Crisis económica
Publicamos más adelante el informe sobre la crisis adoptado en el XIIº Congreso de la CCI. Este informe fue redactado en enero de 1997 y su discusión en toda nuestra organización sirvió para adoptar en dicho Congreso la Resolución sobre la situación internacional que nuestros lectores han podido leer en el nº 90 de esta Revista. Desde que se redactaron esos documentos, el desarrollo de la crisis económica del capital ha quedado dramáticamente ilustrada por los sobresaltos financieros que han afectado primero a los ya no tan fieros «dragones» asiáticos a partir de 1997, para acabar por extenderse a todas las plazas financieras del mundo, desde América Latina hasta la Europa del Este, desde Brasil a Rusia, pasando por las grandes potencias industriales, Estados Unidos, Europa occidental y, sobre todo, Japón.
Esos dos documentos son capaces de anunciar la crisis abierta de los países asiáticos y, sobre todo, explicar sus razones fundamentales. No vamos ahora a ponernos a darnos autobombo porque se haya realizado, y de qué manera, lo que habíamos previsto en un tiempo tan corto. El que esas previsiones se hayan realizado tan rápidamente no es lo más importante. Aunque se hubieran verificado más tarde, la validez del análisis seguiría siendo la misma.
Es también, a nuestro parecer, secundario el hecho de que esas previsiones se hayan confirmado exactamente en los países asiáticos, pues lo único que estos expresan es la tendencia general que había quedado tan patente en México en 1994-95 o ahora mismo en Brasil o Rusia. Lo que importa es subrayar la verificación, tarde o temprano, de una tendencia que únicamente el marxismo es capaz de entender y de prever. Sea cual sea la zona o la rapidez de su concreción, viene a confirmar la validez, la seriedad y la superioridad de la teoría marxista sobre todas las sandeces, a menudo incomprensibles y siempre parciales y contradictorias, que nos sirven los economistas, los periodistas especializados, y los políticos de la burguesía.
Para cualquiera que se distancie un poco de los temas sucesivos de propaganda desarrollados por los medios, ya sea para ocultar la realidad del atolladero económico ya sea para tranquilizar a la gente ante las crisis abiertas, se quedará asombrado de la multitud de explicaciones diversas y contradictorias que da la burguesía a la evolución económica catastrófica desde finales de los años 60, o sea desde el final del período de reconstrucción de después de la Segunda Guerra mundial.
¿Qué queda de las explicaciones de la crisis, cuyas causas sería «la excesiva rigidez del sistema monetario»? ([1]) ahora que la anarquía en los tipos de cambio se ha convertido en factor de la inestabilidad económica mundial? ¿Qué queda de las tonterías sobre las «crisis petroleras»? ([2]) ahora que el precio del petróleo se ahoga en la sobreproducción? ¿Qué se hizo de los discursos sobre el «liberalismo» y los «milagros de la economía de mercado» ([3]) cuando el hundimiento económico está ocurriendo en medio de la guerra comercial más salvaje por un mercado mundial que se encoge a gran velocidad? ¿De qué sirven las explicaciones basadas en el descubrimiento tardío de «los peligros del endeudamiento» cuando ese endeudamiento suicida era el único medio de prolongar la supervivencia de una economía agonizante? ([4])
En cambio, el marxismo ha mantenido durante todos estos años, y ante cada nueva manifestación de la crisis, la misma explicación desarrollándola y precisándola cuando era necesario. Esa explicación sigue siendo la del «Informe» que publicamos más adelante. Ha sido retomada, defendida, desarrollada y precisada en la prensa revolucionaria y especialmente en nuestras publicaciones. La explicación marxista es histórica, continua y coherente.
«El sistema burgués se ha vuelto demasiado limitado para contener las riquezas creadas en su seno (...) Cada crisis destruye regularmente no sólo una masa de productos ya creados, sino además una gran parte de las propias fuerzas productivas existentes. Una epidemia que en cualquier otra época hubiese parecido absurda se abate sobre la sociedad, – la epidemia de la sobreproducción. (...) ¿Cómo podrá la burguesía superar esas crisis? Por un lado destruyendo por la violencia una masa de fuerzas productivas; por otro conquistando nuevos mercados y explotando más a fondo los antiguos. ¿Y en qué acaba todo eso? En la prepararación de crisis más generales y más espectaculares y en la disminución de los medios para prevenirlas.» ([5])
Esas características y esas tendencias definidas por Marx y Engels se han verificado a lo largo de la historia del capitalismo. Y se han reforzado incluso en el período de decadencia. Este período significa que se han acabado los «nuevos» mercados y se han agotado los antiguos. Característica dominante del capitalismo a lo largo del siglo XX, la tendencia a la destrucción masiva se ha ido agravando constantemente, y en especial durante las guerras mundiales. Durante este siglo se ha podido observar que el crédito se ha convertido en «El medio específico de hacer estallar (...) la contradicción entre la capacidad de extensión, la tendencia a la expansión de la producción por un lado y, por el otro, la capacidad limitada de consumo». Pero, para preparar «las crisis más generales y espectaculares» anunciadas por el Manifiesto, el crédito «en su calidad de factor de producción [contribuye] a provocar la sobreproducción; y como factor de intercambio, no hace, durante la crisis, sino colaborar en la destrucción radical de las fuerzas productivas que él mismo ha puesto en marcha» ([6]).
La caída de las Bolsas y de las monedas con la bancarrota de los países asiáticos ilustran a la vez el callejón sin salida del capitalismo –que se plasma en la sobreproducción mencionada en el Manifiesto y por el uso ilimitado del crédito– y la sima sin fin de la catástrofe económica y social en la que está cayendo el planeta entero. Confirma lo que afirmamos sobre la incapacidad, si no es la nulidad más completa, de los propagandistas y economistas burgueses. Confirma lo que afirmamos sobre la clarividencia y la validez del método marxista de análisis y de comprensión de la realidad social, sobre la crisis irreversible e insoluble del modo de producción capitalista. Baste con unas cuantas citas para ilustrar nuestro desprecio sin remisión por los charlatanes del capitalismo:
¿Tailandia? «Un Eldorado...un mercado en efervescencia» ([7]), ¿Malasia? «Un éxito insolente» ([8]), «una verdadera locomotora [que] pronto formará parte de las quince primeras potencias económicas mundiales» ([9]); el país proyecta «convertirse, como Singapur, en paraíso high tech» ([10]); «explosiva Malasia de amplias, muy amplias, miras (...) la plaza asiática más feliz» ([11]). «El milagro asiático no ha terminado» insiste, en febrero de 1997, un... experto ([12]).
Podríamos haber ido a buscar otras «perlas» del estilo y todavía más sabrosas. Son incontables y todas con el mismo sentido: negar u ocultar la realidad irreversible de la crisis. Podría pensarse que ya no volvería otro Bush a prometernos «la era de paz y prosperidad» que iba a traernos la caída del bloque del Este; que ya no volvería a haber otro Chirac que nos anunciara la «salida del túnel» como así lo hizo en... ¡1976! No, sigue existiendo evidentemente la legión de consoladores que nos aseguran que «la base de la economía sigue siendo buena» (Clinton) y que «la corrección [la caída de las Bolsas mundiales] es saludable» según Greenspan (presidente de la Reserva Federal Americana) o, también según éste último, que «las perturbaciones recientes en los mercados financieros podrían traer beneficios a largo plazo para la economía americana» y que «esto no es el fin del boom del crecimiento en Asia» ([13]). Sin embargo, este último empezaba a corregir sus propósitos optimistas quince días más tarde ante la evidencia de los hechos y la multiplicación de las bajas y de las quiebras, especialmente las que afectan a Corea del Sur y a Japón: «la crisis asiática tendrá consecuencias nada desdeñables». Aunque es cierto que las declaraciones que se hacen en lo más álgido de la caída de los mercados bursátiles tienen el objetivo inmediato de tranquilizarlos y evitar el pánico, eso no quita de que también pongan de manifiesto la ceguera y la impotencia de sus autores.
¡Qué mejor desmentido que la bancarrota asiática a todas las afirmaciones triunfantes sobre el modo de producción capitalista! ¡Qué mejor desmentido a las estruendosas declaraciones sobre el éxito de esos tan traidos y llevados «países emergentes»! ¡Qué mejor mentís a los supuestos méritos de la sumisión, de la disciplina, del sentido de sacrificio en aras de la economía nacional, de los salarios bajos y de la «flexibilidad» de la clase obrera de esos países como fuente de prosperidad y de éxito para todos!
Desde el mes de julio, los «tigres» y los «dragones» asiáticos se han ido hundiendo. El 27 de octubre, en una semana, la Bolsa de Hongkong había perdido 18%, la de Kuala Lumpur (Malasia) 12,9%, la de Singapur 11,5%, la de Manila (Filipinas) 9,9 %, la de Bangkok (Tailandia) 6 %, Yakarta (Indonesia) 5,8 %, Seúl (Corea) 2,4 %, Tokio 0,6 %. Desde hace un año, y siguiendo ese mismo orden de países, las caídas han sido: 22 %, 44%, 26,9 %, 41,4 %, 41 %, 23 %, 18,5 %, 12% ([14]). Desde entonces y por ahora, la caída sigue.
De inmediato, Wall Street y las Bolsas europeas, en contra de las declaraciones calmantes sobre la ausencia de repercusiones para la economía mundial, sufren un violento crash. Sólo la intervención de gobiernos y de bancos centrales y el reglamento bursátil (cortes automáticos de las cotizaciones cuando éstas bajan demasiado rápido) han permitido atajar el pánico. En cambio, los países sudamericanos veían espantados cómo también a ellos se les hundían las Bolsas y cómo eran atacadas sus monedas. Las peores inquietudes se centraban en Brasil. El mismo fenómeno se ha verificado también en los países europeos del antiguo bloque del Este, «países emergentes» también: Budapest bajaba un 16 %, Varsovia 20 %, Moscú 40 %. También aquí, como en Asia y Latinoamérica, la caída bursátil ha venido acompañada de debilitamiento de la moneda local.
«Los expertos temen que Europa del Este conozca una crisis financiera como la de Asia [lo cual sería] una de las amenazas principales contra la recuperación de las economías de la Unión Europea» ([15]). Los medios presentan las cosas como si el peligro de recesión viniera de la periferia. En realidad, la recesión golpea al capitalismo entero desde hace ya una década: «Pues, dejando de lado la euforia mundializante, es sin duda el estancamiento lo que, desde el crash de 1987, define mejor la situación de todas las regiones del planeta» (15). En realidad, la quiebra del capitalismo no tiene su origen en los países de la periferia, sino en el modo de producción mismo. El epicentro de la crisis está en los países centrales del capitalismo, en los países industrializados. Al final del período de reconstrucción de la posguerra mundial, a finales de los años 60, fueron los grandes centros industriales del mundo los afectados por el retorno de la crisis abierta. La burguesía utilizó entonces a fondo el endeudamiento interno y externo para crear artificialmente los mercados que le faltaban. A partir de los años 70 se asistió a una explosión de la deuda que desembocaría primero en la quiebra de los países sudamericanos y después en el desmoronamiento de los países de capitalismo de Estado de tipo estalinista de Europa del Este. Les toca ahora a los países asiáticos. La quiebra y la recesión, repelidos en un primer tiempo hacia la peri-feria del capitalismo, vuelven ahora con fuerza multiplicada hacia los países centrales cuando ya éstos han abusado del mecanismo de la deuda: los Estados Unidos están superendeudados y ningún país de Europa logra respetar de verdad los criterios de Maastricht.
Las cosas se están, pues, acelerando en esta crisis financiera. Le toca ahora, y con qué brutalidad, a Corea del Sur, undécima potencia económica mundial. Su sistema bancario está en quiebra total. Los cierres de bancos y empresas se multiplican y los despidos se cuentan ya por miles. Y eso sólo es el principio. La segunda potencia económica mundial, Japón, «se ha vuelto el país débil de la economía mundial» ([16]). También en este país empiezan los cierres de empresa y los despidos se disparan. ¿Dónde quedan aquellas declaraciones triunfales y definitivas sobre los «modelos» coreano y japonés?
¿Y qué es de las lamentables explicaciones frente a la multiplicación de los hundimientos bursátiles desde el verano?. Primero, la burguesía intentó explicarnos que el hundimiento de Tailandia era un fenómeno local... lo cual quedó desmentido por los hechos ; que era una crisis de crecimiento para los países asiáticos; que se trataba de un saneamiento necesario de la burbuja especulativa sin incidencia alguna sobre la economía real... afirmación inmediatamente desmentida por la quiebra de cantidad de establecimientos financieros fuertemente endeudados, por el cierre de decenas de empresas tan endeudadas como aquéllos, por la adopción de planes drásticos de austeridad que anuncian recesión, despidos y mayor empobrecimiento de la población.
¿Cuáles son los mecanismos de base de esos fenómenos? La economía mundial, especialmente durante las dos últimas décadas, funciona basada en el endeudamiento, en la deuda masiva. Especialmente, el desarrollo de las llamadas economías emergentes del Sureste asiático, al igual que las suramericanas o las de Europa del Este, se basan sobre todo en las inversiones de capitales extranjeros. Por ejemplo, Corea tiene una deuda de 160 mil millones de dólares cuya mitad deberá rembolsar en 1998 ahora que su moneda se ha hundido en un 20 %. O sea que esa enorme deuda nunca será reembolsada. Vamos a dejar de lado aquí el estado de la deuda de los países asiáticos –deudas gigantescas al igual que las de los demás «países emergentes» del mundo, con unas cantidades que ya no significan nada– y cuyas monedas tienden a la baja respecto del dólar. En su mayoría, tampoco serán reembolsadas esas deudas nunca. Esas deudas, púdicamente llamadas «dudosas», se han perdido para los países industrializados, lo cual agrava todavía más... su propia montaña de deudas ([17]).
