La burguesía mundial contra la revolución de octubre (I)

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Como cabía esperar, los portavoces de la burguesía no permanecieron insensibles al centenario de la revolución de Octubre de 1917. Como en cada década, las mentiras y el desprecio han inspirado los artículos de periódicos, documentales y entrevistas de televisión que se han ido sucediendo durante varias semanas. Sin mucha originalidad, intelectuales y académicos nos han contado la historia de un golpe de Estado llevado a cabo por un puñado de hombres al servicio de un líder neurótico, ávido de poder y motivado por la venganza personal[1]. Así, la lucha por una sociedad sin clases sociales y sin explotación del hombre por el hombre no habría sido más que el taparrabos de una maniobra deliberadamente totalitaria que tendría su origen en el propio pensamiento de Marx.[2]

Sería inútil buscar una apariencia de honradez en estos perros guardianes de la democracia y del modo de producción capitalista. Pero si el destino de tal acontecimiento debería ser acabar en los archivos de la historia, ¿por qué tratar de deformarlo cada diez años con tanta presunción? ¿Por qué la burguesía está tan empeñada en denigrar uno de los episodios más valiosos de la historia de la lucha del proletariado? A diferencia del discurso que puede transmitir en sus medios de comunicación, la burguesía sabe demasiado bien que la clase que a punto estuvo de echar abajo su mundo hace cien años todavía existe. También sabe que su mundo está aún más enfermo que en 1917. Y su supervivencia depende de su capacidad de usar las armas de que dispone con inteligencia y sin contemplaciones y así evitar un nuevo octubre mediante el que podría alcanzarse, esta vez, el objetivo histórico de la clase obrera.

Muy rápidamente, la burguesía comprendió el peligro que la revolución en Rusia podía representar para el orden social mundial. Así, después de haber mandado a mutuo degüello a sus poblaciones durante cuatro años, las principales potencias de entonces hicieron causa común para frenar la oleada proletaria que amenazaba con propagarse por una sociedad que ya no tenía nada que ofrecer a la humanidad… sino la guerra.

A contracorriente de la historia "oficial" según la cual la semilla de la revolución de Octubre 1917 contenía ya su degeneración, este artículo quiere poner de relieve que el aislamiento del proletariado ruso debe ante todo atribuirse a la coordinación de los gobiernos burgueses para asumir esa guerra de clases cuyo resultado acabó siendo decisivo para el curso de la historia. También demostrará que, desde 1917 hasta hoy, las diferentes fracciones de la clase dominante han usado todas las armas a su disposición para, primero, obstruir y reprimir la Revolución, luego para engañar y denigrar su memoria y sus lecciones.

La provocación de las Jornadas de Julio

En junio de 1917, ante la continuación de la guerra y el programa imperialista del gobierno provisional, el proletariado reaccionó con energía. Durante la gran manifestación del 18 de junio en Petrogrado, las consignas internacionalistas de los bolcheviques fueron mayoritarias por primera vez. Al mismo tiempo, la ofensiva militar rusa terminó en fiasco cuando el ejército alemán rompió el frente en varios lugares. La noticia del fracaso de la ofensiva llegó a la capital y reavivó la llama revolucionaria. Para hacer frente a una situación tan tensa, surgió, en los medios del poder, la idea de provocar una revuelta prematura en Petrogrado, aprovechándola para aplastar a obreros y bolcheviques y luego culpar al proletariado de la capital por el fracaso de la ofensiva militar, pues "habrían apuñalado por la espalda" a quienes estaban en el frente. Para ello, la burguesía provoca varios incidentes para incitar a los trabajadores a rebelarse en la capital. La renuncia de cuatro ministros del gobierno del partido Kadete (KD) y la presión de la Entente (la alianza de los futuros vencedores de la Primera Guerra Mundial) sobre el Gobierno Provisional empujaron a mencheviques y eseristas (Partido Social-Revolucionario, o SR) a integrar el gobierno burgués[3]. Lo único que tal cosa logró fue relanzar las demandas del poder inmediato para los sóviets. Además, la amenaza de enviar al frente a los regimientos de la capital aumentó el descontento de los soldados que emprendieron un levantamiento armado contra el gobierno provisional. La manifestación del 3 de julio podría haber sido catastrófica para el resto de la revolución si el partido bolchevique no hubiera logrado calmar el fervor de las masas oponiéndose a que se enfrentaran prematuramente a las tropas del gobierno. En aquellos días cruciales, el partido supo mantenerse fiel al proletariado apartándolo de la trampa tendida por la burguesía. Pero esas provocaciones fueron poco en comparación con la represión y la campaña de calumnias que les cayó encima a los bolcheviques en los días siguientes. Al igual que hoy, los bolcheviques se vieron tildados de las peores acusaciones… que si agentes alemanes a sueldo del Káiser, que si francotiradores disparando a las tropas que entraban en Petrogrado y así. Todo valía para denigrar al partido ante los trabajadores de la capital. Sólo mediante el despliegue de una enorme energía y discernimiento político pudieron los bolcheviques defender su honor. Si ya los “Días de Julio” revelaron el papel indispensable del partido, también permitieron revelar la verdadera naturaleza de mencheviques y eseristas. De hecho, su apoyo al gobierno burgués en aquellos días cruciales[4] fue la causa del descrédito de éstos entre las masas. Así, como escribió Lenin, "empieza una nueva fase. La victoria de la contrarrevolución desencadena la decepción de las masas hacia los partidos socialista-revolucionario y menchevique, y abre el camino para que aquéllas se unan a la política que apoya al proletariado"[5].

