China-Japón: tensiones imperialistas en el Sudeste asiático

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La barbarie capitalista continúa avanzando dramáticamente. En las últimas semanas, Asia se ha convertido en un nuevo epicentro de la aceleración de las tensiones interimperialistas. El 14 de marzo, Formosa (Taiwán) pasó a ser objeto de la inquietud internacional. No es para menos ya que ese mismo día Pekín aprobó, por primera vez, una ley “anti-secesión” facultándole el empleo de medios militares contra Taiwán en caso de que las autoridades de la isla declaren la independencia. Esto venia precedido de unas contundentes declaraciones del presidente chino Hu Jintao, con uniforme militar, en las que llamaba públicamente a sus oficiales a “prepararse para un conflicto armado”. El mensaje es claro: la burguesía china no va a consentir la separación de Taiwán y para ello no se detendrá ante nada, ni siquiera ante una guerra. Por su parte las recientes elecciones celebradas en Taiwán han vuelto a dar la mayoría al partido más inclinada a las tesis independentistas.


Asia, un foco de tensiones guerreras

La tensión está creciendo rápidamente en todo el Sudeste asiático, y también entre China y Japón. Las belicistas proclamas de China han tenido un impacto inmediato en Japón, cuyo gobierno declaró que la citada ley anti-secesión va a tener un efecto muy negativo en la paz y estabilidad de la región, al mismo tiempo que anunciaba que sus tropas habían tomado el control de un faro en el archipiélago de Senkaku (archipiélago tradicionalmente reivindicado por Pekín, que allí se conoce por Diayou). Inmediatamente China replicó calificando ese acto militar como “grave provocación totalmente inaceptable”.


La tensión se aceleró al fomentar el Estado chino en las últimas semanas una serie de manifestaciones anti-japonesas, con la excusa de que Tokio ha publicado un manual de historia que minimiza las atrocidades perpetradas por el ejercito japonés durante la colonización de una parte de China en los años 30. En respuesta, Japón se ha referido por vez primera a China como “amenaza potencial”. Para hacernos una idea de la gravedad que está alcanzando la situación, recordemos que es la primera vez también que Japón abandona su tradicional política de neutralidad respecto al espinoso asunto de Taiwán.


Este arrebato belicista de China no ha despertado únicamente la reacción de Japón. Los Estados Unidos se han apresurado a dejar claro que, si bien desde 1972 Washington solo reconoce una China de la que formaría parte Taiwán, no se quedaría de brazos cruzados en caso de una agresión militar de China sobre Taiwán. Así el portavoz de la Casa Blanca, Scott McClean, ha declarado que “Esa ley anti-secesión es desafortunada”. Por su parte Condoleeza Rice, en su visita a Pekín el 21 de Marzo, le dejó claro al presidente chino Hu Jintao que “nos oponemos a cualquier modificación unilateral del statu quo”.


Ante la exacerbación de los apetitos imperialistas de China, ha quedado claro que USA y Japón hacen en este momento causa común en esa parte del mundo. Tal es el sentido del acuerdo firmado entre Washington y Tokio que tiene “como objetivo estratégico común” lograr una “solución pacífica” de las cuestiones concernientes a Taiwán.


La presión imperialista de China

Ya el hundimiento de la URSS en 1989, y la afirmación de USA como única gran potencia mundial, conllevó una alteración de la política imperialista china. Cuando se produjo la formación de la República Popular China en 1949, o cuando en 1972 China y USA pasaron a ser aliadas contra URSS, el desarrollo de las tensiones imperialistas se veía constreñido por el corsé de la disciplina de bloque, que hasta cierto punto las limitaba. Pero desde 1989 con el hundimiento del capitalismo en la descomposición, la situación empieza a cambiar.


La base de la alianza chino-americana que era la existencia de un enemigo común, la URSS, desaparece con ésta. Por ello desde mediados de los años 90 empezamos a ver manifestaciones bastante evidentes de tensión entre China y USA, como la que se produjo el 7 de Marzo de 1999, cuando aviones americanos bombardearon “por error” (¿?) la embajada china en Belgrado, curiosamente apenas un mes después de que en un viaje a Washington de un alto responsable de la diplomacia china, las autoridades norteamericanas le advirtieran su oposición a que China decidiera “cabalgar en solitario” en el escenario imperialista.


Desde entonces, y a pesar de esas advertencias, los apetitos imperialistas de China no han cesado de crecer así como su voluntad de hacer patente su poderío militar que las demás potencias, en especial USA, deben tomar en cuenta. No es casualidad que el presupuesto militar chino no haya dejado de crecer, con porcentajes de dos dígitos en los últimos quince años (11’6% en 2004, tras un 17% en 2002, lo que representa aproximadamente un 35% del presupuesto nacional). Signo de los tiempos y de las necesidades imperialistas chinas es la proporción de esos gastos que se destina a la modernización de la aviación y la armada, así como la importante participación china en el proyecto europeo de contar con un sistema de navegación – el Galileo – alternativo al GPS norteamericano.