¿Qué respuesta da la burguesía a sus quiebras colosales que corren el riesgo de provocar la bancarrota brutal y total del sistema financiero mundial a causa del endeudamiento general? Pues, ¡más deudas todavía! El FMI, el Banco mundial, los bancos centrales de los países más ricos se han puesto a escote para prestar 57 mil millones de dólares a Corea después de haber entregado 17 mil millones a Tailandia y 23 a Indonesia. Y estos nuevos préstamos se añaden a los anteriores «y ya se perfila el riesgo de hundimiento del sistema bancario japonés, acribillado de créditos dudosos, cuando no irrecuperables; y, entre éstos, los 300 mil millones de $ de préstamos otorgados a diez países del Sureste asiático y a Hong Kong. Y si Japón cede, serán Estados Unidos y Europa quienes se encontrarán en primera línea de fuego» ([18]).
En efecto, Japón está en el centro de la crisis financiera. Posee enormes deudas no reembolsables cuyo monto es más o menos equivalente –300 mil millones de $– al de sus activos en bonos del Tesoro estadounidense. Al mismo tiempo, la agravación del déficit del Estado, en estos últimos años, ha incrementado su endeudamiento general. Ni que decir tiene que, a pesar de la «política keynesiana» empleada, o sea el incremento de la deuda pública, la economía japonesa no ha conocido el más mínimo relanzamiento. En cambio, sí que se han multiplicado las quiebras de grandes instituciones financieras, ampliamente endeudadas. Para evitar una bancarrota total de tipo coreano, el Estado japonés ha echado mano de la cartera... agravando todavía más su déficit y su deuda. Y si Japón se encuentra escaso de dinero fresco –que es lo que está pasando– la burguesía mundial se inquieta y empieza a ceder al pánico: «El primer acreedor del planeta, el que financia sin contar desde hace años el déficit de la balanza de pagos norteamericana, ¿podrá seguir desempeñando ese papel con una economía enferma, corroída por deudas podridas y un sistema financiero exsangüe? La película de terror sería que las instituciones financieras niponas se pusieran a retirar en masa sus activos en obligaciones americanas» ([19]). Se cerraría entonces el grifo de la financiación de la economía estadounidense, o sea una brutal recesión abierta. La crisis económica repelida hacia la periferia del capitalismo en los años 70 con el uso masivo del crédito regresa ahora a golpear a los países centrales. Y lo peor de estos golpes está por llegar.
Es difícil decir hoy si esos préstamos suplementarios van a calmar la tempestad, dejando para más tarde la quiebra general, o si ha llegado la hora de saldar cuentas. En el momento en que escribimos esto, parece cada vez menos probable que los 57 mil millones de $ reunidos por el FMI para Corea sean suficientes para atajar la desbandada. Los gritos de socorro son tan fuertes que los fondos del FMI, recientemente incrementados por las grandes potencias, son ya insuficientes y esa institución ya está pensando seriamente en... ¡pedir préstamos! Sin embargo, independientemente de la salida puntual de esta crisis financiera, la tendencia sigue siendo la misma, una tendencia que se refuerza con la crisis económica misma. En el mejor de los casos se pospone el problema y las consecuencias serán todavía peores.
El incremento ilimitado del crédito es la ilustración de la saturación de los mercados: la actividad económica se mantiene basada en la deuda, o sea en un mercado creado artificialmente. Hoy, la trampa estalla. La saturación del mercado mundial ha impedido a esos «países emergentes» vender todo lo que necesitarían vender. La crisis actual va a hacer caer las ventas todavía más y agravar la guerra comercial. Una idea nos la dan las presiones estadounidenses sobre Japón para que no deje caer el yen y abra su mercado interior, y las condiciones impuestas a Corea por el FMI (al igual que a los demás países «ayudados»). La quiebra de Asia y la recesión que va a afectar a todos esos países, así como su mayor agresividad comercial, van a afectar a todos los países desarrollados que ya están calculando la caída del crecimiento que van a sufrir.
En eso también, la burguesía se ve finalmente obligada a reconocer los hechos e incluso, a veces, levantar un poco el velo con que tapa la realidad –en este caso, la de la saturación de los mercados– que el marxismo ha puesto de relieve sin tregua: «El Wall Steet Journal ha señalado, en agosto último, que numerosos sectores industriales estaban desde ahora enfrentados a un riesgo olvidado desde hace mucho tiempo: demasiada producción potencial y pocos compradores» cuando «según un artículo publicado el primero de octubre en el New York Times, la sobreproducción acecha hoy no sólo a América, sino al mundo entero. El “global gut” (la saturación global) sería incluso el origen profundo de la crisis asiática» ([20]).
Recurrir al crédito generalizado frente a la sobreproducción y la saturación de los mercados, lo único que consigue es posponer sus límites en el tiempo, volviéndose a su vez factor agravante de los mercados, como así lo ha explicado la teoría marxista. Incluso en el caso de que los créditos otorgados por el FMI, (sin comparación con los que otorgaba antes: más de 100 mil millones de $ en total hasta hoy) bastasen para calmar las cosas, la factura seguirá sin pagar, aumentada encima por esos nuevos préstamos. El callejón económico del capitalismo sigue sin salida. Y las consecuencias para la humanidad serán catastróficas. Ya antes de esta crisis, que va a echar a otros millones suplementarios de obreros al paro, a la miseria, a agravar más todavía las condiciones de vida de millones de individuos, la Organización internacional del trabajo (OIT) señalaba que «el desempleo afectará a cerca de mil millones de personas en el mundo, o sea casi la tercera parte de la población activa» ([21]). Ya antes de esta crisis, la UNICEF afirmaba que cuarenta mil niños mueren de hambre cada día en el mundo. El atolladero económico, político e histórico del modo de producción capitalista hace cada día más infernal la vida cotidiana de millones de personas, un infierno de explotación, de miseria, de hambrunas, de guerras y matanzas, de descomposición social. Los últimos hechos van a acelerar la caída en la barbarie en todos los continentes, en todos los países, ricos o pobres.
Esos acontecimientos dramáticos anuncian una agravación brutal de las condiciones de vida de la población mundial. Significan deterioro todavía más cruel de la situación ya miserable de la clase obrera, tenga ésta o no tenga trabajo, sea de países pobres, de Latinoamérica, del Este de Europa o de Asia, o sea de los países industrializados, de los batallones centrales del proletariado mundial, de Japón, de Norteamérica o de Europa occidental. La catástrofe que se está verificando ante nosotros y cuyos efectos están justo empezando a manifestarse en despidos masivos en varios países, entre ellos Corea y Japón, incita a una respuesta por parte del proletariado. El proletariado mundial deberá recordar los «modelos» japonés y coreano, citados como ejemplo durante más de una década para justificar los ataques contra sus condiciones de vida y de trabajo, y echarle a la cara de la clase dominante y de sus Estados: los sacrificios y la sumisión no llevan a la prosperidad sino a más sacrificios y más miseria todavía. Al único sitio adonde el mundo capitalista lleva a la humanidad es al desastre. Le incumbe al proletariado dar la respuesta mediante la lucha masiva y unificada contra los sacrificios y contra la existencia misma del capitalismo.
RL, 7 de diciembre de 1997
[1] Cuando Nixon decidió dejar que flotara el dólar en 1971.
[2] Como causa de la crisis en los años 70.
[3] Tema de moda en los años 80 bajo la dirección de Reagan y Thatcher.
[4] Revista internacional nº 69, marzo de 1992.
[5] Manifiesto de Partido comunista, 1848.
[6] Rosa Luxemburg, Reforma social o revolución, 1898.
[7] Investir (Francia) 3/02/97.
[8] Les Echos (Francia) 14/04/97.
[9] Usine nouvelle (Francia) 2/05/97.
[10] Far Eastern Economic Review (GB), 24/10/96.
[11] Wall Street Journal (USA), 12/07/96.
[12] «De Jardine Felming Investment Management» (Option Finance, nº 437), citados por le Monde diplomatique, 30/10/97.
[13] International Herald Tribune, 30/10/97.
[14] Cifras de Courrier international, 30/10/97.
[15] Le Monde, 14/11/97.
[16] Le Monde diplomatique, 12/95.
[17] Sobre el endeudamiento de los países industrializados, ver Revista Internacional nos 76, 77, 87.
[18] Le Monde diplomatique, 12/97.
[19] Le Monde, 26/11/97.16.
[20] Le Monde, 11/11/97.
[21] Le Monde diplomatique, 12/95.
En el nº 28 de su revista, de mayo de 1995, el «grupo» Perspective internationaliste (PI) se descolgó con un panegírico sobre las multiplicadas capacidades del capitalismo desde principios de este siglo y, especialmente, en toda la región del Este asiático. Semejante discurso laudatorio, ni el informe más ideológico del Banco Mundial se habría atrevido a pronunciarlo: «el capitalismo ha seguido desarrollando sus fuerzas productivas todo a lo largo de su período de decadencia –y además a un ritmo rapidísimo– (...) las tasas más prodigiosas (sic) de crecimiento de la producción industrial se han verificado desde finales de los años 60 (...) La CCI habla también de desarrollo desigual en el espacio: ningún país recién llegado al mercado mundial puede, según su concepto de la decadencia, industrializarse y rivalizar con los antiguos (...) Y, sin embargo, Japón se ha convertido en la segunda potencia económica mundial; China se ha convertido rápidamente en gran potencia económica por cuenta propia; Corea del Sur, Taiwán, Singapur, etc. se han unido recientemente a las filas de los países industrializados (...) En 1962, el Pacífico occidental sólo pesaba 9 % en el PNB mundial; en 1982, su participación era de 15 % y a finales de siglo será, probablemente, 25% –proporción mayor que la de Europa occidental o América del Norte. Tal capitalización de Extremo Oriente, el ingreso en las filas del mundo industrializado de una región que antes de la IIª Guerra mundial era totalmente marginal desde el punto de vista industrial, no pueden sencillamente explicarse con el concepto de decadencia de la CCI». En el momento en que PI hacía elucubraciones sobre los horizontes radiantes del capitalismo, hacíamos nosotros el diagnóstico de su hundimiento en medio de sacudidas financieras cada vez más frecuentes y profundas, consecuencia del recurso constante al endeudamiento para repeler los efectos de la crisis en el tiempo ([1]). En esa misma ocasión analizábamos de manera histórica y profundizada la pretendida prosperidad del sureste asiático poniendo en solfa esas músicas celestiales que nos toca la burguesía sobre ese tema ([2]), partituras que ahora PI recoge y vuelve a tocar en tono mayor.
Sólo dos años han bastado para que los hechos den su veredicto: el Sureste asiático está en perfusión, el FMI ha tenido que movilizar toda su energía para imponer las medidas más drásticas nunca antes tomadas para intentar «sanear» una situación económica carcomida. Y para acompañar esas medidas que pueden desembocar en un desmoronamiento económico de amplitud, ha tenido que desbloquear el crédito más alto de toda su historia. En la otra punta del planeta, en los países occidentales desarrollados, sólo las manipulaciones al más alto nivel entre gobiernos y grandes instituciones financieras han podido limitar el desastre.
Al parecer a PI lo que le preocupa es llevarle la contraria a la CCI y no a la burguesía... a eso lleva el peor de los parasitismos: a hacerle el juego objetivamente al enemigo de clase, a propalar las mayores estupideces que producen los círculos de propaganda ideológica de la burguesía.
Con una regularidad de metrónomo, ese «grupo» nos hace entrega de ese tipo de, llamémosle, análisis que ganaría un premio en el concurso mundial de la sandez política. ¿De dónde le vienen sus lamentables pretensiones políticas? Recordemos aquí que los miembros de PI abandonaron la CCI en 1985 de una manera irresponsable, desertando el combate militante, arrastrados por rencores y recriminaciones personales ([3]). Desde entonces, acusan a nuestra organización de «traicionar su propia plataforma», de «degenerar al modo estalinista», de «despreciar la profundización de la teoría marxista». Su credo fue el de presentarse como los verdaderos defensores y continuadores de nuestra plataforma política con el propósito de ponerse seriamente a elaborar la teoría comunista, tareas que, según ellos, habríamos abandonado.
¿Qué es de todos esos propósitos hoy? PI, que pretendía defender con uñas y dientes la plataforma, ha acabado rechazándola, ¡intentando ahora elaborar una nueva...!, tarea emprendida desde hace varios años pero que parece estar muy por encima de sus fuerzas. Ha acabado yendo a buscar su «profundización teórica fundamental» en las elucubraciones sobre la «recomposición del proletariado» del «doctor en sociología» Alain Bihr, colaborador del Monde diplomatique y gran animador de la campaña antinegacionista con la que han intentado desprestigiar a la Izquierda comunista. También, usando un esquema de Marx que se aplicaba al siglo pasado antes del apogeo del modo de producción capitalista, PI «descubrió» que la Perestroika de Gorbachov se explicaba por el paso de la economía rusa de la «dominación formal» a la «dominación real» del capital. Este análisis «absolutamente crucial para explicar la evolución del mundo hoy», decía PI, no le impidió que necesitara dos años después de 1990 para comprender lo que todo el mundo sabía de sobra: que el bloque del Este había dejado de existir. Visiblemente preocupado por el brillo de su imagen de «crisol de la teoría», de «polo internacional de discusión por un marxismo vivo», PI ha emprendido la tarea de volver a definir el concepto marxista de decadencia del capitalismo. Puestos a redefinir, se ha dedicado más bien a liquidar la herencia teórica de los grupos de la Izquierda comunista y, en fin de cuentas, del marxismo. El capitalismo estaría, hoy, en su fase más dinámica y más próspera, en plena «tercera revolución tecnológica» (cuyos efectos habrían sido totalmente desdeñados por la CCI) que abriría la posibilidad, según PI, de un real desarrollo nacional burgués en la periferia ([4]). PI subraya las «capacidades de emergencia de burguesías locales periféricas capaces de industrializar y rivalizar con los antiguos países industriales».