La burguesía trata de atajar la revolución proletaria

En una entrevista con el periodista y militante socialista John Reed, poco antes de la toma del Palacio de Invierno, Rodzianko, el llamado Rockefeller ruso dijo que "la Revolución es una enfermedad. Tarde o temprano, las potencias extranjeras tendrán que intervenir, como se intervendría para curar a un niño enfermo y enseñarle a caminar.”[6]

Tal intervención no tardó en llegar. Muy rápidamente, los diplomáticos de las grandes potencias burguesas intentaron llegar a un acuerdo con la burguesía rusa para resolver las cosas lo antes posible. Para el jefe del Servicio de Inteligencia británico en Rusia, Sir Samuel Hoare, la mejor solución seguía siendo la de implantar una dictadura militar. La Unión de Oficiales del Ejército y de la Armada propuso la misma solución. Como dijo el ministro de Cultos, Kartashev, miembro del partido Kadete: “Aquel que no tema ser cruel y brutal tomará el poder en sus manos[7]

El intento de golpe de Estado de Kornilov[8] en agosto de 1917 contó de inmediato con el apoyo de Londres y París. Y el fracaso de ese primer intento contrarrevolucionario no desalentó ni mucho menos a la burguesía mundial. A partir de entonces, para los aliados, se trataba de detener la creciente influencia de los bolcheviques en las filas del proletariado ruso. El 3 de noviembre se celebró una conferencia militar secreta de militares aliados en Rusia en la oficina del director de la Cruz Roja, el coronel Thompson. Frente al "peligro bolchevique", el general norteamericano Knox propuso ni más ni menos que capturar a los bolcheviques y fusilarlos a todos[9].

Pero el 7 de noviembre, el Comité Militar Revolucionario se apodera del Palacio de Invierno, entregando el poder al sóviet de Petrogrado. Para la burguesía mundial, ahora, la intervención militar es más que nunca la única opción. Más aún cuando el eco de la revolución está resonando por toda Europa.

De entrada, el IIº Congreso de los Sóviets adopta el decreto de paz que proponía a todos los beligerantes una paz inmediata sin anexiones. Pero ese llamamiento no obtuvo la menor respuesta por parte de las potencias aliadas que deseaban prolongar el conflicto en espera de la ayuda estadounidense. Para los Imperios Centrales (Alemania y Austria), la liberación del frente oriental les permitió reorganizarse antes de que Estados Unidos entrara en guerra. El 22 de noviembre se firmó una tregua de tres semanas en Brest-Litovsk con el estado mayor austriaco y alemán. El 9 de diciembre se inician las negociaciones entre las dos partes. Pero ese mismo día, la batalla de Rostov del Don entre guardias rojos y ejércitos blancos sonó el comienzo de la guerra civil.[10] Tras la toma del poder, se levantaba ahora, ante el proletariado ruso, la prueba más dura. Mientras se esperaba que la revolución se extendiera al resto de Europa, era necesario estar preparado para enfrentar a las fuerzas contrarrevolucionarias desde dentro, bien apoyadas por las grandes potencias.

El comienzo de la guerra civil y el cerco a la revolución

La contrarrevolución se organizó realmente en los días posteriores a las elecciones a la Asamblea Constituyente, marcadas por una mayoría hostil al gobierno soviético. A finales de noviembre, los generales Alexéyev, Kornilov y Denikin y el cosaco Kaledin formaron el ejército de voluntarios en el sur de Rusia. Inicialmente, estaba integrado por unos 300 oficiales. Este ejército fue la primera expresión de la reacción militar de la burguesía rusa. Para su financiación, "la plutocracia de Rostov del Don recaudó seis millones y medio de rublos, la de Novocherkask unos dos millones". Compuesto por oficiales a favor de la restauración de la monarquía, contenía "en germen un carácter de clase", como dijo el general ruso Denikin.[11]

