Tribuna del Lector: ¿Por qué los sindicatos venden siempre a los obreros?

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Muchos trabajadores se preguntan por qué los sindicatos siempre les traicionan. ¿Por qué en Puertollano se hicieron cómplices de la política de la empresa que provocó 8 muertos por accidente laboral[1]? ¿Por qué siempre apoyan abierta o solapadamente los planes de despidos? ¿Por qué pactan con el gobierno las políticas de precariedad laboral, recorte de los subsidios de paro o de hachazo a las indemnizaciones sociales? ¿Por qué convocan simulacros como el 20-J y, sin embargo, sabotean la lucha cuando los obreros tienen un mínimo de fuerza?

Para dar respuesta a ese interrogante se desarrollan en los medios obreros y politizados las más diversas explicaciones. Hay quienes hablan de “burocratización” de los sindicatos. Otros dicen que la culpa reside en que los sindicatos están instrumentalizados por los partidos políticos. Otra explicación habla de los “malos dirigentes” que andarían siempre vendiendo a la base. En fin, una teoría muy en boga es la que dice que “los obreros tienen los sindicatos que se merecen”, que sí éstos son reaccionarios es porque aquellos estarían aburguesados.

Este texto no tiene como objetivo responder a esas explicaciones. En nuestro folleto LOS SINDICATOS CONTRA LA CLASE OBRERA y en numerosos artículos –entre los que destacamos “Sindicatos: 70 al servicio del capital”, aparecido en Acción Proletaria nº 55- las hemos rebatido detalladamente dando argumentos apoyados en la experiencia histórica del proletariado. Nuestro objetivo es más limitado: queremos continuar el debate que en el número anterior de Acción Proletaria mantuvimos con los compañeros del grupo Comunistas Revolucionarios de Ferrol cuya contribución publicamos en dicho número[2].

Los compañeros hacen denuncias muy justas de los sindicatos: dicen que “actuaron y actúan como agentes del capital estatal”.  Consideran que realizan “maniobras y chalaneos anti-proletarios”. Denuncian igualmente a los Comités de Empresa, esas instituciones del sindicalismo que muchas veces “se distancian” de los jerarcas sindicales para mejor hacer pasar los planes del capital. Los compañeros llaman a “la organización del poder proletario y la destrucción de los sindicatos” intuyendo que la revolución proletaria conllevará el enfrentamiento y la destrucción de los sindicatos, guardianes últimos del Estado Capitalista.

Todos estos elementos son muy positivos y animamos a los compañeros –así como a todos los que compartan esas posturas- a profundizar en ellos, a darles una base sólida y científica apoyándose en la comprensión de la experiencia histórica y mundial de la clase obrera y de sus posiciones programáticas.

Precisamente con ese objetivo queremos polemizar con ciertas afirmaciones del texto de los compañeros.

¿La base de los sindicatos sería la aristocracia obrera?

Del texto de los compañeros que publicamos en Acción Proletaria nº 172 parece desprenderse que sí los sindicatos son así es porque serían la expresión de una minoría de trabajadores fijos, privilegiados, una “aristocracia obrera”. Veamos algunas citas significativas:

“La demostración más grave del corporativismo sindical y aristocrático de este sector de trabajadores, cuyas condiciones laborales y sociales están ampliamente por encima de la mayoría de los asalariados, y que para nada intentan, ni siquiera minoritariamente, oponerse al menos a sus dirigentes sindicales (que los llevan años vendiendo, dicho sea de paso), puede verse en las connivencias con la patronal. Se han atrevido incluso a cambiar un día de "paro" para evitar la demora en las nuevas fragatas que están construyendo en la factoría de Ferrol, con objeto de no "perjudicar a la competitividad de la empresa”.

Refiriéndose a la actitud de los sindicatos, los compañeros afirman “Y ellos también han sacado sus lecciones: saben perfectamente que nuestra precariedad y sobreexplotación es la base de su función de servidores del capital, y la base de su posición dirigente gracias al acomodamiento del estrato de clase que representan (…)En este contexto de estratificación de la clase en un sector con trabajo garantizado y un sector precarizado, con condiciones de trabajo y de vida ampliamente diferenciadas, y encuadradas por los sindicatos en el marco institucional y legal establecido para las relaciones laborales, las luchas obreras en IZAR son en su naturaleza esencial luchas reaccionarias por conservar una posición privilegiada”, en oposición a las luchas de los compañeros precarios que serían “esencialmente revolucionarias, puesto que luchan por la igualdad de condiciones laborales con los obreros de la empresa principal y contra los fundamentos del capitalismo actual”.