En otras muchas cuestiones, PI no se queda atrás, pero resultaría un poco pesado hacer una lista exhaustiva. Vale, sin embargo, la pena poner de relieve otra de sus «hazañas teóricas» de la última década.
En el momento de la matraca ideológica más ensordecedora de las campañas burguesas tras el hundimiento de los regímenes estalinistas con la intención de identificar a Lenin con Stalin, a la Revolución rusa con el Gulag y el nazismo, PI aporta su ladrillito a ese montaje. En el editorial del nº 20 (verano de 1991), ilustrado por una cabeza de Lenin de la que salen cabecitas de Stalin, podía leerse lo siguiente: «Los revolucionarios (...) deben destruir sus propios iconos, las estatuas de los “jefes gloriosos” (...), deben abandonar la tendencia a considerar la revolución bolchevique como un modelo...». ¡Vaya contribución teórica fundamental de PI para desmontar las trampas de una campaña ideológica cuyo primer objetivo es desarraigar para siempre de la conciencia de la clase obrera toda su historia y su perspectiva histórica! (ver artículo en esta Revista). La constancia de PI en sus tomas de posición absurdas y nefastas para la toma de conciencia del proletariado, su insistencia en querer elaborar «teorías» tan incoherentes como pedantes se explican perfectamente por los orígenes y la naturaleza misma de ese grupo, auténtico producto concentrado del parasitismo político.
C. Mcl
[1] «Tormenta financiera, ¿la locura?», Revista internacional nº 81. «Resolución sobre la situación internacional», Revista internacional n º 82. «Una economía de casino», Revista internacional nº 87. «Resolución sobre la situación internacional», Revista internacional nº 90.
[2] «Los “dragones” asiáticos se agotan», Revista internacional nº 89.
[3] El lector podrá encontrar las posiciones de la CCI sobre PI (o «fracción externa de la CCI», según su antiguo nombre) en los nº 45, 64 y 70 de la Revista internacional.
[4] Lógicamente, PI debería abandonar pronto la posición de la Izquierda comunista, que es todavía la suya, sobre la imposibilidad de verdaderas luchas de liberación nacional.
Informe sobre la crisis económica del XIIº congreso de la CCI
Desde 1989, las proclamas de la burguesía sobre el final del comunismo no han cesado. Nos han dicho y repetido que el desmoronamiento de los regímenes «comunistas» es la prueba de la imposibilidad de crear una forma de sociedad superior al capitalismo. Se nos anima así a creer que las predicciones del marxismo sobre la desintegración inevitable de la economía capitalista son falsas y que sólo son justas para el marxismo mismo. En fin de cuentas, vienen a decir, la historia no ha sido testigo del hundimiento del capitalismo sino del socialismo.
Los marxistas deben combatir esas campañas ideológicas y es bueno recordar que esas cantinelas no son nuevas. Hace casi 100 años, los «revisionistas» en la IIª Internacional, deslumbrados por los éxitos de una sociedad burguesa en su apogeo, afirmaban que la teoría marxista de las crisis estaba caduca, negando así la necesidad de un derrocamiento revolucionario del capitalismo.
El ala izquierda de la socialdemocracia, con Rosa Luxemburg en primera línea, no tuvieron reparo en mantenerse en los «viejos» principios del marxismo y contestar a los revisionistas afirmando que el capitalismo no podía evitar la catástrofe; lo que ocurrió en las tres primeras décadas del siglo XX demostró, y de qué manera, la razón que tenía. La Guerra del 14-18 demostró la falsedad de las teorías sobre la posibilidad de un capitalismo que evolucionara pacíficamente hacia el socialismo; el período de reconstrucción de posguerra fue de corta duración y, esencialmente, sólo interesó a los Estados Unidos, dando poco tiempo a la burguesía para congratularse de los éxitos de su sistema. La crisis de 1929 y la profunda depresión mundial subsiguiente proporcionaron todavía menos bases a la burguesía para afirmar que las predicciones económicas de Marx eran falsas o, en el mejor de los casos, sólo válidas para el siglo XIX.
No ha ocurrido lo mismo en el período de reconstrucción de la segunda posguerra. Las tasas de crecimiento sin precedentes observadas durante este período permitieron el desarrollo de toda una industria, lo cual hizo que se pusieran de moda todas las teorías sobre el emburguesamiento de la clase obrera, la sociedad de consumo, el nacimiento de un nuevo capitalismo «organizado» y el fin definitivo de la tendencia del sistema a entrar en crisis. Una vez más se proclamó que el marxismo estaba superado con mayor aplomo todavía.
La crisis que se abrió a finales de los años 60 puso de relieve una vez más la vacuidad de esa propaganda. Pero no lo reveló de una manera evidente, de una manera que pudiera ser comprendida inmediatamente por la mayor parte de los proletarios. En efecto, el capitalismo, desde mediados de los años 30, y sobre todo desde 1945, se ha «organizado», en el sentido de que el poder del Estado ha tomado la responsabilidad de prevenir las tendencias al hundimiento. Y la formación de bloques imperialistas «permanentes» hizo posible el menagement (la gestión) del sistema a escala planetaria. Si ya las formas de organización capitalistas de Estado facilitaron el boom de la reconstrucción de posguerra, también permitieron cierto freno a la crisis, de tal modo que en lugar de asistir a un desmoronamiento espectacular como el de los años 30, lo que hemos podido observar, durante los treinta últimos años, es una caída irregular, puntuada con numerosas «recuperaciones» y «recesiones» que han servido para ir ocultando la trayectoria subyacente de la economía hacia la quiebra total.
Durante este último período, la burguesía ha utilizado a fondo la evolución lenta de la crisis para desarrollar toda una serie de «explicaciones» sobre las dificultades de la economía. En los años 70, las tensiones inflacionistas se explicaban por el alza de los precios del petróleo y por las reivindicaciones excesivas de la clase obrera. A principios de los 80, el triunfo del «monetarismo» y de las Reaganomics echó la culpa a los gastos de Estado excesivos por parte de los gobiernos de izquierda que habían dirigido en el período precedente. Al mismo tiempo, la izquierda pudo permitirse poner de relieve la explosión del desempleo que acarrearon las nuevas políticas, acusando a la mala gestión de Thatcher, Reagan y demás. Los dos argumentos se basaban en cierta realidad: la de un capitalismo que, en la medida en que pueda ser gestionado, sólo puede serlo por el aparato de Estado.
Lo que tanto unos como otros ocultaban es que la «gestión», el menagement, es fundamentalmente una gestión de crisis. El hecho es que prácticamente todos los «debates» económicos que nos ofrecía la clase dominante lo eran en torno al mismo tema: la gestión de la economía; o dicho en otras palabras, la realidad del capitalismo de Estado ha sido utilizada para ocultar la realidad de la crisis, puesto que la naturaleza incontrolable de la crisis no ha sido admitida nunca. Esa utilización ideológica del capitalismo de Estado conoció una nueva etapa en 1989 con el desmoronamiento del modelo estalinista de capitalismo de Estado, el cual, como ya lo hemos dicho nosotros, ha servido a la burguesía de «prueba» de que la principal crisis de la sociedad de hoy no sería la del capitalismo, sino la del... comunismo.
El desmoronamiento del estalinismo y las campañas sobre el «fin del marxismo» también han acarreado las más extravagantes promesas de una «nueva era de paz y de prosperidad» que, obligatoriamente, iba a abrirse. Los siete años transcurridos han dado al traste con todas esas promesas, empezando por las referentes a la «paz». Pero aunque en lo económico, los marxistas podemos poner en amplia evidencia que éstos han sido años de vacas flacas, no debemos subestimar la capacidad de la burguesía para ocultar, a la clase explotada, la naturaleza realmente catastrófica de la crisis, impidiéndole que desarrolle su conciencia de la necesidad de echar abajo el capitalismo.
Por eso, en el XIº congreso de la CCI, nuestra Resolución sobre la situación internacional tenía que empezar la parte sobre la crisis económica por una denuncia de las mentiras de la burguesía según las cuales se percibía ya el inicio de una recuperación económica, especialmente en los países anglosajones. Dos años más tarde, la burguesía sigue hablando de recuperación, aunque admita que hay muchas recaídas y excepciones. Queremos, pues, evitar aquí el error que a menudo cometen los revolucionarios (comprensible por el entusiasmo de ver el advenimiento de la crisis revolucionaria) de caer en una evaluación inmediatista de las perspectivas para el capitalismo mundial. Pero, al mismo tiempo, vamos a procurar utilizar las herramientas mejor afiladas de la teoría marxista para demostrar la vacuidad de las afirmaciones de la burguesía y subrayar la profundización significativa de la crisis histórica del sistema.
La Resolución sobre la situación internacional del XIº congreso de la CCI (abril de 1995) analizaba las razones de las tasas de crecimiento más altos en ciertos países:
«Los discursos oficiales sobre la “recuperación” prestan mucha atención a la evolución de los índices de la producción industrial o al restablecimiento de los beneficios de las empresas. Si efectivamente, en particular en los países anglosajones, hemos asistido recientemente a tales fenómenos, importa poner en evidencia las bases sobre las que se fundan:
– la recuperación de las ganancias resulta a menudo, particularmente para muchas de las grandes empresas, de beneficios especulativos; y tiene como contrapartida una nueva alza súbita de los déficits públicos; en fin, es consecuencia de que las empresas eliminan las “ramas muertas”, es decir, sus sectores menos productivos;
– el progreso de la producción industrial resulta en buena medida de un aumento muy importante de la productividad del trabajo basado en una utilización masiva de la automatización y de la informática.
Por estas razones, una de las características esenciales de la “recuperación” actual es que no ha sido capaz de crear empleos, de hacer retroceder el desempleo significativamente, ni el trabajo precario, que al contrario, se ha extendido más, puesto que el capital vela permanentemente por guardar las manos libres para poder tirar a la calle, en cualquier momento, la fuerza de trabajo excedentaria.» ([1])
La Resolución seguía insistiendo en «el endeudamiento dramático de los Estados, que durante los últimos años se ha disparado» y «si estuvieran [los Estados capitalistas] sometidos a las mismas leyes que las empresas privadas, ya se habrían declarado oficialmente en quiebra». El recurso al endeudamiento permite medir la quiebra real de la economía capitalista y anuncia convulsiones catastróficas de todo el aparato financiero. Ya tuvimos un aviso con la crisis del peso mexicano: México, considerado como un modelo de «crecimiento» del Tercer mundo, necesitó una operación de auxilio de 50 mil millones de dólares al iniciarse el hundimiento de su moneda, para impedir el desastre en los mercados monetarios del mundo. El episodio del peso no sólo puso de relieve la fragilidad de un crecimiento tan pregonado como el de las economías del Tercer mundo (y entre éstas es la de los «dragones» asiáticos la más elogiada), sino también la fragilidad de la economía mundial entera.
Un año más tarde, en abril de 1996, la Resolución sobre la situación internacional del XIIº congreso de Révolution internationale (RI) recordaba las perspectivas trazadas en el XIº congreso de la CCI para la economía mundial. Este congreso había previsto nuevas convulsiones financieras y un nuevo hundimiento en la recesión. La resolución del congreso de RI enumeraba los factores que confirmaban este análisis global: problemas dramáticos en el sector bancario y una caída espectacular del dólar en el plano financiero; y en cuanto a las tendencias hacia la recesión, las dificultades crecientes de los grandes modelos de crecimiento económico, Alemania y Japón. Esas indicaciones de la profundidad real de la crisis del capitalismo han sido todavía más significativas durante el año 1996.
En diciembre de 1996, Alan Greesnpan, director del Banco central estadounidense, al marcharse de una cena elegante no se le ocurrió otra cosa que hablar de «la exuberancia irracional» de los mercados financieros. Tomando eso como el mal presagio de un crash financiero, los inversores, en pleno pánico, se pusieron a vender por todas partes en el mundo, liquidándose miles de millones en acciones (25 mil millones sólo en Gran Bretaña) en una sola vez, una de las mayores bajas en las bolsas desde 1987. Los mercados financieros se recuperaron pronto de ese minicrash, pero ese episodio es muy significativo de la fragilidad de todo el sistema financiero. En efecto, Greenspan no dejaba de tener razón al hablar de irracionalidad. Los capitalistas mismos se dan cuenta de la absurdez de una situación en la que la Bolsa de Wall Steet tiende hoy a irse abajo en cuanto baja el desempleo, pues esto reaviva el miedo al «recalentamiento» de la economía y de nuevas tensiones inflacionistas. Los propios comentaristas burgueses son capaces de percibir el divorcio creciente entre las inversiones especulativas masivas realizadas en todos los mercados financieros del mundo y la actividad productiva real y, también, la venta y la compra «reales». Como ya decíamos en nuestro artículo «Una economía de casino» (Revista internacional nº87) escrito justo antes del mini-crash de diciembre del 96, el New York Stock Exchange ha festejado recientemente su centésimo aniversario anunciando que con un crecimiento de 620 % durante los 14 últimos años, había batido todos los récords anteriores, incluido el de la «exhuberancia irracional» que había precedido a la crisis de 1929. Varios expertos capitalistas acogieron con temor esa noticia: «Las cotizaciones de las empresas americanas ya no corresponden en nada a su valor real» decía Le Monde. «Cuanto más dure esta locura especulativa, más alto será el precio a pagar más tarde» decía el analista BM Bigss (citado también en las Revista internacional nº 87) El mismo artículo de esa Revista señalaba también que mientras que el mercado mundial anual ronda los 3 billones ([2]) de dólares, los movimientos internacionales de capitales se calculan en 100 billones, o sea 30 veces más. O sea, que hay un divorcio creciente entre los precios de las acciones en el mercado financiero y su valor real. Esto la burguesía lo sabe perfectamente y tan preocupada está que bastan cuatro alusiones de un gurú dirigente de la economía norteamericana para que cunda la desconfianza en los mercados financieros mundiales.
