Revista internacional n° 116 - 1er trimestre de 2004

Captura de Sadam Husein, discusiones por la paz en Palestina... - No habrá paz en Oriente Medio

Captura de Sadam Husein, discusiones por la paz en Palestina...

No habrá paz en Oriente Medio

A pesar de la súper mediatizada captura del “tirano sanguinario” Sadam Husein, con una puesta en escena que parece haberse calcado de un western de serie B, el evidente atolladero en que se ha metido Estados Unidos (EE.UU.) en Irak, así como su incapacidad para imponer la llamada “hoja de ruta” en Oriente Medio dan prueba del debilitamiento de la primera potencia imperialista mundial.

El proyecto básico del gobierno norteamericano al intervenir en Irak era proseguir y afianzar el cerco estratégico a Europa para atajar el menor intento de avance de sus rivales imperialistas principales, sobre todo Alemania, hacia el Este y el Mediterráneo. El objetivo de la cruzada en nombre del antiterrorismo, la defensa de la democracia y la lucha contra Estados presuntamente poseedores de armas de destrucción masiva fue servir de tapadera ideológica a la guerra en Afganistán e Irak, y a las amenazas de intervención contra Irán. Antes de intervenir en tierras iraquíes, la burguesía de EE.UU. dudó durante largo tiempo, no sobre la decisión de la guerra misma, sino sobre cómo llevarla a cabo. ¿Debían aceptar los Estados Unidos la dinámica que los empuja a actuar cada vez más aisladamente o debían procurar mantener a su alrededor sin maltratar a una serie de aliados, por nula que sea hoy estabilidad de esas alianzas? Finalmente se adoptó la estrategia de Bush: intervenir prácticamente solos y contra todos.

A pesar de la demostración de fuerza de EE.UU., que aplastó a Irak en tres semanas, el liderazgo estadounidense nunca había sido tan cuestionado. Seis meses después de la “victoria” oficial, la estrategia es un fracaso total. La incapacidad de EE.UU. para hacer segura la región es patente. El mundo entero asiste desde entonces a un atasco cada vez más resbaladizo de los ejércitos norteamericanos de ocupación en el barrizal iraquí. No pasa un día sin que los ejércitos de la coalición sean blanco de comandos terroristas. Se han sucedido a un ritmo regular atentados cada vez más mortíferos, que incluso se han extendido más allá de Irak, alcanzando progresivamente toda la región (Arabia Saudí, Turquía, etc.), con víctimas iraquíes o miembros de la llamada “comunidad internacional”. Del lado americano, la ocupación actual ha provocado ya más muertos (225) que el primer año de guerra en Vietnam (147 en 1964). El clima de inseguridad de las tropas y la llegada a EE.UU. de los body bags (bolsas con cadáveres) han ido enfriando los ardores patrióticos (muy relativos ya) de la población, incluso en plena “América profunda”.

El estancamiento de EE.UU.
en Irak les obliga a modificar su orientación

Cuando la guerra de Vietnam, la burguesía norteamericana acabó abandonando deliberadamente ese país, pero ganó en el cambio, pues se llevó a China al bloque occidental. Nada compensaría en Irak una retirada estadounidense. Además, una retirada multiplicaría las ambiciones de todos los adversarios y rivales de EE.UU., grandes o pequeños. Y además, el caos que EE.UU. ha provocado y que dejaría tras él, causaría sin la menor duda, el incendio en la región, desprestigiándolo definitivamente en su papel de gendarme del planeta. Lo que se juega es muy importante. Una retirada norteamericana sin más explicaciones sería equivalente a una humillante derrota.

La burguesía de EE.UU. está pues obligada a mantenerse militarmente en Irak, a la vez que va acondicionando las modalidades de su presencia. La Casa Blanca ya ha anunciado una retirada parcial y progresiva a la vez que participa en la instalación de un gobierno iraquí “autónomo” y “democrático” para la primavera de 2004, cuando lo que estaba previsto, en un principio, era 2007. También llama ahora a que otros países occidentales participen en mantener el orden y dar seguridad al territorio, cuando antes se había opuesto tajantemente a toda injerencia de los gobiernos opuestos a la intervención norteamericana en los asuntos iraquíes. Estados Unidos quiere ahora obligar a sus principales adversarios imperialistas a que paguen también ellos el precio financiero y humano de la guerra en Irak. Sin embargo, para ello, no les queda otro remedio que volver a dejar entrar el lobo en el redil, o sea aceptar que entren en Irak por la puerta pequeña unas empresas y unos ejércitos de Alemania y Francia a los que se les había cerrado la puerta grande. Para EE.UU., eso es reconocer su situación de debilidad.

En paralelo a esa reorientación, los Estados Unidos están intentando recuperar la iniciativa internacional: envío de 3000 hombres a Afganistán para una operación masiva contra los rebeldes; en Georgia, sustitución del presidente Shevardnadze por el proamericano Saakashvili, un abogado que ejerció durante bastante tiempo en EE.UU. Fue en ese contexto en el que se organizó minuciosamente la captura, promocionada a ultranza, de Sadam Husein.

Con esa detención, y en su reparto el papel estelar de Estados Unidos, Bush podrá saborear un desquite inmediato. La línea “dura” de la administración de Bush, personificada en Rumsfeld y Wolfowitz podrá salvar la cara. Le permitirá también retomar la iniciativa en materia diplomática. El gobierno de Bush estará durante algún tiempo en una postura más favorable para hacer que Estados como Francia acepten anular la deuda iraquí. Podrá imponer más fácilmente condiciones para una posible participación de empresas alemanas o francesas en la reconstrucción de Irak. Incluso el Consejo de Gobierno iraquí, controlado en gran parte por EE.UU., resultará revalorizado ante la opinión pública internacional.

La detención de Sadam Husein se produjo justo después de un fin de semana marcado por desacuerdos entre naciones europeas. En las discusiones sobre la Constitución para la Unión ampliada, Francia y Alemania tuvieron que enfrentarse a España y Polonia, para las cuales, al ser ambas aliadas de EE.UU. en Irak, alguna migaja de notoriedad caerá tras la captura de Sadam. Estos dos países han sacado partido del peso que les da su apoyo a Estados Unidos para afirmar sus propios intereses en Europa, poniendo trabas a la alianza franco-alemana.

Otra pequeña victoria ha venido como anillo al dedo para fortalecer la propaganda americana. Solo cinco días después de la captura de Sadam y, tras largas discusiones, la Libia de Gaddafi anunciaba su decisión de destruir sus armas de destrucción masiva y cesar toda investigación sobre ellas. Estados Unidos ha hecho saber así al planeta entero que su perseverancia, presión y determinación dan resultados.

La detención de Sadam Husein, sin duda alguna, ha permitido a EE.UU. marcar tantos legitimando en parte su intervención en Irak. Pero los efectos benéficos de todas esas pequeñas victorias serán de muy corta duración.

La victoria estadounidense es relativa y efímera

Las imágenes de la captura del Rais tienen doble filo. Paralelamente al alarde de fuerza norteamericano, la humillación infligida al dictador ha suscitado la indignación y la cólera en las poblaciones árabes. Además las mismas imágenes muestran que Sadam Husein no era ese dictador en la sombra que gobernaba en secreto la resistencia iraquí. Al contrario, se le ve escondido en un agujero, sin ningún medio de comunicación y apoyado únicamente por unos cuantos fieles de su aldea. Por consiguiente, su detención no cambia nada en la normalización de Irak. Y los cincuenta muertos habidos en los dos días siguientes son la prueba más patente.

Francia y Alemania contraatacaron de inmediato. Tras haber felicitado por sus éxitos a la Casa Blanca, con la mayor y más típica de las hipocresías, los media de esos dos países se dedicaron a deslucir la imagen de EE.UU. Se hizo la mayor publicidad a los atentados del día siguiente. Las imágenes humillantes del Rais, difundidas en continuo, se adobaron con ásperos comentarios, más o menos insidiosos, dando a entender que esas imágenes eran una provocación a todas las naciones árabes. Se insistió mucho en que era imposible que Sadam pudiera dirigir la guerrilla desde su agujero. Francia y Alemania no han cesado de criticar al gobierno de Bush por la presión ejercida por éste ante el futuro tribunal iraquí, exigiendo la pena de muerte para el ex dictador, diciendo aquellos países que era ilegal, fuera del derecho internacional, a la vez que no cesaban de difundir masivamente las imágenes del campo de prisioneros de Guantánamo, mostrando así la barbarie y la perversidad de la justicia norteamericana.

La detención de Sadam Husein no cambia nada. Los atentados van a seguir. Y el antiamericanismo va a seguir alimentándose. El actual fortalecimiento momentáneo de la posición de EE.UU. acabará sin duda volviéndose en su contra. En efecto, el caos que EE.UU. será incapaz de atajar ya no podrá ponerse a cuenta de un Sadam Husein que actuaría en la sombra. Aparecerá entonces con más evidencia que es el resultado de la intervención americana, de lo que no dejarán de sacar provecho las burguesías rivales de EE.UU. En todo caso, sea cual sea la forma que acabe tomando la presencia militar de EE.UU. en Irak, sea cual sea la implicación militar de las potencias europeas en una eventual fuerza de “mantenimiento de la paz”, los retos y las tensiones bélicas entre Estados Unidos y sus rivales se incrementarán dramáticamente en la región. La población iraquí no va a sacar el menor beneficio indirecto de una eventual reconstrucción. Esta será muy limitada, sin duda solo alcanzará a las infraestructuras estatales y viarias, así como al funcionamiento de los pozos de petróleo. Va a seguir la guerra y los atentados se van a multiplicar.

A pesar de esos éxitos puntuales, la burguesía estadounidense no puede atajar el desgaste histórico de su liderazgo. La contestación antiamericana no va a cesar. Al contrario, cada avance norteamericano es una motivación suplementaria para que aumente el antiamericanismo. Como escribíamos en el número anterior de esta Revista: “En realidad, la burguesía estadounidense está en un atolladero resultado de una situación mundial bloqueada que no puede resolverse, a causa de las circunstancias históricas actuales, con la marcha hacia una nueva guerra mundial. Al no poder realizarse esa “salida” radical burguesa a la crisis mundial actual, que significaría sin duda la desaparición de la humanidad, ésta última se hunde progresivamente en el caos y la barbarie que caracterizan la fase actual, la postrera, de descomposición del capitalismo” (Revista internacional n° 115, “El proletariado frente a la dramática agravación de todas las contradicciones del capitalismo”)

En Irak, como en el resto del mundo, el capitalismo lo único que puede hacer es arrastrar a la humanidad a un caos mayor y a una barbarie sin fin.

La estabilidad y la paz no son posibles en esta sociedad. La burguesía quisiera convencernos de lo contrario. Ése es el objeto del despliegue de campañas ideológicas como la lanzada en Ginebra sobre Oriente Medio el 1º de diciembre de 2003. La “iniciativa” allí presentada, una solución “completa” al problema de Oriente Medio, opuesta a los métodos del “paso a paso” y de la “hoja de ruta”, aunque no sea oficial, ha sido propuesta por personalidades de primer plano, tanto del lado palestino como del israelí. Recibió un apoyo entusiasta de varios premios Nobel de la Paz, especialmente de Carter y del ex presidente polaco, antiguo sindicalista, Lech Walesa. Kofi Anan, Jacques Chirac, Tony Blair y hasta Colin Powell, un poco más tímidamente éste, saludaron también tal iniciativa.

El mensaje que debe entrar en las mentes proletarias, ahora que hay más guerras imperialistas que nunca, ni nunca habían sido tan violentas y a escala del planeta entero, es claro: la paz en la sociedad capitalista es realizable. Para ello basta con agrupar a todas las personas de buena voluntad y presionar en los Estados capitalistas y en las instancias internacionales.

Lo que a toda costa quiere la burguesía que quede oculto a los ojos de los obreros es que las guerras capitalistas son guerras imperialistas que se imponen tanto al capitalismo moribundo como a su clase dominante. Arrastrado por su propia lógica, el capitalismo en descomposición arrastraría sin remedio a toda la humanidad a una generalización de la barbarie y de las guerras.

W.

Contra las mistificaciones del Foro social europeo - Solo otro mundo es posible: el comunismo

Contra las mistificaciones del Foro social europeo

Solo otro mundo es posible: el comunismo

Entre el 12 y el 15 de noviembre, se desarrolló en París el “Foro social europeo”, una especie de filial europea del Foro social mundial que desde hace varios años tiene lugar en Porto Alegre, Brasil (el FSE de 2002 fue en Florencia, Italia, y el de 2004 será en Londres). El acontecimiento ha tenido una amplitud considerable. Unos 40 000 participantes, según los organizadores, llegados de todos los países de Europa, desde Portugal hasta los países del Europa central; un programa de casi 600 seminarios y talleres en locales de lo más variado (teatros, ayuntamientos, prestigiosos edificios del Estado) repartidos en cuatro lugares en torno a París; y para concluir, una gran manifestación con 60 a 100 000 personas por las calles de Paris, con los impenitentes estalinistas de Rifondazione comunista de Italia delante y los anarquistas de la CNT atrás.

Con menos cartel en los media, hubo otros dos “foros europeos” en el mismo período: uno para los diputados y otro para los europeos. Y por si tres “foros” no fueran suficientes, lo anarquistas organizaron un “Foro Social Libertario” en las afueras de París, simultáneo con el FSE y presentado abiertamente como “alternativa” a éste.

“Otro mundo es posible”. Este era uno de los grandes lemas del FSE. No cabe ninguna duda de que muchos de los manifestantes del 15 de noviembre, especialmente quizás entre los jóvenes que empiezan a politizarse, existe una verdadera y acuciante necesidad de luchar contra el capitalismo y por “otro mundo” diferente del mundo en que vivimos hoy con su miseria sin fin y sus guerras tan horribles como interminables. Sin duda, algunos se habrán sentido inspirados por esa gran reunión unitaria. El problema es saber no solo que “otro mundo es posible” –y necesario– sino también, y sobre todo, de qué otro mundo se trata y cómo se logrará edificarlo.