No vamos a entrar a rebatir la falsedad de la teoría de la “aristocracia obrera” pues ya lo hicimos en la primera parte de nuestra respuesta aparecida en Acción Proletaria nº 172. Lo que aquí vamos a abordar es la tesis según la cual los sindicatos representan a una minoría de trabajadores privilegiados, la llamada “aristocracia obrera”.

Que esta posición no es exclusiva de los compañeros, lo demuestra el que muchos jóvenes precarios dicen francamente que los sindicatos no les representan para añadir a continuación que ello es debido a que “sólo defienden a los fijos”. Del mismo modo, se ha repetido hasta la nausea que los parados son despreciados por los sindicatos que solo se ocuparían de los funcionarios o los empleados fijos.

Los sindicatos no son expresión de ningún estrato de la clase obrera

Vivimos bajo el peso de la ideología democrática. Esta ideología le sirve a la burguesía para justificar todas las tropelías que comete contra los obreros y la humanidad entera. Sí el gobierno español envía tropas a Irak o lleva una política económica que perjudica a la mayoría sería por culpa de todos los “ciudadanos” (incluidos los obreros) que le habrían votado. De todas las formas de Estado que han existido en la historia la más cínica y retorcida es la democrática. El Estado democrático defiende los intereses de la clase capitalista y en su nombre adopta medidas de despido, miseria y guerra, pero todo lo justifica con el argumento universal de que “representa” a la “mayoría”, de que expresa la “voluntad” de los ciudadanos.

Esa ideología democrática nos dice que toda capa de la población tiene también una “representación particular” que en el caso de los obreros estaría constituida por los Sindicatos. Así pues, sí los sindicatos firman Pactos y Convenios que van contra los intereses de los trabajadores, sí se cargan huelgas, sí avalan medidas que provocan mortales accidentes laborales, sería “por culpa de los obreros” que les habrían dado su representación.

Hay compañeros que reaccionan contra los sindicatos pero siguiendo todavía bajo el influjo de la ideología democrática se empeñan en encontrarles a toda costa una representatividad. ¿Y donde la encuentran? Pues, según ellos,  los sindicatos son traidores porque representan a una capa especial de obreros –la aristocracia obrera- que habría traicionado a su clase por las migajas del privilegio de tener un “puesto fijo”[3].

La trampa está en pensar que el Estado democrático es “representativo” y que los sindicatos son “representativos”, es decir, aceptar aunque sea a regañadientes, la mistificación más peligrosa con la cual el capitalismo justifica su dominación. Contra ello, el marxismo demuestra[4] que el Estado representa únicamente al Capital, únicamente vela por el interés nacional del Capital, sirve exclusivamente a la minoría constituida por la clase capitalista en su conjunto.

En consonancia con lo anterior, los sindicatos no representan a ninguna categoría de obreros, sino que representan al Estado Capitalista, son expresión del interés del Capital Nacional, su papel es imponer en los centros de trabajo lo que los capitalistas como clase necesitan.

El Estado democrático del capital pretende integrar en su seno a todos los sectores de la sociedad como supuesto órgano neutral “situado por encima de las clases”. En realidad, lo que hace es justamente lo contrario: prolongar sus tentáculos en todos los sectores sociales –y muy particularmente en la clase obrera- de tal forma que estén convenientemente controlados. Lo que la ideología democrática llama “integración” y “representación” es en realidad control opresivo y subordinación al servicio de la explotación.

Dentro de esos tentáculos, los sindicatos cumplen un papel particular: controlar a la clase obrera, dividirla, destrozar sus luchas, hacerle tragar los planes de despido y liquidación de costes sociales que el Interés Nacional del Capital exige como un dios déspota e insaciable.