Lo que evidentemente nunca comprenderán los capitalistas es que la «locura especulativa» es precisamente un síntoma del callejón sin salida en que está metido el modo de producción capitalista. La inestabilidad subyacente del aparato financiero capitalista está basada en el hecho de que la actividad económica de hoy no es, en una gran parte, «realmente» retribuida sino que se mantiene gracias a una montaña de deudas cada vez mayor. Los engranajes de la industria, y por lo tanto de todas las ramas de la economía, funcionan gracias a unas deudas que no serán nunca reembolsadas. Recurrir al crédito ha sido un mecanismo fundamental no sólo de la reconstrucción de la posguerra, sino también de la «gestión» de la crisis económica desde los años 60. Es una droga que ha mantenido al enfermo capitalista en vida durante décadas, pero como también lo hemos dicho a menudo, la droga también lo está matando.
En una respuesta a los revisionistas en 1889, Rosa Luxemburg explicó con gran claridad por qué el recurrir al crédito, aunque parezca mejorar las cosas para el capital a corto plazo, no hace sino agudizar la crisis del sistema a largo plazo. Vale la pena citarla enteramente en ese punto, pues esclarece vivamente la situación a la que se enfrenta hoy el capitalismo:
«El crédito aparece como el medio para fundir en un solo capital gran cantidad de capitales privados –sociedades por acciones– y asegurar a un capitalista la disposición de capitales ajenos –crédito industrial. En calidad de crédito comercial, acelera el intercambio de mercancías y, por consiguiente, el reflujo del capital en la producción, o, dicho de otro modo, todo el ciclo del proceso de producción. Es fácil darse cuenta de la influencia que ejercen esas dos funciones principales del crédito en la gestación de las crisis. Si las crisis nacen, como se sabe, como consecuencia de la contradicción existente entre la capacidad de extensión de la producción y la capacidad de consumo restringida del mercado, el crédito es precisamente, según queda dicho arriba, el medio específico para que estalle esa contradicción tantas veces como sea posible. Ante todo, incrementa enormemente la capacidad de extensión de la producción y es la fuerza motriz interna que la empuja constantemente a superar los límites del mercado. Pero golpea por ambos lados. Tras haber provocado la sobreproducción, en tanto que factor del proceso de producción, con la misma seguridad destruye, durante la crisis, en tanto que factor del intercambio, las fuerzas productivas que han emergido gracias a él. Al primer síntoma de la crisis, el crédito se derrite, abandona el intercambio allí donde sería, al contrario, indispensable y aparece, donde todavía se ofrece, como algo inútil y sin efecto, reduciendo así al mínimo, durante la crisis, las capacidades de consumo del mercado.
Además de esos dos resultados principales, el crédito actúa también de otras formas en la gestación de las crisis. No sólo es el medio técnico para poner a disposición de un capitalista capitales ajenos, pero es para él al mismo tiempo, el estimulante para el uso atrevido y sin escrúpulos de la propiedad ajena y, por consiguiente, para aventuradas especulaciones. No sólo agrava la crisis, en su calidad de medio oculto de intercambio de mercancías, sino que además facilita su formación y extensión, transformando todo el intercambio en un mecanismo muy complejo y artificial, con un mínimo de dinero en metálico como base real, provocando así, a la menor ocasión, trastornos en ese mecanismo.
Y es así como el crédito, en lugar de ser un medio de supresión o de atenuación de las crisis, no es, al contrario, sino un medio muy poderoso de formación de las crisis. Y no puede ser de otra manera. La función específica del crédito consiste, de hecho, y hablando muy en general, en eliminar lo que queda de firme en todas las relaciones capitalistas, en introducir por todas partes la mayor elasticidad posible y hacer lo más extensibles, relativas y sensibles, a todas las fuerzas capitalistas. Es evidente que lo que hace es facilitar y agravar las crisis, que no son otra cosa sino el choque periódico entre las fuerzas contradictorias de la economía capitalista.» ([3])
En muchos aspectos, Rosa Luxemburg predijo las condiciones que hoy prevalecen: el crédito como factor que parece atenuar la crisis pero que en realidad la agrava; el crédito como base de la especulación; el crédito como base de una transformación del intercambio en un proceso «complejo y artificial» que se separa cada vez más de todo valor monetario real. Pero, aunque Luxemburg, en 1898, ya había planteado las bases de su explicación de la crisis histórica del sistema capitalista, era aquél un momento en el que sólo podían esbozarse los grandes rasgos de la decadencia del capitalismo. En el proceso de conquista de las últimas áreas no capitalistas del globo como espacio para la extensión del mercado mundial, el capitalismo funcionaba según sus propios «estatutos» internos y no se había vuelto irracional y absurdo como lo es hoy. Esto se aplica tanto al crédito como a cualquier otro ámbito. La «racionalidad» del crédito para el capital, es pedir prestado o prestar dinero pues servirá para ampliar la producción y extender el mercado. Mientras el mercado se puede extender, las deudas pueden devolverse. El crédito «tiene sentido» en un sistema con porvenir. En la época decadente del capitalismo, sin embargo, el mercado, desde un punto de vista global, ha alcanzado los límites de su capacidad para extenderse y el propio crédito se vuelve mercado. Y es así como, en lugar de ver que los capitales más grandes prestan a los más débiles con la idea de encontrar nuevos mercados, sacar ganacias y recuperar los préstamos con sus intereses, lo que se ve es a grandes capitales distribuyendo gigantescas masas de dinero a capitales más pequeños para poderles vender a éstos los propios productos de aquéllos. Así es como, grosso modo, Estados Unidos financió la reconstrucción de posguerra: el plan Marshall sirvió para que EEUU otorgara enormes préstamos a Europa y a Japón para que éstos pudieran convertirse en mercado para las mercancías norteamericanas. Y en cuanto las principales naciones industrializadas, sobre todo Alemania y Japón, se convirtieron en rivales económicos de EEUU, la crisis de sobreproducción volvió a surgir y se ha mantenido desde entonces.
Pero ahora, contrariamente a lo que ocurría en la época en que escribía Rosa Luxemburg, el crédito ya no desaparece en una crisis eliminando a los capitales más débiles, a la manera darwiniana, y reduciendo los precios en relación con la baja de la demanda. Al contrario, el crédito se ha convertido en el único mecanismo que mantiene al capitalismo fuera del agua. Así, actualmente, estamos en esta situación inédita en la que no sólo los grandes capitales prestan a los pequeños para que éstos puedan comprar a aquéllos sus mercancías, sino que los principales acreedores del mundo se han visto obligados a hacerse deudores. La situación actual de Japón lo demuestra a la perfección. Como decíamos en nuestro artículo «Una economía de casino»: «País excedentario en sus intercambios exteriores, Japón se ha convertido en banquero internacional con haberes exteriores de más de 1 billón de dólares. (...) Japón [es] la caja de ahorros del planeta ya que sólo él asegura el 50 % de la financiación de los países de la OCDE».
Pero en el mismo artículo hacíamos resaltar que Japón «es sin duda uno de los países más endeudados del planeta. En el presente, la deuda acumulada de los agentes no financieros (familias, empresas y Estado) se eleva a 260 % del PNB y alcanzará 400 % dentro de diez años». El déficit presupuestario de Japón se eleva al 7,6 % para 1995 cuando es de 2,8 % en EEUU. Para las instituciones bancarias mismas: «la economía japonesa ya debe enfrentarse a la montaña de 460 mil millones de $ de deudas insolventes» Todo eso ha llevado a los especialistas en análisis de riesgos (Moody’s) a colocar a Japón en la categoría D; o sea, que hay allí un riesgo financiero equiparable al de países como China, México o Brasil.
Si Japón es el acreedor del mundo ¿de dónde saca sus créditos?. Es un ovillo que ni el mejor samurai businessman japonés practicante del zen sería capaz de desenredar. Podríamos hacernos la misma pregunta respecto al capitalismo estadounidense, el cual también es, al mismo tiempo, banquero del planeta y deudor del globo, por mucho que sus gobernantes hayan echado las campanas al vuelo por la reducción del déficit USA (y así, en octubre del 96, el gobierno y la oposición se precipitaron para exigir créditos puesto que el déficit presupuestario de EEUU era el más bajo desde hacía 15 años, 1,8 % del PIB).
El hecho es que esta situación absurda demuestra que, a pesar de toda esa palabrería sobre las economías sanas y equilibradas que tanto les gusta usar a gobiernos y oposiciones, el capitalismo ya no puede seguir funcionando según sus propias leyes. Contra los economistas burgueses de su época, Marx escribía páginas enteras para demostrar que el capitalismo no puede crear un mercado ilimitado para sus propias mercancías; la reproducción ampliada de capital depende de la capacidad del sistema para extender constantemente el mercado más allá de sus fronteras. Rosa Luxemburg hizo resaltar las condiciones históricas concretas en las que esta extensión del mercado ya no podía verificarse, hundiendo así al sistema en un declive irreversible. Pero el capitalismo, en nuestros tiempos, ha aprendido a sobrevivir a su agonía mortal, haciendo sin el menor escrúpulo poco caso de sus propias reglas. ¿Que no quedan mercados?, pues vamos a crearlos aunque eso signifique quiebra, en el sentido estricto, para cada uno, incluidos los Estados más ricos del planeta. De esta manera, el capitalismo ha evitado, desde los años 60, el tipo de crash brutal, deflacionista que conoció en el siglo XIX y que fue también la forma de la crisis de 1929. En el período actual, las recesiones periódicas y los tropiezos financieros tienen la función de soltar un poco del vapor que el endeudamiento global produce en la olla del capitalismo. Pero también presagian explosiones mucho más serias en el futuro. El hundimiento del bloque del Este debería haber servido de aviso a la burguesía de todas partes; no se puede andar sorteando indefinidamente la ley del valor. Tarde o temprano, ésta se va a reinstalar por sí misma y cuanto más trampas se hayan hecho con ella, más destructora será su venganza. En este sentido, como lo subrayó Rosa Luxemburg: «El crédito no es ni mucho menos un medio de adaptación del capitalismo. Es, al contrario, un medio de destrucción con unos efectos de lo más revolucionario» (idem).
La Resolución del XIº congreso de la CCI era pues perfectamente correcta cuando hablaba de la perspectiva de una inestabilidad financiera creciente. ¿Hasta qué punto, sin embargo, se ha verificado la perspectiva de un nuevo hundimiento en la recesión? Antes de mirar este punto en detalle, debemos recordar aquí que hay un peligro en creerse a pies juntillas los análisis y la terminología de la burguesía. Es evidente que para la clase dominante no existe en absoluto una crisis irreversible de su modo de producción. Toda visión histórica amplia le es totalmente ajena y su visión de la economía, incluso cuando habla de «macroeconomía», es necesariamente inmediatista. Cuando habla de «crecimiento» o de «recesión» sólo usa los indicadores más superficiales y no se plantea problemas ni sobre las bases reales del crecimiento que constata ni sobre el significado real de los momentos que ella describe como recesiones. Como ya hemos podido subrayar anteriormente, los períodos de crecimiento son generalmente expresión de una recesión oculta y no contradicen en modo alguno la tendencia general de la economía capitalista a ir hacia un irremediable callejón sin salida. Para demostrar la existencia de la crisis, no es necesario mostrar que cada país en el mundo tiene una tasa de crecimiento negativa. Además, las estadísticas económicas de la burguesía poco nos informan sobre las consecuencias reales de la crisis sobre millones de seres humanos. El «Bilan du monde» de 1995 del diario francés le Monde nos dice, por ejemplo, que los países africanos alcanzaron tasas de crecimiento de 3,5 % en ese año y que se esperaba un nuevo aumento al año siguiente. Tales datos no sirven sino para ocultar que en amplios territorios del continente africano, la sociedad se ha desmoronado en medio de una aterradora pesadilla de guerras, enfermedades y hambres, lo cual es, todo ello, resultado de la crisis económica en los países «subdesarrollados» pero que nunca entran en las consideraciones de los expertos «económicos» de la burguesía pues son consecuencias históricas y no inmediatas.
En la situación actual, es tanto más importante no olvidarse de ese dato pues aparecen muchos factores, en apariencia contradictorios. La «recuperación» centrada en los países «anglosajones» se ha tambaleado un poco según las propias palabras de la burguesía, mientras que la mayoría de sus pitonisos siguen «serenamente optimistas» sobre las perspectivas de crecimiento. Por ejemplo, el Sunday Times del 29 de diciembre de 1996 hacía un repaso de las previsiones que hacen los peritos de EEUU sobre la economía estadounidense para 1997, basándose en los resultados de 1996: «Nuestro repaso de pronosticadores americanos empieza con los 50 mejores practicantes de este arte del Business Week. Como media, esos profetas esperan que 1997 sea una repetición de 1996. Se prevé que el producto interior bruto se incremente regularmente con la tasa anual de 2,1 % y que los precios de consumo aumenten 3 %... la tasa de desempleo se mantendrá baja, en 5,4 % y el tipo de interés a treinta años debería mantenerse cerca del nivel actual, 6,43 %». En efecto, el principal debate entre los economistas norteamericanos hoy es el de saber si la continuación del crecimiento no va a engendrar una inflación excesiva; es un tema que veremos más lejos.
