiliza para mantener su control sobre la sociedad.
En fin de cuentas, si decimos que el nacionalismo quebequense puede ser más peligroso que el nacionalismo anglófono, es precisamente porque existe una forma de opresión nacional de los obreros francófonos. Cuando éstos se lanzan a la lucha contra el Estado federal, corren el riesgo de ser más receptivos a los discursos que presentan la lucha de clases y la lucha contra la opresión nacional como complementarias.
Y lo mismo ocurre con la cuestión de democracia y fascismo. Son dos formas de dominación de clase de la burguesía, dos formas de la dictadura de esa clase. El fascismo se distingue por su mayor brutalidad al ejercer esa dictadura, sin embargo los comunistas no han de escoger el “mal menor” entre ambas formas. La historia de la Revolución rusa y alemana entre 1917 y 1923 nos enseña que el mayor peligro para la clase obrera no está en los partidos abiertamente reaccionarios o “liberticidas”, sino en los “socialdemócratas, los que más gozan de la confianza de los obreros.
Un último ejemplo sobre el peligro del nacionalismo de las naciones oprimidas: Polonia. La independencia de Polonia contra la opresión zarista era una de las reivindicaciones centrales de las Primera y Segunda internacionales. Sin embargo, a finales del siglo xix, Rosa Luxemburg y sus compañeros polacos cuestionaron esa reivindicación señalando, en particular, que la reivindicación por los socialistas de la independencia de Polonia podía debilitar al proletariado de ese país. En 1905, el proletariado polaco estuvo en la vanguardia de la revolución contra el zarismo. En cambio en 1917 y después, no aprovechó ese impulso. Al contrario: uno de los medios mas eficaces que utilizó la burguesía anglo-francesa para paralizar y deshacer al proletariado polaco fue haber otorgado la independencia a Polonia. Los obreros fueron entonces arrastrados por un torbellino nacionalista que les hizo dar la espalda a la revolución que se estaba desarrollando del otro lado de la frontera oriental, y muchos de ellos hasta se alistaron en las tropas que lucharon contra esa revolución.
¿Qué nacionalismo apareció como más peligroso? ¿El odioso chovinismo “gran ruso”, denunciado por Lenin, ese chovinismo que menospreciaba a los polacos y a cualquier otra nacionalidad que no fuera la suya, pero que fue superado con creces por los obreros rusos en la revolución? ¿o el nacionalismo de los obreros de la nación oprimida por excelencia, o sea Polonia?
La respuesta es evidente. Pero hay que añadir que el que los obreros polacos fueran mayoritariamente detrás de los cantos de sirena nacionalista tras 1917 tuvo consecuencias trágicas. El no haber participado en la revolución, su hostilidad incluso, impidió la unión geográfica entre la revolución rusa y la alemana. Si hubiese ocurrido esa confluencia, es probable que la revolución mundial habría podido triunfar, evitando así a la humanidad el siglo de barbarie que ha conocido y que sigue perpetuándose hoy.”
Tras esta respuesta, nos contestó nuestro lector:
“En lo que concierne la cuestión nacional, puedo entender que estéis opuestos a las reivindicaciones nacionalistas, pero no creo que eso deba llevaros a cerrar los ojos ante la opresión nacional. Durante los 60 y 70, por ejemplo, una de las reivindicaciones principales de los trabajadores quebequenses era la de poder trabajar en francés, puesto que muchas empresas y comercios, en particular en la región de Montreal, solo funcionaban en inglés. Se han hecho importantes progresos en ese plano, pero sigue habiendo mucho por hacer. Pienso que es indispensable apoyar ese tipo de reivindicaciones democráticas. No hemos de decir a los obreros: “esperad el socialismo para arreglar eso”, por mucho que el capitalismo sea incapaz de acabar con la opresión nacional. (…)
“… No creo que ese tipo de reivindicaciones [democráticas], a pesar de no ser revolucionarias, pueda perjudicar la unidad del proletariado. ¡Muy al contrario! El derecho de trabajar utilizando su idioma, aunque no acabe con la explotación, es un derecho indispensable de todos los trabajadores. Durante los 60, los trabajadores quebequenses no podían ni dirigirse en francés a los capataces en varias empresas de Montreal. Ciertos restaurantes del oeste de Montreal tenían el menú monolingüe en inglés y los comercios importantes no funcionaban más que en ese idioma.
“Como ya he dicho, la situación ha mejorado desde entonces pero sigue habiendo progresos que hacer, en particular en las pequeñas empresas de menos de 50 empleados. A nivel pancanadiense, el bilingüismo sigue sin ser una realidad a pesar de los discursos oficiales.
“En lo que se refiere a la cuestión nacional quebequense, me preguntáis por qué utilizo el término “chovinismo” para el nacionalismo canadiense-inglés y no hago lo mismo para el nacionalismo quebequense. Generalmente, las organizaciones de izquierdas utilizan ese término para designar al nacionalismo canadiense-inglés, por ser éste el dominante en el Estado canadiense. Lo que no significa que el nacionalismo quebequense sea más “progresista” que el canadiense-inglés (…).
“El movimiento obrero canadiense-inglés ya levantó la bandera de la unidad canadiense cuando la huelga general de 1972 en Quebec. El NPD (Nuevo partido democrático) y el CTC (Congreso del trabajo de Canadá) ¡denunciaron la huelga por “separatista” y “perjudicial para la unidad canadiense”! A mi parecer, una posición internacionalista ha de oponerse resueltamente y sin transacciones a ambos campos burgueses y ambos nacionalismos (canadiense-inglés y quebequense). Aunque hoy en día pocas sean las posibilidades de que se realice un movimiento de clase en el Canadá inglés en defensa de la opresión de los quebequenses, el chovinismo anglófono sigue estando muy presente en Canadá y perjudicando la unidad de la clase obrera. La defensa del Estado canadiense y de su supuesta “unidad” es, como mínimo, tan reaccionaria como la propuesta de independencia para Quebec.”
Hemos hecho una larga respuesta sobre esa cuestión de las reivindicaciones contra la opresión lingüística a las diferentes cartas del compañero:
“Estimado compañero:
Con esta carta proseguimos el debate que llevamos contigo sobre la cuestión nacional, en especial la cuestión quebequense.
En primer lugar hay que destacar que estamos completamente de acuerdo contigo en lo que respecta a:
“... está claro que la oposición al movimiento independentista de Quebec no tiene nada que ver con la defensa del Estado imperialista canadiense y que rechaza completamente el nacionalismo canadiense. Ni el federalismo canadiense ni el independentismo quebequense merecen el más mínimo apoyo”.
Y también:
“…hay que oponer resueltamente una posición internacionalista y sin compromiso frente a esos dos campos burgueses y frente a esos dos nacionalismos (anglocanadiense y quebequense)”.
Efectivamente, el internacionalismo, hoy, significa que no se puede apoyar a ningún Estado nacional. Es importante precisar que es hoy, pues no siempre ha sido así. De hecho, en el siglo xix era posible que los internacionalistas apoyasen no solo ciertas luchas de independencia nacional (el ejemplo más clásico es la lucha por la independencia de Polonia) sino también ciertos Estados nacionales. Por ello, Marx y Engels, tomaron partido por un campo u otro en las diversas guerras que afectaron a Europa a mitad del siglo xix en la medida en que consideraban que la victoria o derrota de tal o cual nación favorecía el avance de la burguesía contra la reacción feudal (cuyo mejor ejemplo y símbolo era el zarismo). Así, Marx en nombre del Consejo general de la AIT envió en diciembre de 1864 la enhorabuena al presidente Lincoln por su reelección y en apoyo a su política contra la tentativa de secesión de los estados del Sur (en este caso, Marx y Engels se opusieron enérgicamente a una reivindicación de ¡independencia nacional!).
En fin, llegamos al meollo de la cuestión de las “reivindicaciones democráticas” cuando planteas:
“en los años 60 y 70 una de las principales reivindicaciones de los trabajadores de Quebec era el derecho a trabajar en francés... Para mí es indispensable apoyar este tipo de reivindicaciones democráticas. No se puede decir a los trabajadores ‘esperad al socialismo para arreglar esto’ aunque el capitalismo es incapaz, por su propia naturaleza, de acabar con la opresión nacional”… “No creo que reivindicaciones de este tipo, que por supuesto no tienen nada de revolucionario, puedan perjudicar la unidad del proletariado”.
Las reivindicaciones democráticas en el siglo xix
Para poder abordar correctamente el caso específico de las reivindicaciones “lingüísticas” (y especialmente el ostracismo de las autoridades canadienses hacia los francófonos) es preciso abordar nuevamente la cuestión más general de las “reivindicaciones democráticas”.
La propia expresión es significativa:
– reivindicación: exigencia (incluso por medios violentos) que se formula a una autoridad capaz de satisfacerla de buen grado o por la fuerza; lo que significa que la capacidad de decisión no está en manos de quien la formula, pese a que pueda, evidentemente, forzar la mano de los que detentan ese poder mediante una relación de fuerzas favorable (ejemplo: una movilización masiva de los trabajadores puede hacer retroceder medidas antiobreras de ataque a los salarios o forzar un aumento de sueldo, lo que no quiere decir que el patrón pierda su poder de decisión en la empresa).
– democracia: etimológicamente “el poder del pueblo”; la “democracia” se inventa en Atenas (de forma limitada ya que estaba vedada a los esclavos, los forasteros – los “metecos” – y las mujeres) pero fue la burguesía quien le dio “carta de naturaleza” por decirlo así.