Es difícil imaginarse cómo podría el FSE dar una respuesta a esas preguntas. En vista de la cantidad y variedad de organizaciones participantes (sindicatos de ejecutivos y de “jóvenes dirigentes”, organizaciones cristianas, trotskistas tipo LCR y SWP, estalinistas del PCF, hasta los anarquistas de “Alternative libertaire”), mal puede uno imaginarse cómo iba a salir de ahí una respuesta coherente, incluso una respuesta a secas. Todos tenían algo que decir, de ahí la gran variedad de temas en las hojas volantes, en los debates, en los eslóganes. En cambio, cuando se miran de cerca las ideas surgidas del FSE, en el plano precisamente de los grandes temas, se da uno cuenta de que, primero, de nuevas no tienen nada y, segundo, de “anticapitalistas” menos todavía.

La fuerte movilización en torno al FSE, la propuesta por otras tantas fracciones de la izquierda y de la extrema izquierda de una multitud de temas del ámbito “altermundialista”, decidieron a la CCI llevar a cabo una intervención, en función de sus fuerzas pero determinada, en esas reuniones. A sabiendas de que los pretendidos “debates” del FSE ya estaban amañados de antemano (lo cual nos fue confirmado por algunos participantes), nuestros militantes, procedentes de varios países de Europa, favorecieron la venta de nuestra prensa, editada en gran parte de lenguas europeas, y la participación en discusiones informales en torno al acontecimiento. También estuvimos en el FSL para defender, en los debates, la perspectiva comunista contra la del anarquismo.

¿Un mundo librado del comercio y del tráfico?

“El mundo no está en venta” es el eslogan de moda, con varias versiones para cuando hay que ser “realista”: “la cultura no está en venta” para artistas y eventuales del espectáculo, “la salud no está en venta” para enfermeros y trabajadores de la salud pública o también “la educación no está en venta” cuando se trata del personal docente.

¿A quién no le conmueven tales consignas? ¿Quién estaría dispuesto a vender su salud o la educación de sus hijos?

Pero cuando uno se pone a mirar de cerca la realidad que hay detrás de esos lemas, pronto empieza a olerse la trampa. Para empezar, la propuesta no es acabar con la venta del mundo, sino solo de “limitarla”: “Sacar los servicios sociales de la lógica mercantil”. ¿Y qué quiere decir eso en concreto?. Sabemos perfectamente que mientras exista el capitalismo, habrá que pagarlo todo, incluso los servicios como la salud y la educación. Esas partes de la vida social que los “altermundialistas” pretenden “sacar de la lógica mercantil” son de hecho parte del salario global del obrero, gestionado en general por el Estado. El nivel de salario del obrero, la proporción de la producción que le corresponde a la clase obrera no solo no se puede “sustraer”, ni mucho menos, de la lógica mercantil, sino que es el meollo mismo del problema del mercado y de la explotación capitalista. El capital pagará siempre su mano de obra lo menos posible, o sea, lo que es necesario para reproducir la fuerza de trabajo o la próxima generación de obreros. Ahora que el mundo se hunde en una crisis cada día más profunda, cada capital nacional necesita menos brazos, y a los que necesita debe pagarles menos, si no quiere ser eliminado por sus competidores en el mercado mundial. En tal situación, solo gracias a su propia lucha podrá la clase obrera resistir a las reducciones de salario –por muy “social” que éste sea– y ni mucho menos haciendo llamadas al Estado capitalista para que “sustraiga” los salarios de las leyes del mercado, de lo cual sería totalmente incapaz, incluso si, por no se sabe qué locura, le dieran ganas de hacerlo.

En la sociedad capitalista, el proletariado puede, en el mejor de los casos, imponer mediante sus luchas un reparto del producto social más favorable para él, reduciendo la plusvalía extraída por la clase capitalista a favor del capital variable, el salario. Pero eso, en el contexto actual, exige en primer lugar un alto nivel en las luchas (como hemos podido comprobar con la derrota de las luchas de mayo de 2003 en Francia tras el chaparrón de ataques contra el salario social) y, segundo, las ganancias no podrán ser sino temporales (como pudo comprobarse tras el movimiento de 1968 en Francia)

No, esa idea de que “el mundo” no está en venta es una miserable patraña. Lo propio del Capital es que todo se vende y eso el movimiento obrero lo sabe desde 1848; “[la burguesía] ha reducido la dignidad personal al valor de cambio, situando, en lugar de las incontables libertades estatuidas y bien conquistadas esa única y desalmada libertad de comercio (…) La burguesía ha despojado de su aureola a todas las actividades que hasta el presente eran venerables y se contemplaban con piadoso respeto. Ha convertido en sus obreros asalariados al médico, al jurista, al cura, al poeta y al hombre de ciencia”. Así se expresaron Marx y Engels en el Manifiesto comunista: bien se ve hasta qué punto sus análisis de entonces siguen vigentes.

¿Un comercio equitativo?

“¡Comercio equitativo, no al librecambio!”, ése es otro gran tema del FSE, con el decorado de pequeños campesinos franceses y sus productos “naturales”. Y, en efecto, ¿quién no va a conmoverse con la esperanza de ver a los campesinos y artesanos del Tercer mundo vivir decentemente del fruto de su trabajo? ¿Quién no va a querer parar de una vez la apisonadora del agrobusiness que expulsa a los campesinos de sus tierras para que se amontonen por millones en villas miseria de México o Calcuta?

Aquí también, sin embargo, los buenos sentimientos son el peor guía.

Para empezar, el movimiento del “comercio equitativo” no es nada nuevo. Las asociaciones de las llamadas obras de caridad (como la inglesa Oxfam, presente, claro está, en el FSE) practican el “comercio equitativo” vendiendo artesanías en sus tiendas de beneficencia desde hace más de 40 años, lo cual no ha impedido que se hundan en la miseria millones de millones de seres humanos en África, Asia, Latinoamérica…

Además, esa consigna en boca de los altermundialistas es doblemente hipócrita. José Bové, por ejemplo, presidente del sindicato francés Confederación Campesina, podrá hacer de superestrella de la altermundialización echando pestes contra el agrobusiness y el malvado McDonald. Eso no impide a los militantes de ese sindicato manifestar para exigir que se mantengan las subvenciones de la PAC europea ([1]). La PAC, al bajar artificialmente los precios de los productos franceses, es precisamente uno de los medios principales que mantienen la desigualdad en el comercio a favor de unos y en detrimento, claro está, de otros. Igual que para los sindicalistas que se manifestaron en 1998 en Seattle durante la cumbre de la Organización mundial del comercio (OMC), para los cuales “comercio equitativo” significaba imponer aranceles a la importación de acero “extranjero” producido más barato por obreros de otros países. Al fin y al cabo, cuando se empieza a hacer comercio equitativo se acaba siempre en guerra comercial.

Hablar de “equidad” en el capitalismo es de todas una engañifa. Como lo dijo Engels ya en 1881([2]) en un artículo en el que criticaba la noción de “salario equitativo”: “La equidad de la economía política, por el hecho de que es la economía la que dicta las leyes que regentan la sociedad actual, esa equidad siempre está del mismo lado, el lado del capital”.

El colmo de la engañifa de ese cuento del “comercio equitativo” es la idea de que las presencia de manifestantes “altermundialistas” en Seattle o Cancún, cuando la cumbre de la OMC, habría dado “ánimos” a los negociadores de los países del Tercer mundo para resistir a las exigencias de los “países ricos”. No vamos a extendernos aquí sobre el hecho de que la cumbre de Cancún acabó en fracaso total para los países más débiles, pues los europeos no van a desmantelar la PAC y Estados Unidos va a seguir subvencionando a mansalva su agricultura, contra la penetración en sus mercados de productos más baratos procedentes de los países pobres. Lo más repugnante es que quieran hacer creer que esos dirigentes y burócratas de corbata y cartera del Tercer mundo irían a negociar para defender a los campesinos y a los pobres. Todo lo contrario. Baste un ejemplo: cuando el brasileño Lula denuncia los aranceles impuestos por Estados Unidos para proteger la industria norteamericana de zumos de naranja, no está ni mucho menos pensando en los campesinos pobres sino en las gigantescas plantaciones capitalistas de cítricos en Brasil, donde los obreros se dejan la piel como se la dejan en Florida.

¡No al apoyo al Estado burgués!

El hilo que une todos esos temas es éste: contra los “neoliberales” de las grandes empresas “transnacionales” (las malvadas “multinacionales” denunciadas en los años 70), se nos propone que tengamos confianza en el Estado, más todavía, que lo fortalezcamos. Los “altermundialistas” pretenden que serían las empresas las que habrían “confiscado” el poder de un Estado “democrático” para imponer su ley “mercantil” al mundo, de modo que el objetivo de la “resistencia ciudadana” debe ser recuperar el poder del Estado y de los “servicios públicos”.

¡Menudo embuste! Nunca antes había estado tan presente el Estado en la economía, Estados Unidos incluidos. Es el Estado el que regula los intercambios mundiales, fijando los tipos de interés, barreras aduaneras, etc. Ya es por sí solo un actor ineludible de la economía nacional, con un gasto público que alcanza el 30-50% del PIB según los países, y con déficits presupuestarios cada vez mayores. Cuando los obreros se empeñan de verdad en defender sus condiciones de vida ¿con quién se topan primero en su camino si no es con las policías del Estado? Exigir, como lo hacen los altermundialistas, el fortalecimiento del Estado para protegernos de los capitalistas es una patraña monumental: el Estado burgués está para defender a la burguesía contra los obreros, y no lo contrario ([3]).

No es por nada si ese llamamiento a apoyar el Estado, y en especial a sus fracciones de izquierda presentadas como los mejores defensores de la “sociedad civil” contra el “neoliberalismo”, procede del FSE. Como dice un refrán inglés: “he who pays the piper calls the tune” (solicita la canción quien paga al músico). Y es en efecto de lo más instructivo fijarse en quién ha financiado el FSE hasta la cantidad de 3,7 millones de euros:
– Primero, los Consejos generales de los departamentos de Seine-Saint-Denis, Val-de-Marne y Essonne contribuyeron con más de 600 000 euros, a la vez que el ayuntamiento de Saint-Denis largó 570 000 euros ya él solo ([4]). El Partido “comunista” francés, esa pandilla de redomados canallas estalinistas, intenta fabricarse una virginidad política después de haber sido el cómplice de los peores crímenes cometidos por el Estado estalinista en Rusia y haber sido el especialista en sabotajes de luchas obreras desde hace décadas.
– El Partido socialista francés, sumamente desprestigiado tras sus ataques antiobreros durante su último paso por el gobierno, y es cierto que los asistentes al FSE no se privaron de burlarse de Laurent Fabius (conocido dirigente del PSF) cuando se atrevió a acudir a algunos debates. Podría uno imaginarse que el PSF vería con malos ojos al FSE ¡Ni mucho menos! El ayuntamiento de París (gobernado por el PSF) ¡pagó 1 millón de euros para los gastos del FSE!
– ¿Y el gobierno francés? Un gobierno de derechas, neoliberal a matar, denunciado por todas las paredes y carteles, en artículos de toda la izquierda reunida, desde los anarquistas hasta los estalinistas, ¿se sintió molesto al comprobar que acudía tanta gente a ese Foro? Al contrario: por orden personal del presidente Chirac el ministerio de Exteriores desembolsó 500 000 euros para cualquier gasto.

¡Quien paga se aprovecha! Ha sido toda la burguesía francesa, de derechas como de izquierdas, la que ha financiado con liberalidad el FSE, la que le ha prestado sus locales. Y será toda la burguesía, de derechas como de izquierdas, la que piensa sacar tajada del éxito innegable del FSE, sobre todo en dos planos:

• Primero, el FSE ha sido un medio para la izquierda del aparato político estatal de mudarse de piel, tras el desprestigio debido a los años en el gobierno arreando golpe tras golpe a las condiciones de vida de la clase obrera y asumiendo la responsabilidad de la política imperialista del capitalismo francés. Al ya no estar de moda los partidos políticos, a causa de la gran desconfianza que provocan, ahora se maquillan en “asociaciones” para darse aires más “ciudadanos”, más “democráticos”, más “de red”: para el PCF, su Espace-Karl-Marx, para el PSF sus fundaciones Léo-Lagrange y Jean-Jaurès. Hay que decir que no sólo a la izquierda le interesa que se olviden sus atropellos pasados, eso lo reconoce todo el mundo. Toda la burguesía está interesada en que el frente social no esté desguarnecido y que las luchas obreras, y más generalmente que la aversión y los cuestionamientos que provoca la sociedad capitalista sean desviados hacia las viejas recetas reformistas cerrando el camino hacia una conciencia de la necesidad de derrocarla y acabar con las calamidades que genera.

• Segundo, la burguesía francesa entera tiene el mayor interés en que se extienda y se refuerce el ambiente netamente antiamericano del FSE. Las destrucciones de las dos guerras mundiales, las terribles pérdidas humanas y además, y sobre todo, el resurgir de la lucha de clases y el fin de la contrarrevolución después de 1968, todo ello ha contribuido en desprestigiar el nacionalismo que la burguesía utilizó para meter a la población en la escabechina de 1914 y, después, la de 1939. Ahora que, aun no existiendo un “bloque europeo” y menos todavía una “nación europea” en los que enraizar un patriotismo “europeo” belicoso, las burguesías de algunos países europeos, especialmente la francesa y la alemana, tienen el mayor interés en jalear el sentimiento antiamericano, más difusamente “proeuropeo”, con el fin de presentar la defensa de sus propios intereses imperialistas contra el imperialismo americano como si fuera la defensa de una visión del mundo “diferente”, incluso “altermundialista” si cabe. De igual modo, el apoyo altermundialista a la prohibición de importar OGMs norteamericanos, presentada como medida “ecológica” y “de defensa de la salud pública”, no es sino un episodio más de la guerra económica para dar tiempo a la investigación francesa para alcanzar a EE.UU. en ese ámbito ([5]).