La burguesía inglesa, o al menos su equipo gubernamental ([4]), ha cambiado su estilo por el de los americanos y, en lugar de ser prudentemente optimista, carga las tintas en cuanto se le presenta la ocasión. Según el canciller del Exchequer (ministro de Hacienda), la economía británica está «en su mejor forma para una generación». Hablando el 20 de diciembre del 96, citó los indicadores del servicio de Estadísticas nacionales que «prueban» que la renta real disponible se incrementó un 4,6 % en el año; los gastos de consumo aumentaron el 3,2 %; el crecimiento económico global alcanzó 2,4 % mientras que el déficit comercial disminuía. En el mismo mes, el desempleo oficial, en baja general desde 1992, pasó por debajo de dos millones por vez primera desde hacía 5 años. En enero del 97, diferentes organismos de previsión, como el Cambridge Econometrics y el Oxford Economic Forecasting preveían que 1997 sería un año más o menos parecido con tasas de crecimiento en torno al 3,3 %. En Gran Bretaña también, la preocupación de los expertos de la que más se habla es la posibilidad de «supercalentamiento» de la economía que podría provocar una subida de la inflación.
Como ya hemos visto, la CCI ya ha analizado las razones de los buenos resultados relativos de los países anglosajones en estos últimos años. Además de los factores citados en la resolución de nuestro XIº congreso, también subrayábamos que en el caso de Estados Unidos, «se debe a la brutalidad sin precedentes de los ataques contra los obreros que [la burguesía] explota (muchos se ven obligados a tener varios empleos para sobrevivir), y también a la aplicación de todos los medios que le da su estatuto de superpotencia, las presiones financieras, monetarias, diplomáticas y militares, al servicio de la guerra comercial que libra con sus competidores» ([5]). En el caso de Gran Bretaña, el informe del XIIº congreso de World Revolution (ver World Revolution nº 200) confirmó hasta qué punto esa «recuperación» está basada en la deuda, la especulación, la eliminación de las ramas muertas y el uso masivo de la automatización y de las tecnologías informáticas. Subraya también los avances específicos que Gran Bretaña ha obtenido al retirarse de la «serpiente monetaria europea» en 1992 y la devaluación de la libra que siguió, lo que incrementó sus exportaciones.
Pero el Informe detallaba también el empobrecimiento real de la clase obrera en el que se ha basado esa «recuperación» (incremento de la tasa de explotación, declive de los servicios sociales, aumento del número de personas sin techo, etc.) a la vez que dejaba en claro las mentiras de la burguesía sobre la baja del desempleo: desde 1979, la burguesía británica ha modificado los criterios de sus estadísticas de desempleo... 33 veces. La definición actual, por ejemplo, ignora a todos aquellos que se han vuelto «económicamente inactivos», o sea aquellos que han acabado abandonando toda idea de buscar trabajo. Este fraude ha sido reconocido incluso por el Banco de Inglaterra: «Casi todas las mejoras en los resultados referentes al paro en los años 90 en comparación con los años 80 se deben al incremento de la inactividad» ([6]). Y lo mismo para «los más altos niveles de vida desde hace una generación» cacareados por Mr. Clark.
Sin embargo, aunque una de las obligaciones de los marxistas siempre ha sido la de ser capaces de mostrar el coste real del crecimiento capitalista para la clase obrera, subrayar la miseria de los obreros no es suficiente en sí para demostrar que la economía capitalista se encuentra en mal estado. Si así fuera, el capitalismo no hubiera tenido nunca fase ascendente, puesto que la explotación de los obreros en el siglo XIX era, como todo el mundo sabe, una explotación sin límites. Para demostrar que las previsiones optimistas de la burguesía se asientan en la arena, debemos analizar las tendencias más profundas de la economía mundial. Para eso, debemos examinar aquellos países donde las dificultades económicas indican más claramente por dónde van las cosas. Como lo resaltaba la resolución del XIIº congreso de RI, la evolución más significativa a ese nivel, en los últimos años, ha sido el declive de las dos economías «locomotoras»: Alemania y Japón.
La última conferencia territorial de Welt Revolution (sección de la CCI en Alemania) ha identificado los factores que confirman ese declive en lo que respecta a Alemania. Son:
• El estrechamiento del mercado interno: durante décadas, la economía alemana ha sido un gran mercado para los europeos y la economía mundial. Con el empobrecimiento creciente de la clase obrera, ya no es lo mismo. En 1994, por ejemplo, el gasto por alimentación ha bajado entre 6 y 20 %. Más generalmente, las inversiones internas serán 8 % inferiores en este año de 1997; las inversiones en la construcción y bienes de equipo están a 30 % por debajo del «pico» de 1992. El movimiento de capitales real disminuyó en 2% en 1995. Pero lo más significativo es sin duda que el desempleo está hoy por encima de los 4 millones de parados. Según la Oficina de Trabajo de Alemania, podría alcanzar los 4,5 millones en los próximos meses. Es la demostración más clara de la pauperización de la clase obrera alemana y de su capacidad declinante para servir de mercado al capital alemán y mundial.
• El fardo creciente de la deuda: en 1995, el déficit del Estado (federal, länder y municipios) alcanzaba casi el billón y medio de DM; hay que añadir 529 000 millones de DM «ocultos», con una deuda que se acerca, por lo tanto, a 2 billones de marcos, que viene a ser el 57,6 % del PNB. En diez años, la deuda pública ha aumentado 162 %.
• El incremento del coste del mantenimiento de la clase obrera: el crecimiento del desempleo aumenta más todavía la insolvabilidad del Estado, enfrentado a una clase obrera que no está derrotada y que no puede dejar así como así que los parados se mueran de hambre. A pesar de todas las medidas de austeridad introducidas por el gobierno Kohl en 1996, el gobierno tiene todavía una cuenta enorme que pagar para indemnizar a los parados, a los jubilados, a los enfermos. Unos 150 mil millones de DM de un presupuesto federal de 448 mil millones son gastados en retribuciones sociales a la clase obrera. La Oficina Federal de Desempleo tiene un presupuesto de 105 mil millones de DM y ya está en quiebra virtual.
• El fracaso de la burguesía alemana en la construcción de un «paisaje industrial» en el Este: pese al inmenso gasto en los länder del Este después de la reunificación, la economía no ha despegado. Gran parte del dinero ha ido a las infraestructuras, telecomunicaciones y vivienda, pero poco a nuevas industrias. Al contrario, todas las fábricas antiguas, inadaptadas, han quebrado; y cuando las hay nuevas (se han instalado fábricas modernizadas), absorben menos del 10 % de la fuerza de trabajo. Siguen los batallones de desempleados, pero pueden «disfrutar» de telecomunicaciones sofisticadas y bonitas carreteras nuevas.
Todos esos factores son otras tantas trabas para la competitividad de Alemania en el mercado mundial, obligando a la burguesía a atacar de frente todos los aspectos de la vida de la clase obrera: salarios, ventajas sociales y empleos. El fin del «Estado social» alemán es también el fin de muchos mitos capitalistas: el de hacer creer que trabajar mucho y ser socialmente pasivo otorga a los obreros altos niveles de vida, el de la necesaria y provechosa colaboración entre patronos y obreros, en resumen, el fin del modelo alemán de prosperidad que pretendidamente iba a servir de modelo a los demás países. Pero también es el final de una realidad para el capital mundial: la capacidad de Alemania para servir de locomotora. Al contrario, es el declive mismo del capital alemán, y no la «recuperación» superficial de la que alardean las burguesías estadounidense y británica, lo que muestra la perspectiva real para el sistema entero.
El fin del «milagro» económico japonés es tan significativo. Ya se hizo visible a principios de los 90 cuando las tasas de crecimiento –que habían subido hasta el 10 % en los años 60– se desmoronaron hasta no superar el 1 %. Japón está ahora «oficialmente» en recesión. Hubo una ligera mejora en 1995 y 96, lo que llevó a a algunos comentaristas a agitarse con entusiasmo sobre las perspectivas para el año 97: un artículo en The Observer de enero del 96, subrayaba los resultados «imposibles de parar» de la exportación japonesa (un crecimiento de 10 % en 1994 que significaba que Japón había superado a EEUU como mayor exportador mundial de bienes manufacturados). Anunciaba con confianza que «Japón estaba de nuevo en el puesto de mando de la economía mundial».
Nuestro reciente artículo «Una economía de casino» enfriaba esas esperanzas. Ya hemos mencionado la montaña de deudas que pesa sobre la economía japonesa. El artículo proseguía insistiendo en que: «Todo esto relativiza mucho el anuncio hecho en Japón de un leve despertar del crecimiento tras cuatro años de estancamiento. Noticia sin duda calmante para los media de la burguesía, pero lo único que de verdad pone de relieve es la gravedad de la crisis, ya que ese difícil despertar sólo se ha conseguido gracias a la inyección de dosis masivas de liquidez financiera en la aplicación de nada menos que cinco planes sucesivos de relanzamiento. Esta expansión presupuestaria, en la más pura tradición keynesiana, ha acabado por dar algún fruto..., pero a costa de déficits todavía más colosales que los que habían provocado la entrada de Japón en una fase de recesión. Esto explica por qué la “recuperación” actual es de lo más frágil y acabará deshinchándose como un globo.»
El último informe de la OCDE sobre Japón (2 de enero de 1997) confirma plenamente ese análisis. Aunque el informe prevé un alza de las tasas de crecimiento para 1997 (en torno a 1,7 %), también insiste en la necesidad de enfrentar de cara la cuestión de la deuda: «La conclusión del informe es que, ahora que el estímulo fiscal del último año y medio ha sido crucial para compensar el impacto de la recesión, Japón debe, a medio plazo, controlar su déficit presupuestario para reducir la deuda acumulada por el gobierno. Esta deuda representa el 90 % del rendimiento anual de la economía» ([7]). La OCDE exige un aumento de los impuestos para las ventas, pero sobre todo reducciones drásticas del gasto público. Expone abiertamente su preocupación sobre la salud económica de Japón a más largo plazo. En resumen, ese «club de cerebros» dirigentes de la burguesía deja de lado el lenguaje diplomático y no oculta la fragilidad de toda «recuperación» japonesa, inquietándose sin rodeos al comprobar que esa economía se hundirá en problemas todavía más graves en el futuro.
Cuando los problemas son los de países como Alemania y Japón, las inquietudes de la burguesía se justifican. Fue, ante todo, la reconstrucción de esas economías destruidas por las guerras lo que sirvió de estimulante del gran boom de los años 50 y 60; fue el final de la reconstrucción en esos dos países lo que provocó el retorno de la crisis abierta de sobreproducción a finales de los años 60. Hoy, el fracaso cada vez más patente de esas dos economías representa un encogimiento significativo del mercado mundial y es el signo de que la economía global entra tambaleándose en una nueva etapa de su ocaso histórico.
Decepcionada por las dificultades de Japón, la burguesía y sus medios han intentado crear nuevas y tan falsas esperanzas haciendo resaltar las hazañas de los «dragones» del Sureste asiático, o sea las economías de países como Tailandia, Indonesia y Corea del Sur, cuyas tasas de crecimiento vertiginosas se ponen de ejemplo emblemático, así como la China futura, presentada como país que alcanzará el estatuto de «superpotencia económica» en lugar de Japón.
El problema es que, como en los anteriores «éxitos» de algunos países del Tercer mundo como Brasil o México, el crecimiento de los dragones asiáticos es un globo hinchado por la deuda que puede estallar en cualquier momento. Los grandes inversores occidentales lo saben: «Entre las razones que a los países industriales más ricos les han vuelto tan preocupados por duplicar la línea de créditos de socorro del FMI hasta 850 mil millones, está el temor a una nueva crisis de estilo mexicano, esta vez en el Sureste asiático. El desarrollo de las economías en el Pacífico ha favorecido un flujo enorme de capital en el sector privado que ha sustituido el ahorro interno, llevando a una situación financiera inestable. El problema es saber qué dragón de Asia será primero en caer.
La situación en Tailandia empieza a ser ya dudosa. El ministro de Finanzas, Bodi Chunnananda, ha dimitido mientras los inversores perdían confianza y la demanda en los sectores clave, incluida la construcción, los bienes raíces y la finanza, símbolos todos ellos de una economía de «burbuja», se reducía. Del mismo modo, cierta incertidumbre se ha centrado en Indonesia, pues la estabilidad del régimen de Suharto y su no respeto de los derechos humanos se han vuelto problemáticos». ([8])
Lo más llamativo es la situación económica y social en Corea del Sur. La burguesía, ahí, inspirándose en sus colegas europeas, ha metido a los obreros en una maniobra a gran escala: en diciembre de 1996, decenas de miles de obreros se pusieron en huelga contra las nuevas leyes laborales, presentadas, sobre todo, como un ataque contra la democracia y los derechos sindicales, lo cual permitió a los sindicatos y a los partidos de oposición desviar a los trabajadores de su propio terreno. Sin embargo, tras el ataque provocador del gobierno, hay una respuesta real a la crisis a la que se enfrenta la economía de Corea del Sur: el aspecto central de esta ley es que a las empresas les facilita los despidos de obreros y la imposición de horarios laborales; y ha sido claramente entendido por los obreros como una preparación para otros ataques contra sus condiciones de vida.