Así, el ascenso de la burguesía en la sociedad va acompañado por un desarrollo de diferentes atributos de la “democracia”. No es ninguna casualidad, corresponde a la necesidad de la clase burguesa de abolir los privilegios políticos, económicos y sociales de la nobleza. Para la nobleza y especialmente para su representante supremo, el Rey, el poder es de origen divino. Y, en principio, solo tienen que rendir cuentas al Todopoderoso incluso si en Francia, por ejemplo, los “estados generales” que representaban a la nobleza, al clero y al “tercer estado” se reunieron 21 veces entre 1302 y 1789 para dar su opinión sobre asuntos financieros o de modo de gobierno. Y, precisamente en la última reunión de los “estados generales”, bajo la presión de las revueltas de ciudadanos y campesinos, y ante la quiebra financiera de la monarquía, se inicia el proceso de la Revolución francesa (abolición de los privilegios de la nobleza y de clero, y limitación de los poderes del Rey). Desde entonces, la burguesía francesa, como ya había hecho la burguesía inglesa siglo y medio antes, asienta su poder político que, dicho sea de paso, aún no es muy “democrático” (baste recordar el poder autocrático de Napoleón Iº, heredero de la Revolución de 1789).
El sufragio universal
La burguesía, que considera que la nobleza no tiene que llevar la voz cantante, concibe la democracia como algo exclusivo para ella. Aunque su lema sea “Libertad, Igualdad, Fraternidad” y proclame a los cuatro vientos que “Los hombres nacen libres y con los mismos derechos” (Declaración de derechos humanos), y pese a que la Constitución de 1793 instituyó el sufragio universal, en realidad no se hizo efectivo en Francia hasta el 2 de Marzo de 1848 tras la Revolución de Febrero. Y fue mucho más tarde cuando se instituyó en otros países “avanzados”: Alemania en 1871; Holanda en 1896; Austria en 1906; Suecia en 1909; Italia en 1912; Bélgica en 1919; y en 1918… la tan “democrática” Inglaterra. Para la mayor parte de los países europeos, la base de la democracia burguesa fue, durante el siglo xix, el sufragio restringido, pues solo votaban quienes pagaban cierto nivel de impuestos (en ciertos casos, incluso, un nivel alto de impuestos daba derecho a varios votos), de modo que los obreros y otros pobres –es decir, la inmensa mayoría de la población- quedaba excluida del proceso electoral. Por eso una de las principales reivindicaciones del movimiento obrero en aquel tiempo fue el sufragio universal. En Inglaterra el primer movimiento de masas de la clase obrera mundial, el Cartismo, se constituyó en torno a la cuestión del sufragio universal. Si la burguesía se opuso al sufragio universal fue por temor a que los obreros usasen su voto para cuestionar su poder en el Estado. Ese miedo lo sentían con más fuerza los sectores más arcaicos, los más vinculados a la aristocracia (que en ciertos países había renunciado a sus privilegios económicos como la exención fiscal, por ejemplo, pero a cambio de conservar un peso importante dentro del Estado, especialmente en el aparato militar y el cuerpo diplomático). De ahí que, en esa época, la clase obrera se aliara con ciertos sectores de la burguesía, como ocurrió con la revolución de 1848 en París, a la que apoyaron los obreros, los artesanos, la burguesía “liberal” (como el poeta Lamartine) o, incluso, los monárquicos “legitimistas” (que consideraban usurpador al rey Luís Felipe). Pero hay que decir que enseguida saldría a la luz el conflicto entre burguesía y proletariado en las “Jornadas de Junio” de 1848 cuando la sublevación de los obreros contra el cierre de los Talleres nacionales se salda con 1500 obreros muertos y 15 000 deportados a Argelia. Es entonces cuando ciertos sectores de la burguesía, los más dinámicos, comprenden que el sufragio universal puede beneficiarles frente a los sectores arcaicos que tratan de obstaculizar el progreso económico. Por otra parte, en el período siguiente, la burguesía francesa instaura un sistema político que combina las formas autocráticas (Napoleón III) y el sufragio universal, todo ello gracias al peso del campesinado reaccionario. La asamblea elegida por sufragio universal y dominada por los “rurales” (votados por los campesinos) desata la represión contra la Comuna de Paris en 1871 y da plenos poderes a Thiers para masacrar a 30 000 obreros durante la “semana sangrienta” de finales de mayo.
Esas dos décadas de sufragio universal en Francia son la prueba de cómo la clase dominante se acomoda perfectamente a esa forma de organizar sus instituciones. Sin embargo, Marx, Engels, y el conjunto del movimiento obrero (excepto los anarquistas) en los años siguientes, aunque alertan contra el “cretinismo parlamentario” y sacan las lecciones de la Comuna destacando la necesidad de destruir el Estado burgués, siguen considerando que el sufragio universal es una de las principales reivindicaciones de la lucha del proletariado.
En aquella época esa reivindicación democrática, pese a los peligros que acarreaba, está totalmente justificada:
– permite que los partidos obreros presenten sus propios candidatos y así se diferencien de los partidos burgueses incluso en el terreno de las instituciones burguesas;
– utiliza las campañas electorales para hacer propaganda de las ideas socialistas;
– eventualmente utiliza el Parlamento (discursos, propuestas de Ley) como tribuna para esa misma propaganda;
– apoya a los partidos burgueses progresistas contra los partidos reaccionarios para favorecer las condiciones políticas que desarrollen el capitalismo moderno.
La libertad de prensa y de asociación
Ligada a la reivindicación del sufragio universal, piedra angular de la democracia burguesa, la clase obrera reivindica también otros derechos como la libertad de prensa y la libertad de asociación. Esas son reivindicaciones que la clase obrera lleva adelante al igual que los sectores progresistas de la burguesía. Por ejemplo, uno de los primeros textos políticos de Marx trata sobre la censura de la monarquía prusiana. Marx, como responsable de la Gaceta renana (1842-43) que aún era de inspiración burguesa radical, pero también como responsable de la Nueva gaceta renana de inspiración comunista, no cesó de vilipendiar la censura de las autoridades: es eso una especie de resumen del hecho de que en aquella época había cierta convergencia sobre las reivindicaciones democráticas entre el movimiento obrero y la burguesía que, por entonces, aún era una clase revolucionaria interesada en deshacerse de los vestigios del orden feudal.
Por lo que respecta a la libertad de asociación, vemos el mismo tipo de convergencia entre los intereses del proletariado y los de la burguesía progresista. La libre asociación, lo mismo que la libertad de prensa, son, por lo demás, condiciones fundamentales para el funcionamiento de la democracia burguesa, que se basa en el sufragio universal, ya que los partidos políticos son un elemento esencial de dicho mecanismo. Pero dicho esto, lo que se aplicaba al derecho de asociación en el plano político, no se aplicaba en absoluto en el plano de la organización de los obreros por la defensa de sus intereses económicos. Incluso la burguesía más revolucionaria, la que hizo la revolución francesa de 1789, pese a sus principios de “Libertad, Igualdad, Fraternidad” se opuso tajantemente a ese derecho. Así, la Ley Orgánica de 14 de junio 1791 prohibía la coalición de trabajadores tachándola de “atentado contra la libertad y la Declaración de derechos humanos”, habrá que esperar hasta la revolución de 1848 para que se modifique esa ley (y con toda una serie de precauciones, ya que la nueva redacción aún estigmatiza los “atentados contra el libre ejercicio de la industria y la libertad de trabajar”). En 1884 es cuando se constituyen libremente los sindicatos. Y por lo que concierne a la “Patria de la libertad”, Gran Bretaña, hay que esperar hasta junio 1871 para que se reconozca legalmente a las “Trade Unions” (cuyos dirigentes, dicho sea de paso, especialmente los que pertenecían al Consejo general de la AIT, tomaron posición contra la Comuna de Paris).
Las reivindicaciones nacionales
Las reivindicaciones nacionales, muy importantes a partir de mediados del siglo xix (y que son básicas en la revolución de 1848 por toda Europa) forman parte íntegra de las “reivindicaciones democráticas” en la medida en que hay una convergencia entre los antiguos imperios (el ruso y el austriaco) y el poder de la aristocracia. Una de las razones fundamentales por las que el movimiento obrero apoya ciertas reivindicaciones es porque debilita a esos imperios y, por tanto a la reacción feudal, y despeja el camino para que se constituyan Estados viables. Además, en aquella época, el apoyo a ciertas reivindicaciones nacionales era, para la clase obrera, una cuestión de primer orden. Para ilustrarlo baste recordar que la AIT se constituyó en 1864, en Londres, por obreros ingleses y franceses durante un encuentro para apoyar la independencia de Polonia. Pero ese apoyo del movimiento obrero no se aplica a cualquier reivindicación nacional. Por ejemplo, Marx y Engels condenaron las reivindicaciones nacionales de los pequeños pueblos eslavos (serbios, croatas, eslovenos, checos, moravos, eslovacos...): no podían desembocar en la formación de Estados nacionales viables, se oponían al progreso el capitalismo moderno, favorecían el juego del Imperio ruso y entorpecían el desarrollo de la burguesía alemana (a este respecto ver el articulo de Engels de 1849 “El paneslavismo democrático”).