El gobierno soviético no podía permitir que el ejército contrarrevolucionario se estructurara sin reaccionar. La revolución necesitaba fortalecerse militarmente. El 28 de enero de 1918, el Consejo de Comisarios del Pueblo adoptó un decreto para transformar a la Guardia Roja[12] en un Ejército Rojo Obrero y Campesino formado por "los elementos más conscientes y mejor organizados de la clase obrera". Sin embargo, la organización de ese ejército fue siempre una tarea difícil. En ausencia de un encuadramiento comunista competente, Trotski reclutó en el cuerpo de oficiales del ejército zarista. A principios de 1918, la relación de fuerzas no era muy favorable a la Rusia soviética. Alemania y Austria-Hungría se aprovecharon de la desintegración del ejército y su desmovilización el 30 de enero para poner fin al armisticio firmado unas semanas antes. En un radiograma publicado el 19 de febrero en Pravda, el Consejo de Comisarios del Pueblo protestó "por la ofensiva lanzada por el gobierno alemán contra la República Soviética de Rusia, que había proclamado el fin del estado de guerra y comenzado a desmovilizar el ejército en todos los frentes. El gobierno obrero y campesino ruso no podía ni mucho menos suponer semejante actitud, ya que el armisticio no ha sido denunciado por ninguna de las partes firmantes, ni directa ni indirectamente, ni el 10 de febrero, ni en ningún otro momento, como así estaban obligadas ambas partes por el acuerdo del 2 de diciembre de 1917.[13]

De hecho, Alemania adujo el pretexto de la independencia de Ucrania para pasar a la ofensiva con el consentimiento de la Rada, el parlamento burgués ucraniano. A ello le siguió una desbandada de la Guardia Roja, narrada en particular por el bolchevique Primakov:

"La retirada de la Guardia Roja fue como un gran éxodo. Casi cien mil guardias rojos, acompañados de sus familias, abandonaron Ucrania. Varias decenas de miles más se dispersaron por pueblos, aldeas, bosques y barrancos de Ucrania. (...) La pesada carga de la guerra, la violencia de las tropas de ocupación, la arrogancia de los mandos alemanes, la insolencia de los haidamak, la venganza sangrienta de los grandes terratenientes, la traición de la Rada Central, el saqueo abierto del país no hicieron más que inflamar el odio popular. Al gobierno de la Rada Central ya no se le llamaba sino gobierno de la Traición"[14].

En este contexto tan difícil se produjeron los primeros reclutamientos masivos del Ejército Rojo, a la vez que la cuestión de la paz era cada vez más apremiante para la supervivencia de la revolución.

La paz de Brest-Litovsk y la ofensiva militar de la burguesía

Si en un principio, para ganar tiempo, la República de los Sóviets adoptó la estrategia de "ni guerra ni paz", el retraso de la revolución europea hizo inevitable la firma de la paz, a pesar de las vergonzosas condiciones impuestas por los Imperios Centrales que amputaron a Rusia de gran parte de su territorio. Sabemos que el tema de la paz causó ásperos debates dentro del partido bolchevique y de los eseristas de izquierda. Aunque no es este artículo el lugar para tratar este tema, podemos decir que, con la perspectiva temporal, la posición de Lenin, aceptada en el VII Congreso del Partido, resultó ser la más apropiada para la situación.[15]  

En las semanas y meses siguientes, la República de los Sóviets se ve asediada por todos los lados. Los ejércitos blancos se estructuran en diferentes partes del país. Procedente de Samara, la legión checoslovaca creada por las potencias de la Entente[16] sembró el terror a lo largo del ferrocarril transiberiano en las principales ciudades, lo que facilitó los levantamientos. Más tarde, los angloamericanos desembarcaron en Múrmansk, los Blancos ocuparon el suroeste de Rusia, los alemanes y los austríacos entraron en la región del Don, las tropas japonesas desembarcaron en Vladivostok...

A principios del verano de 1918, la situación de la República de los Soviets se había vuelto muy preocupante. El 29 de julio, Lenin escribe: “Múrmansk en el Norte, el frente checoslovaco en el Este, Turquestán, Bakú y Astracán en el Sureste, vemos que casi todos los eslabones de la cadena forjada por el imperialismo anglo-francés se han unido unos a otros”.

Se ve perfectamente que el pacto de las potencias de la Entente fue decisivo para la organización de la contrarrevolución. Un detalle que nuestros buenos demócratas prefieren evitar. A principios de 1919, unos 25 000 soldados británicos, franceses, italianos, norteamericanos y serbios se movilizaron entre Arcángel (Arjanguelsk) y Múrmansk[17] en una batalla a muerte contra el "peligro bolchevique", el cual, como dijo Clémenceau, seguiría propagándose “si no se le ataja”.

El testimonio de un miembro del cuerpo expedicionario, Ralph Albertson, da una imagen elocuente de la determinación y barbarie ejecutada por aquella coalición anticomunista: “Usábamos obuses de gas contra los bolcheviques.... Poníamos todas las trampas posibles cuando evacuábamos las aldeas. Una vez fusilamos a más de treinta prisioneros... Y cuando apresamos al comisario de Borok, un sargento me dijo que había dejado su cuerpo en la calle, herido por más de dieciséis bayonetazos. Habíamos tomado Borok por sorpresa y el comisario, un civil, no había tenido tiempo de tomar las armas.... Oí a un oficial repetir a sus hombres que no debían hacer prisioneros, que debían matarlos, aunque estuvieran desarmados… Vi a un prisionero bolchevique desarmado, que no causaba problemas, abatido a sangre fría... Cada noche, un destacamento de incendiarios hacía montones de víctimas[18].