En cuanto a que China estaría convirtiéndose en una nueva potencia generadora de crecimiento económico, eso es, más que nunca, una farsa siniestra. Es verdad que la capacidad de adaptación y de supervivencia del régimen capitalista de tipo estalinista de ese país es notable, cuando otros regímenes del mismo tipo se han desmoronado por completo. No será, sin embargo, el grado de liberalización económica, ni de «apertura al oeste», ni la explotación de nuevas salidas mercantiles abiertas por la cesión de Hong Kong, lo que va a transformar las bases de la economía china, una economía atrasada sin remedio, en la industria, en la agricultura y en los transportes, abotargada por el lastre crónico, como en todos los regímenes estalinianos, de una burocracia hipertrofiada y del sector militar. Como en otros regímenes desestalinizados, la liberalización ha hecho que China realice hazañas de tipo occidental tales como... el desempleo masivo. El 14 de octubre del 96, el China Daily, diario a sueldo del gobierno, admitía que el número de desempleados podría aumentar en más de la mitad de la cantidad actual hasta alcanzar los 258 millones en 4 años. Con millones de emigrantes del campo que inundan las ciudades, con las empresas estatales en quiebra que procuran desesperadamente quitarse de encima el «excedente» de mano de obra, a la burguesía china le inquieta la posibilidad de una explosión social. Según cifras oficiales, el 43 % de empresas estatales perdieron dinero en 1995 y en el primer trimestre de 1996, el sector estatal entero funcionaba con pérdidas. Cientos de miles, cuando no millones de obreros en las empresas del Estado no han sido pagados desde hace meses ([9]).
Es cierto que la proporción creciente de la renta industrial de China procede de empresas privadas o mixtas, pero por más dinámicos que sean esos sectores, mal podrán compensar el enorme peso de la bancarrota del sector directamente estatal.
Cada vez que se desmorona un mito, amenazando con desvelar la quiebra de todo el sistema capitalista, la burguesía saca otros nuevos. Hace años eran los milagros alemán y japonés; después, tras el descalabro del bloque del Este, nos anunciaron radiantes futuros gracias a los «nuevos mercados» en Europa del Este y en Rusia. En cuanto se cayeron esos mitos ([10]), se pusieron a alabar a los «dragones» del Sureste asiático y a China. Hoy, esos nuevos reyezuelos de la finanza aparecen desnudos. Puede que ahora la nueva gran esperanza de la economía mundial sean las «performances» de la libra esterlina en el Reino Unido, vaya usted a saber. Al fin y al cabo, ¿no fue ese país el laboratorio del mundo capitalista en el siglo pasado? ¿No será capaz hoy el león británico de volver a empezarlo todo desde el principio? Todo podría valer cuando ya no sólo se trata de la quiebra del capitalismo mundial sino también de los mitos con los que es ocultada.
1. Una guerra comercial más agudizada
Otro mito que sirve para dar la idea de un capitalismo repleto de vitalidad todavía, es la fábula de la globalización o mundialización. En el artículo «Tras la “globalización” de la economía, la agravación de la crisis del capitalismo» (Revista internacional nº 86) demostrábamos, para atacar algunas confusiones que afectan incluso al medio revolucionario, que la globalización, a pesar de los bonitos discursos de la burguesía, no es, en absoluto, una nueva fase en la vida del capitalismo, una era de «libertad de comercio» en la que el Estado nacional tendría cada vez menos papel que desempeñar. Al contrario, la ideología de la globalización (haciendo abstracción de su interés para agitar la cuestión del nacionalismo en la clase obrera) es, en realidad, una tapadera para una guerra comercial que se ahonda. Dábamos en ese artículo el ejemplo de la nueva Organización mundial del comercio (OMC) para mostrar cómo las economías más poderosas –Estados Unidos especialmente– utilizan esa institución para imponer niveles de vida y de bienestar que las economías más débiles no podrán alcanzar nunca, desventajándolas así como rivales económicos potenciales. El encuentro ministerial de diciembre de 1996 de la OMC siguió por el mismo camino. Los países más desarrollados sembraron la división entre los más débiles para sabotear un plan de acceso sin aranceles a los mercados occidentales a algunos países de entre los más pobres. Los estadounidenses hicieron concesiones sobre aranceles para el güisqui y otros licores para así realizar algo más lucrativo: la apertura de los mercados europeos y asiáticos a los productos de la tecnología de la información. Es una prueba patente de que la «mundialización», la nueva «libertad de comercio» quieren decir, sobre todo, «libertad» para el capital americano de penetrar en los mercados mundiales sin el inconveniente de que sus competidores más débiles protejan sus propios mercados con aranceles. Nuestro artículo de la Revista subrayaba ya que era una «libertad» de dirección única: «el mismísimo Clinton que consiguió en 1995 que Japón abriera sus fronteras a los productos americanos, que no se cansa de pedir a sus “socios” la “libertad de comercio”, dio ejemplo estrenando su mandato con la subida de aranceles en aviones, acero y productos agrícolas y limitando la adquisición de productos extranjeros a las agencias estatales».
Ya hemos puesto de relieve que la capacidad de EEUU para hacerse respetar a escala internacional ha sido un factor de la mayor importancia en la fuerza relativa de la economía norteamericana en los últimos años. Pero esto también esclarece otra característica de la situación actual: la relación cada vez más estrecha entre guerra comercial y competición interimperialista.
Evidentemente, esa relación es producto a la vez de las condiciones generales de la decadencia, en la que la competencia económica está cada vez más subordinada a las rivalidades militares y estratégicas y de las condiciones específicas que prevalecen desde la desaparición del viejo sistema de bloques. La época de los bloques ponía de relieve la subordinación de las rivalidades económicas a las rivalidades militares, puesto que las dos superpotencias no eran los rivales económicos principales. En cambio, las oposiciones imperialistas que se han abierto a partir de 1989 corresponden más exactamente a las rivalidades económicas directas. Sin embargo, las consideraciones estratégico-imperialistas siguen predominando. En realidad es la guerra comercial la que ha aparecido, cada día más, como un instrumento de aquéllas.
Eso ha quedado claro con la ley Helms-Burton dictada por Estados Unidos. Esta ley hace una incursión sin precedentes en los «derechos comerciales» de los principales rivales imperialistas y económicos de EEUU, prohibiéndoles comerciar con Cuba so pena de sanciones. Es una clara respuesta provocadora de EEUU a las potencias europeas que han lanzado un reto a su hegemonía mundial, no sólo en los países «lejanos» como los Balcanes u Oriente Próximo sino incluso en el «patio trasero» estadounidense, América Latina con Cuba incluida.
Las potencias europeas no se han quedado de brazos cruzados frente a esa provocación. La Unión Europea ha denunciado a EEUU ante el tribunal de la nueva Organización Mundial del Comercio (OMC) en Ginebra, exigiendo la retirada de la ley Helms-Burton. Esto confirma lo que decíamos en nuestro artículo sobre la globalización, que la formación de conglomerados comerciales regionales como la Unión Europea «obedece a una necesidad para grupos de naciones capitalistas de crear zonas protegidas desde las cuales hacer frente a los rivales más poderosos» ([11]). La Unión Europea es pues un instrumento de la guerra comercial y los avances actuales hacia una moneda única europea deben comprenderse en función de esa guerra. Pero no sólo tiene una función puramente «económica». Como hemos visto durante la guerra en Yugoslavia, puede servir de instrumento más directo de enfrentamiento interimperialista.
Naturalmente, la propia Unión Europea está corroída por divisiones nacional-imperialistas profundas, como lo han demostrado recientemente los desacuerdos entre Alemania y Francia por un lado y Gran Bretaña por otro, sobre la moneda única. En un contexto general de fuerzas centrífugas, las rivalidades tanto comerciales como imperialistas será cada día más caóticas, agravándose la inestabilidad de la economía mundial. Y como cada nación está obligada a proteger su capital nacional se acentuará así la contracción del mercado mundial.
2. Inflación y depresión
Sea cual sea el hilo del que quiere tirar la burguesía, el capitalismo mundial está al borde de caer en grandes convulsiones económicas, a una escala sin comparación posible con lo que hemos visto en los últimos treinta años. Esto es seguro. Lo único que no puede estar tan claro para los revolucionarios es ni el plazo exacto de esas convulsiones (no nos vamos a poner aquí en plan de adivinos) ni la forma precisa que tendrán.
Tras la experiencia de los años 70, la burguesía ha presentado la inflación como el monstruo que había que aniquilar a toda costa: las políticas masivas de desindustrialización y los recortes en el gasto público defendidos por Thatcher, Reagan y demás monetaristas se basaban en el argumento de que la inflación era el peligro número uno para la economía. A principios de los años 90, la inflación, al menos en los principales países industriales, parecía haber sido domada, hasta el punto de que algunos economistas empezaron a hablar de victoria histórica sobre la inflación. Podemos preguntarnos si, en realidad, no estamos asistiendo al retorno, al menos en parte, de una crisis de tipo deflacionista como así ocurrió a principios de los años 30: una crisis clásica de sobreproducción en la que los precios se desploman a causa de la contracción brutal de la demanda.
Hay que notar, por cierto, que esa tendencia empezó a invertirse después de 1936, cuando el Estado intervino masivamente en la economía: el despliegue de la economía de guerra y la estimulación de la demanda por los gastos de gobierno hicieron aparecer tensiones inflacionistas. Ese cambio fue todavía más patente cuando la crisis abierta a finales de los 60. La primera respuesta de la burguesía fue la de seguir con las políticas «keynesianas» de las décadas anteriores. Eso dio el resultado de aminorar el ritmo de la crisis pero también el de alcanzar niveles de inflación muy peligrosos.
El monetarismo se presentó como alternativa radical al keynesianismo, como un volver a los valores seguros del capitalismo, es decir, gastar sólo lo que realmente se ha obtenido, «vivir según lo que se tiene», etc. Se pretendía desmantelar un aparato de Estado hipertrofiado e incluso algunos revolucionarios se dejaron camelar y hablaron de «demolición» del capitalismo de Estado. En realidad, el capitalismo no puede volver a las formas y a los métodos de su juventud. El capitalismo senil ya sólo puede sostenerse con las muletas de un aparato de Estado hipertrofiado; y aunque los thatcherianos hicieron cortes y recortes en algunos sectores, especialmente en los que tenían algo que ver con el salario social, apenas si tocaron, en cambio, a la economía de guerra, a la burocracia o al aparato represivo. Es más, la tendencia a la desindustrialización ha hecho crecer el peso de los sectores improductivos en la economía considerada como un todo. En resumen, las «nuevas políticas» de la burguesía no han sido capaces de eliminar los factores subyacentes de las tendencias inflacionistas del capitalismo decadente a causa de la necesidad de mantener un enorme sector improductivo.
Otro factor, del que hemos hablado, de la mayor importancia en esa ecuación es la dependencia cada vez mayor del sistema respecto al crédito. El altísimo nivel alcanzado por el endeudamiento de los gobiernos demuestra lo incapaz que es la burguesía de romper con las políticas «keynesianas» del pasado. En realidad, es la falta de mercados solventes lo que hace que a la burguesía, sea cual sea el barniz ideológico de sus equipos en el gobierno, le sea necesaria la creación de un mercado artificial. Hoy, la deuda se ha convertido en el principal mercado artificial para el capitalismo, pero, en un principio, las medidas propuestas por Keynes llevaban todo recto a esa situación.
Con esa idea en la mente, algunos de los más recientes discursos de la burguesía se esclarecen. Da la impresión de que su confianza en la «victoria histórica» contra la inflación no sea tan radical, pues en cuanto ha percibido el menor signo de retorno al crecimiento en países como Gran Bretaña o EEUU, empieza a hablar del peligro de tensión inflacionista. Los economistas tienen opiniones diferentes sobre las causas: los hay favorables a la tesis de la inflación por los costes, con una insistencia especial en el peligro que representan las reivindicaciones salariales irrealistas. La idea es que si los obreros dejan de tenerle miedo al paro y se dan cuenta de las ganancias realizadas, se van a poner a exigir más dinero y eso acarreará inflación. La otra tesis es que la inflación viene «arrastrada por la demanda»: si la economía crece demasiado deprisa, la demanda va a superar la oferta y los precios se van a incrementar. No vamos a repetir aquí los argumentos que hemos desarrollado hace 25 años contra esas teorías ([12]). Lo que diremos es que el verdadero peligro del «crecimiento» que llevaría a la inflación estriba en otra cosa: en que todo crecimiento, toda pretendida recuperación se basa en un incremento considerable de la deuda, en un estímulo artificial de la demanda, o sea, en capital ficticio. Esa es la matriz que engendra la inflación, pues expresa una tendencia profunda en el capitalismo decadente: el divorcio creciente entre dinero y valor, entre lo que ocurre en el mundo «real» de la producción de bienes y un proceso de intercambio que se ha convertido en «un mecanismo tan complejo y artificial» que la propia Rosa Luxemburg se quedaría estupefacta si pudiera verlo.
Si queremos observar un modelo de desplome de una economía que había puesto patas arriba la ley del valor, o sea el hundimiento de una economía capitalista de Estado, fijémonos en lo que está ocurriendo en los países del antiguo bloque del Este. Lo que vemos es no sólo el desplome de la producción a una escala mucho mayor que durante la crisis de 1929, sino también una tendencia a una inflación incontrolable y a la gansterización de la economía. ¿Será esa la forma que tomará en el Oeste?.
CCI
[1] Revista internacional, no 82.
[2] Un billón es un millón de millones.
[3] Rosa Luxemburg, Reforma o Revolución.
[4] Cuando se redactó este Informe gobernaba el partido conservador de Primer ministro Major.
[5] «Resolución sobre la Situación internacional del XIIº congreso de la CCI», Revista internacional nº 86.
[6] Financial Times, 12/09/96.
[7] The Guardian, 03/01/97.
[8] The Guardian, 16/10/96.
