La importancia del debate moral y organizativo

Versión para impresiónEnviar por email

INTRODUCCION DE LA CCI

Publicamos una contribución de un compañero muy próximo a nuestra organización, dedicada a defender la necesidad de una moral y de unos principios organizativos en el proletariado, en general, y en los grupos de la Izquierda Comunista, en particular.

Contra el cinismo del “todo vale”, el proletariado necesita una moral. Una moral distinta y opuesta de la moral burguesa o de la moral religiosa. Frente a la hipocresía de los buenos deseos (solidaridad, tolerancia, respeto) o frente a la moral sin escrúpulos del pragmatismo, el proletariado y sus organizaciones necesitan una moral de solidaridad, confianza, respeto mutuo, búsqueda en común de la verdad… En concreto, una organización revolucionaria no es solamente programa, su existencia se basa en la unión coherente de programa, moral y principios organizativos. El proletariado lucha por una sociedad sin estado y tal objetivo no puede realizarse afianzando el monstruo del Estado. El proletariado lucha por una sociedad en comunidad y este fin no puede alcanzarse mediante el seguidismo ciego de jefes carismáticos. El proletariado aspira a una sociedad regulada conscientemente por la acción humana y esto no puede brotar de la mentira o la calumnia[1].

El marxismo no se resume exclusivamente a su programa político

Uno de los objetivos principales que este texto se pone por delante es el de demostrar, o al menos contribuir a la demostración, de que tan importantes y esenciales como son las posiciones políticas históricas del marxismo, su desarrollo y la necesidad de que la organización revolucionaria se dé un programa en consecuencia con ese desarrollo, el marxismo no se reduce a ello.

La época histórica que atravesamos y las peculiaridades que pone sobre la mesa para con nuestra clase no son casuales en ese sentido. El proletariado, la única clase que ha podido orquestar un pensamiento y acción conscientes para transformar la sociedad humana moderna de forma revolucionaria, ha sufrido un trauma horrendo, una ruptura histórica que ha cortado el cordón umbilical que une (o mejor dicho, debió haber unido) a las generaciones actuales de obreros con la rica vida política, organizacional, moral y cultural que vivieron muchos de los antepasados de su clase.

Debido a la larga noche de la contrarrevolución que siguió a la derrota de la revolución mundial y el ascenso del estalinismo, a la formación de su corifeo trotskista tras la degeneración de la Oposición de Izquierda[2] y a la Segunda Guerra Mundial, el proletariado se ha visto separado físicamente de su tradición organizacional pasada. No sólo ha sufrido la importantísima derrota traumática de ver identificada su propia causa con la del protagonista de su destrucción en los años 20[3], sino que todas las nociones que un movimiento obrero que hoy no existe albergaba, de forma inconsciente, sobre la moral entre proletarios, sobre las relaciones entre los militantes dentro de una organización proletaria y la defensa de una perspectiva organizacional, se han perdido bajo el peso abrumador de la contrarrevolución del siglo pasado, al que se le suma el de la descomposición y la desintegración paulatina de las mismas bases de la vida humana en comunidad que ésta trae.

Todo esto no sólo pone por delante a los revolucionarios la importante tarea de llevar un debate internacional, histórico, sobre las muchas lecciones que el proletariado necesita retomar y aprender de lo que le pasó (sobre la dictadura de clase, sobre el Estado, sobre el Partido...) sino que impone tomar en consideración algo esencial: ya no basta con el programa político para la minoría revolucionaria del proletariado; si ésta quiere sobrevivir y no implosionar tarde o temprano, debe aclarar las condiciones en las que militan los militantes, en las que se relacionan entre ellos y con la organización y en cómo ésta en su conjunto armoniza sus esfuerzos, resuelve las diferencias y da forma a la manifestación de sus principios. Es decir, debemos aprender qué es la dimensión moral de la lucha del proletariado y en qué consiste verdaderamente la lucha por una organización.

¿Existe o ha existido de veras una moral proletaria?