La paz de Brest-Litovsk no hizo sino avivar el odio de las distintas fracciones contrarrevolucionarias pero también de los eseristas de izquierda hacia los bolcheviques. La Rusia soviética ahora se asemejaba a una fortaleza asediada donde el hambre "está a las puertas de muchas ciudades, pueblos, fábricas y talleres", como relata Trotski. La alianza entre los Blancos y las potencias occidentales sumió a la revolución en una situación de supervivencia permanente. Además, a partir del 15 de marzo de 1918, los diferentes gobiernos de la Entente deciden no aceptar la paz de Brest-Litovsk y organizan la intervención armada. Las potencias de la Entente intervienen directamente en Rusia, apoyándose en la traición del Partido Social-revolucionario (eserista) para intentar llevar a cabo la contrarrevolución. En junio de 1918, el que fuera asistente de Kerenski, el eserista Boris Savinkov, planea asesinar a Lenin y Trotski y llevar a cabo una insurrección en Ríbinsk y Yaroslavl, con el fin de favorecer un desembarco de los Aliados. En otras palabras, en vista de la extrema debilidad del Ejército Rojo, se trataba de llevar a cabo una gran ofensiva para poner fin de una vez por todas a la Revolución.

Según cuenta Savinkov, los Blancos esperaban "asediar la capital mediante las ciudades sublevadas y, con el apoyo de los Aliados por el norte y de los checoslovacos, que acababan de apoderarse de Samara, en el Volga, poner a los bolcheviques en una situación difícil". Ahora sabemos, por las memorias publicadas por varios agentes secretos extranjeros, por las investigaciones publicadas en Pravda unos años después y por fuentes diplomáticas, que Inglaterra y Francia fueron el origen de esa conspiración. Los planes insurreccionales en las ciudades alrededor de Moscú, los desembarcos extranjeros, la ofensiva checoslovaca formaban parte de un plan único orquestado por militares y diplomáticos extranjeros y ejecutado por líderes eseristas opuestos firmemente a la paz con Alemania y a la extensión de la revolución.[19]

Los legionarios checoslovacos, dirigidos por los Aliados, tomaron Samara el 8 de junio y sitiaron Omsk. Un mes más tarde, se apoderaron de Zlatoust en los Urales y unos días más tarde se acercaron a Ekaterimburgo, donde la familia imperial había sido internada. La liberación de la familia imperial podría haber hecho posible la unificación de fuerzas contrarrevolucionarias que tenían grandes dificultades para resolver sus propias divisiones y diferencias. Los bolcheviques no quisieron correr ese riesgo y decidieron ejecutar a toda la familia. Esta decisión fue motivada por la necesidad de intimidar al enemigo y mostrarle, como escribió Trotski años después, "que no había retirada posible, que el resultado era o la victoria total o la derrota total". Sin embargo, ese acto se volvió contra los bolcheviques. De hecho, la ejecución de los hijos del zar fue utilizada por la burguesía internacional en sus campañas de propaganda para presentar a los bolcheviques como bárbaros sanguinarios.

En julio y agosto, prosigue la ofensiva con el desembarco al norte de franceses y británicos en Múrmansk. Crearon un gobierno "autónomo". Los turcos y los ingleses ocupan Azerbaiyán. Los alemanes entran en Georgia con el consentimiento de los mencheviques, mientras los legionarios checos siguen avanzando hacia el oeste. Esas semanas fueron decisivas para la defensa de la Revolución, cuya supervivencia pendía de un hilo. En Sviajsk, cerca de Kazán, después de varios días de combates, el cuartel general del 5º Ejército, muy debilitado, pudo haber sido capturado con sus principales líderes militares, empezando por Trotski. La falta de información y los errores estratégicos de los generales blancos permitieron que Trotski y sus hombres salieran del mal paso. Dada la extrema debilidad del poder soviético, la detención de sus principales líderes habría supuesto un golpe fatal para la moral y la determinación de las tropas.

En el norte, los británicos tomaron el mando de todos los ejércitos de la región. Además de cuatro o cinco batallones ingleses, las tropas se componían de cuatro o cinco batallones de norteamericanos, un batallón de franceses, polacos, italianos y formaciones mixtas.[20] También se organizó un ejército ruso, pero bajo mando y supervisión británicos. A principios de agosto, ese ejército del norte se apodera de Arcángel, destituye al sóviet y establece un gobierno provisional, compuesto por cadetes y eseristas, controlado por el general británico Pool.