La gente del marketing moderno ya no intentan vendernos directamente los productos, sino que usan un método más sutil y eficaz: venden “una visión del mundo” a la que adosan los productos que la simbolizarían. Los organizadores del FSE lo han hecho exactamente igual: nos proponen una “visión del mundo” irreal, en la que el capitalismo ya no sería el capitalismo, en la que las naciones ya no serían imperialistas, en donde se puede construir “otro mundo” sin hacer ninguna revolución internacional comunista. Y en nombre de esa “visión” nos quieren vender una serie de viejos productos adulterados que son los partidos pretendidamente “socialistas” y “comunistas”, disfrazados para la ocasión en “redes ciudadanas”.

Teniendo en cuenta que ha sido la burguesía francesa la que, en esta ocasión, ha entregado los fondos, es lógico que sean sus partidos políticos los que saquen la primera tajada del FSE. No hay que creer, sin embargo, que el tinglado lo ha montado la burguesía francesa sola, ni mucho menos. De hecho, ese esfuerzo por dar nuevo prestigio a su ala izquierda, mediante los “foros sociales” favorece ampliamente a toda la burguesía mundial.

¿”Otro mundo” libertario?

El “Foro social libertario” se presentaba deliberadamente como alternativa al Foro más “oficial” organizado por los grandes partidos burgueses. Podemos preguntarnos hasta qué punto la oposición entre ambos foros era real: al menos uno de los grupos principales que organizaron el FSL (Alternative libertaire) participó también activamente en el FSE, y además la manifestación organizada por el FSL se unió, tras un corto recorrido “independiente”, a la del foro mayor, el FSE.

No vamos a tratar aquí exhaustivamente lo que se dijo en el FSL. Veremos solo algunos temas principales.

Empecemos por el “debate” sobre los “espacios autogestionados” (squatts –okupas–, comunas, redes de intercambio de servicios, cafés “alternativos”, etc.). Si ponemos “debate” entre comillas, es porque los animadores lo hicieron todo por limitarlo a unas cuantas reseñas descriptivas de sus “espacios” respectivos, evitando toda evaluación crítica incluso las procedentes del campo anarquista. Nos dimos pronto cuenta que eso de la “autogestión” es algo muy relativo: un participante inglés explicó que tuvieron que comprar su “espacio”… por la bonita cantidad de 350 000 libras (unos 500 000 euros); otro cuenta la creación de un “espacio”… en Internet, que como todo el mundo sabe es una creación del DARPA ([6]) estadounidense.

Más revelador todavía es el programa de acción de los diferentes “espacios” descritos: farmacia gratuita y “alternativa” (herboristería), servicios de consejo jurídico, café, intercambio de servicios. O sea, el pequeño comercio asociado a servicios sociales abandonados por un Estado que hace recortes en los presupuestos. O sea, el no va más del radicalismo anarquista es suplir los servicios del Estado haciendo del trabajo de éste, pero gratis.

Un debate sobre la gratuidad de los servicios públicos puso de relieve la vacuidad del anarquismo oficial y bienpensante. Pretenden que los “servicios públicos” pueden significar una oposición a la sociedad mercantil, respondiendo gratuitamente a las necesidades de la población –de manera “autogestionada, eso sí– con comités de consumidores, de las colectividades locales, y de los productores. Eso se parece como dos gotas de agua a los “comités de barrio” instalados hoy por el Estado francés para los habitantes de las barriadas de las afueras de París. Todo se plantea como si pudiera introducirse una oposición institucional a la sociedad capitalista, incluso dentro de ella, instaurando, por ejemplo, la gratuidad de los transportes.

Otra característica del anarquismo, muy clara en todos los debates del FSL, es su visión profundamente elitista y educacionista. El anarquismo ni se imagina que “otro mundo” pudiera surgir de las entrañas mismas de las contradicciones del mundo actual. El paso del mundo actual al del futuro y “otro” solo podrá pues hacerse mediante “el ejemplo” dado por los “espacios autogestionados”, mediante una acción educativa sobre los quebrantos del “productivismo” actual. Pero, como lo decía ya Marx hace más de un siglo, si una nueva sociedad debe aparecer gracias a la educación del pueblo, lo que se plantea es saber quién va a educar a los educadores. Pues quienes se pretenden educadores están también ellos formados en y por la sociedad en la que vivimos, y sus ideas de “otro mundo” permanecen en realidad sólidamente amarradas al mundo actual.

En efecto, ambos foros “sociales” no nos sirvieron, a modo de ideas nuevas y revolucionarias, sino viejas ideas que ya revelaron hace mucho tiempo su inadecuación cuando no su carácter claramente contrarrevolucionario.

Los “espacios autogestionados” recuerdan así las empresas cooperativas del siglo XIX, por no hablar de todos los “colectivos obreros” de tiempos más recientes (desde Lip en Francia a Triumph en Gran Bretaña), los cuales o quebraron o permanecieron cual simples empresas capitalistas, precisamente porque deben producir y vender en la economía mercantil capitalista. Recuerdan también todos los intentos “comunitarios” de los años 70 (squats, comités de barrio, escuelas “libres”) que se integraron en el Estado burgués como servicios sociales o educativos.

Todas las ideas de una transformación radical introducidas a través de la “gratuidad” de los servicios públicos recuerdan el reformismo gradualista que ya era un señuelo en el movimiento obrero de 1900 y que quebró definitivamente en la carnicería de 1914 poniéndose del lado de su Estado para defender lo “adquirido”, contra el imperialismo “invasor”. Esas ideas recuerdan la instauración del “Estado del Bienestar” por la burguesía tras la Segunda Guerra mundial para así racionalizar la fuerza de trabajo y mistificarla (en especial dando así “la prueba” de que los millones de muertos habían servido para algo).

Nuestro mundo es portador de un mundo nuevo

Es totalmente inevitable, en el capitalismo como en toda sociedad de clases, que las ideas dominantes de la sociedad sean las de la clase dominante. Si es posible comprender la necesidad y la posibilidad material de una revolución comunista, solo es porque en la sociedad capitalista existe una clase social que encarna ese porvenir revolucionario: la clase obrera. En cambio, si intentamos simplemente “imaginar” lo que podría ser una sociedad “mejor”, basándonos en nuestros deseos e imaginaciones actuales tal como se han formado en y por la sociedad capitalista (y con el modelo de nuestros “educadores” anarquistas), lo único que podemos hacer es “reinventar” el mundo capitalista actual, cayendo ya sea en el sueño reaccionario del pequeño productor que no ve más allá de su “espacio autogestionado”, ya sea en el delirio megalo-monstruoso de un Estado mundial y benefactor al estilo de George Monbiot ([7]).

Para el marxismo, al contrario, se trata de descubrir en el seno mismo del mundo capitalista de hoy las premisas del mundo nuevo que la revolución comunista debe hacer surgir, eso si la humanidad no acaba perdiéndose. Como lo decía el Manifiesto comunista en 1848: “Las tesis de los comunistas no se basan ni mucho menos en ideas, principios inventados o descubiertos por este o aquel reformador del mundo.

Sólo son la expresión general de una lucha de clases existente, de un movimiento histórico que se está realizando ante nosotros” ([8]).

Podemos distinguir tres elementos importantes, íntimamente relacionados, en ese “movimiento histórico que se está realizando ante nosotros”.

El primero es la transformación, ya realizada por el capitalismo del proceso productivo de toda la especie humana. El menor objeto de uso cotidiano ya no es obra de un artesano que se basta a sí mismo o de una producción local, sino del trabajo común de miles, cuando no decenas de miles de mujeres y hombres que participan en una red que cubre el planeta entero. Librada por la revolución comunista mundial de las trabas que le imponen las relaciones capitalistas mercantiles de producción y de apropiación privada de sus frutos, esa destrucción de todos los particularismos locales, regionales y nacionales, será la base para constitución de una sola sociedad comunidad humana a escala planetaria. A medida que se va realizando la transformación social y la afirmación de todos los aspectos de la vida social de esta comunidad mundial, desaparecerán también las distinciones (arteramente cultivadas hoy por la burguesía como un medio para dividir a la clase obrera) entre etnias, pueblos, naciones. Podemos imaginarnos que las poblaciones y las lenguas se mezclarán hasta el día en que dejará de haber europeos, africanos o asiáticos (menos todavía bretones, vascos o catalanes), sino una sola especie humana cuya producción intelectual y artística se expresará en una lengua comprensible por todos, mucho más rica, precisa y armoniosa que las lenguas en las que hoy se expresa la cultura limitada y cada día más deteriorada de hoy ([9]).

El segundo factor de primera importancia, indisociable del anterior, es la existencia en el seno de la sociedad capitalista de una clase que encarna, y que expresa en el grado más alto, esa realidad del proceso productivo unificado e internacional. Esa clase es el proletariado internacional. El obrero, sea siderúrgico norteamericano, desempleado inglés, empleado de banca francés, mecánico alemán, programador indio o albañil chino, todos ellos tienen algo en común: estar explotados cada día más duramente por la clase capitalista y no poder quitarse de encima esa explotación si no es derribando el orden capitalista mismo.

Hay que señalar dos aspectos de la propia naturaleza de la clase obrera:

• Primero, contrariamente a los campesinos o pequeños artesanos, el proletariado fue creado por el capitalismo y éste no puede deshacerse de él. El capitalismo trituró al campesinado y a los artesanos, los ha ido reduciendo al estado de proletarios, o más bien al estado de desempleados en el período de decadencia. Mientras exista el capitalismo existirá el proletariado. Y mientras exista el proletariado llevará en sí el proyecto revolucionario comunista de derrocamiento del orden capitalista y de construcción de otro mundo.

• Otra característica fundamental de la clase obrera es la mezcla y el movimiento de poblaciones para las necesidades de la producción capitalista. “Los obreros no tienen patria “ como decía el Manifiesto, no sólo porque no poseen propiedades sino porque están siempre a la merced del capital y de sus necesidades de mano de obra. La clase obrera es por naturaleza una clase de inmigrados. Y basta para convencerse observar la población de cualquier ciudad de los países industrializados: en ellas se cruzan hombres y mujeres llegados del mundo entero. Pero también es así en los países subdesarrollados: en Costa de Marfil muchos obreros agrícolas son burquinabes, en Sudáfrica los mineros proceden de Zimbabwe o de Botswana como de otras partes de toda Sudáfrica, en el golfo Pérsico los obreros son palestinos, indios, filipinos, en Indonesia hay en las fábricas obreros extranjeros por millones. Esta existencia real de la clase obrera –que prefigura la mezcla de poblaciones mencionada antes– muestra la futilidad de ese ideal que tanto aprecian los anarquistas y demás demócratas de defensa de una “comunidad” local o regional. Por poner un ejemplo, ¿qué puede ofrecer el nacionalismo escocés a la clase obrera en Escocia, compuesta como está en una parte importante por inmigrados asiáticos? Nada, evidentemente. La única comunidad real que podrán un día alcanzar los obreros que han sido o serán arrancados de sus raíces, es la planetaria que podrán construir después de la revolución.

El tercer factor que vamos a exponer aquí lo describe bien la estadística: en todas las sociedades de clase que precedieron el capitalismo, el 95 % de la población, más o menos, trabajaba la tierra el excedente en alimentos que producía bastaba lo justo para alimentar al 5% restante (señores y religiosos, pero también artesanos, mercaderes, etc.). Hoy, esa proporción es la contraria. Y, en los países más desarrollados, una parte cada vez más baja de la población está directamente involucrada en la producción de bienes materiales. Es decir que, potencialmente, a nivel de las capacidades físicas del proceso productivo, la humanidad ha alcanzado un estadio de abundancia prácticamente sin límites.

Ya ahora en el capitalismo, las capacidades productivas de la especie humana han creado una situación cualitativamente nueva en relación con toda la historia precedente: mientras que, antaño, la penuria que sufría la mayor parte la población, por no hablar de los períodos de hambrunas, se debía sobre todo a los límites naturales de la producción (nivel bajo de productividad de los suelos, malas cosechas, etc.), en el capitalismo, en cambio, la única causa de la penuria son las propias relaciones de producción capitalista. La crisis que echa a los obreros a la calle no es causada por la insuficiencia de producción, sino que es, al contrario, el resultado directo de que lo producido no puede ser vendido ([10]). Es más, en los países llamados “adelantados”, una parte cada día mayor de la actividad económica no tiene la menor utilidad fuera del sistema capitalista mismo: la especulación financiera y bursátil de todo tipo, los presupuestos militares, los objetos de moda, los productos “con caducidad incorporada” con el único fin de sustituirlos, la publicidad, etc. Si se mira más lejos, es evidente que el uso de los recursos naturales terrestres está dominado por un funcionamiento cada día más irracional –salvo desde el enfoque de la rentabilidad capitalista– de la economía: migración cotidiana de varias horas para millones de seres humanos para acudir a su trabajo, transporte de mercancías por carretera en lugar de la vía férrea para responder a los imprevistos de una producción anárquica, por ejemplo. En resumen, hay un vuelco completo en la relación entre la cantidad de tiempo para producir lo estrictamente necesario (comer, vestirse, alojarse) y el tiempo para producir “más allá de lo necesario”, valga la expresión ([11]).

