Para construir el porvenir hay que acabar con el capitalismo

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El año 2005 comenzó bajo los peores auspicios: con el horror por los destrozos del tsunami en el Sudeste asiático que provocó más de 300 mil muertos. Y se acaba con una doble amenaza de probables peores consecuencias: la contaminación de las aguas a causa de la explosión de una fábrica química que expone la vida de más de 5 millones de personas en China y en Rusia y el riesgo de propagación de una nueva plaga - la gripe aviar -, sobre cualquier parte del mundo, con el flujo migratorio de las aves en la próxima primavera.

Durante el año pasado hemos asistido igualmente impotentes a los destrozos del ciclón Katrina que borró prácticamente del mapa la ciudad de Nueva Orleáns y sus alrededores, y a continuación a una oleada sin precedentes de huracanes devastadores en el golfo de México, al terremoto en la Cachemira paquistaní y otros cataclismos similares. Estas imágenes apocalípticas no son producto de una fatalidad, ni simples catástrofes naturales. Son las leyes del capitalismo las que las han transformado en espantosas y dramáticas catástrofes sociales; es la incuria de este sistema lo que las agrava incapaz como se manifiesta de prevenir los efectos de estas catástrofes en las poblaciones ni para socorrerlas eficazmente cuando ya se han desencadenado.

Por otra parte, la concurrencia comercial a ultranza, la búsqueda de la explotación máxima y de la rentabilidad inmediata, la trasgresión permanente de las normas de seguridad más elementales, el mayor de los desprecios por la vida humana, provocan cada vez más catástrofes mortíferas, como los repetidos accidentes de aviación, o la progresión escalofriante de accidentes laborales como los sucedidos en China, pero también en los países “avanzados” como España.

Pero la locura y la barbarie del capitalismo se manifiestan todavía más claramente en el carácter cada vez más irracional de las guerras y los conflictos sangrientos que destruyen el planeta, alimentados por los apetitos imperialistas de todos los estados, y que engendran cada vez más caos y destrucción. Al avivamiento de los odios interétnicos y de las guerras tribales endémicas como las de África, se suman las masacres cotidianas en Irak, Líbano. Oriente Medio, en el Cáucaso,… y estas a su vez se “proyectan” sobre todo el planeta a través del recurso sistemático a los atentados “kamikaze” y su multiplicación como arma de la guerra imperialista. Tras el 11 de septiembre de 2001, las cruzadas antiterroristas no han hecho más que exacerbarlos y darles otra dimensión, pues se mostrado capaces de golpear ciegamente cualquier rincón del globo terrestre como hemos visto con la serie de atentados de Londres durante el verano, pero también en Indonesia, en Egipto y en la India.

Esta extensión de la barbarie sobre gran parte del planeta converge además con una aceleración sin precedentes de los ataques contra la clase obrera en los países centrales del capitalismo que sufre los hachazos resultantes de la agravación de la crisis económica. Todos los gobiernos, sean de derechas o de izquierdas, toman las mismas: someter a los proletarios a condiciones de explotación cada vez más insoportables, a una creciente pauperización creciente: la agravación del paro, la intensificación de los planes de despido en todos los sectores y la precarización laboral se añaden al aumento de los ritmos de explotación y de las jornadas laborales, al desmantelamiento de la protección social, a la caída del poder adquisitivo de los salarios, a la degradación de sus condiciones de vivienda,… El capitalismo no sólo echa a la calle a cada vez más obreros sino que se muestra cada vez más incapaz de proporcionarles los medios de vida más elementales. La amplitud y la profundidad de los ataques de la burguesía contra la clase obrera revelan el hundimiento inexorable del capitalismo en las convulsiones de su crisis mundial. Se pone de manifiesto que la burguesía no tiene más “solución” que ofrecer que atacar cada vez con mayor brutalidad las condiciones de existencia más vitales de aquellos a los que explota. El capitalismo se ve obligado a desvelar así su bancarrota histórica como forma de organización de la sociedad humana. La aceleración dramática de esta situación en todo el planeta demuestra con rotundidad no sólo que este sistema de explotación es incapaz de asegurar un futuro mejor para la humanidad, sino que amenaza directamente con anegar el planeta en un abismo de miseria y barbarie.

Ante la gravedad de lo que está en juego no existe más que una sola salida: el derrocamiento de este sistema por la única clase que sólo puede perder las cadenas de su explotación, el proletariado. La clase obrera tiene la llave del porvenir.

Únicamente ella tiene los medios para sacar a la humanidad de este atolladero mediante el desarrollo de sus luchas. Sólo ella es capaz de oponerse a la perpetuación de este sistema de explotación. Ella es la única clase de la historia portadora de otra sociedad donde el motor no será jamás el beneficio y la explotación, sino la satisfacción de las necesidades humanas.


Traducido de Révolution Internationale nº 364, publicación de la CCI en Francia.