``Las nociones de bien y mal han cambiado tanto de un pueblo a otro y de una época a otra que a menudo han llegado incluso a contradecirse (alguien podrá sin duda replicar que el bien no es el mal ni el mal el bien, y que si se confunden el bien y el mal se suprime toda moralidad y cada cual puede hacer o dejar de hacer lo que quiera.) Esta es también la opinión del señor Dühring, en cuanto se le quita todo el estilo sentencioso de oráculo.

No obstante, la cuestión no es tan fácil de liquidar. Si tan sencilla fuera, tampoco habría discusión sobre el bien y el mal, todo el mundo sabría lo que son el bien y el mal. Pero ¿cuál es hoy la situación? ¿Qué moral se nos predica hoy? Hay, por de pronto, la cristiano-feudal, procedente de viejos tiempos creyentes, que se divide fundamentalmente en una moral católica y otra protestante, con subdivisiones que van desde la jesuítico-católica y la protestante ortodoxa hasta la moral laxa ilustrada. Se tiene además la moral moderno-burguesa y, junto a ésta, la moral proletaria del futuro, de modo que ya en los países más adelantados de Europa el pasado, el presente y el futuro suministran tres grandes grupos de teorías morales que tienen una vigencia contemporánea y co-presente. ¿Cuál es la verdadera? Ninguna de ellas, en el sentido de validez absoluta y definitiva; pero sin duda la moral que posee más elementos de duración es aquella que presenta el futuro en la transformación del presente, es decir, la moral proletaria.

Mas al ver que las tres clases de la sociedad moderna, la aristocracia feudal, la burguesía y el proletariado, tienen cada una su propia moral, no podemos sino inferir de ello que en última instancia los hombres toman, consciente o inconscientemente, sus concepciones éticas de las condiciones prácticas en que se funda su situación de clase, es decir, de las situaciones económicas en las cuales producen y cambian´´. (Engels, Anti-Duhring[4])

``Por todas estas razones ha sido fundada la Asociación Internacional de los Trabajadores. Y declara: que todas las sociedades y todos los individuos que se adhieran a ella reconocerán la verdad, la justicia y la moral como base de sus relaciones recíprocas y de su conducta hacia todos los hombres, sin distinción de color, de creencias o de nacionalidad. ´´ (Marx, Estatutos generales de la Asociación Internacional de Trabajadores).

La concepción de la moral en el movimiento obrero, aunque nunca estuvo, como pudiera decirse, en el centro de atención ni se desarrollara mucha teoría sobre ella, no es como la pinta el izquierdismo. La moral no es una cuestión ``idealista´´ o escolástica que sólo interesa a los imitadores de los filósofos del Imperio Bizantino, que debatían sobre el sexo de los ángeles mientras los otomanos atormentaban las murallas de Constantinopla. La moral, como todo producto social del ser humano por definición, es una de las principales características de las relaciones sociales que nos hemos dado. Una realidad que bien podría resumirse como el sentido, colectivamente calibrado, de lo adecuado, o no, de la forma y orientación que damos a las relaciones en las que estamos envueltos... ¿debe ser esto algo ajeno al proletariado, a la clase que es a la vez fruto de unas relaciones sociales determinadas y portadora de otras relaciones, de otra forma mucho más elevada de organizar nuestra existencia social? Si en el pasado, a pesar de las importantes citas aquí copiadas, no se desarrolló demasiado la cuestión, fue porque el movimiento del proletariado contaba con una larga y rica tradición de vida organizacional, en la que la mayoría de sus militantes observaban unas reglas para debatir, para dirigirse a sus camaradas, para convivir con ellos, para prestarles auxilio y toda su confianza y solidaridad cuando la necesidad lo requería; es decir, observaban una moral obediente a la naturaleza misma de la clase proletaria: la clase de la solidaridad, de la confianza, la portadora de las verdaderas capacidades creativas de la humanidad y de una verdadera cultura humana. Y lo más importante: esa tradición no había sido quebrantada y arrastrada por el fango como lo ha sido hoy todo lo que tiene que ver con el comunismo, no era acuciante la necesidad de recuperar algo que, para los revolucionarios, sólo empezó a perderse cuando empezó a degenerar la II Internacional.