Las reivindicaciones democráticas en el siglo xx
La actitud de apoyo del movimiento obrero a las reivindicaciones democráticas está ligada, esencialmente, a una situación histórica en la que el capitalismo era aun un sistema progresivo. En esa situación, ciertos sectores de la burguesía aún podían actuar de forma “revolucionaria” o “progresista”. Pero la situación cambia radicalmente a principios del siglo xx, especialmente con la Primera Guerra mundial. Desde entonces todos los sectores de la burguesía se vuelven igualmente reaccionarios ya que el capitalismo ha culminado su tarea histórica fundamental de someter el planeta entero a sus leyes económicas y llevar a un grado de desarrollo sin precedentes las fuerzas productivas de la sociedad (empezando por la principal de ellas: la clase obrera). Ese sistema ha dejado de ser una condición necesaria para el progreso de la humanidad y se ha transformado en un obstáculo. Como dice la Internacional Comunista en 1919, hemos entrado en “la era de las guerras y de las revoluciones”. Si con este enfoque pasamos revista a las principales reivindicaciones democráticas antes mencionadas, que estaban en el centro de las luchas obreras durante el siglo xix, podemos ver por qué han dejado de ser un terreno para la lucha del proletariado.
El sufragio universal
El sufragio universal (que, además, no estaba en vigor en la totalidad de los países desarrollados, como hemos visto) se convierte en uno de los instrumentos principales que emplea la burguesía para preservar su dominación. Podemos tomar dos ejemplos que se refieren a los dos países en los que fue más lejos la revolución: Rusia y Alemania.
En Rusia, después de que los soviets tomaran el poder en Octubre de 1917, se organizaron elecciones por sufragio universal para elegir una Asamblea constituyente (los bolcheviques lo habían reivindicado antes de Octubre a fin de desenmascarar al Gobierno provisional y a los partidos burgueses que se oponían a la elección de una Constituyente). Esas elecciones dieron la mayoría a los partidos que habían formado con aquel Gobierno provisional, especialmente a los socialrrevolucionarios, el último parapeto del orden burgués. Esta Constituyente despierta grandes esperanzas en las filas de la burguesía rusa e internacional que la ven como un medio para privar a la clase obrera de su victoria y recuperar el poder. Es por eso por lo que el poder soviético la disuelve en la primera reunión de esa asamblea.
Un año más tarde, en Alemania, la guerra, como antes había ocurrido en Rusia, alumbra la revolución. A principios de noviembre se forman por todo el país consejos de obreros y soldados pero que están dominados (como ocurrió al principio de la revolución rusa) por los socialdemócratas mayoritarios, que habían formado parte de la Unión Nacional en la guerra imperialista. Esos consejos devuelven el poder a un “Consejo de Comisarios del pueblo” en manos del Partido Socialdemócrata (SPD), pero en el que también participan los “independientes” del USPD que sirven para avalar al SPD, auténtico “patrón”. Acto seguido, el SPD llama a elegir una asamblea constituyente (prevista para el 15 de febrero de 1919).
“Quien quiera pan, ha de querer la paz. Quien quiera la paz, debe querer la Constituyente, la representación libremente elegida del conjunto del pueblo alemán. Quien se opone a la Constituyente se anda con dilaciones, os quita la paz, la libertad y el pan, os roba los frutos inmediatos de la victoria de la revolución: es un contrarrevolucionario”. [Así, se tacha de “contrarrevolucionarios” a los Espartaquistas. Los estalinistas no han inventado nada cuando utilizan el mismo calificativo contra aquellos que, años más tarde, se mantendrán fieles a la revolución].
“La socialización se verificará, deberá verificarse (...) por la voluntad del pueblo trabajador que, fundamentalmente, quiere abolir esta economía animada por las ansias de los particulares a la ganancia. Pero esto será mil veces más fácil de lograr si lo decreta la Constituyente que si lo ordena la dictadura de no se sabe qué comité revolucionario (...)” (Panfleto del SPD, ver la serie de artículos sobre la Revolución alemana en Revista internacional rint82).
Es evidentemente un medio para desarmar a la clase obrera y arrastrarla a un terreno que no es el suyo, un medio de vaciar de todo contenido útil los consejos obreros (a los que presentan como una institución provisional solo hasta la próxima Constituyente) e impedir que evolucionen al estilo de los soviets en Rusia en cuyo seno los revolucionarios fueron conquistando progresivamente la mayoría.
Los dirigentes socialistas, al mismo tiempo que hacen grandes proclamas “democráticas” para adormecer a la clase obrera planifican con el estado mayor del Ejercito una “limpieza de bolcheviques”, es decir, una sangrienta represión de los obreros insurgentes y la liquidación de los revolucionarios. Eso es justamente lo que hacen tras lanzar una provocación que empuje a los obreros de Berlín a una insurrección prematura. Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht (tachados de “contrarrevolucionarios” por haber denunciado la Asamblea constituyente) son asesinados el 15 de enero al mismo tiempo que centenares de obreros. Las elecciones anticipadas a la Asamblea constituyente tienen lugar el 19 de enero… contra la clase obrera.
La libertad de prensa
Por lo que respecta a la libertad de prensa, fue conquistada progresivamente en la mayor parte de los países de Europa por los periódicos obreros a finales del siglo xix. En Alemania, por ejemplo, las leyes antisocialistas que impedían la publicación de la prensa socialdemócrata (que se editaba en Suiza) se abolieron en 1890. Sin embargo, si bien en vísperas de la Primera Guerra mundial el movimiento obrero pudo expresarse casi con entera libertad en los países más desarrollados, al día siguiente de la declaración de guerra quedó inmediatamente abolida. La única posición que podía difundirse libremente en la prensa era el apoyo a la Unión sagrada y al esfuerzo de guerra. Los revolucionarios publican y difunden su prensa de forma clandestina en los países que participan en la guerra, como la Rusia zarista. Hasta tal punto que Rusia, tras la revolución de Febrero de 1917, se convierte en el país “más libre del mundo”. La súbita abolición de la libertad de la prensa para el movimiento obrero, la erradicación de un día para otro de lo adquirido mediante décadas de luchas, no la realizan sectores arcaicos de la clase dominante sino la burguesía más “avanzada”. Esto demuestra que se está entrando en un nuevo periodo en el cual ya no puede haber ningún interés común entre el proletariado y ningún sector burgués sea cual sea. Ese atentado a la libertad de expresión de las organizaciones obreras no es resultado de una mayor fuerza de la burguesía sino, todo lo contrario, pone de manifiesto se gran debilidad; una debilidad producto de que el dominio de la burguesía sobre la sociedad ya no corresponde a las necesidades históricas de ésta, sino que es la antítesis definitiva a esas necesidades.
Evidentemente, tras la Primera Guerra mundial, la libertad de prensa quedó restablecida para las organizaciones obreras en los países más avanzados. Pero esa libertad de prensa ya no se restablece como resultado de combates de la clase obrera coincidentes con los sectores más dinámicos de la burguesía, como así era en el siglo xix, sino todo lo contrario, es resultado de que la burguesía ha logrado frenar al proletariado durante la oleada revolucionaria de los años 1917-23 y obtener una relación de fuerzas favorable a ella. Uno de los factores más importantes de esa fuerza la burguesía está en su capacidad para tomar el control de las antiguas organizaciones de la clase obrera, los partidos socialistas y los sindicatos. Esas organizaciones siguen presentándose, evidentemente, como defensores de la clase obrera y emplean un lenguaje “anticapitalista” lo que obliga a la clase dominante a “organizar” la libertad de prensa de forma que posibilite el “debate democrático”. No hay que olvidar que al día siguiente a la Revolución rusa, la burguesía estableció un cordón sanitario en torno a ella en nombre de la “democracia”, acusándola de “liberticida”. Y vemos que rápidamente los sectores más modernos de la burguesía y no solo los más arcaicos, ponen entre paréntesis ese amor por las “libertades democráticas”. Eso es lo que ocurre con el ascenso del fascismo a principios de los años 20 en Italia y a principios de los 30 en Alemania. En efecto, contrariamente a lo que piensa la Internacional comunista, a la que la Izquierda comunista italiana critica acertadamente, el fascismo no es, ni mucho menos, una especie de “reacción feudal” (aunque ciertos aristócratas amantes del “orden” lo apoyasen). Al contrario, se trata de una orientación política apoyada por los sectores más modernos de la burguesía que veían en él un medio para impulsar la política imperialista de su país. Y eso se confirmó claramente en el caso de Alemania donde Hitler, antes incluso de su ascenso al poder, recibió el apoyo masivo de los sectores dominantes y más modernos de la industria, especialmente la siderurgia (Krupp, Thyssen) y la química (BASF).
La libertad de asociación
La “libertad de asociación” está evidentemente muy relacionada con la “libertad de prensa” y el sufragio universal. En la mayoría de los países avanzados se reconoce a las organizaciones de la clase obrera. Pero hay que insistir, una vez más, en que esa “libertad” es la contrapartida de la integración en el aparato del Estado de los antiguos partidos obreros ([3]). Es más, después de la Primera Guerra mundial, tras la demostración de la eficacia de esos partidos contra la clase obrera, la burguesía les otorgó cada vez más confianza hasta el punto de confiarles el poder en varios países de Europa a través del marco político de los “Frentes populares” durante los años 30. La burguesía no solo se apoya en los partidos socialistas sino también en los partidos “comunistas” que, a su vez, acabaron traicionando al proletariado. Estos fueron la punta de lanza de la contrarrevolución, especialmente en España, distinguidos especialistas en asesinatos de los obreros más combativos. En otros muchos países de Europa cumplieron la misión de “agentes de reclutamiento” para la Segunda Guerra mundial a través de la “Resistencia”, especialmente en Francia e Italia. Durante ese periodo, la defensa de las ideas internacionalistas y revolucionarias fue especialmente difícil. Así, en gran parte de los países del mundo, a Trotski se le prohibió el asilo político (para él, como dice en su autobiografía, el mundo se convierte en “un planeta sin visado”), al tiempo que se le somete junto a sus camaradas a una persecución y vigilancia policiales permanentes. Aun serán mayores las dificultades para los revolucionarios al acabar la Segunda Guerra mundial; aquellos que siguen fieles a los principios del internacionalismo proletario serán tachados por los estalinistas, en primer lugar, de “colaboracionistas” y perseguidos, incluso algunos de ellos asesinados (como en Italia).