Nacimiento de una comunidad planetaria

En nuestras intervenciones –manifestaciones, lugares de trabajo, ventas públicas– nos vemos a menudo confrontados a la pregunta: “bueno, ya que decís que el comunismo no ha existido nunca ¿qué es entonces?” En tales situaciones, intentando dar una respuesta a la vez rápida y global, solemos contestar: “el comunismo es un mundo sin clases, sin naciones y sin dinero”. Por muy resumida que sea (y, en cierto modo, en negativo: “sin”), esa definición contiene, sin embargo, características fundamentales de una sociedad comunista:

• Será sin clases, pues el proletariado no podrá liberarse si se convierte en una nueva clase explotadora; la reaparición de una clase explotadora tras la revolución significaría, en realidad, derrota de la revolución y mantenimiento de la explotación ([12]). La desaparición de las clases es el resultado natural del propio interés de la clase obrera victoriosa por emanciparse. Uno de los primeros objetivos de ésta será reducir el tiempo de trabajo, integrando en el proceso productivo a los desempleados, a las masas sin trabajo en el Tercer Mundo, pero también de la pequeña burguesía, el campesinado e incluso a miembros de la burguesía depuesta.

• Será sin naciones, porque el proceso productivo ha superado ya con creces el marco nacional y ha hecho de la nación algo caduco como marco organizativo de la sociedad humana. El capitalismo, al haber creado la primera sociedad humana a escala planetaria, superó ya el marco nacional en el que había nacido. Del mismo modo que la revolución burguesa destruyó todos los particularismos y fronteras feudales (concesiones, aranceles, fueros de una ciudad o región), la revolución proletaria pondrá fin a la última división de la sociedad humana en naciones.

• Será sin dinero, pues la noción de intercambio ya no tendrá sentido en el comunismo por el hecho de que la abundancia permitirá que se satisfagan las necesidades de todos los miembros de la sociedad. El capitalismo creó la primera sociedad humana en la que el intercambio de mercancías se ha hecho general para todo tipo de producción (mientras que en las sociedades anteriores, el intercambio prácticamente sólo lo era de productos de lujo, así como una serie muy limitada de productos que no podían fabricarse in situ, como la sal, por ejemplo). Pero hoy está estrangulado por la imposibilidad de dar salida mercantil a todo lo que es capaz de producir. El propio hecho de comprar y de vender se ha convertido en traba para la producción. Con el capitalismo desaparecerá la noción misma de mercancía, incluida la primera mercancía entre todas: la fuerza de trabajo asalariada.

Esos tres principios chocan directamente contra los lugares comunes que difunde toda la ideología de la sociedad burguesa, según la cual la “naturaleza humana” sería codiciosa y violenta, la cual determinaría para siempre las divisiones entre explotadores y explotados, o entre naciones. Semejante idea de la “naturaleza humana” le viene pintiparada, claro está, a la clase dominante, pues justifica su dominación de clase e impide a la clase obrera identificar claramente al verdadero responsable de la miseria y de las matanzas que abruman hoy a la humanidad. No tiene, sin embargo, nada que ver con la realidad: contrariamente a las demás especies animales, cuya “naturaleza” (es decir el comportamiento) está determinado por su entorno natural, la “naturaleza humana” se ha ido determinando, cada vez más a medida que su dominio de la naturaleza ha ido avanzando, no por su entorno natural sino por su entorno social.

Relaciones transformadas entre el hombre y la naturaleza

Los tres factores mencionados antes no son sino un esbozo muy sucinto. Sin embargo tienen grandes repercusiones en la sociedad comunista del futuro.

Los marxistas siempre han resistido a la tentación de elaborar “recetas para el mañana”, primero porque será el movimiento real de las grandes masas de la humanidad el que creará el comunismo y, segundo, porque podemos imaginar lo que será una sociedad comunista con menos precisión todavía que un campesino del siglo XI podía imaginarse el mundo capitalista. Esto no nos quita, sin embargo, de poder despejar (muy sumariamente) algunas grandes líneas resultantes de lo que acabamos de decir.

El cambio más radical se deberá probablemente a la desaparición de la contradicción entre ser humano y trabajo. La sociedad capitalista ha llevado a su punto más elevado la contradicción –que siempre existió en las sociedades de clase– entre trabajo, o sea la actividad que se ejerce obligado, y el ocio, es decir el tiempo en que uno es libre (de manera muy limitada) de escoger su actividad ([13]). La obligación se debe, por un lado, a la penuria impuesta por los límites de la productividad del trabajo y, por otro, por la parte del fruto del trabajo que es acaparada por la clase explotadora. En el comunismo esa coerción ya no existirá: por primera vez en la historia, el ser humano podrá producir en toda libertad, y la producción estará enteramente centrada en la satisfacción de las necesidades humanas. Podría considerarse la posibilidad de que las palabras “trabajo” y “ocio” desaparecerán del lenguaje, puesto que ninguna actividad será emprendida por coerción. La decisión de producir o no producir algo dependerá no sólo de la utilidad de la cosa en sí, sino del grado de placer o interés que podrá aportar el proceso mismo de producción.

La idea misma de la “satisfacción de las necesidades” cambiará. Las necesidades de base (alimentarse, vestirse, protegerse, tomadas en su sentido más elemental) ocuparán un lugar cada vez menos importante en proporción, mientras que se irán afirmando cada día más las necesidades determinadas por la evolución social de la especie. Se pondrá así fin a la distinción entre trabajo “artístico” y el que no lo es. El capitalismo es la sociedad que ha llevado más lejos la distinción entre “el arte” y lo que “no es arte”. La inmensa mayoría de los artistas de la historia quedó anónima, sólo con el auge del capitalismo el artista empieza a firmar su obra y el arte empieza a ser una actividad específica separada de la producción cotidiana. Hoy esa tendencia ha llegado a su paroxismo, con una separación prácticamente total entre las “bellas artes” por un lado (incomprensibles para la gran mayoría de la población y reservadas a una minoría intelectual) y la producción artística industrializada en la publicidad y la “cultura pop” por otro, ambas, de todos modos, reservadas para el “ocio”. Todo esto no es más que el fruto de la contradicción en el capitalismo entre el ser humano y su trabajo. Con la desaparición de esa contradicción, desaparecerá también la contradicción entre la producción “útil” y la producción “artística”. La belleza, la satisfacción de los sentidos y del espíritu serán necesidades básicas del ser humano y el proceso productivo deberá tenerlas en cuenta ([14]).

También la educación cambiará totalmente de naturaleza. En cualquier sociedad, la meta de la educación de los jóvenes es permitirles que ocupen su lugar en la sociedad adulta. Bajo el capitalismo, “ocupar su sitio en el mundo adulto” quiere decir ocupar su lugar en un sistema de explotación brutal, en el cual quien no sea rentable no encontrará nunca su sitio. El objetivo de la educación (que los altermundialistas nos aseguran que “no está en venta”) es sobre todo dar a las nuevas generaciones capacidades que puedan ser vendidas en el mercado, y, más generalmente en esta época de capitalismo de Estado, hacer de tal modo que la nueva generación sea capaz de reforzar el capital nacional frente a sus competidores en el mercado mundial. Es evidente que el capital no tiene el menor interés en promover un espíritu crítico para con su propia organización social. La educación, en resumen, no tiene otro objetivo que el de someter las jóvenes mentes, meterlas en el molde de la sociedad capitalista y de sus necesidades productivas; no es de extrañar que las escuelas se parezcan cada vez más a fábricas y los profesores a obreros en la cadena.

En el comunismo, al contrario, integrar a un joven en el mundo adulto no podrá hacerse sin el estímulo más profundo posible de todos los sentidos, físicos e intelectuales. En un sistema de producción completamente liberado de las exigencias de la rentabilidad, el mundo adulto se irá abriendo al niño a medida que se desarrollen sus capacidades, y el joven adulto no se verá expuesto a la angustia de dejar la escuela y encontrarse en medio de la competencia desenfrenada del mercado del empleo. Y del mismo modo que no habrá contradicción entre “trabajo” y “ocio”, entre “producción” y “arte”, ya no habrá contradicción entre la escuela y “el mundo del trabajo”. Las palabras “escuela”, “fábrica”, “oficina”, “galería de arte”, “museo” ([15]) desaparecerán o cambiaran de sentido, pues todas las actividades humanas se fundirán en un esfuerzo armonioso de satisfacción y de desarrollo de las necesidades y de las capacidades físicas, intelectuales y sensitivas de la especie.

La responsabilidad del proletariado

Les comunistas no son unos utopistas. Hemos intentado hacer aquí un esbozo muy breve y necesariamente limitado de lo que deberá ser la nueva sociedad humana que surgirá de la sociedad capitalista actual. En ese sentido, el slogan de los altermundialistas “otro mundo es posible” (incluso “otros mundos son posibles”) no es más que pura mistificación. Solo hay otro mundo posible: el comunismo.

Sin embargo, el nacimiento de ese nuevo mundo no es, ni mucho menos, algo indudable. En eso, el capitalismo es como las otras sociedades de clase que lo precedieron, en donde: “Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, maestros y oficiales, en suma, opresores y oprimidos siempre estuvieron opuestos entre sí, librando una lucha ininterrumpida, ora oculta, ora desembozada, una lucha que en todos los casos concluyó con una transformación revolucionaria de toda la sociedad o por la destrucción de las clases beligerantes” ([16]). Así pues, la revolución comunista, por muy necesaria que sea, no por ello es irrevocable. El paso del capitalismo a un mundo nuevo no podrá evitar la violencia de la revolución proletaria, partera inevitable ([17]). La alternativa, en las condiciones actuales de descomposición avanzada de la sociedad actual, sería no solo la destrucción de las dos clases en lucha, sino la de la humanidad entera. De ahí la inmensa responsabilidad que pesa sobre los hombros de la clase revolucionaria mundial.

Ante la situación de hoy, el desarrollo de la capacidad revolucionaria del proletariado podrá parecer un sueño tan lejano que grande es la tentación de ponerse a “hacer algo ya”, aunque sea junto a esos viejos canallas socialistas y estalinistas, o sea junto al ala izquierda del aparato estatal de la burguesía. Para las minorías revolucionarias, el reformismo no es un mal menor, “a falta de algo mejor”, sino la componenda mortal con el enemigo de clase. El camino hacia la revolución que podrá crear “otro mundo” será largo y difícil, pero es el único que existe.

Jens



[1] Política agrícola común (PAC), enorme y costoso sistema de mantenimiento artificial de los precios pagados a los productores agrícolas europeos, en perjuicio de sus competidores de otros países exportadores.

[2] Ver http://www.marxists.org/archive/marx/works/1881/05/07.htm – artículo escrito en el Labour Standard.

[3] Es particularmente jocoso leer en las páginas de Alternative libertaire, grupo anarquista francés “queremos que sea la manifestación más importante para que se oiga una vez más que no queremos una Europa capitalista y policíaca” (Alternative libertaire n° 123, noviembre 2003), cuando todo el FSE está financiado por el Estado y coquetea con la mistificación del reforzamiento de los Estados europeos para, pretenden, proteger a los “ciudadanos” contra la gran industria. Por lo que parece no son incompatibles el anarquismo y la defensa del Estado…

[4] Todos esos departamentos (provincias) y ciudades están controlados por el Partido comunista francés.

[5] Como decía Bismarck: “Siempre he oído la palabra ‘Europa’ en boca de esos políticos que exigían algo de las demás potencias que no se atrevían a pedir en su nombre propio” (citado en The Economist du 3/1/04).

[6] Defence Advanced Research Projects Agency.

[7] Gran manitú del movimiento altermundialista, autor de un Manifesto for a new world.

[8] Nunca está de más volver a insistir en la fuerza extraordinaria y capacidad de anticipación del Manifiesto comunista, que puso los cimientos para una comprensión científica del movimiento hacia el comunismo. El propio Manifiesto forma parte del esfuerzo del movimiento obrero desde sus inicios, y que prosiguió tras él, para percibir con la mayor profundidad la naturaleza de la revolución hacia la que con todas sus fuerzas se dirigía. Hemos hecho la crónica de esos esfuerzos en nuestra serie “El comunismo no es un bello ideal, sino una necesidad material”, que hemos publicado en esta Revista.

[9] “El sitio de la antigua autosuficiencia y aislamiento locales y nacionales, se ve ocupado por un tráfico en todas direcciones, por una mutua dependencia general entre las naciones. Y lo mismo que ocurre en la producción material ocurre asimismo en la producción intelectual. Los productos intelectuales de las diversas naciones se convierten en patrimonio común. La parcialidad y limitación nacionales se tornan cada vez más imposibles, y a partir de las numerosas literaturas nacionales y locales se forma una literatura universal” (el Manifiesto comunista).

[10] “En las crisis estalla una epidemia social que en todas las épocas anteriores hubiese parecido un contrasentido: la epidemia de la superproducción. Súbitamente, la sociedad se halla retrotraída a una situación de barbarie momentánea; una hambruna, una guerra de exterminio generalizada parecen haberle cortado todos sus medios de subsistencia; la industria, el comercio, parecen aniquilados. ¿Y ello por qué? Porque posee demasiada civilización, demasiados medios de subsistencia, demasiada industria, demasiado comercio. Las fuerzas productivas de que dispone ya no sirven al fomento de las relaciones de propiedad burguesas; por el contrario, se han vuelto demasiado poderosas para estas relaciones, y éstas las inhiben” (el Manifiesto comunista).

[11] No podemos entrar aquí en detalles, digamos simplemente que es una noción que hay que usar con precaución, pues las necesidades “de base” están socialmente determinadas: las necesidades en alojamiento y nutrición de un hombre de Cromagnon y las de un hombre de hoy, por poner un ejemplo, no se satisfacen evidentemente ni de la misma manera ni con las mismas herramientas.

[12] Es la imagen de lo que pasó con la derrota de la revolución rusa de octubre 1917: el que muchos de los nuevos dirigentes (Brezhnev por ejemplo) hubieran sido obreros o hijos de obreros pudo dar crédito a la idea de que una revolución comunista que llevara la clase obrera al poder no haría sino instalar una nueva clase dirigente, “proletaria” o algo así. Es una idea alimentada por todas las fracciones de la burguesía, de derechas como de izquierdas, la de hacer creer que la URSS era “comunista” y que sus dirigentes eran diferentes de lo que en realidad eran: una fracción de la burguesía mundial. La realidad fue que la contrarrevolución estalinista volvió a instalar en el poder a una clase burguesa; el que muchos miembros de esta nueva burguesía procedieran del proletariado o del campesinado no cambia nada como tampoco el que un hijo de obrero llegue a ser patrón de empresa.