Sólo a partir de la entrada en la legalidad de la socialdemocracia alemana a finales del s. XIX, sólo a partir de la paulatina acomodación de la fracción más poderosa de la II Internacional a la actividad parlamentaria y sindical, sólo a partir del deterioro de las relaciones de confianza y solidaridad, que debieron forjarse en etapas anteriores debido a una represión abierta del Estado burgués que entonces empezó a moderarse, empezó a sentirse la necesidad de marcar la diferencia con el debate moral y organizacional. Y es principalmente su ala izquierda, en especial Rosa Luxemburgo, quien la siente.

``Por muy grande que sea nuestra necesidad de autocrítica, y por muy amplios que pongamos sus límites, debe haber no obstante unos principios mínimos que mantengan nuestra esencia, nuestra existencia, de hecho, que funda nuestra cooperación como miembros de un partido. ´´(R. Luxemburgo, La libertad de crítica en la ciencia)

El combate de Luxemburgo y sus camaradas por la defensa de la verdadera naturaleza del marxismo y la organización proletaria, por la defensa de la necesidad del desarrollo de sus posiciones y de la crítica que es vida y aliento para el proletariado no es otra cosa que la defensa de la perspectiva organizacional que el oportunismo, floreciente en esas nuevas circunstancias, estaba carcomiendo. Y con la defensa de esa perspectiva, se defiende lo que no es sino la cara opuesta de su moneda: la moral proletaria. Es la necesidad de comprender que el fundamental desarrollo de las posiciones del marxismo es fútil sino se contemplan, conscientemente, las condiciones en las que debaten los militantes, cómo se pasa a ser un militante, qué significa la camaradería y en qué se diferencia de la amistad, cómo de importante es para una organización proletaria hacer comprender todo este universo teórico y su ímpetu a los nuevos miembros y no dejarse caer en dinámicas reclutadoras y activistas, etc.

La moral proletaria tras la debacle de mediados del s. XX

La historia de la Izquierda Comunista no sólo es la historia de su fundamental balance y desarrollo del programa político del marxismo, una vez comienza la decadencia histórica de la sociedad burguesa. Es también la historia de la larga y penosa tarea de recuperar la moral y la lucha por defender la perspectiva organizacional del marxismo. Muchos son los ejemplos de la gran inestabilidad y las crisis que han resultado, en estas organizaciones, de creer que la militancia comunista se reduce sólo a estar de acuerdo con una serie de posiciones sobre la dictadura del proletariado, sobre el Estado, sobre el parlamentarismo y el sindicalismo, etc. Por mucho que éstas sean, insistimos, de vital importancia para definir la naturaleza misma de la Izquierda Comunista, y a la luz de todo lo que le ha ocurrido a nuestra clase, no son suficientes.

La contrarrevolución triunfante de la Segunda Guerra Mundial y el periodo que la siguió fue correctamente descrita por los revolucionarios de la Izquierda Comunista como ''la larga noche'', como un periodo en el que lo que primaba era el balance teórico frente a la ofensiva en masa de una burguesía que estaba dispuesta a todo en dos sentidos: primero en uno más ''práctico'', de enrolar por millones a los proletarios en una guerra imperialista que necesitaba hacer, y segundo en uno más ''subjetivo'': la gran ofensiva ideológica inspirada por su voluntad ferviente de enterrar en lo más hondo del olvido, o de la deformación y la mentira, lo que había pasado en 1917. Teniendo en cuenta que la burguesía siempre será la clase ''del pueblo'', que intenta presentar su punto de vista, ante todo, como el que interesa a todos, a la gran mayoría, casi podría decirse hoy que la burguesía lo único por lo que se ha esforzado es por transmitir a todos y cada uno de los miembros del proletariado lo que no es sino su miedo terrible a lo que 1917 supuso. Eso sí, ha invertido las impresiones; porque lo que verdaderamente aterroriza a la burguesía no son las masacres estalinistas que bien pueden crear un honesto sentimiento de rechazo en muchos proletarios, sino el contenido netamente revolucionario y peligroso para su orden social que supuso 1917, con el cual quiere identificar a toda costa lo que no ha sido sino la compañera de cama histórica de la burguesía: la masacre, la manipulación y la hipocresía de la intelligentsia estalinista que bien pueden aborrecer muchos obreros de forma honesta. A grandes males, grandes medidas: el más brillante momento de un proletariado consciente de su auténtico potencial no podía quedar impune. Y no quedó. Tras la Segunda Guerra Mundial el proletariado ha sufrido tal trauma, a todos los niveles, que todavía hoy no se ha recuperado.