Por lo que respecta a la libertad de asociación, hay que hacer una mención especial a los sindicatos. También se beneficiaron de un trato especial de la burguesía tras la Primera Guerra mundial. Así en los años 30 sabotean las luchas obreras y, sobre todo, canalizan el descontento obrero hacia los partidos burgueses más decididos en la preparación de la guerra imperialista (apoyan a Roosevelt en los Estados Unidos; en Europa proveen de carne de cañón a los “Frentes populares” en nombre del “antifascismo”). Pero no solo son los sectores “democráticos” los que apoyan a los sindicatos, también el fascismo echa mano de ellos, pues comprende que los necesita para encuadrar “en la base” a la clase obrera. Evidentemente en los regímenes fascistas, como en los estalinistas, queda mucho más patente el papel de órganos del Estado y auxiliares de la policía que cumplen los sindicatos que en los regímenes democráticos. Aunque también en estos, finalizada la Segunda Guerra mundial, los sindicatos aparecen como los campeones de la defensa de la economía nacional y hacen a la perfección de policías dentro de las fábricas incitado a los obreros a aceptar sacrificios en nombre de la reconstrucción.
El “derecho” a participar en las elecciones por el que combatieron los trabajadores en el siglo xix se transformó en el siglo xx en “deber electoral” orquestado a machamartillo por los grandes aparatos mediáticos de la burguesía (eso cuando el voto no es, pura y simplemente, obligatorio, como en Bélgica). Lo mismo pasa con el “derecho” a sindicarse por el que pelearon los obreros en ese mismo periodo y que se transformó en la “obligación” de estar sindicado (en ciertos sectores para poder encontrar trabajo hay que estar sindicado) tanto para lanzar una huelga como para plantear reivindicaciones.
Las reivindicaciones nacionales
Una de los mayores logros de la burguesía durante el siglo xx, y que se afirma claramente desde la Primera Guerra mundial, ha sido el haber conseguido volver contra la clase obrera lo que fueron “logros” democráticos que ésta había obtenido, en el siglo anterior, mediante porfiadas luchas, vertiendo a veces en ellas su sangre.
Esto es especialmente cierto para esa especial “reivindicación democrática” que se llama autodeterminación nacional o defensa de las minorías nacionales oprimidas. Antes hemos visto que esta reivindicación, en sí, no ha tenido nunca nada de proletario, aunque la clase obrera y su vanguardia podía y debía apoyarla (evidentemente de forma selectiva). Las reivindicaciones “nacionales”, al contrario de los sindicatos, no han adquirido su carácter burgués con la entrada del capitalismo en su fase de decadencia, pues ya eran burguesas desde sus orígenes. Pero desde el momento en que la burguesía deja de ser una clase revolucionaria o incluso progresista, estás reivindicaciones adquieren un carácter totalmente reaccionario y contrarrevolucionario, y son un autentico veneno para el proletariado.
No faltan ejemplos de ello. Precisamente uno de los principales temas invocados por las burguesías europeas para justificar la guerra imperialista ha sido, precisamente, la defensa de las nacionalidades oprimidas. Y como las guerras oponen a imperios que, necesariamente, oprimen a diversos pueblos, los “argumentos” de ese tipo no faltan: Alsacia y Lorena bajo el yugo del imperio alemán contra los deseos de la población; los eslavos del Sur dominados por el Imperio austriaco; los pueblos balcánicos oprimidos por el Imperio otomano; los del Báltico y Finlandia (sin contar los montones de nacionalidades diversas en el Cáucaso o en Asia central) encerrados en la “cárcel de pueblos” (como se llamaba al imperio zarista), etc. A esta lista de pueblos oprimidos por los principales protagonistas de la guerra mundial hay que añadir, evidentemente, la multitud de poblaciones colonizadas en África, Asia y Oceanía.
En nuestra correspondencia anterior ya vimos de qué manera la independencia de Polonia fue un arma de guerra decisiva contra la revolución mundial que siguió a la Primera Guerra mundial. Podemos añadir que la consigna del “derecho de los pueblos a la autodeterminación” tuvo en esa época su más ferviente defensor en el Presidente norteamericano Woodrow Wilson. Si la burguesía que acababa de apoderarse del liderazgo mundial manifestaba tal preocupación por los pueblos oprimidos, no era, desde luego, por “humanismo” precisamente (fueran cuales fueran los sentimientos personales de Wilson) sino, sencillamente, por interés. Tampoco es tan difícil de entender: la mayor parte del mundo estaba aún bajo el dominio colonial de las potencias europeas que habían ganado la guerra (o de las que se habían mantenido al margen como España, Portugal u Holanda) y su descolonización abría la puerta al imperialismo americano, especialmente desprovisto de colonias, para controlarlas (con medios menos aparentes que la simple administración colonial).
Una ultima puntualización sobre este tema: mientras que la emancipación nacional del siglo xix vino acompañada por conquistas democráticas contra el hegemonía feudal, las naciones europeas que obtuvieron su “independencia” tras la Primera Guerra mundial, en la mayor parte de los casos, serán dirigidas por dictaduras de tipo fascista. Es el caso de Polonia (con el régimen de Pilsudski) pero también de los tres países bálticos y de Hungría.
La Segunda Guerra mundial, ya desde sus preparativos, también utiliza las reivindicaciones nacionales. Por ejemplo, el régimen nazi se hace con una parte de Checoslovaquia en 1938 invocando los “derechos” de la minoría alemana de los Sudetes (acuerdos de Munich). Del mismo modo, esta vez en nombre de la independencia de Croacia, el ejército nazi invade en 1941 Yugoslavia con el apoyo de Hungría para ir en ayuda de los “derechos nacionales” de la minoría húngara de Voivodina.
En fin, lo que ocurre en el mundo tras la Primera Guerra mundial confirma totalmente el análisis que hizo Rosa Luxemburg a finales del siglo xix: la reivindicación de la independencia nacional dejó de tener el papel progresista que, en ciertas ocasiones, había tenido antes. Y no solo pasa a ser una reivindicación especialmente nefasta para la clase obrera sino que, además, sirve con eficacia a los objetivos imperialistas de los diversos Estados, al mismo tiempo que con frecuencia es agitada como la bandera por excelencia de las camarillas más reaccionarias y xenófobas de la clase dominante.
“Derechos democráticos” y lucha del proletariado hoy
En la situación actual está claro que el proletariado debe defenderse de todos los ataques que sufre bajo el capitalismo y que no es el papel de los revolucionarios el decir a los obreros: “dejad vuestra luchas, no sirven para nada; pensad solo en la revolución”. Tampoco las luchas obreras pueden limitarse solo al plano de los intereses económicos. Por ejemplo, la movilización por defender a los trabajadores víctimas de la represión o de las discriminaciones racistas o xenófobas forma parte íntegra de la solidaridad de clase, que debe estar en el centro del combate proletario.
Dicho esto, ¿hemos de concluir que la clase obrera puede hoy seguir apoyando “reivindicaciones democráticas”?
Ya sabemos en qué se han convertido los “derechos democráticos” conquistados por las luchas de la clase obrera durante el siglo xix:
• el sufragio universal es uno de los mayores medios para enmascarar la dictadura del capital con el cuento de la “soberanía del pueblo”; es un instrumento para canalizar y esterilizar el descontento y las esperanzas de la clase obrera.
• La “libertad de prensa” se acomoda perfectamente del control totalitario de la información gracias a los grandes medios sometidos al poder, encargados de hacer pasar las verdades oficiales. En “democracia” pueden existir diferentes medios, pero todos convergen hacia la idea de que no hay otro sistema posible que el capitalismo, sea cual sea su variante. Y cuando es necesario, la “libertad de prensa” sabe hacerse discreta en nombre de las obligaciones de guerra (como así fue durante las guerras del Golfo en 1991 y 2003).
