Catástrofes «naturales»: el capitalismo en crisis es el verdadero culpable

Versión para impresiónEnviar por email

Los ejemplos se repiten y no hacen más que confirmar la verdadera causa de las catástrofes sociales que se multiplican en todo el mundo: el terremoto de Bam que mató a decenas de miles en Irán hace dos años, el de Pakistán que produjo más de 40 mil muertos, el Tsunami que dejó cientos de miles de cadáveres en la región del Océano Indico el diciembre pasado, recientemente el huracán Katrina que en Nueva Orleáns, Mississippi y Alabama produjo una masa de flotantes y de personas abandonadas a su suerte en el país más rico del mundo, los huracanes Stan y Wilma que han arrasado literalmente con decenas de comunidades en las costas de México y Centroamérica, todos son ellos desastres naturales convertidos en desastres sociales por el capitalismo.

Si analizáramos de manera aislada, por ejemplo, los daños causados por el huracán Stan, podríamos decir que fue una desgracia causada por la naturaleza, como quieren hacernos creer los medios de información burgueses. Los miles de muertos contados en las costas de México, Guatemala, Haití, etc., la destrucción de comunidades completas, dejando a miles de familias sólo con la ropa sucia y húmeda que llevan puesta y a los trabajadores sin posibilidad de reintegrarse a sus viejos empleos, por haber quedado destruidos, no podría achacarse más que a la mala suerte de la gente que le tocó recibir la fuerza del viento y del agua ante las cuales no se puede hacer nada. Sin embargo, este es un análisis superficial, un análisis de aquellos que se conforman aceptando las palabras de quienes ocultan la responsabilidad de este sistema social del cual son voluntaria, o invo­luntariamente fieles servidores. Ocultan que la miseria a la que es condenada la mayoría de la población ha obligado a gran parte de ésta a asentarse en regiones con alto riesgo de inundaciones, deslaves y hundimientos. Ocultan que la pobreza de esta gente, las obliga a vivir en casuchas que no les ofrecen la mínima protección ante las inclemencias del tiempo. Ocultan que la supuesta ayuda humanitaria sólo ha servido a políticos e instituciones para hacerse propaganda, dejando a la mayoría de las víctimas en total abandono1. Oculta que la mayoría de los recursos han sido empleados para salvaguardar la vida y las partencias de los burgueses. Ocultan que el paso del huracán Stan es sólo un ejemplo de cómo el capitalismo es el verdadero responsable de las destrucciones que se repiten cada vez con mayor frecuencia y la prueba más palpable de ello es lo ocurrido hace sólo dos meses en Nueva Orleáns.


Desastre en EUA: no es el subdesarrollo el responsable

Cuando el tsunami afectó al continente asiático en diciembre, la burguesía de los países desarrollados echó la culpa de la catástrofe a la incompetencia política de los países pobres por negarse a tomar en cuenta las señales de alarma. La tragedia en Nueva Orleáns y sus alrededores, no se produjo en ningún rincón del tercer mundo azotado por la miseria, sino en el corazón de la primera potencia capitalista mundial, lo que desmiente el discurso sobre el subdesarrollo o la pobreza como causa de este tipo de desgracias. Las escenas de pesadilla que se desarrollaron en EUA, la más rica y poderosa nación de la tierra, aclaran, más que nunca que es el actual orden social, a pesar de todos sus recursos tecnológicos y materiales, lo que está llevando a la humanidad a la destrucción.