Al mismo tiempo, la Comuna de Bakú cae a mediados de agosto ante la ofensiva del ejército turco, los “musavatistas” (nacionalistas azeríes) y los regimientos británicos. Los veintiséis comisarios del pueblo fueron fusilados el 20 de septiembre de 1918 por los ingleses.[21]

Las diversas fracciones de la burguesía rusa aprovecharon ese difícil contexto para desestabilizar el poder de los Sóviets tramando planes que podrían haber sido funestos para la revolución.

Tiempos de conspiraciones.

Para mayo y junio de 1918, se había formado un bloque contrarrevolucionario, que abarcaba desde monárquicos hasta algunos mencheviques y eseristas. Todos esos partidos se habían unido al "Centro Nacional" creado originalmente por los Kadetes. Los principales líderes del movimiento trabajaron para reunir información política y militar que transmitían a los distintos ejércitos blancos, manteniendo estrechas relaciones con agentes secretos británicos, franceses y estadounidenses. Además, en octubre de 1918 se celebró una conferencia especial, formada por representantes de los países de la Entente y del Centro Nacional. La Checa reaccionó rápidamente y se dio cuenta de la existencia de un único centro de contrarrevolución.

Pero esto no impidió que se aplicara lo que habían decidido para desestabilizar la República de los Soviets. El 30 de agosto, el jefe de la Checa, Uritsky, fue asesinado por un eserista. Unas horas más tarde, hubo un intento de asesinato contra Lenin al salir de la fábrica Michaelson. Estos dos acontecimientos no son sino una pequeña parte de una operación más amplia para eliminar a todos los principales bolcheviques: "El 15 de agosto, Bruce Lockhart [agente secreto británico] recibe la visita de un oficial que se presenta como coronel Berzin, comandante de la guardia letona del Kremlin. Le entrega una carta de recomendación escrita por Cromey, agregado naval británico en Petrogrado. Berzin dice que aunque los letones habían apoyado a los bolcheviques, no querían luchar contra los ingleses que habían desembarcado en Arcángel. Después de haberlo discutido con el Consejero General en Francia, Groener, Lockhart puso a Berzin en contacto con Railey. En los últimos días de agosto, Groener preside una reunión secreta de algunos representantes de los Aliados. Esa reunión se lleva a cabo en el Consulado General de Estados Unidos. Están presentes Railey y otro agente del IS, George Hill, así como el corresponsal de Le Figaro en Moscú, René Marchand. Railey cuenta en sus memorias que hizo saber que había comprado a Berzin por dos millones de rublos. El objetivo era echar mano, de un solo golpe, de los líderes bolcheviques que, al poco, iban a asistir a una sesión de su Comité Central. Los británicos estaban en contacto con el general Yudénich y se preparaban para suministrarle armas y equipo. (...) Tras el asesinato de Uritski, la Cheka, que seguía el rastro de los conspiradores, había entrado en la antigua embajada británica en Petrogrado. Cromey había disparado a la policía, matando a un comisario y a varios oficiales. A él también lo mataron. También estaba el agregado naval quemando papeles comprometedores. Pero aún quedaron papeles suficientes para esclarecer a los investigadores. Railey, buscado activamente, logró escapar. Después de varios meses, regresó a Londres donde acusó a René Marchand de haberle traicionado... En cuanto a Berzin, la prensa soviética reveló más tarde que había dicho a sus jefes que Bruce Lockhart y Railey le habían ofrecido dos millones de rublos por participar en el asesinato de los líderes soviéticos."[22]

La detención de Bruce Lockhart concluye una investigación que había demostrado plenamente la participación extranjera en las maquinaciones de los Blancos.[23]

Ese complot fallido fue, sin embargo, uno de los puntos culminantes del peligro contrarrevolucionario. En ese momento, la caída de la República de los Sóviets parecía inminente. Ante tal situación, el Terror Rojo fue decretado el 6 de septiembre. Esta medida fue un error de primera importancia[24], pero hay que admitir que la impuso la fuerza de las cosas, o sea, la de las prácticas terroristas de las potencias extranjeras y los ejércitos blancos.

"Sin la ayuda de los aliados, es imposible liberar a Rusia"

Oficialmente, los gobiernos burgueses intervinieron en Rusia en defensa de la democracia y contra el "peligro bolchevique". En realidad, lo de establecer la democracia no era ni la primera ni la última preocupación de las potencias de la Entente, decididas sobre todo a evitar la extensión de la ola revolucionaria que se iba extendiendo a Alemania a finales de 1918. Las burguesías francesa, británica y americana estaban dispuestas a hacer cualquier cosa por defender sus intereses. Así, desde el inicio de la guerra civil, los ejércitos extranjeros se comportaron cual hordas sanguinarias, buscando establecer o apoyar dictaduras militares en la mayoría de los territorios tomados al Ejército Rojo. Esto sucedió, por ejemplo, a principios de enero de 1919, cuando el general Miller desembarcó en Arcángel y fue proclamado Gobernador General de la ciudad y ministro de Guerra. Dirigiendo un ejército de 20.000 hombres, apoyándose en campesinos y pescadores monárquicos que odiaban a los comunistas, hizo reinar el terror en la región. El antiguo fiscal provincial, Dobrovolski, cuenta que "los partidarios de Pinet eran tan feroces que el comandante del 8º Regimiento, el coronel B., decidió publicar un folleto sobre la actitud humana que debería adoptarse hacia los prisioneros."[25]