• la “libertad de asociación” (al igual que la libertad de prensa) sólo es tolerada, incluso en las grandes democracias, mientras no atente contra el poder burgués o sus objetivos imperialistas. Los ejemplos no faltan de violaciones descaradas a esa libertad. Para no mencionar más que al campeón mundial de la “democracia” y de “la patria de los derechos humanos”, Estados Unidos, recordemos los ejemplos de las persecuciones de quienes se sospechaba que eran de izquierdas en la época del maccarthismo o en Francia cuando se disolvieron los grupos de extrema izquierda (con la detención de sus dirigentes) tras la gran huelga de mayo del 68 (sin olvidar las persecuciones y el asesinato de opositores a la guerra de Argelia durante los años 50). Desde sus orígenes en 1975, a pesar de su dimensión muy limitada y su débil influencia, a nuestra organización también le ha tocado lo suyo: perquisiciones, vigilancia, intimidación de militantes…
• En cuanto al “derecho sindical”, ya sabemos que es el medio más eficaz de que dispone el Estado capitalista para controlar “en la base” a los explotados y sabotear sus luchas. Merece la pena sobre este tema recordar lo que ocurrió en Polonia en 1980-81. En agosto de 1980, sin organización sindical, ya que los sindicatos oficiales estaban totalmente desprestigiados, los obreros organizados en asambleas generales y comités de huelga fueron capaces de impedir la represión del Estado estalinista (una represión que dicho Estado sí pudo desencadenar en 1970 y 1976), logrando hacer que diera marcha atrás. Su reivindicación principal ([4]), la constitución de un sindicato “independiente”, abrió paso a la formación de Solidarnosc. En los meses siguientes, los dirigentes de este sindicato, esos mismos dirigentes que hacía poco estaban perseguidos o encarcelados, se movilizaron para atajar el movimiento de huelgas en todo el país, y lo lograron tan bien que poco a poco se desmovilizó la clase obrera. Y una vez terminada esa faena, pudo entonces dar rienda suelta a su represión el Estado estalinista, instaurando el estado de sitio el 13 de diciembre de 1981. La represión fue particularmente brutal (decenas de muertos y 10 000 detenciones), quedando aislados los centros de resistencia de los obreros. En agosto de 1980, el gobierno nunca habría podido llevar a cabo semejante represión sin provocar un incendio social generalizado: 15 meses de sucio trabajo de Solidarnosc lo permitieron…
En realidad, los “derechos democráticos”, y más generalmente los “derechos humanos”, se han convertido en el tema más importante de las campañas políticas de la mayor parte de los sectores de la burguesía. En su nombre el bloque occidental hizo la Guerra fría durante más de cuarenta años contra el bloque ruso. Y en nombre de la defensa de los “derechos democráticos” contra “la barbarie del terrorismo y el fundamentalismo musulmán” o contra “la dictadura de Sadam Husein”, el gobierno norteamericano se ha lanzado a sus guerras devastadoras en Oriente Medio. Hay muchos más ejemplos, solo recordaremos que la defensa de la “democracia”, antes de servir de bandera al imperialismo norteamericano y a sus aliados después de 1947, ya sirvió de banderín de enganche para el alistamiento y la movilización de los obreros para que sirvieran de carne de cañón en la mayor matanza de la historia, la Segunda Guerra mundial. Señalemos de paso que el régimen estalinista, que nada tenía que envidiar a los regímenes fascistas en materia de terror policiaco y matanzas (incluso los precedió en ese terreno), no provocó objeciones por parte de los gobiernos occidentales, “cruzados de la democracia”, mientras fue su aliado contra Alemania.
Para los partidos de izquierdas, partidos burgueses que más impacto tienen en la clase obrera, la reivindicación de los “derechos democráticos” es, en regla general, un medio para ahogar las reivindicaciones de clase de los proletarios e impedir que se desarrolle el proceso de reforzamiento de su identidad de clase. Ocurre con las “reivindicaciones democráticas” lo mismo que con el pacifismo: asistimos regularmente a movilizaciones contra la guerra de todo tipo de sectores políticos, desde la extrema izquierda hasta ciertos elementos de derechas y patrioteros, que consideran que tal o cual guerra no es conforme a “los intereses de la patria” (esto es frecuente hoy en Francia en donde hasta las derechas están contra la política norteamericana). Tras la consigna “¡No a la guerra!”, los intereses de clase de los obreros están perdidos en una marea de buena conciencia pacifista y democrática (y eso cuando no es patrioterismo: en las manifestaciones contra la guerra en Oriente Medio, no era sorprendente ver a musulmanes barbudos en traje tradicional y mujeres con velo).
Desde la Primera Guerra mundial, la posición de los revolucionarios ante el pacifismo siempre ha sido luchar con determinación contra las ilusiones pequeño-burguesas que trasmiten. Los revolucionarios siempre han estado en primera fila para denunciar las guerras, pero esta denuncia nunca se ha basado en consideraciones puramente morales. Han evidenciado que es el capitalismo como un todo el responsable de las guerras, que proseguirán mientras exista ese sistema y que la única fuerza de la sociedad capaz de luchar realmente contra la guerra es la clase obrera, que tiene la obligación, para ello, de preservar su independencia de clase ante todos los discursos pacifistas, humanistas y democráticos.
Las reivindicaciones “democráticas” sobre el derecho a utilizar la lengua materna
Ante todo, hemos de recordar que el movimiento obrero nunca consideró como “progresista” o “democrática” la persistencia de idiomas autóctonos, y por lo tanto tampoco apoyó las reivindicaciones a favor de su mantenimiento. Una de las características de la burguesía revolucionaria fue la de unificar naciones viables, lo que exigió la superación de los particularismos provinciales y locales ligados al periodo feudal. Imponer un idioma nacional fue, en varios casos, uno de los instrumentos de esa unificación (así como por ejemplo la unificación de los sistemas de pesos y medidas). Esa unificación del idioma se realizó casi siempre por la fuerza, la represión, cuando no derramando sangre: son los métodos clásicos con los que el capitalismo ha ido dominando el mundo. A lo largo de su vida, Marx y Engels denunciaron los métodos bárbaros con los que el capitalismo estableció su hegemonía por el planeta entero, ya fuera durante la acumulación primitiva (véase las paginas admirables de la ultima sección del libro I de el Capital que trata de la acumulación primitiva) ([5]) o durante las conquistas coloniales. Pero también explicaron que al crear el mercado mundial, la burguesía no era sino el agente inconsciente del progreso histórico porque liberaba las fuerzas productivas de la sociedad, generalizando el trabajo asociado con el asalariado, o sea preparando las condiciones materiales de la victoria del socialismo ([6]).
Muchísimo más que todos los demás sistemas juntos, el capitalismo ha destruido civilizaciones y culturas, y, por lo tanto, idiomas. De nada sirve lamentarlo o querer volver hacia atrás: es un hecho histórico realizado e irreversible. Es imposible dar marcha atrás a la rueda de la historia. Sería como querer volver al artesanado o a la servidumbre medieval ([7]).
Esa irresistible marcha del capitalismo ha seleccionado unas cuantas lenguas dominantes, y no basándose para ello en no se sabe qué superioridad lingüística, sino sencillamente en la superioridad económica y militar de los pueblos y Estados que las utilizaban.
Algunas de esas lenguas nacionales se han vuelto idiomas internacionales hablados por habitantes de varios países. Son pocos: esencialmente el inglés, el castellano, el francés ([8]) y el alemán. Éste, a pesar de expresar una gran riqueza y rigor, que ha sido el soporte de obras fundamentales de la cultura mundial (las obras filosóficas de Kant, Fichte, Hegel, las obras de Freud, la teoría de la relatividad de Einstein y… las obras de Marx) sólo se usa en Europa y sus horas de gloria parecen pertenecer al pasado.
De hecho, como lenguas verdaderamente internacionales utilizadas por más de cien millones de locutores y en varios continentes, no queda más que el castellano y, naturalmente, el inglés. Ésta es hoy la verdadera lengua internacional, consecuencia inevitable de que las dos naciones que han dominado sucesivamente el capitalismo son Inglaterra y Estados Unidos. Hoy en día, quien no domina el inglés está limitado tanto para viajar por el mundo como por Internet, así como para hacer estudios científicos serios, en particular en asignaturas punteras como la informática. Y ése no es evidentemente el caso del francés, que fue sin embargo, en el pasado, la lengua internacional de las cortes europeas y de la diplomacia, lo cual, al fin y al cabo, interesaba a poca gente.
Para volver a una observación que haces en uno de tus mensajes, el bilingüismo jamás se convertirá en realidad en Canadá a pesar de ser promovido por el Estado federal canadiense. Tenemos un ejemplo edificante en Bélgica, país históricamente dominado por la burguesía francófona. En Amberes o en Gante, los obreros flamencos estaban en relación con patrones que hablaban francés. Eso provocó, entre otras cosas, que muchos de ellos tenían el sentimiento que negarse a hablar francés era una forma de resistencia al patrón y a la burguesía. Sin embargo, a pesar de no haber existido nunca plenamente en ambas comunidades, el bilingüismo era más corriente entre los flamencos que entre los valones francófonos. Pero desde hace algunas décadas, la cuna de la gran industria belga, Valonia, ha ido perdiendo terreno económicamente con respecto a Flandes. Entonces, uno de los temas de los nacionalistas flamencos actuales es que Valonia, con su nivel de desempleo más elevado y su industria anticuada, se ha vuelto un lastre para Flandes, de modo que se ponen a dar la tabarra a los obreros flamencos diciéndoles que trabajan y pagan impuestos para las necesidades de los obreros valones: ése es uno de los temas del partido de extrema derecha independentista Vlaams Belang.
El que los obreros flamencos puedan hoy dialogar con sus patrones en flamenco no cambia evidentemente nada en su condición de explotados. Dicho eso, la población de Flandes cada día es más bilingüe, pero la lengua que va desarrollándose no es el francés, lo que permitiría más comunicación con las poblaciones francófonas del país, sino el inglés. Y lo mismo ocurre, además, con las poblaciones francófonas. Y el que tanto el Rey como el Jefe del gobierno se expresen en sus discursos equitativamente en francés y en flamenco no cambia nada en la situación.