[13] Es significativo que la palabra “trabajo” venga de la palabra latina tripalium que designaba un instrumento de tortura.

[14] En el FSL, un anarquista quiso, en plan doctoral, darnos una lección sobre la diferencia entre los marxistas, que privilegiarían el “homo faber” (“el hombre que fabrica”) y los anarquistas que privilegiarían el “homo ludens” (“el hombre que juega”). Por mucho que se diga con expresiones latinas, una estupidez sigue siéndolo igual.

[15] Y, con mayor razón, “cárcel”, “presido”, o “campo de concentración”.

[16] El Manifiesto comunista, in “Burgueses y proletarios”.

[17] Para tener una perspectiva mucho más amplia, ver nuestra serie sobre el comunismo mencionada antes, especialmente la parte publicada en la Revista internacional, n° 70.

El altermundialismo - una trampa ideológica para el proletariado

El altermundialismo:
una trampa ideológica para el proletariado

El éxito del Foro social europeo (FSE) de noviembre pasado en Paris ilustra con evidencia el auge creciente del movimiento altermundialista durante estos diez años pasados. Tras un período de balbuceo con audiencia relativamente limitada (limites sectoriales más que geográficos, en la medida en que universitarios y “pensadores” del mundo entero ingresaron rápidamente  en sus filas), el movimiento ha alcanzado rápidamente las características de una corriente ideológica tradicional: primero se granjeó popularidad con el radicalismo de las manifestaciones de Seattle a finales del 99, con ocasión de la cumbre de la Organización mundial del comercio (OMC); luego tiene “figuras” mediáticas, entre les cuales predomina José Bové; y, en fin, sus propios acontecimientos destacados e inevitables: el Foro social mundial (FSE), que pretendía ser lo contrario del foro de Davos (que agrupaba a los principales responsables económicos del mundo) y que se organizó las tres primeras veces en Puerto Alegre (en 2001, 2002 y 2003), ciudad símbolo de “la autogestión ciudadana”.

La marea no ha dejado de crecer desde ese ruidoso arranque: los foros se regionalizan (el FSE es una des sus expresiones, pero se han celebrado otros, en África, por ejemplo), también el FSM se ha trasladado a India a primeros del 2004, y se multiplican periódicos, revistas, manifestaciones y mítines... Resulta hoy imposible preocuparse de cuestiones sociales sin enfrentarse inmediatamente a la marea de las ideas altermundialistas.

Semejante éxito plantea inmediatamente una serie de cuestiones: ¿por qué de manera tan rápida, amplia y pujante? ¿Por qué precisamente ahora?

Para los partidarios de la altermundializacion, le respuesta es sencilla: si su movimiento conoce tal éxito, es porque contiene una verdadera respuesta a los problemas que se plantean hoy en día a la humanidad. Tendrían también que explicar, entre otras cosas, por qué los media (que pertenecen a esas grandes “empresas transnacionales” que no paran de denunciar) les hacen tanta publicidad a todo lo que hacen o dejan de hacer.

Es cierto que el éxito espectacular del movimiento altermundialista corresponde a una verdadera necesidad y sirve intereses bien reales. La pregunta que se plantea entonces es: ¿quién necesita verdaderamente al movimiento altermundialista? ¿qué intereses sirve realmente? ¿Los de las diversas categorías de oprimidos (campesinos pobres, mujeres, “excluidos”, obreros, jubilados...) a los que pretenden defender o los de los defensores manifiestos del orden social actual que hacen la promoción del altermundialismo, y eso cuando no lo financian?

La mejor manera de contestar a estas preguntas es confrontándolas a las necesidades actuales de la burguesía en el terreno ideológico. La clase dominante está efectivamente enfrentada hoy a la necesidad de buscar el medio más eficaz para intentar desintegrar la conciencia de la clase obrera.

El primer elemento es la crisis económica misma que, a pesar de no ser una novedad puesto que se desarrolla desde finales de los 60, alcanza hoy tales dimensiones que la burguesía ya no puede evitar de referirse a ella de forma relativamente realista. La mentira descarada en torno a las tasas de ganancia de dos cifras de los “dragones” asiáticos (Corea del Sur, Taiwán...) para demostrar la salud del capitalismo inmediatamente después del hundimiento del bloque del Este no puede repetirse: los famosos dragones ya no siguen escupiendo llamas. En cuanto a los “tigres” (Tailandia, Indonesia...) que los acompañaban, han dejado de rugir y ahora lloriquean, implorando la benevolencia de sus acreedores. La mentira con la que se intentó suceder a ésa sustituyendo los “países emergentes” por los “sectores emergentes” de la economía, la famosa “nueva economía”, vivió lo que viven los sueños: la realidad brutal de la ley del valor hizo entrar en razón las vertiginosas subidas de los especuladores; una razón bien amarga, puesto que dejó en la estacada a la mayor parte de las empresas de ese sector.

Hoy en día, el “contexto recesivo” que cada burguesía nacional atribuye a las dificultades de sus vecinas es un eufemismo que se esfuerza de esconder la gravedad de la situación económica hasta en el corazón mismo del capitalismo. Pero este discurso viene acompañado también del que recuerda sin parar, como una cantinela, la necesidad de “hacer esfuerzos”, de “apretarse el cinturón” para volver rápidamente a la prosperidad. Con eso intentan envolver como pueden los ataques que la burguesía desencadena contra la clase obrera, siempre más brutales, más amplios y cercanos, ataques indispensables para la burguesía porque la gravedad de la crisis los hace necesarios para poder preservar sus intereses de clase dominante.

Los ataques han de provocar reacciones por parte del proletariado, aunque sea de forma diferenciada según el país y el momento, y favorecer un desarrollo de las luchas. Esta situación particular es también el fermento de un inicio de toma de conciencia por parte de ciertos elementos de la clase obrera. No se trata de un espectacular desarrollo de la conciencia de clase. No obstante, existen hoy en el proletariado interrogantes sobre las razones reales de los ataques de la burguesía, sobre la realidad de la situación económica, sobre las causas reales de las guerras que se desencadenan permanentemente por el mundo, como también sobre los medios para luchar eficazmente contra esas calamidades que ya no se pueden considerar tan fácilmente como fatalidades nacidas de la “naturaleza humana”.

Estamos muy lejos de que esos cuestionamientos se amplifiquen hasta amenazar la dominación política del capital. Sin embargo provocan inquietud a la burguesía, que prefiere cortar el peligro de raíz. Es esa preocupación el centro mismo del dispositivo ideológico de la altermundializacion, es una reacción adaptada de la burguesía frente a los inicios de una toma de conciencia en la clase obrera. Recordemos aquella idea que nos hicieron entrar hasta por las narices tras el hundimiento del bloque del Este y de los regímenes pretendidamente “socialistas”: “Ha muerto el comunismo, ¡Viva el liberalismo! Se ha acabado el enfrentamiento entre dos mundos, fuente de miseria y de guerras. Ya no existe más que un mundo, el único posible, el mundo del capitalismo liberal y democrático, fuente de paz y de prosperidad”.

Pero este mundo demostró rápidamente su capacidad intacta para fomentar guerras y derramar miseria y barbarie a pesar de la desaparición del “Imperio del Mal” (según la expresión del ex presidente norteamericano Reagan) al que se enfrentaba. Y menos de diez años después del triunfo del “único mundo posible”, nace ahora la idea de “otro mundo” posible, una alternativa al liberalismo. La clase dominante, es evidente, ha sabido tomar la medida de los efectos a largo plazo de la crisis de su sistema sobre la conciencia del proletariado, y echar rápidamente una cortina de humo espesa y opaca para desviar a la clase obrera de su perspectiva hacia su verdadero “otro mundo” posible en el que, contrariamente al de los altermundialistas, la burguesía ya no tendrá el menor lugar.

La burguesía ataca los fundamentos de la toma de conciencia del proletariado

Los problemas que se plantean esas personas que, en el seno de la clase obrera, buscan soluciones pueden clasificarse, como ya hemos visto, en tres temas fundamentales:
– ¿cuál es la realidad de la situación mundial?
– ¿qué perspectiva positiva puede resultar de esa situación?
– ¿cómo conseguir alcanzar esa perspectiva?

Esas tres preguntas son el núcleo de las preocupaciones del movimiento obrero desde sus principios. En efecto, si logra comprender las causas profundas de la situación que está viviendo, si consigue comprender que sólo una perspectiva es posible frente a esas causas, entonces sí conseguirá hacer emerger de esa comprensión su papel revolucionario histórico, si podrá entonces armarse la clase obrera para derribar el capitalismo e iniciar la construcción del comunismo.

Casi dos siglos de experiencia nos muestran que no hay que subestimar la capacidad de la burguesía para comprender ese proceso de toma de conciencia y los peligros históricos que contiene para ella. Por eso la ideología altermundialista, más allá de su apariencia heteróclita, se basa fundamentalmente en esos tres temas esenciales.

El primero de esos temas, la realidad del mundo actual, hace inmediatamente resaltar hasta qué punto la ideología del altermundialismo forma parte íntegra del aparato mistificador burgués, participando plenamente en las mentiras sobre la situación económica del capitalismo. Para el altermundialismo, como para todas las ideologías izquierdistas y anarquistas, la realidad de la crisis histórica de ese sistema queda oculta detrás de una constante denuncia de los grandes trusts. Si una región entera del planeta se hunde en el marasmo económico, será por culpa de las multinacionales. Si la pobreza se extiende hasta el corazón mismo de los países industrializados, es, una vez más, por culpa de unas grandes empresas ávidas de ganancias. Por todas partes del mundo no hay más que infinita riqueza, pero, eso sí, con ese grave defecto de que es acaparada por una minoría sin entrañas. En ese esquema con apariencias de ser coherente, falta un elemento fundamental para quien quiere comprender la evolución de la situación mundial: la crisis, esa crisis definitiva que es la marca de la quiebra del capitalismo.

Para la burguesía, siempre ha sido de la mayor importancia ocultar esa realidad que significa que su sistema no es eterno, que está condenada a abandonar la escena de la historia. Por eso, ante las convulsiones crecientes que asaltan su economía, despliega sus “contextos recesivos”, sus cercanos “finales de túnel” y sus próximas y radiantes mañanas tras las lúgubres noches recesivas. Pero el caso es que, desde que nos largan esos discursos, la situación no ha hecho sino empeorar. Lo cual a la burguesía no le impide, ni mucho menos, darle aires juveniles a esas mentiras haciendo portavoz de ellas al movimiento altermundialista.

Eso no le impide a éste proponer una alternativa al sistema actual. Varias, incluso. Es precisamente en eso en lo que se basa su ideología. En efecto, cada sector de ese movimiento plantea su propia crítica del mundo actual, ligeramente diferente a las de los demás: a veces teñida de ecología, otras marcada por la reflexión económica, otras más por la cultural, alimenticia, sexual… y así una larga lista. Esas diferentes críticas no se quedan ahí: cada una de ellas debe proponer su propia solución positiva. Por eso es por lo que  el movimiento altermundialista se ha dado la consigna de que “otros mundos son posibles”: desde un mundo sin Organismos genéticamente modificados (OGM) hasta un mundo autogestionado, pasando por un capitalismo de Estado de lo más clásico.

El proponer tantas alternativas políticas no es, claro está, ningún peligro para la clase dominante, pues ninguna de ellas se sale del marco de la sociedad capitalista. Sólo serían ajustes de mayor o menor monta, más o menos utópicos, pero siempre compatibles con la dominación de la burguesía. En realidad, la burguesía coloca ante la clase obrera todo un panel de “soluciones” para los malos funcionamientos del sistema, que son otras tantas cortinas de humo para ocultar que la única perspectiva capaz de acabar con la barbarie y la miseria es el derribo de su causa fundamental, o sea, el capitalismo moribundo.

El tercer tema del altermundialismo se desprende espontáneamente de los dos primeros: tras haber ocultado las verdaderas razones de la miseria y la barbarie, tras habar ocultado que la única perspectiva para salir de ellas, ya solo queda por ocultar a la verdadera fuerza para lograrlo. Para ello el altermundialismo se dedica a promocionar toda una cantidad de revueltas y controversias contestatarias, procedentes a menudo del campesinado del Tercer mundo, pero también de los países desarrollados, como el movimiento que anima José Bové o, también, capas pequeño burguesas que se lanzan acá o allá al asalto de poder contra una dictadura corrompida o una república “bananera”. Todas esas revueltas expresan, sin lugar a dudas, una reacción, un rechazo contra la miseria que la crisis provoca en la gran mayoría de la humanidad. Pero ninguna de ellas lleva en sí la menor chispa que pudiera servir para reventar el orden capitalista. Al contrario, esas revueltas permanecen encerradas en el marco capitalista y no poseen ninguna perspectiva constructiva que oponer al orden al que se enfrentan.

Desde hace más de siglo y medio, el movimiento obrero ha sabido mostrar que la única fuerza capaz de transformar de verdad la sociedad es el proletariado.

Este no es la única clase que se alza contra la barbarie capitalista, pero es la única que posee la clave para superarlo. Para ello, no sólo debe reconquistar su unidad internacional, sino también su autonomía de clase respecto a las demás clases de la sociedad. La burguesía lo sabe perfectamente. Si tanto exhibe esas luchas nacionalistas pequeño burguesas es porque así mete al proletariado en un cepo en el que su conciencia y perspectiva no podrán desarrollarse.

