Tregua de ETA: para eliminar el terror, la clase obrera debe erradicar el capitalismo

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Cuando el pasado 22 de Marzo, ETA anunció un “alto el fuego permanente”, se desató una abrumadora campaña propagandística de intoxicación, en la que participaron desde los sindicatos ¡hasta los equipos de fútbol!, y especialmente los medios de comunicación que realizaron un espectacular despliegue (ahí está el Estado capitalista para sufragar los gastos) de “especiales informativos”, “dossier” escritos, programas monográficos en radios y TV, etc., todo ello para transmitir a la población que «se abre una puerta a la esperanza» de «una sociedad sin violencia», de «una convivencia pacífica». En definitiva que se abre una oportunidad para la paz[1]. Pero la historia demuestra que,…

 

La paz es imposible en el capitalismo

 

La burguesía es la clase más cínica de la Historia. Si, en su etapa revolucionaria, sus pensadores fueron capaces de desmontar el mito del “mandato divino” como explicación de la organización social, lo hicieron para reemplazar el viejo sistema de explotación por el suyo propio al que justifican con otras tantas patrañas, aún más hipócritas: ¿la explotación?... “se trata en realidad de un favor de los patronos a los obreros para crear riqueza y que estos puedan ganarse la vida”; ¿la guerra?... “una cruzada de la civilización contra la barbarie, y poco importa que cada uno de los bandos se atribuya a si mismo el papel de ‘civilización’”; ¿la destrucción del planeta?... “es el resultado del carácter depredador de la especie humana y de su irrefrenable consumismo”; ¿el hambre, las epidemias,…?... “fruto del egoísmo y la insolidaridad del hombre”, etc., etc. Como se ve toda una serie de cortinas de humo para ocultar a la población en general, y en particular a la única clase que puede poner en cuestión el vigente orden social – el proletariado –, que la causa de verdadera de la miseria, las masacres, la devastación de la naturaleza, es el orden social capitalista.

Este cinismo alcanza cotas verdaderamente repugnantes cuando se habla de la paz. Todos los gobernantes capitalistas se llenan la boca de “paz”, de “propuestas para la paz”, de “masacres para acabar consiguiendo la paz”,… Pero la realidad es que el capitalismo que, como decía Marx, «nació en la sangre y en el lodo», ha elevado la violencia a su potencia más elevada, el  terror[2], haciendo de éste, en sus distintas variantes (la intimidación y el chantaje, la represión y la guerra), su auténtico modo de vida. El capitalismo no puede acabar con el terror, porque ambos son sinónimos, porque éste es la base misma de la dominación de los intereses del capital contra el interés del género humano.

Por la amenaza de morirte de una condena a muerte por hambre el capital consigue sus esclavos asalariados. Coaccionándonos con la pérdida de ese medio de subsistencia que es el alienante trabajo asalariado, los explotadores nos hacen tragar las peores canalladas y humillaciones. La brutal dictadura de sus leyes económicas del beneficio hacen que cuando ese trabajo no sirva para acumular capital, los obreros se vean arrojados al «desierto del desempleo» como nos escribía hace poco el familiar de un despedido de SEAT, y como nos lo podrían decir los de ONO, RTVE,... ¿De qué respeto a la vida pueden hablar la Patronal, el Gobierno “socialista” y los Sindicatos cuando imponen el abaratamiento del despido y la precariedad, la subcontratación (y su criminal consecuencia de miles de accidentes laborales)?

Y cuando el proletariado se lanza a defender sus condiciones de vida contra los dictados de los capitalistas, la respuesta de estos que se llenan la boca de “convivencia pacífica”, es enviar a su violencia legalizada, y brear a palos a los trabajadores como hemos visto hace poco en Francia o en Vigo, con el objetivo de intimidar para que abandonen la lucha, y para que otros trabajadores no se sumen a ella.

El terror no es un instrumento particular de tal o cual fracción del capital. Es la esencia del sistema mismo. Por ello no se aplica únicamente contra los explotados. Es también el “modus operandi” entre las diferentes fracciones de la clase explotadora. A diferencia de los explotados - los productores sociales de la mayoría de las riquezas -, que compartimos un interés común; los explotadores, - es decir los que se apropian de esas riquezas -, tienen intereses contradictorios entre ellos mismos, que se solventan por la intimidación, la fuerza, y, llegado el caso, la matanza. Baste ver las dos guerras imperialistas mundiales o los conflictos que han proliferado desde el final de la IIª Guerra Mundial, y sobre todo en la etapa actual de caos imperialista tras el hundimiento del bloque del Este (una etapa que la burguesía predijo que sería de “paz”), para ver como la guerra y la barbarie no cesan de extenderse por todo el planeta, anunciando que, si la clase obrera no derriba antes al capitalismo, este terminará con la humanidad, en un escenario de guerras, atentados, degradación del planeta,… ¿Dónde está “la esperanza de paz”?