¿Es que acaso la división de la clase obrera entre precarios y fijos ha nacido de la “voluntad” de los fijos que pretenderían “conservar sus privilegios”? Esta “explicación” niega la historia de la clase obrera en los últimos 80 años que muestra a los sindicatos como enemigos de todas las categorías de obreros: fijos, precarios, jornaleros o emigrantes etc. Por limitarse a los últimos 30 años: en 1968 en Francia cuando apenas existía el empleo precario se dedicaron a sabotear la huelga de 10 millones de obreros. Lo mismo pasó en Gran Bretaña, en Italia, en Argentina etc. En España, se dedicaron a atacar las huelgas de 1971-76 (cuando ni siquiera estaban reconocidos por el franquismo) y después apoyaron los Pactos de la Moncloa, los Acuerdos de Reconversión, la reforma de la Seguridad Social. Frente a las huelgas de 1983-87 contra las reconversiones –que supusieron cerca de UN MILLON de despidos- hicieron a los fijos la peor de las faenas: contribuir a que fueran a la calle.

¿Cómo ha surgido el trabajo precario? ¿Es que acaso resultó ser la expresión de un “anhelo social” en el que convergería el interés de los empresarios y de los aristocráticos trabajadores fijos? Semejante “explicación” es una más de las que nos machaca todos los días la ideología democrática. La precarización fue impuesta por las necesidades del Capital frente a la agravación incontenible de la crisis. En España, las primeras medidas en ese sentido fueron introducidas por el Gobierno “socialista”[5] en 1984 desarrollando el cauce legal que dos años antes, CCOO y UGT y el gobierno de Calvo Sotelo habían creado con el ANE (“Acuerdo Nacional sobre el Empleo”). En 1992 (gobierno PSOE) y después en 1997 (gobierno PP) con el aval de los dos sindicatos se impusieron medidas que facilitaban todavía más la eventualidad y los contratos basura.

El medio más importante que el Capital tiene para responder a la crisis que le golpea es abaratar los costes de la fuerza de trabajo. Para ello, por una parte, elimina las llamadas “prestaciones sociales”: sanidad, pensiones, subsidio de paro, indemnizaciones por despido etc.; y, por otro lado, adopta medidas que hacen el empleo cada vez más precario. Pero mientras los hachazos a las “prestaciones sociales” suponen un ataque a todos los trabajadores (precarios, fijos, parados, emigrantes), las medidas de precarización dan al Capital una enorme ventaja política pues le sirven para sembrar la cizaña dentro de la clase obrera, atizando la concurrencia en sus filas.

Los sindicatos se han dedicado en cuerpo y alma a ahondar en esa cizaña que ellos han contribuido a crear. Ellos tienen dos discursos: a los fijos les dicen que los eventuales, los de contratas, los jóvenes con contrato basura, son sus rivales cuya íntima aspiración es “quitarles lo que tienen”. Pero con los precarios sueltan otro discurso completamente opuesto: los fijos serían unos vagos insolidarios y privilegiados, una “aristocracia del trabajo”, con los que no hay que contar a la hora de hacer una huelga.

En la situación actual donde está madurando penosamente la combatividad y la conciencia obrera, el mayor triunfo de los sindicatos (de todas las gamas y colores) es lanzar a los obreros unos contra otros. Por el momento, la combatividad no es homogénea en el conjunto de la clase, hay sectores mucho más combativos que el resto. Esta dificultad es aprovechada por los sindicatos para impedir que los más combativos contagien su espíritu de lucha al resto de la clase. Su labor “sanitaria” para detener la epidemia es encerrarlos en una lucha aislada y dirigida no tanto contra el capital o el Estado sino contra el resto de la clase obrera.

En Puertollano ha sido claro. En agosto cuando los obreros de las contratas se lanzaron a la huelga los sindicatos hicieron lo imposible para mantener a los fijos pasivos orquestando una asquerosa campaña de calumnias contra los compañeros de las contratas. Pero resulta que en octubre han hecho al revés: han llamado a una huelga exclusivamente de los subcontratados y a estos les han dicho que los fijos “no quieren luchar”, que “no se mueven”, que “tienen problemas distintos”. Ahora, la campaña de calumnias se ha dirigido contra los fijos.