El proletariado que desencadena los ciclos de luchas de los 60, 70 y 80 es un niño que ha nacido sin cordón umbilical, o con uno extremadamente débil y quebradizo. Las nociones de confianza y solidaridad entre los revolucionarios[5], de cómo defender una perspectiva organizada para la clase y de la necesidad, definitoria de la militancia comunista, de esa perspectiva, habían quedado casi tan olvidadas para el proletariado como la vida política que gran parte de la clase llevaba adelante antes de la contrarrevolución triunfante. Al haber fracasado la gran tentativa revolucionaria de la forma en que lo hizo, adoptando la contrarrevolución la forma más dañina posible en el lugar más delicado (como hizo el estalinismo), cada vez más proletarios veían en su propia causa como clase algo ajeno a ellos, y con ello, toda noción de organización, solidaridad, de identidad de clase, de hermandad de intereses entre todos los obreros del mundo, quedó arrastrada por el fango. El proletariado logró hacer surgir expresiones organizadas tras la contrarrevolución, pero lo hizo mucho más débilmente que antes y en condiciones que cada vez se hacían más dificultosas. Sólo tras repetidas y dolorosas crisis (necesarias por otro lado, como demuestra la historia de las organizaciones marxistas) algunas de esas organizaciones lograron estabilizarse. Al ser los revolucionarios no otra cosa sino una expresión organizada de la clase, pensar que no tienen interés las cuestiones morales, de relaciones entre militantes, de qué principios deben regir un esfuerzo de debate y de qué relaciones debe haber entre las organizaciones que defienden una determinada tradición política, etc., es lo mismo que pensar que todos los grandes traumas que ha sufrido el proletariado no arrojan ni una sola lección, que no importan, que no tenemos nada que aprender de lo que se ha perdido y que debe recuperarse para el esfuerzo organizado del proletariado.

¿Darle la vuelta a la rueda de la historia... o seguir hacia delante?

Una determinada lectura de este escrito puede arrojar la interpretación de que lo que se defiende es que nos esforcemos por volver a la organización permanente de masas, a la ''edad de oro'' de la II Internacional.

Nada más lejos de la verdad. Proposiciones del estilo, como la que vertebra casi toda la evolución política reciente de grupos como la Communist League of Tampa – CLT[6], se fundamentan en la ilusión de volver a un pasado del movimiento obrero que no existió como se lo figuran, y en la incomprensión de cómo existió. No es casual que determinados militantes de este tipo de organizaciones sean los primeros en la cola a la hora de, no sólo atacar a las organizaciones que quedan en pie de la Izquierda Comunista hoy, sino de rechazar cualquier noción de moral como algo propio de Partidos estalinistas que quieren regir la vida de sus militantes y los pasos que dan a cada segundo. Son ellos los primeros en rechazar una realidad de primer orden de la época de la II y III Internacionales. Sería inocente pensar que esto se debe exclusivamente, como puede ser el caso de algunos individuos más honestos, a una impresión fruto del trauma del estalinismo (que también tiene su influencia real en este caso) y que no se debe también a lo que la descomposición social y el estado actual de nuestra clase lleva a algunos elementos a defender: el activismo y el inmediatismo más o menos refinado y justificado, y el ataque psicopático a toda organización previa a la suya como una reliquia que debe desaparecer, la actitud fruto del reflejo de ese rechazo de plano del pasado, del borrón y cuenta nueva, de que cada uno tenga su ''tenderete''.