[9] The Economist, 14-20/12/96.
[10] Sobre el estado catastrófico de esos países, ver el artículo en la Revista internacional nº 88.
[11] Revista internacional nº 86.
[12] Ver al respecto: «Sobreproducción e inflación», en World Revolution nº 2 y Révolution internationale nº 6, diciembre de 1973.
Las falsificaciones contra la Revolución de 1917
Continuando los 8 años de la campaña de propaganda intensiva dedicada a la pretendida «muerte del comunismo», la burguesía mundial ha respondido al 80 aniversario de la revolución de Octubre con una exhibición de indiferencia y desinterés por los acontecimientos revolucionarios de aquel entonces. En muchos países, incluida la propia Rusia, ese aniversario fue tratado en los telediarios como un asunto de segunda o tercera categoría. Al día siguiente, los comentarios de la prensa subrayaban que la Revolución rusa había perdido relevancia en el mundo actual, interesando únicamente a los historiadores. Y los movimientos de protesta obrera que se estaban produciendo por las mismas fechas proporcionaron a los medios la ocasión de poner de manifiesto con notoria satisfacción que ahora «la lucha de clases se había liberado de las confusiones ideológicas y de la persecución de peligrosos ideales utópicos» ([1]).
En realidad, esa indiferencia aparente por la revolución proletaria, la cual sólo tendría interés para la «ciencia histórica» burguesa «desapasionada» es una nueva etapa cualitativamente superior en el ataque capitalista contra Octubre. Con la excusa de estudiar los resultados de las investigaciones de sus historiadores, la clase dominante ha lanzado, a través de «un debate público», una nueva campaña a escala mundial contra los «crímenes del comunismo». Este «debate» no solo culpa a los bolcheviques y a la propia Revolución rusa de los crímenes de la contrarrevolución capitalista del estalinismo, sino que les echa también la culpa, de forma indirecta, de los crímenes del nazismo dado que «el grado y las técnicas de violencia masiva fueron inaugurados por los bolcheviques y (…) los nazis se inspiraron en su ejemplo» ([2]). Para los historiadores burgueses, el crimen fundamental de la Revolución rusa fue la sustitución de la «democracia» por una ideología «totalitaria» que condujo a la exterminación sistemática del «enemigo de clase». El nazismo, nos dicen, apareció inspirándose en esta tradición no democrática de la Revolución rusa; lo único que hizo fue sustituir la «guerra de clases» por la «guerra de razas». La lección que extrae la burguesía de la barbarie de su propio sistema decadente es que la «democracia», precisamente porque no es un sistema perfecto, porque permitiría el juego de la «libertad individual», sería la más adecuada a la naturaleza humana y, por consiguiente, cualquier intento de desafiarla conduciría bien a Auschwitz bien al Gulag.
Desde 1989, el ataque burgués contra el comunismo y la Revolución rusa se fue desarrollado aprovechando el impacto del desplome de los regímenes estalinistas del Este y presentando dicho derrumbe como el hundimiento del comunismo. La burguesía no necesitaba encontrar argumentos históricos en defensa de sus mentiras. Hoy, el impacto de esas campañas ideológicas se vio progresivamente erosionado por el fiasco de la
pretendida victoria del «estilo occidental de capitalismo y democracia» desmentidos cotidianamente por el declive económico y la masiva pauperización tanto en el Oriente como en Occidente. Aunque la combatividad y sobre todo la conciencia del proletariado se vio negativamente afectada por los hechos y la propaganda en torno a la caída del muro del Berlín, la clase obrera no se adhirió masivamente a la defensa de la democracia burguesa, recuperando lentamente el camino de sus luchas y la combatividad contra los ataques capitalistas. Dentro de minorías politizadas en el proletariado renace un nuevo interés por la historia de la clase obrera en general y particularmente por la Revolución rusa y la lucha de las corrientes marxistas contra la degeneración de la Internacional en particular. Aunque la burguesía tiene la situación social inmediata relativamente controlada, su ansiedad e inquietud ante el progresivo colapso de su economía y la realidad de que el proletariado conserva intacto su potencial de combatividad y de reflexión le obligan a intensificar sus maniobras y sus ataques ideológicos contra su enemigo de clase. Esa es la razón por la que la burguesía ha montado maniobras como la huelga del sector público en diciembre de 1995 en Francia o la huelga de UPS (principal compañía privada de correos) en Estados Unidos en 1997 con el objeto específico de reforzar el control del aparato sindical. Esa es la razón, igualmente, por la cual la clase dominante ha respondido al 80º aniversario de la Revolución rusa con una riada de libros y artículos dedicados a falsificar la historia y a desprestigiar la lucha del proletariado.
Esas contribuciones no se han quedado encerradas en las universidades; muy al contrario, se han convertido en objeto de una intenso «debate» público y de intensas «controversias» con el propósito de destruir la memoria histórica de la clase obrera. En Francia, el Livre noir du communisme, que asimila las víctimas de la Guerra civil posrevolucionaria (impuesta al proletariado por la invasión de Rusia por los Ejércitos blancos contrarrevolucionarios) a las provocadas por la contrarrevolución estalinista (una contrarrevolución capitalista sufrida por el proletariado y el campesinado), en una lista indiferenciada de 100 millones de «víctimas de «crímenes del comunismo» ¡llegó a ser debatido incluso en la Asamblea nacional!. Junto a las tradicionales calumnias contra la Revolución rusa, tales como reducirla a un «golpe de Estado bolchevique», ese Livre noir ha sido utilizado para lanzar una calumnia cualitativamente nueva con un ruidoso debate, al plantear por primera vez, para ser sistemáticamente debatido, si el «comunismo» sería peor incluso que el fascismo. Los coautores de este libro pseudocientífico, en la mayoría de los casos antiguos estalinistas, exhiben ruidosamente el desacuerdo entre ellos en la respuesta a esa «pregunta». En las páginas de Le Monde ([3]) el arriba mencionado Courtois, acusa a Lenin de crímenes contra la humanidad declarando: «el genocidio de clase es lo mismo que el genocidio de raza: la muerte por hambre de los niños de los kulaks ucranianos deliberadamente abandonados al hambre por el régimen estalinista es igual a la muerte de niños judíos abandonados a la muerte en el gueto de Varsovia por el régimen nazi». Algunos de sus colaboradores, por otra parte, pero también el Primer ministro francés Jospin, consideran que Courtois ha ido demasiado lejos al poner en cuestión la «singularidad» de los crímenes nazis. En el parlamento Jospin defendió el «honor del comunismo» (identificado con el honor de sus colegas ministeriales del PCF estalinista) arguyendo que aunque el «comunismo» hubiera asesinado más gente que el fascismo, fue sin embargo menos demoníaco porque estaba motivado por «buenas intenciones». La controversia internacional provocada por este libro –desde la cuestión sobre si sus autores no han exagerado el número de víctimas para alcanzar la «cifra redonda» de 100 millones, hasta la difícil cuestión ética de si Lenin fue más demonio que Hitler– ha servido en su conjunto para desprestigiar la revolución de Octubre, el hito más importante en el camino hacia la liberación del proletariado y de la humanidad. Las protestas, en Europa, de los veteranos estalinistas de la resistencia contra Alemania en la IIª Guerra mundial no tienen otro objetivo que el de servir a la mentira según la cual la Revolución rusa fue responsable de los crímenes de su mortal enemigo: el estalinismo. Tanto el «radical» Courtois como el «razonable» Jospin, como el conjunto de la burguesía, comparten las mismas mentiras capitalistas que son la base del Livre noir. Estas incluyen la mentira, constantemente afirmada sin la menor prueba, según la cual Lenin fue el responsable del terror estalinista y la mistificación según la cual la «democracia» sería la única «salvaguarda» frente a la barbarie. En realidad toda esa exhibición masiva de pluralismo democrático de opiniones y de indignación humanitaria solo sirven para ocultar la verdad histórica que evidencia que todos los grandes crímenes de esta centuria comparten la misma naturaleza de clase burguesa, no solo los perpetrados por el estalinismo y nazismo sino también los cometidos por la democracia, desde Hiroshima y el bombardeo de Dresde ([4]) o el haber condenado a una cuarta parte de la población mundial al hambre por el capitalismo «liberal» decadente. De hecho, el debate moralista sobre cuál de los crímenes del capitalismo es más condenable es en sí mismo tan bestial como hipócrita. Todos los participantes de este pseudodebate pretenden demostrar lo mismo: todo intento de abolir el capitalismo, todo desafío a la democracia burguesa, por muy idealista o bienintencionado que sea en su origen, no lleva más que un terror sangriento.
Sin embargo, en realidad, las raíces del más grande y más largo reinado del terror en la historia y de la «paradójica tragedia» del comunismo, residirían, según Jospin o el historiador y canciller doctor Helmut Kohl, en la visión utópica de la revolución mundial del bolchevismo en el periodo original de la revolución de Octubre. La prensa burguesa alemana ha acogido el Livre noir defendiendo el carácter responsable del antifascismo estalinista contra el «loco marxismo utópico» de la revolución de Octubre del 17. Esta «locura» consistiría en intentar superar la contradicción capitalista entre trabajo asociado a escala internacional en un único mercado mundial y la competencia mortal entre Estados nacionales burgueses por el producto de este trabajo: ése sería el «pecado original del marxismo» que violaría la «naturaleza humana» en cuya defensa tanta energía pondría la burguesía.
Mientras que en el período de la guerra fría muchos historiadores occidentales negaban la continuidad entre el estalinismo y la revolución de Octubre del 17, para así evitar que su rival oriental se aprovechara del prestigio de ese gran acontecimiento, hoy el blanco de todos sus odios ya no es el estalinismo sino el propio bolchevismo. Ahora que la amenaza de la rivalidad imperialista de la URSS ha desaparecido para siempre, no ocurre lo mismo con la amenaza de la revolución proletaria. Contra esa amenaza los historiadores burgueses dirigen hoy todas sus iras echando mano de las viejas mentiras producidas por el pánico que estremeció a la burguesía durante la Revolución rusa tales como que «los bolcheviques eran agentes pagados por los alemanes» y que Octubre fue un «golpe de Estado bolchevique». Estas mentiras propaladas en aquella época por los seguidores de Kautsky ([5]) se basaban en explotar la censura impuesta por la prensa burguesa sobre lo que realmente estaba ocurriendo en Rusia. Hoy, con más evidencias documentales a su disposición, esos prostituidos a sueldo de la burguesía arrojan las mismas calumnias que las del Terror blanco. Estas mentiras son propaladas actualmente no sólo por los enemigos declarados de la Revolución rusa sino también por sus pretendidos defensores. En el nº 5 de Anales sobre el comunismo editado por el historiador estalinista Hermann Weber y dedicado a la revolución de Octubre ([6]) la vieja idea menchevique según la cual la revolución fue prematura es resucitada por Moshe Lewin, quien acaba de descubrir que, en 1917, Rusia no estaba madura para el socialismo ni tampoco para la democracia burguesa dado el atraso del capitalismo ruso. Esta explicación alegando el atraso y la barbarie del bolchevismo es también servida en el nuevo libro A people's tragedy (Una tragedia del pueblo) del historiador Orlando Figes el cual ha creado un furor burgués en Gran Bretaña. En él se afirma que Octubre fue básicamente la obra de un hombre perverso y un acto dictatorial del partido bolchevique bajo la dictadura personal del «tirano» Lenin y de su acólito Trotski: «lo más notable en la insurrección bolchevique es que casi ninguno de los líderes bolcheviques deseaba que ocurriera unas horas antes de su comienzo» (pag. 481). Figes «descubre» que la base social de este golpe de Estado no fue la clase obrera sino el lumpen. Tras unas observaciones preliminares sobre el bajo nivel de educación de los delegados bolcheviques de los soviets (cuyos conocimientos sobre la revolución no habían sido evidentemente adquiridos en Cambridge u Oxford), Figes concluye: «fue más bien el resultado de la degeneración de la revolución urbana, y particularmente del movimiento obrero como una fuerza organizada y constructiva, con vandalismo, crimen, violencia generalizada y orgía de saqueos como principales expresiones de este estallido social (…) Los participantes en esta violencia destructiva no fue la clase obrera organizada sino las víctimas del estallido de dicha clase y de la devastación de años de guerra: el creciente ejército de desempleados; los refugiados de las regiones ocupadas, soldados y marineros que se congregaban en las ciudades; bandidos y criminales liberados de las cárceles y los jornaleros analfabetos procedentes del campo que habían sido siempre los más proclives a los disturbios y a la violencia anárquica en las ciudades. Eran los tipos semi campesinos a los que Gorki había culpado de la violencia urbana acontecida en la primavera y cuyo apoyo había atribuido a la creciente fortuna de los bolcheviques» (pag. 495). ¡Así es como la burguesía «rehabilita» a la clase obrera, lavándola de la acusación de haber tenido una historia revolucionaria!. ¡Se necesita cara dura para ignorar los hechos incontrovertibles que prueban que Octubre fue la obra de millones de trabajadores revolucionarios organizados en consejos obreros, los famosos Soviets!. Es evidentemente contra la lucha de hoy y de mañana contra la que están apuntando las falsificaciones de la burguesía.
Hoy más que nunca los líderes de la Revolución de octubre son objeto de los mayores odios y denigraciones por parte de la clase dominante. Muchos de los libros y artículos aparecidos recientemente son sobre todo requisitorios contra Lenin y Trotski. El historiador alemán Helmut Altricher, por ejemplo, empieza su libro Russland 1917 con las siguientes palabras: «En el comienzo Lenin no estaba allí». Su libro que pretende demostrar que los autores de la historia no son líderes sino las masas plantea una «apasionada defensa» de la iniciativa autónoma de los trabajadores rusos hasta que, desgraciadamente, cayeron seducidos por las «sugestivas» consignas de Lenin y Trotski que arrojaron la democracia a lo que éstos «escandalosamente» llamaban el basurero de la historia.