Actualmente existen dos grandes generaciones de obreros. Por un lado, están los que tienen entre 45-55 años que vivieron las grandes luchas autónomas de los 70 y los combates contra las reconversiones del gobierno “socialista” durante los 80. Estos compañeros tienen experiencia sobre lo que son los sindicatos y lo que es la lucha obrera directa fuera de los cauces castradores que despliega el Estado capitalista pero, al mismo tiempo, sufren los males del escepticismo, la desorientación y son reticentes en muchos casos a luchar por miedo a sufrir otro palo más. Por otra parte, están los jóvenes, en su inmensa mayoría precarizados, sufriendo unas condiciones de trabajo extremadamente duras, con grandes interrogantes sobre el porvenir que les ofrece esta sociedad. Muchos de ellos tienen ganas de luchar pero apenas tienen experiencia y guardan ilusiones sobre los sindicatos. Lo que la clase obrera necesita es la unidad entre las dos generaciones, el debate y la lucha común, para unir experiencias y combatividad, y poder forjar su conciencia y de esta forma avanzar juntos hacia la lucha revolucionaria. Pero el interés de la burguesía –y por tanto de sus Sindicatos- es justo el contrario: se trata de crear un Muro de Berlín entre una y otra generación, oponerlas, separarlas, lanzar una contra otra. De ahí los dos discursos que cínicamente despliegan estos servidores del Estado burgués.

¿Por qué los sindicatos se han integrado en el Estado Capitalista?

En el siglo XIX los sindicatos nacieron de la clase obrera, de sus combates, de sus esfuerzos de organización y de unidad. En aquella época, el capitalismo, al ser un sistema en desarrollo, podía conceder a los trabajadores auténticas mejoras y reformas que hacían progresar sus condiciones de vida. Así, la jornada laboral pasó de unas 16-18 horas a principios de siglo a unas 10 horas a finales y a 8 horas en algunos países antes de la guerra de 1914.

En esta época, el proletariado podía dotarse de organizaciones de masas de tipo sindical con dos características esenciales: organización permanente que aspiraba a tener un reconocimiento legal por parte del Estado burgués y que tenía como meta la mejora progresiva de las condiciones de vida de los obreros.

Pero esas dos características no son posibles en el período histórico actual que es el de la decadencia del capitalismo. A principios del siglo XX el capitalismo conquista el mercado mundial, con ello sus contradicciones se hacen cada vez más agudas hasta el extremo de transformarse en un sistema que provoca destrucciones cada vez más brutales y somete a la humanidad a la amenaza de su aniquilación definitiva. Con esto, “el margen de maniobra que poseían los capitales nacionales y que permitía al proletariado llevar una lucha dentro de la sociedad burguesa por la obtención de reformas, queda reducido a la nada. La guerra despiadada que sostienen entre sí los distintos capitales nacionales se traduce en una guerra interna del Capital contra toda mejora de las condiciones de la clase productora” (de nuestro folleto LOS SINDICATOS CONTRA LA CLASE OBRERA página 24.). Por otro lado, en cada Estado nacional “los sectores más potentes del capital nacional se imponen al resto de su clase, concentrando progresivamente todo el poder en manos del Ejecutivo del Estado (gobierno), transformándose el parlamento en una simple correa de transmisión del gobierno que sólo mantiene en vida por razones de mistificación política” (ídem, página 25). De esta forma, el proletariado tiene enfrente no tanto a patronos individuales dispersos sino a todo el Estado burgués que actúa de forma coordinada y centralizada en su contra, un Estado que “no puede ofrecerle más que una explotación cada vez más implacable y alistarle como carne de cañón en los conflictos ínter imperialistas” (ídem.).

Estos dos rasgos esenciales de la sociedad del capitalismo decadente, que hemos podido comprobar a lo largo de todo el siglo XX en todos los Estados –desde los democráticos hasta los dictatoriales, desde los más “avanzados” hasta los más “atrasados”- hacen imposible la existencia de los sindicatos como organizaciones obreras.