Otro ejemplo es el del catalán. Históricamente, Cataluña es la principal región industrial de España y en muchos aspectos la mas avanzada, tanto a nivel de las condiciones de vida como en la cultura y de la educación. Desde el siglo xix, la clase obrera de Cataluña ha sido el sector más combativo y consciente del proletariado español. La cuestión de las reivindicaciones lingüísticas en esa región se ha planteado desde hace mucho tiempo, ya que la lengua oficial de todas las regiones de España es el castellano, cuando la lengua usual, la que se habla en familia, con sus amigos y en la calle, es el catalán. Esta cuestión se planteó al movimiento obrero. Entre los anarcosindicalistas que dominaron el movimiento en Cataluña durante mucho tiempo, fue un factor de divergencias puesto que en nombre del “federalismo” tan querido por los anarquistas, muchos preconizaban le preeminencia del catalán en la prensa obrera, mientras que otros, con razón, argumentaban que si el patrón era catalán, muchos obreros eran forasteros y no hablaban sino el castellano (que también hablaban los obreros catalanes). El empleo del catalán era entonces un medio excelente para dividir a los obreros.
Durante el franquismo, periodo en que el catalán estuvo prohibido tanto en la prensa como en la escuela o en las administraciones, su uso pasó por ser una forma de resistencia contra la dictadura para gran parte de la población de Cataluña. Muy lejos de debilitar la lengua catalana, la política de Franco logró fundamentalmente todo lo contrario, hasta tal punto que hasta los emigrantes procedentes de otras regiones de España aprendían catalán tanto para ser aceptados ([9]) como para participar en esa “resistencia”.
Con el final del franquismo y la instauración de la “democracia” en España, el movimiento autonomista pudo florecer. Las regiones, y más particularmente Cataluña, recuperaron las prerrogativas perdidas. Una de ellas fue la de hacer del catalán la lengua oficial de la región, o sea que las administraciones ya no pueden funcionar mas que en catalán y que esa lengua se enseña de forma exclusiva en la enseñanza primaria y secundaria, en cuyos programas al castellano se le considera lengua “extranjera”.
En las universidades de Cataluña, cada vez se dan más clases en catalán, lo que evidentemente pone en desventaja a los estudiantes procedentes de otras regiones o del extranjero (que cuando se matriculan en sus países en “español”, idioma internacional, no se les ocurre aprender una lengua regional). El resultado es que a pesar de que la enseñanza de las universidades catalanas tenga buena fama, y particularmente la de Barcelona, lo que atraía a los mejores estudiantes españoles, europeos y suramericanos, ahora tienen tendencia a escoger universidades en las que no corren el riesgo de tropezarse con un idioma que no conocen. La apertura a Europa y al mundo de la que se enorgullecía Cataluña no puede sino sufrir de la hegemonía creciente del catalán, con el riesgo de que en la competencia ancestral existente entre Barcelona y Madrid, tome ventaja esta ciudad y esta vez ya no gracias a la centralización forzada como en tiempos del franquismo, sino, al contrario, gracias a las “conquistas democráticas” de Cataluña. Dicho lo cual, si a la burguesía y a la pequeña burguesía catalanas les gusta que los tiros les salgan por la culata, allá ellas, pero eso ni les va ni les viene a los revolucionarios internacionalistas. En cambio, sí que tendrá consecuencias graves la escolarización en catalán. Las nuevas generaciones de proletarios en Cataluña tendrán más dificultades que antes para comunicar con sus hermanos de clase del resto del país y, a cambio de un mejor dominio de la gramática catalana, perderán la agilidad que sus padres tenían en el dominio del castellano, al fin y al cabo lengua internacional.
Para volver a las vejaciones lingüísticas que existían en Quebec y que señalas en tus mensajes (y que se parecen a lo que existía en Flandes en detrimento de los obreros flamencos), son típicos de los comportamientos de todas las burguesías y son un medio suplementario de afirmar su fuerza con respecto a los obreros a quienes se trata de hacer entender “quién manda”. También es un instrumento para dividir a los obreros entre los que hablan el idioma del patrón (a quienes se les da entender que comparten algo con él y son privilegiados) y los que no lo entienden o mal. Y por fin es un medio para canalizar el descontento de los obreros contra la explotación hacia un terreno que no es el de la clase obrera y que no puede sino socavar la unidad de clase. Aunque no todos los burgueses son lo bastante listos para ser tan maquiavélicos, todos saben que las situaciones en que los obreros no solo han de sufrir la explotación clásica, sino además vejaciones suplementarias, permite instalar una válvula de seguridad cuando la presión social se hace muy fuerte. Por muy estúpidos que sean, por muy cegados por el chovinismo que estén, saben dónde están sus verdaderos intereses. Antes de ceder sobre problemas esenciales tanto para los obreros como para las ganancias capitalistas, como pueden ser los sueldos o las condiciones de trabajo, prefieren “ceder” sobre lo que no les cuesta nada, como la cuestión lingüística. En esto serán ayudados por las fuerzas políticas, especialmente las de izquierda o extrema izquierda, que han inscrito en su programa las reivindicaciones lingüísticas, y que presentan como “victoria” la obtención de ese tipo de reivindicaciones por mucho que las demás no queden satisfechas (sobre todo cuando si a esas reivindicaciones se las considera como “principales”, como lo señalas en tu mensaje del 18 de febrero). En realidad, si las situaciones de vejaciones lingüísticas hacia los obreros han ido retrocediendo en Quebec en estos últimos decenios, no es únicamente a causa de las políticas de los partidos nacionalistas: también es consecuencia de las luchas obreras que se han desarrollado por el mundo, incluida Canadá, a partir de finales de los años 60.
¿Cuál ha de ser el discurso de los revolucionarios ante semejante situación? Pues el de decir la verdad a los obreros, decirles lo que acabamos de exponer. Han de animar las luchas obreras por la defensa de sus condiciones de vida y por eso no podrán darse por contentos con hablar de la revolución que acabará con todas las formas de opresión. Pero su papel es también advertir a los obreros contra las trampas que les amenazan, las maniobras cuyo objetivo es socavar la solidaridad del conjunto de la clase obrera, sin temer criticar las reivindicaciones que no van en ese sentido ([10]), pues, si no, no desempeñan su papel de revolucionarios: “por una parte… en las diferentes luchas nacionales de los proletarios [los comunistas] destacan y hacer valer los intereses comunes de todo el proletariado, independientes de la nacionalidad; y por la otra, por el hecho de que, en las diversas fases de desarrollo que recorre la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre el interés del movimiento general” (Marx y Engels, Manifiesto comunista).
En espera de tus comentarios sobre esta carta, recibe, estimado compañero, nuestros saludos comunistas
Por la CCI
[1]) Con una importante diferencia sin embargo: la opresión que el régimen zarista hacía sufrir a las diferentes nacionalidades del Imperio ruso no es en nada comparable con la actitud del gobierno de Ottawa respecto a las nacionalidades de Canadá.
[2]) Véase nuestro artículo:
http://an.internationalism.org/wr292/solidarity.htm. (inglés)
http://fr.internationalism.org/ri367/greves.htm. (francés)...
[3]) En uno de tus mensajes escribes que: “El movimiento obrero canadiense-inglés ya izó la bandera de la unidad canadiense cuando la huelga general de 1972 en Quebec. En efecto, el NPD (Nuevo Partido democrático) y el CTC (Congreso del Trabajo de Canadá) denunciaron esa huelga,¡tildándola de “separatista” y “dañina para la unidad canadiense”!”. En realidad, no fue el “movimiento obrero canadiense-ingles” el que adoptó esa actitud, sino los partidos burgueses con leguaje obrerista y los sindicatos al servicio del capital.
[4]) De hecho, al principio esa reivindicación no figuraba en primer lugar, sino que se ponía detrás de las reivindicaciones económicas y antirrepresivas. Fueron los “expertos” políticos del movimiento, procedentes del ámbito democrático (Kuron, Modzelewski, Michnik, Geremek…), quienes insistieron para ponerla en cabeza.
[5]) “Este régimen supone la diseminación de la tierra y de los demás medios de producción. Excluye la concentración de éstos, y excluye también la cooperación, la división del trabajo dentro de los mismos procesos de producción, la conquista y regulación social de la naturaleza, el libre desarrollo de las fuerzas sociales productivas. Sólo es compatible con los estrechos límites elementales, primitivos, de la producción y la sociedad. Querer eternizarlo equivaldría, como acertadamente dice Pecqueur, a “decretar la mediocridad general”. Al llegar a un cierto grado de progreso, él mismo alumbra los medios materiales para su destrucción. A partir de este momento, en el seno de la sociedad se agitan fuerzas y pasiones que se sienten cohibidas por él. Hácese necesario destruirlo, y es destruido. Su destrucción, la transformación de los medios de producción individuales y desperdigados en medios sociales y concentrados de producción, y, por tanto, de la propiedad raquítica de muchos en propiedad gigantesca de pocos, o lo que es lo mismo, la expropiación que priva a la gran masa del pueblo de la tierra y de los medios de vida e instrumentos de trabajo, esta espantosa y difícil expropiación de la masa del pueblo, forma la prehistoria del capital. Abarca toda una serie de métodos violentos, entre los cuales sólo hemos pasado revista aquí, como métodos de acumulación originaria del capital…”, “Tendencia histórica de la acumulación capitalista”, p. 647, el Capital, I, FCE).
“A la par que se implantaba en Inglaterra la esclavitud infantil, la industria algodonera servía de acicate para convertir el régimen más o menos patriarcal de esclavitud de los Estados Unidos, en un sistema comercial de explotación. En general, la esclavitud encubierta de los obreros asalariados en Europa exigía, como pedestal, la esclavitud sans phrase en el nuevo mundo.
