Prestige: El capitalismo envenena el planeta

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Los hechos son de sobra conocidos. El 13 de Noviembre, un petrolero (el “Prestige”) sobrecargado con 77 mil toneladas de un combustible altamente tóxico (1), naufraga frente a las costas de Galicia, produciendo una marea negra (lo que en el argot de los marineros de la zona se conoce como “chapapote”) de gran magnitud, afectando a miles de kilómetros de litoral atlántico en Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco y afectando también las costas francesas,... ocasionando lo que ya se reconoce como la mayor catástrofe ecológica de la historia de la Unión Europea (el vertido es ya tres veces superior al que ocasionó el petrolero Erika en las costas bretonas de Francia en diciembre de 1999), con un coste económico superior a los 1500 millones de euros.

Desde el día siguiente al naufragio, las imágenes de la contaminación de las playas, de miles de personas tratando de retirar toneladas de una incesante masa viscosa de las rías, de las playas, con redes, palas y muchas veces con sus propias manos, han dado la vuelta al mundo y las radios, periódicos y televisiones le han dedicado páginas y horas especiales de programación... A la marea negra del chapapote, los medios de comunicación de la burguesía han añadido una auténtica marea amarilla de falsificaciones o de medias verdades, de mentiras descaradas o de cortinas de humo.

Los media afines al gobierno han cumplido su papel de voz de su amo dando por buenas las sucesivas patrañas (mandar el buque al oleaje de alta mar atenuaría el riesgo de vertido, el fuel se solidificaría hundiéndolo a más de 3500 metros de profundidad, lo que sale del buque son “unos hilillos,...

como de plastilina...” -sic-), tratando de minimizar el alcance de la catástrofe y la incompetencia de la Administración. La prensa, la radio y las televisiones de la Oposición además de desmentir al Gobierno -tarea nada difícil, por otro lado- y de dedicar sus esfuerzos de investigación a esclarecer datos tan irrelevantes como qué cazaba Fraga (el presidente del gobierno regional de Galicia) o la ruta senderista de Cascos (el ministro de infraestructuras) en los días posteriores al naufragio, ha cumplido fielmente el papel que el capitalismo asigna a la prensa independiente: dirigir el foco sobre los actores secundarios de las catástrofes (en este caso la irresponsabilidad del armador del buque, o la patente desidia de las autoridades regionales, nacionales, de la UE, etc.), para ocultar la verdadera causa de las catástrofes ecológicas: la supervivencia del modo de producción capitalista, que en su agonía, en su fase terminal de descomposición muestra cada vez más palpablemente la amenaza que representa para la supervivencia de la especie humana y del planeta mismo. Esas medias verdades son tan criminales como la mentira más flagrante. No sólo porque nos impiden tomar conciencia de la verdadera raíz de los problemas y por tanto de cual es la única solución para que “nunca más” (2) se produzcan tales catástrofes, sino que siembran las ilusiones más criminales “¡ay si las autoridades capitalistas persiguieran a los desaprensivos armadores!”, “si tuviéramos otros gobernantes, que no abandonaran a la población”,...

Con el avance de la descomposición capitalista, las catástrofesecológicas sólo pueden ir a más

En realidad las mareas negras son una manifestación más del cúmulo de atentados contra el planeta (junto a la contaminación de los ríos y el aire, la deforestación y la creciente desertificación de zonas enteras del mundo, el efecto invernadero,...), y contra la especie humana (la proliferación de las guerras imperialistas, las hambrunas como las que sacuden Africa pero también Argentina, el hacinamiento de millones de seres humanos en villas miseria, los accidentes en los transportes, las destrucciones por catástrofes “naturales” perfectamente previsible, la adulteración de la alimentación, el avance imparable de epidemias, etc.). No hay nada de “natural”, o de “accidental” en esas catástrofes, sino el resultado predecible de la dominación de las leyes del capitalismo - el beneficio, la competencia,...- sobre la naturaleza y las relaciones sociales.