Volviendo a la cuestión central, hemos de defender la idea de que la forma en que los revolucionarios se organizan ha cambiado para siempre, y que ha debido hacerlo. Lo que define la época de la II Internacional no sólo era la posibilidad de la existencia de unos lazos de solidaridad permanentes, de contacto entre amplios sectores del proletariado y de la disposición de un gran espacio de discusión y desarrollo de la teoría revolucionaria, sino también las crisis y el eventual estancamiento de este desarrollo teórico y de estos lazos morales y organizacionales.

La CCI ha analizado en varios de sus artículos muy certeramente no sólo los motivos directos que llevaron al colapso de la II Internacional, sino lo que es incluso más importante: el preludio de ese colapso, la degradación paulatina que precedió a la gran traición de los partidos de la II Internacional, que no se gestó de la noche a la mañana; cómo los mecanismos, más o menos conscientes, de confianza y apoyo entre sus militantes, del favorecimiento del más amplio debate y crítica fraternal en su seno, se vieron paulatinamente degradados una vez el principal partido de la II Internacional (el partido socialdemócrata alemán) fue considerado legalmente por el Estado alemán, y se empezaron a pudrir los fuertes lazos de solidaridad, confianza, debate y desarrollo político que se habían forjado en las condiciones de la represión. Así, esta paralización del desarrollo de la teoría revolucionaria misma y del mundo moral de los hombres y mujeres que la sostenían, convirtió lo que el periodo del capitalismo que alumbró a la II Internacional hacía necesario y posible (trabajo sindical que respondía a una verdadera autonomía de clase, posibilidad de trabajo parlamentario sin traicionar esta autonomía, Partido de masas permanente, etc.) en lo inalterable e indiscutible ad eternum, la excusa perfecta para la justificación de la burocratización y ese estancamiento, que para nada obedecía a la naturaleza ''malvada'' de algún ''líder en la sombra''. Fueron necesarios revolucionarios de la talla de Lenin, Luxemburgo, Pannekoek, Gorter, Bordiga, etc., para empezar a andar el camino que llevaba a la comprensión de cómo debe transformarse la organización de los revolucionarios según el periodo histórico que atraviese, y de cómo debe explicar y extraer lecciones de las formas organizacionales pasadas del movimiento obrero. De la misma forma que algunos se niegan a ver la importancia y la profundidad de la derrota de la revolución mundial de 1917, otros también se niegan a observar la profundidad y el punto de inflexión que supuso la degeneración de la II Internacional.

En ese camino que los revolucionarios mencionados empezaron a despejar, el trabajo de fracción de organizaciones de la Izquierda Italiana como Bilan o la Izquierda Comunista Francesa se nos antoja fundamental. La recuperación de la tradición organizacional de nuestra clase, con los rasgos políticos, organizacionales y también morales y culturales que les son propios, jamás puede llevar a la idealización de una época pasada, a la petrificación del método del marxismo. Los revolucionarios, como la clase en su conjunto, tienen sin duda cosas que recuperar de entonces, lecciones que extraer. Pero sin embargo, llamar a reproducir al detalle formas organizacionales que la historia de nuestra clase y sus protagonistas han demostrado superadas, como hacen los grupos ya mencionados y como hace en cierto sentido también el izquierdismo, cuando en el nombre del muñeco de paja del ''leninismo'', no defiende sino los errores e imprecisiones de revolucionarios como Lenin en estas cuestiones, es lo mismo que salir magullado de un zarzal sólo con la intención de volverse a meter teniendo la esperanza de que, por alguna razón, no habrá tantas espinas como en la primera vez o de que sus aguijonazos dolerán menos. Aun entendiendo lo que en el periodo actual que atraviesa la sociedad llama a asumir tales concepciones, o es una mentalidad muy inocente o muy masoquista, cuando no, sencillamente, innecesaria (al menos, para la clase proletaria y si lo que se defiende es su perspectiva, claro está...).