El huracán Katrina mostró lo que siempre ha sido verdad, que el contraste no es entre países ricos y pobres, sino entre gente rica y pobre, la clase social contó para la sobrevivencia. Cuando se ordenó la evacuación en Nueva Orleáns, cada familia quedó a su suerte. Quienes pudieron costearse la encarecida salida2, salieron para resguardarse. Pero la mayoría de los pobres, los ancianos, los enfermos, quedaron a merced del huracán, incapaces de escapar. El Superdome y el Centro de convenciones que fueron abiertos como refugios frente a la tormenta, fueron realmente campos de concentración, pues las autoridades no proveyeron ningún tipo de servicio, agua, alimentos, ni asistencia. Cuando miles de personas, la mayoría de raza negra, ocuparon estas instalaciones, fueron abandonados a su suerte. Para los ricos que se quedaron la situación fue totalmente distinta. Los turistas y los VIPS que se alojaban en hoteles de cinco estrellas adyacentes al Superdome nadaban en la abundancia y estaban protegidos por oficiales de policía armados, que mantenían a la «chusma» del Superdome a raya. Desde luego estos personajes tuvieron preferencia durante el rescate, mientras que muchos de los evacuados de los refugios fueron abandonados en la carretera, bajo el sol ardiente, donde algunos murieron.

Las fuerzas de represión llegaron antes que las fuerzas de ayuda. En vez de organizar la distribución de agua y alimentos guardados en los depósitos y almacenes de la ciudad, la policía se empleó a fondo contra la gente pobre que empezó a asaltarlos para distribuir productos de primera necesidad como una tentativa para sobrevivir bajo las condiciones más inhumanas3. Repentinamente, las víctimas fueron culpadas de su propia desgracia y la clase dominante tuvo el pretexto para enviar armas, vehículos blindados y guardianes en lugar de agua y alimentos.


La culpa es del capitalismo

La incapacidad del capitalismo para evitar y responder a este tipo de catástrofes, demuestra que la clase capitalista no merece seguir gobernando, que su modo de producción se hunde en un proceso de descomposición social, de pudrimiento desde la raíz, y que sólo ofrece a la humanidad un futuro de muerte y destrucción. El caos que ha consumido países enteros uno tras otro en África y en Asia es una muestra del futuro que el capitalismo reserva incluso a los países industrializados, y hoy Nueva Orleáns proporciona un fugaz anticipo de ese futuro desolador.

Como siempre, la burguesía se da prisa en plantear todo tipo de excusa para sus crímenes y fracasos. «Hacemos todo lo que podemos» se está convirtiendo en la canción de moda de la burguesía. Hacen «todo lo que pueden» para terminar la guerra, para mejorar la economía, para acabar con la criminalidad, para terminar con las drogas, etc., etc,... «No se puede hacer más»; ¡Mienten! En realidad siguen la política que han decidido conscientemente y que claramente tiene consecuencias desastrosas para la sociedad.

El huracán Katrina ha sido producto de la naturaleza, pero la escala del desastre natural y social no era inevitable. Se mire como se mire, ha sido el capitalismo, y el Estado que lo representan, quien ha permitido la catástrofe. La nocividad creciente de los desastres naturales que hoy vivimos en todo el mundo es consecuencia de políticas temerarias del capitalismo en busca incesante de ganancias; sea por «ahorrarse» la tecnología disponible para alertar a la población amenazada, o por arrasar los bosques en los países del tercer mundo lo que exacerba el potencial devastador de la contaminación de la atmósfera produciendo incrementos en la temperatura de los océanos y con ello el desarrollo de depresiones tropicales, mareas, tormentas y huracanes que hemos visto los últimos años. 4

Los izquierdistas citaron las mentiras de Bush y la industria energética y su oposición al protocolo de Kyoto como responsables del desastre del Katrina, como si la burguesía de los países que están a favor de dichos protocolos estuviera de verdad interesada en someter la producción capitalista a la preservación de la naturaleza.

La situación geográfica de Nueva Orleáns tampoco fue la culpable. Desde 1927, el cuerpo de ingenieros del ejército de EUA desarrolló un sistema de diques en Nueva Orleáns para prevenir las inundaciones anuales del río Mississipi, lo que permitió el florecimiento de la industria, la agricultura y la ciudad pero con ello impedían también que las aguas fluviales llevaran el sedimento de los pantanos y las marjales del delta del Mississipi río abajo, hasta el Golfo de México. Debido a esto, las zonas pantanosas que proporcionaban una protección natural a Nueva Orleáns, quedaron peligrosamente erosionadas, y la ciudad fue más vulnerable a las inundaciones marítimas. Esto no fue algo «natural» sino producto de la acción humana.