 

La amenaza de atentados terroristas no desaparece sino que se acrecienta

 

Ahora nos dicen que esa esperanza se cifra en que ETA podría abandonar los atentados. No vamos a discutir aquí si eso puede o no ser viable. Pero aunque el terrorismo etarra (que los trabajadores hemos sufrido en carne propia: Hipercor, trabajadores de la Marina en Vallecas) desapareciera, eso no significaría ni el fin de la violencia en general, por lo que antes hemos explicado, ni siquiera un respiro en cuanto a la amenaza de nuevos y más brutales atentados. El tipo de terrorismo sufrido por  la población de los países más desarrollados desde los años 60 hasta el final del siglo, se ha ido agotando como puede verse con el fin de los atentados del IRA, y ahora el “alto el fuego” de ETA. Pero a esa manifestación del terror capitalista[3], le sucede un nuevo terrorismo aún más brutal y sanguinario que se va extendiendo desde el Tercer Mundo (es el día a día que sufre la población iraquí en estos momentos) hasta las principales metrópolis capitalistas: 11-S en Nueva York, 11-M en Madrid, o el 7-J del pasado año contra los trabajadores ingleses, a los que también se les había dicho que el final del terrorismo del IRA les abría las puertas para vivir en paz.

Si fuese cierto el cese de la actividad terrorista de ETA, estaríamos hablando en todo caso del fin de una banda muy debilitada desde los años 90, que está más o menos bajo control (a distancia o desde dentro, eso quizás lo sepamos algún día) por los propios servicios de inteligencia del Estado español, que desde hace más de dos años no comete atentados con víctimas, y que desde pocos meses después del triunfo electoral del PSOE, mantiene discretas negociaciones con este partido. En cambio, el terrorismo que “viene” está más fuera de todo control y supone, como decíamos, un paso más en la espiral de irracionalidad y de brutalidad sanguinaria de la violencia capitalista. Engendrado esencialmente por la guerra imperialista, al igual que ésta va saltando progresivamente los mecanismos de contención con que la propia burguesía trató “reglar” sus conflictos. Si el terrorismo de finales del siglo pasado se basaba en organizaciones de carácter político, y por lo tanto atentas a obtener rentabilidad política de sus atentados, lo que hasta cierto punto les hacía previsibles, el terrorismo de este siglo XXI, de esta etapa final de descomposición del capitalismo,  obedece en muchos casos al dictado de “señores de la guerra” totalmente fuera de control, y su “justificación” es cada vez más irracional (fundamentalmente religiosa). ¿Dónde está, entonces, ese fin del terrorismo que nos anuncian?

 

El trasunto político de la tregua de ETA

 

Al Gobierno Zapatero le interesa presentar la declaración de “alto el fuego” de ETA como una demostración de que el “talante”, el “diálogo”, la “búsqueda de la concordia” pueden servir para eliminar los conflictos. Eso también es pura propaganda. Precisamente lo que hay detrás de la mencionada tregua es una puñalada trapera del PSOE al PNV, para impedir que éste aprovechara la anunciada “tregua” de ETA (hacía meses que los dirigentes más políticos de la banda la venían reclamando, y que los medios de comunicación de la burguesía española lo venían anticipando),  para formar un nuevo frente de Lizarra (como el que se constituyó tras la tregua etarra de 1999), con el que reforzar aún más su sobrepuja soberanista. Desde hace años, la propia burguesía española es consciente que el principal peligro para la cohesión territorial no es ETA, sino el sector de la burguesía vasca nucleado en torno al PNV, y ha sido a este sector contra el que han dirigido sus principales actuaciones: desde el Pacto Antiterrorista (que esencialmente trataba de hacer que el Gobierno Vasco se encargará de aplicar la legislación española contra Batasuna), hasta la componenda de dejar presentarse a un sucedáneo de Batasuna (el fantasmagórico Partido Comunista de las Tierras Vascas) a las elecciones autonómicas del año pasado para impedir que el tripartito gobernante en el País Vasco (PNV, EA, IU) refrendase electoralmente el Plan Ibarretxe.