Hubo un momento de la historia (el período ascendente de este sistema en el siglo XIX), en que las relaciones de producción capitalistas constituían el marco apropiado para el desarrollo de las fuerzas productivas, y su extensión a todo el planeta se confundía con el progreso histórico no sólo del propio sistema sino de la humanidad entera: el capitalismo desarrolla entonces los medios materiales, de conocimientos y de técnicas que permiten el dominio de la naturaleza (y no la dependencia del hombre de ésta como sucedía con anterioridad), superar enfermedades, desarrollar las capacidades productivas para satisfacer plenamente las necesidades del género humano,... Pero como afirmaba Marx, todos los modos de producción que en un momento histórico fueron necesarios para el avance de la sociedad, llegan a convertirse luego en una auténtica traba para el desarrollo de esas mismas fuerzas productivas. Eso es lo que le sucede al capitalismo desde hace casi un siglo, cuando entró en superíodo de decadencia (Ver nuestro folleto “La decadencia del capitalismo”). A lo que asistimos hoy, en todo el mundo, es precisamente a la acumulación desde hace casi 100 años de esas contradicciones hasta tal extremo que no se trata únicamente de un aumento cuantitativo de la cantidad de desastres y devastaciones, sino que en los últimos 20 años, en la etapa histórica de decadencia avanzada de este sistema, que nosotros hemos analizado como la fase de descomposición de la sociedad capitalista, (ver en la Revista Internacional nº 62: “La descomposición fase última de la descomposición capitalista”) sufrimos una auténtica aceleración cualitativa de las catástrofes medioambientales. Baste ver por ejemplo el avance de la desertificación ocasionada por una tala desaforada de los bosques que se ha duplicado desde 1979, o el “efecto invernadero” ocasionado por las crecientes emisiones de dióxido de carbono y CFC.

Lo que define perfectamente el carácter decadente de este sistema es que esas calamidades se dan cuando la sociedad dispone sobradamente de los medios materiales para eliminarlas definitivamente (en el caso de las fuentes de energía la utilización del gas natural o de energías eólicas, por ejemplo). Lo que sucede es que, como decíamos en nuestro artículo: “Es el capitalismo quien envenena la tierra” (Revista Internacional nº 63): “azuzado por la competencia, por la anárquica rivalidad entre unidades capitalistas que luchan entre sí por el control de los mercados (...) el capitalismo no puede hacer un alto para tomar en consideración la salud y el bienestar de sus productores, ni las consecuencias ecológicas de lo que produce o como lo produce”. Y no es sólo que esa producción capitalista sea cada vez más “irresponsable“ respecto a sus repercusiones medioambientales, es que la persistencia de esa irracionalidad (desde el punto de vista de las necesidades de la humanidad, no desde luego desde el criterio de las sacrosantas leyes de la acumulación capitalista), lleva a un extremo en que la civilización humana llega a perder parte de lo adquirido como resultado de siglos de evolución. Todo ello se ilustra en la catástrofe del “Prestige”.

Conseguir un transporte marítimo seguro fue una de las más importantes conquistas de la técnica (la sustitución de los cascos de madera por los de acero) y de la organización capitalistas (planificación de las rutas comerciales, legislación internacional,...) que constituyó una de las principales bases de la extensión del sistema a todo el planeta. Y, sin embargo, ¿qué nos encontramos hoy?. Que el transporte marítimo se realiza cada vez más con medios más precarios. La crisis de la construcción naval que se mantiene desde los años 80 (los pedidos de los que viven la mayoría de los astilleros provienen casi únicamente de sus marinas de guerra), ha conducido a una flota cada vez más obsoleta. De 7894 petroleros que surcan los mares del planeta, la mayoría de ellos no cumple los stándards de calidad exigible, y casi la mitad de ellos tienen más de 20 años (el “Prestige” tenía 26). Y no estamos hablando de los buques de unos cuantos armadores desaprensivos.

El Estado español ha tenido que reconsiderar su propuesta de prohibir la navegación de petroleros monocascos al comprobar que los 5 petroleros con los que cuenta la CLH (sucesora de CAMPSA en la distribución de crudos)para el transporte de derivados del petroleo entre puertos españoles ¡son todos ellos monocascos! y con más de 15 años de edad. Lo cierto es que en el transporte marítimo actual la mayoría de las cargas de mayor peligrosidad se realizan a través de barcos como el “Prestige”.