Los Aliados no dudaron, por otra parte, en apoyar directamente a los ejércitos de los principales líderes blancos partidarios de un poder muy autoritario como Denikin y Kolchak. La ofensiva que éste dirigió desde Siberia a Moscú a finales de 1918 se llevó a cabo en gran parte con un arsenal militar ofrecido por las principales potencias extranjeras:

Estados Unidos entrega 600.000 rifles, varios cientos de cañones, varios miles de ametralladoras, municiones, equipos, uniformes, Gran Bretaña 200.000 equipos, 2.000 ametralladoras, 500 millones de cartuchos. Francia 30 aviones y más de 200 automóviles. Japón 70.000 rifles, 30 cañones, 100 ametralladoras con sus municiones y 120.000 piezas de equipo. Para pagar estas entregas, que le permiten equipar y armar a más de 400.000 hombres, Kolchak envía a Hong Kong 184 toneladas de oro del tesoro, que había recibido.”[26]

Fue esa división militar del trabajo entre Aliados y Ejércitos Blancos a lo que el proletariado ruso tuvo que enfrentarse durante el año 1919. Lenin era muy consciente de la extrema fragilidad del poder de los sóviets y esa fue la razón por la que no cesó de denunciar la responsabilidad de los generales zaristas y sus maquinaciones con los ejércitos extranjeros:

Kolchak y Denikin son los principales y únicos enemigos serios de la República de los Soviets. Si no hubieran sido ayudados por la Entente (Inglaterra, Francia, EE.UU), se habrían desmoronado hace mucho. Sólo la asistencia de la Entente ha hecho de ellos una fuerza. Sin embargo, están obligados a engañar al pueblo, fingiendo de vez en cuando ser partidarios de la "democracia", de la "Asamblea Constituyente", del "gobierno del pueblo", etc. Los mencheviques y los socialistas-revolucionarios se dejan engañar de muy buen grado. Hoy la verdad sobre Kolchak (y Denikin es su hermano gemelo) está totalmente al desnudo: fusilamiento de decenas de miles de obreros, incluidos mencheviques y eseristas, apaleamiento de campesinos en distritos enteros. Fustigación pública de mujeres, arbitrariedad absoluta de los oficiales, de señoritos terratenientes. Saqueos sin fin. Tal es la verdad sobre Kolchak y Denikin."[27]

Esa gran alianza contrarrevolucionaria se hizo aún más vital cuando estalló la revolución alemana en diciembre de 1918. Como relatan los historiadores norteamericanos M. Sayers y A. Khan en La Gran Conspiración contra Rusia: “La razón de la renuncia de los Aliados a marchar sobre Berlín, escriben, y a desarmar para siempre el militarismo alemán, radica en el miedo al bolchevismo entre los Aliados... El comandante en jefe aliado, el mariscal Foch, reveló en sus memorias que, tan pronto como se iniciaron las negociaciones de paz, los portavoces alemanes se refirieron constantemente a ‘la amenazante invasión bolchevique de Alemania’...Wilson, del Estado Mayor Británico, contaba en su Ward Diary (diario de guerra) que el 9 de noviembre de 1918, dos días antes de que se firmara el Armisticio, ‘el Gabinete se reunió esa noche, de 6.30 a 8.00, Lloyd George leyó dos telegramas del Tigre (Clemenceau) en los que relataba la entrevista de Foch con los alemanes; el Tigre teme la caída de Alemania y la victoria del bolchevismo en ese país: Lloyd George me preguntó si yo quería que esto sucediera o si prefería un armisticio. Sin dudarlo, le dije: "¡Armisticio!". Todo el gabinete estuvo de acuerdo conmigo. Para nosotros, el verdadero peligro ya no son los alemanes, sino el bolchevismo’ ”.

El miedo a una extensión de la revolución por toda Europa agudizó la determinación de las potencias burguesas de aplastar definitivamente el poder de los Sóviets. Durante la conferencia de paz, Clémenceau se convirtió en el defensor más implacable de esa política: "El peligro bolchevique es muy grande en este momento; el bolchevismo se está extendiendo. Se ha extendido a las provincias bálticas y a Polonia; y esta mañana hemos recibido muy malas noticias, porque se está extendiendo a Budapest y a Viena. Italia también está en peligro. El peligro es probablemente mayor allí que en Francia. Si el bolchevismo, después de haberse extendido a Alemania, cruzara Austria y Hungría y llegara a Italia, Europa se enfrentaría a un peligro muy grande. Por eso hay que hacer algo contra el bolchevismo".  En esa conferencia se afirmó a voz en grito el “derecho de los pueblos a la autodeterminación”, en cambio, la burguesía no iba a dejar que el proletariado mundial se “autodeterminara” pues corría el riesgo de poner en peligro su sociedad burguesa. Para un campo como para el otro, la clave de la victoria era la extensión o el aislamiento de la revolución. El miedo de la burguesía se mide además por el nivel de violencia y atrocidad con el que esa clase se dio rienda suelta en Rusia, Alemania, Hungría e Italia. Tras el velo de los "derechos humanos" se esconde el interés de una clase dominante siempre decidida a utilizar los peores métodos para su supervivencia.

