Cumbre de Copenhague: para salvar el planeta, hay que destruir el capitalismo

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«Copenhague, una ducha fría»[1]; «El peor acuerdo de la historia»[2]; «Copenhague acaba en fracaso»[3]; «Decepción en Copenhague»[4];... La prensa es unánime: esta cumbre, que se anunciaba como "histórica", ha sido ¡un verdadero fiasco!

No había nada que esperar de esta cumbre

Medios de difusión de toda clase y políticos de todas las tendencias han repetido, durante semanas, multitud de declaraciones grandilocuentes que en sustancia venían a decir, todas ellas, lo mismo: «El futuro de la humanidad y del planeta se juega en Copenhague». La fundación Nicolas Hulot lanzó también un ultimátum: «El futuro del planeta y con él la suerte de mil millones de hambrientos [...] se jugará en Copenhague. Escoger la solidaridad o sufrir el caos, la humanidad tiene un encuentro con ella misma». En estas declaraciones hay desde luego algo de verdad. Los documentales televisados, las películas ("Home" de Yann Arthus Bertrand, por ejemplo), los resultados de las investigaciones científicas, muestran de manera fehaciente que el planeta está en camino de ser devastado: el sobrecalentamiento climático se agrava y con él la desertización; los incendios, los ciclones,..., la polución y la explotación intensiva de los recursos provocan la desaparición masiva de especies.  A ese ritmo, entre el 15 y el 37% de la biodiversidad desaparecerá de hoy al año 2050. Hoy mismo un mamífero de cada cuatro, un ave de cada siete, una tercera parte de los anfibios y un setenta por ciento de los vegetales están en peligro de extinción[5].

Según el Fórum humanitario mundial el "calentamiento climático" provoca la muerte de ¡trescientas mil personas al año! (la mitad por desnutrición). En 2050 habrá 250 millones de refugiados climáticos[6]. Estamos ante una situación verdaderamente urgente; la humanidad está enfrentada a un desafío considerable, a un reto histórico y vital.

Pero no hay que hacerse ninguna ilusión, nada bueno podía salir de esta Cumbre en la que estaban representados ciento noventa y tres Estados. Desde que nació, el capitalismo está destruyendo el entorno; Londres era ya en el siglo XX una inmensa fábrica que escupía sus humos venenosos a la atmosfera y arrojaba sus desechos al Támesis. Este sistema produce con el único objetivo de obtener beneficios y acumular capital; poco le importa si para ello debe arrasar los bosques, saquear los océanos, polucionar los ríos, alterar el clima,... Capitalismo y ecología son forzadamente antagónicos.

Todas las reuniones internacionales, los comités, las cumbres (Como la de Río de Janeiro en 1992 o la de Kioto en 1997) no han sido nunca otra cosa que "taparrabos para cubrirse las vergüenzas", simples ceremonias teatrales para hacer creer que los "grandes de este mundo" se preocupan por el futuro del Planeta. Los Hulot, Yann Arthus Bertrand y otros Al Gore han querido que nos creamos que esta vez, más que ninguna otra y debido a la urgencia del momento, iba a ser de otra manera y que los "altos dirigentes" iban a obligarse a "reconducir" las cosas; incluso buscan hacernos tragar que comprenderían que se les presentaba la oportunidad histórica de cambiar en profundidad el capitalismo, orientándolo hacia una economía verde capaz de sacar al mundo de la recesión, ¡a base de un crecimiento duradero y ecológico! La realidad es que mientras todos estos ideólogos se dedican a hacer aspavientos, esos mismos altos dirigentes ¡afilan sus armas eco...nómicas! Los hechos son estos: el capitalismo está dividido en naciones, todas ellas en competencia las unas contra las otras, entregadas sin descanso a una guerra comercial y, si es necesario, también militar. Un ejemplo: el Polo Norte se está fundiendo; los científicos ven en ello una verdadera catástrofe ecológica; los Estados ven ahí la oportunidad de explotar los recursos hasta ahora inaccesibles y abrir nuevas vías marítimas libres del hielo. Rusia, Canadá, EEUU, Dinamarca (vía Groenlandia) libran actualmente una guerra diplomática despiadada. Canadá ha comenzado ya a apostar  medios militares en su frontera alineados en esa dirección. Capitalismo y ecología son en verdad antagónicos.

¿Pretenden que creamos que en este contexto EEUU y China van a aceptar "reducir su emisión de CO2"; es decir, limitar su producción? Además, esta noción "limitación de emisiones de CO2" es en sí misma reveladora de lo que el calentamiento climático es para el capitalismo: un arma ideológica para mantener la competitividad. Cada país procura fijar los objetivos que le convienen: los países de África quieren imponer cifras de vertido muy bajas, las que corresponden a su capacidad de producción, para poner palos en las ruedas de las otras naciones; los países de Suramérica desean cifras algo más elevadas; y así les siguen, cada uno a la suya, India, los Estados europeos divididos entre ellos, China, EEUU,...

 

La burguesía no logra ya salvar las apariencias

Lo único que tal vez nos pueda sorprender de este fiasco de Copenhague es que ninguno de los Jefes de Estado ha conseguido siquiera salvar las apariencias. Suele ser habitual que estos eventos finalicen con un acuerdo final, firmado con gran pompa, que fije ciertos vagos objetivos que se podrían alcanzar algún día y que ¡todo el mundo acabe felicitándose por ello! Esta vez se trata ¡oficialmente! de un "fracaso  histórico". Las tensiones y los mercadeos entre bastidores han salido al escenario. La foto tradicional de los Jefes de Estado, cogiditos del brazo y con sus mejores sonrisas de actores de cine, no se ha podido realizar; ¡Esto lo dice todo!

En efecto, la recesión no fuerza a los jefes de Estado a volcarse en la "formidable oportunidad" de una economía verde mundial. A lo que sí que empuja por el contrario es al fomento de las tensiones y de la competencia internacional. La cumbre de Copenhague ha sido la demostración de la guerra encarnizada que están librando las grandes potencias. No les agrada poner buena cara, entenderse y proclamar acuerdos (incluso amañados). Sacan los cuchillos hasta para hacerse la foto.

El capitalismo jamás será "verde". La crisis económica golpeará mañana con más fuerza aún. La suerte del planeta será lo último que le preocupe a la burguesía; ésta busca solamente una cosa: sostener su economía nacional enfrentándose siempre y con cada vez mayor dureza a las otras naciones, cerrando fábricas que no sean suficientemente rentables, dejándolas que se pudran, reduciendo los gastos de producción, recortando de los presupuestos las partidas para mantenimiento y prevención, lo que significará el aumento de la contaminación y de los accidentes industriales. Esto es exactamente lo que pasó en Rusia en la década de 1990: submarinos atómicos abandonados y Siberia contaminada hasta el punto de llevar a la muerte a un importante número de sus habitantes.

En fin, una parte cada vez mayor de la humanidad será empujada a la miseria, desprotegida, sin alimentos, sin vivienda. Ésta será cada vez más vulnerable a los efectos del calentamiento climático, a los ciclones, a la desertificación, a los seísmos.

¡Estamos a tiempo  de destruir el capitalismo antes de que el capitalismo destruya el planeta y diezme a la humanidad!

Pawel. 19 diciembre 2009

 


[1] Web del periódico Liberatión el 19 de diciembre.

[2] Ídem.

[3] Web de Le Figaro el 19 de diciembre.

[4] Web de Le Monde del 19 de diciembre.

[5] http://www.planetoscope.com

 

[6] http://www.futura-sciences.com/   La ONG cristiana Christian Aid da la cifra de mil millones.