Es esa competencia enfebrecida la que lleva a los armadores a emplear buques obsoletos, a saltarse las revisiones de conservación, a contratar tripulaciones mal pagadas e inexpertas, a navegar en la cercanía de las costas para impedir que el oleaje de alta mar arruine el porte, etc., respetando aparentemente la “legalidad” mediante el empleo de las “banderas de conveniencia” .. Pero esta forma de trampear las “normativas” de seguridad no es patrimonio de unos cuantos capitalistas estafadores... Los propios Estados capitalistas que se llenan la boca de proclamas en pro del control de las mercancías peligrosas, recurren cada vez más a esas triquiñuelas. Así, por ejemplo, en la flota naviera española, hay 123 buques con pabellón extranjero, y el 30% de los petroleros españoles navega bajo las banderas de Panamá, Madeira, Chipre,... En esas condiciones la proliferación de “mareas negras” como la del Prestige es algo inevitable. No en vano, en la última década, hemos salido a una media de una marea negra por año (en Galicia son 5 en 25 años), en las costas de los países de la Unión Europea.

La irresponsabilidad de los políticos burgueses es la expresión de la incapacidad del capitalismo de salir de su atolladero histórico

Es evidente la sucesión de incompetencias, descoordinaciones y torpezas cometidas por las distintas autoridades nacionales y regionales del PP en la crisis del Prestige, tomando una serie de decisiones equivocadas para tratar de minimizar la magnitud de la catástrofe y que nada empañara su conocido eslógan del “España va bien”, echándole la culpa al mal tiempo, al armador, incluso a Gibraltar, a la oposición,...

Pero esta desresponsabilización de los gobernantes respecto al caos del sistema que gestionan no es algo característico de los gobiernos de derechas. Otro tanto sucedió cuando gobernaba Felipe González y se produjeron las contaminaciones del Casson, el Urquiola y el Mar Egeo, en Francia con el gobierno Jospin cuando la catástrofe del Erika, o en Gran Bretaña donde los sucesivos gobiernos de Thatcher, Major y ahora Blair también se desentendieron de la quiebra de las infraestructuras ferroviarias que han causado centenares de muertos.

Esa desresponsabilización de los gobernantes es un fenómeno, como la corrupción o el auge de fuerzas políticas difíciles de integrar en la gestión del capital nacional (el Frente Nacional en Francia, como analizamos en AP nº 165) que se está desarrollando cualitativamente en la etapa de descomposición capitalista. En efecto, en el mencionado artículo “La descomposición: fase última de la decadencia capitalista”, señalábamos que: “Entre las características más importantes de la descomposición de la sociedad capitalista, hay que subrayar la creciente dificultad de la burguesía para controlar la evolución de la situación en el plano político. La base de este fenómeno es, claro está, que la clase dominante cada día controla menos su aparato económico, infraestructura de la sociedad El atolladero histórico en que está metido el modo de producción capitalista, los fracasos sucesivos de las diferentes políticas instauradas por la burguesía, la huída ciega y permanente en el endeudamiento con el cual va sobreviviendo la economía mundial, todos esos factores repercuten obligatoriamente en un aparato político incapaz, por su parte, de imponer a la sociedad, y en especial a la clase obrera, la “disciplina” y la adhesión que se requieren para movilizar todas las fuerzas y todas las energías para la guerra mundial, única “respuesta” histórica que la burguesía es capaz de ofrecer. La falta de la menor perspectiva (sino es la de ir parcheando la economía) hacia la cual pueda movilizarse como clase, y cuando el proletariado no es aún una amenaza para su supervivencia, lleva a la clase dominante, y en especial a su aparato político a una indisciplina cada vez mayor y al sálvese quien pueda”.

Esa tendencia a la irresponsabilidad de los gobernantes que hace años veíamos en los Estados de los países del Tercer Mundo, y luego en las naciones falsamente llamadas “socialistas” (en realidad expresiones caricaturales de la tendencia al capitalismo de Estado que se da en todos los países), empieza a cobrar cuerpo, de manera más frecuente en los Estados capitalistas más “avanzados” y “democráticos”, lo que indica que el caos y la descomposición en la que están sumidos más de tres cuartas partesdel planeta no son específicos de los países subdesarrollados, o de los antiguos regímenes stalinistas, sino un proceso imparable que rebota hacia el corazón mismo del capitalismo. Por ello, echar la culpa de las catástrofes ecológicas a la “anorexia del Estado”, o como dice Llamazares (secretario de Izquierda Unida), a “una crisis de representación democrática” constituye una criminal ilusión.