Ese tipo de patrañas sirve contra un peligro que no es nuevo para la burguesía: el proletariado es potencialmente capaz de echar abajo su sistema desde que éste entró en su fase de decadencia, o sea a principios del siglo XX. La clase dominante entendió qué peligro era ése desde la Primera Guerra mundial, desde la oleada revolucionaria iniciada en Rusia en octubre de 1917 que amenazó el orden capitalista durante varios años, desde 1919 en Alemania hasta 1927 en China. No ha esperado hasta la última década para diseñar su plan de batalla. En realidad, la clase obrera ha tenido ya que soportar más de un siglo de ataques ideológicos basados en la mentira sobre la verdadera naturaleza de la crisis, de la perspectiva comunista y de las potencialidades de la lucha de clases. La marea altermundialista no es una novedad en la historia del pensamiento burgués frente al proletariado. Pero un impulso semejante pone de relieve que algo ha cambiado en el enfrentamiento ideológico de clase, expresa que ha aparecido la necesidad para la clase dominante de adaptar los medios de mistificación contra el proletariado.

Necesaria renovación ideológica para la burguesía...

“No se cambia un equipo que gana”, suelen decir los especialistas deportivos. En el fondo, los embustes burgueses para impedir que la clase obrera desarrolle su conciencia revolucionaria siguen siendo del mismo tipo, pues deben hacer frente a las mismas necesidades como hemos visto antes. Han sido, tradicionalmente, los partidos de izquierda, socialdemócratas y estalinistas, los transmisores de esos embustes que sirven para ocultar la quiebra histórica del modo de producción capitalista, para proponer alternativas falsas a la clase obrera, para minar cualquiera perspectiva que se abra ante sus luchas.

Son esos partidos los que han sido ampliamente solicitados a finales de los años 60 cuando la crisis actual empezó a desplegarse y sobre todo cuando el proletariado mundial volvió a salir al escenario de la historia, tras cuatro décadas de contrarrevolución (la gran huelga de mayo de 1968 en Francia, el “otoño caliente” italiano de 1969, etc.). Ante el impetuoso auge de las luchas proletarias, los partidos de Izquierda empezaron a proponer “alternativas” de gobierno con la pretensión de que iban a responder a las aspiraciones de la clase obrera. Uno de los temas de esa “alternativa” era que el Estado debía estar mucho más presente en una economía cuyas convulsiones, iniciadas en 1967 al finalizar la reconstrucción posterior a la Segunda Guerra mundial, se iban incrementando sin cesar. Según esos partidos, los obreros debían moderar sus luchas, incluso renunciar a ellas, y expresar en el terreno electoral su voluntad de cambio, permitiendo a esos partidos alcanzar el gobierno para llevar a cabo una política favorable a los intereses de los trabajadores. Desde entonces, los partidos de izquierdas, especialmente la socialdemocracia pero también los partidos llamados “comunistas” como en Francia, han participado en numerosos gobiernos para aplicar una vez en ellos, no, ni mucho menos, una política de defensa de los trabajadores sino de gestión de la crisis y de ataque a sus condiciones de vida. El desmoronamiento a finales de los años 80 del bloque del Este y de los regímenes supuestamente “socialistas” fue un duro golpe a los partidos que se reivindicaban de esos regímenes, los partidos “comunistas”, los cuales perdieron gran parte de la influencia que tenían en la clase obrera.

Y así, ahora que frente la agravación de la crisis del capitalismo, la clase obrera se ve impulsada a volver a los caminos de la lucha, a la vez que en su seno está volviendo a encenderse la llama de la reflexión sobre los retos de la situación actual de la sociedad, los partidos que representaban tradicionalmente la defensa del capitalismo en las filas obreras sufren un desprestigio considerable que les impide ocupar el lugar que ocuparon en otros tiempos. Por eso no son la avanzadilla de las grandes maniobras destinadas a desviar el descontento y los interrogantes de la clase obrera. Y es el movimiento altermundialista el que, por ahora, está en primera fila, y eso que lo único que hace es recuperar lo esencial de los temas que, en el pasado, tanto juego le dieron a la Izquierda. Es, por lo demás, esto último lo que explica que esos mismo partidos (singularmente los “comunistas”) anden chapoteando en las charcas del movimiento altermundialista, por muy discretos y hasta “críticos” que sean, permitiendo así que ese movimiento aparezca como algo verdaderamente “novedoso” ([1]) y no desprestigiado de entrada.

Esta notable convergencia entre las mistificaciones de la “vieja izquierda” y las del altermundialismo, puede ponerse de relieve en torno a unos cuantos de los temas centrales de éste.

... o los mismos perros con distintos collares

Para dar un bosquejo de los grandes temas de la corriente altermundialista vamos a apoyarnos en los escritos de ATTAC, que aparece como el “teórico” principal de esa corriente.

Esta organización (ATTAC: Asociación para el impuesto de las transacciones financieras y de ayuda a los ciudadanos) nació oficialmente en junio de 1998, tras una serie de contactos en torno a un editorial de Ignacio Ramonet, director del mensual francés le Monde diplomatique de diciembre de 1997. Para ilustrar el éxito del movimiento altermundialista, ATTAC tenía ya más de 30 000 miembros a finales del 2000. Hay, entre ellos, más de 1000 personas morales (sindicatos, asociaciones, asambleas locales), unos cien diputados franceses, muchos funcionarios, sobre todo profesores, y cantidad de famosos, políticos o artistas, organizados en unos 250 comités locales.

Ese poderoso instrumento ideológico se creó sobre la idea de la  “tasa Tobin”, del nombre del premio Nobel de economía, James Tobin, para quien un impuesto de 0,05 % en las transacciones de cambio de divisas permitiría su regulación, evitando los excesos de la especulación. Para ATTAC, ese impuesto permitiría, sobre todo, recoger fondos que luego se dedicarían al desarrollo de los países más pobres ([2]).

¿Por qué ese impuesto? Precisamente para, a la vez, frenar y sacar provecho (lo cual es de lo más contradictorio: ¿cómo querer que desaparezca algo de lo que se saca provecho?) de esas transacciones de cambio, y más en general financieras, símbolo de esa globalización de la economía que, grosso modo, hace más ricos los ricos y más pobres a los pobres.

El punto de partida del análisis de la sociedad actual que hace ATTAC es éste:

“La globalización financiera agrava la inseguridad económica y las desigualdades sociales. Elude y minimiza lo escogido por los pueblos, las instituciones democráticas y los Estados soberanos a cuyo cargo está el interés general. Les sustituye lógicas estrictamente especulativas que no expresan más que los intereses de las empresas transnacionales y de los mercados financieros” ([3]).

¿Qué origen tiene, según ATTAC, esta evolución económica? Estas son las respuestas:

“Uno de los hechos notables del final del siglo XX ha sido el auge de las finanzas de la economía mundial: es el proceso de globalización financiera, resultado de la opción política impuesta por los gobiernos de los países miembros del G7”.

La explicación del cambio habido a finales del siglo XX se da más lejos:

“En el marco del compromiso “fordista”  ([4]), que funcionó hasta los años 1970, los dirigentes concluían acuerdos con los asalariados, organizando un reparto de las ganancias de productividad en el seno de la empresa, lo cual permitió mantener el reparto del valor añadido. El advenimiento del capitalismo accionarial rubrica el final de ese régimen. El modelo tradicional, llamado “stakeholder”, que considera la empresa como una comunidad de intereses entre sus tres asociados ha dejado el sitio a un nuevo modelo, llamado “shareholder”, que da primacía absoluta a los intereses de los accionistas poseedores del capital-acciones, es decir de los fondos propios de las empresas” ([5]). Además: “El objetivo prioritario de las empresas cotizadas en Bolsa es “crear valor accionarial” (shareholder value), o sea, hacer que suban la cotización de sus acciones para generar plusvalías, aumentando así la riqueza de sus accionistas” ([6]).

También, según los altermundialistas, la nueva opción de los gobiernos de los países del G7 ha acarreado una transformación de las empresas. Las multinacionales o las grandes instituciones financieras, al haber dejado de sacar sus ganancias de la producción de mercancías, “presionan a las empresas para que repartan el máximo de dividendos en detrimento de unas inversiones productivas con rendimiento diferido”.

No vamos a multiplicar aquí las citas del movimiento altermundialista. Las expuestas bastan para poner de relieve tres cosas:
– que ese movimiento no ha descubierto nada;
– el carácter perfectamente burgués de su ideología;
– el peligro que acarrean para la clase obrera las ideas de que es portador el movimiento altermundialista.

De este modo, las “transnacionales” que hoy se habrían liberado de la autoridad de los Estados se parecen mucho a las “multinacionales” estigmatizadas por los partidos de Izquierda en los años 70 por ese mismo pecado. En realidad, esas “multinacionales” o “transnacionales” tienen una “nacionalidad” y es la de sus accionarios mayoritarios. En realidad, esas multinacionales son la mayoría de las veces grandes empresas de los estados más poderosos, empezando por Estados Unidos y son los instrumentos, junto a los medios militares y los diplomáticos, de la política imperialista de esos Estados. Y cuando tal o cual Estado nacional (como el de una “republica bananera”) está sometido a las órdenes de tal o cual gran “multinacional”, eso no es más que la expresión de la sumisión imperialista de ese Estado a la gran potencia de la que depende la multinacional.

Ya en los años 70, la izquierda exigía “más Estado” para limitar el poder de esos “monstruos modernos” y garantizar un reparto más “equitativo” de las riquezas producidas. ATTAC y compañía no han inventado nada. Pero sobre todo es importante subrayar aquí la gran mentira que contiene esa idea: el Estado nunca ha sido un instrumento de defensa de los intereses de los explotados. Es básicamente un instrumento de preservación del orden social existente y, por lo tanto, de defensa de los intereses de la clase dominante y explotadora. En algunas circunstancias, y para asumir mejor su función, el Estado podrá oponerse a tal o cual sector de esa clase. Así ocurrió en los albores del capitalismo cuando el gobierno inglés estableció reglas para limitar la intensidad de la explotación de los obreros, especialmente de los niños. Algunos capitalistas fueron perjudicados, pero esa medida debía permitir que la fuerza de trabajo, que es la creadora de toda la riqueza del capitalismo, no fuera destruida a gran escala antes de haber alcanzado la edad adulta. De igual modo, cuando el Estado hitleriano perseguía cuando no liquidaba a algunos sectores de la burguesía (los burgueses judíos o los burgueses “demócratas”), eso, evidentemente, no tenía nada que ver con no se sabe qué defensa de los explotados.

El Estado del Bienestar es básicamente un mito destinado a que los explotados acepten que siga la explotación capitalista y se perpetúe la dominación burguesa. Cuando la situación económica se agrava, el Estado, de “izquierdas” o de “derechas” está obligado a quitarse la careta: es el órgano que decreta el bloqueo de los salarios, el que ordena los cortes en los “presupuestos sociales”, los gastos de salud, los subsidios de desempleo y las pensiones por jubilación. Es también el Estado, mediante sus fuerzas represivas, el que acude con sus porras y granadas lacrimógenas, sus detenciones y sus balas si llega el caso, para hacer entrar en razón a los obreros que se nieguen a aceptar los sacrificios que se les quiere imponer.

En realidad, detrás de las ilusiones que los altermundialistas, siguiendo la tradición de la Izquierda clásica, intentan sembrar a propósito de las “multinacionales” y del Estado defensor de los intereses de los “oprimidos”, subyace la idea de que podría existir un “buen capitalismo” que habría que oponer al “mal capitalismo”.

Esa idea alcanza el no va más en la caricatura y la ridiculez cuando ATTAC “descubre” que desde ahora la motivación principal de los capitalistas sería sacar ganancias, adornando ese “descubrimiento” con toda una palabrería rimbombante sobre la diferencia entre los “stakeholders” y los “shareholders”. Hace ya francamente muchos lustros que los capitalistas invierten para extraer ganancias. Bueno, en realidad, es lo que siempre han hecho desde que el capitalismo existe.

En cuanto a las “lógicas estrictamente especulativas” que se deberían a “la globalización financiera”, tampoco han estado esperando a no se sabe qué reunión del G7 de estos últimos años o a que llegara al poder Margaret Thatcher y su amigo Reagan. La especulación es casi tan vieja como la economía capitalista. Ya a mediados del siglo XIX, Marx dejó claro que cuando se acerca una nueva crisis de sobreproducción, los capitalistas tienen tendencia a preferir la compra de valores especulativos a las inversiones en lo productivo. En efecto, de manera muy pragmática, los burgueses han comprendido que si los mercados están saturados, las mercancías producidas gracias a las máquinas compradas a lo mejor no se vendían, impidiendo así tanto la obtención de la plusvalía en ellas contenida (gracias a la explotación de los obreros que han hecho funcionar esas máquinas) como el reembolso del capital avanzado. Por eso decía Marx que las crisis comerciales parecían ser resultado de la especulación cuando en realidad eran su signo anunciador. De igual modo, los movimientos especulativos que hoy observamos plasman la crisis general del capitalismo, y en ningún modo son el resultado de la falta de civismo de este o aquel grupo de capitalistas.

Más allá, sin embargo, de lo estúpido y risible que sea el “análisis científico “ de los “peritos” de la  altermundialización, hay una idea que los defensores del capitalismo han utilizado desde hace mucho tiempo para impedir que la clase obrera se oriente hacia su perspectiva revolucionaria. Ya Proudhon, el socialista pequeño burgués de mediados del XIX, intentó distinguir lo “bueno” de lo “malo” del capitalismo. Se trataba para los obreros de apoyarse en “lo bueno” para así proponer una especie de “comercio equitativo” y de autogestión de la industria (las cooperativas).

Más tarde, toda la corriente reformista en el movimiento obrero, por ejemplo su “teórico” principal, Bernstein, intentó defender la capacidad del capitalismo (a condición de que éste esté obligado por una presión de la clase obrera en el marco de las instituciones burguesas, como los parlamentos) para ir satisfaciendo cada vez más los intereses de los explotados. Las luchas de la clase obrera debían pues servir para que triunfaran los “buenos” capitalistas contra los “malos”, los cuales, por egoísmo o miopía, se oponían a esa evolución “positiva” de la economía capitalista.