Tampoco fue la fuerza de la naturaleza quien mermó los efectivos de la guardia nacional de Lousiana. Un gran contingente de ésta había sido movilizado para la guerra de Irak, dejando sólo 250 Guardias Nacionales disponibles para apoyar los esfuerzos de rescate de los departamentos de policía y bomberos los tres primeros días tras la rotura de los diques. Un porcentaje aún mayor de la guardia del Mississipi había sido desplegado igualmente en Irak.

El argumento de que este desastre no podía preverse es igualmente un sinsentido. En 1998 una propuesta llamada Coast 2050 proponía reforzar y rediseñar los diques construyendo un sistema de compuertas, y excavar nuevos canales que aportaran agua con sedimentos fluviales para restaurar la protección que suponen las zonas pantanosas del delta. El coste de este proyecto era de 14 billones de dólares que tendrían que invertirse en un periodo de 10 años. Washington sin embargo no lo aprobó. El año pasado, el ejército pidió 105 millones de dólares para programas contra huracanes e inundaciones en Nueva Orleáns, pero el gobierno sólo aprobó 42 millones.

Otra refutación de la excusa de que «nadie podía haberlo previsto» es que la víspera de la llegada del huracán, el director de la FEMA (Administración Federal para las emergencias) Michel D. Brown, alardeaba en entrevistas en televisión, de que había dado órdenes para la puesta en marcha de un plan de emergencia en caso de que se produjese el peor de los escenarios en Nueva Orleáns.


Sólo la clase obrera puede ofrecer una alternativa

El sufrimiento en la costa del Golfo ha conmovido a millones de trabajadores, que al mismo tiempo se sienten furiosos por la falta de sensibilidad de la respuesta oficial al desastre. Especialmente en las filas de la clase obrera hay un sentimiento de genuina solidaridad humana hacia las víctimas de esta calamidad. Mientras que la burguesía parcela su compasión, dependiendo de criterios económicos, entre ricos y pobres, para la mayoría de trabajadores americanos no existen distinciones. Ha sido la clase obrera y los desposeídos quienes se han solidarizado con los que sufrían, por encima de su propia seguridad. Aunque la burguesía emplea a menudo la carta del racismo para dividir y oponer a los obreros negros y blancos, el sufrimiento de los pobres en Nueva Orleáns repugna a toda la clase obrera. EUA a pesar de ser una superpotencia, está, como todo el mundo, en crisis y gobierna un «orden mundial» que se hunde en el caos. Esta situación refleja un modo de producción cuya continuación amenaza la sobrevivencia de la especia humana. La guerra, el hambre y los desastres «naturales» son el futuro que nos reserva el capitalismo. La esperanza para el futuro de la humanidad, es que la clase obrera desarrolle la conciencia y la comprensión de la verdadera naturaleza de la sociedad de clases, y asuma su responsabilidad histórica de acabar con este anacronismo, de reemplazarlo por una sociedad en la que la genuina solidaridad humana, y la satisfacción de las necesidades humanas sean el principio rector.

CCI / octubre de 2005.


Notas:



1La ayuda calculada, corresponde a menos de medio kilogramo por habitante afectado, es decir, aproximadamente una comida en una semana.

2El precio de la gasolina y de los boletos de camión y tren aumentaron haciendo honor a la ley de la oferta y la demanda capitalista.

3A pesar de que los medios de información se enfocan en denunciar los saqueos de otro tipo de artículos que principalmente el lumpen lleva a cabo, aprovechando la situación.

4Cuando Katrina llegó a Florida, era sólo un huracán de fuerza 1, pero planeó una semana sobre las aguas del Golfo de México, a casi 50º C y se elevó a la categoría de fuerza 5, con vientos de 270 kilómetros por hora antes de alcanzar la costa del Golfo.