“Tantœ molis erat ! para dar rienda suelta a las “leyes naturales y eternas” del régimen de producción capitalista, para consumar el proceso de divorcio entre los obreros y las condiciones de trabajo, para transformar en uno de los polos , los medios sociales de producción y de vida en capital, y en el polo contrario la masa del pueblo en obreros asalariados , en “pobres trabajadores” y libres, este producto artificial de la historia moderna.
“Si el dinero, según Augier, ”nace con manchas naturales de sangre en un carrillo”, el capital viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, desde los pies a la cabeza.” ( “Génesis del capitalista industrial”, el Capital, I, p. 646, FCE).
[6]) “Sin embargo, por muy lamentable que sea desde un punto de vista humano ver cómo se desorganizan y descomponen en sus unidades integrantes esas decenas de miles de organizaciones sociales laboriosas, patriarcales e inofensivas; por triste que sea verlas sumidas en un mar de dolor, contemplar cómo cada uno de sus miembros va perdiendo a la vez sus viejas formas de civilización y sus medios hereditarios de subsistencia, no debemos olvidar al mismo tiempo que esas idílicas comunidades rurales, por inofensivas que pareciesen, constituyeron siempre una sólida base para el despotismo oriental; que restringieron el intelecto humano a los límites más estrechos, convirtiéndolo en un instrumento sumiso de la superstición, sometiéndolo a la esclavitud de reglas tradicionales y privándolo de toda grandeza y de toda iniciativa histórica. (…) Bien es verdad que al realizar una revolución social en el Indostán, Inglaterra actuaba bajo el impulso de los intereses más mezquinos, dando pruebas de verdadera estupidez en la forma de imponer esos intereses. Pero no se trata de eso. De lo que se trata es de saber si la humanidad puede cumplir su misión sin una revolución a fondo en el estado social de Asia. Si no puede, entonces, y a pesar de todos sus crímenes, Inglaterra fue el instrumento inconsciente de la historia al realizar dicha revolución. En tal caso, por penoso que sea para nuestros sentimientos personales el espectáculo de un viejo mundo que se derrumba, desde el punto de vista de la historia tenemos pleno derecho a exclamar con Goethe:
“¿Quién lamenta los estragos
“Si los frutos son placeres?
“¿No aplastó miles de seres
“Tamerlán en su reinado?”
(Marx, “La dominación británica en la India », New York Times, 25 de junio 1853)
[7]) Fue el sueño de cantidad de elementos rebeldes tras los acontecimientos del Mayo de 1968 en Francia. Para escapar al capitalismo y a la alineación que provoca, se fueron a fundar comunidades en pueblos abandonados por los habitantes, viviendo del tejido y de la cría de cabras. Las consecuencias fueron catastróficas: obligados por las leyes del mercado a vender su trabajo a bajo precio, vivieron en una miseria profunda que provocó rápidamente conflictos entre “socios”, reavivando la caza a los “gandules que quieren vivir del trabajo de los demás”, provocando la reaparición de jefezuelos preocupados por la “salud económica del negocio”, acabando los más astutos por integrándose en los circuitos comerciales del capitalismo.
[8]) Se ha de notar que el francés se impuso reduciendo a dialectos folklóricos otras lenguas como el bretón, el picardo, el occitano, el provenzal, el catalán, el vasco…
[9]) Se ha de notar aquí que bajo el franquismo, cuando uno se perdía por Barcelona no era recomendable preguntar por su camino en castellano. Paradójicamente, había personas que entendían mucho mejor el castellano cuando se les hablaba con un fuerte acento francés o inglés que cuando se les hablaba sin acento.
[10]) Los revolucionarios no deben vacilar en retomar la idea fundamental de Marx: la opresión y la barbarie de las que es responsable el capitalismo, y que hemos de denunciar, no sólo tienen aspectos negativos: crean las condiciones para la emancipación futura de la clase obrera y las de sus éxitos en las luchas actuales. Los obreros quebequenses que se ven obligados aprender inglés o progresar en la práctica de ese idioma para poder encontrar trabajo o para ir de compras también han de sacarle provecho: eso facilitará su comunicación con sus hermanos de clase anglófonos en Canadá y también con los del vecino estadounidense. No se trata para los revolucionarios de disculpar los comportamientos xenófobos y repulsivos de los burgueses anglófonos, sino de explicar a los obreros francófonos que tienen la posibilidad de volver contra la burguesía las armas que ésta utiliza contra ellos. Nacida en la Polonia dominada por Rusia, la gran revolucionaria Rosa Luxemburgo se vio obligada de aprender el ruso. Nunca se quejó por ello, al contrario. Fue para ella una facilidad para comunicar con sus compañeros de Rusia (por ejemplo con Lenin con quien tuvo largas discusiones tras la Revolución de 1905, lo que les permitió conocerse mejor, entenderse y estimarse). También le permitió conocer y apreciar la literatura rusa, traducir ciertas obras al alemán para hacerlas conocer a los lectores de esta lengua.
Discusiones con el medio internacionalista
Informe de la Conferencia de Corea de Octubre de 2006
En Junio de 2006 la CCI recibió una invitación de la Socialist Political Alliance (SPA), un grupo de Corea del Sur, que se identifica a sí mismo en la tradición de la Izquierda comunista, para participar en una «Conferencia Internacional de marxistas revolucionarios» que iba a celebrarse en las ciudades de Seúl y Ulsa en el mes de octubre de ese mismo año. Llevábamos en contacto con SPA cerca de un año y a pesar de las inevitables dificultades del lenguaje, habíamos podido iniciar discusiones, en particular sobre las cuestiones de la decadencia del capitalismo y las perspectivas para el desarrollo de las organizaciones comunistas en el periodo actual.
El espíritu con el que se convocó esta Conferencia destaca con fuerza en la declaración introductoria de SPA: «Conocemos muy bien las distintas conferencias o reuniones de marxistas que se celebran regularmente en varios lugares del mundo. Pero también sabemos muy bien que estas conferencias se centran en discusiones abstractas sobre teoría académica y en la solidaridad ritual entre quienes pretenden estar a la “izquierda” del capitalismo. Más allá de esto, reconocemos profundamente la visión de que es necesaria una verdadera revolución proletaria contra la barbarie y la guerra en la fase de decadencia del capitalismo.
Aunque los trabajadores coreanos expresan sus dificultades en cuestiones básicas y las fuerzas políticas revolucionarias en Corea estén en la confusión sobre la perspectiva de la futura sociedad comunista, tenemos que llevar a cabo la solidaridad del proletariado mundial más allá de la fábrica, el territorio y la nación, reflexionando hasta el fondo sobre las terribles derrotas que ha causado en el pasado movimiento revolucionario el abandono de los principios del internacionalismo.»
Basta una mínima consideración de la historia de Extremo Oriente para revelar la inmensa importancia de esta iniciativa. Como dijimos en nuestro saludo a la conferencia:
“En 1927, la masacre de los obreros de Shangai fue el episodio final de una lucha revolucionaria que había sacudido el mundo durante diez años desde la revolución rusa de 1917. Los años siguientes, la clase obrera mundial y el resto de la humanidad sufrieron el horror de la más terrible contrarrevolución de la historia. En Oriente, La población trabajadora tuvo que sufrir las premisas de la IIª Guerra mundial, con la invasión japonesa de Manchuria, y después la guerra misma, que culminó con la destrucción de Hiroshima y Nagasaki; después la guerra civil en China, la guerra de Corea, la terrible hambruna en China durante el llamado “Gran salto adelante” de Mao Zedong; la guerra de Vietnam…
“Todos estos terribles acontecimientos, que conmocionaron al mundo, azotaron un proletariado que, en Oriente, era aún joven e inexperto y había tenido muy poco contacto con el desarrollo de la teoría comunista en Occidente. Hasta donde sabemos, ninguna expresión de la izquierda comunista pudo sobrevivir, o siquiera surgir, entre los trabajadores de Oriente.
“Consecuentemente, el hecho de que hoy una organización que explícitamente se identifica con la Izquierda Comunista convoque una conferencia de comunistas internacionalistas en Oriente, es un acontecimiento de importancia histórica para la clase obrera, que contiene la promesa, quizás por primera vez en la historia, de construir una verdadera unidad entre los trabajadores de Oriente y Occidente. No se trata de un hecho aislado; al contrario, es parte de un lento proceso de toma de conciencia a escala mundial del proletariado y sus minorías políticas”.
La delegación de la CCI asistió a la Conferencia con intención, no sólo de ayudar lo mejor que pudiéramos al surgimiento de una voz internacionalista, de Izquierda comunista, en Extremo Oriente, sino también para aprender: ¿Cuáles son las cuestiones más importantes para los trabajadores y los revolucionarios en Corea? ¿Cómo se plantean allí los problemas que afectan a todos los trabajadores? ¿Qué lecciones puede mostrar la experiencia de los obreros en Corea a los trabajadores de Extremo Oriente en particular y de todo el mundo en general? Y ¿Qué lecciones puede sacar el proletariado de Corea de la experiencia de sus hermanos de clase en el resto del mundo?
La Conferencia tenía inicialmente previsto discutir los siguientes temas: la decadencia del capitalismo, la situación de la clase obrera, y la estrategia que los revolucionarios tienen que adoptar en la situación actual. Sin embargo, en los días que precedieron la Conferencia, la importancia política a largo plazo de sus objetivos se vio ensombrecida por la brusca agudización de las tensiones imperialistas en la región causada por la explosión de la primera bomba nuclear de Corea del Norte y las maniobras que se desencadenaron a continuación por parte de las diferentes potencias presentes en la región (Estados Unidos, China, Japón, Rusia, Corea del Sur). En una reunión previa a la Conferencia, la delegación de la CCI y el grupo de Seúl del SPA, acordaron que era sumamente importante que los internacionalistas tomasen posición públicamente sobre esta situación, y decidieron presentar conjuntamente a la Conferencia una declaración internacionalista contra la amenaza de guerra. Como veremos, la discusión provocada por esta propuesta de declaración formó parte importante de los debates durante la Conferencia.