Aunque la última gran lucha de la vida de Lenin fue contra Stalin y la capa social de burócratas que apoyaban a éste, llamando a su revocación en su famoso Testamento, se han llenado miles de páginas para probar que Lenin designó como «sucesor» a Stalin. Particularmente fuerte es la insistencia sobre la actitud «antidemocrática». Aunque el movimiento trotskista se unió a las filas burguesas con la IIª Guerra mundial, la figura histórica de Trotski es, en cambio, particularmente peligrosa para la burguesía. Trotski simboliza como pocos el mayor «escándalo» en la historia humana: que una clase explotada expulse del poder a la clase dominante (en octubre de 1917) y que intente extender su dominio por el mundo entero (fundación de la Internacional comunista) y organice la defensa militar del nuevo poder (el Ejército rojo durante la guerra civil), y que, encima, inicie la lucha marxista contra la contrarrevolución burguesa del estalinismo: son hechos que los explotadores temen por encima de todo y quieren erradicar a toda costa de la memoria colectiva de la clase obrera: el que el proletariado arrancara el poder a la clase burguesa y se convirtiera en la clase dominante en Octubre 1917; que el marxismo fuera el detonante de la lucha proletaria contra la contrarrevolución estalinista, apoyada por toda la burguesía mundial.
Fue gracias a los esfuerzos combinados de la burguesía occidental y de la contrarrevolución estalinista si la revolución alemana acabó siendo derrotada en 1923 y el proletariado aplastado en 1933. Fue gracias a aquellos si pudieron ser derrotadas la huelga general de 1926 en Gran Bretaña, la clase obrera china durante 1926-27 o la clase obrera española en 1936. La burguesía mundial apoyó la destrucción estalinista de todos los vestigios de la dominación del proletariado en Rusia y su aniquilación de la Internacional comunista. La burguesía actual esconde que los 100 millones de víctimas del estalinismo, la aterradora cifra compilada en la salsa de la obra capitalista el Livre noir du communisme, son crímenes de la burguesía, de la contrarrevolución capitalista de la que el estalinismo es parte íntegra y que los verdaderos comunistas internacionalistas fueron las primeras víctimas de esa barbarie.
Los intelectuales demócratas burgueses que se han puesto ahora en cabeza del ataque contra Octubre, además de servirles para trepar en su carrera y aumentar sus ingresos, tienen un interés específico en imponer una histórica tabla rasa. Tienen el mayor interés en ocultar el servilismo despreciable de los intelectuales burgueses que se pusieron a los pies de Stalin en los años 30. Y no sólo fueron escritores estalinistas como Gorki, Feuchtwanger o Brecht ([7]), sino toda la crema de historiadores burgueses demócratas y moralistas desde Webb al pacifista Romain Rolland quienes deificaron a Stalin defendiendo con uñas y dientes los procesos de Moscú y propiciando la caza del hombre contra Trotski ([8]).
La falsificación contra la historia revolucionaria de la clase obrera es en realidad un ataque contra su lucha de clase actual. Al tratar de demoler el objetivo histórico del movimiento de la clase, la burguesía declara la guerra al movimiento de clase mismo. «Pero como quiera que el objetivo final es precisamente lo único concreto que establece diferencias entre el movimiento socialdemócrata, por un lado, y la democracia burguesa y el radicalismo burgués, por otro; y como ello es lo que hace que todo el movimiento obrero, de una cómoda tarea de remendón encaminada a la salvación del orden capitalista, se convierta en una lucha de clases contra este orden, por la anulación de este orden» ([9]).
En su momento, la separación propiciada por Bernstein entre objetivo y el movimiento de la lucha de la clase obrera a finales del siglo pasado fue el primer intento a gran escala para liquidar el carácter revolucionario de la lucha de clase proletaria.
En la historia de la relación de fuerzas entre burguesía y proletariado, los periodos de crecimiento de la lucha y de desarrollo de la conciencia de clase han sido siempre períodos de difícil pero auténtica clarificación respecto al objetivo final del movimiento; mientras que los periodos de derrota llevan al abandono de dicho objetivo por la mayoría de las masas.
La época actual iniciada en 1968, se ha caracterizado, desde el principio, por el surgimiento de debates sobre el objetivo final de la lucha proletaria. La oleada de luchas internacional abierta por mayo-junio de 1968 en Francia se caracterizó por un cuestionamiento, por parte de una nueva generación de trabajadores que no había conocido la derrota ni la guerra, tanto del aparato de izquierdas del capital (sindicatos y partidos de «izquierda») como de la definición burguesa de socialismo ofrecida por estos aparatos. El final de 50 años de contrarrevolución estalinista se vio inevitable y necesariamente marcada por la aparición de una nueva generación de minorías revolucionarias.
La campaña de propaganda actual contra el comunismo y contra la revolución de Octubre, lejos de ser una cuestión académica constituye un tema central en la lucha de clases de nuestra época. Por ello requiere la respuesta más decidida de las minorías revolucionarias, de la Izquierda comunista en todo el mundo. Esta cuestión es aún más importante actualmente dado el proceso de descomposición del capitalismo. Este período de descomposición está determinado por encima de todo por el hecho de que desde 1968 ninguna de las clases decisivas de la sociedad ha sido capaz de dar un paso decisivo hacia su objetivo histórico: la burguesía hacia la guerra, el proletariado hacia la revolución. El resultado más importante de este empate histórico, que ha abierto una fase de horrorosa putrefacción del sistema capitalista, ha sido el desmoronamiento del bloque imperialista del Este gobernado por el estalinismo. Este acontecimiento ha proporcionado a la burguesía argumentos inesperados para desprestigiar la perspectiva de la revolución comunista calumniosamente identificada con el estalinismo.
En 1980, en el contexto de un desarrollo internacional de la combatividad y la conciencia iniciado en las filas del proletariado del Oeste, la huelga de masas en Polonia abrió la perspectiva de que el proletariado pudiera enfrentarse al estalinismo, destruyendo este obstáculo que entorpecía la perspectiva clasista de una revolución comunista. En lugar de ello, el hundimiento, en 1989, de los regímenes estalinistas en la descomposición ha entorpecido la memoria histórica y la perspectiva de combate de la clase, erosionando su confianza en sí misma, debilitando su capacidad para organizar su propia lucha hacia auténticas confrontaciones con los órganos controladores de izquierda del capital, limitando el impacto inmediato de la intervención de los revolucionarios en las luchas.
Ese retroceso ha hecho el camino hacia la revolución mucho más largo y más difícil que ya lo era de por sí.
Sin embargo, la ruta hacia la revolución sigue abierta. La burguesía no ha sido capaz de movilizar a la clase obrera tras objetivos capitalistas como lo hizo en los años 30. El hecho mismo de que tras 8 años celebrando la «muerte del comunismo», la burguesía se vea obligada a intensificar su campaña ideológica y a hacer más directo el ataque contra la revolución de Octubre, es una muestra de ello. La oleada de publicaciones sobre la Revolución rusa, aunque tiene como fin esencial la mistificación de los trabajadores, también expresa una advertencia de los ideólogos de la burguesía hacia su propia clase. Una advertencia para que no vuelva a subestimar nunca más a su enemigo de clase.
El capitalismo se está aproximando hoy, inexorablemente, a la crisis económica y social más grande de su historia –y de toda la historia de la humanidad en realidad– y la clase obrera sigue sin estar derrotada. ¡No es casualidad si esas eruditas publicaciones están repletas de advertencias!: «¡Nunca se debe permitir a la clase obrera dejarse llevar por tan peligrosas utopías revolucionarias!», vienen a decir.
El impacto ideológico de las calumnias y de las mentiras contra la revolución proletaria es importante, pero no decisivo. Tras décadas de silencio la burguesía se ve obligada a atacar la historia del movimiento marxista y, por consiguiente, a admitir su existencia. Hoy los ataques no se limitan a la Revolución rusa y los bolcheviques, a Lenin y Trotski, sino que se extienden a la Izquierda comunista. La burguesía está obligada a atacar a los internacionalistas que optaron, en la IIª Guerra mundial, por el derrotismo revolucionario como Lenin durante la Primera. La acusación a los internacionalistas de hacer una apología del fascismo es una mentira tan monstruosa como las que se han arrojado sobre la Revolución rusa ([10]). El actual interés que ha surgido por la Izquierda comunista concierne solo a una pequeña minoría de la clase. Pero el bolchevismo, ese espectro que sigue recorriendo Europa y el mundo, ¿no fue acaso, durante años, más que una ínfima minoría de la clase?
El proletariado es una clase histórica dotada de una conciencia histórica. Su carácter revolucionario no es temporal, como sucedió con la burguesía revolucionaria frente al feudalismo, sino que nace del lugar decisivo que ocupa en el modo de producción capitalista. Décadas de lucha, de reflexión dentro de la clase obrera, nos respaldan. Sin embargo, necesitaremos años de tortuoso pero auténtico desarrollo de la cultura política del proletariado. En el avance de sus luchas contra los crecientes ataques a sus condiciones materiales de vida cada vez más insoportables, la clase obrera se verá obligada a confrontarse con la herencia de su propia historia y a reapropiarse la verdadera teoría marxista.
La ofensiva de la burguesía contra la Revolución rusa y el comunismo va a hacer ese proceso más largo y más difícil. Pero al mismo tiempo hace que ese trabajo de reapropiación sea más importante, más obligatorio para los sectores más avanzados de la clase.
La perspectiva abierta por Octubre 1917, la de la revolución proletaria mundial, no está muerta ni mucho menos. Esto es lo que motiva las campañas actuales de la burguesía.
Kr
[1] Declaración de los medios de comunicación alemanes sobre una manifestación de 150000 personas en Praga contra los salvajes ataques antiproletarios del gobierno de Klaus, nacido de la «revolución de terciopelo» checa de 1989.
[2] Stephane Courtois en Le Monde 9-10/11/97.
[3] Ídem.
[4] Ver «Hiroshima y Nagasaki o las mentiras de la burguesía», Revista internacional nº 83 y «Las matanzas y los crímenes de las «grandes democracias», Revista internacional nº 66.
[5] Los principales argumentos de Lenin (El renegado Kautsky) y de Trotski (Terrorismo y comunismo) contra Kautsky conservan toda su actualidad y su validez frente a la campaña burguesa de hoy.
[6] Jahrbuck für Historische Komunismusforsvhung 1997.
[7] Brecht, que entonces simpatizaba en secreto con Trotski, escribió su Galileo Galilei para justificar su propia cobardía para oponerse a Stalin. El martirio de Giordano Bruno, quien, contrariamente a Galileo, se niega a retractarse frente a la Inquisición, simboliza para Brecht la pretendida futilidad de la resistencia de Trotski.
[8] El caso del filósofo americano Dewey, quien presidió el tribunal de honor que juzgó el caso de Trotski, en lugar de redimir la vergüenza de los intelectuales demócratas burgueses de hoy, la hace, al contrario, más despreciable. Al ser capaz de juzgar y defender públicamente el honor de un revolucionario, Dewey demostró un mayor respeto y una mayor comprensión hacia el comportamiento proletario que las campañas pretendidamente objetivas, y en realidad histéricas, de la pequeña burguesía de hoy contra la defensa por la CCI del mismo principio del tribunal de honor. De hecho, con su protesta «antileninista», a los pies del anticomunismo de la burguesía occidental «triunfante» hoy, el envilecimiento de la intelligentsia pequeño burguesa ha alcanzado nuevas profundidades.
[9] Rosa Luxemburgo, Reforma o Revolución.
[10] Ver «Campañas contra el negacionismo», «El antifascismo justifica la barbarie» y «La corresponsabilidad de los aliados y de los nazis en el holocausto», Revista internacional nº 88 y 89.
Conferencias de Moscú
Tras el desmoronamiento de los regímenes estalinistas en Europa del Este, se constituyó un «Comité para el estudio del legado de León Trotski» que ha celebrado algunas conferencias en Rusia sobre diferentes aspectos del trabajo de este gran marxista revolucionario. Estudiando sus contribuciones llega a verse claro que el propio Trotski no fue ni el único, ni siquiera el más resuelto representante de la Oposición de Izquierdas «trotskista», sino que existieron otras corrientes de oposición, tanto dentro como fuera de Rusia, situadas mucho más a la izquierda que el propio Trotski. Entre estas destaca, sobre todo, otra corriente diferente dentro de la lucha proletaria contra el estalinismo: la Izquierda comunista, cuyos representantes siguen existiendo hoy.
A petición de miembros rusos del citado Comité, nuestra organización, la Corriente comunista internacional, fue invitada a participar en la conferencia celebrada en Moscú en 1996 destinada a analizar el libro de Trotski La Revolución traicionada. La CCI propuso entonces que también se invitara a otros grupos de la Izquierda comunista, pero éstos o bien no pudieron acudir –como le sucedió al Buró internacional por el partido revolucionario (BIPR)– o bien se negaron a hacerlo, como fue el caso de los «bordiguistas», debido a su arraigado sectarismo. Sin embargo la nuestra no fue la única expresión proletaria en esa Conferencia, como se demuestra en el texto que publicamos más lejos en este mismo número de la Revista Internacional, que fue presentado por un miembro ruso del Comité organizador de la Conferencia y en el que critica la negativa de Trotski a reconocer el carácter capitalista de la Rusia estalinista ([1]).
Un año más tarde, además, la presencia de grupos de la Izquierda comunista en la Conferencia de 1997 dedicada esta vez a Trotski y la revolución de O