Pekín no pierde ocasión de aprovecharse de las dificultades que encuentra la primera potencia mundial para imponerse en el planeta. Una prueba de ello es la interferencia de China en el proceso de discusión del asunto de la capacidad nuclear de Irán, ya que como expuso el ministro chino de Asuntos Exteriores (Li Zhaoxing) en un viaje a Teherán, China se opondrá a cualquier intento de sanción de la ONU a Irán por esta cuestión. Esa misma política imperialista le lleva a apoyar al régimen islámico sudanés. En ese mismo sentido va su política hacia Corea del Norte lo que deja bien a las claras la intención de las autoridades chinas de avanzar sus peones en esa zona natural de influencia para ella, en detrimento de la política americana. Al mismo tiempo, la burguesía china se ha esforzado en los últimos tiempos en consolidar su influencia en Laos, Camboya, Birmania, Tailandia, Malasia e Indonesia, todo ello contrariando los intereses de USA.


Y si bien el desarrollo de las tensiones imperialistas a propósito de Taiwán es una grave amenaza para el mundo, no es sin embargo el único punto caliente de enfrentamientos larvados en esa región del mundo. En la frontera entre China y Pakistán se sitúan dos territorios (Aksai-Chin y Arunachal-Pradesh) que son reivindicados con más fuerza por ambos estados, lo que constituye una fuente potencial de enfrentamiento entre estas dos potencias nucleares. El momentáneo apaciguamiento de la tensión entre India y Paquistán por un lado, y entre China e India por otro, no presagia sin embargo un futuro estable en esa región. Cuando el primer ministro indio, Mammhan Singh declara que “India y China comparten la aspiración común de obrar por un orden político y económico internacional justo, equitativo y democrático” es precisamente porque los principales tiburones imperialistas de Asia (China, India y Paquistán) deben poner en sordina, de momento, sus querellas, para concentrarse en tratar de contener los estragos que está causando la ofensiva norteamericana en esa zona. Un escenario así suscita necesariamente la atención de las demás potencias imperialistas del mundo, especialmente Francia, Alemania y Rusia, que no van a quedarse de brazos cruzados y que van a tratar van a acudir a defender sus propios intereses imperialistas en esta región del mundo y sobre todo a hacer sombra a USA que se enfrenta a un debilitamiento acelerado de su liderazgo mundial.


Las recientes visitas de Chirac y Raffarin a China no han tenido como objeto únicamente reforzar las relaciones económicas entre París y Pekín, sino sobre todo manifestar el apoyo de Francia, de acuerdo con Alemania, al levantamiento del embargo a la venta de armas chinas y de la venta de tecnología avanzada a China. Una China más fuerte y agresiva frente a USA hace el juego a Alemania y Francia. En efecto la estrategia americana de implantación de bases militares en Kirghizstan, Tadjikistán, Afganistán y Uzbekistán tiene por objetivo cercar a Europa y Rusia, pero también le sirve para tamponar la influencia expansionista de China hacia Occidente, contribuyendo con ello a aislar a sus principales concurrentes imperialistas entre sí.


La huida hacia delante del capitalismo sólo lleva a un caos cada vez más profundo

Ante el desarrollo de las tensiones imperialistas en Asia sería un error creer que la barbarie capitalista no va seguir acelerándose en otras regiones del mundo. Todo lo contrario. Es evidente que la burguesía norteamericana va a seguir atascada en el lodazal iraquí pese a sus intenciones declaradas de proceder a una retirada parcial de sus tropas en el 2006. En Oriente medio está además al acecho de Siria e Irán, y también en el Extremo Oriente con Corea del Norte. Para continuar ejerciendo de gendarme mundial tiene que seguir huyendo hacia delante en el terreno militar. La multiplicación de los puntos calientes en Extremo Oriente, el empuje del imperialismo chino, son una fuente de preocupación creciente que conduce a la Casa Blanca a reforzar sus bases militares en la zona, así como sus lazos con Indonesia, Filipinas, Malasia, Tailandia, incluso Sri Lanka, aprovechando cínicamente además la cobertura de la ayuda humanitaria a las víctimas del “tsunami”.


La evolución de la situación en el Sudeste Asiático muestra, una vez más, a la clase obrera que todos los discursos de paz de la burguesía preparan nuevos momentos de enfrentamiento guerrero, y que el sistema capitalista solo puede ofrecer cada vez mayores grados de barbarie. La escalada de amenazas guerreras en Asia es una nueva expresión de lo que nos depara el futuro. Los apetitos y pretensiones de los principales rivales del imperialismo americano, entre los que se encuentra abiertamente China, van a continuar agudizándose. La crisis del liderazgo americano, su ofensiva actual y las reacciones que ello produce, van hundiendo al mundo en un caos creciente.


Tino. 22/04/05.