Asfixia económica

Las estridentes declaraciones de Clémenceau, antes mencionadas, permiten comprender su insistencia en decretar un bloqueo total a Rusia y hacer todo lo posible para que los estados vecinos siguieran siendo hostiles a la República de los Sóviets.[28]

De ahí también la determinación con la que se luchó contra la oleada revolucionaria. El retraso del proletariado europeo y mundial para hacer la revolución sumió al proletariado ruso en un aislamiento total. La República de los Sóviets era ahora una "fortaleza asediada" que intentaba resistir contra unas dificultades sobrecogedoras. En 1919-1920, los efectos del racionamiento y el sometimiento de la producción a las necesidades de la guerra que se habían aplicado durante la tan reciente Primera Guerra Mundial, todavía se sentían en el país. A esto se sumó la devastación de la guerra civil y el bloqueo económico impuesto por las potencias democráticas entre marzo de 1918 y principios de 1920. Todas las importaciones fueron bloqueadas, incluidos los paquetes de solidaridad enviados por proletarios de otros países. Los ejércitos blancos y los de la Entente se habían apoderado del carbón de Ucrania y el petróleo de Bakú y el Cáucaso, lo que provocó una escasez de combustible. Todo el combustible que llegaba a las ciudades seguía siendo menos del 10% del que se consumía antes de la Primera Guerra Mundial. El hambre en las ciudades era terrible, faltaba de todo. Los trabajadores de la industria pesada recibían raciones de primera clase que no excedían las 1900 calorías.

Por supuesto, esta situación también tuvo repercusiones en la condición de los soldados del Ejército Rojo atrapados en las garras del hambre, el frío y las enfermedades. En octubre de 1919, las tropas blancas de Yudénich amenazaron Petrogrado. La brigada del comandante Kotovski acudió desde Ucrania como refuerzo. El 4 de noviembre, Kotovski redactó el siguiente informe: "Una epidemia generalizada de tifus, sarna, eczema, enfermedades debidas al frío por falta de ropa, uniformes y baños. Todo esto ha puesto de rodillas entre el 75 y el 85% de nuestros veteranos que se han ido quedando por el camino en enfermerías y hospitales". Ante las protestas de algunos regimientos, se dejó descansar a la brigada. La situación era, en realidad, mucho peor: "Nos enfrentamos a otras dificultades, escribió un soldado, se ha declarado una fulminante epidemia de tifus y las enfermedades por el frío han devastado la brigada. Los soldados y comandantes vivían en cuarteles sin calefacción y recibían raciones de hambre: 200 gramos de ‘sujari’ (una especie de pan tostado) y 300 gramos de col. Dolía en el alma ver morir a nuestros caballos por falta de forraje."[29] Trotski describe con palabras muy sombrías la apariencia de esas mismas tropas que se suponía debían defender el bastión principal del proletariado ruso: “Los obreros de Petrogrado tenían entonces muy mala traza: la tez terrosa porque no tenían suficiente para comer, vestidos de harapos, botas, a menudo desparejadas, llenas de agujeros.”

Después de 1921 siguió la escasez y el racionamiento siguió siendo tan drástico, "la ración de pan negro sigue siendo de sólo 800 gramos para los trabajadores de las empresas de jornada continua y de 600 gramos para los trabajadores de choque. La ración baja hasta 200 gramos para los titulares de la tarjeta "B" (desempleados). El arenque, que en otras circunstancias, había permitido salir del paso, había desaparecido por completo. Las patatas llegaban congeladas a las ciudades debido al lamentable estado de los ferrocarriles (cerca del 20% de su potencial de preguerra). A principios de la primavera de 1921, una hambruna atroz asoló las provincias orientales y la región del Volga. Según las estadísticas reconocidas por el Congreso de los Soviets, había entonces entre 2 y 2,7 millones de personas necesitadas, que padecían hambre, frío, epidemias de tifus (ver nota 20), difteria, gripe, etc."[30]

En las fábricas, la sobreexplotación de los trabajadores no impidió la caída de la producción. La subnutrición y el caos económico empujaron a algunos de ellos a emigrar al campo, otros huyeron de grandes empresas a pequeños talleres que facilitaban el trueque. En estas condiciones, se decidió implantar la Nueva Política Económica (NPE), que frenó la estatización de la producción.