En primer lugar no es verdad que se esté dando un “adelgazamiento” del Estado capitalista, sino todo lo contrario: una auténtica hipertrofia del aparato estatal, que es fenómeno que se ha venido intensificando a lo largo de todo el período de la decadencia capitalista, y que alcanza niveles paroxísticos en la etapa de descomposición. Esa tendencia al reforzamiento del Estado, a que el Estado acabe absorbiendo más y más ámbitos de la sociedad civil es la respuesta de la burguesía a la acumulación de sus contradicciones. Pero respuesta no quiere decir solución. Por ello, con el avance de la descomposición, esa hipertrofia del Estado se produce al mismo tiempo que se recortan año tras año los presupuestos de los servicios públicos en sanidad, en educación, en pensiones o en protección civil. Todo esto se ha puesto claramente de manifiesto en la catástrofe del Prestige, en la que han intervenidos decenas de instituciones estatales (desde las directivas y los comités comunitarios de la UE, hasta las cofradías de pescadores, pasando por cinco ministerios del gobierno español, otras tantas consejerías del gobierno regional, autoridades marítimas, portuarias, etc.,...), al mismo tiempo que faltaban los medios más elementales para combatir la marea negra, empezando por los propios medios de salvamento marítimo que fueron prácticamente privatizados y “adelgazados” en la etapa de los gobiernos “socialistas” (apenas hay una decena de remolcadores en la costa cantábrica capaces de guíar petroleros como el Prestige),... Hay decenas de comités de expertos, miles de reuniones de coordinación, pero faltan aspiradores de fuel, contenedores, palas,...

Esa es la imagen del atolladero sin solución en el que cada vez más se adentra el capitalismo mundial, y precisamente por ello, la acción del Estado burgués que consiste en la defensa del orden capitalista en contra de las necesidades humanas, en vez de constituir un freno al caos se convierte en realidad en un factor añadido de éste. La ilusión de que ese Estado “democrático” serviría a los intereses de la ciudadanía, o serviría de instrumento para protegernos de la tendencia creciente a la destrucción que genera el propio sistema capitalista, se revela así como una criminal falsedad, que nos encadena aún más a los intereses de los explotadores.

La única solidaridad posible es la lucha contra el capitalismo

Uno de los aspectos más repetidos en la campaña .mediática. desatada con ocasióndel chapapote ha sido la “marea de solidaridad” que esta catástrofe ha suscitado entre la población: las imágenes de cientos de personas embarcándose en autobuses para dedicar sus vacaciones a limpiar las playas, o la de los voluntarios “autoorganizándose” para paliar los efectos del desastre habida cuenta de la desidia de las autoridades, y en muchos casos de los obstáculos que estas mismas han puesto, han aparecido una y otra vez en los medios de comunicación como lo “único positivo” de esta tragedia, como la demostración de que “cuando el Estado dimite de sus responsabilidades, la sociedad civil toma el relevo” ... Los medios de comunicación han hablado incluso de una “revolución en Galicia”..

Digamos de entrada que ante la magnitud de la catástrofe (la pérdida por muchos años de un ecosistema de un valor incalculable, la mayor reserva de mariscos de Europa), y de la tragedia a la que se ven abocados miles de personas (casi un cuarto de millón de personas viven directa o indirectamente de los recursos de esa zona), es perfectamente comprensible que haya una reacción «primaria» de solidaridad. Pero no es menos cierto que el propio Estado capitalista es capaz de desvirtuar esa solidaridad “humana” trasformándola en un ataque ideológico contra los trabajadores:

*en primer lugar porque la plantea en un terreno interclasista, en el que se confunden los intereses de explotadores y explotados. Precisamente porque los desastres ecológicos afectan al conjunto de la población, la lucha por la “defensa del medio ambiente” es proclive a esa mezcolanza entre capitalistas y trabajadores en una aparente “causa común”, pero en absoluto pueden identificarse los intereses de las grandes compañías conserveras que explotan mano de obra barata (con una inmensa mayoría de contratos temporales, discontinuos, utilizando mayoritariamente a trabajadoras para pagarles un salario inferior, etc.) que los trabajadores de esas mismas industrias. Incluso en las indemnizaciones otorgadas por la administración siguen habiendo clases: los patronos de barco cobran 60 euros días, mientras los trabajadores de la industria auxiliar recibirán la mitad.