Una conclusión

La construcción de una organización revolucionaria no es un asunto baladí. Al mismo tiempo que nunca puede imponerse como una carga insostenible para la vida de ningún militante, este esfuerzo tampoco puede ser otra cosa sino la materialización de una necesidad que tiene el proletariado: la necesidad de responder a un ímpetu de comprensión y transformación de la sociedad humana y del pensamiento de los seres humanos, la necesidad de traer a la luz el pasado, el presente y la perspectiva de futuro de una clase que, cuando verdaderamente se descubre y se discute su potencial histórico, es capaz de aunar las energías y las pasiones que más enterradas creíamos. Un esfuerzo tal no puede llevarse adelante sin tener muy claro, primero, qué punto de vista se tiene sobre cómo deben desenvolverse las relaciones entre militantes, entre éstos y la organización en su conjunto y entre todos ellos y el resto de los miembros de nuestra clase y de la sociedad.

La moral proletaria era una realidad que vivían los revolucionarios antes de la derrota de la revolución mundial. Fue precisamente el deterioro de las bases organizacionales y políticas de esa realidad moral, a partir de que se entra en el periodo de la legalidad de la socialdemocracia, contra lo que reaccionaron tan apasionadamente revolucionarios como Luxemburgo y como comenzó el esfuerzo de comprensión y reunificación de los defensores del método del marxismo, que llevaría eventualmente a la fundación de la III Internacional.

Incluso antes, a pesar de lo dicho, ya había ciertas expresiones teóricas en el seno del movimiento obrero que trataban de asaltar la cuestión, cómo hemos visto en la importante cita de Engels y cómo podemos ver en obras como Ética y concepción materialista de la historia de Kautsky. Trayendo de nuevo a colación algo que hemos señalado antes, es de gran interés a este respecto repasar textos como 1914 – El camino hacia la traición de la socialdemocracia alemana, en el que se disecciona al detalle todo el periodo de degeneración de la II Internacional, previo a la Primera Guerra Mundial, y todas las impresiones y resoluciones que inspiraba a sus principales protagonistas: Luxemburg, Kautsky, Bebel, etc.

 

Sin duda, las lecciones sobre todo tipo de cuestiones vitales abundan en los escritos de los antepasados de nuestra clase, y todas ellas apuntan a que cercenar un aspecto de nuestra lucha para separarlo del resto, como se ha hecho con la moral, como la academia intentado hacer con el ''Marx joven y filósofo'' y el ''Marx maduro y economista'', no lleva sino a negar lo que es una realidad natural al proletariado: la continuidad y continuo balance y superación de las expresiones teóricas y prácticas de la conciencia proletaria, que forman una totalidad en la que nuestra clase reúne su visión: su manifestación vital hacia todas las expresiones de la humanidad de la que es parte, ya sean éstas morales, culturales, políticas, económicas, artísticas o emocionales y psicológicas.

Rakov marzo 2017


[2] Ver nuestro folleto El trotskismo contra la clase obrera donde intentamos explicar porque la Oposición de Izquierdas degeneró y tras una dura resistencia de fracciones proletarias (como, por ejemplo, la de Munis y Natalia Sedova) se convirtió en un organismo del capital. http://es.internationalism.org/cci/200605/911/el-trotskismo-contra-la-clase-obrera

[3] Se refiere al estalinismo. Sobre la formación y triunfo del estalinismo ver, entre otros, El estalinismo aun expide su hedor contrarrevolucionario, http://es.internationalism.org/tag/2/28/el-estalinismo-el-bloque-del-este

 

AdjuntoTamaño
escrito_moral_y_organizacion.pdf137.62 KB