La guerra civil deja tras ella un país completamente exangüe. Unos 980.000 muertos en las filas del Ejército Rojo, alrededor de 3 millones entre la población civil. La hambruna, ya presente, se amplifica durante el verano de 1921 con la terrible sequía que se extiende por toda la cuenca del Volga.

Aunque, ante el desarrollo de los motines y el "peligro" revolucionario en su propio territorio, las potencias extranjeras tuvieron que retirar sus tropas durante el año 1920 y aunque los ejércitos contrarrevolucionarios nunca fueron realmente capaces de recuperar el poder, de tan gangrenados como estaban por sus peleas internas, la falta de disciplina y la falta de coordinación, la burguesía mundial sin embargo logró atajar la ola revolucionaria que había eclosionado tras cuatro años de guerra imperialista. El aislamiento total de la Rusia de los Sóviets acabará rubricando el fin de la revolución y la caída en su degeneración[31].

Como veremos en la segunda parte de este artículo, fue en este contexto en el que la socialdemocracia y luego el estalinismo asestaron el golpe final a la Revolución de Octubre y a su legado.

(Continuará)

Narek, 8 de abril de 2018.


[1] Es más, o menos así, en una emisión de radio cómo el historiador francés Stéphane Courtois describe la personalidad y aspiraciones Lenin.  

[2] Es lo que ha afirmado otro historiador-tertuliano francés (Thierry Wolton) en el plató de la emisión “28 minutos” del canal Arte el 17 de octubre de 2017.

[3] El artículo de Lenin, ¿Con qué contaron los demócratas constitucionalistas (Kadetes) al retirarse del ministerio?, escrito el 3 de julio, muestra la claridad de los bolcheviques sobre este episodio. Obras escogidas, vol. 2.

[4] Especialmente en la represión de la manifestación del 3 de julio.

[5] Lenin, Sobre las ilusiones constitucionales.

[6] Citado en Pierre Durant, Les sans-culottes du bout du monde 1917-1921. Contre-révolution et Intervention étrangère en Russie,  1, Editions du Progrès, 1977.

[7] Jean-Jacques Marie, La guerre civiel russe. 1917-1922. Armées paysannes rouges, blanches et vertes, Editions autrement, 2005.

[8] Para más información sobre el golpe de estado de Kornilov, pueden consultarse varios artículos de la CCI sobre la Revolución de Octubre.

[9] Pierre Durant, Op. cit.

[10] Jean-Jacques Marie, Ob. cit.

[11] Citado por Jean-Jacques Marie, Op. cit.

[12] Aunque pensamos que en esas circunstancias, formar un ejército rojo era algo necesario, consideramos sin embargo que la disolución de la Guardia Roja, órgano armado especifico del proletariado, fue un error pues significó desarmar a la clase revolucionaria.

[13] "Proyecto de radiograma al gobierno del Reich alemán" redactado por Trotski, en Lenin, Obras escogidas, Ediciones Progreso, Moscú, 1968.

[14] Citado en  Jean-Jacques Marie, Ob. cit.

[15] Para más detalles sobre ese tema, puede leerse en la Rsvista Internacional (en francés) "Brest-Litovsk : gagner du temps pour la Révolution mondiale",

[16] Véase Jean-Jacques Marie, La Guerre des Russes Blancs, 1917-1920, editorial Tallandier, 2017

[17] Pierre Durant, Op. cit. p. 191.

[18] Citado en Pierre Durant, Op. cit. p. 190.

[19] Pierre Durant, Ob. cit. p. 89.

[20] Jean-Jacques Marie, Ob. cit, p. 79.

[21] Ídem, p. 81.

[22] Idem, pp. 116-117.

[23] Pierre Durand, Ob. cit.

[24] Al igual que Rosa Luxemburg, la CCI rechaza la noción de Terror Rojo: "A pesar de que era necesario responder con firmeza a los planes contrarrevolucionarios de la vieja clase dirigente, y crear una organización especial para su supresión, la Cheka, esta organización se liberó rápidamente del control de los soviets, tendiendo a ser infectada por la corrupción moral y material del viejo orden social. ’’ Manifiesto de la Corriente Comunista Internacional sobre la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia. (2017) (http://es.internationalism.org/print/book/export/html/4237)

[25] Citado en Jean-Jacques Marie, La guerre civile russe, Ob. cit. p. 94.

 

[26] Citado en Jean-Jacques Marie, Ob. cit. p. 99.

[27] ¡Todos en lucha contra Denikin!. (Carta del comité central del Partido Comunista (b) de Rusia a las organizaciones del partido).

[28] Jean Jacques Marie, La guerre des Russes blancs, Ob. cit., p. 436.

[29] Citado en Jean Jacques Marie, La Guerre civile, Ob. cit. p. 164.

[30] Folleto de la CCI, Octubre del 17: inicio de la revolución mundial : ‘‘El aislamiento es la muerte de la revolución” http://es.internationalism.org/cci/200602/749/el-aislamiento-es-la-muerte-de-la-revolucion.

 

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