* en segundo lugar porque utilizan esa solidaridad “ecológica” para sacarles las castañas del fuego al propio Estado capitalista. Los casi 5000 voluntarios que trabajan en la limpieza de las costas constituyen una mano de obra gratuita que el Estado emplea para ahorrarse los salarios que tendría que pagar para reparar las consecuencias de un desastre que él mismo ha causado. Así no es de extrañar que hayan habido choques entre los voluntarios y los empleados de la empresa Tragsa, subcontratada por la Xunta de Galicia para las labores de limpieza, porque estos finalizaban su trabajo a las 5 de la tarde. Esa manipulación de la solidaridad se ve también en el acuerdo de la Administración con las empresas constructoras a las que se les van a pagar las tareas de la reparación del litoral, pero que, al menos en los primeros momentos van a utilizar a los voluntarios como fuerza de trabajo. Y el culmen ya de esa explotación capitalista de la solidaridad ha sido la propuesta de empresarios y sindicatos de pagar ”a escote” un fondo de solidaridad con Galicia con los impuestos que trabajadores y empresarios pagan a la Seguridad social (3).

* finalmente porque desvía a prácticas “autogestionarias”, la toma de concienciade muchos trabajadores del papel nefasto del Estado capitalista. Como hemos vistoen Argentina en la que la organización de mercadillos de trueque no ha supuesto ningún cuestionamiento del Estado capitalista sino una auténtica bombona de oxígeno a las autoridades de ese país, del mismo modo la .autogestión. (es decir la autoexplotación) de los trabajos de limpieza de las costas, amén de justificar un aumento de las jornadas, unos ritmos extenuantes de trabajo, dejan intacto al Estado.

En el artículo “Es el capitalismo quien envenena la tierra” (Revista Internacional nº 63), escrito ya en 1990, señalábamos que «cuanto más dura el capitalismo, mayor es la catástrofe ecológica de dimensión planetaria”, y también que “En la fase actual de descomposición avanzada, la clase dominante pierde cada vez más el control de su sistema social. La humanidad ya no puede permitirse por más tiempo dejar el planeta en sus manos”. La “crisis ecológica” es una prueba más de que el capitalismo debe ser destruido antes de que arrastre al abismo al mundo entero......

El capitalismo destruye el entorno sin preocuparse por ello pues su objetivo es crecer por crecer. La única respuesta es suprimir el principio mismo de la acumulación capitalista; producir, no para incrementar el beneficio, sino para satisfacer las necesidades humanas. El capital destroza los recursos del mundo porque está dividido en unidades nacionales en permanente competencia, porque es fundamentalmente anárquico y no produce pensando en el futuro. La respuesta del proletariado a eso solo puede ser: la abolición del Estado nacional, la utilización común de todos los recursos naturales y humanos de la tierra y la instauración de lo que Bordiga llamaba «un plan de vida para la especie humana». En resumen, el problema sólo puede ser resuelto por una clase obrera consciente dela necesidad de revolucionar las bases mismas de la vida social y que posee los instrumentos políticos para asegurar la transición consciente yorganizada a la sociedad comunista».

Acción Proletaria (29 de Diciembre de 2002).

Notas:

1.-El fuel tipo .bunker. vertido por el .Prestige. contiene tres veces más azufre que los que se utilizanhabitualmente en Europa, produciendo ezcemas e inflamaciones en la piel, además de intoxicaciones en las vías respiratorias. Quienes trabajan en la limpieza de las playas señalan que su respiración suena como la de los silicóticos y que las mucosidades están ennegrecidas. No se han podido descartar sus efectos cancerígenos a medio plazo.

2.- La Plataforma “Nunca más” es la que ha llevado la voz cantante en las movilizaciones contra el vertido. Curiosamente ese fue ya el eslógan de las manifestaciones de protesta contra el vertido del “Mar Egeo” hace 12 años.

3.- Si los sindicatos han vociferado tanto contra la .obsesión por el déficit 0. de los políticos neoliberales de la Derecha, ¿porque proponen ahora no tocar las arcas del Estado y sí los bolsillos de los trabajadores, para hacer frente a la catástrofe en Galicia? Tal ofrecimiento ha puesto en bandeja de plata al propio Gobierno del PP un baño de .sensibilidad social. agradeciendo el regalo aunque rechazándolo ¡momentáneamente!. El precedente que sienta esta oferta sindical es una amenaza más contra nuestros salarios.