Hoy, ATTAC y sus amigos nos proponen volver al “compromiso fordista” que prevalecía antes de la llegada de esos brutales y desalmados del “todo para la finanza”, que “preservaría el reparto del valor añadido” entre trabajadores y capitalistas. Así, la corriente altermundialista hace una contribución de primer orden al arsenal de embustes de la burguesía:
– al hacer creer que el capitalismo tendría los medios de volver atrás en sus ataques contra la clase obrera, cuando éstos, en realidad, son resultado de una crisis que el sistema es incapaz de superar;
– dando a entender que hoy podría haber un terreno de entendimiento posible, un “compromiso” entre trabajo y capital.

En resumen, llaman a los obreros no a combatir el modo de producción capitalista, responsable de la agravación de su explotación, de su miseria y del conjunto de la barbarie que se desencadena actualmente en el mundo, sino a movilizarse en defensa de una variante quimérica de ese sistema. O sea, a renunciar a la defensa de sus intereses y a capitular ante los de su mortal enemigo, la burguesía.

Puede entonces entenderse perfectamente por qué esa clase, por mucho que algunos de sus sectores critiquen las ideas altermundialistas, ostenta la mayor indulgencia hacia ese movimiento y lo promueve.

La denuncia firme del movimiento altermundialista como algo de esencia burguesa, la intervención más amplia posible contra unas ideas peligrosas, son prioridades para todos aquellos elementos del proletariado conscientes de que el único mundo hoy posible es el comunismo, y que éste solo podrá construirse resueltamente en contra de la burguesía y todas sus ideologías mistificadoras, cuyo último engendro es el altermundialismo. Y como tal, hay que combatirlo con la misma determinación que a la socialdemocracia o al estalinismo.

Günter



[1] Cabe señalar que entre los temas preferidos del altermundialismo, hay uno que no pertenece a la tradición de los partidos de izquierda clásicos: el tema ecológico. Eso se debe sobre todo a que la ecología es algo relativamente reciente, mientras que los partidos tradicionales de izquierda basan su ideología en referencias más antiguas (aunque siempre de actualidad para mistificar a los obreros). De todos modos, la Izquierda tradicional ha establecido en casi todos los países alianzas estratégicas con la corriente que ha hecho de la ecología su principal especialidad, los Verdes. Así es en el principal país europeo, Alemania.

[2] Hay que decir que James Tobin se desolidarizó del uso que querían hacer los altermundialistas de su receta. A quienes creen que luchan contra el capitalismo con sus cartuchos, el premio Nobel de la economía capitalista nunca ha ocultado que él está A FAVOR del capitalismo.

[3] “Plataforma de ATTAC”, adoptada por la Asamblea constitutiva del 3 de junio de 1998, en Tout sur ATTAC 2002, p. 22.

[4] Ese término se refiere a las tesis de Henry FordI, fundador de una de las mayores multinacionales de hoy, el cual, tras la Primera Guerra mundial defendía la idea de que los capitalista tenían el mayor interés en pagar buenos salarios a los obreros para así ampliar el mercado para las mercancías producidas. Por eso, a los obreros de Ford se les incitaba a comprar unos coches en cuya fabricación habían participado. Esas tesis, que podían parecer “realistas” en períodos de “prosperidad” y que además podían, en cierto modo, favorecer la “paz social” en las factorías del “buen rey Henry”, se derritieron como nieve al sol, cuando la “Gran depresión” de los años 30 cayó sobre Estados Unidos y el resto del mundo (NDLR).

[5] “Licenciements de convenance boursière : les règles du jeu du capitalisme actionnarial” (Despidos y conveniencia bursátil: las reglas del juego de capitalismo accionarial), Paris, 2/05/2001, en Tout sur ATTAC 2002, pp. 132-134.

[6] Tout sur ATTAC 2002, p. 137.

El medio político proletario frente a la guerra - Sectarismo en el propio campo internacionalista

El medio político proletario frente a la guerra

Sectarismo en el propio campo internacionalista

El año 2003 ha estado marcado por un paso muy serio del capitalismo mundial hacia el abismo: la segunda guerra del Golfo y la aparición de un atolladero militar en un área estratégica del mundo. Una guerra de importancia crucial para los nuevos equilibrios imperialistas, con la intervención y la ocupación angloamericana del Irak y la oposición a ésta de unas potencias imperialistas cada día más antagónicas a EE.UU. Ante estas nuevas matanzas, los principales grupos revolucionarios que forman parte de la Izquierda comunista internacional fueron una vez más capaces de responder a la propaganda de la burguesía con tomas de posición resueltamente internacionalistas. Defendieron el ABC del marxismo contra las campañas ideológicas de la burguesía que pretenden desorientar al proletariado. Esto no significa en absoluto que esas organizaciones defiendan todas las mismas posiciones. Incluso, a nuestro parecer, hay que dejar claro que la intervención de la mayoría de ellas tiene debilidades importantes, especialmente sobre la comprensión histórica la fase de conflictos imperialistas abierta con el hundimiento del bloque del Este y la consecuente disolución del bloque opuesto y sobre la comprensión de lo que está en juego en los conflictos actuales. Estas diferencias expresan la heterogeneidad del difícil proceso de maduración de la conciencia en la clase obrera y en sus vanguardias revolucionarias. En este sentido, mientras no se abandonen los principios de clase, esas diferencias no deben ser temas de oposición frontal entre componentes del mismo campo revolucionario, pero sí justifican totalmente la necesidad del debate permanente entre ellas. Este debate no solo es la condición de la clarificación en el campo revolucionario, sino que también es un elemento de clarificación para delimitarse frente a grupos radicales (trotskismo, anarquismo oficial...) de la extrema izquierda del aparato político de la burguesía. Ha de permitir a las nuevas energías que surgen orientarse ante los diferentes componentes del campo proletario.

Con esta preocupación, nuestra organización hizo un llamamiento a las demás organizaciones revolucionarias cuando empezó la segunda guerra del Golfo, para promover una iniciativa común (documentos, reuniones publicas...) que hubiese permitido “hacer oír las posiciones internacionalistas” ([1]):

“... los actuales grupos de la Izquierda comunista comparten todas estas posiciones fundamentales. La CCI es consciente de esas divergencias y no intenta callarlas. Al contrario, siempre se ha esforzado por señalar en su prensa los desacuerdos que tiene con los demás grupos y luchar contra los análisis que considera falsos. Dicho esto, y conforme con la actitud de los bolcheviques en 1915 en Zimmerwald como con la de la Izquierda italiana en los años 30, la CCI considera que incumbe a los verdaderos comunistas la responsabilidad de presentar al conjunto de la clase las posiciones fundamentales del internacionalismo de la forma más amplia posible. Según nosotros, esto supone que los grupos de la Izquierda comunista no se conformen con su intervención propia aislada de los demás, sino que se asocien para expresar en común sus posiciones comunes. La CCI considera que una intervención común de los diferentes grupos de la Izquierda comunista tendría un impacto político en la clase obrera mucho más allá que la simple suma de sus fuerzas respectivas, que ya sabemos todos, son muy débiles actualmente. Por estas razones, la CCI propone a los grupos citados reunirse para discutir juntos de los medios posibles que permitirían a la Izquierda comunista hablar con una sola voz en favor de la defensa del internacionalismo proletario, sin prejuzgar o cuestionar la intervención específica de cada uno de los grupos” ([2]).

Este llamamiento fue mandado:
– al Buró internacional para el Partido revolucionario (BIPR),
– al Partito comunista internazionale (Il Comunista, le Prolétaire),
– al Partito comunista internazionale (Il Partito, llamado “de Florencia”),
– al Partito comunista internazionale (Il Programma comunista).

Fue desgraciadamente rechazado por escrito (por el PCI-le Prolétaire y el BIPR) cuando no ignorado. Ya dimos cuenta de las respuestas así como de nuestras tomas de posición sobre estas respuestas y sobre los silencios de los demás grupos en la Revista internacional nº 113, op. cit.).

Este artículo tiene claramente dos objetivos. Por un lado, al analizar las tomas de posición de los principales grupos proletarios frente a la guerra, pondremos en evidencia que existe realmente un medio político proletario (sea cual sea la conciencia que tienen de éste los grupos que lo constituyen) que se distingue, por su fidelidad al internacionalismo proletario, de las diversas formaciones izquierdistas con verborrea revolucionaria y de las organizaciones abiertamente burguesas o interclasistas. Por otro lado, nos centraremos en ciertas divergencias que tenemos con ellos para demostrar que corresponden por su parte a visiones erróneas; pero que no son en nada un obstáculo para cierta unidad de acción frente a la burguesía mundial. Más aun, pondremos de manifiesto que estas divergencias, por sinceras que sean, las utilizan estos grupos como pretextos para rechazar esta comunidad de acción.

Existe realmente un medio político proletario,
piensen lo que piensen sus componentes

En su carta de llamamiento a los grupos revolucionarios, hicimos resaltar los criterios que a nuestro parecer y más allá de las divergencias que puedan existir sobre otras cuestiones, eran una base mínima suficiente para deslindar el campo revolucionario del de la contrarrevolución:

“1) La guerra imperialista no es el resultado de una política “mala” o “criminal” de tal o cual gobierno o sector particular de la clase dominante; el capitalismo como un todo es el responsable de la guerra imperialista.

“2)En este sentido, frente a la guerra imperialista, la posición del proletariado y de los comunistas no puede en ningún momento ser la de alinearse, aunque sea de forma “crítica”, tras una u otra de las fuerzas en conflicto; concretamente, denunciar la ofensiva norteamericana en Irak no significa de ningún modo apoyar a ese país o a su burguesía.

“3) La única posición conforme a los intereses del proletariado es la lucha contra el capitalismo como un todo y, por lo tanto, contra todos los sectores de la burguesía mundial, con la perspectiva, no de un “capitalismo pacífico”, sino del derrocamiento del sistema y la instauración de la dictadura del proletariado.

“4) En el mejor de los casos, el pacifismo no es sino una ilusión pequeñoburguesa que tiende a desviar al proletariado de su estricto terreno de clase; lo más a menudo, no es sino un instrumento cínicamente utilizado por la burguesía para arrastrar a los proletarios hacia la guerra imperialista en defensa de los sectores “pacifistas” y “democráticos” de la clase dominante. En este sentido, la defensa de la posición internacionalista proletaria es inseparable de la denuncia sin concesión alguna del pacifismo” ([3]).

Como vamos a ver, todos los grupos a los que hemos escrito han cumplido con estos criterios mínimos en sus tomas de posición.

El PCI Programma comunista establece un marco de análisis muy correcto de la fase actual al afirmar que

“La agonía de un modo de producción basado en la división de la sociedad en clases es mucho más feroz que lo que se puede uno imaginar. Nos lo muestra la historia: a la vez que los cimientos sociales están atravesados por tensiones incesantes y contradicciones, las energías de la clase dominante se movilizan para sobrevivir a toda costa – y así se precisan los antagonismos y aumentan las tendencias a la destrucción, se multiplican los enfrentamientos en el plano comercial, político y militar. En todas sus capas, en todas sus clases, la sociedad entera está atravesada por una fiebre que la devora por todas partes y alcanza a todos sus órganos” ([4]).

Il Partito de Florencia como le Prolétaire también contribuyen a esclarecer el marco al precisar que la guerra no la provocan fulano o mengano, designados como los malos, sino que resulta de un enfrentamiento imperialista a escala mundial:

“El frente del Euro no porque resiste representa una fuerza de paz en oposición al frente belicoso del Dólar, sino uno de los campos en el enfrentamiento general imperialista hacia el que corre el régimen del capital” ([5]).

“La guerra contra Irak, a pesar de la disparidad de fuerzas, no puede ser considerada como una guerra colonial, sino que es en todos sus aspectos una guerra imperialista en ambos frentes, aunque sea menor y menos desarrollado el Estado combatido no deja de ser burgués y expresión de una sociedad capitalista” ([6]).

“El pretendido “campo de la paz”, o sea los Estados imperialistas que consideran como un perjuicio a sus intereses el ataque norteamericano contra Irak, temen que, fortalecido por su victoria rápida, EE.UU. les haga pagar cara su oposición, aunque solo sea excluyéndolos de la región. Las miserables rivalidades imperialistas que oponen los Estados se evidencian a todas luces. Los norteamericanos declaran que Francia y Rusia deberían renunciar generosamente a sus gigantescos créditos a Irak, mientras éstas se indignan de que los contratos para la “reconstrucción” del país sean automáticamente atribuidos a grandes empresas norteamericanas así como la comercialización del petróleo... En cuanto a la famosa “reconstrucción” y a la prosperidad prometida al pueblo iraquí, basta con ver lo que ocurre con la reconstrucción en Afganistán o la situación en la antigua Yugoslavia –ambas regiones en donde siguen presentes tropas occidentales– para entender que para las burguesías de ambos lados del Atlántico, no se trata más que de reconstruir las instalaciones necesarias a la rentabilidad de la producción y de asegurar la prosperidad de las empresas capitalistas” ([7]).

Tales posiciones no dejan ningún lugar a la defensa, aunque sea crítica, de uno u otro campo. Son, al contrario, para esos grupos el firme pedestal para denunciar a esos países y a las fuerzas políticas que ocultan hipócritamente sus propias intenciones imperialistas tras las banderas de la defensa de la paz.

Así es como, para Il Partito, “la pretendida condena común, fácil y al unísono de la guerra (por parte de los países occidentales, ndlr) está basada en un equivoco incontestable, puesto que esta aspiración tiene un origen y un significado diferente, sino opuesto, para las clases antagónicas.