En este informe nos proponemos considerar algunos de los principales temas de los debates de la Conferencia, con la esperanza no sólo de dar una mayor expresión a la propia discusión, sino también de contribuir a la reflexión de los camaradas en Corea ofreciendo una perspectiva internacional de las cuestiones que hoy tienen que encarar.
El contexto histórico
Antes de decir nada sobre la Conferencia, es preciso situar brevemente la situación en Corea en su contexto histórico. En los siglos que precedieron la expansión del capitalismo en Extremo Oriente, Corea sufrió tanto como se benefició a causa de su posición geográfica de pequeño país atrapado entre dos grandes potencias históricas: China y Japón. Por una parte sirvió de puente y de catalizador cultural para ambos países: no cabe duda, por ejemplo, de que el arte de la cerámica en China y especialmente en Japón, está en deuda en gran parte con los alfareros de Corea que desarrollaron la técnica actualmente perdida de un tipo de vidriado de la porcelana ([1]). Por otra parte, el país sufrió frecuentes y brutales invasiones de sus dos poderosos vecinos y la mayor parte de su historia reciente, la ideología dominante ha estado dictada por una casta de eruditos confucianos que trabajaban en chino y se resistieron al influjo de las nuevas ideas que acompañaron la llegada de las potencias europeas a la región. Durante el siglo xix, la cada vez más cruda rivalidad entre China, Japón y Rusia – que fue la potencia colonial más tardía que extendía hasta las fronteras de China y el Océano Pacífico – llevó a una intensa puja por la influencia en Corea. Pero la influencia que buscaban estas potencias era esencialmente estratégica: desde el punto de vista de sacarle partido a las inversiones, las posibilidades que ofrecían China y Japón eran mucho mayores que las de Corea, sobre todo si se tiene en cuenta la inestabilidad causada por las luchas (que resultaban ruinosas para todos los bandos implicados) entre diferentes facciones de las clases gobernantes en Corea, que estaban divididas, tanto respecto a la consideración de los beneficios de la «modernización», como a sus esfuerzos por usar la influencia de los vecinos imperialistas de Corea para reforzar su propia posición en el poder. A principios del siglo xx se produjo una intensificación de las tentativas de Rusia de establecer una base naval en Corea, lo que a su vez Japón sólo podía ver como una amenaza mortal a su independencia: esta rivalidad llevaría al estallido de la guerra ruso-japonesa en 1905, durante la cual los japoneses aniquilaron la flota rusa. En 1910 los japoneses invadieron Corea y establecieron un régimen colonial que duraría hasta la derrota de Japón en 1945.
El desarrollo industrial previo a la invasión japonesa fue por tanto, extremadamente frágil, y la industrialización que siguió se orientó a las necesidades de la economía de guerra japonesa: en 1945 había dos millones de trabajadores industriales en Corea, ampliamente concentrados en el norte. El sur del país permaneció esencialmente rural y sufrió la pobreza más severa. Y como si la población obrera de Corea no hubiera sufrido bastante por la dominación colonial, la industrialización forzada, y la guerra ([2]), ahora se encontraba en la zona fronteriza del nuevo conflicto imperialista que iba a dominar el mundo hasta 1989: la división del planeta entre los dos grandes bloques imperialistas de EEUU y la URSS. La decisión de la URSS de apoyar la insurrección desencadenada por el «Partido coreano de los trabajadores» (estalinista), fue en efecto una tentativa de sondear las nuevas fronteras de la dominación imperial de EEUU, igual que hizo en Grecia después de 1945. El resultado fue también el mismo, aunque a escala mucho más destructiva: una despiadada guerra entre Corea del Norte y del Sur, en la que las autoridades coreanas de ambos bandos – por mucho que estuvieran combatiendo para defender sus propios intereses burgueses – no eran mas que peones de una lucha más vasta entre las potencias imperialistas por la dominación mundial. La guerra duró tres años (1950-53), durante los cuales toda la península fue devastada de un extremo a otro por los sucesivos avances y retiradas de los ejércitos contendientes, y terminó dividida permanentemente en dos países distintos: Corea del Norte y Corea del Sur. Estados Unidos ha mantenido hasta ahora una presencia militar en Corea del Sur, con cerca de 30 000 soldados emplazados en el país.
Incluso antes de que acabara la guerra, EEUU ya había llegado a la conclusión de que por sí sola, la ocupación militar no estabilizaría la región ([3]) y decidió realizar lo que equivalía a un Plan Marshall para el Sudeste asiático y Extremo Oriente,
«A sabiendas de que es la miseria económica y social lo que sirve de argumento a las fracciones nacionalistas prosoviéticas para llegar al poder en algunos países de Asia, Estados Unidos va a transformar esas zonas, situadas en las fronteras inmediatas de China (Taiwán, Hong Kong, Corea del Sur y Japón) en avanzadillas de la “prosperidad occidental”. La prioridad estadounidense será la de establecer un cordón sanitario contra el avance del bloque soviético en Asia» ([4]).
Esta política tuvo implicaciones importantes para Corea del Sur:
«Desprovista de materias primas y con la mayoría del aparato industrial situado en el Norte, ese país estaba desangrado al terminar la guerra: la caída de la producción llegó al 44 % y la del empleo al 59 %, los capitales, los medios de producción intermedios, las competencias técnicas y las capacidades de gestión eran casi inexistentes (…) Entre 1945 y 1978, Corea del Sur recibió unos 13 mil millones de dólares, o sea 600 por habitante, y Taiwán 5,6 mil millones, 425 per cápita. Entre 1953 y 1960, la ayuda extranjera contribuye en torno al 90 % en la formación de capital fijo de Corea del Sur. La ayuda proporcionada por EEUU alcanzó el 14 % del PNB en 1957 (…) Pero los Estados Unidos no se limitaron a suministrar ayuda y apoyo militar; de hecho se hicieron cargo en los diferentes países de toda la dirección del Estado y de la economía. En ausencia de verdaderas burguesías nacionales, el único cuerpo social que pudiera dirigir la modernización que quería EEUU, era el ejército. Se instauró así un capitalismo de Estado muy eficaz en cada uno de esos países. El crecimiento económico será impulsado por un sistema que vinculará estrechamente el sector público al privado, mediante una centralización casi militar, pero con la sanción del mercado. Contrariamente a la variante de Europa Oriental de capitalismo de Estado (el estalinismo) que engendrará auténticas caricaturas de aberración burocrática, aquellos países aliaron centralización y poder estatal con sanción de la ley del valor. Se instauraron múltiples políticas intervencionistas: formación de conglomerados industriales, votación de leyes de protección del mercado interno, control comercial en las fronteras, instauración de una planificación unas veces imperativa, otras incitativa, gestión estatal de atribución de créditos, orientación de capitales y recursos de los diferentes países hacia los sectores prometedores, otorgamiento de licencias exclusivas, monopolios de gestión, etc. En Corea del Sur, por ejemplo, fue gracias a los vínculos con los chaebols (equivalentes a los zaibatsus japoneses), grandes conglomerados industriales a menudo fundados por iniciativa o con la ayuda del Estado ([5]), cómo los poderes públicos surcoreanos orientaron el desarrollo económico».
La clase obrera de Corea del Sur se vio así ante una política de explotación feroz e industrialización forzada llevada a cabo por una inestable sucesión de regímenes militares medio democráticos medio autoritarios, que mantuvieron su poder a través de la supresión brutal de las revueltas y huelgas obreras, de las que merece la pena mencionar el alzamiento de Kwangju a principios de la década de 1980 ([6]). Después de los acontecimientos de Kwangju, la clase dirigente coreana intentó estabilizar la situación bajo la presidencia del general Chun Doo-hwan (anterior jefe de la CIA coreana) dando un barniz democrático a lo que seguía siendo esencialmente un régimen militar autoritario. El intento fracasó miserablemente: en el año 1986 se produjeron concentraciones masivas de protesta en Seúl, Inch’on, Kwangju, Taegu y Pusan, y en 1987 «estallaron más de 3300 conflictos industriales que implicaban reivindicaciones obreras de aumentos salariales, mejor trato y mejores condiciones de trabajo, que forzaron al gobierno a hacer concesiones para atender algunas de estas demandas» ([7]). La incapacidad del régimen corrupto del general Chun para imponer por la fuerza la paz social llevó a un cambio de dirección. El régimen de Chun adoptó el “programa de democratización” propuesto por el general Roh Tae-woo, líder del gubernamental Partido Democrático de la Justicia, que ganó las elecciones presidenciales de diciembre 1987. Las elecciones presidenciales de 1992 llevaron al poder a un conocido y perenne líder de la oposición democrática, Kim Yung Sam, y se completó la transición democrática en Corea. O como nos dijeron los camaradas del SPA, la burguesía coreana se las apañó al menos para erigir una convincente fachada democrática que ocultase la continuación en el poder de una alianza entre los militares, los chaebols y el aparato de seguridad.
Consecuencias del contexto histórico
Respecto a la experiencia reciente de sus minorías políticas, este contexto histórico tiene paralelismos en otros países de la periferia, en Asia y también en Latinoamérica (