En este juego de pillos que es la vida política de la democracia española, lo que prima sobre todo es el engaño, la añagaza, la trampa y la maniobra, para tratar de hacer frente a las tendencias centrífugas que la descomposición capitalista acentúa en todas las burguesías del mundo, y sobre todo en aquellas que arrastran problemas de mala cohesión nacional como es el caso de España. Lo que sucede es que, puesto que la burguesía es hoy incapaz de hacer frente de manera efectiva a esas tendencias dislocadoras dada su incapacidad de ofrecer una perspectiva a la sociedad, sus maniobras y sus trampas deben ser cada vez más arriesgadas. Si la apuesta inmovilista de Aznar (y también de una buena parte del PSOE) entrañaba ya el riesgo de reforzar el soberanismo en el PNV, como así sucedió, la apuesta de Zapatero de poner en juego a Batasuna para atenazar al PNV, supone igualmente una huída hacia delante. Su esperanza de éxito reside precisamente en la “responsabilidad” de Batasuna, y en que esta desoiga los cantos de sirena que le va a lanzar un PNV, probablemente aún más radicalizado en sus pretensiones, para forzar al PSOE a desenmascararse, por ejemplo en la pretendida Mesa de Partidos que debe negociar el “nuevo marco político” para el País Vasco, tras “el final de la violencia”.

La monumental chapuza en que ha acabado todo el politiqueo en torno al nuevo Estatuto de autonomía en Cataluña, es una demostración palpable de como las “mentiras arriesgadas” de Zapatero pueden hacer que les “salga el tiro por la culata”. Concebido inicialmente como un medio de limitar las tendencias soberanistas del PNV ofreciendo el cuadro de máximos que estaba dispuesto a ceder el Estado español, el nuevo “Estatut” ha tenido que ser finalmente pactado con la oposición al gobierno de la Generalitat de Cataluña (en este caso Convergencia y Unión), mediante, esencialmente, una generosa entrega de recursos fiscales[4]. Semejante esperpento no sólo no ha ayudado a calmar las ansias de “mayor autogobierno” de sectores nacionalistas más radicales como Esquerra Republicana de Catalunya sino que en realidad las alienta y les fortalece, al mismo tiempo que desacredita a partidos responsables como el propio PSOE e incluso Izquierda Unida, que quedan, tanto frente a “españolistas” como frente a “nacionalistas”, como un manojo de contradicciones, querellas internas, incoherencias y ridículos.

 

El mundo que anuncia el proletariado es un mundo sin patrias ni fronteras, sin clases y sin guerras

 

La clase explotadora no puede ofrecer otra cosa que ese avispero de querellas y conflictos, y no tiene otra forma de enfrentarlos que el chantaje, la violencia y el terror. El proletariado no puede caer en la trampa de secundar a una u otra fracción de la clase explotadora - a los centralistas contra los nacionalistas, a los vascos o a los catalanes contra los españoles -, porque todas ellas son hijas - putativas - del mundo de miseria, terror y barbarie que representa el capitalismo.

Para eliminar el terror, la clase obrera debe erradicar el capitalismo que lo fundamenta. Para eliminar las guerras debe abolir las naciones. Para edificar una verdadera sociedad humana debe acabar con la división de la sociedad en clases. No hay otro camino. Cualquier ilusión, incluso bienintencionada, en conseguir la paz o la verdadera armonía de los seres humanos en esta sociedad, es una criminal falsedad.

 

Etsoem. 14/05/2006.


[1] En lo sustancial de esa campaña han participado tanto los partidos politicos, sindicatos y medios de comunicación que dan credibilidad al mensaje etarra como los que creen que le están tomando el pelo a Zapatero y que ETA volverá a las armas como sucedió en 2001. Estos últimos también nos quieren hacer creer que la paz es posible, aunque la vía que defiendan sea la del hostigamiento a quien no se rinda ante la “rojigualda” que propugnaba el anterior presidente del Gobierno. 

[2] Ver en nuestra Revista Internacional nº 15: “Resolución sobre el Terror, el Terrorismo y la Violencia de Clase.

[3] Hemos demostrado la naturaleza capitalista de ese terrorismo de ETA en numerosos artículos (ver p. ej. nuestro  suplemento “La alternativa no es democracia o terrorismo, sino comunismo o barbarie”, que editamos en 1997), no sólo por su programa político, que por muy socialista que se diga aspira a construir un nuevo Estado, sino por su forma de actuación terrorista, es decir típicamente capitalista: tomar a la población de rehén en sus conflictos con otra fracción burguesa, en este caso el Estado español.

[4] Tal botín ha suscitado lógicamente el interés de otras autonomías, que en sus reformas de sus Estatutos, no quieren ser menos que Cataluña, aunque para eso tengan que descubrir, como en el caso de Andalucía, que ellos también son una nación.