“El “partido europeo”, representante del gran capital y de la gran finanza establecidos de este lado del Atlántico, hoy cada vez más competidor y rival de los norteamericanos, ha tomado posición contra esta guerra. Esto no significa que los magnates de las finanzas salgan a la calle con banderas, sino que controlan los poderosos aparatos de los media, los partidos y sindicatos fieles al régimen para que orienten la frágil opinión pública hacia la derecha o la izquierda. De hecho, si las guerras son para el capital a menudo “injustas”, no les impide ser “necesarias”. Resulta muy fácil distinguirlas: las que son “necesarias” son las que uno gana, las “injustas” son las que ganan los demás. Por ejemplo: para los capitalistas europeos, dispuestos a repartirse de forma salvaje y horrible la antigua Yugoslavia, los bombardeos sobre Belgrado (casi peores que los que han arrasado Irak) eran “necesarios”; los bombardeos sobre Bagdad, por contrario, en los que ven los ricos contratos petrolíferos en peligro de ser rápidamente anulados por la “nueva administración democrática” impuesta por los “libertadores”, son “injustos”” ([8]).

Para Programma comunista, “Ni un solo hombre, Ni un solo centavo para las guerras imperialistas: lucha abierta contra su propia burguesía nacional, italiana o estadounidense, alemana o francesa, serbia o iraquí” ([9]).

Para Il Partito comunista, “los gobiernos de Francia y Alemania, apoyados por Rusia y China, solo se oponen hoy a esta guerra para defender sus propios intereses imperialistas, amenazados por la ofensiva de Estados Unidos en Irak y la región” ([10]).

Para el BIPR, “el verdadero enemigo de los USA (...) es el euro, que está amenazando peligrosamente la hegemonía absoluta del dólar” ([11]).

En coherencia con todo lo precedente, la única actitud consecuente es la de una lucha a muerte contra el capital, sean cuales sean las prendas con las que se presente, y de una denuncia sin reservas del pacifismo. Es precisamente lo que hicieron estos grupos y en particular el BIPR:

“Europa –y en particular el eje franco-alemán– intenta dificultar los planes militares norteamericanos jugando de momento la baza del pacifismo, y así ha armado una trampa ideológica en la que ya han caído muchos. Ya lo sabemos, y lo demuestran los hechos, que ningún Estado europeo, cada vez que ha sido necesario, ha vacilado en hacer prevalecer sus intereses económicos con la fuerza de las armas. Lo que hoy se perfila es un nuevo nacionalismo... supranacional, europeo, ya implícito en muchas declaraciones de los “desobedientes”. La referencia misma a una Europa de los derechos del hombre y de los valores sociales, opuesta al individualismo exacerbado de los norteamericanos, es la presunción de un alineamiento futuro a favor de los objetivos de la burguesía europea en su confrontación final con la burguesía norteamericana” ([12]).

“En gran parte de las “izquierdas” parlamentarias y de sus apéndices “movimentistas” (amplios sectores del movimiento altermundialista), se hace referencia a una Europa de los derechos del hombre y de los valores sociales, opuesta al individualismo exacerbado de los norteamericanos. Intentan así hacer olvidar que esa misma Europa, a propósito de “valores sociales”, es la que ha estado aumentando sin cesar los recortes en las jubilaciones (las pretendidas “reformas de las pensiones”); y es esa misma Europa la que ya ha echado a la calle a millones de trabajadores y que ahora se esfuerza en reducir aun más la fuerza de trabajo a pura mercancía “desechable” mediante una precariedad progresiva y devastadora” ([13]).

Todo esto demuestra entonces la existencia de un mismo campo que se mantiene fiel a los principios del proletariado, el de la Izquierda comunista, sea cual sea la conciencia que tienen de ésta los grupos que la componen.

Lo que no impide, como ya hemos dicho, que existan divergencias a menudo importantes entre la CCI y estos grupos, como lo vamos a ver. El problema no está en la existencia de estas divergencias, sino en el que estos grupos las utilizan para justificar su rechazo de una respuesta común frente a una situación particularmente grave y también en el que no hacen nada para que sean esclarecidas las cuestiones en un debate público serio.

Referencias a Lenin invocadas fuera de lugar para justificar la inacción común

En el nº 113 de la Revista internacional, ya dimos una respuesta a la critica de “frentismo” que nos hizo le Prolétaire y a la de “idealismo” que nos hizo el BIPR, que así intentan explicar los pretendidos errores de análisis de la CCI. Seguimos sin haber recibido respuestas a nuestra argumentación, con excepción de un articulo publicado en el nº 466 de le Prolétaire. Según esta organización, el querer hacer caso omiso del desacuerdo que nos diferencia sobre el tema del derrotismo revolucionario justifica plenamente la crítica de “frentismo” que nos dirige a propósito de nuestro llamamiento a una acción común.

Resulta entonces necesario volver sobre la cuestión del derrotismo revolucionario a la luz del artículo de le Prolétaire. Éste contiene un elemento nuevo sobre el que nos centraremos:

“No es verdad que las organizaciones situadas en esta categoría estén de acuerdo en lo esencial, que compartan una posición común, aunque solo sea sobre la cuestión de la guerra y del internacionalismo. Por contrario, se oponen sobre cuestiones políticas y programáticas que mañana serán vitales para la lucha proletaria y para la revolución, de igual modo que ya hoy se oponen sobre las orientaciones y directivas de acción que dar a los pocos elementos en búsqueda de posiciones clasistas.

“Sobre la cuestión de la guerra en particular, hemos hecho hincapié en la noción de derrotismo revolucionario porque desde Lenin es la que caracteriza la posición comunista en las guerras imperialistas. Ahora bien, la CCI está precisamente opuesta al derrotismo revolucionario. ¿Cómo entonces podría ser posible expresar en común una posición que en el fondo, en cuanto se profundiza un poco, cuando se va más allá de las grandes y bellas frases sobre el derrumbamiento del capitalismo y la dictadura del proletariado, no existe? Una acción común no seria posible más que consintiendo en borrar o atenuar divergencias irreconciliables, o sea escondiéndolas a los proletarios con respecto a quien se interviene ampliamente, consintiendo en presentar a aquellos militantes de otros países que se quiere conseguir una imagen falsa de una “izquierda comunista” unida sobre lo esencial, o sea engañándolos. Disimular sus posiciones, puesto que a eso conducen, se quiera o no, estas propuestas unitarias, queriendo alcanzar unos pocos objetivos inmediatos o contingentes, ¿no es precisamente la definición clásica del oportunismo?” ([14]).

El PCI persiste en querer ignorar nuestro argumento según el cual:

“Hablar de “frentismo” y de “mínimo común denominador”, no sólo impide que salgan a la luz las divergencias entre internacionalistas sino que es además un factor de confusión en la medida en que la verdadera divergencia, la frontera de clase que separa a los internacionalistas de toda la burguesía, desde la derecha a la extrema izquierda, se pone en el mismo plano que las divergencias entre internacionalistas” ([15]).

También observamos que ya sea por ignorancia (es decir desprecio por la crítica de posiciones políticas, lo cual es un defecto importante en una organización revolucionaria) sea por gusto de la polémica fácil, el PCI no refiere la posición de la CCI sobre la cuestión del derrotismo revolucionario. Se limita en decir que “la CCI está precisamente opuesta al derrotismo revolucionario”, dejando así campo abierto a cualquier interpretación de nuestra posición, y, por qué no, que la CCI estaría en favor “de la defensa de la patria” en caso de ataque por parte de otras potencias. Conviene entonces recordar cuál es nuestra posición sobre el tema, tal como la defendimos ya cuando la primera guerra del Golfo. Afirmamos entonces:

“Esta consigna fue lanzada por Lenin durante la Primera Guerra mundial. Representaba una denuncia de las dilaciones de los elementos “centristas”, los cuales, a pesar de decirse de acuerdo “en principio” para negarse a toda participación en la guerra imperialista, preconizaban sin embargo la necesidad de esperar a que los obreros de los “países enemigos” estuvieran dispuestos a lanzarse a luchar contra la guerra antes de llamar a los del “propio país” a hacer lo mismo. Para argumentar esta posición, anteponían el argumento de decir que si los proletarios de un país se adelantaban por esta vía, favorecerían la victoria del “país enemigo” en la guerra imperialista. Cara a este “internacionalismo” condicional, Lenin contestó con razón que la clase obrera de un país cualquiera no tenía el menor interés en común con “su” burguesía, añadiendo que, además, la derrota de ésta no podía sino favorecer su lucha propia, como ocurrió cuando la Comuna de París (favorecida por la derrota de Francia contra Prusia) o cuando la Revolución de 1905 en Rusia (favorecida por la derrota contra Japón). Concluía de esta constatación que cada proletariado debía “desear” la derrota de “su” burguesía. Esta posición ya era errónea en aquel entonces, en la medida en que implicaba que los revolucionarios de cada país debían reivindicar para “su” proletariado las condiciones más favorables para la revolución proletaria, cuando es mundialmente, y para empezar en los países avanzados (los cuales estaban todos metidos en aquella guerra), donde ha de realizarse la revolución. Sin embargo, la debilidad de esta consigna jamás llevó a Lenin a cuestionar el internacionalismo más intransigente (¡y fue precisamente esta intransigencia la que provocó aquel “patinazo”). En particular, jamás se le habría ocurrido a Lenin apoyar a la burguesía de un país “enemigo”, incluso si en toda lógica esto hubiese podido deducirse de su “deseo”. En cambio, esta consigna fue utilizada más tarde y a menudo por los partidos burgueses pretendidamente “comunistas” para justificar su participación en la guerra imperialista. Así es como por ejemplo los estalinistas franceses “volvieron a descubrir” las virtudes del “internacionalismo proletario” y del “derrotismo revolucionario” tras la firma del Pacto germano-soviético en 1939, tras haberlas olvidado durante mucho tiempo, y volvieron a “olvidarse” de ellas y con la misma rapidez en cuanto Alemania entró en guerra contra la URSS en 1941. También los estalinistas italianos utilizaron ese “derrotismo revolucionario” para justificar, después de 1941, su política al mando de la “resistencia” contra Mussolini. Hoy en día, en nombre de este “derrotismo revolucionario” los trotskistas de todos los países implicados en la guerra de Irak justifican el apoyo a Sadam Husein” ([16]).

Así pues, no es el método adoptado por la CCI el que debe ponerse en entredicho, sino el de sus críticos, los cuales no han asimilado con profundidad las consignas del movimiento obrero de la primera oleada revolucionaria mundial de 1917-23.

Una vez clarificadas estas cuestiones en torno al derrotismo revolucionario, ¿hemos de persistir pensando que las divergencias que hemos puesto en evidencia no son un obstáculo a una respuesta común de los diversos grupos frente a la guerra? A pesar de los errores de los grupos a los que estaba dirigido el llamamiento, consideramos sin embargo que éstos no significan un cuestionamiento de sus posiciones internacionalistas. Estos grupos internacionalistas no son aquellos traidores estalinistas o trotskistas que se aprovecharon de la ambigüedad de la consigna para legitimar la guerra. Son formaciones políticas proletarias que no han sido capaces, por varias razones, de “poner sus relojes en hora” sobre ciertas cuestiones del movimiento obrero.

Sectarismo con la Izquierda comunista y oportunismo con el izquierdismo

Recordemos que el BIPR piensa que las divergencias con la CCI son demasiado importantes para permitir una respuesta común con respecto a la guerra. Sin embargo, el siguiente pasaje de una hoja de Battaglia comunista, uno de los dos componentes del BIPR, expresa, al contrario, una convergencia de fondo sobre el análisis de la dinámica de la relación de fuerzas entre proletariado y burguesía, precisamente el tema en el que el BIPR considera tan diferentes nuestros puntos de vista:

“En ciertos aspectos, ya no se necesita el alistamiento en el frente de la clase obrera para la guerra: basta con que se quede en casa, en las fábricas y oficinas, trabajando para la guerra. El problema se plantea cuando esta clase se niega a trabajar para la guerra y se transforma inmediatamente en obstáculo serio al desarrollo de la guerra misma. Eso (y de ningún modo las manifestaciones por importantes que sean de los ciudadanos pacifistas y menos aun las veladas con sermones del Papa) sí que es un freno a la guerra: eso sí que la puede impedir” ([17]).

Este pasaje expresa la idea totalmente correcta según la cual guerra y lucha de clases no son variables independientes una de otra sino que son antitéticas, en el sentido en que cuanto más está alistada la clase obrera, tanto más libres tiene las manos la burguesía para hacer sus guerras; y de igual modo, cuanto más “se niega la clase a trabajar para la guerra”, tanto más “se transforma en obstáculo serio ante el desarrollo de la guerra misma”. Tal como está expresada aquí en boca de Battaglia comunista ([18]), esta idea es muy parecida a la que sirve de base a nuestra noción de curso histórico, resultante histórica de las dinámicas puestas de manifiesto más arriba: la tendencia permanente del capitalismo a la guerra y la tendencia histórica de una clase obrera que no ha sido vencida hacia enfrentamientos decisivos contra la clase enemiga. Y sin embargo Battaglia sigue acusándonos de idealismo al criticar esa posición. Sobre el tema, como en otros diversos puntos en los que Battaglia nos acusa de no enfrentarnos a la situación actual y refugiarnos en nuestro “idealismo”, señalamos al lector que hemos contestado en detalle en varios artículos y directamente en varias polémicas ([19]).

Al observar la actitud puntillosa del BIPR con respecto al examen de sus divergencias con la CCI, hubiésemos esperado una actitud parecida por parte de esta organización con respecto a los demás grupos. Y no es así.

Aquí nos referimos a su actitud con su grupo simpatizante y representante político en norteamérica, el “Internationalist Worker’s Group” (IWG) que publica Internationalist Notes. Este grupo ha intervenido junto con anarquistas y ha tenido una reunión publica común con Red and Black Notes, con consejistas y con la “Ontario Coalition Against Poverty” (OCP), especie de grupo típicamente izquierdista y activista. El IWG acaba de publicar una toma de posición en solidaridad con los “compañeros” del OCP encarcelados tras haber sido detenidos por vandalismo en las recientes manifestaciones contra la guerra en Toronto. También ha organizado una reunión publica c