En primer lugar, el balance de las condiciones de vida de la gran mayoría del proletariado y de la población mundial durante los últimos 100 años es realmente sobrecogedor: dos guerras mundiales con más de 60 millones de muertos, innumerables guerras “regionales” con cerca de 50 millones de asesinados, la miseria permanente en la mayoría de países del mundo mientras que en los países más industrializados tras el corto lapso de relativo bienestar durante los años 60-70 asistimos en los últimos 20 años a una caída en picado de sus condiciones de existencia que amenaza con retrotraerlos a una situación peor que a principios del siglo XIX. El primer fundamento que hacía de los sindicatos una organización obrera –el fundamento económico- ha sido radicalmente eliminado por la evolución del capitalismo.

En segundo lugar, el Estado ya no puede tolerar una organización de masas permanente que esté bajo el control de su enemigo proletario: tiene que integrarla completamente en sus engranajes bien a través del sometimiento directo y por decreto –regímenes fascistas o estalinistas- , bien por los medios sutiles e indirectos, pero mucho más eficaces, de los regímenes democráticos. “En estas condiciones, toda organización sindical, forzada por la naturaleza misma de su función a buscar la legalidad, sufre de manera permanente una presión que tiende a transformarla en correa de transmisión del Estado, por el único juego del respeto a las leyes capitalistas cuya aceptación tiene que imponer por lo tanto a los trabajadores. En el totalitarismo del capitalismo decadente los engranajes del Estado poseen un poder de integración que cuya potencia no puede ser combatida más que por la acción revolucionaria directa contra el Estado mismo. Al no asentar su actividad en ese terreno los sindicatos no tienen ninguna fuerza para resistirlo” (ídem, página 29). Así, pues, queda igualmente abolido el segundo fundamento (el fundamento político) que hacía de los sindicatos un organismo obrero.

La decadencia del capitalismo “pone violentamente al proletariado frente a la alternativa: GUERRA O REVOLUCION, COMUNISMO O BARBARIE. O el proletariado se compromete en un combate revolucionario de masas abandonando los viejos métodos de lucha parlamentaria y sindical, o se somete a la barbarie capitalista” (ídem., página 25). La prueba de que el proletariado comprendió ese envite planteado por la historia lo muestra el que, desde 1905, sus luchas tendieran hacia la lucha revolucionaria: la acción directa de masas (frente a los viejos métodos de lucha sindicalistas y parlamentarios) y la organización general en Asambleas y Consejos Obreros (frente a las viejas estructuras sindicales). Contra estas formas de lucha, estos contenidos y esta organización, los sindicatos se oponen con todas sus fuerzas, por ello desde hace casi un siglo no hacen otra cosa que servir al Capital: en 1914 se dedicaron a reclutar a los obreros para la guerra en nombre de la “defensa de la nación” prohibiendo las huelgas. Después, cuando desde 1917 surgen por todas partes los intentos revolucionarios del proletariado, los sindicatos se ponen del lado del capital constituyendo en Alemania el último recurso del Estado frente a las insurrecciones obreras. Desde entonces, el historial de los sindicatos se une indisolublemente al Capital: 1936 con la CNT en España, en la segunda guerra mundial, su reacción de oposición a las huelgas en 1968, su sabotaje de la huelga de masas en Polonia en 1980 etc.

Acción Proletaria / Corriente Comunista Internacional

[1] Ver Acción Proletaria nº 172

[2] Ver igualmente en Acción Proletaria nº 172 el debate sobre la teoría de la “aristocracia obrera”.

[3] Hay compañeros que rechazan la “democracia”y la ideología democrática pero que quieren dar una “explicación materialista” a la traición de los sindicatos y la creen encontrar en que representarían los intereses económicos mezquinos de “la aristocracia obrera”. Esta visión economicista y sociológica que se presenta como “materialista”  es en realidad materialista vulgar y tributaria de la ideología democrática que ve las instituciones del Estado (y entre ellas los sindicatos) como representantes de categorías sociológicas. La ideología democrática no rechaza el que las diferentes capas sociales tengan intereses económicos “legítimos” es decir compatibles con el interés general del Capital nacional.

[4] Ver las Tesis sobre la Democracia burguesa del Primer Congreso de la Internacional Comunista (1919)

[5] El entonces ministro de Trabajo, Joaquín Almunia –que en las elecciones del 2000 se convirtió en candidato de un “radical” frente de izquierdas junto con IU- declaró la guerra a los trabajadores diciendo que “había que acabar con la propiedad privada del puesto de trabajo”.